Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 32

En la sala de mis padres, y justo cuando las sombras del atardecer empiezan a aparecer, Bella y yo nos convertimos en marido y mujer.

Nuestros votos son presenciados por mis padres mientras que mi padre ocupa el lugar de mi padrino y mi madre hace de fotógrafa improvisada. En su cuerpo de luz, Daniel asiste vestido con una túnica blanca y unas alas todavía más blancas. Igual que Ramuell y Gadreel, sin mencionar al recién adquirido guardián de Bella, Nathaniel. Ella puede verlos a los cuatro ahora; la lanza ha restaurado su don de la visión.

Con tan poco tiempo de anticipación, mis padres hicieron su mejor intento por decorar la sala. Yo, por supuesto, reparé todo el daño que había sufrido su casa después de restaurar el alma de Bella; aunque me sorprende haber tenido la moderación para no destruirla por completo. No obstante, después de quitar todos los muebles, llenaron la sala con varios ramos de rosas color rosa pálido y con una larga alfombra de terciopelo rojo que se extiende desde la entrada de la sala hacia la chimenea cubierta con un mantel blanco.

Al final de la alfombra está ubicado el padre Michael; un antiguo sacerdote irlandés que tiene ochenta y pocos. Lilith lo amenazó para que aceptara y casi le provocó un ataque al corazón al pobre hombre. Me vi obligado a quitarle los recuerdos para que pudiera realizar la ceremonia coherentemente y sin empezar a sudar, todo esto mientras me arrepentía de no poder envolver mis dedos en la garganta de la desgraciada bestia. Tal vez debí haberle negado la resurrección y la debí haber obligado a vivir su existencia como el único demonio caminando en este planeta.

Bella y yo estamos de pie ante el buen padre, pero apenas puedo apartar los ojos de ella para rendir un homenaje adecuado a mis votos. Estoy completamente asombrado por ella. Es tan hermosa que no hay suficientes palabras humanas para expresarlo, y en el momento en que la vi casi pierdo por completo mi autocontrol y rompo en llanto.

Mi madre la tuvo encerrada en la habitación de ella y mi padre a partir del mediodía, y el resultado final es simplemente demasiado deslumbrante para poder comprenderlo bien. Tiene el cabello recogido sobre sus hombros, exponiendo así su elegante cuello, mientras que su vestido de novia sin hombros abraza su cuerpo, expandiéndose en una falda de tule de la cintura hacia abajo. Está usando el collar y los aretes de perlas de mi madre, y tiene el rostro maquillado delicadamente; no tanto como para distraer de su belleza natural, sino lo suficiente para realzarla.

Los anillos que le compré le quedaron, naturalmente, demasiado grandes, pero la lanza me ha dado poder sobre todos los materiales. Es algo muy fácil manipular mentalmente el metal precioso de los anillos para que le queden cómodamente.

Jadea cuando los pongo con gentileza en el cuarto dedo de su mano izquierda antes de verme a los ojos.

Es demasiado. Son hermosos. Es mucho, demasiado, lucha con sus pensamientos.

—Te lo mereces —le murmuro en respuesta.

Sonríe a cambio, y hay un elemento de reproche bromista en ella.

—Deja de leer mi mente —susurra.

—Que el Señor en Su bondad fortalezca su consentimiento y los llene a ambos con Sus bendiciones —el padre concluye la ceremonia con su marcado acento irlandés, obligándome a regresarle mi atención—. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

Esa es mi señal, y acercando a Bella a mí, planto mis labios tiernamente sobre los suyos; los dejo posarse ahí en los suyos durante un aliento antes de soltarla.

Mis padres nos echan confeti de colores pastel mientras que mi madre sigue tomando varias fotos. Después mi padre soborna al buen sacerdote con varias botellas de Guinness para que se quede a cenar y los cinco nos sentamos a comer.

Mi madre había ordenado comida de un restaurante de cinco estrellas que hace entregas a domicilio y montó la mesa con los recursos limitados a su disposición. Usó su mejor cristalería, su vajilla y cubiertos, y cenamos en un silencio relativamente cómodo.

Mis padres, muy amablemente, entablan conversación con el sacerdote –que sigue confundido sobre los detalles que lo trajeron aquí– ya que yo me encuentro completamente embelesado por mi esposa.

La miro atentamente beber la champaña que mi padre sirvió y comer su platillo de cordero. Se recarga ligeramente contra mí, su mano izquierda está curveada sobre la parte superior de mi muslo, y es completamente embriagadora.

Intento participar en la charada que es nuestro festín de bodas, pero no tiene caso. Mis pensamientos ya han sondeado muy lejos en el futuro cercano hasta que la superficie de mi piel empieza a cosquillear con calor.

—Edward —me susurra Bella al oído, su mano sube más por mi pierna, casi sobresaltándome—, ellos están ahí parados. Invítalos a comer.

Está hablando de las cuatro bestias que están presentes, por supuesto –sin mencionar a los tres que rodean a mis padres y al sacerdote– y sin pensarlo dos veces los obligo a materializarse; sin alas.

—¡Jesús, María y José! —exclama el padre Michael, casi tira su copa de champaña llena de Guinness mientras que mis padres se sobresaltan físicamente en sus sillas. Mi madre grita antes de que mi padre la jale protectoramente hacia él.

—Querido, tienes que advertirnos cuando haces esas cosas —me reprocha mi madre; sus ojos están como platos y fijos con incredulidad en nuestros cuatro invitados más recientes—. ¿L-les gustaría acompañarnos? —pregunta nerviosa y, por alguna razón, ahogo el resoplido por diversión que eso me causa.

Daniel hace una leve reverencia, una sonrisa torpe avanza sobre su cara, antes de tomar asiento a mi lado.

—Dashiel —me saluda.

Solo asiento, cierro los ojos momentáneamente cuando los otros tres que quedan se sientan en la mesa.

El pobre padre solo puede mirarlos boquiabierto, tiene los ojos cómicamente saltones y se talla bruscamente el pecho con una mano temblorosa y artrítica.

Con un suspiro interno le borro el shock y redirijo sus recuerdos, sin mencionar que obligo a su corazón a detener su actual arritmia, hasta que él y mis padres están hablando con las bestias como si fueran compañeros de toda la vida.

Ninguno de los cuatro come, ni beben, pero complacen cómodamente a mis padres y al padre en la conversación. Sus respuestas se limitan en su mayoría a respuestas de una palabra acompañadas de un "Señora", "Señor" y "Padre".

Uno no habla para nada; el más nuevo, Nathaniel. Lo veo de cerca; tiene la cabeza agachada y cuando nota mi mirada en él, alza los ojos para fijarlos en los míos. Sonríe, pero no hay emoción detrás de su sonrisa. Ladeo la cabeza, analizándolo más. Su mente está en blanco y no se debe a que la esté bloqueando de mí, sino más bien a que no tiene recuerdos pasados ni una misión definida para el futuro. Está en espera, concluyo, lo que puedo identificar es que no entrará en comisión hasta… después de que yo muera.

Hasta el momento en que la lanza me mate, sigo siendo el guardián de Bella; Nathaniel es mi reemplazo.

Corto su atenta mirada de prisa y bajo la vista a mi plato de comida. Bella, como si leyera mis pensamientos, me saca de ellos.

—¿Ya conociste a Nathaniel?

Ladeo solo un poco la cabeza hacia ella. No formalmente, pongo mi respuesta directamente en su mente en lugar de decirla en voz alta.

—Dice que no le crees —susurra, su voz está teñida con una diversión silenciosa.

Me giro por completo a ella, frunzo las cejas en respuesta, antes de girarme de nuevo hacia el silencioso ángel frente a mí. ¿Cuándo te dijo eso? Otra vez se lo transmito telepáticamente.

—Cuando apareció la primera vez —responde, y quiero entrar en su mente para tener más claridad, pero me contengo. Le prometí que no lo haría sin permiso.

El ángel está consciente de que estamos hablando de él, y mientras sigue mirando el plato vacío que tiene enfrente, una sonrisita tira de sus labios.

Abro la boca para dirigirme a él cuando mi madre elogia a Daniel y Ramuell por su transformación. Distrayéndome de repente, casi me ahogo en un intento por esconder mi risa.

—¿Qué te resulta tan gracioso? ¿Por qué te estás riendo? —pregunta Bella discretamente incluso mientras las comisuras de su boca se tuercen para formar una sonrisa. Es a mí a quien ella encuentra gracioso, no a las bestias presentes.

—No es nada —me agacho y le susurro cerca del oído. La verdad no estoy seguro de por qué lo encuentro gracioso, pero mis sentidos están empezando a sentirse increíblemente elevados.

—Bueno, se ven mejores como ángeles —expresa suavemente, sus ojos se posan en Nathaniel, que una vez más alza la cabeza para atrapar su mirada.

—Mientras que no te enamores de uno de ellos —bromeo, bajando la mano para cubrir la suya que tiene apoyada sobre mi pierna.

Se gira para verme directamente mientras que su cara se ilumina con una sonrisa cínica.

—Ya pasé por eso… —murmura.

Agacho la cabeza para posar mis labios en su sien, entierro por un momento toda mi cara en un costado de la suya.

—Sabes que solo estoy bromeando, ¿verdad? —susurro.

—Lo sé —responde simplemente, girándose para encontrar mi mirada—. ¿Qué te sucede?

Me aparto un poco, penetro inintencionadamente su mente. Ella cree que estoy actuando extraño; que no soy yo mismo. Solo sacudo la cabeza en respuesta.

—¿Es la lanza?

Por alguna razón me siento expuesto, y separándome de sus perceptivos ojos, permito que los míos caigan a nuestras manos unidas debajo de la mesa.

—Probablemente…

Notando donde se encuentra mi atención, le da un apretón a mi mano.

—¿Vas a volver a ser ese ángel serio y estricto que conocí al principio? Me gustas cómo eres ahora.

Flaqueando por un momento, alzo la vista con demasiada prisa y le lanzo una sonrisa incómoda. De repente me siento cómplice y no tengo palabras. En respuesta solo puedo ver como su expresión sucumbe lentamente a la confusión.

—¿Qué pasa? —pregunta suavemente con un obvio filo en su tono.

Abro la boca solo para volver a cerrarla en silencio. Luego, sacudiendo la cabeza, empiezo otra vez.

—Bella, n-no estoy seguro de cómo voy a ser después de esto.

Esas no eran las palabras que quería decir, pero tampoco estoy enteramente seguro de qué decirle.

Inconsciente de mi conflicto interno, ella asiente y vuelve a apretar mi mano.

—Lo resolveremos —me promete.

Asiento con derrota mientras mi corazón sigue estrujándose en mi pecho con una creciente culpa.

¿Qué demonios estoy haciendo? Me casé con ella con plena consciencia de que será una viuda en dos días.

De repente siento que la he traicionado –como si le hubiera sido infiel– y no puedo encontrarme con su mirada.

—¿Qué estoy haciendo? —murmuro para mí al estrellar las palmas sobre la mesa y ponerme de pie, tirando mi silla en el momento.

La habitación se queda de inmediato en silencio cuando cada miembro de la cena, tanto humanos como ángeles, me miran con diferentes grados de sorpresa.

—¿Edward…? —pregunta Bella, su voz titubea suavemente con alarma cuando estira una mano para jalar la manga de mi saco—. ¿Qué sucede?

—¿Estás bien, hermano? —me cuestiona Daniel, su mirada se mantiene firme mientras su voz mental me indica repetidamente que me calme.

—N-No puedo hacerle esto a ella —proclamo, empiezo a sonar irracional mientras mi mente se adelanta a mí en un intento por escapar de mi propia culpabilidad. Sin embargo, no puedo escapar de ella y en respuesta retrocedo un torpe paso—. ¿Qué estaba pensando? No puedo… —divago, sigo retrocediendo hasta que quedo pegado a la pared.

Evito la mirada de Bella y de mis padres, mantengo mis ojos sellados a los de Daniel. Él ya se puso de pie y tiene las manos alzadas.

—Hermano, escúchame… —su voz suena calmada, pero contenida por el bien de Bella, para no alarmarla más.

—Prometiste que la protegerías, ¡¿cómo pudiste dejarme hacer esto?! —le reclamo en voz alta y con total acusación; mi dedo lo señala directamente.

Bella me suplica frente a mí, pero su voz se ve eclipsada por las lágrimas. Escucho las voces de mis padres, pero no puedo desviar la mirada ni una fracción de la de Daniel. La vergüenza que siento es demasiado palpable y no puedo mirar a Bella a los ojos sabiendo dónde se encuentra nuestro destino.

Daniel se me acerca metódicamente y me agarra el codo.

—Discutamos esto afuera, hermano. —Su indicación es una orden inconfundible; incluso aunque la encubre de Bella, de mis padres. No está feliz conmigo.

Asiento ausentemente, empiezo a sentirme entumecido, y lo dejo prácticamente arrastrarme a través de la parte trasera de la casa y hacia el patio.

—¡Contrólate, Dashiel! —espeta con impaciencia cuando estamos a salvo donde no pueden oíros.

Lo aparto de un empujón, necesito la distancia entre nosotros.

—Nunca debí llevar esto tan lejos. ¡Debí irme en cuanto encontré la lanza! —le grito en respuesta a la bestia, arrastrando ambas manos bruscamente por mi cabello y sacudiendo la cabeza ante mi propia inepta impotencia—. Que Dios me ayude, lo que he hecho… ¿QUÉ HE HECHO, HERMANO? —rujo en la tranquilidad de la tarde.

Durante un largo respiro Daniel solo me ve, su expresión parece casi afligida antes de romper el silencio entre nosotros.

—También es lo que ella desea, Dashiel. Dale algo con que recortarte, algo a que aferrarse. Le debes al menos eso.

—¡NO SOY DASHIEL! —exclamo con furia, de golpe me veo consumido por el enojo—. ¡Soy Edward Cullen tercero, nacido humano y abandonado por mi creador! —Empiezo a caminar abruptamente de un lado a otro, y justo entonces la crudeza de la comprensión recae en mí. Me detengo de pronto y me giro lentamente hacia él—. Él… él me abandonó, h-hermano —confieso en apenas un susurro y con total incredulidad mientras el enojo dentro de mí se disipa solo para ser llenado por angustia; una angustia vacía y dolorosa que me llena de lágrimas los ojos y hace que mi cuerpo caiga de rodillas. Sollozo abiertamente, mi pecho se agita con una ahogada respiración tras otra mientras me permito comprender en su totalidad la enorme miseria de mi situación—. Él me a-abandonó —repito—. Oh Dios, por favor ayúdame… Por favor

Caigo hacia enfrente, mis puños se cierran en el césped húmedo en un inútil intento por anclarme a algo. Todo mi cuerpo se sacude incontrolablemente y las lágrimas siguen cayendo, ahogando mi cuerpo y alma con el conocimiento de que estoy al borde de perder no solo a Bella, sino todo por lo que he vivido y muerto durante cuatro mil años.

Y luego Bella está junto a mí.

Su pequeño y delicado cuerpo rodea el mío, inundándome con su calidez, su pureza.

—¡Edward! —llora, y en ese titubeante tenor escucho cada parte de su dolor, de su miedo.

Sigo sollozando; no puedo detenerme, incluso cuando ella me arrastra de regreso a mis rodillas y agarra con sus palmas ambos lados de mi cara.

»Está llorando, ¡¿por qué está llorando?! —exclama.

Sacudo la cabeza, intento inútilmente formar palabras, decirle la verdad de mi engaño, pero no puedo.

—L-Lo siento, Bella —articulo eventualmente—. Solo te causaré dolor. No puedo darte lo que mereces, l-lo que necesitas.

—¡Lo que necesito es a ti, Edward! —declara y hay cierto elemento de frustración en su tono—. No estaría viva si no fuera por ti. Siempre he estado destinada a ti, ¡¿no lo entiendes?! —me sacude, intentando ponerme de pie y fallando en ello—. No hagas esto. Por favor, no hagas esto. Por favor, no me abandones —me ruega, sucumbe a las lágrimas a mi lado, y el dolor tan tangible detrás de sus palabras es suficiente para regresarme la coherencia.

Me congelo y luego alzo la cabeza de golpe para verla. Está de rodillas frente a mí, tiene la cabeza agachada con derrota, el cabello despeinado y cayéndole sobre la cara, escondiendo parcialmente sus lágrimas. Sus pequeños hombros tiemblan antes de llevarse ambas manos a los ojos y sucumbir ante sus lágrimas.

—Bella… —digo en un susurro. Alza la vista y se encuentra con mis ojos a través del velo de su cabello, y en el momento en que veo el dolor reflejado en ellos, estiro las manos y la jalo a mí. Acunándola en mi pecho, me apoyo hacia atrás sobre mis rodillas—. Lo siento mucho —le ruego, le aparto gentilmente el cabello de su cara llena de lágrimas, incluso mientras ella se mantiene pegada a mí.

—He muerto en cada vida que he vivido sin ti —se lamenta en una voz que se ve comprometida por el dolor.

—¡No vas a morir! —insisto, vehemente, apartándola y acunando su cara con mis manos—. Mírame, Isabella.

Lo hace, de forma lenta pero llena de resignación porque sospecha de la inevitabilidad que existe entre nosotros incluso mientras se mantiene en negación.

—Todo lo que hice fue para que vivieras —le digo, aprieto gentilmente su cara en mis palmas, la acerco a mí—. Tienes que prometerme que, sin importar qué pase, vivirás. Por mí, Bella.

—¿Qué va a pasar? —pregunta, expulsa un abatido suspiro y aunque su voz de pronto se encuentra vacía de emociones, sus ojos están inundados de ellas.

Durante la pausa más larga del mundo la miro, su rostro completamente hermoso, mientras mi boca se abre y se cierra varias veces al buscar otra vez el valor para terminar este engaño de una vez por todas.

—N-no sé… —no puedo obligarme a decirlo, y con la vergüenza inundándome, aparto los ojos de su mirada.

Tal vez no es del todo una mentira porque en el fondo sigo aferrándome a la esperanza de que mi padre intervendrá y me salvará. Sin importar qué tan hueco sea, es un deseo al que me he aferrado por siglos, y algo que no puedo soltar.

Mis manos se deslizan de la cara de Bella y dejo caer la cabeza con derrota, mi mentón queda sobre mi pecho.

»Lo siento, mi amor —le vuelvo a susurrar mi disculpa—. Yo… es que no sé…

Esta vez, ella acuna mi mejilla en su palma y alza mi cabeza para encontrarme con sus ojos.

—Iré de frente a la incertidumbre contigo, Edward. Te lo prometo, pero… no puedes dejarme. —Sus emociones se alzan y se atoran suavemente en su garganta, amenazándola con más lágrimas; incluso mientras lucha contra ellas tercamente—. No me dejes, por favor.

Su dolor me está causando ansiedad y sacudo la cabeza de prisa en un esfuerzo por tranquilizar sus miedos.

—Mientras esté dentro de mi poder, nunca te dejaré —juro, porque es la verdad absoluta—. ¿Puedes perdonarme?

Me mira con ojos grandes y casi recriminadores. Niega lentamente con la cabeza, pero no es una respuesta. Está frustrada y llena de un profundo pánico. Sé esto sin leer su mente porque está en los pensamientos de Daniel. Él está leyendo sus emociones y me las está transmitiendo.

—¿Qué es lo que me estás ocultando? —llora al agarrar mi saco en puños y empujarme inútilmente. La sostengo con más fuerza en mis brazos; es todo lo que puedo hacer—. ¿Qué es, Edward? ¿A qué le temes tanto? —Sus preguntas son casi retoricas y no las respondo. No tengo palabras para calmar sus miedos. En vez de eso, y en total derrota, alzo la cabeza y me concentro en la profundidad dorada de la implacable mirada de Daniel.

No puedo hacer esto, confieso mentalmente.

Rompe el contacto visual y agacha la vista a la tierra bajo sus pies. Y con una pesada respiración, sus hombros parecen desplomarse. La bestia está cansada.

No tienes opción, responde eventualmente.