Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 33

Así como fue al principio, así será al final. No debería ser tan poético, pero lo es. Después de cuatro milenios, sigo sin saber hacerlo bien; sin corregir los errores de mi pasado, y ahora es demasiado tarde.

La verdad prevalece, ya sea que hubiera dejado a Bella en el momento en que le regresé el alma o me quedara con ella durante los tres días con la lanza, su dolor por nuestra separación es inevitable.

El sufrimiento de Bella es la inevitable consecuencia de lo que sea que decida hacer; cualesquiera que sean mis acciones, como ha sido desde el momento en que me designaron como su guardián.

Fue mi egoísmo lo que la llevo a un perpetuo ciclo de renacimientos, fue por mí y solo por mí que se vio arrastrada a esta pesadilla viviente, y es por mis propios deseos indulgentes que durante estos últimos tres días de mi existencia he sellado nuestro destino en matrimonio.

Daniel tiene razón; ahora no tengo otra opción más que llevarlo hasta el final. Proteger a Bella de mi deceso lo mejor que pueda.

Mi plan es regresar la lanza al Vaticano y desaparecer; hacerle a Bella lo que le he hecho a cada uno de mis padres con los que he nacido. La alternativa es permitirle a Bella presenciar mi muerte, y no la haré pasar por semejante trauma. No tengo forma de saber cómo moriré; si es que simplemente caeré al suelo, o me iré en un resplandor de ceniza ardiente como los demonios que he enviado al Infierno. No puedo apostar con sus emociones, su estabilidad, y no lo haré.

Me quedan menos de dos días con ella, y me niego a permitir pasar otro segundo siendo testigo del dolor que mis acciones continúan causándole. Por mi propia alma, no descansaré hasta que les regrese esa sonrisa a sus labios y la mantenga ahí. Incluso si dicha sonrisa desaparecerá en menos de cuarenta y ocho horas.

La he dejado exhausta. Permanece tendida en mis brazos, se aferra con debilidad a las solapas de mi saco, pero se ha quedado en silencio. Sus lágrimas se detuvieron; incluso los intermitentes estremecimientos de su respiración se han calmado. Bajo la vista a ella; tiene los ojos cerrados, pero no está dormida. Su corazón está acelerado, su cara contorsionada con tanto dolor como con lágrimas secas manchadas por su rímel.

Recogiéndola con mucho cuidado en mis brazos, me pongo de pie. Daniel permanece detrás de mí con la cabeza agachada y sus ojos dorados cabizbajos. Paso junto a él sin más reconocimiento, es entonces cuando su voz invade mi mente.

Miguel está abogando con Él, Dashiel. Va a pelear por ti.

Flaqueo, me detengo a medio paso antes de seguir avanzando. ¿Qué importa ahora? Replico eventualmente sin girarme para verlo. Y no me digas Dashiel.

Cargo a Bella de regreso a la casa, paso junto a mis padres, el sacerdote y los tres ángeles restantes. Mis padres se ponen de pie inmediatamente como si me hubieran estado esperando. La mirada de mi padre es sombría y los ojos de mi madre están filtrados con inquietud mientras se retuerce las manos ansiosamente.

Las bestias están sentadas en silencio con las cabezas colectivamente agachadas.

—¿Estás bien, querido? —me pregunta mi madre, su voz casi rota solo reitera más la preocupación que siente.

Me detengo, agacho la cabeza por un momento mientras expulso el aliento de mí.

—Estoy bien. Lamento haberte preocupado —concedo, alzo los ojos y le lanzo una sonrisa de disculpa.

Asiente y sonríe en respuesta, pero está plagada de una carga muy pesada. Durante los pocos segundos que nuestros ojos permanecen unidos, me pregunto qué pecados han cometido mis padres para merecer a un hijo como yo.

—Llevaré a Bella arriba un rato —explico, mi mirada está fija en el piso mientras la vergüenza sigue filtrándose a través de mí.

—Tómate tu tiempo —susurra.

Asiento y sigo avanzando hacia las escaleras.

Recuesto a Bella en mi cama y me acomodo a su lado. Sus pensamientos empiezan a ser lúcidos otra vez, y tiene más preguntas; muchas más preguntas. Sé que sus miedos no se acallaran hasta que las responda, pero lo mejor que puedo ofrecerle son omisiones y mentiras. Y estoy cansado de mentirle; mentiras que ella no está segura de creer. En realidad, todo lo que estoy consiguiendo es aludir inadvertidamente a los horrores que nos esperan a ambos.

Tomo la decisión de borrar sus recuerdos justo hasta un momento después de que los ángeles se unieron a nosotros en la cena.

Exhala un pesado suspiro, se empuja más hacia mí cuando el momento de claridad desciende sobre ella. Se aparta para mirarme a los ojos con creciente confusión.

—¿Qué pasó…? —pregunta, sacude la cabeza desorientada.

—Te desmayaste —miento, le aparto gentilmente el cabello de la frente con mis dedos—. Creo que toda la emoción te pasó factura.

Arruga la frente, sus ojos se mueven por la habitación mientras recuerda a través de sus memorias.

—Recuerdo a los ángeles y luego… nada…

—Solo descansa por un rato —la animo, envolviendo con más fuerza mis brazos a su alrededor y apoyando el mentón sobre su coronilla.

Pone su cabeza momentáneamente sobre mi pecho antes de apartarse otra vez.

—Te ves… molesto —declara, sus ojos escudriñan con cuidado cada centímetro de mi cara.

—Me preocupaste.

Sigue sosteniendo mi mirada con la suya, su frente se arruga más con evidente duda. Es demasiado perceptiva para su propio bien, y tiene una asombrosa habilidad para sentir cuando no estoy siendo honesto con ella. Y soy un buen mentiroso.

—Me siento bien. —Es su conclusión.

—Cinco minutos más —insisto de todas formas. La verdad solo quiero sostenerla en mis brazos durante un rato más. Más que nada para ahogar mi propia culpa, pero sí necesito un respiro antes de continuar con la tarde. No tengo idea de cómo lidiaré con nuestra noche de bodas, ni qué es lo que se espera de mí.

—Bien. —Cede con un suspiro, prácticamente derritiéndose junto a mí, pero otra vez es algo breve—. ¿Edward? —comenta suavemente luego de treinta segundos, después de haberse soltado una vez más de mis brazos para mirarme a los ojos.

—¿Hmm? —Rozo el dorso de mis dedos sobre la cálida suavidad de su mejilla.

—¿Dónde nos vamos a quedar esta noche? —pregunta, ladeando la cabeza con evidente curiosidad.

Carraspeo y trago con fuerza.

—Mi padre nos reservó una habitación de hotel para un par de noches. —Dos noches y un día; eso es todo el tiempo que me queda con ella.

Parece contemplarlo durante una respiración.

—Oh…

Se acurruca en mi pecho, pone su mano izquierda en mi hombro para ver sus anillos.

—¿Cuándo nos vamos a ir?

—En cuanto tú quieras —respondo, cierro los ojos y no me permito dejar que mis pensamientos se aventuren más allá.

—¿Después de la cena? —me pide.

Hago un sonido de aceptación.

»Entonces es mejor que terminemos con esto. —Mis ojos se abren justo cuando ella cierra la distancia entre nosotros y planta sus labios de forma delicada, pero firme, sobre los míos—. Tu estómago está rugiendo. —Se endereza completamente hasta que está sentada en mi cama frente a mí—. Es tan raro verte comer.

—¿Preferirías que bebiera sangre? —respondo simplemente, alzando una ceja a modo de broma.

Ella me lanza una mirada dudosa mientras sus labios esbozan inevitablemente una sonrisa tierna, luego agarra mi mano para intentar pararme junto con ella.

—¿Qué sucede? —pregunta al verme vacilar.

—Tu… maquillaje se ha corrido… un poco —confieso, bajo la vista, estoy convencido de que detectará la culpa en mi expresión.

No es así; suelta mi mano para llevarse sus dos manos a la cara.

—Bien, ahora vuelvo.

Luego de desaparecer en el baño del pasillo, sale cinco minutos después con cara fresca y completamente seductora. Se soltó el cabello y éste cae sobre sus hombros desnudos en ondas oscuras.

—¿Me veo bien? —pregunta, sus enormes ojos ocre me miran ambiguamente.

—Te ves hermosa —murmuro en respuesta.

Evidentemente mis padres esperaban ansiosos nuestro regreso, y cuando entramos a la sala, ambos vuelven a pararse de un salto.

—¿Cómo te sientes? —la pregunta de mi madre va dirigida a mí.

Meneo discretamente la cabeza y elaboro de forma mental: Ella no recuerda nada. Alzo la ceja para darle énfasis.

Mi madre asiente rápidamente con comprensión, sus ojos se mueven a Bella.

—¿Estás lista para el postre, cariño?

—Claro —responde Bella alegremente sin saber nada mientras yo saco una silla para ella.

La farsa continua. Mis padres involucran deliberadamente al sacerdote en otra conversación mientras que las bestias permanecen presentes en un silencio estoico.

Sin embargo, Daniel sigue inundando mis pensamientos con interrogantes en cuanto a mi bienestar hasta que mi paciencia hacia él se termina.

¿Ya dejaste de hablar? Mi voz telepática es aguda y firme.

Baja la mirada en sumisión y se queda así durante el resto del tiempo. Bella nota el intercambio entre nosotros, y no está feliz al respecto.

—Estás siendo muy duro con él —me regaña, baja la voz discretamente para que el resto de los invitados no la escuchen.

—Me está irritando —es mi defensa, ante lo cual ella alza una ceja escéptica.

Antes de que pueda responder, mi madre pone un tazón de tarta de cereza frente a ella, distrayéndola efectivamente. No lo vuelve a mencionar.

Cuando termina la cena mi madre insiste en tomar más fotos; Bella y yo con el sacerdote, y luego Bella y yo con las bestias. Intento persuadirla de no hacerlo, sé que la imagen de un ángel nunca debe ser capturada, pero ella insiste. A través de la pequeña pantalla LED de la cámara, Bella y yo estamos parados con cuatro manchas borrosas brillantes que parecen ser destellos del lente.

Mi madre se muestra muy decepcionada y es la primera vez desde mi arrebato que sonrío; sonrío de verdad.

Los ángeles se van al igual que el padre; esta vez no le borro los recuerdos. No hay daño en otorgarle un semblante de validación sobre la fe a la que le ha dedicado su vida.

Después regreso con Bella a mi habitación. Ella se quita su vestido de novia y se pone un vestido que obviamente mi madre le compró. Después de agarrar la maleta para el fin de semana que también mi madre empacó para ella, y la mochila en la que yo eché varias cosas, bajamos las escaleras para despedirnos de mis padres.

Nos están esperando en la sala, bebiendo café. Al entrar, mi padre se pone de pie y me entrega en la mano las llaves de su auto.

—Es el Grace Mayflower Inn, hijo. Tu madre y yo les reservamos a Bella y a ti una estadía de dos noches —me indica en voz baja.

Asiento y le permito jalarme a sus brazos y palmearme la espalda varias veces con cariño.

—Gracias, papá —expreso luego de que me suelta. Estoy luchando por mantener la emoción fuera de mi voz, sé muy bien que esta podría ser la última vez que lo vea.

Solo pone su palma en mi hombro y se mueve a un lado para que mi madre me abrace. Ella me besa las mejillas varias veces, se aferra a mí como si su intuición le estuviera advirtiendo que no me deje ir. Tengo miedo de entrar en su mente; no quiero que mis sospechas sean confirmadas. No podré verla a los ojos si es algo que ella sospecha.

Agarrando con fuerza la mano de Bella, me obligo a darles la espalda a ambos e irme. No es fácil, y lucho por apartar la melancolía que amenaza con apoderarse.

Nos dirigimos hacia el oeste de Washington, a un pueblo relativamente pequeño, y llegamos al hotel holandés justo después de las nueve de la noche.

Yo permanecí callado durante el viaje, demasiado callado, y los ojos de Bella rara vez se apartaron de mí. Me preguntó en numerosas ocasiones qué es lo que me preocupa, pero solo me encogí de hombros para quitarle importancia, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora e insistiendo en que estaba bien.

—No estás nervioso, ¿o sí? —parece concluir eventualmente, de forma tan honesta que durante varios segundos no encuentro las palabras para responder.

Confundido abro y cierro la boca en silencio antes de ceder eventualmente a la risa.

—Tal vez un poco —respondo, medio bromeando; quito la mano del volante para indicar un centímetro entre mi dedo pulgar y mi dedo índice.

Bella agarra mi mano con las dos suyas, llevándola a su mejilla.

—Estarás bien.

Sonrío incómodamente, le permito creer que es solo la aprehensión lo que causa mi silencio, porque el efecto posterior de haber dejado a mis padres fue más difícil de soportar de lo que había anticipado. Me vi obligado a tragar tercamente el nudo de sentimientos en mi garganta más veces de las que podía contar, y en varias ocasiones me vi muy cerca de las lágrimas.

Eso no significa que no esté nervioso por nuestra noche de bodas. Lo estoy; increíblemente.

Aunque técnicamente sigo siendo virgen, no soy exactamente virtuoso. Estoy consciente de lo que se espera de mí, de lo que implica. Solo que no tengo idea de cómo reaccionaré, o cómo me contendré. Como híbrido mis sentidos siempre han sido exponencialmente más altos que los de un humano promedio, pero con la lanza…

Podría lastimar a Bella.

Tengo que permanecer en control, y no permitirme dejarme llevar.

Después de estacionar el carro en el estacionamiento de huéspedes, saco nuestras maletas de la cajuela y llevo a Bella hacia la entrada. El Inn está situado en varias hectáreas de jardines bien arreglados y tierras arboladas. Está apartado y es pintoresco, sin embargo, mi cuerpo está rígido y tenso, y mi mano que está rodeando la de Bella con firmeza empieza a sudar.

Después de registrarnos nos dan la llave de nuestra habitación. Aunque ojalá hubiera sido así de simple. La recepcionista me mira boquiabierta durante todo un minuto antes de pronunciar sonido alguno con su boca. Me estaba sintiendo nervioso, mis pensamientos estaban demasiado distraídos para anticiparlo, y en respuesta solo pude mirarla sin estar seguro de cómo reaccionar.

Su mente estaba apresurada e incoherente como si mi mera presencia hubiera jalado sus pensamientos a un vórtex. Esperé durante varios incómodos segundos para que ella se espabilara.

—Señor y señora Cullen… —la incito eventualmente, alzando las cejas para darle más énfasis.

—Oh, s-sí, p-por supuesto. Es-estábamos espe-esperándolos —tartamudea la mujer mientras sigue mirándome.

Suspirando por dentro, rompo el contacto visual mientras ella toquetea la computadora que tiene enfrente.

Luego, todavía tartamudeando fuertemente y con manos temblorosas, Bella y yo recibimos sus felicitaciones antes de enviarnos a las escaleras. Naturalmente Bella lo encontró todo muy gracioso, y para cuando ubicamos nuestra habitación y yo dejo caer las maletas al piso, ella sigue riéndose.

—No fue tan gracioso —murmuro incluso mientras lucho por contener la sonrisa que quiere retorcer mis labios, pero la risa de Bella es contagiosa.

—Nunca he visto a alguien tan pasmado en toda mi vida —exclama, se queda casi sin aliento al girarse para inspeccionar la habitación.

La habitación es grande, pero cálida y romántica con una cama con dosel frente a una chimenea. Estamos en el tercer piso y hay dos puertas corredizas que llevan a un balcón. Llena de curiosidad, es ahí a donde se aventura Bella, abriendo las puertas para mirar al cielo.

Moviéndome a su lado, le rodeo los hombros con mis brazos y la jalo gentilmente contra mí.

—El cielo se ve exactamente igual sin importar en qué parte del mundo estés —susurra, rodeándome la cintura con su brazo.

—Se ha visto exactamente igual durante cuatro mil años —murmuro en respuesta. Aunque no suena tan fantasioso como había pretendido. Sueno amargado y rencoroso.

Apartándose ligeramente, Bella alza la vista a mí; tiene las cejas fruncidas con confusión.

—Te sentías tan solo…

Hago una pausa.

—¿Quién te dijo eso?

—Daniel. Él se preocupa mucho por ti —confiesa mientras sus ojos se mueven hacia el lado derecho de la habitación donde acecha la bestia.

Lo obligo a materializarse con impaciencia. Esta vez tiene sus alas; aunque está parado con la cabeza agachada, se niega a encontrar mi mirada.

—¿Has escuchado el concepto de privacidad? —exijo—. Estás consciente de que Bella puede verte, así que ¿por qué das a conocer tu presencia?

—Me disculpo, hermano —murmura como forma de explicación mientras sus ojos permanecen pegados al duro piso de madera debajo de él.

—¡Vete! Y no te acerques a menos de una milla de nosotros, ¿queda claro?

—Edward… —Bella suspira, pero con un simple asentimiento Daniel se desvanece.

Me giro de nuevo hacia Bella y penetro deliberadamente su mente. De inmediato veo al segundo ángel, Nathaniel, a menos de tres pies de donde estaba parado Daniel; confirmando mi sospecha de que ella también está consciente de él.

Sin decir una palabra, también lo obligo a tomar forma física. Él, al igual que Daniel, está parado con la mirada cabizbaja, pero hay algo distinguiblemente extraño sobre esta bestia. Parece ser casi retardado. No puedo leer sus pensamientos porque parece que no tiene ninguno, sin embargo, definitivamente es un ángel guardián.

Lo miro durante varios largos momentos, me siento cada vez más perplejo por él.

¿Qué clase de guardián eres? le expreso directamente.

Todavía no estoy en servicio, hermano, responde, revelando nada más.

¿Eres el guardián de Bella?

No lo soy. Daniel es el guardián de Isabella.

Me paro en seco debido a la sorpresa.

—¿El guardián de Bella? —repito en voz alta, no estoy seguro de creerle.

Sí.

—Entonces, ¡¿de quién eres guardián tú?! —exclamo en voz alta, asustando tanto a Bella que se sobresalta.

Todavía no estoy en servicio, repite su respuesta anterior.

—¡Eso no fue lo que te pregunté! —declaro con una creciente impaciencia, avanzo un paso hacia él y Bella me agarra una mano para detenerme.

—Edward, lo estás asustando. C-creo que está entrenando con Daniel —explica apresurada, revelando la preocupación que siente por él.

—¿Entrenando? —repito con duda. Los ángeles no requieren entrenamiento. Son creados con una consciencia completa.

Solo se encoge en vano antes de girarme de regreso a él. No se ha movido; sigue parado sin moverse con sus ojos dorados agachados.

Me disculpo, hermano. ¿Deseas que me vaya? Añade la bestia.

¿Por qué estás aquí? Lo intento una segunda vez.

Todavía no estoy en servicio por completo, repite la misma respuesta y aparto de él mi mirada con impaciencia, resoplando bruscamente por la nariz.

—Vete. Quédate con Daniel —murmuro, manteniendo la mirada lejos de él.

Bella sigue agarrando mi mano y después de que desaparece la bestia, la aprieta gentilmente, regresando mi atención a ella.

—¿Qué sucede? —pregunta con suavidad—. ¿Por qué te molesta?

Abro la boca para responder, pero la cierro con frustración. Suelto su mano y pongo ambas manos en mis caderas. No hay precedencia para él. Ninguna. Nunca me he encontrado con un ángel que no tenga el conocimiento de su misión.

Jamás.

Me preocupa, y no puedo racionalizar la razón.

Sacudo la cabeza; más por confusión que por otra cosa.

—No me gusta —admito eventualmente detrás de un suspiro cansado—. No hay excepciones —me giro por completo hacia ella y encuentro su mirada— aparte de mí.