Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 35

Cuando se llega el amanecer del día siguiente Bella y yo no hemos dormido más de una hora. Tuvimos intimidad otras dos veces durante la noche, y aunque yo puedo seguir sumergiéndome infinidad de veces más en ese precioso cuerpo suyo, Bella estaba exhausta.

Yo la había cansado, y a pesar de que no lo admitía abiertamente, también la había lastimado. En la tercera ronda tuve que obligarme a permanecer consciente de ella y ser lo más gentil posible cuando Bella empezó a reaccionar con dolor – sin importar qué tanto intentara ocultármelo.

Decidí sanar su delicado cuerpo mientras me aseguraba de prevenir toda posibilidad de un embarazo. No se lo dije; no estoy seguro de que ella lo aprobaría, pero no podía soportar saber que le había causado dolor físico.

Tengo que seguirme recordando que, aunque yo tengo una fuerza y resistencia que ningún humano puede igualar, Bella no la tiene. Es tan frágil y tierna como las alas de una mariposa.

Eventualmente sucumbo al sueño con Bella junto a mí, con mis miembros entrelazados en la calidad humedad de los suyos. Me sorprende la facilidad con la que puedo dormir y permanecer dormido, especialmente con el dulce aroma de su cuerpo saturando el mío e inundando mis sentidos.

Si quisiera, además de quitarle todo el dolor a su cuerpo, podría encargarme de que Bella no necesitara dormir; ni yo, en realidad. Nos daría más tiempo juntos, pero no se sentiría correcto. Además, dormir con ella es una de las pocas intimidades humanas que nunca elegiría cambiar. Sin mencionar que podría quedarme sentado viendo a Bella dormir durante horas. La total vulnerabilidad de su inconsciencia la hace todavía más hermosa, y habla entre sueños.

Habla sobre mí.

Para las nueve de la mañana ya estoy despierto, me visto con prisa y bajo al comedor para subir el desayuno. Estoy hambriento, y Bella tiene que estarlo todavía más. Apenas comimos la noche anterior y tenía bastante apetito.

En una pequeña habitación junto al comedor principal se encuentra un banquete de comida recién preparada junto con varias cafeteras, una tetera de acero inoxidable con agua caliente para el té y otras bebidas, y varias jarras llenas de jugo. Estoy prácticamente salivando, agarro una bandeja y dos platos, y los lleno con tocino, huevos revueltos, panqués y croquetas de papa antes de servir dos vasos grandes de jugo de naranja. Luego, dejando todo frente a la cajera, que solo me mira asombrada y anonadad, le lanzo una sonrisa tonta.

A través de su mente puedo ver mi propio reflejo. Mis ojos están casi ardiendo, mi cabello es un completo desastre, mi camisa está mal abotonada y mis jeans cuelgan muy bajos en mi cadera – casi revelando demasiado. Estoy en un estado de tal desorden que por poco no reconozco mi propia apariencia.

Ella hace una pausa, se detiene de repente y parpadea repetidamente durante varios momentos antes de recuperar el control de sí misma.

—Debes tener hambre —observa, lanzándome una sonrisa ligeramente desquiciada al entregarme dos juegos de utensilios y varios sobrecitos de salsas.

—Muero de hambre —respondo.

—¿Te gustaría c-comprar una rosa para tu esposa? —tartamudea, sus ojos permanecen pegados a los míos casi con confusión, incluso mientras señala un ramo de rosas envueltas de forma individual detrás de ella.

—Claro —respondo, saco la tarjeta de crédito de mi padre de mi bolsillo trasero y se la entrego.

Ella cobra mis compras mientras ignoro sus divagaciones internas. Mis pensamientos están demasiado ocupados por lo sucedido en las últimas horas, haciendo que la sonrisa plasmada en mi cara se haga casi tan desquiciada como la suya.

—Qué lo disfruten —murmura, sigue mirándome en estado de shock al entregarme el recibo. Dios mío, este chico es bonito, añaden sus pensamientos.

—Gracias, pero mi esposa es más bonita —respondo, guiñándole deliberadamente, y casi me rio en voz alta cuando se sobresalta abiertamente. Luego, con mi sonrisa creciendo, agarro la bandeja y regreso a nuestra habitación.

Bella sigue dormida, su largo cabello oscuro cae en ondas sobre sus hombros y el colchón de forma que enmarca su pálido rostro ligeramente sonrojado. Sonriendo por impulso para mí, dejo la bandeja en el buró y agarro la rosa; sacándola cuidadosamente de su envoltorio de plástico.

—Bella… —susurro, me inclino sobre ella y paso con gentileza los pétalos de la flor por su nariz y sobre sus labios—. Oye.

Sonríe incluso antes de que el sueño la suelte por completo, aparta gentilmente con la mano lo que le está haciendo cosquillas.

—Cinco minutos más… —murmura, estirando a ciegas la mano para agarrar mis dedos.

—Traje de desayunar —le murmuro al oído—. ¿Tienes hambre?

Inhalando profundamente y exhalando en una sonrisa adormilada, abre lentamente los ojos y me enfoca con ellos.

—Edward…

—¿Hmm? —paso la rosa juguetonamente sobre su mejilla antes de que ella me la quite para inhalar su aroma.

—¿De dónde sacaste esto? —pregunta, su voz suena adorablemente ronca.

—De la señora muy conmocionada que servía el desayuno, que piensa que soy increíblemente bonito —bromeo, me rio cuando su expresión se alegra con diversión.

Eres increíblemente bonito —bromea, se sienta y estira los brazos al aire, gime contenta al hacerlo.

Mientras sigue extendiendo su pequeño cuerpo, bostezando y dejando de lado los efectos del sueño, la sábana que estaba envuelta a su alrededor se resbala para revelar sus pechos y estómago. Casi de inmediato mis ojos se centran en ellos hasta que estoy prácticamente gimiendo junto con ella.

Notando dónde se encuentra mi concentración, ella rápidamente se vuelve a subir la sábana para detenerla debajo de sus brazos.

—Oh, no. No hasta que tome un largo baño caliente —me informa, sus labios esbozan una sonrisita conocedora antes de golpetear gentilmente mi mentón con sus dedos.

Inclinándome hacia enfrente, poso mis labios en su hombro desnudo y luego en su oído.

—Primero el desayuno, luego el largo baño caliente, ¿y después…? —apartándome para encontrar su mirada, alzo las cejas de forma pícara.

Ella solo pone los ojos en blanco hasta que de pronto se fijan en mi cara, y arrugando la frente, se aleja un poco más para analizarme.

—¿Qué? —pregunto con curiosidad, ladeando la cabeza.

—Te ves… diferente… —murmura, su frente se frunce más a causa de la distracción.

—¿Eh? ¿Cómo?

Durante varios momentos solo me mira, sus ojos escudriñan cada centímetro de mi cara antes de dejarlo ir; sacude la cabeza para sí.

—No sé…

Riéndome para mí, estiro la mano y acomodo el caos que es su largo cabello detrás de su oreja para alejarlo de su cara.

—Su juicio se ha visto nublado por demasiado sexo, señora Cullen.

Sonríe, bufa suavemente mientras sus ojos se mueven sobre mi hombro hacia los dos platos de comida.

Agarro la bandeja para sentarme junto a ella en la cama y durante la siguiente media hora me atiborro de comida al mismo tiempo que me aseguro de que Bella coma una cantidad adecuada. Ella tiene el apetito de un gorrión y no es necesario decir que necesitará mucha más energía en las próximas horas.

Termino metiendo cucharadas de comida en su boca que terminan derramándose sobre ella y la cama. Se ríe, casi se ahoga, y en el proceso de chupar el jarabe de maple de su mentón casi empezamos el "Cuarto acto".

Luego le preparo un baño en la enorme tina oval, utilizando las sales de baño y aceites de cortesía que están en una canasta sobre el tocador. Mientras ella se relaja en la tina yo me rasuro. No es que realmente necesite hacerlo, pero estoy empecinado en continuar con esta farsa de normalidad; la charada de recién casados felices para no levantar la sospecha de Bella. Estas últimas horas necesito darle tantos recuerdos como pueda; recuerdos suficientes que le duren toda una vida. Su vida sin mí.

Es muy fácil perderme en ella, perder de vista lo que nos espera a ambos, porque estoy tan feliz como ella. De hecho, me siento más feliz de lo que me he sentido en los cuatro mil años de mi estancada existencia humana. Sin embargo, conforme los minutos se convierten en horas, el pánico que ha estado susurrando en las sombras de mi mente ha extendido lentamente sus tentáculos alrededor de mi corazón. Empiezo a sentir que me ahogo lentamente.

—Edward. —La voz de Bella me saca de mis oscuros pensamientos.

Giro la cabeza, encontrando su mirada sobre mi hombro.

—¿Hmm?

—Te estás poniendo serio otra vez —comenta, aunque su expresión se ve relajada y tranquila; libre de preocupación.

Rápidamente obligo a mi cara a sonreír y elaboro una respuesta.

—Estoy intentando identificar qué es lo que piensas que se ve tan diferente en mí.

En respuesta, ella esboza una enorme sonrisa.

—Juro que definitivamente hay algo diferente en ti.

Sonriendo ligeramente para mí, me giro de nuevo al espejo y me unto la crema de afeitar en la cara. En un esfuerzo por distraerme, presto más atención a mi reflejo de lo que haría en otro momento.

¿Me veo diferente? No parece así, y después de examinar mis facciones desde diferentes ángulos mientras me paso el rastrillo por mi incipiente barba, llego a la conclusión de que Bella debe estar imaginando cosas.

Algo que le digo después de limpiarme el cuello y la cara con una toalla de manos caliente que cuelga en un lado del tocador.

—No hay nada diferente en mí aparte de cuatro mil años de tensión sexual que al fin ha sido retirada de mis hombros —bromeo, me pongo la loción y me giro justo a tiempo para ver la enorme sonrisa extenderse lentamente sobre el rostro de Bella.

—Estás loco —murmura, cierra los ojos al sumergirse en el agua aromatizada y burbujeante—. ¿Me acompañas?

No necesito una segunda invitación, y después de quitarme la ropa con demasiada ansia de mi cuerpo, me meto a la cálida y jabonosa tina con ella. Ella se sienta, moviéndose hacia enfrente para hacerme espacio y así poder deslizarme dentro del agua detrás de ella antes de relajarse en mí.

Rodeándola con mis brazos, la acerco más a mí y ella inhala profundamente, exhalando en un suspiro que suena un poco flojo.

—Vamos a quedarnos así para siempre —murmura, entrelaza sus dedos con los míos y gira la cabeza para besar tiernamente un costado de mi cuello.

Cierro los ojos, apoyo mi nariz y labios en su frente.

—Hmm… para siempre…

Para siempre… es una palabra que no aplica para nosotros porque, aunque fuimos hechos para encontramos, siempre hemos estado destinados a separarnos.

—¿Edward…? —comenta después de una pausa muy larga en la que tuve la certeza de que se había quedado dormida recargada en mí.

—¿Hmm?

—¿Vamos a vivir con tus padres?

Sintiendo como mi frente se arruga, me aparto para ver su cara.

—Por supuesto que sí. ¿Dónde más viviríamos?

—Yo… yo pensé que me harías regresar al convento —admite en voz baja.

Mi respiración sale disparada por la nariz al intentar no reírme.

—Dios, no. No más conventos.

—Bien —dice, se da la vuelta hasta que su pecho queda pegado al mío. Me besa, y luego otra vez mientras su boca se abre lentamente.

La cuarta ronda se lleva acabo en la tina, y a diferencia de las tres anteriores, es Bella la que ahora está sobre mí. Incluso entonces batallo por contener la energía que una vez más se abre camino a través de mi cuerpo híbrido, agudizando mis sentidos y llevándome a un plano más alto hasta que olvido mi propia fuerza; olvido el daño que puedo causar a un frágil cuerpo humano. Ingenuamente creo que mientras no esté dejando caer mi peso sobre Bella, ella no corre peligro.

Inundamos completamente el baño y en un momento de una entrega desencadenada, mis alas vuelven a salir disparadas violentamente a través de mi espalda. Esta vez la fuerza que tienen destroza la ventana que está detrás de nosotros, empujándonos a Bella y a mí de forma brusca hacia enfrente a la orilla de la tina y estrellándonos contra el costado del tocador.

Lo vi venir, y a pesar de jalarla con fuerza hacia mí y rodear firmemente su cuerpo con mis brazos, no pude detener el impacto. La fuerza quiebra varias de sus costillas y le perfora los pulmones, y el sonido suena tan enfermizamente claro que envía estremecimientos a través de mis venas.

Ella grita de inmediato y la sangre sale disparada de su boca, la cargo en mis brazos lleno de un pánico ciego, corro de regreso a la habitación y la recuesto con cuidado en la cama.

Está completamente rígida y toda su cara está torcida a causa del dolor.

—Ed… —intenta hablar, y yo sacudo rápidamente la cabeza.

—Lo siento mucho, cariño —exclamo, me veo asediado por culpa y horror antes de poner la palma entre sus pechos y cerrar los ojos.

En menos de un segundo ella está sanada mientras que la iluminación del poder de la lanza quema a través de la superficie de su piel.

Su cuerpo inmediatamente se relaja, aunque sus ojos permanecen bien abiertos y llenos de shock. Respira varias veces de forma tentativa, como probando la capacidad de sus pulmones antes de relajarse por completo.

—Bien, ya nada de tontear en el baño —dice, su tono es ligero, casi juguetón.

Pasándome ambas manos de forma tensa por el cabello, una expresión que existe entre la incredulidad, el shock y el alivio sale expulsada de mí. Colapso junto a ella en la cama y la jalo con un poco de brusquedad a mis brazos. Un sonido reflexivo escapa de sus pulmones y de inmediato relajo mi agarre en ella.

—Jesús… —murmuro para mí en apenas un susurro antes de enterrar toda la cara en su cabello—. Perdóname, por favor, Bella.

—No seas tonto —me tranquiliza, acurrucándose más junto a mí—. Es uno de los riesgos de casarte con un ángel —añade con naturalidad.

Gimo por lo bajo.

—No bromees con eso, por favor.

Pero ella está determinada a tomárselo a la ligera.

—¿Imagina si no tuvieras la lanza y tuviéramos que ir a emergencias? ¿Cómo se lo explicaría al doctor? "Mi esposo y yo estábamos teniendo sexo cuando sus alas salieron disparadas y me dejaron inconsciente". —Se ríe con ganas.

—No es tan gracioso —replico, incluso mientras permito que una ligera sonrisa se extienda en mi cara a modo de respuesta.

—Sí lo es. —Me codea un poco—. Hablando de alas, Edward. Siguen extendidas.

Respirando con frustración, las recojo y me pongo de espaldas, jalándola sobre mi pecho. Ambos seguimos chorreando, pero sentir el cálido y húmedo cuerpo de Bella sobre el mío es indescriptible. Encaja tan perfectamente conmigo a pesar de las once pulgadas de diferencia en altura entre nosotros.

—¿Puedo preguntarte algo? —pregunta.

—Puedes preguntarme lo que sea —le recuerdo.

Se apoya sobre mi pecho para poder verme a los ojos.

—Bien, pero prométeme que no te pondrás todo serio y como ángel tradicional.

Alzo una ceja cínica y gimo, medio bromeando.

—¿Qué quieres preguntarme?

—Promételo primero —insiste.

—No.

Bufa un poco y me frunce el ceño.

—Me acabas de provocar heridas internas, ¡me debes una!

Considero la idea de hacerme el ofendido, solo que encuentro muy difícil el poder contener mi sonrisa.

—¿De verdad me vas a reprochar eso?

—¡Solo prométemelo! —se está exasperando, suspiro en voz alta.

—Bien, prometo que no me pondré todo serio y como ángel tradicional —la imito y solo logro irritarla más.

Me empuja y me da la impresión de que no está tan enojada como me quiere hacer creer.

—Solo eres un año mayor que yo, así que deja de ser tan condescendiente.

Esbozo una sonrisa impulsiva.

—Soy dieciocho meses más grande, y varios miles de años.

Toda su expresión se oscurece en esta ocasión y durante medio segundo estoy casi convencido de que de verdad está enojada. Entro en sus pensamientos sin decidirlo conscientemente, y descubro dos cosas: la primera, no está enojada tanto como frustrada, y la segunda, quiere que la lleve a volar.

—Bien, bien, iremos a volar —cedo antes de comprender mi error.

Abre la boca, entrecierra los ojos. Está completamente ofendida, luego en el siguiente momento me da un rodillazo en la entrepierna.

En reflejo me aparto de ella, se me entrecorta la respiración y me cubro mi abatida anatomía con ambas manos.

—¡Madre de Dios! —exclamo cuando recupero la voz, me pongo en posición fetal y gimo en voz alta.

A pesar de estar en posesión de todo el poder debajo del Cielo, con un solo golpe Bella –con sus 45 kilos– me ha incapacitado por completo.

—¡Dios mío! ¡Lo siento mucho, Edward! —escucho su aguda exclamación detrás de mis ojos cerrados mientras le pido al horroroso dolor punzante radiando de mi entrepierna que se entumezca.

—Estoy… estoy bien… —emito en una voz desesperanzadoramente fracturada, me doy la vuelta justo a tiempo para verla corriendo hacia mí.

La bata blanca del Mayflower Inn está envuelta flojamente sobre su cuerpo, tiene la lanza alzada en su mano derecha, como si quisiera apuñalarme con ella.

Por segunda vez respondo por puro instinto, me alejo de un salto de ella, alzando las manos en posición defensiva.

—Bella, ¡¿qué demonios estás haciendo?! ¡Baja eso!

Sigue avanzando hacia mí como si no me hubiera escuchado, su expresión sigue retorciéndose con preocupación. Sin tardar otro momento, me bajo de la cama, la agarro bruscamente de la cintura y le arranco la lanza de la mano.

—¿Qué demonios estabas pensando? —exijo saber, y esta vez soy yo el que está enojado.

Su respiración se entrecorta con sorpresa y alza la vista a mí.

—L-Lo siento, Edward. Te iba a sanar.

¡¿Sanarme?! —repito, mi voz suena dura y llena de incredulidad, la sobresalto—. ¡Pudiste haberme matado!

Agranda los ojos y se le llenan de arrepentimiento, y durante un solo momento temo que ella vaya a romper en llanto. Luego, sin advertencia, toda su actitud cambia.

—¿Por qué demonios estás tan enojado conmigo? —me reclama, mirándome con enojo—. Fuiste tú el que entró sin permiso a mis pensamientos. ¿Cómo te sentirías si yo te hiciera eso todo el maldito tiempo?

—¿Quieres leer mi mente? Puedo hacerlo realidad —le ofrezco sin detenerme.

—¡No! —declara, sin duda alguna abre la boca para regañarme más, pero se detiene y aparta la vista de mí; cuestionándose muy descaradamente—. Yo… yo… no —reitera, suena tan poco convencida que de inmediato esbozo una sonrisa e intento ahogarlo con un resoplido—. Eres muy inteligente —musita con reticencia, y no puedo evitarlo; me rio.

—Lo siento —concedo, exhalando. Luego, aventando la lanza al buro, la rodeo con mis brazos y la jalo a mí—. No fue intencional. A veces solo apareces en mi cabeza.

—Te perdono —murmura, pero hay cierto elemento de cinismo en su tono; algo que explica a detalle—. A pesar de que me dijiste que tenías que tomar una decisión consciente para leer la mente de alguien.

Me deja perplejo, y durante varios segundos abro y cierro la boca repetidamente, buscando las palabras para defenderme. Sigo olvidando lo perspicaz y astuta que puede ser, y en total derrota, dejo caer la cara sobre su cabeza, gimiendo en voz alta.

—Vas a ser mi muerte.

Literalmente.