Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 37

Mi cuerpo está cansado – mi cuerpo está exhausto – y mi mente está inquieta. No puedo dormir, y durante más de una hora permanezco acostado con el cuerpo inconsciente de Bella junto a mí, con los ojos bien abiertos y fijos en el techo.

El pánico empieza a invadirme; una punzante energía oscura que surge a través de mis venas hasta que estoy sudando frío. Mis manos empiezan a sacudirse hasta que todo mi cuerpo está temblando y cada instinto dentro de mí empieza a gritarme que debo correr. Que escape. Pero ¿a dónde?

No puedo dejar atrás a los perros del Infierno más de lo que puedo proteger a Bella de mi destino.

Junto a mí, los leves murmullos de Bella regresan mi atención a ella.

—Dashiel… —susurra en una expresión casi inaudible, expulsando un largo y lánguido suspiro. Éste se ve acompañado por un tarareo mientras que una sonrisa aparece gentilmente en su cara durmiente.

Sus sueños son felices y despreocupados; proyecciones y recuerdos de los últimos días junto con promesas susurradas de un futuro con su esposo. Su esposo al que subconscientemente sigue viendo como el ángel y no el humano.

Mientras duerme ella permanece felizmente inconsciente de lo que nos espera a ambos en el horizonte. De lo que ahora está tan cerca que puedo sentir su helado aliento respirándome en la nuca. Este desafortunado futuro del que ninguno puede escapar; cuando el cuerpo humano de su esposo Edward muera y el alma del ángel Dashiel se vea arrastrada al Infierno.

Me destroza el corazón, la mente, hasta que no puedo soportar estar dentro de su cabeza. O incluso en su presencia. Estoy cubierto por su calidez, su aroma, su misma esencia, sin embargo, mi piel se arrastra.

Tengo que salir de aquí.

Me muevo de debajo de ella con demasiada prisa mientras que al mismo tiempo tengo cuidado de no perturbarla a ella ni a sus sueños. Después de ponerme los mismos jeans que usé hace unas horas cuando la llevé a volar, abro las puertas corredizas y salto por el balcón los treinta pies que hay hasta el piso.

Camino sin rumbo, de forma ciega, con la mente acelerada y el corazón martilleando, a través de los jardines húmedos y sobre los caminos de piedra hasta que me encuentro en la orilla de la propiedad. Después, luego de liberar mis alas, me lanzo al cielo en un solo movimiento.

Viajo a una velocidad imprudente, y antes de llegar a los mil pies en el cielo, rompo la barrera del sonido. Pero no me detengo, ni bajo la velocidad. De hecho, apenas registro el sonido en eco de la explosión sónica mientras sigo avanzando más y más hacia la atmosfera.

Vuelo a veinte, treinta, cuarenta millas de altura, a través del ozono de la estratosfera hasta que la temperatura cae y la presión del aire es tan baja que mis pulmones arden y mi cuerpo empieza a llorar en busca de oxígeno.

Vuelo hasta que estoy luchando con mis propias limitaciones humanas con cada centímetro que avanzo. Hasta que la atmosfera es tan helada que mis alas empiezan a congelarse y ya no soy capaz de tomar ni una sola respiración más.

Es entonces cuando dejo de luchar y caigo. Cierro los ojos al rendirme por completo, no escucho nada en el espacio vacío más que el viento acelerándose junto a mis oídos. Durante varios momentos no hay nada más que vacío, calma, y luego mi mente se abre.

Mientras mi cuerpo cae disparado hacia la tierra, mi mente grita con dolor y enojo. Grita de tal manera que sugiere que he perdido la razón, hasta que el oxígeno inunda mis pulmones y mis gritos se vuelven audibles y tan altos que ahogan completamente la angustia y el caos arrasando dentro de mi cabeza.

Es algo breve este tormento que explota dentro de mí, pero es suficiente para cansarme hasta que de pronto no deseo nada más que el olvido. Donde nada existe – ni el dolor, ni el miedo, ni el Infierno o el Cielo, solo la insignificancia de la muerte. Con una última respiración, suelto cada pensamiento, cada impulso e inhibición, y sigo cayendo.

Comprendo que mi cuerpo humano no sobrevivirá al impacto, sin embargo, no hago nada para salvarme. Estoy completamente resignado a mi destino, y estoy cansado de luchar. De luchar a través de ciclos interminables y repetitivos de días y meses y años sin descanso. Donde he sido abandonado, donde mis súplicas no han sido escuchadas ni respondidas, y donde me han dejado ultimadamente desamparado ante lo peor que puede sucederle a la humanidad.

Es Daniel el que interviene. En una cegadora radiación de luz, se materializa segundos antes del impacto, y detiene mi descenso en un demoledor momento.

Luego me deja caer, me tira completamente, y si sus acciones no son suficientes para convencerme de su enojo, aterriza ante mí con una expresión asesina asediando su rostro.

—¡¿QUÉ ES LO QUE TE PASA?! —su voz furiosa corta a través de la quietud en la calma previa al amanecer.

No respondo, incluso cuando me empuja al suelo y planta un pie en mi pecho, fulminándome con la mirada con total desprecio y desdén.

»¿Lástima por ti mismo? ¿De eso se trata? —escupe como si fuera veneno—. ¡Bastardo egocéntrico! ¿Has olvidado que dejaste la lanza en la habitación con Bella? —su voz se endurece, su mente no es tan gentil. Me desea toda clase de malas voluntades por haberla puesto en tanto peligro—. ¿Cómo esperas que la proteja de eso? ¡No puedo tocarla!

Sacudo la cabeza.

—Yo… Yo no puedo… —No termino. Todas las palabras me han dejado, y mi mente está vacía y rodeada en derrota.

—Y dices amarla —dice con desprecio en un susurro furioso antes de agacharse y ponerme de pie bruscamente—. Levántate y regresa a ella. —Me empuja en dirección al hotel y luego se va.

Camino entumecido, casi en estado de shock, de regreso a la mansión holandesa, y con cada paso que doy me hago más consciente de mis acciones; de lo que casi hice. La culpa empieza a llover en mí hasta que dejo de caminar y, con aliento titubeante, caigo de rodillas.

—Perdóname, por favor, hermano —musito en apenas algo más que un susurro, luchando desesperadamente contra el torrente de pena que empieza a invadirme—. Perdóname, por favor…

—No es a mí a quién deberías decirle esas palabras. —Aparece una vez más junto a mí, su tono permanece duro y despiadado.

Solo asiento; las palabras que quería decir mueren en mis labios. Sigo con la cabeza agachada ante él, de rodillas en el pasto lodoso de una granja que hay cerca; no hay nada más que pueda hacer.

Agarrándome el hombro, el ángel enfurecido me vuelve a jalar bruscamente para ponerme de pie. No reacciono. Solo me pongo de pie mientras que la comprensión de mis acciones sigue expandiéndose hasta que estoy hinchando con asco hacia mí mismo.

—Espera por mí —le indico en voz baja antes de eclipsar mi cuerpo en luz y reaparecer un instante después en forma física en medio de nuestra habitación.

Bella permanece profundamente dormida ahora libre de sueños, su respiración es constante y tenue; no está consciente del crimen que casi comento contra ella.

Me acerco lentamente a un costado de la cama, mirándola durante el momento más largo de todos; mirando su rostro increíblemente hermoso, pero no menos humano, mientras que sigo sintiendo esa admiración silenciosa ante alcance del amor que siento por ella. Ese tirón profundamente arraigado en mí que siempre ha gobernado cada uno de mis instintos.

Cierro los ojos para concentrarme en la sutil esencia de ella que fluye a través de mis venas. Ningún humano ha tenido este efecto en mí, jamás, y ni una sola vez en toda mi desolada existencia se me ha ofrecido una explicación de por qué. ¿Por qué ella? ¿Por qué esta humana? ¿Fue creada simplemente para mi tentación? ¿Para enfrentar mi naturaleza angelical con un corazón y un alma que la desea tan profundamente? Un deseo que no elegí más que las numerosas vidas humanas que me vi obligado a vivir.

No fue una decisión que tomé conscientemente, enamorarme de una humana, pero mientras luchaba por resistirme, comprendí que estaba luchando contra algo que estaba inherentemente dentro de mí – dentro de mi propia creación.

—¿Por qué me la enviaste? —dirijo la pregunta a nadie en particular con una voz que apenas puedo reconocer.

Mi pregunta permanece sin responder, igual que ha estado durante demasiados siglos. Me encuentro con la quietud en Bella y del amanecer mientras que Daniel espera afuera.

Agarrando la lanza de donde la había dejado tiraba sobre el buró, la meto en el bolsillo frontal de mis jeans. Luego, saliendo por las puertas todavía abiertas del balcón, me dejo caer al suelo.

Aterrizo con un golpe torpe, y sin decir ni una palabra, una vez más me dirijo a la parte trasera del terreno del hotel. Daniel camina en silencio a mi lado, y aunque la gran parte de su enojo ha disminuido, sigue en ebullición.

Quiere ponerle voz a su enojo, pero no lo hace. Comprende que no estoy en el mismo estado mental que hace unos minutos y no es lo suficientemente tonto para seguir presionándome.

—Quiero disculparme contigo, hermano —rompo el silencio entre nosotros, girándome para verlo.

Alza la cabeza y me mira, la sorpresa se mezcla con lo que persiste de su resentimiento.

»He dirigido mi frustración hacia ti, y me disculpo. Debí haberte mostrado el respeto que mereces; especialmente considerando que eres el guardián de Bella. —Soy sincero a pesar del tono monótono de mi voz, y le ofrezco una sonrisa tensa para darle más énfasis.

Él la corresponde de forma casi amigable antes de cerrar los ojos por un momento y asentir.

»Quiero que me prometas una cosa más —añado después de un momento, y sigo hablando después de que el ángel alza una ceja cuestionadora—. No quiero que Bella sepa la verdad sobre lo que me va a pasar, jamás. Le dije que regresaré al Cielo. Eso es todo lo que necesita saber.

—¿Le dijiste? —repite con cierto grado de incredulidad.

—Todavía no lo sabe, pero pronto lo sabrá —murmuro, haciendo alusión a la nota que escribí, pero sin decir nada más.

Con un suspiro pesado, deja caer la cabeza en forma de comprensión, y como si lo que le estoy pidiendo fuera una carga para él.

Eso me frustra, y espeto con impaciencia:

—¿Es demasiado pedir? ¿O preferirías ver a Bella vivir su vida en miseria?

—Me malinterpretas, hermano —explica sereno—. Solo me preocupa el cómo va a tomar ella su separación.

Me detengo y me giro por completo hacia él.

—No puedes permitirle que se estanque en eso. Dile lo que tengas que decirle para sacarla de ese punto. Dile que estoy viendo todo lo que hace y que estaré muy enojado si deja de vivir por mí.

Asiente otra vez.

—Lo haré —promete en voz baja.

—¿Y cómo sucedió? Que te convirtieras en su guardián —pregunto, de pronto siento curiosidad. Después de todo, nuestras misiones nos son asignadas, nosotros no las elegimos.

Me mira con la frente ligeramente fruncida como si mi pregunta lo confundiera.

—¿Lo olvidaste, hermano? Tú me lo pediste.

—¿Te ofreciste de voluntario?

—Hm. —Agacha la cabeza—. —Además expliqué que había sido una solicitud directa de tu parte.

—Entonces, ¿elegiste ser el guardián de Bella antes que estar otra vez con tu humana?

Daniel sonríe ligeramente para sí, pero hay cierta tristeza reflejándose en sus ojos áuricos.

—Una vida humana es un grano de arena en el océano del tiempo. Antes de que vuelva a parpadear, la veré otra vez. Además, ella no está en el Cielo. Eligió seguir regresando.

—¿Por qué?

—Porque en el Cielo me recuerda, y era demasiado difícil para ella. La Tierra es el único lugar donde no tiene recuerdos —su voz baja hasta ser un murmullo; está consciente de cómo me impactará esto.

—Así que eso es lo que le espera a ella… —musito para mí ante la plena desesperanza de todo esto, de saber que Bella nunca encontrará la paz tratándose de mí. Incluso en la muerte.

—Ella puede elegir borrarte de sus recuerdos —me recuerda la opción que se les da a todos los humanos después de una experiencia traumática, y su expresión está tan llena de dolor que casi se aparta de mí.

Abro la boca, pero se encuentra con el silencio del shock y en respuesta, una expresión de alarma abarca su rostro, abre la boca para disculparse.

Niego con la cabeza para detenerlo, pero no tengo palabras. No tengo palabras para comprender esta pesadilla en la que me encuentro. No tengo palabras para proteger a Bella del dolor que la está esperando; en vida y en muerte.

—Solo… solo cuídala por mí —eventualmente encuentro mi voz, incluso cuando se rompe, pero ya no puedo contener el dolor que crece en mi pecho. Y suspendido durante un corto momento a causa de la angustia, una solitaria lágrima cae por mi rostro.

—Dashiel… —Daniel habla, regresando mi atención a él.

Mis ojos se alzan para posarse en él, aunque no me muevo físicamente.

Ya no está todo su enojo y enemistad, y lo que queda es solo veneración.

—Por ti, moriré por ella —jura, cierra los ojos mientras su frente se arruga marcadamente sobre ellos.

Y se va por segunda vez.

Limpiándome a toda prisa la cara, libero mis alas, me lanzo en lo alto al aire y me dejo caer hacia la terraza del pequeño balcón de nuestra habitación. El jardinero de la mañana me ve.

El hombre anciano se queda viéndome asombrado, no está seguro de poder confiar en sus ojos.

Soy real. Así que asegúrate de expiar tus pecados mientras puedas, porque nuestro padre tiene una memoria muy buena, pongo el mensaje en su mente, sin molestarme en esconder la amargura de mi voz interior.

Le permito mantener sus recuerdos de mí. La verdad es que ya no tengo la fuerza para removerlos.

A las nueve de la mañana, Bella y yo dejamos el hotel para regresar a casa con mis padres.

Escondí mi carta hasta el fondo de su maleta. Puedo sentir el peso que tiene al echármela al hombro y cuando la meto a la cajuela del carro de mi padre. Estoy consciente de la intensidad con la que le va a romper el corazón, y tengo que luchar conmigo mismo para no sacarla y romperla. Tengo que recordarme que será peor el dolor de su corazón si tiene que vivir el resto de su vida sin saber jamás qué fue lo que me pasó.

Ella merece la verdad; incluso si la última verdad que puedo ofrecerle es una mentira.

El viaje dura poco más de dos horas, y necesito cada gramo de mi control para mantener la expresión tranquila y la sonrisa fija en mi rostro. Me obligo a entablar conversación con Bella, a unirme a la farsa y discutir planes a futuro con ella que nunca sucederán. Porque la Muerte ya está arañando mi puerta, y en un par de horas no tendré más opción que dejarla entrar.

Cuando llegamos a casa mi madre nos saluda con mucho entusiasmo, queriendo saber todos los detalles de nuestra estadía. Mi papá fue llamado al hospital, no regresará hasta más tarde, y después de prometer que lo esperaría, jalo a Bella por las escaleras detrás de mí.

Tomé control de la lanza justo después del mediodía hace tres días; tengo menos de una hora para regresarla.

Después de soltar nuestras maletas en el piso, jalo a Bella a mis brazos y colapsamos en la cama. Cerrando los ojos, me pierdo en su mente, aunque ella quiera o no, e intento grabarlo todo en mi memoria. El matiz de sus pensamientos es casi reconfortador; para alguien tan joven, estos traicionan su verdadera edad. Por la mayor parte de la vida de Bella, ella ha existido más en su imaginación que en la realidad, pero lo que no comprende por completo es que los sueños en los que se ha sumergido para llenar esos largos lapsos de horas solitarias en el convento eran recuerdos.

Incluso ahora, la esencia de sus recuerdos todavía persiste en sus pensamientos; de un ángel con alas blancas y cabello negro. Ella me encerró en el recoveco más profundo de su corazón, para manifestarse como sueños y fantasías cuando los limites de su capacidad humana amenazan con dejarme en el olvido.

Tengo que confiar en que ella seguirá manteniéndome con vida de la misma forma durante las generaciones venideras.

Ella se muestra contenta conmigo en el silencio; está tan absorta en sus pensamientos como yo, solo que los de ella se desvían en una dirección completamente diferente a los míos. Le preocupa cómo será la vida de casada conmigo después de que regrese la lanza; si es que volveré a ser el ángel híbrido desapegado e indiferente que la mantendrá a una firme distancia.

—¿Cuándo tienes que regresarla? —su diminuta y distraída voz alude eventualmente al tema.

—Pronto —es todo lo que ofrezco en respuesta.

—Edward… —comenta suavemente.

—Hablaremos de eso cuando regrese —le prometo, y mi mentira, como una cuerda, me aprieta inmediatamente el corazón.

—Estás leyendo mi mente otra vez —me reclama; solo que esta vez no está enojada.

Sonrío y casi me rio, pero se manifiesta rápidamente como un sollozo; algo que me veo obligado a ocultar bajo mi aliento mientras la aprieto más contra mí. Cierro los ojos para obligar a las lágrimas a retroceder, y obligar al tsunami de pánico en mi corazón a calmarse mientras memorizo la sensación y el tamaño de ella en mis brazos. La forma en que huele, el tono de su voz, y la impresión de sus pensamientos y sueños; sabiendo que si tan solo pudiera aferrarme a todo sobre ella, puede que sea capaz de soportar lo que me espera.

Con cada segundo que pasa, la Muerte se acerca más, hasta que el tiempo entre nosotros finalmente se termina. Sé que si no me muevo corro el peligro real de morir frente a ella. Y si la lanza no es regresada al Vaticano y Bella la agarra, el convenio que contiene será transferido a ella e igual que a mí, la destruirá.

Me levanto de la cama y, entrelazando sus dedos con los míos, Bella se levanta conmigo.

—Te acompañaré afuera —me ofrece.

—No necesito salir —revelo simplemente, y cuando alza una ceja curiosa, me transformo momentáneamente en luz a modo de explicación.

Jadea, su mano libre se posa sobre su boca mientras que una sonrisa aparece en su rostro.

—¿Cuándo te diste cuenta de que podías hacer eso?

—No cuando debí hacerlo —respondo, luchando por mantener la voz tranquila, por evitar que mi cuerpo se ponga tenso.

Su sonrisa se suaviza y se apoya en mí, pasando sus palmas por mi pecho.

—Regresa pronto a mí. —Su tono gentil flaquea como si subconscientemente supiera la verdad que le he estado guardando.

Tengo que revisar dos veces que no sea algo asechando en el fondo de sus pensamientos antes de estar satisfecho. Luego, asintiendo de forma entumecida –incapaz de decirle una mentira más– acuno su cara con ambas manos, la acerco a mí y la beso.

Y la beso.

Y la beso.

La beso hasta que estoy besando cada punto de su cara antes de regresar a sus labios con una desesperación creciente que empieza a alarmarla. Pero continuo presionando mis labios sobre su cálida y suave piel en repetidas ocasiones, incluso mientras mi mente me grita que me detenga, y Bella intenta darle voz a su creciente inquietud sobre mi boca.

Luego, sacando hasta el último respiro de voluntad que todavía existe dentro de mí, me obligo a separarme de ella y un instante después me voy.

Inmediatamente me veo arrancado de la velocidad de la luz no por mi destino, sino por Miguel.

Para cuando llego al punto de consciencia comprendo que ya fui derrotado. No puedo contener la ola de angustia, ni tengo la energía o la voluntad para luchar contra ella. Me inunda completamente hasta que siento que me estoy ahogando, mientras que todo lo que surgió a raíz de esa extraordinaria humana se ve arrasado.

Miguel me está sacudiendo antes de ser plenamente consciente de ello. Me ha obligado a detenerme en una llanura en una cordillera montañosa. No sé cuál es, ni dónde estamos.

—¡Te prohíbo que te rindas! —exige con voz estridente, estrellando mi cuerpo rendido contra el suelo.

Agarrándome por el cuello de la camisa, me vuelve a arrastrar para ponerme de pie, levantándome del suelo.

»¡Escúchame! —me ordena, sus ojos dorados penetran con fuerza los míos—. ¡Mantente fuerte!

Intento sacudir la cabeza cuando me acerca a él de un jalón.

»¿Crees que nunca antes he sacado a alguien del pozo?

—¿Y a dónde iré? —lo cuestiono, luchando por encontrar la fuerza para hablar—. Fui exiliado del Cielo y mi cuerpo humano morirá.

—No importa —insiste cuando me encojo para soltarme de su agarre.

—No te preocupes por esto, hermano. No querrás terminar como yo.

—Deja de lamentarte —espeta con impaciencia—. Pronto habrá una asamblea con Él, y tus hermanos apelarán por tu restauración. Así que no te rendirás. ¿Me escuchaste?

Una vez más niego con la cabeza, pero estoy tan vencido que ya no me importa.

—No pierdas tu tiempo.

Se detiene y me fulmina con la mirada, su respiración sale bruscamente por la nariz.

—Esto sucederá, aunque quieras ahogarte en tu miseria o no. Estoy seguro de que tus hermanos resucitados se compadecerán de ti por tu humana después de que te saque de ahí, pero por ahora mantente alerta.

Lo miro mientras que la desesperanza asediando mi corazón se convierte lentamente en frustración.

—¿Por qué a Él le importaría un carajo lo que me pase ahora? ¡Me ha ignorado durante cuatro milenios!

—Porque, tú bestia miserable —dice con furia, una vez más me acerca de un jalón, esta vez de la garganta, restringiendo mis conductos de aire— hasta que te volviste a encontrar con tu vidente, todo lo que hiciste fue por ti, para regresar a casa. Ninguna de tus acciones fue jamás por el mero beneficio de los humanos junto a los que vivías. ¡Ninguna! Intentaste comprarte tu boleto de regreso al Cielo porque tú, hermano, jamás has entendido tu castigo.

Me rio seca, amargamente, antes de alejarlo de un empujón, pero mi fuerza ya se está desvaneciendo y por eso apenas se mueve.

—Oh, lo entiendo muy bien, y no tengo las agallas para escuchar uno más de tus sermones, ¡así que puedes IRTE! —bramo de repente, pero el enojo ya me ha consumido, dejando a su paso solo derrota, y derrota es exactamente lo que hace eco hacia mi hermano frente a mí.

Él sigue frunciéndome el ceño, pero sus ojos permanecen fijos y serios en los míos, un toque de lástima empieza a arder en ellos.

—El demonio buscará destruir tu mente primero. No lo dejes. Permanece fuerte y resiste a él.

Bufo esta vez, pero ya no tengo la convicción para seguir enojado.

—Claro.

—Patética bestia —murmura, extendiendo las alas para irse—. No regreses la lanza directamente a la tumba. Los humanos quieren encerrarte. Saben que te matará y quieren tu cuerpo —me advierte con tono inexpresivo e inmutable. La paciencia que me tiene ha expirado.

Resoplo y me rio de lo ingenuo que me cree.

—¿Crees que no estoy consciente de eso?

—Escucha mi advertencia —es todo lo que dice en respuesta antes de irse frunciendo el ceño.

Sin dedicarle otro pensamiento a mi hermano, regreso a Roma y me materializo directamente en el apartamento del Pontífice. El padre está ausente y, avanzando hacia su recamara, pongo la lanza en unos cajones que están adyacentes a su cama antes de trascender otra vez en luz.

Durante los últimos minutos que quedan, el poder de la lanza permanece dentro de mí, drenándose lentamente. Me veo obligado a regresar a mi estado físico y expulsar mis alas. Vuelo sin rumbo ni dirección.

Estoy en alguna parte sobre el océano Atlántico cuando el momento sucede; cuando la Muerte desciende sobre mí.

Empiezo a caer del cielo, y cuando alzo la vista me doy cuenta de que mis alas se están desintegrando. Se disuelven paulatinamente en polvo que rápidamente se ve arrastrado por el viento.

Mis alas son el pináculo de mi existencia híbrida, así que tiene sentido que su destrucción sea el comienzo, pero me sorprende la velocidad con que se marchitan. Se necesitan varias horas de un agonizante esfuerzo el hacerlas crecer y he pasado por ese proceso cientos de veces, pero tardan menos de un minuto en sucumbir en cenizas; hasta que ya no existen más.

Y luego empiezo a caer.

Caigo en picada durante varias millas, muy parecido a esta mañana, solo que esta vez no siento ni de cerca la misma aceptación. Me veo abrumado con un miedo ciego que solo incrementa con cada respiración que pasa hasta que impacto en la superficie del agua. La fuerza me rompe varios huesos, pero como si destrozara mi sentido de la conciencia, todo el dolor y el miedo, el enojo y la angustia, desaparecen lentamente al sumergirme debajo del agua.

Mantengo los ojos fijos en el reflejo del sol; viéndolo oscilar y hacerse cada vez más y más pequeño mientras me deslizo más hacia la oscuridad coalescente. Me hundo más y más profundo, hacia donde la luz del sol ya no puede penetrar. Donde está frío y la presión del agua es tan inmensa que mi mente empieza a nublarse y empiezo a perder todo sentido de percepción.

Luego, justo cuando la Muerte me tiene en sus manos y encuentro la aceptación en una tumba oscura y acuosa en el Océano Atlántico, Daniel me saca de sus profundidades.

—Lo siento, hermano. Mis ordenes vienen directamente de arriba.

Él me está cargando. No sé a dónde –mis sentidos me fallan y mi consciencia apenas puede aferrarse a cualquier tipo de comprensión– pero mientras él vuela con mi cuerpo, el alma del ángel una vez caído empieza su viaje a través de un largo y denso túnel. Como el océano que casi reclamó mi cuerpo humano, entre más desciendo por el túnel, más oscuro y sofocante se vuelve.

Y luego hay fuego.


N/T: Capítulo extra por llegar a los 800 reviews, ¡muchas gracias!