Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 39

Infierno.

El pozo más profundo y oscuro del Infierno donde un mal viviente existe empapado por la sangre de lo peor de la humanidad. Es un mal que es infinito y cambiante; un mal que tiene que ser alimentado constantemente. Va más allá de la verdad, más allá de la imaginación. Es tu peor pesadilla de un dolor incomprensible y un sufrimiento a una escala que ningún humano podría concebir.

Y estoy condenado a pasar aquí la eternidad.

Mi fuerza en el Infierno suplanta a los caídos de la primera esfera, y me la paso peleando al inicio, luchando por escapar, luchando por abrirme camino a la salida. Me niego a ceder, a rendirme, y ruego por piedad incluso cuando los demonios me capturan. Lucho con ellos de frente y permanezco desafiante en frente a la retribución.

La bestia juega conmigo, prolonga mi tortura de forma sadista mientras que saliva sobre mi condena. Aun así me mantengo firme y me niego a dejarlo romperme. A darle lo que queda de mi humanidad, de mi corazón y alma. A darle a ella.

Tal vez si él hubiera conocido mi destino no se habría contenido.

No tengo la certeza de cuánto tiempo llevo en el Infierno. Es casi imposible seguir la pista. No hay tiempo, ni día, ni noche; solo el incesante olor, sabor y sensación de un tormento inescapable que sangra en cada segundo que pasa.

Luego, tan rápido como un latido de mi corazón, me veo jalado de las entrañas de la creación hacia una oscuridad fría y aislada.

Mis ojos se abren de golpe, pero no veo nada. Me doy cuenta rápidamente de que estoy encerrado en un pequeño espacio en completa oscuridad mientras que mi aliento entra y sale con rapidez de mis pulmones; haciendo eco en mis oídos con una creciente alarma. Estiro las manos, toco a prisa a lo largo de las paredes y el techo de la pequeña y estrecha cámara en la que me encuentro confinado. La superficie está fría, tan penetrantemente fría que mi cuerpo tiembla violentamente y empieza a arder. Estoy convencido de que es acero, y hay un fuerte olor a antiséptico que asalta mis fosas nasales.

El oxígeno que me rodea es poco, y sintiendo un repentino pánico al pensar que pronto me quedaré sin oxígeno, empiezo a patear y estrellar las palmas contra la superficie dura. Pero mi cuerpo está frágil y débil, tan débil que mi corazón y pulmones luchan por contener la energía que gasto mientras que mis manos y pies sienten repuntar el dolor de cada impacto que hago.

—E-Estoy en un ataúd —espeto mientras obligo a mis pensamientos a recuperar la coherencia.

No, no es un ataúd. Mi cuerpo está presionado contra la suave y fría superficie de…

Estoy en un contenedor de refrigeración.

Con horror inmediato incremento mis esfuerzos por escapar. Golpeo y pateo el metal frío, me vuelvo casi loco al sucumbir rápidamente al cansancio. Mi corazón está acelerado. Martillea violentamente contra mi pecho de una forma que nunca he experimentado hasta que lo siento hacer eco sobre todo mi cuerpo de piel. Me asusta, y de pronto estoy convencido de que está a punto de fallar.

—¡DEJENME SALIR DE AQUÍ! ¡NO ESTOY MUERTO! ¡NO ESTOY MUERTO! —grito frenéticamente, el pánico que hay en mí es cegador. Apenas hay oxígeno suficiente para inhalar y el dolor del aire refrigerado llenando repetidamente mis pulmones se está volviendo agotador.

No voy a despertar en una morgue solo para volver a morir. Me niego.

»¡DANIEL! ¡SÁCAME DE AQUÍ! ¡DANIEL! ¡¿DÓNDE ESTÁS, BESTIA?!

Con un ruidoso crujido, la puerta que me encierra se abre y el aire cálido entra de prisa hacia mí, la caja de acero en donde estoy recostado es jalada hasta que estoy mirando las brillantes luces de un techo en una habitación estéril de concreto.

Me doy cuenta de que estoy completamente desnudo al sentarme de golpe y alejarme con repulsión de la fría y dura superficie de metal. Me dejo caer aproximadamente tres pies hacia el duro piso de azulejo que hay abajo, donde tropiezo y casi me caigo, y mientras lucho por detenerme, empiezo a sentirme plagado de nerviosismo. Estoy tan débil que cada esfuerzo que hago me agita los pulmones y me acelera el pulso con la nauseabunda vibración de mi sangre circulando.

—Oh Dios —gimo con la misma cantidad de horror y alarma cuando una ola de fatiga barre sobre mí. Estiro las manos y me detengo contra la pared de refrigeradores, mi cabeza se deja caer hacia enfrente con shock y cansancio, es entonces cuando noto la etiqueta colgando de mi dedo pulgar del pie. La miro tontamente por un momento, mi nombre y fecha de nacimiento escrito en rojo, de inmediato me lleno de horror, me agacho y la arranco de mí.

En ese momento me vuelvo consciente de una segunda persona en la habitación. Su respiración sale brusca y ruidosamente de sus pulmones y reverbera alrededor de la fría y austera habitación. Me levanto de forma lenta y torpe sobre mis pies, y me encuentro mirando al hombre que me liberó. El hombre solo me mira en respuesta, su cuerpo tembloroso se presiona contra la pared opuesta, su cara está pálida y sus ojos abiertos de forma casi cómica.

Mi visión es borrosa, y al intentar enfocar mis ojos arden y empiezan a llenarse de lágrimas. Me los froto con frustración antes de volver a alzar la vista hacia la mirada aterrada del empleado de la morgue.

—¿Qué ustedes, imbéciles, siempre refrigeran a personas vivas? —le grito a forma de acusación, aunque ni siquiera sé si yo mismo estoy actuando de forma racional.

No me responde, y permanece en estado de shock, su boca solo se abre y se cierra de forma ridícula y en silencio.

Mike Newton se lee en su gafete.

»¿Eres sordo? —espeto con frustración, me estremezco en mi piel al buscar rápidamente por ahí algo cálido que pueda cubrir mi desnudez.

Él sigue mirándome, sus ojos se mueven nerviosos sobre cada centímetro de mi cuerpo.

—Estás borracho —le digo—. Todo esto es una alucinación.

—N-N-N-No es-estoy b-borracho —tartamudea en respuesta, y me paro en seco—. S-Soy un al-alcohólico en re-recuperación. He-he estado so-sobrio p-por tr-tres a-años.

—¿Qué? —exclamo sorprendido antes de hacer un segundo intento. Date la vuelta y sal de la habitación.

Él sigue inmóvil frente a mí, tiene la mirada fija en mí como si no pudiera confiar en lo que ve. Y a menos de que sea capaz de bloquearme de la misma forma que Bella, no puedo leer sus pensamientos.

Inhalo tensamente a través de la nariz.

—Genial… —murmuro.

—¿Cuál es tu no-nombre? —pregunta, agarra con mano temblorosa el portapapeles que está en una banca adjunta.

—Edward Cullen —respondo con naturalidad. Estoy inquieto y cada vez me pongo peor. Necesito salir de aquí; necesito regresar con Bella—. ¿Crees que puedas conseguirme algo de ropa para usar?

—Oh, sí —dice con voz temblorosa antes de desaparecer de la habitación, y durante el minuto que él no está intento liberar mis alas. Los músculos de mi espalda se contraen de inmediato, pero luego… nada. Lo vuelvo a intentar, y luego otra vez, hasta que el empleado lleno de acné, Mike Newton, regresa con una bata de hospital.

Olvidando de momento mi falta de alas, se la quito de las manos, me la echo rápidamente sobre los hombros y la jalo a un lado para cerrar de forma torpe los botones.

—Ahora —le ordeno—, sácame de aquí.

Me lleva a un conjunto de escaleras de concreto. Las subo junto a él en un silencio incómodo, notando la aceleración de mi corazón con cada paso que doy. Para cuando llegamos al primer piso estoy prácticamente sin aliento y con la palma de la mano apoyada sobre mi pecho, seguro de que estoy a punto de tener un ataque al corazón, lo sigo hacia el departamento de emergencias.

Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy en el hospital de mi ciudad. El mismo hospital donde trabaja mi padre. Daniel, que me sacó del océano, regresó mi cuerpo a… a Bella.

Todavía estoy intentando procesar esta información cuando, después de agarrar con un puño mi bata, el asistente de la morgue me arrastra hacia la estación principal de enfermeras; como si temiera que fuera a huir. Esa idea se me había pasado por la cabeza, pero no estoy seguro de qué tan lejos llegaría antes de sufrir un paro cardíaco.

—Este es Edward Cullen —explica de forma casi maniaca a la enfermera, cuyos ojos se mueven rápidamente en mi dirección antes de regresar a él con cierto grado de curiosidad—. Lo trajeron muerto hace tres días.

¿Hace tres días?

—… ¿qué? —musito de inmediato, sorprendido. ¿Fue solo apenas hace tres días? Se sintieron como tres malditos años.

La enfermera jadea, una vez más sus ojos se clavan en los míos con incredulidad. Le regreso la mirada en estado de shock. En respuesta, su expresión se vuelve cínica antes de girarse hacia Mike el bobo.

—¿Crees que esto es un juego? —le exige, lanzándole un ceño fruncido muy deliberado.

—¡Busca su archivo! —él grita con voz aguda y neurótica, sobresaltándola.

Poniendo los ojos en blanco, ella presiona varias teclas en la computadora antes de que su rostro pierda toda expresión. Se gira lentamente hacia mí, sus ojos sobresalen y su complexión se palidece de repente.

—Llévalo a la sala siete —le indica, su voz casi falla mientras que su mirada permanece clava en mí con evidente incredulidad.

Soltando mi bata, el patético empleado del hospital que es Mike me agarra el codo y me jala con fuerza tras de él. Estoy perdiendo toda la paciencia que tengo, y después de soltar el brazo con un encogimiento, lo empujo lejos de mí. Al hacerlo, lo tiro inadvertidamente haciéndolo resbalar unos diez pies sobre el piso.

—¡Mira donde pones las malditas manos! —le advierto, me siento medio satisfecho al saber que, a pesar de mi agobiante debilidad, parece que todavía tengo un semblante de mi anterior fuerza.

Desafortunadamente, mis acciones llaman la atención de la mayoría de las personas en la sala de emergencias al igual que de varios guardias de seguridad y camilleros. En pocos segundos todos descienden sobre mí, me tiran de pecho y me obligan a poner los brazos a mi espalda.

Con el peso de esos simios sobre mí, lucho por respirar, por inhalar una sola vez, mientras que el esfuerzo arde descaradamente en mi rostro.

—¡Quítense… de… encima… de mí! —mi voz suena tensa, y lucho por inhalar aire para hablar—. ¿Inten… tan… matarme?

No me liberan, y con el instinto de supervivencia impulsándome, lucho en respuesta. Rechinando los dientes, reúno cada pizca de fuerza en mi cuerpo, me pongo de rodillas y me quito de encima a cada uno de ellos. Los seis hombres se tropiezan lejos de mí, la mitad se cae y caen de espaldas mientras me ven aturdidos y en shock.

A pesar de que mis pulmones se agitan con tanta fuerza que durante un momento temo vomitar, mi cuerpo se siente vivo y tembloroso de repente. Fue remarcablemente fácil quitarme a esos hombres de encima, y al ponerme de pie por completo, vacilo al contemplarlo. Es entonces cuando me agarran otra vez por detrás.

Esta vez es un doctor, y su agarre en mí es defensivo, como si me estuviera protegiendo.

—Cálmate, Edward. No te voy a lastimar —habla con tono tranquilizador.

—Estoy bien —le aseguro de forma tensa mientras lucho por recuperar el aliento—. Aunque, ¡¿es así cómo tratan a la gente luego de que sus negligencias profesionales los llevan a despertar en la morgue?!

—Ven a la sala y llegaremos al fondo de esto —me anima, jalándome hacia atrás con él, pero me niego a ceder.

—¡Llamen a mi padre ahora! —exijo—. Y el siguiente de ustedes, malditos delincuentes, que me ponga un dedo encima, terminará con el cuello roto.

—Bien, Edward. Cálmate. —Me suelta antes de agarrarme del antebrazo—. Señora Stanley, llame al doctor Cullen de inmediato.

Alzo la vista, veo a la misma enfermera de la estación marcar a través del sistema telefónico del hospital antes de permitirle con reticencia al doctor de mediana edad que me lleve a la sala de examinación.

Después de cerrar la puerta a su espalda y cerrar las persianas, se gira hacia mí.

»Edward, yo fui el doctor que te atendió cuando llegaste —explica, hunde las manos en los bolsillos de su pantalón mientras me mira con atención—. Sufriste un paro cardíaco, no tenías pulso, no estabas respirando, y estabas gris y frío. De hecho, fue a esta hora hace tres días que pronuncié la hora de tu muerte.

Lo miro, no estoy seguro de cómo espera que responda, y en realidad me agrava que su mente es tan inaccesible como la del "alcohólico en recuperación" Mike Newton.

—Sin embargo, aquí estoy —respondo eventualmente, alzo las manos y permito que caigan de nuevo a mis costados.

—Aquí estás —repite con voz susurrante que es más para sí mismo—. Vamos a tener que hacerte varias pruebas más —me explica, analizando mi reacción; aunque no es como que tenga opción en el tema. Especialmente ya que no puedo leer sus pensamientos ni influir en él. O en nadie, al parecer.

Suspiro pesadamente, cediendo.

—Bien, pero nada de pruebas de sangre.

—Voy a tener que hacerte análisis de sangre —replica—. ¿Tomaste alguna droga ilícita antes del momento en el que te trajeron?

—¿Es eso lo que piensas? —resoplo, esbozando una sonrisita—. Humanos… —murmuro por lo bajo.

Me escucha y en respuesta alza una ceja dudosa.

—¿Eso es un "no"?

No —respondo secamente—. ¿Cuándo llegará mi padre?

—Viene en camino —me asegura, levanta el estetoscopio que tiene en el cuello y se lo pone en los oídos—. Siéntate en la cama para mí.

Obedezco y me someto a la tarea mundana de que me revisen mis funciones de corazón y pulmones.

»Bien —dice cuando termina, suena satisfecho, antes de revisar mi presión sanguínea y luego mi temperatura—. Un poco baja —murmura después de sacar el termómetro de mi oído y revisarlo.

—Es porque estaba encerrado en un maldito refrigerador —le recuerdo con voz acusadora.

El infierno o despertar en la morgue; todavía no estoy seguro de cuál fue peor.

Una sonrisa aparece en sus labios. Luego, girándose hacia los gabinetes en un lado de la sala, se pone a abrir varios tubos de pruebas y a sacar una jeringa de un empaque sellado.

Suspiro por lo bajo, no estoy seguro de cómo me voy a zafar de esta. Cuando se conozcan mis resultados, quedaré encerrado para siempre en un centro secreto de la CIA y nunca volveré a ver a Bella.

Bella… tengo que regresar a ella. Tengo que hacerle saber que estoy vivo.

—¿Crees que puedas conseguirme algo más apropiado para usar? Estoy colgando de todos lados aquí —gruño tan solo para esconderle mi creciente aprehensión.

Parece encontrar muy graciosa mi pregunta, y sentándose en un taburete junto a la cama, deposita la bandeja de suministros médicos en la pequeña mesita que hay a un lado.

—Me temo que todo lo que podemos ofrecerte son batas de hospital, pero puedo conseguirte otra. —Señala mi brazo y se lo ofrezco a regañadientes.

Después de apretar el torniquete sobre mi codo, inserta la jeringa en mi vena cubital y saca varios frasquitos de sangre.

»Bien —empieza a decir, se pone de pie y me ofrece una sonrisa relajada en esta ocasión—. Haré que expediten esto en patología. Los resultados deberían estar listos en un par de horas.

—Fantástico —murmuro, me paso una mano por la nuca y aparto la vista de su mirada. El hilo de la etiqueta de identificación sigue enredado en mi dedo pulgar y me agacho para quitármelo con impaciencia.

—Te ves agitado, Edward. ¿Hay algo que quieras decirme? —me dice el doctor, alzando esa maldita ceja otra vez.

—Sí —respondo con sarcasmo—. Es mejor que llames de una vez al servicio secreto.

Bufa, su expresión se ve confundida y ligeramente divertida, antes de quitarle importancia e irse.

—Pronto vendrá una enfermera con una bata extra.

Cuando sale de la habitación le pone seguro a la puerta detrás de él.

Mientras espero a mi padre, a la enfermera –a la CIA– me quito la bata de los hombros y me concentro en liberar mis alas otra vez. Estoy convencido de que solo fue el shock temporal de haber estado refrigerado lo que las inhibió, pero no tiene caso. Aunque los músculos de mi espalda se separan preparándose para ellas, no puedo obligarlas a salir.

—Maldito hijo de puta… —digo furioso para mí en voz baja justo cuando la puerta se vuelve a abrir y un segundo doctor entra.

Este es más alto. Y más joven.

—No tiene caso intentar sacar tus alas, Dashiel. Ya no tienes alas —revela, girándose hacia mí y revelándose por completo.

Miguel.

Durante un momento me quedo sin hablar – debido a que Miguel está en la sala, o debido a su anuncio de que ahora no tengo alas, no estoy seguro.

—¿Qué…? —pregunto tontamente.

Esbozando esa arrogante sonrisa suya, se sienta en el taburete y apoya las manos sobre sus rodillas.

—Las alas son algo que solo miembros de la Hueste y las bestias tienen, y tú no eres ninguna de esas cosas.

—¿Ya… no soy un ángel? —La declaración de Miguel está destinada a ser más que una pregunta, pero de todas formas lo cuestiono, no soy capaz de comprenderlo apropiadamente.

—¿Te has visto? —pregunta, ladeando la cabeza hacia el espejo que cuelga sobre el pequeño lavamanos dentro de los gabinetes con puertas de cristal.

Abro la boca cuando una exclamación de una sola sílaba sale de mis labios antes de volver a cerrarla.

Si ya no soy un ángel, ¿eso significa que ahora soy humano? Casi no puedo comprenderlo.

Sucumbiendo a la impaciencia, mi hermano me agarra el brazo y me arrastra bruscamente ante el espejo.

Alzo la vista y me congelo de inmediato. Solo puedo mirar aturdido y confundido, boquiabierto, mi relejo antes de que el shock de la comprensión descienda repentinamente sobre mí. Me deja sin hablar, y durante largos periodos de tiempo no puedo moverme. No puedo procesar lo que estoy viendo.

No me reconozco.

Todos los signos de esa belleza inquietante e innatural que poseen los que pertenecen a la clase angelical se han ido. Una belleza que muchas veces hacía que los humanos retrocedieran intuitivamente de mí antes de que se sintiera inevitablemente atraídos. Lo que me regresa la mirada a través de los distintivos ojos verdes de mi madre, y enmarcada en la misma tonalidad de cabello castaño, es la cara de mi padre. Una versión más joven de la cara de mi padre.

Ante estándares humanos, mi padre es considerado un hombre apuesto, pero todo lo que veo reflejado frente a mí es alguien promedio. Un promedio que me temo que Bella no sea capaz de aceptar.

Miguel resopla, evidentemente me está leyendo la mente.

—¿Crees que tu humana es tan superficial, Dashiel?

—¿S-Soy humano? —musito con continua incredulidad, mi voz se atora—. ¿Cómo?

—¿De verdad que no sabes? —pregunta, alzando una ceja dudosa.

Niego con la cabeza, nervioso y sucumbiendo rápidamente a los efectos del shock. Mi corazón, mis pulmones, otra vez parecen fallar hasta que me quedo sin aliento y empiezo a sudar. No estaba consciente de que el cuerpo humano es tan ridículamente temperamental.

—¡N-No sé cómo ser humano!

Bufa en voz alta, casi se ríe a costa mía.

—¿Cuatro mil años no fue tiempo suficiente para aprender?

Ignorándolo, miro de nuevo a mi cara completamente desconocida, giro la cabeza para inspeccionarla desde cada ángulo. Es innegablemente la cara de un humano, y de un humano muy poco remarcable, por cierto.

—Soy humano… —murmuro para mí.

—En cuerpo y alma.

Irónicamente una sensación de alivio se filtra a través de mí. Me giro para verlo.

—Entonces, ¿no se detectará nada inusual en mis análisis de sangre?

Hace un sonido con la garganta.

—¿Crees que yo permitiría eso? Ahora, siéntate en la cama antes de que colapses. Tus dolencias son alarmantes.

Obedezco un poco atontado, me siento en la orilla del colchón y miro de forma distraída mis manos. Estoy batallando por comprender esta repentina revelación y me ha dejado en un estado de total desconcierto.

Cuando alzo la vista a Miguel, él me está observando con una mirada pensativa.

—¿La lanza me hizo humano? —Es la una conclusión a la que puedo llegar.

—En cierto modo.

—¿Y el contrato que hice con Lucifer?

Resopla con disgusto.

—¿Acaso un rey se ve obligado a hacer una reverencia frente a un ladronzuelo?

—¿Qué…? —empiezo a decir, siento que mi frente se arruga, y él explica más a detalle.

—Mientras estabas en posesión de la lanza, básicamente te convertiste en el Hijo Mismo. La bestia sabía que no tenía poder sobre ti, y ningún contrato sería vinculante. Estaba plenamente consciente de ello; solo que no quería que lo supieras. Negoció con tu humana, haciéndote pensar que habías aceptado su contrato para que no lastimarás a sus preciosos demonios terrenales. Sabía que a pesar de todo, irías tras él, y estaba desesperado por tener a ese charlatán de Azazel —escupe el nombre del demonio entre dientes apretados— libre para liderarlos.

Me tomo un momento para procesar sus palabras, es entonces cuando encuentro una contradicción en ellas.

—Pero Daniel me informó que la lanza no tiene poder en el Infierno.

—¿Te la llevaste al Infierno? —alza una ceja, y hay cierto elemento de burla detrás del gesto.

Lo miro enojado, se está acabando la tolerancia que tengo para él.

—¡¿Por qué no sabía que él no tenía poder sobre mí?!

Me observa por un momento, esa expresión despectiva permanece en su rostro, antes de responder:

—Solo tú puedes responder a eso. Sin embargo, ahora es irrelevante. No te adheriste a las exigencias de la bestia.

Hago una pausa para considerarlo, inhalo pesadamente e intento sacudirme la confusión de los pensamientos.

—Explícame cómo me convertí en humano. Cada detalle.

Agacha ligeramente la cabeza, reconociendo mi solicitud, antes de sentarse otra vez en el taburete.

—Creías que era la lanza la que dominaba sobre ti, pero no fue así. Era la sangre del Mesías lo que aceptaste en tus venas.

Asiento lentamente incluso mientras un ceño fruncido se posa en mi cara. Comprendo que él espera que tenga plena consciencia de esto, pero se vuelve aparente que mi cerebro ya no es tan astuto como antes. Es completamente enloquecedor.

—¿Por quién se sacrificó el Mesías, Edward? —me cuestiona inexpresivo.

—Por la humanidad —respondo en voz baja.

—Correcto, por los humanos. No por los ángeles, ni por los híbridos, por los humanos. Su sangre los salva, y solo a ellos. Cuando Su sangre circuló en tus venas te empezó a convertir en humano porque solo los humanos pueden recibir Su mandamiento. En el momento en que tomaste posesión de la lanza, el que te convirtieras en humano fue una inevitabilidad.

—Entonces, ¿por qué de todas formas morí y fui al Infierno? —pregunto. Esto es a pesar de que estaba completamente consciente de que me había empezado a volver más humano casi de inmediato después de tomar control de la lanza.

—Porque Él lo sufrió —responde simplemente—. Sufriste su Pasión en el inicio, ¿no?

—Sí —digo distraído, recordando otra vez el horrible momento en la bóveda de la Necrópolis del Vaticano.

—La profecía de la lanza estaba separada, pero era la misma. Aplicaba solo a ti, Edward, porque solo un híbrido podía empuñarla. Su contrato mandaba que al final del tercer día te mataría y te enviaría al Infierno. Cuando moriste, la sangre del Mesías ya había empezado a convertirte en humano, pero seguías siendo un híbrido. Si fueras humano no habrías muerto, y no habrías llenado el sacrificio del Mesías. ¿Lo entiendes?

—Sí, hermano, ¡lo entiendo! —Estoy teniendo dificultad para controlar mi frustración y no estoy seguro de si se debe a mi conflicto por seguirle el ritmo a las palabras del arcángel, o por su tono condescendiente de siempre.

Exhala una respiración corta e impaciente, su expresión se endurece.

—¡Parece que te has vuelto todavía más intolerable!

—Sin embargo, tú sigues siendo el mismo narcisista rabioso —replico.

Sonríe de nuevo, bufa para sí como si me encontrara gracioso, antes de seguir:

—El contrato de la lanza con el Mesías está entrelazado. Te mató y te envió al Infierno porque tenías que experimentar lo que Él vivió. El Mesías murió, fue al Infierno, y en el tercer día resucitó. Después de alzarse, apareció en un cuerpo nuevo. Ya que aceptaste su mandamiento a través de su sangre en la lanza, tenías que morir y descender al Infierno por tres días antes de resucitar. Y ahora que te has alzado, te dieron un cuerpo nuevo. Un cuerpo humano, porque fue por los humanos por quién Él murió. ¿Queda claro? —me mira de cerca, evidentemente está analizando mi nivel de comprehensión.

Lo miro durante el periodo más largo del mundo con comprensión inmediata, es entonces que me quedo boquiabierto.

—Pero… por qué… ¿por qué no me lo dijiste? —pregunto, y entre más se centran mis pensamientos en eso, más enojado me siento.

¿Por qué? —repite, una vez más alzando una ceja condescendiente.

—Sí, ¡por qué, bestia! —exijo saber, salto de la cama frente a él, de repente me siento furioso. Pude habernos ahorrado a Bella y a mí todo ese miserable dolor y angustia que ambos nos vimos obligados a soportar—. ¿Por qué demonios no me lo dijiste? ¡Tomé la lanza creyendo que me enviarían al Infierno durante toda la maldita eternidad!

Resopla, se muestra completamente apático a mi enojo, antes de responderme en una voz serena.

—¿Qué clase de sacrificio sería si supieras desde antes que en realidad no te estarías sacrificando?

Abro la boca para responder, es entonces que mis pensamientos flaquean. Ahora comprendo todo, pero estoy sin palabras; algo que mi hermano comprende de inmediato.

»Te sacrificaste por tu humana con plena consciencia de cuál sería tu destino. Es por eso por lo que te enviaron a la Tierra para nacer repetidamente —reitera, alzando una ceja para darle más énfasis, solo que esta vez bufo ante la ironía.

—Solo tardé cuatro mil años —murmuro, llenándome de un ardiente arrepentimiento.

Qué arrogante era; qué lleno estaba de resentimiento.

En respuesta, él cede exhalando un suspiro.

—Para ser justo, yo no sabía cuál sería el resultado. Ninguno de mis hermanos lo sabía, y todos dudamos de Él. Debí haberme dado cuenta, pero mi falta de fe me cegó. —Su expresión se oscurece, y baja los ojos momentáneamente antes de clavarlos una vez más en los míos—. Él nunca perdió la fe en ti, hermano.

Lo miro, me siento por completo el humano en el que me he convertido.

—Pero yo sí perdí la fe en Él. Hace siglos —confieso en un susurro avergonzado.

—Eres un simple humano —la bestia se burla abiertamente de mí, poniendo una palma sobre mi hombro—. Ahora regresa con tu esposa. Ella está causando un ajetreo entre la Hueste, y Daniel ya está cruzando limites peligrosos para mantenerla vigilada. —Se levanta para irse, pero estiro la mano de inmediato para detenerlo—. ¿Ahora qué? —pregunta con el mismo tono que un padre usaría en su preciado hijo.

—Explícame todo sobre Bella.


N/T: Nos acercamos al final de esta historia. Este capítulo y el siguiente son muy reveladores, aquí entendemos el por qué de todo lo que tuvo que pasar Edward/Dashiel y en el siguiente entenderemos por qué él y Bella han estado siempre tan entrelazados. ¡Gracias por leer y comentar!