Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Mr G and Me, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Mr G and Me, I just translate.


Thank you Mr G and Me for trusting me with your story!


Los Caídos

Capítulo 41

Miguel me deja para procesar esa última revelación; que ahora soy un ser humano por completo, sometido y limitado por las cuatro leyes fundamentales de la naturaleza. Un humano con solo cinco sentidos en lugar de siete; un humano sin alas, sin telepatía, sin fuerza inusual ni el poder de sanar.

Un ser físico con un alma inmortal y que es cuidado por un ángel del Cielo.

Nathaniel es mi guardián, justo como Bella lo dijo. Un ángel que solo tenía media mente mientras que yo era solo medio humano. Un ángel que estaba en espera hasta este mismo momento. Una excepción a la regla; exactamente lo que yo era, así que debió haber sido obvio que me estaba esperando.

Y Bella… Bella es, en esencia, mi alma gemela. Siempre lo ha sido, y eso explica todo. Durante miles de años he vivido en la oscuridad, preguntándome por qué, y ahora lo sé. Ahora sé por qué apenas podía controlarme en su presencia; por qué ella casi me volvía loco no solo como ángel, sino también como humano.

Son muchas cosas que procesar, y con los límites de mi cerebro ahora humano, esto amenazan con abrumarme por completo. Decido concentrarme en el presente y en lo feliz que me siento de estar vivo, fuera del Infierno, y a punto de reunirme con Bella.

Siento que no la he visto en años, y es casi inconcebible pensar que han pasado solo tres días. Es el único consuelo que puedo encontrar en ello; que el sufrimiento de Bella fue relativamente corto.

El mío, por otro lado… no puedo darme el lujo de removerlo de mi memoria, como hice con Bella, así que cargaré con la experiencia del Infierno durante el resto de mi vida humana.

Entra una enfermera con otra bata. Es una mujer bastante redonda y robusta con lo que parece ser un ceño fruncido perpetuo en el rostro, que me sermonea al mismo tiempo que sube bruscamente mi bata sobre mis hombros antes de taparme con la que ella trajo.

En su afán, terminó prácticamente empujado sobre la cama donde ella envuelve varios brazaletes de identificación alrededor de mis muñecas y tobillos.

Sorprendentemente, eso me deja estupefacto. Estoy acostumbrado a que las mujeres pierdan los sentidos en mi presencia, incluso a que se desmayen, pero nunca en mi vida he sido maltratado por una.

—¿Ya viene mi padre? —pregunto, casi tengo miedo de abrir la boca.

—Acaba de llegar —responde con tono estricto, frunciendo los labios, antes de irse con la misma prisa con la que llegó.

Solo puedo mirar el sitio donde estaba; menos de un minuto después la puerta de la sala se vuelve a abrir, esta vez de forma lenta.

Es mi padre.

Se queda congelado en la entrada, tiene la mirada fija en mí muy parecido a la forma en que me vio el empleado de la morgue hace rato; en diferentes grados de shock e incredulidad. Solo que esta vez se ve acompañada por el dolor de la perdida que obviamente ha llevado con él los últimos tres días.

—Papá… —empiezo con voz temblorosa; su reacción me está poniendo muy nervioso—, ¿no me reconoces?

Observo cómo el shock se derrite lentamente en su rostro solo para verse sobrepasado por una lucha de emociones. Tantas emociones que es difícil discernir cuál es la que domina más en su expresión.

—Yo… reconozco a tu madre en ti. —Su voz sale prácticamente ahogada de él cuando aparta rápidamente la mirada para aclararse la garganta.

—¿Te reconoces a ti mismo? —pregunto, me siento cada vez más comprometido por la salvaje expresión que aborda su rostro.

Nunca he visto a mi padre llorar, pero si empieza a hacerlo ahora probablemente terminaría uniéndome a él.

Un sonido reflexivo sale de él. Un sonido que creo que él pretendía que fuera una especie de risa, pero sale como un sollozo con sentimientos de su persistente shock.

—Lo siento, papá —admito, expulso el aliento, de inmediato me veo inundado con culpa y arrepentimiento; por haberlos hecho pasar por esto a él y a mi madre no solo una, sino dos veces—. No sabía…

La misma expresión de nuevo, idéntica e inmersa con emoción, y luego él avanza a zancadas hacia mí.

Sintiéndome inmediatamente ansioso, me paro de prisa de la cama justo cuando él agarra mi nuca y me jala a él.

No dice ni una palabra, pero las respiraciones ahogadas y reprimidas que toma, y su tenso y tembloroso cuerpo junto al mío, dicen mucho.

Dejando caer la cara sobre su hombro, aprieto mi abrazo en él.

—Lo siento, papá —repito, es apenas más que un susurro, y sucumbo a las lágrimas junto con él—. Lo siento mucho.

Toma una rápida inhalación, su mentalidad cambia, antes de palmear varias veces mi espalda. Es el método que tiene mi padre de retirarse de una situación para poder recuperar la compostura.

—Santo cielo, hijo —habla al fin, el dolor se desvanece lentamente de su tono conforme su shock se convierte en curiosidad.

Solo puedo ofrecerle una sonrisa empática; en realidad, yo tampoco tengo palabras para esto.

Con piernas temblorosas se sienta en el mismo taburete donde estaba Miguel antes de pasarse las palmas sobre la cara. Sus manos tiemblan incontrolablemente; reiterando más lo responsable que soy frente a su continuo dolor.

Sin decir una palabra, y con un profundo suspiro interno, sigo su ejemplo y me siento en la orilla de la camilla, esperándolo a que se componga por completo.

—Bien —empieza a decir y lo interrumpo.

—¿Cómo está Bella?

—Ella está… bueno, estará mucho mejor cuando te vea. —Me ofrece una sonrisa consoladora.

—¿Lo sabe?

Niega con la cabeza.

—No. Me llamaron a lo que asumí era una emergencia.

Asiento, expulso pesadamente el aire de mis pulmones.

—Lo siento, papá; por lo que les hice vivir a mamá y a ti… —No menciono a Bella porque no puedo. Es mejor que no me concentre en el infierno que ella ha vivido a mi lado; el infierno en el que todavía está. No estoy seguro de poder soportarlo.

Niega inmediatamente la cabeza para apaciguarme.

—Solo explícamelo, hijo. ¿Cómo pasó esto?

Asiento una segunda vez antes de vacilar; busco las palabras adecuadas para describir lo que me pasó en una manera en que él pueda entenderlo y sin causarle más angustia.

—¿Sabes que estaba en posesión de la Lanza del Destino? —empiezo.

Asiente a modo de respuesta, ladea la cabeza un poco mientras me hace un gesto subconsciente para que siga hablando.

»Eso mató al Mesías. Él murió, y yo también morí. Él resucitó, yo resucité —declaro simplemente sin elaborar más y alzando las cejas para darle énfasis.

Los ojos de mi padre arden de inmediato con reconocimiento antes de que su expresión se quede en blanco, está claro que está analizando mi explicación en su mente.

—¿Y ahora eres humano?

—Sí.

—Bien… ¿por-por qué eres humano ahora?

—Su sangre me convirtió en humano —respondo, viéndolo de cerca.

—Oh, ya entiendo… —dice, cuando es obvio que no es así. No para un hombre cuya mente ha estado sumergida en teoría clínica y científica durante gran parte de su vida.

—Papá, Él se sacrificó por los humanos. Yo tomé Su sangre, así que tenía que convertirme en humano para que su sacrifico aplicara en mí —hago un intento extra por explicarle, él asiente rápidamente; es evidente que sigue perdido en sus propios pensamientos.

—Lo entiendo, hijo. De verdad. —Sus ojos se encuentran con los míos, y se ve tan trastornado que es inquietante—. Por muy fantásticamente incomprensible que sea.

Esbozo una pequeña sonrisa.

—Creo que debe estar más allá de la comprensión humana.

—Sí, supongo que sí. —Y esa risa que intentó hacer dos veces antes de repente sale con facilidad de sus labios. Sacude la cabeza como intentando aclarar sus pensamientos del laberinto de maravilla y confusión antes de dejarla caer sobre su palma.

Le doy un momento; sé que es mucho qué procesar.

—Entonces, ¿ya no más alas? —pregunta, alza la vista a mí un momento después, queda claro que no está satisfecho.

—No —murmuro y sigo sonriendo.

—No… ¿ángeles?

—Pues Bella todavía puede verlos. —Bella todavía es uno de ellos…

—Oh, sí —dice, como si lo recordara de repente—. Dan-Daniel ha estado con ella estos últimos días. Ha sido de gran ayuda para ella.

—¿Te refieres a que ha estado en forma física? —siento como mis cejas se fruncen al contemplar sus palabras. Me pregunto si a esto se refería Miguel.

—Sí, en forma física. Adopta diferentes formas —me cuenta, sus ojos se nublan de nuevo.

Asiento, entendiéndolo, antes de entrar en detalles.

—Los ángeles pueden aparecer como cualquier tipo de humano que deseen. No es seguro para ellos revelarse repetidamente en el mismo cuerpo. La gente suele notarlo.

—Pues eso tiene sentido —responde antes de fijar sus ojos más agudamente en mí—. ¿Cómo te sientes?

—Débil, humano —respondo con ironía.

Sus labios se tuercen de inmediato en un medio intento por esconder su diversión.

—Te acostumbrarás.

—No tengo otra opción —murmuro más o menos para mí.

Inclinándose hacia enfrente, rodea mi nuca con su mano en una breve muestra de cariño.

—Es un ajuste que todos tendremos que hacer.

Asiento en concesión antes de revelar mi creciente ansiedad por volver con Bella.

—¿Cuándo podré salir de aquí, papá?

—Están esperando que patología libere los resultados de tus análisis de sangre —responde, poniéndose de pie—. Iré a ver qué los está deteniendo. —Está inquieto, y entiendo su necesidad de mantenerse ocupado. Es así como funciona mi padre, como lidia con el estrés.

Sale de la habitación, deja la puerta abierta detrás de él; regresa en menos de diez minutos para informarme que me harán una tomografía. Me da la impresión de que mi padre la ordenó, pero considerando todo el dolor por el que lo he hecho pasar, no me molesta someterme a un poco de eso a cambio.

Es tedioso e invasivo. Me llenan de contraste intravenoso, lo cual es un poco incomodo, pero por mi padre, para satisfacer sus preocupaciones, me obligo a tolerarlo. La verdad también yo siento curiosidad; por saber si es que soy, como Miguel prometió, un ser humano por completo.

Lo soy.

A solicitud de mi padre, los resultados se expeditan; no hay anomalías, enfermedades, tumores ni infecciones. Y no hay señal de que mi cuerpo lleva – o alguna vez llevó – un par de alas. Mis análisis de sangre también resultan igual de ordinarios. No se detectó ninguna droga ilícita, y mis glóbulos rojos y blancos, plaquetas y hemoglobina están dentro de los parámetros de lo normal. Estoy, en retrospectiva –considerando que me desperté "fallecido hace tres"– completamente saludable.

Me dan de alta seis horas después de ser admitido en emergencias. El doctor residente de emergencias quería someterme a más evaluaciones, pero considerando quién es mi padre, se sintió lo suficientemente seguro cómo para dejarme ir bajo sus cuidados. No me habría quedado incluso si no me hubiera dejado ir.

Salgo del hospital con cada par de ojos mirándome. No puedo leer sus mentes, o distinguir claramente lo que están diciendo de mí, pero el ambiente de shock que los rodea es indisputable; me ven como una especie de milagro.

Si tan solo supieran…

—¿Cómo se los vamos a decir? —le expreso la pregunta a mi papá respecto a Bella y a mi madre después de que él entra al garaje de dos plazas por la parte trasera del patio. Estoy empezando a vibrar con una energía que apenas puedo contener, y estoy muy seguro de que la mayor parte se debe a deseo sexual. Aunque todavía ni siquiera estoy empezando a entender las funciones de mi cuerpo.

Apaga el motor y se gira hacia mí.

—Primero le diremos a tu madre. Creo que es mejor si lo hacemos por separado.

Asiento de acuerdo, luego me bajo del carro y salgo del garaje justo cuando las puertas automáticas se bajan otra vez. Sigo usando las dos batas de hospital –una de frente y la otra de espaldas– al igual que los brazaletes de identificación. Ya que no tenía ropa que usar para volver a casa, no tuve opción, y ahora me doy cuenta de lo frío que estoy al pisar el camino que rodea la piscina hacia la parte trasera de la casa. El aire frío cala sobre mi piel expuesta mientras que las plantas de mis pies descalzos se entumecen rápidamente sobre el concreto.

Mi padre me apresura a caminar, abre las puertas corredizas antes de entrar al cálido interior de la cocina.

Son las nueve de la noche y normalmente mi madre seguiría despierta, ya sea limpiando después de la cena o viendo uno de sus programas en la sala, pero la casa está a oscuras y parece vacía e inquietantemente silenciosa. No hay ni un solo sonido en ningún lado.

Tomándome del brazo, mi padre me lleva al estudio; sin encender ninguna de las luces de las habitaciones por las que pasamos. Deja caer las llaves en su escritorio y se gira hacia mí.

—Toma asiento, hijo. Iré por tu madre —me indica, de repente se ve nervioso; sus manos se retuercen mientras que su mirada se mueve rápidamente por la habitación para evitar la mía.

Asiento y exhalo una respiración nerviosa. Me siento en su sofá de piel.

Regresa diez minutos después. Mi madre está protestando débilmente. Su voz suena desesperanzadamente rota y ronca, y me duele el corazón de inmediato por ella.

La puerta se abre, me pongo de pie de un salto y de repente me encuentro mirando a los angustiados y enrojecidos ojos de mi madre. Ojos que han vivido dos veces un infierno y apenas han sobrevivido.

¿Qué le he hecho?

Ella se para en seco, una exclamación sorprendida sale de sus labios mientras que ambas manos vuelan a su boca.

—¿Ed-Edward…? —susurra. Su voz está tan llena de esperanza, como si temiera que fuera una ilusión, y no puedo soportarlo ni un momento más.

Me lanzo hacia enfrente –la sorprendo tanto que impulsivamente retrocede un paso– y la jalo a mis brazos. Inhala bruscamente, todo su cuerpo se tensa antes de empezar a soltarse muy lentamente sobre mí.

—Soy yo, mamá. Lo siento mucho —proclamo solo para repetírselo una y otra vez.

—¿Edward…? —repite, como si no pudiera comprender qué es lo que está pasando.

—Soy yo —le prometo, aprieto más mis brazos a su alrededor e inhalo las lágrimas que empiezan a arder en mi garganta—. Lo siento, mamá. Perdóname, por favor.

Mi madre se desmorona por completo. Se ríe, llora; llena mi cara de besos, corre al baño adyacente para vomitar antes de llorar otra vez. Pero su sonrisa es reconfortante y su felicidad es natural y palpable; tira de mi corazón y libera una lucha de culpa dentro de mí. Culpa que se está volviendo pesada.

Con ayuda de mi padre le explico todo. Aunque, a diferencia de mi padre, ella acepta cada detalle; su única preocupación es perderme otra vez, y me veo obligado a prometerle repetidamente que estoy aquí para quedarme. Que jamás voy a volver a desaparecer sin advertencia.

Le permito sostenerme hasta que se calma y sus lágrimas se secan antes de decidir, con una explosión de energía, que necesito comer. Apresurándose para salir de la habitación, se dirige a la cocina y prácticamente puedo escuchar a su corazón cantar.

Me giro hacia mi padre y esbozo una sonrisa impulsiva. Él la corresponde antes de poner una mano en mi hombro y girarme hacia la puerta.

Me está llevando con Bella.

Me encuentro con Daniel al pie de las escaleras. Se materializa de repente –casi le provoca un paro cardíaco a mi padre– con una inconfundible sonrisa curvando sus labios.

—Es bueno verte otra vez, hermano —me saluda, y antes de poder abrir la boca para responder él ya me está rodeando con sus brazos.

—Lo mismo digo, Daniel —respondo con cariño genuino, antes de hacerlo hacia atrás y poner un puño sobre su pecho por un momento. Sin importar la peculiaridad de la situación, Daniel es el único ser al que puedo clasificar verdaderamente como mi amigo.

—Te ves bien —comenta, su sonrisa crece y tengo la impresión de que está riéndose de mí.

—Me veo humano —lo corrijo, tomándolo con buen humor, y se ríe entre dientes.

—Eso también. ¿Debería advertirle? —pregunta, su sonrisa se desvanece tras la seriedad de su pregunta.

—Yo lo haré —se ofrece mi padre, y cuando Daniel asiente él empieza a subir las escaleras hacia la oscuridad del segundo piso.

Ambos nos giramos y vemos a mi padre irse durante varios momentos antes de mirar de nuevo a Daniel.

—Miguel me dijo que estabas teniendo demasiado contacto físico con mi esposa. —Decido burlarme de él, casi exploto en risas cuando la expresión de la bestia se suaviza con alarma.

Sacude rápidamente la cabeza.

—N-No… —tartamudea insistente, parece demasiado desesperado para que le crea.

Me veo obligado a alzar la mano y calmarlo.

—Tranquilízate, hermano. ¡Estoy bromeando!

Su expresión se relaja y sonríe a regañadientes.

—Ahora que regresaste podré separarme más, pero es que ha sido duro para ella.

Siento esas palabras en lo profundo de mi corazón.

—¿Ella ha…? —desecho la idea. No puedo seguir escuchándolo.

—Ya todo está en el pasado —murmura, apartando su mirada de la mía, pero eso solo alude más a la magnitud del dolor de Bella.

Asiento y cae un silencio entre nosotros mientras esperamos a mi padre. Un silencio bien recibido que se traga la angustia de los últimos tres días; una angustia que no necesita palabras.

Unos minutos después mi padre enciende la luz del rellano y me hace una seña. Tragándome la aprehensión que se multiplica dentro de mí, y sobre piernas repentinamente temblorosas, subo las escaleras. Daniel permanece a mi lado.

—Esperaré aquí afuera. —Nos comenta el guardián de Bella cuando mi padre me rodea el hombro con un brazo y abre la puerta de mi habitación.

—Bella… cariño, ¿recuerdas lo que dije sobre mantener la calma? —le habla con voz tranquilizadora mientras me guía con cautela dentro de la habitación.

Está parada en medio de la habitación usando uno de mis suéteres de la universidad –uno que cae hasta sus rodillas y que tiene las mangas enrolladas hasta sus muñecas– y nada más. Hay un poco de curiosidad abarcando su rostro mezclado con el innegable shock del dolor en el que claramente todavía está encerrada. De hecho, su hermosa cara está tan apagada por el dolor que durante un momento no puedo moverme ni hablar; apenas puedo respirar. Solo puedo mirar esos inmensamente profundos ojos cafés suyos y ser testigo del tormento que le he causado.

Durante lo que parece ser una eternidad ella solo me mira; con los labios ligeramente separados, la cara pálida, y sus ojos indescriptiblemente enormes y llenos no solo de shock y dolor, sino de miedo genuino.

—Bel… —empiezo a decir, me estoy poniendo ansioso por su silencio, pero en el siguiente instante –igual que la primera vez que mi mirada se encontró con la suya en esta vida– ella se desmaya.