Disclaimer: Los personajes no me pertenecen a mí, son propiedad de Tite Kubo. Sin embargo idea de la historia si es mía.
Capítulo 1
Comienzos
Estrépito, insistente, inclusive podría hasta considerarse molesto. Era nada más que el despertador en forma de robot cuadrado de la doncella dormida, reposando sobre la mesa de noche rosa al lado de una amplia y suave cama de cobijas blancas y azules. Anunciaba la alarma programada a las 5:00 a.m. Y ella murmuró.
Sus pies descalzos se movían entre sí bajo las sábanas, y su cuerpo entero se encontraba abrazado de una almohada que era tan cómoda como un algodón. Al escuchar la alarma sus ojos se entrecierran con algo de fuerza como si se negará a levantarse, a arrancarse de la tierra de sueños del nunca jamás. Ella no quería abandonar su sueño surrealista de superheroína con poderes de gelatina, no, ella no quería salir de ese mundo donde todo le salía completamente bien. Donde había alguien necesitando de ella.
Al abrir sus ojos se encontró con el reflejo de la ventana y unas cortinas verdes meciéndose con el revuelo del aire acondicionado. Una leve luz se introducía en su habitación, anunciándose a ella qué hoy era un nuevo día en su rutina. Estiró su brazo para poner oprimir el botón que apagaría su reloj matutino, y al estar de nuevo en el silencio, quedó un par de minutos tendida sobre su cama. No dormida, sino, observando el techo. —Hoy finalmente inician las clases, me pregunto si Abarai-sensei será un profesor tranquilo.—Mencionó con algo de curiosidad, recordando que ayer (después de la ceremonia de entrada) se hicieron las presentaciones de profesores, las asignaciones de asiento, la elección del representante del salón, e inclusive se dictaron los horarios estipulados para cada materia. Renji Abarai era el profesor designado al aula 3-A, salón de clases al que nuestra protagonista acudirá durante todo el año. Obviamente la joven de pelo naranja decidió no destacar este año en lo absoluto, no quería ser representante de aula, ni mucho menos vice-representante, no, no quería tener ninguna responsabilidad encima, es por eso que agradeció a todos los dioses existentes de Japón por haberle otorgado un asiento hasta el final de las filas, junto a la ventana. Este era el año en que debía buscar un trabajo a medio tiempo para cubrir los gastos de graduación, y todo los demás costos que traía el culminar su último año. No tenía tiempo para otras obligaciones.
Al pensar en el instituto, y lo que hizo ayer, un fugaz recuerdo se le vino a la cabeza a la doncella. Por sobre todos los colores, un naranja sobresalió en el matiz de aquel escenario de cerezos, recordó esa sonrisa, recordó esa altura, recordó la severa expresión de aquel rostro, inclusive recordó su grave voz. ¿Quién era ese sujeto?. —No le pregunté su nombre...—Suspiró con algo de pesadez, siendo consciente de que no habrían más oportunidades, no lo volvería ver. Sin embargo, su deseo de ver esa sonrisa de nuevo...permanecía.
—¡Muy bien, es hora de levantarse!—Golpeó sus mejillas en señal de motivación, y con una expresión ferviente. Comenzó su día.
Ahora Orihime caminaba tranquila por los pasillos, tercer piso, en busca del salón 3-A. Ella parecía tener la cabeza en otra parte pues caminaba distraída, sin darse cuenta que todos los hombres la estaban viendo. Ella era una princesa sacada de cuentos.
—¡O-RI-HI-ME!— Alzó su voz una joven de pelo azabache oscuro, largo hasta la espalda, y de ojos castaños en tonalidades bajas. Llamó a su amiga una y otra vez, hasta que acercó su rostro al de ella para estar frente al visor de la mirada de Inoue. Fue entonces que ella sorprendida reaccionó.
—¡T-Tatsuki-chan!— Expresó en voz alta, dándose cuenta que estaba en medio de la puerta de aquel salón. Se adentró de inmediato para que los demás compañeros pudieran entrar.
—Estás algo distraída, ¿sucede algo? — Dijo algo preocupada, mientras la seguía a su asiento. Tatsuki tenía un asiento retirado de su amiga, estaba casi en medio del salón, en la segunda fila. Inoue estaba en la cuarta.
—¡No, no !—Negó con nerviosismo mientras sacudía sus manos de lado a lado. —¡En serio estoy bien, es solo que ayer tuve un emocionante sueño!
—¿Un sueño?— Repitió con algo de inseguridad, sabiendo bien que los sueños de su amiga iban más allá de la normalidad. ¿Robots?, ¿Aliens?, ¿Pan con ojos?, ¿Qué habrá soñado ahora?.
—¡Si, esta vez soñé que era una superheroína!—dijo feliz, con un ligero rubor rosa de emoción. Parecía una niña. Hasta ahora ese sueño no era tan descabellado, pensaría Tatsuki. —Mi superpoder era de gelatina, y los usaba para salvar gente, después de eso les ofrecía la gelatina a los demás ciudadanos, y ellos comían de todo tipo de sabores, de soya, de wasabi, de jengibre, de judías dulce — Contaba con sus dedos como si fuese importante recordar la variedad de sabores que hubieron en ese sueño.
—Y-ya veo...— Al final todo resultó en extravagancia. Tatsuki era respetuosa con su amiga, después de todo, Orihime no tenía a nadie más con quién tener ese tipo de conversaciones. Así que ella sonrió con dulzura hacia la joven de las horquillas, le agradaba ver que seguía siendo la misma Orihime de siempre.
Minutos después la puerta principal del salón se abrió, y la presencia del profesor fue impuesta por encima de todos los alumnos presentes, él se quedó parado frente a la puerta esperando a que el protocolo estudiantil se cumpliese. La representante del salón aguardó a que todos estuviesen sentados en sus respectivos asientos, y cuando ya todos estaban en su sitio. Ella fue la primera en ponerse de pie. —¡De pie!— Dijo para todos y con la mirada hacia el pizarrón, los demás en el salón la imitaron. Y en una sola voz recibieron a su profesor.
—¡Buenos Días!— Se escuchó cuál coro de una sola letra. El hombre de pelo rojizos sonrió complaciente de sus alumnos, y avanzó hasta el escritorio de su salón. Y ahí dejó su portafolio.
—Buenos días. — Expresó con cortesía, mientras tomaba un pedazo de tiza y escribía los kanji que componían su nombre. Renji Abarai. —Pueden sentarse.
Cada uno fue acomodándose en su silla; estando completamente atentos a su profesor. Él tenía el pelo largo y de color rojizo intenso, se lo ataba en una cola para guardar las formalidades. Su cuerpo tenía tatuajes pero los simulaba con una camisa larga de botones, de color azul pastel. Y en su frente usaba una pañoleta de color negro que cubría su sien tatuada de símbolos tribales.
—Como mencioné ayer, pueden decirme tanto Renji como Abarai, no me hagan sentir tan viejo como ya estoy. —Dijo entre risas causando que el ambiente fuese más ligero. Incluso algunos llegaron a reírse con él.
—No quiero que me tengan miedo, es el último año que tendrán en este instituto, así que tratemos de pasarla bien y crear los mejores recuerdos antes de la graduación. — Su aura transmitía seguridad y confianza. Estaba a medio sentar sobre su escritorio, como si fuese un adolescente como ellos. —Si tienen dudas, si tienen problemas, o si solamente quieren desahogarse con alguien, no olviden que yo estaré para ustedes en lo que necesiten, porque les aseguro que entre todos los años de colegio este es el más difícil de todos... — Entonces ellos se mostraron algo serios, ¿miedo?, ¿nerviosismo?, todo eso se vió despejado cuando él retomó de nuevo la palabra. —No tienen que soportar nada solos, siempre hay una solución ante todo.
Por alguna razón aquellas palabras relajaron un poco a la joven de pelo naranja. La inquietud que tenía de dejarlo todo atrás se fue desvaneciendo con las palabras de su profesor. Él tenía razón, se debía aprovechar hasta el más mínimo segundo de ese último año en el instituto. Al parecer ella no era la única que estaba inquieta, pues todos parecían estar mostrando una expresión de alivio tras las encantadoras palabras de aquel hombre.
—¡Renji-sensei, Riruka-chan me ha rechazado!—Expresó un chico de pelo castaño y ojos de igual tonalidad. Keigo Asano. Mostraba un rostro lleno de lágrimas y desesperación. Tomando por sorpresa a todo el mundo, incluyendo a su profesor.
—¡Oye, callate!— dijo la protagonista de aquella confesión, mostrando una expresión de molestía hacia su compañero. Avergonzada por la situación. Ella era Riruka Dokugamine, una chica delgada, de pelo color de granada frutal. Traía su pelo peinado en coletas con pasadores de conejitos por encima de su fleco.
—Lo siento, Keigo, en cuestiones de amor yo no puedo opinar...—Dijo su profesor mientras se levantaba de su escritorio, dirigiéndose ahora hacia su pizarrón. —Solo puedo aconsejarte...que aunque te hayan rechazado...eso no quiere decir que debas rendirte.
—Sensei, no lo aliente por favor...—dijo Riruka con sombría expresión. —¿No dijo que debíamos crear los mejores momentos del último año?, ni siquiera ha comenzado el año y ya quiere arruinarme la existencia.
—Yo hablaba más sobre que no debe rendirse sobre encontrar una novia, probablemente lo rechacen una docena de veces pero al final alguien le tendrá que decir si.—Alzó su dedo pulgar en señal de aprobación y motivación hacia Keigo.
—¡Sensei, Acaba de decir que me van a rechazar más de doce mujeres, eso no me alienta!—Dijo Keigo con aún más lágrimas.
—Bien, comencemos con la clase.
—¡SENSEI NO ME IGNORE!
Y el salón se llenó de risas.
Por los pasillos del segundo piso caminaba un hombre malhumorado, no por falta de sueño, si no por algo de dolor en su cabeza. Había recibido un pelotazo en su frente a causa de la mala puntería de una chica de primero. Él se dirigía hacía la enfermería del instituto, en busca de alguna pastilla que pudiese aliviar el dolor de cabeza. Colocó su mano en el pomo de la puerta; y diciendo "con permiso" se adentró en la habitación esterilizada. El olor que percibió de inmediato era de alcohol etílico y medicamentos en jarabe, además de eso, también sintió la temperatura fría del lugar.
—Que frío, terminarás enfermándote aquí. — Se quejó tras cerrar la puerta y visualizar en donde se encontraba él todo poderoso de la enfermería. Aquel médico se encontraba sentado frente a su escritorio, leyendo un libro que portaba en su mano. Era una novela de suspenso antiguo. Al reconocer aquella voz desistió de leer para fijar sus lentes, mostrando una mirada escasa de interés en su visitante.
—¿Por qué crees que uso bata y bufanda?— Contestó con una ceja alzada, como si fuese obvio que había tomado medidas para no enfermarse. —¿Y bien?¿Qué te trae por aquí?— preguntó mientras se levantaba de la silla y se acercaba al botiquín de medicina. Sabía bien que aquel sujeto de expresiones rígidas solo pondría un pie en la enfermería de ser necesario.
—Me duele la cabeza. Una de mis estudiantes me dió un golpe directo con un balón.
—¿Por qué hizo eso?
—Fue un accidente, tiene una puntería del asco.
—Con ese color de pelo que te cargas, cualquiera te usaría como tiro al blanco.
—Ja-ja, muy chistoso. Sabes bien que no lo tengo así por elección. —Se justificó mientras sus manos revolvían algunos de sus mechones rebeldes color naranja.
—Eso de que sea natural no me lo creo, en fin, ten. —Extendió su mano con dos laminitas de pastillas y un vaso lleno de agua.
—Cállate, Ishida. —Chasqueó su lengua contra sus dientes en señal de molestia, y después de eso procedió a tomarse el medicamento. Dejó el vaso en la mesa para después dirigirse a la puerta.
—Trata de no hacer mucho ejercicio, o se te va elevar el pulso y el dolor de cabeza volverá —Recomendó mientras se cruzaba de brazos, viendo como su colega aún permanecía de mal humor.
—Sabés bien que soy el profesor de Gimnasia, debo hacer ejercicios todo el tiempo. — Contestó a secas, saliendo completamente del lugar.
—Bien, ¡Luego no te quejes de qué el medicamento no sirvió!
—¡Si, si!
-HORA DE ALMUERZO: 12:45 PM
CONTINUARÁ...
