Jacarandá

Las palabras que no dije

se volvieron insectos muertos

en mi interior

[...]

Las palabras se oxidaron en su garganta, amargas, desgastadas por el paso del tiempo. No fue capaz de decirlas cuando tuvo la oportunidad, y ahora ya no le quedaba nada.

Todavía percibe la sensación invisible pero real, dubitativa, inquieta, de aquella soga imaginaria que le impedía hablar. Apretaba su garganta, arrastraba las palabras devuelta a su interior, a lo más profundo y oscuro, para que jamás pudieran volver a salir.

Xellos lo definiría como unas náuseas, unas irremediables ganas de escupir, de vomitar las palabras como si fueran flechas. Se había vuelto casi una necesidad, descargarse, expresarlo como fuera. Que la quería.

No importaba el modo, si era sano o enfermizo, si era romántico o no lo era, si la quería con o sin vida. Eran detalles, rasgos mínimos e intrascendentes sobre algo que, de todos modos, no cambiaría en esencia.

Era necesario transmitirlo, sacárselo desde adentro, de sus entrañas. Porque era como un parásito, le carcomía el interior haciéndolo retorcerse, como si fueran mariposas moviéndose en su estómago. No tenía fin.

Llegó a considerarlo, la idea bailoteó en sus dedos, en sus ojos: quizás debería deshacerse de Lina, sacarla de raíz de su vida, y así tal vez también desaparecerían esas emociones. Pero la idea llegó a molestarle, le pareció inoportuna, desagradable.

Y entonces pasó cuando menos lo esperaba, o tal vez ni siquiera lo había estado esperando en verdad. Lina se paró frente a él y vomitó palabras, similares en apariencia, a aquellas que tanto había querido arrancarse.

"Si muero, cuida a Gourry por mí".

El viento sopló con fuerza sobre las cenizas esparcidas en el campo de batalla, sacudiendo los huesos triturados y los retazos de ropa dispersos en el suelo. Xellos inhaló el aroma, la carne quemada, la sangre mezclada con tierra.

Mientras gotas finas de una pronta lluvia caían apagando las llamas todavía vivas, Xellos se permitió vomitar las palabras que habían estado tanto tiempo atoradas en su garganta.

"Te quiero, Lina-san".

Sin embargo, la soga se ajustó aún más sobre su cuello, asfixiante, doliente. Casi como algo verdaderamente físico. El parásito en su interior había muerto, pero quedó algo peor allí: el vacío.