Hola, hola, Luna de Acero reportándose.

Segundo capítulo de esta historia, dedicado para Rosa Mayfair, falta un capítulo más y se termina. Por cierto, tengo comisiones abiertas para los que deseen una historia a su medida, no tengan miedo de preguntar, besis!


Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de Isayama Hajime, la historia si es de mi completa invención.

Advertencias: Muchas palabras altisonantes, insultos variopintos, agresiones verbales, pero nada demasiado grave, ya saben.-


.

.

"Te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma".

Pablo Neruda

.

.

—Bueno, ¿para qué me llamaste? —dijo Levi con su apatía habitual.

Parecía una característica de la familia Ackerman, mirar sin demasiadas expresiones, probablemente buscaban esconder sus sentimientos, sin embargo a la hora de relacionarse todo explotaba como un volcán que estuvo juntando y rejuntando lava.

—¿Qué no ves? Hay que limpiar un poco, ¿no eres tú el experto?

Levi tenía un trabajo de oficinista, pero además sobrellevaba adelante un canal en YouTube donde analizaba productos de limpieza y daba consejos al respecto. No era de tener mucho contacto con su tío, debido a que nunca habían forjado lo que se dijera una relación afectuosa, pero era familia, la única estirpe Ackerman sobreviviente, que supieran al menos. Desde que había muerto su madre, hacía unos cinco años atrás, había prometido ir de tanto en tanto a visitar a su adusto tío.

El hombre le había dicho que avisara antes y que no se quedara mucho cuando lo hiciera, por lo que cuando recibió el tosco mensaje: "enano ben a mi ksa cuanto antes ay te esplico", le había parecido cuando menos sorprendente, luego se echó cloro en los ojos porque Kenny era un desastre ortográfico al momento de escribir mensajes.

A lo mucho lo visitaba tres veces en el año, uno para el cumpleaños de Kenny, otro para el día de Acción de Gracias y a veces para fin de año, más que nada para llevarle algo decente para que masticara. En esas ocasiones solía dejarle una que otra plantita, aunque notaba que se marchitaban o desaparecían misteriosamente. Era una excusa para regañarlo, claro, decirle que le diera un poco de color a esa miseria de departamento que tenía. Pero era imposible, a Kenny no le interesaba en absoluto como estaba su casa.

Vivía como una rata. Una rata gigante a decir por su porte, lo irónico del caso es que Kenny acaparaba muchísimo dinero, podría vivir como un magnate si quisiera, pero no, se conformaba con esa pocilga, en lo que sí gastaba era en ropa de calidad (aunque la usaba hasta que se rompiera del uso) y en las bebidas más costosas que se pudieran conseguir, fuera de eso, Levi nunca se explicaba para qué juntaba tanto dinero. Hacía mucho había dejado de intentar entenderlo.

—¿Tú quieres que limpiemos este mugrero?

No le molestaba limpiar, de hecho le gustaba esa actividad, si hasta estaba dentro de un grupo de terapia para personas que amaban limpiar, y participaba de sesiones donde iban a casa de uno y otro para comparar productos y resultados. ¿Obsesión, dónde?

—¿Cuántas veces hay que repetirte las cosas, enano? —soltó Kenny con molestia.

Levi rodó los ojos y puso los implementos de limpieza sobre la mesa. No había ni para empezar. Media botella de un detergente de mala calidad, un roído trapo de piso, una caja de veneno para cucarachas que había expirado en el año de su nacimiento más o menos (y con seguridad estaría radioactiva a estas alturas), y un frasco de lejía en polvo… vacía. Ni hablar que el plumero tenía más polvo acumulado que el piso y una escoba que… bueno, no se podía llamar a ese palo raquítico una escoba. Miró a su tío con desaprobación.

—Bueno, ya, vamos a comprar —dijo Kenny sin mayores preámbulos y se fueron a una tienda departamental que estaba a poca distancia del edificio.

El hombre miraba como su sobrino llenaba diligentemente un carrito de compras. Que aromatizadores, que canasto para el váter, que un tacho de basura chico y uno grande (¿para qué tanto?), un humificador (no quería ni preguntar para qué mierda era esa cosa), y decenas de cosas más que ya ni se dignó en querer saber qué eran. Seguro gastaría mucho dinero en esas porquerías.

—Por cierto, esto te lo pregunto aunque no sé ni para qué me tomo la molestia —consultó Levi—, mira, las cortinas de teflón para el baño están de oferta, tu lugar es un asco, pero con una alfombra de pies a juego y una cortina, bueno, mejoraría su aspecto, ¿las llevo o no?

—Sí, sí, hijo de tu puta madre, mételos al carro.

—¿Un poco de respeto, no? —pidió Levi entre dientes.

—Bueno, era puta, así que no estoy mintiendo —masculló el hombre encogiéndose de hombros y disfrutando de la mirada asesina de su sobrino.

—Te vas a ir solo a tu departamento como sigas así.

—Ah, ya, desde que te volviste marica te has puesto todo dramático, maldito mocoso.

—Como sea, jamás he visto que hayas querido mejorar el aspecto de la pocilga que llamas casa, ¿a qué se debe tanto cambio? ¿Al fin encontraste alguna mujer completamente desquiciada que te pueda aguantar?

—No metas el hocico donde no te llaman.

—Me da igual si te acuestas con un puerco espín, viejo, pero consigue alguien pronto porque ni de chiste te limpiaré el culo cuando no te puedas mover, al menos hazme un favor y muérete antes.

—Ese es el agradecimiento familiar, ¿eh? Recuerdo que cuando eras una mierda enana… ah, no, lo sigues siendo, pero bueno, cuando eras más enano aún, fui yo quien te fue a recoger de la escuela, si hasta te preparé meriendas y todo.

—Sí, claro, descontemos todas las veces que te olvidaste de mi existencia y que hasta llegué a comerme una esponja del hambre que tenía, maldito viejo sin corazón —protestó Levi tirando un pote lavandina en gel en el carro.

—Errar es humano.

—Dudo que seas completamente humano. Deberías comprar sábanas nuevas, no entré a tu cuarto pero me juego la cabeza que esas telas deben estar hechas hilachas.

—Solo buscas que yo gaste todo lo que tengo.

—Ay, no, no me salgas con el cuento del pobre viejo desvalido, usa tu dinero en algo de provecho por una vez en tu vida, anciano.

—Argh. Pon un par, esa cosa de ahí también.

—¿Qué cosa?

—Esa mierda, ¿eres ciego o qué?

—¿No conoces la palabra cobertor? ¿Lo quieres en rosa? —soltó con burla Levi y tomó uno de color amarillo suave—. Así, color bilis igual que tú, para que haga juego.

—Ah, estoy generoso así que lleva ese, el de color mierda, para que haga juego contigo —dijo señalando un cobertor marrón.

—No, gracias, después me lo cobrarás hasta después de morir, guárdate tu generosidad, soy autosuficiente gracias a Lejía. Bueno, ¿cortinas para tu habitación y la sala?

—Sí, sí, crucifícame también si es que gustas.

Levi ignoró de plano lo dramático que podía ser su tío a veces y eligió los conjuntos que le parecieron más adecuados sin reparar en gastos. Para cuando terminaron con todo habían llenado dos carros a tope y Kenny casi lo madrea frente a la cajera cuando le dijeron que eran más de seiscientos dólares a pagar. Tacaño había nacido y tacaño se moriría.

Llegaron cansados y sudando la gota gorda de tantos paquetes y bolsos cargados, pero lograron subir todo al cuarto piso.

—Más vale que esto quede como el Palacio de Buckingham —dijo Kenny carraspeando y echándose aire con el sombrero.

Levi ya se estaba poniendo un trapo en la cabeza y otro sobre la boca.

—No hago milagros, vieja rata. Y no te creas que voy a trabajar como perro aquí por nada, te voy a cobrar honorarios.

—Ambicioso pedazo de mierda.

—¿Adivina de quién aprendí, viejo?

Kenny jamás se hubiera imaginado que un quehacer tan tedioso como limpiar fuera tan extremadamente complejo y agobiante. Era evidente que no iban a terminar todo en un solo día.

—Ni de chiste voy a limpiar tu mierda —dijo sin miramientos Levi, y le señaló el baño—. Ahí tienes ese producto que remueve el moho de las juntas en medio de las lozas, vas a aplicarlo con cuidado en todas donde veas negro —luego miró de reojo el lugar—, métele a todo, es un asco. Y luego pones esto en el váter, trae un pico, ¿ves? Una vez que termines vas a rociar con este limpia vidrios, hazlo rápido, porque la acción efervescente de esto con esto otro va a provocar una reacción tóxica y lo último que deseo es que te mueras en esa asquerosa letrina.

—¡Diablos! Qué considerado de tu parte.

A los veinte minutos lo tenía al hombre tosiendo como si fuera a expulsar los pulmones y lo dejó sentado en la cocina, tomando agua mientras iba a quitar esos girones de tela vergonzosos que en algún momento habían sido cortinas.

En total estuvieron dos días completos removiendo mugre, limpiando, ordenando, tirando basura y demás actividades. Levi le cobró quinientos dólares por todo el esfuerzo y la verdad era poco porque habían trabajado como burros.

Kenny miró su "nuevo" departamento y sonrió conforme, pero Levi seguía cruzado de brazos.

—¿Ahora qué?

—Necesitas muebles decentes, por amor al detergente. Y las paredes, hay que lijar y pintar todo este sucucho, recién entonces podríamos decir que es un lugar medianamente decente.

—Maldita sea.

—O lo dejamos así, comparado a como estaba antes ahora parece un lugar habitable por un ser humano.

—Veamos, ¿qué hay que comprar? —dijo haciendo un mohín de disgusto, pero Levi ya estaba acostumbrado a que su tío renegara por cada pequeño detalle.

—Por lo menos un sofá, una mesa ratona, un televisor de esos planos, puede ir contra la pared, una mesa, cuatro sillas, y de paso cambia esa cama de porquería, rechina de solo mirarla, una mesa de luz, creo que con eso para empezar debería bastar.

—Bueno, ¿dónde hay que ir?

—Se puede pedir on line, ahora todo es más sencillo, te lo traen a domicilio y ya. Luego pintura, lijas, rodillos, pinceles, etc.

—Nada de mamarrachos de colores, blanco simple y ya.

—No iba a sugerirte nada, no soy decorador. Cuando cambies las cosas tira todo a la basura, no sirve ni para caridad.

—Bueno, demasiada palabrería, pide ahí de donde tú sepas, te daré el efectivo, pero no me desangres, mocoso.

—Serán al menos dos mil, no me vengas a gritar luego y eso si hago un gran esfuerzo por conseguir cosas de mediana calidad.

—Sí, sí, ya que, ¿quieres apuñalarme de paso?

Levi se sentó un momento y se sirvió un vaso con agua, realmente nunca había visto ese lugar tan limpio y ordenado como ahora. No era casualidad, el viejo andaba en algo y era más que obvio que tenía intención de impresionar a alguien, ¿quién lo diría que ese día iba a llegar? La única que le tenía un poco de fe era su difunta madre, porque para él era un caso perdido, pero bueno, los milagros existían por lo visto.

Su tío se sentó en la otra silla que había (solo eran esas dos en todo el departamento) y prendió un puro, Levi rodó los ojos porque le molestaba sobremanera el hedor de esa cosa.

—Escucha, tengo que comprar cosas para llenar la alacena.

—¿Me viste cara de hada madrina o qué?

—No, solo de marica chupa pitos.

Lo ignoró de plano, ya estaba acostumbrado a su trato despectivo y evidentemente homofóbico, de manera que siguió bebiendo su fresca agua, sería mejor irse de una vez.

—Y… hablando de eso —dijo Kenny mientras tamborileaba sus largos dedos sobre la mesa sin saber cómo preguntar lo que quería preguntar, Levi enarcó una ceja—. ¿Qué se siente que te metan la víbora?

Su sobrino escupió el agua y se atragantó un momento, luego lo miró molesto.

—¿Qué mierda acabo de escuchar? ¿Realmente quieres hablar de eso? ¿El gran Kenny super macho, pelo en el pecho? No es gracioso en absoluto, anciano.

—¿Tanto miedo te provoca responder una simple pregunta?

—Se siente genial si tanto quieres saber.

—Ah, que decepción saber que eres de los que entregan la cueva.

—Me voy, suficiente te he aguantado estos días.

—Cásate de una vez como Dios manda —le gritó Kenny al ver como levantaba su mochila para marcharse.

—Sí, me casaré con un hombre y jugaremos a los espadazos todos los días.

—¡Maricaaaa!

—Tú preguntaste, ahora te aguantas, rata almizclera.

—No te olvides de mis muebles o te buscaré y te cortaré las bolas.

Se escuchó un portazo por toda respuesta y Kenny fue a darse una ducha para arreglarse para la función que daría Uri esa noche. Estaba ansioso por mostrarle como lucía su departamento ahora. Aún le quedaban un par de horas libres antes de largarse al bar, de manera que llamó a su sobrino, porque ya que le había pagado haría valer su dinero.

—¿Y ahora qué?

—¿Cuándo me vas a traer mis muebles?

—Ni siquiera llegué a mi casa, anciano.

—Como sea, tengo que comprar algunos víveres, ¿qué consumen los chupa verga como tú?

—¿Qué?

—Mándame una lista de cosas que debería comprar para tener la alacena con cierta variedad, ya conoces mis gustos, así que no la cagues —y le cortó.

Levi apretó los dientes, quería mandarlo a la mierda sin embargo entendía que su tío le estaba pidiendo ayuda "muy a su manera", cosa que era en extremo rara, el único inconveniente es que el tipo pedía las cosas de malas. Le mandó una lista de unos treinta productos, considerando que no tenía casi nada en esa pocilga. Luego se quedó mirando el volante de su auto, definitivamente esto era demasiado extraño, y además preguntando cosas tan… inusuales, al menos para un viejo homofóbico como él, porque uno podía entender el humor ácido que caracterizaba a la familia en general (más bien estaba resignado), pero siempre lo supo, Kenny odiaba el amor entre personas del mismo sexo, fastidiaba y despotricaba al respecto. De hecho él nunca lo había invitado a eventos sociales en su casa (que no eran muchos, cumpleaños, fiestas de fin de año y nada más), porque sabía que el viejo iba a incomodar a todos, y en especial a su reciente y flamante novio. Por el momento lo tendría escondido hasta que se muriera su pariente, o bien les presentara a la persona misteriosa y por obra del espíritu santo éste fuera un hombre o mujer trans. Por un breve segundo se preguntó si esa persona sería así, pero luego echó a reír con ganas, no, era imposible.

Kenny achinó los ojos para leer las etiquetas de las cosas de la lista y llenó un carro. Nunca había gastado tanto dinero en tonterías, como las consideraba él, además Uri no se había quejado de nada. Ah, Uri era su pequeño dios personal, nada que viniera de él podía ser malo, siempre estaba sonriendo y agradeciéndole por las atenciones, que tampoco eran tantas. Por eso quería esmerarse, quería demostrarle que podía darle un mejor lugar para recibirlo.

No tenía ni puta idea adonde se dirigía todo esto, y no quería ponerse a pensarlo porque nada tenía sentido, solo sabía que algo bueno estaba pasando y que si bien nunca había renegado de su soledad, ahora disfrutaba demasiado de la compañía de su dios.

Llegó a su casa, metió las cosas en las alacenas que ahora estaban relucientes, aunque su enano sobrino tenía razón, una capa de laca les vendría bien, había vetas y se estaban descascarando por partes. Apenas cruzó el dintel de su puerta no había reconocido el lugar, menos ese aroma agradable y fresco, al menos para algo servía ese maldito desagradecido. ¿Qué podría hacer para el desayuno? Sin darse cuenta ya estaba dando por sentado que Uri se iría a su casa esa misma noche como la vez anterior.

Mierda con la vejez prematura, porque tenía cuarenta y ocho, aún le quedaba hilo en el carretel, pero era cierto que la juventud se le había escapado y no estaba tan mal disfrutar de la charla y la compañía de alguien, además Uri era tan especial. Todo lo que salía de esos divinos labios cincelados era poesía (aunque él jamás había leído un puto poema en su patética vida), y su sonrisa que parecía convertir todas las cosas malas en bellas creaciones, ¡y esos ojos! Malditos ojos embrujadores. Podría contemplarlos todo el día y no se cansaría de esos destellos, parecían emitir luz. Definitivamente un ángel había bajado de los cielos y había dejado a Uri en el mundo, tal vez solo para darle esperanzas a la gente de que existía un Paraíso en el más allá. Bueno, demasiados pensamientos melosos, mejor se ponía en marcha.

Llegó temprano al bar, no iba a admitir que lo carcomía la ansiedad y las ganas irrefrenables de ver nuevamente a la pequeña avecilla con voz de oro. Pero se topó con una sorpresa desagradable. Esa noche Uri no iba a cantar, en cambio había una mujer que se estaba desnudando y el bar estaba más lleno que nunca, en fin, que mal gusto la de esa gentuza.

—Oi —dijo de mal talante a Farlan que se movía de un lado a otro despachando todos los pedidos—. ¿Qué es esta mierda? —y cabeceó hacia donde la mujer balanceaba sus turgentes pechos desnudos.

—Oh, Desideree, es una belleza, ¿cierto?

—¿No va a cantar Uri?

—Oh, no, es que está algo enfermo y hoy no podrá hacer su presentación.

—¿Enfermo de qué?

—Bronquitis, al parecer tomó frío.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Disculpe, pero mire, realmente estoy al límite, muy ocupado, ¿podemos conversar más luego?

En dos segundos Kenny lo levantó de la solapa de la camisa mientras el pobre chico abría los ojos a más no poder.

—Hijo de tu puta madre, ¿dónde está Uri?

—Jo-joder, tranquilo, de verdad no lo sé, a veces se queda aquí, pero cuando llegué no estaba, solo me dejó esa nota que no iba a poder asistir y a duras penas conseguí a esta chica para tener algo que presentar.

—Te doy cinco minutos para que averigües donde está.

—Por favor, no me haga esto, escuche, no se sulfure, s-si me suelta le daré el teléfono de Uri y podrá llamarlo, ¿bueno?

Kenny lo soltó sin mucho decoro y le pasó su celular para que el otro agendara el número. Luego salió del lugar y en la calle marcó al contacto. Solo tenía unas pocas personas agendadas. Recién en la tercera llamada lo atendió, se escuchaba ronco y tosía a cada momento.

—¿Hola? ¿Quién es?

—Kenny, ¿dónde estás?

El de cabellos castaños claros parpadeó un momento para poder pensar mejor, tosió otro poco y luego recordó, a su héroe, el salvador de hacía un par de noches.

—Oh, sí, Kenny, ¿cómo estás? Lo siento, estoy un poco apestado, ¿fuiste al bar?

—Y sí.

—Lo siento tanto, hoy no podré subir.

—Se nota, ahora dime dónde estás.

—Bueno, vine al hospital, porque me sentía mal y estoy esperando que me atiendan.

—¿Cuál hospital?

—El Federal.

—Voy para allá —y le cortó.

Uri se quedó mirando la pantalla de su móvil y sonrió conmovido. ¡Cuántas sorpresas con ese hombre! Las primeras veces que lo había visto, porque era una persona que no pasaba desapercibida por su altura y su aura oscura, le había parecido tan atractivo como peligroso. Aunque lo disimulaba muy bien porque no sabía la clase de persona que era y tenía miedo de incomodarlo o incordiarlo. Afortunadamente con el correr de los días se dio cuenta que era su actuación la que lo atraía y esa simple acción, de verlo ahí disfrutando de sus canciones sentado en la barra del bar, le había dado cierto brillo a sus días tristes.

No podía explicarlo, había una conexión distinta con ese hombre, su mirada no era como la que le echaban los otros, conocía a la perfección la burla y las ganas de hacerle cosas sucias, las indiferentes y las de asco, pero esos ojos, parecían mirarlo con un respeto que hacía años no había vuelto a ver. Ese hombre no lo conocía en absoluto y aun así le había brindado todo lo que tenía.

Esa noche que se fue con él, se estaba arriesgando, aunque podía defenderse encontrarse con la violencia nunca era una buena experiencia. Kenny exudaba agresividad por cada poro de su piel, sin embargo decidió confiar en su mirada. Había estado en hoteles lujosos, en playas paradisíacas, pero nunca se había sentido tan a gusto como estando en ese departamento tan sencillo. Aunque no necesitara un guardaespaldas, se sentía protegido. Kenny no intentó propasarse, no se enojó al saber su verdadero género, solo estuvo ahí acompañándolo, dejándolo ser, sin juzgarlo. Era como un oasis, la paz que tanto necesitaba.

Cuando Kenny llegó aún no lo habían atendido. Estaba con los mocos algo flojos y las mejillas coloreadas por la alta temperatura corporal. El hombre lo saludó con un cabeceo y se sentó a su lado, lo observó de reojo, sin pelucas y sin maquillaje, parecía mucho más joven incluso.

—¿Hace cuánto esperas?

—Uh, una hora y media —dijo fijándose en su celular cuya batería ya agonizaba.

—¿Y cómo es que no te han atendido, joder?

—Esto es así, hay mucha gente, es época de cambio de estación, todas las enfermedades aéreas están a flor de piel. Hay que ser paciente. No deberías haber venido, puedes enfermarte de algo.

—¿Eh? Jamás me enfermo —afirmó terminantemente.

—Estás guapo —dijo Uri mirando el esmero que había puesto Kenny en su atuendo, su corazón se llenó de calidez al darse cuenta que probablemente lo había hecho para ir a verlo a él en el bar—. Ya sé, tú siempre estás guapo, pero hoy más —susurró lo último y le sonrió suave cubriéndose la boca porque le agarró un acceso de tos.

Kenny sentía que se iba a colapsar en el suelo convertido en miles de gotas, inspiró y se puso de pie tendiéndole una mano.

—Nos vamos.

—Oh, pero aún no me han atendido.

—No vas a estar aquí esperando toda la vida, estás enfermo, vamos a ir a una consulta privada, anda y no me des problemas.

—Pero las consultas privadas son demasiado cos-

—¡Vamos, he dicho!

Uri le dio la mano y lo siguió, Kenny redujo la velocidad de su caminata para que no tuviera que agitarse tanto. Fueron a una parada de taxis y abordaron uno. Se detuvieron en una farmacia y Kenny les compró tapabocas apropiados, luego se dirigió a la consulta de un médico que le debía dinero, el hombre estaba cerrando el consultorio, pero les abrió al instante y lo atendió lo mejor que pudo. Les dio medicamentos de muestra y luego se fueron a la pensión en donde Uri se estaba quedando esos días. Apenas Kenny puso un pie dentro, desaprobó todo lo que vio.

—Compartes baño, eso es malo, mira esta mierda —dijo tratando de abrir una pequeña ventana, que más bien parecía un ventila, que estaba todo oxidado en los bordes—, mira, mira.

—Lo sé, no es el mejor lugar del mundo, pero es caldeado y es suficiente para mí.

—Claro que no, aquí te vas a enfermar peor. Solo para que sepas, estos días me estoy tomando un descanso, no iré a cobrarle a nadie, así que…

Uri lo miró esperanzado, tosió un poco pero dejó que el hombre terminara su idea, caminaba de un lado a otro como león enjaulado, parecía que no se animaba a completar la frase, pero por fortuna se animó.

—Seamos honestos, necesitas que cuiden de ti, yo puedo hacerlo, así que vamos.

—Me mortifica ser una carga, Kenny.

—No lo eres, será peor si me voy y te dejo en este agujero del demonio y me quedo pensando en si te desmayas o vaya uno a saber, te puede dar un paro cardíaco, no hay que subestimar las enfermedades.

—Es solo un resfrío, pero no quiero preocuparte más de la cuenta, así que si es mejor para ti, iré.

Kenny asintió y se quedó petrificado unos segundos al ver la sonrisa aliviada de Uri. Ojalá el enano le consiguiera los muebles rápido, aunque estaba ansioso por mostrarle la renovación actual de su departamento. Esperó que Uri llenara una mochila y tomaron otro taxi para ir a su domicilio. Mierda, nunca había tomado tantos taxis en su vida, pero no quería exponer al pequeño dios a largas caminatas, no si estaba tan demacrado. Debería comprar un auto, sí, eso sería bueno, de paso podría llevarlo al bar o ir a buscarlo, además se acercaban las épocas frías.

Una vez que llegaron Uri observó alrededor sorprendido.

—¿Y bien, te gusta lo que ves? —preguntó Kenny colocando sus manos sobre sus caderas y sintiéndose orgulloso de su vivienda.

Uri miró a Kenny y lo escaneó con su mirada arriba y abajo, batió sus pestañas con coquetería antes de responder.

—Sí, me gusta mucho lo que veo.

Carajo. Ahora se daba cuenta porqué el estúpido de su sobrino había cambiado de bando, había hombres que eran en verdad muy seductores. No, Uri era especial, todo en él era divino. Carraspeó y levantó la mochila de su invitado, mierda, pesaba una tonelada, ¿cómo hacía para levantar eso con esos brazos tan delgados? Le sorprendió bastante, ¿y qué traía dentro? ¿Un yunque?

—Acomódate como gustes, puedes tomar un baño —le indicó llevándolo a su habitación.

—Eres un hombre muy bueno, no sé cómo podría pagarte por todo lo que hiciste hoy.

—Ponte sano, con eso será suficiente, y no andes divulgando en otras partes eso de que soy bueno, porque afectará mi reputación —dijo guiñándole un ojo y Uri sonrió mostrando todos sus dientes.

—De acuerdo, no se lo diré a nadie, será nuestro secreto. Tomaré un baño.

—Primero bebe tu medicina, traeré agua.

Apenas Uri entró al baño, Kenny llamó a Levi.

—¿Otra vez? —dijo su sobrino mirando irritado su móvil—. Dame un minuto, es mi tío, no sé qué quiere, de nuevo. Hola.

—Rata enana, dime qué comida hacer para curar un catarro, de esos que son fuertes.

—¿Qué? Kenny, ¿estás enfermo?

—Solo responde lo que te pregunto, que tantas preguntas, joder.

—Solo quiero saber si estás enfermo, castor de alcantarilla.

—¡Dime qué cocinar, carajo!

—Ugh, no sé, emm, una sopa supongo.

—Dime como la preparo.

—Busca un maldito tutorial, viejo.

—¿Un qué? No me des vueltas, maldito mocoso desagradecido, ¿ni siquiera puedes darme instrucciones para hacer una maldita sopa? ¿Para qué sirves?

—¡Calmate, un poco! Deja de gritarme porque te voy a cortar y no te atenderé más.

—Corta y te juro que no vas a heredar un solo dólar de mi parte.

Levi apretó los labios y se contuvo de decir una grosería porque su hermoso novio lo estaba mirando con mucho interés y no quería quedar como un villano delante de él.

—De acuerdo, bien. Agarra una olla y llena hasta la mitad con agua y ponla sobre la estufa a fuego medio. Busca el pollo de la nevera y córtalo en trozos, si es solo para ti con un cuarto bastará y sobrará.

Le llevó cerca de diez minutos indicarle lo que debía hacer y Kenny entendió todo perfectamente.

—Bien, ¿ya me puedes dejar en paz?

—¿Dónde están mis muebles, mocoso?

—Ya que, desherédame, viejo, me rindo contigo —acto seguido le cortó.

—Una rata siempre será una rata —dijo Kenny y volvió con la sopa.

Probó un poco y no le encontró mucho sabor, bueno, le faltaba hervir, le tiró un puñado de sal prudente, no quería arruinar la comida de su deidad.

Cuando Uri entró en la cocina a Kenny se le aflojaron las rodillas. Solo traía puesto una salida de baño de una tela como seda, por lo brillosa, tenía un estampado de plumas de pavo real y el cabello un poco húmedo.

—¡Carajo! T-te vas a seguir enfermando si andas así.

—El agua estaba muy caliente, y aquí está caldeado.

—No discutas conmigo.

El hombre se fue a buscar algo de abrigo para darle, encontró entre la ropa decente un suéter abierto al frente de hilo verdes inglés, demasiado pequeño para ser suyo, ¿sería de la rata de su sobrino? ¿Desde cuándo tenía esa porquería ahí? No importaba, iba a servir porque Uri era más pequeño. Lo ayudó a colocársela, tratando de que los ojos no se le fueran por esas piernas hermosas que tenía el joven, bien que las había admirado cuando usaba esa ropa ínfima que se ponía al subir al escenario.

—Lamento no tener, esa cosa para secar el cabello.

—Estaré bien, lo juro.

—Ponte esto —dijo ofreciéndole un par de calcetines gruesos negros, porque no tenía pantuflas o algo como eso para darle, se haría una nota mental para comprar un par por la mañana—. Santa Brígida, ¿cómo puedes caminar con estas cosas tan diminutas? —soltó mientras sostenía uno de los pequeños pies de Uri entre sus enormes manos.

—Me haces sentir minúsculo, pero no lo soy, pasa que tú, tú eres muy grande Kenny.

—Mmm.

Al hombre se le vinieron a la cabeza una serie de comparaciones físicas demasiado específicas y se sintió bastante acalorado. Uri tenía razón, la temperatura en la cocina era elevada, fue a chequear la preparación.

—Espero te guste la sopa de pollo, dicen que es buena para los enfermos.

—Ah, comida casera, cualquier cosa que me sirvas me hará feliz.

Uri caminó hasta la ventana de la cocina llevando un vaso con agua para regar las macetas, notó con alegría como había un brote verde creciendo en una.

—La reviviste, con tu magia.

—Eres de pocas palabras, pero lo poco que dices… trae alegría a mi corazón —dijo el más bajo mirándolo con cariño.

—Solo contigo porque… eres especial.

Uri se puso rojo y Kenny pensó que ya le había subido fiebre de nuevo, pero no era eso.

La sopa no era la mejor del mundo, después de todo el hombre no sabía cocinar, estaba aprendiendo, pero para Uri fue una experiencia maravillosa. Con el estómago lleno fueron a acostarse. Como aquella primera vez se pusieron de costado mirándose en las penumbras, Uri tenía sueño pero intentaba no dormirse para disfrutar de la vista. Luego de un rato se acercó para acurrucarse en el pecho de su benefactor, no notó que le rehuyera o lo rechazara, así que se hizo un ovillo. Kenny era sorprendentemente cálido.

—Lo siento, es que ahora si me hizo un poco de frío —no era una mentira, tampoco una verdad del todo.

—Está bien, tú descansa, te despertaré para que tomes la medicina.

—Gracias, Kenny.

El hombre notó que la figura temblaba ligeramente y su pequeño dios se cubría el rostro.

—Oi, ¿estás bien?

—Sí, es solo, me siento conmovido. ¿Sabes? Ya había olvidado lo que se siente la bondad, es nostálgico, disculpa, no me gusta mostrar mi lado vulnerable de este modo, pero supongo que contigo puedo porque… también eres especial para mí.

Al hombre casi le da un infarto masivo y con naturalidad lo abrazó más contra su cuerpo.

Despertó a Uri con leves toques en su hombro. Había una bandeja con té caliente y unos panes redondos dulces, junto a la medicina.

—Buenos días, gracias otra vez. En verdad, no sé cómo haré para pagar todo esto.

—Deja de mortificarte con eso de pagar, no me debes nada, en todo caso… si algún día caigo en desgracia tú me cuidas, y entonces estaremos a mano, ¿te parece bien así?

—Tenemos un trato, caballero. ¿No tomas té?

—No, esa cosa me oxida, solo bebo café por las mañanas —dijo agarrando una taza con el asa rota.

—Oh, esa taza es enorme —dijo Uri notando que al menos entraría medio litro en el utensilio.

—Sí, para no tener que servirme a cada rato.

Conversaron afablemente, como si el tiempo se hubiera detenido, como si sus vidas se hubieran tomado una breve pausa del dolor y la tristeza.

Con el correr de los días Uri se recuperó perfectamente, y la excusa para quedarse se iba terminando. A pesar de que solo habían convivido cuatro días, se trataban como si se conocieran de años. La tarde del cuarto día Kenny se fue a buscar algunos víveres, ya conociendo mejor los gustos de su invitado, no se fijó en los mensajes en su celular y entonces sucedió.

Tocaron a la puerta y Uri dejó de lado el libro que estaba leyendo y dudó en atender o no, pero como era insistente abrió la misma.

—Hola.

Levi se quedó petrificado del otro lado.

—Hola, ¿está Kenny en casa?

—No, salió a comprar, volverá pronto.

—Como sea, necesito dejarle los muebles que me encargó, eh…

—Claro, claro, pasa, soy Uri, un amigo de Kenny, mucho gusto —dijo el hombre extendiendo su mano y Levi se la estrechó.

—Soy Levi, su sobrino.

—¿Eres familiar? ¡Qué gusto! —respondió el otro con alegría—. ¿Puedo ayudar?

—No hace falta, traje dos amigos conmigo, aunque si puedes, esa mesa de ahí y ese sofá roñoso, bueno, todo eso se va a tener que ir.

—Iré haciendo lugar.

—Bien.

Levi bajó las escaleras preguntándose qué estaba pasando, jamás le había conocido un amigo al viejo cachivache ése. Entonces… ¿por ese amigo sería que había decidido hacer todos esos cambios? Aún no podía terminar de procesar la información.

Las siguientes dos horas, fueron de puro mover muebles, sacar y poner los nuevos. Levi había venido con dos hombres jóvenes y fuertes, bien parecidos ambos.

—¿No me vas a presentar a tu tío? —preguntó uno de ellos.

—Eh, es que-

—Ese no es su tío —dijo el otro joven, de cabellos rubios cenizos y ojos claros.

—Es un amigo de mi tío.

—Uri, mucho gusto —dijo el hombre con amabilidad.

—Eren, y él es Farlan. Gracias por la ayuda.

Luego de que los nuevos muebles estuvieron en su sitio, Levi procedió a retirarse, no sin haber notado muy claramente que el "amigo" de su tío estaba instalado en su habitación y que ambos compartían la misma cama. No quiso sacar conclusiones de ningún tipo.

—¿Quieren un té? —ofreció Uri—. De paso esperan a Kenny, debe estar por llegar.

—No, está bien, mejor si no me lo cruzo —dijo Levi, pero ante la expresión de Uri de sorpresa decidió corregirse—. Es decir, tengo compromisos, no puedo quedarme, ya vendremos en otra ocasión.

Uri despidió a todos pero Levi volvió sobre sus pasos y le dijo por lo bajo.

—Mira, yo no sé qué le hiciste a mi tío, pero lo que sea, síguelo haciendo, por favor.

Uri sonrió feliz y asintió. Cuando Kenny regresó, se sorprendió de ver todo el cambio, los muebles eran finos y en general de un buen gusto increíble, incluso para él que no le prestaba atención a esos detalles.

—¿Estás bien? ¿Esa rata no dijo nada inconveniente, no?

—No, de hecho fueron muy amables. No sabía que tenías familia.

—Sí, no por elección ciertamente.

—¡Kenny!

—Mi hermana lo quiso tener, no podía con ella misma y creyó que ser madre era una cosa fácil. Luego… bueno, ella falleció y yo tuve que hacerme cargo por un tiempo.

—Lamento escuchar eso, ¿qué le sucedió?

—Neumonía. No se curó bien y no fue al médico, o si fue no la atendieron a tiempo, como cuando te encontré en el hospital, por eso, no hay que subestimar ni un maldito resfriado. Tampoco pidió ayuda, por eso te digo, es mejor echarte un ojo porque a veces no te sabes cuidar. ¿Te gustan? —preguntó señalando el nuevo mobiliario.

—Tú… ¿hiciste todos estos cambios aquí… por mí?

—Mmm.

—Los muebles son hermosos, tu sobrino tiene buen gusto, por cierto, me dejó este sobre.

Kenny lo abrió, había doscientos dólares y uno poco más, seguramente lo que le habría sobrado de la compra. Al menos el enano era un hombre de bien.

Luego de cenar, tomaron una ducha y fueron a dormir en la cama nueva.

—Joder, este colchón es muy duro —se quejó Kenny visiblemente molesto.

—Es cuestión de acostumbrarse, será bueno para tus huesos.

—Sí, maldita sea.

Hubo una pausa breve, o tal vez larga, muchas veces el tiempo dejaba de funcionar normalmente cuando ellos se quedaban a solas.

—Kenny, debo confesarte algo.

—Suéltalo.

—Verás a mi, a mi me gustas. Quiero decir… —el hombre abrió grande sus ojos, esta vez podía ver perfectamente la silueta de Uri, ya que ahora tenía una mesa de luz con un velador—. Perdóname, no quiero incomodarte.

—Termina de decir lo que quieres decir, no te detengas.

—Sí. De todas maneras, no tiene sentido que te lo oculte. Pero es que ha sido inevitable, en todo este tiempo que hemos ido compartiendo, con lo bueno que has sido conmigo, y que eres guapo, un hombre muy atractivo, entonces, yo creo que me estoy enamorando de ti. Así que... si tú crees que eso está mal, sería mejor que me corrieras de tu lado cuanto antes, no habrá rencores, lo prometo.

Kenny miraba el techo, como evitando el rostro divino de ese pequeño dios, no tenía una respuesta acorde, excepto pensar en cómo sería su vida si Uri desaparecía, si lo corría de su lado como se lo estaba planteando. Se giró para apagar el velador, estiró la colcha para taparlos a ambos y estiró su largo brazo para cubrir la espalda de su visitante. Con delicadeza delineó la curva de su espalda y sorpresivamente empujó para atraerlo hasta su pecho, hasta sentir la cálida respiración de cervatillo contra sus pectorales de piedra.

Hay respuestas que no necesitan palabras, Uri estaba aprendiendo un nuevo idioma, se emocionó y se acurrucó mientras la felicidad se le salía por los poros e iluminaba el mundo para ellos dos.

.

By Luna de Acero.-