Kikyo colocó la flecha en el arco y luego lo tensó, apuntando hacia el cuerpo de Naraku con su habitual postura impecable. El villano soltó una risita maquiavélica y le preguntó si estaba segura de que quería hacer eso. La chica que era clavada a ella, y que estaba siendo sujeta por esos tentáculos, se retorció intentando liberarse, sin éxito. Kagome estaba de cara a ella y la miró sin poder ocultar su miedo, como si le pidiera ayuda. Sabía que en cualquier momento podía ser tragada, desmembrada o algo todavía peor, bastaba con que Naraku quisiera hacerlo, pero se estaba limitando a sostenerla en el aire, exhibiéndola casi con burla. Justo detrás de ella, un bulto en ese cuerpo grande y deforme que parecía lleno de algo palpitó, amenazante. Y dentro de éste, un resplandor rosado.

La voz en grito de Inuyasha cortó el aire.

-¡No lo hagas, Kikyo! – le suplicó prácticamente, con su expresión bañada en pánico.

El pulso de la sacerdotisa tembló por un momento. Entrecerró los ojos, deliberando con dificultad debido a la presión. Cuando al fin tomó una decisión, su expresión se dulcificó por un momento y desvió los ojos hacia el hombre que amaba.

-Lo siento – pronunció, mirándole con profunda disculpa.

Inuyasha supo lo que haría décimas de segundo antes de que lo hiciera.

-¡NO! – le gritó desesperado, incluso alargando por instinto una mano hacia ella como si quisiese detener él mismo el proyectil aun estando a más de veinte metros.

La flecha salió disparada ante la mirada de angustia del mediodemonio, y dio de pleno en su objetivo. Y él vio su trayectoria casi a cámara lenta. La masa tuberculosa brilló y estalló, el miasma salió disparado en todas direcciones, y un chillido desgarrador le atravesó el corazón como un puñal. Los tentáculos que habían estado sujetando a Kagome cedieron al debilitarse por el ataque y la chica cayó al vacío. Inuyasha llegó justo a tiempo para recibir a la mujer entre sus brazos, amortiguándole la caída. Ella reaccionó al agarre con un grito de dolor, y él sólo acertó a sentarse en el suelo y ofrecerle su pecho para que quedara apoyada sin tener que tocarle la espalda.

Esa espalda al rojo vivo y cubierta de sangre, ahora totalmente quemada.

Se oía a Naraku reír de fondo, mientras los restos de su cuerpo indestructible se desvanecían en el aire y se escuchaba su voz grave y triunfal:

-Una menos. Gracias Kikyo, siempre puedo contar contigo – soltó una risotada más, y luego desapareció.

-¡Maldito seas! – exclamó la aludida, presa de la rabia. Esta vez sí la había engañado, pues realmente había creído que ese era un verdadero fragmento de Shikon que purificar. Qué estúpida. Y qué precio tan grande había tenido que pagar. Inspiró hondo y dirigió sus ojos castaños poco a poco, como si temiera hacerlo, hacia el sitio donde su reencarnación estaba siendo rodeada por el resto de sus amigos.

Cuando Sango se arrodilló corriendo al lado de Kagome, dispuesta a atenderla con sus conocimientos sobre víctimas de ataques de demonios, se dio cuenta de lo pálido que estaba Inuyasha. Tenía la expresión desencajada y temblaba. Su olfato estaba saturado de dos olores: la sangre y el dolor de Kagome. No podía hablar.

-Kagome, no te duermas – la apremió la exterminadora, palmeándole las mejillas. Estaba muy nerviosa y se le notaba, pero también estaba intentando por todos los medios mantener la calma, pues sabía que ahora era ella la que mejor podía ayudarla. En realidad, esa era Kikyo, pero no se veía capaz de dejarla acercarse en ese momento sin darle un puñetazo o algo peor.

Kagome lloraba a lágrima viva, lo que estaba sintiendo era tan intenso que nunca podría encontrar las palabras para definirlo. Sólo sabía que tenía mucho sueño, y que su cuerpo quería desconectar de la realidad. Huir de ese dolor tan espantoso que la estaba consumiendo. Los párpados se le cerraron, pero otra vez ese contacto en su rostro se lo impidió.

-¡No te duermas! – insistió la mujer .

-Hay que llevarla corriendo con la anciana Kaede – apuntó Miroku, igual de agitado que su compañera.

-No creo que podáis llevarla en brazos sin hacerle daño. ¡Kirara!

La gata demonio se plantó al lado con unas pocas zancadas, ya transformada de hacía rato debido a la lucha.

-Inuyasha, ayúdame – le pidió el bonzo.

El medio demonio reaccionó al oír su nombre, pero no dijo ni una palabra. Mientras Kirara se estiraba en el suelo junto a ellos para facilitarles la tarea, los dos hombres cargaron a la herida encima de su lomo como pudieron, bocabajo. El movimiento empeoró el sufrimiento de la joven y lo expresó con un lamento. Los restos de la parte de arriba de su uniforme de colegiala cayeron lastimosamente al suelo y solo quedó en su sitio el sujetador a duras penas, pues el broche estaba colgando prácticamente de un hilo.

Mientras Sango se subía también como podía encima de Kirara, Inuyasha se puso en cuclillas y le cogió una mano a la muchacha. Kagome reaccionó al contacto abriendo un poco los ojos, para encontrarse de cara esa mirada dorada humedecida.

-Todo estará bien, Kagome – se llevó los dedos de la muchacha a los labios y los besó con los ojos cerrados. Ese movimiento de sus párpados hizo que los ojos le ardieran – Te lo juro.

-Lo sé – pronunció con la voz rota, intentando sonreír. En vez de animarle, eso encogió todavía más el corazón del mediodemonio. Incluso en esas circunstancias parecía que era ella la que intentaba consolarle a él.

-Vámonos, Kirara – ordenó Sango – Llévanos donde Kaede.

La gata rugió dando a entender que la había entendido y se levantó. Cuando los dedos de Kagome se escurrieron de entre los suyos, Inuyasha sintió un nudo en la garganta que no hizo más que aumentar más y más su presión a medida que las veía alejarse.

-¡Vámonos, Inuyasha! – exclamó Shippo, que lloraba y moqueaba desconsoladamente en el hombro de Miroku.

Éste empezó a correr siguiendo a Kirara. Inuyasha se dispuso a hacer lo mismo pero entonces oyó que le llamaban. Kikyo, que había contemplado la escena sin atreverse a acercarse, paralizada por la gran culpabilidad que sentía, ahora le observaba inquieta, pero él no se giró para verlo.

-Inuyasha – repitió la mujer, dando un par de pasos hacia él con cautela– No me odies. Por favor.

Él inspiró hondo pero no le contestó con palabras. Giró la cabeza para mirarla sólo un momento, a esa persona que había sido su mundo entero, y sus ojos le dijeron que ya era tarde para lo que le estaba pidiendo. Luego solo echó a correr.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

El sujetador había sido recortado del todo y quitado de en medio, y la túnica de rata de fuego había sido colocada debajo de sus pechos, mal doblada expresamente por la anciana, para cubrir más superficie y mantener su intimidad. El pelo chamuscado de medios a puntas fue recogido en un palillo chino para que no molestara. Kagome agarraba con fuerza la paja del lecho con una mano, y la de Inuyasha con otra, mientras sollozaba en silencio.

Kaede terminó de preparar el extracto de hierbas que de milagro había recolectado esa misma mañana, pues siempre intentaba tener de esa especie al abasto por su gran poder desinfectante. Había mandado a Shippo a por más, intentando distraer al infante de esa situación tan cruda, pero para esa primera vez creía que tendría suficientes.

Se acercó al jergón y le acarició el flequillo a esa chica que a esas alturas consideraba casi una nieta, para llamar su atención.

-Kagome, voy a limpiarte. Te va a doler, pero es esencial que lo haga.

La joven asintió con sutileza. Apretó la mandíbula y sus puños se aferraron con más intensidad a lo que estaban sujetando, preparándose mentalmente, pero eso no fue suficiente. Cuando el líquido entró en contacto con su espalda, abrió los ojos de golpe para luego cerrarlos y gritar con toda la fuerza de sus pulmones.

Inuyasha sintió que se mareaba al oírla. ¿O había sido la oleada de olor a dolor que de golpe le había llegado? Quizá ambas cosas.

-Inuyasha, creo que deberías salir – le dijo la anciana al darse cuenta de cómo le estaba sudando la frente, de lo blanco que se estaba poniendo y de lo acelerada que estaba su respiración.

-No – sentenció con un gruñido más demoníaco que humano.

-Estás teniendo un ataque de ansiedad – Le resultaba sorprendente que a su edad siguiera aprendiendo cosas, pues nunca habría pensado que a los demonios pudiese pasarles eso.

-Olvídate de mí, vieja – masculló con agresividad – Tú a lo tuyo.

Ésta suspiró y siguió con lo que estaba haciendo. Se la dejó pasar porque conocía perfectamente sus razones para estar tan alterado. Fue susurrando palabras cariñosas y reconfortantes a medida que aplicaba el ungüento, pero la superficie herida era muy grande y llegó un punto en que Kagome empezó a suplicarle en medio del llanto que parara.

-Kagome, te prometo que cuando termine esto te pondré otra cosa que te aliviará enseguida - le dijo intentando mantenerse tranquila, pero las manos empezaban a temblarle. No era difícil empatizar con su martirio y sentirse una basura por estar siendo tan cruda ante el sufrimiento de su paciente - Pero si no termino esto, se infectará y tu vida correrá peligro.

-¡Me da igual! ¡Para! – le gritó desconsolada –¡Por favor!

-Kagome… - Inuyasha se inclinó, le puso una mano en el rostro y pegó su frente con la de la muchacha – Mírame. No dejes de mirarme.

Ella obedeció, y se sorprendió cuando le vio la cara.

-Inuyasha…No llores – le pidió con un hilo de voz, luchando por regalarle una sonrisa por pequeña que fuera - Me…Me pondré bien.

Kaede entendió las intenciones de Inuyasha y volvió a retomar su tarea. Una exclamación se escapó de nuevo de entre los labios de la más joven, la sonrisa apenas conseguida se perdió y sus ojos se cerraron liberando más agua.

-Kagome, sigue mirándome – cuando ella lo hizo, movió sus garras con una ternura de la que no se creía capaz, secándole las lágrimas con cuidado e ignorando las suyas propias. Cuando el ungüento volvió a morderla, Kagome gimió alto y se mordió el labio, pero consiguió aguantarle la mirada - ¿Te acuerdas de la primera vez que yo te vi llorar?

Ella parpadeó agotada pero asintió débilmente como toda respuesta.

-Ahora hará…Muchos meses, quizá más de un año. Fue la primera vez que me viste en mi forma humana.

Kaede lo miró sorprendida. ¿Su forma humana? Hasta ahora desconocía ese dato. Él no parecía haberse alterado por estar hablando en voz alta de su principal punto vulnerable, y decidió hacerse la sorda y seguir trabajando. En ese momento, el estor de la puerta se movió, y vio a su hermana entrar en la cabaña. Kikyo observó la escena con su habitual expresión inalterable, pero Kaede la conocía bien y sabía que eso era todo fachada. Lo supo por su mirada, cuando la enfocó en sus otros dos acompañantes. La anciana no sabía que había pasado exactamente, pero quedó descolocada cuando Inuyasha no reaccionó ante su presencia. Estaba segura de que la había oído y olido, pues la tenía a apenas cuatro metros, y además sus facciones se habían tensado. Pero en ningún momento dejó de mirar a Kagome mientras seguía hablándole.

-¿Y te acuerdas de lo que me contestaste cuando te pregunté por qué llorabas?

Kagome apretó los labios y volvió a lamentarse cuando la madura sacerdotisa le esparció más medicina, ahora ya por la zona lumbar.

-¿Puedo ayudar, Kaede? – preguntó Kikyo, sin moverse de la entrada hasta recibir indicaciones. Se sentía fuera de lugar, poco bienvenida. Se sintió como una intrusa al ver a su amado y a su reencarnación de esa forma, con las manos cogidas y sus rostros tan cerca, hablándose casi en susurros, sumergidos en su propio mundo. Nunca había sido testigo de eso y sintió una punzada de celos en el pecho, pero eso no borró su voluntad de colaborar. Su hermana le indicó que empezara a preparar el remedio calmante y se puso manos a la obra sin necesidad de recibir más instrucciones, pues ella misma le había enseñado su composición cuando era sólo una niña.

Ajeno a todo eso, Inuyasha acarició el rostro de Kagome con la mano libre para apartarle de ahí un mechón de pelo rebelde que se había soltado del improvisado peinado.

-Kagome, ¿qué me contestaste? – insistió.

-Que…Tenía miedo de que murieras. Me pareció que…te costaba creerlo.

-Sí, porque nunca nadie había llorado por mí.

Kagome se encogió y gruñó ante un nuevo asalto, lo soportó estoicamente, y cuando volvió a enfocar su mirada en la del medio demonio, Inuyasha prosiguió, con sus ojos brillantes de pura devoción.

-¿Te acuerdas de qué te pedí después?

-Sí…Que te dejara apoyar la cabeza en mi regazo.

Kaede miró de reojo a su hermana al oír esa respuesta, justo a tiempo para verla fruncir los labios y arrugar el entrecejo. ¿Cómo Inuyasha podía estar hablando de algo como eso delante de Kikyo como si nada? ¿Pero qué diablos había pasado para que pareciera que nada relacionado con ella le importaba?

-¿Qué te pareció eso? Siempre he querido preguntártelo – confesó el medio demonio, ahora un poco turbado. Era completamente cierto que tenía curiosidad por eso, pero una vez formulada la pregunta, no estuvo seguro de querer oír la respuesta. Sabía que Kagome sentía algo muy fuerte por él, eso era evidente, pero al principio del viaje obviamente no era así y ella podía haber pensado cualquier cosa.

Kagome cerró los ojos, un poco más relajada porque las curaciones ya no le estaban doliendo tanto, pues en su zona sacra las quemaduras ya no eran tan profundas. Parecía derrotada y a punto de dormirse.

-Fue…muy dulce – esbozó una suave sonrisa al evocar ese recuerdo tan atesorado - Y me gustó mucho compartir ese momento contigo.

El corazón de Inuyasha bombeó fuerte y contento, y su propietario no pudo evitar sonreír del mismo modo. Él también lo había disfrutado y quiso decírselo, se dio valor para hacerlo, pero entonces vio que ella iba a volver a hablar y se quedó callado, escuchándola atentamente.

-Delirabas…Me dijiste que olía muy bien.

Sintió que sus mejillas se coloreaban, y aunque en circunstancias normales habría cambiado de tema y se habría alejado avergonzado, en ese momento no se dio cuenta de cómo las palabras se le escaparon sin filtro para corregirla instintivamente.

-No estaba delirando.

Kagome entreabrió los ojos sorprendida, y aunque estaba pálida, sus mejillas adquirieron un casi imperceptible rubor. A Inuyasha le pareció muy tierna esa reacción, tanto que no pudo retener el impulso de decirle algo más.

-Aunque soy un maldito mentiroso y un estúpido a veces…Lo pensaba entonces, y lo sigo pensando ahora – Y más estando tan cerca de ella. Su aroma era embriagador, incluso con la interferencia del de la sangre, las lágrimas y el dolor. Kagome volvió a sonreírle, y entonces sus párpados se cerraron lentamente y se rindieron. - ¿Kagome? Kaede, ¿puede…? – miró a la sacerdotisa empezando a entrar en pánico.

-No pasa nada porque se duerma ya – contestó Kikyo por la aludida, acercándose con el bol de remedio ya preparado entre sus manos – Ahora tiene que descansar. Hermana, ¿quieres que te sustituya? ¿Se lo pongo yo?

-Se lo pone ella – sentenció Inuyasha con voz grave y firme. No la miraba, su vista había vuelto a la joven que ahora se había quedado dormida, pero estaba tenso y a la defensiva, como si estuviese listo para discutirse con el mundo entero.

Kikyo le entregó el cuenco a su hermana menor sin pronunciar palabra. Se quedaron en silencio, observando a la paciente mientras el remedio calmante e hidratante empezaba a ser aplicado, y al instante Kagome dio un respingo y soltó un suspiro de alivio en sueños. No dijeron nada durante todo el proceso, y una vez Kaede terminó con la tarea, se levantó y salió de la cabaña con la excusa de ir a hablar con Miroku y Sango, que estaban montando guardia fuera, para ponerles al tanto del estado de su compañera. Cuando se quedaron solos, Kikyo apretó un poco los puños para darse fuerzas, antes de preguntar con voz conciliadora:

-Inuyasha, ¿podemos hablar?

Él la ignoró.

-Tarde o temprano tendremos que…

-Kikyo – la interrumpió, seco y frío como nunca lo había sido con ella. Cerró los ojos como si estuviese conteniéndose de decir y hacer muchas cosas – Solo sé que ahora mismo no quiero verte, y mucho menos hablarte.

-¿No tienes nada que decir? – cuestionó casi desesperada, algo raro en ella teniendo en cuenta que rara vez perdía la calma por nada. Pero ahora necesitaba que le dijera algo al respecto, cualquier cosa. Que la maldijera, la insultara, le gritara lo ruin que era como persona, cualquiera que fuese el precio para que dejara de tratarla como si la odiara.

Al fin, los ojos de hielo dorado se posaron en ella, sólo el tiempo justo para decirle aquella aplastante verdad que ambos llevaban dentro:

-Sí. Que de haber sido al revés, Kagome jamás habría disparado esa flecha. Y ahora déjanos a solas.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Hola!

Aquí estoy con una nueva idea. Será un fic corto, y la línea temporal también. De hecho, ya está escrito en su mayor parte.

Años y años metida en este mundo, y todavía no consigo dejar de pintar a Kikyo como la mala. ¿A alguien más le pasa? Quiero aclarar que no tengo nada en contra de ella… Vale, lo justo es decir que intento no tenerlo, pero hay varias cosas que dice y hace en la serie que no me convencen. Aun así, no creo que Kikyo sea una mala persona. Como le dijo Sirius a Harry, es una buena persona a quien le han pasado cosas malas. Y eso ha hecho que sea más egoísta y envidiosa que Kagome, que tiene su misma alma pero ha crecido en otras condiciones más favorecedoras. Seh, eso define con bastante justicia lo que pienso de ella.

Espero que os guste!^^

Bss,

Dubbhe

PD: ¿qué tal el capítulo de Yashahime de esta semana? Un poco irrelevante en mi opinión…