Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XXXI

"Cold"

Regresó al edificio después de comprar comida rápida para alimentarse él y su cerdito. Iba a disfrutarla mucho, pues su amado le había advertido que esas compras de comida chatarra debían disminuir.

De camino al elevador se topó a su querida ex mujer. Ésta había ingresado ya al elevador.

—¡Oye, tú! —corrió antes de que se cerraran las puertas.

—¡Viktor! ¡Cuánto tiempo! —en verdad se alegraba de verlo, no le importaba el hecho de que no habían quedado en buenos términos la última vez que se vieron, pero así era su amistad, inquebrantable a pesar de cualquier circunstancia.

—¿Por qué hiciste eso con Yuuri? —preguntó sin rodeos.

—¿Qué? ¿La charla?

—Si es que le puedes llamar así a tus planes siniestros.

Irina rio.

—Frentón ¿Te estás escuchando?

—¿Qué intentabas? —comenzaba a exaltarse. Su miedo de perder a Yuuri de nuevo por una tontería era más grande que cualquier cosa—. ¿Qué le dijiste?

—Quería conocerlo. Y que me conociera sin prejuicios de por medio y creo que funcionó, porque al parecer le caí muy bien.

Viktor frunció sus labios en una mueca no muy conforme. Irina tenía razón, le había caído muy bien a Yuuri ¿Y cómo no? Si siempre tenía ese efecto sobre las personas. Ella era agradable por naturaleza.

—Ya no estés enojado conmigo —suspiró, hablando con completa seriedad—. Si sigues molesto, no podré ir a visitar a Yuuri todos los días.

—Eso jamás te ha impedido hacer lo que se te viene en gana.

Su mirada era severa.

—Ya me conoces —le guiñó un ojo

—No estoy de humor, Irina. Bien sabes por qué.

—No realmente —se llevó una mano al mentón, en una pose pensativa muy similar a la que siempre hacía Viktor.

—¿Recuerdas nuestra última llamada telefónica?

—Oh… —claro, cómo olvidarla.

—Sigo pensando que fue la peor forma de decirme sobre ese aborto —estaba tan serio que Irina adoptó la misma posición.

—Lo siento. Soy consciente de que no fue la mejor manera, pero ya me conoces —suspiró—. Fui impulsiva y lo dije sin pensar.

—¿Planeabas decírmelo algún día?

—No. Quizás. No sé… —bajó la mirada y negó suavemente con la cabeza—. No tenía caso hacerte sentir triste por algo que no llegó a ser. De nada te sirve saberlo. La verdad, me arrepiento de habértelo dicho.

—No, está bien. Prefiero saberlo —suspiró. Una pesada tristeza lo invadió de golpe. Quería reclamarle a la pelirroja el hecho de que no se lo hubiese dicho en el momento, pero ya no tenía caso, lo hecho, hecho estaba.

El elevador llegó al piso de Irina y ésta atravesó las puertas, decidida a irse así sin más a su casa, pero no pudo. Regresó sobre sus pasos y se interpuso entre las puertas antes de que éstas se cerraran.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué, Irina?

—¿Seguirás enojado conmigo?

El ruso lo pensó unos momentos

—No. Ven a comer a casa, si quieres —murmuró, serio—. Quizás a Yuuri le agrade la idea.

—¿No es muy tarde para comer? Yo diría que más bien es merienda —se rio un poco y continuó—: Tu novio es un bombón. Tienes que decirme cómo le hiciste para conseguir a alguien como él. Quizás deba irme de vacaciones a Japón. En fin… —se alejó del elevador—… dejemos esa cita pendiente, tengo que salir a unas vueltas en unos momentos ¡Pero me encantaría comer con ustedes luego! —alcanzó a decir antes de que se cerraran las puertas, despidiéndose de Viktor con las dos manos alzadas y meneándolas en el aire.

Él sólo rodó los ojos y esbozó una pequeña sonrisa cuando ella ya no pudo verlo.

Llegó a su departamento, y sintiendo un peso menos en su pecho, abrió la puerta con mucha alegría. Dejó las compras sobre la mesa, se quitó el abrigo y dejó las llaves en su lugar antes de dirigirse a su habitación, pero se quedó parado bajo el umbral de la puerta, ésta se encontraba entreabierta.

Estaba pasmado. No pudo mover ni un pie de su lugar, en cambio, las manos comenzaron a sudarle y su corazón se aceleró en latidos vertiginosos y asustados.

Yuuri estaba de pie junto a la cama, dándole la espalda, ajeno a su presencia allí. Miraba un montón de hojas acomodadas en la cama, junto a un libro de pastas gruesas que él conocía muy bien. Yuuri estaba inmóvil, mirando fijamente algún punto de esa cama. Fue así hasta que tomó el diario y lo lanzó a un lado con coraje, como si no quisiera verlo.

A Viktor se le fue la sangre hasta los pies.

— No, no, no —pensaba, horrorizado.

Entró en pánico y lo único "cuerdo" que pudo hacer, fue irse hasta el comedor y gritarle desde allá a su amado.

—Yuuri, amor. Estoy en casa.

—En un momento voy —respondió desde el interior de la habitación.

Makkachin de inmediato fue al encuentro con su amo, pero Yuuri tardó un poco más, seguramente por estar guardando las cosas en su lugar.

Mientras el japonés hacía acto de aparición. Viktor no dejaba de reprenderse mentalmente una y mil veces. No podía creer lo estúpido que había sido como para dejar ese diario tan al alcance de su novio. Era un hecho que le iba a comentar sobe el diario, pero no tenía planeado que ocurriera de esa manera, ahora tenía que pensar en una solución a ello, pero no la encontró, al menos no de momento.

Yuuri se apareció en el comedor y recibió a su amado con una sonrisa y un beso corto en los labios. Viktor se quedó perplejo, creyó que estaría muy enojado. Esa actitud suya sólo lo confundió más y le puso los nervios de punta al creer que explotaría en cualquier momento.

—Estás muy serio, cariño —dijo de pronto Yuuri.

—¿Eh? —parpadeó con confusión—. Uhm no es nada.

No le podía contar todo, no ahorita, tenía pánico de sacar a flote el tema del diario.

—No te creo. ¿Qué pasa?

—Me topé a Irina en el elevador. Hablamos un poco, ya le reclamé por haberte hecho eso.

—No te enojes por eso —sonrió de lado—. Sí me molestó un poco que me tomara el pelo de esa forma, pero por una parte logro entenderla, no quería que la juzgara antes de conocerla.

Viktor se asombró un poco.

—¿Y por eso estás así? —continuó Yuuri.

—También porque tocamos el tema de… —no podía decirlo, le dolía—…del hijo que iba a tener.

El rostro del japonés se contrajo en una triste mueca.

—Ya veo —no quiso entrometerse en algo tan doloroso y personal.

—Pero no hablamos mucho, fue una conversación rápida, pero fue más que suficiente para no volver a tocar el tema.

Yuuri se animó un poco al ver que le seguía hablando sobre eso sin que él se lo pidiera.

—¿Hubieras preferido no enterarte de ese hijo?

—¿Tú lo hubieras preferido? Es decir… con tu hija.

Yuuri lo meditó unos segundos.

—Definitivamente prefiero saberlo. Quizás si no lo hubiera sabido no habría sufrido tanto, pero ya que ese pequeño ser no pudo nacer, al menos quiero que esté vivo en las memorias de sus padres, o la mía, al menos…

El corazón de Viktor se hizo un manojo de sentimientos.

—Pienso lo mismo que tú —tomó su mano por sobre la barrita donde comían y le sonrió.

Luego de comer juntos, el mayor se excusó, diciendo que tenía muchas ganas de un baño caliente. Le dijo a Yuuri que no sabía cuánto tardaría, pero que se sintiera libre de hacer lo que le viniera en gana, pues debía acostumbrarse de una vez por todas a que ese era su nuevo hogar.

La cabeza del ruso era un caos completo. Se metió a la bañera una vez que ésta estuvo llena de agua caliente y se sumergió en sus propios pensamientos, imaginándose todos los escenarios posibles. Tenía que enfrentar un asunto con Yuuri, mas no sabía cómo abordarlo.

En cambio, Yuuri se estaba mordiendo las uñas, sentado en el borde de la cama de ambos, deshaciéndose los sesos por tratar de encontrar una manera válida y decente de disculparse con el amor de su vida por haberle dedicado la última hoja de su diario.

Le dolía siquiera leer esa maldita frase.

La había escrito con mucho coraje y ahora se arrepentía profundamente. Aún no podía creer que su amado fue capaz incluso de traducir todo el libro, era increíble la determinación que tenía la mayoría del tiempo, sin duda se lo admiraba; pero esa misma determinación se le clavaba en el pecho, pues, a pesar de todo lo escrito ahí, Viktor volvió a él con los brazos abiertos y con su tonta sonrisa de corazón que lo hacía flotar.

Debía tocar el tema con su amado y disculparse de todo corazón por esas feas palabras. Quería sugerirle quemar el diario y su traducción y olvidarse de que alguna vez existió.

Por lo pronto, debía comenzar consintiéndolo. Si quería pedirle una disculpa, tenía que hacerlo bien. Recordó que Viktor tenía antojo de algo, así que no dudó en ir a conseguirlo.

—Amor, iré a la tienda a comprar algo. No tardo mucho —le dijo desde afuera del baño. Ajeno a que Viktor estaba sumergido en el agua hasta la cabeza.

Dio por hecho que lo escuchó y salió del departamento sin Makkachin.

Yuuri salió a paso seguro. Era la primera vez que andaba afuera sin su novio, pero no se puso tan nervioso, pues al menos ya tenía una idea de las palabras y símbolos que lo rodeaban en las calles, no como aquella vez que pisó por primera vez San Petersburgo. En esa ocasión se sintió como en otro mundo lleno de símbolos y letras raras.

Caminó a paso lento y tranquilo por las calles de la ciudad, en busca de alguna tienda de conveniencia donde pudiera comprar algo de chocolate para preparar la infusión que Viktor tanto anhelaba.

La temporada de noches blancas había terminado, así que el atardecer se dejó notar con diferentes matices de colores ámbar y naranja.

Entró a la primera tienda que halló y consiguió lo que buscaba. Salió con bolsa de plástico en mano y caminó rumbo a casa, pero se distrajo un poco al pasar muy cerca del parque donde Viktor le había dicho que solía jugar con su padre y hermano.

La curiosidad le ganó y dirigió sus pasos hacia ese lugar.

Cuando llegó al parque, se lo encontró lleno de niños jugando y adultos paseando a sus mascotas. Había mucha gente a pesar del clima frío. No pudo evitar sus ganas de sentarse en una banca y disfrutar de todo a su alrededor. Comenzó a pensar en su nueva vida, esa de la que aún no era consciente de que estaba pasando en realidad. Yuuri aún se sentía en un sueño.

Supo que el tiempo se le fue volando cuando en el horizonte no se distinguían más los rayos del sol. Todo se había vuelto gris y oscuro. La gente volvía a sus hogares, dejándolo solo en la banca del parque, acompañado sólo por las luminarias ya encendidas.

Decidió pararse, y luego de estirar un poco los músculos, apremió el paso a su casa, seguramente Viktor ya habría salido del baño y lo esperaba. Pero de pronto recordó algo que su amado le había mencionado: un lago.

Un lago donde patinaba de pequeño, donde descubrió que le gustaba el patinaje más que como un simple hobby.

Y como todo buen fan, Yuuri dirigió sus pasos hacia aquel lugar, emocionado por conocerlo. Llegó al borde de una pendiente, desde donde se podía apreciar muy bien el enorme claro de agua. Había esperado encontrar gente ahí, pero se sorprendió al ver que ni siquiera había personas cerca. Obviamente no iba a encontrar a personas patinando, pues no hacía el suficiente frío como para que el agua estuviera congelada.

Salió del baño con una toalla rodeando sus caderas y otra descansando sobre sus hombros. Sus dedos se le habían hecho pasitas al haber permanecido tanto tiempo bajo el agua caliente.

Luego de secarse y vestirse, se percató del gran silencio que reinaba en casa. Llamó a Yuuri, pero éste nunca respondió. Entonces lo buscó por todo el departamento, no estaba y tampoco se había llevado a Makkachin.

Nervioso y temiendo lo peor, corrió de nuevo a su habitación y comprobó que todas las cosas de Yuuri estuvieran en su lugar. Y así fue, no se había llevado nada, pero entonces… ¿Qué demonios pasaba?

Tomó su celular y llamó con desesperación al número de su novio. Fue entonces que se dio cuenta del teléfono de Yuuri sobre la cama, tampoco se lo había llevado. No tuvo más remedio que esperar a que volviera. Ese rato de espera lo usó para pensar y pensar. Por su mente cruzaban pensamientos nada alentadores. Temía que Yuuri estuviese furioso con él por lo del diario y que, obviamente, no quería ser molestado.

Esperó "pacientemente" hasta que los últimos rayos de sol se ocultaron y su amado no regresaba. Fue ahí cuando decidió tomar su teléfono, las llaves y a Makkachin.

No iba a esperar más.

Yuuri.

No tengo idea de cómo terminé aquí. Me supuse lo suficientemente listo como para no cometer un error de tal magnitud.

En realidad fue un accidente, pero uno muy estúpido.

¡Demonios! —pensé con total frustración al sentir mis brazos y piernas totalmente exhaustos. Había perdido ya la cuenta del tiempo que llevaba así, pataleando y moviendo mis brazos con exasperación, intentando salir de ese maldito lago congelado.

Había caído ahí por accidente. Desde lo más alto de la pendiente me había asomado a ver el lago, pero no fue suficiente para mi insaciable curiosidad, quise bajar un tanto más y fue ahí cuando terminé resbalando con la tierra húmeda, resbalando por el lodo con una velocidad impresionante y terminando hundido en el lago más frío al que jamás me había metido. Lo peor del caso es que era profundo desde su borde, ni siquiera alcanzaba a tocar el suelo.

El susto más la gelidez del agua, hacían una perfecta combinación para que terminara ahí ahogado. Mi cuerpo entero se entumeció al sentir el agua heladísima contra mi piel, casi era como sentir miles de pequeñas agujas penetrando por doquier.

Afortunadamente siempre fui bueno nadando, aunque en esta ocasión me costó demasiado trabajo. Tardé mucho en llegar a la orilla, pero lo logré luego de un exhaustivo intento.

Me quedé sentado en la orilla, titiritando de frío y sintiendo que me era imposible moverme de ahí. Todo el esfuerzo realizado me estaba cobrando factura. Mis dientes castañeaban con rudeza, y mis brazos rodeando mi cuerpo no me daban calor alguno. Estaba tan cansado que sólo pude tirarme de costado sobre la tierra muy húmeda y esperar a que ese entumecimiento se fuera desapareciendo, pero eso no ocurrió, en su lugar comencé a sentir una extraña pesadez en todo mi cuerpo. Un sueño profundo me invadió y no fui capaz de evitar cerrar mis ojos.

—Sólo un segundo, sólo un poco —me decía a mí mismo.

Volví a ser consciente de lo que me rodeaba cuando unos fuertes ladridos retumbaban en mis oídos, demasiado cerca. Enseguida sentí unos lengüetazos en todo mi rostro.

—¿Viktor? —pregunté estúpidamente. Mi mente no daba para más.

Los ladridos se intensificaron y fueron acompañados por un aullido triste.

—Makkachin —murmuré en voz muy baja. Lo había reconocido, era imposible no hacerlo.

Alcé mi rostro sólo para ver cómo mi amado novio se derrapaba por la pendiente, apresurado por llegar a mi encuentro. No tenía idea de cómo lo había logrado, pero me había encontrado y ahora llegaba como un héroe a mi rescate. Un inmenso alivio me invadió.

Viktor.

Llevaba más de media hora buscándolo por todos los alrededores, pero no hallaba pista de él. Mi mortificación creció tanto que comencé a mostrar la foto de Yuuri a la gente que pasaba cerca de mí, preguntándoles si lo habían visto, pero todos me daban la misma negativa.

Mi estrés no podía ser mayor. Incluso Makkachin se hallaba muy nervioso, olfateando en todas direcciones. Ya había empezado a llover y no se me había ocurrido cargar con un paraguas, pero eso no me impidió seguir.

Fue hasta que pasamos por un parque cuando mi mascota se puso frenética. Comenzó a ladrar y a olfatear con más rapidez al aire de ese lugar. Al parecer había encontrado algo y yo no dudé en seguirlo cuando corrió en aquella dirección.

En un principio imaginé que salió a dar un paseo por su cuenta, pero luego lo descarté al notar que no se había llevado el celular y que además no conocía los alrededores. Después creí que seguro se habría perdido, por eso comencé a buscarlo con más desesperación, pero jamás, nunca me habría imaginado lo que realmente pasó. Mi mente no lograba atar cabos y tampoco entendía la razón de que Yuuri estuviera al final de una pendiente, a la orilla del lago, hecho bolita sobre la tierra.

¡¿Qué demonios había pasado?!

—Oh por Dios ¡Yuuri! —exclamé sin aliento antes de dejarme caer por la inclinación, derrapando y enterrando mis zapatos en el fango.

La sangre se me fue hasta los pies cuando llegué a su lado y pude ver que a penas y estaba consciente. Su cuerpo entero temblaba con violencia. ¿Cómo había llegado a eso?

Me arrodillé junto a él. Sentí el lodo helado traspasando la tela de mis jeans y la copiosa y fina lluvia empapando toda mi ropa.

—Buen chico, gracias amigo —con voz trémula le dije a mi mascota, sin él no habría encontrado nunca a Yuuri.

Miré su cuerpo entero antes de atreverme a tocarlo.

—Amor ¿Estás lastimado? ¿Te duele algo? —pregunté, tratando de calmar el miedo que sentía, pero él estaba temblando tan fuerte que no pude esperar a que me respondiera. Me quité el abrigo y se lo puse encima.

—Frío… sólo frío —murmuró muy bajito, mirándome por primera vez a los ojos.

Mis manos temblaban, pero no de frío, sino de miedo; temblaban por el impacto de verlo ahí. Por un momento temí lo peor.

Mi desesperación aumentó y tomé entre mis brazos la cabeza de Yuuri. Mi mente se había bloqueado, no sabía qué hacer. Estaba en pánico.

—Dios mío, Yuuri ¿Qué demonios hiciste? —gruñí al mismo tiempo que tomaba su cuerpo entre mis brazos y me levantaba del suelo con él pegado a mí, buscando calor.

Estaba helado y empapado.

Aceleré el paso, sintiendo que cada segundo se alargaba infinitamente. Lo único que quería era llegar a casa y hacerlo entrar en calor. Aunque a esas alturas ya no sabía si lo mejor era llevarlo un hospital.

—¿En qué rayos pensabas? —le pregunté.

Mi respiración era errática y acelerada debido a la prisa con la que corría por las calles.

—Yuuri —le llamé, desesperado. Bajé la mirada unos segundos sólo para darme cuenta de que su cabeza estaba recargada contra mi pecho y se movía al compás de mis pasos.

Estaba dormido. Lo peor que podía hacer en este tipo de casos.

Apresuré aún más el paso y cuando llegué a casa corrí a nuestra habitación, depositándolo sobre nuestra cama sin importar que la dejara empapada y llena de fango.

—V-viktor —murmuró al despertar, estaba recobrando la consciencia.

Yo no podía describir bien cómo me sentía. Estaba muy angustiado por su bienestar y espantado por el tono azulado en su piel, pero también estaba furioso. ¿Acaso había hecho aquello por estar enojado conmigo? ¿Estaba enojado conmigo y por eso salió de casa sin decir nada?

Narradora.

En el mismo instante en que lo miró, Yuuri fue capaz de discernir la furia que sentía su novio en esos momentos. Sus labios en forma de una fina línea horizontal confirmaban sus sospechas. Su ceño gravemente fruncido y sus ojos azules más fríos que el agua del lago le constataban el hecho de que estaba sumamente enojado.

No aguantaba esa mirada que le helaba el cuerpo.

—¿Q-qué haces?

El ruso no respondió, siguió desvistiéndolo hasta dejarlo sólo en ropa interior. La mente de Yuuri no entendía por qué tanta rudeza.

Viktor lo cubrió con un montón de cobertores y mantas cálidas antes de salir de la habitación, rumbo al baño. Yuuri seguía temblando con violencia, ni siquiera esas capas infinitas de colchas lo hacía entrar en calor.

Momentos después Viktor regresó y se desvistió igual que Yuuri sólo para meterse a la cama y abrazarlo con fuerza, cubriéndolo con su propio cuerpo. Estaba más callado que nunca y su mirada intimidante no se iba. Yuuri estuvo a punto de preguntarle el motivo de su enfado tan grande, pero se abstenía de hacerlo cada vez que esos ojos celestes se le clavaban en sus pupilas.

No hizo preguntas, sólo agradeció al cielo que lo hubiera encontrado.

Yuuri podía sentir el calor emanar del cuerpo de su novio. Como bien le decía siempre: parecía un calentador descompuesto. Ahora mismo le proveía un calorcito muy agradable, aunque no el suficiente como para dejar de temblar.

—Idiota —murmuró en voz muy baja, pero estaba a tan sólo un par de centímetros del rostro de Yuuri, así que éste pudo escucharlo fuerte y claro—. Me diste un gran susto, por un momento imaginé lo peor al verte ahí tirado —acarició su nariz con la propia, notando que estaba tan fría como un cubito de hielo. Todo el rostro de Yuuri estaba pálido, su cabello empapado y sus labios casi azules.

Estaba tan molesto que soltó todo en su idioma natal sin darse cuenta.

—Lo siento. No era mi intención —logró articular con dificultad. Tenía demasiado frío, no pensaba con coherencia. Sólo cerró los ojos y se concentró en sentir el calor de Viktor, quien también estaba húmedo.

Estuvieron así un rato. A pesar de su enojo, Viktor escondía su rostro en el cuello de su amado, soltando su cálido aliento ahí para que entrara en calor más rápido.

Era increíble que horas atrás hubiesen estado en la misma cama, haciendo actividades muy diferentes. Ahora Yuuri estaba debajo de su cuerpo, había dejado de temblar, pero el color azulado no se iba de su piel.

—Ya no estás tan helado —murmuró el ruso antes de salir de la cama y llevarse a Yuuri en brazos hasta el baño, donde una tina con agua caliente lo esperaba.

Lo metió al agua y el menor soltó un suspiro de alivio al sentir cómo el agua tibia lo envolvía por completo. Muy pronto su piel adoptó su tono pálido de siempre. Cuando ya se encontraba en mejor estado, Viktor se sentó en el borde de la bañera y lo miró fijamente antes de tomar una bocanada de aire y decir:

—Eres un completo idiota, Katsuki.

Al aludido le brillaron los ojitos en lágrimas. No hizo más que encogerse en su mismo sitio, pegando sus rodillas a su pecho y escondiendo un poco el rostro en ellas. Se sentía avergonzado. Sí, era un idiota. ¿Quién se caía a un lago helado de esa forma tan estúpida? Sólo él.

—Mírame —pidió el mayor—. Mírame, Yuuri —estaba realmente cabreado y por un momento Yuuri creyó que su furia ya era demasiada, no debía ser para tanto, fue sólo un accidente después de todo.

Alzó la mirada sólo lo suficiente para ver los orbes azulados de Viktor. Éste continuó hablando.

—No vuelvas a hacer eso ¡Jamás! ¿Me entiendes? ¡Nunca lo hagas de nuevo! —lo tomó de los brazos, apretando con más fuerza de la necesaria.

—V-viktor, no lo haré.

—Desquítate conmigo si quieres, sólo no te hagas daño a ti mismo, eso no lo soporto.

Yuuri parpadeó confundido.

—Me haces daño —logró articular palabra luego de sentir que las manos de su novio se cernían con demasiada fuerza alrededor de sus brazos.

—Lo siento —lo soltó y ambos se quedaron en silencio unos momentos. El único ruido era el de una gota cayendo desde el grifo hasta el agua de la bañera, repiqueteando y haciendo eco en esa habitación.

—No puedes seguir reaccionando así —continuó Viktor—. Ya no más, Yuuri. Sí, lo sé, olvidé decirte que mi exesposa vive en el piso de abajo, pero tú ya la conociste y viste que no está interesada en mí, al menos no de manera romántica. No tienes por qué reaccionar de esta manera. Y sobre tu diario… —se mordió el labio—. Lo sé, y lo siento mucho, estoy consciente de que debí pedírtelo y no robarlo. Pero en esas circunstancias me pareció muy difícil no hacerlo. Lo habías tirado en la basura y además dejaste una nota al final para mí. Sé que debes de estar muy molesto por todas estas cosas, pero por favor… —se le quebró la voz—… por favor no huyas, no te hagas esto. Si algo te molesta, dímelo, no te lo guardes porque después es peor y…

—Espera —Yuuri no podía estar más confundido.

Su cuerpo aún estaba algo entumecido por el frío, pero eso no le impidió incorporarse un poco para tomar a su novio de las mejillas.

—Vitya. No estoy enojado contigo. No me enojó lo de Irina y tampoco lo del diario. Sí me sorprendió el hecho de que lo tradujiste de principio a fin —se sonrojó y desvió la mirada—, pero no estoy molesto, al contrario… yo estoy muy avergonzado contigo por lo que escribí. Perdóname por eso —se le llenaron los ojos de lágrimas.

El rostro de Viktor estaba lívido. De un momento a otro se fueron acumulando pequeñas lágrimas en sus ojitos azules.

—¿Entonces por qué saliste sin decir nada? Pensé que habías huido, y luego te encuentro medio muerto en el suelo y… y… —se llevó ambas manos al rostro, cubriendo su expresión triste.

—¡Claro que no! No, mi amor. Yo salí a comprar chocolate. Sólo fui a la tienda y te lo dije antes de irme.

—¡Pues no escuché! —apretó los puños y dejó al descubierto sus lágrimas—. Yuuri, pensé que te habías ido.

—No, Vitya. Jamás me iría de tu lado, no de nuevo —tomó sus manos entre las suyas—. Además… no estaba medio muerto —se rio.

—Lo estarías ahora si Makkachin no te hubiera encontrado —sus lágrimas no cesaron—. Ahora cada vez que salgas tendré que acompañarte, no me despegaré de tu lado en todo el día.

—Sólo quería complacerte con un poco de chocolate caliente —suspiró—. Me distraje cuando me topé con el parque al que ibas de pequeño y… bueno, creo que resbalé. Fue muy estúpido.

—Sí, fuiste muy estúpido —le pellizcó ambas mejillas, estaba haciendo un puchero, pero esa vez estaba molesto de verdad—. ¡Yuuri, no tienes idea de lo mucho que me angustié! ¡Y para colmo dejaste aquí tu teléfono! Mínimo te hubieras llevado a Makkachin.

—Lo sé, lo sé. Fui un tonto. No volverá a pasar. Pero tú… —lo apuntó con un dedo—. Tienes que confiar en mí cuando te digo que no estoy molesto. Hemos pasado ya por tanto que deberíamos aprender a tener una buena comunicación. Amor, no estoy molesto contigo, en lo absoluto. Aunque ahora sé que leíste mi diario.

—Lo hice.

—¿Todo?

—Cada letra.

Yuuri se llevó ambas manos al rostro, avergonzado.

—Y fue muy lindo conocer todas esas facetas tuyas. Te conocí mejor y me sentí más cerca de ti a pesar de la distancia que nos separaba en ese entonces.

—Espera… entonces ¿Tú sabías que me había ido a Canadá?

—Sí. Lo sabía, pero decidí darte tu espacio. Además, noté por tu último escrito que no tenías ganas de verme —sonrió.

Esa sonrisa le quebró el corazón al japonés. El siempre feliz rostro de Viktor le había dirigido la sonrisa más triste y hueca que hubiera podido imaginar en alguien como él.

Si no estuviera dentro de la bañera, en ese mismo instante lo hubiera abrazado con fuerza sobrehumana.

—¿Me odiabas tanto en ese entonces? —mantuvo esa sonrisa implacable en su rostro.

Yuuri se enjugó un par de lágrimas con el dorso de su mano y negó enfáticamente con la cabeza.

—Yo no pensaba con claridad en ese entonces.

—Lo sé —ladeó un poco su cabeza y acarició la de Yuuri con suavidad—. Pero a fin de cuentas eso ya es pasado. Lo importante ahora es que me prometas no volver a escaparte de esa forma. Por lo menos déjame una nota a la próxima.

Yuuri bajó la cabeza y la meneó lentamente.

—Eres tan despistado que no la verías y ocurriría lo mismo. Mejor me acompañarás a todas partes.

—Me parece perfecto.

Su sonrisa triste no desaparecía. Eso le carcomía el alma al menor.

—¿Te sientes mejor? ¿Ya no tienes frío?

—Estoy mejor. Supiste qué hacer de inmediato. Yo sinceramente sólo habría entrado en pánico.

—De pequeño me caí a ese mismo lago. Mamá y papá me cuidaron de la misma forma que hice yo contigo —se encogió de hombros.

—¿También te gritaron como lo hiciste conmigo?

—¡Yuuri! Estaba muy preocupado. Aunque sí, sí lo hicieron.

—Ya veo… discúlpame por las molestias, y por el susto que te causé.

—Está bien. Lo importante es que estás a salvo —se encaminó a la salida—. Iré a vestirme.

Yuuri pudo ver su hermoso cuerpo de pies a cabeza, su palidísima piel que contrastaba demasiado con el bóxer negro que traía puesto. Se veía tenso y aún un poco serio. Y esa expresión tan preocupante no se borró de su rostro. Yuuri se quedó intranquilo.

Le había insistido a Viktor para que tomara un baño caliente, después de todo se había mojado con la lluvia, también corría riesgo de tomar un resfriado.

—Estoy bien, no lo necesito.

—Viktor, toma un baño caliente.

—Ya me cambié de ropa, estoy seco. No me voy a enfermar.

Sí cómo no.

A la mañana siguiente amaneció con dolor en todo su cuerpo, con fiebre y con su nariz hecha una fuente de mocos.

Yuuri se encargó de cuidarlo y de reprocharle una y mil veces "Te lo dije". Sin embargo, el mayor se veía algo molesto y Yuuri no terminaba de entender el porqué.

—¿Qué haces? —inquirió el japonés desde la sala, viendo cómo su pareja caminaba por el pasillo, enfundado en su piyama calientita y abrazando una almohada.

Viktor se giró para mirarlo. El pobre estaba pálido, con sus ojos y nariz enrojecidos.

—Voy a dormir en el cuarto de invitados.

—¡¿Por qué?! —se escandalizó. Caminó hacia él, pero el mayor lo evitó.

—No quiero contagiarte.

—Vitya. Casi estuve hipotérmico ayer y no me enfermé ¿Crees que tus gérmenes lo harán? —puso ambas manos sobre sus caderas, mirándolo desafiante.

—Uhm tal vez —su voz sonaba chistosamente nasal, pero Yuuri se abstuvo de hacer burlas al respecto—. Mis gérmenes son muy fuertes.

—No importa. No dormiré sin ti sólo por eso —ahora el que hacía pucheros era él.

Viktor suspiró.

—Amor, estoy cansado —se dio media vuelta y sin decir más se encerró en una de las dos habitaciones disponibles.

Yuuri no insistió y mejor llamó a su madre. Ésta le pasó la receta del caldo milagroso que les preparaba a él y a Mari cada vez que se resfriaban. Él tomó nota y se lo preparó a su amado.

—Vitya ¿Puedo pasar? —preguntó desde el pasillo, afuera del cuarto.

—Adelante —respondió con la voz muy cansada. Ya se había tomado los medicamentos necesarios, sólo necesitaba reposo, líquidos y mucho amor.

—Te preparé algo. Espero que te guste —entró con una bandeja en manos.

Los ojos azules brillaron en emoción por primera vez en el día. Se sentó en la cama y recibió la comida de su amado. Quedó fascinado por la delicia que comía, tanto, que pidió repetir. Yuuri no podía estar más feliz.

Luego de comer, Viktor cayó en un sueño súpito y pesado. Su novio cuidó de él, acariciando sus cabellos mientras dormía y tomándole fotos. Después de todo había comenzado su propia galería con fotos de Nikiforov.

El ruso se la pasó en cama el resto del día. Yuuri descubrió que hasta al más fuerte lo tumba un resfriado. Su novio no salió de la cama y tampoco permitía que lo acompañara en ella.

¡Ni si quiera le había dejado besarlo!

Yuuri comenzó a frustrarse muy pronto.

Al día siguiente, Viktor aún se sentía un poco mal, pero mucho mejor que el día anterior.

—¿Entonces no me vas a dejar dormir contigo? —se sentó en el borde de la cama, a lo que Viktor respondió lanzándole una almohada con fuerza antes de esconderse bajo las sábanas—. Anoche dormí solo y fue horrible —refunfuñó, regresándole el almohadazo.

—Vete, te puedo contagiar.

—Claro que no —resopló, indignado—. Ya, no me interesa, me voy a acostar contigo quieras o no —se acostó sobre las mantas y abrazó a su amado, o al menos a esa cosa amorfa bajo las sábanas, pues Viktor estaba hecho bolita.

—¡No! —se removió como oruga hasta que Yuuri terminó en el suelo, triste y resentido.

Además de no querer contagiarlo, Viktor no quería que lo viera así, tan feo, mocoso y horrible.

Se sintió pésimo al escuchar pasos alejándose y después un leve portazo. Por un momento se arrepintió. Estuvo pensando en aquello hasta que de nuevo escuchó el sonido de la puerta abriéndose lentamente. Asomó la cabeza de entre las mantas y casi se le salieron los ojos.

Bajo el marco de la puerta se encontraba el ángel más hermoso del universo. Su pálida piel estaba expuesta e iluminada por la poca luz del atardecer que se colaba entre las cortinas medio abiertas de la habitación.

Viktor lo recorrió con su mirada, empezó por sus lindos y pequeños pies, subió por sus hermosas pantorrillas hasta llegar a esos muslos que tanto amaba y que le inspiraban ganas de comérselos a mordidas y besos. Subió un poco más hasta toparse con el borde rojo de su jersey, ese que le había regalado a Yuuri hace tiempo. Lo traía puesto y al parecer era lo único. Subió su mirada hasta encontrar su bello rostro, levemente sonrojado y ansioso.

Todo malestar escapó de su cuerpo cuando lo vio recargarse contra el marco de la puerta, en una pose demasiado sexy. Sin mencionar que sus castaños ojos estaban deslumbrantes, libres de los anteojos.

Sabía que Yuuri estaba un poco cohibido. Había evolucionado mucho en su relación, al grado de que ya no se ponía tan nervioso en momentos como ese, o había veces en las que lo sorprendía tomando la iniciativa, tal como ahora.

Estaba seguro de que había descubierto sólo la punta del iceberg del "Eros" de Yuuri.

—¿No tienes frío, cariño? —fingió no estar excitado con el simple hecho de verlo portar su jersey.

El aludido se sonrojó más y apretó los puños entorno al borde de la chamarra que apenas le cubría por debajo de las nalgas. Viktor sonrió al notar el anillo dorado brillando en su puño derecho.

—Sí.

El ruso se mordió el labio inconscientemente. Se estaba muriendo por echársele encima, se veía hermoso.

—¿Entonces por qué vistes así? —siguió con su jueguito.

—Oh, ya cállate Nikiforov —sabía que su novio sólo se hacía el tonto—. Quieres que lo diga ¿Cierto?

El mayor sonrió de oreja a oreja, como un niño caprichoso que siempre obtiene lo que quiere.

—¡Me vestí así por ti! Porque sé cuánto te excita que me ponga tu ropa.

—Nunca te he dicho que me excita.

—Pero yo lo he notado —sonrió de lado, malicioso.

—Wow, Yuuri. Eres increíble, entonces tú lo hiciste para que yo… —fue interrumpido.

—¡Demonios, ya! Tengo mucho frío. ¡Sólo tengo esto puesto y tú quieres hablar! —exclamó.

—Amazing! ¿Sólo eso?

—Solamente esto —cerró la puerta y caminó hacia la cama, se subió a ésta y caminó a gatas, muy sensualmente hasta llegar a Vitya, más bien, sobre él.

—Me estás tentando, Katsuki —dijo en un tono muy serio y grave. Se estaba sonrojando por el calor del momento.

—No intentaba algo distinto —tomó la manos de su novio y las condujo a sus nalgas, libres de cualquier prenda.

—Wow, no mentías.

Yuuri se inclinó para darle un ansiado beso, pero Vitya giró el rostro.

—Te puedo contagiar.

—¿Crees que me importa? —frunció el ceño y agarró el mentón de su amado con una mano—. Estoy a punto de darte un beso, voy a usar mi lengua y espero que no vuelvas a girar el rostro, o te perderás de todo esto por meses.

Viktor pasó saliva ruidosamente y sintió cómo algo dentro de su pantalón del pijama se alzaba poco a poco.

—Aquí está el informe completo del día, señor —le extendió un folder con varias hojas dentro.

El hombre leyó letra por letra del informe, miró las fotografías y asintió, conforme.

—Bien —cerró el folder y se recargó en su silla tras el escritorio—. Ya puedes retirarte.

—Jefe ¿Quiere que el servicio permanezca las veinticuatro horas del día?

Dimitri Nikiforov alzó una ceja inquisitiva.

—¿Acaso he dicho lo contrario?

—L-lo siento, señor. Es sólo que… —se puso muy nervioso—. Como ya no es en el extranjero, pensé que podría ser… —fue interrumpido.

—Nada. Yo digo que será durante todo el día y así será. No me contradigas ¿Entendido?

—Por supuesto, señor —asintió, nervioso aún.

—Retírate.

Cuando el subordinado se marchó. Dimitri se relajó un poco y giró su silla hacia el gran ventanal que tenía detrás de su escritorio. Miró el cielo nublado de San Petersburgo y pensó por enésima vez en su hijo y en ese capricho suyo llamado Katsuki Yuuri.

Tomó el folder que le había dejado su asistente y lo metió a un archivero con llave que tenía en su oficina. Dentro de éste había cientos y cientos de legajos muy similares, unos muy gruesos y otros más delgados, todos tenían algo en común.

Caminó por su oficina y se detuvo a ver las fotos familiares que tenía por doquier, fotos de cuando su mujer vivía y de cuando fueron una familia feliz. Pero ninguno de esos recuerdos lo detuvo de lo que estaba a punto de hacer.

Tenía un plan, pero le faltaba desarrollarlo mejor para lograr el objetivo deseado.

Su hijo no podía ser homosexual. Él estaba seguro de que eso no era más que una etapa pasajera en su vida. Viktor había estado acostumbrado a tenerlo todo y en el momento justo en el que lo quería. Sus caprichos se habían agotado, lo único interesante que encontró fue enredarse con un chico japonés.

Estaba seguro de que ese jovencito era sólo un oportunista más, no veía otra cosa en Viktor mas que un símbolo de rublo. Y lo podía confirmar con el hecho de que ahora vivían juntos y de que ese japonés no trabajaba, vivía como parásito del dinero de su hijo.

—Estás todo lleno de mis gérmenes —aseguró, jadeante y muy exhausto.

—¿Crees que me importa? —rio un poco. Seguía aprisionado bajo el pesado cuerpo de su novio, acababan de experimentar un hermoso orgasmo casi al mismo tiempo y ahora se encontraban cansados, en especial el mayor.

—Te importará cuando tengas fiebre. Demonios, que débil fui —salió del cuerpo de su amado y se tiró de costado, arrastrándolo hacia él hasta poder abrazarlo posesivamente.

Yuuri se sonrojó un poco. Se había sentido muy alagado.

—En verdad te encanta que me ponga tu ropa ¿Verdad? —despejó la frente de su amado y limpió las pequeñas gotas de sudor que se habían formado ahí.

—Me vuelve loco —besó sus dedos.

—Pero no tanto como tu fantasía.

Las mejillas de Viktor se tiñeron de un rojo intenso, como pocas veces.

—No podemos saberlo, nunca lo hemos intentado.

—Pero lo haremos.

—¿Cuándo? —se emocionó.

—Más pronto de lo que te imaginas —le dio un beso que lo dejó sin aliento por más tiempo de lo que se pudo haber imaginado.

—¿Podrás con ello? —inquirió el ruso.

—Más bien: ¿Podrás tú con ello? —hizo una mueca tan sensual que Viktor se llevó una mano al rostro, riendo por los sentimientos que experimentaba en esos momentos. Se sentía como un adolescente, todo hormonal y entusiasmado.

—Oh Yuuri, ya quiero hacerlo.

El japonés se echó a reír.

—No querías hacerlo siquiera de la manera convencional hace un rato, y ahora quieres que tú y yo…

—¡No quería contagiarte! Por eso. Bueno, también porque me daba un poco de vergüenza.

—¡¿Vergüenza?! ¿Acaso tú conoces eso? —dramatizó y se echó a reír con más ganas cuando Viktor le encajó los dedos en las nalgas, ofendido.

—Sí, vergüenza de hacerlo así como estoy.

Ciertamente había dejado de moquear, sin embargo, su voz seguía sonando demasiado nasal y no podía respirar muy bien. Se cansaba muy rápido y los medicamentos para la gripe le daban un sueño muy pesado.

—Tus gemidos fueron épicos —murmuró en voz bajita, casi como contándole un secreto—. Me hubiera encantado grabarlos, eran tan: "¡Oh Iuuri!" "Do pades Iuuri" —imitó su voz aguda y nasal.

Viktor se quedó tan asombrado que tardó en reaccionar para agarrarlo a almohadazos. ¡Se estaba burlando de él!

—¡Retráctate! —le dio un almohadazo en las nalgas a su novio.

Yuuri estaba bocabajo en la cama, cubriéndose la cabeza con las manos y riéndose a carcajadas mientras Viktor estaba de pie en la cama, completamente desnudo y dando una sarta de almohadazos a su pareja.

—¡Do! —lo arremedó, intentando decir un "No" pero con la voz como la tenía Viktor en esos momentos.

Lo único que consiguió fue recibir más golpes con la almohada; muy fuertes para venir de alguien tan debilitado por la gripe.

Viktor terminó cansado, jadeando y de rodillas al lado de Yuuri.

—Luego me vengaré… —su respiración estaba muy agitada por el esfuerzo hecho—. En este momento sólo quiero dormir… —se acostó en la orilla de la cama y jaló las sábanas, dejando a Yuuri sin mantas para cubrirse.

—No seas gruñón —le dijo después de un rato.

El ruso se sobresaltó un poco cuando sintió que Yuuri lo cargaba en brazos, envuelto y todo en sus mantas. El pobre japonés ahogó un quejido por lo pesado que estaba Viktor.

—¿Estoy muy pesado para el gran Yuuri?

—Claro que no —su rostro decía todo lo contrario.

—Te amo —le dijo al mismo tiempo en que depositaba un besito largo y tierno en su cuello. Sus rodillas temblaron y por poco suelta a su novio—. Wow! —se rio a pesar del susto que se dio, casi se caía al suelo.

—Si quieres llegar vivo al cuarto, no hagas eso —murmuró, muy sonrojado e intentando abrir la puerta del cuarto de invitados.

—Okey —sonrió de oreja a oreja, reposando su cabeza en el hombro del otro. Estaba tan a gusto así.

—Y… también te amo. Te amo mucho, Vitenka —besó su frente.

Al ruso casi le da un calambre en las mejillas por sonreír tan fuerte. Fue tanta su alegría que agarró la cabeza de Yuuri y lo besó por todas partes.

Afortunadamente ya habían llegado a su recámara, donde Yuuri dejó a Viktor sobre la cama, ajeno a que Makkachin descansaba sobre esta. El pobre terminó todo aplastado por su amo.

Al día siguiente se levantaron muy tarde. Y Viktor no estuvo muy equivocado con respecto a contagiar a Yuuri. El pobre se levantó todo adolorido y mocoso.

Viktor no perdió la oportunidad de burlarse un poco de él, pero a fin de cuentas los dos se encontraban igual.

Muy pronto los dos se hallaron compartiendo el rollo de papel higiénico mientras veían películas en la cama, comiendo tazones de ramen instantáneo hasta que Viktor recibió una llamada de Irina, preguntándole si estaban en casa, pues quería visitarlos y presentarse ante Yuuri como quien era en realidad.

—No creo que sea buena idea —se limpió algo que salía de su nariz, usando las sábana en vez del papel.

—¡No seas cerdo! —Yuuri le dio una palmada fuerte en la mano que sostenía la sábana.

—Oh sí, lo siento —tomó el papel higiénico en su lugar—. Sí, Irina, te decía que no es buena idea, los dos estamos resfriados y no queremos levantarnos de la cama.

¡No se diga más! —colgó la llamada.

En menos de cinco minutos ya estaba en el departamento.

—¡Hola chicos! —saludó enérgicamente.

Viktor y Yuuri prácticamente saltaron en la cama por el susto.

—Vaya, en verdad son un desastre —caminó hacia ambos y comprobó sus temperaturas—. ¿Ya tomaron sus medicinas? ¿Ya comieron?

—¿Irina, qué haces aquí? —cuestionó el mayor, mirando a su novio de reojo para estar atento de sus reacciones.

Yuuri estaba muy calmado, miraba atentamente a Irina, a esa bella mujer que tan bien le cayó. Pero ahora que sabía la verdad, no podía evitar pensar que ella había sido la mujer de Viktor, su esposa. Era inevitable pensar en eso.

—Ya tomamos nuestras medicinas y comimos algo de ramen instantáneo —respondió el japonés.

Irina miró en su dirección y le sonrió enormemente.

Es hermoso incluso estando enfermo —pensó ella. Totalmente fascinada con la belleza de él—. El ramen instantáneo es basura. Ahora mismo les prepararé algo decente de comer —se llevó ambas manos a las caderas—. ¿Cómo quieren curarse si comen puras porquerías?

—Te lo dije, Viktor.

—Si no hubiera comprado ese ramen, no habríamos comido nada el día de hoy.

—Quizás podríamos haber comido una sopa de verdad.

—Tú no la ibas a preparar, lo hubiera hecho yo en todo caso.

—Cierto, es mejor el ramen. No quiero morir envenenado.

—¡Yuuri! No seas así —lloriqueó dramáticamente—. Mira que era capaz de levantarme en este estado convaleciente sólo para prepararte algo de comer, mi amor.

El aludido –enterrado bajo montones de cobijas que sólo dejaban a la vista su cabeza- lo miró con los ojos entornados. Su mirada lo dijo todo, ni siquiera tuvo que hablar.

Irina se echó a reír al ver que se llevaban de maravilla, Yuuri le soportaba sus dramas a Viktor, cosa que ella nunca hizo, al menos no como esposa. Estaban tan metidos en su discusión que no se percataron del momento en que ella se dio media vuelta y se fue a la cocina.

Les preparó una rica comida saludable y sin que la invitaran, arrastró el diván a un lado y se puso a comer con ellos mientras veían una película.

Al terminar de comer, Viktor dijo que tomaría un baño caliente. Fue muy claro que lo hizo con la intención de dejarlos solos. El pobre pensaba: "Si algo va a explotar, que explote ya" sólo había dos resultados posibles: o se llevaban bien o se odiaban.

Una vez a solas, la película duró sólo unos minutos antes de que se terminara, dejando la habitación en silencio. Ambos estaban obligados a hablarse.

—Siento mucho no haberte dicho quién era —se disculpó de inmediato. Yuuri se dio cuenta que en eso era igual que Viktor, decía las cosas rápido, sin anestesia—. Te pido disculpas por eso —se sonrojó un poco—. Pero no sabía cómo podrías reaccionar al saber quién era yo, y de verdad estaba muy interesada en conocerte.

—¿Para saber si me merezco a alguien como Viktor? —inquirió en un tono un tanto apagado.

—¡Claro que no! —se asombró—. ¡No, no, no! Yo de verdad quería conocerte. Aunque siento que ya lo hago después de todo lo que Viktor me ha hablado sobre ti.

La interrogante se plantó en la cara del japonés.

—Desde que nos reencontramos en la boda de Yakov, Viktor no dejó de hablar de ti, en todo momento.

Yuuri le creyó, así era su Viktor.

—Entonces… ¿Me perdonas? —inquirió ella.

—Seguro —sonrió y se dijo a sí mismo que le daría una oportunidad. Esa mujer debía ser magnífica para que Viktor la apreciara tanto a pesar de todo el pasado que compartían juntos.

—También quería disculparme por haberles causado tantos problemas en su relación.

—¿Cómo dices? —se sorprendió un tanto.

—Viktor nunca me lo dijo directamente, pero soy consciente de que su separación se debió casi por completo por mi culpa —se veía realmente arrepentida—. En ningún momento fue mi intención.

—No fue tu culpa. Fue culpa de él y mía por tanta falta de comunicación. Y bueno… yo fui muy impulsivo.

—Quizás no me lo creas, Yuuri, pero lo que te dije cuando nos conocimos es verdad: Soy fan tuya desde hace mucho, me gusta más tu patinaje que le de Viktor y de verdad eres muy guapo.

—I-Irina —se sonrojó—. Muchas gracias, yo… no sé qué decirte —se puso muy nervioso—. Bueno, algo sí debo decirte: discúlpame por haber sido prejuicioso contigo, sinceramente si me hubieras dicho quién eras en el elevador, no habría aceptado conocerte, o al menos no más de lo estrictamente necesario. Pero veo que no eres mala persona.

—¡No lo soy! —aseguró con una sonrisa—. Y no tengo nada que disculparte, estabas en todo tu derecho de creer eso. Después de todo soy la ex, gruñona, fea, celosa y enferma mentalmente —bromeó. Hizo reír a Yuuri.

—No te conozco mucho, pero estoy seguro de que no eres nada de eso —soltó una risilla muy tierna. Si Viktor lo hubiera escuchado, habría sentido un inmenso alivio, pues eso quería decir que Yuuri la estaba aceptando.

—En verdad me gustaría que llegáramos a ser muy buenos amigos. Sé que para que Viktor te eligiera como el amor de su vida debe de ser porque eres inigualable. Y si tú eres especial para él, más lo eres para mí.

A Yuuri se le contrajo el estómago sólo de pensar en todas esas veces que odió a muerte a esa chica. Se sentía un patán, un celoso sin fundamentos.

—Lo mismo pensaba hace rato, cuando llegaste. Te miré e inevitablemente imaginé la vida que tuvieron Viktor y tú de casados.

—¡Ah! —rodó los ojos—. Ni me lo recuerdes, que esa fue la peor decisión que Viktor y yo pudimos haber tomado.

—Ya me contó cómo ocurrió todo —sonrió, divertido al encontrar ciertas expresiones de Viktor en ella—. Pero a lo que voy con eso… es que tú eres alguien muy especial para él. No se iba a casar con cualquiera.

—No, pero sí te puedo asegurar que no soy más importante que tú en su vida —Yuuri se asombró—. No me malentiendas, sé que ocupo un lugar muy importante en su corazón, pero tú, Yuuri, tú eres el primero antes que nadie.

Lo dijo con tanta convicción que Yuuri le creyó cada palabra.

—Recuerdo cuando mis amigos me preguntaban si no estaba celosa —continuó hablando ella—. De aquella vez en la que se lanzó sobre ti en el hielo y te dio un beso de telenovela. Debo admitir que me sorprendí demasiado. Y es difícil de creer, pero no me sentí celosa. Viktor y yo seguimos siendo los mismos mejores amigos desde que éramos niños. Lo comprobé al ver su trato hacia mí después de años de no vernos, él seguía siendo igual conmigo, como cuando íbamos al jardín de niños —sonrió al evocar esos recuerdos.

—Soy consciente de su gran lazo de amistad.

—Ese mismo lazo de amistad fue el que terminó con nuestro matrimonio, pues nunca dejamos de ser "mejores amigos", no había nada sumado a nuestra relación, bueno, sólo el sexo —se arrepintió de decir aquello frente a Yuuri, incluso se sonrojó.

—Lo sé —desvió un poco la mirada, incómodo.

—Nos faltó mucho como pareja. Y había diferencias que no se podían solucionar, yo quería hijos y él no soportaba la idea. Eso fue sólo la punta del iceberg del fracaso de nuestra relación. Eso y el hecho de que no estábamos destinados a ser pareja. Si me preguntas ahora si quisiera volver con él, no, nunca, jamás —negó varias veces con la cabeza. Sus rizos pelirrojos se menearon en el aire.

Yuuri sólo podía mirarla y pensar en lo hermosa que era. ¿Viktor lo había preferido por encima de ella? ¿Viktor había abandonado su heterosexualidad sólo por él?

Aún a estas alturas le costaba creerlo.

—Eres tan guapo.

El aludido salió de su ensimismamiento cuando la escuchó decir aquello.

—Si no estuvieras con Viktor, te habría invitado a salir desde hace mucho.

—¡Ey! Es mi novio. No lo toques, no lo mires, no respires cerca de él si no quieres recibir las consecuencias de ello. ¡No sabía que te gustara Yuuri! —enfundado en una pijama diferente y con el pelo húmedo, Viktor atravesó toda la habitación y se subió de un brinco a la cama, abrazando posesivamente a su cerdito agripado.

—Te dije que me gustaba. Muchas veces —respondió con un rostro estoico.

—¡Pero nunca de esa forma! —se escandalizó.

Yuuri no podía creer lo que estaba pasando, pero se estaba divirtiendo bastante.

—Ya cálmate frentón. No te voy a quitar a tu novio.

El japonés estalló en carcajadas. Ya sabía que así le decía, pero escucharla decirlo era inigualable.

—¡Yuuri! No te burles.

Después de un rato de "pleitos" entre Viktor e Irina, Yuuri la invitó a quedarse a ver una película con ellos.

—¡Me encantaría! —saltó de felicidad, pero luego miró la expresión de Viktor.

Él la miraba con los labios fruncidos y el ceño muy marcado en una clara expresión de: "Ni se te ocurra aceptar".

Irina captó muy bien el mensaje, pero ella hacía lo que quería y cuando quería, siempre.

—¿Cuál vamos a ver? —se sentó en el centro de la cama y tomó el control remoto.

Viktor suspiró derrotado.

Continuará…