Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XXXIII

"Last Gold"

—No ¿Por qué? —soltó en un susurro, como si le faltara el aire. Estuvo a punto de ponerse de pie bruscamente, pero la impresión fue tanta que se quedó en su asiento, inmóvil.

—¡No, no, no! Demonios, no sé cómo decir esto. Tengo tantas cosas por decir que necesito ordenarlas —estaba muy nervioso, tanto que su amado lo tomó de la mano.

—Ordénalas antes de asustarme—lo miró con un poco de enfado, sin embargo, no soltó su mano.

Yuuri dejó salir una risa pequeña y llena de nervios. Apretó su mano con cariño y procedió a explicar.

—No da risa —aseguró Viktor, mortificado.

—Empecé mal, mi amor. Lo que quiero decir es que no eres lo que esperaba, desde que te conocí pude ver que eras mucho más de lo que imaginé. Y cuando nos volvimos íntimos pude ver que eres mejor de lo que creí jamás.

El otro tragó en seco, sintió cómo su corazoncito palpitaba con más fuerza.

—Viktor, yo te amo —continuó—. Y antes que nada debes saber que soy inmensamente feliz contigo porque me haces sentir único, me haces temblar, me haces estremecer con tan sólo una mirada. Soy feliz contigo porque con el paso de los años pude comprobar la autenticidad de tu amor por mí —se inclinó un poco hacia delante hasta poder acariciar su mejilla—. Me has dado tanto y yo te he correspondido con tan poco. Hoy reconozco que si no fuera por tu persistencia, no estaríamos aquí en estos momentos. Tú me perdonaste, comprendiste mi inmadurez y fuiste paciente, y a pesar de todo lo pasado, terminaste aceptándome de nuevo en tu vida. No tengo manera de agradecértelo, porque de no ser así, mi vida sería completamente diferente.

Nikiforov contuvo sus ganas de suspirar, totalmente enamorado. Las palabras de su novio lo habían dejado sin habla. Sus manos le sudaban y su cuerpo entero vibraba levemente, de pronto sintió como si su corazón le palpitara en el oído.

¿Acaso estaba soñando? Quería pellizcarse para corroborarlo.

—Me haces feliz porque me aceptas tal como soy, con todo y mis manías, mis debilidades y mis locuras. Amo que me ames aunque esté gordo —no pudo evitar reír en esa parte.

En cambio, Viktor se sintió cada vez más sorprendido por la seguridad y amor con la que hablaba su amado.

—Me aceptas tal como soy y no intentas cambiarme. Soy feliz contigo porque tienes una manera única de levantarme el ánimo, tu forma simple de ver la vida llegó a la mía como una brisa refrescante. Amo tus berrinches, tus momentos de drama; amo tu sinceridad y tu pasión; pero sobre todo, amo tu amor incondicional.

—Oh Yuuri —se llevó una mano al pecho. Se estaba emocionando mucho.

—Sabes que soy algo torpe expresando mis sentimientos… —fue interrumpido.

—Hasta ahora has logrado que se me pare el corazón varias veces. Por supuesto que sabes expresarte —sus ojos estaban brillosos de emoción y sentimientos acumulados.

—Pero esto que voy a decir es algo muy importante. Eres el hombre de mi vida y no quiero pasar más tiempo sin hacerte esta pregunta —se puso de pie sólo para hincar una rodilla en el suelo, junto a su novio. Sacó algo de su bolsillo dentro del saco y tomó la mano temblorosa del ruso.

—Oh Dios santo —se llevó la mano libre a la boca.

—Viktor Nikiforov, amor de mi vida, ¿Te casarías conmigo?

De la boca del mayor no salió palabra alguna. Sus ojos azules desbordaban felicidad por medio de lágrimas, su sonrisa no podía ser más amplia y su rostro… su rostro entero era un poema, un poema muy hermoso.

—Amor, no me has respondido —se puso nervioso.

—¡Pero claro que sí! ¡Sí quiero ser tu esposo! —no le dio tiempo de preverlo, simplemente se le echó encima como tenía por costumbre.

Los dos cayeron al suelo, Viktor abrazando a un Yuuri que reía.

La gente a su alrededor detuvo lo que hacía para ver a esos dos enamorados. Habían escuchado el grito que dio Viktor al aceptar la propuesta, así que no tardaron en aplaudir por ellos.

Avergonzados e inmensamente felices, los dos se incorporaron y agradecieron levemente a la gente que los rodeaba. Hasta los meseros se habían detenido a felicitarlos y a aplaudir.

Viktor se sentó en su silla y Yuuri parado ante él le puso el anillo en la mano, notando cómo su amado no pudo contener su llanto por la emoción. Fue hasta después que se dio cuenta de que él también tenía lágrimas saliendo de sus ojos.

El ruso de pronto se llevó una mano a la cara y la ocultó detrás de ésta, apoyando el codo en la mesa. Comenzó a reír y Yuuri no entendió el motivo hasta que su amado señaló con un dedo la copa de champagne del japonés. Dentro de ésta se encontraba nada más y nada menos que el anillo que hacía juego, ese que tenía inscrito el nombre del ruso en él.

Fue el turno de Yuuri para palidecer e hiperventilar.

—¡¿Qué?! Pero… ¿¡Cómo?! ¡¿Por qué?! —no cabía en sí de la impresión.

—Lo resumiré para ti —tomó la copa y sacó el anillo con un tenedor—. Soborné al joyero para que te mintiera y me diera el anillo a mí. Planeaba pedirte matrimonio al terminar el Grand Prix, pero hoy me pareció una buena oportunidad y le pedí a un mesero que pusiera esto en tu copa, nunca creí que fueras a pedirme matrimonio —secó el anillo con la servilleta, cuidadosamente—. Pero tu propuesta fue tan… —suspiró y miró hacia el techo—. Tan condenadamente hermosa que opacó a la mía, ya ni siquiera recuerdo lo que iba a decirte. Me dejaste sin palabras, Yuuri Katsuki —su risa sonó hermosa, cantarina y fresca—, mi futuro esposo —tomó su mano y le puso el anillo en el dedo anular de la mano derecha antes de besarla con total devoción.

Yuuri no dijo nada más, acortó la distancia entre ambos, y tomándolo de las mejillas, le plantó el beso más dulce y hermoso que jamás había experimentado.

—No puedo creerlo, no puedo —dijo Viktor después de un rato, los dos ya comían su postre, pero él seguía sin creerse lo que había pasado, tampoco dejaba de mirar su mano derecha.

—¿Qué fecha te gusta para la boda? —inquirió el japonés, feliz y embobado de ver a su prometido tan inmensamente dichoso.

—No me importaría que fuera mañana —lo pensó unos segundos antes de retractarse—. No, quiero que sea una boda hermosa. Que tu familia y la mía estén ahí, también todos nuestros amigos. No quiero que sea precipitada, tiene que ser una boda inolvidable.

—No importa cómo sea, yo sólo quiero ser tu esposo —admitió sin vergüenza, tomando un poco de su pastel de moras con el tenedor y dándoselo en la boca a su amado. Éste se lo comió y siguió pensando en la boda.

—¡Que sea en la playa!

—Mucha arena y sol, y calor.

—Tienes razón.

—¡En tu casa!

—No lo creo —rio—. Ya pensaremos en algo —le dio un poco más de su pastel. Viktor asintió.

—Aleksi se va a volver loco cuando le diga que fuiste tú quien terminó pidiéndome matrimonio primero —rio—. Pasé días hablando con él sobre esto y lo que debía decirte.

—Espera… ¿Qué? Yo también hablaba con él sobre esto.

Viktor casi escupió lo que bebía.

—¡Lo sabía! Y no nos dijo nada —estalló en carcajadas junto con su amado, todo les causaba gracia. Estaban demasiado felices.

—Me dio buenos consejos. Me dijo que era un hecho que aceptarías, pero que en caso de que no fuera así, debía correr tras de ti y secuestrarte hasta que aceptaras.

—Buen consejo, pero innecesario —rio y le dio de su pastel de chocolate a su amado, en la boca.

—Por cierto ¿Te dijo para qué quería vernos con tanta urgencia?

—No dijo el motivo, pero sí aseguró que nos veríamos en la final, van a venir a apoyarnos junto con Irina.

—A mí me dijo que tenía una buena noticia por decirnos, quizás van a ser papás —abrió la boca y recibió el bocado de pastel que Viktor le daba.

Los ojos azules del ruso se iluminaron.

—¡Muero porque tengan hijos! ¡Los vamos a malcriar tanto, Yuuri!

La charla fluyó como siempre entre ellos, la única diferencia era que el ruso no dejaba de ver su anillo. Yuuri ya estaba acostumbrado a traerlo puesto, pero estaba tan feliz de tenerlo de nuevo en su mano que tampoco podía dejar de mirarlo, menos ahora que fue Viktor quien se lo puso.

"Estás loco" le había dicho Yuuri luego de procesar todo el plan macabro que Viktor le confesó que hizo.

—Me quebré la cabeza pensando en alguna forma de quitarte el anillo sin que sospecharas. Fue grandioso cuando lo echaste a perder.

—Ni me lo recuerdes. Sentí horrible al verlo todo manchado.

—Pero gracias a eso no sospechaste lo que haría ¿Cierto?

—No tenía idea. Creo que tampoco me detuve a reflexionarlo porque estaba tan ocupado pensando en cómo te pediría matrimonio que no pasaba nada más por mi cabeza —se llevó ambas manos al rostro, cubriéndolo con vergüenza.

—¿Desde cuándo comenzaste a planear esto?

—Quise pedirte matrimonio desde que estábamos en Japón, pero no sabía cómo. Luego se estropeó mi anillo y consideré la opción de comprar unos nuevos, pero no lo hice porque estos anillos son especiales, tienen una larga historia tras ellos, y fueron comprados en este mismo país. Tú los compraste.

—Son especiales.

—Lo correcto hubiera sido que yo comprara anillos nuevos, pero no podría deshacerme de estos. Ya compraré yo los de bodas.

—No lo creo. Aleksi y Evgenia quieren ser padrinos de anillos.

Yuuri se asombró demasiado, ya tenían hasta eso planeado. Tuvo que confesarle que Phichit ya le había dicho que quería ser el padrino del novio. Y Viktor le respondió informándole que Chris ya se había autonombrado padrino también.

Luego de terminar su postre, se quedaron charlando más, mirando la playa oscura por la noche y la ciudad iluminada por miles y miles de luces.

—La vista es hermosa —musitó Yuuri, observando el paisaje ante sus ojos, ajeno a que su prometido le estaba tomando fotos.

—Tú eres más hermoso, mi amor.

—Claro que no —se sonrojó levemente y despegó la vista de la ventana—. ¡Oye! —le quitó el teléfono—. No me tomes fotos a escondidas.

—No son fotos —rio entre dientes.

—¡Es video! —comprobó al mirar que ya llevaba tres minutos grabando—. Por eso ya no decías nada.

—Exactamente —le quitó el teléfono y movió la silla hasta quedar sentado a su lado—. Sonríe —lo abrazó y tomó una selfie.

Habían salido hermosos, mucho más guapos de lo normal.

Luego tomó la mano de Yuuri y la entrelazó con la propia para tomarle una foto a esos anillos. Tomó foto tras foto, armó un collage y lo subió a las redes sociales. Yuuri estuvo totalmente de acuerdo con eso y subió el mismo collage a su Instagram.

Viktor puso al pie de sus fotos: "¡ME VOY A CASAR! Este hermoso hombre me pidió matrimonio"

En cambio, el de Yuuri decía algo diferente: "Me dijo que sí y le dije que sí. Soy el hombre más afortunado del mundo, mis sueños se están cumpliendo" a lo que Viktor de inmediato le respondió en un comentario: "No, yo lo soy"

Yuuri pagó la cuenta y salieron de ahí, tomados de la mano y haciéndose arrumacos durante todo el camino en taxi.

Cuando llegaron a su cuarto se tomaron el tiempo de desvestirse prenda por prenda, lentamente, acariciando cada centímetro de piel a su alcance. Sonriendo al sentir la piel erizada del otro cuando una mano traviesa se escabullía hasta sitios inhóspitos y prohibidos.

Sin dejar de acariciarse, y tropezando un poco en el camino, llegaron ilesos al baño, donde terminaron de desnudarse mientras el agua de la ducha se acoplaba a la temperatura deseada.

Se metieron bajo la cascada de agua que les brindaba la regadera, ansiosos por compartir el agua corriendo por sus cuerpos, de rozar sus pieles, pegándolas una a la otra y fundiéndolas en una sola.

Yuuri recorría con su boca cada recoveco del cuerpo que tenía frente a sí, subiendo la temperatura del momento hasta niveles inimaginables. Sólo con besos y caricias. A pesar de ser las mismas, ambos sentían sus acciones diferentes, más apasionadas y más entregadas aún que antes. Se sentían tan dichosos que no se molestaban en demostrarlo, sonriendo en medio de un beso, acariciando y haciendo cosquillas en el acto. Se brindaban amor y felicidad, mutuamente.

—Quiero sentirte dentro, tan dentro que no podamos separarnos —suspiró contra su oreja, lamiendo detrás de esta.

—Oh Yuuri.

Viktor sentía un huracán de sentimientos tan inmenso que no creía poder contenerlo. Sabía que al día siguiente tenían una competencia muy importante, de ésta dependía su pase a la gran final, pero ambos pensaron: "No te comprometes en matrimonio todos los días" y mandaron todo a la mierda.

—Quiero hacerte el amor y que me lo hagas hasta que todos nuestros músculos supliquen por descanso, hasta que todo este torrente de pasión se desborde en nuestros cuerpos —su respiración ya era irregular. Su excitación estaba en niveles muy altos ya—. Yuuri, se mío esta noche y seré tuyo también —rozó con su nariz la de su amado, ambos bajo el chorro del agua.

El japonés esbozó –según Viktor- la sonrisa más bonita que jamás le hubiera visto. Quizás era el hecho de que su cabello negro y precioso le caía por toda la cara debido al agua, o tal vez se debía a que sus ojos brillaban con una felicidad que había visto pocas veces en él. Quién sabe, Viktor sólo estaba seguro de que jamás amaría tanto a alguien como amaba a Yuuri.

—Te deseo, urgentemente —jadeó el menor, pegando su cuerpo al otro y arañando muy suavemente su espalda.

Yuuri

Excitados y sin siquiera secarnos, me alzó entre sus brazos y me llevó a la cama.

No podía pensar en otra cosa que no fueran sus labios sobre mí, sus grandes manos recorriendo mi espalda; su lengua en mi boca, danzando al mismo ritmo que la mía.

Sus manos acariciaban con suaves caricias mi cabello, y con su profunda voz me dijo cuánto me deseaba, cuánto le gustaba mi cuerpo y mi ser.

Besó mi cuello hasta al cansancio, dejó un recorrido húmedo de besos y saliva a lo largo de mi cuello, haciéndome gemir al sentir la succión de sus labios cada pocos centímetros. Podía sentir cómo esas sublimes caricias provocaban un hormigueo intenso en mi vientre bajo y entrepierna.

Su lengua, muy húmeda y caliente, bajó a mi pecho y le dedicó atención especial a cada uno de mis pezones.

Yo sólo podía removerme un poco debajo de su cuerpo pesado, gimiendo sin pudor y enredando mis dedos en su hermoso cabello aún empapado. Gotitas de agua escurrían de sus hebras plateadas, mojando (aún más) mi cuerpo a su paso.

Descendió por mi torso hasta llegar a mi ombligo, se detuvo ahí un rato, haciéndome reír por las cosquillas que me causaban su aliento y sus labios. Besó mi vientre y continuó descendiendo hasta que mi espalda comenzó a levantarse de la cama con cada lengüetazo y caricia proporcionada en mi miembro ya erecto. Lo dejó unos momentos para dedicarle completa atención a una parte de mi anatomía que él amaba mucho y de la cual yo me quejaba por ser tan sensible.

Besó mi muslo con dedicación, sus pequeños besitos hacían ruidos chistosos, hasta que llegó a la parte interna, recorriéndola con sus manos, dientes y lengua.

De nuevo mi espalda se separó del colchón. Su lengua era condenadamente hábil.

Luego de dejar bien marcados sus dientes en ambos muslos, alzó su rostro desde su lugar sólo para conectar sus ojos fieros en los míos. Entonces arrastró una sonrisa llena de lujuria y pasión. Me sentí su presa, una presa que estaba dispuesta a que le hicieran lo que fuera.

Sabía muy bien lo que estaba a punto de hacer y lo incité a apurarse cuando meneé un poco mis caderas en su dirección, ansioso.

De pronto su lengua se encontró en el lugar indicado, tocando a tientas la punta de mi miembro justo antes de engullirlo hasta la mitad.

Mi espalda se arqueó con más violencia que antes.

Enterró sus manos en mis caderas y comenzó a jugar con su lengua, moviéndola en círculos alrededor de mi pene. Se había vuelto tan bueno en eso que pensé que debía practicar más para no quedarme atrás.

Sentí que iba a culminar en su boca, se lo hice saber antes de que ocurriera y así se detuvo al instante. No quería terminar de esa manera y estaba seguro de que él pensaba lo mismo. Pero no por eso me iba a encontrar menos ansioso, en lo absoluto.

—¡Te quiero dentro de mí! Entra, haz lo que quieras conmigo —supliqué, casi grité.

—Haré lo que me pidas, mi amor.

Tomó un condón de los que dejamos en la mesita de noche y mientras se lo ponía yo no soporté más y comencé a preparar mi cuerpo con mis dedos.

—Amazing! —exclamó cuando me vio hacerlo. Yo estaba tan excitado que no me avergoncé—. Yuuri, eres tan sexy —gruñó en mi oído luego de haberse echado sobre mí, le encantaba dejarme todo su peso encima, inmovilizándome.

—Vitya, hazlo ya… te lo suplico —no aguantaba más mi necesidad de él.

Pareció motivarse más al escucharme decirle eso. Se acomodó entre mis piernas y yo las abrí lo suficiente para que tuviera un buen acceso, descansé mis talones sobre su perfecto, bien hecho, precioso y magnífico trasero.

Complació mi petición inicial y entró en mí con una sola embestida, duro y hasta el fondo. Comenzó una danza suave, un vaivén muy placentero y lento mientras me llenaba de besos, diciéndome cosas lindas al oído y mordiéndolo de vez en cuando.

El ritmo se hizo más rápido y placentero, tal como me gustaba.

—Quiero más, Vitya, más rápido —gemí, anclando mis manos en su nuca para evitar bajarlas a su espalda y enterrarle ahí mis uñas.

Él sonrió complacido, y como si hubiera estado esperando a que le dijera eso, comenzó a bombear con mucha más intensidad. Las estocadas eran cortas, profundas y rápidas.

Las gotas de agua en nuestros cuerpos se combinaba con las gotas de sudor, cada gota era resultado de una satisfacción entera.

Entraba y salía a un ritmo que me volvía loco, podía sentir cómo rozaba y presionaba un punto muy sensible dentro de mí, con eso me hacía contorsionarme en placer. Si no tuviera su cuerpo encima de mí, ya me estaría retorciendo hacia todos lados.

—Voltéate —me susurró al oído, seductor y apasionado.

Lo hice.

Sus manos estaban sobre mis hombros, intentaban ser cariñosas, pero terminaron enterrándose con fuerza en mi piel cuando entró de nuevo en mí. Me encorvé de placer al sentirlo entrar desde otro ángulo.

Nuestros gemidos eran tan fuertes que no dudaba que se escucharan hasta el vestíbulo.

Miré sobre mi hombro derecho y una bomba de sentimientos invadió mi pecho al ver el anillo resplandeciente en su dedo anular. Me sentí pleno y enteramente feliz.

En estos momentos no podía pedirle nada más a la vida.

Mis rodillas y manos se enterraban más en el edredón con cada embestida que me daba. Comencé a sentir que mis piernas no me sostendrían mucho tiempo más. Fue entonces que bajó sus manos hasta mi cintura, acariciando con cariño a pesar de la furia de sus estocadas. Tomó mis caderas desde atrás y ahí sí encarnó sus dedos, amasando a su gusto mi piel.

—Eres tan hermoso, tan perfecto —me dijo y unas lágrimas furtivas llenaron mis ojos. Agradecí que no pudiera ver mi rostro—. Amor, gira tu cara un poco.

Demonios.

Lo hice y nuestros ojos llorosos se encontraron. Un par de lágrimas traviesas se escapaban escurridizas entre sus pestañas.

Sonreí como bobo al notar que no era el único en sentirse así. Viktor y yo estábamos realmente conectados. Me sentí más dichoso cuando se inclinó hacia delante y limpió esa agua salina de mis mejillas con sus labios.

—Te amo —me dijo antes de besar mis labios con total devoción.

Sin que saliera de mí, lo empujé con mi trasero hacia atrás. Quedó tumbado en el colchón y yo pude tomar el control. Lo tenía debajo de mí y entonces fui yo quien eligió el ritmo.

Vi su cara, su expresión llena de fascinación y éxtasis, esa cara que me decía lo bien que estaba haciendo mi trabajo. Meneé mis caderas al ritmo que él disfrutaba, lo hacía a veces rápido y a veces tortuosamente lento hasta que reía un poco frustrado sólo para hacer un inútil intento de embestirme.

Tomó mi pene entre sus manos y comenzó a masturbarme con destreza. El cúmulo de sensaciones en mi cuerpo era tanto que sentía que me volvería loco. Después sentí sus manos enterrándose en mi trasero y motivándome a moverme más rápido.

Nuestros ojos se conectaron y le dediqué una sonrisa, esperando que con ella entendiera lo inmensamente feliz que me sentía en esos momentos. Correspondió esa sonrisa con una más bella y radiante, se veía extasiado, sus pupilas dilatadas y su frente perlada por el sudor. Su cabello aún húmedo se le pegaba a la piel, dándole un aspecto desordenado y tremendamente erótico.

No estaba seguro si era consciente de los hermosos ruiditos que soltaba su boca y de los profundos gemidos que salieron de ésta cuando se me ocurrió acariciar sus pezones. "Eres el hombre más sensual sobre la faz de la tierra, hasta tu sudor es sexy" quise decirle, pero sin poder preverlo me cargó rápido y violentamente hasta dejarme nuevamente bajo su cuerpo. Intensificó el ritmo que yo había impuesto, y presentí, por lo errático de su respiración, que no tardaría en venirse junto conmigo.

No pude evitarlo más, clavé mis uñas en su espalda y la arañé, pero no pareció darse cuenta, pues en ese momento nos invadió ese fuego ardiente, envolviéndonos al mismo tiempo, como en pocas veces.

Gimió fuertemente mientras yo gritaba y le estiraba el cabello sin darme cuenta. Dejé de hacerlo cuando rio por ello.

Sudorosos, agitados y con el corazón palpitando estruendosamente en nuestros oídos, nos quedamos inmóviles, tratando de recuperar un poco el aliento que se nos había ido después de tan intenso orgasmo. Supe que estaba agotado cuando se dejó caer por completo en mi cuerpo, descansando la cabeza en mi hombro.

Sus brazos me rodeaban posesivamente y los míos seguían aferrados a su espalda. Mis piernas, un poco cansadas, seguían abiertas de par en par. Lo abracé con más fuerza y moví un poco mis caderas, consiguiendo sólo un gemido grave emergiendo de su garganta.

Salió de mí y se recostó a mi lado.

—Fue tan…

—…Intenso —completé.

Nos quedamos bocarriba, uno al lado del otro. Él buscó mi mano a tientas, sin dejar de mirar el techo, entrelazamos nuestros dedos y sonreímos como dos bobos enamorados. Estuvimos así por tiempo indefinido, hasta que nos recuperamos un poco.

Y quería más. Yo quería más.

Había dicho que quería que lo hiciera mío. ¡Quería hacerlo!

Incorporé un poco mi cabeza, sólo para verlo disimuladamente. Noté que estaba con los ojos cerrados, mas no estaba dormido.

Estuve a punto de reclamarle, de decirle que era mi turno, pero en ese momento su mano traviesa se extendió hacia mi entrepierna, buscando ese segundo round tan anhelado. No tardé mucho en tenerlo de nuevo sobre mí.

En esta ocasión reímos mientras nos acariciábamos y nos causábamos cosquillas. Todo nos causaba risa, estábamos demasiado simples. Rodamos por la cama, y tan ocupados estábamos con nuestras lenguas acariciándose, que no nos dimos cuenta de que habíamos llegado al final del colchón.

Terminamos en el suelo, hechos una bola de risas y palabras en nuestros idiomas.

Viktor.

Ansiaba esto desde hace mucho, sentirme suyo, bajo su cuerpo casi tan pesado como el mío. Dejarme totalmente a su merced era mi deseo, y me encontraba lo suficientemente cansado como para permitirle hacer lo que le viniera en gana con mi cuerpo.

Se acostó atravesado diagonalmente sobre mi pecho. Despacio y con total dedicación besó cada rincón de mi piel, sus manos largas y hermosas eran cuidadosas con cada parte que tocaba. Yo sólo disfruté de su amor y atenciones acariciando su espalda, amaba tocar cada vértebra de su columna desde el cuello hasta su coxis.

Sus caricias fueron poco a poco despertando mi libido. Bastó con que se entretuviera besando y lamiendo uno de mis pezones para que volviera a estar duro entre mis piernas.

Comencé a soltar vergonzosos gemidos cuando combinó sus caricias con besos húmedos.

Yuuri era una combinación perfecta entre lo dulce y lo erótico. Lograba excitarme fácilmente, siendo romántico y tremendamente sexy a la vez.

Lo jalé hasta posicionarlo entre mis muslos, me enredé en él y lo apreté contra mi cuerpo, haciéndole notar mi excitación. Sinceramente había pensado que me tomaría más tiempo recuperarme, pero no fue necesario mucho, no con un hombre como Yuuri a mi lado.

Separó mis piernas de su cuerpo y tomó una de ellas, besando desde el dorso de mi pie hasta la cara interna de mi muslo, justo donde mi piel era más suave y sensible. Con las puntas de sus dedos brindó deliciosas caricias en mi muslo y pelvis. Yo ya me estaba removiendo en mi sitio con ese simple hecho, pero casi grité cuando sentí mi miembro envuelto en una cavidad húmeda y muy caliente.

Yuuri se había llevado toda mi erección a su boca y yo no podía dejar de gemir y suspirar. Puse ambas manos sobre su cabeza, guiándolo en su tarea. Terminé enterrando mis dedos en su cabello, halándolo un poco por lo delicioso que se sentía su boca en mi pene.

—Vitenka, gírate bocabajo, por favor —me pidió luego de limpiar el rastro de saliva y líquido pre-seminal que escurría por una de sus comisuras. Lo miré por unos segundos, tardando en entender lo que me pedía debido a mi estado de completo éxtasis. Sólo asentí e hice lo que me pidió.

No entendía lo que iba a hacer, no hasta que abrió mis piernas y separó mis nalgas con sus manos antes de llevar su rostro ahí.

La sensación fue inexplicable. Nunca lo habíamos hecho, sin embargo, su lengua se movía con maestría, intentando inútilmente penetrar mi cavidad, apretada y ansiosa por recibir algo más.

Introdujo uno de sus dedos sin retirar su lengua traviesa.

Yo sólo podía enterrar mi rostro en el edredón, sintiendo que mi cara estaba completamente roja, temía que el acto terminara siendo desagradable para él, me avergonzaba un poco. Pero no tuve más tiempo para pensar en ello, pues el placer era tan grande que ya me encontraba apretando las sábanas entre mis puños.

De mi garganta salió un ruido extraño cuando sus hábiles dedos tocaron mi próstata. Todo mi cuerpo se estremeció.

—Amor, hazlo de nuevo, hazlo, por favor —le pedí, jadeante.

Me complació al instante y yo no pude hacer más que retorcerme de placer. Mi entrepierna aplastada contra el colchón ya dolía, y él pareció leerme la mente, pues me obligó a levantarme lo necesario para que él pudiera alcanzar mi pene y así estimularlo.

Sus dedos dentro de mí, su mano en mi miembro y su lengua en mi entrada… fueron mi perdición. Estuve a punto de venirme, sin embargo, no quería que fuera tan pronto.

—Yuuri, te quiero dentro de mí, ahora.

Vi que se separó de mí para ir en busca de un condón, pero lo detuve.

—Hazlo así.

Una sonrisa ladina y provocadora apareció en sus labios. No tuve que insistirle más antes de que se echara sensualmente sobre mi espalda, resbalando su pene entre mis nalgas para hacerme notar lo duro y grande que estaba. Yo no necesitaba más preparación, sus dedos y su lengua húmeda hicieron un excelente trabajo.

—¿Me quieres… dentro de ti? —mordió mi oreja con poca delicadeza. Yo me mordí los labios para reprimir un vergonzoso gemido.

—Lo quiero.

—¿Qué quieres?

—A ti, dentro de mí. Ahora.

—Tus deseos son órdenes, Vitenka.

Dejó un lindo beso en mi nuca antes de apartarse un poco de mí.

—Date la vuelta. Quiero ver tu rostro mientras lo hago, mi amor.

—Eres un pervertido —me giré de inmediato y segundos después se me echó encima, dando pequeñas embestidas para que nuestros miembros sintieran la fricción piel con piel.

—Lo soy —tomó una de mis piernas y se la echó al hombro, seguro de mi elasticidad. Enseguida guio su miembro hasta el interior de mi cuerpo, lo introdujo lenta y tortuosamente, pero sin detenerse ni retroceder.

Pude ver su expresión llena de satisfacción al hacerlo. Sus ojos cerrados, su ceño fruncido y su boca entreabierta, sin mencionar el sonrojo en sus mejillas. Entonces me di cuenta de que mi expresión debería de ser muy graciosa. Mi boca estaba abierta mientras gemía, mis ojos muy abiertos también y mi rostro entero lo sentía ardiendo.

Yuuri abrió sus ojos y mi cuerpo completo tembló de deseo al ver la lujuria brillando en esos irises cafés. Yo cerré los míos y me llevé ambos antebrazos al rostro cuando sentí que comenzó un vaivén rítmico y profundo. Mi cuerpo se había desacostumbrado a tenerlo dentro de mí, así que lo resentía más que nunca, lo sentía casi como en la primera vez.

Volví a verlo cuando sentí que besaba mi pantorrilla que estaba sobre su hombro, pronto comenzó a mordisquearla, enviando pequeñas descargas de energía por todo mi cuerpo.

No pude contener más mis gemidos cuando comenzó a penetrarme con más fuerza, saliendo por completo sólo para volver a entrar de una sola intención, sus caderas se estampaban contra las mías sin cansancio, con una condición y resistencia envidiable.

Me percaté de que su mano libre reposaba sobre mi abdomen, delineando cada músculo marcado. Con todos estos meses de entrenamiento conseguí estar en mejor forma que nunca. Y eso parecía excitarle mucho a él, pues se tomaba el tiempo de delinear cada abdominal, acariciando cada vez más debajo de mi ombligo, acarició mis vellos hasta llegar a mi miembro que demandaba atención. Comenzó a dársela y yo me perdí entre tanto placer. Ni siquiera podía enlazar coherentemente las palabras.

—Yuuri… ah… aquí… ven —logré decir. Extendí mis brazos hacia él y pareció comprender mi necesidad de tenerlo cerca.

Bajó mi pierna de su hombro, y sin salir de mi cuerpo, se tumbó encima de mí. Cuando lo tuve lo suficientemente cerca, rodeé sus hombros con mis brazos, necesitaba aferrarme a algo, era mi turno de arañar su espalda.

Siguió penetrándome al mismo ritmo enloquecedor. Cuando sentí que no podría más y que me volvería loco, tomé su nuca con mis dos manos y lo atraje a mis labios.

No pude evitarlo y me vine sin poder controlarlo más. Mi cuerpo entero tembló bruscamente justo antes de que Yuuri experimentara también su orgasmo, lo sentí en mi interior, llenado por él.

Nos quedamos inmóviles por no sé cuánto tiempo. Ahora sí estábamos verdaderamente exhaustos. Cayó sobre mí, jadeante. Yo acaricié su espalda y acomodé su cabello sin muchas energías.

Se levantó un poco sólo para entrelazar sus dedos con los míos. Su siguiente acto me llenó de una infinita ternura: llevó mi mano a su boca y besó mi anillo.

—Mi futuro esposo —me dijo, con su voz ya cansada y en un tono bajo.

—Mi futuro esposo —repetí, acariciando su mejilla.

Solté un pequeño quejido cuando salió de mí. Tenía demasiado cansancio como para levantarme e ir al baño a asearme, pero luego recordé que le pedí que no usara condón, así que tuve que hacerlo de todas formas.

Cuando volví a la cama me lo encontré despierto muy a penas, estaba esperando por mí. Me acosté y de inmediato se acurrucó a mi lado, pasó su bonita y pesada pierna sobre mi cuerpo (como si fuera una almohada) y en seguida lo recibí con brazos abiertos para que durmiera sobre mi pecho, como tenía por costumbre, aunque al día siguiente amaneciéramos todos revueltos en la cama.

—Yuuri —murmuré, esperando que me escuchara y que no estuviera ya dormido a pesar de sus ojos cerrados.

—¿Mjmh?

—Te amo, cariño, te amo mucho.

Abrió sus ojitos sólo un poco. Una bella sonrisa adormilada adornó sus labios. Su mejilla se presionaba contra mi pecho, haciéndolo ver cachetón y más hermoso.

—Te amo Vitenka —cerró nuevamente los ojos y dejó su mano derecha reposando sobre mi pecho, justo sobre mi corazón.

Miré nuestros anillos y mi corazón dio un vuelco de felicidad. Había esperado tanto por eso.

Activé la alarma en mi celular y al fin me dispuse a dormir.

Narradora.

Horas más tarde Viktor fue el primero en despertar, tomó su celular para apagar la alarma y fue ahí cuando se dio cuenta de que ésta llevaba veintidós minutos sonando.

—¡Yuuri! —se levantó como resorte de la cama y zarandeó a su prometido—. ¡Despierta, despierta, despierta! ¡Nos quedamos dormidos!

—Cinco minutos más —se cubrió con las sábanas hasta la cabeza.

—¡La competencia comienza en media hora!

—¡Dios mío! —se levantó de un salto.

Entre risas y jugueteos, se ducharon con mucha prisa, juntos.

—¡Me duele todo! —se quejó el ruso mientras se enjabonaba el cabello.

—Estamos a la par —rio, quitándose el jabón y el champú del cuerpo.

—A ver cómo nos va en la competencia —lo empujó para ahora ponerse él bajo el chorro de agua.

—¿Crees que afecte mucho tu rendimiento? —inquirió, parado ya en la orilla de la ducha, listo para salir.

Viktor le iba a responder que quizá un poco, pero cuando alzó la mirada para ver la expresión de su novio, notó que éste lo había preguntado de una forma retadora, a pesar de que él también pensaba que quizás le afectaría un poco, estaba exhausto.

—En lo absoluto —sonrió autosuficientemente mientras cerraba el agua—. ¿Y tú qué dices?

—Te voy a robar el oro, de nuevo —salió de la ducha antes de que su amado lo atrapara.

Entre más risas y juegos, se apuraron para llegar a tiempo al centro de patinaje, donde todos los esperaban, algo preocupados por su tardanza.

Yakov le dio una reprimenda a su pupilo, estaba muy enojado con él por su irresponsabilidad.

—¡Y tú también, Katsuki! —lo apuntó con un dedo—. Los dos son bastante grandecitos como para darle tan poca importancia a una competencia de este tamaño, Viktor, es tu retiro ¿Quieres hacerlo así?

Les dio un sermón lo suficientemente largo como para ponerlos nerviosos, aunque al final terminó felicitándolos por su compromiso.

Los demás no se molestaron en preguntar el motivo de su retraso, pues vieron sus cabellos húmedos y las ojeras horribles, éstas últimas contrastaban infinitamente mucho con la felicidad que irradiaban sus expresiones.

Lo que sí causó mucho revuelo fue ver a Yuuri portando el jersey blanco con rojo de Viktor y a éste con el del japonés.

—¿Así de bueno estuvo? —le preguntó Chris a su mejor amigo.

—No tienes ni idea.

—Eres muy mal entrenador, mira que someter a tu pupilo a un esfuerzo así antes de la competencia —negó dramáticamente con la cabeza—. ¡Yuuri! —lo llamó desde lejos, pues éste estaba conversando con Yurio y Otabek.

El hada rusa le estaba preguntando si ese estado enfermizo de felicidad era contagioso.

—¿No quieres que vuelva a ser tu entrenador? —preguntó el suizo, no esperando una respuesta, pero de todas formas el japonés le respondió de inmediato que no—. Oye, esa cosa ni siquiera te queda bien —señaló el jersey negro y azul de su amigo, estás demasiado gordo para ponerte la ropa de tu novio.

—Prometido —lo corrigió antes de ir por éste y llevárselo a hacer calentamientos y estiramientos.

Los dos dieron presentaciones excelentes, bellas y fluidas. Yuuri, a diferencia de aquella temporada en la que fue pupilo de Viktor, ahora era mucho más seguro en sus movimientos, las competencias ya no lo intimidaban como antes. Lo que sí lo ponía nervioso era tener como rival a Viktor Nikiforov después de haberle robado el oro un año antes.

El único que tuvo un pequeño incidente fue Yuuri, al intentar hacer un flip cuádruple. Lo hubiera alcanzado a la perfección si no hubiera tocado el hielo con su mano, tal como lo había hecho hace años.

La competencia terminó, y para sorpresa de ellos mismos, Viktor y Yuuri se llevaron el oro y la plata respectivamente. Otabek se llevó el bronce y Yurio estaba muy feliz por los tres, en especial por Yuuri y su amado, ambos habían clasificado ya para la final.

Esa misma noche se fueron todos a cenar para celebrar los resultados y el nuevo compromiso. Después de pasar un rato muy ameno y divertido, cada uno se fue a descansar al hotel, excepto los futuros esposos. Yuuri cumplió su promesa con Viktor de hacer "Nuevos recuerdos" ahí en Barcelona.

Se fueron a recorrer la ciudad por la noche, caminando entre las calles más transitadas de la ciudad, sin soltar sus manos en ningún momento.

Viktor aprovechó la situación y tomó muchas fotos de ambos, incluso le pidió a varios transeúntes que les tomaran algunas.

—Quiero que miremos estas fotos en cuarenta años y recordemos lo felices que estábamos en este momento —miró la imagen en su celular y enseguida le besó la mejilla efusivamente, dejándole un poco de saliva en ella. Yuuri se rio y limpió los rastros de baba.

—Tendremos que hacer un álbum muy grande.

—¡No es mala idea! —tomó su mano y continuaron caminando por la ciudad. Estaban cansados, desvelados, pero infinitamente felices.

A penas entraron a la habitación, el joven kazajo estampó a su novio contra la puerta y pegó su cuerpo al de él, invadiendo por completo su espacio personal.

El rubio lo miró, ansioso y con sus rodillas temblando de sólo imaginar lo que se venía a continuación. Otabek le dirigió una mirada cargada de deseo antes de atrapar los labios temblorosos de su novio entre los suyos, con desesperación, mordiéndolos levemente para que Yurio los abriera. Se apoderó de su boca, imponiendo un ardiente y fogoso ritmo, como si quisiera succionar su alma a través de ese entrañable beso.

Yurio respondía gustoso, descansó sus manos en la nuca de su amado, acariciando el muy corto cabello y entregándose a él sin importarle quedarse sin aire. Sólo quería que él siguiera arrancándole gemidos que morían ahogados en la garganta del otro.

—Otabek… —gimió al sentir sus grandes manos colándose por debajo de su playera, acariciando su estrecha cintura y su espalda. Sus manos eran calientes, sentía que dejaban fuego a su paso. Las amaba tanto, eran grandes y pesadas, suaves y cariñosas.

—Así está mejor —murmuró el mayor, tirando suavemente de la liga que sujetaba el cabello rubio en una coleta. De inmediato las hebras doradas cayeron como cascada por los hombros, dándole un aspecto angelical, algo que meramente se quedaba sólo en la apariencia, pues en la cama… no era nada angelical—. Amo tu cabello —tomó un mechón y lo llevó a su nariz. Amaba ese olor.

—Estás loco —se sonrojó.

Le encantaba que le dijera ese tipo de cosas. Sólo por él se había dejado crecer tanto el cabello. Y sólo cuando estaba con él se lo soltaba. Sabía cómo Otabek amaba acariciarlo con cariño cuando estaban acurrucados uno sobre otro, también sabía que le encantaba jalarlo cuando estaban en el momento culminante mientras hacían el amor, y estaba seguro de que le enloquecían las cosquillas que le hacían las puntas cuando estaban los dos desnudos, piel con piel.

—Tú me enloqueces —lo cargó como si de una pluma se tratara y lo llevó con prisa a la cama.

El rubio rio cuando rebotó de espaldas contra el colchón. Estiró sus brazos hacia él, y con una sonrisita coqueta lo incitó.

—Ven. Desnúdame tú.

El kazajo alzó una ceja y arrastró una media sonrisa llena de picardía.

No esperó ni un segundo más antes de echarse sobre él y arrancarle la ropa.

Pisaron tierras conocidas de nuevo. Llegaron a Sochi, el lugar en donde los dos interactuaron por primera vez, siendo patinadores profesionales.

Yuuri recordaba con nostalgia aquella vez en que Viktor le ofreció una foto. Recordaba haberse sentido muy triste, y ahora… ¡Ja! Ahora volvía a ese lugar con él como prometido.

El ruso pensaba en lo mismo y además recordaba el encuentro del año pasado y las fotos traviesas que se tomaron en ese mismo lugar.

—¿Estás nervioso? —inquirió el japonés.

—¿Yo? —se llevó una mano al pecho, casi ofendido por la pregunta—. Pero por supuesto que no —fue sincero. Aprovechó el momento y deslizó su mano desde la cintura hasta el trasero de Yuuri—. Sé que me estarás apoyando desde las gradas.

—Claro que sí —dejó que le apretara lo que quisiera y cuanto quisiera, de todas formas era tan temprano que aún no había gente alrededor.

—Son mi amuleto de la suerte.

—¿Qué?

—Tus nalgas.

No supo exactamente por qué, pero se abochornó bastante.

Momentos después llegó Yakov y mandó a su pupilo a hacer calentamientos, no sin antes regañarlo por traer puesto el jersey del equipo japonés. Le sugirió quitárselo si no quería tener problemas con la federación rusa del patinaje, pero como a Viktor tanto le importaba la opinión de ellos, se lo dejó puesto.

—Siempre se sale con la suya —se sentó al lado de Yuuri y suspiró pesadamente—. Es demasiado testarudo. Estoy seguro, si él no fuera así, yo aún tendría todo mi cabello.

Yuuri contuvo su risa con mucho esfuerzo, pues Yakov hablaba muy en serio.

—¿Estás dispuesto a aguantarlo? —inquirió, serio.

—Sé que Viktor es muy necio y persistente, pero si no fuera por esa testarudez, él no estaría aquí ahora mismo.

Dejó sin palabras al mayor. Tenía toda la razón.

—Tampoco estaríamos juntos —admitió.

—Es igual a su madre ¿Sabías que su padre terminó locamente enamorado de ella cuando la vio patinar por primera vez?

—Me lo platicó hace tiempo.

—Al conocerla se sorprendió mucho, pues tenía una actitud demasiado despreocupada, juguetona y un tanto caprichosa. Siempre que quería algo lo conseguía a costa de lo que fuera. Dimitri en ese entonces no vivía en la ciudad, pero terminó tan enamorado de ella que se quedó en San Petersburgo. Y bueno, también tuvo que ver que ella así lo quería. Siempre consiguió lo que quiso, igual que…

—Igual que Viktor —se llevó una mano al mentón, pensativo.

—Es la viva imagen de su madre. Mira —sacó su billetera y le mostró una foto en la que él (muchísimo más joven) salía con Viktor de pequeño y con Lilia.

—¿¡Ese es Viktor!? Es tan… —iba a decir muchas cursilerías, pero se detuvo cuando Yakov negó con la cabeza.

—Es Yarine, su madre.

Yuuri se asombró demasiado. Habría jurado que esa niña de tez pálida, ojos azules y de cabello largo y platinado era nadie más y nadie menos que Viktor.

—Este es Viktor —señaló la segunda foto que tenía ahí.

Definitivamente era Viktor, tenía no más de cinco años y salía sonriendo abiertamente luego de haberle lanzado una bola de nieve a una niña pelirroja de cabello alborotado.

Yuuri se sintió más cercano a su amado al conocer esas fotos.

—Esa sonrisa tonta la heredó de su madre —señalo su boquita en forma de corazón—. En ella sí se veía adorable —aseguró.

Iba a decirlo lo mucho que amaba esa sonrisa de corazón en su prometido, pero su atención se desvió hacia los recién llegados.

—¡Phichit! —corrió y abrazó a su amigo. No solía ser muy efusivo, pero sentía muchísimo gusto de verlo, a él y a Celestino.

—¡Muéstramelo! —pidió el tailandés después de corresponder el abrazo.

Yuuri alzó su mano derecha y se la mostró con todo y anillo.

—¡Estoy tan feliz por ti! Después de tantos años…

—Después de tantos años —repitió, nostálgico. Su atención se desvió al mirar a un conocido a lo lejos, casi había olvidado que se volvió pupilo de Celestino hace varios meses, sin embargo no se había inscrito en la competencia.

Phichit se giró para mirar lo mismo que Yuuri y en seguida se giró de nuevo hacia su mejor amigo.

—¡Yuuri! ¡Yuuri! —exclamó en voz bajita, pero muy emocionado—. Minami y yo estamos saliendo.

—¡¿Son novios?!

—No exactamente —se sonrojó un poco—, pero le confesé mis sentimientos y estamos saliendo, quizás pronto seamos algo más. Serás el primero en saberlo.

—Me da mucho gusto —fue sincero, volvió a abrazar a su mejor amigo—. Desde aquella vez que me declaraste la guerra en el amor, estuve esperando que algo así sucediera.

—Oh vamos, estaba ebrio —se avergonzó mucho—. Y de todas formas aún no estoy muy seguro de haberlo logrado, creo que él aún alberga un lugar en su corazón en el que sólo estás tú.

Yuuri no supo qué responder, y de todas formas no lo habría podido hacer, pues el susodicho se acercaba a ambos.

—Hola Yuuri —saludó con naturalidad.

—Minami, cuanto tiempo.

—Lo sé —se sonrojó un poco.

Ese hecho fue desgarrador para el tailandés, quien creyó que sus intentos por enamorar al japonés habían sido en vano, seguía sonrojándose por Yuuri. Lo que no sabía era que el rubio había recordado el ridículo que hizo la última vez que vio a su antiguo amor, esa vez en que le robó un beso.

—Phichit, te ayudo a calentar. Vamos —tomó su mano con cariño—. Adiós Yuuri.

Ese simple gesto hizo que el corazón de Chulanont se acelerara vertiginosamente.

La competencia dio inicio y ese día Yuuri pudo recordar porqué se había vuelto fan número uno de Viktor Nikiforov. Sentado en su butaca de primera fila, aplaudió y gritó con locura cuando su amado entró a la pista. Su piel se erizó de emoción al verlo tomar su lugar. Su corazón se aceleró como si fuera él quien estuviera a punto de presentar su coreografía.

Viktor se veía tan sereno, tan sublimemente hermoso y tan seguro de sí mismo. Todo eso sólo derretía el corazoncito del japonés, quien se preguntaba una y otra vez: "¿En verdad ese hombre va a ser mi esposo?" sin poder creérselo todavía.

Desde su lugar pudo ver claramente cómo de repente el anillo de su prometido brillaba bajo los reflectores. Luego se perdió en la soltura de sus pasos tan sensuales, desbordando erotismo de una manera tan sutil que emocionaba aún más.

Cuando llegó el momento de sus saltos, Yuuri no soportó más y se paró de su asiento, yendo directo al muro que separaba la pista de lo demás. Se aferraba a ese muro, con los ojos brillantes y resplandecientes como la primera vez que lo vio.

Terminó su rutina y toda la gente se puso de pie. Había sido perfecta, hermosa y sublime.

Yakov ya esperaba a su pupilo en el Kiss and cry cuando de pronto se apareció Yuuri ahí. No le importó lo que la gente pudiera decir o pensar, él se le echó encima a su prometido a penas lo vio.

—¡Viktoru! —estaba tan feliz que su acento japonés sonó más marcado de lo normal—. ¡Estuviste perfecto!

—Amor, estoy todo sudado —a pesar de ello correspondió el abrazo, aprovechando esa altura extra que le brindaban los patines.

—Como si eso me importara —sus mejillas se sonrojaron antes de unir sus labios con los de él—. Estuviste magnífico —le dijo en voz bajita antes de separarse e irse, estaban a punto de darle los resultados, no quería ser estorbo.

Yuuri intentó irse, pero Viktor lo detuvo tomándolo de la mano. No fueron necearías las palabras, con su mirada azulada le dio a entender todo.

Se sentaron junto a Yakov para ver los resultados.

Felices y emocionados, se abrazaron unos a otros, sí, Yakov incluido.

Al día siguiente no hubo mucha diferencia. Viktor llevó su programa libre a la perfección, excepto por un par de pasos que le salieron fuera de tiempo. Ganó el oro y un pase directo a la final, sin embargo no rompió ningún record. Esto lo molestó un poco, pero el enojo se le pasó cuando su amado lo esperó al final de la competencia, afuera de los vestidores, recargado contra una pared y luciendo tan guapo como siempre.

Ante los ojos de Viktor, Yuuri era poseedor de una belleza simple. Simple, porque podía verse guapísimo aunque portara unos jeans y una playera cualquiera. Él era guapo por naturaleza, pero le costaba mucho creérselo. Siempre que Viktor hacía alusión a ello, terminaba cambiando de tema después de avergonzarse mucho.

—Cúbrete bien, afuera está helando —se quitó su bufanda y se la puso a su bello novio de mejillas sonrojadas.

—Gracias Vitya.

Esa noche salieron los dos tomados de la mano, sin imaginarse que afuera estarían los medios de comunicación, esperando conseguir una entrevista de ambos.

Ninguno recordó el triste acontecimiento que ocurrió ahí hace un año, no recordaron el fatídico momento en el que se hicieron tanto daño. Estaban tan enfrascados en su mundo eterno de amor y felicidad, que nada más importó.

La final se llevaría a cabo en un lugar que Yuuri jamás había visitado, y estaba muy emocionado por conocer esa bella ciudad y también por poder escuchar a su amado hablando el idioma.

No se lo había dicho, pero escucharlo hablar francés era una de sus debilidades.

Llegaron a París el mismo día en que sería la primera etapa de la final. Yuuri no se le despegaba a Viktor porque de verdad no entendía nada el idioma, temía que alguien le hiciera preguntas.

Ese mismo día se instalaron en el hotel y Viktor estaba muy entusiasmado porque ya tenía una lista de lugares a los cuales llevaría a su amado. Le daría un tour entero.

Se vistieron y se prepararon para ir al centro deportivo, pero antes de salir de su habitación de hotel, Viktor detuvo a su amado.

—Yuuri, quiero hablar contigo antes de salir.

—Dime —se preocupó un poco por el tono serio en sus palabras.

—Los dos estamos en la final, somos rivales, pero no quisiera que en dado caso que yo… —silenció al ver la sonrisa hermosa en el rostro de su amado.

—¿En serio te preocupas por eso, mi amor? —tomó las mejillas de Viktor y las apretó mucho—. Los dos daremos lo mejor en esta final. Si tú ganas yo seré el primero en besarte y abrazarte por ello, te aseguro que estaré gritando tu nombre muy fuerte desde las gradas. Y si yo gano —rio suavemente—. Espero que hagas lo mismo.

—Tengo una pancarta con tu nombre.

—Tonto —volvió a reír antes alzarse un poco hasta alcanzar sus labios.

—Me da gusto que lo veas así.

—Eso no quiere decir que no te haré comer el hielo, Nikiforov.

—Mi lado entrenador está feliz, pero mi lado competidor se sintió un poco herido.

—Eres tan dramático —le dio besitos en todo el rostro sin dejar de reír.

Salieron de su cuarto, tomados de la mano e inquietos por la emoción que sentían en esos momentos. Yuuri encontró una buena manera de distraer sus nervios.

—Viktor ¿Qué dice allá? —señaló un letrero.

—"Prohibido fumar"

—Pero dímelo en francés.

—"Defense de fumer"

—¿Y allá? —señaló otro letrero—. También dímelo en francés.

—"Acces interdit aux personnes non autoresses"

—¿Y ese?

—Sólo quieres oírme hablar el idioma.

—Sí.

Viktor se sorprendió un poco al ver lo rápido que lo admitió.

—¿Puedes hablarme en francés, por favor?

Se detuvo un momento y se inclinó hacia Yuuri, justamente sobre su oreja.

—Je parlerai tout ce que vous voulez, mon amour (Hablaré todo lo que quieras, mi amor) —le susurró al oído antes de darle un tierno besito en la oreja.

El sonrojo invadió las mejillas de Yuuri. No hablaba el idioma, sin embargo sí entendía algunas cosas.

Llegaron al estadio y de inmediato comenzaron a calentar. Se ayudaron mutuamente y más de un reportero se acercó a tomarles video por lo adorables que se veían ayudándose a hacer sus estiramientos, sin mencionar que seguían poniéndose le jersey del otro. Chris había dicho: "Se ven ridículamente tiernos".

Entraron a la pista y calentaron unos minutos con el resto de sus rivales, eran seis en total: Viktor, Yuuri, Yurio, Otabek, J.J. y Phichit.

Los que no quitaban la vista de las gradas eran los primeros dos, sabían que iban a verlos personas muy importantes, pero ninguna de estas personas había llegado aún.

Grande fue la emoción de los dos al ver a lo lejos que Aleksi, Evgenia e Irina llegaban juntos y tomaban asiento en la primera fila.

—¡Ya llegaron! —dijo Viktor al pasar al lado de su prometido. Yuuri lo siguió con la mirada y asintió, sonriente.

Luego Yuuri patinó hacia su amado y le dijo:

—Sólo faltan Mari y Yuzuru —sonrió ampliamente, esperaba que ya se terminara el calentamiento para ir con ellos.

Pero fue entonces que miraron de nuevo hacia ellos y notaron que Evgenia se quitó el abrigo y… ¡Oh sorpresa!

Los futuros esposos salieron casi volando de la pista sólo para luego correr hacia sus seres queridos.

—¡Estás embarazada! —exclamaron los dos al mismo tiempo, luego de haber corrido con los patines puestos, muy a penas se habían tomado la molestia de ponerse los protectores.

—¡Lo estoy! —ni siquiera se esperó a que dijeran algo más, se lanzó a los brazos de ambos.

—¿Por qué no nos lo dijeron antes? —inquirió Yuuri.

—Se nota que tienes mucho tiempo, te vez muy embarazada —agregó Viktor, sin notar las miradas asesinas que le dirigía su hermano por haber soltado comentarios de ese tipo.

—No seas estúpido, eso no se le dice a una mujer embarazada, tonto.

—También me da gusto verte, Irina —dijo con sarcasmo.

—¿Cuánto tiempo tiene? —preguntó Yuuri, e ignorando la discusión que había iniciado entre Viktor e Irina.

—Casi cinco meses —respondió Aleksi, muy sonriente.

—No lo dijimos antes porque queríamos hacerlo en persona.

—Cinco meses —repitió Viktor, uniéndose al haber terminado su discusión. Estaba tan feliz que su sonrisa se veía dolorosa—. ¿Puedo? —acercó su mano al vientre de su cuñada.

—Adelante, saluda a tu sobrino.

—¡¿Es niño?! —estaban en shock.

—Al parecer sí. Tendrán un sobrino.

Yuuri se sintió tan feliz al escuchar cómo lo incluían ya en el paquete. Al ser esposo de Viktor, sería automáticamente tío de ese bello bebé que venía en camino.

Así los dos pegaron sus manos al vientre de Evgenia, quien se cohibió un poco al ser receptora de muchas miradas de las personas a su alrededor.

—¿No se mueve mucho? —inquirió Viktor, curioso.

—No realmente, es muy tranquilo.

—¡Dios mío, ya quiero que nazca! —estaba ansioso por ser tío.

Tenían muchas ganas de quedarse y charlar, pero era hora de que se prepararan para salir.

Fueron a la entrada de la pista y se toparon con Yurio.

—Hey —los saludó con una linda sonrisa. No se los había dicho, pero estaba de verdad muy feliz por estar ahí con las personas que más quería en todo el mundo—. Cerdo, viejo. ¿Están listos?

—Eso quería preguntarte. Eres el primero ¿Estás listo?

—Siempre lo estoy, cerdo —sonrió ampliamente, derrochando esa seguridad que lo caracterizaba.

—¿Algún día nos llamarás por nuestros nombres?

—No —sonrió de nuevo y salió al hielo.

—¡Yura! —Otabek llegó corriendo quién sabe de dónde, se paró frente a él y después de recuperar el aliento, dijo—: Davai.

El rubio sonrió de una manera característica y hermosa, esa sonrisa era marca Otabek, pues sólo a él se las dedicaba.

Alzó el pulgar derecho y ahora sí se encaminó al interior de la pista, listo para interpretar aquel tema que le había dado una medalla de oro a su difunta madre. Yulia Plisetskaya había ganado su única medalla con esa hermosa melodía: "Schindler's List" por John Williams.

Los tres vieron a Yurio dirigirse al centro de la pista, con su vestimenta de color negro y rojo, tan elegante, serio y atractivo.

Y como siempre: dio lo mejor de sí, alcanzando un puntaje increíblemente alto y ganándose una ovación de todo el público, algunos incluso lloraban al verlo interpretar la misma coreografía que su madre.

Su abuelo, también presente ahí, se puso de pie y aplaudió con lágrimas en los ojos.

Por un momento, Viktor y Yuuri temieron que les fuera a arrebatar el oro fácilmente.

—Admirable —confesó Viktor, aplaudiendo y viendo hacia la pista. Yurio ya le agradecía a toda la gente que lo felicitaba desde sus lugares.

—Fue extraordinario —Yuuri lo admiró más que nunca.

—Sublime —dijo Otabek, con una sonrisa hermosa. No dejaba de ver a su novio. A penas éste puso un pie fuera de la pista, fue atrapado por los brazos de su novio—. Estuviste increíble, Yura —le dijo, sin soltarlo y sintiendo entre sus brazos lo agitado que seguía.

—Beka… —suspiró y correspondió el abrazo con fuerza. Estaba satisfecho con su trabajo. No sabía cuál sería su puntuación, pero fuera la que fuera, él estaría feliz por haber hecho esa presentación en honor a su querida mamá.

—Estoy seguro de que a tu madre le hubiera encantado y estaría orgullosa de ti —lo abrazó un poquito más fuerte, le susurraba todo en el oído—. Yo estoy orgulloso.

Las lágrimas se amontonaron en los ojitos verdes del ruso. Correspondió el abrazo con más fuerza y le susurró un muy quedo "Gracias" antes de darse cuenta de que la gente seguía aplaudiendo y de que Yakov ya estaba esperándolo para ir directo al Kiss and cry.

Fue la primera vez en la historia en la que tanta gente amontonada acompañó al participante. Yakov, Lilia, Otabek, Viktor y Yuuri estaban alrededor del joven rubio, apoyándolo y esperando con ansias su resultado.

Cuando anunciaron que éste fue de ciento veintidós puntos, todos saltaron de la felicidad.

Phichit salió a la pista y Otabek tuvo que irse pronto, pues seguía después del tailandés. Así pues, cuando Yurio se quedó a solas con los futuros esposos, fue Viktor quien lo abrazó con un infinito cariño, para su sorpresa, Yuri no se negó al acto.

—Fue como ver a la tía Yulia, me dejaste con la boca abierta —se separó del abrazo y miró sus ojitos llorosos, para Viktor jamás dejaría de ser ese pequeño niño al que cuidaba en ocasiones, a quien consideró su hermano desde el momento en que supo que vendría al mundo.

Lo miró de pies a cabeza y se llenó de orgullo, había dado un programa impecable con un atuendo excepcional. La parte inferior era un pantalón negro, mientras que la superior era una especie de abrigo corto color rojo, con cuello y botones, de manga larga y con guantes negros. Su cabello largo iba recogido en una coleta y en su frente sólo caían uno que otro delgado mechón de cabello. En resumidas palabras: se veía hermoso.

Entonces fue Yurio quien tuvo de pronto la iniciativa y abrazó a su "hermano mayor", éste no se la creía.

—Ven acá, Yuuri —murmuró el joven ruso sin soltar a Viktor. Entonces el aludido (después de tragar la sorpresa de ser llamado por su nombre) se unió al abrazo.

Para antes de que la presentación de Yuuri comenzara, Mari llegó muy apurada, de la mano de su novio Yuzuru.

Katsuki se sintió feliz de verlos ahí, mayor fue su felicidad cuando pudo presentarle a la familia de Viktor.

Antes de que Yuuri saliera al hielo, Viktor lo besó en los labios con mucho amor y cariño, causando un enorme revuelo en todo el estadio. Con eso le dio toda la suerte posible, pero lo que más conmovió a Yuuri, fue ver que Viktor no mintió cuando dijo que tenía una pancarta con su nombre, y era obvio que la había hecho él, reconocería su letra en donde fuera.

La pancarta la detenían entre los seis: Viktor, Yuzuru, mari, Aleksi, Evgenia e Irina.

Eso lo motivó tanto que dio aún más de lo que se imaginaba. Se había puesto muy nervioso al ver la excelencia en la presentación de Yurio, pero a pesar de ello logró una muy buena puntuación que mejoraría con su programa libre.

El turno de Viktor fue hasta el final. Su presentación fue la más esperada, pues había hecho unos cambios en ella que ni Yakov sabía. Fue sorpresa para todos que cambiara todos los saltos para la segunda fase de su programa. Hizo todos y cada uno de ellos a la perfección. A Yuuri se le puso la piel de gallina al ver a su ídolo patinando tan sublimemente bien. Viktor parecía brillar en medio de la pista, sus pasos, sus movimientos, todo, era impresionante. Su tenacidad era implacable, se veía en cada salto y piruetas hechos con seguridad.

Ese día Viktor Nikiforov quedó en primer lugar luego de clavar todos sus saltos.

En la siguiente fase no fue muy diferente. Todos presentaron sus programas libres y Viktor arrasó con cada uno de ellos, demostrando que la leyenda viviente había regresado para despedirse con una medalla de oro más en su historial.

Nikiforov quedó en primero lugar, Yuuri Katsuki se llevó la plata y Yuri Plisetsky el bronce.

De nuevo los tres compartieron el podio, con resultados muy diferentes.

Los ojos le brillaban al japonés al haber podido compartir el podio una vez más con su gran ídolo, no le importaba haber ganado la plata, estaba satisfecho. También le brillaban lo ojos por el privilegio de verlo tan de cerca, portando todavía su traje del programa libre, su medalla de oro y esa hermosa corona de rosas azules que algún fan le dio al final de su programa. Parecía un ángel.

Viktor miró hacia su derecha y sus ojos celestes se toparon con un muy feliz Yuuri que lo miraba desde abajo, totalmente fascinado. Por un momento su ego se infló más, pero entonces permitió que un impulso se apoderara de su ser.

Entre todos los flashes de las cámaras, de las luces y las voces y aplausos de la gente; Viktor Nikiforov se quitó su medalla de oro y se la puso al gran amor de su vida.

—¿P-pero qué estás…? —calló cuando también le puso la corona de flores azules en la cabeza. De nuevo iba a replicar, pero fue entonces que se puso el ramo de flores bajo el brazo y se inclinó desde el primer puesto en el podio para besarlo en los labios muy dulcemente, tomándolo de las mejillas. Fue una caricia meramente tierna y adorable.

El público estalló en aplausos y gritos efusivos de felicidad.

—Esta victoria es para ti, mi amor y mi vida —acarició sus mejillas y volvió a su puesto, esbozando una sonrisa inigualable y presumiendo un tierno sonrojo que apenas se notaba, pero que ciertamente era inevitable. Nunca imaginó ser capaz de hacer algo así frente a tanta gente. En cambio, el rostro de Katsuki estaba tan rojo como un tomate.

La noticia de que Viktor Nikiforov ganó su sexta medalla recorrió el mundo, el hecho de que finalmente se había retirado también fue una noticia de qué hablar, pero lo que más enloqueció a la gente, fue que su gran ídolo hiciera ese acto tan tierno y noble: ponerle la medalla a su prometido. Jamás habían visto algo así en toda la historia del patinaje artístico sobre hielo.

A diferencia del año pasado, los ganadores presentaron su exhibición de gala horas después de recibir su medalla. Yurio fue el primero en salir y mostrar una elaborada coreografía totalmente opuesta a sus presentaciones de ese año.

Dijo que Otabek le había compuesto esa mezcla específicamente a él, la habían llamado "Welcome to the madness" y fue increíblemente escandalosa, llamó la atención de todo el público y causó una gran impresión cuando el kazajo formó parte de la presentación, aunque no hizo mucho más que quitarle los guantes a Yurio, con-la-boca.

Luego fue el turno de Yuuri, quien sorprendió a todos cuando se apareció en el hielo con un traje idéntico al del programa "Stay close to me" de Viktor, sólo que en color azul.

Ante la vista de todos parecía un hermoso príncipe, y casi se le sale el corazón cuando la melodía tan conocida dio inicio. Yuuri estaba imitando la coreografía de su amado a la perfección, hizo todos y cada uno de los saltos de una manera impecable y digna de admirar.

La presentación iba casi a la mitad cuando de pronto Viktor se le unió, portando un traje idéntico, pero en color púrpura.

Los gritos y aplausos no se hicieron esperar.

Viktor y Yuuri comenzaron a patinar en parejas. Todo lo tenían completamente ensayado, pero nadie lo sabía, sólo Yakov. Ni si quiera Yurio tenía idea, y vaya que pasaba mucho tiempo con ellos.

Los pasos entre ambos eran fluidos y tremendamente hermosos, parecían uno solo, compenetrándose tan bien en cada movimiento y en cada pirueta. Viktor fue quien cargó a Yuuri en cada ocasión, levantándolo como si éste pesara menos que una pluma.

Todos. Amigos, familia, fans, todos estaban conmocionados con el amor tan puro que derrochaba su presentación.

—Qué cursis —espetó Yurio de mala gana a pesar de la sonrisa que formaban sus labios.

Otabek lo notó y sólo meneó la cabeza de un lado a otro, sonriendo.

—¡¿Era necesario eso?! —se quejó de nuevo, señalando cómo Yuuri había acariciado la mejilla de Viktor antes de dar un giro.

—Son tan… ¡Tan hermosos! —gritó Irina, parada a su lado y limpiándose las lágrimas con un pañuelo.

—No nos hubiéramos imaginado esto hace un año —Chris apareció a su lado, vestido con su ropa deportiva representativa de Suiza.

—¿Estás listo? —inquirió Otabek, mirando al mayor. Él y Yurio ya portaban sus jersey representativos.

—Sí, aunque me sigo sintiendo extraño, tengo dos años de no participar. ¿No se verá raro?

—¡Claro que no! Además, vamos a participar todos. Micky, Emil, Georgi, Seung, Guang y Leo ya están aquí, listos. Y J.J. ya se está preparando —anunció Phichit, también ya estaba listo.

Estaban a punto de hacer algo que no había ocurrido nunca en la historia de los Grand Prix. Pero era oficialmente la última competencia de Viktor Nikiforov, debían de cerrar esa etapa con broche de oro ¿Y qué mejor forma que con todos sus amigos? Esos con los que compitió a través de los años.

Planificarlo había sido complicado debido a que todos vivían en diferentes partes del mundo, pero aun así lograron organizarse.

Miles de aplausos y gritos inundaron el estadio. Entonces supieron que la presentación de esos dos se había terminado. Lo comprobaron también al ver a la hermana de Yuuri gritando y brincando mientras sostenía una pancarta con los nombres de ambos.

Entraron a los vestidores en busca de sus jersey, aún estaban agitados y sudorosos por el esfuerzo recién realizado, pero estaban llenos de adrenalina y mucha felicidad.

—¿Lo hicimos bien? —jadeó Yuuri, sentándose en una banca y tomando aire.

—Estuvimos perfectos —se sentó a su lado y recargó su cabeza en el hombro de él. Yuuri de inmediato tomó su mano y entrelazó sus dedos.

—Se terminó.

—Para mí, sí. No pude haberme despedido de mejor forma. Cumplí mi sueño de hacer patinaje en pareja contigo —recordó los días de entrenamiento y se sintió aún más dichoso, habían sido tan divertidos, y Yakov los había regañado tanto por pasársela jugando, sin embargo a pesar de todo había salido perfecto.

—Yo tampoco pude haberlo hecho.

—Espera… no. Tú no te vas a retirar.

—Ya lo decidí.

—Yuuri, no puedes hacerlo —se escandalizó.

—Retirarme al mismo tiempo que mi ídolo ¿Qué puede ser mejor?

—¡Pero claro que no! Yo tenía la esperanza de entrenarte de lleno a partir de ahora. No puedes retirarte, por favor no —estaba realmente angustiado—. ¿Ya se lo comunicaste a la federación?

—Aún no. Y creo que no estarán muy felices conmigo, después de todo permití que un ruso se pusiera mi jersey en plena competencia ¿Sabes lo que es eso?—rio.

—Afortunadamente yo ya presenté mi retiro —rio, recordando que de todas formas nunca se había llevado bien con la federación rusa de patinaje.

—Lo haré la próxima vez que visite Japón.

—Amor, no te retires, por favor —tomó sus manos—. Permíteme ser tu entrenador por unos años. Yuuri ¡Sé mi pupilo!

El corazón del japonés se aceleró considerablemente. Eso le había sonado tan familiar, sólo que con otras palabras.

—Entonces… ¡Viktor!, sé mi entrenador hasta que me retire, por favor —lo abrazó por lo hombros, escondiendo su rostro en uno de ellos.

—Quisiera que nunca te retiraras.

A Yuuri se le hizo un nudo en la garganta.

—¡Ustedes! ¡Par de cursis ridículos! Es hora de salir.

Los dos se separaron sólo para ver a Yurio entrando a los vestidores, éste, al notar las lágrimas en los ojos de Yuuri, se asustó.

—¿Qué pasó? —llegó a su lado, los miró y dijo lo que de inmediato se le vino a la mente—. No… ¿Te vas a retirar?

—No lo dejé hacerlo —Viktor se puso de pie, sonriente y orgulloso. Se puso su chamarra blanco con rojo y suspiró después de respirar el delicioso aroma que ésta desprendía—. Huele a ti, mi amor —le lanzó un beso al aire a su prometido y éste sólo se sonrojó por la acción.

—Oye, viejo —lo codeó, mirando cómo Yuuri se ponía su chamarra—. ¿No te duele la espalda?

—No ¿Por qué?

—Cargaste al cerdo más de tres veces, pensé que no soportarías tanto.

—¡Oye! —exclamaron los dos al mismo tiempo, ofendidos por distintas razones.

El rubio se rio a lo grande y se soltó el cabello ante la sorprendida mirada de los otros. Nunca lo veían así.

—Ya vámonos, nos esperan. Es hora de salir a la pista.

En esa tarde se presentaron todos juntos en la pista. Se habían puesto de acuerdo para organizar una coreografía sencilla y divertida, con el propósito de despedir a la leyenda viviente del patinaje artístico sobre hielo. Cada uno había ensayado por su cuenta la canción "Another day of sun" y portando la ropa representativa de sus países, se divirtieron a lo grande patinando con todos sus amigos.

Fue un espectáculo que seguramente pasaría a la historia. Patinadores de todo el mundo se unieron en una última coreografía para despedir a uno de los suyos.

En la pista patinaron todos al ritmo de la canción, hicieron piruetas en grupo y algunos por su cuenta. En una parte de la canción cada uno tomó su turno para hacer un salto mientras los demás bailaban sincronizados.

La gente aplaudió al ritmo de la canción, estuvieron emocionados y entretenidos con el inesperado espectáculo.

Viktor no pudo estar más feliz. Patinó esa canción como si en verdad hubiese sido la última que patinaría en su vida.

Cada uno tuvo su turno de lucirse y de pronto llegó el momento en que todos hicieron pasos y piruetas por su cuenta, distribuidos por toda la pista, hasta que se aproximó el final, en ese momento todos se abrazaron por los hombros y patinaron juntos hasta terminar en medio de la pista.

El público gritó, aplaudió y golpeó sus pies contra el piso de las gradas, haciendo todo el escándalo posible.

Morooka habló al micrófono, igual o más conmocionado que el público. Impresionado al ver por primera vez tanta unión entre los patinadores de todo el mundo. No, no sólo era unión, era amistad.

El patinaje artístico sobre hielo había formado lazos de amistad y hermandad inquebrantables que traspasaban las barreras de comunicación, traspasaban la distancia y el tiempo. Había formado lazos que no se romperían fácilmente.

Esa tarde, Viktor Nikiforov se despidió de su público con una sonrisa inmensa y con un sentimiento de entera satisfacción en su ser.

La cena del banquete se dio al día siguiente, en la noche. Todo fue muy distinto para los patinadores. En esa ocasión nadie se quedó apartado de los demás, no, la cena del banquete fue todo un espectáculo.

Patinadores y entrenadores convivían en armonía, charlando y bebiendo alcohol hasta que las cosas se salieron un poco de control, tal como unos años atrás.

Yurio, levemente alcoholizado, retó a Yuuri en un concurso de baile. El japonés no tardó en aceptar, de ahí en adelante fue todo un espectáculo. Viktor se encargó de grabar cada segundo. Al reto de baile se les unió Leo, luego Phichit, J.J. y así uno a uno hasta que todos terminaron bailando en medio del salón. Algunos estaban más tomados que otros, pero definitivamente todos la estaban pasando genial. Incluso Viktor formó parte del baile.

A final de cuentas no hubo ganadores. Terminaron cansado y sedientos luego de bailar varias canciones sin parar.

Viktor y Yuuri bebían algo para refrescarse mientras se aflojaban las corbatas y se desfajaban para estar más cómodos.

—¿Ya estás ebrio? —inquirió Viktor con curiosidad.

—No, mi amor. Quiero recordar cada momento.

Sí estaba borracho, ambos lo estaban, pero no tanto como para olvidar cosas.

De pronto se escuchó un grito:

—¡Yuuri Katsuki Nikiforov!

Todos callaron y miraron al suizo, quien caminaba a pasos firmes y seguros entre la multitud, abriéndose paso hasta llegar al susodicho.

El aludido se sonrojó al escuchar cómo lo había llamado. En cambio, Viktor estaba que vomitaba arcoíris.

Cuando Chris llegó a él, lo apuntó con un dedo, luego se apuntó a sí mismo y finalmente a un par de barras para pole dance que estaban en medio del salón.

—¿De dónde rayos salió eso? —inquirió Yuuri.

—¿Aceptas? —lo miró, desafiante.

Yuuri no estaba tan borracho como en aquella ocasión. Le daba vergüenza. Además, aún había mucha gente en el lugar y ahora era mucho más conocido que antes.

Estuvo por refutar la invitación, hasta que vio el rostro iluminado e ilusionado de su prometido. Su expresión entera decía: "¡HAZLO!".

Tragó en seco y miró una vez más a Chris.

Tomó una copa de champagne y se la bebió de un solo trago antes de tomar a Viktor de la corbata y arrastrarlo tras de sí, decidido.

—Lo haré, pero él viene conmigo —se lo llevó hasta las barras de pole dance.

La gente comenzó a aplaudir, reuniéndose alrededor de las barras para tener una mejor vista hacia el show.

A Viktor le sudaban las manos, quería ver a Yuuri hacerlo, mas nunca se imaginó que lo arrastraría tras de sí. Y para ser sincero, le había encantado ese detalle.

Ahora el problema era descubrir cómo hacer pole dance.

Jamás en su vida lo había intentado. En cambio, su prometido y mejor amigo parecían ser expertos en ello.

—Yuuri, amor. Creo que es mejor que sólo observe, nunca lo he intentado y… —calló al ver a su amado desnudándose rápidamente, quedando sólo en esos bóxer negros que tan bien conocía.

¿Desde cuándo se había vuelto tan desinhibido?

Por un momento tuvo el impulso de quitarse el saco y cubrirlo con él para que nadie más viera a su preciado katsudon, pero estaba tan concentrado observándolo que dejó de pensar en cualquier cosa que no fueran esas preciosas piernas bien contorneadas, en ese abdomen plano con los músculos levemente marcados, en esa infinitamente sexy expresión que se cargaba. Yuuri era puro eros, y todo mundo lo estaba viendo.

Estaba a punto de ver a Yuuri de nuevo en acción.

—Espera —le dijo, antes de tomar la corbata que había tirado al piso, poniéndosela en la cabeza—. Ahora sí estás como hace varios años —soltó una risilla traviesa, olvidándose por un momento que estaban siendo observados por muchas personas.

Viktor se quitó la ropa al igual que Yuuri y Chris, recibió muchos aplausos y gritos, en especial de algunas de las patinadoras presentes. Listos y decididos se treparon a los tubos.

—¡Oye! —se quejó Yurio cuando su novio le cubrió los ojos.

—No es contenido apto para menores —estaba parado detrás de él, susurrándole eso al oído, divertido por sus explosivas reacciones.

—¡Déjame ver! —le quitó las manos de sus ojos—. Recuerda que soy mayor —refunfuñó.

—Sí, eres mayor —susurró en su oído, peligrosamente cerca de su piel. Había podido sentir su aliento, tanto que, se había imaginado esos filosos dientes sobre la piel de su cuello.

Un escalofrío recorrió a Yurio de pies a cabeza al reconocer ese tono de voz en su novio. No podía verle el rostro, pero podía imaginar su expresión seria y sensual.

—Podemos hacer cosas de mayores, en nuestra habitación —volvió a usar ese tono de voz tan grave. A Yuri se le puso la piel de gallina. Estaba seguro de que sus mejillas estaban muy rojas y no precisamente por el espectáculo de stripers que tenía en frente.

—¿Qué cosas? —habló en voz baja. Sólo Otabek podía escucharlo.

El kazajo no respondió con palabras, sólo coló sutilmente su mano por debajo del saco de su novio, reptando por su cintura para luego bajar de nuevo y aplastarle el trasero.

Entonces Yurio recordó que estarían un tiempo separados y que esa noche sería su última oportunidad para estar juntos antes de despedirse por un par de meses.

—Larguémonos de aquí —tomó la mano del kazajo y decidido caminó entre el tumulto de gente que veía el espectáculo.

Otabek había sido muy inteligente. No le agradaba la idea de que su novio viera a otros hombres desnudos. Quería que sólo lo viera a él.

Los dos jóvenes salieron del salón y se perdieron del gran show que se llevó a cabo después. Yuuri había subido hábilmente al tubo, demostrando que no había perdido sus habilidades, tal como Chris. Ambos estaban ya trepados y Viktor no veía la hora de subir al de Yuuri.

El ruso también se subió sin problemas, por un momento sintió que era pan comido, hasta que su cara terminó estampada contra el suelo. Se había caído vergonzosamente.

Yuuri de inmediato fue en su auxilio y Chris los miró desde su tubo, aguantando las inmensas ganas de reír.

—¡Amor! ¿Te encuentras bien? —lo ayudó a incorporarse.

—Sí —se llevó una mano a la nariz, le estaba sangrando.

—Ya decía yo que debía de haber algo en lo que no fueras bueno, Viktor —se burló el suizo—. Mejor ve a sentarte y disfruta del show —le guiñó un ojo y entonces miró a Yuuri—. ¿Vienes?

—Pero Viktor…

—Ve, mi amor. Esto no se me da, prefiero verte —no le importó admitir su derrota, él sólo quería ver a Yuuri danzando en el tubo, como hace varios años.

El japonés lo miró con preocupación, también a su nariz sangrante.

—No es nada —se rio, un poco avergonzado—. ¡Ve ya! —se puso de pie, tomó su ropa y se unió al público.

Yuuri volvió junto a Chris y retomó lo que hacía, mirando de reojo a su prometido.

—¿Te dolió mucho? —preguntó el canadiense, medio preocupado y un tanto divertido cuando vio a Viktor llegar a su lado. Estaban rodeados de muchas personas grabando el momento. Frente a todas ellas se encontraba Phichit, grabando cada segundo de lo que ocurría.

—La verdad, sí —se rio junto con él. Yuuri los miró a lo lejos y una gran sorpresa lo invadió al ver que estaban conviviendo sin querer golpearse.

Viktor sólo podía pensar en que todo aquello que Phichit se la pasaba grabando de seguro iba a terminar formando parte de una gran antología de recuerdos de su juventud. Ya podía imaginarse a sí mismo contándole todas esas experiencias divertidas a sus hijos.

No sabía por qué, pero andaba más sentimental de lo normal. Quizás se debía a la reciente propuesta de matrimonio.

En fin. Esa noche Viktor observó a su amado una vez más, sintiéndose orgulloso y más enamorado que nunca de es bello ser sobrenatural, sí, sobrenatural porque no parecían posibles las posiciones que hacía ¡¿Cómo rayos lograba ser tan elástico?!

En esa noche Yuuri terminó ganándole garrafalmente a Chris. No había quien venciera al japonés en pole dance. Y Viktor no podía estar más feliz por ello.

El cumpleaños de Yuuri estaba a sólo un par de días. Viktor lo sorprendió cuando cambiaron de hotel a uno mucho más bonito y privado, lejos de periodistas y camarógrafos. Ahí le dijo que era parte de su regalo de cumpleaños: unas vacaciones a París con el hombre más guapo del mundo, quien le había garantizado muchos susurros al oído con palabras lindas en francés. El japonés no podía con tanta felicidad.

Pero una noche antes de su cumpleaños, decidió darle a Viktor aquello que tanto anhelaba desde hace meses. No se había atrevido a darle ese obsequio por falta de preparación e información sobre el tema, pero una vez teniéndolo casi dominado, procedió a poner en práctica lo estudiado.

Esa noche, Viktor tomó un baño a solas porque su amado no quiso acompañarlo, hizo un tierno puchero que desapareció cuando salió del baño y vio que toda la habitación estaba a media luz, acompañada por pequeñas velitas por doquier, dando un aspecto romántico que contrastaba dramáticamente con ese sexy hombre de bóxer negro y de mirada pícara que balanceaba unas esposas en su dedo índice.

La mandíbula se le fue hasta al piso al verlo tan tremendamente sexy. De inmediato sintió cómo sus hormonas enloquecieron, más aún al verlo en esa pose tan despreocupada y ligera, apoyado contra el dosel de la cama.

—Ven a jugar conmigo, Vitya —no había sido una pregunta, sino una orden clara y directa.

Su sonrisa ladina y llena de lujuria provocó algo en Viktor que ni él mismo se esperaba.

—Juguemos.

Continuará…