Agape to Eros
By Tsuki No Hana
XXXVIII
"Cambios"
Durmieron durante casi todo el vuelo. Estaban exhaustos después de su larga y preciosa luna de miel. Habían disfrutado al máximo del clima caribeño y ahora volvían a San Petersburgo para descansar de sus vacaciones y comenzar la verdadera vida de casados.
Al llegar al aeropuerto de la ciudad pudieron sentir el brusco cambio de clima. Estaba helando a pesar de que era aún primavera. Iban tomados de la mano, cargando maleta en la mano libre mientras se dirigían a la salida para buscar un taxi. Nunca esperaron encontrarse a Yurio esperándolos, mucho menos que estuviera acompañado por Otabek.
Los recién llegados fueron de inmediato a su encuentro, felices de verlos de nuevo.
—¿Qué hacen aquí? —los saludó Yuuri con una gran sonrisa.
—Venimos por ustedes —giró un llavero en su dedo índice—. Vámonos —sonrió y se dio media vuelta rumbo al estacionamiento.
—Wow! Amazing! —dijo Viktor—. No creímos que alguien viniera por nosotros —siguió a Yurio junto con Yuuri y Otabek.
—¿Qué tal su luna de miel? —preguntó el rubio, con una media sonrisa muy coqueta, sin saber que se arrepentiría de aquello. Mientras tanto, buscaba con la mirada a la camioneta de su abuelo.
—Digamos que… muy placentera —Viktor tomó la cadera de su esposo y lo abrazó posesivamente—. Consumamos nuestro matrimonio cientos de veces.
—No lo dudo —hizo mueca de asco y se detuvo para mirarlos bien—. Se ven muy… —frunció los labios, sin saber cómo describirlo.
—Radiantes —completó Otabek, mirándolos también.
Y es que Viktor y Yuuri estaban radiantes a pesar del cansancio en su rostro. Estaban desvelados y tenían que acostumbrarse de nuevo al cambio de horario, pero la felicidad deslumbraba sus rostros. Sin mencionar que venían bronceados, resaltaban mucho entre la multitud paliducha del aeropuerto.
—Gracias por venir a recogernos —dijo Yuuri. Ya iban todos en la camioneta.
—A mí me preocupa —murmuró Viktor—. Yurio ¿Desde cuándo conduces?
—Desde hace una semana —sonrió victorioso—. Otabek me enseñó.
—Pero no tienes licencia.
El rubio no respondió, sólo sacó algo de su cartera y se giró en el asiento del piloto para restregársela en la cara a Nikiforov. Era su licencia recién sacada.
—Vaya… ¿No batallaste mucho, Otabek? —inquirió.
—Para nada, Yura aprende muy rápido.
Durante el camino al departamento, Viktor y Yuuri no dejaron de hablar sobre su viaje y sobre lo mucho que habían extrañado a Makkachin. Juraron que en el próximo viaje se lo llevarían con ellos.
Al llegar al edificio, dejaron sus maletas y llamaron a Irina para que les llevara a su fiel mascota cuanto antes, se morían por verlo.
Subieron por el elevador, y al llegar a la puerta indicada, Viktor dejó sus maletas en el suelo y después de abrir la puerta tomó en brazos a su Yuuri, muy al estilo nupcial.
—¡Viktor! —se quejó entre risas.
Otabek los miró con diversión mientras que Yurio sólo rodaba los ojos antes de tomar las maletas del piso y meterlas.
Viktor entró a su hogar con Yuuri en sus brazos.
—Estamos en casa —dijo con una sonrisa soñadora.
—Estamos en casa —acarició la mejilla de su amado. En su mano derecha brillaba el par de anillos dorados y preciosos.
Compartieron un dulce beso antes de que Viktor se decidiera a al fin bajarlo. Y justo en ese momento un enorme perro entró por la puerta principal.
Makkachin no lo pensó dos veces antes de echarse encima de sus amos, llenándolos de besos y amor, gestos que ellos correspondieron.
Detrás de él venía Irina, feliz de verlos de nuevo.
Los recién llegados dejaron su cansancio de lado y se dispusieron a recibir a sus visitas para platicarles todo sobre su viaje. Su luna de miel había sido simplemente hermosa.
Yuuri preparó té y unos bocadillos con la ayuda de Yurio mientras Viktor, Irina y Otabek se sentaron en la sala. Poco después los cinco se sentaron en la sala a charlar largo y tendido.
Horas más tarde los dos menores tuvieron que disculparse y retirarse, pues tenía cosas que hacer. Los nuevos esposos les agradecieron mucho que fueran por ellos.
El nuevo matrimonio se quedó solo con Irina, y entonces preguntaron:
—Quise preguntarlo desde que los vi juntos en el aeropuerto, pero preferí no ser tan directo… —comenzó Yuuri y luego Viktor lo interrumpió.
—¿Qué hace Otabek aquí?
Irina sonrió de lado y dejó su taza de té sobre la mesita del centro.
—Llegó hace una semana y media más o menos.
—¿Por qué vino? ¿Todo está bien entre ellos? Noté un poco raro a Yurio —Yuuri se preocupó.
—Entre ellos creo que sí, todo bien. Lo que pasa es que Nikolai está en el hospital.
—¡¿Qué?! —se espantaron.
—¿Qué le pasó? ¿Y por qué no nos dijeron nada? —Viktor se alteró un poco—. ¿Cómo está él?
Irina les explicó que casi sufrió un infarto en plena madrugada y Yurio entró en pánico al no poder llevar a su abuelo al hospital porque no sabía conducir y eso lo frustró un poco. Tuvo que llamar a una ambulancia. Nikolai estuvo en el hospital desde entonces, pues debido a su edad le habían encontrado ciertas fallas en el corazón. Lo tenían monitoreado, sin embargo aún no salía del hospital.
—¿Y por qué no nos dijo nada?
—Pensé que se los había dicho en el camino.
—No, no lo hizo —Yuuri entristeció, miró la hora y notó que ya era muy tarde como para ir a visitarlo al hospital, pero eso no lo detuvo de mandarle un mensaje a Yurio sobre eso.
—Entonces Otabek vino a apoyarlo —dijo Viktor.
—Claro que sí —sonrió Irina—. En eso es igualito a ti. No puede ver a su damisela en riesgo porque atraviesa un continente con tal de llegar a ella —se rio y Viktor igual.
Yuuri seguía concentrado en mandarle ese mensaje a Yurio, regañándolo por no haberles dicho nada al respecto y preguntándole por la salud de su abuelo, también le prometió que al día siguiente irían a visitarlo al hospital.
—De todas formas… Otabek tiene que regresar a Almaty a más tardar este fin de semana. Según entendí, pidió un permiso especial en su trabajo para venir a cuidar de Yurio.
—Vaya… —Yuuri suspiró. Eso de vivir a cientos de kilómetros de tu pareja era horrible, podía entenderlos.
OoOoOoO
Estaban muy cansados, había sido un día largo y debían recuperar sus horas de sueño perdido para levantarse temprano e ir a visitar a Nikolai.
Los dos se preparaban para dormir. Yuuri estaba ya en la cama, hecho un taquito por todas las cobijas que lo envolvían, tenía mucho frío. Notó con diversión que su amado también se sentía así. Se rio al ver que se acercaba al termostato para aumentar un poco la calefacción.
—¿Te dio frío? —se extrañó.
Viktor asintió antes de meterse a la cama de un brinquito. Se escabulló bajo las sábanas y cobertores hasta encontrar el lindo cuerpo de su esposo. Sin poder evitarlo coló una mano traviesa bajo su pijama y le pellizcó la barriga. No era mucho, pero Yuuri había subido un poco de peso, estaba cumpliendo con su palabra y estaba muy feliz de sentirlo blandito bajo sus manos, pero más feliz estaba de ver que su esposo disfrutaba de comer aquello de lo que se había privado por muchos años.
—Deja mi barriga —le pidió, inflando las mejillas.
—No —besó su mejilla, desinflándola.
—¡Tu nariz está helada! Todo tú estás congelado —se extrañó bastante. Por lo regular era Viktor quien siempre tenía calor y estaba ardiendo.
—Tengo frío —lo abrazó, pegándolo más a él y apoyando su mentón sobre la coronilla de Yuuri.
—¿Te estarás resfriando mi amor? —inquirió, separándose lo suficiente para inspeccionarlo.
—Quizás —entrecerró los ojos, se estaba quedando dormido.
—Ven acá —tomó su cabeza con ambas manos y le besó tiernamente la frente.
Viktor cerró los ojos por completo y se dejó consentir, siendo arrullado por los largos dedos de su esposo acariciándole el cabello.
—Descansa —acarició su rostro y no dejó de masajear su cuero cabelludo sino hasta que se quedó profundamente dormido.
Al día siguiente se levantaron para ir a ver al abuelo Nikolai. Lo encontraron de muy buen ánimo a pesar de su estado de salud.
—Yo estoy bien, no desperdicien su tiempo viniendo a verme —les dijo con una sonrisa sincera—. Lo mismo le digo a Yuratchka, pero no se aparta de aquí.
—Y no lo voy a hacer, abuelo —estaba cruzado de brazos y recargado contra la pared.
—Vamos, tienes visitas. No querrás que se la pase aquí en el hospital.
—No vine a hacer turismo ni nada por el estilo —dijo de inmediato Otabek, con su típica seriedad. Nikolai lo miró unos segundos en silencio antes de sonreírle y agradecerle con un simple asentimiento de cabeza.
—¿Y dónde te estás quedando? —le preguntó Viktor al kazajo.
—En casa de Yuri —respondió con simpleza.
El rubio no aguantó la risa al ver la expresión que puso Viktor, ni siquiera su abuelo se había escandalizado así cuando lo supo, es más… incluso había sido Nikolai quien sugirió que Otabek pasara esos días en su casa.
—Quiere decir que han estado todos estos días solos en tu casa. Solos, los dos, sin adultos —su cara era de pocos amigos.
Yurio iba a replicar y Yuuri iba a regañar a su marido, pero la estruendosa risa de Nikolai los detuvo.
—Viktor, no te pongas así. Son buenos muchachos —se limpió una lagrimilla por tanta risa.
Entonces Yurio y Otabek se sonrojaron ligeramente, aquello no pasó desapercibido por nadie.
Viktor suspiró y se cruzó de brazos con una linda expresión de disgusto. A Yuuri le dieron ganas de morderle una mejilla, pero se contuvo.
—Yuratchka, Otabek ¿No quieren ir a comer? Me gustaría hablar un rato a solas con estos dos. No les he dado mi sermón sobre el matrimonio y la paciencia —sonrió.
Los aludidos asintieron y salieron de ahí con tranquilidad.
—El abuelo está muy extraño. Ya nos sermoneó a nosotros y ahora a ellos —iba caminando por el pasillo con las manos en los bolsillos de su chamarra, muy serio y mirando hacia el piso.
—Es porque también los aprecia mucho —lo animó Otabek—. Quizás está algo sensible.
—Siempre ha sido muy sentimental a pesar de su apariencia dura —sonrió del lado, sin apartar la mirada del suelo. Casi chocó de frente con un camillero de no ser por su novio, quien de un jalón lo quitó del camino para que no lo golpearan con la camilla. Yurio se halló de pronto contra el fuerte pecho de su novio. Alzó la mirada y se topó con su expresión seria y preocupada. No pudo evitar sonrojarse un poco.
—Ten cuidado —le dijo simplemente antes de soltarlo y seguir andando por el pasillo, hombro con hombro rumbo a la cafetería.
Una linda sonrisa se formó en los labios del rubio cuando sintió la mano pesada de su novio posándose sutilmente en su espalda baja mientras caminaban.
Poco antes de que terminaran de comer, Viktor y Yuuri se les unieron. Los esperaron a que terminaran de comer para ir los cuatro juntos con el abuelo.
—¿Les dio el sermón? —preguntó Yurio con una sonrisa divertida.
Los aludidos despegaron la mirada de sus platos casi intactos y tardaron en responder.
—Sí —dijo simplemente Viktor.
—¿Tan mal estuvo? —se poyó con sus codos sobre la mesa, mirándolos de cerca.
—No —sonrió Yuuri, fue una sonrisa muy forzada.
—¿Qué demonios les pasa? —se desesperó—. No me digan que ya se pelearon de nuevo.
—Sí, Yuuri es un insensible que no quiere tener sexo en público conmigo.
—¡AH! No necesitaba saber eso.
—¿Entonces para qué preguntas?
Yuuri no dijo nada, sólo sonrió de lado y siguió comiendo muy apenas sus alimentos.
Luego de un rato se fueron juntos a la habitación del abuelo, pero al llegar notaron que la puerta estaba abierta. Y ahí, desde el pasillo… pudieron ver cómo intentaban resucitarlo.
Había tenido un paro cardiaco y al parecer llevaban más de ocho minutos intentando reanimarlo, sin éxito alguno.
Los cuatro se quedaron petrificados en el pasillo, sin saber qué hacer o cómo reaccionar, hasta que vieron cómo Yurio temblaba. Otabek no tardó en rodearlo con sus brazos y atraparlo contra su pecho para que no viera más hacia el interior de la habitación, pero Yurio lo empujó con fuerza y corrió hacia su abuelo.
Intentaron detenerlo, pero no fue posible, ni siquiera los médicos impidieron que llegara a su lado y tomara su mano. El dolor de Yuri era palpable en cada uno de sus gritos, pidiéndole a su abuelo que abriera los ojos, que no lo dejara solo. Era su única familia, le suplicaba que no se fuera. Pero era demasiado tarde, su médico principal ya había declarado su hora de muerte.
Todos salieron del cuarto. Viktor, Otabek y Yuuri se quedaron en el pasillo, decidieron que lo mejor era darle unos minutos de espacio, pero sólo eso, no más. No lo dejarían solo en esos momentos.
Otabek apretaba sus puños con fuerza al escucharlo sollozar de esa manera. Jamás lo había oído así, y eso le partía el alma.
Y no lo aguantó mucho. Entró deprisa al cuarto y tomó a su novio de los hombros, éste lloraba a mares sobre el borde de la cama, aferrado a su abuelo.
—Yura —le dijo con la voz más suave que pudo, intentó separarlo de su abuelo, pero el rubio no se lo permitió, ni siquiera lo miró.
—¡No! ¡Déjenme solo! —les gritó con furia y dolor—. Déjenme ¡Largo! —sollozó.
Otabek lo miró con tristeza, pero accedió a su petición. Sin embargo, antes de irse se inclinó un poco hacia su oído y le dijo algo que nadie más escuchó.
—No me iré. Estaré en el pasillo y me quedaré ahí hasta que estés listo.
Yurio no levantó su rostro, se quedó aferrado a su abuelo, llorando, suplicando porque eso fuera sólo una pesadilla.
Todos salieron de la habitación y se quedaron en el pasillo. Los médicos respetaron ese momento y dejaron que Yuri se despidiera de su abuelo. Comenzaron a preocuparse cuando pasó una hora y el rubio no salía del lugar.
Yuuri no aguantó la incertidumbre y entró para asegurarse de que Yurio estuviera bien.
—Se quedó dormido —susurró el japonés al llegar a su lado y verlo acostado sobre la cama, acurrucado a un lado de su abuelo, aferrado a él.
Otabek fue de inmediato hacia él y se le encogió el corazón al ver sus párpados rojos e hinchados, su carita aún tenía rastros de lágrimas. Le partía el corazón verlo así.
Entonces el médico entró a la habitación y al notar lo que pasaba, dijo en voz baja:
—Necesitamos trasladar el cuerpo.
Viktor frunció el ceño. Había contenido sus lágrimas hasta ese momento.
El kazajo no quiso despertar a su amado, así que lo tomó fácilmente entre sus brazos. Había llorado tanto que terminó exhausto y no se despertó cuando lo cargó. Parecía un muñeco de trapo.
—¿No ha despertado? —inquirió Yuuri al ver a Otabek bajando las escaleras. Regresaba de dejar a Yurio en su habitación.
—No.
—Debe de estar en shock —dijo Viktor, guardando su celular luego de informar a Yakov, Lilia y a Aleksi de lo ocurrido.
Estaban muy preocupados.
—No puedo creer que esto ocurriera así de pronto —murmuró Yuuri, sentado en la sala, junto a su esposo.
—Yo tampoco —secundó Viktor, pálido.
Había mucho silencio en la casa, tanto que hasta podían escuchar la respiración de ellos.
—Yura lo sospechaba —dijo Otabek, sorprendiendo a los otros dos—. Él conocía bien a su abuelo, estaba consciente de lo que podía pasar aunque no le dijera nada.
—Nikolai iba a hablar con Yurio, aún no sabía cómo, pero quería hacerlo —explicó Viktor, entonces se le quebró la voz—. ¡Nos lo dijo momentos antes de que nos fuéramos a comer! Él nos dijo… —no pudo más. Se llevó una mano al rostro, ocultando sus lágrimas.
Otabek tragó en seco, aguantando sus ganas de llorar también. Apreciaba demasiado al señor.
Yuuri consoló a su esposo, llorando junto con él, en silencio y abrazándolo.
—¿Qué fue lo que les dijo el señor Nikolai?
FLASH BACK
—No nos va a dar ningún sermón ¿No es así? —inquirió Yuuri con una triste seriedad.
La sonrisa de Nikolai desapareció por completo, meneó la cabeza y apretó las sábanas entre sus puños.
—Me estoy muriendo.
El matrimonio Nikiforov palideció por completo.
—¿Qué? No ¿Por qué dice eso? —Viktor se alteró un poco. Conocía al viejo de toda la vida, era casi como un abuelo para él. Escuchar esas palabras le causó un impacto muy grande.
—No me queda mucho tiempo. Ya estoy anciano —suspiró y bajó la cabeza, en realidad estaba fatigado—. Los médicos hablaron conmigo hace un par de días.
—¿No se lo ha dicho a Yurio? —inquirió Yuuri, igual de asombrado que su esposo.
—No he encontrado la forma ni el momento. Hasta hace unos años yo era lo único que tenía además de ti, Vitya.
El aludido entristeció.
—Y ahora mi nieto te tiene también a ti —señaló al japonés—. Y tiene a ese buen muchacho. Mi Yuratchka se quedará en buenas manos, yo lo sé.
—Pero él no quiere a nadie tanto como a usted —se le formó un nudo en la garganta.
—Lo sé, Viktor —sonrió orgulloso por ello—. Pero él los ama mucho a ustedes. Lo conozco mejor que nadie y sé que para él, ustedes son como sus hermanos mayores. No tienen idea de cuánto los quiere.
—Créame que sí la tenemos —sonrió con tristeza. Viktor no sabía qué pensar o decir. Por un momento se sintió muy abrumado y el pensar en la tristeza que sentiría Yurio al saber aquello… no, no le deseaba eso a su "hermanito". De pronto sintió que se desmoronaría, pero entonces percibió una cálida mano apretando la suya. Alzó la mirada sólo para toparse con los ojos castaños de su esposo, mirándolo con ese cariño que servía de aliciente para su pobre corazón.
—No sé cuándo pasará, pero cuando llegue el momento… quiero que estén con mi nieto —miró a Viktor—. Mi casa está ya a nombre de Yuratchka y las pocas pertenencias que tenemos también. En el banco hay una cuenta de ahorro para él. Dásela cuando ya me haya ido, son los ahorros de toda mi vida; son para él y su futuro —extendió su mano hacia la de los esposos y las tomó. Y con lágrimas en los ojos, dijo—: Cuiden mucho de mi nieto, él aún es muy joven y puede ser atolondrado a veces, no dejen que se descarríe. Sé que es una carga injusta para ustedes, un matrimonio recién hecho, pero… —fue interrumpido.
—No es ninguna carga —Yuuri, con lágrimas en los ojos, apretó la mano del anciano—. Cuidaremos de él, es nuestra familia también ¿Verdad, Viktor?
El aludido asintió solemnemente. No se atrevió a soltar palabra o su voz se quebraría.
—Es una promesa —prosiguió Yuuri—. Así que no se preocupe por ello.
—En ese caso… —suspiró y se recargó más contra sus almohadas—…me podré ir tranquilo —los miró a ambos—. Muchas gracias, muchachos, muchas gracias.
—¿Por eso ha dejado que Otabek y Yurio estén tan cerca el uno del otro? —preguntó el ruso.
Nikolai asintió.
—Cuando conocí a ese muchacho supe de inmediato que amaba a mi nieto, y conforme pasaba el tiempo e iba conociéndolo más, me iba sintiendo más feliz al notar que su amor es de esos que se presentan una sola vez en la vida. Sé que ellos algún día se casarán, como ustedes —se le inundaron los ojos en lágrimas que no dejó salir—. Hubiera dado lo que fuera por tener un poco más de tiempo y ver ese sueño cumplido.
Nadie dijo nada. Todos tenían un nudo en sus gargantas.
—Por eso permito que pasen tanto tiempo juntos, que duerman juntos, que disfruten su amor. Lo permito porque he visto que son lo suficientemente maduros como para hacer las cosas bien, además, Otabek Altin está educado a la antigua —rio suavemente al recordar cómo le pidió permiso para ser novio de su nieto y también cuando lo sorprendió sacando un pañuelo de su bolsillo para dárselo a Yurio.
—¿Los médicos están seguros de su diagnóstico? —preguntó Yuuri luego de un rato de silencio.
—Sí. Ya me vieron tres médicos diferentes —suspiró—. Ya estoy muy viejo —sonrió de lado.
Viktor tomó la mano del anciano y la apretó con respeto.
—Cuidaré de Yuri de la misma manera en que siempre lo he hecho: como mi hermano.
Ahora sí, Nikolai soltó un par de lágrimas.
—Gracias —se las limpió de inmediato—. Pero ahora… no sé cómo decírselo. Siento que no puedo.
—¿Quiere que lo ayudemos?
—No, es algo que yo debo hacer, pero sí pueden ayudarme después de que se lo diga. Estoy seguro de que saldrá corriendo de aquí, temo que haga alguna locura por descuidado, cuídenlo, por favor.
—Lo haremos —aseguró Yuuri.
—Se lo diré cuando regresen de comer. Por cierto ¿Ya comieron? ¿Por qué no van a alcanzarlos?
—No queremos que se quede solo, esperaremos a que regresen.
—Oh no, no se preocupen, vayan y coman —sonrió—. Y vuelvan luego de eso, hay algo importante que debo decirle a Yura.
FIN FLASH BACK
—Él sabía que en cualquier momento podía morir, pero nunca esperó que fuera tan repentinamente. Ni siquiera pudo despedirse de Yurio —Viktor estaba destrozado.
—Sí lo hizo. De alguna u otra forma lo hizo. Hace unos días tuvo una larga charla con nosotros. Fue ahí cuando Yura comenzó a sospechar.
Silenciaron al escuchar ruidos en la planta alta.
Los tres se levantaron de los sillones y subieron de inmediato. Yurio había despertado.
—¡Yurio! —exclamó Yuuri al verlo tirado en el piso del pasillo—. ¡Yurio! ¿Qué te…?
—Estoy bien —dijo con simpleza. Estaba tumbado bocarriba, mirando fijamente un punto indefinido del techo, ni siquiera se inmutó cuando Otabek apareció en su campo de visión.
—¿Qué haces ahí tirado? ¿Te duele algo? ¿Te caíste? —Viktor estaba asustado.
—Déjenme solo.
Su voz no tenía tono, era vacía, insípida. Lo que no sabían era que se había levantado para ir al baño, pero su estado anímico era tan deplorable que no pudo llegar, se tuvo que tirar en el suelo a medio camino porque no tenía más energías.
—Yurio… —Yuuri se hincó a su lado, iba a tocarlo, pero se detuvo ante su fuerte grito.
—¡Largo! ¡Váyanse de aquí! —exclamó con los ojos cerrados, aguantando sus lágrimas.
Otabek se le acercó y puso una mano en su hombro.
—¡Y tú también! —lo miró a los ojos, estaba furioso, pero Otabek no se inmutó, sólo miró a los otros dos y les hizo una seña con la cabeza para que se fueran, ya se encargaría él de su novio.
Y cuando al fin ni Yuuri ni Viktor estuvieron ahí, el kazajo se tumbó también en el piso, a un lado de su amado.
—Vete —le dijo con la voz quebrada, cubriéndose el rostro con el antebrazo—. No quiero que me veas así, vete.
El otro no respondió con palabras. Se recostó de costado en el suelo y pasó su pierna por encima de Yurio, aplastándolo antes de abrazarlo con una fuerza en verdad reconfortante.
Yuri sintió cómo todas sus barreras se vinieron abajo con ese abrazo. No pudo evitarlo y volvió a convertirse en un mar de lágrimas. Lloró, gritó y se desahogó en los brazos de su amado hasta que no pudo más, hasta que su garganta dolía y sus ojos no producían más lágrimas.
Mientras tanto, Otabek acariciaba los largos y rubios cabellos, éstos se encontraban sueltos, desordenados y enmarañados.
—Murió… —dijo en apenas un hilo de voz, con su rostro oculto en el cuello de Otabek, éste sólo siguió acariciando su cabeza—… es decir… —se sorbió la nariz—…ya sabía que algo así podía pasar, pero jamás iba a estar preparado. Finalmente me quedé solo.
Ahora sí, Otabek se separó bruscamente de él y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Entonces qué soy yo para ti? —fue rudo—. No vuelvas a decir eso, Yuri Plisetsky, tú no estás ni estarás solo, nunca ¿Lo entiendes?
Los ojos verdes, ya pequeños y enrojecidos por el llanto, se llenaron una vez más de lágrimas.
—Lo siento, tienes razón, lo siento —sollozó abrazándose a él con todas sus fuerzas, las cuales ya no eran muchas.
—Yura —lo llamó luego de un rato—. Vayamos a tu cama, ya no siento mi espalda.
—No me puedo levantar.
—Yura…
—En serio —admitió con la voz más débil que jamás le había escuchado—. No tengo fuerza, Beka, no puedo levantarme —suspiró.
—Yo te levantaré.
—No, no es necesario que… —muy tarde. Ya se había incorporado para tomarlo en brazos y llevarlo a la cama.
—Descansa —lo acomodó en el colchón.
—Quédate conmigo —le pidió, jalándolo de la camiseta para que se quedara con él en la cama.
Otabek se metió de inmediato y dejó que se abrazara a él como koala.
—Siempre… —le susurró mientras lo abrazaba y acariciaba sus cabellos.
Yurio cayó en un profundo sueño del que no despertó sino hasta el día siguiente.
Viktor y Yuuri se encargaron del funeral, dándose cuenta de que Nikolai ya había previsto todo, pues todo estaba arreglado y pagado. Lo hizo para que su nieto no tuviera que cargar con ese peso además de haberlo perdido.
Durante la ceremonia y el entierro, Yurio no se quitó los lentes de sol. El pobre apenas y podía abrir sus ojos. Durante todo ese tiempo estuvo bajo la atenta mirada de Viktor, Yuuri, Otabek y sus demás amigos. Temían que se desmoronara de nuevo, pero eso no ocurrió. El entierro terminó y se fue directo a casa. Sólo quería meterse bajo el montón de cobijas de su cama, abrazar a su novio y dormir por siempre. Ni siquiera aceptó ir a casa de los Nikiforov.
Apenas puso un pie dentro de su casa, se quitó los molestos lentes y los tiró en alguna parte. Con cada paso que daba hacia su habitación iba tirando una prenda. Se quitó el traje de vestir y terminó en bóxer antes de meterse a la cama. Otabek se acostó a su lado sin decir nada, le deshizo la coleta para que estuviera más cómodo y lo abrazó.
Cuando Yurio cayó rendido al sueño, Otabek se permitió acariciar sus mejillas, sus párpados hinchados, su cabello. Le partía el alma verlo sufrir así.
Dio un respingo cuando su teléfono celular comenzó a sonar. Se apresuró a silenciarlo, pero se mortificó al ver el número de donde lo llamaban. Ya tenía muchas llamadas perdidas de ahí, sabía que estaba en graves problemas, pero nada le importaba más que su Yura, el resto del mundo podía esperar.
Los días pasaron lentamente. Otabek no sabía cocinar, pero hizo un par de intentos que definitivamente Yurio no probó; por una parte porque tenía el estómago cerrado, y por otra porque tenía miedo de enfermar del estómago.
No comió hasta que Yuuri fue a su casa y le cocinó un poco de piroshkis de katsudon. Comió y lloró al mismo tiempo, recordando a su abuelo.
Se cumplieron dos semanas de la muerte de Nikolai cuando Otabek tuvo que decirle con mucho dolor que debía regresar a Almaty.
—Estaré bien —intentó sonreír, pero no le salió.
—No puedo dejarte en estas condiciones.
—¿Cuáles?
Una mirada de pies a cabeza de Otabek le bastó para entender. Yurio se había descuidado un poco en esas semanas. Vestía como indigente, no se peinaba el cabello y se bañaba y comía sólo porque Otabek lo obligaba.
—No me iré tranquilo.
—Vete tranquilo, estaré bien —le aseguró con una ligera sonrisa.
—Trataré de volver pronto, lo prometo.
—Sí —se acercó a él y lo abrazó tiernamente, recargando su cabeza en su hombro. Lo iba a extrañar horrores, pero no podía pedirle que se quedara más tiempo. Otabek tenía un trabajo y responsabilidades en su casa.
—Quizás cuando vuelva me traiga a alguna de mis hermanas. Quieren verte, mis padres también quieren venir. Estimaban mucho a tu abuelo.
Se le hizo un nudo en la garganta a Yurio.
—Mi madre ha preguntado mucho por ti —se separó del abrazo—. Y me propuso algo.
—¿Qué cosa?
—Ven a vivir conmigo a Kazajistán.
Los ojos verdes se abrieron con mucha impresión. Pero no tuvo que pensarlo mucho para responder.
—No, lo siento, pero no puedo hacer eso —intentó decirlo con el mayor tacto posible, señaló todo a su alrededor—. La casa de mi abuelo, Viktor, Yuuri, mi escuela. Todo está aquí, todo menos tú.
Ambos suspiraron. Odiaban la distancia que siempre terminaba separándolos.
—¿En serio tu madre propuso eso? —preguntó luego de un rato, con una pequeña sonrisita.
—Lo hizo —también sonrió—. Ella te quiere, creo que más que a mí —no bromeaba.
—Tonto —le pegó suavemente con el puño cerrado en un pectoral.
—Piénsalo. Quizás podrías ir una temporada, cuando estés de vacaciones —tomó el puño que aún estaba sobre su pecho y lo besó.
Yurio lo pensó, no sería mala idea. Después de todo siempre era Otabek quien viajaba, ahora le tocaba a él.
—Lo haré.
Cinco días habían transcurrido desde que Otabek regresó a Almaty, cinco días de silencio sepulcral en la casa. Fluvsky era su única compañía.
No podía dormir bien, tampoco comía mucho. No tenía ánimos y tampoco iba a la escuela. Estaba deprimido y no podía evitarlo por más que intentaba seguir adelante.
El cerdo y el anciano iban a diario a dejarle comida y a acompañarlo un rato. Pero esos momentos sólo eran muy incómodos. Los tres sentados en la sala, los mayores intentando sacar algún tema bueno de conversación y Yurio con la mente en otras cosas, sin ponerles atención realmente.
El quinto día les dijo que ya estaba bien, que no era necesario que lo visitaran más (Pues le era muy incómodo recibir visitas a diario) a pesar de que se sentía muy solo.
Al sexto día decidió ir a la universidad, pero sus ánimos estaban por los suelos y trataba sumamente mal a todo el que se le atravesara.
Diariamente tenía contacto con su novio, pero no era lo mismo. Él necesitaba tenerlo cerca para abrazarlo y reconfortarse con su calor, no tenerlo frente a él en una pantalla a miles de kilómetros.
Y así, sin previo aviso, Yuri Plisetsky armó maletas y se fue de casa.
Estaba sentado en la sala, leyendo un libro y con Yuuri recostado sobre sus piernas. Makkachin dormía sobre el japonés mientras éste navegaba en las redes sociales y veía las fotos de Aleksi con su familia. El bebé Alexei estaba cada día más precioso, Yuuri lo adoraba.
Su tranquila tarde fue interrumpida por el timbre de la entrada.
—Ve tú —le dijo Viktor, perezoso.
—No, tú.
—Estás sobre mí, no me puedo parar.
Yuuri rio.
—Makkachin está sobre mí.
—Uhmm…
El timbre volvió a sonar.
No tenían idea de quien fuera, lo curioso era que tocaban el timbre del pasillo, no del edificio.
Finalmente Yuuri se incorporó y abrió la puerta.
—Yurio —se asombró al verlo frente a él, con maletas en mano y Fluvsky asomándose desde su espalda, metido en la gorra de su chamarra—. ¿Está todo bien?
—Sí —se sonrojó levemente por lo que estaba a punto de pedirles.
Al escuchar que se trataba de Yurio, Viktor se incorporó también y los alcanzó en la puerta.
—Hola Yurio ¿Todo bien? —lo inspeccionó con la mirada, de pies a cabeza.
—Sí, sí —sonrió de lado, le costaba mucho, incluso le dolió la mejilla después de tener tanto tiempo de no hacerlo—. ¿Puedo quedarme con ustedes?
Yuuri y Viktor se miraron mutuamente y luego miraron al menor. A los dos les brillaban los ojos con intensidad.
—¡Por supuesto que sí! —dijeron al unísono, tomaron sus maletas por él y lo metieron al departamento.
—Gracias —se rascó la nuca, un tanto incómodo—. Ustedes hace tiempo me dijeron que podía quedarme aquí un tiempo y…
—Puedes vivir aquí, si así lo deseas —lo interrumpió Viktor.
—No, no, no —se alarmó, tampoco quería ser una molestia crónica—. Sólo un tiempo, mientras encuentro a alguien que quiera comprar la casa.
—¿Qué?
—No puedo seguir viviendo ahí. Hay recuerdos en cada rincón, no lo soporto.
—Pero es la casa de tu abuelo.
—Lo sé, viejo, lo sé —suspiró—. Pero estoy seguro de que esto no le molestaría. Además, es demasiado grande para mí solo.
—Entonces vive con nosotros —sugirió Yuuri, refiriéndose a que fuera de manera permanente.
—No puedo hacerlo —metió sus manos a los bolsillos de la chamarra—. Se acaban de casar y necesitan su espacio.
—Nos acabemos de casar o no… somos los mismos de siempre —le corrigió Yuuri.
—En eso tiene razón. Tenemos sexo a diario, nada diferente a como éramos de novios —aclaró Viktor.
—¡No necesitaba saber eso!
—Ya lo sabías de todas formas —se rio antes de tomar a Fluvsky del gorro de la chamarra, pero ésta lo arañó al instante—. Igualita a su dueño —se quejó el mayor, sobándose el arañazo.
Yurio rio un poco antes de tomar a su gatita entre sus brazos.
—Espero no ser una molestia, ayudaré con las tareas, les pagaré renta si es necesario —dijo con un tono demasiado serio y maduro. Yuuri y Viktor se preguntaron dónde habría quedado ese chiquillo malcriado.
—¡Por supuesto que no vas a pagar renta! Eres nuestra familia —Yuuri se tomó la libertad de abrazarlo, eso tomó por sorpresa al rubio, quien no respondió hasta momentos después, cerrando los ojos y disfrutando del cálido abrazo. El cerdo sí que sabía dar abrazos reconfortantes.
—Y nos sobran un par de habitaciones —se encogió de hombros—. Pero eso sí, tendrás que cocinar —sentenció.
—¡Viktor! —lo reprendió su esposo, separándose al fin del abrazo.
—¿Qué? —se encogió de hombros, riendo—. No me vas a negar que su comida es deliciosa.
—Tienes razón, pero…
—Mejor aún —Yurio los interrumpió a ambos, y con una sonrisa traviesa apuntó a Viktor con un dedo—. Le enseñaré a este anciano a no quemar la cocina.
Yuuri estalló en carcajadas, ya quería ver eso.
—¡Pero sí sé cocinar! —exclamó el aludido un tanto ofendido.
—Cariño, el té y el café no cuentan.
—¡Sé hacer hot cakes!
—Y nada más.
—¡Yuuri! —lloriqueó.
Yurio los miraba en silencio, sintiendo ese calorcito de familia que no sentía desde hace mucho tiempo. Sin duda alguna había hecho bien en acudir a ellos. Por primera vez en semanas podía decir que estaba feliz.
La vida de los tres se volvió mucho más interesante desde que Yurio comenzó a vivir con el matrimonio Nikiforov.
El adolescente era todo un buen amo de casa, cosa que sorprendió a ambos. Yurio se había vuelto organizado, cocinaba, limpiaba y se hacía cargo de su ropa. Era un joven responsable y le faltaba muy poco para terminar su carrera como chef.
Era nuevo y agradable para Viktor tenerlo en su casa. La rutina de cada uno se acomodó perfectamente a la de los demás. Viktor llevaba a Yuuri al trabajo en la mañana, dejaba a Yurio en la escuela y él se iba a trabajar con Yakov hasta que llegara la hora de ir por su esposo a medio día o en la tarde, dependiendo del horario que tuviera. Los dos se iban a casa y se daban unos cuantos cariñitos antes de que el rubio llegara de su trabajo en el restaurante.
—¡Wow! ¡Yurio! —silbó Viktor al verlo entrar a la casa con mochila al hombro y portando su uniforme.
—¿Qué? —dejó de teclear en su celular y miró a Viktor.
—Nunca te habíamos visto con esa ropa.
—Oh ¿Esto? —se miró a sí mismo con la filipina blanca de botones y su pantalón negro—. Los vestidores estaban llenos y yo ya quería llegar a casa —arrumbó la mochila en un sillón y se fue directo a su habitación—. Iré a cambiarme —dijo sin mirarlos.
—¿Oíste eso? —le preguntó Viktor a su marido. Ambos estaban en la mesa del comedor, bebiendo té.
—Sí, dijo "llegar a casa" —se le formaron unas pequeñas lagrimitas.
Ambos se tomaron de la mano por encima de la mesa. El pequeño Yurio les preocupaba demasiado. Sabían que la pérdida de su abuelo fue un golpe fuertísimo, y era muy triste que no tuviera a ningún familiar de sangre con vida, excepto su padre, pero de él no sabían nada, ni siquiera sabían quién era, la tía Yulia nunca habló sobre ello.
Y saber que poco a poco se iba sintiendo más cómodo los hacía muy felices.
—Iré a ver cómo está —Yuuri se puso de pie luego de un rato, pues Yurio no había salido de nuevo de su habitación.
—Está bien, iré preparando la cena —recogió su taza y la de Yuuri de la mesa.
—No, por favor.
—Es broma —rio y lo besó fugazmente en los labios antes de irse a la cocina.
El japonés llegó a la habitación de Yurio y tocó a la puerta, pero éste no respondió. Algo preocupado, se animó a abrir la puerta un poco, sólo para encontrárselo profundamente dormido. No se había quitado el uniforme, ni siquiera los zapatos. Estaba tumbado bocabajo en su cama, con Fluvsky sobre su espalda.
El pobre se veía cansado, respiraba pesadamente y sus mejillas estaban rojas. Yuuri pudo notarlo a pesar de la poca luz que se colaba desde el pasillo.
Se sentó a su lado en la cama y despejó su rostro de la maraña de cabellos rubios que lo cubría. Ahí fue cuando notó que estaba ardiendo. Tenía fiebre.
Se incorporó de inmediato y fue en busca de Viktor, le dijo lo que pasaba y rápidamente ambos pusieron manos en acción.
Momentos más tarde Yurio despertó, desorientado y cansado. A su lado estaba Yuuri, hablándole y diciéndole que debía tomar un medicamento. Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba arropado y vestido con su pijama, sobre su frente había un paño húmedo y a su lado descansaban Makkachin y Fluvsky, atentos a él.
—Toma esto —Yuuri le dio un par de píldoras y le extendió un vaso con agua. El aludido hizo caso.
—Gracias —se volvió a recostar.
—Tu fiebre bajó un poco —le tocó la frente y el rostro—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor.
—¿Por qué no nos dijiste que te sentías mal? —Viktor apareció detrás de Yuuri, con una mueca de enfado y una charola en las manos.
—No me sentía tan mal, sólo tenía mucho sueño —admitió y recibió la charola que el ruso mayor le ponía en el regazo—. ¿Tú lo cocinaste? —se espantó.
—Yo lo hice —aclaró Yuuri de inmediato—. Espero que te haga sentir mejor.
Las mejillas del rubio se tiñeron de un rojo más intenso.
—Siento ser una molestia —bajó la mirada.
—Basta de eso —revolvió sus cabellos con brusquedad—. No lo eres —no dejaba de revolverle el cabello.
—Viejo, ya, detente —trató de quitárselo de encima. Viktor sólo reía, le encantaba molestarlo.
—Por cierto, Otabek llamó. Estaba preocupado porque no le respondías el celular. Es mejor que le devuelvas la llamada antes de que decida volar hasta acá sólo para cuidar tu resfriado —se burló un poco.
—Viktor, ya no lo molestes.
—Oigan —les llamó antes de que se fueran—. ¿Quién me cambió de ropa?
—¡Yo! —Viktor levantó la mano, feliz de molestarlo un poco. Yurio iba a decirle un par de improperios, pero se detuvo cuando Yuuri habló.
—No le hagas caso, fui yo —se rascó la nuca—. Pensé que estarías más cómodo con tu pijama. Discúlpame si te molesté.
Las mejillas del rubio se tornaron casi violetas. No dijo nada, mejor se puso a comer el delicioso platillo que le preparó el japonés.
Así Yuri se quedó solo en su habitación, acompañado sólo por Makkachin y Fluvsky. A lo lejos escuchaba cómo el matrimonio iba "discutiendo", al final escuchó cómo ambos terminaron riendo y luego a Yuuri diciendo algo como "Aquí no, Vitya, Yurio nos va a escuchar".
Sintiéndose amado y consentido, terminó su cena y se acomodó entre sus mantas, listo para dormir, pero antes navegó un poco por las redes sociales, dándose cuenta de que a pesar de que ya casi se cumplía un mes de la boda de Viktor y Yuuri, el video de sus votos matrimoniales seguía en el top de lo más visto en la red.
Y es que Phichit Chulanont se había encargado de robarle al camarógrafo esa parte de la boda para ponerle subtítulos y que así todo el mundo pudiera entender la belleza de los votos de sus amigos.
Yurio no dijo nada y tampoco quitó el video. Se puso sus audífonos y lo vio por… había perdido la cuenta de cuántas veces había visto ya ese video. Y como en todas las ocasiones, una sonrisa estúpida se formó en su rostro. Él no era fan de las cursilerías, pero se trataba de su familia y muy en el fondo de su corazón anhelaba tener una boda con su novio, hacerse votos tan profundos como aquellos y vivir un matrimonio pleno como el de los Nikiforov-Katsuki.
Aún era temprano para dormir, pero el sueño lo estaba matando, quizás se debía a los medicamentos. Quería dormir, pero antes de eso llamó a su amado.
Lavaba los trastes sucios cuando Viktor llegó por detrás y besó su cuello. Pensó que se detendría ahí, pero no fue así. Sintió sus manos colándose por debajo de su playera, acariciando su piel con firmeza. No era una caricia sutil, oh no. El beso en su cuello descendió hasta su hombro, donde dejó una mordida muy notoria.
Yuuri gimió descaradamente cuando la mano derecha de Viktor le dio un apretón desde atrás, agarrando todo lo que su gran mano podía.
—Shh… te va a escuchar Yurio —le susurró en el oído, sin detener su tarea.
—¿Qué haces? —jadeó lo más bajo que pudo, intentó girarse para encarar a su esposo, pero éste no se lo permitió, así que se conformó con verlo por sobre su hombro.
—El amor con mi esposo.
Las piernas de Yuuri temblaron como gelatina cuando sintió la mano de Viktor directamente sobre su miembro. ¿En qué momento le había metido la mano al pantalón?
—Oh… —gimió lleno de placer al sentir cómo masajeaba su pene con una mano y cómo lo abrazaba por el torso con la otra, pegándolo a su fuerte cuerpo detrás de él.
Viktor movió su cadera hacia delante un par de veces, dándole unas pequeñas embestidas, lo suficiente para que Yuuri sintiera lo muy excitado que ya estaba.
—Por Dios, Viktor ¿Qué te puso así? —se sostuvo de la orilla del fregadero con ambas manos para no caer al piso por el buen trabajo que hacía su amado.
Viktor dejó de besar su cuello y susurró:
—Siempre me pones así, sólo me basta con verte.
Yuuri iba a replicar algo, pero no pudo, su mente se nubló por el placer. Su esposo andaba muy candente últimamente. De pronto y sin razón o motivo alguno, lo empotraba contra la pared más cercana y tenían sexo.
Viktor cerró la llave del fregadero que se había quedado abierta y giró a su amado para tenerlo de frente.
Sus alientos calientes y respiraciones agitadas se mezclaron antes de unirse en un profundo beso. La lengua de Viktor se introdujo en la boca de Yuuri con maestría hasta robarle el aliento. Sus narices rozaban una con la otra cada vez que cambiaban la posición del beso. Sus manos ansiosas tocaban el cuerpo del otro con desesperación. Yuuri llevó sus manos al trasero de Viktor y lo apretó a su antojo, haciéndolo soltar un leve quejido, amaba hacerle eso, escucharlo gemir por su causa. Dejó su trasero en paz y bajó las manos para poder hacer lo mismo con sus piernas, amaba esas piernas torneadas y fuertes, tan largas y preciosas. Sonrió dentro del beso cuando Viktor hizo lo mismo con él, pero con un poco más de fuerza, amasando todo lo que tenía a su paso.
El japonés gimió con más fuerza cuando Viktor alzó su rodilla y la presionó contra la entrepierna de su amado. Frotó su rodilla un par de veces hasta que Yuuri se molestó.
—Basta —jadeó y llevó una mano hacia el pantalón de Viktor. Lo desabrochó y sacó su miembro erecto. Entonces lo empujó hasta que Viktor chocó de espaldas con una encimera—. Súbete —le ordenó Yuuri.
El aludido no se quejó. Se sentó en la encimera y vio con gusto y excitación cómo Yuuri se inclinaba sobre él para llevarse el miembro a su boca. Eso no se lo esperaba.
Fue el turno de Viktor para jadear. Se llevó una mano a la boca para evitar que tanto ruido saliera de su boca. Y es que Yuuri se había vuelto experto en darle placer de esa manera. Su lengua ya sabía qué lugares tocar y cuándo succionar. Ambos ya se conocían casi lo suficiente como para saber qué era lo que quería el otro sin que lo dijera.
—Oh Yuuri… —tomó su cabeza con cuidado y lo guio en ese sube y baja, enredando sus dedos en esos finos cabellos ébano. Los lentes del japonés cayeron al suelo, pero ni siquiera eso los detuvo.
Viktor abrió más sus piernas y se recargó contra un pequeño mueble que guardaba las especias.
Ambos intentaban no hacer ruido, pero era imposible que el sonido de la boca de Yuuri en el pene de Viktor no se escuchara. La cocina estaba inundada de sonidos muy lascivos y bastante eróticos.
El ruso increíblemente se sintió próximo a correrse, y no quería que fuese de esa manera.
—Yuuri, ven —se bajó de la encimera y ahora arrinconó a su esposo contra ella. Lo besó en los labios, percibiendo un curioso sabor en ellos mientras desabrochaba ágilmente el pantalón de su amado. El pantalón se le cayó hasta las rodillas, junto con el bóxer azul que traía puesto. Viktor vio esa erección bajo la tela y se relamió los labios, cambiando los planes un poco.
El ruso se arrodilló en el suelo y mordió ese bulto que alzaba la tela del bóxer.
—¡Viktor! —exclamó un tanto adolorido por la acción, pero tremendamente excitado. Bajó la mirada y se topó con la oscura mirada celeste de su esposo. Lo miraba con picardía y una sonrisa muy traviesa.
—¿Te molesta que haga… esto? —mordió y humedeció con su saliva toda la extensión del pene de Yuuri, éste estaba apresado bajo la ropa interior, apretado hacia la derecha. Viktor se detuvo en la punta y dio un pequeño mordisco ahí.
Yuuri gimió con más fuerza. Las piernas le temblaron y por un momento deseó estar sentado en la encimera para no caer. Mayor fue su placer cuando finalmente Viktor le bajó el bóxer y engulló su miembro en su totalidad. Tuvo que morderse una mano para no hacer tanto escándalo.
Con su mano libre jalaba un poco los cabellos platinados de su esposo. Bajó la mirada al sentir una deliciosa succión, y fue ahí cuando vio que Viktor no le había quitado la mirada de encima, haciendo el momento aún más intenso.
El ruso aprovechó que su esposo lo miraba para llevar su miembro hacia su carrillo, haciendo que se notara mucho el pene de Yuuri dentro de la boca de Viktor.
Increíblemente Yuuri se avergonzó y se cubrió el rostro con ambas manos. Viktor iba a reírse de su cerdito, pero en ese momento se les fue la sangre hasta los pies a ambos al escuchar pisadas. No supieron qué hacer, se quedaron inmóviles.
—Cerdo, voy a salir un momento. Tengo una llamada pendiente con Otabek y necesito un poco de aire fresco —le dijo desde el pasillo.
Una barra que usaban a veces de comedor los separaba, así no pudo notar que Viktor estaba de rodillas, con el miembro de Yuuri entre sus manos, atento a cualquier movimiento.
—E-está bien, Yurio. Ten cuidado —ni siquiera fue capaz de preguntarle si ya se sentía mejor. Sólo vio que se acercaba a la puerta de salida, sintiendo un gran alivio por ello.
—Oye —regresó sobre sus pasos—. ¿Estás bien? —frunció el ceño.
—¡Sí, sí, sí! —le restó importancia con un gesto de su mano.
—Estás completamente rojo. ¿Te contagié la fiebre? —comenzó a acercarse.
—¡No! —exclamó con más efusividad de la necesaria—. Estoy bien, Yurio, ve a hacer la llamada antes de que se haga más tarde.
El aludido alzó una ceja, no dejaba de mirarlo extraño.
Y Viktor no tuvo piedad de eso. Aprovechó que tenía el pene de Yuuri entre sus manos para acercarlo a sus labios y succionar en silencio la punta.
El pobre japonés casi se desmaya ahí mismo. Bajó una mano hasta los cabellos de Viktor y se los jaló.
—Bien, vuelvo en un momento —finalmente se giró y se fue.
A penas se cerró la puerta, Yuuri comenzó a regañar a su esposo.
—¡¿Pero qué demonios te ocurre?! ¡Yurio pudo…! ¡AH! —no pudo continuar. Viktor había engullido de nuevo todo su miembro mientras que al mismo tiempo masajeaba sus testículos.
Ahora sí, Yuuri no contuvo sus gemidos.
—Eres un… tonto… ¡ah!
—¿Seguro? —esbozó una sonrisa tremendamente descarada antes de ponerse de pie para girar a Yuuri y empujarlo contra la encimera.
El cuerpo del japonés quedó presa de Viktor, éste metió su mano por debajo de la camiseta de Yuuri y acarició toda su piel hasta bajar a su trasero y darle una fuerte nalgada. Yuuri gimió con fuerza y sin inhibiciones, su mejilla estaba pegada a frío mármol de la encimera mientras sus manos buscaban de qué agarrarse. Su trasero estaba por completo a merced de Viktor, y eso le gustaba.
—Abre un poco tus piernas —le pidió y Yuuri obedeció.
—¿Lo vamos a hacer aquí?
—¿Tú qué crees?
—¿Qué haces? —cuestionó al escucharlo remover unas cosas de la repisa que estaba sobre la estufa.
—¡Aquí está! —destapó la botella y vació su contenido en la espalda baja de Yuuri y en su trasero.
—¿Es eso aceite de oliva? —inquirió, sorprendido cuando el aroma a oliva extra-virgen llegó a su nariz.
—Yep —puso otra cantidad sobre su pene y distribuyó bien el líquido en toda su longitud.
Yuuri rio, aun dentro de toda esa lujuria.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —volvió a reír.
—¿Sexo en la cocina?
—Aceite de oliva como lubricante —siguió riendo hasta que sintió una intromisión repentina y un tanto dolorosa.
Viktor no esperó a que Yuuri se acoplara, comenzó a embestirlo con frenesí mientras enterraba sus manos en sus caderas que ahora tenían un poquito más de volumen que antes.
—Oh, Viktor ¡Oh!
—Tenemos que hacerlo rápido, antes de que llegue Yurio —dijo entre dientes, apretándolos por la excitante sensación de envoltura que le daba su esposo. Estaba deliciosamente apretado.
Yuuri alzó sus caderas, levantando su trasero y haciendo que Viktor entrara desde un mejor ángulo. Esto los volvió locos a ambos.
—Viktor… yo…
—Córrete, hazlo —jadeó, él estaba a punto de hacerlo también.
Yuuri se vino con intensidad. Sus gemidos resonaron en todo el departamento y sus piernas temblorosas no pudieron sostenerlo más. Dejó todo su peso sobre su torso que descansaba sobre la encimera y trató de recuperar su aliento, pero no le fue posible, pues Viktor siguió bombeando, incluso con más intensidad que antes. Supo que se vendría muy pronto cuando enterró sus dedos en sus nalgas sin cuidado alguno.
No quería perderse de esa vista, así que giró un poco su cabeza por sobre su hombro para mirar de lado a su esposo. Tenía los ojos cerrados y apretados, gotas de sudor surcaban su rostro. Los músculos del cuello se le marcaban más con cada embestida, y sus labios… mordía sus preciosos labios.
Abrió los ojos sólo para toparse con la coqueta y curiosa mirada de Yuuri, quien le sonreía con picardía.
—Amo las caras que haces cuando estás por correrte —le dijo con la voz más sensual que pudo, eso estremeció a Viktor de pies a cabeza.
—¿Sí? —jadeó, disminuyendo un poco el ritmo para disfrutar de esa fricción tan íntima entre sus cuerpos. Sus mejillas enrojecieron cuando notó que Yuuri soltaba una risilla al verlo, así que, como venganza, lo embistió duro y hasta el fondo, arrancándole un grito—. ¿Ahora quién hace esas caras?
—Viktor… —se quejó, agitado y sintiendo cómo su pene endurecía poco a poco. Apretó su ano repetidas veces, haciendo que Viktor se corriera de inmediato.
—¡Oh!... eres un tramposo —jadeo, tumbándose sobre la espalda de su amado, jalándole la camiseta para besar mejor su cuello. Cuando terminó de eyacular dentro de su esposo, movió sus caderas hacia atrás, listo para salir por completo, pero a la mera hora tuvo otra idea.
Tomó sus nalgas y enterró con fuerza su pene entre ellas.
Yuuri soltó un gritillo agudo, lleno de sorpresa.
—¡Viktoru! ¡Ah!
—Lo siento amor, no pude resistirlo —sonrió complacido.
—¿Tan rápido? —no podía creer que ahora Viktor lo igualaba en resistencia.
—Ni digas nada —lo levantó de la encimera para abrazarlo fuertemente desde atrás y devorar su cuello a besos—. Tú estás igual —apretó su miembro con suavidad, usando su mano.
—Vamos a la recámara —pidió, inundado en éxtasis, sus piernas no podían detenerlo más en pie. Viktor lo notó, así que lo cargó y se lo llevó en brazos al estilo princesa. En el camino fue llenándolo de besitos en todo el rostro, agradeciéndole de esta forma que aceptara cada locura que se le ocurría, pues Yuuri sólo estaba lavando los platos y terminaron en eso.
—¿¡Por qué el aceite está regado por toda la cocina?! —el grito de Yurio se escuchó en todo el departamento. Así Viktor y Yuuri se dieron cuenta de que ya había llegado. Los dos estaban en su cama, exhaustos, desnudos y haciéndose pequeños mimos.
—Demonios —masculló Yuuri al recordar algo. Viktor se había corrido dentro de él, pero él… lo había hecho contra la encimera y Yurio no tardaría en…
—¡Con un demonio! ¡Son unos cerdos asquerosos! Es la cocina ¡La cocina!
—Al parecer encontró tu rastro —se burló Viktor. Yuuri se sonrojó hasta las orejas, pues era cierto que no se habían molestado en limpiar, ni siquiera eso.
—¡¿Tenían que hacer sus cochinadas ahí?! —se escucharon sus pasos pesados caminando hacia la habitación.
Hubiera entrado de no ser por la corbata que estaba colgada de la perilla de la puerta. Era un código que tenían entre ellos. Yurio quedaba advertido con esa prenda, si estaba colgada ahí, significaba peligro.
Dio un par de golpes con su puño en la puerta. Se oía de verdad afectado por lo que vio y por lo que seguramente se imaginó.
—¡Ustedes van a limpiar esa asquerosidad!
Ninguno respondió, esperaban que el rubio creyera que estaban dormidos, lo cual era muy poco probable por sus gritos y patadas a la puerta.
—¡Y van a desinfectar cada rincón de ese lugar o no volveré a cocinarles! ¡Ni a comer cualquier cosa que provenga de esa cocina!
De nuevo no respondieron.
—Dios, no volveré a ver igual al aceite de oliva —murmuró más tranquilo. La pareja escuchó sus pasos alejándose de ahí.
—¿Crees que lo traumatizamos? —preguntó Yuuri en voz baja, en un murmullo travieso.
—De-por-vida.
Se echaron a reír como locos.
Yuuri se estiró perezoso en la cama y soltó un gran bostezo. Viktor aprovechó eso para atraparlo entre sus brazos y arrastrarlo hacia él.
—¡Me haces cosquillas! —se quejó el japonés con voz ronca al sentir que Viktor acariciaba la cara interna de uno de sus muslos.
—Eres tan cosquilludo —besó la punta de su nariz y sonrió al verlo todo despeinado y cansado. Amaba verlo agotado por tener tan buen sexo con él.
—Tú también.
—No tanto —se tragó sus palabras cuando Yuuri deslizó un dedo por toda su columna vertebral, desde su nuca hasta su coxis. Subió su mano hasta acariciar esa cicatriz en su espalda baja.
—No puedo creer que seamos tan felices —susurró Yuuri en medio de una íntima letanía.
—Créelo —peinó sus cabellos hacia atrás, despejando su frente—. Créelo, mi amor —besó sus labios con ternura—. Dios, podría besarte todo el día y no me cansaría.
—Yo tampoco, pero mis labios ya están muy hinchados —sonrió—. Los tuyos también.
—Me mordiste.
—Lo siento —acarició los labios de Viktor con un dedo, amaba esos labios delgados y finos, tan preciosos. El ruso cerró los ojos y disfruto de la caricia.
—¿No tienes frío, mi amor?
—No, Vitya. ¿Tú sí?
—Un poco.
—Vaya —se asombró mucho—. ¿De cuándo acá eres friolento?
—Tú sólo abrázame —le pidió entre risillas. Se giró para luego encajar perfectamente en los espacios que el cuerpo de Yuuri a sus espaldas le brindaba.
Yuuri lo abrazó desde atrás, por lo regular siempre dormían al revés, era Viktor quien lo abrazaba desde atrás, pero ahora era él quien quiera ser abrazado y eso le encantaba el japonés. La diferencia en el tamaño de sus cuerpos era suficiente como para que Yuuri no pudiera rodearlo tal como Viktor lo hacía, pues a final de cuentas el ruso era más corpulento en todos los aspectos, pero eso no impidió que Yuuri lo abrazara y posara sus manos en el vientre y pecho de su esposo.
—Te amo, Yuuri —le dijo de pronto, tomando una de sus manos y besándola largamente.
—Yo también te amo Vitenka —depositó un besito en su hombro desnudo.
—Amor.
—¿Sí?
—¿Te estás poniendo duro?
—N-no.
—Mentiroso. Te siento en mi trasero.
—L-lo siento. Sólo ignóralo.
—¿Ignorar al pequeño Yuuri? ¡Nunca! —empujó su trasero hacia atrás, incitándolo.
—V-Viktor, ¿Qué haces? ¿Quieres hacerlo de nuevo? —estaba en verdad sorprendido. Llevó una mano discretamente hasta la entrepierna de su esposo y notó que él no estaba excitado.
Se avergonzó un poco.
—Hace tiempo que no me lo haces —acarició los brazos que lo rodeaban—. Hazlo.
—¡N-no! Tú no tienes ganas ahora, no me lo digas sólo por complacerme. Cuando lo hagamos será porque ambos tenemos ganas, no sólo uno. Además, tú siempre has sido bueno conmigo en ese aspecto, te preocupas por mi bienestar y te aseguras de que yo esté de ánimo. Así que no te voy a pedir que lo hagamos cuando ya estás cansado —besó su mejilla con una ternura infinita.
—Wow, Yuuri —dijo con voz cantarina—. Eres todo un caballero —se giró y se lo agradeció con un dulce beso en los labios—. En ese caso permíteme al menos hacer esto —acarició el pecho de Yuuri y descendió lentamente hasta llegar a su pene.
El menor se quedó acostado bocarriba mientras Viktor estaba de lado, con una pierna sobre las de su esposo, masturbándolo bajo las sábanas y besando uno de sus pezones.
Yuuri supo en ese momento, por enésima vez, que se había sacado la lotería con ese hombre tan maravilloso.
—Amor ¿No has vuelto a tener contacto con tu padre? —preguntó con mucho tacto.
—No desde la boda —respondió, mirando lo que tenía apuntado en la lista del supermercado y surtiendo esos artículos.
Yuuri siguió empujando el carrito mientras su amado echaba todo lo que necesitaban. Se sintió aliviado al ver que no reaccionó tan mal como antes. Al parecer había sido bueno que Dimitri fuera a la boda.
—¿Y si… de pronto te lo topas en alguna parte?
—¿Por qué lo dices? —levantó la mirada de la lista y justo frente a él, a unos diez metros, se encontraba su padre junto a aquel hombre que también asistió a la boda. Ambos traían un carrito, y el hombre rubio, cuyo nombre ya había olvidado, parecía regañarlo. A pesar de eso, su padre tenía una expresión estoica mientras echaba al carrito un montón de comida chatarra.
Yuuri no pudo evitar reír y pensar: "De tal palo, tal astilla".
—¿Quieres ir a saludar? —preguntó esperanzado, con una sonrisa.
—Vámonos antes de que nos vean —dijo en voz baja, arrebatándole el carrito y yéndose de ahí pronto.
—Viktor… —le dijo con reproche, suspirando y siguiéndolo.
—¡Viktor, Yuuri! ¡Hola! —la voz alegre y fuerte de Andrew los hizo detenerse en seco.
—Demonios —masculló Viktor, girándose para encararlos. Vio el rostro sorprendido de su padre, cuya expresión cambió de inmediato a una de completa seriedad.
Andrew tomó el carrito y fue de inmediato hacia ellos, haciendo que Dimitri suspirara y lo siguiera.
—Qué sorpresa encontrarlos aquí —sonrió ampliamente el rubio.
—Lo mismo digo —saludó Yuuri con una sonrisa. Luego ambos vieron a padre e hijo, los dos con la misma cara de pocos amigos.
—Lo siento viejo, ya no había helado de chocolate —Yurio llegó a su lado y en vez de helado de chocolate, echó uno de vainilla.
—¿No había de fresa? Odio la vainilla —dijo Viktor, de mal humor. Entonces Yurio miró al frente y notó que no estaban solos—. Oh, hola —saludó simplemente.
Dimitri había visto a Yurio en la boda, a lo lejos, pero no tuvo la oportunidad de hablar con él. Y Andrew… él estaba completamente sorprendido al verlo.
—¿Quién eres tú?
—Yuri Plisetsky —respondió con seriedad, mirándolo con sus ojos filosos.
—Eres idéntico a Yulia —murmuró, aún sorprendido.
—¿Conoció a mi madre? —se asombró.
—¡¿Yulia era tu madre?! —no cabía en sí de la impresión—. Pero tu apellido es…
—No llevo el de mi padre.
—Ya veo —recuperó su compostura—. Es un gusto conocerte, Yuri —no podía dejar de verlo, era idéntico a ella, sus mismos ojos, su expresión ¡Su seriedad!
—¿Cómo están? —se animó a preguntar Dimitri, de brazos cruzados, mirando a los tres frente a él.
—Bien ¿Y tú? —respondió Viktor.
—Bien.
—¡¿Por qué no me dijiste que Yulia tuvo un hijo?! —codeó a su amigo con fuerza, sin dejar de lado el tema ya zanjado.
—Nunca preguntaste —frunció el ceño—. Si no mal recuerdo, en esa época estabas en Inglaterra.
—Nosotros ya nos vamos —se despidió Viktor, aprovechando que los dos mayores estaban enfrascados en su discusión.
—No seas grosero, Viktor —le dijo Yuuri en voz baja.
—No lo soy, ya me despedí. Vámonos, que el helado se va a derretir.
—Ni siquiera te gusta este helado —lo molestó Yuuri.
—Con mayor razón, vamos a buscar en otra tienda, quiero de chocolate —parecía niño mimado.
—Oh… tal parece que tu padre te ganó el último galón —dijo Andrew, apuntando toda la comida chatarra que el mayor traía consigo.
Viktor lo miró y frunció el ceño.
—Hasta luego —se giró y se fue.
—Que madurez, viejo —se burló Yurio en voz alta.
Yuuri suspiró pesadamente y miró a Andrew, quien le sonreía.
—Bueno, nosotros también nos vamos. Fue un gusto verlos —dijo amablemente el rubio mayor.
Dimitri seguía de brazos cruzados frunciéndole el ceño al japonés.
—Hasta luego —dijo Yuuri con una leve sonrisa. Ese amigo de Dimitri le caía muy bien.
Tomó el carrito, listo para darse media vuelta y seguir a su esposo, pero se detuvo cuando alguien puso algo pesado dentro del carrito.
Era Dimitri, dejando el galón de helado. No dijo nada, sólo miró severamente a Yuuri y se alejó.
—¿Está seguro? —preguntó el japonés, mirando la ancha espalda del mayor alejarse. Éste sólo levantó una mano sin voltear a verlo.
—Por eso el viejo está tan mimado, siempre le dan lo que quiere —frunció los labios chistosamente.
Yuuri soltó una risilla. Yurio tenía razón.
—Vámonos —lo tomó de la manga de la chamarra y se fueron de ahí.
En cuanto a Viktor… su pobre mente estaba hecha un caos. Seguía repudiando a su padre, pero a veces era difícil hacerlo, más bien, era agotador.
Entonces recordó el día de su boda, lo bien que se sintió esa noche al dar tregua a su odio por unas horas. Había sido agradable y fue muy reconfortante ver que su padre había decidido finalmente regresar a la fiesta y quedarse ahí a festejar con todos. Claro, no abandonó el rincón en el que estaba y tampoco convivió con el resto de invitados, pero al menos estuvo presente y brindaron a la distancia. Recordaba ese momento en el que ambos conectaron sus miradas y alzaron sus copas para brindar en silencio.
—El viejo está de mal humor —reconoció Yurio al verlo caminar en frente de ellos, lento y con las manos en los bolsillos. No veían su rostro, pero estaban seguros de que estaba enojado—. Dame esa cosa y ve con él —le quitó el carrito.
Yuuri le sonrió y se adelantó a alanzar a su esposo. Lo sorprendió desprevenido llegando a su lado y tomándolo del brazo para abrazarse a él. Viktor lo miró y al instante le dedicó una linda sonrisa, saliendo de su mal humor.
Yurio veía todo desde atrás, iba con ambos brazos apoyados en el carrito, empujándolo y viendo cómo esos dos se profesaban amor cada segundo del día. No podía negar que sentía un poco de envidia. Desde que vivía con ellos podía ver cómo era su vida cotidiana, era muy tranquila y agradable. No muy en el fondo, Yurio quería algo así con su Otabek, pero entristecía al recordar la distancia entre ambos. El kazajo tenía su vida en su país y él tenía la propia en Rusia.
Se desanimó hasta que recordó algo muy importante: Viktor era ruso, Yuuri era japonés ¡Y estaban juntos! Entonces Otabek y él podrían hacerlo también.
Y así, con ánimos renovados, decidió seguir con su vida tal como era. Quizás tardarían un tiempo, pero sabía que al final él y su novio podrían tener una vida como la del matrimonio Nikiforov-Katsuki.
Viktor atendía una llamada mientras ambos Yuri hacían la cena. Los dos veían cómo el ruso mayor caminaba de un lado a otro mientras charlaba con su hermano.
Aleksi y Viktor charlaban por teléfono al menos una vez por semana, pero sus charlas duraban horas o hasta que Alexei despertaba y demandaba la atención de su padre. En esa ocasión llevaban más de una hora charlando y la plática parecía no tener fin.
—¿Estás cómodo con nosotros? —preguntó de pronto Yuuri, mirando cómo el menor cocinaba hábilmente mientras él sólo cortaba los vegetales.
Vio cómo la expresión del rubio se suavizó y esbozó una pequeña sonrisa.
—Sí, estoy muy a gusto aquí. De nuevo, gracias por aceptarme —giró su rostro y vio la expresión del japonés—. ¡¿Por qué lloras?!
—Me hace muy feliz saber eso. ¿Sabes? Los tres somos como una familia.
—Los cinco —señaló a Fluvsky que descansaba sobre la mesa, viéndolos desde ahí y a Makkachin, siguiendo a su amo a todas partes.
—Sí, los cinco.
—No te pongas sentimental, cerdo —lo apuntó con un cucharón.
—No —sonrió—. Dime ¿Cuáles son tus planes? Es decir… después de terminar la carrera.
—Quiero seguir trabajando en el restaurante. Cuando termine la universidad me van a dar un ascenso.
—¿Y qué hay de Otabek?
—Ese estúpido —sonrió de lado, recordándolo—. Él tiene su trabajo en Almaty —entristeció un poco, meneando el sartén.
Se quedaron en silencio. Yuuri conocía suficientemente bien a Yurio como para saber que en cualquier momento soltaría aquello que lo agobiaba, porque sí, se había dado cuenta de que algo andaba dando vueltas en su cabecita necia y no se animaba a soltarlo.
—Me propuso ir a vivir con él en Kazajistán.
—Wow! ¿En serio? —esa no se la esperaba—. ¿Y qué le dijiste?
—Que no puedo, aquí tengo a mi familia. ¡No te pongas sentimental! —le advirtió al ver que los ojos se le aguaban—. Pero tampoco puedo pedirle que deje todo por mí. Él también tiene a su familia allá, su trabajo, sus amigos.
Yuuri sonrió de lado, mirándolo fijamente.
—¿Qué? —espetó el rubio de mala gana.
—Alguno de los dos va a tener que ceder, y no importa quién sea porque a fin de cuentas existen los aviones. Si tú te vas para allá, puedes visitarnos seguido, no estamos tan lejos.
—¿Me estás diciendo que me vaya?
—¡No! —suspiró y luego rio—. Sé que entiendes a lo que me refiero.
—Lo sé —apagó la estufa y se echó el secador al hombro—. Pero aún no he decidido. Si lo pienso bien, puedo ejercer mi carrera en cualquier parte, en cambio, él ya tiene su trabajo establecido allá —suspiró—. Todavía no estoy muy seguro.
—Piénsalo —le dijo luego de un rato, se le acercó y puso una mano en su cabeza, acariciándolo con cariño—. Y sea cual sea tu decisión, sabes que Viktor y yo te apoyaremos.
Lo que Yurio no sabía, era que Otabek ya había tomado una decisión definitiva, una muy buena decisión.
—¡Sí! —exclamó Viktor, alertando a los otros dos—. ¿Cuándo vienen? ¡Excelente! Por supuesto que cuidaremos de él. No, no tengo que preguntarle a Yuuri, sé que estará de acuerdo. Bien, los esperamos pronto.
Colgó la llamada y con una inmensa sonrisa vio a Yurio y a Yuuri, quienes se asomaban desde la cocina curiosos.
—Aleksi y Evgenia van a celebrar su aniversario de bodas, nos traerán a Alexei para que lo cuidemos unos días mientras se van de vacaciones.
—¡¿Qué?! —exclamaron los Yuri al mismo tiempo.
—¡¿Cuándo vienen?! —Yuuri se emocionó mucho.
—Mañana por la tarde.
Los ojitos castaños brillaron con emoción, eso sólo incrementó las esperanzas de Viktor. Yuuri tenía un lado paternal muy fuerte, y poco a poco iba aflorando.
—Pero aún es tan pequeño —entristeció—. No, amor, no podemos dejarlo solo, tiene apenas unos meses —abrazó a su esposo.
—Evgi, no pasará nada. Está en buenas manos, además, volveremos en una semana. Los dos ya estaban en la puerta, el taxi los esperaba para llevarlos de vuelta al aeropuerto, ahora rumbo a Santorini.
—Pero Aleksi, él nos va a extrañar mucho.
—No, no los extrañaré. Adiós mamá, adiós papá. Me divertiré mucho con mis tíos, váyanse ya y tráiganme un hermanito, no, mejor una hermanita —dijo Viktor con una voz chistosa, tratando de aparentar que era Alexei quien hablaba. El pequeño bebé estaba en sus brazos, mirando todo atentamente y en silencio, como solía ser.
—No es mala idea —Aleksi alzó una ceja pícaramente.
—Ni en tus sueños, Aleksi Dimitri Nikiforov —puso ambas manos en sus caderas—. Todavía ni siquiera recupero mi figura, además, Alexei aún es muy pequeño, esperemos a que tenga al menos dos años.
—Bien, bien. Luego hablan de eso. Váyanse ya o perderán su vuelo —les dijo Viktor, divertido por cómo sufrían por irse.
—¿Están seguros de esto? ¿No es mucha molestia cuidarlo una semana entera? —preguntó Evgi, un tanto avergonzada.
—¡Para nada! Mira a estos dos —señaló a los Yuri detrás de él, haciéndole caras chistosas y sonidos raros al bebé para que éste se riera—. Lo difícil será cuando regresen y él tenga que irse —abrazó más fuerte al bebé—. Corren peligro de que no queramos devolverlo.
—En ese caso lo dejaremos más seguido con ustedes para darnos unas escapadas —sonrió Aleksi antes de abrazar a su hermano—. Muchas gracias por esto.
—Ni lo digas, es todo un placer. Diviértanse mucho.
—Lo haremos.
Después de una larga despedida y de una Evgenia necia a no querer irse, se fueron.
De esta manera se agregó un integrante más a la familia Nikiforov-Katsuki, al menos por una semana.
—Déjame cargarlo, viejo —pidió Yurio, emocionado.
—No.
No se esperaban esa respuesta.
—Viktor —se quejó Yuuri, pues él también quería cargarlo, pero incluso Alexei se veía muy cómodo en los brazos de su tío.
—¿Quién es un hermoso bebé? ¿Quién lo es? Sí, tú lo eres, tú lo eres.
—Lo perdimos —dijo Yurio con seriedad al ver cómo actuaba Viktor. Se giró para ver a Yuuri y casi se dio una palmada a sí mismo en la cara—. ¡Ey, cerdo! —le llamó al verlo completamente embobado, grabando con su celular la escena.
Todo iba bien, hasta que llegó la hora de cambiar pañal.
—Demonios, eso huele muy mal —se quejó Yurio.
—¿Sabes cambiar pañales? —le preguntó Viktor.
—¿Qué te hace creer eso? No tengo hermanos menores, tú sí.
—Nunca le cambié el pañal a Aleksi —se llevó una mano a la nariz, el olor era insoportable.
—¿No me dijiste una vez que me llegaste a cambiar el pañal?
—Es verdad.
—Pues cámbiaselo.
—¡Eso fue hace dieciocho años! Ya no recuerdo cómo se hace.
Mientras tanto, Alexei los miraba curioso, con sus ojitos de ese azul intenso tan bellos. Empezó a llorar cuando los dos rusos comenzaron a discutir sobre cómo cambiar el pañal.
Desafortunadamente Yuuri no estaba en casa, había ido con Irina para decirle que ya tenían al bebé en casa.
—Dénmelo —Yurio se lo arrebató y puso al bebé sobre el sillón—. No debe ser tan difícil —le sacó la ropita y luego desabrochó el pañal—. ¡Dios! —se llevó una mano a la nariz. El fétido olor le quemaba los pulmones, a Viktor igual—. Pásame las toallitas.
—¿Dónde están?
—¡¿No las tienes a la mano?!
—No.
—Idiota.
—Idiota tú ¿Por qué le quitas el pañal así como así sin tener todo listo?
—Al menos hice algo.
El llanto de Alexei los hizo callarse.
—Trae la pañalera —ordenó Viktor, tomando su lugar y empujándolo lejos.
El rubio corrió por ella y regresó en segundos. Viktor sacó de ahí lo que creyó necesario y luego de tronarse los dedos, puso manos a la obra.
—Toallitas —pidió. Yurio se las pasó y Viktor hizo un intento descomunal por no vomitarse con el olor al abrir por completo el pañal. Intentó limpiarlo, pero se manchó la mano con un poco de excremento—. ¡Ah! ¡Quítamelo, quítamelo, quítamelo! —le extendió la mano a Yurio, suplicando ayuda, pero el rubio sólo se alejó.
—¡Agarra al niño, se va a caer! —apuntó a Alexei, quien se había agarrado sus piecitos y se balanceaba de un lado a otro.
—De acuerdo, hagamos esto: yo le sostengo los pies, lo levanto y tú lo limpias.
—¡¿Por qué yo?!
—Sólo hazlo.
El rubio refunfuñó. Ya quería terminar con eso, así que accedió.
En ese momento la puerta principal del departamento se abrió, pero los de adentro ni cuenta se dieron, estaban tan concentrados en lo que hacían que no vieron cuando Irina y Yuuri se aproximaban a ambos.
—¿Qué hacen? —preguntó Irina en voz baja.
—No lo sé —se rio Yuuri—. Pareciera que están desactivando una bomba —se burló un poquito más hasta que escuchó una risa de bebé tan preciosa que hizo palpitar más rápido su corazón.
Se acercaron más hasta ver cómo Viktor y Yurio eran completamente salpicados por orina del pequeño, a quien le pareció muy gracioso hacerle eso a sus tíos.
—¿Pero qué están haciendo? —un tanto molesto, Yuuri llegó a su lado y vio el desorden que había—. Pobre de Alexei —miró a su esposo y a Yurio—. Vayan a limpiarse —los hizo a un lado y comenzó su labor.
Tomó los tobillos del bebé y los alzó con cuidado para limpiar sus nalguitas. Lo limpió bien de enfrente y de atrás, le quitó el pañal sucio y tomó uno nuevo para colocarlo de inmediato debajo de él, sin soltar sus tobillos. El nene lo veía con una gran curiosidad en sus enormes ojos, se llevó una manita a la boca para chuparla y sonrió cuando Yuuri le dijo:
—¿Así que eres de los nenes que les gusta bañar a la gente? —se contagió de la risa que soltaba el bebé. Sí, le había gustado bañar a sus tíos—. Espero no me bañes a mí, eh —aplicó un poco de crema anti rozaduras y le abrochó bien el pañal limpio—. ¡Listo! —lo alzó en brazos y le dio un tierno beso en su mejilla regordeta, haciéndolo sonreír de nuevo.
Viktor, Yurio e Irina miraron todo con los ojos cuadrados debido a la impresión.
—¿Dónde aprendiste eso? —inquirió Viktor, sin creérsela aún. Hasta hace poco su esposo no quería hijos y ahora resultaba ser todo un máster en cambiar pañales.
—Mi familia es muy grande y con frecuencia mis tíos llevaban a mis primos con mi madre para que los cuidara. Ella nos enseñó a Mari y a mí desde que éramos más pequeños —explicó, sin dejar de ver al hermoso bebé en sus brazos. Sentía la fuerte necesidad de comérselo a besos y mordidas, pero se contenía para no asustarlo.
—Vayan a cambiarse, huelen horrible —se burló Irina.
—Tengo que enseñarte a cambiar pañales, amor —dijo Yuuri, meciendo al bebé y riendo un poco.
Viktor sonrió como bobo y asintió. Ver a Yuuri con bebé en brazos y con ese instinto paternal lo volvía loco.
Los días siguientes a ese fueron toda una odisea. Cuidar a un bebé no era tan simple como parecía. Le cambiaban el pañal alrededor de cinco o nueve veces por día. Yuuri se aseguró de enseñarle a su esposo y de paso también a Yurio, pues algún día se le podría ofrecer. Sin embargo, era muy gracioso ver que a Viktor se le olvidaba cubrirle el pene al pequeño bebé y terminaba (la mayoría de las veces) bañado en orina. Eso parecía divertirle mucho a Alexei, pues se ría con fuerza cada vez que lo hacía.
Las noches eran un poco difíciles. El bebé dormía en su cuna, dentro del cuarto del matrimonio, sin embargo, se habían dividido las tareas y cada uno (incluyendo a Yurio) tenía su turno para levantarse en las noches cada vez que el nene llorara.
—¡Yurio! Es tu turno —dijo Viktor en voz muy alta, totalmente modorro. Eran apenas las tres de la mañana y al día siguiente tenía que ir a trabajar muy temprano.
El rubio apareció en el cuarto de los Nikiforov, envuelto en su pijama de gatos y con el cabello tremendamente enmarañado.
—¡Dios! Vas a espantar al bebé —se quejó Viktor al verlo con esa cara.
—Si tan solo pudieras verte —refunfuñó Yurio con su voz muy ronca.
Y es que sí, Viktor también tenía su cabello hecho un desastre, sin mencionar la baba que le escurría por la comisura de los labios.
Yuuri tenía el sueño tan pesado que ni cuenta se había dado, simplemente se acurrucó más hacia Viktor, buscando calor y murmurando cosas no entendibles y en un idioma extraño.
Viktor arrulló a su bebé en cama mientras Yurio hacía lo suyo con Alexei. El pequeño sólo tenía hambre, así que Yurio se lo llevó a la sala y le dio su biberón. Los primeros tres días habían sido un completo caos. Nadie sabía cómo hacer las cosas, sólo Yuuri sabía cambiar pañales y nada más. Tuvieron que llamar a Hiroko para pedir ayuda urgente. Luego de eso pudieron cuidar mejor al bebé.
—¿Le diste palmaditas en la espalda? —preguntó Viktor al verlo entrar de nuevo al cuarto, listo para dejar a Alexei en su cuna.
—Sí.
—¿Eructó?
—Sí —respondió de mala gana, acunando con cuidado a su sobrino. Lo dejó en la cuna y se llenó de ternura cuando éste hizo ruiditos al acurrucarse junto a su mantita. No pudo evitar quedarse en el borde de la cuna, mirándolo por tiempo indefinido, ni siquiera se dio cuenta cuando Viktor llegó a su lado.
—Es hermoso ¿Verdad?
—Lo es.
—Mi hermano es muy afortunado al poder tener hijos.
—Lo dices como si tú no pudieras. ¿Eres estéril o qué? —se ganó un fuerte zape en la nuca. Tuvo que aguantarse las ganas de regresárselo o de quejarse, pues no quería despertar ni a Yuuri ni al bebé.
—Me refiero a hijos propios. Yuuri ya aceptó tener hijos y eso me hace muy feliz, sólo estoy esperando el momento indicado para sugerirle ir en busca de una madre sustituta.
—¿No van a adoptar?
—También ¿por qué no ambos?
Yurio se quedó pensativo.
—Pero aún no lo he hablado con Yuuri.
—No creo que te lo niegue ¿Ya viste cómo se le ilumina la cara cuando lo carga? Hasta parece que lo quiere más que a ti.
Viktor se aguantó una risa. Yurio tenía razón.
—Al menos ya sabes cambiar un pañal —bostezó con mucha fuerza—. Me voy a dormir, viejo —se rascó el trasero y se fue.
Viktor se quedó mirando a Alexei por largo rato. Le encantaba, el bebé era hermoso y tan perfecto. Lo amaba mucho y no había duda de que sería un tío demasiado consentidor.
—Vitya —murmuró adormilado—. Ven a la cama.
El aludido se giró y se topó con una escena hermosa. Su esposo sin camisa y con el cabello todo revuelto lo esperaba en la cama, con una sonrisa adormilada. Viktor sonrió y agradeció al cielo lo afortunado que era. Sólo le faltaba tener un angelito tan hermoso como Alexei en sus vidas para que éstas fueran perfectas.
A penas se sentó en la cama, Alexei comenzó a llorar de nuevo. El ruso se iba a levantar, pero Yuuri lo detuvo.
—Yo voy, es mi turno, amor —se puso de pie y fue directo a la cuna—. ¿Qué te pasa, cariño? —lo tomó en brazos—. Ya comiste, no creo que sea hambre ¿Te sientes solo en esta cuna? ¿Sí? —lo meció un poco y le dio un beso en la frente.
Comenzó a tararear una canción desconocida por Viktor hasta lograr que se quedara dormido de nuevo, pero esta vez no lo dejó en la cuna, no, se lo llevó consigo a la cama.
—¿Te molesta si hoy duerme con nosotros? —le preguntó en voz baja a su esposo.
—Para nada —se hizo a un lado para que Yuuri pudiera acomodar al bebé entre ambos. No resistió sus ganas de acariciar a Alexei, pues era tan suave y lindo—. Huele tan bien.
—Huele a bebé —Yuuri se acostó y soltó un largo suspiro. No habían dormido nada bien en esos días, pero estaban muy felices a pesar de eso.
—Amor ¿Te gustaría tener un bebé conmigo? —preguntó con un tono de voz lleno de seguridad y amor.
A Yuuri se le atoró el aire en la garganta al oírlo decir aquello y más al ver su expresión llena de paz y amor mientras sostenía una manita de Alexei en la suya. Viktor Nikiforov sí que sabía jugar sucio. Era imposible que su esposo le dijera que no.
—Tengamos un bebé.
—¿Estás seguro?
—¡Sí! —sus ojos castaños se llenaron de ilusión y amor. Estaba consciente de que apenas tenían un mes de casados, pero con esos pocos días cuidando a Alexei se dio cuenta de que anhelaba, más de lo que imaginaba, ser padre. Además, estaban en esa edad perfecta para tener hijos, Viktor cumpliría treinta y dos ese año y él cumpliría veintiocho.
Viktor lo tomó de la nuca y lo acercó a él para darle un profundo y delicioso beso lleno de felicidad.
—En este momento tenemos a dos bebés bajo nuestro cuidado —dijo Viktor en voz bajita.
—¿Eh? ¿Cómo es eso?
—Sí, a Yurio y a Alexei.
Yuuri sonrió con ternura. En cierta parte tenía razón, Yurio a pesar de su fortaleza externa y de su seriedad, no dejaba de ser un joven indefenso que necesitaba cuidados y amor.
—Y pronto se añadirá uno más a la familia —rozó su nariz con la de Yuuri—. ¿Quieres que sea niño o niña?
—Niña —dijo con seguridad.
—Niña será.
—Luego un niño.
—Perfect! ¿Y después otra niña?
—Amor, no nos precipitemos.
—Bien, bien —besó sus labios y se acomodó bien en la cama.
Momentos después, cada uno tomó una manita del bebé y se durmieron asegurándose de que Alexei no se cayera de la cama o de que ellos no lo aplastaran mientras dormían.
Todos amaban cuando Viktor llevaba a Alexei al trabajo. Incluso Yakov pedía cargarlo y jugaba con él. No había quien se resistiera a la ternura de ese bebé serio tan hermoso.
El primer día que lo llevó, se armó un escándalo en todo el lugar. La gente subió fotos a internet y de inmediato empezaron a especular que los recién casados ya habían adoptado. Viktor tuvo que aclarar eso, subiendo una foto de él, Yuuri y Alexei; en esa foto ambos le daban un beso a cada mejilla del bebé, y en la descripción decía: "Cuidando a nuestro sobrino". Esa imagen tuvo más comentarios y "me gusta" que la foto misma de los anillos. Y entre los comentarios había muchos que les preguntaban lo mismo: ¿Cuándo tendrían hijos?
Ninguno respondió a esas preguntas, pero sonreían al pensar en que los tendrían muy pronto.
Viktor: hermano ¿Estás?
Aleksi: Algo así ¿Qué pasó?
Viktor: ¡Yuuri ya quiere que tengamos hijos!
Aleksi: Amazing! ¿Quieres que llame ya a mis contactos? Tengo todo listo, sólo necesito hacer unas llamadas para que vayan y busquen a su nuevo hijo.
Viktor: te lo agradecería mucho.
Aleksi: ¿Cómo se porta mi pequeño monstruo?
Viktor le mandó una foto de Alexei en su porta-bebé. El nene estaba tan calmado como siempre.
Viktor: es un bebé muy tranquilo, pero le encanta mojarme cada vez que le cambio el pañal.
Aleksi: tienes que cubrirlo para que no haga eso.
Viktor: a ti también te moja.
Aleksi: sí…
Viktor: lo siento hermano, debo irme. Tengo junta con Yakov en estos momentos. Salúdame a Evgenia.
Aleksi: seguro, nos vemos en un par de días.
Viktor: ¡tráiganme ahora a una sobrina!
Aleksi: ¿Por qué no dos?
Viktor: Esa es la actitud.
Se echó a reír antes de que Yakov entrara a su oficina. Y es que Viktor estaba seguro de que, si Yuuri fuera mujer, ya tendrían varios hijos.
—¿De qué querías hablar conmigo? —preguntó Viktor, con esa sonrisa que no se borraba de sus labios desde que tenía al bebé bajo su cuidado. También tenía unas horribles ojeras, pero se opacaban con la felicidad que irradiaba su rostro.
Yakov se sentó en su escritorio y esbozó media sonrisa.
—El contrato está listo.
—No…
—Sí. Sólo necesitan tu firma y el terreno será tuyo. La federación rusa de patinaje estudiará tu caso y cuando el proyecto esté finalizado, certificarán tu escuela. Me harás competencia como entrenador —sonrió retador—. Ya veremos si aprendiste algo o no.
—Oh por Dios ¡Tengo que contárselo a Yuuri!
—Anda, ve ¡Pero llévate al bebé! Que a mí me dan miedo esas cosas.
Viktor se rio, tomó el porta-bebé y salió corriendo de la oficina para hacer la llamada.
Ese había sido un proyecto que se traía en manos desde que vivió en Vladivostok, lo había dejado a medias por regresar a San Petersburgo, pero ahora, después de tanto buscar y batallar, había encontrado el lugar perfecto. El terreno estaba muy cerca de casa, era grande y estaba en un sector seguro de la ciudad. Tuvo que hacer una inversión muy grande para comprarlo, ahora debía construir desde cero el edificio y la pista, luego lo convertiría en su propia academia de patinaje, su sueño se estaba haciendo realidad.
Yuuri lo apoyó en todo momento desde que supo su idea, le pareció fenomenal, y como todo buen fanboy, pidió ser él quien estrenara esa pista como pupilo de Viktor.
—Amor ¿Quieres regresar al patinaje? —preguntó Viktor. Estaban los tres sentados a la mesa, cenando juntos.
—Aún no gano todas las medallas de oro que quiero —respondió con media sonrisa—. ¿Serás mi entrenador?
—Uhmm —se llevó un dedo a los labios y miró hacia el techo. Coqueto—. Tendrás que pedirlo como la última vez.
Viktor creyó que tendría que insistir mucho para ver aquello de nuevo, o que Yuuri se negaría y molesto le daría un codazo, pero no.
—Be my coach, Viktoru! —se le arrimó y lo abrazó, tal como en la noche del banquete de hace muchos años.
Nikiforov estalló en carcajadas y lo apretó con fuerza inhumana, sacándole todo el aire de sus pulmones.
—Sería todo un honor para mí —llenó su carita con cientos de besos.
Yurio rodó los ojos mientras comía su ensalada en silencio.
—¿Y tú, Yurio?
—No lo sé.
Los dos se quedaron boquiabiertos.
—Es decir, sí quiero seguir patinando, pero en estos momentos no tengo mucha motivación —se encogió de hombros. Y se entendía, pues aún no se recuperaba de haber perdido a su abuelo.
Viktor y Yuuri se quedaron callados, no sabían que decir. Entendían a la perfección por qué no tenía esos ánimos de patinar.
—Alexei se nos va mañana en la noche —intentó cambiar de tema para no entristecer más al rubio.
—No —corrigió a Viktor—. Se va hasta pasado mañana. Aleksi y Evgenia pasarán la noche aquí.
—Es verdad —suspiró—. No quiero que se vaya, lo voy a extrañar mucho.
—Yo también —admitió Yurio—. ¿Y si nos lo robamos? —sugirió en broma.
—No es mala idea —añadió Viktor—. Podemos huir a Noruega.
—¿Por qué Noruega?
—Por los Vikingos.
—Viejo, sabes que eso es sólo un mito ¿Verdad?
Yuuri no aguantó la risa.
—Haremos algo mejor, Yurio —tomó la mano de Viktor por encima de la mesa y luego de mirarlo, posó sus ojos sobre el rubio—. Viktor y yo hemos decidido comenzar los trámites de adopción. Viajaremos a Noruega con Aleksi para que nos ayude con sus contactos y así regresar pronto con un bebé de allá.
—Oh por Dios —palideció—. En serio lo van a hacer —no podía creerlo—. ¿Tan pronto?
—¿Y por qué no? No queremos esperar a que el tiempo pase. No seremos igual de jóvenes siempre —dijo Viktor—. No te pongas celoso, tú serás el hermano mayor, el más querido —le pellizcó una mejilla.
—¡¿Ehhh?! —le dio un manotazo, completamente sonrojado—. ¡No estoy celoso! Es sólo que… —pensó bien en cómo decirlo—. Ustedes están comenzando una etapa nueva en sus vidas, en su matrimonio. Yo no debería estar en medio de todo eso.
Yuuri y Viktor lo miraron con severidad.
—Tú no estás en medio de "todo eso". Tú ESTÁS en "todo eso" con nosotros.
—Viktor tiene razón —Yuuri tomó la mano del rubio por encima de la mesa y le sonrió con calidez.
—Tú no te vas de esta casa hasta que nos pidan tu mano y te vayas casado de aquí.
—¡¿Qué?! —se sonrojó a más no poder.
Yurio no se explicaba cómo Viktor lograba hacerlo sentir tan incómodo y feliz al mismo tiempo.
—Pero van a comenzar a tener a su familia, van a ocupar todos los cuartos y…
—Compraremos otro lugar donde vivir. Es lo de menos. De todas formas ya sabíamos que pronto nos iba a quedar pequeño este departamento, después de todo es mi hogar de soltero —rio—. Debí de haber comprado una casa desde hace mucho, pero Yuuri no me dejó.
—Amor, compraste una casa en Hasetsu —le recordó.
—Sí, es nuestra casa de verano.
—Nunca cambias —se burló Yurio, luego de un rato, añadió—: Gracias.
—No tienes por qué —se levantó y le revolvió los cabellos hasta dejarlo todo despeinado—. Hoy lavas los trastes.
—¡Hey! Yo cociné.
—Sí, Viktor, te toca a ti.
El ruso mayor se desentendió.
—Oye Yurio ¿Por qué no te dejas el cabello suelto más seguido? —le preguntó al verlo deshacerse la coleta para volver a peinarse.
—No. Es incómodo —señaló que ya le llegaba a la mitad de la espalda.
—¿Entonces por qué no te lo cortas y ya?
El menor se sonrojó.
—A Otabek le gusta —admitió.
—Vaya, tiene el mismo fetiche que Yuuri —se llevó una mano al mentón, divertido.
—¡No es fetiche! —se defendió el japonés.
—¿Ah no? La última vez me dijiste que no podías esperar a que me creciera el cabello para poder… —no pudo continuar, pues Yuuri le tapó la boca con una mano, completamente avergonzado.
—Viktor, cállate si no quieres que yo exponga tus fetiches —le dijo al oído, sin soltarlo. Su amado le lamió la mano, pero ni así logró soltarse del agarre.
Yurio se divertía al verlos pelear de esa forma, más aún cuando Viktor se liberó picándole la panza al japonés.
—¡No hagas eso! —se quejó. Odiaba que le picaran su estómago cuando no estaba en forma.
—Es que es tan blandito y bonito.
—Quiere decir que te estás poniendo cerdo, cerdo —se burló el rubio, pero se arrepintió justo en el momento en el que Yuuri le dirigió una mirada fulminante. Viktor impidió que su esposo asesinara a Yurio, cambiando de tema.
—Insisto, deberías dejarte el cabello suelto más seguido.
—¿Por qué?
—Me recuerdas mucho a la tía Yulia —fue sincero—. Eres su vivo retrato.
Yurio sonrió por ello. Le gustaba cuando le decían eso, amó mucho a su madre y la admiraba por cómo salió adelante a pesar de no tener una pareja a su lado durante su crianza.
—Amor —se acercó al oído de Yuuri y le susurró algo sobre sus propios fetiches y el vibrador que guardaban en el armario, aquel que les dio Chris en su despedida de solteros.
El rostro del japonés se puso de mil colores y eso bastó para que Yurio supiera que esa noche Alexei dormiría con todo y cuna en su habitación.
—Ya se habían tardado —rodó los ojos—. Iré a mover la cuna de Alexei a mi cuarto, no quiero que le dejen traumas severos a tan temprana edad.
—Que considerado ¡Gracias Yurio! —canturreó Viktor antes de tomar en brazos a su esposo y llevárselo al lecho matrimonial para "Hacer bebés".
Hacía frío y llovía en la ciudad de San Petersburgo. Aleksi y Evgenia llegarían al aeropuerto en unos momentos, pero al saber cómo estaba el clima, le pidieron a Viktor y a Yuuri que por favor no salieran a buscarlos al aeropuerto y que mejor se quedaran en casa cuidando de Alexei, ya ellos tomarían un taxi.
En un principio no estuvieron de acuerdo con eso, pero terminaron accediendo. Después de todo, el aeropuerto no estaba tan lejos de casa.
Pasaron los minutos, éstos se convirtieron en una hora y la pareja no llegaba. Viktor llamó varias veces al teléfono de su hermano y al de su cuñada, pero no respondían.
Comenzó a preocuparse y decidió ir a buscarlos él mismo, pero justo antes de salir de su departamento, recibió una llamada.
Yuuri vio cómo la cara de su esposo palidecía hasta niveles inimaginables. La mano que sostenía el celular contra su mejilla se volvió temblorosa y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Cuando terminó la llamada, Yuuri con Alexei en brazos y Yurio muy preocupado se le acercaron.
—¿Qué paso? ¿Quién era?
—Con un demonio ¿Qué rayos te dijeron? Escúpelo ya.
—Aleksi… —apenas le salió un hilo de voz—…Aleksi y Evgenia tuvieron un accidente. Ahora mismo están en el hospital.
Continuará…
Aquí les voy a explicar lo de la luna de miel:
Con ayuda de mi beta, decidimos que lo mejor era continuar con la trama del fic. La luna de miel es importante, sí, pero no es algo que influya en la historia. ¿La voy a publicar? Sí, obvio que sí! pero más adelante y como un especial. Todavía no estoy segura si publicarlo como el especial de san Valentín o ponerlo al final del fic, como un extra muy largo.
También decidimos esto porque todos (incluyéndome) estamos esperando con ansias el Mpreg, de haber publicado la luna de miel, todavía nos faltaría este capítulo y un par más para llegar a ese punto tan esperado.
Así que no coman ansias, que muy pronto llegaremos a ese punto.
01/02/2018
1:00 p.m.
