Agape To Eros
By Tsuki No Hana
39.5
"¿Tú eres mi papá?"
Yurio.
Ha pasado un mes desde el funeral, los ánimos en casa no han variado mucho. El viejo sigue deprimido, aún no va a trabajar y el cerdo no sabe ya qué hacer para animarlo un poco, no encontraba nada que le levantara el ánimo luego de haber leído la carta que le dejó Aleksi.
A pesar de eso, ha tenido días buenos en los que se ha levantado de la cama para ir a desayunar con nosotros al comedor, forzando su estúpida sonrisa e intentando comerse al menos la mitad de lo que le servimos.
Cuando no me encontraba en la escuela o en el trabajo, les ayudaba a cuidar al bodoque. En esos ratos los dos se encerraban en su cuarto y desde el pasillo podía escuchar cómo el viejo lloraba, siendo consolado por Yuuri.
Era difícil soportar una atmósfera así en casa, pero si de algo estábamos seguros el cerdo y yo, era del hecho de que nada podría ayudar a Viktor más que el tiempo y la resignación que se obtenía con él. Y así fue, gradualmente fue recuperando su ánimo. Todo fue desde que Yuuri le recordó que ahora eran responsables de un bebé, recordaba que estaban discutiendo en voz baja para que no me diera cuenta, pero todo se escuchaba. Desde esa ocasión Viktor se esforzó un poco más por levantarse, y con la ayuda del cerdo lo ha logrado poco a poco.
La rutina volvió a ser la misma para mí casi al día siguiente del funeral. Chris llegó de visita unos días y eso me ayudó a estar tranquilo en la escuela y en el trabajo. Me tranquilizaba saber que esos dos no estarían solos en casa con el bodoque.
—Plisetsky, el jefe no ha llegado.
Salí de mis pensamientos cuando un cocinero, compañero de trabajo, me habló. Se veía sumamente nervioso, apretaba su cofia entre las manos.
—¿Y el sub-jefe? —pregunté.
—Tampoco ha llegado ¡Y abrimos en cinco minutos!
—Demonios —miré a mi alrededor. Faltaba mucho personal en la cocina.
—Tienes que hacer algo —me dijo con el mismo nerviosismo.
—¿Yo por qué? Soy un simple cocinero, igual que tú—espeté de mala gana.
—Alguien tiene que tomar el mando, y yo no soy precisamente buen líder.
En eso tenía razón. Pero no podía simplemente autonombrarme jefe y dirigir a toda una cocina… ¿O sí?
Los comensales empezaron a llegar, y con ellos las órdenes se dejaron venir una tras otra.
Empecé a repartir tareas y a coordinar las responsabilidades, tenía que repartir las tareas de manera equitativa a pesar de que faltaba mucho personal. Ninguno de mis compañeros se negó a que tomara el mando, al contrario, acataron mis indicaciones al pie de la letra.
El asunto se empezó a salir de control cuando los pedidos nos sobrepasaban en número. Tuve que cocinar y dirigir al mismo tiempo. Entre todos logramos hacer un buen equipo y conseguimos sobrevivir las primeras dos horas de la noche. Sin embargo, volvimos a tener problemas cuando no hubo quien lavara la loza.
Tuve que ponerme a lavar platos también.
Mientras lavaba, mi celular en el bolsillo comenzó a vibrar. Entonces me di cuenta de que mi hora de descanso había llegado y Otabek me llamaba como todos los días. Pero definitivamente no iba a poder tomarme ese descanso, la cocina estaba a nada de volverse un caos.
Me dolió hacerlo, pero no le contesté, ya después le explicaría lo que sucedió.
La noche fue larga y agotadora, pero sin duda alguna la disfruté como pocas veces. Debido a la ausencia de los jefes pude tomar el mando y dirigir toda una cocina. Nadie me entendería si le digo cuánto disfruto del aroma que se produce con la mezcla de todas las especias que utilizamos, sumándole el olor a los vegetales salteados en mantequilla, las sopas, cremas y las carnes cociéndose. Y ni qué decir de los sonidos. La cocina era mi lugar preferido, el ajetreo cotidiano siempre es muy entretenido, y la adrenalina que uno experimenta al tener que crear un platillo delicioso para el paladar y hermoso para la vista es increíble.
Cuando finalmente despacharon al último comensal, todos en la cocina nos sentamos en el primer banco o caja que encontramos a nuestro alcance, totalmente agotados y con los pies adoloridos. Ahí fui consciente por primera vez de mi aspecto. Mi filipina blanca estaba salpicada de salsa de tomate, aceite y de jabón para trastes. Me había recogido el cabello en un moño para evitar que cayera alguno sobre la comida, pero ahora mismo me encontraba despeinado y hasta con comida en él.
Me encontraba hecho un desastre y mis pies suplicaban por un descanso.
Miré a todo el equipo de la cocina, igual de cansados que yo, pero sorprendidos al ver que pudimos sobrevivir una noche sin los jefes, sólo los novatos nos hicimos cargo de la cocina.
—Buen trabajo —les dije a todos antes de levantarme y dirigirme a los vestidores—. Laven todos los platos y nos vemos mañana —suspiré, cansado.
Sólo quería cambiarme, llamar a Beka mientras iba a casa y llegar directo a dormir para comenzar un nuevo día de trabajo.
—¡Plisetsky! —me detuvo Annie, una de las camareras—. Hay un comensal que no se quiere ir hasta felicitar al chef —me sonrió.
—Yo no soy el chef aquí, sólo suplí al jefe por una noche.
—Y además cocinaste el platillo que él pidió —insistió—. Anda, ven un momento. No te quitará mucho tiempo, sólo quiere felicitarte. Se veía de muy mal humor cuando llegó, pero probó tu comida y su ánimo cambió.
Alcé una ceja.
—No seas exagerada.
—¡Es la verdad! —me tomó del brazo y lo zarandeó—. ¡Ven!
Miré mi reloj de muñeca y solté un pesado suspiro, ya era muy tarde.
—Está bien —me quité el mandil que estaba más sucio incluso que mi filipina, me sacudí un poco el pantalón negro y luego de intentar peinar un tanto mi cabello, salí de la cocina.
El lugar estaba solo. Los meseros terminaban de limpiar las mesas y los pisos, pero había un hombre solitario en una de las mesas con vista a la calle, se fumaba un cigarrillo con completa tranquilidad.
—Señor, aquí está el chef, Yuri Plisetsky —me presentó con una sonrisa.
El hombre se giró hacia nosotros y tanto él como yo nos llevamos una gran sorpresa. Mi expresión de desagrado por su cigarro fue sustituida por una sonrisa.
Annie se fue y me dejó a solas con él.
—¿Yuri? ¿Tú eres el chef de este restaurant? —su expresión era de genuina sorpresa.
Me apresuré a aclarar la situación.
—No. Solamente estuve a cargo hoy porque el jefe no vino.
—¿Tú cocinaste mi comida?
Asentí.
—Hubo poco personal hoy —miré mi aspecto desalineado y mi ropa sucia por el trabajo hecho, me sentí un poco avergonzado.
—Felicidades por el trabajo hecho —apagó su cigarrillo—. No cabe duda de que eres un jovencito muy talentoso, sigo sorprendido.
No supe por qué, pero sentí que mis mejillas enrojecían un poco.
—Gracias —luego recordé al papá del viejo—. ¿Sabe cómo sigue el papá de Viktor?
Vi que su expresión cambió a una de enfado, desvió sus ojos verdes hacia la ventana y soltó un pesado suspiro.
—Es un necio de primera, pero ya está mejor —volvió a verme y sonrió de nueva cuenta—. ¿Ya terminaste tu trabajo? ¿No quieres que te lleve a casa?
—Ya terminé, pero… aún tengo que cambiarme y preparar mis cosas.
—No hay problema, te espero y te llevo ¿Qué dices?
Lo pensé unos momentos. Ciertamente me encontraba exhausto, no traía conmigo la camioneta de mi abuelo porque en la mañana no quiso encender y tampoco quise pedirle su auto al viejo. No tenía ganas de salir del restaurante tan tarde y además tener que tomar el autobús a casa. Su oferta era tentadora, tanto, que no tardé en aceptarla.
—Gracias, Andrew. Ahora regreso —me apresuré a ir a los vestidores por mis cosas.
Me quité la ropa sucia y me puse unos jeans negros y una playera del mismo color. Me abrigué bien y luego de soltar y limpiar mi cabello de restos de comida, salí con mochila al hombro.
Andrew seguía en la misma mesa, fumándose otro cigarrillo.
—No sabía que tenías ese hábito —le dije, anunciando con eso mi presencia.
Él miró el cigarrillo y luego a mí. Sonriendo dijo:
—No acostumbro hacerlo muy seguido —se puso de pie—. ¿Nos vamos?
Asentí y salimos juntos de ahí.
Tenía poco tiempo de conocerlo, pero desde un principio me cayó bien. Era el único que hacía enojar al señor Nikiforov de esa manera tan divertida, sólo para arreglar su desastre con unas simples palabras. Me sorprendía cómo se atrevía a tratar de manera tan ligera al papá de Viktor, pues incluso a mí me intimidaba bastante. Además, Andrew era una persona muy simple de tratar, hasta me pidió que lo tuteara a pesar de que era veintinueve años mayor que yo.
Nos subimos a su auto y de inmediato prendió la calefacción, la sentí muy agradable, tanto, que el sueño comenzó a invadirme.
—¿Dónde vives?
—En el departamento de Viktor y Yuuri —respondí, diciéndole a continuación las indicaciones para llegar, no estaba muy lejos y no había mucho tráfico.
—Así que vives con ellos —sonrió—. ¿Qué tal te va ahí? —despegaba la mirada del camino sólo unos segundos para prestarme atención.
Yo me encogí de hombros, sintiendo cómo el asiento de piel parecía abrazar mi cuerpo, invitándome a dormir una siesta.
—No me puedo quejar, ellos son mi familia. Están algo locos, pero son mi familia a fin de cuentas.
Escuché una risilla salir de sus labios.
—Nunca imaginé que el hijo de Yulia y el de Dimitri terminarían viviendo juntos. No sabía que se llevaran tan bien ¿Su relación siempre ha sido tan estrecha?
Lo pensé unos momentos antes de responder.
—Viktor dice que llegó a cambiarme los pañales, pero no lo recuerdo mucho en mi niñez. Lo conocí mejor cuando inicié en el patinaje y nos volvimos muy cercanos desde que cumplí quince.
—Vaya… —volvió a despegar la mirada del camino sólo para verme.
Me miraba demasiado.
Se detuvo en una luz roja y siguió mirándome, me sentí incómodo y él lo notó.
—Discúlpame, no es mi intención molestarte, es sólo que en verdad eres la viva imagen de tu madre —sonrió con nostalgia—. Más todavía con el cabello suelto, aunque claro… tus facciones son por completo masculinas ya.
—¿Ya? ¿Antes no?—alcé una ceja.
—Dimitri me enseñó una foto tuya y de Viktor, de hace varios años —sonrió y luego rio con libertad. Me sorprendía el aura despreocupada que emanaba este hombre—. No me lo tomes a mal, pero eras un niño muy lindo.
—Eso sonó tan extraño —admití.
—Lo sé, lo siento —volvió a reír.
Nos quedamos en silencio hasta que recordé algo.
—Mi compañera me dijo que estabas molesto cuando llegaste al restaurant —decidí indagar un poco, pues no me imaginaba a ese hombre molesto.
—Oh… eso —frunció los labios—. Tuve una discusión con Dimitri, como te dije antes: es un necio de primera —suspiró—, precisamente por eso estaba cenando solo. Él es un excelente cocinero, yo soy un asco en eso. Le dije que le haría de cenar para que no se esforzara, pero insultó mi comida —se rio de su propia situación.
—¿Se enojó sólo por eso?
—Por eso y otras cosas más, aunque no tienen importancia ya —su mirada entristeció—. Pero mejor cuéntame ¿Qué tal la escuela? ¿Tienes muchos amigos? ¿Tienes novia?
—Bien, me falta muy poco para terminar la universidad. No soy de muchos amigos y… —por alguna razón me incomodé, miré hacia la calle por la ventana—… no tengo novia.
—¿Por qué…? —lo interrumpí.
—Tengo novio.
—Oh…
Miré su rostro de reojo, notando que su expresión despreocupada no se había borrado, seguía sonriendo. No se había escandalizado como su mejor amigo.
—¿No te molesta? —pregunté.
—¿Por qué habría de molestarme? Y si fuera el caso… no soy quién para inmiscuirme en esos asuntos.
Me gustaba que fuera tan directo.
—Mejor dime ¿Qué tal las cosas con tu novio?
Sonreí de lado.
—Bien, aunque él es de Kazajistán.
—¿En serio? —se asombró—. ¿Y cómo mantienen su relación?
Nos atascamos en una avenida donde había mucho tráfico debido a un accidente automovilístico, así que el tiempo se nos fue volando mientras charlábamos. Era muy sencillo y agradable platicar con él, era de mente abierta, y además tenía muy buenos consejos por dar. Eso me hizo pensar… si el papá del viejo fuera así, no tendrían tantos problemas.
Me animé a platicarle muchas cosas, la gran mayoría sobre Otabek y algunas sobre el ambiente lúgubre en casa. Para cada situación, Andrew tenía un buen consejo para dar.
Llegamos al edificio de departamentos y Andrew se estacionó justo en frente de la entrada.
—Me dio gusto charlar contigo, eres un joven muy interesante ¡Y bastante talentoso! Aún saboreo la cena que preparaste.
Sonreí, orgulloso por ello.
—Gracias por escucharme —me rasqué la nuca, avergonzado por haberme soltado hablando tantas cosas con él—. Por lo regular no suelo platicarle mis cosas a cualquiera —dije a modo de disculpa.
—Vaya, entonces soy afortunado por ello, me alegra —sonrió y me miró fijamente por unos momentos, escaneando todo mi rostro—. Lo siento, lo estoy haciendo de nuevo ¿verdad? —se volvió a disculpar y suspiró pesadamente antes de que su expresión cambiara a una de total seriedad—. Yuri, lo he venido pensando durante todo el camino…
—¿Qué cosa?
Quitó sus manos del volante y se cruzó de brazos, se veía un tanto ansioso.
—Dijiste que tu única familia eran Viktor y Yuuri.
Asentí, sin saber qué rumbo tomaría la conversación.
—Pero aún tienes a tu padre.
Mi corazón se aceleró, no supe si por la furia de recordarlo o porque en verdad una parte de mi ser quería conocerlo.
—Y tú me dijiste que era un hijo de perra.
—Sí, pero tengo más de veinte años de no verlo. Él es tu sangre y quizás después de todo este tiempo haya cambiado.
—¿Por qué de repente te interesaste en eso?
—Porque después de ver lo maravilloso que eres, estoy seguro de que cualquier hombre estaría orgulloso de ser tu padre, incluyéndolo.
No vi venir eso en ningún momento. Me desarmó por completo y no supe cómo responder a eso, me dejó sin palabras. Nadie jamás me había dicho algo así.
—Tengo la manera de averiguar dónde vive, si así lo deseas, puedo investigar. También puedo acompañarte a verlo, dale una oportunidad.
Se me formó un nudo en el estómago. Conocer a mi padre… no, ni siquiera lo había pensado como una posibilidad.
—Yo… no sé.
—Piénsalo, mi propuesta no tiene caducidad —me sonrió de nueva cuenta, como solía hacerlo.
Asentí, tomé mi mochila y abrí la puerta del auto, resintiendo de inmediato el frío clima.
—Gracias por traerme —me acomodé un mechón de cabello tras la oreja.
—No hay nada qué agradecer. Pasaré más seguido a cenar ahí.
Finalmente nos despedimos y entré al edificio.
Momentos antes de abrir la puerta con mis llaves, escuché música proviniendo del interior del departamento, seguida de la risa del katsudon.
Con el corazón acelerado abrí la puerta y entré dejando mi mochila en el recibidor sólo para encontrármelos en la sala, bailando, o al menos intentándolo.
Viktor vestía como vagabundo, cosa que tenía por costumbre desde hace semanas, y era obligado por Yuuri a bailar al ritmo de una canción viejita de rock and roll. Era chistoso ver cómo el katsudon lo tomaba de las manos y bailaba, intentando que hiciera lo mismo y no consiguiéndolo del todo.
—Vamos, hazlo así —le jaló las manos, una hacia adelante y otra hacia atrás, imitando un movimiento de baile muy al estilo 50's.
—Yuuri —rio a medias—. No sé hacerlo.
—¡Pero si tú sabes bailar muy bien! Hazlo, enséñame cómo se baila eso porque la verdad no tengo idea de lo que estoy haciendo.
Me aguanté la risa, cosa que Viktor no hizo y terminó riéndose con ánimos renovado.
Me quedé ahí en silencio, mirándolos. Ninguno se había dado cuenta de que al fin había llegado, la música no estaba muy fuerte, pero parecían muy inmersos en sus propios asuntos.
El viejo finalmente accedió y empezó a mover su cuerpo al ritmo de la música dándole gusto a su esposo y enseñándole cómo se bailaba la canción. Esos dos me asombraban más cada día. El cerdo había logrado sacarlo de la cama, ¡Lo estaba haciendo bailar! No había duda de que su fuerza de voluntad era más grande que la testarudez del viejo.
En silencio me escabullí al baño, viendo antes de irme cómo terminaron abrazados, bailando muy lentamente una canción tranquila, meciéndose de un lado a otro.
Me duché con rapidez, quería irme a la cama en cuanto antes.
Ya vestido con mi pijama, vi que el par de enamorados seguía en la sala, así que me salvé de un coma diabético y me metí al cuarto de esos dos para ver cómo estaba el bodoque.
Para mi sorpresa, me lo encontré totalmente despierto. Sus grandes ojos azules miraban con atención el colgante móvil que tenía sobre su cuna. Era adorable ver cómo intentaba alcanzarlo con sus manitas pequeñas y regordetas. Sin embargo, cuando entré en su campo de visión me extendió sus bracitos, pidiendo ser cargado, pero me encontraba tan agotado que sólo le extendí mi mano, esperando que con eso se entretuviera. Y así fue, se llevó mi dedo meñique a la boca, babeándolo por completo.
Me quedé recargado en la cuna, observándolo y prestándole mi mano.
—No los vas a dejar dormir en toda la noche ¿Verdad? —pregunté con diversión al notarlo tan despierto.
Él me miró más fijamente, sus ojos grandes eran adorables, y los ruiditos que hacía al babear mi dedo comenzaron a arrullarme, no pasó mucho para que el cansancio me ganara.
Desperté no sé cuánto tiempo después. Alguien me cargaba en sus brazos. Enfoqué mi mirada y me espanté al ver que era Viktor quien me cargaba, intenté bajarme de inmediato, pero en eso me soltó y caí en mi cama.
—Yurio, pesas demasiado —se quejó.
Me tallé ambos ojos.
—Tú eres un debilucho —contrataqué, más dormido que despierto—. ¿Qué pasó?
—Te quedaste dormido en la orilla de la cuna de Alexei —me sonrió con una ternura que tenía mucho de no expresar.
—Oh… —ya recordaba.
—Nos asustaste. Ya era muy tarde y no te habíamos oído llegar, pensamos que algo te había pasado hasta que vimos tu mochila tirada en el recibidor.
—Cuando llegué estaban bailando en la sala —bostecé con fuerza—. No quise interrumpir —intentaba mantener mis ojos abiertos, pero el cansancio me ganaba con creces.
—Duerme —sentí cómo me revolvía los cabellos, dejándome más despeinado de lo que ya estaba.
Se dio media vuelta para salir de mi habitación, pero antes tenía que hablar algo con él.
—Viktor —lo detuve. Él se giró hacia mí, sonriéndome ligeramente. Entonces lo noté, se veía un poco más animado, a pesar de esas ojeras que había adquirido desde hace semanas.
—¿Qué ocurre? —se quedó parado en medio de mi habitación.
—Hoy Andrew me trajo a casa, él me dijo que puede investigar dónde vive mi padre.
Sus ojos se agrandaron al oírme decir aquello.
—Vaya que puede, recuerda que trabaja con mi padre —se cruzó de brazos, pensativo—. ¿Qué decidiste?
—Aún no he decidido, quise pensarlo antes, pero… ¿Crees que sea lo correcto? Es decir… sé que puedo encontrarme con algo desagradable, pero ¿Y si es lo contrario? —no podía evitar tener ese pequeño rayo de esperanza en mi ser. Después de todo se trataba de mi padre biológico, quería conocerlo, y si él estaba dispuesto podría darle una segunda oportunidad.
Al parecer Viktor notó el entusiasmo que me había estado guardando hasta ahora.
—Nunca creíste que se fuera a presentar la oportunidad de conocerlo ¿No es así?
Asentí.
Él suspiró y se tomó la libertad de sentarse en el borde de mi cama.
—Si quieres conocerlo debes estar consciente de que te puedes encontrar con algo que no te agrade, puede ser que él ya tenga una familia hecha o que simplemente no alcance tus expectativas.
—No tengo ninguna expectativa en ese hombre.
Esbozó media sonrisa, Viktor me conocía bien.
—En ese caso no tienes nada que perder.
—No quiero quedarme con la duda por el resto de mi vida, por lo menos quiero saber por qué exactamente abandonó a mi madre.
—Hazlo, pero ten mucho cuidado —me miró con seriedad—. ¿Quieres que te acompañe?
Me sorprendí. Un sentimiento muy agradable invadió todo mi ser. No pude evitar sonreírle.
—Gracias, pero Andrew se ofreció a llevarme, dejaré que lo haga.
—Si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírmelo.
—Gracias viejo.
—¿Algún día vas a dejar de decirme así?
—No.
Suspiró mientras sonreía un poco. No lo había visto sonreír tanto desde hace semanas.
—Disculpa que te moleste con estas cosas —admití—. Sé que no estás como para cargar además con problemas ajenos.
—No digas eso —me miró con una ligera sonrisa, se veía cansado y ojeroso—. Eres mi hermanito, además… toda herida tiene su tiempo de recuperación hasta que sólo quede la cicatriz, ya estoy cercano a que sólo quede la cicatriz —entristeció por unos momentos.
—Oye, que mal baila el cerdo esa música —cambié de tema, recordándole el rock and roll.
Su tristeza pareció esfumarse momentáneamente.
—Pero no se lo digas, que se ve precioso intentándolo —me dijo en voz baja, con una mirada cómplice.
Se paró de mi cama y salió no sin antes haberme revuelto el cabello, sí, de nuevo. No entendía esa manía que la gente tenía con él, quizás uno de estos días llegaría a casa con el cabello más corto que nunca.
Antes de volver a quedarme dormido, miré mi celular, percatándome del montón de llamadas perdidas que tenía. Otabek había estado intentando contactarme desde la hora de mi descanso, seguramente estaba preocupado.
No dudé en llamarlo a pesar de que por allá serían las tres de la mañana.
—¿Diga? —su voz tremendamente ronca me respondió, al parecer sí estaba dormido.
—Lo siento, Beka, no quería despertarte.
—No, no. No importa —escuché su fuerte bostezo. Casi pude imaginarlo tallándose los ojos y completamente despeinado—. ¿Qué pasó? ¿Todo está bien? —se oía preocupado.
—Todo está bien, Beka —le dije con la voz más dulce de lo que imaginé—. Hoy tuve que hacerme cargo de la cocina, por eso no pudimos hablar y… Andrew se ofreció a investigar el paradero de mi padre.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Lo harás?
—Hablé con Viktor…me hizo pensar y… sí, lo haré.
—Piénsalo bien, Yura. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo ya? ¿No prefieres esperar a que yo esté contigo?
—¿Por qué?
Se quedó callado, entonces entendí. Tenía miedo de que me desmoronara emocionalmente, y él quería estar aquí en caso de que eso ocurriera. Ya no necesitaba decírmelo para que lo entendiera.
—Estaré bien, necesito quitarme esa duda de encima, ya sea bueno o malo lo que encuentre, quiero saber, sólo eso.
—Entiendo —suspiró—. Cualquier cosa que ocurra... márcame, no importa la hora ¿Sí?
—Sí —sonreí—. Disculpa que te llamara a esta hora, sé que mañana entras a trabajar muy temprano.
—No, que me llamaras fue lo mejor, podré dormir tranquilo —bostezó de nuevo.
Quería decirle cuánto lo extrañaba y lo mucho que lo necesitaba a mi lado, pero preferí no ponerme sentimental, ambos teníamos que dormir ya y además lo haría sentir impotente al no poder viajar a mi ciudad.
—Descansa, Beka. Te prometo que mañana charlaremos más, quiero saber cómo estuvo tu día.
Chasqueó la lengua.
—Nada interesante. Bueno, en realidad sí —soltó una risa ronca—. Mis padres me preguntaron sobre cuándo viviremos juntos.
Mi rostro ardió, seguramente estaba sonrojado. Podía sentir cómo mi corazón se alocó.
—¿E-en serio?
—Sí.
—¿Ellos quieren que me vaya a vivir contigo a Almaty?
—O yo contigo a San Petersburgo. Están de acuerdo con cualquiera de las dos opciones.
Me llevé una mano a la boca, conteniendo mis ganas de gritar de felicidad.
—Dios —dije, aguantando mi emoción—. ¡No puedo creerlo!
—Créelo, pero ahora mejor ve a descansar, es tarde y te levantas más temprano que yo.
Mañana sería sábado, pero él trabajaba incluso esos días y yo tenía trabajo desde muy temprano.
—Ya mañana hablaremos ¿De acuerdo? —me dijo con su voz ronca, ya se lo había dicho: me encantaba escucharlo así, se me hacía demasiado sexy, él sólo se reía y negaba con la cabeza, no se creía cuando yo le decía lo mucho que me atraía físicamente, o lo sexy que se me hacía todo el tiempo.
—De acuerdo —le respondí, deseando tenerlo frente a mí.
—Te amo.
—Yo también te amo —suspiré antes de colgar.
—¿Estás nervioso? —me preguntó sin despegar la vista del camino, a mí me daba la impresión de que nos habíamos perdido.
Yo negué de inmediato.
—Estoy ansioso —respondí simplemente, apoyando el codo en la ventana del auto y mi mejilla contra el dorso de mi mano.
No podía creer que me encontraba haciendo esto tan pronto. Al día siguiente de que vi a Andrew, le dije que aceptaba su propuesta, y me sorprendió diciéndome que ya tenía la información a la mano y que podíamos ir ese mismo día a buscarlo.
Llamé al restaurant y les avisé que no iría, me tomé la libertad de hacer algo así después de que me dejaran solo y a cargo de la cocina sin avisar, no podían negarme el permiso. Y así fue. Ahora eran las nueve de la mañana y me encontraba en el auto de Andrew.
Veía por la ventana cada casa que pasábamos, deseaba saber ya en cuál vivía él. Nos habíamos adentrado en un muy buen vecindario, las casas eran más grandes conforme nos adentrábamos más.
Andrew me había ofrecido proporcionarme el nombre completo de mi padre para que pudiera investigarlo un poco en internet antes de verlo en persona, pero simplemente no quise hacerlo, quería evitar formarme cualquier tipo de expectativa.
—Llegamos.
Esa simple palabra formó un remolino de emociones en mi ser. Nerviosismo, ansiedad, miedo. No lo admitía en voz alta, pero sentía muchas cosas al mismo tiempo, mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en mis sienes.
Nos estacionamos frente a una casa muy grande, era el típico hogar feliz de familias felices en películas felices. Eso sólo me hizo sentir más nervioso, el hecho de que tuviera una casa tan grande sólo podía significar que tenía familia.
—Su nombre es Vladimir Komarov —me dijo mientras caminábamos hacia la puerta principal.
Vladimir… ese era el nombre de mi padre.
Llegamos al pórtico, donde pude ver que había juguetes en el suelo. Sí, tenía hijos.
—Demonios —mascullé entre dientes.
—¿Aún quieres continuar con esto?
—Sí —di un paso al frente y toqué el timbre, decidido.
Entonces más que nunca me preocupé por mi aspecto ¿Y si no le gustaba cómo me veía? Me acomodé el cabello lo mejor que pude, lo había recogido, pero no me había preocupado mucho por él al arreglarme, ahora me arrepentía. Miré mi ropa: jeans, camiseta, tenis y mi sudadera de cierre.
Dejé de preocuparme por eso cuando pasó un rato y nadie abrió la puerta. Volví a tocar el timbre, pero ocurrió lo mismo.
—No hay ningún auto, quizás salió —me dijo, mirando alrededor.
Volví a tocar el timbre.
—¿Estas seguro de que esta es la dirección? —le pregunté, esperanzado a que todo fuera un error y esta casa de ensueño con juguetes en el porche y columpio en el jardín no fuera la de mi padre.
—No hay duda.
Mis ánimos se fueron hasta el suelo.
Andrew me ofreció esperar en el auto a que llegaran, pero me dio vergüenza molestarlo más, así que preferí regresar a casa y quizás intentar otro día.
—Te invito a desayunar —me dijo con una sonrisa, los dos ya estábamos dentro del auto—. Conozco un restaurant cerca de aquí en donde sirven los mejores waffles de la ciudad.
No pude evitar sonreír un poco. Me sentía decepcionado, pero él amaba la comida tanto como yo, y sabía que con eso podía animarme fácilmente.
Asentí y él puso en marcha el auto.
—Conoces todos los restaurantes de esta ciudad ¿Verdad? —me burlé un poco.
—Es lo que uno termina haciendo cuando no es bueno para cocinar.
—¿No gastas mucho dinero?
—Eso no es problema —le restó importancia—. No tengo con quién gastarlo —me miró—, por eso me da gusto que aceptaras mi invitación.
Durante el camino, aproveché el tiempo y le mandé un mensaje a mi novio, diciéndole que había ido con Andrew a buscar a mi padre, pero que no lo había encontrado. Él me respondió de inmediato.
"¿Volverás a intentarlo?" me preguntó.
Y yo… no lo sabía, quizás eso era una señal del destino, además, ya Había visto que tenía hijos, no sabía si soportaría verlo feliz con su familia, sabiendo que abandonó a mi madre de aquella manera.
Llegamos al restaurante y mi estómago rugió cuando a mi nariz llegó el aroma a comida. Por los nervios no había cenado, tampoco desayuné en la mañana, así que traía un apetito voraz.
Nos asignaron mesa, y no llevábamos ahí ni cinco minutos cuando Andrew despegó sus ojos del menú, viendo detrás de mí a alguien.
—¿Qué pasa? —seguí su mirada, hasta notar que miraba fijamente a una familia sentada a un par de mesas de la nuestra.
—Él es tu padre —me dijo simplemente, sin dejar de mirarlo, sus ojos demostraban desprecio.
La sangre se me fue hasta los pies.
Observé sin disimulo hacia esa mesa. Aquel hombre no se parecía a mí, en lo absoluto. Era de cabello castaño y ojos claros. Venía con su familia, su esposa rubia a quien no le alcanzaba a ver el rostro, y dos niños igualmente rubios y pequeños.
Me paré de mi asiento sin decir nada.
—Espera ¿Qué haces? —me detuvo.
—Quiero ir con él y decirle quién soy, quiero decirle lo mucho de lo que se ha perdido y de lo que se seguirá perdiendo. Sólo quiero restregarle eso en la cara, nada más —sonreí, Andrew me miró con cierta duda, pero me dejó ir.
Caminé hacia su mesa con paso firme y decidido a pesar de que por dentro me encontrara temblando como gelatina. Me quedé parado a un lado de su mesa, en silencio. Lo vi mejor, definitivamente no teníamos nada en común.
—No se nos ofrece nada, gracias —me dijo de inmediato sin siquiera alzar la mirada, al parecer me había confundido con el mesero.
Carraspeé, haciendo que finalmente levantara su rostro hacia mí. Palideció por completo, al parecer me había reconocido. Se le fue el aire y el habla. De inmediato miró a su familia, preocupado.
—Querida, ahora vuelvo —le dijo a su esposa antes de ponerse de pie. Me asombré demasiado al ver que yo era más alto que él.
—¿Qué ocurre, cariño? —los ojos azules de su mujer me inspeccionaron, preocupada, quizás por la fea cara que no podía evitar hacerle a mi "padre".
—Es un viejo amigo, ahora vuelvo.
La señora me miro y me sonrió con calidez. Era amable y muy linda.
—Hablemos en otra parte —me dijo, tomándome del codo y alejándome de ahí. Llegamos al pasillo en donde estaban los baños.
—¿"Un viejo amigo"? ¿Es lo primero que dices de tu hijo? —no pude evitar decirlo con burla.
—Yuri… —me dijo, nervioso, pero yo lo interrumpí.
—Vaya, sabes mi nombre.
—Has crecido tanto… espera ¿Sabes quién soy?
Vaya que era un hombre lento de pensamiento. Patético.
—Claro, el malnacido que abandonó a Yulia cuando supo que tendría un hijo suyo.
Tragó en seco.
—Escucha, eso no fue así. Bueno, en parte sí, pero… —suspiró y se pasó una mano por su cabello corto, desesperado—. Yo no quería tener hijos en ese entonces. Yo era muy joven, y tu madre también.
—¿Y qué? Yo ya venía en camino, no era momento de decidir si querías o no ser padre, ibas a serlo de todas formas.
—Fui un tonto, lo sé. Pero no podía tomar una responsabilidad así.
—No, más bien no querías, y por eso huiste.
—Lo siento, Yuri, en verdad lo siento.
—No vine aquí buscando tus disculpas —sonreí, no sé qué tan retorcida salió mi sonrisa, pero él retrocedió un paso—. Sólo quería conocerte y ver si el concepto que tenía de ti era realmente justificable, ya vi que sí. No te mereces ni siquiera mi odio.
—Yuri, no digas eso…
—Lo que más me sorprende es el hecho de que me conoces —agrandé mis ojos, en verdad sorprendido por eso, no me lo esperaba.
—Siempre estuve al pendiente de ti —se puso evidentemente nervioso—. Yo también fui patinador, y seguí toda tu carrera de cerca, eres un joven muy talentoso, idéntico a Yulia.
Una ira incontenible me inundó, sin embargo hice lo posible por no explotar ahí mismo.
—No te atrevas… —le dije, controlando mi furia—… no te atrevas ni a mencionarla. Y en todo caso, si estuviste tan cerca de mí como dices ¿Por qué no me buscaste cuando ella murió? ¿Tienes una idea de todas las veces que me preguntaba por ti? Mi abuelo nunca se atrevió a decirme quién era mi padre, y ahora entiendo el por qué —lo miré de pies a cabeza, con desprecio—. No quería que sintiera lo que siento en estos momentos.
—Entiéndelo, yo era muy joven en ese entonces, no podía hacerme cargo de ti, tenía apenas veintiocho años cuando Yulia falleció.
Me quedé estático por unos momentos, esa era una vil excusa, el cerdo estaba por cumplir esa edad y ni siquiera lo pensó dos veces antes de aceptar a Alexei como hijo propio. Por esa simple razón mi sangre hirvió más en furia.
—¿Y por eso preferiste dejar a tu hijo solo? No me malentiendas, viví con mi abuelo, él me crio y fui un niño feliz a pesar de todo, pero… nada se hubiera comparado a tener a mi padre conmigo, aunque ahora que te conozco puedo dudarlo con facilidad.
—¿Qué vienes a buscar? —suspiró, resignado. Ya ni siquiera me respondió la pregunta que le hice, y no me molestó, no quería oír más de sus estúpidas excusas.
—Ya te lo dije, sólo quería confirmar mis sospechas de que eres un ser que no vale nada.
—¿Vas a decirle a mi familia sobre tu existencia?
—Oh, no lo saben… —me sorprendí, ese hombre sí que sabía caer bajo.
Solté una risa cargada de desprecio antes de mirarlo y negar con la cabeza, sin borrar mi sonrisa. Él se vio un tanto intimidado, de nuevo pensé: "patético".
—¿Eso es lo que te preocupa?
—No lo hagas —me pidió—, ellos no saben que tú…
—Ellos no tienen la culpa de que seas un malnacido, además, no vales la pena. No tenía expectativas hacia ti y aun así lograste decepcionarme —chasqueé la lengua—. De todas formas me alegra haberte conocido.
Él esbozó una estúpida media sonrisa.
—Así confirmé que no me he perdido de nada bueno, eres una completa mierda.
—Espera, entiendo que me odies, pero a fin de cuentas soy tu padre —intentó imponer su "autoridad" ante mí—. No puedes hablarme de esa… —soltó un quejido sofocado cuando le asesté un puñetazo en el estómago, me lo había venido aguantando desde momentos antes, finalmente tuve que soltarlo, me sentía mejor luego de hacerlo.
Se dobló sobe sí mismo y desde ahí me miró con el ceño fruncido.
—Espero sepas ser un buen padre para esos niños, no los decepciones como lo hiciste conmigo —chasqueé la lengua y me fui.
Al salir del pasillo me topé con Andrew, estaba esperándome.
—¿No crees que te pasaste un poco? —me preguntó, aguantando la risa, al parecer había visto todo.
—No, al contrario, creo que me contuve bastante —metí mis manos a los bolsillos de la sudadera, ahí me di cuenta de lo mucho que me temblaban.
Estaba lleno de ira, sin embargo, pude menguarla un poco con ese golpe.
—Siento haberte arruinado el desayuno —me disculpé, apenado una vez que estuvimos fuera del restaurant.
—Es lo de menos —suspiró—. Nunca creí que nos lo encontraríamos aquí.
Nos subimos al auto y él puso su mano sobre mi cabeza, me miró con un poco de tristeza.
—Siento haberte orillado a esta experiencia tan amarga.
—Era necesario —respondí con simpleza.
—Vamos, te llevo a casa. Viktor y Yuuri deben de estar preocupados y ansiosos por saber qué pasó.
—Sí —lo miré por unos segundos—. Gracias por esto, me siento mejor —reí—. Pude golpear a ese desgraciado, me ayudó a liberar muchas frustraciones.
—Sigo creyendo que te pasaste un poco.
—Pero estuvo genial ¿No crees?
Se rio abiertamente antes de negar a manera de desaprobación, pero de todas formas terminó riendo de nuevo.
Nos subimos al auto y desde ahí pude ver hacia el interior del restaurant, mi padre había vuelto con su familia a la mesa.
—Dices que conociste muy bien a mi madre ¿Sabes qué le vio a ese hombre? —pregunté con verdadera curiosidad—. Es un completo perdedor.
—Yo me pregunté lo mismo… sabía que estaba enamorada de él, pero no estuve aquí para ver cómo consumaban su relación —frunció el ceño—. Viví una temporada en Inglaterra y nunca supe que Yulia tuvo un hijo —me miró con una sonrisa—. Hasta que vi que eras el vivo retrato de ella.
—¿Dónde se conocieron? —me miró confundido—. Mi madre y tú.
Él esbozó una sonrisa muy grande.
—Ella estaba apenas comenzando la preparatoria y yo me encontraba terminando la universidad. En ese entonces yo daba clases de medio tiempo en la preparatoria donde ella estudiaba.
—¿Clases? ¿De qué? —no me lo imaginaba como maestro.
Él se rio.
—No te confundas, estudié leyes al igual que tu padre, pero siempre me gustó la historia.
—¿Fuiste el profesor de historia de mi madre? —me asombré.
—Sí, el profesor más joven de esa preparatoria. Pero sólo estuve ahí un par de años, hasta que Dimitri me convención finalmente de trabajar con él en su empresa. La que quería ser maestra era tu madre ¿Logró terminar su carrera?
Sentí mucha nostalgia al hablar de ella.
—Sí, según me dijo mi abuelo, logró terminarla un poco antes de que yo naciera.
—¿En qué año naciste?
—Dos mil uno.
Al parecer se asustó, pues se detuvo abruptamente cuando llegamos al edificio de departamentos.
—¿En qué mes? —se veía pálido.
—El primero de marzo ¿Por qué? —no entendía el motivo de su espanto.
Vi cómo Andrew hacia algo como cálculos mentales, pues usaba sus dedos, contando quién sabe qué cosas.
—No… por nada.
Entré en silencio al departamento. Era sábado de asueto, así que tanto Viktor como Yuuri estaban en casa, seguramente durmiendo todavía.
Grande fue mi asombro al percibir un agradable aroma a comida, también escuché ruido en la cocina. Fui a ver quién era y sonreí al ver al cerdo preparando el desayuno.
—Yurio —me recibió con una cálida sonrisa, se limpió las manos con un secador y fue hacia mí—. ¿Cómo te fue? —escaneó cada parte de mi rostro, al parecer preocupado.
Sonreí un poco, pero entonces mi visión se volvió borrosa. Fue al tallarme los ojos cuando me di cuenta de que salían lágrimas de ellos, una tras otra.
—Oh Yurio…
Ni siquiera lo pensé antes de rodearlo con mis brazos, buscando un poco de consuelo. Ciertamente me había contenido bastante, me mantuve fuerte y pensé que lo lograría hasta el final, pero terminé sucumbiendo ante el montón de emociones en mi ser.
Y un abrazo del cerdo era más que reconfortante.
—¿Tan mal estuvo? —me preguntó con tacto, acariciando mi espalda.
—¡Yurio! ¿Cómo te fue? —la voz de Viktor invadió la cocina.
Me despegué del cerdo y vi que venía con Alexei en brazos. El bebé tenía un chistoso peinado matutino que me hizo reír un poco.
—Estás llorando… —se me acercó e intentó limpiarme una lágrima, pero le empujé la mano a un lado.
—Estoy bien, pero… quisiera platicarles lo que pasó.
—Vayan a la mesa, les serviré el desayuno y hablaremos de eso —se ofreció Viktor, entregándome al bebé y dándole un corto beso en los labios al cerdo.
Mientras comíamos pude explicarles todo lo ocurrido. Ellos se asombraron mucho y me reprendieron por haber golpeado a mi padre, pero terminaron riendo y estando de acuerdo conmigo sobre el hecho de que se lo merecía.
—¿Se lo diste fuerte?
—Bastante —le respondí al viejo, con una sonrisa.
—Bien hecho.
—No lo alientes, Viktor —se molestó el cerdo, luego me miró—. ¿Dónde aprendiste a pelear?
—Beka me enseño defensa personal y de paso me dijo cómo tirar buenos puñetazos sin dejar evidencia —contuve mi risa al ver la desaprobación en sus ojos cafés.
Narradora.
Aún era temprano, pero sabía que su amigo era madrugador por costumbre. No lo pensó dos veces antes de entrar como loco a su mansión, ni siquiera le importó el hecho de que estuvieran peleados, fue directo al salón en donde solía tomar el desayuno, se lo encontró en el mismo lugar de siempre y…
—Andrew ¿Qué te ocurre? —se puso de pie, yendo hacia él de inmediato. Se había espantado al verlo tan pálido y agitado. Ni siquiera recordó el enojo que sentía hacia él.
—Dimitri… —dijo casi sin aire.
—Contrólate hombre —lo tomó de un brazo y lo llevó a sentarse—. Dime, ¿Qué te pasa?
Andrew alzó sus ojos verdes hacia su mejor amigo, y con una expresión indescifrable dijo:
—Dimitri…encontré a mi hijo.
Continuará…
24/03/2018
5:45 p.m.
