Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XLI

"Nuestro Hogar"

Los abrazos de Yuuri siempre le habían parecido especiales, curativos y mejores que cualquier tipo de medicina. Tenía una forma de abrazar muy especial y Viktor estaba seguro de que nadie más lo podría reconfortar como él, hasta que llegaron a Hasetsu y Hiroko los recibió en la entrada del onsen.

—¡Vichan! —luego de abrazar a Yuuri, corrió a abrazar a su otro hijo. El ruso recibió el abrazo, dejándose querer. Dobló un poco las rodillas y se inclinó para abrazar a su amada suegra—. Siento mucho lo de tu hermano —le acarició una mejilla, mirándolo con un intenso amor maternal—. Nos hubiera gustado estar contigo en esos momentos tan difíciles. Sabes que aquí tienes a tu familia ¿Verdad? —preguntó con una leve sonrisa consoladora.

—Lo sé —lágrimas se acumularon en sus ojos—. Gracias —la volvió a abrazar. Y se quedaron así por un rato, Viktor llorando y ella consolándolo.

Yuuri decidió darles su espacio y entró a la casa sólo para toparse a su hermana y a su padre ya esperándolos con la mesa servida, y ansiosos por conocer al bebé. Makkachin se fue directo hacia Mari, echándose le encima antes de que ésta se le echara encima al bebé.

—¡Mari! Lo vas a espantar —se quejó Yuuri, moviendo el portabebés en donde venía Alexei y evitando que ella lo tomara en brazos de inmediato.

—¡Pero si es precioso!

—Tiene todos los rasgos Nikiforov marcados en él —sonrió con nostalgia, admirando al pequeñín que dormía todavía.

Poco después Viktor y Hiroko se les unieron, ambos con los ojos un poco enrojecidos. A Yuuri se le partió el corazón al verlo lloroso, con su nariz también levemente roja. Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, Viktor le dedicó una suave y linda sonrisa que de inmediato fue correspondida por el japonés.

La familia al fin conoció a Alexei y no pudieron hacer más que mimarlo y enamorarse de él. Les sorprendía que fuera tan tranquilo y que sólo llorara cuando tenía hambre, el pañal sucio, o cuando extrañaba a Yuuri, porque eso sí, Alexei se apegó demasiado al japonés en esos meses.

—¿Cuánto tiempo se van a quedar?

—Queremos pasar navidad y año nuevo aquí, y nuestros cumpleaños también —sonrió al ver de reojo cómo Viktor le hacía caras a su hijo para entretenerlo mientras todos charlaban en el comedor luego de la cena.

Los Katsuki se emocionaron mucho al saber eso, en la mente de Hiroko se empezó a planificar de inmediato el cumpleaños de sus dos hijos, además, eran las primeras fiestas que pasarían juntos.

—¿Nos podemos quedar aquí mientras arreglamos nuestra casa? —preguntó Viktor, con Alexei sobre su regazo, mirando todo a su alrededor—. Es que aún no la amueblamos —sonrió.

—¡Pero por supuesto que se pueden quedar aquí! ¡Todo lo que quieran! —respondió Hiroko con emoción.

—¿Eso quiere decir que no participarán en el Grand Prix de este año? —inquirió Mari.

—No —respondió Yuuri—. Este año tuvimos una visita inesperada —miró a su hijo y le apretó una mejilla, sacándole una preciosa risita que alegró a todos.

—Parece hijo de ambos —dijo de pronto Toshiya, mirando que el nene tenía el cabello oscuro como Yuuri y los ojos similares a los de Viktor, aunque no tan claros.

—Es un bebé muy hermoso… ¿Cuánto tiene?

—Va a cumplir siete meses en unos días —respondió Yuuri.

Viktor lo levantó de su regazo y lo alzó, haciéndolo reír más antes de morderle una mejilla.

—¡Deja sus mejillas en paz! —le regañó Yuuri, quitándole al bebé risueño de los brazos.

—Pero a él le gusta —señaló su sonrisa.

—Pero a veces llora —replicó.

—Eres muy sobreprotector.

Y empezaron una chistosa discusión que la familia observó con diversión. Ciertamente no esperaban verlos tan pronto con hijos. Era una vista muy hermosa.

—¿Por qué no van a tomar un baño en las aguas? Nosotros cuidaremos de Alexei —se ofreció Hiroko.

—Sí, vayan porque se ve que les hace falta relajarse bastante —los observó Mari. Sí, Viktor y Yuuri se veían ojerosos y muy cansados. Convertirse en padres de un día para otro no era nada fácil.

Desempacaron sus cosas en el cuarto que había sido de Viktor. El lugar estaba preparado con una cama muy amplia y una bella cuna a un lado. Yuuri se sintió agradecido al ver todas las molestias que se había tomado su familia.

Mientras desempacaban todo, Yuuri miró a su esposo de reojo. Un sentimiento extraño lo invadió al verlo, recordando esos días en los que su relación era tan incipiente. Habían atravesado por muchas dificultades, pero ahí estaban de nuevo, en la misma habitación que hace tantos años, ahora casados y con un hijo, sin embargo, su amado no se veía muy contento.

Yuuri se daba cuenta. Viktor intentaba volver a ser el mismo hombre alegre de siempre, pero le estaba costando trabajo. Lo notaba en ese momento, viéndolo desempacar y suspirar de vez en cuando.

Con paso lento se acercó a su marido y lo sorprendió abrazándolo desde atrás. Recargó el mentón en su hombro y apretándolo con fuerza reconfortante, le dijo:

—Vitya… ¿Quieres ver algo que tengo oculto en mi clóset?

El aludido alzó una ceja, intrigado.

—¿Qué ocultas?

—¿Quieres verlo?

La curiosidad brilló en los ojos del mayor.

—¡Sí! —se emocionó, no tenía idea de qué podría mostrarle, mucho menos se imaginaba que Yuuri estaba dispuesto a pasar esa vergüenza con tal de sacarle una sonrisa.

Fueron a la recámara de Yuuri y éste entró al clóset sólo para sacar una cosa larga y blanca, muy esponjosa.

—¿Una almohada? —inquirió el ruso sin entender el misterio o lo interesante del asunto.

Con las mejillas rojas, Yuuri abrazó esa almohada con fuerza.

—Sólo promete que no te burlarás.

—¿Qué escondes? —aguantó la risa al verlo nervioso.

—No te rías —pidió, antes de girar la almohada y mostrar a un Viktor de cuerpo completo impreso en la funda de esa cosa gigante.

—Amazing! —se llevó ambas manos a las mejillas—. ¿Eso es tuyo? ¡¿Desde cuándo lo tienes?!

—Tengo años con ella, todavía no nos conocíamos cuando la adquirí.

—Oh Yuuri, eso es tan lindo —lo abrazó, con su felicidad acostumbrada. No le importó que la almohada estuviera en medio—. ¿La usabas?

—Siempre —respondió con bochorno.

Viktor se echó a reír, rompiendo su promesa.

—Eres tan adorable, mi amor —lo tomó por la cintura y lo besó. Beso que fue interrumpido por el llanto de Alexei a la lejanía.

Ambos padres se preocuparon y fueron casi corriendo hacia su hijo. Para cuando llegaron a la sala, descubrieron que Mari ya tenía todo bajo control.

—¿Qué? ¿No se supone que se estaban bañando? Aprovechen, yo me haré cargo de mi sobrino, shuu, shuu —les hizo un gesto con la mano mientras que con la otra cargaba al bebé ya calmado.

Los esposos regresaron a su habitación, tomaron algunas cosas y se fueron directo a las aguas.

—Es tan relajante… —Yuuri fue el primero en sumergirse en las termas. Momentos después le siguió Viktor—. ¿Desde cuándo eres pudoroso, Viktor? —se burló al ver que entraba con todo y la pequeña toalla que cubría su entrepierna.

—Oh… No lo pensé —se encogió de hombros. Andaba muy despistado y un tanto ido. Eso no dejaba de preocupar a Yuuri.

El japonés se movió en el agua hasta quedar sentado muy cerca de Viktor, tanto, que sus pieles se rozaban.

—¿Qué haces amor? —inquirió el ruso al ver que su esposo se le acercaba demasiado.

—Nada —despejó su frente y depositó un montón de suaves y lentos besitos, lo hizo también en sus mejillas, en su barbilla, en todo su rostro, sacándole risas y asegurándose de hacerlo sentir amado.

Viktor se dejó querer, amaba cuando Yuuri tomaba la iniciativa de esa forma.

—Te amo —Viktor detuvo la lluvia de besos sólo para acariciar las mejillas de su amado.

—Lo sé —sonrió—. Y yo te amo a ti —bajó su mano hasta posarla sobre el muslo de Viktor y a partir de ese punto fue subiéndola poco a poco.

El otro sonrió de lado, seductor al adivinar las intenciones de su esposo.

—¿Qué planeas, Yuuri?

—¿Tú qué crees? —alzó una ceja y se inclinó más sobre Viktor, completamente seductor y con una sonrisa por completo sexy.

—¡Iuuri! —soltó una risita y se dejó hacer. Puso sus manos sobre el trasero de su esposo y lo apretó a su antojo. Yuuri suspiró y se concentró en llenar de besos apasionados el cuello de su marido, usando dientes para dejar marcas.

Hubieran seguido en su tarea, de no ser por el ruido de la puerta corrediza tras ellos. Yuuri se paró como resorte del regazo de su marido y se sentó a un lado antes de que los huéspedes los vieran en esa situación tan incómoda y comprometedora. Era similar a la escena de años atrás, cuando los dos estaban desnudos y muy cerca el uno del otro mientras Viktor intentaba comprobar la elasticidad de Yuuri. En ese entonces la gente se había escandalizado. Tal como ahora, sólo que en esta ocasión les causó muchísima gracia.

—¿Viste la cara del anciano? —preguntó Viktor en ruso.

—Sí. Si hubiese llegado antes quizás se habría infartado —respondió en el mismo idioma. Se llevó una mano a la boca para intentar reprimir sus risas traviesas e incontenibles.

Así los dos se echaron a reír a pesar de ver sus deseos truncos, ya no era tan fácil como antes.

—¿Ya te quieres salir? —inquirió el mayor.

—No, quedémonos así un rato más —recargó su nuca en el hombro de Viktor, cerrando los ojos para no ver las expresiones escandalizadas y chistosas de los clientes.

El ruso, recuperando un poco de su humor travieso, bajó su mano hasta posarla en la cadera de Yuuri, acariciándola a su antojo y desviándose a lugares prohibidos de vez en cuando.

Manoseándose bajo el agua, los dos de pronto se vieron con las respiraciones un tanto agitadas. Decidieron salir de ahí, sin descubrir sus entrepiernas en ningún momento. Y muy apenas molestándose en ponerse la bata de baño, salieron de ahí rumbo a su habitación, pero a medio pasillo Viktor lo detuvo, estampando su espalda contra el muro más cercano.

—No aguanto más —murmuró, agitado y con su rostro pegado al de Yuuri. Sus respiraciones se combinaban una con la otra.

—Yo tampoco —jadeó al sentir la rodilla de Viktor entre sus piernas, haciendo la presión justa para estimularlo más de lo que ya estaba.

Las manos del ruso abarcaron las mejillas del menor, atrayéndolo a un beso por completo posesivo y profundo en el que compartieron más que su aliento.

Gotas de agua caían por sus cabellos aún empapados. Las pupilas de ambos estaban dilatadas, mirando con ansias al otro cuando se separaban por segundos antes de perderse de nuevo en otro beso lleno de pasión. Viktor lo tomó ahora de la cintura y lo pegó a su cuerpo con esa brusquedad tan precisa que Yuuri adoraba.

—Quiero hacerte tantas cosas… —jadeó Viktor, agitado.

Yuuri arrastró una sonrisa llena de picardía.

—¿Cuánto ha pasado desde la última vez?

—No lo sé… meses… —asaltó su boca con un beso más demandante.

Y como si el destino estuviese en su contra, el llanto de su precioso hijo resonó en todo el onsen. Cabía destacar que era poseedor de unos potentes pulmones, lloraba poco, pero cuando lo hacía…

—Mamá lo está cuidando —le recordó Yuuri—. Y Mari también.

Viktor asintió. Ambos, no muy convencidos, siguieron con sus besos en medio de la oscuridad del pasillo. Sin embargo, el llanto insistente de su bebé no los dejaba continuar con la misma complacencia de antes.

Suspirando, se miraron a los ojos y con esa simple conexión supieron lo que tenían que hacer. Se separaron el uno del otro y trataron de regularizar sus respiraciones antes de ir por su bebé a la sala. Vistiendo aún sólo las batas blancas de baño, y un tanto acalorados por el momento, llegaron a donde su familia, encontrándose a Mari intentando calmar al bebé.

Alexei apenas miró a sus padres comenzó a llorar más fuerte, extendiendo sus bracitos hacia ambos, derramando lágrima tras lágrima.

—Oh, chicos… no quería molestarlos —dijo Mari, en apuros con el bebé, intentando calmarlo sin conseguirlo—. Pero desde que cenó está así, ya lo hicimos eructar, pero aun así… —miró a su mamá en busca de ayuda.

—Tiene cólicos —dijo Hiroko, con una leve sonrisa—. Y quiere a sus papás, está muy pegado a ustedes —vio cómo Yuuri de inmediato cargó al nene y trató de acunarlo entre sus brazos, pero Alexei no se dejó, se retorció por completo y extendió sus brazos hacia Viktor, llorando por él.

—Oh… sí se siente mal —Yuuri entregó al bebé en los brazos de su padre—. Por lo regular, cuando se enferma llora mucho, hasta que Viktor lo carga. Es algo que no sabemos cómo explicar.

—Sí, pero el resto de los días sólo quiere que tú lo cargues —comentó Viktor, un tanto sentido por eso.

—¿Alexei tiene preferencias? —se burló Mari, mirando a su cuñado.

—Ama a Yuuri —comenzó a mecer suavemente a su hijo, pero éste se removía, buscando una posición más cómoda sin encontrarla del todo, no hasta que Viktor lo recostó sobre su hombro, dándole palmaditas en la espalda y caminando de un lado a otro. Eso hizo que su llanto se convirtiera en pequeños hipidos.

Todos, sin excepción, soltaron una exclamación de ternura al ver cómo el bebé intentaba rodear el cuello de su papi con los bracitos.

Y así, poco a poco se fue calmando, pero el pobre no podía dormir. Cada vez que Viktor se sentaba, Alexei se ponía inquieto y lloraba; y cada vez que Yuuri quería cargarlo, pasaba lo mismo. En ese momento sólo aceptaba los brazos de papá Viktor.

Fue hasta más tarde, casi en la madrugada, cuando el ruso detectó un cambio en la temperatura de su hijo.

Ya se habían ido a la cama y dormían plácidamente hasta que Alexei volvió a llorar. Los dos se despertaron, y Yuuri estaba a punto de ir y calmar a su bebé, pero Viktor lo detuvo.

—Duerme amor, yo iré esta vez.

—Gracias… —más dormido que despierto, se volvió a tumbar sobre el colchón.

Viktor caminó hasta la cuna de su bebé y lo tomó en brazos.

—Está ardiendo —se espantó al tocar su cabecita, hizo lo mismo con sus bracitos y piernas. Sí, su bebé tenía fiebre.

Yuuri entró en pánico al oír aquello, se incorporó como resorte y fue hacia ellas, comprobando lo que su esposo notó. Era la primera vez que su bebé se enfermaba.

—Buscaré un termómetro, y si es necesario lo llevaremos a urgencias —besó la cabecita de su bebé y salió casi corriendo en busca del botiquín.

De regreso a la habitación se topó con su mamá envuelta en su bata.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Alexei tiene cólicos de nuevo?

Él sintió un gran alivio al verla despierta.

—No, mamá. Tiene fiebre y no sabemos qué hacer.

Eso fue más que suficiente para que Hiroko lo acompañara.

Cuando entraron al cuarto, descubrieron a Viktor meciendo al bebé que aún no dejaba de llorar. Se veía muy angustiado, sus cejas claras y muy juntas la una con la otra lo demostraban.

—Oka-san —suspiró de alivio al verla.

—¿Qué le pasa a mi nieto? —dijo con ternura y calma, lo tomó entre sus brazos y comprobó que el pequeñín estaba ligeramente más tibio de lo que debería. Le pusieron el termómetro y en efecto, no era la gran cosa.

No tardaron en descubrir que el origen del problema era la erupción de sus primeros dientitos de leche. El pequeñín había babeado el hombro entero de Viktor y además tenía sus encías un poco inflamadas. Casi se podían ver sus dientitos centrales inferiores asomándose.

—¿Ven? —Hiroko estiró con cuidado el labio inferior de su nieto y le mostró a sus hijos.

—Oh… —ambos parpadearon con sorpresa.

¡Los primeros dientes de su hijo!

Se emocionaron mucho, pero esa felicidad se fue cuando el nene comenzó a llorar de nuevo. Parecía desesperado.

—¿Qué hacemos? —miró a su madre con angustia.

Hiroko los salvó. Les indicó que le dieran un juguete blando que pudiera morder para quitarse esas ansias y les llevó un biberón con agua fresca para aliviar las molestias del bebé.

Pasaron un par de horas antes de que Alexei se durmiera al fin, y no ocurrió sino hasta que Viktor decidió recostarlo en la cama, en medio de él y su esposo. Así los dos velaron el sueño de su hijo, dándole pequeños mimos de vez en cuando, acariciando su cabecita.

—Es hermoso —susurró Yuuri, embelesado y sin dejar de acariciarlo.

—Es perfecto —continuó Viktor, de acuerdo con su amado.

Los dos se perdieron un rato entre caricias y palabras de amor dirigidas a su bebé, hasta que el sueño le ganó a Yuuri. Entonces Viktor se quedó despierto, admirando a su hermosa familia.

Los amaba con locura. Si algo le llegaba a pasar a esas dos personitas que estaban frente a él, simplemente se moriría de dolor.

No entendía cómo es que podía experimentar un amor tan inmenso y fuerte por su familia, tan fuerte que le daba miedo. Haría lo que fuera por ellos, sin dudarlo ni un segundo. Eran su mundo.

De pronto, Viktor se halló acariciando también a su esposo. Era noche de luna llena, así que por la ventana abierta entraba la estela de luz que irradiaba la luna.

—Los amo —besó a sus dos amores y se dispuso a dormir, pensando seriamente en incrementar el tamaño de su familia, lo cual era curioso, pues había entrado en pánico al igual que Yuuri cuando Alexei mostró signos de estar enfermo. Cualquiera en su sano juicio diría que no era momento de tener más bebés, pero entonces… ¿Cuándo sería el momento?

Nunca. Así que tenían que intentarlo y ya.

Se quedó dormido mientras pensaba en eso.

Poco a poco fueron amueblando su casa en Hasetsu. Para ambos fue una experiencia muy bella ir a las tiendas y elegir las cosas, juntos con su hijo.

—¿Qué colchón elegimos? —preguntó Yuuri.

—El que tú quieras, amor —respondió, cargando a Alexei y entretenido jugando con él.

—Pero hay que probarlos, ayúdame —pidió mientras miraba todas las opciones posibles.

Nunca imaginó que Viktor tomaría eso en doble sentido, pues el ruso alzó una ceja y lo miró con un grado de lujuria no apto para lugares públicos.

Yuuri vio a su esposo, notó su mirada y entendió todo.

—¡Viktor Nikiforov! —lo regañó entre risas traviesas y nerviosas.

—¿Qué? No me digas que es mala idea, deberíamos probarlos de esa forma. Si es muy duro no podré aventarte fácilmente a la cama, y si es muy blando rebotaríamos en él.

Yuuri miró al techo mientras negaba con la cabeza y se reía. Le dio un besito en los labios antes de tomarlo de la mano y llevarlo a probar diferentes colchones, de manera correcta.

Pronto eligieron lo que faltaba y en menos de una semana su casa quedaría lista para ser habitada.

Las compras en familia fueron muy gratas para los tres.

Lo único que no le gustaba mucho a Viktor, era el calor. El pobre se derretía. Y otra cosa que lo traía un poco irritado, era el hecho de que no había podido tener intimidad con su esposo, siempre algo lo impedía o los interrumpía.

Ya habían comprado el colchón y se detuvieron a tomar un refrigerio en la plaza comercial. La mayoría de la gente que pasaba se les quedaba viendo y al final sonreía, y es que los tres formaban una hermosa familia. Además, era adorable ver cómo Yuuri alimentaba a Alexei con pequeños trocitos de manzana. La abuela Hiroko lo había recomendado para alivianar un poco las molestias de los dientitos nuevos, y por otro lado, Alexei amaba comer fruta.

Viktor tomaba una limonada helada y Yuuri agua mineral. Descansaban de sus compras y hubo un momento en el que el silencio gobernó la atmósfera familiar. El ruso parecía un poco ido y Yuuri intentaba adivinar qué sucedía. Estuvo a punto de preguntarle qué le ocurría, pero…

—Quiero… —dijo Viktor con convicción—. No, necesito que tengamos sexo.

El japonés se sonrojó hasta las orejas y casi le sale humo por éstas. ¡Estaban en un lugar público! Y no se había molestado en decirlo discretamente.

—¡Vi-Viktor! —se abochornó.

—Es en serio —lo miró con sus penetrantes ojos celestes y finalmente esbozó una sonrisa traviesa—. Sé que mantuviste tu espacio por respeto a mi hermano y a Evgi —entristeció un poco, pero no borró su sonrisita—. Pero no necesitas hacerlo más, al contrario. Yuuri, amor, te necesito —tomó su mano por encima de la mesa.

Las mejillas de Yuuri seguían rojas.

—Yo también te necesito —tomó su mano y la besó.

—¿Esta noche? —preguntó con un brillo travieso en sus ojos que tenía mucho de no aparecer.

Yuuri asintió con una sonrisa, pero luego miró a su bebé, Viktor hizo lo mismo y… tenían un problema. Alexei dormía en la misma habitación.

—Cuando se duerma —dijo Viktor.

—¿Qué? No, no puedo hacerlo con él ahí, yo… —frunció los labios—… no hagamos eso, Viktor. ¿Y si despierta?

—Es muy pequeño para entender.

—¡Viktor!

—Bueno… entonces le pediremos a oka-san que lo cuide esta noche. Si lo cansamos lo suficiente, dormirá como piedra —miró a su hijo—. ¿Verdad, cariño? —le habló con vocecita tierna. Yuuri contuvo sus ganas de reír, era muy adorable verlo hacer eso.

Terminaron sus bebidas y se fueron caminando de la mano, empujando la carriola de su bebé como dos tontos enamorados.

Pero esa noche sus planes se vieron por completo frustrados. Alexei estuvo inquieto después de cenar y permaneció así hasta pasada la media noche. Ni Viktor ni Yuuri lograban hacerlo dormir.

—Alexei… —suspiró Yuuri, cansado—. ¿Por qué tienes tanta energía? —lo alzó en brazos, por encima de su cabeza. El nene soltó una carcajada. Estaba demasiado despierto—. Amor ¿Le diste chocolate?

—¡Claro que no! —se escandalizó.

Yuuri entornó los ojos, no creyéndole.

—¡Digo la verdad!

El japonés suspiró.

Pasaron horas jugando con el bebé, intentando que se cansara y así dormirlo, incluso lo llevaron a dar una vuelta al parque en su carriola, pero no había forma de que se durmiera. Hasta parecía que el nene sabía sobre los planes de sus padres.

—Préstamelo —Viktor se lo quitó a Yuuri, luego abrió la parte superior de su yukata verde del onsen y metió ahí al bebé, quien luego estalló en carcajadas cuando su padre comenzó a arrullarlo, caminando de un lado a otro y tarareando.

—Amor, no creo que eso funcione —le dijo Yuuri.

Viktor frunció el ceño y los labios, ignoró a su esposo y siguió en su labor.

—No creo que haciéndolo más fuerte se quede dormido —aguantó sus ganas de reír. Viktor de nuevo no dijo nada.

Pasó un rato y el bebé no dio más señales de estar despierto.

Viktor se acercó a su esposo y en voz muy baja le preguntó si estaba ya dormido. Yuuri se asomó a la yukata de Viktor y se enterneció bastante al ver a su bebé acurrucado contra el pecho del ruso, pero…

—Para nada —observó sus enormes ojos azules, le picó la nariz con el índice y Alexei se rio como loco.

Sus padres estaban desesperados, cansados e irritados, pero jamás habían escuchado a Alexei tan risueño y feliz. Así que sus sentimientos negativos se fueron y dedicaron todo su tiempo a hacerlo reír más.

Ese día Hiroko se había enterado del plan de sus hijos gracias a que Viktor fue totalmente desinhibido y le dijo tal cual lo que querían hacer y lo que necesitaban. Yuuri se deshizo en vergüenza por la sinceridad y exactitud de su esposo al comentar sus planes. Hiroko aceptó cuidar a su nietecito, pero Alexei se ponía a llorar cuando lo alejaban de sus padres.

Y así fue como terminaron quedándose con su hijo. Las horas pasaron y pasaron. Los dos estaban acostados en su cama, Viktor con las rodillas flexionadas para que Alexei descansara su espalda en las piernas de su padre mientras éste le hacía cariñitos y caras chistosas.

Los dos terminaron jugando con su hijo, haciéndole cosquillas y muecas hasta que el nene comenzó a cabecear.

—Buenas noches mi bebé —le dijo Viktor en japonés antes de darle un besito en la frente. Alexei frunció el ceño y se talló la frente con su manita. Eso los hizo reír mucho.

—Buenas noches cariño —le dijo Yuuri en ruso. Los esposos se miraron mutuamente y sonrieron.

—¿Qué idioma hablará nuestro hijo? —inquirió Viktor en voz baja.

—Su idioma base debe ser ruso —miró al amor de su vida—. Crecerá en San Petersburgo, sería lo más normal.

—Y también inglés.

Yuuri rio.

—Por supuesto, nos va a oír hablando inglés todo el tiempo.

—Y japonés, definitivamente.

Yuuri se puso muy feliz al escucharlo decir eso.

—Hablando de eso… necesito retomar mis clases de japonés. Me falta mucho por aprender.

—Vaya que sí —se burló antes de recibir un pequeño golpe en el hombro.

Y así, aún con Alexei sobre el regazo de Viktor, ambos se empezaron a hacer tiernos cariñitos, se besaron con mucho amor y se acariciaron el rostro, Viktor cuidando en todo momento que su hijo no se le cayera de encima.

Ya con sueño, Yuuri recostó su cabeza sobre el pecho de su esposo y acomodó a Alexei en medio de ambos. Viktor lo tenía abrazado y le hacía cariñitos en el brazo con la punta de sus dedos.

—Viktor… —murmuró, casi dormido.

—¿Hm?

—Háblame en francés.

El ruso apenas pudo contener una risita.

—¿Qué quieres que te diga?

—Lo que quieras, amor —se acurrucó mejor y cerró los ojos.

Te puedo decir que soy muy feliz contigo y nuestro hijo —le susurró en francés—. Casarnos ha sido la mejor decisión que tomé en la vida. No lo cambiaría por nada. Tu amor hace que todo haya valido la pena. Y seguirá siendo así cuando los dos seamos un par de viejitos.

Yuuri se removió, lleno de felicidad y emoción. Permaneció con los ojos cerrados.

—Te amo —dijo antes de quedarse completamente dormido. Viktor lo abrazó hacia sí y tampoco tardó mucho en quedar dormido.

La familia completa durmió en paz durante toda la noche, al menos hasta que a las seis de la mañana Alexei despertó llorando, exigiendo un cambio de pañal urgente.

Yuuri se levantó de inmediato, y aún adormecido se llevó a su bebé del cuarto para que su llanto no despertara a Viktor. Le quitó el pañal sucio y como el sueño se le había espantado, decidió tomar un baño con su hijo.

Llevaba un rato jugando en la tina con Alexei, haciéndolo reír y salpicándole agua, cuando de pronto la puerta del baño se abrió. Yuuri pegó un brinco del susto, pero se le pasó al ver a su esposo semidesnudo entrando.

—¿Por qué no me despertaste? —sonrió ampliamente al ver a los dos grandes amores de su vida juntos.

—Parecías tener un buen sueño —se movió en la tina—. Ven, te hago espacio.

La sonrisa de Viktor incrementó y no esperó a que se lo dijera dos veces.

Quedaron un poco apretados en la bañera, pero estaban sumamente felices. Viktor estaba en un extremo y Yuuri en el otro. Y Alexei había descubierto un juego divertido. Estando en los brazos del japonés, volteaba y exigía los brazos de Viktor, pero cuando conseguía lo que quería, cambiaba de opinión al instante. Así que Viktor y Yuuri se pasaban una y otra vez su bebé, riendo al ver que se divertía molestándolos.

Luego de disfrutar de ese baño familiar, salieron limpiecitos y enrollados en toallas. Viktor cargaba a su hijo y no dejaba de hacerle mimos, pero el pequeñín terminó llorando porque su padre le mordió una mejilla.

—¡Viktor! —lo regañó su esposo—. ¿Por qué eres así con él?

—¡Lo siento! —rio con nerviosismo, tratando de calmar el llanto del bebé—. Es que no pude evitarlo. Lo siento cariño, lo siento —besó al nene muchas veces.

Ya en la habitación, Viktor dejó a su hijo sobre el colchón y comenzó a secarlo bien para ponerle el pañal y vestirlo. Estaba inclinado sobre la cama, haciendo lo suyo mientras que la toalla que cubría su desnudez total comenzaba a deslizarse por su piel, aflojándose. Pero no podía acomodársela porque tenía las manos ocupadas.

—Yuuri, amor ¿puedes ayudarme? —pidió sin voltear a verlo.

El aludido estaba recargado en un mueble, viéndolo desde atrás y mordiéndose el labio inferior. La escena que tenía en frente era demasiado sexy. Las gotas de agua escurrían aún del cabello de Viktor, resbalándose por toda su piel de una manera casi grosera.

—¿Yuuri? —lo buscó dentro de su campo de visión, pero no lo halló.

El japonés se cruzó de brazos y aún recargado en el mueble, admiró la belleza que tenía por esposo.

Finalmente la toalla cayó al suelo.

—Rayos… —murmuró el ruso, fue entonces que escuchó el suspiro extasiado a sus espaldas y es que su magnífico trasero estaba al aire y en primer plano para Yuuri—. Eres perverso —dijo, divertido al darse cuenta de lo que pasaba. Y Alexei no ayudaba mucho, pues no cooperaba al no dejarse poner el pañal.

Yuuri seguía sin decir palabra alguna, se acercó a paso lento y, en vez de poner la toalla en su lugar, él…

—¡Iuuuuri! —exclamó con diversión y sorpresa al mismo tiempo. Pues sintió una nalgada nada inocente en su trasero. Sus mejillas se pusieron un poco rosas cuando lo miró, pues éste tenía una expresión eros en todo su esplendor.

Terminó de ponerle el pañal a su bebé y se giró para encarar a su esposo, pero no se molestó en cubrir su desnudez. Fue el turno de Yuuri para sonrojarse, y más con esa sonrisa seductora que le lanzaba el otro.

Viktor miró el cuerpo de su esposo de pies a cabeza y se enamoró más. Estaba muy tentado a tirar de esa toalla que cubría a Yuuri, pero entonces escuchó varios monosílabos graciosos a sus espaldas.

Los dos dejaron de lado ese momento y miraron a su hijo. No pudieron evitar hacer una exclamación llena de ternura al ver cómo se llevaba un piecito a la boca. El nene los miraba seriamente, casi analizándolos.

Se sintieron perversos al hacer ese tipo de cosas frente a su bebé, así que se vistieron y se echaron de nuevo sobre la cama deshecha para descansar un poco más, pero ninguno tenía sueño. Fue entonces que Viktor comenzó a canturrear una canción de los 80's en inglés que le gustaba mucho.

—If you like pina coladas, and getting caught in the rain… —fue interrumpido por la risa escandalosa y hermosa de su hijo.

Yuuri también se rio, sorprendido por su reacción.

Entonces Viktor continuó cantando, haciendo voces chistosas.

—If you like making love at midnight, in the dunes of the cape.

De nuevo Alexei se rio bastante, mostrando sus encías sin dientes totalmente erupcionados.

Fue entonces que Yuuri tomó su celular y comenzó a grabarlos. Cada vez que Viktor cantaba un pedazo de la canción, Alexei se reía e intentaba imitarlo. Era una escena por demás adorable, además de que Viktor se veía tremendamente feliz, su sonrisa era tan amplia que sus ojos se hacían levemente pequeños.

Padre e hijo estaban acostados en la cama, con sus cabezas juntas lado con lado, de modo que no podían verse, pero se escuchaban claramente. Viktor decía cualquier tontería y su hijo se deshacía en risas. Era tan contagiosa que Yuuri no podía evitar reírse también mientras grababa.

Ante todo el alboroto que hacían, Makkachin se alertó y entró corriendo a la habitación, para unirse a ellos.

Entonces Alexei empezó a balbucear sílabas sin sentido.

—¿Cuál crees que sea su primera palabra? —preguntó Yuuri, terminando de grabar.

—No lo sé, ¿"Makkachin"?

—Es muy difícil. No, su primera palabra debe ser "Papá".

Y con esa oración empezó el dilema. ¿Cómo los llamaría Alexei a los dos? No podía decirles "Papá" a ambos, se confundirían mucho.

—A mí me dirá papi —aseguró Viktor.

—No, será a mí —dijo Yuuri, y así empezó una chistosa discusión hasta que a Alexei le dio hambre.

Fueron al comedor donde la familia estaba ya reunida. Y ahí los Katsuki vieron con gracia cómo entre ambos le daban de desayunar a su bebé mientras ellos mismos desayunaban también. Era gracioso y adorable ver a Yuuri con Alexei sobre sus piernas. Le daba un mordisco a su desayuno y luego le daba a Alexei del suyo. Viktor hacía lo mismo. Y el pequeño se comía feliz de la vida su fruta y avena preparada por papá Yuuri.

Chicos, Hiroko les tiene una sorpresa —dijo Toshiya.

Viktor y Yuuri los miraron atentamente.

—Hoy cuidaré de mi nieto para que disfruten de su tiempo a solas. Lo necesitan —les dedicó una dulce sonrisa.

—Pero mamá… —Yuuri se preocupó.

—Nada de peros —les guiñó un ojo—. Necesitan tiempo a solas.

—Muchas gracias, Oka-san —a Viktor le brillaron los ojos, luego agarró las manitas de su hijo y dijo—: hoy te quedarás con la abuela.

—¡Y con tu tía! —levantó Mari su mano—. Ayudaré a cuidar del enano.

Y así, esa mañana el matrimonio Nikiforov se alistó para salir. Dejaron a su hijo con la abuela, y al ver que no lloraba, se fueron tranquilos y tomados de la mano.

Estaban tan emocionados por tener un día para ellos dos solos que… no sabían qué hacer.

—¿A dónde te gustaría ir?

—No lo sé… —Viktor se llevó un dedo a los labios, pensando.

—Ya sé ¡Vamos a patinar! —suplicó Yuuri.

A Viktor le brillaron los ojos y salieron casi corriendo rumbo al Ice Castle. Se toparon a Yuko, quien les regañó por no haberle avisado que estaban ahí en la ciudad desde hace tanto. Les dio patines y así aprovecharon ese par de horas a solas en la pista antes de que abrieran.

—¿Necesitas ayuda? —Viktor llegó por detrás, acariciando el trasero y las piernas de su esposo mientras éste calentaba.

—¡Viktor! —se avergonzó un poco, pero terminó riéndose—. Sí, ayúdame un poco con los estiramientos, ya estoy algo oxidado.

—¡No puedes decir eso! —se alarmó. Entonces el switch de "entrenador" se activó.

Calentaron e hicieron estiramientos por un rato hasta que estuvieron listos. Cuando sus cuchillas tocaron el hielo, experimentaron un hermoso placer que tenían mucho de no sentir. Sus cuerpos estaban en donde pertenecían.

Yuuri se deslizó con gracia y velocidad por todo el perímetro de la pista, Viktor sólo lo veía desde la entrada al hielo. Sonrió al ver cuándo cerró sus ojos y extendió sus brazos a los lados.

Había extrañado tanto ver a ese Yuuri.

Entonces una alarma se encendió en su interior. Había pasado ya un tiempo desde la última vez que patinó y su espalda ya casi no le había dado molestias, así que… ¿Podría patinar como antes?

Decidió no pensar más en eso, sacó su celular, hizo una lista de reproducción y le dio play antes de comenzar a patinar.

Sonrió al ver que Yuuri abría sus ojos de par en par, asombrado y emocionado por la música que sonaba.

—¿Me permites esta pieza? —Viktor llegó hasta su lado y como todo príncipe azul le extendió su mano.

Las mejillas de Yuuri se pusieron rosas.

Aceptó la mano de Viktor y empezaron a patinar al ritmo de "Stay Closet To Me".

Recordaban los pasos a la perfección, cada giro, salto y pirueta.

Sus manos se sabían de memoria el sitio en el que debían de estar. Viktor sonreía cada vez que ponía sus manos en la angosta cintura de su esposo para alzarlo en brazos en una elaborada pirueta.

Habían extrañado tanto eso.

Pero Yuuri nunca se imaginó cuál sería la siguiente canción…

—¡¿Es en serio?! —se emocionó.

Viktor enarcó una ceja y con una sensual sonrisa le dijo:

—Muéstrame todo tu eros y yo te enseñaré el mío —su voz y su expresión derrochaban una sensualidad tremenda. A Yuuri se le hicieron las piernas gelatina.

Yuuri jamás olvidaría los pasos de esa coreografía, antes olvidaría su nombre. Y se lo demostró a su entrenador, enorgulleciéndolo al grado de ponerse celoso.

El ruso se le unió y juntos comenzaron a improvisar una nueva coreografía para eros, pero ahora en pareja, y por lo mismo, mucho más sensual.

Estaban tan centrados el uno en el otro, que no se percataron de las cámaras que los grababan. Sí, las trillizas hicieron de las suyas nuevamente.

Ellas captaron cada segundo, desde los momentos en que patinaban con una perfección envidiable, hasta esos instantes en los que se equivocaban y se echaban a reír uno en los brazos del otro, abrazándose torpemente antes de continuar patinando al mismo ritmo sensual, ajenos a que esos vídeos se estarían haciendo virales en un par de horas.

Y así fue. En menos de un minuto el vídeo estuvo en línea, y estando en las redes sociales no pasó más de una hora para que se hiciera viral.

Pero el par de tórtolos estaba tan ocupado en su burbuja de amor, que no se dieron cuenta de eso hasta que salieron. Se rieron mucho al ver que las ahora jovencitas habían vuelto a hacer de las suyas. Yuko las regañó, pero a los involucrados no les molestó, al contrario, revivieron viejos y gratos tiempos.

Salieron del Ice Castle como un par de tontos enamorados, tomados de la mano y sin rumbo fijo. Al final decidieron ir a su nueva casa, querían acomodar todos los muebles en su lugar y desempacar algunas pertenencias.

—¡Terminamos! —se dejó caer sobre el colchón recién acomodado.

Los dos estaban sudorosos y cansados por acomodar los muebles en la casa.

—Al fin —se dejó caer a un lado de Yuuri, ambos bocabajo.

—¿No te cansaste? —inquirió el japonés, mirándolo con curiosidad.

—Un poco —admitió.

—Ya no eres tan joven.

—¿Qué acabas de decir? —se asombró—. Yuuri Katsuki —sonrió con sorpresa e incredulidad—. Acabas de firmar tu sentencia —se echó sobre él, apresándolo contra el colchón.

—¿Ah sí? ¿Y qué me harás? —tentó su suerte.

El ruso esbozó una sonrisa de lado, tremendamente sexy. El corazón de Yuuri dio un vuelco, no pudo evitar pasar saliva de manera ruidosa.

Entonces Viktor se inclinó y comenzó a repartir mordiscos por toda su piel, empezando por la de su cuello. Eso le causó muchas cosquillas a Yuuri, quien entre risas y patadas terminó rodando en la cama hasta tener a Viktor bajo su cuerpo.

—Eso no fue un castigo —le dijo el japonés, deteniendo las manos de Viktor contra el colchón, sentado sobre sus caderas y mirándolo muy de cerca.

—No quería castigarte —sonrió suavemente, zafó una mano del agarre y acarició la mejilla de su esposo. El contacto fue tan íntimo y lleno de amor, que a Yuuri se le pusieron las mejillas rosas, como si fuese la primera vez que hacía eso.

Entones Yuuri se inclinó sobre Viktor, y cuando estuvo mejilla con mejilla, le dijo:

—Quiero hacerte el amor —mordió su oreja.

A Viktor se le puso la piel de gallina.

—¿Qué te lo impide? —suspiró, girando un poco su rostro para poder verlo a la cara.

Yuuri esbozó una sonrisa por completo arrasadora, hizo estallar las emociones del ruso.

Y entonces fue como si algo se hubiese encendido, algo que se estuvo conteniendo por mucho tiempo. Las caricias no se hicieron esperar, la ropa salió volando con premura. Los besos eran arrasadores e incontenibles.

—Espera —Yuuri se detuvo en seco—. Amor, estoy sucio, he sudado mucho y…

—Yo también ¿Te molesta?

—No, pero tú…

—Porque a mí no me importa —sus ojos celestes estaban cargados en pasión. Llevaban mucho tiempo en abstinencia como para detenerse y preocuparse por detalles mínimos.

Yuuri sonrió seductor y atrapó de nuevo los labios de Viktor entre los suyos.

—Te deseo tanto —dijo Viktor con profunda voz, entre beso y beso. Yuuri volvió a sonreír, sin detener la caricia y perdiendo sus manos en la cabellera platinada.

No podían pensar en otra cosa que no fueran sus manos recorriéndose, sus lenguas danzando al mismo ritmo, en sus suspiros que no se molestaban en contener.

Quería hacerlo suyo en ese instante, se sentía ansioso y más por el hecho de que Viktor también quería que le hiciera el amor con ansias, pero también quería disfrutar cada segundo, oportunidades así serían cada vez más difíciles de conseguir.

Entre revolcones, caricias íntimas y besos, las últimas prendas salieron volando hasta que no hubo nada que interfiriera entre el roce de sus cuerpos. Se habían extrañado tanto que casi sentían que acariciaban a un cuerpo diferente. Viktor se extasió al ver a su Yuuri un poquito más robusto, resultado de esos cuantos kilitos de más que el otro tanto odiaba.

Viktor

Lo necesitaba, casi tanto como el oxígeno que respiro. Extrañaba y deseaba tenerlo entre mis brazos, recibir su amor y sus caricias, sentirlo dentro de mí.

Teniéndolo encima de mi cuerpo podía yo acariciarlo a mi entero antojo. Sus preciosas manos acariciaban cada rincón de mi piel, apretando algunos sitios y arañando suavemente otros; sus labios y lengua me causaban escalofríos al perderse en mi cuello y oreja, hacía que suspiros extraños salieran de mi boca; sus caderas estaban pegadas a las mías, podía sentir su erección por completo, y él me la hacía notar al restregarse contra mi cuerpo.

Me hallé tan perdido en sus caricias y amor, que mi cerebro no pudo coordinar para más que acariciar su espalda. Acaricié cada vértebra desde su cuello hasta la terminación de su espalda.

Comencé a soltar vergonzosos gemidos cuando me hizo envolverlo con mis piernas para que él pudiera así frotarse más fácilmente contra mí, miembro con miembro.

—Vitya —jadeó en mi oído—. Acaríciame —pidió.

Entonces me di cuenta de que mis manos estaban fijas en su espalda baja. Estaba tan perdido en el placer que no podía pensar en más.

—Oh… lo siento —gemí al sentir sus besos descendiendo hasta mi pecho, justo sobre uno de mis pezones.

Sus manos buscaron mi trasero, lo apretó a su antojo y yo hice lo mismo con él.

Se separó un segundo de mí, nos observamos mutuamente y yo sonreí por un simple hecho.

—Estás sonrojado —alcé una mano hasta su mejilla. Amaba esa expresión tan erótica en él. Sus mejillas rosadas, su ceño levemente fruncido y uno que otro mechón de cabello negro pegándose a su rostro debido al sudor. Era jodidamente sexy.

—Tú también lo estás —respondió, manteniendo su seriedad.

Sonreí más ampliamente antes de tomarlo de la nuca y atraerlo a un beso profundo. Y sin deshacer el beso, condujo su mano a mi entrada, introduciendo un dedo. No pude evitar gemir con fuerza, casi sentía como si fuera la primera vez que lo hacía. Enseguida introdujo un segundo dedo, yo sólo me removí debajo de su cuerpo.

—Siento que sea tan rápido, pero… —me miró suplicante—. Vitya, necesito hacerlo ya.

—Hazlo ya —yo también estaba ansioso.

Entonces tomó mis rodillas y las abrió de par en par, sonrió al ver mi elasticidad.

—En serio, Yuuri, hazlo ya —supliqué.

Tomó su pene por completo erecto y lo introdujo en mí.

Mi espalda se arqueó, el aire escapó de mis pulmones y sólo fui capaz de enterrar mis uñas en su espalda. Cerré los ojos y me dejé llevar cuando sentí que inició un vaivén rítmico y profundo. Me había desacostumbrado por completo a tenerlo dentro de mí.

No pude contener más mis gemidos cuando comenzó a penetrarme con más fuerza, saliendo por completo sólo para volver a entrar de una sola intención, sus caderas se estampaban contra las mías sin cansancio, con una condición y resistencia envidiable. Mis manos fueron a dar a su cabello, enredé mis dedos ahí y estiré suavemente. Su boca se perdió en mis labios, sus manos en mis costados…

Me sentía extasiado.

De pronto se separó de mí sólo para echar una de mis piernas sobre su hombro.

Él entró más profundo.

Llevé mis brazos sobre mi cabeza, no había sábanas ni almohadas de las cuales sujetarme, así que enterré mis dedos en el colchón y cerré mis ojos.

—Mírame, Vitenka —pidió con un tono de voz muy sensual.

Abrí los ojos y casi llegué al orgasmo con sólo ver su expresión. Sus ojos castaños me miraban hambrientos, su lengua pasó por sus labios en una expresión por demás erótica.

—¡Oh Dios, Yuuri! —exclamé, me estaba volviendo loco.

Comenzó a besar y mordisquear mi pierna que estaba sobre su hombro al mismo tiempo que pasaba las puntas de sus dedos, traviesamente, sobre mi vientre bajo. Continuó descendiendo hasta tocar la punta de mi miembro deseoso por atención.

Me perdí en éxtasis cuando comenzó a masturbarme. Me sentí cerca del final.

—Iuuri… —jadeé y extendí mis brazos hacia él. Entendió lo que quería, bajó mi pierna de su hombro y se echó sobre mí, envolviéndome en un fuerte abrazo antes de comenzar a embestirme con frenesí.

Nuestros gemidos se mezclaban, el sonido lascivo de su piel chocando con la mía invadía la habitación. Y fue entonces que sentí de nuevo la necesitad de aferrarme a algo. Tomé su trasero y lo apreté con fuerza, empujándolo más hacia mi interior, quería más de él, más profundo, más fuerte…

Siguió penetrándome al mismo ritmo enloquecedor. Cuando sentí que no podría más y que me volvería loco, tomé su nuca con mis dos manos y lo atraje a mis labios.

Y en un acto completamente tierno, buscó mis manos para entrelazarlas con las suyas. Las apretó y entonces…

No pude evitarlo y me vine sin poder controlarlo más. Mi cuerpo entero tembló bruscamente justo antes de que Yuuri experimentara también su orgasmo, lo sentí en mi interior, llenado por él.

Nuestros gemidos fueron casi gritos. Su cuerpo cayó inerte sobre el mío. El aire me faltaba. Podía sentir su respiración errática en mi cuello y sus manos apretando todavía las mías. Me solté del agarre para acariciar toda su espalda hasta terminar enredando mis dedos en su cabello.

Él se incorporó un poco y vi su expresión extasiada. Tomó mi mano derecha y la besó justo por encima del anillo.

—Te amo tanto, Vitenka, tanto… —suspiró antes de salir de mi interior, causándome un escalofrío. Escuché su risita y me avergoncé un poco al recordar que decía que amaba mis caras luego del orgasmo, seguramente estaba haciendo una cara chistosa para él.

—Te amo, Yuuri —lo rodeé con mis brazos y lo arrastré a un abrazo asfixiante—. Eres increíble.

—No, tú lo eres —dio muchos besitos húmedos a mi cuello.

Aún agitados y muy sensibles después del orgasmo, nos quedamos en esa posición, abrazados y haciéndonos arrumacos.

—¿Nos duchamos? —sugerí. Sentía mucho calor.

—Vamos —me besó en los labios antes de incorporarse.

Y mentiría si dijera que no lo esperaba, pero sí lo esperaba. Terminamos teniendo sexo en la ducha, esta vez fue tan intenso que resbalamos y luego de reírnos un poco continuamos haciéndonos el amor.

Frescos y un poco adoloridos, nos vestimos con las únicas prendas que teníamos ahí: un par de yukatas frescas.

Cuando terminé de vestirme busqué a mi esposo en la habitación, pero no lo hallé. Caminé hacia la terraza trasera cuando vi abiertas sus puertas de cristal. Yuuri estaba en la terraza, recargado en la baranda, su mirada se perdía más allá de nuestro patio.

Me quedé unos segundos en el marco de la puerta, mirándolo de pies a cabeza. Y de nuevo me preguntaba… ¿Qué hice para merecer a un hombre como él?

Caminé en silencio y a paso lento hasta acercarme lo suficiente como para saber qué era eso que tanto estaba disfrutando él ahí. Pues de inmediato fui consciente de que a lo lejos se veía el mar, nos llegaba el olor a sal y a la brisa veraniega. Junto con esa brisa me llegó el sutil aroma de uno de los tantos árboles en el patio: Aroma a flor de azahar. Era sutil, pero delicioso.

Narradora.

Entonces Yuuri sintió unas escurridizas manos colándose a su cintura y atrayéndolo a un fuerte torso. Sintió el mentón de Viktor sobre su hombro izquierdo y se sintió en las nubes al escuchar su voz serena.

—En unos años ese naranjo crecerá tanto que sus ramas llegarán a esta terraza, y el aroma de sus flores llegará por las mañanas a nuestra cama.

Yuuri cerró los ojos, inhaló y se imaginó esa escena. Era demasiado agradable. Se giró en el abrazo hasta tenerlo de frente, miró el perfecto rostro de su esposo y cómo la brisa mecía sus cabellos platinados.

Se sintió pleno.

Tomó las mejillas de Viktor y lo besó. Tuvo que pararse levemente de puntillas para alcanzarlo, pero lo hizo y eso enterneció bastante a su esposo.

—Te amo, Viktor Nikiforov —le dijo en un perfecto ruso.

—Te amo, mi amor —respondió en japonés antes de volverlo a besar, sonriendo mientras lo hacía.

El beso se intensificó. Yuuri rodeó la nuca de Viktor con sus manos mientras él lo rodeaba por la cintura, pegándolo todo lo posible a él. Con pasos torpes y sin cortar el contacto, llegaron a la cama. Se desataron las yukatas e hicieron el amor una vez más. Yuuri desfalleció en sus brazos de nuevo, extasiado y dejándose hacer.

El resto del día lo pasaron en su nueva casa, casi desnudos y haciendo el amor por todas partes, dándose amor y cariños sin límites. Recordaron con nostalgia aquel fin de semana en Hasetsu hace ya varios años, cuando tuvieron las aguas termales para ellos solos. Y para rememorar la ocasión, pidieron pizza a domicilio: Una hawaiana y otra de peperoni.

En aquel entonces habían comenzado a hablar de su futuro. Esta vez no fue muy diferente.

Se encontraban sentados en la cama, desnudos, comiendo pizza y cubriéndose escasamente con las sábanas.

—Vitya —murmuró luego de darle un mordisco a su rebanada.

—Dime —extendió su mano hasta tocar la mejilla de Yuuri, quitándole restos de salsa de tomate.

Yuuri lo pensó muy bien antes de expresar aquello que tenía planeado decir. Se sintió extrañamente muy nervioso, pero al final tomó valor y lo dijo.

—Alexei necesitará hermanitos.

Los ojos de Viktor casi brillaron con luz propia. No imaginó que Yuuri tocara el tema tan pronto. De inmediato en su mente empezaron a llegar mil posibilidades, una tras otra. ¿Le pediría que ya tuvieran más familia? ¿O sólo tocó el tema de manera trivial? En esos pocos segundos casi sufrió corto circuito. ¿Le diría que quería adoptar?

—Sí, él necesitará hermanitos. Como unos…

—Uno más.

—¿Sólo uno? —hizo una cara muy tierna sin proponérselo.

—Quizás dos —mordió su pizza.

Viktor irradió más felicidad.

—¿Lo dices en serio? —tomó su mano y la besó. Yuuri amaba ese hábito que tenía Viktor.

—Completamente —dejó la pizza a un lado y se acercó a él para acariciar su mejilla—. Sé que Alexei es aún muy pequeño y que apenas nos estamos acostumbrando a esto de ser padres, pero… —sonrió como bobo—… si lo hacemos juntos sé que todo irá bien.

—Exactamente —besó la punta de su nariz—. Entonces hay que comenzar a ver los trámites necesarios para la adopción.

—No, Viktor. Quiero ir con la doctora Kubo.

La rebanada de pizza que sostenía Viktor cayó de su mano justo sobre la caja. De todas las ideas que cruzaron su mente, nunca esperó que precisamente esa fuera a salir a la luz.

—No volvimos a hablar sobre el tema desde que salimos de su consultorio. No sé qué es lo que piensas al respecto —externó Yuuri.

—Es muy arriesgado —fue lo primero que pudo decir, aún seguía en shock.

—Lo sé, pero valdrá el esfuerzo.

Viktor lo miró, incrédulo. Nunca se imaginó que terminaría diciéndole eso.

—Hay otra cosa que quiero decirte, Viktor —se tornó muy serio.

—¿Qué ocurre? —empezó a preocuparse.

—Quiero ser yo quien tenga a nuestro hijo.

—No.

—¿Piensas tenerlo tú?

—No te arriesgaré de esa forma.

—Ni yo a ti. Vitya —acarició su mejilla y lo miró profundamente con sus ojos castaños—. Quiero tenerlo yo. Quiero darte un hijo, permíteme hacerlo, por favor.

El ruso tomó la mano que acariciaba su rosto y la besó con devoción.

—No tienes que hacerlo, amor, es muy riesgoso.

—Estoy consciente de ello, pero quiero hacerlo y valdrá el esfuerzo.

Los ojos celestes de Viktor se perdieron unos segundos en los de Yuuri. Examinó su rostro y su expresión por largo rato, asegurándose de que no hubiera dudas. Y una vez seguro…

—Gracias —lo abrazó sorpresivamente—. Muchas gracias.

—Vitya ¿Estás llorando? —rio un poco.

—No, claro que no —se limpió las lágrimas a escondidas.

Yuuri soltó una risita muy hermosa, Viktor sólo lo afianzó más entre sus brazos.

—Iremos a ver a la doctora Mitsurou regresando a casa.

Esa tarde tomaron una decisión que marcaría sus vidas. Nunca olvidarían ese día.

—¿Les diremos a los demás? —dejó las cajas de pizza sobre el buró y se acostó entre los brazos de Viktor, quien lo recibió gustoso, listo para hacerle piojito.

—Esperemos a tener la cita con la doctora.

Yuuri estuvo de acuerdo.

—¿Cómo crees que se sienta Alexei con un hermanito?

—Espero que no quiera regresarlo a la "fábrica de bebés" como yo cuando nació Aleksi —recordó con una triste sonrisa.

Yuuri sonrió ampliamente. Poco a poco el sueño lo fue invadiendo, las caricias de Viktor lo fueron arrullando.

—Tengo miedo —admitió Viktor por primera vez.

—Todo irá bien —sonrió soñadoramente antes de caer rendido al sueño.

Era un lunes por la tarde, recién habían comido pizza en la cama, desnudos y ahora dormirían una siesta antes de despertar para muy probablemente tener otra sesión de sexo intenso.

Viktor siempre había odiado los lunes, pero ese en particular iba de maravilla.

—No puedes comer eso.

—Puedo comer lo que quiera —le dio otra mordida a su hamburguesa.

—No deberías —enarcó una ceja, hastiado—. Deja eso —le arrebató el tarro de cerveza.

—He comido estrictamente sano por meses, estoy harto —le quitó el tarro y bebió sin fondo hasta terminarla y pedir otra. Andrew estaba preocupado por su actitud en esos últimos días—. Mejor sigue platicándome cómo te va con tu hijo. Yuri es un buen muchacho.

—Lo es —sonrió soñadoramente, estaba orgulloso de su muchacho—. Lamento tanto no haber estado en su vida desde que nació —suspiró—. A pesar de ello, hemos intentado reponer el tiempo perdido. ¿Sabes? Ahora que Viktor y Yuuri están en Japón, Yuri va a visitarme diariamente, hemos pasado mucho tiempo de calidad.

—Pero no quiso irse a vivir contigo.

—No, y lo entiendo. Apenas nos estamos conociendo, hasta hace poco no teníamos idea de nuestro parentesco, así que lo entiendo, no quiero presionarlo. Y bueno, él ya está acostumbrado a vivir con ellos, son su familia —sonrió de lado, un poco triste.

—¿No crees que decida vivir contigo más adelante? —terminó su hamburguesa y pidió otra—. ¿Estás seguro de que no quieres nada?

Andrew negó de inmediato. Seguía molesto con él por estar comiendo esas cosas a pesar de que las tenía contraindicadas.

—No creo que tengamos la oportunidad —sonrió levemente—. Él y su novio tienen una relación muy seria. El muchacho le propuso que vivieran juntos en Almaty.

—¿Y se irá a vivir allá?

—Lo está pensando. No es fácil para él, pues su familia está aquí.

—Y tú también.

Andrew sonrió.

—Sí, yo también —borró su sonrisa cuando le llevaron otra hamburguesa—. Créeme, Dimitri, no he querido hacer esto, pero… ya basta. Te estás comportando como un loco. Sabes que esto te hace daño —señaló la comida chatarra y el alcohol.

—De algo me voy a morir —se encogió de hombros y bebió su… ya había olvidado el número de tragos que llevaba.

Pero esas palabras causaron algo muy grande en el rubio, quien lo miró con completa incredulidad, casi ofendido.

—¿Lo dices en serio?

Dimitri dejó de comer y lo miró a los ojos. No respondió.

—Sé que tu vida no ha sido muy fácil en estos últimos meses, pero ¿Decir eso? No tienes derecho —lo miró con rencor—. No lo tienes…

Dimitri soltó una risa muy seca e irónica. ¿Fácil? ¿Su vida? ¡Ja! Desde la muerte de su esposa en adelante ha sido todo, menos fácil.

—Lárgate —fue lo único que respondió, sin mirarlo siquiera.

—¿Qué?

—Que te largues. Déjame cenar a gusto.

Andrew rio con escepticismo, meneando su cabeza de un lado a otro.

—Eres increíble —se puso de pie, dispuesto a irse—. Me llevaré esto —le arrebató la orden entera de papas fritas.

—¡Hey!, son mías —se quejó, pero Andrew no dijo nada, se alejó de ahí, comiéndose las papas.

No pasó ni un minuto, cuando Andrew regresó sobre sus pasos, molesto.

—No, no me voy a ir así. Tú, idiota, me vas a decir de una buena vez qué es lo que te ocurre. Y vas a abandonar esa actitud suicida que te cargas desde hace semanas.

Dimitri no alzó la vista, hizo su comida a un lado, le había quitado el apetito.

No fue sino hasta que Andrew se sentó frente a él, que se animó a levantar la mirada. Se arrepintió al segundo, pues vio esos ojos verdes tan intensos, perforándolo con su profundidad. Vaya que el rubio tenía una mirada severa cuando se lo proponía.

—La relación con mi hijo no mejora.

—¿Y de quién es la culpa?

—Sinceramente, de ambos. Y ahora que están viviendo en Japón… tengo miedo de que no regresen. No soportaría dejar de ver a mi nieto, eso me mataría.

La mirada de Andrew se suavizó. Pocas veces en la vida había visto a Dimitri vulnerable, esta era una de esas. Sus hombros se veían caídos, sus ojeras demostraban lo mal que dormía y su porte no era el mismo imponente de siempre.

Al ver la oportunidad para desahogarse, y con unas copas de más, siguió hablando.

—Viktor no ha respondido a mis mensajes en los que le pido hacer video llamada para ver a Alexei, los ve y no responde. Yo sólo quiero saber si están bien, sólo le pido un mensaje, una foto…

—¿Se te ha ocurrido seguir a tu hijo en Instagram? —se burló un poco, amenizando así la atmósfera tensa que se había formado.

—Sí —resopló—. Pero odio esas redes sociales, además, no es lo mismo.

Andrew se echó a reír, cambiando muy rápido de ánimo. Y es que al fin sabía qué agobiaba a su amigo, temía que fuese algo mucho más serio y preocupante. O así era, hasta que Dimitri continuó.

—Me siento solo… —dijo de pronto, mirando hacia algún punto indefinido del lugar—. En las mañanas me despierto, voy al trabajo, regreso a casa hasta tarde y al día siguiente repito la rutina. Estoy cansado de eso, de despertar solo todas las mañanas, de no poder compartir mi día con nadie. Estoy cansado, me siento… —suspiró—. Siento que no hago falta aquí.

Los ojos verdes de Andrew se abrieron mucho, con total espanto. El barullo a su alrededor pasó a segundo plano. En su mente se repetían las palabras de su mejor amigo.

Se sintió nada… ¿Y él? ¿Dónde quedaba él y su amistad, su cariño? Dimitri lo estaba olvidando, no lo valoraba en lo absoluto. Pero eso no era novedad para el rubio.

—No digas esas cosas —dijo al fin—. Tú… eres muy importante.

—¿Para quién? —resopló.

Andrew se limitó a sonreír de lado. No le pudo sostener la mirada por más tiempo así que miró la mesa por un rato hasta que se cansó de estar ahí. Se puso de pie y palmeó firmemente el hombro de su amigo.

—Vamos, te llevaré a casa.

—No es necesario.

—Perdí la cuenta de las cervezas que te tomaste. No te voy a dejar ir así, vamos —apretó su hombro con firmeza.

Dimitri suspiró. Pagó la cuenta y se puso de pie, fue ahí cuando sintió que todo le dio vueltas, sí había bebido mucho. Tuvo que agarrarse del hombro de su amigo para llegar íntegro al auto.

El camino a casa de Nikiforov fue silencioso e incómodo. En la ciudad llovía, así que sólo se escuchaba el ruido de las gotas chocando contra el parabrisas. Al llegar, Andrew tuvo que ayudarlo a bajar del auto, lo acompañó hasta su habitación y lo dejó tumbado en su cama.

Estaba molesto y resentido por ser menospreciado de esa forma. Se iba a ir así sin más, pero miró a su amigo y no pudo. Se regresó para quitarle la corbata y los zapatos. Terminó quitándole también la camisa.

Un relámpago iluminó el interior de la habitación antes de que un trueno resonara con fuerza. Dimitri no despertó.

Suspirando, Andrew se sentó en la orilla de la cama y lo miró por largo rato.

—No estás solo, y jamás lo estarás —susurró muy quedamente—. Siempre estaré a tu lado, sin importar cuán idiota logres ser.

Sonrió de lado y se llevó una mano al rostro. Era triste decirle esas cosas solamente cuando estaba dormido. Sabía lo mucho que Dimitri odiaba esas cursilerías que consideraba demasiado "homosexuales". Y en vez de enojarse, Andrew permanecía a su lado, fiel.

—Sé cómo eres, te conozco mejor que nadie y… está bien que seas así —se atrevió a acomodarle un mechón de su cabello negro. Lo hizo de manera muy sutil, no quería que despertara—. No te pediría que cambiaras tu forma de ser, pero… —se le hizo un nudo en la garganta. Guardó silencio por un rato.

Andrew quería decirle tantas cosas que albergaba en su corazón, pero no podía, definitivamente no. Se tragó ese cúmulo de sentimientos, guardándoselos para él.

—Eres muy importante para mí. Si no estuvieras, me harías mucha falta, Mitya… —acarició su cabello con una delicadeza increíble, no quería despertarlo.

Aprovechó la oportunidad y se inclinó un poco sobre él, vio su rostro de cerca. Dimitri no dejaba de tener el ceño fruncido ni siquiera estando dormido, eso hizo sonreír un poco a Andrew, animándose a inclinarse un poco más sobre su rostro. Fue acortando la distancia poco a poco, hasta que finalmente desvió la trayectoria y terminó besando su frente.

Había tanto silencio en la habitación, que todo se escuchaba. El único ruido era el de la lluvia golpeando suavemente la ventana. Y lo otro que Andrew escuchaba era el palpitar de su alocado corazón. Se llevó una mano al pecho y apretó en su puño la tela de la camisa, impotente.

Con un sentimiento extraño en el pecho, se puso de pie, dispuesto a irse. Miró una última vez a Dimitri y su corazón se estrujó, deseaba con todas sus fuerzas ser igual de importante para él, pero tristemente no era el caso.

Suspirando, se dio media vuelta y se alejó.

—Andrew.

El aludido se detuvo abruptamente al escuchar su voz grave, se giró con ojos muy abiertos. Lo vio incorporarse un poco de la cama.

—No te vayas.

Su corazón dio un vuelco por segunda vez en la noche.

—Quédate un poco más, por favor.

Andrew no sabía qué decir, sólo esbozó media sonrisa y asintió. Sabía que su amigo estaba deprimido aún por la muerte de su hijo y por toda la carga que había traído encima suyo desde hace años. No podía hacer más que quedarse a su lado, como siempre.

El mayor se volvió a tumbar sobre sus sábanas, estaba muy cansado y algo ebrio, aunque menos de lo que parecía. Con sus orbes azules siguió a Andrew, quien se sentó en un cómodo sillón de lectura que Dimitri tenía cerca de su cama.

Ojos verdes y azules hicieron conexión y se quedaron así por largos segundos hasta que Dimitri cerró los suyos.

—Eres un buen amigo, Andrew —fue lo único que dijo antes de caer rendido el sueño.

El rubio esbozó una linda sonrisa y cumplió con su palabra, se quedó con él, pues esas palabras fueron lo más cercano al Dimitri de hace veinte años. Se quedó en ese sillón por el resto de la noche.

A la mañana siguiente Dimitri abrió sus ojos y miró a su alrededor. Se encontraba solo, así que comenzó a preguntarse si todo había sido un sueño, las palabras de Andrew… sus caricias.

Su cabeza le dolía horrores y su cuerpo le pesaba mucho, todo eso sólo incrementó su mal humor después de despertar y encontrarse solo. Una conocida depresión comenzó a invadir su ser. Se volvió a acostar y se tapó con las mantas hasta la cabeza, pero… se alarmó cuando la puerta de su habitación se abrió.

Su corazón dio un brinco de alegría cuando vio a su mejor amigo entrando con un buen desayuno para él. Estaba tan feliz que no pudo evitar demostrarlo. No se atrevería a decirlo en voz alta, pero en esos momentos de su vida, Andrew era un salvavidas para él, era de quien podía sostenerse para mantenerse cuerdo y con ganas de seguir adelante.

—Come —le puso la bandeja de comida sobre el regazo y enseguida se sentó de nuevo en el sofá donde pasó la noche.

—No tengo cómo agradecerte esto —admitió el mayor, salivando al ver el apetitoso desayuno—. No lo preparaste tú ¿Verdad?

El aludido se rio.

—Claro que no, Petra lo hizo.

—Oh…

—Y si quieres agradecerme, podrías comenzar con no comer las porquerías de ayer.

—No seas exagerado.

—Hamburguesa con triple tocino —se cruzó de brazos, mirándolo con cara de pocos amigos.

Dimitri rodó los ojos.

—De acuerdo, seré cuidadoso.

—Y hoy saldremos a correr —se puso de pie y fue rumbo al armario de su amigo.

—Anoche llovió.

—¿Y? —le lanzó sus tenis deportivos desde el armario.

—Y tengo resaca.

—¿Y? —lanzó ahora un par de prendas.

—Y no tienes ropa aquí.

—Sí la tengo —sacó un conjunto más de ropa.

—Eso es mío.

—Ya no más.

Ahora fue el turno de Dimitri de rodar los ojos.

—¿Te vas a apropiar de mi ropa?

—No, sólo de esto —señaló el pants y la sudadera de marca que traía en manos.

—Te va a quedar grande.

Andrew se rio abiertamente.

—Mitya, nuestra complexión no es muy distinta.

Dimitri no discutió más, se quedó callado y terminó su desayuno. Andrew sonrió por ello. Al menos ahora no le había hecho discusión por el diminutivo que usaba con él.

—Termina el desayuno y cámbiate —le dijo antes de salir de ahí.

—¿Es en serio?

—¡Te esperaré abajo! —le gritó desde el pasillo, bajando ya las escaleras.

Dimitri suspiró pesadamente, ese día tenía planeado pasarlo en cama, no entendía por qué el otro venía y frustraba sus planes así.

No, sí lo entendía…

Una linda sonrisa se formó en sus labios antes de levantarse y cambiarse de ropa.

Entonces su celular sonó. Lo tomó y revisó sus mensajes.

—Oh… —sus ojos se abrieron enormemente al ver la foto que le mandaron.

Continuará…

09/07/2018

12:20 p.m.