Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XLII

"Verano en Hasetsu"

Sonrió al ver ese nuevo mensaje del esposo de su hijo. Era la enésima vez que le mandaba fotos o videos de su nieto, ya tenía la galería llena y eso lo hacía muy feliz. Ya habían pasado semanas del primer mensaje. Yuuri le había escrito:

"Hola, soy Yuuri, espero no molestarlo. Pero imagino que se pondrá feliz al ver esto"

Y enseguida le mandó el video en el que Viktor cantaba "Escape" y Alexei se reía de lo lindo al escucharlo. Dimitri pudo ver la felicidad pura en su hijo y los ojos se le llenaron de lágrimas, nunca lo había visto así. Amó ver también a su nietecito siendo tan feliz con ese par.

"Estará recibiendo mensajes de este tipo, si no le molesta"

Le había escrito eso también. Dimitri sonrió de lado y respondió con un simple emoji de pulgar arriba.

—¿Estás viendo las fotos de tu nieto? —Andrew entró a su oficina con total confianza y sin avisar, era el único en todo el edificio que podía hacer aquello.

Dimitri no despegó sus ojos del celular, recargó su mejilla en un puño y sonrió como tonto a la pantalla.

El corazoncito de Andrew se sobresaltó un poco al ver esa sonrisa. No lo veía tan feliz desde hace años.

—Ven, míralas conmigo —le hizo un gesto con la mano—. Yuuri me mandó más hace unos momentos, al parecer van a ir a un festival y Alexei está usando ropas japonesas —le mostró el celular—. Se ve adorable ¿No?

Al aludido se le iluminaron los ojos, sí, el nene se veía precioso.

—¿Ya lo llamas "Yuuri"? —lo molestó un poco. Dimitri sólo rodó los ojos y no respondió. Sí, era verdad que ya no odiaba al japonés, pero tampoco lo podía apreciar mucho que digamos—. ¿Cuándo lo vas a tratar bien?

—No lo estoy tratando mal —se ofendió. Andrew le quitó el celular y vio el chat de Yuuri—. Te ha mandado millones de fotos de tu nieto y tú sólo le respondes con el pulgar arriba ¿No te da vergüenza? —lo miró desaprobatoriamente—. Mínimo dale las gracias.

Dimitri frunció el ceño.

—Si no fuera por él —continuó Andrew—. No tendrías ni siquiera noticias de Alexei. Así que valóralo —le devolvió el teléfono y recordó algo—. ¡Yo también tengo fotos para presumirte! —sacó su móvil y le enseñó un álbum completo.

—¿Es Yuri?

—¡Sí! —se le iluminaron los ojos—. Ayer fui a su casa y vimos álbumes viejos. Me dejó quedarme con ellos, son fotos de él cuando era bebé ¿Verdad que era precioso?

Dimitri lo miró más de cerca y rio un poco al observar que incluso de bebé, Yurio tenía el ceño fruncido y cara de niño rebelde.

—¿Ya comiste?

—No ¿Me vas a invitar a comer? —dejó el celular con fotos de su nieto a un lado y miró a su amigo.

—Algo así, traje comida para ambos.

Dimitri se le quedó mirando feo, en silencio por unos segundos.

—¡No, hombre, no! Yo no cociné —hizo un ademán chistoso, como pidiendo paciencia al cielo.

—Comamos aquí —comenzó a despejar su escritorio—. Tengo mucho trabajo.

Andrew asintió con una sonrisa y fue en busca de la comida que su hijo le había preparado para el almuerzo. Se sentía el padre más afortunado del mundo.

Acostumbrarse a la vida en Hasetsu fue fácil para la familia Nikiforov-Katsuki, a pesar del calor, Viktor logró acoplarse pronto a su nuevo hogar, porque eso sí, al fin se habían mudado a su nueva casa, y la estaban disfrutando bastante.

Amaban su casa, en especial Viktor, pues tenía un estilo tradicional japonés, pero mezclado con estilos actuales también. Había mucha iluminación y ventilación en el hogar, el jardín era muy amplio y tenía árboles frutales que crecerían pronto, y el olor y la brisa del mar llegaban al patio.

Viktor disfrutaba mucho de esas tardes veraniegas en las que se sentaban en la parte trasera de la casa, sobre el piso de madera y mirando hacia el jardín. La brisa agradable del mar les llegaba, y cuando el día era más caluroso y bochornoso de lo normal, ponían un ventilador para ambos. Por lo regular aprovechaban la hora de la siesta de Alexei para pasar ese rato de descanso tan íntimo y agradable. En ocasiones Viktor se recostaba en el regazo de Yuuri, la mejor almohada para él, cerraba los ojos y se sentía pleno al estar rodeado de tanta felicidad y amor.

—¿Te estás quedando dormido? —acarició el cabello platinado con amor. Si no estaba dormido aún, vaya que lo haría pronto al recibir esas caricias.

—Sí… —suspiró con los ojos cerrados y una sonrisa relajada.

—¿No quieres subir a la habitación? —le quitó el cabello que le caía por la frente, cada vez más largo.

El aludido negó con la cabeza, abrió sus preciosos ojos azules y miró a su esposo. Yuuri pudo ver cómo el sol que alcanzaba a cubrir a Viktor, traspasaba sus platinadas pestañas, haciéndolas ver más claras aún. Le dieron ganas de tocarlas.

—Quiero quedarme así un poco más —se acurrucó mejor sobre un muslo de su esposo y abrazó su cadera con un brazo. El sonido del furin que colgaba del techo lo arrulló más, el viento lo mecía, produciendo una nana para dormir que a Viktor le pareció por demás relajante.

No pasó mucho para que cayera completamente dormido. Yuuri no desaprovechó la oportunidad y tomó todas las fotos posibles. Lo dejó dormir en su regazo incluso después de sentir cómo su pierna se adormecía. No quería despertarlo, pero al final, cuando dejó de sentir su pierna por completo, lo hizo.

Makkachin lo ayudó, lamiéndole el rostro sin cesar.

—Lo siento, no quería despertarte —se inclinó para besar su frente. Tenía una adorable expresión adormilada en su rostro—. Pero ya no siento mi pierna.

Viktor sonrió y se estiró perezosamente antes de rodar y dejar de aplastar a su marido. Yuuri suspiró de alivio y estiró su pierna.

—¿Tenías un sueño lindo? No parabas de sonreír —recargó su peso en las palmas de su mano, recargándose hacia atrás.

—Sí —respondió con la voz aún un poco ronca. Se acostó de lado y usó su brazo como almohada, mirando a su esposo con un extraño brillo en sus irises celestes—. Te soñé embarazado. Te veías precioso.

Las mejillas del japonés de tiñeron de rojo. No lo había comentado, pero en más de una ocasión se preguntó a sí mismo cómo se vería en ese estado. Temía volverse una abominación.

—No quiero irme aún de Japón, pero muero por ir a ver a la doctora Kubo —extendió su mano y la puso sobre el muslo de su amado, transmitiéndole todo su amor con ese contacto, pero el japonés se tensó por completo y frunció el ceño.

—¡Ay, ay, ay! —se quejó.

—¿Qué pasa? —se incorporó hasta quedar sentado, sin romper el contacto con él.

—¡Quita tu mano de mi pierna! Está dormida —se quejó entre enojado y risueño, la sensación era tan extraña que no podía evitarlo.

Pero la sonrisa de Viktor se volvió perversa.

—¿Ah sí? Conque dormida eh…

—No… oh no, Viktor ¡No te atrevas! —lo apuntó con el índice, involuntariamente intentó alejarse, pero terminó retorciéndose por su propia acción. La pierna le hormigueaba con fuerza, causándole cosquillas dolorosas. Y Viktor no iba a desaprovechar esa oportunidad, se echó sobre su esposo y comenzó a tocarle toda la pierna, haciéndolo reír a carcajadas al mismo tiempo que suplicaba por que se detuviera.

Makkachin los escuchó haciendo escándalo, así que no tardó en unirse al momento, esta vez, ayudando a Viktor.

Luego de un rato, los tres terminaron unos sobre otros en el suelo, los humanos agitados y riendo todavía. El pobre de Yuuri estaba bocabajo, Viktor con su cabeza sobre su espalda y Makkachin encima de éste último.

—Eres malvado —murmuró el japonés—. Después de que te dejé dormir sobre mí… eres muy malo.

—¿Quieres que sea malo? —preguntó en un tono muy sugestivo.

A Yuuri se le puso la piel de gallina.

—Sí, sé malo.

Ni tardo ni perezoso, Viktor le dio varias nalgadas sonoras pero nada dolorosas a su esposo.

—Vamos al cuarto, antes de que Alexei despierte —lo nalgueó un poco más al ver que no se levantaba. Yuuri se rio por ello y finalmente se giró bocarriba.

—Llévame —extendió sus brazos, tal como hacía Alexei cuando pedía ser cargado.

El ruso se rio a lo grande, pero no se negó, lo tomó en brazos y casi corriendo subieron a su habitación. Miraron la marca de pintura en la pared y ambos tuvieron en mente la misma idea…

No iban a salir de su cuarto en un buen rato, o al menos no hasta que Alexei los solicitara.

Makkachin ya tenía experiencia en ese tipo de momentos, así que se limitó a meterse al cuarto del bebé y echarse a un lado de su cuna, custodiándolo mientras los adultos hacían sus cosas.

Cuando la siesta de Alexei terminó y cuando la parejita se recargó de amor e intensas sesiones de sexo, un poco cansados, se alistaron para ir al festival de verano que se llevaría a cabo en la playa de Hasetsu. Era la primera vez de Alexei en un evento como ese, y Viktor estaba muy emocionado por llevarlo, ya que él recordaba muy bien su primer verano en la ciudad, vaya que sí. En aquel entonces habían pasado hermosos momentos, Yuuri y él se conocieron mejor y ahí fue cuando terminó enamorándose de su ahora esposo, en ese verano del 2016.

Terminaron de alistarse, vistiéndose con lindas y frescas yukatas, incluso Alexei portaba una. Yuuri no desaprovechó la oportunidad y le tomó muchas fotografías que después terminó mandándole a su suegro.

—¡Vamos por un algodón de azúcar! —exclamó Viktor al vislumbrarlos en un puesto a la lejanía. Tomó la mano de su esposo, y sin soltar a su bebé en el otro brazo, corrió hacia el lugar. Makkachin los seguía, igualmente emocionado.

Yuuri compró un par de algodones y le dio a probar a su hijo. Ambos padres soltaron una carcajada al ver la expresión de Alexei al probar el dulce.

No le había gustado.

Arrugó su naricita e hizo una mueca de desagrado por demás chistosa. Al parecer no le gustaba que fuese tan dulce.

—Oh cariño —se rio Viktor, abrazándolo más fuerte y sin dejar de reír—. ¿No te gustó?—se lo acercó, pero el nene le dio una palmada al dulce, rechazándolo.

—Quizás deberíamos intentar con una nieve —se rio el japonés, grabando el momento.

—¿Quieres una nieve, cariño? —le preguntó con vocecita tierna a su bebé. El aludido sólo lo miró fijamente sin saber bien qué quería decir.

Así la feliz familia disfrutó del festival, Viktor ganó premios para Yuuri y Alexei en tiro al blanco y se pasearon por todos los puestos hasta el atardecer, cuando las luciérnagas hicieron acto de aparición.

Los dos se turnaban para cargar a Alexei, el pequeñín estaba cada vez más pesado, pero ninguno había querido llevar carriola porque habría mucha gente en el lugar y hubiese sido más difícil desplazarse. Así terminaron turnándose a su hijo, tomados de las manos como un par de novios enamorados, y es que a pesar de estar casados y con un hijo, los dos seguían siendo novios enamorados.

—Hace calor —suspiró Viktor, quitándose el sudor de la frente. Yuuri lo miró y se sonrojó un poco, y es que no podía evitarlo, su esposo se veía tan sexy con sus mejillas levemente sonrojadas y el cabello un poco más largo pegándosele al rostro—. ¿Por qué me miras así? —preguntó en un tono risueño al ver que se mordía el labio inferior.

—Me pones caliente —admitió sin un atisbo de vergüenza. El ruso se sorprendió por ello y lo miró con asombro—. Iré a buscar algo frío para beber —le dio a Alexei y desapareció con Makkachin antes de que Viktor pudiera decirle algo.

Padre e hijo se sentaron en una banca, esperando a Yuuri. Mientras tanto, el ruso jugaba con su bebé sentado sobre su regazo, lo hacía brincar al mover sus piernas, obteniendo una hermosa risita del nene.

—¿Quién es el bebé más hermoso? —canturreaba—. Sí, tú lo eres cariño, tú lo eres —lo atrapó entre sus brazos y le mordió una mejilla, ganándose por primera vez un manotazo en la cara por parte de su hijo, inconforme.

Yuuri alcanzó a ver la escena, de inmediato soltó una enorme carcajada.

—¡Hasta que te dio tu merecido! —llegó a su lado y le extendió una limonada helada.

—Gracias —aceptó la bebida con desesperación, se moría de calor y de sed.

—Ten mi amor —se sentó a un lado de ellos y le dio a Alexei el biberón con jugo fresco que recién había sacado de la pañalera.

—Yuuri —dijo de pronto el ruso. Ambos se habían quedado en un cómodo silencio, mirando la playa y el cercano atardecer.

—¿Si?

—¿En verdad te pongo caliente?

El japonés se rio de nuevo.

—Voy a hacer como que no escuché esa pregunta —respondió entre risas antes de entrelazar sus dedos con los de su amado.

—Responde —pidió, riendo también.

—Sí, sí. Sí me pones caliente —admitió con un leve sonrojo—. Pero eso tú ya lo sabes.

—Me lo demostraste de nuevo hoy en la tarde.

—¿Entonces para qué preguntas?

—Sólo me gusta escucharlo —lo miró con una expresión tremendamente sensual, sin proponérselo del todo. Yuuri tragó con fuerza, deseando estar en su habitación para arrancarle esa yukata azul marino que traía puesta, se veía demasiado sexy. Llamaba la atención de todos los que los rodeaban.

—Tonto —soltó una risita de bobo enamorado y recargó su cabeza en el hombro de su esposo—. Soy muy feliz —dijo de pronto, jugueteando con la manita de su bebé.

—Yo también lo soy —besó la cabeza de su amado—. Hace dos años no me hubiera imaginado que estaríamos aquí, disfrutando de esto como una familia —se puso emocional.

—Menos aún que estaríamos por incrementar esta familia.

El corazón del ruso dio un vuelco, también sintió una emoción muy agradable en la base de su estómago. Era lo que sentía cada vez que recordaba los planes que tenían para un futuro cercano.

—Lo sé —suspiró, conteniendo las emociones tan fuertes que lo embargaban, quería gritar de emoción—. No puedo esperar más para eso.

—¿Crees que Alexei quiera tener hermanitos?

—Estoy seguro de que sí —lo abrazó contra sí, haciéndolo enojar un poco porque el nene quería estar erguido, viendo a la gente pasar y tratando de alcanzar a Makkachin con sus manitas.

—Mientras no los quiera regresar a la fábrica de bebés —se burló, pero la broma del japonés pasó a segundo plano para Viktor.

—¿Dijiste "los"? —los ojos le brillaron—. ¿Serán varios?

Yuuri se agitó un poco.

—¡No, no, no! No estoy diciendo eso —se llevó una mano a la nuca—. Sólo digo que…

—Quieres que tengamos más de dos hijos —aseguró con una sonrisita traviesa y emocionada.

Yuuri se vio acorralado.

—Ya veremos qué pasa, primero intentemos tener uno —sonrió.

Viktor era el hombre más feliz del mundo.

—Te amo —le dijo en japonés, atrapando su mejilla con una mano para acercarlo a un beso. Yuuri lo tomó de ambas mejillas y se dejó besar, correspondiendo con creces y ese infinito amor. Chistosamente los dos fueron interrumpidos por su hijo, quien les daba palmaditas en el rostro para que se separaran.

Los esposos se echaron a reír antes de llenar a su hijo con besitos hasta hacerlo reír. Así fue hasta que Alexei vislumbró la playa a lo lejos. No tardó en estirar sus bracitos hacia el agua, amaba el agua con locura y una vez que la veía, no dejaba de insistir hasta que sus padres lo dejaran darse un chapuzón.

No tuvieron otra opción más que llevar a su hijo a la orilla del mar. Le quitaron sus sandalias y lo dejaron poner los piecitos en la arena húmeda. Alexei soltaba una hermosa carcajada cada vez que el agua tocaba sus pies. No tardó mucho en atraer la atención de los demás en la playa. La gente pasaba y veía a la hermosa familia, algunos los admiraban por lo bonito que tenían, otros, por lo contrario, los envidiaban. ¿Y cómo no? Eran una familia hermosa.

El sol se escondió y la familia Nikiforov se fue a Yu-topía. Habían prometido llevar a Alexei luego del festival, pues la familia quería verlo en yukata. Tristemente el pequeñín llegó dormido, había caído rendido luego de una tarde de festival con sus papis. Así que sólo estuvieron ahí un rato, Mari le tomó muchas fotos a su sobrino, pero éste no despertó y seguramente no lo haría sino hasta el día siguiente.

—¿Eso que tiene en la boca es algodón de azúcar? —preguntó la tía consentidora.

Yuuri se rio.

—Sí, pero lo odió. Intentamos limpiarlo, pero no se dejaba —rebuscó en la pañalera hasta encontrar las toallitas húmedas para limpiarlo un poco—. Amor, déjame cárgalo un rato, lo has traído en brazos desde que salimos de la playa.

Viktor negó suavemente con la cabeza, abrazando más a su hijo y acariciando su cabecita que descansaba en su hombro, babeándolo todo.

—No quiero que despierte.

—Ya ni has de sentir tus brazos —se preocupó, pero de nuevo Viktor negó, esbozando una pequeña y hermosa sonrisa.

—Déjame cargarlo un poco más —apoyó su cabeza sobre la de su bebé, arrullándolo.

—Te ves muy bien con bebé en brazos, cuñadito —dijo Mari con voz queda para no despertar al bebé.

Viktor esbozó una hermosa sonrisa, tan bella como la de Yuuri al mirarlo y comprobar lo que su hermana decía.

No estuvieron mucho en Yu-topía, estaban cansados y algo asoleados, así que pidieron un taxi y volvieron a casa. Ni siquiera cenaron, habían comido demasiado en el festival.

Yuuri descargó la pañalera mientras Viktor le quitaba la yukata a Alexei y lo recostaba en su cuna. El pobre estaba tan cansado que ni siquiera abrió los ojos cuando su padre lo cambió y lo arropó.

El ruso sintió un gran alivio al dejar a su hijo en su cuna. Sus brazos le dolían bastante.

Salió del cuarto de Alexei y se metió al suyo, estirándose para relajar un poco sus músculos.

—Te dije que podía cargarlo —hizo que Viktor se sobresaltara un poco, no lo había escuchado entrar a cuarto—. ¿Te duele la espalda, mi amor? —le preguntó con un infinito cariño, acariciando su espalda luego de ver cómo se estiraba.

—Y los brazos.

—Tendremos que llevar la carriola la próxima vez. Alexei está más pesado cada día —soltó una risita al mismo tiempo en que comenzaba a masajear los hombros de su esposo.

—¿Qué haces?

—Shh… —siguió masajeando con una maestría envidiable. Viktor comenzó a suspirar. Cerró los ojos y disfrutó. Yuuri sabía dónde y cuánta fuerza ejercer con sus dedos. Lo masajeaba por encima de la yukata, enfocándose en cada músculo de la espalda—. Siéntate en la orilla de la cama —le pidió, y en seguida él también se subió, sentado detrás de Viktor para masajearlo mejor. El ruso soltaba suspiro tras suspiro, completamente relajado hasta que sintió las suaves manos de su esposo introduciéndose por el cuello de su yukata. Suspiró más fuerte cuando sintió unos labios presionándose contra su nuca, poniéndole los vellos de punta.

—Oh Yuuri… —soltó en un pesado suspiro.

—Sólo relájate —susurró en su oído. La piel de Viktor se erizó al sentir su aliento contra su piel.

El japonés comenzó a besar todo su cuello, percibiendo cierto sabor salado en su piel.

—Mi vida… —suspiró Viktor—…estoy sucio, he sudado mucho —intentó detenerlo con esas palabras, pero su cuerpo decía otra cosa.

—Amor —rio—. ¿Crees que eso me importa? —desde atrás lo rodeó con sus brazos, apretándolo en un abrazo de oso muy tierno, recargando también su cabeza contra su nuca.

Viktor acarició los brazos que lo rodeaban, antes de tomar una mano y besarla.

—Te amo, Yuuri.

—Y yo te amo a ti —besó su nuca—. ¿Sabes? Desde que te vi con el montsuki en la boda he querido cumplir una de mis fantasías —murmuró en voz baja y sugerente.

Viktor entendió de inmediato el rumbo que estaba tomando esa conversación.

—Yo he tenido la misma fantasía —se asombró.

—Ni siquiera sabes a qué me refiero —rio.

—Claro que sí —intentó girarse para encararlo, pero Yuuri no se lo permitió, en vez de eso metió sus manos bajo los pliegues de la ligera yukata, acariciando todo su pecho, tan firme y al mismo tiempo tan suave al tacto.

Viktor se iba a desabrochar la yukata, pero Yuuri no lo dejó hacerlo.

—Déjatela puesta —murmuró en su oído antes de morderlo.

Ahora sí, Viktor se giró, y con un brillo peligroso en su mirar asaltó los labios de su esposo.

Las caricias ardientes no se hicieron esperar, pero lo que Yuuri no imaginó, fue cuánto le había excitado a Viktor la idea de hacerlo con las yukatas puestas. El ruso se echó sobre él en la cama, dejando todo su peso encima de Yuuri, aplastándolo y besándolo vorazmente. Comenzó por su cuello y rápidamente fue descendiendo por el pecho hasta encontrarse con la tela de la ropa, no la quitó, pero sí alzó un poco la yukata para arrancarle la ropa interior de un tirón. Yuuri jadeó por la excitación anticipada que sentía por lo que se venía. Aunque de nuevo no se esperaba que Viktor enterrara su rostro entre sus piernas, repartiendo besos húmedos hasta engullir su miembro por completo, poniéndolo duro en segundos.

Yuuri se retorcía tanto que Viktor tuvo que agarrar sus lindas piernas para que se estuvieran quietas. El menor echó su cabeza hacia atrás, desfalleciendo antes el oral tan delicioso que le hacía su esposo.

No pasó mucho para que Viktor comenzara a prepararlo, dilatando su ano con los dedos y con la ayuda de un poco de lubricante que sacó de prisa de su buró.

Sin quitarse la ropa, se deshizo solamente de su ropa interior, lanzándola lejos antes de volver a echarse sobre Yuuri, éste lo recibió entre sus brazos y lo besó como si no hubiese un mañana, metiendo sus manos bajo la yukata para acariciarlo.

Yuuri lo empujó hasta incorporarse y sentarse a horcajadas sobre él, mirándolo con un eros inexplicable antes de tomar el pene de su esposo con ambas manos y sentarse sobre él, certero y profundo. Viktor suspiró extasiado y jaló a Yuuri hacia sus brazos para apretarlo contra sí mismo. Con un brazo rodeó su angosta cintura y con su otra mano enredó sus dedos en el cabello negro de su nuca. El pobre estaba que se deshacía en suspiros y gemidos.

Se volvió loco cuando Yuuri se escapó del abrazo para comenzar a montarlo, meneando sus caderas sobre él. Viktor apretaba los labios para no hacer mucho escándalo, pero era difícil no hacerlo cuando tenía a su Yuuri montándolo de esa manera. Verlo mover sus caderas de esa forma tan sensual… lo hacía perder la razón. El japonés, algo cansado por el ejercicio, se dejó caer por completo sobre su marido, jadeante y agitado, acariciando la cabeza de su amado.

Yuuri soltó un gritillo cuando sintió que comenzó a embestirlo rápidamente y sin detenerse.

Muy pronto la ropa les incomodó. Terminaron dejándose llevar por sus instintos y se deshicieron de las yukatas para sentir el calor de la piel del otro.

Se unieron de nuevo en un beso profundo, sus lenguas se acariciaban con desesperación y sus respiraciones eran por completo erráticas. Al separarse de ese beso, un pequeño hilo de saliva se quedó pendiendo de sus labios. Con la boca abierta y la respiración entrecortada, se miraron unos segundos. Yuuri abarcó toda la mejilla de su esposo con una mano, admirando su perfecto rostro excitado. No pudo evitar pasar una mano por esa frente, despejándola de cualquier cabello platinado.

—Eres hermoso —murmuró el japonés, extasiado y aún fascinado por tener un esposo tan perfecto.

El aludido se sonrojó tiernamente, pero le respondió enseguida con una sonrisa sexy y una palmada en el trasero.

—Eso debería decírtelo yo a ti, mi katsudon —apretó una de sus nalgas con una mano y con la otra rodeó su cintura, afianzando el agarre para volver a penetrarlo, sin borrar esa sonrisa de su rostro. Vio cómo la expresión de Yuuri se deformaba en una mueca de completo placer. Su boca estaba entreabierta, al igual que sus ojos castaños; su rostro estaba por completo enrojecido y sus lindas cejas negras estaban unidas en una expresión de completo éxtasis.

Inspirado por todo eso, Viktor se incorporó con Yuuri en brazos y siguió penetrándolo aun de pie. El japonés comenzó a jadear con fuerza, casi gritando por el enorme placer. Se enroscó a como pudo al cuerpo fuerte de Viktor, enredando sus piernas largas alrededor de la cintura de él y dándole un completo acceso a su interior. Viktor comenzó a alzarlo, sólo para que volviera a caer sobre su erección, repetidas veces.

Por un momento Yuuri se preocupó, pues su amado lo estaba cargando, pero pronto se le pasó al ver que lo alzaba con demasiada facilidad. Había subestimado la fuerza de Viktor.

No pasó mucho para que volvieran a la comodidad de la cama. Esta vez se sentaron de rodillas, Viktor se posicionó detrás de él y lo penetró de nuevo. El cuerpo entero de Yuuri se estremeció de pies a cabeza, más aún al sentir las manos del ruso sobre su pene, masturbándolo y volviéndolo loco por tanto placer.

El mayor mordió y besó sin piedad su cuello, sin dejar de bombear en todo momento. Yuuri no aguantó mucho más de rodillas, terminó cayendo hacia delante, quedando bocabajo en la cama, con Viktor sobre él, aplastándolo una y otra vez contra el colchón que rechinaba con cada estocada. Yuuri casi podía jurar que la cama terminaría movida, arrastrada por tantos movimientos sobre ella.

—Oh Viktor ¡VIKTOR! —gimió con fuerza al sentirse venir. Su orgasmo fue intenso y duró más que otras veces.

El ruso siguió bombeando sin parar, cada vez más profundo. Bajó el ritmo solamente para besar la preciosa nuca de su esposo, pero no pasó mucho para que terminara viniéndose dentro de él en un largo y escandaloso orgasmo.

Los dos tenían los dedos de manos y pies totalmente enrollados por el placer que experimentaban, sus ojos estaban cerrados y sus cuerpos temblaban con brusquedad por ese encuentro tan intenso y repentino. Por primera vez en mucho tiempo pudieron tener sexo sin haberlo planeado con anticipación. No tuvieron que esperar a que la hora de la siesta llegara, ni a que la abuela Hiroko cuidara del bebé. Esta vez tuvieron sexo porque pudieron y porque quisieron.

Jadeantes y sudorosos, ninguno se movió de su lugar.

Viktor había dejado caer todo su peso sobre Yuuri, aplastándolo, sintiéndolo tiernamente más pequeño y delicado que él, amaba eso. En cambio, Yuuri sentía todo el peso de su esposo, grande y fuerte, sentía su aroma cerca, y eso lo tranquilizaba.

—¡Oh Viktor! —jadeó cuando sintió que le dio una última embestida antes de salir por completo de él. El ruso besó su hombro, y con un repentino cansancio extremo, lo tomó entre sus brazos y cayó rendido al sueño—. Amor —lo llamó en voz baja, todavía afectado por las maravillas de ese último orgasmo.

Grande fue su asombro al ver que estaba profundamente dormido, y lo tenía por completo atrapado entre sus brazos. Yuuri tenía calor y unas inmensas ganas de tomar un baño, o al menos empujar a su esposo lejos de él ¡Pues Viktor era un horno! Pero no pudo, al menos no después de ver su angelical expresión al dormir.

No podía creer que ese hombre de expresión tan pura acabara de hacerle el amor de esa manera tan salvaje.

A diferencia de Viktor, él no tenía mucho sueño, así que dedicó un rato a acariciar y delinear cada músculo que tenía al alcance. Amaba con especial fascinación cómo los glúteos de su esposo se sentían tan firmes y marcados, muy diferentes a los suyos que eran más blanditos y un poco más redondos. Pasó un rato acariciando sus nalgas, hasta el que sueño comenzó a invadirlo. Finalmente acarició su bíceps unos momentos antes de caer profundamente dormido.

Un poco antes del amanecer, Viktor despertó de su sueño, abrazando a Yuuri desde atrás. Sonrió adormilado al descubrir que tenía la nariz contra su nuca, respiró su aroma y sonrió más ampliamente. Aún seguía un poco adormilado, pero se sentía sumamente feliz. Suspiró como un estúpido enamorado hasta que sintió que su brazo derecho pesaba demasiado, entonces ahí fue consciente de que la cabeza de Yuuri descansaba sobre el mismo brazo que rodeaba su esbelta figura por completo.

Viktor estuvo dispuesto a dejarlo dormir así un poco más, hasta que vislumbró sus anillos en la mano derecha, no, no podía dejar que le amputaran ese brazo con sus anillos, así que con cuidado lo sacó de ahí y sintió un gran alivio al verse libre de ese peso.

Yuuri resintió el cambio, se giró en la cama sin despertar y buscó acurrucarse más hacia él. El mayor lo recibió con gusto, sonriendo más al ver cómo de manera automática Yuuri posaba su mano derecha sobre su pecho. Y como si fuera posible, su sonrisa se ensanchó al ver ese par de anillos en la mano hermosa de su esposo. Entonces miró ahora su rostro y volvió a suspirar como tonto enamorado.

—Te amo mi amor —le susurró con mucho sentimiento en su voz antes de besarle la frente con un infinito cariño para volver a dormir.

El tiempo pasó volando para el matrimonio Nikiforov. Muy pronto llegó el otoño, Viktor se sintió infinitamente feliz cuando dejó de hacer calor en la ciudad, ni se diga cuando el invierno los alcanzó, junto con el cumpleaños de Yuuri. Poco antes de esta fecha, la pareja se enteró de una noticia que los escandalizó por completo.

—¿¡Te casaste!? ¿Pero en qué momento? ¡¿Por qué no nos invitaste?! —no cabía en sí de la impresión. Viktor iba a decir algo más, pero Yuuri lo interrumpió.

—¡Chris! ¿Por qué no nos dijiste? —entristeció un poco, pues estimaba mucho al suizo y desde que supo que se casaría, deseó ir a su boda.

El aludido se rascó la nuca y sonrió a la pantalla del celular, desde donde hacía video llamada con sus amigos.

—Lo siento, en verdad me hubiera gustado que estuvieran presentes, pero todo fue tan improvisado —rio un poco—. Decidimos no complicarnos en planear una fiesta y tantas cosas —hizo gesto de flojera—. Preferimos ir al registro civil y simplemente casarnos, ahora ya somos esposos y estamos de luna de miel —enseñó el anillo en su mano izquierda.

—Pero si a ti te encanta organizar eventos y fiestas —se quejó el ruso.

—Sí, pero no para mí —se encogió de hombros—. El punto es que ya somos esposos y… —suspiró—…soy muy feliz.

Y se notaba en toda su expresión. Estaba verdaderamente feliz, había hecho lo correcto.

—Ya no estés enojado, Viktor —se rio el suizo.

—Quería ser tu padrino de bodas —sonrió levemente.

—Oh… —se llenó de ternura—. Pero no te sientas tan mal, no quisimos hacerlo público hasta que ustedes supieran —les guiñó un ojo—. Terminando esta llamada voy a publicar las fotos.

—Bueno, somos afortunados, supongo.

Yuuri rio y le dio una palmada en la espalda a su esposo.

—De todas formas, Viktor… —pensó unos segundos antes de hablar—… que no hayas sido padrino en mi boda no significa que no seas mi mejor amigo.

El ruso se conmovió hasta las lágrimas, pero no las dejó salir. Yuuri miraba todo con una sonrisa. Era adorable la relación de amistad entre esos dos.

—También eres mi mejor amigo —se limpió una lagrimilla traviesa—. Después de Yuuri, claro está.

Chris se rio. Lo entendía.

—Que cursis se pusieron los dos —se burló Yuuri, aunque no era el más indicado para hablar, pues sus ojitos castaños estaban brillosos también, conmovido.

—Yo sí te nombraré padrino muy pronto, Chris.

Yuuri le dio un codazo, no debía hablar de más, al menos no aún.

—¿Cómo está eso? —alzó una ceja—. Cuéntenme más.

Viktor y Yuuri intercambiaron miradas, prácticamente se telepatearon y asintieron al mismo tiempo.

—Chris —comenzó Yuuri.

—En un tiempo serás padrino no sólo de bodas —miró a Yuuri y sonrió con un amor infinito.

Eso fue más que suficiente para que el suizo entendiera. Una inmensa emoción lo invadió, tanto así que dio un salto de felicidad.

—¡¿Van a adoptar a otro bebé?!

El matrimonio se echó a reír. Era muy pronto para decirle, así que simplemente lo dejaron con la incógnita, sin embargo, Chris estaba que desbordaba felicidad por cada poro al tener ese hermoso privilegio.

El cumpleaños de Yuuri llegó, desafortunadamente varios de sus amigos no pudieron estar presentes, pero prometieron hacer lo posible por estar ahí en navidad para festejar ambos cumpleaños.

A pesar de eso, Viktor le tenía una linda sorpresa a su katsudon. Pasaron todo el día en familia, sólo los tres, hasta que el sol cayó. Llevaron a Alexei con los abuelos y el ruso se llevó a su esposo a una cena romántica totalmente inesperada.

—¿A dónde vamos, amor? —inquirió Yuuri, todavía maravillado por lo apuesto que se veía su marido. Siempre que creía que no podría verse más hermoso, llegaba y le hacía ver cuán equivocado estaba.

—Es una sorpresa —le besó la mejilla.

Ambos iban caminando por la calle, tomados de las manos y disfrutando del fresco clima.

—Pero no te preocupes, sí tengo mi cartera en el bolsillo —le guiñó un ojo.

Yuuri se palmeó el rostro con una mano.

—¿Algún día lo olvidarás?

—Nunca —soltó una risita cantarina—. Y es algo que le voy a contar a nuestros hijos cuando sean un poco mayores, también a nuestros nietos.

Yuuri no respondió, sólo negó con la cabeza mientras sonreía dulcemente. Amaba a ese hombre con locura, a pesar de todo. No pudo contenerse, y aún caminando por la calle, se apegó más al costado de su esposo, recargando su mejilla contra su hombro.

—Te amo, Viktor —le dijo simplemente, en un susurro cargado de amor.

—Yo te amo más, mi cerdito.

—Tonto —rio, rodeándolo finalmente con un brazo por la cintura.

Esa noche Viktor lo sorprendió al llevarlo a un restaurant exclusivo de postres. Iban a cenar todo tipo de pasteles, tartas y demás. Yuuri casi se infartó al ver la variedad que había.

—Esto tiene demasiadas calorías —se espantó al ver el menú.

—Come lo que quieras, mi amor, no te preocupes por eso el día de hoy ¡Es tu cumpleaños! —en seguida llamó al mesero y pidió una porción de cada postre en el menú—. Probemos todo ¿te parece?

Yuuri suspiró con una sonrisa.

—Eres increíble —tomó su mano por encima de la mesa—. Gracias —lo dijo con tanto amor en su mirada, que las mejillas del ruso adquirieron un tierno color rosado.

Y al final, luego de haberse atiborrado de pasteles y dulces, el mesero les trajo un precioso pastel tamaño individual de fresas con crema. Sobre las fresas había una barra de chocolate blanco que decía "Happy Birthday Yuuri!".

—Feliz cumpleaños mi amor —besó su mejilla y encendió la única velita que el postre tenía.

—Oh Viktor, ¡Es hermoso! Se parece al que preparaste hace años.

—Pero te aseguro que este no tiene sal —se rio de su propia tragedia.

—Menos mal —rieron juntos ante esos bellos recuerdos.

Viktor no tardó en sacar su teléfono para tomarle una foto cuando pidió el deseo y sopló la velita.

—¿Qué pediste de deseo?

—No te lo voy a decir —le sacó la lengua—. Quiero que se cumpla, así que no lo sabrás hasta que se haga realidad.

Viktor no se lo discutió más. Yuuri sólo rogaba al cielo que su deseo se hiciera realidad.

Quiero darle un hijo, sólo eso —pensaba el japonés con un nudo en la garganta. Se moría de ganas de volver a Rusia y ver a la doctora.

—¿Cómo te has sentido estos últimos meses? —preguntó Viktor con cautela.

—¿A qué te refieres, amor? —probó su pastel, sintiéndose en el cielo al disfrutar de su sabor.

—Nos volvimos padres de la noche a la mañana y en ningún momento me detuve a preguntarte cómo te sentías con ello —se vio un poco preocupado—. Sólo quiero saber cómo estás —tomó su mano por encima de la mesa, acariciándola con su pulgar.

El japonés se enterneció. Ninguno de los dos era perfecto, pero poco a poco iban aprendiendo a ser mejores esposos, mejores padres. Y con esas palabras Viktor estaba demostrando otro nivel de madurez que enorgullecía a Yuuri.

—Viktor —apretó su mano y lo miró fijamente a los ojos—. No te voy a decir que todo ha sido perfecto, pues hubo pérdidas que quizás nunca superemos… pero si de algo debes estar seguro, es del hecho de que soy increíblemente feliz con nuestra familia. Te amo con más fuerza incluso que antes, y amo con locura a nuestro hijo —apretó una vez más su mano—. Eres el culpable de que yo cambiara tanto.

El ruso no supo cómo tomarse eso último.

—¡Pero para bien! —aclaró de inmediato, riendo—. No quería tener hijos, pero terminé formando una hermosa familia contigo.

—Una familia que se incrementará en poco tiempo —juntó su frente con la de él y le dio un dulce beso en los labios. Yuuri no supo qué era más dulce: el pastel o esos besos embriagantes.

—Por cierto… —dijo al separarse del beso, de pronto se puso algo serio—…amor, si por alguna razón no podemos tener hijos propios —lo dijo en voz muy bajita—. Quiero que sepas que estoy de acuerdo en adoptar. De una u otra forma, nuestra familia crecerá ¿De acuerdo?

Los ojos celestes se volvieron acuosos de un momento a otro.

—De acuerdo —no resistió la emoción y lo abrazó hasta tronarle uno que otro hueso.

—¡Viktor! —se quejó, riendo. Pronto se volvieron el centro de atención del lugar. Aunque lo habían sido desde que pusieron un pie dentro y la gente los reconoció, pero en ese momento nadie hacía ruido, sólo los veían con sonrisitas traviesas y uno que otro grabando o tomando fotos con su celular.

Pero todo eso poco le importaba al par de enamorados.

—¿Y cómo crees que reaccione nuestro bebé con un hermanito? —preguntó Viktor, ilusionado.

—Espero que bien, aunque aún es muy pequeño para entender ciertas cosas.

—¡Ya va a cumplir diez meses!

—El tiempo se ha ido tan rápido —suspiró.

—En un abrir y cerrar de ojos estaremos asistiendo a su graduación de la universidad, a su boda, al nacimiento de sus hijos… —murmuró Viktor, mirando algún punto incierto a lo lejos.

—No exageres —rio al principio, pero terminó poniéndose igual de serio que su esposo. Tenía razón, el tiempo se iría volando.

—¿Crees que existan las reencarnaciones? —preguntó Viktor después de un silencio cómodo de varios minutos.

—Uhm… no lo sé ¿A qué viene esa pregunta? —bebió de su café caliente.

Viktor recargó un codo sobre la mesa y una mejilla sobre el dorso de su mano. Enseguida arrastró una media sonrisa por demás matadora, y luego dijo:

—Es que una vida a tu lado no es suficiente, quiero más.

Su mirada profunda, su voz grave y esa sonrisa… Yuuri quedó desarmado, totalmente embelesado.

—Oh mi amor —se conmovió tanto que acortó la distancia entre ambos y le dio un dulce beso que contrastaba con el sabor a café negro.

—¿El café es descafeinado? —preguntó el mayor, descolocando por completo a su esposo.

—No ¿Por qué?

—Bien, porque necesitarás mucha energía para esta noche —depositó un beso travieso en su cuello—. No iremos a casa —murmuró muy bajito, contra su piel y causándole escalofríos.

El color rojo invadió el rostro del japonés, quien por primera vez fue consciente de que todo mundo les lanzaba miraditas traviesas.

—P-pero… ¿Y Alexei?

—Se quedará esta noche con sus abuelos —lo miró a los ojos y alzó su mentón con una mano, viendo cada centímetro de esa preciosa cara—. Soy tan afortunado —soltó sin pensarlo, pero antes de que Yuuri pudiera responder, le dio un beso que jamás olvidaría.

Viktor pagó la cuenta y salieron de ahí rumbo a un hotel spa, donde pasarían todo el fin de semana.

No fue sino hasta el día siguiente que Yuuri entró a su Instagram y vio la foto que subió su esposo sobre su cumpleaños. De todas las que había tomado, eligió esa en donde lo abrazaba de manera un tanto posesiva, mirando a la cámara con cara de "Este hombre es mío".

El japonés soltó una risita adorable. Lo que no sabía, era que su esposo había estado un poco celoso al ver todas las felicitaciones que recibía de sus fans. Ya fueran hombres o mujeres, había comentarios un poco subidos de tono, en algunos lo felicitaban y le decían cosas como "Eres el hombre más sexy del planeta, ¡deja a Viktor y cásate conmigo!".

Y a Viktor se le corroía el estómago en ácido al ver comentarios aún peores. Quería decirles que él era su esposo y que no se atrevieran a decirle esas cosas. Aunque se tranquilizaba al ver que Yuuri a veces no los leía, y cuando lo hacía sólo terminaba riéndose por las ocurrencias de sus fans. Pero aun así, subió esa foto y marcó más su territorio.

Cortó todos los vegetales con una rapidez increíble, estaba muy distraído, tanto que no se dio cuenta de que alguien lo miraba hacer todo aquello.

Andaba de un pésimo humor desde que los Nikiforov se fueron a pasar el verano en Hasetsu. Odiaba tener el departamento sólo para él, odiaba el hecho de no haber vuelto a ver a su novio desde la muerte de su abuelo y también estaba muy molesto porque parecía ser que el kazajo estaba tan ocupado que no podrían verse sino hasta año nuevo.

Siguió cortando vegetales, hasta que una mano se posó sobre la suya.

—Hijo, terminarás cortándote un dedo si sigues así —dejó su copa de vino sobre la encimera y lo miró con cierta preocupación—. Llevas varios días con ese mal humor y no me has querido decir qué te pasa.

—Nada —soltó el cuchillo con enojo y se dirigió a lavar los platos.

—¿Es por tu novio?

—Te dije que nada —masculló, descargándose con él—. No quiero hablar de eso.

—Y yo no quiero que me hables así —fue tajante y serio.

Yurio se dio cuenta de lo que hacía, respiró profundo y se giró para encararlo.

—Lo siento, papá —suspiró y se llevó una mano a la cabeza. Se sentía cansado y no sabía ni por qué.

—¿Qué te ocurre? —puso sus manos sobre sus hombros, mirándolo con preocupación.

—Son muchas cosas —miró la cena a medio hacer y frunció el ceño—. No tengo ganas de cocinar —murmuró, pero su padre era inteligente y siempre tenía una solución para todo.

—Pidamos una pizza —tomó su celular y comenzó a marcar el número de memoria—. Nos sentaremos en la sala a cenar y veremos películas ¿te parece?

Yurio esbozó una pequeñísima sonrisa y asintió. Le gustaba que su padre fuera así con él. Lo comprendía, no lo juzgaba y tampoco se alejaba al ver su carácter explosivo y agresivo. Además estaba el hecho de que durante esos meses se estuvieron viendo casi a diario, ya fuera para desayunar, comer o cenar. Siempre que Andrew tenía tiempo disponible, llamaba a su hijo, y éste aceptaba, feliz de la vida. Si no fuera por él, la soledad lo hubiera atacado más fuerte todavía.

Limpió la cocina de su padre y fue directo a la sala para buscar alguna película interesante. Andrew llegó momentos después y se sentó a su lado, ofreciéndole una copa de vino que él aceptó sin dudar.

—Eres un papá extraño.

—No sabía que era padre, hasta hace poco —se rio, dándole un sorbo a su bebida.

Yuri sonrió de lado.

—Pero está bien, me gusta cómo eres —soltó con simpleza. Pero esas simples palabras causaron un torrente de emociones en el pobre de Andrew.

—¿Lo dices en serio? —se conmovió.

—Viejo, no llores.

El aludido se rio por el apodo. No se molestó con él a pesar del significado de la palabra y del hecho de que no era tan viejo, pues sintió cariño en su forma de decirlo.

Se quedaron en silencio mientras Yuri buscaba alguna película, pero el menor estaba tan perdido en sus pensamientos que ni siquiera se detenía a ver la sinopsis de cada película en Netflix, simplemente las pasaba de largo.

—Papá… —soltó de pronto.

—Dime.

—¿Podemos hablar?

Andrew sonrió de lado, ya había esperado aquello desde hace rato.

—Por supuesto.

Yuri dejó de buscar con el control remoto y se sentó de lado en el sofá, mirando a su padre de frente. Se quedó en silencio unos segundos, buscando la manera de decirle todo lo que lo agobiaba.

—Querías saber qué me pasa, bueno, pasa que hoy es el cumpleaños de uno de mis mejores amigos y no puedo estar con él porque la escuela me tiene atado, también el trabajo. Y sé que suena ridículo, ya estoy por terminar la universidad, pero eso sólo es la punta del iceberg —suspiró y se pasó una mano por su cabello suelto y algo rebelde—. No he visto a mi novio en meses y no sé cuándo lo vaya a ver. He llegado a pensar que quizás nuestra relación no funcionará si seguimos así… y otra cosa es que odio llegar al departamento y estar solo todo el tiempo.

Andrew dio un trago más a su copa y luego de saborear el contenido, soltó un largo suspiro, pensando bien en sus palabras. Si en algo era experto, era en dar consejos a las personas cuando entraban en crisis como esas, con un amigo como Dimitri, vaya que sí.

—Bien, sobre lo del cumpleaños de Yuuri… —fue interrumpido.

—Nunca dije que fuera él —se sonrojó levemente.

—No necesitabas hacerlo —se burló un poco—. Sobre eso, no te sientas mal, lo verás en tus vacaciones. Y sobre el asunto de la escuela y el trabajo… entiendo que te sientas muy saturado en estos momentos, pero ya pasará, todos atravesamos eso en algún momento de nuestras vidas. Por ahora tienes que darle prioridad a tus estudios y trabajo, pero ya verás que pronto vendrá la recompensa.

Yuri lo pensó unos momentos, estaba de acuerdo con él, pero ya le urgía que se terminara esa racha pesada y cansada.

—Pero sobre tu novio —hizo una mueca extraña—. Yuri, no te precipites a tomar una decisión de la cual te puedas arrepentir. En estos momentos ambos tienen prioridades en lo profesional, pero es necesario, y no será para siempre. Piensa las cosas con calma, no te dejes llevar por las emociones del momento. Además, ya tendrán su tiempo —le guiñó un ojo—. Son muy jóvenes y tienen toda una vida por delante ¿Por qué desesperarse?

Yuri rodó los ojos, sabía que su padre tenía razón, pero no podía dejar de estar molesto ¡Quería estar con su novio! ¡Lo extrañaba demasiado!

—¿Tienes miedo de que él deje de amarte? ¿Le temes a las distancias? —preguntó el mayor.

El otro lo pensó unos momentos, dándose cuenta de algo.

—No en realidad —parpadeó, sorprendido—. Estoy muy seguro de lo que siento por él y de lo que él siente por mí —fue sincero—. Toda nuestra amistad y noviazgo la hemos pasado así, lejos uno del otro. Así que no le temo a eso, simplemente lo extraño, y odio el hecho de que vivamos tan lejos. No sé cuánto tiempo más soporte así —resopló—. También le tengo mucha envidia a Viktor —admitió por primera vez en su vida.

—¿Envidia? —se asombró.

—Sí. Su esposo es de un país más lejano que Kazajistán y a pesar de eso estuvieron juntos mucho tiempo.

—Lo que pasa es que tú conociste al amor de tu vida siendo muy joven —rio un poco—. Ellos se conocieron teniendo ya sus carreras terminadas y su vida parcialmente hecha.

—Nunca dije que fuera el amor de mi vida —se sonrojó de nuevo.

—¿Acaso no lo es?

—B-bueno, sí lo es, pero… —no pudo discutirle más. Se estaba dando cuenta de que su padre era sumamente observador.

En ese momento un mensaje llegó al celular de Andrew, éste lo abrió y sonrió a la pantalla. Yurio pocas veces veía esa expresión tan rara en su progenitor y desde hace tiempo tenía unas crecientes sospechas.

—Papá.

—¿Sí? —dejó su teléfono de lado y le sonrió a su hijo. No se lo había dicho, pero disfrutaba enormemente que lo llamara así.

—¿Te has vuelto a enamorar?

Ahora fue el turno de Andrew para quedarse sin palabras unos momentos. Tenía un fuerte dilema en su interior ¿Decirle o no?

—Después de tu madre… sí, lo hice —bebió más de su vino, terminándoselo y yendo por más a la cocina—. ¿Quieres más? —le preguntó desde su pequeña reserva especial de vinos.

—No —se puso de pie y lo siguió—. ¿De quién te enamoraste? ¿La conozco?

El mayor tragó en seco. Se rascó la sien y lo miró con cierta incomodidad, la mirada de su hijo estaba fija en él.

—Eso ya no importa —sonrió con tristeza.

—¿Es la persona que te ha estado mandando mensajes?

Andrew lo miró fijamente, con seriedad.

—Sí —admitió por fin.

—¿Y por qué no sales con ella?

—No es tan fácil.

—¿Te detienes por mí?

El aludido sonrió con tristeza.

—No, sé que tú aceptarías que tuviera una relación con alguien más.

—¿Entonces? ¿No eres correspondido? —lo miró con tristeza, lo que menos quería era que su padre sufriera, era tan bueno.

Andrew soltó una risita antes de desviar su mirada, se veía incómodo y triste.

—Lo soy, soy correspondido.

—No estoy entendiendo nada —se cruzó de brazos—. Si ella te corresponde ¿Por qué no están juntos?

—Yuri, no se trata de "Ella", sino de un "Él".

Yuri Plisetsky palideció tremendamente. Su boca se quedó abierta en forma de una pequeña "o". Se había quedado sin palabras. Quiso decirle algo, pero en ese momento el timbre de la casa sonó, había llegado la pizza.

Andrew fue a abrir, dejando a su impactado hijo en la cocina. Cuando volvió ahí con la pizza, se preocupó al verlo en el mismo lugar, prácticamente petrificado.

—¿No vas a decir algo? —estaba tan nervioso que el hambre se le fue, dejó la pizza a un lado de la estufa y miró a su hijo.

—Estoy muy sorprendido, jamás hubiera imaginado que tú… que te gustaran los hombres.

Andrew rio un poco.

—En realidad es la primera vez que me gusta uno, siempre había salido sólo con mujeres. ¿Te molesta?

—No, claro que no —se apresuró a aclarar—. Es sólo que estoy asombrado —sonrió—. Al menos me entiendes mejor de lo que creí.

No se atrevió a decirle que su sorpresa inicial había sido por otra causa, no por el hecho de que le gustara un hombre, sino por el hombre que le gustaba. Si Yuri había heredado algo de su padre, era su capacidad para la percepción, era muy observador y ya sabía quién era ese hombre.

—¿Cenamos? —sugirió el menor. Vio lo incómodo que estaba su padre hablando del tema, así que decidió esperar a que él le contara todo. Andrew agradeció mucho ese detalle y así se fueron a cenar en la sala, comiendo pizza sobre servilletas de papel para no tener que lavar platos.

—Yuri, no terminamos de hablar —dijo de pronto, antes de que le pusiera play a la película de terror—. Sobre el hecho de que te sientes muy solo en casa… ¿Qué dirías sobre vivir conmigo? Sólo este tiempo antes de que te vayas a Japón. Y si te sientes cómodo, no sé… —se rascó la nuca—… podrías quedarte aquí permanentemente. Después de todo eres mi hijo —sonrió con calidez.

El corazón de Yuri latió con una fuerza desenfrenada. Sintió un calorcito muy agradable en todo su pecho. No pudo decir nada o se le quebraría la voz, así que simplemente asintió. Hasta que se calmó un poco, dijo:

—Me encantaría, papá ¿Me puedo quedar aquí desde hoy?

Los ojos verdes de Andrew brillaron con emoción.

—¡Pero claro que sí! De hecho, ya que mañana es sábado, puedo tomarme el día, así podemos desvelarnos viendo películas ¿Te parece?

—Sí —sonrió con una felicidad genuina.

Andrew estaba dispuesto a recuperar todo el tiempo perdido con su hijo. Y Yuri estaba feliz porque así fuera. Desde que supo que era su padre, no había día que no agradeciera aquello. Todavía recordaba el temor que sintió el día en que se hicieron una prueba de ADN, sólo para asegurar que no hubiera error. Ese día había decidido que, aunque Andrew terminara no siendo su padre, él lo trataría como tal, pues se había encariñado demasiado con él. Afortunadamente la prueba dio positivo, dando como resultado una felicidad inmensa en los dos.

Esa noche se desveló con su padre, olvidando el hecho de que Otabek no le había mandado ni un mensaje en tres días.

Era noche buena, y todos estaban invitados a la cena en Yu-topía. Christophe y Masumi fueron los primeros en llegar, cargados con regalos para la familia, para Yuuri por su cumpleaños y doble regalo para su mejor amigo por navidad y cumpleaños.

—Ya tienes treinta y dos mi amigo, ya estás envejeciendo —lo abrazó con fuerza, dándole palmadas pesadas en la espalda.

—Y tú me pisas los talones —se burló.

—Claro que no, yo tengo veinticinco.

Yuuri y Viktor se carcajearon de lo lindo al escuchar a Chris diciendo eso, incluso Mausmi se rio.

—Cariño, no seas mentiroso —pasó su brazo por encima de su esposo—. Ya vas a cumplir treinta.

Chris frunció el ceño, y estuvo por decir algo, pero en ese momento las puertas del onsen se abrieron, dejando entrar un poco de ese aire frío y nevado de afuera.

—¡Phichit-kun! —Yuuri corrió a recibirlo—. ¡Minami! —se sintió feliz al verlo llegar de la mano con su mejor amigo—. Que gusto que estén aquí, pasen por favor, pónganse cómodos.

—¡Hola Yuuri! —el tailandés se lanzó a sus brazos, lo había extrañado mucho.

—¿Cómo va todo? —preguntó Yuuri en voz baja, refiriéndose a las cosas entre Minami y él.

—Excelente —respondió, aún dentro del abrazo.

Se separaron y se sonrieron.

—Tengo muchas cosas qué platicarte —le guiñó un ojo a Yuuri antes de irse y saludar a los demás.

Entonces siguió el turno de Minami para saludarlo. Yuuri se sorprendió al recibir un abrazo de él y también al ver que había crecido todavía más, casi estaba a la altura de Viktor.

—Gracias por recibirnos en tu casa —se separó del abrazo, viendo a los ojos a su antiguo amor.

—En realidad es la casa de mis padres —se rascó la nuca.

—De todas formas, gracias —sonrió y lo miró con una nueva expresión en su rostro. Minami ya no lo miraba como antes—. ¿Cómo va tu vida? Supe que Viktor y tú tienen un hijo.

—Todo va muy bien —sonrió completamente feliz al recordar a su hijo—. ¿Quieres que te presente a Alexei? Es nuestro bebé.

—¡Me encantaría! —amaba a los niños. Así los dos se adentraron a la casa, ajenos a que desde lejos Viktor los observaba fijamente y con el ceño ligeramente fruncido, atento a cualquier intento que hiciera Minami, pero eso nunca pasó.

—Si las miradas mataran, Minami no estaría más entre nosotros —Chris codeó a su mejor amigo, procurando que nadie más lo escuchara, y es que había visto todo.

—Lo siento, no puedo evitarlo.

—¿Eres tan celoso?

—Trato de no serlo.

Chris soltó una carcajada.

—Sí, cómo no.

Poco después llegaron J.J. e Isabella con el pequeño Liam. El bebé tenía ya año y medio y se robaba con facilidad el corazón de todos. Era un pequeñín muy risueño que permitía que todo mundo lo tomara en brazos y le pellizcara sus regordetas mejillas. Sus preciosos ojos grises causaron sensación entre todos, ya que eran por demás enormes y expresivos.

Hicieron que los dos nenes se conocieran, Alexei no acostumbraba convivir con más bebés, así que no sabían cómo reaccionaría. Grande fue su asombro al ver que le prestó su peluche favorito a Liam, cosa que no hacía con nadie que no fueran Viktor o Yuuri.

Liam se reía por todo, su hermosa risita se escuchaba a cada rato, mientras que Alexei se le quedaba mirando cuando lo hacía.

Hasta más tarde llegó Yurio, cubierto de nieve y con un par de maletas.

Al saber que llegó, Viktor y Yuuri corrieron a recibirlo.

—¡Yurio! ¿Viniste solo desde el aeropuerto? —lo saludó Viktor, dándole un abrazo fuerte. El rubio de inmediato se zafó del agarre.

—Sí, me sé el camino de memoria, no necesitaba que pasaran por mí.

—¡Pero hace mucho frío! —se escandalizó Yuuri, viéndolo de pies a cabeza para asegurarse de que estuviera bien. De inmediato lo abrazó también, lo había extrañado bastante—. Pensamos que llegarías con Otabek, por eso no nos ofrecimos en ir a buscarte —le dijo en medio del abrazo. El corazón de Yurio se apachurró un poco.

—Él llegará más tarde, ha de estar muy ocupado —respondió con voz neutra, disfrutando bastante de ese abrazo.

—¡Oye! —se quejó Viktor—. ¿Por qué te disgustan mis abrazos y no los de Yuuri?

El rubio sonrió y se separó del abrazo sólo para sacarle la lengua a Viktor.

—¿Dónde está el bodoque? —miró en todas direcciones—. Tengo cuatro meses sin verlo ¿Me habrá extrañado?

—Estoy seguro de que sí —se rio el japonés, recordando que Yurio los ayudaba bastante a jugar con él y a entretenerlo para que se cansara y durmiera toda la noche.

Viktor le quitó las maletas al rubio, ayudándole con ellas.

—Gracias, Viktor —sonrió de lado y se fue tras Yuuri para al fin ver al bodoque.

Viktor se quedó ahí de pie, extrañado por esa amabilidad con la que le habló. Había sido muy extraño.

Alexei jugaba con Liam, ambos sentaditos dentro de un pequeño corral para bebés. Los dos jugaban y se divertían juntos, hasta que Yurio entró en el campo de visión del bebé Nikiforov. Sus ojitos azules brillaron con intensidad, se agrandaron y de inmediato alzó ambas manitas hacia Yurio. Todos se enternecieron al escuchar que el nene pronunciaba palabras que nadie entendió.

—Oh… está muy feliz de verte —se asombró Yuuri.

—¡Bodoque! —lo tomó en brazos y lo alzó más allá de su cabeza, arrancándole una hermosa carcajada. De inmediato lo abrazó contra su pecho y suspiró al sentir su agradable calorcito y ese cariño que el bebé le brindaba, sin saber cuánto lo necesitaba en esos momentos—. Yo también te extrañé —comenzó a mecerlo suavemente de un lado a otro. Alexei se entretuvo un rato con los cabellos rubios de su tío, enmarañándolos en sus manitas.

Todos veían la escena y se preguntaban qué le ocurría a Yuri, pues claro estaba que algo le pasaba. Decidieron no preguntar y siguieron con lo suyo, todos platicando amenamente en la sala, felices de verse de nuevo luego de tanto tiempo.

—¿Todo está bien? —Viktor no se iba a quedar con la duda, así que junto con Yuuri se acercaron al rubio y le preguntaron discretamente.

El aludido miró a sus amigos, sin dejar de mecer a su sobrino.

—Sí, bueno, no —suspiró.

—¿Pasó algo con tu padre? ¿En la escuela? —inquirió Viktor.

—Es Otabek —dijo de pronto Yuuri, acertando.

El rubio suspiró más pesado que antes.

—¿Pasa algo con él? —insistió el japonés, con tacto.

—No pasa nada, ese es el problema. No he hablado con él en días —frunció el ceño, sorprendiendo bastante a sus amigos. Eso no era normal en la pareja.

En ese momento le llegó un mensaje de texto a Yurio, cargó a Alexei en un brazo mientras sacaba su celular del bolsillo, lo abrió y rio un poco al ver que era uno de su padre, preguntándole si había llegado con bien y si había llevado suficiente ropa interior. Yuri sólo rodó los ojos y le respondió. Fue entonces que se topó con otro mensaje que no había abierto.

"Yura, perdóname por no contestar, he estado en verdad muy ocupado. Te veo más tarde en casa de los Katsuki"

Otabek había mandado ese mensaje hace más de una hora, pero no lo había visto.

Un extraño sentimiento invadió su pecho, no supo por qué, pero le dieron ganas de llorar. Logró contenerse, guardó el celular y abrazó más a Alexei, tener su calorcito cerca era muy reconfortante.

—¿Quieres comer algo? —sugirió Yuuri con una sonrisa—. Debes de estar cansado y hambriento luego del vuelo.

—Ahora que lo dices… —fue interrumpido por el sonido de la puerta principal abriéndose, tras ella apareció un chico muy guapo, vestido de negro y cargando con una mochila al hombro. El pobre venía también cubierto de nieve, se la quitó de encima antes de entrar a la casa, alzó la mirada hacia el frente y fue ahí cuando lo vio, a su novio, más hermoso de lo que podía recordar.

—Yura… —murmuró con una leve sonrisa, sus ojos resplandecían en amor al verlo de nuevo después de esos seis largos meses. Pero su sonrisa se borró cuando notó la expresión molesta en su pareja.

—Hola —respondió a secas.

—Creo que será mejor dejarlos hablar a solas por un rato —sugirió Yuuri antes de tomar a Alexei en brazos, preocupado al ver esa expresión tan severa en Yurio, él no solía ver así a Otabek.

Viktor no dijo nada, sólo miró fijamente al kazajo, advirtiéndole con esa mirada que, pasase lo que pasase, él apoyaría a Yura en todo.

Así se quedaron a solas en el recibidor. Otabek se acercó a él, dispuesto a abrazarlo, pero Yuri no lo dejó acercarse más de dos metros.

—Yura ¿Qué pasa? —preguntó con su habitual seriedad.

—No sé si quiero hablar contigo ahora mismo, estoy muy molesto —le dolía hacer eso, pero si hablaban estando él así, podría decir cosas de las que luego se arrepentiría. Pero también estaba consciente de que les urgía tocar un par de asuntos muy importantes. No sabía qué hacer. Se dio media vuelta, no quería ver a su amado porque sinceramente lo había extrañado tanto que le daban ganas de echársele encima y abrazarlo como mono araña, pero no podía, su indiferencia en los últimos meses le había dolido bastante.

Estuvo dispuesto a irse, pero Otabek lo detuvo del brazo con suavidad.

—No te vayas, necesito saber qué pasa —giró a Yuri hasta quedar frente a frente. Fue en ese momento en el que ambos se percataron de algo—. Yura… —se asombró—. Creciste bastante.

Y es que la última vez que se vieron, a Yuri le faltaba un par de centímetros para alcanzar a su novio en estatura, pero justo ahora lo sobrepasaba ligeramente.

El ruso se sonrojó un poco, comprobando lo que decía su novio. Sí, había crecido unos centímetros en ese tiempo.

—Ya no crezcas —pidió con una dulce y pequeña sonrisa antes de acomodarle un rubio cabello tras la oreja. Ese simple acto causó un torrente de sentimientos encontrados en el ruso. En especial porque una mano de Otabek se había resbalado por su brazo hasta tomar su mano y apretarla con amor.

Yuri no pudo evitar sonreír un poco.

—¿De qué me querías hablar? —insistió el kazajo, adoptando su seriedad nuevamente.

—De tu indiferencia durante estos últimos meses —su expresión era de verdadera tristeza al decir eso, incluso se le formó un nudo en la garganta—. Viktor y Yuuri se vinieron a Japón hace meses, yo me quedé solo en casa y… —chasqueó la lengua—… me sentí muy solo, pensé que al menos te tendría a ti, pero no fue así, ni siquiera respondías mis mensajes.

—Tuve mucho trabajo, Yura, en verdad he estado muy ocupado —se mortificó—. Ya ni siquiera he podido ir a trabajar como D.J., el trabajo en la oficina consumió mi tiempo por completo. Llegaba exhausto a casa —suspiró—. Pero valió la pena, pude conseguir más experiencia y…

—No sé si esta relación vaya a funcionar si seguimos así —confesó. Recordó las palabras de su padre, no debía precipitarse, y no lo hizo, lo había pensado bastante. Aunque no pudo negar que la expresión de Otabek al escuchar eso le rompió el corazón.

—¿Quieres terminar conmigo? —se sintió caer en un abismo con sólo pronunciar esas palabras, Yuri sintió algo muy similar al escucharlas. De inmediato sus ojos verdes se llenaron de lágrimas.

—No, no quiero. Pero estamos tan lejos uno del otro, antes por lo menos hablábamos por teléfono, pero ahora sólo nos mandamos mensaje cada ciertos días. Eso es en verdad deprimente. Y quisiera decirte que acepto tu propuesta de vivir en Almaty contigo, pero aún me falta un semestre en la universidad, no puedo irme de San Petersburgo, además… está mi sobrino, no quiero dejar de verlo y tampoco a mi padre, y… —suspiró, no pudo continuar con eso. Le dolía ver la expresión de Otabek, que, aunque era igual de seria que otras veces, podía distinguir una sutil diferencia que le demostraba lo mucho que le dolían esas verdades.

—¿Y la solución es terminar la relación? —tomó sus manos entre las suyas y las besó suavemente, un acto muy poco común en él—. Porque yo no voy a dejar que termines con esto tan fácilmente. Sabes que te amo, sé que me amas y sé que nuestro amor es lo suficientemente fuerte como para superar estos distanciamientos —soltó una mano de Yuri sólo para limpiar sus lágrimas—. Sé que estuve desaparecido por un tiempo, pero… —sonrió de lado—. Era por una buena causa.

—¿Una buena causa? —siguió soltando lágrima tras lágrima, no podía evitarlo.

—Sí —le acarició la mejilla y miró cada centímetro de su rostro hermoso. Lo había extrañado demasiado—. Hay algo que no te he dicho, Yura.

El aludido se tensó, de pronto tuvo miedo, miedo de que las palabras a continuación fueran a cambiar el rumbo de su vida y de su relación. Sólo rogaba al cielo que su amado no le pidiera una vez más que viviera con él en Almaty, pues simplemente no podía hacerlo. Sus seres más queridos estaban en San Petersburgo.

—Dime ya, me estás poniendo nervioso —le dio un pequeño puñetazo en el pecho. El aludido sonrió, incluso había extrañado eso de su novio.

Otabek tomó aire y procedió a explicar.

—Logré que en el trabajo me transfirieran a San Petersburgo. Regresaré contigo allá, ya encontré un departamento dónde quedarme, sólo me falta amueblarlo y mandar traer mis cosas de Almaty.

Los ojos verdes se abrieron cuan grandes eran, totalmente impresionado. Su corazón se detuvo sólo para volver a latir con más fuerza que antes ¿Acaso había escuchado bien? ¿Otabek estaba dispuesto a dejar todo en su país sólo por él?

—Sé que tienes poco de conocer a tu padre y que querrás pasar todo el tiempo posible con él, también sé del cariño que le tomaste al hijo de Viktor y Yuuri, y a ellos también —se permitió sonreír un poco—. No te separaría de ninguno de ellos pidiéndote que te mudaras a Kazajistán.

—Pero… ¿Y tu familia? —preguntó, aún sorprendido.

—Sabes que nunca he sido muy unido a ellos, sin embargo, me hicieron prometer que iríamos a visitarlos seguido. Se encariñaron mucho contigo y estuvieron totalmente de acuerdo en que me mudara a Rusia.

Yuri estaba sin palabras. Su desbocado corazón se le quería salir del pecho.

—Beka… —no sabía qué decir—. Idiota ¿Por qué no lo mencionaste antes? —se talló el rostro con la manga de su suéter de lana. Otabek lo detuvo y en su lugar le dio un pañuelo de tela. Yurio inevitablemente sonrió al recordar aquella escena de tantos años atrás, cuando recién se habían conocido en Barcelona y le había ofrecido su pañuelo en el hospital.

—Quería que fuera una sorpresa —puso una mano en su cabeza—. Estuve trabajando muy duro para conseguir que me trasladaran. Como aún era novato era casi imposible que lo hicieran, pero logré que me ascendieran. También por eso no pude pasar por ti a San Petersburgo para venirnos juntos —acarició su rostro—. Lamento haber roto mi promesa, pero es que la entrevista con mi nuevo jefe se atrasó y tuve que tomar otro vuelo.

—¡¿Fuiste a San Petersburgo?!

—Sí, vengo de allá.

—Beka, me lo hubieras dicho.

—No quería hacerte comprar otro boleto de avión —se encogió de hombros.

—Dios… por un momento… te lo juro que por un momento llegué a pensar que ya no me querías —suspiró aliviado.

La expresión siempre seria de Otabek se transformó en una de espanto.

—¡Jamás! Eso sería imposible —atrapó su rostro entre sus manos y lo miró muy de cerca antes de cerrar los ojos y unir sus labios en un beso tan perfecto y anhelado.

Yuri abrió su boca, dándole completo acceso a la lengua de su novio. Colgó sus brazos alrededor del cuello de Otabek y se dejó llevar en ese beso tan deseado. Había soñado con sus besos y con esa manera tan hermosa de tomar sus mejillas mientras lo devoraba con cada beso.

Se habían extrañado mucho. Esos seis meses habían sido un infierno al estar lejos uno del otro.

Otabek terminó el beso cuando sintió las mejillas de su amado húmedas.

—Yura…

—Estoy bien —sollozó un poco y enseguida lo abrazó por el cuello escondiendo su rostro ahí—. Es sólo que te extrañé demasiado.

—Yo también —lo apretó entre sus brazos con fuerza, sintiendo su cuerpo un poco diferente. Yuri había crecido en muchos aspectos.

—Han pasado tantas cosas —se separó y lo miró con una sonrisita a pesar de sus lágrimas—. Por cierto… tengo que presentarte a mi padre, desde que le hablé de ti ha querido conocerte.

—¿En serio? —se tensó un poco—. ¿Él acepta nuestra relación?

—Totalmente —sonrió más ampliamente. Su humor había cambiado por completo—. También tengo que presentarte a mi sobrino —se emocionó.

—¿Era el bebé que cargabas cuando llegué?

—¡Sí! ¿Verdad que es adorable?

Otabek asintió y no pudo evitar sonreír al recordar lo embobado que se quedó al entrar y ver la escena de Yura cargando a un bebé. Inevitablemente pasó por su mente la idea de tener hijos con él, y más se emocionó al recordar que su amado también quería ser padre junto con él.

Entonces recordó algo importante.

—Yura, aún no he terminado de decirte todo.

—¿Hay más? —se preocupó al ver su seriedad.

—Sí. Amor… —lo rodeó con un brazo por la cintura y con su otra mano lo tomó de la mejilla—. ¿Te gustaría vivir conmigo?

El rubio se quedó perplejo. Otabek se puso algo nervioso por su silencio y falta de reacción.

—Yura, yo…

El aludido se le separó solamente para brincar sobre él como mono araña a un árbol.

—¡SÍ! —exclamó fuertemente. No podía estar más feliz—. ¡Sí, sí, sí!

Fue el turno del kazajo para quedarse perplejo. Lo abrazó con fuerza, riendo ante su emoción.

—¡Sí quiero vivir contigo! —lo miró a los ojos, desbordando lágrimas.

Otabek se las limpió con mucho cariño, y sin permitir que volviera a poner sus pies en el piso, lo arrinconó contra una pared y asaltó sus labios en un beso cargado de pasión.

—Te amo —le dijo al rubio al separarse del beso.

—Yo también te amo —no podía estar más feliz. Luego de eso pensó inmediatamente en llamar a su padre y contarle.

Fue entonces que recordó algo… había estado viviendo con su padre, ahora le diría que viviría con su novio ¿Y si no lo tomaba muy bien?

—Beka, creo que antes de vivir juntos, tendrás que hablar con mi padre —se rascó una mejilla, nervioso—. ¿Sabes? He vivido con él durante estos últimos meses.

—Me alegra que su relación se estrechara —fue sincero—. Y claro que hablaré con él, ya lo había pensado de todas formas, sólo necesitaba saber si tú querrías vivir conmigo.

—Tonto, claro que sí —se bajó de su novio y juntó su frente con la de él, notando esa pequeña diferencia en estaturas—. Vaya, te encogiste un poco —mencionó en tono de broma, jamás esperó ver esa expresión nunca antes vista en su novio. ¡Había fruncido el ceño y los labios! Yuri no tardó en tener un ataque de risa.

El kazajo simplemente le picó la frente con su dedo índice y desvió el tema, ya vería si se seguía riendo en la noche, cuando los dos estuvieran en la cama.

—¿Y tu sobrino?

—Está con los demás, vamos —tomó su mano—. Sólo faltabas tú por llegar —sonrió como un ángel, totalmente opuesto a como lo vio cuando llegó.

Todos se sentaron a la mesa y disfrutaron de una hermosa cena navideña entre amigos y familia. Fue una noche hermosa, con villancicos de fondo, charlas y risas por doquier. Eran una gran y feliz familia de muchas naciones, reunidas en un solo lugar.

Por azares del destino, Viktor y Jean terminaron sentados uno al lado del otro en la mesa; y para sorpresa de todos, no hubo ningún roce entre ambos, incluso entablaron una amena charla sobre hijos. J.J. tenía muchos consejos por dar, en especial sobre la educación, pues le sugirió a Viktor que fueran buscando algún buen colegio en dónde inscribir a Alexei, pues por lo regular había listas de espera para entrar incluso a buenos jardines de niños.

—Pero todavía no cumple el año —se asombró Viktor, mirando de reojo a su pequeñín, sentado en su periquera entre él y Yuuri.

—Bueno, al menos en Canadá hay listas de espera en los mejores colegios.

Viktor se quedó pensando, él quería lo mejor para su hijo, así que regresando a Rusia irían de inmediato a buscar el colegio para su bebé.

—¿No están batallando con Alexei?

—En lo absoluto.

—Tiene diez meses, supongo que ya está gateando.

Viktor sonrió como bobo al recordar cómo gateaba su hijo, era adorable.

—Sí, todo el tiempo lo hace. A veces quiere levantarse, pero no lo ha logrado.

—Viktor tiene cámara en mano todo el día, teme perderse los primeros pasos de Alexei —intervino Yuuri en la conversación, feliz al ver que charlaban civilizadamente, sin querer matarse con la mirada.

—Yo no pude grabar los de Liam —suspiró.

—Entramos en pánico —agregó Isabella, sonriendo—. Estábamos tan sorprendidos que no nos dio tiempo de tomar la cámara.

—Eso no me pasará —aseguró Viktor, entones miró a su hijo y notó que éste observaba atentamente al bebé Leroy.

—¿Quieres jugar con Liam? —preguntó Yuuri con una voz dulce, jugando con la manita de su bebé.

El nene sólo se le quedó mirando antes de volver a dirigir su mirada a Liam, éste también lo observaba.

—¿Crees que se lleven bien? —inquirió Isabella—. Porque me encantaría que fuesen amigos.

—A mí también —agregó Yuuri con una sonrisa.

Más tarde en esa noche, Yurio acorraló al matrimonio Nikiforov en la sala y aprovechó a que estaban solos para confesarles algo.

—¿Qué ocurre? —se angustió Yuuri al ver su seriedad.

—No sé cómo decirles esto —se rascó la nuca, suspirando y mirando el suelo.

—Suéltalo ya —le dijo el ruso.

Yurio no era de dar rodeos, así que más se preocuparon, pero esa angustia se esfumó cuando vieron la sonrisa que esbozó.

—Otabek y yo viviremos juntos.

Yuuri se quedó sin palabras, Viktor lo miró con seriedad.

—¿Nos dejarás? —preguntó el mayor con un tono levemente triste.

—No lo digas así, tampoco es como si me fuera a ir muy lejos —rodó los ojos—. Dramático —murmuró muy quedito.

—Pero Yuri, te vas a ir a Kazajistán —Yuuri estuvo de acuerdo con el sentir de su esposo, él se sentía igual.

—Oh, olvidé decirles que Otabek se mudará a San Petersburgo. Viviremos juntos ahí, así que los estaré molestando como siempre —metió las manos en sus bolsillos y se encogió de hombros—. ¡¿Creen que dejaría al bodoque y a mi padre?! Claro que no.

Los otros dos suspiraron llenos de alivio.

—Hubieras empezado por ahí —se quejó Viktor, llevándose una mano al pecho. Luego lo miró y sonrió maliciosamente—. No lo haces sólo por Alexei y Andrew…

Los tres se quedaron en silencio.

—Vamos… —continuó Viktor—. Admite que nos extrañarías mucho si te fueras.

—La verdad, sí —admitió sin tapujos y con una linda sonrisa pequeña—. Y no tengo cómo agradecerles todo lo que me dieron en este tiempo que pasé viviendo con ustedes.

—No fue nada, la verdad… —el japonés fue interrumpido.

—Me dieron una familia.

De nuevo se quedaron sin palabras, esta vez por culpa del nudo en sus gargantas.

Viktor no lo aguantó más y lo tomó entre sus brazos, Yuuri no tardó en unírseles, así se convirtió en un abrazo de tres que en cualquier momento sería deshecho por el menor, pero ese momento nunca llegó.

—Sabes que tienes a tu familia siempre, cuando sea, para lo que sea —aseguró Yuuri en medio del abrazo.

—Serás bienvenido al departamento cuando Otabek y tú se peleen —agregó Viktor, entonces el abrazo se deshizo y el rubio lo miró con el ceño fruncido.

—No somos como ustedes —se burló Yurio.

—¡Hey! —se quejaron al mismo tiempo.

La risita del rubio acabó con su molestia al instante.

—En serio, viejos, gracias por todo.

—Nos visitarás seguido —dijo Yuuri, no era una pregunta.

—Por supuesto, sería un riesgo que el bodoque pase tiempo sólo con ustedes —hizo cara de espanto—. ¿Y si se vuelve drama-queen? —miró a Viktor, acusándolo con la mirada. Yuuri se echó a reír mientras que su esposo fruncía el ceño.

—Bueno, tampoco queremos que sea un vándalo —contratacó Viktor.

Yurio estaba de tan buen humor, que nada lo molestaba, simplemente se echó a reír.

Sin proponérselo, terminaron sentados los tres solos en la sala, charlando sobre los planes de Yurio. El tiempo se les fue volando, cuando llegó la media noche, todos felicitaron a Viktor, llenándolo de abrazos y regalos. Yuuri lo miraba a la distancia, sintiéndose completamente dichoso al notar felicidad pura en su amado. Él también le tenía un regalo, pero se lo daría cuando estuviesen a solas.

Y así, mientras todos charlaban y después de que Viktor abriese sus regalos, Yuuri se le acercó disimuladamente y sorprendiéndolo lo tomó de la mano. El ruso lo miró y le dedicó una de sus más hermosas y sinceras sonrisas llenas de paz.

—¿Qué pasa, mi amor? —inquirió el ruso.

—Ven un momento conmigo —le pidió en voz baja. El otro asintió con la cabeza y lo siguió, sin soltar su mano.

Yuuri lo llevó al jardín trasero. Hacía frío, había dejado de nevar, pero un manto blanco cubría todas las superficies. El cielo estaba despejado ya y había luna llena, haciendo del lugar un paisaje sumamente hermoso.

—¿Qué haces? —inquirió el cumpleañero entre risitas, siendo llevado hasta el centro del jardín.

Yuuri se detuvo y se paró frente a frente con él, tomándolo de las manos con un infinito amor.

—Mi vida…

Viktor se enternecía hasta la médula cuando lo llamaba así.

—Mi amor —soltó una de sus manos para acomodarle un mechón de cabello negro tras la oreja—. ¿Sabes? Hoy te ves más adorable de lo usual —logró sonrojarlo hasta las orejas.

—Déjame hablar —se quejó con una sonrisita, apenado.

Los ojos celestes se hicieron pequeños debido a su gran sonrisa. Amaba demasiado a Yuuri, jamás dejaría de sentir eso por él.

Yuuri suspiró y continuó.

—Hace un año y medio te dije que… —acarició sus manos, mirándolas y buscando la manera correcta de decir aquello. Finalmente tomó valor y lo miró a los ojos—…te dije que podría vivir sin ti, pero que no lo quería.

—Sí, lo recuerdo —asintió, ansioso por saber hacia dónde se dirigía esa conversación.

—Bueno, en este tiempo mi amor por ti se ha incrementado tanto que las palabras que dije en aquel entonces no tienen valor ahora. Viktor, ahora voy a decirte que no puedo vivir sin ti, no quiero vivir sin ti ni un día de mi vida —llevó una mano de su esposo hasta sus labios, besándola. Era un gesto muy común en Viktor que Yuuri poco a poco fue adoptando—. Ahora soy yo quien te perseguiría hasta el fin del mundo si fuese necesario. jamás me separaré de ti, lo juro.

—Oh Yuuri… —la expresión conmovida de Viktor puso sentimental a Yuuri, muy pronto los dos se hallaron llorando en los brazos del otro—. Estamos muy sentimentales —rio, separándose del abrazo y mirándolo—. Pero debo decirte que… —suspiró y sonrió—…mi amor por ti no ha hecho otra cosa sino incrementar con el tiempo. Y a veces tengo miedo porque sé que me he vuelto totalmente dependiente de ti. Yuuri Katsuki, mi vida, mi amor y mi corazón están en tus manos —las tomó y las besó con un infinito cariño—. Siempre ha sido así en realidad… desde que me enamoré de ti —fue muy sincero.

Ahora fue Yuuri quien se lanzó a sus brazos, rodeándolo con fuerza.

—Te amo —susurró quedito—. Te amo, Viktor.

—Yo te amo más, mi katsudon —se separó del abrazo y miró raro a su esposo—. ¿Qué traes debajo del abrigo? —preguntó, curioso y tratando de hurgar, había sentido algo extraño.

—Tu regalo.

—¿Por eso me trajiste hasta acá, lejos de todos? ¿Te vas a poner un moño de regalo en la cabeza? ¿Traes lencería debajo del abrigo? —preguntó con rapidez y un brillo especial en sus ojos.

Yuuri se echó a reír con fuerza.

—¡Viktor! Estamos a -10 °C! No me desnudaría aquí.

—Sólo tienes que bajarte un poco el pantalón, cariño —le guiñó un ojo—. Además, ya lo hemos hecho con más frío que el de ahora.

—Tienes razón… ¡Pero ese no es el punto ahora! —sacó un paquete del interior de su abrigo, lo había estado ocultando desde que los demás empezaron a darle sus regalos.

La envoltura era adorablemente imperfecta. Viktor supo entonces que su amado lo había envuelto, pues estaba un poco torcido y arrugado, eso sólo lo hizo más feliz, pues Yuuri odiaba envolver regalos.

—Feliz cumpleaños, Vitya —con una sonrisa tímida le entregó el paquete.

La sonrisa estúpida en forma de corazón apareció en la faz de Viktor, junto con sus hermosos ojos brillando resplandecientemente.

—¡¿Qué es?! —preguntó emocionado, tomándolo de inmediato.

—Es algo sumamente sencillo, pero… creo que te gustará —se rascó la mejilla, sonrojado—. Anda, ábrelo.

—Es que… —lo miró con los ojos llorosos—… ¿tú lo envolviste?

—Sí ¿Cómo te diste cuenta?

—Porque está mal envuelto y arrugado —confesó al borde del llanto, aún con su sonrisa boba.

—¡Viktor! —se sonrojó, muy avergonzado, aunque al final terminó riendo.

—No quiero abrirlo, es tan hermoso.

—No seas ridículo —rio y le pellizcó una mejilla—. Vamos, hazlo.

No fue necesario que le dijeran más, comenzó a destrozar el papel sin piedad hasta que vio el regalo en el interior. El aliento se le escapó, no podía creer que Yuuri hizo aquello por él.

—¡No puede ser!

—Sí…

—¡Imprimiste la foto!

—Sí…

—¡Y la enmarcaste!

—Hace años dijiste que la imprimirías y la pondrías en nuestro futuro hogar —se sonrojó tiernamente—. Es la foto de…

—La que te tomé en la mañana después de que hicimos el amor por primera vez, claro que la recuerdo —no podía dejar de ver esa hermosa foto—. Demonios, Yuuri esto es hermoso. Gracias —lo abrazó—. La pondré en el recibidor.

—¡Viktor! —se abochornó—. No hagas que me arrepienta.

El aludido se rio con ganas.

—No te arrepentirás —besó su frente.

Momentos después, Viktor le enseñó uno a uno el regalo maravilloso de su esposo. De nada había servido la discreción de Yuuri al respecto.

Horas más tarde todos cayeron rendidos al sueño, y como eran muchos, tuvieron que compartir habitaciones y algunos incluso durmieron en futones sobre el suelo, tal como el caso de Yurio y Otbek, quienes durmieron en la habitación junto con la familia Nikiforov-Katsuki. Claro, en futones separados por petición de Viktor.

Yurio cayó rendido al sueño profundo, pero Otabek, Yuuri y Viktor no. Ninguno podía dormir debido a los intensos ronquidos del rubio.

Viktor se desesperó y se incorporó hasta quedar sentado en la cama. Vio que Otabek estaba recostado de lado, descansando la cabeza sobre una mano y apoyándose sobre la almohada con un codo. No le quitaba la vista a su novio, prácticamente embelesado.

—¿Lo sigues queriendo después de ver cómo ronca? —preguntó el ruso, somnoliento y cansado, tallándose un ojo.

Otabek lo miró y esbozó una sonrisa imperceptible debido a la oscuridad.

—Eso no importa —respondió el kazajo.

—Lo hará cuando vivan juntos y tengas que irte a dormir a la sala.

—¿Yuuri ronca?

—No lo hago —respondió el aludido con voz modorra, sin levantarse de su lugar.

—Pero sí hablas dormido, amor —se burló un poco. Recibió como respuesta un gran almohadazo. Se volvió a acostar e intentó dormir, pero no pudo. Así que, desesperado, se levantó para ir al baño. Tuvo que tomar su celular para alumbrar el suelo y no pisar al bello durmiente ni a su novio.

Fue al baño, pero de regreso al cuarto entró una llamada a su teléfono.

La sangre se le fue hasta los pies al ver de quién se trataba. Dudó en contestar, pero finalmente lo hizo. No quería despertar a nadie, así que tomó su abrigo del perchero y salió al jardín trasero.

Al contestar la llamada no dijo nada, esperó a que el otro hablara.

—¿Viktor?

—Hola, papá ¿Todo en orden?

—Sí, disculpa si te llamo a esta hora, aquí todavía son las ocho de la noche.

—Son las dos de la mañana —respondió Viktor, desganado.

—Feliz cumpleaños —dijo de repente, por primera vez no usó su tono serio y tajante, no, fue cariñoso—. Sólo quería desearte un feliz cumpleaños.

Viktor se quedó sin palabras.

—Gracias… —murmuró, aún muy sorprendido. Habían pasado exactamente veinte años desde la última vez que lo felicitó, cuando su madre murió.

—Yo… sé que nuestra relación ha sido una mierda y sé que en su gran mayoría es mi culpa, estoy muy consciente de eso, pero quisiera que las cosas cambiaran. Si me lo permites… quisiera estar un poco más cerca de ti.

Hubo un largo silencio, Viktor no sabía cómo reaccionar ni qué pensar.

—No me acercaré a ti si no cambias tu actitud en cuanto a mi esposo —intentó ser tajante, pero no pudo del todo, su padre lo había desarmado.

—Prometo hacer un intento. Trataré… —suspiró—…bien a Yuuri.

Esa simple frase había sido un enorme avance. Viktor lo supo al escuchar que lo había llamado por su nombre.

—Vaya… —estaba impresionado—. ¿Estás borracho?

Dimitri soltó una risa seca.

—No, hijo, no lo estoy.

Hubo un corto silencio que fue terminado por Dimitri.

—Viktor, sé que hay mucho por hablar y muchas cosas que arreglar entre nosotros, pero quiero intentarlo. Después de todo se lo prometimos a Aleksi, además… eres mi familia.

A Viktor se le formó un nudo en la garganta. Cuando era todavía un adolescente, soñaba con el día en que su padre fuese a buscarlo para reconciliar su relación, pero pasaron veinte años y ese día no llegó, hasta ahora.

—¿Quieres intentarlo? —insistió el mayor.

Viktor tragó con fuerza y asintió, luego recordó que su padre no podía verlo, así que habló.

—Intentémoslo, tratemos de arreglar esta rota familia —suspiró. Se estaba quitando un peso inmenso de encima que no sabía que tenía.

—De todas formas hay mucho que tenemos que hablar en persona.

—Regresaremos a principios de enero, hablaremos entonces.

Dimitri se sintió un poco nervioso, faltaba poco más de una semana para eso. Tenía muchas cosas por las cuales pedirle perdón a su hijo, y no sabía por cuál empezar.

—Ya hablaremos entonces, por lo pronto quiero desearte un feliz cumpleaños, espero seas feliz.

—Lo soy —dijo de inmediato, con un tono alegre y una sonrisa—. En verdad lo soy.

Viktor no pudo ver la sonrisa que tenía su padre en esos momentos. Dimitri quería decirle tanto, pero estaba tan desacostumbrado a mostrar cariño, que se le hacía muy complicado hacerlo en esos momentos a pesar de que sentía la necesidad de decirle a su hijo cuánto lo quería.

—Siento haberte llamado tan tarde.

—No, no. Está bien —sonrió—. Muchas gracias por llamar, de verdad —todavía no podía creer que hablaba con su padre.

—Bien, nos vemos pronto. Dale a Alexei un abrazo de mi parte y… —lo pensó unos segundos—. Salúdame a tu esposo —le costó más trabajo del que imaginó.

Ambos terminaron esa llamada con una sonrisa a pesar de lo poco que se dijeron.

Viktor se quedó en el jardín por un rato más, poco le importó el frío, se sentó en una mecedora y miró el cielo por largo rato, reflexionando sobre su vida y todo lo que atravesaba en esos momentos. Ahora sí podía decir que era feliz.

Lo tenía todo.

Y hablando sobre tenerlo todo…

—Amor —apareció en el jardín, envuelto en su abrigo y tallándose los ojos—. ¿Qué haces aquí? —bostezó—. Es muy tarde, y hace frío.

—Ven —palmeó su regazo y no dijo nada más.

Yuuri sonrió de lado, y aún adormilado le hizo caso, siendo rodeado por los fuertes brazos de su esposo, estaba calientito.

—Mi padre me llamó.

—¿Qué? —se asombró—. ¿Cuándo?

—Hace unos momentos —sonrió.

—¿Y cómo estás con eso?

—La verdad… muy bien —mantuvo su sonrisa. Jamás creyó que algo así lo pondría tan feliz.

Viktor abrazó más a Yuuri, sintiendo su lindo cuerpo sobre el suyo, amaba que fuese más pequeño que él, así podía cargarlo y rodearlo de esa forma tan cariñosa. Yuuri se recargó en su hombro, descansando una mano sobre su pecho.

—¿En qué tanto piensas? —preguntó el japonés con suavidad.

—Es que… todos estos años he vivido pensando en que no necesitaba el amor de mi padre, ni su atención. Lo odiaba tanto que en mi corazón sólo había espacio para el rencor. Nunca fui consciente de que me hacía falta esa pequeña parte en mi vida.

—Tu padre.

—Así es —besó su cabeza—. Cuando me llamó, y no para discutir, no sé… me sentí…

—Feliz —lo miró al rostro—. No has dejado de sonreír —le picó una mejilla—. Me da mucho gusto.

Yuuri estaba consciente de que Dimitri no lo quería a él, y sabía que eso podría ser un inconveniente en la relación de Viktor con su padre. Pero estaba dispuesto a poner todo de su parte con tal de que esa sonrisa no se borrara de su esposo. Él sólo quería verlo feliz, se lo merecía.

Viktor lo abrazó más fuerte, dándole calor. Eran los únicos locos que se quedaban en el patio en plena madrugada y con ese frío. Estuvieron haciéndose cariños por largo rato hasta que a ambos les dio mucho frío.

—No quiero ir a la habitación —murmuró Yuuri.

—Yurio ronca como camionero —se burló.

Yuuri suspiró, tenía toda la razón.

—No sé cómo Otabek lo aguanta —murmuró de nuevo Viktor.

Finalmente se fueron de regreso a la habitación, descubriendo a Otabek todavía despierto.

—¿No te dejan dormir los ronquidos? —preguntó Yuuri con gracia.

El kazajo negó con la cabeza.

Viktor soltó una risita traviesa antes de tomar una almohada y darle con ésta en la cabeza al rubio. Otabek lo miró feo por hacer eso, pero su enojo fue sustituido por sorpresa cuando vio que su amado no se despertó, ni se inmutó.

Esa sería una larga noche para los tres.

No sabía a qué se debía, pero su amigo de pronto no dejaba de sonreír, habían pasado muchísimos años desde que lo vio así la última vez.

—¿Qué? —preguntó Dimitri cuando sintió la mirada de su amigo, llevaba rato sin apartarla de él.

Andrew sonrió y lo miró con los ojos entornados.

—Hablaste con Viktor —no había sido una pregunta.

Dimitri le respondió con otra sonrisa.

—Vamos a intentar solucionar nuestros problemas. Cuando vuelvan hablaremos, tengo que decirle muchas cosas… contarle la verdad.

—Ya era hora.

—Seguí tu consejo. No voy a esperar a que llegue otra tragedia a nuestras vidas. Además, somos los últimos que quedan de la familia —se le partió el corazón al decir eso.

—Las cosas van a mejorar —puso una mano sobre su hombro—. Todo se está acomodando en su lugar, pronto todo va a ser más fácil.

Dimitri lo miró con una expresión indescifrable, pero sonriendo. Andrew no pudo evitar quedársele mirando por largo rato, era tan extraño verlo sonreír así, y no se molestó en decírselo, ganándose una mueca fea como respuesta.

—¿Y Yuri? —preguntó el mayor, recogiendo su escritorio para ya irse de ahí. Era nochebuena y ellos habían estado trabajando a pesar de que ambos acostumbraban festejar la navidad en esos días.

Andrew suspiró y se sentó en el borde del escritorio.

—Lejos. Al menos tengo el consuelo de que está muy bien acompañado. Pero de todas formas lo extraño —suspiró pesadamente—. Esperaba pasar la navidad y el año nuevo con él, pero al parecer volverá hasta que Viktor y Yuuri decidan regresar.

—Lo harán a principios de año —le informó, luego se quedó pensando—. Espera ¿No se supone que Yuri trabajaba? ¿Le dieron tantas vacaciones?

—Renunció a su trabajo en el restaurante porque no quisieron darle vacaciones. Él no se quería perder la oportunidad de ir a Japón.

Con eso Dimitri se pudo dar cuenta de lo mucho que Yuri quería a los Nikiforov-Katsuki.

—¿Ya contrataste a alguien para la vacante en finanzas? —cambió de tema, no quería ver a su amigo triste.

Andrew asintió.

—Es algo joven para el puesto, pero me dio buena impresión, es muy serio y aparenta mucha profesionalidad, además tiene experiencia en el área y unas excelentes recomendaciones de la empresa en Almaty. Cuando me lo mandaron dijeron que no nos arrepentiríamos de la transferencia del muchacho acá, pero nunca imaginé que fuera tan joven.

—¿Qué edad tiene?

—Cumplió veintidós hace poco.

—Vaya, sí es joven, al menos para ese puesto —finalmente se encogió de hombros y le restó importancia, pues él a sus veintidós años ya había abierto aquella sucursal de su empresa en Almaty, Kazajistán.

Dimitri observó a su amigo, el rubio estaba sentado en el borde del escritorio, mirando la pantalla apagada de su celular con expresión vacía. Vaya que le había afectado que su hijo se fuera esos días a Japón.

—Andrew —dijo de pronto—. ¿Quieres cenar en mi casa?

—¿Tú cocinarás?

El otro asintió con una sonrisa.

—¡Vamos! —tomó su abrigo y salieron de ahí rumbo a la casa de Dimitri—. Hoy hay que celebrar.

El mayor sólo sonrió, no podía evitar sentirse feliz.

Enero 2021

Estaban muy nerviosos. Llegaron decididos al consultorio, sin embargo podían sentir sus manos sudorosas por la ansiedad.

—Lo siento Viktor —se limpió la palma de la mano sobre el pantalón y entonces volvió a unir sus manos.

—A mí también me sudan —soltó una risita nerviosa, afianzando más el agarre entre sus manos—. Tranquilo, todo va a estar bien —besó su mejilla, haciéndolo sonreír.

Momentos después la doctora Kubo entró al consultorio y se sentó detrás del escritorio, viéndolos con una linda sonrisa.

—Me da gusto que se animaran a intentarlo —les extendió un juego de papeles a cada uno—. Necesito que lean estas formas y firmen en la parte inferior de cada una.

Los documentos estaban en ruso, así que Viktor se encargó de leer y traducir cada renglón para su amado. Necesitaban firmar esos documentos para que, en caso de fallecimiento por parte de alguno de los dos, el vivo pudiese utilizar el esperma que guardarían, con el fin de poder embarazarse de nuevo.

Eso les puso la piel de gallina, los hizo pensar e inevitablemente se pusieron un poco sentimentales al imaginarse que alguno de los dos pudiera morir.

Otro de los documentos a firmar era la autorización total al tratamiento, mostrándoles ahí todos y cada uno de los efectos adversos y las posibles complicaciones que existían.

El último documento fue el que les preocupó un poco, pues les advertía la gran posibilidad de que lo único irreversible en ese tratamiento fuese la infertilidad en el paciente a tratar, pues era una gran probabilidad después de meses de tratamiento hormonal.

Sin embargo, lo que les puso los nervios de punta, fue la gran advertencia sobre probabilidades de muerte durante el tratamiento, de shock o muerte durante el alumbramiento. Las posibilidades eran altas, y eso les causaba escalofríos.

Se miraron mutuamente al terminar de leer todo, se observaron en silencio por unos momentos, pensando, y es que… ¿Sería buena idea intentarlo? Después de todo siempre estaba la oportunidad de adoptar.

—Yuuri… —lo miró con angustia.

El japonés apretó los puños, nervioso. ¿Correría el riesgo?

Continuará…

11/09/18

7:45 p.m.