Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XLIII

"¿Lo vale?"

Luego de darles tiempo para pensarlo, la doctora Kubo regresó a su consultorio y se sentó frente a ellos.

—¿Ya tomaron una decisión? —los miró con una dulce sonrisa.

—Lo haremos —respondieron al mismo tiempo, tomados de las manos y muy seguros. Enseguida firmaron las formas y dieron comienzo al tratamiento.

La doctora sacó un par de contenedores pequeños y los puso frente a ellos.

—¿Qué es eso? —inquirió Viktor.

—Necesitaremos una muestra de esperma de cada uno, vayan a un cubículo del piso de arriba y recolecten todo lo que puedan. Por separado, por favor —sonrió ampliamente, feliz de que hubiesen aceptado.

Los aludidos miraron los contenedores con una mueca extraña, los tomaron y siguieron las instrucciones de la doctora. Se dirigieron al lugar indicado y entraron a cubículos diferentes.

Viktor se puso cómodo y no tardó mucho en llenar el contenedor, le bastó con imaginarse a su amado haciendo cositas que él amaba. Cuando acabó, fue y tocó en el cubículo de Yuuri.

—Amor, soy yo ¿Ya terminaste? —susurró.

—¡No!

Intentó abrir la puerta, pero tenía seguro.

—Yuuri, ábreme, déjame entrar.

—No, Viktor —se oía nervioso.

—Por favor —pidió en un tono en el que Yuuri no se resistiría. Y tenía razón, el japonés terminó abriéndole. Viktor lo miró de pies a cabeza, luego miró el contenedor vacio sobre la mesita—. ¿Qué has hecho todo este rato?

—¿¡Ya lo llenaste?! —se espantó al ver el contenedor de Viktor.

El aludido simplemente se encogió de hombros.

—¿Te ayudo? —preguntó sugerentemente.

—No sé si sea buena idea —se rascó una mejilla.

—Prometo no quitarme la ropa —rio y caminó hacia su esposo hasta pararse detrás de él, ambos de pie—. Sólo te ayudaré un poquito —susurró en su nuca, acariciándola con la nariz mientras lo rodeaba con sus fuertes brazos. Yuuri cerró los ojos, suspiró y se dejó hacer.

Las manos traviesas de Viktor acariciaron todo su torso hasta descender al pantalón, abriéndolo lentamente y notando que su amado estaba completamente flácido.

—Oh Yuuri ¿Qué te preocupa? —preguntó con suavidad, pues eso no era normal en él.

El aludido suspiró y rodeó los brazos de Viktor con los suyos.

—Todo esto… ¿Y si no funciona?

—Intentaremos que funcione, pero en caso de no ser así, buscaremos otras opciones. Mi amor, no te preocupes —besó su cuello, sacándole pequeños suspiros—. Sólo relájate, esto será rápido y fácil —llevó sus manos directamente a su miembro, acariciándolo con tranquilidad, poniéndolo erecto poco a poco al combinar sus caricias con besos y mordidas ardientes—. Y si lo que te preocupa es tenerlo, yo puedo ser quien lo tenga, sin ningún problema. Tengo menos de cuarenta, aún soy candidato —se rio un poco. Lo decía muy en serio.

—No, no. Yo quiero tenerlo —suspiró ante las caricias de su esposo, era muy travieso, no las había detenido aunque estuviesen hablando de cosas serias.

A partir de ese momento Yuuri no volvió a decir palabra coherente. Viktor estaba detrás de él, rodeándolo y pegando su cuerpo al de él. De pronto besó su cuello ascendentemente hasta llegar a su oreja para lamerla con una lascivia tremenda. Yuuri se derritió en sus brazos, las rodillas le temblaron, pero aguantó de pie. Las manos de Viktor eran muy hábiles, ya estaba por completo erecto.

—¿Te gusta así? —susurró en su oído antes de lamerlo. Le puso la piel de gallina con ese simple acto, pero lo que terminó volviéndolo loco fue el hecho de sentir las caderas de Viktor ondulando hacia adelante, justo contra su trasero.

—Sí, sí me gusta —respondió con los ojos cerrados.

Viktor aumentó la intensidad de sus caricias y Yuuri echó su cabeza hacia atrás, sobre el hombro de Viktor mientras alzaba sus brazos hacia atrás para abrazarlo por la nuca, a tientas.

Las rodillas le temblaron con más fuerza. No pasó mucho para que Yuuri se sintiera próximo a venirse. Se lo hizo saber a su esposo y éste tomó el contenedor inmediatamente.

—Te dije que sería fácil —besó su mejilla sonoramente y empaquetó el contenedor.

Yuuri asintió, seguía acalorado y agitado. En ese momento miró a su esposo y sólo le dieron ganas de arrancarle la ropa y pedirle que lo hiciera suyo en ese cuartito, pero no… estaban en un hospital.

—¿Qué pasa, amor? —lo miró extrañado, notando su mirada intensa y cargada de lujuria.

Yuuri no respondió, simplemente se le echó encima a su marido y se lo comió a besos. Sí, estaban en un hospital, pero no era como si les hubiese importado alguna vez dónde lo hacían.

Tenía mucho de no sentirse tan feliz como en esos momentos. Ahora sí que lo tenía todo: a su padre, a su novio en la ciudad, a la familia Nikiforov-Katsuki.

Era feliz.

Había querido irse a vivir con Otabek desde que pisaron San Petersburgo de nuevo, pero el kazajo le recomendó que se quedara un tiempo más con Viktor y Yuuri ¿Por qué? Simple: su departamento sólo tenía una cama y pocos muebles austeros, no tenía mucho qué ofrecer por el momento, la mudanza había salido algo costosa y en ningún momento quiso tomar dinero de sus padres, así que todo lo estaba haciendo poco a poco en base a su esfuerzo y ganancias en el trabajo.

A Yuri no le importaba irse a vivir con su novio teniendo así su departamento, pero Otabek no le iba a permitir hacerlo, él quería tener un departamento digno de su amado. Afortunadamente al menos le permitió que le ayudara a escoger los muebles y las cosas que faltaban.

—Esto es todo lo que tengo —se rascó la nuca, un poco inconforme al mostrarle su departamento al rubio.

—Wow… —se sorprendió al ver lo amplio que era. Al fondo, en el espacio que se supone sería para el comedor, había unos ventanales desde el piso hasta el techo, en ambas paredes. La vista era hermosa, después de todo estaban en un noveno piso. Yurio corrió hacia allí y miró todo. Más se emocionó al ver que uno de esos ventanales tenía puerta corrediza hacia una terraza.

El departamento era en verdad precioso, con piso de duela, una cocina amplia y cómoda, tenía un espacio suficiente para la sala y un piso antiderrapante perfecto en la cocina. No había paredes que separaran cada cosa en el lugar, era lo más parecido a un departamento loft que había visto.

—No es gran cosa, no tengo muebles todavía.

—Tienes más que yo —resopló, recordándole que no vivía en casa propia—. No tienes por qué sentirte incómodo —se le acercó con una sonrisita dulce en los labios—. Es tu departamento, sólo tuyo —sonrió más ampliamente—. Eso es increíble.

Otabek sonrió de lado y acarició su mejilla, no fue necesario que dijera palabra alguna. Yurio inclinó su rostro hacia la mano de su novio, disfrutando de la caricia.

—Está increíble —miró todo a su alrededor—. Tu departamento está increíble—. ¿Y tu recámara?

El kazajo sonrió de lado, lo tomó de la mano y lo llevó escaleras arriba.

—Vaya… ¿Tienes dos habitaciones? —preguntó al ver tres puertas en el pasillo. Una seguramente sería el baño.

—Sí.

—¿Por qué dos? ¿Por qué rentaste un departamento tan amplio?

Otabek se quedó pensativo unos segundos antes de responder.

—Para cuando nos peleemos y no me quieras en la cama.

Yuri se rio al verlo decir eso tan serio.

—Y no lo renté, lo compré —dijo con simpleza antes de abrirle la puerta de la recámara que sería de ambos.

—¡¿Lo compraste?!

—Usé los ahorros de mi vida —sonrió de lado y miró su propia habitación.

El rubio miró detenidamente cada rincón, era espaciosa, pero se veía así porque no había nada más que un colchón tamaño matrimonial en medio de la habitación, incluso estaba puesto sobre el piso.

—No tengo mucho —volvió a decir, se sentía un poco incómodo al mostrarle su casa en ese estado, pero toda incomodidad se le esfumó al ver cómo su novio corrió hasta brincar y caer de espaldas al colchón, sobre el mullido edredón. El corazón se le llenó de dicha al verlo con esa sonrisa de oreja a oreja y riendo de manera tan suelta y sincera.

—Otabek, ¡Esto es genial! —abrió piernas y brazos, deshaciendo la cama tan bien tendida—. Ven —extendió sus brazos hacia él.

El aludido comenzó a caminar hacia su cama, pero…

—No seas aburrido ¡Brinca como yo!

Una pequeña y bella sonrisa apareció en el rostro del kazajo antes de correr y finalmente caer en la cama, aplastando a su novio quien reía a carcajadas.

—¡Pesas mucho! —se quejó, empujándolo y sin dejar de reír. Otabek no se movió de su lugar, siguió aplastándolo—. ¡Beka! —reía sin parar. Dejó de hacerlo cuando sintió sus labios sobre los suyos.

Amaba los besos de Otabek, eran perfectos, le ponían la piel de gallina y lo hacían perder el piso. Nunca iba a dejar de amar cómo, además de besarlo, ponía sus manos en sus mejillas, acariciándolas con sus pulgares y acercándolo más a él. Sus besos eran posesivos, dulces, excitantes y tremendamente adictivos.

Amaba también cómo a veces iniciaba un juego previo al beso, rozando sus labios contra los suyos, acariciando su nariz con la suya. Eso simplemente lo hacía suspirar. Otabek no lo aparentaba, pero cuando quería, llegaba a ser alguien sumamente dulce y amoroso.

Yuri acarició el cabello de su amado, rodeando finalmente su cuello con ambos brazos, dejándose totalmente a su merced.

—¿Quieres hacerlo? —preguntó el mayor dentro de un suspiro, acariciando el precioso rostro de su novio.

—Te necesito —respondió con la mirada nublada por el deseo y el placer. Habían querido hacer el amor desde que se reencontraron en Japón, pero por haber compartido habitación con la familia Nikiforov, no pudieron. Así que llevaban muchos meses en abstinencia.

—Yo también te necesito —respondió, ansioso. Podía sentir cómo el cuerpo del ruso temblaba ligeramente debajo él.

No fue necesario que dijeran más, Otabek comenzó a besar el cuello de su novio con hambre atrasada. Sus manos cálidas y grandes se colaron por debajo de su playera, apretándolo de la cintura, sintiendo su suave piel. Dejó caer todo su peso sobre Yurio mientras éste lo despeinaba un poco al acariciar su cabello, tenía los ojos cerrados y suspiraba de placer con cada beso proporcionado.

El kazajo se incorporó sólo lo necesario para quitarse el suéter y la playera. Yuri se relamió los labios al tener esa delicia frente a él. Podía jurarlo ante quien fuera, para él, Otabek Altin era el hombre más sexy del mundo.

Todavía seguía fascinándose por el cuerpo del kazajo. Desde que se volvieron a ver, Yurio había notado que su novio estaba ligeramente más corpulento, un poco más fornido. Y desde que lo vio sin camisa en el onsen, pudo confirmar sus sospechas: había hecho ejercicio. Su cuerpo bien formado lo delataba.

Pero lo que lo volvió loco en ese momento fue acariciar su espalda y sentir cada músculo bien definido, al igual que sus brazos y ni se diga de su torso. Pero en definitiva lo que más le gustó fue apretar su trasero y la risita que el siempre serio Otabek soltó en ese instante.

—¿Qué? Extrañé tu trasero —fue honesto.

—Y yo el tuyo —lo ayudó a sentarse para así ayudarse mutuamente a sacarse toda la ropa restante.

En cambio, Otabek notó con gusto que su amado seguía igual, excepto por la estatura, todo lo demás seguía tal como le gustaba. Su piel pálida y suave, invitándolo a perderse en ella y jamás dejar de acariciarla, sus muslos fuertes y suaves, su ombligo…

—¡Beka! —se retorció en la cama cuando su amado besó y lamió su ombligo.

—Es adorable —subió poco a poco con los besos hasta llegar a uno de sus pezones.

Yuri se llevó ambas manos al rostro gimiendo sin pudor alguno.

Estaban en pleno momento caliente, cuando de pronto el teléfono de Yurio comenzó a sonar.

—Sólo ignóralo —atrajo a su novio de nuevo a su boca.

Pero el celular siguió sonando y sonando.

Frustrado, se incorporó y tomó la llamada sin siquiera ver quién era.

—¿Diga? —espetó en el tono más despectivo que pudo. Otabek lo miro con una leve sonrisilla, amaba incluso su mal humor, se veía adorablemente intimidante.

El rostro de Yuri cambió por completo al darse cuenta de quién era.

—Oh… hola. Sí, estoy con él. ¡¿En serio?! —sonrió de oreja a oreja. Otabek pudo ver cómo su rostro se iluminó—. ¿Esta noche? De acuerdo, le diré.

El kazajo no puso mucha atención a lo que decía, se quedó perdido, mirando a su novio y pensando en lo afortunado que era de tenerlo. Y es que además de precioso, era único, amaba todo de él.

No se resistió y aprovechó que estaba sentado para jalar sutilmente la liga que sostenía la coleta ya toda revuelta de cabello rubio. Lo hizo con suavidad, viendo cómo sus cabellos rubios se desparramaban por toda su pálida espalda.

Era hermoso.

Comenzó a acariciar su espalda con las yemas de sus dedos, acomodando sus cabellos mientras Yuri seguía en la llamada. No lo pensó más y llevó sus labios a esa hermosa espalda. Besó toda su columna desde la cintura hasta la nuca.

—S-sí… nos vemos en la noche. Adiós —fue lo último que dijo antes de colgar la llamada y fue lo único que Otabek alcanzó a escuchar desde que empezó a poner atención.

—¿Tienes compromiso? —preguntó con simpleza, sin dejar de besar ahora su hombro.

—Tenemos… ¡Beka! Estaba hablando con mi padre —se sonrojó—. Por poco me haces gemir en medio de la llamada.

El aludido se rio un poco.

—Hubiera sido poco conveniente…

—¡Ja! —se cruzó de brazos, sonrojado—. Mi papá quiere conocerte. Nos invitó a ambos a cenar en su casa.

El kazajo alzó ambas cejas. No quiso admitirlo frente a su novio, pero estaba nervioso.

—No tienes por qué sentirte nervioso —le dijo Yuri. El otro de inmediato lo miró con sorpresa ¿Acaso leía mentes? Claro, se le olvidaba que Yuri era de las pocas personas que lo conocían tan bien, casi podía asegurar que era el único que podía interpretar su corto repertorio de expresiones, y amaba eso de él también.

—¿No?

—No. Te caerá bien mi padre. A mí me cayó muy bien cuando lo conocí —sonrió—. De hecho… creo que ya lo has visto. Es Andrew, el amigo del papá de Viktor.

—No lo recuerdo. No soy muy bueno con los nombres, menos con los rostros —se encogió de hombros—. ¿En qué nos quedamos? —se fue acostando poco a poco sobre él hasta cubrirlo con su cuerpo. No quería que el nerviosismo por conocer a su suegro interfiriera con el momento romántico tan esperado.

—No lo sé, ¿Me ayudas a recordar? —se mordió el labio, dejándose tumbar sobre el mullido edredón de plumas.

—Con gusto —respondió con su ronca voz antes de besar su cuello lentamente. Yurio suspiró entre beso y beso, los labios de su novio le dejaban un caminito húmedo desde su cuello hasta su pecho.

Habían sido tantos meses alejados uno del otro, que ahora se sentían más necesitados que nunca, pero al mismo tiempo querían disfrutarlo, degustar esa piel que por meses no pudieron probar.

Otabek volvió a besarle el cuello mientras Yuri le acariciaba los cabellos, con sonrisitas y suspiros la emoción inicial se tornó un poco más íntima. Aquellos momentos eran los que Otabek había extrañado mucho, así como Yuri. La forma de darse cariño era diferente en cada ocasión, pero en momentos como ese, donde la lentitud marcaba un paso lleno de confort, la espera valía por completo la pena.

Había ya cierta familiaridad entre sus cuerpos y caricias a pesar de los seis meses de abstinencia, sin embargo, ambos podían sentir cierto temblor en sus cuerpos por reencontrarse una vez más. Sus almas estaban regocijándose por el tan ansiado encuentro.

No pasó mucho para que las erecciones de ambos estuvieran presentes, dándose a notar al rozarse una contra la otra. El letargo íntimo y lento fue dando paso a la necesidad imperante de fundirse uno en el otro.

—Te extrañé tanto… —jadeó Yuri, al borde de las lágrimas. Otabek lo notó y angustiado limpió cada lágrima con sus labios.

—No nos volveremos a separar, lo prometo —besó la punta de su nariz, y así, a centímetros de su rostro, lo miró por largo rato. Ambos se estudiaban con avidez, memorizando cada parte de sus caras.

—Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado —murmuró el rubio con mucha seguridad y seriedad. Extendió su mano hasta acariciar su mejilla.

La expresión del kazajo fue inaudita, esas simples palabras habían encendido un viejo sentimiento en su pecho. Sin poder contenerse, esbozó una preciosa sonrisa que Yuri agregaría a su escaso repertorio.

—Yo quiero lo mismo —lo besó sin dejar de sonreír, atrayéndolo todo lo posible con sus manos, si fuera posible, lo devoraría a besos.

A partir de ese instante, los temblorosos labios del rubio no descansaron, fueron asaltados por los de Otabek con desesperación, éste los mordió levemente para que los abriera, y sin esperar ni un segundo, se apoderó de su boca imponiendo un ardiente y fogoso ritmo, como si quisiera llevarse su alma. Yuri respondía gustoso enlazando sus brazos al cuello de su novio sin importarle quedarse sin aire mientras él siguiera arrancándole gemidos que morían ahogados por sus labios.

—Me gustas… me gustas tanto… —suspiró el kazajo antes de volver a besar los ahora sonrientes labios de su novio.

Yurio suspiraba extasiado al sentir las manos fuertes y varoniles de Otabek deslizándose por toda su piel. Amaba sus manos tan masculinas, su aroma envolvente, sus besos, su manera de suspirar, incluso amaba su peso sobre él. Ese peso que durante tantas noches deseó tener encima de él.

Se hicieron el amor con lentitud, se tomaron el tiempo de reconocer sus cuerpos con parsimonia, de recorrer cada rincón para volver a memorizarlo. Otabek escondió su rostro en el cabello largo de su novio, aspirando con fuerza su aroma tan delicioso. Seguía usando el mismo champú.

Fue hasta poco después que sintieron la necesidad de mucho más.

Yurio, travieso, llevó una mano a la erección de su novio. Éste se estremeció, pero lo dejó hacer lo que le viniera en gana con él, estaba a su merced. Sintió que empezó a masturbarlo, poniéndolo mucho más duro.

—Yura, no tengo condones.

—No importa.

—Tampoco lubricante.

El rubio detuvo lo que hacía y lo miró a la cara.

—¿Y hasta ahora me lo dices? —se quejó—. No importa, no nos detendremos.

—¿Estás seguro?

El aludido respondió con un gruñido antes de hacer uso de su elasticidad y terminar poniendo sus piernas sobre los hombros de Otabek.

—¿Eso responde a tu pregunta? —esbozó una sonrisa tan sexy que el kazajo se sonrojó ligeramente, sólo por segundos antes de abrazar esas piernas sobre sus hombros, besando una con completa devoción.

Yurio tomó la mano derecha de su novio y se la llevó a la boca para llenarle de saliva un par de dedos. Al kazajo se le hizo tan erótica esa escena que quiso grabarla en su memoria por el resto de su vida. Yurio tenía las mejillas arreboladas, sus ojos verdes de soldado brillaban con decisión, y su expresión entera era preciosa. Lo incitaba a tomarlo ahí mismo.

Fue así que Otabek llevó sólo un dedo a la entrada de Yurio, listo para dilatarlo todo lo posible. No tardó mucho en hacerlo, pero a pesar de ello, el rubio le pidió algo.

—Beka, ve despacio —se llevó ambos antebrazos al rostro—. Por favor.

El aludido asintió. Sabía que habían pasado seis meses sin hacerlo, por lo cual sería casi como hacerlo por primera vez, al menos para Yuri.

Otabek tomó su miembro y a pelo lo dirigió a su entrada. Comenzó a introducir la punta y fue suficiente para que el rubio se retorciera un poco, recordando un tanto su primera vez.

—¿Más despacio? —inquirió el mayor.

—No es necesario —respondió con una sonrisita traviesa, totalmente sonrojado. Logró relajarse lo suficiente para que el miembro de su novio entrara un poco más. Fue hasta que entró en su totalidad que el pobre arqueó su espalda y buscó de inmediato de qué agarrarse, tomando una almohada y mordiéndola con fuerza.

Otabek estaba sentado de rodillas en la cama, con las piernas de Yuri sobre sus hombros. La posición ayudaba a que la penetración fuera un poco más profunda, pero para nada comparada con la que hubo después de que el kazajo le bajara las piernas y las acomodara a cada lado de su cintura. Y así, sin dejar de estar sentado de rodillas, comenzó a embestirlo lenta y profundamente.

Yurio se puso rojo en su totalidad, del cuello para arriba estaba por completo sonrojado.

Los gemidos sin pudor no tardaron en aparecer, pronto se volvieron gritos, en especial cuando Otabek lo embestía y al mismo tiempo lo masturbaba. El pobre de Yuri estaba acostado, mordiendo una almohada, o al menos así fue hasta que Otabek cambió la posición. Tomó a Yuri de las caderas y lo arrastró un poco hasta girarlo bocabajo. El aludido soltó una risa traviesa al imaginarse lo que le haría, y la idea le encantaba.

—¿Quieres que sea un poco más brusco? —murmuró en su oreja, desde su espalda.

—¿Me estás pidiendo permiso, amor? —respondió, juguetón—. Sabes que puedes hacer conmigo lo que te venga en gana.

—Y tú conmigo, pero sólo quería cerciorarme —le mordió la oreja y escuchó con gracia cómo soltaba un gritillo agudo.

Deslizó sus grandes manos por los costados de su novio, delineando su figura hasta posarlas sobre cada nalga frente a él. Las palmeó al mismo tiempo, sin recato ni pudor.

Yuri gimió, escondiendo la cara en una almohada. Amaba que su novio tuviera esos arranques espontáneos. Sintió que de pronto tomaba sus caderas y las alzaba lo suficiente hasta ponerlo en cuatro. En seguida sintió una intromisión profunda y certera. No contuvo sus gritos.

—¡Oh Beka! No te muevas —pidió de pronto, alarmando a su novio.

—¿Te lastimé? —se quedó estático.

—No, sólo… sólo deja que me acople un poco, sólo un poco —suspiró, aferrando sus puños a las sábanas.

El kazajo intentó relajarlo tomando sus cabellos y acariciándolos. Los juntó poco a poco, acariciando su espalda en el acto. Pronto juntó todo el cabello en una sola mano, notando con impresión que esas rubias hebras le llegaban a la cintura. Se veía tan sexy.

Salió de su ensimismamiento cuando sintió que el menor meneaba sus caderas, buscando movimiento y fricción entre ambos. Eso lo hizo sonreír de lado antes de inclinarse sobre su espalda y susurrarle al oído:

—¿Quieres que continúe? —suspiró en su oreja.

—Por favor —pidió dentro de un jadeo suave.

Ni tardo ni perezoso, el kazajo continuó con su labor. Salió de él sólo para volver a entrar de una sola intención. Esta vez tomó el cabello que había juntado en una mano y lo jaló suavemente, sabía que eso prendía a su novio. Sentir que le jalaban el cabello era un placer extraño para él. Y para el kazajo… bueno, era también un placer, uno culposo.

Las estocadas se volvieron más intensas, continuas y profundas.

A Yuri le temblaban las piernas, se le dificultaba un poco mantenerse en esa posición, sentía que en cualquier momento caería sobre el colchón, rendido. Después de un rato se lo hizo saber a su amado, así que no tardaron mucho en tomar una posición más convencional. El kazajo simplemente se echó entre las piernas de su amado, penetrándolo con facilidad mientras Yuri enredaba las piernas en su cintura y los brazos en su cuello.

Cerca del clímax, Otabek abrazó a su novio por la cintura y lo apretó con fuerza hacia sí. Lo penetró una y otra vez con frenesí, sentía que jamás tendría suficiente de él, quería hacerle el amor hasta el cansancio, y no quería que ese momento terminara, pero estaba tan excitado y estimulado que muy pronto se vendría.

—Otabek… —suspiró—. No creo durar mucho.

—Déjalo ir… —fue lo único medianamente cuerdo que pudo decir.

Yurio obedeció, cerró sus ojos cuando sintió el placer rozando los límites. Y finalmente se corrió con fuerza y en abundancia, más aún al sentir que su novio no frenaba ni un poco el ritmo.

En el vientre de ambos quedó desparramado el semen del rubio, quien se encontraba desfallecido, jadeando aún al sentir las embestidas brutales que le daba su novio. Sin controlarlo, apretó su esfínter, logrando que en ese instante su novio experimentara un fuerte orgasmo.

Los vellos de Yuri se pusieron de punta al escucharlo gemir de esa manera tan salvaje y varonil. Lo sintió correrse dentro de él. Lo abrazó por el cuello y sintió cómo se dejó caer en peso muerto sobre él. Sus pechos estaban juntos, sus corazones latían a la par, sumamente acelerados.

—Te amo, Yuri, te amo —le susurró al oído, besándolo suavemente.

—Yo te amo má…¡Ah! —gimió al sentir cómo salía de él. Ya no estaba tan duro ni grande, pero aun así le ponía la piel de gallina.

—¿Estás cansado? —aún con su peso encima del menor, alzó sólo su cabeza para mirarlo a los ojos.

—Un poco —admitió—. ¿Nos podemos quedar un rato así? —preguntó con voz suave, casi en un puchero tierno.

El kazajo miró su reloj de muñeca, faltaba mucho para la cena con su suegro. Podían tomarse una pequeña siesta. Tomó su celular y puso alarma antes de abrazar a su novio y dormir juntos por un par de horas. Tenían muchas ganas de charlar, pero la pesadez del sueño les ganó.

Horas después la alarma sonó. Otabek fue quien se despertó para apagarla, notando con diversión que su amado ni se había inmutado. Se volvió a tumbar a su lado, mirándolo con suma atención. Aún no entendía cómo una belleza como Yuri se había fijado en él. Se incorporó sólo un poco para cubrirlo mejor con el edredón y siguió en su tarea de mirarlo dormir. No quería perderse ni un segundo de él, y al saber que en poco tiempo su deseo podría hacerse realidad, se sentía muy feliz.

Pronto fue consciente del repiqueteo del agua contra la ventana, estaba lloviendo. Eso sólo logró que sus ganas de quedarse ahí hasta el día siguiente incrementaran considerablemente.

Se estiró como felino (Sí, había adoptado ciertas costumbres de Yuri) y se acercó a su novio para acariciarle el cabello delicadamente. Se le hacía extraño que no estuviera roncando como tenía por costumbre.

Pronto sus pensamientos comenzaron a divagar, y una cuestión que seguido se formaba en su mente, apareció de nuevo.

—¿Por qué me amas tanto? —susurró en medio del sonido de la lluvia.

Fue en ese momento que la voz adormilada de Yuri sonó en toda la habitación.

—Que pregunta más estúpida —dijo sin siquiera abrir los ojos.

Otabek entendió por qué no roncaba.

—Estabas despierto…

—Que pregunta más estúpida —repitió, abriendo los ojos.

El kazajo sintió el latir de su corazón un poco más acelerado al tener ese par de jades frente a él.

—Te amo porque eres tú.

—Qué respuesta más estúpida —se la regresó, sonriendo un poco mientras acariciaba su cabello.

—Es en serio —rio—. Simplemente te amo con locura, bien lo sabes.

—¿Qué es lo que amas?

—Todo —sonrió suavemente, pensando unos segundos antes de decir todo lo que se le venía a la mente—. Amo la manera que tienes de sonreír sin hacerlo realmente, la expresión de concentración que tienes la mayoría del tiempo, amo que me mires de reojo cuando crees que no te veo —sonrió al ver la sorpresa en su rostro—. Amo cómo me haces sentir seguro simplemente con tu presencia a mi lado, amo la forma en que me miras cuando te hablo, justo como ahora —le acaricio una mejilla con sus dedos—. Amo que seas cariñoso sólo conmigo. Amo que te preocupes por Viktor y Yuuri igual que yo, porque sabes que son mi familia y que… —desvió la mirada—…los quiero.

Fue el turno de Otabek para sonreír suavemente. Su novio le causaba mucha ternura, jamás se esperó una respuesta así.

—Te amo porque sé cómo eres bajo esa capa de seriedad, y sé que eres un buen hombre, un hombre muy guapo —admitió, logrando sonrojar al susodicho—. Además… me encanta tu pene —admitió sin vergüenza.

El kazajo casi se atraganta con su propio aire al escuchar esa última declaración. Yurio se echó a reír.

—¿Necesitas un vaso con agua? —le preguntó al mayor al ver que tosía. Le acarició la espalda con cariño casi maternal.

—No… no —carraspeó y luego rio, soltó una risa de esas que Yuri escuchaba sólo una vez al año. "Pero qué preciosa risa" pensaba Yurio.

Ambos se habían incorporado un poco. Pronto Yurio se dio cuenta de que aún estaban desnudos y que Otabek, bueno, el miembro de Otabek estaba al aire.

El mayor notó el azoramiento de su novio al percatarse de su erección, y en vez de él también sonrojarse por ello, sonrió de lado, pícaro y sin cubrir su desnudez se acostó sobre su novio, lo tomó de las manos y las colocó alrededor de su cuello, amaba que hiciera eso.

—¿Te avergüenzas? —sonrió de lado—. Oh vamos, ¿quién era el que gritaba que…? —no pudo continuar, Yurio le tapó la boca, pero su amado lo miró con diversión antes de lamerle toda la mano.

—Sabes que eso no me da asco —alzó una ceja, sin sorprenderse, pero nunca esperó que su amado le mordiera un dedo con sus perfectos dientes.

Enseguida el kazajo se dejó caer suavemente sobre el pecho de su novio, puso su oreja sobre su pectoral izquierdo y escuchó su corazón. Ese sonido lo arrullaba tremendamente.

—Quedémonos un poco más así —pidió Otabek.

—Pero que hay de tu… ejem.

—No tenemos tiempo para hacerlo otra vez, así que mejor… —tomó una mano de Yuri y la puso sobre su cabeza—…por favor —pidió en un tono suave y casi adorable.

El rubio aceptó de inmediato y comenzó a hacerle "piojito" a su novio. El kazajo suspiró lleno de satisfacción y en seguida lo abrazó con fuerza. Yurio sintió los brazos de su novio a través de su espalda, surcando su piel y aferrándose, como un náufrago que se aferra a la vida cuando la tormenta llega con toda su fuerza.

—¿Ocurre algo, amor? —preguntó con un tono suave, extrañado al sentir de pronto ese gesto.

El kazajo simplemente negó sobre su pecho y permaneció con los ojos cerrados, disfrutando de las caricias. No quería entristecer el momento diciéndole lo devastado que se sintió cuando creyó que terminaría con él. De sólo pensarlo… sentía un abismo en la boca del estómago.

—Yura —dijo de pronto, tenía que decirle al menos eso—. Definitivamente no podría vivir sin ti —recargó su barbilla sobre el esternón del rubio, mirándose así los dos a los ojos.

—Y yo sin ti —sonrió, sin dejar de acariciarle el cabello.

—Lo que trato de decir es que… cada vez que nos separábamos me sentía tan desesperado —admitió—. En realidad no podría separarme nuevamente de ti —le acarició la mejilla con un dedo.

—Te comprendo. ¿Sabes? A veces mi desesperación era tan grande que podía pasarme horas enteras mordiéndome las uñas y rascándome la cabeza. Me causaba urticaria tenerte tan lejos, pero… —analizó cada centímetro del serio rostro de su novio—…pero ahora estaremos siempre juntos —pegó su frente a la de él sin dejar de sonreír—. ¿No me puedo mudar ya contigo?

El kazajo estuvo muy tentado a decirle que sí, pero fue paciente y no accedió todavía.

Yuri miró el reloj y se levantó de la cama de un salto, dejando al pobre de Otabek tumbado de lado.

—¿Qué ocurre?

—Amor, tengo que ir a casa a darme un baño y cambiarme de ropa —comenzó a vestirse con prisa. Ya era muy tarde y su padre los estaría esperando en su casa.

Otabek lo miró vestirse con una sonrisilla traviesa. Amaba a ese jovencito.

—Te llevo —comenzó a vestirse también, luego fue hacia su novio y le besó la nuca—. Yura, te pusiste la camiseta al revés.

Apagó el auto en el estacionamiento del edificio, miró a Yuuri y le sonrió.

—¿Te encuentras bien? —puso una mano sobre su rodilla, mirándolo con cierta preocupación.

—Sí —sonrió con cansancio.

—¿Estás seguro? —no le creía mucho—. Por favor, dime siempre la verdad —pidió, casi desesperado.

—Lo siento… no me siento muy bien, estoy un poco mareado, pero es todo —sonrió—. Lo prometo.

—Vamos a casa para que descanses —besó su frente y se bajaron del auto. El ruso insistió en llevárselo cargando hasta el departamento, pero Yuuri se negó de inmediato.

—Amor, sólo estoy mareado.

—Pero aun así —se preocupó.

—Es normal, no te angusties o te arrugarás —le picó el entrecejo con un dedo, haciéndolo sonreír.

—Está bien, vamos —le ofreció su brazo para que se tomara de él y así caminaran juntos hasta su departamento. Yuuri lo aceptó gustoso y con cariño se abrazó a él.

Cuando llegaron a casa, Viktor se aseguró de dejar a su esposo sano y salvo en la comodidad de su cama antes de ir al departamento de Irina por Alexei.

Yurio llegó horas más tarde y se encontró a Viktor jugando en el piso de la sala con Alexei. Ambos se veían muy tiernos apilando bloques de juguete mientras Makkachin los observaba atentamente, moviendo su colita al igual que Fluvsky, quien los miraba desde el sillón más cómodo.

Tadaima —saludó al llegar a la sala.

Okaeri, Yurio —respondió con una sonrisa, muy entretenido con su hijo.

Desde que pasaron aquella temporada en Japón, se habían acostumbrado a saludarse y despedirse así, cosa que no solían hacer en San Petersburgo.

—¿Y el cerdo? —preguntó al no verlo en ninguna parte.

—Está tomando una siesta —respondió Viktor, apilando un bloque sobre otro para mostrarle a Alexei cómo hacerlo.

—¿Se encuentra bien?

—Sí ¿Por qué no habría de estarlo?

—Porque él nunca toma siestas.

Viktor había olvidado lo observador que era Yurio.

—Sólo estaba cansado —lo miró de arriba abajo, venía algo despeinado—. ¿Otabek te enseñó su departamento nuevo?

—Y algo más… —soltó entre risillas antes de dirigirse a tomar un baño—. Iré a cenar a casa de mi papá, quiere conocer a Beka.

—¿Pasará la prueba de fuego?

Yurio se detuvo y regresó sobre sus pasos hasta la sala.

—Otabek es bueno, le caerá bien a mi padre, mi abuelo lo amaba.

—Pero tu papá no sabe que es motociclista y que te lleva a todas partes en su moto.

—No, pero…

—A los padres no les gusta que sus hijos anden en moto.

—Viktor, no soy un niño.

—Para Andrew eres un nene todavía.

—No seas tonto —rodó los ojos—. Mi papá amará a Otabek —se dio media vuelta y se fue, aunque comenzó a sentirse nervioso—. Maldito viejo —murmuró antes de entrar al baño.

Viktor sonrió, amaba molestarlo. Jamás se lo decía, pero vaya que quería a ese mocoso, era como su hermanito y el hecho de que siguiera viviendo con ellos lo hacía inmensamente feliz. En un principio dio la excusa de que había vuelto al departamento porque extrañaría a Alexei, y quería seguir pasando mucho tiempo con él. Eso los sorprendió, pues pensaron que se quedaría a vivir con su padre hasta que pudiera vivir con Otabek. Sin embargo, estaban muy felices por eso, amaban tenerlo en casa.

Alexei se aburrió de jugar en la alfombra de la sala, así que Viktor puso el canal infantil para verlo junto con su hijo. Rogaba al cielo que le diera sueño, pues él también tenía ganas de tomar una siesta. Afortunadamente Alexei se quedó dormido cinco minutos después de que Viktor encendió la televisión.

Tomó a su bebé en brazos y se lo llevó a su cuna antes de alcanzar a Yuuri en la cama. No sabía por qué, pero él también se sentía muy cansado, quizás se debía a los nervios que estuvo experimentando desde días atrás.

Una vez dentro de la cama, soltó un pesado suspiro y abrazó a su esposo con suavidad para no despertarlo. Trató de dormirse al instante, pero no pudo, le preocupaba cómo podría reaccionar su amado con el tratamiento. Trató de no pensar más en eso y mejor se concentró en respirar el aroma en su nuca, olía a champú mezclado con su loción, era delicioso. Eso lo ayudó a caer rendido al sueño.

Momentos más tarde se despertó, sorprendido al ver que su esposo seguía dormido. Besó suavemente su mejilla y sonrió al verlo hacer una tierna mueca ante el contacto.

Salió de la cama, y estirándose perezosamente, fue a echarle un vistazo a su hijo, pero éste ya no estaba en la cuna. Fue a la cocina y ahí se lo encontró sentado en su sillita, mirando cómo su tío Yurio cocinaba algo rico y sencillo para la cena.

—¿Qué haces? —preguntó Viktor, aún algo adormilado—. ¿No se suponía que cenarías con tu padre y Otabek?

—Por eso mismo. El cerdo parece estar muy cansado, les dejaré la cena lista para que no pidan pizza por enésima vez y para que tú no pongas en riesgo a la familia al intentar cocinar.

—Oh… —se conmovió tanto que fue y lo abrazó. Yurio no supo cómo evitarlo, pues no se lo había esperado—. Muchas gracias Yuri ¿Qué haríamos sin ti?

—¿Qué hacen? —apareció, aún adormilado y tallándose los ojos.

—Vaya, hasta que despertaste, cerdo.

El aludido entornó los ojos hacia él, no traía sus anteojos y veía todo borroso. Viktor de inmediato fue hacia él y le preguntó en voz baja:

—¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor —respondió con una sonrisa adormilada antes de que Viktor lo abrazara y lo besara.

—Te ves muy sexy —se mordió el labio al verlo despeinado y sin lentes.

—Claro que no, me acabo de levantar —rio al recibir cariñitos de su esposo, amaba sentirse tan mimado.

—Tú siempre te ves precioso —besó sus labios.

—Oigan, hay un niño presente, no sean así.

—A nuestro hijo no le molesta ver cuánto nos amamos —respondió Viktor, muy seguro.

—Sí, cómo no —rodó los ojos.

Entonces Yuuri fue hacia su hijo y le acarició la cabecita.

—Hola cariño —besó su mejilla, haciendo que esbozara una preciosa y tierna sonrisa. Lo alzó y abrazó con fuerza, y empezó a hablarle como "retrasado mental", o al menos así decía Yurio que hablaban ellos cuando se dirigían al bebé.

—Me voy —tomó sus llaves y caminó hacia la salida.

—¿No quieres que te lleve?

—No, quédate con Yuuri —se despidió con un gesto de la mano y salió del departamento.

Viktor sonrió, agradeciéndole al rubio.

—Deberíamos decirle la verdad —murmuró Yuuri, tomando a su hijo en brazos.

—Quizás… de todas formas ya sospecha algo. Esperemos un poco más —fue en busca de los medicamentos de Yuuri y se los dio—. Ya es hora de que los tomes —besó su frente antes de ir a poner la mesa para los tres.

Había puesto un poco más de esmero en su apariencia esa noche, pues algo importante iba a ocurrir: su padre conocería a su novio.

No tuvo que cocinar porque Andrew pidió comida italiana de uno de sus restaurantes favoritos y Yuri no pudo estar más feliz porque era de la comida preferida de Otabek.

—Estás muy nervioso —dijo Andrew, con un tono burlesco muy gracioso.

Yurio alzó una ceja y lo miró feo.

—No tienes por qué estarlo —le palmeó la espalda—. Me has hablado tanto de él que casi siento que lo conozco.

Fue entonces que el timbre de la casa sonó. A Yuri se le fue el corazón hasta el piso, por alguna extraña razón estaba muy nervioso. Iba a correr hacia la puerta para abrir, pero su padre se le adelantó.

Abrió la puerta y un guapo kazajo apareció. Iba muy bien vestido, había dejado de lado su chaqueta de cuero negro, sustituyéndola por una camisa blanca de vestir y un suéter casual de lana azul encima. Yurio se le quedó mirando varios segundos sin reaccionar, se veía muy bien. Todo se le veía bien a ese hombre y no entendía por qué. Estaba tan ensimismado en sus asuntos que no se percató de la sorpresa en el rostro de ambos.

—¿Señor Prokófiev? —se asombró demasiado.

—Vaya… ¿Eres el novio de mi hijo?

—Esperen… ¿Qué?

El primer cumpleaños de Alexei llegó, y junto con él, una hermosa fiesta organizada por sus padres. Amigos de todas partes asistieron al evento en el departamento de la familia Nikiforov. La familia Katsuki no pudo asistir porque había demasiado trabajo en el onsen, pero mandaron un lindo regalo para su amado nieto.

Para sorpresa de todos, Chris y Masumi pudieron asistir al cumpleaños, dándoles la buena noticia de que vivirían en la ciudad por tiempo indefinido debido al trabajo de Masumi.

La fiesta era pequeña, estaban los más cercanos: Chris, Masumi, Yurio, Otabek, Irina, Yakov y Lilia. Para esto, el hogar fue decorado en su totalidad, los invitados portaban gorritos de fiesta y había serpentinas por doquier. Alexei los miraba con cara de extrañeza a todos, no entendía por qué de pronto les había crecido eso en las cabezas, pero estaba feliz porque todos se turnaban para tomarlo de las manitas y "enseñarle" a caminar paso a pasito sin soltarse, cosa que sus padres hacían, pero terminaban cansándose un poco luego de varias horas.

—¿Ya dijo su primera palabra? —preguntó Lilia al tomarlo en brazos, pellizcándole una mejilla.

—Aún no —respondió Yuuri—. Hemos tratado que diga "papá", pero sólo termina balbuceando sílabas.

—Ya lo hará a su tiempo ¿Verdad? —Viktor se acercó por un costado y sin quitárselo de los brazos a Lilia, mordió la mejilla de su hijo, logrando que éste le diera una palmada en la cara. Todos los que alcanzaron a ver eso, se echaron a reír con ganas.

—Ya te dije que dejes de hacer eso —espetó Yuuri, repentinamente serio—. No le gusta que le muerdan sus mejillas, bien lo sabes —lo miró con enfado.

Todos guardaron silencio al presenciar eso. Yuuri nunca se enojaba, así que era algo para sorprenderse.

—Lo siento amor, trataré de no hacerlo más.

—No, no trates. Deja de hacerlo y ya —frunció el ceño, las mejillas se le pusieron coloradas por el repentino enfado.

Viktor suspiró cansinamente cuando vio a su esposo darse media vuelta y meterse a la cocina.

—¿Todo en orden? —se acercó Yurio, extrañado al ver esa actitud en el japonés.

—Sí, no te preocupes —Viktor sonrió de lado y fue tras su esposo—. Amor… —lo llamó, pero éste le daba la espalda, recargando las palmas sobre la encimera.

—No, no. Lo siento, Viktor. No debí reaccionar así —su voz sonaba amortiguada, temblorosa.

Viktor se preocupó, sus cejas se unieron en un gesto de mortificación muy adorable. Caminó hacia él y puso una mano en su cintura y otra en su hombro para girarlo. Al hacerlo pudo ver que lloraba amargamente.

—Oh Yuuri… —lo abrazó de inmediato.

—¡Lo siento! —correspondió con fuerza—. No sé qué me pasa, perdóname por enojarme tan de repente.

Viktor se separó del abrazo para alzar su rostro con una mano en su mentón.

—Amor, mírame —Yuuri no obedeció, desvió la mirada al suelo—. Mírame, Yuuri. No estoy molesto contigo, sé que es normal que pasen estas cosas, así que… —sonrió de lado—… te entiendo ¿De acuerdo?

Sus ojitos castaños se volvieron a inundar en lágrimas.

—Gracias, mi amor. Trataré de no enojarme tanto.

Viktor se enterneció y lo abrazó con fuerza.

—No es tu culpa —susurró en su oído—. Son las hormonas, bien lo sabes.

—Aun así...

El timbre del departamento sonó, interrumpiéndolos.

—Iré a abrir —le dijo Viktor, limpiándole las lágrimas antes de salir de la cocina.

Cuando llegó a la puerta y la abrió, no esperó ver a su padre ahí. Lo había invitado, pero no creyó que en verdad asistiera. El hombre le sonrió suavemente antes de extenderle la mano a modo de saludo, pero entonces se sintió algo torpe, era su hijo y no se supone que debería de saludarlo así. Fue así como el saludo terminó en un extraño apretón de manos/abrazo. a Viktor le causó gracia, pero trató de no demostrarlo.

—Qué bueno que viniste —fue sincero.

—Es el cumpleaños de mi nieto, no me lo perdería por nada.

Viktor sonrió en respuesta, suplicando al cielo que se comportara igual con sus futuros nietos.

—Traje un lastre conmigo —señaló con su pulgar a Andrew, quien venía por el pasillo, cargando su regalo para Alexei en una mano y un pastel de cumpleaños en la otra.

—¡Hey! —se quejó—. No dijiste eso cuando me pediste que te acompañara —le reclamó. Vio a Viktor y lo saludó con una sonrisa antes de proseguir—. Tu padre no va a ningún lado sin mí.

Fue el turno de Dimitri para quejarse.

—Gracias por eso —le dijo Viktor, sincero. Desde que sabía sobre las enfermedades cardiacas de su padre, temía por su salud aunque no lo admitiera del todo. Y se sentía aliviado al saber que Dimitri contaba con la amistad tan grande de Andrew.

Los dos hombres se unieron al festejo. Dimitri era otro hombre cuando estaba con su nieto, rejuvenecía varias décadas al sonreírle de esa manera tan exclusiva a Alexei. Los demás invitados lo veían y se sorprendían un poco por eso, pues… Dimitri sonriendo se parecía tremendamente a Viktor, ambos tenían la misma estúpida sonrisa.

Tampoco pasó desapercibido para varios, en especial para Yurio, cómo su padre veía a Dimitri. Sus sospechas sólo se fueron confirmando más.

—¿Qué ocurre? —Otabek llegó a su lado, notándolo extraño.

—Nada —desvió la mirada de su padre, ya le contaría luego a su novio sobre sus sospechas—. Iré a ayudar a Yuuri con el pastel.

—¿Tú lo horneaste? —preguntó, mirando el postre a lo lejos. Era un enorme pastel que tenía una pinta deliciosa.

—Por supuesto que sí —sonrió, orgulloso.

Al kazajo se le hizo agua la boca y los ojos le brillaron como cuando veía comida preparada por su novio.

—Te traeré una rebanada doble —le guiñó un ojo. Otabek sintió que tenía al mejor novio del mundo—. Y guarda espacio, porque el cerdo le preparó un pastel a Chris, recuerda que mañana es su cumpleaños.

Otabek sólo pudo sentirse feliz, era un gordo en secreto, amaba los postres. A decir verdad, amaba todo tipo de comida.

Pero cuando Yurio entró a la cocina, se llevó un susto al ver al japonés más pálido que el papel.

—¿Qué te pasa? —preguntó bruscamente, tomándolo de un brazo al verlo tan frágil de repente.

—Nada —se llevó una mano a la cabeza.

—¿Cómo que nada? —se desesperó—. Has estado raro todo el día ¿te peleaste con el viejo?

Yuuri sonrió suavemente y negó con la cabeza.

—Sólo necesito sentarme.

Pero al no hallar dónde sentarse, simplemente se recargó contra un mueble de la cocina y se fue deslizando hasta quedar sentado en el suelo, Yurio lo ayudó hacerlo despacio. De pronto se sintió asustado, no entendía que le pasaba al japonés.

—Yuuri ¿Qué tienes? —vio que se empezó a desabotonar la camisa azul de vestir.

—Muero de calor —se abanicaba un poco con la mano, pero no era suficiente.

—Iré por Viktor.

—No —lo detuvo—. Sólo se preocupará, ya se me quitará.

—¿Qué rayos te está pasando? —se puso a cuclillas a su lado.

—Nada, estoy bien.

—Estás mareado —lo notó en sus ojos. Y la verdad era que a Yuuri le daba vueltas todo a su alrededor—. Iré por Viktor.

—No… —esa vez no pudo detenerlo. Cerró los ojos y no supo cuánto tiempo pasó, pero cuando los volvió a abrir, Viktor ocupaba todo su campo de visión, su pobre carita preocupada estaba frente a él.

Yurio vio cómo Viktor llenó un vaso con agua fresca y se lo dio a su amado.

—Bebe un poco, te sentirás mejor —le pidió con la mayor paciencia y amor del mundo—. Yurio, ayúdame. Moja esa toalla con agua del grifo y tráemela.

El aludido siguió las órdenes. Enseguida Viktor puso la toalla sobre la nuca de su esposo, aliviando un poco su bochorno.

—¿Mejor?

—Mucho mejor —sonrió con los ojos entrecerrados.

—¿Quieres que llame a la doctora?

—No, no es necesario. Además, es el cumpleaños de Alexei.

—Lo sé amor, pero tú…

—Estaré bien, me quedaré aquí un poco para no preocupar a los demás ¿Me ayudarían a repartir el pastel?

Los dos rusos asintieron fervientemente y pusieron manos a la obra mientras Yuuri se recuperaba en el piso de la cocina.

—¿Qué le está pasando al cerdo? —le preguntó Yurio en voz baja mientras uno cortaba el pastel y el otro lo servía en pequeños platos de cartón decorados.

—Está resfriado —sonrió.

—Claro que no —se rio con sarcasmo—. Mencionaste a una doctora ¿Por qué lo ve una doctora?

Viktor suspiró.

—No lo hagas más complicado. Yurio, esto es algo que aún no queremos hablar con nadie, así que por favor… —lo miró suplicantemente—…entiende.

—Sólo dime una cosa ¿Él está bien? ¿Corre peligro?

—Está bien, no está enfermo —aseguró.

—Bien, con eso me basta por ahora. Pero lo que sea que esté pasando me lo van a decir ¿Verdad?

—Serás el primero en saberlo —sonrió con sinceridad.

Yurio asintió y continuó con su labor.

Momentos más tarde Yuuri se unió de nuevo a la fiesta, como si nada hubiera pasado. El único que no le quitó la vista de encima en todo el evento fue Chris. Él insistía en que algo diferente había en Yuuri, pero no sabía decir qué. Lo notaba más sonriente de lo normal, pero también muy voluble, lo cual era raro en una persona tan equilibrada como él.

—¿No quieres ir a descansar?

Yuuri pegó un brinco, espantado al escuchar de repente la voz de su amado sobre su hombro.

—¡Viktor! Me asustaste —se llevó una mano al pecho.

—Lo siento —lo abrazó desde atrás y apoyó el mentón sobre su hombro—. Si quieres puedes ir a la cama, yo me encargaré de despedirlos y de recoger.

Yuuri acarició los brazos que lo rodeaban y sonrió suavemente.

—Gracias mi amor, pero ya me siento mejor.

—¿Ya pasaron los bochornos?

—Sí.

—¿Y el mal humor?

—Siento que puede volver en cualquier momento —rio. Últimamente estaba muy bipolar.

Ciertamente tenía poco más de un mes con el tratamiento, pero en ese corto tiempo había sufrido muchos cambios, sobre todo emocionales. También sufría de bochornos extraños y de arranques de llanto inesperados. Yurio aún vivía con ellos, así que se angustiaba mucho ante esos cambios bruscos en él, temía que estuviera enfermándose mentalmente.

Su cuerpo empezó a cambiar en la forma de sentir. Sus cambios de humor eran bruscos, y su libido en vez de disminuir (como tenían pronosticado) aumentó considerablemente.

—Sólo cinco meses más —suspiró Viktor, abrazando aún a su esposo.

En lo que iba de ese mes le había sugerido la opción de desistir, pues veía todo lo que le pasaba y sólo era el primer mes, temía que se sintiera peor. No quería forzarlo a nada. Había insistido en ello hasta que Yuuri le dijo con mucha seguridad que eso era algo que él quería con mucha certeza, y que no daría ni un paso atrás.

—Mira a tu padre —el japonés cambió de tema—. Está tan feliz con Alexei.

—Lo ama mucho —admitió. Luego recordó algo—. Por cierto, él me dijo algo hace unos momentos, algo que tú no me habías dicho.

—¿Qué cosa? —alzó una ceja, disfrutando del intimo momento que tenían en ese rincón, apartados de todos en la fiesta. Viktor aún lo abrazaba por la espalda, así que podía rodearlo con más facilidad.

—Las fotos que le has mandado todo este tiempo de Alexei, y mías también.

El japonés sonrió de una manera muy bella, Viktor no pudo verlo. Yuuri no dijo nada, sólo sonrió por un buen rato, declarándose culpable sin ningún arrepentimiento.

—Gracias —fue lo único que dijo el ruso después de un rato, justo antes de darle un lindo beso en la mejilla a su amado esposo—. ¿Te sientes mejor?

—Bastante mejor —tomó su mano y se lo llevó a la sala a charlar con los demás. Dimitri estaba dentro del grupito que charlaba, pero él se concentraba más en cuidar de su nietecito, mientras que Chris era el centro de atención en la charla.

—¡Yuuri! Ven acá —Chris palmeó el lugar libre junto a él, sólo había uno, así que Viktor fue quien se sentó y tomó de las caderas a su esposo para que se sentara sobre su regazo. Ignoró la enorme expresión de disgusto que hizo su padre, aunque a Yuuri no le pudo ser tan indiferente, sin embargo, se sorprendió al ver que no decía nada al respecto.

—¿De qué están hablando? —preguntó Viktor.

—De nuestros estudios —respondió Chris—. Masumi estudió relaciones internacionales, Otabek se graduó de una carrera de finanzas con un nombre extraño, Yurio va a ser chef, Yuuri es músico y compositor, pero… ¿Tú qué eres? Para empezar… ¿Estudiaste algo acaso?

Todos se echaron a reír, excepto Yuuri, quien le había preguntado eso a su amado, pero él se había hecho el que no escuchaba. Siempre evadía esa pregunta y seguía sin saber qué había estudiado su esposo.

—Sí, amor ¿Qué estudiaste? —Yuuri alzó una ceja, muy interesado.

Viktor se vio acorralado, miró a su padre y su mirada interesada en el tema. De todos los ahí presentes era el único que lo sabía.

Suspiró, miró a su padre y luego a Otabek.

—Algo muy parecido a lo que tú estudiaste —sonrió levemente, mirando al kazajo.

Todos se asombraron.

—¡¿Estudiaste finanzas?! —Yurio casi se fue de espaldas.

—No. Estudié administración de empresas con orientación en finanzas —se encogió de hombros.

Dimitri no dijo nada, sólo sonrió con orgullo mal disimulado.

Yuuri estaba con la boca abierta.

—Soy tu esposo y nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntaste —le pellizcó la nariz. El japonés sólo frunció el ceño.

—Te juro que pensé que habías estudiado teatro o idiomas, como yo.

Viktor se echó a reír.

—No, Chris, no.

—Vaya… eres un nerd —murmuró Yurio.

—Oye, eso no quiere decir que seas "nerd" —se quejó Otabek con seriedad.

—La verdad es que Viktor siempre fu muy aplicado en sus estudios. De pequeño perteneció al club de matemáticas de su escuela por varios años.

Todos miraron a Dimitri con una infinita sorpresa, primero porque al fin había hablado, y segundo porque lo que decía era casi imposible de creer. Viktor notó que sus amigos todavía dudaban, incluso Yuuri.

—Luego les mostraré mi título

—Y los premios que ganabas en matemáticas —añadió su padre.

Viktor se avergonzó un poco, no quiso profundizar más en el tema.

—Todo un nerd.

—Pero… viejo, vi fotos tuyas siendo el rey del baile en la secundaria —dijo Yurio de pronto.

—¿Y qué con eso? —le hizo cara de pocos amigos—. ¿No puedo ser ambas cosas?

—Increíble… —susurró Yuuri, sus ojitos castaños brillaban con admiración—…me casé con alguien increíble.

Las mejillas del ruso se tiñeron de un adorable rosa mientras sonreía avergonzado.

—No es para tanto —abrazó a su katsudon, ocultando el rostro en su hombro.

—¡Quiero ver esas fotos! —exigió Yuuri.

—Las tengo en casa, quizás luego las traiga conmigo.

Todos miraron de nuevo a Dimitri con una gran sorpresa en sus rostros, incluyendo a Andrew. Viktor lo observó y no supo cómo reaccionar, se sentía feliz, pero no supo bien cómo manejar ese sentir.

Las miradas de Yuuri y Dimitri se cruzaron. El primero le dedicó una dulce sonrisa, pero el mayor… tal como su hijo, no supo cómo reaccionar y terminó frunciendo el ceño y desviando la mirada.

La fiesta terminó y los invitados regresaron a sus casas luego de que Alexei abriera sus regalos con ayuda de sus papis.

A pesar del ajetreo de todo el día, Alexei tenía la energía a tope. Quería que lo tomaran de las manitas y lo llevaran "caminando" por todo el departamento, y la verdad era que a Viktor, Yuuri e incluso a Yurio ya les dolía la espalda por estar agachados todo el día ayudándole a dar sus primero pasitos.

—Lo llevaré a dar un paseo —se lo quitó a Viktor de los brazos y tomó las llaves del departamento.

—¿A dónde vas? —se apresuró a preguntar, preocupado.

—Sólo lo pasearé en la terraza del edificio.

—Te acompaño.

—Viktor —lo miró con cara de pocos amigos—. Dijiste que tú limpiarías la cocina.

El aludido se sintió en aprietos.

—Bueno —miró hacia todos lados, hasta que en su campo de visión entró Yuri—. ¡Yurio! Acompaña a Yuuri, por favor.

Pensaron que el aludido se negaría alegando que tenía sueño y estaba cansado, pero contrario a sus sospechas, simplemente asintió y salió hombro a hombro con Yuuri y Alexei.

Los dos pasaron un tiempo en la terraza, jugando con Alexei hasta que Yuuri volvió a sentir bochornos. De inmediato se quitó el abrigo y casi todo lo que traía encima.

—Hey, no hagas eso, te resfriarás —le dijo, meciendo a Alexei de un lado a otro para hacerlo reír.

—¡Hace mucho calor!

—Cerdo, estamos a 9°C.

—Siento mucho calor.

Y de hecho, Yurio pudo ver las mejillas sonrojadas del otro. El calor lo abrumaba.

—Me preocupas —soltó finalmente, con una seriedad que más bien caracterizaría a Otabek y no a él.

—La verdad no tienes de qué angustiarte —sonrió.

—Yo sé que el anciano dijo que yo sería el primero en enterarme, pero… no soporto más esto. Dime de una buena vez qué está pasando.

Yuuri suspiró. No era bueno que le hiciera ese tipo de preguntas estando solamente él y no Viktor. Si Viktor estuviera ahí, ya le habría inventado algo, pero él…

—Intentamos tener un hijo.

¿Vómito verbal? Quizás.

—Ya tienen uno.

—Otro.

—¿Van a adoptar?

—No.

—¿Entonces? —lo pensó unos segundos hasta que una idea descabellada llegó a su mente, era una idea muy retorcida—. Te vas a embarazar —soltó una carcajada por lo gracioso de la idea tan estúpida.

—Sí —sonrió de oreja a oreja.

Abruptamente Yurio dejó de reír.

—No me jodas.

—Estoy en un tratamiento hormonal. Está comprobado que funciona.

—Diablos… —buscó dónde sentarse, la impresión era tanta que Yuuri le quitó a su hijo de los brazos por temor a que se le fuera a caer—. Estás bromeando, ¿verdad?

—No, Yurio, es verdad —dijo con total seriedad—. Pregúntale a Viktor.

—¿¡Te vas a embarazar?!

—Cállate, es un secreto.

Yurio entró en crisis existencial.

Cuando volvieron al departamento se toparon a Viktor todavía limpiando la cocina, pero dejó de hacerlo cuando Yuuri lo llamó al celular.

—Amor, necesitamos tu ayuda.

De inmediato fue a su encuentro, pensando que quizás se había sentido mal, pero no. Yuuri traía a Alexei en un brazo mientras rodeaba a un impactado Yuri con el otro.

—¿Qué ocurrió? —se acercó a Yurio, examinándolo.

—Le dije que intentamos tener un bebé —respondió con naturalidad antes de irse con prisa a la habitación de Alexei, huyendo del posible reclamo que le daría Viktor.

—¡Yuuri! —se quejó.

—Es imposible. Eso no es posible ¿O sí? —aún consternado lo miró a los ojos.

—Al parecer sí —respondió, incómodo y sobándole la cabeza con resignación.

Esa noche Yurio no dejó de pensar en las posibilidades.

Y cuando al fin la cocina estuvo limpia, cansado, Viktor se dirigió a su habitación para descansar al lado de su esposo, pero para su sorpresa, Yuuri no estaba ahí.

Lo encontró en la habitación de Alexei, durmiendo en la mecedora con Alexei en su regazo, también dormido y siendo protegido por los brazos cálidos del japonés.

No pudo evitar llenarse de un amor y ternura infinitos. Amaba a su esposo y amaba que su esposo adorara tanto Alexei. Tanto así que para Yuuri no había otra opción: Alexei era SU hijo y nadie jamás podría negarlo a pesar de la realidad. Y eso Viktor lo agradecía con el corazón.

Les tomó un par de fotografías antes de llevar a Alexei a su cuna. Yuuri se despertó y miró a su amado con una sonrisa.

—Le dije a Yurio lo que intentamos hacer —confesó, adormilado y tallándose un ojo. La culpa de habérselo dicho antes de tiempo le estaba carcomiendo incluso dormido.

—Lo sé, mi amor, lo sé —besó su frente antes de tomarlo en brazos y llevárselo al lecho matrimonial.

Los días de la familia Nikiforov Katsuki se volvieron cálidos y llenos de luz sin importar que el clima verdadero fuese gélido. El amor que Viktor desbordaba sobre su familia era tanto que Yurio se quejaba de su empalagosidad. Pero eso a Viktor no le importaba, amaba a su esposo, a su hijo, a su mascota y por supuesto a Yurio.

Las cosas se volvieron más sencillas desde que Yurio se enteró de lo que pasaba, así incluso ayudaba a Yuuri a sobrellevar esa carga, cuidándolo cuando Viktor no podía y velando por su bienestar, aunque eso sí, su consternación no desaparecía del todo aún.

Un domingo por la mañana, Yuuri se había levantado temprano para sorprender a su hermosa familia con un desayuno rico, pero su flamante esposo lo echó de menos en la cama, de pronto había sentido frío sin su presencia dentro.

Portando solamente su ropa interior, Viktor se levantó con pereza y buscó a su amado en la cocina. Lo vio desde atrás e instintivamente se pasó la lengua por los labios al verlo en ropa interior y portando la camisa blanca que había usado ayer. A Yuuri le quedaba considerablemente grande, y eso sólo lo hacía ver adorable. Viktor amaba cuando Yuuri se ponía su ropa. Así que en silencio y con cautela se acercó a él hasta abrazarlo desde atrás antes de darle una sonora palmada en el trasero.

Esperó ver la sonrisa divertida y avergonzada de Yuuri, como siempre, pero eso no pasó. Inmenso fue su asombro cuando descubrió su llanto.

—V-Viktor… —lo miró, sorprendido y lloroso.

—Amor… ¿Qué pasa? —se espantó bastante. Lo tomó de los hombros y lo vio con angustia.

—Me pegaste… —se llevó ambas manos al rostro.

A Viktor se le fue el aliento. Se sintió la peor escoria del mundo a pesar de que ese gesto era común entre ellos, todas las mañanas. El problema era que las hormonas traían loco a su cerdito.

—Pero Yuuri, amor, fue con cariño.

—¡Pero me pegaste!

En ese momento apareció Yurio en pijama, con el cabello suelto y enmarañado. En sus brazos traía a Alexei, quien también traía un adorable y chistoso peinado matutino. El bebé se alertó al escuchar a su papi llorando. De pronto se puso muy tenso en los brazos de su tío Yurio.

—¿Le pegaste? —Yurio se acercó, dispuesto a defender al katsudon. Aunque le costaba creer que Viktor se atreviera a ponerle una mano encima a Yuuri.

—Sí, pero… —miró a Yuuri aún llorando—…pero fue con cariño.

—Viktor… —se quejó el rubio, rodando los ojos—. Hey, cerdo. No te pongas tan sensible y dramático.

—¡No soy dramático! —se defendió, llorando todavía.

Viktor suspiró, tomó a su esposo entre sus brazos y lo obligó a quedarse ahí aunque intentaba zafarse.

—Lo siento, Yuuri —besó su cabeza—. Ya no lo haré.

Yuuri siguió quejándose, hasta que algo llamó la atención de los tres adultos ahí presentes.

—Papi… papi —se movía con insistencia entre los brazos del rubio, extendiendo sus manitas hacia Yuuri mientras sus hermosos ojos azules se inundaban con lágrimas.

Yuuri automáticamente dejó de llorar y miró a su hijo con total perplejidad. Yurio y Viktor estaban en la misma situación.

Alexei había dicho su primera palabra ¡Y era para Yuuri!

—Oh mi amor… —se zafó del abrazo de Viktor y corrió hacia su hijo para tomarlo en brazos. El corazón se le hizo chiquito cuando sintió sus bracitos rodeándole el cuello con fuerza. Había preocupado a su bebé con ese llanto dramático.

—Dijo… "papi" —murmuró Viktor, aún sorprendido.

—Ni te emociones, viejo, le dijo "papi" a al cerdo —se burló.

Ambos rusos vieron con ternura la escena de Alexei abrazando a su padre, hasta que su otro padre no resistió y se unió al abrazo también.

Yuuri tenía mucho tiempo libre. Antes de sus vacaciones en Hasetsu había renunciado a su empleo, por lo que ahora podía pasar el día entero cuidando y viendo crecer a su precioso bebé. Yuuri no tenía palabras para describir el amor que sentía por ese hermoso y pequeño humano. Era su hijo, sin lugar a discusiones.

Mientras él cuidaba al pequeño en casa, su esposo salía para terminar finalmente los trámites para su escuela de patinaje, en un par de días comenzarían a construir el lugar desde los cimientos, así que Viktor estaba muy ocupado con ello. Afortunadamente Yakov lo orientaba y ayudaba en todo lo necesario.

La noticia de que Viktor Nikiforov abriría una escuela de patinaje había dado la vuelta al mundo. Patinadores principiantes se preguntaban si podrían viajar hasta San Petersburgo para ser entrenados por Viktor, pero éste amablemente dio respuestas a la prensa, anunciando que su escuela apenas estaba en construcción y que hasta más adelante les daría noticias sobre inscripciones, pues antes que nada necesitaba encontrar patinadores profesionales que quisieran invertir su tiempo dando clases.

Para sorpresa de Viktor, Yurio fue el primero en ofrecerse a ser maestro en su escuela; Chris fue otro que de inmediato se apuntó, diciendo que, si para ese entonces aún estaba viviendo en la ciudad, se apuntaría a ser entrenador de novatos.

Viktor se sintió muy afortunado, más aún cuando su amado Yuuri le dijo que lo apoyaría en todo lo que fuera necesario: siendo maestro, compositor o incluso administrador. Tras ese ofrecimiento Viktor se comió a besos a su marido.

—Haría lo que fuera por ti, Viktor —rodeó su cuello con ambos brazos, mirándolo como si no hubiera ser más precioso en el mundo.

—Me lo has demostrado, y te lo agradezco con mi alma y corazón —se puso cursi.

—Vitya… —desvió la mirada hacia un lado, un poco avergonzado.

—¿Qué ocurre?

—Yo… —jugueteó con sus dedos sobre la nuca de Viktor—… quiero que me hagas el amor esta noche.

Viktor se sintió invadido de ternura. Yuuri era adorable.

—Amor, no tienes por qué ponerte nervioso.

—Es que últimamente no hemos tenido tiempo, o cuando estamos por hacerlo siempre nos interrumpen —suspiró—. Así que hagámoslo hoy sin importar qué ¿Si?

La verdad era que traía muchas ganas desde hace varios días, pero no se había animado a decírselo, por temor a que se le hiciera algo extraño. Pues Yuuri se sentía raro. Su libido había aumentado mucho, pero le avergonzaba externarlo. No se atrevía a decirle a su esposo que se había excitado esa mañana con sólo ver cómo se estiraba y los músculos de su espalda se marcaban al hacerlo. ¡Eso no era normal!

—¿Y si lo hacemos de una vez? —sugirió el ruso—. Alexei ya está dormido, Yurio está jugando videojuegos en la sala y… sinceramente no tengo ganas de cenar —recordó que aún no cenaban.

Yuuri le echó una mirada lujuriosa que le recordaba lo Eros que podía llegar a ser.

—Yo sí, pero te quiero a ti de cena —se mordió un labio antes de atraerlo a un beso voraz.

Viktor iba a exclamar un Amazing! Pero no alcanzó.

Muy pronto ya estaban desnudos en la cama, Yuuri a horcajadas sobre el regazo de Viktor mientras éste le acariciaba la espalda y se lo comía a besos. No sabía si era su imaginación o no, pero la piel de Yuuri se le antojaba más suave y tersa de lo normal, le encantaba.

El japonés se sentó sobre la erección de su esposo, frotando su trasero contra él.

La tensión sexual al fin se estaba liberando, o eso creyeron hasta que de pronto fueron interrumpidos por el potente llanto de Alexei.

—Demonios —masculló Yuuri, apoyando su frente sobre el hombro de su esposo.

—Hasta parece que tiene un radar —se burló el ruso, abrazando a su amado y mordiéndole un hombro desnudo antes de quitárselo con cuidado de encima para ir a calmar a su hijo—. Yo iré.

—¡Yo voy! —exclamó Yurio desde afuera. Ambos padres se miraron con asombro y felicidad. Era en esos momentos cuando se sentían más afortunados de tenerlo en casa, no sabían qué harían sin él cuando se fuera a vivir con Otabek.

Sin embargo, cuando Yuri fue a calmar a su sobrino, éste no dejó de hacer uso de la palabra que recién había aprendido. El nene lloraba clamando por su padre. Yurio no pudo calmarlo y terminó llevándoselo a ellos, pero al irrumpir en la habitación se traumó de por vida una vez más. Se topó con una escena que de verdad no quería ver.

—¡Demonios! —le cubrió los ojitos al bebé y salió de inmediato de ahí—. ¡Cúbranse, idiotas!

Ambos se aguantaron la risa, se pusieron una bata y salieron al pasillo a calmar a su hijo. Yurio se los dio en brazos, y con cara de trauma, volvió a sus videojuegos. Ambos padres arrullaron a su hijo con una paciencia infinita, lograron dormirlo y regresaron a su habitación para reanudar la pasión.

Se amaron toda la noche, sin detenerse ni un momento. Yuuri fue consciente del tiempo y espacio hasta que su espalda tocó el colchón luego de su… había perdido la cuenta de los orgasmos que llevaba.

—¿Ese… ese es el Sol? —preguntó Yuuri, agitado y aún sufriendo los vestigios de su último orgasmo. Estaba sudoroso y con sus ojos casi cerrados, estaba exhausto.

—Sí, está amaneciendo —se asombró, riendo por ello.

Se incorporó hasta quedar sentado, él también estaba exhausto, pero no se quería perder la hermosa y deliciosa vista que Yuuri le ofrecía, pues la sábana blanca le cubría meramente lo necesario, justo desde donde sus caderas se unían y formaban una traviesa uve. Esa imagen era tentadora, además, se veía angelical, precioso y sublimemente atractivo.

—Yuuri, eres hermoso —le dijo, pero el aludido sólo esbozó una bella sonrisa y asintió. Estaba más dormido que nada—. Amor —le picó la barriga, el aludido ni se inmutó.

Viktor se quedó ahí sentado a su lado, sin molestarse en cubrir su desnudez. Y lo miró largamente. Admiró cada parte de Yuuri que se había dedicado a besar y acariciar en las últimas horas, lo observó con detenimiento. Miró su cuerpo esbelto y tonificado, acarició con la yema de los dedos su vientre plano y sonrió al ver que, aún dormido, su piel se erizaba al contacto, estremeciéndose ligeramente.

Seguirás siendo hermoso sin importar qué —pensó, esbozando una sonrisilla pícara tremendamente hermosa. Se llevó una mano a sus desordenados cabellos y nuevamente se quedó prendado de esa hermosa visión. Su Yuuri era perfecto en todos los sentidos, jamás tendría suficiente de él. Una vida entera no le bastaría.

Suspiró como colegiala enamorada y se tumbó sobre su esposo, hasta que unas inmensas ganas de ir al baño se apoderaron de él. Se levantó de un brinco, se puso una bata y salió casi corriendo.

El silencio matutino reinaba en el departamento, era un silencio muy agradable, sólo el sonido del reloj de la cocina rebotaba en los rincones del lugar: "Tic, tac, tic, tac". Viktor salió del baño, y en silencio volvió a su recámara para echarse sobre su esposo y mimarlo hasta quedarse dormido.

Pero entonces una llamada entró a su celular.

—¿Papá? —respondió de inmediato, salió del cuarto para no despertar a su amado—. ¿Estás bien? ¿Qué ocurre? —se preocupó al ver que era muy temprano para una llamada.

—Hola, Viktor. No te preocupes, estoy bien. Sólo llamo para pedirte que nos veamos, necesito charlar contigo de algo muy importante. Trae a Yuuri contigo.

—Seguro, pero… ¿Dónde, cuándo? —estaba algo sorprendido.

—Los invito a comer, en casa.

Viktor tragó en seco. Tenía muchos años de no pisar ese lugar, su hogar.

Continuará…

7/10/2018

11:00 p.m.