Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XLV

"Primeros pasos"

—¿Cómo está mi esposo? —caminó hacia la doctora sin soltar a su bebé, desesperado. Alexei comenzó a sentir la tensión, lo demostró cuando se empezó a inquietar en los brazos de su padre.

—Hubo complicaciones.

Yurio se acercó también, desesperado por más información.

—La cirugía se extendió más de lo normal porque no lográbamos implantar los embriones en su esposo. Pero finalmente lo conseguimos y ahora se encuentra en recuperación. Podrán verlo cuando lo subamos a cuarto.

El alma volvió al cuerpo de Viktor, suspiró pesadamente y agradeció al cielo por ello. Fue tanta su emoción que apretó al bebé entre sus brazos y lo acarició con mucho amor, susurrándole al oído: "Papi está bien".

—¿Son varios? —preguntó Yurio, espantado.

—Sí, es necesario hacerlo así por el dado caso de que alguno no se desarrolle.

—Pero… ¿Y si tiene varios bebés?

—No es muy probable, pero es un riesgo que se corre.

—¿Y si el cerdo tiene gemelos? —miró a Viktor, espantado.

—Esperemos que no sea el caso, sino no lo resistiría y tendríamos que interrumpir el embarazo. Repito, es un riesgo que se corre —explicó la doctora con completa profesionalidad.

El rubio miró a Viktor con asombro y casi con reproche.

—¿Dejaste que el cerdo se expusiera a estos riesgos? —le reclamó.

—Ambos lo decidimos —respondió con seriedad, luego miró a la doctora—. Quisiera verlo —estaba muy nervioso.

—Sólo esperemos a que lo suban a cuarto, apenas lo hagan, les avisaré para que lo visiten. Si todo sale bien, lo daré de alta mañana temprano. Necesitará que lo cuiden mucho, además de reposo absoluto.

Viktor y Yuri asintieron, sus expresiones eran de completa seriedad y un poco de nerviosismo.

—Animen esas caras largas —les sonrió—. Viktor, tu esposo ya está embarazado ¡Felicidades por eso!

Los ojos azules del mayor brillaron con fuerza ante esas palabras.

A Yurio le dieron escalofríos.

Yuuri.

No podía explicar la sensación que tenía en esos momentos, sentía frío en todo mi cuerpo, me sentía pesado, y no podía abrir mis ojos a pesar de que quería hacerlo. Comencé a sentir una gran necesidad de despertar, había algo que me inquietaba y no sabía qué era. Escuché voces lejanas, también un insistente repiqueteo. Quería preguntar qué pasaba, pero no salía ni una palabra de mi boca. Era como estar en medio de esos segundos antes de despertar cada mañana, cuando no puedes moverte y apenas estás tomando consciencia, sólo que esta vez se había alargado demasiado

De pronto sentí un calorcito muy agradable en mi mejilla derecha, luego en la izquierda, más pequeño.

—Yuuri, amor, despierta.

Oh… su hermosa y perfecta voz activó mis sentidos, mi corazón acelerado se calmó en una agradable paz. Era la voz del amor de mi vida. Abrí mis ojos lentamente, los párpados me pesaban mucho. Pero cuando finalmente los abrí, los vi a ambos: los amores de mi vida. Viktor acariciaba mi mejilla derecha con su pulgar mientras cargaba a Alexei en su otro brazo. Mi adorado hijo acariciaba mi otra mejilla, imitando a su padre.

Mi mundo se llenó de color al tenerlos ahí.

—¿Tenías una pesadilla? —preguntó con voz tranquila. Yo negué con la cabeza y sonreí un poco, ya ni siquiera recordaba qué pasaba por mi mente antes de despertar—. ¿Cómo te sientes? —se sentó en la orilla de la cama, con Alexei sobre su regazo. Al verlos juntos de esa manera, un pensamiento atravesó fugazmente mi cabeza: si Viktor hubiera tenido hijos propios… hubieran sido idénticos a Alexei, quizás uno que otro con su cabello platinado. No supe por qué, pero me entristecí un poco.

—¿Eh? —lo miré confundido al sentir que me observaba demasiado.

—¿Cómo te sientes, amor? —sonrió y con una preocupación mal disimulada puso su mano en mi frente para comprobar mi temperatura.

—Bien —carraspeé, mi voz había salido más rasposa de lo que hubiera imaginado—. Un poco cansado —miré todo a mi alrededor. Estaba en un hospital porque… ¡Oh por Dios!

Incorporé medio cuerpo de la cama, sintiendo un agudo dolor en mi vientre.

—No te muevas, amor —me devolvió al colchón con cuidado, recostándome de nuevo contra las almohadas.

—¿Qué pasó? ¿Cómo salió todo? —pregunté atropelladamente, ignorando las punzadas de dolor.

Viktor me miró con preocupación nuevamente.

—Dime —insistí. Su mirada se suavizó y llevó una mano a mi vientre.

—Seremos padres nuevamente.

Esas tres palabras llenaron mi mundo de felicidad.

—¿En serio? —pregunté en apenas un hilo de voz, sentí un nudo en mi garganta, seguido de lágrimas amontonándose en mis ojos.

—Lo seremos. Sólo necesitarás reposo absoluto por un tiempo, amor, pero si todo sale bien, tendremos otro bebé.

Alexei, sobre el regazo de Viktor, veía simultáneamente a uno y a otro, no entendía lo que decíamos, pero nos veía muy felices.

—No puedo creerlo —lloroso, me llevé ambas manos al rostro, dejando que mis lágrimas salieran.

—¡Papi! —Alexei no soportaba verme llorar, se ponía muy mal cada vez que eso pasaba, se olvidaba de todo y extendía sus brazos hacia mí, ignorando incluso a Viktor. Esa vez no fue la excepción, estiró sus bracitos y todo su cuerpo en dirección mía, pero mi esposo no se lo permitió.

—Papi está lastimado, cariño, hay que dejarlo descansar —intentó retenerlo, pero mi hijo era fuerte y terco a sus cortos diecisiete meses.

—Está bien, déjalo.

—Pero Yuuri, si te lastima…

—No lo hará —sonreí suavemente, aún me sentía algo dopado y adolorido, pero Alexei sólo quería abrazarme y que lo abrazara, eso no haría daño a nadie.

Viktor dejó que nuestro hijo se acurrucara a mi lado, recostó su cabecita entre mi pecho y mi brazo, y me miró fijamente con sus enormes ojos.

—Papi… —volvió a decir.

—Papi está bien, Lyosha —acaricié su cabeza con cariño. Sin mirarlo de frente, pude distinguir la sonrisa de Viktor ante el diminutivo de nuestro hijo. Él me había dicho que así se pronunciaba, pero al parecer mi acento japonés hacía que se escuchara extraño ese nombre saliendo de mí.

—¿Te duele algo? —me preguntó Viktor.

—Estoy bien —dije en voz baja al notar que mi bebé se iba quedando dormido ante mis caricias. Su cuerpecito pequeño se había acurrucado con tanta ternura a mi lado, que me daban ganas de comérmelo a besos.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió. Yurio entró a paso tranquilo.

—Al fin despertaste, Viktor estaba muy preocupado.

—Tú también lo estabas —dijo Viktor con suavidad.

Sonreí.

—Lo siento.

—No es tu culpa —se adelantó a decir Yurio.

Nos quedamos en un largo silencio que fue interrumpido por el leve y adorable ronquido de Alexei. Mi esposo y Yurio casi soltaron una carcajada, yo no entendía el porqué.

—Demonios, Yurio, le contagiaste tus ronquidos a mi hijo —se quejó Viktor.

—Lo siento, viejo —siguió riéndose.

Al igual que Viktor, Yurio se sentó en la orilla de la cama, al otro lado. Era chistoso verlos a ambos ahí, tan pegados a mí. Me hacían sentir querido y protegido, era inevitable.

—Así que… —continuó Yuri luego de otro rato de silencio—. ¿Ya estás panzón? —levantó mi sábana para ver mi barriga. Yo no podía creer que él estuviera haciendo eso.

—¡Yurio! —exclamamos Viktor y yo al mismo tiempo, exaltados por lo inesperado que fue. Alexei despertó de su siesta, nos miró a todos y frunció el ceño antes de tomar mi mano y llevársela a la carita para que nadie más lo molestara. Ese simple gesto me llenó de ternura, tanto, que me olvidé de lo que hizo Yurio.

—Eso no funciona así —espetó Viktor, retomando el tema enseguida—. Yuuri no está "panzón".

—Pero lo estará —alzó una ceja, divertido por poder molestarnos.

—Sí —rodé los ojos—. Lo estaré en un tiempo.

—Le harás honor a tu apodo.

—Idiota —inflé las mejillas, quizás me veía más ridículo e infantil que nunca, pero no pude evitarlo. Mi enojo se pasó cuando mi atención se desvió hacia Viktor. Su adorable y encantadora risa hizo latir más rápido mi corazón, más aún al mirarlo contener esa risa con una mano sobre sus labios. Se sonrojó levemente cuando lo miré.

—Lo siento, amor, pero es que ya me muero por verte gordito.

—Vitya… —suspiré, decepcionado al pensar en eso.

—Te verás hermoso —se inclinó hasta besar mis labios, me había tomado por sorpresa, pero su beso me hizo mucho bien. Lo detuve de la mejilla para que durara un poco más. Escuché una exclamación de asco por parte de Yurio y sentí la sonrisa de mi esposo sobre mis labios ante eso.

Un poco más tarde llegó la doctora Kubo y nos explicó varios asuntos importantes, además de ciertas indicaciones, tales como mi reposo absoluto hasta asegurar que el óvulo fecundado estuviera bien adherido a mi pared abdominal. Dijo que debía continuar con mi tratamiento hormonal y además mantener una dieta muy balanceada, tenía prohibido engordar mucho, y como yo poseía cierta habilidad para ello… me prohibieron muchas cosas. Me dijo también que probablemente comenzaría a sufrir los síntomas comunes en un embarazo, desde las náuseas hasta los antojos extraños. Eso me dio un poco de miedo.

El resto del día me la pasé dormido, despertaba en algunos momentos, y lo primero que mis ojos observaban, era el precioso rostro de mi esposo. Él acariciaba mi cabello, me susurraba lindas palabras al oído y yo volvía a caer rendido al sueño. Me sentí muy amado y mimado, eso me hizo extrañamente feliz, también el hecho de que mi bebé siguiera dormidito a mi lado.

Cuando desperté más tarde, Viktor ya no estaba, tampoco Alexei y eso me asustó. Miré a mi alrededor, sin moverme. Ya no entraba luz por la ventana y yo sólo podía preguntarme dónde estaba mi familia. De pronto sentí una mano sobre mi brazo. Unos ojos verdes entraron en mi campo de visión.

—El viejo fue a dejar a Alexei con Irina, volverá en un rato para pasar aquí la noche —me explicó. Yo me sentí más tranquilo y lo miré unos segundos más—. ¿Qué? —espetó—. No te voy a hacer cariños como lo hace él —revolvió mi cabello con brusquedad y yo sólo sonreí antes de volver a caer en los brazos de Morfeo. Durante varias horas estuve despertando y volviendo a caer en la inconsciencia. Cuando volví a despertar, el cuarto estaba un poco más oscuro, Viktor aún no estaba. En su lugar estaba Yurio, sentado en un sillón, cruzado de brazos y mirando a la nada. Su expresión era pensativa, y de vez en cuando fruncía el ceño.

—¿Qué pasa? —pregunté con voz ronca, pero lo suficientemente fuerte como para que lograra escucharme.

Él se sobresaltó y desde su lugar me miró y sonrió, negando con la cabeza.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor —intenté incorporarme un poco, apoyándome en los codos, pero eso sólo me causó más dolor.

—Espera —se puso de pie y presionó un botón en la cama para que me incorporara un poco, acomodó mis almohadas y se encargó de que estuviera cómodo—. ¿Mejor?

—Perfecto —lo miré y le sonreí con mucho cariño—. Gracias.

—No es nada —se volvió a sentar en el sillón cerca de la cama y a un lado de la ventana.

—Ahora dime, ¿En qué tanto piensas? —sabía que algo no dejaba de dar vueltas en su mente, lo conocía lo suficientemente bien como para saberlo. Mi instinto no me fallaba.

—No daré rodeos, porque siempre logras sacarme información, lo quiera o no, así que… —suspiró pesadamente—… este asunto del embarazo me tiene… —parecía no encontrar las palabras adecuadas—…consternado.

Casi no pude contener mis ganas de reír, él frunció el ceño por eso, pero continuó.

—Es algo retorcido, pero si te pones a pensar, es algo hermoso. Es decir, las parejas como nosotros no tienen hijos propios, al menos no hijos de ambos. Esto es tan extraño —se revolvió el cabello.

—Has pensado en la posibilidad de que Otabek y tú formen una familia de esta manera.

—Sí —soltó en un suspiro, al parecer aliviado por al fin confesarlo—. No he dejado de pensar en eso.

—¿Ya le hablaste a él sobre esto?

—No, y eso es otro asunto que me tiene inquieto, él no sabe que estoy aquí contigo.

—¿Por qué?

—¿No querían que se guardara el secreto de esto? —preguntó con hastío, casi masticando cada palabra. Yo pensaba que ese mal carácter se le iría al terminar su adolescencia, pero no fue así.

—Pero Otabek es parte de la familia.

Vi su expresión de espanto ¿O era felicidad? A veces era difícil descifrar sus emociones sin equivocarse.

—Dile lo que está pasando, estoy seguro de que se sorprenderá más que tú —reí un poco, pero me detuve al sentir leve molestia.

—Hey, tranquilo.

Asentí.

—Hoy me quedaré en su departamento, hablaré con él.

—¿Tu padre no se molestará?

Él rio.

—No sabe que dormiré ahí, y no tiene por qué enterarse.

—Deberías decirle que planean vivir juntos.

Frunció sus labios en una mueca muy chistosa.

—¿No dijiste que se llevaron muy bien? —pregunté.

—Sí, mi papá está fascinado con él —suspiró y sonrió—. Todavía recuerdo la noche en que se dio cuenta de que mi novio era su famoso mejor empleado. Todo esto es un poco difícil e incómodo. Papá es profesional y sabe separar el trabajo de lo personal, pero aun así… temo que algo en nuestra relación intervenga con su trabajo. Y si le digo que viviremos juntos… ¿Tomará represalias contra él en el trabajo?

—No tiene por qué, tú lo has dicho: Andrew es profesional —me encogí de hombros.

Suspiró y se pasó ambas manos por el rostro y finalmente por su cabello largo y suelto.

—Háblalo con él.

—Sí, sí. Tengo muchas cosas qué hablar.

Se veía frustrado, así que traté de desviar el tema.

—Así que… ¿Otabek es la persona con quien quieres casarte y tener muchos hijos?

Su rostro enrojeció chistosamente.

—¿Por qué haces preguntas tan raras? —se acercó al aparato que administraba mis medicamentos intravenosos y comenzó a buscar algo.

—¿Qué haces? —pregunté, curioso.

—¿A qué tengo que picarle para que te duermas?

—Oye… —reí—…no seas así —reí más fuerte, causándome más dolor.

—Que no te rías —espetó y yo sólo lo miré de soslayo con algo de enojo—. Pero sí —admitió luego de un rato—. Es él el indicado, estoy muy seguro.

—Eso es adorable.

—¡Cállate!

—Tendrán hijos muy lindos —continué.

—Que te calles —suspiró y se llevó una mano a la sien—. ¿Cuándo volverá el viejo? —masculló entre dientes. Yo aguanté mis ganas de reír y en eso la puerta de la habitación se abrió. Estaba seguro de que era Viktor, pues tenía la mala costumbre de entrar sin tocar antes.

—Volví —nos sonrió a ambos, saludó a Yurio con un gesto de su mano y a mí me dio un dulce beso en los labios.

—Ya era hora —se puso su chamarra y se encaminó a la salida.

Viktor me miró, pidiendo respuestas a su actitud, no entendía lo que había pasado. Yo sólo le sonreí y negué suavemente con la cabeza antes de hacer explotar un poco más la bomba.

—No olvides hablar con Otabek de los hijos que quieres tener de él.

—¡Cállate, cerdo! —me encaró, estaba por completo sonrojado antes de salir de ahí sin despedirse—. ¡Adiós! —espetó desde el pasillo. Bueno, al menos sí se despidió.

Intenté no reír, pero me fu imposible. Eso me causó dolor e inevitablemente Viktor corrió a mi lado.

—¿Estás bien? ¿Qué fue todo eso?

—Te lo contaré, pero antes… por favor pide que me traigan la cena, muero de hambre, no he comido desde ayer.

Él pareció alarmarse, salió en busca de una enfermera y en menos de diez minutos ya tenía mi cena súper sana y nutritiva, casi todo consistía en vegetales y carne magra muy desabrida. No me gustó en lo absoluto, pero lo comí de todos modos.

Al día siguiente me dieron de alta, no hubo ninguna complicación y yo ya me sentía mucho mejor, las incisiones habían sido increíblemente pequeñas, y eran más molestas que significativas, pero aun así, Viktor no dejó de llevarme en brazos todo el tiempo, desde que me pasó de la silla de ruedas al auto, no me dejó poner ni un pie en el piso. Tenía que admitir que era adorable, pero era el primer día en casa y ya me sentía sobreprotegido, sin mencionar que no me dejaba cargar a mi bebé, ni caminar con él por todo el departamento para que entrenara sus pasitos.

Así pasamos la primera semana en completo reposo, sólo me levantaba de la cama para hacer mis necesidades básicas. Tampoco me molestaba el hecho de estar en cama todo el día con los amores de mi vida, enfundados en ropa cómoda y cubiertos por un edredón de plumas de ganso. Nos habían prohibido por completo el sexo, al menos en las primeras semanas, así que Alexei podía dormir seguro entre nosotros, aunque Viktor temía que en la noche nuestro hijo se moviera y me golpeara accidentalmente en el vientre, incluso temía ser él quien me lastimara. Tardé un par de días en hacerle ver que no ocurriría nada, pero me di cuenta de que no dormía bien por estar al pendiente de ello en las madrugadas, así que tuve que dormir abrazado a una almohada para asegurarle que nadie me haría daño, Alexei se abrazaba a esa almohada y Viktor alcanzaba a abrazar a nuestro hijo, la almohada y a mí. Yo a veces me sofocaba y terminaba empujándolos lejos de mí, me daban mucho calor.

Viktor me sorprendió esos días al hacerse cargo por completo de la casa, excepto de la cocina, Yurio fue misericordioso y cocinó para todos durante ese tiempo. Sinceramente no sabía qué haríamos cuando se fuera a vivir con Otabek. El día estaba cada vez más cerca, lo sabía porque estaban amueblando poco a poco el departamento, juntos.

Afortunadamente mi esposo podía seguir coordinando el asunto de su proyecto desde casa, hacía llamadas y supervisaba todo con la ayuda de Yakov. Su escuela de patinaje estaría lista muy pronto y todos esperábamos con ansias ese momento. Además de sorprenderme siendo un buen amo de casa, me sorprendió al poder verlo trabajar tan profesionalmente, aplicando sus conocimientos adquiridos en la universidad. Para estar más cerca de mí, se llevaba su laptop a la cama y hacía todas sus llamadas y supervisiones desde ahí. Yo permanecía acostado a su lado, abrazado a una almohada y mirando su esplendor, pues… estaba usando lentes de lectura y eso simplemente me derretía, era hermoso, dando órdenes, frunciendo el ceño de vez en cuando y sonando tan profesional hablando ruso de esa manera tan… de acuerdo, escucharlo y verlo así causaba cosas en mí que debía controlar, al menos por un par de semanas.

Con esa hermosa vista, yo caía rendido al sueño, sólo para despertar más tarde con Alexei apretando mis mejillas y riéndose al ver las caras que le hacía.

A pesar del encierro, me sentía plenamente feliz. Y a pesar de que mi vientre seguía plano, no podía evitar posar mi mano ahí de vez en cuando. Seguía sin poder creer del todo que había vida dentro de mí, un pequeñito ser creciendo día a día. Sólo rogaba al cielo que todo saliera bien.

Uno de mis momentos favoritos del día, era la hora del baño. Tiempo atrás, Viktor compró una bañera más amplia, tanto así, que cabíamos él, Alexei y yo. Todos los días tomábamos un baño agradable los tres juntos, mi hijo jugaba y chapoteaba con una felicidad que sólo le veíamos cuando lo bañábamos.

Pero el día de hoy, pasadas dos semanas de la cirugía, la hora del baño fue diferente. Viktor y yo al fin tuvimos un momento completamente a solas. Yurio había bañado a Alexei más temprano porque Viktor tuvo que salir a hacer las compras, así que nuestro hijo ya dormía plácidamente en su cuna, y nuestro hijo de veinte años pasaba la noche con su novio. Así que teníamos casa "sola". Eso me ponía un poco nervioso y emocionado.

—El agua está lista, Yuuri —anunció desde el interior del baño. Me levanté de la cama, un poco mareado por haber estado acostado todo el día, llegué al baño y vi a mi esposo desnudándose para entrar al agua. Tragué en seco, se veía realmente sexy, como siempre.

Me quedé en el marco de la puerta, mirándolo soñadoramente. Ese hombre era perfecto, y era todo mío.

—Amor ¿No vas a venir? —preguntó con su tono de voz normal, aunque para mí fue sumamente sexy. Se giró para verme, desnudo, con confianza. De esa confianza que sólo se adquiere con los años. Lo miré de pies a cabeza, era todo un Dios griego, jamás terminaría de agradecerle a la vida por ese gran regalo.

—Sí —sonreí de lado, sintiendo mi rostro arder. Era algo que no podía evitar a pesar de los años. Me seguía avergonzando un poco al ver su desnudez.

Comencé a quitarme la ropa, pero él me detuvo.

—Déjame hacerlo —pidió con un tono de voz dulce y agradable.

Yo sólo asentí, me encontraba como en una especie de trance, atrapado por sus encantos.

Levanté los brazos y me sacó la playera, dejándome despeinado y más sonrojado todavía al sentir que pasaba sus dedos por encima de las pequeñas incisiones de la cirugía.

—Ya casi cicatrizan —las observó atentamente, yo asentí sin saber muy bien cómo reaccionar, sólo podía concentrarme en cómo se sentía el contacto de sus dedos sobre mi piel caliente. Suspiré, excitado con esa simple acción—. Yuuri… —me abrazó y susurró en mi cuello—… no podemos hacerlo —me dijo, al notar que muy pronto habría una erección en mis pantalones.

—Lo sé —suspiré, resignado—. Lo siento, no puedo evitarlo.

—Me siento halagado —sonrió, separándose del abrazo y continuando con su tarea de desnudarme. Pero cuando nos separamos pude verlo… ahí estaba, grande, amenazante y erecto.

—¿¡Cómo me puedes reprochar que me excite, si tú…!? —señalé su erección.

—Lo sé, lo siento —rio abiertamente—. Es que tampoco puedo evitarlo —se encogió de hombros.

Sin decir más, y sin mirarnos mucho, entramos a la bañera. Cada uno en un extremo opuesto. Yo me sumergí en el agua hasta que ésta me llegó a la barbilla. Suspiré cansado y miré en cualquier dirección que no fuera Viktor. Todo el baño estaba lleno de vapor, sumándole eso a mi pésima visión, no alcanzaba a distinguir de reojo si me miraba fijamente o eran sólo alucinaciones mías. Lo miré directamente y, en efecto, me miraba con fijeza. Había un extraño brillo en sus ojos. A diferencia de mí, él estaba con la mitad de su pecho fuera del agua y con sus brazos extendidos a los costados, sobre el borde de la bañera. La visión era tremendamente sensual y adictiva.

Me miraba casi como un león a su presa, eso me inquietó y me incitaba a lanzarme sobre él, dejándome cazar.

—No soporto más esto —hizo lo que yo pensaba hacer. Me acorraló, metió su mano bajo el agua y palpó a tientas mi cuerpo hasta encontrar mi erección a tope—. Oh Yuuri —exclamó con una gran cantidad de lujuria en su mirada.

Antes de que yo pudiera responderle algo, me tomó de la nuca y me atrajo a un beso profundo y posesivo. En ningún momento apartó su mano de mi erección, al contrario, comenzó a frotarla con necesidad. Yo sólo me dejaba hacer, estaba a su merced. Enredé los brazos alrededor de su nuca y abrí mi boca para darle paso a su lengua.

—No lo haremos —jadeó entre beso y beso—, no completo… te haría daño… y al bebé —suspiró—. Sólo esto ¿De acuerdo?

Asentí, necesitado de sus besos y caricias.

No supe bien cómo explicar lo que pasó a continuación, pero sí podía decir que fue muy vergonzoso. Viktor me masturbaba con agilidad, con una mano acariciaba mi erección y con la otra atraía mi cuello a sus labios, encajando ahí sus dientes, sin molestarse en disimular las posibles marcas. Un mar de emociones me llenó, no sabía exactamente a qué se debía, pero era como si mis sentidos fuesen más agudos que nunca, pues sus caricias y besos eran tan placenteros que no tardé ni cinco minutos en venirme con violencia entre sus brazos. Cerré los ojos y arqueé la espalda ante las deliciosas oleadas de placer.

Recuperándome del fuerte orgasmo, abrí mis ojos sólo para toparme con la mirada curiosa y casi divertida de mi esposo. Su expresión entera decía: "¿Tan pronto?". Me sonrojé por ello y él notó que me sentí incómodo.

Intentó retomar los besos en mi cuello, pero no se lo permití porque… no sabía el motivo exacto, pero me encontraba muy sensible, cualquier caricia o contacto me incomodaba. Jamás me había pasado, estaba tan desconcertado como Viktor.

—Lo siento, amor —me abracé a mí mismo—. No sé qué sucede —me sentí frustrado—. En verdad lo siento —bajé mi mirada a su erección insatisfecha.

Él suspiró, sin embargo, me dedicó una linda y sincera sonrisita.

—No tienes por qué disculparte —se acercó y besó mi frente con un cariño muy adorable.

Iba a decirle algo más, pero entonces él me lanzó la esponja y el jabón.

—No seas sucio, no te has tallado.

Lo miré incrédulo, parpadeando un par de veces antes de reír. Estaba tratando de amenizar un poco el incómodo momento, quería darle vuelta a la página y yo se lo agradecí infinitamente a pesar de sentirme culpable.

Terminamos bañándonos el uno al otro, haciéndonos peinados chistosos con el champú y acariciándonos. De pronto nos entró un poco de pereza. Aún dentro de la tina, me acerqué a él hasta sentarme entre sus piernas, me recibió gustoso y de inmediato me rodeó con sus brazos antes de que pegara mi espalda a su pecho. Así terminamos: abrazados, él con su barbilla en mi hombro y yo acariciando sus brazos que me rodeaban, amaba sentir la suavidad de sus músculos, de su piel, sentir también su calor. Estuvimos en silencio por largo rato, podía escuchar su respiración muy cerca de mi oído, podía sentir cómo de repente depositaba tiernos besitos en mi hombro desnudo. Y yo me dejaba querer, regresándole ese amor en caricias. Nos habríamos quedado en esa larga y cómoda letanía por más tiempo si no fuera por el agua de la tina que muy pronto perdió su temperatura caliente.

No sabía qué haríamos cuando Yurio se fuera a vivir definitivamente con Otabek. Nos ayudaba tanto con Alexei y con las tareas del hogar, que Viktor y yo podíamos disfrutarnos un par de horas al día, como pareja. Yo comenzaba a desesperarme un poco, no me dejaban hacer absolutamente nada, ni siquiera cambiarle el pañal a mi hijo. Viktor y Yurio se habían dividido las tareas del hogar, era adorable ver a mi esposo haciendo las tareas domésticas que tanto odiaba hacer, tales como planchar ropa y aspirar. Era adorable, porque yo sabía que todo lo hacía por nosotros, su familia, y no me dejaba mover ni un dedo. Fue así hasta que se cumplió el mes de la intervención, fuimos con la doctora y…

—Todo va perfectamente bien. La evolución es exitosa, si sigue así, tendrás un embarazo con el menor porcentaje de riesgo.

Mi corazón se aceleró por la felicidad, casi pude jurar que el de Viktor estaba igual, me había apretado la mano con mucha fuerza, el pobre había estado tan ansioso como yo.

Luego de esa consulta me dieron un poco más de libertad, finalmente pude retomar algunas tareas diarias como cocinar y pequeñas cosas que no requerían esfuerzo físico. A pesar de que la doctora me dio luz verde para ello, Viktor me sobreprotegía y no quería que hiciera nada, tampoco quería irse a trabajar, y vaya que lo necesitaban para poner orden en su nueva academia de patinaje.

Después del primer mes, la realidad me golpeó con fuerza. Estoy embarazado… yo… un hombre embarazado. Me costaba creerlo a pesar de estar viviéndolo en carne propia, todo era tan irreal y hermoso al mismo tiempo. Me sentía sumamente afortunado al poder experimentar todo esto, al poder darle un hijo al amor de mi vida. Sí, aún me costaba trabajo creer que estaba sucediendo.

A veces me despertaba en medio de la noche, agitado por las pesadillas que me atormentaban, pesadillas en las que perdía a mi bebé. Siempre que abría los ojos, lo primero que hacía era llevar las manos a mi vientre, tan plano como de costumbre, aún no aumentaba ni un centímetro en tamaño, sin embargo, eso me daba calma. Saber que dentro de mí se formaba un hermoso bebé, sobre todo muy sano, eso me tranquilizaba y me ayudaba a conciliar el sueño, claro, no sin antes buscar a mi esposo entre las sábanas para acurrucarme a su lado o sobre él.

—¿Pesadillas? —solía preguntarme con su voz grave y adormilada, apenas abría los ojos, mostrándome el bello celeste de su mirada. Era adorable cómo luchaba contra el sueño para mantener abiertos sus ojos.

Yo sólo asentía con la cabeza para enseguida sentir cómo me rodeaba con sus cálidos brazos, acunándome contra su pecho antes de besar mi frente con un infinito amor que me colmaba de paz. Segundos después un tierno y suave ronquidito salía de sus labios, anunciándome que ya había caído rendido al sueño. Después de eso yo tardaba muy poco en caer al mundo de los sueños también, sintiéndome seguro y acogido por sus brazos y su piel expuesta, porque eso sí… no había perdido su costumbre de dormir en ropa interior, cosa que sinceramente yo disfrutaba mucho.

A la mañana siguiente, luego de esa última pesadilla, Viktor se levantó temprano, pues lo había convencido de ir a la academia a hacer acto de presencia y así agilizar los últimos arreglos para poder abrir el establecimiento al público. Sin embargo, el destino tenía planeada otra cosa para ese momento.

Yo seguía en cama, cubierto con el edredón de plumas hasta la cabeza, tenía mucho frío. Desperté cuando sentí un peso extra a mi lado, junto con el penetrante y cálido aroma a café recién hecho. Arrugué la nariz y me hice bolita en mi lado de la cama, no quería moverme, me sentía extraño.

—Yuuri, amor —me llamó en voz bajita—. Estoy por irme, te dejé el desayuno listo sobre la mesa, ve antes de que se enfríe, son hot cakes con mantequilla y miel extra, tal como te gustan.

Fruncí más mi ceño, y sin salir de mi escondite, refunfuñé un poco. Eso hizo reír a mi esposo, pero es que él no entendía que no debía comer yo esas cosas o me harían engordar, después de todo tenía estrictamente prohibido hacer ejercicio, así que me haría una bola muy fácilmente si me descuidaba.

—Gracias, Vitya —murmuré roncamente, sin salir de mi escondite.

—¿Te sientes mal? —preguntó con un tinte de angustia en su voz.

—Estoy bien —respondí antes de un largo suspiro, pero entonces él levantó el edredón y nuestras miradas se cruzaron.

—No estás bien —su expresión era de espanto—. ¡Yuuri! Estás tremendamente pálido.

Fruncí más el ceño y cerré los ojos, todo me había empezado a dar vueltas. Intenté incorporarme, pero no pude, Viktor lo notó y me ayudó a quedar sentado en la cama. Me llevé una mano a la cabeza, estaba completamente mareado, hasta que ese horrible aroma inundó mis pulmones. Miré sobre el buró, una taza de café negro yacía sobre la fina madera del mueble. Mi estómago se revolvió más e intenté levantarme de un brinco del colchón, pero mi debilidad y mareos no lo permitieron.

—¿Qué ocurre? —se espantó.

Me llevé una mano al estómago y otra a la boca. Vi la expresión espantada de mi esposo y traté de calmar mis nauseas, pero…

—Necesito ir al… —no pude terminar la oración, pues una carga de vómito salió directo desde mi estómago hasta el piso de mi habitación. Al menos había alcanzado a girar mi rostro para que no cayera sobre Viktor o sobre la cama. Pero aun así, no dejaba de ser completamente repulsivo el asunto. Devolví los pocos alimentos que tenía en mi estómago y sentí un repentino alivio al hacerlo, alivio que duró muy poco, pues las náuseas volvieron.

Fue hasta varios minutos después de vaciar todo mi estómago, que me percaté de cómo Viktor había reaccionado. Yo sabía que él odiaba el vómito, era de los que devolvían el estómago instantáneamente al ver que alguien más lo hacía, pero en esta ocasión no fue el caso. Se había subido a la cama, me ayudó a inclinarme lo suficiente sobre el borde del colchón para que todo el contenido de mi estómago cayera sólo sobre el piso, frotó mi espalda en todo momento, dándome consuelo mientras buscaba qué cosa darme para que me limpiara el rostro.

—¿Mejor? ¿Ya salió todo? —preguntó con una naturalidad de envidia.

—Esto es asqueroso —logré decir, sintiendo ese horrible escozor en mi garganta, acompañado de las lágrimas que se desbordaban por mis ojos debido al esfuerzo.

—Vaya que sí.

—No me ayudas —lo miré de mala manera, él sólo rio, evitando ver mi vómito a toda cosa. Sabía el esfuerzo que estaba haciendo, y se lo valoraba bastante, sin embargo, me sentía pésimo como para valorarlo en ese momento.

—¿Quieres lavarte?

—Por favor —casi supliqué. Me tomó en brazos y me llevó al baño.

—¡¿Qué pasó?!

Escuché la voz de Yurio, espantado y caminando con pisadas rápidas y pesadas a través del pasillo.

—Náuseas matutinas —respondió Viktor con tranquilidad.

—Oh… que mal.

Casi sentí compasión en su tono, sólo entorné los ojos hacia él antes de que Viktor me bajara frente al lavabo, donde me lavé los dientes y el rostro. Me sentía tan débil que sólo quería sentarme sobre el frío azulejo del baño y quedarme ahí hasta el día siguiente. Pero Viktor no se apartó de mi lado en ningún momento. Se quedó conmigo el resto del día, canceló sus planes y me cuidó con un amor y dedicación que me hicieron sentir el hombre más afortunado del mundo.

Me sentí muy avergonzado cuando no me dejó limpiar el desastre que hice, en su lugar, limpió todo y me trajo algo de fruta. Él insistía en que comiera algo, pero yo no podía.

—Sólo un poco, te hará daño si no comes —se sentó a mi lado en la cama, extendiéndome un poco de fruta picada.

—¿Quieres que vomite de nuevo? —murmuré, cubriendo mi boca con una mano. Todo en esos momentos me causaba náuseas. Era horrible.

Él suspiró, dejó la fruta de lado y se sentó a mi lado para atraerme a su cuerpo en un cálido abrazo que me reconfortó tanto que me quedé dormido. Desperté tiempo después. Cuando abrí los ojos, fui consciente de los dedos que acariciaban mi rostro y se perdían en mi cabello, dando suaves caricias muy placenteras.

—Despertaste, dormilón —me dijo con su linda voz traviesa.

—¿Qué hora es? —me tallé los ojos con pereza.

—Casi es hora de comer.

—¿Dormí toda la mañana? —me espanté.

—Yurio ya está preparando la comida.

—Oh… debo ayudarle a… —Viktor me detuvo y señaló de inmediato a mi hijo, dormido junto a mí, apretando mi ropa con sus manitas—… Alexei —susurré—. ¿Qué hace aquí? —pregunté en voz muy baja, acariciando su cabecita y mirando a mi esposo.

—Se preocupó por ti. Es un bebé muy listo, sintió que algo no andaba bien y no se te despegó en ningún momento.

Me sentí culpable, pobre de mi bebé.

—Yurio también es un bebé muy listo —se burló un poco—. Ha estado al pendiente de ti toda la mañana.

No pude evitarlo, me sentí amado y rodeado de cariño.

A partir de ese día, mi pequeña y hermosa familia se volvió doblemente sobreprotectora. No me dejaban hacer absolutamente nada, y cuando se me ocurría intentar algo, me reprendían. A veces me fastidiaba un poco, pero terminaba recordando que era por el bien del bebé que crecía en mí, y con eso bastaba para que obedeciera cualquier orden.

Logré pasar mucho tiempo de calidad con mi hijo. Pasábamos gran parte del día jugando en mi cama, con sus juguetes o con Makkachin. Viktor se nos unía cuando volvía a casa luego de trabajar, y pasábamos un grato momento, hasta que…

—¡Uio! —sus ojos azules se iluminaron al ver a su tío "Uio" asomar la cabeza por la puerta de nuestra habitación. Él tenía la costumbre de avisarnos cuando llegaba a casa luego de la escuela. Y Alexei se emocionaba tremendamente al verlo porque sabía que su tío lo salvaría del aburrimiento, pues le encantaba jugar con él, cargarlo en sus hombros y correr así con él por todo el departamento hasta cansarlo, logrando lo que pocos podían: Hacer reír a mi hijo a carcajadas.

—Ya lo perdimos —se burló Viktor al ver que nuestro hijo nos ignoraba y extendía sus bracitos hacia Yurio.

—Yuri ¿No estás cansado? —le pregunté, después de todo venía de la escuela.

—No —respondió sin mirarme, yendo directamente hacia mi hijo para tomarlo en brazos y llevárselo para jugar con él—. Aprovechen el rato a solas —dijo antes de salir al pasillo, no pasaron ni dos minutos para que escucháramos las risas encantadoras de nuestro hijo.

—¿Qué quieres que hagamos? —me preguntó Viktor, acariciando mi cintura.

—Dormir —sonreí con un poco de vergüenza.

—Estoy totalmente de acuerdo —rio y me rodeó con sus brazos, yo me acurruqué hacia su pecho y no tardé mucho en caer rendido al sueño.

Cuando cumplí los dos meses de gestación, ninguno en casa lo podíamos creer. El sueño se hacía cada vez más real y tangible. Todo iba tan bien que me daba miedo. Fuimos a la consulta mensual con la doctora, me hizo un ultrasonido y…

—¡¿Ese es nuestro bebé?! —preguntó Viktor, totalmente asombrado al ver la imagen en el monitor.

—Es muy pequeño aún. Todavía no supera los dos centímetros de tamaño —explicó con una sonrisa.

Yo no podía creerlo. ¡Estábamos viendo a nuestro hijo en la pantalla!

Miré a mi esposo y noté sus ojos llorosos, acompañados de una hermosa y plena sonrisa. La felicidad desbordaba por cada poro de su ser. Entonces fui consciente de que me encontraba en la misma situación, no podía contener mi felicidad y ésta fluía fuera de mí a través de lágrimas.

De pronto sentí la mirada de Viktor sobre mi vientre, parecía curioso, observando cómo la doctora deslizaba el aparato por mi piel para tener mejores ángulos de nuestro hijo. Observé su expresión y casi pude adivinar lo que pasaba por esa cabecita loca.

—¿Es normal que aún no se le note el embarazo?

Sí, no estaba tan equivocado, sabía que preguntaría algo así.

—Completamente normal, tiene muy poco aún—casi rio.

Las mejillas de mi esposo se tiñeron tiernamente de rojo.

—El aumento de volumen vendrá después, cuando menos se lo esperen.

La doctora Kubo imprimió la captura del monitor y nos la dio para guardarla de recuerdo: la primera fotografía de nuestro bebé. La prueba tangente de que estaba ahí presente, aunque nadie se diera cuenta.

Después llegó la hora de medir mi peso…

Había aumentado ligeramente más de lo permitido en ese mes.

—Yuuri, debido a que no podrás hacer ningún tipo de ejercicio durante el embarazo, será estrictamente necesario que mantengas una dieta balanceada y con ciertas restricciones.

Me avergoncé, sí, había sido un poco irresponsable al respecto.

—¿Tuviste muchos antojos? —me preguntó con su sonrisa siempre afable.

—En realidad aún no los he experimentado —miré a mi esposo—. Es su culpa que haya aumentado de peso —lo miré acusadoramente. Él hizo una expresión de completo asombro, muy mal fingida, por cierto.

—¿¡Yo?!

—Sí, tú. Preparándome siempre tus hot cakes con miel extra.

—Bueno, de ahora en adelante, quedan prohibidos. Podrás comerlos muy esporádicamente —miró a mi esposo—. Hay que ayudar a Yuuri a que su dieta sea un poco más balanceada.

—Entendido —asintió con mucha seriedad, luego me miró y…—. aprenderé a cocinar más cosas —sonrió casi con malicia. Yo ya me veía comiendo sus experimentos fallidos.

Narradora.

—Deberíamos decirle a nuestras familias —dijo Yuuri de pronto. Él y su esposo estaban sentados en la alfombra de la sala, jugando con Alexei y sus juguetes.

—¿Decirles qué? —preguntó, distraído mientras ayudaba a su hijo a construir un castillo de bloques.

—Sobre mi embarazo. Ya tengo casi tres meses —inconscientemente se llevó una mano a su aún plano vientre.

El ruso dejó de jugar con su hijo y puso total atención en Yuuri.

—¿Crees que ya es tiempo?

El japonés se encogió de hombros, aún dudoso.

—¿Cómo crees que reaccionen tus padres?

—No lo van a poder creer. De hecho… —se sonrojó—… mejor me gustaría esperar un poco más. Me da algo de vergüenza.

—¿por qué? —se asombró.

—Un hombre embarazado —dijo, obviando la situación.

—Sí, lo sé, es muy extraño, pero… ¡Seremos padres!

Yuuri sonrió. Su amado tenía razón, nadie podría quitarles la felicidad y el gusto de tener un hijo, por más raro e increíble que fuese el proceso.

—¿Crees que pueda viajar? Me gustaría darle la noticia en persona a mi familia.

La expresión de Viktor se contrajo en una mueca de desacuerdo.

—A mí también me gustaría hacerlo en persona, pero, amor…

—Sí… —suspiró—…sería arriesgado en mi condición.

—Y no me gustaría movernos de San Petersburgo hasta que tengamos a ese hijo entre nuestros brazos. Porque… ¿Y si se nos ocurre salir y pasa algo estando lejos de la doctora Kubo? Ella es la única que podría atenderte. No, no hay que arriesgarnos.

Yuuri esbozó una tierna y pequeña sonrisa. Amaba ese lado sobreprotector de Viktor, aunque a veces lo sacara de quicio.

Fue hasta varios días después, cuando decidieron hacer video llamada con la familia Katsuki para darles la buena y gran noticia. Ninguno de los Katsuki podía entenderlo y mucho menos creerlo.

—¿Es una broma? —preguntó Mari.

—¡No! —exclamó Yuuri con un gran sonrojo—. Es real —les mostró el ultrasonido del segundo mes.

—Vaya… —no sabían cómo reaccionar.

—¡Es una noticia increíble! —casi gritó Hiroko—. No puedo creer que la ciencia haya llegado tan lejos como para lograr algo así, pero… —miró a su hija y a su esposo, aún asombrados—… ¡Es magnífico! ¡Seremos abuelos de nuevo! —abrazó a su esposo, sólo así éste salió de su estupefacción.

—Es… no puedo creerlo —habló por primera vez Toshiya. Muchos sentimientos encontrados lo invadieron, recordando aquellos días hace años en los que veía cómo Viktor pretendía a su hijo y cómo éste se había enamorado perdidamente de ese ruso. Debía admitir que en su momento le sorprendió mucho que su hijo gustara de los hombres, incluso imaginó que sería sólo una etapa, que estaba cegado por la perfección de su más grande ídolo; pero ahora se daba cuenta de que lo de ellos era nada más y nada menos que amor puro, del verdadero. Definitivamente Viktor no habría encontrado a alguien mejor que su hijo, y su hijo tampoco hubiese encontrado a alguien que lo hiciera más feliz que ese ruso alocado.

—Papá ¿Qué piensas? —inquirió Yuuri al notarlo tan callado. El hombre lo miró y esbozó una sonrisa que pocas veces dejaba ver.

—Estoy muy, pero muy feliz por ustedes —respondió con mucho amor y orgullo en su voz—. Me gustaría estar ahí para abrazarlos a ambos.

—A mí también —a Yuuri se le inundaron los ojos con lágrimas—. Lo siento —de inmediato las limpió—. Estoy algo sentimental.

Viktor no dijo nada, sólo lo rodeó con un brazo por los hombros y lo atrajo hacia sí para darle un besito en la mejilla.

—¿Mi sobrino ya lo sabe?

—No, Mari, aún no —se rascó la mejilla.

—¿¡Y qué esperan!?

—No sabemos cómo reaccionará al saber que no será hijo único.

—Cuñado, tiene sólo un año.

—Y siete meses —corrigió Viktor.

—Por cierto… ¿Dónde está mi sobrino?

Yuuri giró la laptop y mostró a un entretenido Alexei jugando con un pequeño xilófono de juguete. Todos hicieron una bella exclamación de ternura al mirarlo. El nene reconoció las voces y gateó enérgicamente hacia la pantalla. Los observó con mucha atención, mirando a la pantalla y a sus padres simultáneamente.

—Cariño, di "hola" a tus abuelos y tía —le pidió Viktor con una linda sonrisita.

—Oa —musitó el pequeñín antes de regresar a su entretenido juego.

La familia Katsuki se enterneció por completo, querían comérselo a besos ahí mismo. Mari soltó un gritillo efusivo, lamentándose por no poder estar ahí.

La video llamada duró un rato más. Viktor y Yuuri les platicaban sobre su vida con el bebé y con el actual embarazo. El japonés estaba algo frustrado por el hecho de que casi no lo dejaban hacer nada, y se estaba perdiendo de poder tomar de las manitas a su hijo para ayudarlo a entrenar sus pasos por el departamento.

—Es mejor así, amor —dijo Viktor—. Te dolería la espalda si lo hicieras.

—¿Te duele la espalda? —se mortificó.

—El punto es, que es muy cansado traerlo por toda la casa de la mano —admitió—. Espero que pronto camine.

—Lo hará cuando menos lo esperen —comentó Hiroko, risueña—. Y andará corriendo por todo el lugar.

—Viktor ya se encargó de asegurar todo el departamento. Nuestro hogar es el lugar más seguro para un bebé —había un ligero tinte de burla en el tono de Yuuri.

El ruso sólo alzó una ceja, antes de ver que su bebé se quería bajar de la cama. Lo ayudó a hacerlo y lo dejó sobre la alfombra afelpada al pie de la cama. El nene comenzó a gatear por toda la habitación, curioseando por doquier mientras la charla seguía fluida y tendida entre sus padres y abuelos.

Y de pronto…

Sin que nadie se diera cuenta, Alexei se aferró con sus manitas a las cortinas, las jaló fuertemente y así logró ponerse de pie sin ayuda de nadie, sin que nadie se diera cuenta, hasta que Yuuri despegó la mirada de la pantalla y lo notó.

—¡OH POR DIOS!

Todos se sobresaltaron. Viktor alzó la mirada y se asombró al igual que su esposo.

—¿¡Qué está pasando?! —preguntó Mari, muy asustada.

—¡A-Alexei! —exclamó el japonés. No pudo decir más, giró la laptop para que su familia pudiera ver aquello.

El nene estaba de pie, aferrado a la cortina y mirando fijamente hacia delante, casi parecía que calculaba cómo dar sus primeros pasos.

Viktor y Yuuri contuvieron la respiración mientras lo veían. El ruso ya había sacado su teléfono móvil y grababa cada segundo.

Sin titubeo alguno, Alexei se soltó de la cortina y dio su primer paso. Todo iba bien, parecía seguro, hasta que se tambaleó ligeramente en el segundo paso, sin embargo, no cayó. Dio un paso más y al siguiente, cayó de sentón sobre la duela del piso. Alzó su carita seria hacia sus padres, los miró como si nada pasara y se dejó caer de espaldas al suelo, acostándose cómodamente en él y alcanzando uno de sus juguetes para tenerlo entre sus manitas.

Viktor y Yuuri volvieron a respirar antes de salir de la cama y abrazar a su bebé, llenándolo de besos y felicitaciones muy enérgicas, iguales a las que la familia Katsuki le decía con cariño desde Japón.

Ese día, hasta los Katsuki pudieron ser testigos de los primeros pasos de Alexei Nikiforov Katsuki.

Continuará…