Agape to Eros

By Tsuki No Hana

XLVI

"El embarazo no es fácil"

No, definitivamente sobrellevar un embarazo no era fácil, en especial si éste era en un hombre. Yuuri todavía sufría gracias a la gran cantidad de hormonas que invadían su cuerpo. Había días en los que le costaba demasiado ponerse de pie, y no porque no pudiera físicamente, sino que simplemente no tenía el ánimo necesario para hacerlo. Era en esos días cuando Viktor se convertía en su salvavidas, animándolo y consintiéndolo todo lo posible. Por otra parte, había días en los que amanecía radiante, feliz y con muchas ganas de hacer cosas distintas, tales como probar nuevas recetas de cocina que, tristemente, no le salían como esperaba. Ante eso, Yurio se burlaba un poco y Viktor aprendía lo que era estar en el lugar del conejillo de indias que prueba comida de dudosa toxicidad.

Pero fuera de eso, el embarazo iba realmente bien, no hubo presencia de complicaciones ni malestares fuera de lo normal. Yuuri atravesaba su cuarto mes de gestación y su vientre apenas se había abultado muy ligeramente.

Tenía la fortuna de que era otoño en Rusia, y ya hacía suficiente frío como para salir muy abrigado, porque eso sí, a partir del tercer mes, le permitieron poner un pie fuera del departamento, incluso la doctora le recomendó salir a dar pequeñas caminatas para activar su sistema circulatorio y mejorar su metabolismo.

En el último mes todo había sido mejor. Las náuseas matutinas habían desaparecido, y se sentía un poco más libre al poder salir de casa. La incomodidad en su cuerpo era mínima, pues cualquiera que lo viera, pensaría solamente que está ligeramente gordito.

—Amor, ve a sentarte. Yo terminaré de preparar la cena —llegó por detrás y lo abrazó, poniendo las manos en su vientre y acariciando su cuello con la nariz.

—Falta muy poco para que esté lista, mejor ayúdame a poner la mesa —sonrió como bobo por los mimos de su esposo, pero no detuvo lo que hacía.

—Por cierto, Yuuri ¿Qué cocinas?

Olía demasiado bien.

—Algo que nos encanta a todos en esta casa.

—¡¿Katsudon?! —se exaltó, emocionado como pocas veces—. ¿Por eso invitaste a Chris y a Otabek?

—Y a Irina también. Es que cociné de más. No tengo mucho qué hacer últimamente.

Viktor estaba tan antojado de katsudon, que dejó que Yuuri continuara cocinando. Le ayudó en todo lo posible, y un poco más tarde ya estaban todos cenando en familia. Yuuri se sentía muy feliz al tenerlos a todos ahí.

Últimamente la vida de los Nikiforov era así: tranquila, feliz, rodeados de sus seres queridos. Sentían que no podían pedir más a la vida. Yuuri miraba a todos mientras cenaban, eran una gran y feliz familia. Quería guardar ese momento en sus memorias para siempre. Y sin poder evitarlo, se llevó una mano a su ligeramente abultado vientre, y sonrió más al pensar en su bebé. Pronto se les uniría una alegría más a sus vidas.

Ya quiero que formes parte de todo esto —pensó el japonés, sin dejar de acariciar disimuladamente su vientre bajo la mesa.

De todos los presentes, sólo Yurio y Otabek sabían sobre el embarazo. Los Nikiforov estaban conscientes de que debían decírselo a los demás muy pronto, pero ciertamente les daba un poco de miedo su reacción.

Yuuri salió de sus pensamientos cuando sintió una mano sobre la suya en su vientre. Incluso dio un pequeño respingo.

—¿Todo bien, amor?

Se topó con los ojos celestes de su esposo. Asintió en una muda respuesta, sonriendo y dejando que su esposo le acariciara bajo la mesa.

—Iré por más vino —hizo el ademán de incorporarse, pero Viktor lo detuvo.

—No, amor. Yo iré, sigue cenando —besó su cabeza y fue a la cocina. Todo eso bajo la atenta y perspicaz mirada de Giacometti.

—Yuuri —llamó de pronto el suizo, en medio de la cena—. ¿Participarás en la siguiente temporada de patinaje? —esbozó una de sus sonrisas traviesas.

—Uhm… —titubeó—. No, yo… me tomaré un descanso y ayudaré a Viktor en su nueva escuela de patinaje.

Nuestra escuela de patinaje —corrigió el ruso, llegando de nuevo a la mesa y uniéndose a la conversación.

—Pero no por eso dejarás de patinar ¿O sí? no te he visto practicar ni una sola vez desde que me mudé a la ciudad. ¿Por qué no vamos a practicar mañana?

Los ahí presentes que sabían de la condición del japonés, se tensaron. Un silencio incómodo se hizo presente y ninguno supo qué decir.

—Vamos Chris, no lo presiones —intervino Irina—. ¿No ves que ahora es papá? Viktor tampoco ha vuelto a patinar en mucho tiempo, y no le veo lo malo, después de todo son los padres de este bebé hermoso —le pellizcó la mejilla a Alexei con mucho cariño, el pequeño la miró y sonrió. Por alguna razón le caía bien esa mujer de cabello pelirrojo y alocado.

Los que se habían quedado prácticamente sin respiración, tomaron una gran bocanada de aire. Irina los había salvado sin siquiera saberlo.

—Bueno, tienes razón —sonrió—. Imagino que ser padres de tiempo completo debe ser agotador ¿Les queda tiempo para el sexo?

—¡Chris! —Viktor le tapó los oídos a su bebé y lo miró muy feo.

—¿Qué? Él no sabe lo que es.

—No, pero repite todo lo que escucha, así que cállate —espetó Yurio.

—Bueno, bueno —suspiró—. ¿Quieren más vino? —alzó la botella y todos extendieron sus copas, excepto Irina y Yuuri—. ¿Ustedes no quieren?

—No, gracias —sonrió Yuuri.

—¿Por qué? —insistió Chris, presionado cada vez más.

—Porque…

—Él es el padre responsable esta noche —Viktor alzó su copa—. Me toca beber a mí —rio como bobo.

—Pero una copa no hace daño, Yuuri… —fue interrumpido.

—¿Cómo va la escuela de patinaje? —inquirió Otabek, con su seriedad de siempre. Yurio sonrió para sus adentros, su novio era un héroe para él. Estaba embobado y no podía evitarlo.

—¡Muy bien! —respondió Viktor con efusividad, feliz por poder cambiar de tema—. Está lista para inaugurarse, en cualquier momento podremos abrir las puertas, pero…

—¿Pero? —Chris alzó una ceja.

—Nos faltan maestros. Tengo a Yuuri, a Yurio, a ti, estoy yo y… —miró a Irina.

—Sabes que lo haré con mucho gusto —respondió la pelirroja.

Viktor le sonrió con mucho cariño.

—Gracias, a todos. El comienzo será difícil, pero con el tiempo sé que logrará ser un muy buen negocio. Conseguiremos más maestros y a algunos administradores. Cuando tengamos todo eso, abriremos.

—Mi papá está buscando a gente competente para que te ayude con la administración.

—Gracias Yurio —se sintió aliviado y feliz al poder tener el apoyo de todos.

—Yo también puedo ayudar, tanto en lo administrativo como en la enseñanza —se ofreció el kazajo.

—Otabek… —se asombró—. Muchas gracias —sonrió y los miró a todos—. Su trabajo no será en vano ni gratis, los recompensaré.

—Sí, sobre eso… —Chris puso ambos codos sobre la mesa—. Quiero hablar sobre mis honorarios.

—¡Por supuesto que tendrán un sueldo y…!

Chris lo interrumpió con su risa.

—Estoy bromeando, no te estreses, ayudaremos en todo lo que se pueda, con mucho gusto —le guiñó un ojo—. Aunque podría cobrarte además con otro tipo de remuneración —miró a Yuuri y le guiñó un ojo—. Podrías prestarme a tu esposo un fin de semana.

—¡Christophe! —exclamaron Yuuri, Viktor y Yurio al mismo tiempo, escandalizados.

El suizo sólo se echó a reír.

—Extrañaba tanto esto —suspiró con satisfacción y se recargó contra el respaldo de la silla—. Y el katsudon estuvo tan delicioso como el de tu madre —miró a Yuuri—. Mi estómago está feliz. Masumi se perdió de esta gran cena.

Yuuri se sonrojó levemente porque hasta ahora, todos habían halagado su talento para hacer katsudon, incluyendo al siempre estoico Otabek.

—¿Dónde está tu esposo? —preguntó Irina.

—Trabajando —se encogió de hombros, pero sin borrar una sonrisita traviesa de sus labios, sabía que al regresar a casa, su esposo y él tendrían una deliciosa sesión de sexo, incluyendo crema batida y chocolate líquido.

—¿Y Stèphane? —inquirió Viktor. Tenía tiempo de no ver al médico a pesar de que vivía en el piso de abajo, con Irina. Ambos eran pareja desde poco después de que Yuuri y él se casaran.

Irina soltó un pesado suspiro.

—Trabajando, hoy tiene guardia —trató de sonreír como siempre, pero no pudo hacerlo del todo.

Viktor no dijo nada, miró a su esposo y éste le dijo todo con su mirada, sí, Yuuri también había notado algo extraño.

Esa cena terminó sin más intentos de Chris por descubrir algo que desconocía hasta el momento, sin embargo, tenía sus enormes sospechas.

Comenzaron a despedirse, Chris le hizo prometer a Yuuri que al menos una vez al mes se reunirían a cenar katsudon como esa noche, la había pasado muy bien. Irina se fue a la cocina a ayudar con la limpieza para que no se les cargara la mano a sus amigos, y entonces fue ahí cuando Yuuri vio el momento perfecto.

—Amor, ve, está en la cocina.

—¿Crees que sea lo correcto?

—No sabemos qué le está pasando, pero algo pasa. Iré a dormir a Lyosha, tú ve a la cocina.

El ruso asintió y obedeció.

Cuando entró a la cocina, se encontró a su mejor amiga lavando los platos. Estaba tan sumergida en sus pensamientos que ni siquiera fue consciente de su presencia ahí.

—¿Todo en orden?

La aludida pegó un brinco del susto.

—¡Viktor! —se llevó una mano al pecho, completamente asustada.

—Ey, llenaste tu suéter de agua y jabón.

—Es tu culpa, me asustaste, tonto —frunció el ceño y siguió con su labor.

—Lo dejaste empapado, ¿no prefieres quitártelo?

—No.

—No hace frío, además… que horrible suéter —se burló un poco, tratando de comenzar una pelea amistosa con ella, jamás esperó que se le llenaran los ojos de lágrimas—. Oye… ¿Qué te pasa? —la tomó de los hombros y la obligó a mirarlo.

—Stèphane dice lo mismo de este suéter —hipó, trató de limpiarse las lágrimas con las manos, pero las tenía llenas de jabón.

Viktor guardó la calma, tomó sus manos y las secó con cariño y paciencia, dejando que se desahogara. Acercó dos bancos de la encimera y se sentaron en ellos.

—Dime ¿Qué sucede? —preguntó con tranquilidad.

Irina siguió llorando un poco.

—No me hagas caso, son tonterías.

—No lo son si te hacen llorar así —acarició sus manos con un gran cariño—. Vamos, dime. ¿Las cosas van mal entre Stèphane y tú?

—Para nada, es sólo que… —desvió la mirada—…él casi no está en casa, siempre tiene mucho trabajo, y lo entiendo, creme que sí. pero me gustaría pasar más tiempo con él. Los veo a ti y a Yuuri, incluso a Yurio y a Otabek —suspiró—. Quiero pasar más tiempo con mi novio, es todo.

Viktor sonrió con ternura.

—¿Segura que sólo es eso? —acarició su mejilla—. Te voy a ser muy sincero —se puso serio de pronto—. Desde hace un par de meses, Yuuri y yo te hemos notado algo diferente. En un principio pensamos que quizás te habías resfriado, pero… el tiempo pasa y seguimos notando que algo no va bien ¿Estás bien de salud?

Sus ojos azules se llenaron nuevamente de lágrimas.

Irina no dijo nada, sólo se echó a los brazos de Viktor y lloró sobre su hombro. Era un llanto amargo que sólo incrementó las preocupaciones del ruso.

—Dios, Irina, me estás preocupando mucho.

—Yo estoy bien, no estoy enferma —murmuró contra la tela del suéter azul de Viktor.

—¿Entonces qué ocurre? —la obligó a separarse del abrazo. Su corazón se apachurró al ver esa sonrisa tan hueca en la siempre amable expresión de Irina.

—No preguntes, Viktor, por favor. Me ayudas mucho al dejar que me desahogue, eso vale tanto para mí —acarició su mejilla—. Yuuri y tú, discúlpenme por preocuparlos así. Prometo que les diré qué ocurre, sólo necesito pensar bien las cosas ¿Si? —lo miró con un amor infinito y extraño. Viktor no supo cómo interpretar aquello. Irina lo miró, se mordió el labio inferior y se volvió a echar a sus brazos un poco más.

El ruso la conocía y sabía que en momentos así era mejor no preguntar. Así que se abstuvo a simplemente abrazarla y dejarla llorar. Cuando al fin tuvo suficiente, se separó del abrazo y se limpió el rostro.

—¿Estás mejor?

—Sí, frentón.

El ruso soltó una risa llena de sorpresa.

—Sí, sin duda estás mejor —pasó un brazo por los hombros de ella y salieron juntos de la cocina, sólo para toparse a Yurio y a Otabek comiéndose a besos en el recibidor.

Viktor carraspeó mientras que Irina se aguantó una risilla.

Los enamorados se separaron de inmediato. Las mejillas del rubio se tiñeron de un rojo intenso, mientras que Otabek simplemente desvió la mirada, avergonzado y ligeramente sonrojado.

Yuuri regresó después de haber acostado a su hijo, se topó a todos en el recibidor, despidiéndose, Viktor aprovechó eso, tomó a Yurio de su chamarra y lo jaló hasta llevarlo lo suficientemente lejos para que nadie escuchara lo que le iba a decir.

—¡Ya, ya! —se quejó, zafándose del agarre bruscamente—. No te atrevas a reprocharme que estuviera besando a mi novio en la casa, cuando el cerdo y tú…

—¿Por qué no pasas hoy la noche con él? Es obvio que se extrañan, y ahora que viven en la misma ciudad… —resopló—… no pierdan el tiempo.

Yurio abrió enormemente sus ojos. No podía creer lo que escuchaba.

—¿Estás hablando en serio?

—Por supuesto.

—Pero…

—Tu padre no se enterará de nada. Aunque ya va siendo hora de que le digas que te mudarás con Otabek, por cierto… ¿cuándo te mudarás? Yuuri y yo tenemos que empezar a hacernos la idea de que nos abandonarás.

—No seas dramático —sonrió, pero se entristeció en seguida. Se encontraba en un gran conflicto en esos momentos—. Me mudaré cuando Otabek tenga su departamento por completo amueblado, ya sabes cómo es él —se encogió de hombros.

—Es un buen chico para ti.

—¿"Buen chico"? Viejo, ya no somos adolescentes.

—Para mí siguen siéndolo —le revolvió los cabellos.

—Con esa frase sólo te ves más viejo de lo que eres.

Viktor se rio, ya no le seguía el juego, no por completo.

—Bien, entonces me iré con Beka.

—Sólo porque mañana es sábado y no vas a la universidad.

—Yo no, pero él sí trabaja.

—¿Tu papá lo explota?

—No realmente —rio—. Mi viejo se ofreció a darle unas clases avanzadas de finanzas que acostumbra dar en posgrados. Otabek está aprovechando al máximo.

—Espera —lo detuvo antes de que se fuera—. ¿Otabek vino en su moto?

Yurio rodó los ojos.

—¿No te diste cuenta?

—¿De qué?

—¡Viene de traje! Obviamente viene del trabajo ¿Crees que iría en motocicleta al mismo sitio que mi padre?

Viktor suspiró, tenía razón.

—Además, ¿De cuándo acá no te gustan las motocicletas? —sonrió con burla—. La paternidad te está cambiando, Nikiforov —se burló—. Bueno, me voy.

Yurio llegó con los demás, tomó a su novio de la mano y con una gran sonrisa le dijo que pasaría la noche con él. Los ojos del kazajo brillaron con emoción que no se molestó en expresar más que con una mano en la cintura de su novio, acariciándolo con cariño.

Cuando los Nikiforov se quedaron solos al fin, se dirigieron a su habitación para descansar luego de un día largo. Viktor se sentó en la orilla de la cama para quitarse los zapatos y calcetines, mientras lo hacía, miraba a su esposo desvestirse poco a poco. No pudo evitar perderse en su figura, en su manera de quitarse esas capas de ropa extra que utilizaba para que su embarazo pasara desapercibido. El japonés se quedó en ropa interior y sólo se puso una camiseta holgada y afelpada para dormir. Cuando se dirigió a la cama, vio que su esposo no se había cambiado aún, en cambio, no dejaba de mirarlo. Realmente estaba con su mirada perdida en él, y eso, a esas alturas, hacía sentir muy bien a Yuuri.

—¿Qué ocurre, Vitya? —soltó una risita dulce y suave.

El aludido reaccionó y sonrió como tonto.

—Eres hermoso —se incorporó sólo para atraparlo entre sus brazos y caer cuidadosamente con él sobre el colchón. Se desvistió ahí mismo, arrojando la ropa al piso hasta quedar sólo en ropa interior. Apagó la luz de su lámpara en el buró y dejó que su Yuuri lo abrazara como almohada.

—¿Hablaste con Irina?

—Sí, no quiso decirme qué pasaba. Dice que todo va bien con Stèphane, pero le gustaría pasar más tiempo con él.

—Qué complicada situación —suspiró.

—Por eso estoy feliz de que podremos tener nuestro negocio. Así, de alguna u otra forma, conseguiremos tener tiempo para los dos.

Yuuri sonrió, su esposo tenía razón.

Se quedaron en un cómodo silencio, hasta que el estómago de Viktor gruñó.

—¡¿Te quedó hambre?! —se burló el japonés.

—No es hambre, amor, comí de más —se quejó un poco, logrando que su esposo riera con ganas antes de acariciar la barriga de Viktor.

—Oh por Dios, sí comiste demasiado —se sorprendió—. ¡Tienes más barriga que yo!

Ambos se echaron a reír, andaban demasiado simples. Hasta que Viktor llevó su mano al vientre de Yuuri. El cambio en el cuerpo del japonés era muy mínimo, en realidad casi no se le notaba. Pero a Viktor le preocupaba un poco que su bebé no creciera. La doctora dijo que era normal, que en algunos casos el crecimiento del bebé se desarrollaba repentinamente entre el quinto y sexto mes. Sin embargo, Viktor se moría por ver la barriguita de Yuuri ya más grande, deseaba fervientemente poder sentir que su hijo o hija se movía dentro de su padre.

—Yo también quiero que ya crezca —murmuró Yuuri.

—Me leíste la mente.

—Llevas un buen rato acariciando mi vientre, no fue difícil imaginarlo.

—Es que… —acarició una vez más—. Es tan pequeño aún, ni siquiera parece que está ahí.

—Claro que sí, siente —tomó su mano y la llevó a su torso, la hizo descender poco a poco, hasta que se sintió el ligero cambio en el vientre—. ¿Sentiste la diferencia?

—Vaya… sí, la siento —se emocionó tanto que encendió la luz, quitó las mantas de por medio y le levantó la playera a su esposo.

—¡Viktor! —se quejó, pero el aludido no le hizo caso.

Observó de cerca el vientre de su Yuuri y… sí, sí se notaba ¿cómo es que no se había dado cuenta?

—Quizás no lo notaste antes porque… aumenté un poco de peso, y…

—Amor, has aumentado muy poco de peso, no es eso —recostó su cabeza en el pecho de Yuuri, mirando hacia su vientre, acariciándolo y haciendo círculos sobre su piel con los dedos.

El ruso suspiró pesadamente, pero no era un suspiro de cansancio, sino uno de completa fascinación y adoración. Estaba embelesado con ese pequeño ser que aún no llegaba al mundo. Yuuri se quedó dormido acariciando el cabello de Viktor y éste no podía dormir, imaginando cómo sería su bebé. ¿Heredaría su cabello? ¿Sus ojos? O mejor aún… ¿Heredaría la hermosa carita de Yuuri?

Se moría por conocerlo, no sabía cómo haría para esperar unos cinco meses más.

Pegó su oído en el vientre bajo de Yuuri, esperando escuchar algo, pero obviamente no pasó nada. No como cuando fueron a su cita con la doctora kubo al tercer mes. Jamás olvidaría la dicha y emoción que experimentó al escuchar el latir del corazón de su bebé. Yuuri y él habían llorado juntos ese día cuando el consultorio de la doctora se llenó con ese hermoso sonido.

Y con ese pensamiento y una gran sonrisa, se quedó dormido sobre su esposo, quien, horas más tarde, lo empujó lejos porque le dio calor.

Viktor no quería que hiciera aquello, pero si no lo hacía, se volvería loco encerrado en las paredes del departamento. Amaba vivir ahí, pero ya no soportaba tanto encierro. Aprovechó que la doctora le permitía una caminata diaria de quince minutos para salir y pasearse un rato por las calles de san Petersburgo, muy cerquita de su casa, pues tampoco quería perderse.

El problema era que salió de casa durante la siesta de Alexei, siesta a la que Viktor se le unió sin proponérselo. Aprovechó la oportunidad y salió de casa. No quería que su esposo lo acompañara, pues lo sobreprotegía tanto que no lo dejaba caminar a gusto. Se la pasaba diciendo "Yuuri, cuidado con el escalón", "Yuuri, camina más despacio", "Yuuri, no te acerques a ese perro", puro Yuuri esto, Yuuri aquello.

Necesitaba un respiro.

Otro problema fue que, salió de casa sin paraguas, y habían pronosticado un torrencial aguacero para esa tarde. Y Yuuri se dio cuenta de eso hasta que empezó a llover con fuerza. Frustrado y pensando en el buen regaño que le daría su esposo, comenzó a caminar rumbo a casa de nuevo, pero… por haber ido tan perdido en sus pensamientos, perdió el rumbo, no sabía dónde se encontraba. Tomó su celular y estuvo a punto de llamar a su esposo mientras caminaba apresurado, buscando algún lugar en dónde refugiarse de la lluvia, pero en ese momento un auto se detuvo frente a él y el piloto bajó la ventanilla.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue a su hermoso hijo durmiendo como un tronco. Se estiró perezosamente a lo largo del colchón y soltó un suspiro lleno de satisfacción. Buscó a su esposo con la mirada, pero no lo halló en la habitación.

—¿Amor? —murmuró con su voz adormilada y pastosa, pero al ver que no obtuvo respuesta, se incorporó de la cama y buscó a su amado por el departamento. Comenzó a alarmarse cuando no lo halló en el baño ni en la cocina—. ¿Yuuri?

Se espantó al no encontrarlo en ninguna parte. Le llamó al celular y no respondió. Aún en pánico, tomó a su hijo y salió corriendo rumbo al departamento de Irina, rogando al cielo que ahí estuviera. No entendía por qué no estaba en casa, ¿por qué no le había dicho que saldría? Tenía prohibido salir así sin más, era muy peligroso. Desafortunadamente tampoco lo halló con Irina, dejó a su bebé con ella y salió en su auto a buscarlo por la ciudad.

No podía creer que estuviera en la calle con ese mal clima, solo, sobretodo en su estado. Tenía entendido que no debía salir de casa. Por eso y más, no lo pensó dos veces antes de orillar el auto y bajar la ventanilla.

—¿Yuuri?

El japonés parpadeó, sorprendido.

—Otabek.

—Te estás mojando, sube —quitó el seguro de las puertas y Yuuri subió de inmediato al lado del copiloto.

—Muchas gracias, Otabek —tiritó de frío, el kazajo de inmediato le prestó su chamarra.

—No deberías estar afuera con este clima, ni siquiera estás bien abrigado.

—Lo sé —suspiró—. No vi el pronóstico antes de salir. Sólo quería caminar un poco.

—¿Y Viktor?

—Dormido, en casa con Alexei.

—Vaya, no sabe que saliste.

—Exactamente.

—Estoy por recoger a Yura de la universidad, está a dos cuadras de aquí. Luego los llevaré a casa ¿Está bien?

—Te lo agradezco bastante —suspiró aliviado.

Cuando el rubio se subió al auto, se llevó una enorme sorpresa al ver a Yuuri ahí, se puso feliz, hasta que lo vio empapado.

—Pero… ¿Qué rayos…?

Yuuri de inmediato le explicó lo que sucedió.

—Eres un cerdo muy terco —se quejó, en verdad enojado—. Te pones en riesgo sin pensar en los demás.

—No era mi intención, jamás pensé que ocurriría todo esto, sólo quería despejarme un poco —fue sincero.

El regaño de Yurio no disminuyó, lo reprendió casi como lo haría Viktor. Otabek conducía en silencio, sabía que lo regañaba porque lo quería y se preocupaba por él, pero…

—Yura —le dirigió una mirada desde el retrovisor. El rubio entendió y se contuvo un poco en su regaño.

—Hay demasiado tráfico —se quejó Yurio, en vedad molesto y refunfuñando—. El cerdo se va a resfriar si no se cambia rápido esa ropa —miró por la ventana, reconociendo el vecindario—. Beka ¿Y si vamos a tu departamento? está a cinco minutos.

—Me parece bien —giró en la primera esquina que encontró, saliendo del congestionamiento.

En el trayecto, Yurio llamó a Viktor para decirle que Yuuri estaba bien, que lo llevarían al departamento de Otabek para que se cambiara de ropa. Eso alteró los nervios del ruso, quien de inmediato emprendió marcha hacia el lugar.

—No, no es necesario que vayas, Otabek nos llevará a casa más tarde, cuando disminuya el tráfico —tenía la llamada en altavoz.

—No, iré ahora mismo —espetó con enfado—. Ya estoy en la calle de todas formas.

Yuuri sacó su teléfono y se asustó al ver todas las llamadas perdidas de su esposo. El móvil le había estado fallando desde hace tiempo, y por alguna extraña razón había dejado de sonar. Se sintió muy mal por eso.

Cuando llegaron al hogar del kazajo, Yurio empujó de inmediato a Yuuri a la habitación extra para que se quitara esa ropa mojada. Se fue a buscarle qué ponerse, y cuando regresó, entró sin tocar.

Yuuri se estaba quitando la última capa de ropa, quedando sólo con sus jeans, no se molestó en cubrirse cuando vio que era Yurio quien entraba, era su familia.

El rubio se quedó congelado en el umbral de la puerta, inevitablemente dirigió su mirada al vientre del japonés. Jamás lo había visto sin ropa después de la cirugía, incluso alcanzaba a apreciar las pequeñas cicatrices de las incisiones, junto con el ahora visible abultamiento en su vientre bajo. Era poco, pero se notaba ya, al menos estando sin ropa. No pudo evitar quedársele mirando, tanto así que, Yuuri terminó sintiéndose un poco incómodo, y se cubrió, algo nervioso.

—Lo siento, es sólo que aún no puedo creerlo —fue sincero—. Ten, son de Otabek, creo que te quedará —le extendió las prendas.

—Gracias, siento ser una molestia.

—Díselo al viejo, está muy enojado.

Yuuri suspiró, se sentía muy culpable por preocuparlo, pero quería hacerle ver lo fastidiado que estaba de permanecer encerrado tanto tiempo.

Otabek preparó té para todos. El japonés se disculpó una vez más por ser una molestia y agradeció toda la ayuda brindada.

—No tienes nada que agradecer —se sentó en el sillón individual, doblándose las mangas de la camisa de vestir hasta los codos, tenía calor. Habían aumentado la calefacción un poco, para que Yuuri entrara en calor.

—Claro que sí, incluso me prestaste ropa —se avergonzó un poco—. Gracias.

El kazajo esbozó una media sonrisa y tomó una de las tazas de té que estaban sobre la mesita del centro. Si algo sabía hacer bien en la cocina, era todo tipo de té. El abuelo Nikolai le había enseñado a hacer sus tés más deliciosos con las combinaciones más extrañas y deliciosas del mundo.

No pasó mucho antes de que el timbre del departamento sonara. El japonés pegó un brinco del susto. Estaba muy nervioso, sabía que recibiría un regaño de su esposo, se lo merecía después de todo. Suspiró y se preparó para lo que venía.

Yuri fue a abrir. Viktor lo saludó escuetamente y entró como alma que lleva el diablo. Estaba muy molesto. Fue directo hacia su esposo, y al saber que se encontraba bien, no se detuvo a confirmarlo, simplemente fue directo al regaño.

El japonés supo que estaba realmente enojado cuando vio sus labios formando una fina línea horizontal, y sus ojos celestes brillando peligrosamente en furia.

—Yuuri —se paró frente a él, apretando puños y dientes.

—Viktor —trató de sonreír, pero la mueca le salió demasiado chistosa.

Otabek y Yurio les dieron privacidad. Aunque no fue mucha, pues sólo se fueron a la cocina, desde donde se veía la sala.

—¿Por qué saliste de casa? —preguntó con tranquilidad, quería escuchar sus motivos antes de reclamarle algo, pero el tono que utilizó quizás no fue el más indicado. A Yuuri le pareció injusto.

—¿A caso no puedo salir de casa? —preguntó, desafiante.

—Sí, pero por lo menos avísame.

—Te dejé una nota sobre el buró.

—Sabes que nunca encuentro esas cosas.

—Una-nota-sobre-tu-buró —espetó.

—¿Tanto te costaba despertarme? ¿Por qué saliste así?

—Sólo salí a caminar, no es como que lo tenga prohibido.

—No, pero no deberías ir solo.

—Viktor… —se llevó una mano a la sien—… quería salir a caminar, solo, a mi propio ritmo, solo —suspiró—. ¿Es tanto pedir? Llevo meses encerrado.

—¿Solo? —sus hombros descendieron en una clara señal de tristeza.

—Amor, no me mal entiendas, pero… siento que me asfixio en casa, estoy cansado. Necesitaba unos minutos a solas, sólo unos minutos.

—No debes salir solo.

—¿¡Por qué!? —explotó.

—¡Porque estás embarazado! —explotó también—. ¡¿Entiendes la magnitud de la situación?!

—¡Pero claro que la entiendo! —apretó puños y dientes—. Y no por estar embarazado debo estar encerrado nueve meses en casa ¡Estoy harto!

—No por eso debes salir sin decirle a nadie, en plena lluvia y sin paraguas. Para colmo, no respondías mis llamadas. ¿Tienes idea del susto que me llevé al despertar y no encontrarte en casa? Fue… —se llevó una mano al pecho—… me asusté mucho, Yuuri. Si Otabek no te encuentra… —fue interrumpido.

—Estaba a punto de llamarte cuando él me encontró. No iba a pasar algo malo. No exageres.

—¿Que no exagere? —espetó—. La última vez que saliste así de casa, casi te da hipotermia. Ahora no eres sólo tú, sino nuestro hijo. Así que sí, voy a exagerar todo lo que me dé la gana. Vámonos a casa, ahora.

—Hey, idiotas —intervino Yurio, acercándose a ambos—. No peleen —se preocupó al ver que Yuuri estaba muy exaltado, respiraba agitadamente y Viktor no se estaba dando cuenta de eso.

Viktor lo miró de mala gana.

—Gracias por cuidar de Yuuri, pero ahora nos vamos a casa y… —fue interrumpido.

—Beka —dijo el rubio, y el aludido asintió antes de tomar a Viktor de un brazo y llevárselo a una habitación del segundo piso.

—¿Yuuri, estás bien? —puso ambas manos sobre sus hombros, notando que seguía agitado.

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí ¿Por qué?

—Bien —lo tomó del brazo y lo llevó a la misma habitación en donde estaba Viktor. Cerraron la puerta con llave desde afuera—. No saldrán de ahí hasta que solucionen este problema. No se pueden ir a casa con este pleito entre ustedes, asustarán a mi sobrino, así que… o solucionan este problema, o Alexei dormirá con Irina hoy.

—¡Yuri! Sácanos de aquí.

—No viejo. Arreglen sus conflictos —tomó a su novio de la manga de la camisa de vestir y se lo llevó a la habitación contigua.

Habían visto cómo la discusión entre ambos fue incrementando, así que armaron ese plan en la cocina.

—Debimos hacer eso cuando se pelearon hace años—murmuró Otabek, logrando sacar una risilla traviesa de su novio, quien se había sentado a sus espaldas para darle un masaje en los hombros—. Sabes que algún día se la cobrarán ¿Verdad?

—Tú y yo nunca peleamos, así que no podrán regresarla de la misma forma.

—Eso es lo que más me asusta.

De nuevo, Yurio se rio.

Mientras tanto, en la habitación de los reclusos…

Ambos estaban molestos. Yuuri no quería hablar, Viktor tampoco. Sin embargo, Yuuri seguía algo agitado por el enfado y el ruso se dio cuenta de ello.

—"¿Por qué saliste de casa?" —Yuuri rompió el silencio, repitiendo las palabras de Viktor—. ¿Es lo primero que se te ocurre reclamarme? —más que molesto, estaba resentido—. Sólo haces que me sienta como un recluso, Viktor, tengo derecho a salir a tomar aire fresco.

—Sí, lo entiendo —espetó, encarándolo—. Pero al parecer tú aún no entiendes el riesgo que corres al hacer algo así ¿Y si cruzas la calle y viene un auto? ¿O si te tropiezas? Esas cosas y más pasaron por mi mente cuando me di cuenta de que saliste. Yuuri, no es que quiera mantenerte recluso en casa, sólo temo por el bienestar tuyo y de nuestro hijo. Sé que son meses difíciles, pero es necesario ser así de precavidos.

El japonés lo miró con los ojos entornados.

—Dejé una maldita nota a menos de un metro de distancia tuya, salí a caminar, comenzó a llover y no pasó más. No pasó nada ¿Entiendes?

—¡Pudieron pasar muchas cosas y es lo que tú no entiendes!

—¡Pero no pasaron! Deja de sobreprotegerme tanto.

—No —sintió una punzada en el pecho, le dolía estar peleando con él.

—Necesito mi espacio, Viktor, entiéndelo. Sólo quería quince minutos sin alguien que me esté tocando la barriga todo el día, sin que me pregunten cómo me siento o si me duele algo, cada cinco minutos ¡Quiero un tiempo a solas! Lo necesito, no tengo ninguna distracción y me estoy volviendo loco. No entiendo que te enojaras tanto sólo porque salí… —fue interrumpido.

—¡Tú no entiendes! —gritó con tanto sentimiento y fuerza que se escuchó en todo el departamento—. No tienes idea de lo que sentí al despertar y no encontrarte. Dices que exagero, sí, lo hago porque la vida me tiene acostumbrado a ese tipo de cosas. Siempre el peor de los escenarios es el mío, siempre esa pequeña probabilidad de que algo malo pueda ocurrir, me toca —sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó salir—. Eres lo que más amo en este mundo, junto con Alexei y el bebé que esperamos. ¿Tienes idea de lo que se siente tener una familia tan hermosa y al mismo tiempo esa pésima suerte de siempre obtener el peor de los escenarios? ¿Lo entiendes? Creo que sí, porque sé lo mucho que has sufrido también, así que, por favor, entiéndeme.

Yuuri se quedó en silencio, un torrencial de emociones lo inundaron de pronto, no pudo controlarlo y terminó derramando gruesas lágrimas.

Si había algo en el mundo que Viktor no soportara, era ver llorar a su amado, no podía, y esa vez no fue la excepción. Sin embargo, se abstuvo de correr como idiota y tomarlo entre sus brazos.

—Está bien, lo entiendo —hipó, limpiándose las gruesas lágrimas—. Lo entiendo bien y lo siento. No lo volveré a hacer —respondió, resignado—. Maldición —espetó al ver que su llanto no cesaba por más que lo intentaba. No quería que Viktor lo viera llorar, así que se dio media vuelta, ajeno a que Viktor se había cruzado de brazos, impidiéndose a sí mismo ir y abrazarlo—. ¿Podemos irnos ya?

Listo, el problema se había solucionado ¿No? Si era así, no entendían por qué se sentían tan jodidamente mal.

—Yuri, Otabek —los llamó Viktor desde la puerta.

—¿Solucionaron el problema?

—Sí —respondieron los dos, sin muchos ánimos, desde adentro.

—No les creo —se alejó. Dejándolos ahí encerrados por más tiempo.

Viktor resopló, hastiado. Quería irse a casa.

Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que discutieron así, quizás años. Habían olvidado lo horrible que se sentía. Yuuri no le dirigía la palabra, ni siquiera la mirada. Y Viktor se encontraba en las mismas.

Yuuri se cansó de estar caminando de un lado a otro en la habitación, se sentía extraño, tenía mucho frío y comenzaba a sentir su nariz congestionada. Se recargó en una pared y Viktor lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre? —cuestionó el ruso, sin acercarse.

—Estoy cansado —admitió—. Quiero ir a casa.

Viktor suspiró y se quedó en silencio. Se cruzó de brazos nuevamente y se recargo de espaldas contra la pared opuesta de donde estaba su esposo. Pasaron casi una hora ahí encerrados. Comenzaban a pensar que Yuri hablaba muy en serio cuando decía que los dejaría ahí toda la noche si no se reconciliaban.

El mayor se espantó cuando vio que, después de esa hora de terquedad al no querer recostarse o siquiera sentarse en la cama de la habitación, Yuuri comenzó a sentirse mal. Era vulnerable en su estado, pero el japonés era el único que se negaba a aceptarlo del todo. Se llevó una mano a la sien y se recargó más en la pared, deslizándose inconscientemente contra esta, hacia el piso.

—Yuuri —no aguantó más y fue hacia él, tomándolo en brazos antes de que terminara de deslizarse hacia el piso—. ¿Qué te pasa? —preguntó, espantado. De inmediato le tocó el rostro, notando que tenía una ligera fiebre.

—Tengo sueño —fue lo único que dijo—. Quiero ir a casa.

—Demonios —masculló, tomó en brazos a su esposo y lo depositó en la cama.

—Pero estoy bien, sólo es eso —se talló un ojo con pereza. Estaba cuerdo y todo, sólo que el sueño le ganaba. Últimamente le pasaba que dormía mucho y ese día no había descansado como tenía por costumbre.

Viktor suspiró y se sentó a su lado, sin decir nada más, sólo haciéndole compañía reconfortante en silencio.

—Viktor.

—¿Sí?

—Perdóname —recargó su cabeza sobre el hombro de su amado, éste se sorprendió demasiado—. No debí ser tan irresponsable y egoísta. Sólo pensé en mí, perdón —se le quebró la voz en la última palabra. Eso quebrantó el orgullo de su esposo, quien no resistió más y lo rodeó fuertemente con sus brazos.

—Te perdono. Pero tú también perdóname, no debí hablarte de esa forma —acarició su nuca con mucho cariño, apretándolo hacia su cuerpo—. Perdóname por gritarte, mi amor —besó su cuello una y otra vez.

Quizás fueron las hormonas, tal vez la situación, o quizás ambas, lo que hizo que Yuuri se echara a llorar con fuerza.

Yurio y Otabek escucharon el llanto, eso los hizo correr para abrirles la puerta.

—¡¿Qué pasó?! —preguntó el rubio con espanto. Se calmó al ver a la pareja en medio de un emotivo abrazo.

—Lo siento —se disculpó Yuuri, aún llorando, ni siquiera podía hablar bien debido al llanto.

—¿Ya se reconciliaron o no?

Ambos miraron al kazajo y asintieron.

—Bien, ya pueden salir. Se tardaron mucho —espetó el rubio, suspirando y tallándose el puente de la nariz. Luego posó su mirada sobre Yuuri—. ¿Estás bien? —le volvió a preguntar, lo notaba extraño.

—Sí —se sorbió la nariz—. Perdón por molestarlos tanto.

—Ya deja de disculparte —rodó los ojos y volvió a suspirar—. Vayamos a casa.

—Tengan cuidado, aún llueve un poco —agregó Otabek y luego miró a su novio—. Mándame mensaje cuando lleguen.

—Sí —le dio un corto y dulce beso en los labios antes de irse con ese par de locos llorones.

—¿Puedo ir atrás? —preguntó Yuuri cuando llegaron al auto. Los rusos alzaron una ceja—. Estoy cansado, quisiera acostarme un momento.

—Vas a terminar rodando al piso —se quejó Yurio—. Mejor vete en frente y reclinas el asiento.

Yuuri volvió a llorar.

—¿Qué dije? —se espantó.

Viktor lo miró de mala manera antes de abrirle la puerta del copiloto a su esposo y ayudarle a reclinar el asiento. El silencio reinó de camino a casa. Al llegar, Viktor tomó en brazos a Yuuri y se lo llevó así hasta depositarlo sano y salvo en la cama de ambos mientras Yurio iba por Alexei a casa de Irina.

Makkachin corrió y se subió de un salto a la cama, echándose sobre un completamente dormido Yuuri. Viktor lo regañó por brincar así sobre él. El perrito bajó las orejas y el ruso se dio cuenta de que sí sobreprotegía un poco a su esposo.

—Lo siento, amigo —acarició su cabecita y lo dejó descansar a un lado de Yuuri.

Comenzó a desvestir a su amado para que pudiera dormir cómodo, pero fue ahí donde se dio cuenta de que la ligera fiebre que le había notado horas atrás, estaba un poco más marcada, incluso sus mejillas estaban sonrojadas.

No lo pensó dos veces antes de llamar a la doctora Kubo. Éste le dijo que no podían darle ningún medicamento debido a su estado. La única opción era bajarle la fiebre con baños apenas tibios, o aplicándole compresas frías sobre la piel. A Viktor no le gustaba el panorama, pues la doctora le dijo que, en caso de no mejorar, lo llevara cuanto antes al hospital.

—Demonios —masculló, pasándose una mano por todo el rostro.

Optó por aplicar compresas frías. Su esposo despertó temblando de frío.

—¡¿Qué pasa?! —se espantó.

—Tienes fiebre, debemos bajarla cuanto antes —le quitó el termómetro que le había puesto bajo la axila. Indicaba sólo un grado y medio más de lo normal.

—Oh… lo siento.

—Ya no te disculpes —besó su frente—. Duerme.

Esa noche no durmió, cambió las compresas frías una y otra vez, toda la noche hasta que la fiebre desapareció. Casi amanecía cuando le tomó la temperatura y vio que era normal. Exhausto, se echó a dormir a un lado de Yuuri, aún con su ropa puesta.

Poco después del amanecer, Yurio se asomó a la habitación. En ese momento Viktor tenía el sueño muy ligero, así que despertó de inmediato.

—Lo siento, no quería despertarte —murmuró Yurio, muy quedito—. ¿Cómo siguió?

El mayor se talló los ojos y bostezó.

—Se le quitó la fiebre ¿Ya despertó Alexei?

—No, pero no tardará en hacerlo.

Viktor se sentó en la orilla de la cama y se quedó mirando sus pantuflas por largo rato. Se moría de sueño.

—Yuri.

—¿Si?

—Dijiste que no te habías ido a vivir con Otabek porque aún no amueblaba su departamento…

El rubio abrió los ojos con sorpresa, había sido descubierto.

—…pero ayer que lo vi, noté que está perfectamente amueblado —entornó los ojos—. ¿Por qué?

El rubio se mordió el labio.

—¿No te sientes seguro de dar ese paso? —preguntó el mayor.

—No, claro que no es eso —se apresuró a corregir—. La verdad es que no quiero dejarlos solos. Siento que… —suspiró—…serían un desastre sin mí.

Viktor se quedó perplejo. Lo meditó unos segundos antes de reír un poco.

—Sí, en definitiva, seríamos un desastre sin ti. Pero tú necesitas hacer tu vida, te estás perdiendo de mucho por estar prácticamente cuidándonos.

—Ustedes son mi familia —aceptó sin tapujos y sin orgullo de por medio.

—Y lo seguiremos siendo.

—Y Alexei… —fue interrumpido.

—Él seguirá siendo tu sobrino. Sabes que te ama y… si a Otabek no le molesta, lo dejaremos con ustedes de vez en cuando para que Yuuri y yo nos podamos escapar un rato —sonrió.

Yurio sonrió también, le agradaba mucho la idea.

—Y bueno, dejaremos también al nuevo bebé.

—No te precipites, uno ya es bastante, dos, ni lo pienses.

—Ya quiero ver que digas lo mismo cuando te encariñes.

El rubio sonrió de lado.

—¿En verdad solucionaste las cosas con Yuuri? —lo miró, el pobre estaba cubierto con las sábanas hasta el cuello, profundamente dormido y con su carita hinchada por tanto llorar.

—Sí…

—No sonaste muy convencido.

—Es que me di cuenta de varias cosas —se avergonzó un poco—. Creo que soy demasiado sobreprotector con él.

—¿Apenas te das cuenta?

Viktor lo miró con tristeza.

—¿Lo soy tanto?

—Mucho, pero es normal en ti —se encogió de hombros—. Creo que el cerdo lo sabía ya cuando aceptó los términos y condiciones al tenerte en su vida.

—Yurio… —murmuró, entrecerrando los ojos, luego suspiró—. También me di cuenta de que odia que le acaricie el vientre todo el tiempo.

—¡Y cómo no! Nunca te le despegas y siempre lo estás hostigando. Yo en su lugar ya te habría dado un par de patadas.

El mayor palideció y entristeció un poco.

—Lo amas mucho y todo eso, lo sé. Pero ponte en su lugar unos momentos, piensa: está cargando con la responsabilidad de llevar a su hijo dentro, su cuerpo está cambiando de forma, su estabilidad emocional no existe, no puede comer todo lo que le gusta, le prohibieron hacer ejercicio, mucho menos patinar. Y a todo eso hay que agregarle el hecho de que su vida corre riesgo en todo momento.

Tras cada palabra, el nudo en la garganta de Viktor se fue haciendo más y más grande.

—Fue una estupidez que saliera de casa sin avisar, y más con el clima que hubo ayer; pero si te pones a pensar, el pobre necesitaba un respiro. Viejo, yo ya me habría vuelto loco en su lugar —chasqueó la lengua.

Viktor extendió su mano hasta alcanzar la mejilla fresca y suave de su amado. Yurio tenía razón, ambos se habían equivocado: Yuuri en salir sin avisar, y él en reaccionar de esa manera.

—¿Entonces…? —preguntó Viktor luego de controlar el nudo en su garganta—. ¿Te mudarás con Otabek?

—Lo haré —sonrió de lado—. Pero antes lo hablaré también con el cerdo.

Y así fue. Cuando Yuuri se recuperó, el rubio habló oficialmente con los dos.

—¿No les molesta? —inquirió el menor, sentado en la sala frente a ambos.

—¿Que hagas tu vida? Claro que no, Yurio, Viktor y yo ya nos habíamos preocupado. Pensamos que quizás tenías dudas.

—Para nada.

Yuuri se puso de pie e hizo que él lo imitara sólo para poder abrazarlo. Yurio se quedó estático.

—Gracias por todo lo que has hecho por nosotros —dijo en medio de abrazo—. Será difícil acostumbrarnos a que no estés todo el tiempo, pero estamos muy felices de que puedas vivir con la persona que más amas —se iba a separar del abrazo, pero en ese momento el rubio correspondió y lo apretó con fuerza.

—Gracias por darme una familia y un hogar cuando no tenía nada —dijo en voz baja, no quería llorar, pero sentía unas inmensas ganas de hacerlo.

—Y los seguirás teniendo, esta es tu casa ¿De acuerdo? —dijo Viktor, uniéndose al abrazo, dejando Yurio en medio del sándwich humano en el que se habían convertido.

—Y ustedes… ya no peleen, o me veré obligado a venir a encerrarlos.

Aún dentro del abrazo, Viktor y Yuuri se miraron a los ojos y sonrieron suavemente.

—No te preocupes, si lo volvemos a hacer, Irina te llamará.

—¡Viktor! —se quejó Yuuri, riendo y deshaciendo el abrazo para tomar a Yurio de las manos—. Esta es tu casa, esta es tu familia.

El rubio tragó en seco, tratando de ignorar el maldito nudo en su garganta.

—Extrañaré al bodoque.

—Estoy seguro de que él también te extrañará —Yuuri volvió a abrazarlo, estaba muy sentimental.

—¿Es buena idea que me vaya ahora? —preguntó, correspondiendo el abrazo—. Es decir, en tu estado.

—Está bien, Yurio. Créeme, si necesitamos algo, te llamaremos.

—Pero háganlo —apuntó a Viktor con un dedo.

Si el anuncio de que se iría, fue emotivo; el día en que se mudó, lo fue más. Las lágrimas no faltaron, casi como si no se fuera a mudar a quince minutos en auto de ahí.

Estaba molesto, no, estaba furioso.

Sabía que su relación con la federación rusa del patinaje era pésima, pero jamás imaginó que éstos intentaran frustrar sus planes de abrir la escuela de patinaje.

—Lo siento tanto, Viktor —suspiró Yakov—. Hablé con ellos, pero no aceptaron que intercediera por ti, quieren que seas tú quien busque solucionar esto.

—Pero… —jadeó, exasperado y al borde de la desesperación. No podía creer que le hicieran eso—…No puedo ir a Moscú.

—Serían sólo unos días.

—No puedo —espetó.

—¿Por qué? Viktor, si quieres abrir la escuela, tienes que ir y conseguir ese dichoso permiso.

—¿Por qué me odian tanto? Es decir… gané seis medallas de oro para Rusia ¿Es acaso muy poco? —odiaba ser petulante, pero en ese momento tenía todo el derecho de serlo y más.

—Eras muy rebelde ¿No lo recuerdas? —alzó una ceja—. Se te ocurrían cosas muy… digamos que la nación no estaba de acuerdo con algunas de tus ideas.

—¿Lo dices porque una vez usé patines blancos? Oh vamos, el color de los patines no define tu género sexual —rodó los ojos.

—También aquella vez que utilizaste un estilo andrógino ¿Lo recuerdas?

Claro que lo recordaba, fue aquel programa con el que Yuuri lo conoció, y fue el traje que, años después, Yuuri usó para su Eros.

—Demonios, ¿Siguen resentidos por eso?

—Y porque te casaste con un hombre, también porque adoptaste a Alexei.

—¡Estamos en el siglo XXI!

—Aunque no lo creas, y aunque no lo aparente mucho, nuestra nación está llena de racismo y homofobia. Viktor, no luches contra ellos, tú ya ganaste, tienes a tu familia y vas a abrir tu escuela. No permitas que ellos intervengan. Ve, busca el permiso y salte con la tuya, como siempre —sonrió, retador. Viktor lo miró pensativo unos segundos. Yakov pensó que aceptaría, grande fue su asombro al ver que no fue así.

—No puedo viajar en estos momentos. Gracias por todo el apoyo, Yakov, pero no lo haré —se puso de pie—. Mandaré a alguien más en mi lugar.

—No aceptarán ningún acuerdo si no vas tú, bien lo sabes —espetó, mirándolo salir de su oficina sin volver a mirar atrás.

Cuando llegó a casa, Yuuri de inmediato se dio cuenta de que algo ocurría con su esposo. Y Viktor no pudo callarlo mucho tiempo.

—No podré abrir la escuela de patinaje a menos que vaya en busca de un permiso a Moscú.

—¿Eso es lo que te tiene tan preocupado? —sonrió, divertido.

—Yuuri, son cinco días. La federación no me quiere dar el permiso porque tiene viejos resentimientos hacia mí —rodó los ojos—. Por lo que me explicó Yakov, temen que "promueva" la homosexualidad entre mis alumnos.

—¿Qué? Eso es una ridiculez.

—Por eso mismo dudo que sean sólo cinco días, temo que se alargue más de lo necesario y, amor, no te puedo dejar solo tanto tiempo. No en estas circunstancias —puso una mano sobre su barriguita. Estaba realmente preocupado.

—Vitya —susurró con amor, acarició su mejilla y lo miró a los ojos—. Tienes que ir. Nuestros planes no se pueden venir abajo sólo por la falta de ese permiso. Ve, haz lo que tengas que hacer para conseguirlo, y salte con la tuya.

El ruso soltó una risilla.

—Yakov me dijo las mismas palabras.

—Y tiene razón.

—Pero no puedes quedarte solo ¿y si te sientes mal? Yurio ya no está aquí, estarías solo con Alexei. No definitivamente no —suspiró y pensó en su difunto hermano, en situaciones como esas siempre tenía buenos consejos para dar.

—Viktor, no lo des por descartado. No estaría solo en realidad. Yurio siempre está al pendiente, Irina vive abajo y su pareja es médico. No tienes de qué preocuparte. Es más, no saldré esos días, para que estés tranquilo.

El ceño fruncido del ruso se suavizó. Conmovido, tomó la mano de su esposo y besó el dorso de ésta con completa devoción.

—No, mi amor, no te dejaré solo.

El teléfono celular de Viktor comenzó a sonar, era su mejor amigo avisándole por mensaje que iría a visitarlo en unos momentos.

—Mi vida —murmuró el ruso, Yuuri lo miró con una sonrisa de oreja a oreja, amaba que lo llamara así—. Chris viene en camino.

—¿Me pongo el suéter?

—Por favor.

Hacían eso desde hace un par de días. El embarazo empezaba a notarse cada vez más, y no había manera de ocultarlo más que poniéndose ropa holgada encima para disimular.

—Deberíamos decirle a Chris —murmuró Yuuri.

—Pienso lo mismo, pero…

—Se va a escandalizar.

—Exactamente —rio.

—Esperemos un poco más.

Momentos después llegó el invitado. Éste se quedó a cenar, pasaron un momento muy agradable recordando viejos tiempos, hasta que el tema del permiso salió a flote. Viktor se veía algo alterado al hablar de ello, le enojaba que frustraran sus planes por el simple hecho de no ser heterosexual.

Se hizo tarde y Yuuri no aguantó mucho, se moría de sueño. Se despidió de ambos y se fue a dormir. Esa noche Alexei no quiso dormir en su cuna, se aferró a los brazos de Yuuri y éste terminó llevándoselo a la cama.

—Cariño, cada día estás más pesado —le dijo antes de bostezar. El nene sólo le sonrió.

Se acostaron y cayeron rendidos al sueño casi inmediatamente.

En la sala del departamento comenzó una interesante conversación acompañada del vodka que Chris había llevado como obsequio. Viktor se limitó a beber sólo una copa.

—Entonces… es por Yuuri ¿Verdad? No quieres dejarlo solo en ese estado —fue directo al grano.

Viktor palideció.

—Sigues siendo tan observador —le dio un último trago a su vaso, terminándose el vodka.

—¿Crees que no me iba a dar cuenta? Es más que obvio para mí.

—Yuuri está embarazado —esperó que su amigo imaginara otra cosa y se sorprendiera al saber la verdad, pero no fue así. El suizo esbozó una linda sonrisa.

—Lo sospechaba. ¿Sabes? En suiza también están haciendo ese tipo de tratamientos, sólo que de una manera menos "clandestina" y más pública.

—Vaya… —no podía creerlo—… pensé que te escandalizarías al saberlo.

—Claro que no —rio—. ¿Cuánto tiene?

—Cuatro meses y medio. ¿Desde cuándo lo supiste?

—Lo empecé a sospechar desde que llegué a la ciudad, mi amigo, Yuuri es un libro abierto, y eso se te está pegando a ti. ¿Cuándo será tu viaje?

—No lo haré.

—¿Cuándo es el viaje?

—Sería pasado mañana.

—Estás de suerte.

El ruso alzó una ceja.

—Masumi saldrá a su primer viaje de negocios desde que nos casamos —suspiró—. Ya no los tendrá tan seguido, pero cuando los tenga serán algo largos, así que estaré solo un tiempo hasta que vuelva. ¿Qué te parece que me quede con Yuuri mientras no estás? Ya me lo has dejado encargado otras veces —rio al recordar viejos tiempos.

A Viktor se le iluminó la mirada, aunque su lado sobreprotector le impedía aceptarlo de inmediato.

—¿Qué dices? —inquirió el suizo.

—Hecho. Aunque tengo que consultarlo primero con él.

Chris rodó los ojos, sin dejar de sonreír.

—Te dejaría a mi esposo y a mis hijos en tus manos ¿Te das cuenta de la magnitud?

—Por supuesto, por lo mismo es algo que sólo le dejarías a tu mejor amigo —le guiñó un ojo—. Ya no te preocupes y ve a ese viaje, que ya quiero empezar a trabajar en la escuela.

Al día siguiente, Viktor habló sobre el tema con Yuuri, quería saber qué opinaba él al respecto, después de todo, tendría que irse a Moscú al día siguiente.

—¿Chris tiene que quedarse? Es decir… amor, no me molesta, sabes que lo aprecio, pero… ¿No es mucho pedirle?

—Él se ofreció —le acarició los brazos con cariño—. Te ayudará con Alexei y con la casa mientras yo no esté. Me quedaría más tranquilo si él está aquí.

—Está bien —por fin aceptó—. Ve y consigue ese permiso, te estaremos esperando —se alzó un poco de puntillas para besar sus labios.

Viktor sonrió en medio del beso, atrayéndolo más hacia su cuerpo.

—Alexei duerme —murmuró el ruso entre beso y beso, caminando lentamente hacia la cama, sin soltar a su esposo.

—¿Ah sí? —sonrió de lado.

El ruso asintió y lo tumbó con cuidado sobre el colchón.

Yuuri jadeó un poco cuando sintió las manos traviesas de Viktor bajo su ropa, notó que sus caricias se enfocaron en sus costados, donde había adquirido un poco más de volumen en las últimas semanas. Sus manos se pasaron a sus muslos, un poquito más rellenitos también. De pronto, Yuuri ya no se sintió tan cómodo. Las caricias y besos de su esposo seguían siendo placenteras, pero él no se sentía igual.

Viktor le quitó la camiseta y besó cada rincón de piel disponible, también su vientre bajo y sus caderas. Grande fue el asombro del ruso cuando le quitó el pantalón con todo y bóxer y descubrió que su miembro estaba completamente flácido.

—¿Qué ocurre? —preguntó, comprensivo y con suavidad.

—No lo sé —suspiró y se llevó un brazo al rostro, ocultando su expresión azorada de Viktor.

—¿No tienes ganas de hacerlo?

—La verdad… no. Lo siento.

—Oh vamos, no te disculpes —lo cubrió con las mantas afelpadas mientras trataba de controlar su respiración acelerada.

—Es que me da mucha pena —se cubrió de nuevo el rostro, ahora con ambas manos.

—Hey —se acostó a su lado y le retiró las manos del rostro—. Está bien.

—No, no lo está —lo miró con vergüenza, de pronto se vio cierta decisión en su mirada—. Hagámoslo —restregó su cuerpo desnudo contra el de su esposo. No entendía por qué no tenía ganas, si siempre las tenía.

—Pero Yuuri… —silenció al sentir una mano sobre su entrepierna.

—Hagámoslo —insistió.

Eso fue suficiente para que Viktor se posara sobre su cuerpo, encendiendo la pasión de nuevo. Se sentó sobre sus caderas sin dejar todo su peso encima de él, besó su cuello con arrebato, besó sus labios y todo lo que tenía al alcance. Deslizó una de sus manos lentamente por todo su torso hasta llegar a su miembro aún dormido. Comenzó a masturbarlo ágilmente, tal como le gustaba, pero se dio cuenta de que no funcionaba cuando llevaba varios minutos intentándolo, y nada.

Agitado, se separó un poco de su amado y lo miró a los ojos, Yuuri estaba completamente sonrojado y más cohibido de lo normal.

—No sé qué me pasa, lo siento —admitió con mucha vergüenza.

—No… está bien —sonrió de lado. Finalmente suspiró y se separó de su esposo. Resignado, lo cubrió con las mantas y salió de la cama. Ahí fue cuando Yuuri pudo ver la erección en los pantalones de Viktor, asustaría a cualquiera que lo viera.

—Viktor… —lo vio darse media vuelta y salir de la habitación con algo de prisa.

—No… está bien —repitió desde el pasillo—. Iré al baño.

Yuuri se sintió muy incómodo, se hizo bolita en la cama y se quedó pensando un rato. No entendía a su cuerpo ¿Serían las hormonas? No estaba seguro, lo único que sabía, era que se moría tremendamente por comer chocolate con… no sabía con qué, pero quería averiguarlo. Se vistió, rodeó su cuerpo con una frazada porque tenía frío, y salió rumbo a la cocina en busca de algo. Sabía que no debía, pero su impulso era tan grande que incluso su pulso estaba acelerado, necesitaba comer chocolate.

Buscó en la despensa hasta que encontró en el fondo un frasco nuevo de nutella. Viktor lo tenía escondido para que no comiera de él, pero no le importó, tomó una cuchara, lo abrió y en menos de dos minutos ya se había comido medio frasco. Sin embargo, su necesidad de comer algo dulce no disminuía.

—¿Yuuri? —lo llamó desde el pasillo del baño, al observar luz encendida en la cocina, entró a esta y…—. ¡Yuuri!

El aludido fue atrapado con el bote casi vacío en una mano, con una cuchara en la otra y con su carita manchada de nutella en las mejillas y comisuras de los labios. Sus ojos brillaron en lágrimas.

—Lo sé… —sollozó—. No debo comer esto, lo sé —se limpió las lágrimas con la manga de su camiseta, manchándose más el rostro en el acto y viéndose tremendamente adorable ante los ojos de Viktor.

El ruso lo miró, enfundado en su pijama, rodeado por una cobija y con sus mejillas regordetas llenas de chocolate. Yuuri se veía tan adorable que dolía.

—Sólo por esta vez —sonrió con ternura antes de envolverlo en un cálido abrazo—. Dame —le quitó el frasco, pero se espantó al ver que no había ni una pizca—. ¡Yuuri! ¡El frasco estaba nuevo!

Las lágrimas volvieron.

—¡Lo sientoooo! —se echó a llorar—. Lo… lo más triste de todo es que… quiero más —lloró con sentimiento, echándose a los brazos de su esposo, totalmente desconsolado.

Viktor hizo un esfuerzo olímpico por contener las ganas de reír.

—Está bien, está bien. Por hoy podrás comer lo que quieras, sólo por hoy.

Yuuri miró el reloj de la cocina. Faltaban quince minutos para la media noche. Miró a su esposo con los ojos muy abiertos.

—¿Lo que quiera? —casi le escurría saliva por la comisura.

Viktor no pudo contener su risilla.

—Sí, lo que quieras.

—¿Me preparas un chocolate caliente?

—Lo que ordenes —besó la punta de su nariz—. Ve a descansar, te lo llevo en un momento.

Yuuri asintió enérgicamente. Estaba por salir de la cocina, pero Viktor lo tomó de la cintura y lo apretó contra su cuerpo para robarle un, literalmente, dulce beso. Delineó con la punta de su lengua los labios del japonés, probando un poco de la nutella que no le compartió.

—Quería un poco de chocolate —soltó una risilla adorable—. Anda, ve a sentarte —le dio una pequeña nalgada para que ya saliera de la cocina.

Viktor puso a calentar la leche, mientras ésta estaba lista, se recargó en la encimera y soltó un pesado suspiro. Se había quedado con unas inmensas ganas de tener sexo con su amado. Tenía que controlarse.

Cuando el chocolate estuvo listo, preparó dos tazas y además les puso malvaviscos pequeñitos. Su amado se pondría muy feliz, o eso pensó, hasta que llegó a la sala y se lo encontró acurrucado en el rincón del sillón, cubierto con su frazada y durmiendo como un bebé.

Se veía tan adorable que se mordió el labio para contener sus ganas de brincar sobre él y comérselo a besos y mordidas.

Dejó las tazas sobre la mesita del centro y tomó a su amado dormilón entre sus brazos para llevarlo a la cama y arroparlo con cariño. Él aún no tenía sueño, así que volvió a la sala, prendió la televisión y vio un par de capítulos de su serie favorita de zombis mientras se bebía ambas tazas de chocolate.

A la mañana siguiente, Chris llegó al departamento muy temprano, con su maleta en mano, listo para quedarse unos días ahí. Yuuri y Alexei se despidieron de Viktor sin querer dejarlo ir realmente.

—Volveré en unos días —besó los labios de su esposo y la frente de su hijo.

—Papi… —dijo Alexei al verlo alejarse con maleta en mano. Eso hizo que el ruso regresara sobre sus pasos y se lo arrebatara a Yuuri para abrazarlo con fuerza. Los iba a extrañar mucho.

—Pórtate bien, mi dulce bebé —besó sus dos mejillas y se lo regresó a su padre. Luego miró a Chris—. No dejes que Yuuri coma tantas golosinas.

—¡Viktor! —se sonrojó un poco, lo estaban exhibiendo.

El ruso soltó una risita cantarina antes de irse.

Chris se instaló en la habitación que había ocupado Yurio, aunque en un principio…

—¿Estás seguro de que no quieres que me quede en la tuya? ¿No te dará frío en las noches? —alzó una ceja, pícaro.

—Chris, no seas tonto —rio abiertamente—. Además, Viktor te mataría.

—Eso sí.

—Por cierto… me imagino que es tan sobreprotector que ni siquiera te ha tocado desde que te embarazaste —caminó hacia la cocina—. ¿Tienes hambre? Puedo preparar algo de pasta ¿Qué tal una lasaña?

El estómago de Yuuri rugió. Bajó a su hijo, le tomó la manita y caminaron juntos hacia la cocina.

—No, bueno sí, es muy sobreprotector. Pero no por eso no lo hacemos —respondió con naturalidad. Chris era uno de los pocos con los que podía hablar sobre sexo casi sin pudor alguno—. Y sí, lasaña estaría muy bien. Te ayudaré —sentó a Alexei en su sillita y puso manos a la obra.

—Vaya, como era de esperar de ustedes. En verdad son unos conejos en celo —respondió sin mirarlo, buscando lo que necesitaría para cocinar.

Yuuri soltó una risilla.

—Aunque…

—¿Aunque? —detuvo lo que hacía para mirarlo por encima de sus gafas redondas, alzando una ceja.

—No lo hemos hecho tanto. En un principio lo teníamos prohibido, después, cuando pudimos hacerlo, no salió muy bien que digamos —se avergonzó ligeramente—. Anoche intentamos hacerlo también, pero nada.

—¿Nada?

—Él sí, pero yo no.

Chris ya era experto en entender a Yuuri cuando hablaba de esos temas.

—¿No se te paró? —preguntó sin tapujos.

—¡Chris! —lo reprendió y miró a su hijo.

—¿No se te paró? —volvió a preguntar ahora en francés y sin disimular la gracia que el asunto le causaba.

—No, no pasó —se rascó la nuca, frustrado.

—Debe ser por las hormonas o algo así ¿no crees?

—Quizás —suspiró, triste.

—Hey, no te desanimes por eso. Tengo entendido que las hormonas en el embarazo, al menos en mujeres, les aumenta el apetito sexual en cierto punto. Quizás llegue eso en poco tiempo.

—Eso espero.

—Pobre de Viktor —se burló.

—No ayudas.

—No pretendía hacerlo —se encogió de hombros—. Oye, quizás sea que él ya no satisface tus necesidades.

—¡Claro que no es eso! —respondió con una seguridad aplastante.

Chris alzó ambas manos en señal de paz.

—Está bien, está bien. No volveré a poner en duda la virilidad de mi amigo.

Ese día comieron una deliciosa lasaña preparada por los dos, Chris le ayudó con Alexei, jugando con él y entreteniéndolo mientras él descansaba. No podía evitarlo, pasaba gran parte del día durmiendo.

Los días pasaron con tranquilidad. Era imposible aburrirse teniendo al suizo en casa. Y una de las cosas que Yuuri amó más, fue que su amigo se ofrecía a darle relajantes masajes en la espalda. Sabía que quizás a Viktor no le gustaría eso, pero vaya que lo hacían sentirse muy bien.

A diario, Viktor hacia video llamada. Yuuri se ponía muy emotivo, pero no lo demostraba hasta que se despedían y se soltaba a llorar. Chris se espantó la primera vez que eso ocurrió, había sido apenas en el segundo día de ausencia del ruso. Peor fue cuando, a la semana de su ausencia, Viktor dio la noticia de que su estancia en Moscú se alargaría más de lo esperado.

Chris no sabía qué hacer, Yuuri lloraba todas las noches.

En una de esas ocasiones, no soportó escuchar el leve llanto de su amigo y fue a tocar a su puerta.

—Adelante —se limpió el rostro de inmediato, haciéndose bolita y mirando hacia el lado opuesto en la cama.

—Yuuri ¿Estás bien?

—Sí, no me hagas caso. No pasa nada.

—¿Estás seguro? —preguntó con total seriedad y preocupación. Se animó a entrar al cuarto e incluso a sentarse en la orilla de la cama.

—Sí —no quería que lo vieran llorar.

Chris suspiró, se subió a la cama y se atrevió a hacer algo que quizás le costaría un golpe, o quizás se ganaría el cielo. No sabía, simplemente se arriesgó a acostarse a un lado y abrazarlo por encima de las sábanas.

—Shh… shh… no llores más, él volverá pronto.

Yuuri lloró más.

Los intentos por cesar su llanto fueron casi en vano. Optó por permanecer a su lado hasta que cayó rendido al sueño, luego de eso se fue a dormir a su cuarto, no sin antes mandarle un mensaje a Viktor para pedirle que se apresurara.

Muy pronto, la semana de ausencia se convirtió en dos.

Irina se enteró del mal estado anímico de Yuuri, así que se iba a pasar las tardes con ellos en el departamento, jugaban con Alexei, veían películas o charlaban sobre buenas escuelas en la zona para el bebé, Irina era la más enterada del tema.

Pero cuando peor se pusieron las cosas, fue cuando la cita mensual con la doctora Kubo llegó. Yuuri había cumplido cinco meses de embarazo y Viktor no iba a poder asistir a la consulta.

Yuuri se recordaba una y otra vez que su amado no andaba de vacaciones, mucho menos de paseo por gusto, estaba en Moscú por trabajo. Además, no tenía por qué deprimirse, sus amigos lo apoyaban y acompañaban en todo momento. Como a la hora de la consulta, Chris de inmediato le dijo que él lo acompañaría, y así fue. Estuvo presente cuando la doctora lo revisó y le hizo el ultrasonido mensual.

Cuando el vientre de Yuuri quedó expuesto, Chris no pudo evitar exclamar un sonoro "Wow".

—Lo siento, es que saberlo es una cosa, pero verlo… wow.

—Y no ha visto nada —le dijo la doctora, colocando el gel frío en el vientre de Yuuri, éste dio un respingo, no se acostumbraba a eso. Todos miraron al monitor, donde muy pronto apareció una imagen borrosa. Todo se veía oscuro y la silueta de una figurita muy pequeña y graciosa se dejaba ver.

—¿Ese es el bebé? —Chris no cabía en sí de la impresión.

—Lo es. Ha crecido bastante en este mes —le dijo a Yuuri con una sonrisa—. ¿Quieren saber el sexo?

Los ojos del japonés se volvieron a inundar en lágrimas.

—Oh… Yuuri —Chris puso una mano sobre los cabellos ébano de él.

—Bien, no hay problema, se los diré en la próxima cita ¿De acuerdo? —le sonrió a su paciente, no quería verlo triste—. ¿Alguna molestia a lo largo de estas semanas? —congeló la imagen en el monitor y la imprimió para Yuuri.

—Nada fuera de lo normal.

—Yuuri, dile eso que te pasó con Viktor.

El japonés se sonrojó.

—No es nada.

—¿Qué ocurrió? Es importante saber todo —le extendió un pañuelo al japonés para que se limpiara el gel de su vientre.

—Uhm… bueno, mi apetito sexual está por los suelos.

—Oh, eso es normal. Cuando menos te lo esperes, estará por los cielos —rio un poco—. No hay de qué preocuparse —le guiñó un ojo—. Mejor dile a Viktor que se prepare.

El pobre se sonrojó un poco. Chris se rio junto con la doctora.

Luego de la consulta, no hubo nada que le levantara el ánimo al japonés, pues su cumpleaños sería en un par de días y su amado no estaría con él. Eso lo devastó. Su cumpleaños, sin embargo, no pasó desapercibido. Yurio le hizo un delicioso pastel, se le permitió comer todo lo que quisiera y Chris e Irina se unieron al festejo. Viktor estuvo presente unos momentos a través de video llamada, pero tuvo que volver a sus asuntos luego de que le cantaran feliz cumpleaños a Yuuri.

Ese mismo día, en la noche, el japonés recibió una llamada justo antes de que cayera rendido al sueño.

—¿Viktor? —respondió de inmediato.

—Hola mi amor.

A Yuuri se le formó un nudo en la garganta al escucharlo.

—Oh mi amor —se le quebró la voz.

—Cariño, no llores, me harás llorar también —pidió el ruso.

—Lo siento —se limpió las lágrimas y optó por ponerse los audífonos para recostarse y seguir con la llamada.

—¿Cómo estuvo tu día? ¿La pasaste bien?

La voz de Viktor inundaba sus sentidos, casi podía sentir que estaba hablándole al oído, ahí, a su lado. Yuuri suspiró con pesadez.

—Te extraño —fue lo único que dijo.

—Yo también te extraño, pero pronto estaré en casa, lo prometo.

—¿Cómo va todo por allá?

—Las cosas son más difíciles de lo que creí. Sabía que yo no les agradaba, pero… —soltó una risa seca—…en verdad no me quieren.

—Vaya… que idiotas.

—Sí, que idiotas.

Ambos soltaron una risita pequeña.

—¿Has podido dormir? —inquirió el ruso. Conocía bien a su esposo, y sospechaba que quizás no habría podido dormir muy bien en esos días.

—No —fue sincero—. Me acostumbré a tenerte a mi lado.

Viktor sonrió, a él también le hacía falta sentir su presencia para poder descansar.

—Yuuri, cierra los ojos.

El japonés lo hizo.

—¿Ya lo hiciste? No puedo verte —soltó una risilla, Yuuri se contagió.

—Ya, lo hice.

—Bien, te contaré una historia para dormir.

—Vitya —rio—. ¿En serio?

—Sí, así que cierra los ojos y escucha.

El ruso comenzó a narrar una bella historia con su voz que era tan… a Yuuri se le aceleraba el corazón al escuchar esa hermosa y varonil voz. La historia era nada más y nada menos que la historia de ellos como familia, con Alexei y los futuros hijos que tendrían.

No pasó mucho tiempo antes de que Yuuri se quedara dormido con una sonrisa en los labios.

—Yuuri —susurró el ruso—. Amor, creo que ya te dormiste —todo lo decía en voz muy bajita—. Terminaré la llamada. Recuerda que te amo más que a nada en este mundo. Te veré pronto —no quería, pero terminó la llamada.

Cuando se cumplieron tres semanas de la ausencia de Viktor, Chris tuvo que dejar solo a Yuuri un par de días, pues su esposo había regresado. En esos momentos dejaba a Yurio a cargo, quien se iba a pasar esos días en su antiguo hogar. El japonés sólo se sentía una carga para los demás. Y se los hizo saber una tarde, sentados Yurio, Chris e Irina a la mesa. Cenaban en familia y Yuuri les agradecía por cuidar de él.

—Somos tu familia —dijo Irina con mucha seguridad.

—Y lo hacemos también por el bebé —mencionó Yurio como si nada, ignorando el hecho de que Irina aún no sabía nada al respecto. No pasaron ni dos segundos antes de que recibiera una patada muy dolorosa bajo la mesa por parte del suizo—. ¡¿Pero qué dem…?! —lo fulminó con la mirada, pero entonces entendió su error—. Ah… sí, bueno. Lo hacemos por mi sobrino.

—¿Ya estás más tranquilo? Viktor dijo que regresaría en una semana ¿Verdad?

Los ojos castaños se iluminaron al escuchar eso. Sí, al fin faltaba sólo una semana para volver a ver al amor de su vida. Hasta Makkachin lo extrañaba, y ni se diga de Alexei.

—Este mes sin él se me ha hecho eterno… —suspiró, luego sintió una gran urgencia—…uhm, ahora vuelvo, necesito ir al baño —se levantó de la silla con mucha torpeza y rapidez. Se mareó al hacerlo y Chris y Yurio se levantaron como resorte de su asiento para ayudarlo. Irina miró todo eso con una expresión extraña.

A esas alturas, Yuuri ocultaba su embarazo con ropa mucho más holgada, se ponía las chamarras y suéteres de su esposo, pero incluso así, se le notaba la pancita.

—Yuuri, te noto un poco más llenito —comentó Irina cuando el japonés volvió del baño.

—¿Sabes, querida? Tú también te ves un poco más rellena que antes —contratacó Giacometti.

Yurio se rio entre dientes. Las peleas entre esos dos eran épicas. Los ojos verdes se dirigieron al japonés y brillaron al verlo reír después de tanto tiempo.

—Sobre eso… yo… —suspiró la pelirroja—…hay algo que tengo que decirles —se mordió el labio con mucho nerviosismo.

—¿Qué ocurre? —inquirió Yuuri al ver su seriedad.

—No podré ocultarlo por más tiempo, tarde o temprano se darán cuenta. Yo… estoy embarazada.

Un largo silencio reinó todo el lugar, seguido de exclamaciones llenas de sorpresa y felicidad, en especial por parte de Yuuri, quien se puso tan emotivo que soltó un par de lágrimas.

—¿Era eso lo que te tenía tan preocupada hace tiempo?

Ella suspiró con más pesadez que antes.

—Stèphane no lo sabe aún.

—¿Qué? ¿Por qué no? —cuestionó el suizo.

—No sé si él quiere tener hijos. He temido decírselo y que se vaya de mi vida. Yo de verdad lo amo y no quisiera eso.

—¿Llegaste a pensar en… abortar? —inquirió Yuri.

—No, en ningún momento. Desde que supe sobre este bebé, estuve decidida a tenerlo, pero… no he podido decírselo a él. Si decide irse… —se le llenaron los ojos de lágrimas—… al menos quiero que esto dure un poco más.

—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó el japonés.

—Acabo de cumplir el cuarto mes.

Los otros tres se miraron entre sí, muy asombrados.

—¡¿Y él no se ha dado cuenta?! —exclamaron juntos.

—No… —se avergonzó—…no padecí de ningún síntoma al principio ni después. Y… sólo parece que aumenté de peso —se rascó la nuca con algo de pena.

—Tienes que decírselo.

—Lo sé, Yuuri, lo sé.

—Y yo también tengo que decirte algo, Irina.

—Yuuri —los otros dos lo detuvieron, mirándolo fijamente para que pensara lo que iba a hacer.

—Irina, yo también estoy esperando un bebé.

De nuevo, el silencio reinó todo el lugar. Sólo el sonido de Alexei jugando con su xilófono se distinguía.

—¿Qué dices? —comenzó a reírse, su risa pronto se convirtió en carcajada—. Yuuri, no bromees —miró la seriedad en el rostro de los tres hombres frente a ella—. Oh… no es broma —palideció tanto, que los demás se dieron cuenta de que algo no iba bien.

—Es verdad —dijo Yurio, entonces el japonés se levantó el grueso suéter y ahí se pudo apreciar mejor su vientre.

Irina lo miró con ojos desorbitados antes de caer desmayada. Había sido demasiado impacto para ella. Cuando despertó, pensó que todo había sido un sueño, hasta que puso una mano sobre el vientre de Yuuri, confirmando todo.

—Dios mío ¿Cómo? —lo miró, aún muy pálida.

Los tres hombres ahí presentes le explicaron cómo fue que sucedió.

Irina tardó días en acostumbrarse al embarazo de Yuuri. Su sorpresa se mezcló con la angustia de no decirle aún a su pareja que esperaban un hijo.

Uno de esos días, a Stèphane le tocó guardia de noche en el hospital, tuvo que dejar a su amada sola en casa. Ella no podía dormir, así que subió al departamento de lo Nikiforov y llamó a la puerta. Chris le abrió.

—Irina —se asombró—. ¿Te encuentras bien? —se preocupó al verla ahí a media noche.

—Sí —se talló un ojo—. Bueno, no. No puedo dormir, estoy sola en casa ¿Está Yuuri? —entró al departamento sin ser invitada. Eso a Chris le causó mucha gracias, la miró de pies a cabeza y le causó mucha ternura verla en pijama, con pantuflas, despeinada y sin una gota de maquillaje.

—Está en su habitación, Alexei recién se durmió, así que probablemente siga despierto.

—¿Cómo está?

—Aún deprimido, extraña a su esposo. No ha podido dormir bien últimamente. Me ofrecí a ser su almohada, pero se enojó y me sacó de su cuarto —rio al recordarlo.

Irina fue directo al cuarto del japonés.

—¿Yuuri? —llamó en voz muy bajita cuando entró al cuarto. El aludido se removió en la cama, estaba hecho bolita, cubierto hasta el cuello con las mantas—. ¿Cómo estás?

—Bien —se incorporó un poco para saludarla.

—No te levantes —se sentó en la orilla de la cama.

—¿Y tú, cómo estás?

—Bien…

Se quedaron en silencio unos segundos antes de que Yuuri levantara las mantas del lado contrario de la cama.

—No puedes dormir sin Stèphane ¿Verdad? Ven, duerme aquí.

A la pelirroja le brillaron los ojos y se le hizo un nudo en la garganta, últimamente estaba muy sensible.

—Gracias.

Yuuri no tuvo que repetírselo, se metió a la cama y se hizo bolita junto a él. Lo que jamás se esperó, fue que Yuuri la rodeara con sus brazos cariñosamente. Él apoyó su mentón sobre la cabeza de ella, soltando un pesado suspiro luego de acomodarse.

Curiosa, Irina buscó a tientas la barriga de Yuuri, éste dio un respingo cuando sintió sus pequeñas manos sobre él.

—¿Se ha movido? —preguntó ella.

—No aún.

—¿No es extraño que vayamos a tener un bebé casi al mismo tiempo? —preguntó, entre divertida y asombrada.

—Bastante extraño —admitió.

Irina sentía su tristeza, así que quería animarlo aunque fuese un poco.

—¿Sabes ya el sexo?

Yuuri comenzó a sollozar.

—Hey ¿Qué pasó? —lo miró al rostro. Él también estaba muy sensible.

—Ya lo sabría si Viktor hubiese ido conmigo a la consulta —se limpió las lágrimas.

—Oh… Yuuri. Ya no estés triste, Viktor volverá en un par de días.

Eso le sacó una pequeñita sonrisa al japonés, sin embargo, no pudo dejar de llorar.

—Ya, no llores —fue el turno de ella para abrazarlo—. Yo también extraño a Stèphane —comenzó a hacerle cariñitos en el cabello. Y así, poco a poco se fueron quedando dormidos.

Yuuri jamás imaginó que estaría compartiendo la cama con la mujer que fue esposa de su ahora esposo. Las vueltas que daba la vida eran increíbles.

El día al fin se había llegado. Viktor volvería a casa esa misma noche y Yuuri no cabía en sí de la emoción, estaba ansioso y no lograba quedarse quieto, caminaba de un lado a otro por todo el departamento, además de que estaba muy cansado de no salir de ahí, pues… el embarazo era mucho más notorio, y además de que era riesgoso que saliera, también corría el riesgo de que lo reconocieran y se dieran cuenta de su estado. Lo que menos quería era a la prensa invadiendo su privacidad y la de su familia.

—Deja de caminar en círculos, me estás mareando —se quejó Yuri. Por su parte, Otabek no podía dejar de ver disimuladamente a Yuuri, pues ver a un hombre embarazado le causaba muchísima impresión.

—Viktor ya se tardó mucho ¿No creen? —estaba ansioso.

—Tranquilo, en cualquier momento llegará. Está nevando y a veces los vuelos se retrasan —intervino Irina.

—Debimos haber ido por él al aeropuerto.

—Cerdo, tranquilízate. Chris fue por él, seguramente ya vienen en… —fue interrumpido por el sonido de unas llaves a punto de abrir la puerta principal. Yurio se adelantó y abrió la puerta, dejando ver a un alto y apuesto hombre ruso, con su cabello peinado como de costumbre, un poco más largo y un tanto revuelto. Venía con su característica ropa casual, muy a la moda, con maleta en una mano y una caja en la otra. Todos los presentes lo saludaron, pero sus ojos celestes se enfocaron única y exclusivamente en el japonés a unos metros de él. Se cautivó al mirarlo, y una urgencia alarmante de abrazarlo se apoderó de él.

—Yuuri —dijo en apenas un hilo de voz, emocionado.

El japonés ni pudo hablar, simplemente corrió (todo lo que su estado le permitió) hacia su amado.

—¡Viktor! —incapaz de articular otra palabra debido a la emoción, se abalanzó sobre él. No se atrevió a soltarlo, temiendo que, al hacerlo, él se fuese a marchar de su vida para siempre.

—Oh Yuuri —suspiró. En ese abrazo se sentía en casa, él era su hogar—. Te extrañé mucho.

—¡Fue un mes entero! —sollozó contra su cuello—. Fue mucho, Viktor, demasiado.

—Lo sé, amor, lo sé —aspiró el delicioso aroma de su piel, lo había extrañado tanto que dolía.

Ninguno soltaba al otro, entonces, fue cuando Viktor se dio cuenta de algo muy importante. Algo presionaba contra su vientre. Se despegó del abrazo sólo para ver lo que era y… casi se va de espaldas.

—¡Por Dios! ¿¡Creció tanto en un solo mes?! —no podía creerlo.

La felicidad pura era palpable en su voz.

Posó su manos de inmediato sobre el vientre de su esposo, pero las retiró de inmediato, recordando que odiaba que le tocara la barriga todo el tiempo.

—Oh, lo siento…

—No, no ¡Hazlo! —sollozó, feliz.

No tuvo que decirlo dos veces. El ruso se agachó a la altura del vientre de su esposo y lo tocó con ambas manos.

—Hola bebé —saludó, pegado a Yuuri—. Creciste mucho eh —depositó un tierno besito sobre el ombligo ya levemente resaltado. Lo que jamás esperó fue sentir una patadita como respuesta—. ¿Qué fue eso? —se espantó.

—N-no lo sé —Yuuri se llevó ambas manos al vientre—. Jamás me había pasado —se asustó un poco—. Se movió…

—¡¿Se movió?! —Chris, Irina y Yurio se acercaron, intentando poner la mano en el vientre de Yuuri, éste se incomodó un poco.

—Alejen las manos de mi cerdito —intervino el ruso, haciendo que todos rieran por ello, incluso Yuuri, éste había extrañado ese lado juguetón de su esposo.

Viktor se incorporó y abrazó con fuerza a su esposo.

—Amor ¿Estás llorando? —inquirió Yuuri.

—No —respondió, lloroso. Hasta que por encima del hombro de Yuuri, vislumbró algo que lo descolocó por completo—. ¿Irina? —la miró de pies a cabeza—. ¿Tú…? ¿Qué te pasó? —se separó lentamente de Yuuri y la miró mejor.

—Estoy embarazada —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

A Viktor casi se le fue la mandíbula al piso. Tardó un rato en creérselo, más aún el hecho de que su ex esposa y su ahora esposo tendrían un bebé casi por las mismas fechas.

Irina no podía estar más feliz, podía ahora lucir su embarazo sin ningún problema, había hablado con Stèphane y éste se puso más feliz que nunca al saber la noticia, aunque le reclamó el hecho de que se hubiera guardado el secreto tanto tiempo, y que pensara que podría abandonarla.

—Jamás te dejaría —le había dicho el médico—. ¿Qué te hizo pensar eso?

—Nunca hablamos sobre tener hijos, temí que no te gustara ser padre —fue sincera.

—¿¡Pero qué dices?! —sonrió ampliamente—. ¡Claro que quiero ser padre! Y más si es de un hijo tuyo —la besó en los labios, sin darle espacio a que dijera otra cosa. La tomó entre sus brazos y no la soltó en un buen rato.

Luego de que le dio la noticia a su pareja, pudo usar cualquier tipo de ropa, ya no tenía que ocultar la verdad, se sentía más dichosa que nunca.

—¿Qué traes en esa caja? —inquirió Yuuri al verla descansando sobre su maleta.

—¡Oh! Eso —la tomó y se la extendió—. Feliz cumpleaños, mi amor. Es sólo parte de tu regalo.

Yuuri tomó la caja y la abrió con mucho cuidado. Su rostro se maravilló cuando vio lo que había dentro.

—Fue difícil viajar con él desde Moscú, tratando de que no se aplastara en el camino, incluso pensé en comprarle su propio boleto de avión —rio.

—Wow! —exclamó el japonés al ver ese delicioso y exquisito pastel.

Inmediatamente se apreciaba que era de una repostería fina. La elaboración se veía hecha con mucha dedicación y experiencia. Era de chocolate blanco, con una cubierta de crema mora azul y con muchas cerezas frescas encima, además de zarzamoras, moras azules y un macaron lila también. Para terminar la bella decoración, había pequeñas florecillas naturales adornando la superficie, unas azules y otras lilas. Yuuri lo miraba y lo primero que se le venía a la mente, eran los trajes de su presentación juntos de "Stammi Vicino".

La caja desprendía un olor tan delicioso, que el estómago de Yuuri rugió con fuerza, todos fueron testigos de eso.

—Es para ti solo. Si quieres, puedes no compartirle a nadie —le susurró Viktor al oído, pero todos escucharon.

—¡¿Lo compraste en Kalabasa?! —se asomó el rubio, empujando a su compatriota para ver mejor el pastel—. ¡Wow! —le brillaron los ojos al ver esa hermosura.

—Sí. Han estado hablando mucho de ese lugar en las redes sociales.

—He querido ir a Moscú sólo para probar sus pasteles.

—No se diga más, comamos pastel —dijo Yuuri, dispuesto a compartirle a sus amigos—. Muchas gracias mi amor —se paró de puntillas y le dio un besito en la mejilla, notando que no se había afeitado en días. No le dijo nada al respecto, sólo le acarició la mejilla y el mentón, haciéndole notar que se dio cuenta de ello.

—Luego te explicaré —suspiró y soltó una risilla—. Fui un desastre todo el tiempo que estuve sin ti —besó el dorso de su mano con un amor infinito.

—Me haces cosquillas —rio al sentir la barba—. ¡Viktor! —se quejó cuando éste lo abrazó y se restregó contra su rostro, raspándole la mejilla con la propia.

Los ahí presentes los miraban y se sentían felices al verlos así. Habían sido testigos de la tristeza de Yuuri ante la ausencia de Viktor, no querían ver eso de nuevo.

—¿Dónde está mi hijo? Quiero verlo.

—No sabes cuánto te extrañó —dijo Irina. Eso le rompió un poco el corazón a Viktor.

—Está dormido, aguantó todo lo que pudo —dijo Yuuri con pesar.

—Iré a darle un beso de las buenas noches—besó fugazmente los labios de su esposo y casi corrió a la habitación de su bebé. Lo había extrañado horrores.

Mientras los demás se preparaban para probar un delicioso pastel, Viktor entró al cuarto de su hijo y se llenó de ternura al verlo dormir. Extendió su mano para acariciarle la carita. Se inclinó sobre él y depositó un tierno beso en su mejilla, pero eso bastó para que sus ojos intensamente azules se abrieran. Apenas lo vislumbró…

—Papi… ¡Papi! ¡Papi! —se incorporó y estiró los brazos hacia Viktor. Estaba demasiado feliz—. ¡Sí, papi!

A Viktor se le apachurró el corazón. De inmediato lo tomó entre sus brazos y lo pegó a su pecho. El nene se aferraba con fuerza a su cuello.

—Ya estoy en casa, mi niño —besó su cabecita y le meció con mucho amor.

Ni siquiera pasó por su mente volver a recostarlo en su camita, Alexei no se desprendía de su cuello y él no pretendía alejarlo. Regresó al comedor con los demás, cargando a su hijo, el nene tenía una cara de pereza increíble, sus cabellos negros estaban todos revueltos y tenía marcas de la sábana en su mejilla, pero la felicidad brillaba en sus ojos al tener de vuelta a su padre.

—Imaginé que se despertaría —Yuuri se acercó a ambos y le dio un beso a cada uno—. Ya vamos a partir el pastel.

—No lo partiremos hasta que te cantemos las mañanitas.

—Viktor —se quejó Yuuri—. Mi cumpleaños ya pasó.

—No importa, yo no estuve aquí. Anda, déjanos cantarte de nuevo.

El japonés no tuvo otra opción más que aceptar. Le cantaron las mañanitas y enseguida partieron el delicioso pastel. Alexei no se quiso separar en ningún momento de Viktor, menos todavía cuando éste le compartió de su porción de pastel.

—Amor, le estás dando chocolate. ¿Sabes? No dormirá en toda la noche —se burló Yuuri.

—No importa por esta ocasión, lo cuidaré —le dio un sonoro besito en la mejilla al bebé, éste ni se inmutó, estaba más ocupado comiéndose el pastel de su padre con la manita.

—¡Lyosha! —Yuuri le alejó la mano del pastel, riendo al ver que terminó todo sucio—. Dámelo para que puedas comer tranquilo, yo ya terminé mi porción.

Viktor aceptó y pasó a Alexei al regazo de su padre, jamás imaginó que el niño se negaría tanto que comenzaría a soltar patadas, una de éstas fue a dar a la barriga de Yuuri.

—Alexei —lo llamó Viktor con algo de autoridad, para que se tranquilizara. Se había espantado enormemente cuando vio esa patadita y más al notar el leve quejido de Yuuri.

—Tranquilo amor, no fue nada —aseguró el japonés.

Alexei comenzó a llorar. Viktor lo iba a cargar, pero el nene lo empujaba del rostro con sus manitas, como le había alzado la voz, no quería que él lo cargara. Estiraba sus bracitos hacia Yuuri, peo Viktor no iba a permitir que lo cargara, temía por su seguridad a pesar de que la patada había sido mínima.

—Ven aquí, mocoso —Yurio se incorporó y extendió los brazos hacia su sobrino. Viktor dejó que lo cargara y al instante se tranquilizó, pero no dejaba que su tío Yuri se sentara, pues, apenas lo hacía, el nene comenzaba a llorar y a dar patadas.

Se alejó hacia la sala para caminar con Alexei en brazos, Otabek lo siguió momentos después.

—¿Seguro que estás bien? —inquirió Viktor por enésima vez.

—Sí, amor —le sonrió—. En verdad no fue nada.

Viktor suspiró.

—Alexei está un poco necio últimamente.

—¿Será que presiente que pronto dejará de ser hijo único? —inquirió Chris con algo de diversión.

—Por cierto ¿Han pensado en cómo decirle que tendrá un hermanito? —preguntó Irina con curiosidad.

—Todavía no, no sabemos cómo lo tomará. Aunque aún es pequeño para entender ciertas cosas.

—Sí, Viktor, pero tienen que tratar de explicarle que hay que cuidar a Yuuri, que debe ser cuidadoso con él, ve lo que pasó hace unos momentos —agregó Chris con seriedad.

—Tienen que hablar con él.

Viktor y Yuuri se miraron mutuamente, ajenos a que en la sala Yurio trataba de animar un poco a Alexei.

—Hey, bodoque, ya fue suficiente —le regañaba. Trataba de sonar enojado, pero con el bebé no podía sacar a flote su lado malo.

El nene simplemente escondía su carita en el cuello de Yuri, negándose a salir de su escondite. Yurio lo mecía de un lado a otro, tratando de calmarlo un poco, pues seguía llorando.

—Oye ¿Qué pasó contigo, mocoso? Tú no eras un niño mimado —le daba palmaditas en la espalda, pero Alexei seguía renuente a dejar de lado su mal humor.

Otabek se acercó y le picó una mejilla al nene, sólo logró hacerlo enojar más.

—¡Beka! —se enojó el rubio.

—Lo siento —vio cómo Alexei se ponía algo loquito—. Quizás está así porque ya tiene sueño.

—Comió chocolate, lo dudo.

—Puede pasar. Anna a veces come chocolate y sólo logra ponerse de mal humor porque no puede dormir.

—¿En serio?

—¿Puedo cargarlo? —pidió el kazajo. Yurio asintió y se lo entregó.

Alexei lo miraba extraño, un tanto desconfiado hasta que Otabek lo alzó en brazos aún más arriba de su cabeza.

—¿Qué haces? —inquirió Yurio, preocupado.

El otro no respondió, comenzó a jugar con él al estilo "avioncito". No pasó mucho antes de que la estruendosa risa del bebé resonara en todo el departamento.

—Sólo necesita que agoten su energía —le sonrió al bebé. Yurio se quedó impresionado.

Los demás escucharon la risa del bebé y no tardaron en aparecer en la sala, viendo lo que el kazajo hacía con el nene.

—¿No te cansas? —preguntó al ver que pasaba un rato y seguía jugando con él, cargándolo y moviéndolo de un lado a otro.

—No.

Yurio se sentó en el sillón, mirándolos. Y un pensamiento que venía asediándolo desde hace varios meses, volvió a su cabecita loca: definitivamente quería hijos con ese maravilloso hombre.

Cuando las visitas se fueron, el bebé de la casa había quedado exhausto gracias a sus tíos.

Viktor y Yuuri se preparaban para ir a dormir. Mientras el ruso se desvestía, su esposo llegó por detrás y lo rodeó con mucho cariño.

—¿Estás cansado? —inquirió el menor, dándole un delicioso masaje en los hombros, sentía a su esposo muy tenso.

—No tienes idea —suspiró.

—Ven —lo tomó de la mano y lo llevó a la cama para que se acostara y así darle un masaje—. Lo siento, estoy más pesado —le advirtió antes de sentarse a horcajadas sobre su trasero para darle un merecido masaje.

—Amor —dijo con la voz amortiguada por la almohada—. Soy yo quien debería de darte un…oh —sintió la magia de los dedos de Yuuri sobre sus músculos adoloridos.

—Cuéntame cómo te fue, dímelo todo.

Viktor suspiró lleno de placer. No sabía qué había hecho para merecerse un esposo tan magnífico.

Mientras se relajaba, comenzó a contarle a Yuuri cada uno de sus días en Moscú, fue muy específico. Yuuri se aguantaba la risa de vez en cuando, pues su amado de repente divagaba un poco debido al sueño y cansancio, a pesar de ello, le platicó con lujo de detalle lo difícil que fue conseguir el permiso, pero que afortunadamente lo había conseguido a pesar de todo. Y no sólo eso, sino que también se había ganado a varias personas de la federación. Con eso Yuuri comprobaba que nadie, absolutamente nadie se resistía al encanto Nikiforov.

—Sabía que lo lograrías —se inclinó hacia su nuca y le dio un besito. Le había costado un poco de trabajo debido a que no le era tan fácil inclinarse con su barriguita más abultada que antes.

Viktor esbozó una tierna sonrisa con los ojos cerrados.

—Ahora dime, ¿Por qué fuiste un desastre sin mí? —acarició su mejilla rasposa.

El aludido abrió los ojos y sonrió.

—Creo que la pregunta correcta sería ¿Cuándo no soy un desastre sin ti? —soltó una risita—. Ven, amor —palmeó el lado libre a un lado de él, fue ahí cuando descubrió que la almohada tamaño real con su imagen impresa en ella, ocupaba su lugar de la cama. Una almohada lo había sustituido. Frunció el ceño, y sin decir nada, de una patada la echó al piso.

Yuuri se acostó a su lado y Viktor no tardó en arrastrarlo hasta pegarlo a su cuerpo, sintiendo con regocijo que la pancita de su esposo chocaba con su abdomen.

El japonés miró su rostro de cerca, lo observó con una infinita admiración que sólo embobaba más al ruso.

—Te extrañé mucho —susurró Viktor, con un sentimiento extraño en su voz, parecía querer llorar—. Durante este mes, no podía hacer otra cosa más que recordar el tiempo en el que estuvimos separados —suspiró—. Esos años fueron los peores de mi vida y… me di cuenta de lo dependiente que soy de ti —acarició el cabello negro de Yuuri—. Si tú me hicieras falta, simplemente moriría.

—No, Viktor —lo miró consternado—. No digas eso ¿Qué hay de nuestros hijos? Si algo me llegase a pasar, no puedes hacer eso, amor. Nuestros hijos te necesitarían.

El ruso se puso repentinamente serio, tenía razón.

—Lo siento —lo abrazó, descansando su cabeza en el pecho de Yuuri—. Estoy algo sentimental, no me hagas caso.

—Tonto —suspiró, acariciando sus cabellos—. Yo tampoco sabría qué hacer sin ti —admitió con sinceridad.

—Pero estamos juntos.

—Y eso es lo que importa —le daba caricias suaves en todo su rostro mientras Viktor deslizaba su mano por el vientre de Yuuri, deleitándose con él—. ¿Te afeitarás mañana?

—¿No te gusta? —rio.

—No. Me pica cuando quiero besarte.

Viktor rio más ampliamente.

—Mañana le diré adiós entonces.

—Amor.

—¿Si?

—Tenemos que ver la manera de hablar con Lyosha sobre el bebé.

—Le diremos que su regalo de navidad será un hermanito, pero que llegará hasta el otro año —bromeó.

—Hablo en serio, Viktor.

—Lo sé —suspiró, estaba muy cansado—. Mañana buscaremos la manera ¿Si?

—Está bien.

Se quedaron en silencio unos momentos, hasta que Yuuri de pronto habló.

—Vitya.

—¿Hm? —se estaba quedando ya dormido.

—Tengo calor, pero no quiero que me sueltes.

El ruso no dijo nada, se puso de pie y salió al pasillo, regresó momentos después, se puso un pijama y se metió de nuevo a la cama. Yuuri lo miraba sin entender nada.

—¿Qué haces?

—Modifiqué el termostato para que nuestra habitación esté más fría —lo abrazó con cariño, casi parecía un gatito buscando su calor.

Yuuri comenzó a sentir la diferencia del clima y se lo agradeció bastante.

Era un día muy bello en san Petersburgo. La temperatura era gélida, pero el sol había salido y no iban a desaprovecharlo. Habían quedado de verse con Yurio, Otabek, Chris y Phichit, a quien Yuuri le había dado la noticia secreta de su embarazo y éste no tardó ni dos días en llegar a la ciudad.

Pero antes de salir, tenían planeado hablar con su pequeñín de casi dos años. Viktor terminó de atarle los zapatos y comenzó a hablar con él.

—Alexei, hijo, tu papi y yo tenemos que hablar contigo.

El pequeño los miró muy atento, con sus enormes ojos azules llenos de inocencia.

Yuuri se sentó a un lado de los amores de su vida y prosiguió.

—Es algo muy bueno, cariño ¿Sabes? Muy pronto tendrás a alguien con quien jugar.

—¿Jugal? —miró a sus papis sin entender del todo.

—Tendrás un hermanito o hermanita —soltó Viktor de repente.

Yuuri lo miró con cara de "tienes que estar bromeando". Se suponía que le darían la noticia con tacto y delicadeza, pero era un hecho que ser así era un rasgo Nikiforov imposible de borrar.

Los ojos enormes de Alexei los miraba sin entender muy bien.

—¿ónde? —preguntó.

—Todavía no llega —continuó Viktor, luego puso una mano sobre el vientre de Yuuri—. Está aquí, creciendo.

—Oh… —su tierna expresión de asombro los maravilló a ambos. Su boquita había formado una gran "O".

—Hay que cuidar a papi, porque en su barriga está creciendo un bebé, tu hermanito.

—¿ito?

—O hermanita —añadió Yuuri.

—Oh… —volvió a exclamar el nene. Desde semanas atrás, el vientre de Yuuri llamaba la atención del pequeño, pero ahora lo hacía mucho más. ¿Ahí adentro había un hermanito o hermanita que jugaría con él? No lo entendía del todo, pero por el simple hecho de que le dijeran que alguien jugaría con él, se puso feliz.

—Pensé que sería más difícil —suspiró Yuuri. Luego vio con ternura cómo Alexei pegaba el oído en su vientre, enseguida usó su manita para acariciarlo, pero lo hizo con algo de brusquedad.

—Hazlo con cuidado, cariño, hay que cuidar la pancita de papi —pidió Viktor con el mayor tacto posible.

El bebé asintió y lo hizo ahora con más cuidado.

Los esposos se miraron mutuamente con mucha felicidad. Yuuri abrazó a su hijo y le dio un beso en la frente.

Momentos después la familia entera estaba lista para salir, incluso Makkachin, quien daba brincos al ver que esta vez iría Yuuri al "paseo".

—Quiero salir, pero… —se vio muy dudoso—…amor, ya se me nota mucho —se miró en el espejo, a pesar del suéter que traía puesto, se le notaba la barriga, cuyo tamaño incrementó más todavía en esas semanas.

Viktor sonrió embelesado al mirarlo, tomó uno de sus abrigos y se lo puso a su amado. Ambos se miraron al espejó, Viktor abrazándolo desde atrás.

—Ponte esto, no se notará tanto —besó su cuello con mucho amor antes de ir a buscar un gorro y bufanda para su esposo, temía que pescara un resfriado.

Yuuri respiró profundamente mientras se ponía el abrigo, éste olía tremendamente a su amado. Sonrió al ver que se lo podía abotonar sin problema, porque eso sí, su ropa ya no le quedaba. Irían, además de pasear, a comprar ropa para el embarazado. Todos sus amigos los acompañarían.

El ruso regresó y le puso la bufando y el gorro.

—Amor, exageras, no hace tanto frío.

Pero a Viktor no le importó.

—No te los quites por nada del mundo —besó su mejilla y fue por Alexei para ya salir.

Se encontraron con sus amigos en el centro comercial. Primero fueron a comer todos juntos, después se dirigieron a buscar ropa para Yuuri y finalmente a comprar cosas para el bebé. Pero, como no sabían aún el sexo, decidieron comprar todo de color verde menta.

Fue un día agradable y muy tranquilo. Yuuri se sentía extremadamente feliz al poder salir y respirar aire fresco, pasearse por las calles y algunas plazas. Todos se detuvieron en una de esas plazas al ver que había un pequeño local en el que vendían helado. El establecimiento estaba lleno a pesar del frío que hacía, a la gente no le importaba comer nieve a pesar del clima.

Sin pensarlo mucho, se dirigieron al local para comprar, pero…

—No debo de comer eso —suspiró Yuuri.

—Amor, sólo un cono pequeño.

—Viktor, aumenté cinco kilos en este mes ¡Cinco! La doctora me regañará cuando vayamos a consulta.

—Tienes razón, amor, mejor no comas. Bueno…—miró a su mejor amigo—…Chris, pide un cono doble de chocolate para mí, por favor.

—A la orden —respondió el suizo antes de irse con los demás a comprar helado.

—¿Es en serio? —cuestionó el japonés.

—¿Qué? —parpadeó, confundido.

Yurio no se aguantó una risilla. Se había quedado con esos dos.

—Eres hombre muerto, Nikiforov —murmuró Plisetsky.

Yuuri no dijo nada, sólo se cruzó de brazos y se sentó en la banca más cercana. No sabía por qué, pero en verdad le había causado mucho enojo que Viktor fuera tan insensible y distraído. Él quería comer helado también.

Los tres se quedaron en la plaza, esperando con la carriola y Makkachin a que llegaran con el pedido. El can se apiadó de Yuuri, sintió su enojo y se subió a la banca para recostar su cabecita sobre su regazo, tratando de animarlo.

—Hasta el perro es más sensible que tú, Viktor —murmuró Yurio en voz baja para que sólo él lo escuchara.

—Pero… ¿Qué hice mal?

—Demonios, Viktor. ¿Él no puede comer helado y tú pides uno doble?

Entonces Viktor entendió y se sintió mal por su esposo.

Volvieron de la tienda con los postres. A Alexei le compraron uno pequeño y Yuuri se encargó de dárselo poco a poco. Todos comían plácidamente su helado en esa plaza, y Yuuri no podía estar más molesto.

Odiaba engordar fácilmente, odiaba no poder hacer ejercicio para evitar engordar, y odiaba a la gente de metabolismo acelerado que come la chatarra que quiere y no engorda, tal como su esposo y todos sus amigos ahí presentes.

Todos se habían dado cuenta del enojo que el japonés tenía. Últimamente se enojaba con facilidad y era divertido verlo, así que sólo estaban esperando a que explotara. Habían visto lo bruto que fue Viktor, así que se esperaban una escena muy chistosa. Y la escenita no tardó en llegar.

—Suficiente —se paró de la banca, y luego de recuperar un poco el aire por el esfuerzo hecho, caminó hacia sus amigos y la matanza comenzó.

Sin decir nada, y muy molesto, empezó a tumbarles de un manotazo el helado a cada uno de sus amigos. El primero fue Yurio.

—¿¡Qué te pasa cerdo?! —se enojó, había estado disfrutando bastante su helado de nuez.

El siguiente fue Phichit, quien sólo hizo una exclamación de sorpresa y comenzó a grabar todo. De él siguió Chris, quien se rio abiertamente cuando Yuuri le dio un manotazo a su helado. Después continuó con Otabek, quien le extendió su postre para que pudiera lanzarlo con más fuerza y facilidad.

—Gracias, Otabek.

El aludido sólo asintió. No le molestaba, lo entendía. Él también estaría molesto si no pudiera comer todas las porquerías que acostumbraba ingerir. Y si Yuuri podía desquitarse con eso, no se interpondría.

Seguía Viktor.

Yuuri esperó que mínimo hiciera lo mismo que Otabek, pero no fue así. Entonces trató de tumbárselo como hizo con los demás, pero Viktor puso lo que quedaba de su helado lejos del alcance de su esposo. El menor se enojó y trató de tumbárselo varias veces, pero el otro no se dejaba y lo alejaba todo lo que podía, hasta que se cansó y finalmente se echó lo que restaba del cono a la boca. En su mano sólo quedó el papelito que envolvía a la galleta del cono.

Yuuri enrojeció tiernamente y dentro de su enojo, tomó ese papelito, lo hizo bola y lo lanzó lejos.

—¡Yuuri! —exclamó Phichit, con su mano sobre la boca, dramatizando su sorpresa. La verdad era que todos se estaban divirtiendo con lo que veían, sin saber que Yuuri se estaba molestando muy en serio. Las hormonas que seguía tomando para mantener el embarazo, hacían los mismos estragos en él que en un principio, así que Viktor ya no se veía muy afectado por eso.

Viktor habló cuando al fin terminó de ingerir el helado.

—No te enojes, amor —intentó abrazarlo. Pero Yuuri lo rechazó y lo agarró a pequeños golpes. Al final Viktor logró rodearlo por completo con sus brazos, apretándolo contra su cuerpo.

—¡Suéltame, Nikiforov! —forcejeaba, pero no lograba zafarse.

—¿Para que hagas de mí tu saco de boxeo? No señor —rio ampliamente, pero Yuuri seguía muy enfadado.

—Viejo, está enojado en serio —murmuró Yurio con seriedad.

—Lo sé —respondió Viktor en un tono bajo a pesar de que Yuuri obviamente podía escucharlo—. Yuuri, amor —lo tomó por los hombros y lo miró sólo para darse cuenta de su expresión—. Oh Dios, sí estás muy enojado —rio con nerviosismo al mismo tiempo en que lo volvía a apresar entre sus brazos. No lo soltó hasta que se le pasó el enojo. Quizás sí se había pasado un poquito, y bueno, Yuuri también estaba exagerando.

Más tarde se olvidaron del incidente, regresaron a casa, todos estaban muy cansados, en especial Yuuri, quien sentía sus pies muy hinchados y le dolía la espalda.

Al llegar al departamento y al estar finamente solos, Viktor llevó a Alexei (Quien se había quedado dormido en el camino) a su habitación y regresó a la sala en donde estaba su esposo acomodando las compras.

—Deja eso ahí, yo me encargo luego —le quitó las bolsas de ropa y cosas, dejándolas en el suelo de la sala—. Siéntate —le indicó el sillón más amplio. Yuuri no rechistó y le hizo caso en todo.

Viktor se sentó en la mesita del centro y subió uno de los pies de Yuuri sobre su regazo, le quitó el zapato y comenzó hacerle un delicioso masaje. Sí, tenía sus piecitos inflamados.

Después de un largo rato de silencio, Yuuri comenzó a sollozar muy bajito.

—Lo siento… —dijo de pronto—…lo siento mucho. No debí portarme así. Es que…

—No tienes que disculparte.

—No, sí tengo que hacerlo. No mereces que te haga esos desplantes. Lo siento tanto, por más que intento, no puedo controlarlo.

—Mi vida —lo tomó de las mejillas—. En serio, lo entiendo, no tienes que disculparte por nada —besó su frente y siguió con su trabajo de masajear esos lindos pies.

Yuuri siguió llorando en silencio, más por sentimentalismo que por otra cosa.

Viktor intentó animar el momento, sacó su móvil y puso música. El japonés se animó un poco. Se sintió mucho mejor cuando el ruso terminó el masaje, sus pies estaban mucho mejor y él se sentía sumamente relajado.

Se sentaron en la sala, uno al lado del otro, abrazados y en silencio, disfrutando de la música hasta que una linda canción hizo acto de presencia. Yuuri la reconoció de inmediato, como buen músico y compositor, la había amado desde el primer momento en que la escuchó, en ese Grand Prix en el que Viktor fue su coach.

"Serenado for two", la canción que usó Michele Crispino en ese año.

—¿Me permites esta pieza? —se puso de pie y le extendió la mano a su esposo, el aludido lo miró con un cariño inmenso antes de asentir y tomar su mano. No le importaron sus pies hinchados.

Viktor rodeó su cintura con ambas manos, Yuuri hizo lo mismo y recargó su cabeza en el hombro de su esposo. Se movían a un compás muy lento, sólo meciéndose de un lado a otro, disfrutando de la canción y de la compañía mutua.

A Yuuri se le puso la piel de gallina cuando su esposo comenzó a cantarle en el oído:

—"No one loves you like the way I do".

Yuuri se sintió en las nubes, le trajo recuerdos muy, pero muy gratos: Viktor entrenándolo, los dos durmiendo juntos en todas las sedes del GPF, conociendo ciudades y turisteando por Barcelona. Inevitablemente se llenó de bellas sensaciones.

Estaban tan inmersos en su burbuja de amor, que no se dieron cuenta del momento en el que alguien entró a su departamento y los vio bailando en la sala.

—¿Ves? te dije que no podían durar tanto tiempo peleados. He vivido con ellos por meses, ya los conozco muy bien —rio bajito.

Otabek asintió, mirando a la cursi pareja.

—Dejemos estas bolsas que olvidaron y vámonos —dejó las cosas en el pasillo y se fueron en silencio para no interrumpir el momento.

El par de tórtolos se quedó en la sala, bailando juntitos aun cuando la música se terminó.

Los días pasaron, y desde el intento fallido de tener sexo, no lo habían vuelto a intentar. Viktor esperaba que el apetito sexual de su esposo volviese, y Yuuri… bueno, Yuuri también lo esperaba.

Sin embargo, lo que Yuuri tenía no era eso, él más bien se sentía muy cohibido por su apariencia. Tampoco quería salir ya, pues el embarazo se le notaba mucho, y ahora que no corría tanto riesgo y podía salir a pasear con supervisión, no quería. Viktor lo entendió y lo acompañó en todo momento, haciéndolo sentir mejor. Lo terminó convenciendo de salir un par de veces, pero era entonces cuando Yuuri se enfundaba en capas y capas de ropa para disimular un poco su estado.

De todas formas, tenía estrictamente prohibido hacer cualquier esfuerzo mayor del requerido para caminar y subirse a un auto. Por lo mismo no salía tanto de casa, se desesperaba mucho y se encerraba a tocar su teclado y a componer música en su habitación.

Viktor lo tranquilizaba, recordándole que todo eso valdría la pena cuando tuvieran a su bebé en brazos. Eso derretía al japonés, y recordaba que en efecto, todo ese esfuerzo valía la pena por completo. Sin embargo, a veces sentía que era una ballena gorda e inflamada. Su cuerpo había cambiado mucho en las últimas semanas, lo notó especialmente esa tarde nublada de invierno. Su esposo estaba tratando de hacer que Alexei durmiera su siesta vespertina, así que aprovechó y decidió tomar un baño caliente y relajante.

Traía sólo su bata de baño, se miró al espejo y notó lo redondo que estaba. Era inevitable que se sintiera un poco cohibido por eso, su cuerpo no era…normal.

Desde que esos cambios se hicieron más visibles, no quiso que Viktor lo viera desnudo.

Se desató la bata y dejó que se deslizara por sus hombros hasta caer en sus codos. Y así, con la bata abierta, se miró detenidamente en el gran espejo del tocador mientras la tina se llenaba de agua caliente. Le maravillaba y al mismo tiempo le aterraba ver los cambios en su cuerpo día tras día.

Estaba más gordito, pero no tanto como cuando abandonó el patinaje hace tantos años ya, antes de que Viktor se volviera su entrenador. Su vientre… vaya, sí que había crecido, y sus pechos estaban muy ligeramente inflamados y le dolían.

Suspiró pesadamente, no se sentía en su cuerpo.

Pero entonces se miró una vez más al espejo y tocó su vientre con ambas manos, lleno de un cariño indescriptible.

—Ya quiero que nazcas, cariño —suspiró con anhelo.

Se miró largamente en el espejo, apenas creyendo que dentro de sí crecía un pequeño ser. Un pequeño ser igualito a Viktor y a él.

—Te ves precioso.

Esa voz grave y tremendamente sexy rebotó en las paredes del baño. Yuuri pegó un brinco tremendo al verse sorprendido. Intentó cubrirse de inmediato con la bata, pero Viktor no se lo permitió.

—En verdad, amor, estás precioso —se paró detrás de él, abrazándolo por la cintura y besando su cuello. Yuuri veía todo por el espejo y no pudo evitar sonrojarse hasta las orejas.

Continuará…