By Tsuki No Hana
XLVII "Tormenta"—Te ves precioso.
Esa voz grave y tremendamente sexy rebotó en las paredes del baño. Yuuri pegó un brinco al verse sorprendido. Intentó cubrirse de inmediato con la bata, pero Viktor no se lo permitió.
—En verdad, amor, estás precioso —se paró detrás de él, abrazándolo por la cintura y besando su cuello. Yuuri veía todo por el espejo y no pudo evitar sonrojarse hasta las orejas. Intentó cubrirse de nuevo, pero no lo logró.
—Vi-Viktor, yo no… no quiero que me veas así.
—¿Cómo? —besó su cuello y aspiró su delicioso aroma.
—Tan hinchado, gordo y raro —estaba muy cohibido.
—Eres el mismo Yuuri de siempre, mi Yuuri —se encogió de hombros y lo abrazó más fuerte desde atrás.
Yuuri.
Me dejé hacer, sentir su aliento contra mi piel provocaba sensaciones que extrañaba mucho experimentar. Sus manos grandes y hermosas me acariciaban desde atrás, lo hacía con sumo cuidado y pasión. Se giró para poder abrazarme de frente, pero no pudo hacerlo del todo, mi gran vientre chocaba contra su abdomen, impidiendo que el abrazo fuese más íntimo todavía.
—Amor ¿Quieres tomar un baño? —me preguntó, acariciando mis costados con sus manos, de arriba abajo.
—Sí, pero… Alexei está durmiendo una siesta.
—No hay problema —besó la punta de mi nariz—. Espérame aquí.
Volvió momentos después, sin ropa y con el monitor de bebé en mano.
—Así nos daremos cuenta si despierta —me tomó entre sus brazos antes de robarme un dulce y apasionado beso.
Extrañaba tanto sentirlo así, apasionado, arrebatado…
Desde que quedé embarazado, Viktor pasaba día y noche cuidando de mi bienestar, no se atrevía a abrazarme muy fuerte por temor a lastimarme, pero ahora parecía más necesitado de mí, como yo de él.
Sentí su piel desnuda tan cálida junto a la mía, mi piel se erizó y él lo percibió al instante.
—¿Qué te parece un baño caliente y un masaje en los pies? —me susurró al oído. Mis rodillas temblaron.
Ciertamente tenía muchas ganas de pedirle que me hiciera el amor ahí mismo, teníamos meses sin hacerlo, pero su propuesta me pareció tan tentadora que no pude rechazarla.
Tomó mi bata y la deslizó suavemente sobre mi piel hasta quitarla por completo, me alzó en brazos y entre risitas nos metimos a la tina.
—¿No peso mucho? —pregunté, preocupado cuando me dejó como si nada dentro del agua caliente.
—Bastante.
—¡Hey! —me quejé, riendo y salpicándole agua.
Nos acomodamos cada uno en un extremo de la tina, frente a frente, mis piernas estaban entre las suyas, y él me hacía cosquillas en los muslos con sus pies.
Sacó una mano del agua y la extendió hacia mí. Sonreí ampliamente y le di mi pie. Eso me trajo muchos recuerdos, y al parecer a él también, no borraba una preciosa sonrisa de su rostro en ningún momento.
—Relájate amor.
Me dijo, y eso fue lo que hice. Me relajé tanto con su masaje en los pies, que un sueño muy agradable me invadió, cerré los ojos unos momentos, y cuando los abrí de nuevo, noté la mirada de mi esposo clavada en mi vientre. Él me sonrió al ver que había despertado, seguía masajeando mis pies.
—¿Qué es tan gracioso? —le pregunté, adormilado y viendo que contenía sus ganas de reír—. ¿Te burlas de mí? —alcé una ceja.
—Jamás —besó el dorso de mi pie—. Bueno, un poco —extendió su mano hasta alcanzar mi vientre, éste sobresalía un poco del agua.
Tenía que admitir que… sí, era gracioso.
—Soy una ballena —suspiré.
—Estás precioso —dijo, por enésima vez en la tarde. Eso me emocionaba un poco, no podía evitarlo.
Entonces fue cuando lo noté diferente, un tanto ido, disperso.
—Vitya —lo llamé suavemente—. ¿Está todo en orden?
Él se asombró.
—Sí ¿por qué lo preguntas?
—Estás algo extraño.
—No es verdad.
—Te conozco, amor, algo sucede —comencé a preocuparme cuando desvió la mirada y dejó de masajear mi pie.
—Bueno, sí hay algo —me miró con algo de vergüenza.
—Dime —los nervios me atacaron.
—Extraño hacer ciertas cosas contigo.
—Oh… —entendí de inmediato.
—Pero al mismo tiempo temo hacerte daño, o que mis caricias no te agraden —suspiró.
Me sentí mierda. La última vez que intentamos tener intimidad fue terriblemente vergonzoso.
—Vitya…
—¿Si?
Sus preciosos ojos celestes me miraron con una calidez que no pude describir. Su simple mirada me aceleraba el corazón. ¿Era normal eso después de tantos años?
—No sabía cómo decírtelo —me incorporé un poco de la bañera.
—¿Qué haces?
Quería incorporarme lo suficiente para levantarme y sentarme sobre su regazo. Pero mi centro de gravedad era distinto al de siempre, mi cuerpo me traicionó y perdí el equilibrio.
—¡Yuuri!
No sé cómo hizo para salvarme de esa caída, pero lo hizo, logró sostenerme y evitó que me golpeara contra el piso de la bañera. El corazón casi se me sale del pecho. Una caída a estas alturas del embarazo sería lo peor. Vi la expresión de espanto en Viktor y entendí que sentía el mismo pánico que yo.
—Amor, ten más cuidado —me abrazó, casi temblando.
—Lo siento —correspondí al abrazo.
Pasado el susto, nos echamos a reír.
—Viktor… —susurré sugestivamente en su oído—…he tenido mucho antojo.
—¿De qué? —se separó para mirarme a la cara. Esperando a que le dijera qué combinación extraña de comida quería ahora.
—De ti.
Vi su expresión sorprendida y satisfecha. Los ojos le brillaron y yo reí por ello antes de rodear su cuello con mis brazos.
—¿Y si te lastimo? ¿O si lastimo al bebé?
—No lo harás —lo tomé de las mejillas y mirándolo fijamente le dije—: Hazme el amor.
Una preciosa sonrisa adornó su expresión. Me tomó en brazos con mucho cuidado, depositándome en la cama casi como si fuese de cristal.
No pasó ni un segundo desde que me dejó en la cama, que comenzó a besar cada rincón de mi piel, saboreando cada centímetro y haciéndome suspirar. Esas caricias bastaban para hacerme arquear la espalda. Ni se diga cuando usaba su lengua en sitios muy sensibles y erógenos.
—Yuuri, estás muy sensible —me dijo al mismo tiempo que apretaba una de mis nalgas en su mano. Yo jadeé como idiota, pero me alerté cuando sentí sus labios sobre uno de mis pezones.
—No, Vitya, ahí no —me avergonzó mucho que lo hiciera. Seguramente ya había notado lo hinchados que estaban mis pechos.
—¿Es molesto?
—Uhm… no, pero ¡Ah! —gemí con más fuerza ante el placer. Sí, estaba más sensible de lo normal.
Estábamos desnudos en la cama, yo con mis piernas abiertas y él entre ellas, echado sobre mi cuerpo para repartir caricias y besos a diestra y siniestra. El roce continuo de nuestra piel, más la humedad cálida de sus labios… estaban haciendo que perdiera mi cordura.
Comenzó a frotarse contra mí, su entrepierna contra la mía, una y otra vez. Yo me sentía desfallecer. El simple roce de su miembro contra el mío, hizo que me viniera sin previo aviso. Mi espalda se arqueó violentamente, agarré la almohada bajo mi cabeza y la apreté con fuerza entre mis dedos mientras sentía cómo el placer me arrastraba a ese profundo orgasmo.
Cuando abrí los ojos, aún agitado, noté con algo de vergüenza que Viktor me miraba entre sorprendido y divertido.
—Amor… ¿Tan pronto? —me preguntó. Sólo sentí cómo el calor subió hasta mis orejas.
—Oh, cállate —quité la almohada de su lugar y golpeé con ella a Viktor. Él se echó a reír abiertamente.
—Pero no te ves cansado… —llevó su mano a mi miembro aún despierto, eso me hizo pegar un brinquito. Y el placer volvió a mí cuando juntó los miembros de ambos, frotándolos juntos, al mismo tiempo y usando también su mano.
—No estoy cansado —logré articular, perdido en el placer que me provocaban sus caricias.
—¿Estás seguro de que quieres continuar? —jadeó, con su frente pegada a la mía, nuestros alientos mezclándose y nuestros cuerpos agitados.
—¿En serio te estás arriesgando a que acepte que te detengas? —me burlé un poco, pellizcándole una mejilla y viendo su reacción sorprendida—. Continua, por favor —supliqué. No tuve que esperar para que afianzara mi cuerpo entre sus brazos y me devorara a besos una vez más.
Me perdí entre sus caricias, sus besos y sus tiernas atenciones. En todo momento procuraba no aplastarme para no dañar a nuestro bebé, era cuidadoso y tremendamente amoroso. No entendía cómo lograba ser así, y además muy apasionado, pues sus caricias me encendían de una manera inexplicable. Sentía que en cualquier momento me vendría de nuevo, pero no quería que esto terminara tan pronto.
Logré concentrarme en acariciar toda su piel, deslicé mis dedos por toda su columna, desde la nuca hasta apretar su trasero entre mis manos, amasándolo a mi entero gusto. Su cabello, ligeramente más largo, me hacía cosquillas en el rostro al mismo tiempo que sus labios besaban con ansias a los míos.
—Oh Viktor… —jadeé cuando una mano traviesa se coló entre mis nalgas. Mi espalda se curveó al sentir cómo introducía un dedo en mí. Parecía apresurado, y en cierta parte lo entendía. Lo había tenido en abstinencia desde que me embaracé, casi siete meses.
—Lo siento, quiero hacerlo ya —jadeó contra mis labios porque alcé mis caderas, frotándome contra él.
—Nada te detiene —sonreí de lado al mismo tiempo que lo tomaba del trasero y lo empujaba hacia mí.
Su sonrisa me derritió por completo. Estaba enteramente a su merced.
No permitió que me esforzara mucho, sólo se acomodó entre mis piernas y me dejó permanecer recostado mientras él se encargaba del resto. Incluso puso una almohada debajo de mi trasero para que no me fuera a esforzar.
Viktor era perfectamente dulce, amable y al mismo tiempo arrebatadoramente sexy. Mis manos no dejaban de acariciar cada rincón de su piel, sintiendo sus músculos debajo de mis dedos.
Abrí mis piernas un poco más, demostrándole que no había perdido mi característica elasticidad en todos esos meses. Él lo notó y sonrió travieso por ello.
—No te esfuerces de más ¿si? —aún en medio de su excitación y agitada respiración, se preocupaba por mi bienestar.
—No lo haré —me enternecí hasta la médula, acariciando sus mejillas y atrayéndolo a mis labios para que nuestras lenguas se encontraran en ese cálido beso. Mientras tanto, y sin separarse de mi boca, se fue acomodando a tientas hasta acomodar su miembro en mi entrada.
Entró en mí con facilidad, mi cuerpo entero se estremeció y cerré los ojos con fuerza mientras encajaba mis uñas en sus hombros. La posición no permitía que llegara tan profundo como de costumbre, pero aun así se sentía maravilloso.
Sus perfectas caderas se movían sensualmente de atrás hacia delante. Yo jadeaba sin parar, la sensación de nuestros cuerpos unidos era sublime.
Abrí los ojos y me topé con algo que por poco me hacer tener un orgasmo igual de intenso que el primero. Viktor me miraba fijamente al rostro, estudiando cada una de mis muecas mientras se mordía sensualmente el labio, todo esto sin dejar de bombear ni un segundo, profundo y constante. Su cuerpo pesado estaba sobre mí, intentaba no aplastarme y eso sólo me enternecía más, sin embargo, esa ternura fue reemplazada por completa lujuria al ver que se mordía más fuertemente el labio cuando entró un poco más profundo en mí. Su rostro fue invadido por una expresión de entera satisfacción, jadeaba gravemente y cerraba los ojos de vez en cuando.
Viktor era el hombre más sensual y orgasmeante del mundo.
Sentí que me correría en cualquier segundo, y no quería que terminara ahí, quería disfrutar más.
—Cambiemos de posición —gemí, alzando un poco mis caderas, logrando arrancarle un gemido gutural antes de que atrapara mis labios entre los suyos—. Por favor —pedí entre suspiros y besos.
Viktor se detuvo y me miró curioso.
—¿Es incómodo así?
—No, sólo… —no sabía cómo decirle que quería moverme, no quería quedarme sólo acostado.
Logré empujarlo, y con suficiente agilidad lo obligué a sentarse. Quedamos sentados frente a frente, nuestras erecciones a tope y con la respiración completamente agitada.
Me senté sobre su regazo, en esa posición que ambos tanto disfrutábamos, con mis piernas a cada lado de sus caderas.
—¡Yuuri! —se asombró. Sentí mi rostro arder un poco.
Su expresión era hermosa, su boca ligeramente abierta demostraba lo agitado que estaba, sus mejillas rosadas y sus ojos azules tan brillantes al mirarme, expectante.
Sus brazos de inmediato me rodearon, dándome el sostén que necesitaba. Dejé todo mi peso sobre su regazo y me dejé abrazar. Apoyé mis manos en sus hombros y sus ojos brillaron aún más cuando vio lo que estaba por hacer.
Intenté sentarme sobre su erección, pero había un pequeño problema.
—Demonios —farfullé entre dientes y una risita encantadora me distrajo—. ¡No te burles!
Y es que mi vientre ya era lo suficientemente grande como para interponerse entre Viktor y yo, ya no podía pegar mi pecho al de él, y la posición que tanto me gustaba, se había vuelto incómoda e imposible.
Viktor entendió lo que quería hacer, así que, sin uso de palabras, supo qué era lo que necesitaba.
Me sorprendió la facilidad con la que me giró sobre su regazo, sentándome sobre sus muslos y haciendo que apoyara mi espalda en su pecho. La posición se volvió cómoda. Él me rodeaba con sus brazos desde atrás, haciéndome sentir seguro, justo antes de que levantara mi trasero y me sentara de nuevo sobre su regazo, pero esta vez con él dentro de mí.
No pude evitar soltar un fuerte gemido al sentirlo completamente dentro al mismo tiempo que sus manos me masturbaban ágilmente. No lo dejé mover sus caderas, fui yo quien tomó el control. Comencé a menear mis caderas de adelante hacia atrás, supe que lo hacía bien cuando Viktor se echó para atrás, recostándose sobre el colchón conmigo sentado sobre él. Me encontraba de rodillas sobre su regazo, usaba mis piernas para impulsarme hacia arriba, sólo para volver a caer de lleno sobre él. Sus manos se encarnaron sobre mis caderas, amasándolas con fuerza mientras soltábamos gemidos cada vez más fuertes.
—Oh Yuuri —jadeó al mismo tiempo que se incorporaba hasta pegar de nuevo su pecho a mi espalda. Me rodeó posesivamente entre sus brazos, apretó mis pechos con sus manos, sorprendiéndome con lo sensible que era ahora en esa área.
Comenzó a embestirme rítmicamente, profundo y rápido. Me sentía flotar en ese momento. La fuerza en sus embestidas disminuyó y posó ambas manos sobre mi vientre, acariciándolo con cuidado.
—¿No te he lastimado? —preguntó, aún en medio de toda esa pasión desbordada.
Giré mi rostro y lo miré por sobre mi hombro, se veía preocupado.
—No lo has hecho —extendí mis brazos hacia atrás para acariciar su cabeza mientras él seguía acariciando suavemente mi vientre.
Algo travieso, lo empujé para que se recostara de nuevo, el me miró con curiosidad, dejándome hacer lo que me viniera en gana.
Yo sólo quería hacerlo disfrutar este momento, después de haber sido tan paciente conmigo. Se lo merecía.
Volví a mecerme de atrás hacia delante, de arriba hacia abajo. Sus gemidos se mezclaban con los míos. Intentaba dar lo mejor de mí, era la primera vez que teníamos sexo en esta condición, y vaya que extrañaba mi cuerpo atlético, pues… ya me estaba cansando. Él lo notó cuando me incliné hacia delante y apoyé mis manos en sus tobillos, me faltaba la respiración. Agradecí enormemente cuando de nuevo se incorporó y ahora fue él el encargado de todo.
Me embistió rudo, profundo, pero sin llegar a lastimarme.
El clímax estaba cerca, para ambos, lo noté en su respiración irregular.
Su mano izquierda apretó uno de mis pechos, la derecha descendió a mi miembro y le dio la atención que necesitaba mientras besaba mi cuello, mordiéndolo y haciéndome retorcer por tanto placer.
Sus labios estaban sobre mi hombro derecho, extendí mis brazos hacia atrás y acaricié su cabeza, enredando mis dedos en su cabello platinado, sintiendo su respiración sobre mi piel y sus excitantes gemidos.
Enseguida tomó mis caderas y con fuerza me pegó todo lo posible a él, enterrándose muy dentro de mí justo antes de correrse, sin dejar de embestirme en ningún momento. Jadeó con fuerza, fue tan sexy que no pasó mucho antes de que me corriera violentamente. Un hormigueo intenso recorrió todo mi ser. Apreté los dedos de mis pies, notando que Viktor estaba en la misma situación.
Terminó de correrse dentro de mí, yo no alcanzaba ni siquiera a ver mi miembro. Entonces comenzó a dejarse caer de espaldas, conmigo de espaldas sobre él. Cayó en el colchón con todo mi peso encima. Me deslicé con cuidado hacia un lado y él me abrazó protectoramente, convirtiéndome en la cuchara pequeña del abrazo. Subió su pierna sobre mí, abrazándome, literalmente con brazos y piernas.
Nuestras respiraciones seguían agitadas, podía sentir el desbocado corazón de Viktor latiendo contra mi espalda, el mío estaba en las mismas condiciones. Me sentía exhausto y mi respiración no lograba calmarse.
—Mi amor… —jadeó sobre mi hombro, dejando un besito dulce sobre mi piel—. ¿Estás bien?
—Sí…
—Estás muy agitado todavía.
—Sólo dame tiempo, creo que… perdí mi condición —me eché a reír, contagiándolo inmediatamente.
—Eso fue increíble —no dejaba de apapacharme y de hacerme cariños.
—Lo fue —no podía negárselo—. Gracias por esperar tanto tiempo, por ser tan paciente.
—Lo vale —me dijo antes de que girara mi rostro y nos uniéramos en un dulce beso, cansado y deseado.
Recosté mi cabeza en la almohada y casi podía jurar que me quedaría dormido en ese mismo instante, pero no quería, no cuando Viktor estaba acariciando tan cariñosamente mi vientre, no cuando podía al fin sentir su piel desnuda contra la mía.
—Vitenka.
—¿Si? —noté la emoción en su voz cansada.
—Te amo.
Hizo una expresión de ternura antes de abrazarme tan fuerte que me sacó el aire.
—Te amo Iuuri —mordisqueó mi oreja, haciéndome reír—. Durmamos.
—No, espera, hay que vestirnos antes de dormir.
—¿Por qué? —se quejó, perezoso y frotando su cuerpo desnudo contra el mío. La sensación era por demás agradable.
—Alexei está tomando la costumbre de venir a meterse a la cama en las mañanas.
—Oh… es cierto —refunfuñó.
Narradora
Se levantaron y se vistieron con el primer pijama que encontraron. Viktor miraba en silencio a su esposo, el pobre ya se veía cansado, el embarazo lo estaba agotando sobremanera. Le costaba más trabajo hacer ciertas cosas, estaba hinchado, adolorido e incómodo.
Yuuri finalmente se sentó en el borde del colchón y Viktor de inmediato lo abrazó desde atrás.
—Gracias —dijo simplemente, apretándolo con mucho cariño y apoyando el mentón sobre su hombro.
—¿Por qué? —sonrió, sin entender.
—Por hacer este gran sacrificio —puso ambas manos sobre su vientre—. Es el mejor regalo que me podrían hacer, nada se compara.
Yuuri soltó una risita tremendamente dulce.
—Hey, también es un regalo para mí. Voy a tener un hijo tuyo ¡¿Sabes lo increíble que es eso?!
—Será una mezcla de ambos —se emocionó.
—¿Crees que saque tu cabello? —preguntó, ilusionado.
—No lo sé… espero que no.
—¿Qué? —preguntó, en completo shock—. ¡¿Por qué no?!
—No es muy común que digamos, además, me gusta más tu cabello negro. Y de todas formas… no importa cómo sea, lo importante es que será nuestro —tomó a Yuuri de los hombros y lo empujó suavemente sobre el colchón, para abrazarlo y mimarlo antes de dormir.
—Tienes razón, pero… —rio—. Tengo mucha curiosidad, ya quiero saber al menos si será niño o niña.
—Yo también —acarició su pancita—. Quiero un pequeño katsudon.
—Yo quiero a un pequeño Viktor.
Ambos rieron.
—¿Y si es niña?
—Una vez más sería el papá más feliz del mundo, Yuuri —besó su mejilla.
—¿Crees que Alexei se sienta cómodo con el nuevo bebé?
—Estoy seguro de que será un excelente hermano, como Aleksi lo fue para mí.
Se quedaron en un largo y cómodo silencio luego de eso, ambos recordando a Aleksi y a su esposa. Era una pérdida que aún no lograban superar, ninguno de los dos.
—¿Lo estaremos haciendo bien? —preguntó el ruso.
—¿A qué te refieres?
—A la crianza de Alexei.
—No estoy seguro de que hagamos precisamente lo correcto, pero lo que sí sé con certeza, es que lo amamos mucho y buscamos siempre lo mejor para él. Es un bebé feliz —acarició la mejilla de su esposo, Viktor se veía un tanto afligido.
Se había vuelto una costumbre para la familia Nikiforov Katsuki despertar en las mañanas e iniciar el día con jugo de naranja recién exprimido y café recién hecho. Yuuri se levantaba temprano para hacer el desayuno antes de que su amado se fuera a trabajar, había muchas cosas por hacer en el proyecto que Viktor traía entre manos, y Yuuri quería al menos ayudar con un buen desayuno.
El japonés pegó un brinco por el susto que sintió cuando su esposo lo sorprendió abrazándolo por detrás.
—¡Vitya!
—Amor, no deberías de estar cocinando —le reprendió, aún con su voz adormilada y pastosa, antes de bostezar.
—Me asustaste… —se llevó una mano al pecho.
—Lo siento —siguió abrazándolo por la cintura, acariciando su pancita y apoyando su mentón sobre el hombro de su esposo.
—¿Tienes hambre?
—Mucha. Ve a sentarte, yo seguiré el resto.
—No —rio—. Quemarás el desayuno.
—Yuuri —hizo un tierno puchero—. Ya no soy tan malo en la cocina.
—Ajá —se zafó del abrazo y tomó un par de platos y cubiertos—. Anda, pon la mesa —besó su nariz y soltó una risita al verlo aún con su pijama, y completamente despeinado.
—¿Llamas a eso un beso? —dejó los platos sobre la barra y tomó a su esposo en un abrazo apasionado muy de película antes de asaltar sus labios con arrebato y amor.
Los labios de ambos se unieron con anhelo y necesidad, parecían un par de novios hormonales.
Yuuri no pudo evitar soltar un leve gemido durante el beso, al sentir la lengua de su esposo jugando con la suya.
Tuvieron que separarse cuando escucharon pequeños pasitos acercándose a la cocina.
—¡Papi! —Alexei corrió con sus pequeñas piernitas hacia ambos, abrazándose a las piernas de sus padres.
—Hola mi niño —Viktor lo tomó en brazos. El nene vestía su pijama azul de ositos, estaba despeinado y adormilado. Eso sólo llenaba de ternura a sus padres.
—¿Tienes hambre, Lyosha? —preguntó Yuuri con mucho cariño.
—¡Shi! —extendió sus manitas hacia el vientre de su padre. De un tiempo para acá, le llamaba mucho la atención y siempre que podía lo tocaba—. ¿Helmanito?
—Sí, tu hermano o hermana está dentro de papi —explicó Viktor con mucho amor.
—No. Helmana no, helmano shí.
Viktor y Yuuri se miraron a los ojos con mucho asombro antes de echarse a reír.
—¿Te suena conocido? —preguntó Yuuri, burlón.
—¡Mucho! —rio con ganas—. Vamos Lyosha, pongamos la mesa juntos —se llevó a su bebé al comedor, lo acomodó en su sillita especial y volvió a la cocina, sólo para espantarse bastante al ver a su esposo agarrado de la encimera, con cara de dolor—. Yuuri… —se le fue el aliento al verlo mal—. ¿Qué ocurre? —estaba asustado, no sabía qué hacer.
—Nada… está pateando muy fuerte —se llevó una mano al vientre, era incómodo y hasta cierto punto doloroso.
Viktor esbozó una pequeña sonrisa, su bebé era muy fuerte. Llevó una mano a su vientre y sintió los movimientos de los que Yuuri se quejaba.
—¡Qué miedo! —exclamó el ruso.
—¡Oye! —se quejó Yuuri, sólo para terminar riendo también.
—Te está pateando todos los días a esta hora ¿Verdad?
—Ahora que lo dices… sí —suspiró, cansado.
—Ven, necesitas sentarte —lo llevó al comedor, en donde se toparon a Alexei en su sillita, muy entretenido jugando con Makkachin. El perrito se paraba en dos patitas para jugar con el bebé.
La familia desayunó en paz y armonía, Viktor se arregló para ir al trabajo y Yuuri aprovechó para dormir un rato. El ruso veía que su amado estaba exhausto, y le preocupaba dejarlo varias horas en casa, solo con su retoño lleno de energía, así que ese día optó por llevarse a Alexei al trabajo para que su esposo descansara toda la mañana.
Día tras día, Yuuri estaba más redondo e hinchado, ya no aguantaba mucho caminar largos tramos, se agitaba con facilidad, y se sentía gordo y feo a pesar de los intentos de Viktor por convencerlo de lo contrario.
Una de esas noches, luego de que el ruso se llevara a Alexei para dormirlo, Yuuri se encerró en el baño y duró largo rato ahí, de un tiempo para acá lo hacía todas las noches, y Viktor no entendía por qué lo hacía.
—Amor ¿Está todo bien? —preguntó después de tocar la puerta del baño.
—¡Sí! En un momento salgo.
Escuchó cómo removía cosas en el botiquín detrás del espejo. No tenía idea de qué tanto hacía Yuuri ahí.
El japonés salió del baño y pegó un brinco del susto al ver a su esposo recargado en la pared del pasillo, fuera del baño.
—¿Qué tanto hacías allí dentro? —de brazos cruzados, alzó una ceja, inspeccionando cada centímetro de su rostro.
—Yo… —se llevó ambas manos al vientre, desviando la mirada. Últimamente era un hábito que había tomado, o quizás era que su vientre pesaba tanto que sentía que debía sostenerlo.
—Dime, ¿Está todo bien? —le acarició los brazos, preocupado.
—Sí —suspiró con una sonrisa resignada—. No tienes de qué preocuparte.
—Yuuri…
—¡Ah! Ya, está bien. Te lo diré porque sé que insistirás toda la noche hasta que te lo diga —comenzó a llorar con su ceño fruncido.
Viktor no entendía cómo podía pasar de un estado de ánimo a otro tan repentinamente.
—Esto es lo que pasa —frunció más el ceño y levantó la camiseta de su pijama, mostrando su vientre.
—¿Qué?
—¡Esto! —señaló las marquitas rojizas y alargadas en toda la periferia de su abdomen.
Viktor entendió todo, y comprendió por qué de un tiempo para acá no dejaba que le mirara el vientre desnudo.
—Yuuri, amor —suspiró y lo miró con ternura—. No te sientas mal por eso, es normal. Irina me platicó que es muy común que suceda. Las estrías son normales en un embarazo.
—Pero se ve horrible, no quiero que me veas así.
—Mi vida —tomó su mentón y lo obligó a mirarlo—. No me importa que tengas eso —acarició su pancita y sintió la pomada que recién se había puesto en el baño, a escondidas—. ¿Duele? —se preocupó.
—Un poco. En realidad da mucha comezón, y arde.
—¿Por eso la pomada?
El japonés asintió en silencio, mirando hacia un lado.
—Me lo hubieras dicho —lo abrazó con cariño—, y yo mismo te la pondría todas las noches. Amor, ten la confianza de decirme esas cosas.
—Pero… —sollozó en medio del abrazo—… es que no es sólo eso. Me siento horrible, verdaderamente horrible. No me puedo mover con mucha facilidad, mi vientre es demasiado grande y pesado, me duele la espalda. Y… ¿Y si después de tener al bebé ya no me quieres?
Viktor se separó violentamente de él.
—No, eso ni lo digas. Yuuri, eso es imposible —rio con incredulidad antes de acariciar la mejilla de su amado—. Creo que tengo que recordarte que eres mi esposo, el amor de mi vida, el padre de mis hijos y el hombre más hermoso del mundo.
Yuuri se limpió las lágrimas con una sonrisilla en sus labios.
—Mentiroso, el más hermoso del mundo eres tú.
Viktor se echó a reír, ya habían empezado el momento cursi del día. Aunque debía admitir que amaba ese momento del día en que Yuuri se ponía muy meloso y necesitado de cariño y atención.
—Vayamos a dormir ¿Si? —le dio un besito esquimal muy tierno.
Yuuri asintió y caminó rumbo a su habitación. Viktor lo vio alejarse y se mordió el labio inferior en una expresión de completo enternecimiento al verlo caminar con sus piernas levemente abiertas debido al peso que cargaba en su vientre.
—¿Te duele la espalda? —preguntó el ruso al ver cómo se llevaba ambas manos a la espalda baja.
—Sí —admitió de inmediato—. Este bebé ya pesa mucho —suspiró.
Viktor no dijo nada, esbozó una linda sonrisa y recostó a su amado en la cama para poder darle un merecido masaje. Yuuri lo agradeció una y otra vez, amaba ser tan consentido por su esposo, y éste adoraba tener la oportunidad de mimarlo, después de todo, era lo mínimo que podía hacer.
Sin embargo, como tenían por costumbre (Como si fueran aún un par de adolescentes hormonales) en ese simple masaje de espalda, Viktor deslizó sus manos hacia su trasero, eso los llevó a caricias cada vez más íntimas hasta terminar haciendo el amor.
Yuuri se podía mover mucho menos que antes, añadiendo el hecho de que todo le dolía, así que Viktor se encargó de todo, haciéndolo disfrutar cada momento.
—¿Aumentaste más de lo que debías?
—Sí —respondió, conteniendo su enojo e impotencia. Caminaba de la cocina a la mesa, llevando y trayendo cosas bajo la mirada reprobatoria de Viktor, quien, sentado y con los brazos cruzados, escuchaba la charla entre su mejor amigo y su esposo.
—Yuuri, estás embarazado, engordar es normal ¿O no? Además, no te ves tan gordito, bueno, lo estás, pero no tienes obesidad mórbida —Chris se calló al ver la mirada furibunda que le dirigió el japonés. Nunca imaginó que Yuuri pudiera dirigir miradas tan fulminantes—. De acuerdo, me callo —alzó ambas manos en señal de paz.
Yuuri siguió llevando y trayendo cosas de la cocina, no dejó que nadie más lo ayudara, ni siquiera Viktor, pues estaba enojado con él porque no le ayudaba en su tarea de conservar su peso ideal, no al ofrecerle siempre golosinas, argumentando que eran las últimas semanas de embarazo, y que por lo mismo podría darse ciertos gustos.
—Oh vamos, Yuuri, te faltan… ¿Qué? ¿Siete semanas?
—Exactamente, aún faltan casi dos meses, no puedo darme el lujo de engordar más. Ya no lo digo por estética, sino por salud.
—Yuuri, amor, no exageres.
—¡No lo hago! —infló sus mejillas.
Sí, estaba en sus veinte minutos diarios de drama justificado.
—Mejor díganme qué planean hacer en el cumpleaños número dos de mi sobrino preferido —pellizco la mejilla de Alexei, quien estaba sentado en su periquera a un lado de Viktor.
Yuuri escuchó eso y de inmediato se sentó a la mesa con ellos, cambiando su enojo por emoción.
—Queremos reunirlos a todos aquí —respondió Viktor—. Por el estado de Yuuri decidimos que lo mejor sería una fiesta pequeña en casa.
—¡¿Por qué no me lo dijeron antes?! —se emocionó—. Déjenme ayudarles con los preparativos. ¿Ya saben a dónde mandarán a hacer el pastel?
—Yurio se encargará de ello.
—¿Y la música?
—Chris —Viktor lo miró raro—. Es una fiesta infantil.
—Se necesita música.
—De hecho, Otabek se ofreció a traer su equipo para reproducir las canciones de las caricaturas preferidas de Lyosha —informó Yuuri. Su marido se sorprendió.
—¿En serio? vaya…
—¿La comida?
Los Nikiforov se miraron mutuamente.
—Bien, yo ayudaré con eso. Yuuri no debe ponerse a cocinar, y… —miró a su mejor amigo—… no queremos que alguien salga intoxicado.
El ruso sólo rodó los ojos.
—Irina ayudará con la decoración.
—Pobre mujer ¿No está en las mismas que Yuuri?
—Sí, pero su bebé está programado para varias semanas después que el nuestro —informó Viktor con una sonrisa muy linda.
—Bien, haremos una gran fiesta para este bebé —le pellizcó de nuevo la mejilla a Alexei, ganándose un ceño muy fruncido, demasiado fruncido para ser apenas un bebé de dos años.
El suizo se echó a reír mientras era regañado por su mejor amigo, entonces notó que con una simple caricia en su carita por parte de Yuuri, el nene borraba todo atisbo de enojo de su rostro. A Chris le sorprendía cómo ese niño amaba tanto a sus padres, en especial a Yuuri, siendo que éste no compartía ningún lazo de sangre con él. Miraba a la feliz familia y sólo podía llenarse de un sentimiento agridulce, estaba feliz por ellos, pero a veces deseaba tener un poquito de esa felicidad.
—Chris.
La voz de su mejor amigo lo sacó de sus pensamientos. Sus ojos claros se dirigieron a él. De pronto se dio cuenta de que Yuuri había ido a la cocina y estaban sólo ellos tres en la mesa.
—¿Todo bien? —le preguntó con seriedad.
—No —fue sincero. No planeaba tocar el tema, a menos que le preguntaran al respecto.
—¿Qué ocurre? —preguntó, preocupado.
Makkachin sintió el cambio de atmósfera y se acercó a su amo en busca de una caricia en su cabecita.
—Masumi ya no me ama como antes —de nuevo fue muy directo, pero Viktor no daba crédito a sus palabras.
Christophe explicó detalladamente que llevaba varias noches intentando seducir a su ahora esposo para llevárselo a la cama, puesto que llevaban más de un mes sin siquiera tocarse. Viktor no podía creer aquello.
—Eso debe de tener una explicación, Chris, Masumi te ama y por eso se casaron.
—Comienzo a pensar que casarnos no fue una buena idea, nunca habíamos tenido este tipo de problemas.
—¿Qué es exactamente lo que ha estado pasando?
Chris suspiró y procedió a explicar que en sus intentos por seducir a su amado, lo esperaba en la sala de su departamento en las noches. Cuando Masumi entraba a su hogar, se topaba a su esposo vistiendo sólo su gabardina color caqui, sólo eso. Pero en vez de excitarse y comérselo a besos, lo miraba unos segundos antes de fruncir el ceño, saludarlo y pasar de largo directo a la oficina que tenía en casa, donde continuaba trabajando hasta entrada la madrugada.
Habían sido tantos los rechazos, que dejó de insistir y ya no lo esperaba en la sala, simplemente se iba a dormir, triste.
—Quizás tiene mucho trabajo.
—Quizás tiene a otro.
—No seas dramático.
—No lo soy —sonrió levemente de lado, era una sonrisa completamente tiste—. Por eso… déjame ayudar con la organización del cumpleaños de mi sobrino —miró al nene con un cariño inmenso—. Me ayudará a distraerme un poco. Haremos una gran fiesta ¿y por qué no? Aprovecharemos y celebraremos mi cumpleaños también —le guiñó un ojo a Viktor, quien sólo rodó los ojos y rio por ello.
Y así fue. La fiesta fue todo un éxito, hubo música, mucha comida deliciosa y bastantes regalos.
Alexei estaba en verdad muy contento. Y cuando abrió el regalo más grande, que era una pista de carritos inmensa (regalo de sus tíos Yurio y Otabek), terminó divirtiéndose más con la caja que con el regalo mismo.
—Mocoso, tu regalo es este —dijo Yurio, apuntando la pista desarmada que yacía sobre el tapete de la sala. Aprovechó la situación y grabó a su amado sobrino divirtiéndose con la caja—. Alexei —lo llamó para que mirara hacia la cámara—. Juega con los carritos.
—¡Ño! —exclamó al mismo tiempo que ponía a uno de sus muñecos de peluche dentro de la caja y la arrastraba por todas partes, paseando al muñeco.
—Lyosha —rio Yuuri—. Tus tíos te regalaron esa pista de carritos, no seas grosero. Dales las gracias.
El nene, sonrojado por la vergüenza de ser regañado, puso las manitas detrás de su espalda y sin mirarlos a los ojos, dijo:
—Lo shiento… —segundos después salió corriendo, empujando la misma caja, "paseando" al muñeco.
Yurio estalló en carcajadas, había logrado grabar todo en su celular. Sin duda alguna se lo mostraría al bodoque cuando creciera. Lo veía correr de un lado a otro por todo el departamento. Alexei sabía que era su fiesta de cumpleaños, y lo estaba aprovechando al máximo, se veía feliz. Pero Yurio se mareó al verlo correr de un lado a otro como niño loquito, así que…
—¡Ya deja de correr! ¡Bodoque, quédate quieto! —se desesperó y lo tomó en brazos, logrando que el pequeñín se riera a carcajadas al hallarse en el aire.
—¡Ñoooo! —gritó como loquito antes de removerse para soltarse de los brazos de su tío.
Otabek se lo quitó de los brazos y lo alzó para mirarlo directo a la cara, con su típica seriedad.
—¿Ugamos?
El kazajo asintió y así los dos se sentaron en la alfombra de la sala, Otabek le comenzó a armar la pista de carritos mientras el resto de los invitados veía todo con diversión.
—¿Le entregamos el de su abuelo? —preguntó Yuuri cautelosamente, Viktor se tornó pensativo unos momentos antes de asentir con total seriedad.
Dimitri no había sido invitado a la fiesta, sin embargo, le mandó un regalo a su nieto. Ese regalo lo habían escogido entre él y Andrew, pero eso nadie lo sabía. Junto con el obsequio, había una nota de felicitaciones y disculpas por no poder visitarlo en su cumpleaños, pues se encontraba en un viaje de negocios.
Cuando Alexei abrió el regalo de su abuelo, los ojos le brillaron tremendamente.
Dentro de la caja había docenas de distintos tipos de crayones para colorear, cuadernos, pinceles y acuarelas. A partir de ese momento, Alexei quedó enajenado con su regalo. El pequeño "mocoso" no volvió a marear a los invitados con sus carreras. Se la pasó sentado en la sala, coloreando y pidiéndole a sus tíos favoritos que colorearan con él.
—Beka, regálame esto de cumpleaños —pidió el rubio muy en serio mientras dibujaba un gatito zombie muy aterrador.
El kazajo soltó una risita y siguió coloreando, acostumbrado a esas cosas por culpa de sus hermanitas.
Cuando Otabek y Yuri se pararon de la alfombra, Alexei se molestó y fue hacia ellos para jalarlos de la manga hasta sentarlos de nuevo, así convenció a Viktor y a Chris también. Intentó hacerlo con Yuuri, pero no dejaron que éste se sentara en el suelo.
—Papi no puede hacerlo.
—¿Po qué? —preguntó el nene, curioso.
—Porque está cuidando a tu hermanito en su barriga ¿lo recuerdas? —explicó Viktor.
Una preciosa e inocente sonrisa iluminó su faz antes de levantarse de la alfombra para correr hacia Yuuri y abrazarse a sus piernas.
—¿Helmanito viene?
—Aún no, cariño —acarició su cabecita—. Y recuerda que puede ser hermanita también.
—¡Ño! Niño, quielo niño —hizo un tierno puchero.
Viktor se frotó el puente de la nariz, pidiendo paciencia al cielo. No sabía qué hacer cuando tocaban el tema con Alexei, siempre se molestaba cuando le decían que podía ser niña.
¿Acaso eso era el karma por haber hecho lo mismo de niño?
Era muy probable.
Esa noche, luego de la fiesta, Yuuri se fue a acostar después de lograr que su hijo se apartara de sus regalos. Viktor se quedó hasta tarde en la cocina, recogiendo y limpiando todo lo que se ensució durante la fiesta. Terminó con los deberes, y sin importar que fuera ya de madrugada, se sirvió una enorme rebanada del pastel que Yurio le hizo a su hijo. Se había lucido con tan hermoso y delicioso pastel, realmente parecía de repostería fina. Le costaba creer que ese muchachito lo hubiese hecho.
—Amor ¿No vas a venir a dormir? —apareció en la cocina, tallándose un ojo y sorprendiendo a su esposo con su presencia ahí.
Viktor lo miró y casi hizo una exclamación llena de ternura al verlo. Vestía su pijama, y su pancita se asomaba un poco entre el pantalón y la playera.
—Pensé que ya estarías dormido —vio cómo bostezaba.
—Lo estaba, pero… me desperté y no estabas, así no puedo dormir. Ven a la cama, Viktor —volvió a bostezar, entonces enfocó mejor su vista y notó lo que su marido hacía—. ¿Qué haces?
Viktor tragó en seco.
—Me dio hambre.
—Te envidio —suspiró y caminó hacia Viktor, lo miró de cerca, posó sus ojos castaños en los azules y pegó su cuerpo al de él antes de llevar sus labios a la comisura de los de Viktor—. Tenías un poco de betún ahí —sonrió, coqueto.
El corazón del ruso palpitó con más fuerza.
—Amor ¿Y si comenzamos a festejar san Valentín desde ya?
—¿Por qué no? —colgó sus brazos del cuello de Viktor, sonriendo aún con esos aires de pereza que tenía luego de despertar. Su cabello negro era ya todo un revoltijo.
Entre besos y caricias se dirigieron a la habitación, pero apenas cayeron al colchón, quedaron completamente dormidos. Estaban cansados.
No podía quitarse la preocupación de encima, su esposo llevaba semanas actuando muy raro, no podía aguantarlo más.
—Masumi.
—¿Si? —preguntó sin mirarlo, estaba más ocupado buscando algo dentro de su armario.
—Masumi, préstame atención unos momentos —exigió, pero su amado no le hizo caso.
—Dame un segundo.
—No, escúchame ahora mismo —su voz salió tan demandante que el otro salió del armario y lo miró con una ceja alzada, ocultando lo que tenía en las manos detrás de su espalda.
—Estás molesto —no era una pregunta, conocía mejor que nadie a Chris—. Sé que estás molesto, pero antes de que te enojes más… —le extendió aquello que había estado ocultando detrás de él: una bonita caja de regalo de color negro con un precioso y elegante moño rojo—. Feliz cumpleaños mi amor. Espero poder pasar contigo todos los cumpleaños que te queden.
Los ojos claros de Chris comenzaron a inundarse en lágrimas.
—¿Los cumpleaños que me queden? —rio entre el llanto—. ¿Eres retrasado? —no, sabía que no lo era. Su amado era así de malo con las palabras, pero él así lo amaba aun con ese defecto, pero en ese momento le molestaba un poquito.
—Lo siento amor, sabes que soy pésimo con las palabras —le extendió el obsequio—. Pero tú sabes a qué me refiero. Toma, ábrelo —se veía emocionado.
Chris tomó el regalo entre sus manos, no sentía mucha emoción, aún sentía el sabor amargo de sus sospechas respecto a su esposo y un posible engaño.
Cuando abrió la caja, se sorprendió un poco.
—Sé que he estado muy ocupado estas semanas, te he descuidado mucho y me disculpo por eso —suspiró—, pero de ahora en adelante las cosas serán más tranquilas en el trabajo, así que podremos pasar mucho tiempo juntos.
—Me compraste… una gabardina —la sacó de la caja y la admiró.
Masumi asintió con una sonrisa nerviosa.
—¿No te gusta?
—Sí, pero… —no entendía.
—Noté que usabas mi gabardina caqui muy seguido, pero te queda grande, y ese color no te favorece —se le acercó y acaricio su mentón—. El negro te va mucho mejor.
Chris miró de nuevo su regalo, era una gabardina negra, y no cualquiera… ¡Era de diseñador! Y de la mejor calidad que podía existir.
—Espera… ¿Por eso llegabas y me mirabas feo? ¿Era porque me ponía la tuya y no te gustaba cómo se me veía?
—Amor, la mía es de una marca corriente. Tú te mereces algo mucho mejor.
Las piernas de Christophe se volvieron gelatina. Todo el tiempo había estado imaginando tonterías.
—Oh… Masumi, tonto —lo abrazó mientras lloraba y sonreía.
—Si no te gusta puedo regresarla.
—Pero claro que me gustó. Gracias —murmuró en su oído. De pronto una inmensa paz lo invadió.
Su amado esposo había estado tan ocupado con el trabajo, que cuando llegaba a casa para seguir trabajando, sólo notaba que usaba su gabardina, pero nunca se percató de que realmente no le importaba la prenda, sino que lo viera usando solamente eso.
—Eres un tonto, un adorable y tierno tonto —pensó Chris, abrazándolo todavía con mucho amor.
Recibieron una video llamada que cambiaría su día por completo. Los planes que tenían darían un giro radical.
—¿Están seguros de querer hacer eso?
—Sí, viejo, sí.
—Pero es San Valentín.
—Y probablemente sea el último San Valentín que el cerdo y tú podrán disfrutar en muchos años, así que tómalo o déjalo.
Los Nikiforov compartieron miradas.
—¿Pasarán este día cuidando de Alexei? ¿No tienen planes?
—Acéptenlo antes de que me arrepienta de cuidar al bodoque.
—¡Lo aceptamos! —exclamó el ruso con efusividad.
—¡Viktor! —le regañó Yuuri.
—¿Qué? Ellos se están ofreciendo —se encogió de hombros.
—Ya lo sé, pero… —miró al rubio con preocupación. Yuri le respondió con una sonrisa.
—Tranquilo, Yuuri, Beka y yo ya lo hablamos. Queremos obsequiarles esta última oportunidad de estar juntos antes de que el nuevo bebé llegue.
—Son muy buenos, gracias por hacer esto.
—No hay nada qué agradecer. Dejen al bodoque en nuestra puerta a la hora que quieran.
Alexei aceptó sin problemas, cuando lo dejaron en casa de sus tíos, incluso se veía más feliz que en su propia casa.
—¿Y si nos extraña? —preguntó Viktor, junto a Yuuri y mirando cómo su nene corría hacia los brazos de Otabek.
—No lo creo —se burló Yurio al ver cómo su amado era tan querido por Alexei—. Ya, váyanse y disfruten.
—Pasaremos por él más tarde.
—No es necesario, cerdo. Si quieren pueden venir mañana por él.
—Sería mucha molestia, claro que no —se apresuró a descartar la idea, Viktor lo apoyó esta vez. No lo decía, pero no se imaginaba dormir una noche sabiendo que su bebé no estaba con ellos.
—Adiós Lyosha —dijeron Yuuri y Viktor al unísono desde la puerta.
—¡Adiósh! —se despidió moviendo su manita, sin dejar de jugar con su tío Beka.
Así la pareja aprovechó y salieron a disfrutar de esa bella noche en San Petersburgo.
—¿Qué quieres hacer, amor? —preguntó el ruso, tomando su mano mientras conducía por la ciudad.
—No lo sé… —se llevó una mano al mentón, pensativo.
—¿Quieres ir a cenar?
El otro asintió con una sonrisa.
—Pero nada ostentoso, amor, tengamos una cita.
Viktor alzó una ceja.
—¿Si?
—¡Sí! —se emocionó—. Una cita: ir al cine, a cenar y a pasear por un parque.
—¿Pasear? ¿Estás seguro?
—Intentémoslo, por favor —lo miró con sus ojitos brillando.
—Tu seguridad y la del bebé van primero, a la primera señal de que te sientas mal, regresaremos a casa —dijo con firmeza.
Yuuri abrió un poco más sus ojos, sorprendido, pero no por eso disgustado.
—De acuerdo —sonrió y recargó su cabeza en el hombro de su amado.
Viktor no volvería a poner su vida en riesgo. Aún recordaba cuando por no llevar a Yuuri a tiempo al médico, le sucedió aquello hace ya tantos años, quedando en coma y desencadenando la tragedia de sus vidas. Quizás ahora sería sobreprotector, pero no le importaba ser así con tal de tener a su amada familia a salvo.
—¿Vemos "La masacre de los titanes"? —preguntó el ruso luego de un rato de silencio.
—¡Sí! —se emocionó, en respuesta, Viktor buscó su mano a tientas, la tomó y besó el dorso de ésta con mucho cariño sin apartar la mirada del camino.
—Me encantas.
Yuuri sólo soltó una risita traviesa antes de poner algo de música, aprovecharía esa cita al máximo.
—¿Cómo te sientes?
—Bien.
—Deberías descansar un poco.
—Me la he pasado descansando —respondió con hastío.
—Es por tu bien —suspiró, tomándose la confianza de sentarse a su lado en la cama. Dimitri leía un libro. Había sido confinado a un descanso obligado luego de su última recaída, Andrew no le permitía trabajar, él se hacía cargo de todo en la empresa, pues Dimitri había sufrido además una crisis de insomnio, pero se negaba a tomar pastillas para dormir, "Esas cosas son adictivas" decía cada vez que Andrew le sugería utilizarlas.
Y para mantener ocupada su mente, leía libro tras libro.
—¿Ahora qué lees?
—La Odisea.
—Vaya… Dimitri, deberías dormir.
—¿Quieres dejar de decirme qué debo hacer? —pidió con completa tranquilidad, sin despegar los ojos azules de su lectura.
Andrew suspiró y se dedicó a mirarlo atentamente. Tenía un lindo perfil, además, esos anteojos que siempre usaba sólo lo hacían ver más atractivo.
Sin decir nada, tomó el libro de las manos de Dimitri y lo cerró. Le quitó los anteojos y se inclinó sobre él para robarle un beso. El mayor olvidó su libro y puso sus manos en la mandíbula del rubio, atrayéndolo más a sus labios.
Fue hasta que se separaron, que Dimitri dijo:
—Hiciste que perdiera la página en la que me quedé —frunció el ceño.
Andrew suspiró y soltó una risita.
—No tienes remedio —suspiró, dejó el libro y los anteojos sobre el buró y apagó la luz—. Tienes que dormir, al menos inténtalo —tomó el rígido cuerpo de Dimitri y lo atrajo a su pecho. Comenzó a acariciar su cabello con la intención de relajarlo y hacerlo dormir.
Sabía que su amigo no era fan de demostrar sus sentimientos, era consciente de que ese tipo de acercamientos seguían costándole un poco de trabajo. A veces deseaba ver al mismo Dimitri de hace veinticinco años, ese que no se molestaba en demostrarle todo su amor y cariño a su esposa, sin importar que estuvieran en público o incluso frente a sus amigos e hijos. Dimitri demostraba su amor cada vez que tenía la oportunidad, él lo recordaba bien. Sólo con Yarine había logrado ser plenamente feliz, sin duda alguna ella había logrado ser el amor de su vida, y no le tenía celos ni rencor, al contrario, a veces deseaba que estuviese viva para que Dimitri pudiera ser feliz otra vez.
—Él te extraña cada día como si fuera el primero desde que te perdió, Yarine. No tienes idea de la falta que le haces —pensaba mientras acariciaba sus negros cabellos. Le gustaba pensar en ese Dimitri que sonreía por todo y jugaba siempre con sus hijos. Ahora que lo pensaba bien… Viktor era muy similar a su padre cuando tenía su edad, ambos igual de cariñosos.
No pasó mucho antes de que terminara durmiendo.
Sus últimas crisis lo habían preocupado mucho, en verdad pensó que lo perdería. Ahora más que nunca se estaba portando muy estricto con él, cuidando su alimentación, que tomara sus medicamentos, y sobre todo su descanso. Tenía unas ojeras terribles, además, había adelgazado varios kilos, sus trajes elegantes ya le quedaban un poco holgados.
Él también estaba cansado, pero no podía darse el lujo de bajar la guardia y terminar perdiendo a su mejor amigo y a su gran amor.
Decidió desviar sus pensamientos a algo más grato, tal como… ¿Qué cara pondrían los hijos de ambos cuando se enteraran de su relación?
Podría decirse que Viktor y Yuri eran ahora como… ¿Hermanastros?
Era divertido pensar en eso, puesto que ambos siempre habían sido más que eso, en verdad parecían hermanos de sangre por la cercanía que siempre han tenido, ahora más que nunca.
—Te quiero —murmuró muy bajito, sin dejar de acariciar con sus dedos el cabello de Dimitri, éste se movió un poco, acomodándose mejor para seguir durmiendo—. Feliz San Valentín.
Andrew esbozó una linda sonrisa antes de recargarse contra las almohadas e intentar dormir, ajeno a que Dimitri seguía despierto, pero ahora con una pequeña sonrisa asomándose en su expresión. El sentimiento era recíproco, él también lo quería, así que lo estrechó un poco con su brazo que descansaba sobre Andrew.
Fueron al cine, disfrutaron de la película y se disfrutaron a sí mismos como una pareja de novios que se acaban de declarar. Viktor era sumamente cariñoso y protector con su esposo, lo abrazaba todo el tiempo y estaba al tanto de cada gesto y palabra, procurando cuidar lo mejor posible de él y su descendiente.
Cuando salieron del cine, llegaron al primer restaurante que encontraron, en esta ocasión fue comida italiana por petición de Yuuri. Comieron hasta saciar su hambre, incluso un poco más de lo que debían. Y cuando salieron de ahí, Yuuri se negó a subirse al auto.
—Vayamos a caminar un poco.
—Pero amor, hace frío, y no deberías esforzarte mucho.
—Sólo un poco, Vitya, por favor. No me esforzaré mucho, caminemos lento. De todas formas no puedo caminar tan fácilmente —rio.
El ruso suspiró y terminó accediendo.
—Pero no te vas a soltar de mi brazo —temía que se resbalara con la nieve que caía ligeramente.
—Hecho —sonrió con tanta calidez y felicidad que Viktor se quedó prendado de esa sonrisa por unos segundos. No resistió y le besó la punta de la nariz.
—Amor, tu nariz parece de hielo, está congelada.
—¿Si? —rio, tengo algo de frío.
Inmediatamente Viktor se quitó el abrigo y se lo puso encima.
—No es necesario.
—Lo es.
La verdad, sí lo era, Yuuri estaba un poco más friolento de lo normal.
La ciudad estaba llena de luces y de gente paseando de un lado para otro, por todas partes se veían parejas, de todas las edades, caminando de la mano.
Viktor y Yuuri no eran la excepción, iban juntitos, Yuuri agarrado al brazo de su esposo, y éste cuidando de sus pasos. Estaba más tenso que otras veces, no se sentía muy cómodo en las calles con su amado a poco tiempo de dar a luz, pero recordaba que no se merecía estar encerrado todo el tiempo.
Se adentraron a un parque con mucho movimiento de gente, había puestos en donde vendían vino caliente, chocolate caliente también, y mucha comida.
—Creo que comí de más, pero… se me está antojando demasiado ese vino caliente —a Viktor se le hizo agua la boca—. ¿Te molesta si yo…? —miró a su amado.
—Vamos por uno.
Se pararon en el primer puesto y Viktor se compró una taza.
—¿Quieres?
—No creo que sea prudente.
—Sólo un sorbo no te hará daño, estoy seguro. Además, los vinos calientes de Rusia son distintos. Tiene más alcohol el jarabe para la tos que esto.
—Bien, sólo un trago, porque la verdad sí se me antoja —suspiró y probó la deliciosa bebida.
Caminaron juntos por un rato, mirando a su alrededor y disfrutando de la noche, pero como buenos padres…
—¿Qué estará haciendo Lyosha en este momento? —se preguntó Viktor.
—Amor, hace apenas unas cuantas horas que lo dejamos —rio—. No te preocupes.
—Ni digas nada, que tú también estabas pensando en él, no lo puedes negar.
Viktor tenía razón, Yuuri también estaba pensando en su bebé.
—¡Oh! —se llevó una mano al vientre, de pronto le molestó un poco.
—Yuuri ¿qué pasa? —palideció.
—Me duele.
El ruso no tardó nada en rodearlo con un brazo y conducirlo con cuidado a la banca que estaba a un par de metros.
—Siéntate, amor. ¿Dónde te duele? ¿Duele mucho?
—No te preocupes —su expresión estaba encogida en una mueca de dolor, incluso contenía la respiración—. El bebé me está pateando muy fuerte. Últimamente lo hace a esta hora.
—¿En serio? —miró su reloj, sí, todas las noches aproximadamente a esa hora comenzaba a patear.
—Sí, lo hace cada vez más fuerte, siente —tomó una mano de Viktor y la puso sobre su vientre.
—Dios mío, eso se siente horrible —quitó su mano de ahí, espantado de nuevo por cómo se sentía—. Pareciera que tienes un alien dentro.
Yuuri lo miró impactado, sin poder creer lo que acababa de decir.
—¿Le dijiste "alien" a nuestro hijo?
—Uhm… no —palideció.
Segundos después Yuuri se echó a reír a carcajadas, a veces su amado podía ser algo infantil, y amaba eso en él.
Pero sus carcajadas se vieron interrumpidas por otro quejido.
—Dios… —puso la mano sobre la parte del vientre que le estaba pateando, hizo leve presión, esperando que con eso su bebé se calmara un poco.
—Está muy inquieto esta noche ¿Verdad?
—Bastante —respiró con dificultad.
—Está deseoso de estar con nosotros —suspiró—. Muero por conocerlo.
—Yo también —puso ambas manos sobre su casi bien disimulado vientre. Sí, traía un abrigo grande, se veía gordo, pero no le importaba si con eso podía disimularlo bien.
Se quedaron en un agradable silencio por largo rato, mirando a la gente pasar y disfrutando de la noche con una bella sonrisa en sus labios. A Viktor le valió que los vieran, y puso una mano sobre el vientre de su esposo.
Yuuri iba muy abrigado. Traía su abrigo, el de Viktor, su bufanda y gorro. Sólo su linda y resplandeciente carita se veía. El embarazo lo había hecho ver más tierno y adorable, tanto así que una pareja de ancianos los vio y les sonrieron, felicitándolos por el futuro bebé al verlos tan felices y hermosos.
—Hacen una bella pareja —dijo la señora con un tono muy amigable, aprovechando para felicitar a la afortunada y hermosa madre.
Yuuri casi se echó a reír, se limitó a no hacer ningún ruido, pues si hablaba, se darían cuenta de que en verdad era un hombre. Había entendido todo lo que dijeron, pues de un tiempo para acá trataba de hablar todo en ruso, en casa, le había pedido a Viktor que hablara en su lengua natal, pues habían acordado que educarían a Alexei con el idioma ruso y le enseñarían inglés para más adelante instruirle el japonés también. Así que a Yuuri le tocaba adaptarse por ahora al idioma. Viktor se enternecía al ver sus buenos intentos por hablarlo correctamente. Si bien su pronunciación no era la mejor debido a su acento japonés, su amplio repertorio de palabras aprendidas hacían que a estas alturas lograra entablar una conversación seria con cualquier ruso.
—Muchas gracias —les respondió Viktor.
Cuando se fueron, Yuuri se echó a reír.
—No puedo creerlo, en verdad pensaron que soy mujer —estaba en shock todavía.
—Es que te ves adorable —lo dijo frotando su mejilla contra la de Yuuri.
—Sinceramente… ya quiero dejar de tomar las hormonas, quiero volver a ser yo —suspiró.
Viktor se sintió ligeramente culpable por hacerlo pasar todo aquello.
—La ventaja —repuso, sonriendo—. Es que ya no tengo que afeitarme.
El ruso se echó a reír.
—¿Te imaginaste algún día que no seríamos sólo tú y yo? Ahora tenemos a Alexei, y muy pronto alguien más se nos unirá.
—Vitya… —suspiró, soñador—. Nuestra realidad supera a cualquiera de mis sueños.
Se habían ofrecido a cuidarlo toda la noche, alegando que sus únicos planes para San Valentín eran ver películas y comer montones de chatarra, pero ni Viktor ni Yuuri querían aprovecharse de sus amigos, así que pasaron por él antes de regresar a su casa.
Querían dejarles la noche libre a esos dos jovencitos con hormonas aún alborotadas. No se les hacía justo dejarles al bebé toda la noche.
Al llegar por él, se asombraron mucho al descubrirlo durmiendo.
—Se portó muy bien, jugamos con él hasta que se cansó —informó Otabek con una pequeña sonrisa al ver cómo Alexei no se despertaba ni siquiera cuando Viktor lo tomaba en brazos. También al notar cómo no soltó el crayón que tenía en su mano.
Viktor lo acomodó entre sus brazos y Yuuri se acercó para quitarle el crayón de su manita. Sólo hasta ese momento Alexei abrió un poco sus ojitos, se los talló con un puño cerrado y les sonrió a sus papis con una expresión por completo adormilada antes de colgarse del cuello de Viktor, acomodándose para dormir.
—Es adorable —dijo Otabek al ver al nene, debía admitir que le tenía demasiado cariño a ese mocoso, al igual que Yurio.
Alexei no se despertó, ni siquiera cuando Viktor lo acomodó en su asiento para bebé.
—Está completamente dormido —notó Yuuri, asomándose desde el asiento del copiloto.
Viktor le pellizcó suavemente la mejilla a su hijo, riendo al ver su ceño fruncido.
—Viktor —le regañó Yuuri.
Cuando llegaron a casa, Viktor tomó en brazos a su hijo, se echó la pañalera al hombro y caminó con Yuuri de la mano. Fue en ese momento cuando se puso a pensar en la enorme responsabilidad que caía sobre sus hombros. Yuuri, Alexei y el futuro bebé dependían completamente de él.
¿En qué momento se había convertido en padre de familia? ¿En qué momento se convirtió en alguien con una responsabilidad de tal magnitud? Sentía miedo, no lo iba a negar, pero al mismo tiempo experimentaba una felicidad difícil de creer.
Cuando entraron al departamento, Yuuri se fue casi corriendo al baño. El pobre iba muy seguido últimamente. Desde ahí escuchó el repentino llanto de su bebé. Se apresuró a salir para ir con él y calmarlo. Se encontró a Viktor poniéndole su pijama.
Alexei lloraba de cansancio, tenía mucho sueño y al pobre no lo dejaban dormir por ponerle su pijama. Lloraba "papi" una y otra vez, llamando a Yuuri.
Viktor trató de calmarlo, pero fue inútil, así que suspirando esperó a que su esposo volviera del baño.
Cuando Alexei lo vislumbró, se echó a llorar con más ganas, exigiendo ser cargado por él. Yuuri ni lo dudó antes de extender sus brazos hacia su bebé, pero Viktor no se lo entregó.
—No, Yuuri, está muy pesado —no dejó que cargara a Alexei, pero el nene lloraba cada vez más alto, extendiendo sus bracitos hacia Yuuri, el corazón del japonés se partía en mil pedazos, su instinto le suplicaba que lo tomara en brazos, pero tenía prohibido cargar cosas pesadas. Alexei ya estaba muy pesado.
—Bueno… —se acercó a su esposo, quien cargaba al bebé, así le hizo cariñitos a éste, pero el nene lloró más, extendiendo sus brazos hacia Yuuri—. No, amor, no va a dejar de llorar, dámelo.
—No, Yuuri. Tiene que aprender que no siempre se va a hacer lo que él quiere —frunció ligeramente el ceño, diciendo aquello con suavidad—. Cariño, papi no te puede cargar —le acarició una mejilla—. No llores por eso ¿Si? —le dio un besito—. Papi está aquí.
Alexei se calmó por unos momentos antes de volver a llorar.
Ambos padres suspiraron con cansancio.
—Déjame cargarlo.
—No.
—Viktor…
—Yuuri, no.
—Ya sé, hagamos esto —caminó hacia la mecedora que había en la habitación, junto a la ventana. Viktor lo miró, Yuuri ya batallaba incluso para caminar bien, tenía que abrir un poco sus piernas para poder caminar sin sentir tanto la incomodidad de su vientre.
Se sentó en la mecedora y extendió sus brazos hacia Alexei, el nene hizo lo mismo, desesperadamente.
Viktor suspiró, rodó los ojos y se lo entregó a su esposo.
—Lyosha, sé bueno con papi —se lo entregó a Yuuri con cuidado.
Alexei asintió sin borrar su tierna expresión de puchero. De inmediato rodeó el cuello del japonés y descansó su cabecita sobre su hombro.
—¿No te incomoda? —preguntó el ruso al ver que el bebé se acomodaba sobre su vientre.
—En lo absoluto. Shh… ya, no llores más cariño —se meció suavemente de atrás hacia delante. No entendía qué había desencadenado ese llanto en su amado hijo.
—Tiene "papitis" —dijo Viktor en voz bajita, riendo un poco.
Yuuri lo miró y alzó una ceja.
—Se ven adorables—suspiró con un enamoramiento severo en su mirar. Se cruzó de brazos y se recargó en la cuna, mirando cómo su esposo hacía magia al calmar al bebé—. Y no querías tener hijos… —murmuró.
—Lo sé, que tonto era —admitió.
—Alexei te ama.
—A ti también.
—No como a ti —fue sincero. Lo dijo con una leve sonrisa, sin intención de reclamo o algo parecido. Simplemente era la verdad. Yuuri tenía ese imán con los bebés que Viktor tanto envidiaba.
—No digas eso —murmuró muy bajito, intentado que su bebé durmiera.
—Es la verdad —suspiró—. Pero cuando sea adolescente me amará a mí —guiñó un ojo—. Seré yo quien le dé consejos para conquistar chicas… —se llevó un dedo a los labios, pensativo—… o chicos.
Yuuri aguantó sus ganas de reír, lo miró y le sacó la lengua.
—Viktor tonto. ¿Yo no puedo darle esos consejos?
—Si quieres que llegue virgen a los veinticuatro —se encogió de hombros—. Sí.
—¡Vitya! —le reprendió en voz baja—. Tampoco queremos que deje de serlo a los catorce.
—Oh no, claro que no —respondió con mucha seguridad. Soltó una risita al final y besó la frente de su esposo y la cabecita de su hijo—. Iré a preparar un poco de té ¿Quieres?
—Por favor.
Se quedó solo, durmiendo a su bebé. Cuando Viktor volvió con un par de tazas de té, se sorprendió al escuchar cómo Yuuri arrullaba a su bebé con una tierna canción de cuna en japonés. No lo resistió y sacó su celular para grabar todo.
Yuuri se dio cuenta
—Hey…
—¿Ya se durmió?
—Sí.
Ya era de madrugada, pero ambos seguían acurrucados en su cama, mirando películas. Estaban acostados a modo de cucharas, Otabek detrás de él, haciéndole ligeras cosquillas con los dedos en su cintura.
—Beka, quieres hijos ¿Verdad?
El aludido lo miró y alzó una ceja por esa pregunta tan repentina.
—Ya lo habíamos hablado, sí, sí quiero tenerlos.
El rubio se sonrojó levemente, y es que no sabía cómo abordar el tema.
—¿Quieres que… sean nuestros?
—Por supuesto.
—Me refiero a que sean de los dos, hijos biológicos tuyos y míos.
El kazajo se alteró un poco, dejó de prestarle atención a la película y se incorporó hasta quedar sentado en la cama.
—¿Qué dices?
—Responde —lo miró desafiante y sonrojado a la vez—. Y no me digas que no lo has pensado, es decir, con Viktor y Yuuri haciéndolo… no sé tú, pero yo no he dejado de pensar en eso durante meses —suspiró aliviado de poder sacarlo al fin.
Otabek lo miró aún con mucha sorpresa.
—¡Altin, responde! —se desesperó.
—¡Pero claro que quiero! —abrió mucho los ojos—. Lo había considerado, pero no pensé que hubiese pasado por tu cabeza como una posibilidad.
—Pues lo he pensado mucho. No lo quiero ahora, claro que no —hizo cara de espanto—. Pero sería lindo en… no sé, muchos años más.
El kazajo se acostó sobre él, aplastándolo.
—¿Quieres que tengamos hijos propios?
—S-sí —desvió la mirada, la intensidad en los ojos oscuros de Otabek era mucha.
—Para eso, lo mejor sería casarnos antes ¿No crees?
—¡No vayas tan de prisa! —se exaltó.
—Tú fuiste quien comenzó con estos temas —sonrió de lado—. ¿No te gustaría que nos casáramos?
El rostro del rubio se tornó por completo rojo.
—Sí, pero… por ahora estamos bien así ¿No crees?
—No estoy diciendo que nos casemos ahora —acarició su cabello rubio—. Sólo quería estar seguro de que aún estabas de acuerdo con la idea.
—Te lo dije en la boda de Viktor y Yuuri, y te lo digo de nuevo: sí me gustaría casarme contigo.
El kazajo sonrió de medio lado y besó sus labios, escuchar esas palabras lo hacían inmensamente feliz. Yurio se recostó sobre el pecho de su novio y soltó un pesado y cómodo suspiro. Su mano estaba en el pecho de Beka, extendida y sintiendo los latidos de su corazón, también percibía su respiración. La atmósfera era sumamente tranquilizadora.
—Beka, te vas a ver bien raro embarazado.
—¿Disculpa?
—No te verías nada bien.
—En lo absoluto.
—Pero te irá bien, te apoyaré.
—Yura.
—¿Si? —sonrió de medio lado, travieso.
—No seré yo quien los tenga.
—¿Eh? ¿Y yo sí?
—Sí.
—¿Por qué no tú?
—Lo acabas de decir: me vería muy extraño.
—Yo no los voy a tener.
—Yo tampoco.
El rubio frunció mucho el ceño.
—Beka, no seas así.
El aludido soltó una risilla muy pequeña.
—¿Así? ¿Cómo?
—No ¿Sabes qué? Hablemos de esto en unos años, aún no quiero tener hijos.
—¿Seguro?
—Por supuesto que sí. Lo mejor de los mocosos es cuando te aburres de ellos y se los regresas a sus papás —rio.
Otabek sólo lo observó pensativamente, lo conocía demasiado bien. Sabía que sí quería tener hijos, y qué mejor que propios, pero sentía miedo, y era comprensible porque él también lo sentía. A fin de cuentas aún eran muy jóvenes. Pero hablar de eso con su amado lo hacía sentirse seguro de que estaba compartiendo su vida con la persona correcta.
La tenue luz de la mañana nublada se coló por las cortinas de la recámara matrimonial.
Viktor fue el primero en despertar, se estiró perezosamente y miró a su príncipe hermoso durmiendo a su lado, parecía que tenía el sueño muy profundo, hasta que comenzó a hacer gestos extraños, parecía que algo le incomodaba.
No fue, sino, hasta que el ruso tocó el vientre de Yuuri, sintiendo las patadas que daba su bebé. Pues con justa razón su amado hacía esos gestos.
—Cariño —susurró Viktor contra la pancita de su esposo, la doctora le había dicho que en esa etapa del embarazo el bebé ya podía escucharlos—. Hey, cariño, deja dormir a papi, él necesita descansar —acarició la pancita con un amor infinito y tan adorable.
Estuvo unos minutos acariciando y hablándole al bebé hasta que sintió que se calmó, pero las muecas de Yuuri no se detenían, fue cuando optó por despertarlo.
—Yuuri, amor —susurró suavemente cerca de él.
—¿Mmh? —murmuró sin abrir los ojos.
—¿Estás bien?
—Mjm… —respondió afirmativamente.
—¿Seguro? —pasó una mano por sus desordenados cabellos.
—Sí, Vitya —respondió con su voz sumamente rasposa—. Quiero dormir.
—Duerme —besó su frente, despejándola de todo cabello antes de levantarse de la cama. Fue a echarle un vistazo a su amado bebé y descubrió que era igual de dormilón que su padre. Así pues, se dio una ducha rápida, y al salir fue por Alexei, quien ya estaba bien despierto, intentando alcanzar la perilla de la puerta de sus padres, tenía la intención de ir y meterse a la cama de ambos, como tenía por costumbre.
—¡Te tengo! —lo cargó en un brazo como costal de patatas, haciendo que soltara una linda carcajada infantil antes de acercárselo a Yuuri—. Despierta a papi —le pidió a su bebé, el nene fue obediente y estiró sus manitas hasta revolver el cabello de Yuuri, pero este ni se inmutó. Viktor casi se lo echó encima, pero ni eso hizo que despertara.
Padre e hijo se metieron a la cama, Alexei en medio de ambos comenzó a picar el rostro de su papi con sus deditos. Le picó un ojo, la mejilla, la nariz, le estiró las pestañas, pero fue hasta que se le ocurrió picarle los labios, que Yuuri atrapó el dedito del bebé entre sus dientes, con suavidad, pero logrando asustarlo.
Alexei, sorprendido, soltó una carcajada muy contagiosa.
—¡Papi! —abrazó el rostro de Yuuri—. ¿Papi bien?
—Sí, cariño, papi está bien —respondió el japonés en un ruso que sonaba más chistoso de lo normal debido a su estado de pereza—. Sólo tengo sueño.
—Yuuri ¿En verdad estás bien? —preguntó con completa seriedad.
El aludido le dedicó una bonita sonrisa.
—Sí, amor, estoy muy bien. Simplemente me siento con mucha pereza —bostezó.
—Es domingo ¿quieres que nos quedemos en cama un rato más?
—Todo el día, por favor —cerró lentamente los ojos antes de volver a caer rendido al sueño.
Alexei se quedó acostadito a su lado, mirando con mucha curiosidad el rostro de su padre, observando cada centímetro de él mientras se chupaba el pulgar.
El ruso los miró en silencio, contemplando la belleza de su familia. Y pronto su familia estuvo completa al ver cómo Makkachin brincaba a la cama hasta recostarse en los pies de ambos, moviendo su colita con felicidad.
Ya no era temporada de ventiscas en San Petersburgo, sin embargo, una fuerte tormenta sorprendió a la ciudad en el primer día de marzo. La reunión por el cumpleaños de Yurio se estaba estropeando. El rubio quiso pasar su cumpleaños con sus seres más queridos, y como Yuuri ya no salía de casa debido a su estado tan cercano al parto, decidieron que se haría en casa de los Nikiforov, pero ningún invitado además de Irina había podido llegar, todo por culpa de la tormenta.
Los vidrios de las ventanas retumbaban con insistencia, todavía no era medio día y la tormenta ya se había intensificado tanto que Yuri le pidió a su papá que se quedara en casa y no se arriesgara a salir. Así decidieron que comenzarían la "fiesta" en casa de los Nikiforov.
—No es normal que esté tan fuerte —observó Viktor, algo angustiado. Los otros dos rusos ahí presentes asintieron mientras que Otabek y Yuuri se miraron sin entender del todo. ¿Acaso no pasaba eso todo el tiempo en Rusia?
—Sólo es una tormenta ¿No? —preguntó Yuuri.
—Hace años que no había una tormenta tan fuerte, menos en esta época del año, casi es primavera —explicó Yurio.
—Si sigue así, pasarán la noche con nosotros —aseveró Viktor, mirando a Yurio y a su novio.
—Gracias.
Un silencio largo se hizo presente.
Siguieron comiendo con tranquilidad, escuchando las noticias en el televisor, advirtiendo una tormenta aún más fuerte por la tarde.
Luego de comer trataron de distraerse viendo películas y jugando con Alexei, pero el fuerte sonido de la ventisca les ponía los nervios de punta. El ambiente estaba algo tenso, todos se daban cuenta de eso.
Viktor decidió poner música, y para su sorpresa, la primera canción que apareció en su repertorio aleatorio fue "Can't take my eyes off of you".
—Yuuri —miró a su esposo con entusiasmo antes de extenderle la mano, pidiéndole que bailasen juntos.
—Vitya… —suspiró, señalándose a sí mismo, estaba muy gordo.
—Sólo un poco —pidió con una expresión muy adorable.
Yuuri suspiró de nuevo, y con una sonrisa se puso de pie, no sin tambalearse un poco al hacerlo.
—Está bien, despacio —tomó la mano de su marido y éste lo pegó a su cuerpo.
—Vaya, nuestro bebé está feliz por esto —notó al sentir una patada contra su vientre. Le sorprendía poder sentirlo con sólo pegar su barriga a la de Yuuri.
—Lleva todo el día así —suspiró resignado.
—Tal vez debamos agotar sus energías.
—Eso no funciona así —rio un poco ante las ocurrencias de su esposo.
Y así, ambos bailaron ante la mirada divertida y enternecida del resto. Se movían muy despacito, abrazados; más bien se mecían de un lado a otro. Yurio los miraba con una sonrisa de lado, recordando el día de su boda.
El japonés se cansó muy rápido y de inmediato pidió sentarse.
—Cerdo, estás que revientas —le dijo al ver lo agitado que estaba, incluso se veía algo pálido.
—Cállate —respondió Yuuri, un poco ofendido.
—Yurio —le reclamó Viktor.
—Lo siento —notó la tensión del momento—. ¿Estás bien? —se acercó a verlo mejor.
—Sí —suspiró, cansado. Viktor se angustió, lo que habían "bailado" no fue tanto como para agitarlo así.
—Cariño ¿Estás bien? —inquirió en voz baja.
—¿Me puedo recostar un momento? —pidió con una tenue sonrisa.
—Por supuesto, vamos, te llevo a la habitación.
—No, aquí —miró a los demás—. Si no les molesta…
—Cerdo, es tu casa —rodó los ojos.
—Es tu cumpleaños —lo miró con algo de vergüenza. Yurio sonrió.
—Ya, descansa, no me molesta.
Entonces Yuuri miró a su esposo y palmeó el espacio libre en el sillón, justo a su lado. Viktor sonrió de oreja a oreja y se sentó, entendiendo lo que su esposo quería y necesitaba. Apenas se sentó, ayudó a su marido a que se recostara sobre su regazo para poder hacerle "Piojito" con sus dedos. Yuuri soltó un suspiro de alivio tan grande, que hizo reír poquito incluso a Otabek. Éste no lo decía, pero disfrutaba bastante al ver a esos dos, no, más bien disfrutaba mucho ver cómo Yuri los admiraba a pesar de decir que eran tremendamente empalagosos y ridículos.
Irina suspiró, celosa.
—Yo también quiero que me hagan eso —infló sus mejillas, se veía realmente adorable. Entonces miró a Yurio.
—Oh no, llama a tu esposo, yo no te haré esos mimos.
Los ojos enormes y adorables de Irina lo miraron fijamente, casi haciendo puchero.
—Por favor.
Viktor se llevó una mano a los labios para retener las risas que querían salir, Yuuri se encontraba en las mismas, viendo todo.
Después de unos momentos de tensión, Yurio terminó cediendo.
—Ya, ya. Está bien —rodó los ojos y dejó que la mujer se recostara sobre su regazo.
Viktor y Yuuri soltaron una risita. Otabek sólo los miraba con media sonrisa, si tan solo supieran que en casa le pedía a Yuri que hiciera lo mismo con él.
—Vaya… Yuri ¿Desde cuándo tienes este cuerpo? —inquirió, coqueta al sentir las fuertes piernas del rubio bajo su nuca. El aludido se sonrojó y desvió la mirada. Sí, ya no era un muchachito flacucho y escuálido, tenía sus músculos, aunque no dejaba de ser delgado.
Otabek sólo sonrió en silencio.
Horas más tarde, la tormenta se intensificó. Estaban un poco preocupados, pues la luz parecía querer irse y las ventanas retumbaban tanto que asustaron a Alexei y a Makkachin.
—¡Papi! —extendía los brazos hacia Yuuri, llorando por el susto que se dio con el viento.
Viktor lo cargaba, intentando calmarlo, pero se había despertado de su siesta con un susto, nada lo calmaría. A Viktor le dolía no poder dárselo a Yuuri para que lo cargara, pero es que Alexei ya estaba muy pesado y no quería correr riesgos.
—Dámelo, Viktor —pidió serenamente—. Lo cargaré aquí sentado.
—No Yuuri, ya hablamos sobre esto.
De pronto se formó algo de tensión en el ambiente. Otabek y Yurio dejaron de comer botanas y los miraron.
—Si quieres puedo cargarlo —sugirió Yurio, con la boca aún llena de comida.
—No servirá de nada —respondió Viktor con algo de fastidio, meciendo a su nene sin parar, pero éste no dejaba de patalear y llorar.
—Entonces dáselo a Yuuri —intervino Irina.
Viktor frunció el ceño, no le gustaba que su pequeño fuese tan mimado. Aunque… muy en el fondo, sentía celos de que Alexei prefiriera a Yuuri antes que a él.
Terminó cediendo, se lo entregó a Yuuri y al instante dejó de llorar, acurrucándose a su lado en el sillón y acostando su cabecita sobre la barriga de su papi.
Alexei soltaba pequeños hipidos debido al llanto anterior, pero se tranquilizó entreteniéndose con la pancita de su papi, la acariciaba con sus pequeñas manos. Eso llamó la atención de todos los presentes. Yuuri besó su cabecita y el niño se calmó por completo.
—Tienes un admirador —murmuró Irina con una sonrisa llena de ternura.
Viktor se sentó a un lado de Otabek y suspiró pesadamente.
—Alexei adora a Yuuri con locura —admitió Viktor.
—Lo dices como si no te quisiera a ti.
—Sé que me quiere mucho, pero tú le fascinas —admitió con una sonrisa.
Yuuri no pudo negar nada.
—Amor.
—¿Si?
—¿Puedes cuidarlo un momento? —señaló a Alexei—. Necesito ir al baño con urgencia.
—¿Todo bien? —se alarmó.
—Sí.
—¿Seguro?
—¡Sólo quiero orinar! —espetó ya sin vergüenza, pues las ganas estaban aumentando.
Tomó a Alexei y así Yuuri salió casi corriendo al baño. Viktor optó por llevar a su nene a su habitación para que durmiera cómodamente en su camita, luego de eso pasó un rato y Yuuri no regresaba, pero decidieron no invadir más su privacidad, hasta que la luz se fue.
—Iré a ver si el cerdo está bien —quitó a Irina de su regazo y se fue a buscar a su amigo.
Yurio se encontró a Yuuri en medio del pasillo rumbo a su habitación, deteniéndose de la pared y tomando su barriga con un brazo.
—¡Hey! —se espantó—. ¿Qué te pasa? ¿Te duele?
—Un poco, pero no es nada.
—¿Cómo estás seguro de eso? ¿Y si nace ya?
—Ni lo digas —comenzó a sudar frío—. No hoy, no ahora… —jadeó—. Se me tiene que pasar.
—Demonios, justo hoy —fue su turno de palidecer.
—Sí, tu cumpleaños —sonrió con algo de dolor en su expresión.
—No lo digo por eso —masculló—. Sólo mira cómo está el clima.
—Lo sé —se quejó por lo bajo—. Además, no puede ser hoy, falta un mes —se concentró en respirar, calmando sus molestias poco a poco—. Ya estoy mejor —se enderezó y comenzó a caminar de nuevo a la sala, bajo la atenta mirada del rubio.
—Hay que llevarte al hospital.
—No, es un riesgo salir así.
—Es un riesgo que te quedes así. Le diré al viejo que…
—No le dirás.
Yurio frunció el ceño y los labios, odiaba que lo interrumpieran y más aún que lo contradijeran.
Volvieron juntos a la sala, Yuuri no tuvo ni siquiera oportunidad de sentarse, pues…
—Viejo, Yuuri se siente mal. Llévalo al hospital —dijo tan pronto puso un pie en la sala.
Yuuri lo miró con una expresión de asombro muy increíble, no imaginó que lo delataría tan pronto y de esa manera.
Viktor acomodó a Alexei en el sillón y se paró como resorte de su lugar yendo hacia su esposo.
—¡Yurio! —exclamó Yuuri, pero el rubio sólo se encogió de hombros.
—¿Qué te pasa, amor? —se preocupó mucho, inmediatamente puso una mano en su vientre.
—Nada, Vitya, estoy bien.
—No lo está —refutó el rubio. Irina y Otabek se miraron entre sí, preocupados.
—Deberían de llevarlo al hospital —sugirió Irina, angustiada.
—No es mala idea —apoyó Yurio.
—El clima está terrible, correrían mucho riesgo —refutó Otabek.
—Pero no podemos quedarnos así ¿Y si algo le pasa a él o al bebé? —cuestionó Viktor, cada vez más nervioso, su pulso se había acelerado mucho con sólo pensar en la posibilidad de que su bebé quisiera nacer ya, no era buen momento.
La discusión sobre llevar o no a Yuuri al médico se prolongó bastante, tanto que ninguno se percató de la palidez tremenda en el japonés. No fue, sino hasta que tuvo que sostenerse de un sillón, que todos se dieron cuenta de que algo no andaba bien. No tardaron en rodearlo, incluso Makkachin se alteró al ver a uno de sus amos así.
—Sí… la verdad es que no me siento muy bien —tuvo que admitir.
No tuvo que decir más. Con decisión, Viktor lo tomó en brazos ágilmente y lo llevó hasta su cama. Ante la atenta mirada de todos tomó su teléfono y llamó a la doctora, quien le dijo que era urgente que lo llevara al hospital, todos esos síntomas que Yuuri presentaba sólo significaban una cosa: el bebé nacería ya.
—¡Pero aún falta un mes! —se espantó el japonés, con lágrimas en sus ojos y abrazando su vientre. Tenía miedo.
—Lo sé, cariño, lo sé —se sentó en el borde de la cama y tomó su mano con fuerza—. Pero nuestro hijo quiere nacer ya, así que te llevaré al hospital ¿De acuerdo? —le sonrió con mucha confianza, ocultando que por dentro se deshacía en temblores y horror.
—Viktor —le llamó Yurio, cuando obtuvo su atención, señaló la ventana totalmente cubierta de nieve.
—Lo sé, pero no hay otra opción —su expresión de completa seriedad evitó que el rubio renegara—. Vamos al hospital, prepararé tus cosas, Yuuri —se puso de pie y miró a Irina—. Sé que es mucho pedir, pero… ¿Puedes quedarte aquí con Alexei?
Ella asintió fervientemente.
—Cuenta con ello.
—Pero ella está casi igual que el cerdo —espetó Yurio.
—Ustedes se van a quedar y la ayudarán —pidió, mirando a la pareja.
Otabek se negó de inmediato.
—Yo los acompaño, necesitan que alguien conduzca.
Ahora fue Yurio quien se negó rotundamente a que su novio fuera, él quería ir, Viktor y Yuuri eran su familia, necesitaba ir él. Además, no iba a estar tranquilo quedándose en casa.
—Beka, por favor —pidió con unos ojos a los que el kazajo jamás se podría negar. Chasqueó la lengua y después de pensarlo un rato, terminó aceptando, sólo porque sabía que su amado era un buen conductor.
—Tengan mucho cuidado, y si algo se complica, llámenme e iré por ustedes.
Yurio asintió mientras su amado le ponía una bufanda.
—Cúbrete bien.
El rubio volvió a asentir con una leve sonrisa antes de besarlo en los labios.
—Los mantendremos informados.
Viktor tomó en brazos a su esposo, se preocupó más cuando éste no le reclamó por hacer eso. En verdad se sentía mal.
Alexei despertó de la pequeña siesta que había estado tomando, y llegó a la habitación de sus padres arrastrando a su osito de peluche; vio todo el alboroto que se había formado, junto con las expresiones angustiadas de todos ahí.
—¿Papi? —se asustó al ver a su papi siendo cargado por su papá, más que nada al ver sus rostros serios, sentía que algo malo pasaba.
—Estaré bien, cariño —dijo Yuuri con una sonrisa leve.
—Llevaré a papi con la doctora porque le duele la pancita.
—¿Lele mucho? —se angustió—. No vayas, no —caminó hacia ellos con los bracitos extendidos. Otabek lo interceptó y lo alzó en sus brazos.
—¿Qué te parece si jugamos un rato? ¿Quieres colorear?
—Pelo… papi —sollozó quedamente.
Viktor se acercó con Yuuri en brazos para que éste pudiera tranquilizar un poco a su hijo.
—Cariño —acarició su mejilla regordeta—. Volveremos pronto ¿Si? —sonrió—. Tu hermanito o hermanita ya va a nacer, ¿quieres conocerlo?
—¡Shí!
—Entonces sé buen niño y quédate con tus tíos. Papá y yo regresaremos pronto ¿De acuerdo?
El nene contuvo sus lágrimas y asintió. Sí, él iba a ser un buen niño, lo haría porque su papi se lo pidió.
—Así me gusta —le sonrió cálidamente antes de darle un besito en la frente.
Viktor estaba muy serio debido a su creciente angustia, así que prácticamente salió corriendo de ahí con su esposo en brazos.
—Tranquilo, Vitya —puso una mano en su pecho, con una expresión serena a pesar de las molestias—. Todo estará bien, no tengas miedo.
—Tú estás temblando, no me hables de no tener miedo —se burló un poco.
—Idiota, soy yo a quien van a abrir, así que tengo todo el derecho del mundo para temblar y tener miedo —alzó una ceja.
Viktor soltó una risita divertida antes de sobresaltarse por el malestar que asaltó a su esposo.
—Lo siento, a veces es un poco molesto.
—Demonios —masculló entre dientes.
Yurio iba mucho más adelante que ellos, se apresuró a llegar al auto para encenderlo e ir calentando el motor.
Fueron al sótano del edificio, se subieron al auto de Viktor y salieron de casa con prisa, dándose cuenta de que la situación meteorológica era peor de lo que imaginaban. Yurio condujo el auto mientras los otros dos iban en el asiento trasero. Yuuri estaba demasiado silencioso, y eso los preocupaba más que nada.
Conforme avanzaban y se adentraban a la ciudad, vieron cómo la situación iba empeorando. La nieve era cada vez más densa y vieron que incluso había autos que se detenían en una orilla de la calle debido a la intensidad de la tormenta de nieve que aumentó su furia.
Yurio siguió conduciendo, hasta que a medio camino optaron por detenerse. La nieve era tanta que no permitía que se moviera bien el auto, y temían derrapar, además de que la visibilidad era escasa. Corrían riesgo de un accidente si seguían avanzando con ese clima.
—Demonios —masculló Yurio luego de detenerse—. No podemos continuar.
Viktor comenzó a preocuparse, Yuuri lo notó al sentir que le rodeaba los hombros con más fuerza, estaba muy rígido.
—Tranquilo, amor —recargó su cabeza sobre el hombro de su esposo—. Yo estoy bien, no hay urgencia. Sólo me duele un poco, pero hasta ahora es soportable.
No se atrevió a decirle que esa molestia la tenía desde la mañana y que desde temprano se fue incrementando.
Encendieron la radio para escuchar noticias, en ellas decían que no era conveniente salir de sus hogares, y que, si estaban en las calles, se detuvieran en una orilla de la calle para evitar accidentes y ahorrar todo el combustible posible. Les recomendaban mantener el vehículo encendido para calentarse y de vez en cuando abrir un poco una ventana para evitar intoxicación por monóxido de carbono. También les recordaban poner una banderilla de rescate sobre el techo del auto para indicar que había personas dentro.
—Esto es alarmante, la tormenta está más fuerte de lo esperado —dijo Yurio, molesto y asombrado antes de tomar la banderilla del guantero—. Y eso que estamos casi en primavera.
—Lo sé —Viktor estaba muy nervioso, pero lo disimulaba bien—. Toma, amor —le extendió su bufanda a su marido.
—Estoy bien, no tengo frío —en realidad el pobre sentía muchísimo calor con tanta ropa encima. Viktor lo había abrigado exageradamente antes de salir.
—De acuerdo —asintió y besó su frente. No se podía quitar la angustia de encima.
—¿Te sientes bien? —preguntó Yuri desde el asiento del piloto.
—Sí.
—¿Seguro? —ahora fue Viktor quien preguntó.
—Sí —acarició la mejilla de su marido y luego miró a su amigo rubio—. No sean paranoicos, esto pasará en un rato ¿Verdad?
Los rusos compartieron una mirada llena de preocupación. Yuuri jamás había vivido una tormenta de nieve como esa en Rusia. No tenía ni idea.
—Sí… en un rato.
—No, en realidad no lo sabemos. Amor, esto puede durar horas, o incluso podemos quedarnos aquí hasta mañana. Hace años que no ocurría esto en San Petersburgo.
—Demonios —Yurio golpeó el volante con la palma de su mano.
Yuuri tragó en seco y comenzó a preocuparse más.
Dejaron la radio encendida, muy pronto todas las ventanas terminaron cubiertas de nieve, excepto el parabrisas, pues Yurio se encargaba de tenerlo despejado. La tormenta estaba muy fuerte, sólo distinguían que había más autos con las banderillas sobre sus techos, esperando a ser rescatados.
—Vitya.
—Dime.
—Tengo sueño ¿Puedo dormir un poco?
—Claro, mi amor —se acomodó para que Yuuri pudiera recostarse a lo largo del asiento trasero, con la cabeza sobre su regazo. Muy pronto cayó rendido al sueño.
Viktor y Yuri compartieron miradas preocupadas.
—¿Crees que salgamos de aquí hoy? —inquirió el rubio en voz muy baja.
—No lo sé —estaba muy angustiado, pero mientras Yuuri estuvo despierto, trató de no demostrarlo.
Viktor acariciaba gentilmente la cabeza de Yuuri con una mano y con la otra su barriguita por un costado.
Pasaron casi dos horas encerrados en el auto, hasta que de pronto Yuuri comenzó a quejarse estando dormido. Sus malestares reales salieron a la luz y los otros dos se preocuparon demasiado. Siguieron escuchando que Yuuri se quejaba, eso los ponía sumamente nerviosos.
—Amor —Viktor lo despertó con gentileza. Sus ojitos castaños entornados por el dolor lo miraron fijamente—. ¿Qué te duele?
Ya no pudo negarlo, admitió que el vientre le dolía cada vez más.
Alarmados, llamaron a la doctora Kubo y le explicaron las circunstancias. Ella habló con Yuuri y le pidió que le describiera exactamente lo que sentía en esos momentos. Y reuniendo todos los síntomas y la magnitud del dolor, llegó a una conclusión.
—Temo decirles que es hora.
—¿Hora de qué? —preguntó Viktor con rudeza al escuchar lo que dijo ella por el altavoz el teléfono.
—No quiero alarmarlos, pero es hora del parto. No sé por qué se adelantó tanto, pero es necesario que vengan cuanto antes al hospital, antes de que la placenta se desprenda o de que el líquido amniótico invada todo el abdomen de Yuuri y el bebé termine asfixiándose.
Fue cruda y directa al explicar lo que pasaría.
—¡Estamos atascados en la nieve en medio de la tormenta! —exclamó Viktor, muy nervioso.
—¿Están muy lejos del hospital?
—Como a siete kilómetros —repuso Yuri.
—Puedo llevarlo en brazos, he corrido más que eso —ofreció Viktor, dispuesto a todo por su familia.
—¡Estás loco! Te congelarás ahí afuera, y el cerdo también. Lo pondrás en riesgo junto con el bebé.
—Es peor no hacer nada —apretó su mandíbula con fuerza, se sentía impotente.
Yuuri puso una mano sobre la de su amado en un intento por tranquilizarlo.
—Mandaré un equipo de rescate, por lo pronto, resiste Yuuri, debes resistir.
—Puedo aguantar, en serio —sonrió conciliadoramente.
Estaban cada vez más nerviosos, y Viktor ni se diga, su hijo o hija estaba a punto de nacer y no había manera de conseguirlo. Estaba espantado porque se podía decir que Yuuri había entrado en labor de parto, pero en su caso… si no tenía al bebé en un quirófano, no podría tenerlo de otra manera. No existía, obviamente, la posibilidad de un parto natural.
Eso sólo los llevaba a dos opciones: o llegaban al hospital para que operaran a Yuuri y los salvaran a ambos, o se quedaban ahí encerrados hasta que el saco amniótico se rompiera y llenara el vientre de Yuuri, dejando a su hijo sin oxígeno, perdiéndolos a ambos.
Le faltaba poco para entrar en crisis, pero se mantuvo cuerdo por Yuuri y su hijo.
Esperaron media hora, y nada ocurrió. El tiempo pasaba tortuosamente lento. Otabek e Irina no tardaron en comunicarse con ellos para ver qué sucedía. Irina entró en pánico al saber lo que estaba pasando, llamaron a emergencias y pidieron que ayudaran a sus amigos, pero la línea estaba saturada por tantas llamadas.
Yuuri poco a poco se fue sintiendo peor, tenía un fuerte dolor abdominal, acompañado de leves temblores en todo su cuerpo, consecuencia de los dolores que aguantaba y que no quería externar para no preocupar más a los demás, sin mencionar las horribles circunstancias en las que se encontraban.
Pasó una hora más, y Yuuri ya estaba temblando entre los brazos de su esposo, aferrado a ellos cada vez que sentía ese fuerte dolor agudo. El pobre ya sudaba frío. Tenía pavor de que el saco amniótico se rompiera, y no tanto por su vida, sino por la del bebé.
Las cosas empeoraron cuando por la radio anunciaron que la nieve no cesaría, al contrario.
A estas alturas Yuuri no se molestaba en ocultar su dolor, se retorcía entre los brazos de Viktor, y él lo consolaba todo lo que podía, aguantando sus ganas de llorar por verlo sufrir tanto y no poder hacer nada.
—Ya es demasiado, llevamos horas aquí y Yuuri se ve cada vez peor.
Viktor frunció más el ceño. ¿Acaso Yurio creía que él no se daba cuenta de eso? ¡Pero claro que sí! ¡Era él quien peor se sentía al respecto! No podía hacer nada por su amado, mas que tomarle la mano y decirle que todo estaría bien. No lo soportó más y llamó de nuevo a la doctora Mitsurou, poniéndola en altavoz.
—¡Mandamos al equipo de rescate hace mucho! —exclamó, angustiada.
—Doctora… —murmuró Yuuri al teléfono—. Duele mucho.
A la pobre se le partió el corazón, tuvo que recurrir a su último recurso.
—Viktor.
—¿Si?
—¿Tienes botiquín de primeros auxilios a la mano?
—Tengo uno en la cajuela, pero tiene años ahí, nunca lo he usado y ni siquiera recuerdo qué tiene.
—Tómalo y ábrelo.
—Yo iré, quédate con Yuuri —el rubio salió del auto sin pensarlo dos veces.
—Gracias… —murmuró el japonés con voz trémula.
—Vas a estar bien, mi amor, ya verás —pegó su frente a la de él, verificando que no tuviera temperatura.
Yurio regresó medio congelado, con el botiquín en mano. Lo abrieron y notaron sin sorpresa que todos los medicamentos estaban caducos.
—¿Hay gasas? —inquirió la doctora.
—Sí.
—¿Alcohol, guantes estériles?
—Sí ¿por qué? —comenzaba a preocuparse.
—¿Bisturí?
—¿Qué?
Hubo silencio total en el auto. Los tres compartieron miradas de completo espanto.
—Necesito que revises si hay un bisturí en el kit.
Con manos temblorosas, rebuscó dentro del contenido y… sí, en efecto. Había un bisturí nuevo dentro de su empaque, junto con el mango de éste.
—Sí, lo hay.
—Bien. Seguramente has de imaginar lo que estoy por pedirte.
—¡No! De ninguna manera, no puedo hacer eso —exclamó horrorizado.
Yuuri sólo cerró los ojos y se aferró con más fuerza al abrigo de su esposo. Sabía a qué estaba a punto de enfrentarse, y si era por su bebé, lo haría, no le importaba nada más.
—Si quieres salvar a tu esposo y a tu bebé, tienes que intentarlo —suspiró, llena de frustración—. Si hubiera otra opción, créeme que te la diría, pero es la única. Tienes que hacerlo antes de que sea demasiado tarde, pero debes saber que al mismo tiempo es muy riesgoso. Si cortas de más, cortarás al bebé.
—Pero Yuuri no… —Viktor fue interrumpido.
—¡No hay anestesia aquí! ¿Planea que lo corten así? ¿Está usted loca?
La doctora Kubo se quedó en silencio unos momentos.
—Es la única opción, si no nos arriesgamos, ambos morirán.
—Yo no sé cómo hacer esto, ¿Y si los lastimo? —el pobre sudaba frío y temblaba.
—Puedes hacerlo, te explicaré paso por paso.
—No… no, no —Viktor no sabía qué hacer, hasta que sintió la mano de su esposo contra su pecho. Miró hacia abajo y se topó con sus ojos un poco empequeñecidos por el dolor, éstos brillaban.
—Hazlo.
—Pero Yuuri…
—Hazlo. Sé que puedes.
—Esto es inhumano —sus ojos azules se llenaron de lágrimas al mismo tiempo que su varonil voz se quebró.
—Me dolería más saber que perdí a nuestro bebé. Hazlo, por favor —estaba muy decidido.
El cuerpo entero de Viktor tembló.
—¡Demonios! —no sabía qué hacer.
—Trae al mundo a nuestro bebé —sonrió cálidamente en medio de su dolor.
Una lágrima escapó de los ojos de Viktor, se la limpió rápidamente y asintió.
—¿Qué es lo que tengo que hacer? —preguntó, serio y decidido.
Entonces siguió las instrucciones al pie de la letra. La doctora le iba diciendo qué hacer. Descubrió el vientre de su esposo, le bajó un poco los pantalones y le pidió a Yurio que no mirara, aunque eso no fue necesario, pues se había girado de inmediato, alegando que no quería ver esa carnicería.
Encendieron la calefacción para que el bebé no resintiera tanto el cambio de clima, y Viktor se posicionó entre las piernas de su amado. No había mucho espacio en el asiento trasero, así que una pierna de Yuuri descansaba en el asiento contra el respaldo y la otra caía al piso del auto.
—De acuerdo, ahora deben juntar algo de nieve, de la que se acumula en el techo del auto, pónganla dentro de alguna prenda y colóquenla sobre el vientre de Yuuri. Eso ayudará a adormecer un poco el área.
No tenían ningún tipo de anestesia, así que era su única opción. Al menos podrían dormir un poco el área con el hielo. Yurio salió, recolectó la nieve necesaria y siguieron las instrucciones al pie de la letra.
—¿Sientes esto? —preguntó Viktor luego de aplicarle el hielo por unos minutos y de pasar las yemas de sus dedos sobre el área que iba a cortar.
Yuuri tragó en seco y asintió.
—Maldición —espetó Viktor entre dientes, estaba a punto de entrar en pánico e hiperventilar.
Yuuri sentiría absolutamente todo.
Se puso los guantes, limpió con alcohol el vientre de su amado, buscó la zona del pubis y con su mano temblorosa acercó el bisturí ya montado en el mango. La doctora le pidió que hiciera un corte horizontal en el borde superior del vello púbico.
Los dos respiraban agitadamente.
—Dios mío, Dios mío, Dios mío —repetía una y otra vez. Estaba a punto de abrir a su esposo, sin anestesia. ¡Lo iba a cortar! No podía.
—Viktor, hazlo ya —suplicó el japonés, igual de tembloroso y muy espantado. No quería ver, tenía su brazo sobre sus ojos.
—Corta con cuidado, capa por capa. No lo entierres mucho, pero tampoco tan suave, la piel humana es más gruesa de lo que crees.
—No me está ayudando mucho —replicó Viktor—. Dejen que me calme primero —se llevó una mano al puente de la nariz, tratando de controlar su respiración y concentrándose. Estaba por cortar esa hermosa piel que noche tras noche besaba y acariciaba con vehemencia. Pero lo haría para salvar la vida de su familia. Sí, lo haría—. Listo, lo haré.
Llevó de nuevo su mano con el bisturí al vientre de Yuuri, éste se tensó mucho.
—¡Espera! —Yuuri lo detuvo con los ojos llenos de lágrimas, y miró hacia el asiento del piloto—. Yuri, dame tu mano, por favor —suplicó—. Sé que no quieres ver esto, pero necesito que… —no tuvo que decir más. El rubio movió su asiento todo lo posible hacia delante, así hizo espacio para brincarse hacia atrás, y de manera cómoda y apretada, se sentó para que Yuuri pudiera recostar su cabeza sobre su regazo. Ahí le extendió una mano y con la otra apretó su hombro.
—Puedes morderla si quieres.
El japonés le dedicó una sonrisa que muy apenas pudo esbozar debido al miedo.
—Gracias —lloró un poco más y luego miró a su esposo—. Viktor, necesito que me prometas algo antes de que comiences —su respiración estaba muy agitada por la adrenalina del momento, al saber que sería cortado sin anestesia—. Si sientes que vas a perderme, si me desangro… asegúrate de que nuestro bebé sobreviva. Prométeme que salvarás a este bebé a pesar de todo. Promételo.
—No digas eso —se le quebró la voz. Se pasó una mano por sus ya desordenados cabellos, su frente tenía ya indicios de sudor a pesar del frío que hacía.
—No digas estupideces —Yurio lo miró severamente—. Vas a estar bien ¡¿Me escuchaste?! Así que ahora cállate y deja que tu maldito esposo te abra por la mitad.
De no estar las circunstancias tan graves, Yuuri se habría reído de sus palabras. Pero no pudo, miró a su amado para asegurarse de que tomaba en serio su petición.
—Viktor, no me lo has prometido.
—No lo haré, ambos estarán bien.
—Promételo, por favor.
—Los dos van a estar bien. Yuuri ¿Me oíste? ¡Los dos estarán a salvo! —fue lo último que dijo antes de aproximar el bisturí al lugar indicado—. No te muevas, Yuuri.
El aludido cerró los ojos y apretó con mucha fuerza la mano de Yuri, éste quiso apartar la mirada de lo que Viktor haría, pero no pudo.
Viktor hizo la primera incisión.
El aire escapó de los pulmones de Yuuri. Un grito profundo y desgarrador salió de su garganta al sentir por completo el filo del bisturí cortando su piel. Quiso moverse, retorcerse por el dolor que sentía, pero a pesar de todo, logró no moverse para que su esposo no fuese a cortar a su bebé accidentalmente.
Yurio lo inmovilizó lo mejor que pudo, rodeándolo con su brazo libre y sintiendo que los huesos de su mano se podrían romper por la fuerza con la que Yuuri le apretaba, mientras él mismo se mordía una mano, suplicando internamente porque ese dolor pasara pronto. No se daba cuenta de que estaba estrangulando la extremidad de Yurio sin piedad alguna.
—Lo hice, corté la piel —logró que su voz no saliera tan temblorosa—. Pero…
—Tendrás que cortar la capa que está por encima de los músculos, pero asegurándote de no cortar el músculo en sí.
—Entendido —tomó el valor quién sabe de dónde, y lo hizo.
Haber escuchado el grito desgarrador de Yuuri le había puesto los pelos de punta, incluso se había sentido desmayar al ver tanta sangre brotando de la incisión. Tenía pavor, pero el miedo de perderlos al no hacer nada era aún mayor.
—Lo siento mi amor, lo siento —le decía una y otra vez al percibir sus bruscos temblores y sus inmensas ganas de seguir gritando. Gritaba con fuerza mientras mordía su propia mano. El dolor era insoportable.
Logró cortar sólo lo necesario. Con sus manos separó los músculos abdominales hasta llegar a una capa extraña y no muy gruesa.
—Puedes desgarrar eso, hazlo con tus dedos. Sé cuidadoso —pidió la doctora aún al teléfono.
Viktor obedeció y en seguida el líquido amniótico mojó todo a su paso. Yuuri respiraba irregularmente y seguía apretando la mano de Yurio con ferocidad, temblando del dolor. El rubio miraba la escena sin poder creerlo, había sangre desbordándose de la herida, se sintió mareado y hasta nauseas le dieron. Jamás en su vida había presenciado algo así.
—¿Ves al bebé? —preguntó la doctora Kubo.
—Yo… —buscó con sus manos, tocando literalmente las vísceras de Yuuri—. No lo veo —se desesperó un poco, había demasiada sangre fluyendo, no le dejaba observar nada. Frustrado, se limpió el sudor del rostro con el dorso de su mano, manchándose de sangre la cara por accidente, pero poco le importó. Siguió buscando a tientas hasta que sintió su cabecita—. ¡Lo encontré!
—Tómala con cuidado y sácala suavemente —indicó con mucha tensión en su tono.
Tenían la adrenalina al tope, tanto así que no se dieron cuenta de las palabras que usó la doctora.
Viktor siguió las indicaciones hasta que pudo sacar por completo al bebé. Tembloroso, lo tomó entre sus brazos y lo miró como si fuera la cosa más hermosa del mundo. Estaba anonadado.
—Es… es una niña —musitó Viktor apenas con aliento, mirándola fijamente y enamorándose de su pequeña, era perfecta.
Su llanto no se hizo esperar, la bebé lloró a todo pulmón al sentir el cambio drástico del cómodo lugar dentro de su padre al exterior frío.
La doctora le pidió que cortara el cordón umbilical y que la envolvieran de inmediato en algo cálido después de ver que su vía respiratoria estuviese por completo despejada. Viktor no tenía idea de cómo hacer todo eso, pero dio lo mejor de sí y logro traer a su hija al mundo, sana y salva.
Ahora la preocupación era otra.
Yuuri levantó su cabeza todo lo que pudo, tratando de ver a su hija.
—Niña… es una niña —sollozó el japonés, increíblemente feliz, pero con una debilidad muy grande.
Yuuri suspiró pesadamente, pero no había dejado de apretar la mano de Yurio, el dolor era interminable. Pero su hija al fin había nacido, lo valía todo, absolutamente todo.
—Mi vida —su voz salió temblorosa, no dejaba de apretar a su bebé contra su pecho, era tan pequeñita—. Somos padres de nuevo, cariño, somos padres —los ojos se le llenaron nuevamente de lágrimas.
—Oh Viktor —alzó la cabeza, ahora con la ayuda de Yurio, así pudo ver a la hermosa bebé que su esposo cargaba. Estaba completamente roja, tenía sus ojitos bien cerrados y no dejaba de llorar—. Gracias… gracias —dejó caer su cabeza de nuevo sobre el regazo de Yurio y trató de controlar su respiración, pues el dolor no se había ido. Seguía sufriendo demasiado y lo demostraba su cuerpo tembloroso.
Viktor buscaba con qué cubrir a su hija, pensó en quitarse el suéter y cubrirla, pero era de lana rasposa y estaba completamente lleno de sangre.
—Toma —se quitó el suéter que traía debajo del abrigo—. Usa esto, la calentará bien, y es suave.
—Gracias Yuri —tomó el suéter y envolvió el cuerpecito de su bebé con prisa.
—Q-quiero verla —pidió débilmente, extendiendo sus brazos hacia ella.
Viktor de inmediato se la extendió, Yurio le ayudó a cargarla contra su pecho.
—Viktor, aún no hemos terminado —le recordó la doctora—. Retira la placenta y cubre la herida con lo que tengas a la mano.
—De acuerdo —se quitó el suéter y la camisa, comprimiendo la herida con esta última y quedándose sólo con su suéter.
La doctora Kubo siguió dándole indicaciones que Yuuri dejó de escuchar, estaba enajenado con la hermosura de su bebé. Todo había pasado a segundo plano, incluso su dolor.
—Oh Dios, es hermosa. Nuestra hija es hermosa —comenzó a llorar, contagiando a Viktor—. ¡Tiene tu cabello! —exclamó con alegría al notar sus finos cabellos platinados—. Ella es… perfecta —cerró sus ojos un momento, sin borrar la sonrisa de sus labios.
—Es porque nació de ti —respondió Viktor, haciendo aún intentos por detener la hemorragia que no cesaba. No quería alarmarlos, pero él estaba que se moría de miedo ¿Habría cortado de más?
—Hey, cerdo —lo movió ligeramente al no escuchar respuesta, pero no reaccionó—. Está inconsciente —dijo en apenas un hilo de voz. Tomó a la bebé entre sus brazos porque los de Yuuri habían perdido toda su fuerza.
—La bebé está a salvo, pero… tienen que llegar a un hospital cuanto antes para salvar a Yuuri.
La sangre se le fue hasta los pies a ambos rusos. Viktor llenó la herida con gasas y de nuevo la cubrió con su ropa, pero era inútil, la hemorragia no cesaba. El asiento estaba lleno de sangre, las manos de Viktor también, su ropa, rostro, todo.
Y la bebé no dejaba de llorar con fuerza.
—Tenemos que movernos de aquí. No dejaré que Yuuri muera, juro por mi vida que no.
—Toma a tu hija —se la extendió, y con agilidad brincó de nuevo al asiento del piloto luego de recostar la cabeza de Yuuri cuidadosamente sobre el asiento.
No sabía cómo, pero llegarían al maldito hospital.
Encendió el auto, pero no avanzaron ni cien metros sin quedarse atascados de nuevo.
—¡Maldición! —golpeó el volante con ambas manos, muy desesperado.
—Yuri. La bebé está bien, pero necesito llevar a Yuuri al hospital ahora mismo.
—¿Qué planeas? —se preocupó, el tono que había usado sonaba a decisión peligrosa.
—Son sólo siete kilómetros.
—¿"Sólo siete"? ¿Sabes acaso lo que significa eso con este clima?
—Lo sé, pero no me voy a quedar aquí cruzado de brazos, viendo a mi esposo morir —comenzó a cubrirlo con capas y capas de ropa. Se puso su abrigo de nuevo, y luego de estar bien abrigados, le pidió a Yurio que abriera el seguro de las puertas para salir con Yuuri en brazos.
—No lo haré. Morirán allá afuera.
—Morirá aquí adentro si no hacemos nada —masculló con enojo—. Abre ya. Puedo llevarlo, juro por mi vida que no lo dejaré morir.
—¡Con un demonio! ¡No quiero perderlos! —estalló, habría querido golpear algo, pero no pudo al tener a su sobrina en brazos.
Viktor le quitó el seguro a la puerta manualmente, y al apenas abrirla pudo sentir el clima gélido de afuera, y no sólo eso, sino la fuerte ventisca. Sí, su idea era muy peligrosa, pero no tenía otra opción.
—No nos perderás. Por favor, cuida de mi hija.
El rubio asintió solemnemente mientras la cubría mejor con su ropa abrigadora, la pegó más a su pecho y no dejó que sufriera frío.
—No se mueran, idiotas —espetó de mala manera, pero con sus ojos llenos de lágrimas.
—Tenemos varios hijos que cuidar, no lo haremos —respondió un segundo antes de cerrar la puerta.
Pero apenas hizo eso, vio cómo una camioneta grande se detuvo al lado de ellos, sobre el camino. De ésta se bajaron dos hombres, al parecer paramédicos.
—¿Viktor Nikiforov? —preguntó uno de ellos.
El aludido asintió.
—¡Son ellos! —exclamó el otro paramédico a las personas dentro de la camioneta.
—Somos médicos, los llevaremos de inmediato al hospital. Suban, por favor —le indicó la puerta.
Y entonces, por primera vez en horas, Viktor sintió que su esperanza incrementaba. Le pidieron a Yurio que saliera del auto con la bebé, cubriéndola por completo hasta estar seguros dentro de la camioneta.
Al ingresar a la camioneta, recostaron a Yuuri en una camilla que traían consigo. No era una ambulancia, pero lo parecía.
Yurio le extendió su hija a Viktor y este la apretó fuertemente contra su pecho. La bebé era increíblemente pequeña. No había dudas de que era prematura.
Se fueron de inmediato rumbo al hospital. Apenas llegaron, la doctora Kubo los recibió, lista para ingresar a Yuuri al quirófano. Admitieron también a la bebé y a revisaron minuciosamente, comprobando que estaba sana por completo. Pero Yuuri… al parecer Viktor había cortado de más. Estaba en el quirófano, tratando de sobrellevar sus heridas, peligrando su vida.
Viktor y Yurio fueron mandados a la fuerza a la sala de espera. Los pobres estaban demasiado ansiosos, más cuando pasaron dos horas y no tenían noticias de Yuuri.
—¿Señor Nikiforov? —preguntó uno de los médicos de Yuuri, buscándolo.
El aludido se levantó como resorte del sillón.
—¿Cómo está él?
—Estamos haciendo todo lo posible por contener la hemorragia, pero el corte es demasiado amplio y profundo. Necesitamos donadores de sangre con urgencia. Su tipo de sangre se agotó en nuestro banco y sólo puede recibir de ese tipo.
—O negativo… —murmuró Viktor—. Yo soy A negativo —se pasó una mano por el cabello, desesperado.
—¡Yo puedo donar! —exclamó Yuri, ofreciéndose sin dudar—. Ese es mi tipo de sangre.
Viktor lo miró con un asombro y gratitud infinita.
—Por favor, Yuri, por favor —suplicó.
—Ni siquiera tienes que pedirlo —respondió con una seriedad extraña en él—. Vamos —le dijo al médico—. Saque toda le que necesite.
Y así, se fueron rápidamente para hacerle llegar esa sangre al japonés.
Viktor se quedó sólo en la sala, se sentía morir. Aún tenía su ropa llena de sangre y líquido amniótico. De pronto se desesperó mucho, no soportó estar ahí sentado sin hacer nada, sin noticias, sentía que se volvería loco. Se puso de pie y fue en busca de un poco de aire fresco.
Llegó a un pasillo solitario en el que una de las ventanas estaba ligeramente abierta. Respiró profundamente el aire que entraba, intentando calmarse, pero no podía.
—Hey ¿Qué haces aquí solo? —preguntó, poniéndole una mano al hombro. Pero cuando Viktor se giró, Yurio pudo ver que estaba hecho un mar de lágrimas, totalmente deplorable—. Viktor…
—Si lo pierdo… no sé qué haré sin él. Si Yuuri… —no pudo continuar, se llevó ambas manos al rostro, desesperado.
—Eso no va a pasar, él estará bien —dijo, sin creer del todo en sus propias palabras.
—¡Fue mi culpa! Yo… yo corté de más —se miró las manos aún manchadas de sangre, comenzó a temblar—. Yo… lo abrí y…
—Cállate —hizo algo muy poco común en él, acortó la distancia entre ambos y lo apretó entre sus brazos con fuerza. Otabek le había dicho alguna vez que los abrazos fuertes lograban tranquilizar a las personas debido a la estimulación que esto causaba en el sistema nervioso. Y él sabía que funcionaba porque su novio lo había aplicado en él cuando entraba en crisis después de la muerte de su abuelo.
No le fue difícil abrazar a Viktor, estaba casi de su misma altura. Lo rodeó y apretó con fuerza. El pobre se echó a llorar con más ganas, correspondiendo el abrazo.
—Él no morirá, Viktor, no nos dejará tan fácil ¿Entendido?
El aludido sólo asintió, no le salía la voz, sólo lágrimas.
—Hoy trajiste al mundo a tu hija, no sé de dónde demonios sacaste el valor para hacer lo que hiciste, pero… te admiro —fue sincero. Le hablaba suavemente, con voz baja. Eso, más el abrazo, fue tranquilizando poco a poco a Viktor.
—Gracias… —murmuró con voz rasposa—… por lo que hiciste por Yuuri.
—¿Por la sangre? —intentó separarse del abrazo, pero Viktor lo retuvo un poco más—. El cerdo me debe varios litros —la verdad era que se sentía mareado, así que no intentó deshacer el abrazo, si lo hacía, todo le daría vueltas y lo que menos necesitaba Viktor en ese momento era alguien más por quién preocuparse.
—Esperemos nunca tenga que regresártelos —se separó suavemente del abrazo, sorbiéndose la nariz y mirándolo a los ojos con una suave sonrisa—. Gracias —puso una mano en sus cabellos y los revolvió un poco—. ¿Te quieres sentar? —lo notó muy pálido.
—Por favor.
Se sentaron, hasta que Yurio se percató de algo que extrañamente había pasado por alto. Tomó a Viktor del brazo y lo empujó por el pasillo hasta encontrar un baño.
—¿Qué haces? —inquirió, desganado.
—Estás lleno de sangre, límpiate.
Entonces Viktor se miró al espejo dentro del baño. Tenía sangre incluso en su rostro. Se quitó el suéter de lana lleno de sangre, se lavó las manos y limpió su rostro.
Pasaron un par de horas más. Estaban tan intranquilos que pidieron ir a los cuneros para al menos ver a la bebé a lo lejos a través de una pared de cristal.
—Es hermosa.
Viktor sonrió.
—Lo es, mi hija es hermosa —suspiró.
Transcurrieron horas antes de que tuvieran información sobre Yuuri. Al parecer habían logrado contener la hemorragia, limpiaron la cesárea improvisada que le había hecho Viktor y le administraron un coctel amplio de antibióticos y analgésicos. Suturaron bien la herida, advirtiéndole a Viktor que le quedaría una fea cicatriz, pero eso poco le importaba al ruso, sabiendo que a su esposo tampoco le importaría mucho. Aunque sí se sintió muy culpable, pues había sido él quien cortó de más.
A Viktor no se le borraba de la mente la imagen de Yuuri inconsciente, desangrándose, pálido y sudando frío. Tampoco se borraban de su mente los gritos desgarradores. Lo había cortado, le había enterrado un bisturí y Yuuri lo había soportado, todo por su hija.
No había duda alguna, amaba a ese hombre con locura.
Casi de madrugada, pasaron a Yuuri a recuperación y de ahí a una habitación privada. Para ese entonces habían hablado ya con Irina y Otabek, informándoles que ya eran tíos de una hermosa niña.
Cuando pasaron a Yuuri a cuarto, Viktor casi entró corriendo, se paró a un lado de la cama y acarició su mejilla.
—¿Estará bien? —le preguntó a la doctora—. Está demasiado pálido.
—Es normal después de lo que ha pasado. Con los cuidados indicados, se recuperará pronto.
—¿Tardará mucho en despertar?
—No podemos asegurarlo, pero mientras esperan a que eso pase… —miró hacia la puerta, por ésta entraba una enfermera con un cunero, en él estaba la pequeñita bebé.
—¿Cómo está mi hija? —preguntó de inmediato, acercándose a la cunita y mirándola de cerca casi como si se tratara de un huevo de Fabergé.
—Es sorprendente que, a pesar de haber nacido prematura, su salud está en perfectas condiciones. Es un poco pequeña, pero ni siquiera requerirá estar en incubadora. Está muy sana.
Esa explicación inundó de alivio a los dos rusos ahí presentes.
—¿Puedo cargarla? —preguntó con emoción.
—Es tu hija, por supuesto que sí.
Con la experiencia que tenía gracias a Alexei, pudo tomar entre sus brazos a la pequeñita. Estaba asombrado por lo pequeña que era, su antebrazo era mucho más largo que ella, además, pesaba muy poquito.
La doctora los dejó solos al ver que ambos rusos se habían perdido por completo en la bebé.
Viktor no sabía cómo describir lo que sentía en esos momentos. En sus brazos estaba el fruto del amor que se tenían Yuuri y él, ese pequeñito ser era una combinación perfecta de ambos, no podía sentirse más afortunado y feliz.
—Te amo, princesa —fueron las primeras palabras que le dedicó a su hija antes de besarle su frente.
Yurio soltó una risita traviesa.
—Algo me dice que esta bebé será la niña más consentida del mundo.
—Lo será —aseguró con una sonrisa, sin despegar la mirada de la perfección de su niña.
Yuuri tardó un poco en despertar, sentía todo su cuerpo entumecido y pesado, tenía frío y sentía que le dolía todo. Batalló para abrir los ojos, pero cuando lo hizo, lo primero que sus ojos vieron fue a Viktor cargando a su hermosa hija. No pudo haber despertado en mejor momento.
Esa imagen se tatuó con fuego en su mente, la recordaría hasta el día de su muerte, pues… jamás había visto tal expresión en el rostro de su esposo. Viktor tenía un brillo muy especial en sus ojos, y los sentimientos que expresaba su rostro eran indescriptiblemente hermosos.
Aún se sentía mareado, estaba pálido y ojeroso debido a la pérdida de sangre, se encontraba muy débil y adolorido, pero nada comparado a lo que sufrió en el auto.
Los dos rusos se percataron de que al fin había abierto los ojos y enseguida corrieron a su lado.
—Amor, despertaste —sonrió con mucha emoción—. ¿Cómo te sientes?
—Bien —sonrió a pesar de todo—. Me muero por verla —extendió débilmente sus brazos hacia él.
—¿Quieres cargarla? —inquirió Viktor.
—Por favor —suplicó, quería sentir su calorcito. Extendió más sus brazos, dándose cuenta de lo débil que estaba. Viktor lo notó, así que mejor recostó a la nena a un lado de la cabeza de Yuuri, sosteniéndola en todo momento, pero permitiendo que su esposo pudiera extender su mano para acariciarla.
—¿Ella está bien?
—Perfectamente bien. Es una bebé muy saludable.
Yurio se había quedado un poco apartado, mirando la escena desde "afuera" y sintiendo una mezcla muy extraña de sentimientos en su interior. Experimentaba emociones muy contradictorias. Cuando supo del tratamiento para quedar embarazado, se sorprendió mucho e incluso consideró la posibilidad para un futuro, pero después de lo que pasó en el auto la había descartado por completo, pero ahora que veía a la feliz familia no podía evitar ponerse en su lugar. Otabek y él serían sumamente felices al poder tener hijos propios, sería un sueño hecho realidad que ahora era posible.
Sonrió con cierta añoranza. Sí, él quería eso. No ahora, pero sí lo quería.
—¿Qué haces? —inquirió Viktor con curiosidad al ver que Yuuri desenvolvía a su hija de todo ese montón de sábanas pequeñas.
—Sólo quiero asegurarme de que esté bien —la descubrió. Tocó sus bracitos, contó los dedos de sus manitas y pies, asegurándose de que estuviera completita y sana.
La pequeña comenzó a llorar al sentir algo de frío. Yuuri de inmediato la cubrió y Viktor lo ayudó en ello.
—Te lo dije: es perfecta.
—Es hermosa, tiene tu cabello.
—Lo noté —sonrió con orgullo.
—En ese caso… le va bien el nombre que elegimos.
Yurio los miró con curiosidad.
—Yarine —dijeron al unísono.
—Se parece tanto a tu madre, a ti.
—Aún es pronto para decirlo, sólo tiene mi cabello.
—Sé que se parecerá más a ti —sonrió débilmente—. ¿Verdad, Yari? —preguntó con una voz tremendamente dulce.
En ese preciso instante la bebé comenzó a abrir sus ojitos, sólo un poco. Y ahí se llevaron una inmensa sorpresa.
Aún era muy pronto para deducir el color de ojos de la bebé, pues éstos eran claros, pero aún no tomaban su color definitivo, sin embargo, se notaba a leguas que serían iguales a los de su padre ruso.
—Te lo dije: igualita a ti.
Viktor soltó una risilla emocionada, sentándose al borde de la cama, junto a su familia. Sólo le faltaba su preciado hijo Alexei para que su mundo estuviera completo.
—Un integrante más de la familia con esos ojos y cabello —sonrió, orgulloso—. Pero… yo sigo queriendo a mi Katsudon Jr.
—Oh no, Vitya, yo no vuelvo a pasar por esto —se abrumó un poco.
—Lo sé, lo siento —despejó su frente de todo cabello y le besó con un cariño infinito—. Siento mucho que tuvieras que pasar por todo esto.
—Lo valió por completo. Ella lo vale todo —suspiró—. Cómo quisiera que Alexei estuviera aquí. Estaba muy emocionado por conocer a su… —calló abruptamente—. Él quería que fuera niño —se preocupó.
Viktor se echó a reír.
—La amará mucho, ya verás.
Estaban tan inmersos en su burbuja de amor, que no se dieron cuenta del momento en que Yurio salió para darles más privacidad.
—Amor, lo siento —dijo de pronto Viktor.
—¿Por qué?
—Por hacerte pasar todo esto, casi mueres por mi culpa.
—Tú nos salvaste.
—Y casi te mato en el intento. Lo siento —dijo muy serio. Puso con cuidado una mano sobre el vientre de su amado, sintiendo el inmenso cambio ahora que su hija no estaba dentro de él.
Yuuri puso una mano sobre la de su esposo y negó suavemente con la cabeza.
—Dejemos de pensar en eso, estoy bien y nuestra hija está sana, no puedo pedir más.
Viktor suspiró, su amado tenía razón.
—De todas formas —pegó su frente a la de Yuuri—. Temí tanto perderte —suspiró.
—Nunca me apartaré de tu lado.
—No lo hagas.
Hablaban bajito, en pequeños murmullos suaves entre caricias y mimos.
—Yuuri.
—¿Sí? —inquirió sin apartar la vista de su preciosa hija.
—Ahora dime en serio ¿Cómo te sientes?
El aludido levantó la mirada.
—Horrible —admitió con una sonrisa.
Viktor se sintió muy culpable. Yuuri rio un poco.
—Pero estaré bien —aseguró—. ¿Sabes cuándo podré salir de aquí?
—Amor, no llevas ni un día, no comiences con que ya te quieres ir —alzó una ceja.
Yuuri se rio con nerviosismo, y es que en verdad odiaba los hospitales.
—Está bien, no lo haré mientras me traigan a Alexei, lo extraño.
—Yo también —suspiró—. Ya hablé con los demás y les informé la situación. Apenas pase la tormenta y todo sea seguro, nos traerán a nuestro hijo.
Yuuri sintió un alivio enorme, acompañado de una pesadez que lo arrastraba poco a poco al sueño.
—Descansa, yo cuidaré de nuestra hija —besó su frente y se sentó en la orilla de la cama, cuidando el sueño de su bebé.
El japonés asintió con una linda sonrisa antes de caer rendido al sueño. Viktor se sentía muy alivianado, después del enorme peligro que había corrido su familia, al fin podía tomarse un respiro.
Miró a su hija y le nacieron unas inmensas ganas de comérsela a besos, era preciosa. Tocó su naricita tan pequeña y bonita como la de Yuuri, apretó sus cachetitos, iguales a los de Yuuri también. Bueno, quizás alucinaba, pues aún era muy pronto como para hallarle parecido a alguno de los dos.
—Te amo, princesa —dijo por segunda vez, besando su cabecita. Jamás se cansaría de ser padre, amaba a sus hijos, a su esposo. Se sentía el hombre más afortunado del mundo.
Padre e hija dormían profundamente, y fue así durante un par de horas hasta que Yarine despertó a su papi con su fuerte llanto.
—¿Qué ocurre? —preguntó el japonés, adormilado y un poco desorientado. Frente a él estaba Viktor tratando de calmar a su bebé.
—Ha de tener hambre… —miró a Yuuri con una incógnita marcada en su rostro, después descendió la mirada a los pechos del japonés.
—¡Viktor! —se sonrojó, llevándose un brazo al pecho—. No creo que sea posible.
—¿No?
—No sé… —comenzó a dudar—. No creo que sea buena idea —seguía ligeramente sonrojado.
—Llamemos a la doctora —tomó el teléfono y lo hizo, no pasaron ni cinco minutos antes de que la doctora Kubo apareciera en la habitación, explicándoles que de una u otra forma necesitaría sacar la poca leche que tenía acumulada en los pechos.
—¿En serio? —se sonrojó aún más, jamás imaginó que haría aquello.
—Pero es opcional, de todas formas complementaremos su alimentación con una fórmula especial. Así que… ustedes deciden —les sonrió amablemente.
Viktor y Yuuri se miraron mutuamente antes de tomar una decisión.
—¿Podríamos… podríamos comenzar a darle fórmula? —preguntó el japonés, titubeante.
—En un momento hago que se las manden. Te traeré también folletos informativos sobre los cuidados básicos que deberán tener, así como recomendaciones post parto y tips especiales.
La doctora salió para ordenar de inmediato la comida de la bebé, pero mientras tanto, ésta no dejaba de llorar.
—Tranquila mi amor —la mecía de un lado a otro—. Tu comida llegará en un momento ¿Si? —la miraba soñadoramente, con un brillo inexplicablemente dulce en sus ojos celestes.
Yuuri se llevó una mano a la boca para contener sus ganas de decir lo hermosos que se veían ambos. Viktor lo notó y rio un poco.
—¿Qué?
—Se ven adorables —suspiró.
—Deberías ver la cara de puchero que está poniendo ahora mismo —rio—. Se parece tanto a ti.
Yuuri frunció el ceño, pero su expresión se convirtió en una carcajada al ver su carita y confirmar lo dicho por Viktor. No podía negarlo.
—Quiero cargarla.
—¿Te sientes mejor?
—Sí —fue sincero. Su familia le recargaba la energía. Extendió sus brazos, quería ya sentirla de nuevo con él. Viktor se la entregó con cuidado, pero la pequeña no dejaba de llorar. Yuuri la abrazó contra su pecho y poco a poco fue tranquilizándola.
—Eres el encantador de bebés ¿Cómo haces eso?
—No tengo idea —acarició con el pulgar la boquita pequeña y rosada de su bebé, pero ésta se aprovechó y lo succionó. Estaba hambrienta.
—Oh cariño, se muere de hambre —se preocupó.
Si bien ya tenían experiencia con Alexei, jamás habían tenido a un bebé recién nacido bajo su cuidado, o al menos no tan pequeño.
—Tu comida llegará pronto —Yuuri la apretó más contra su pecho mientras Viktor limpiaba sus lagrimitas.
La mamila llegó y Yarine se la devoró en minutos, Viktor la ayudó a expulsar el aire y enseguida cayó rendida en los brazos de Morfeo.
—Yuuri, amor, creo que tengo una obsesión. Nuestra hija es preciosa —no se resistía las ganas de morderle una mejilla.
—Ni se te ocurra morderle sus mejillas, ya ves cuánto odia Alexei que hagas eso.
Resignado, Viktor aceptó, sólo por el momento porque su bebé no tenía ni un día en este mundo.
—Vitya, ¿Y Yurio? No lo he visto.
—Salió a comer algo a la cafetería, estaba hambriento. Por cierto… le debes varios litros de sangre —bromeó.
—¿Cómo?
—Durante la cirugía necesitaron hacerte trasfusión, desafortunadamente tú y yo no somos del mismo tipo —suspiró—. Pero resulta que Yurio y tú sí —se asombró.
—Vaya, no tenía idea.
—Yo tampoco.
Yuuri esbozó una linda sonrisa, ya quería verlo para agradecerle aquello.
Pasaron la noche en el hospital, el clima no mejoraba así que Viktor y Yuri se quedaron en la habitación. El japonés dormitaba cada cierto tiempo, pero despertaba, alerta y algo agitado, pensando que todavía estaba en medio de la tormenta. Viktor se levantaba del sillón en donde descansaba y lo tranquilizaba con un beso.
Yarine los despertaba también cada par de horas, sin mencionar a las enfermeras que entraban y salían de la habitación para administrarle medicamentos a Yuuri o para llevar la comida de la bebé. Así ninguno pudo descansar realmente.
—Siento que tengas que pasar por todo esto —murmuró Yuuri hacia su amigo rubio.
—No tienes que disculparte, yo quiero estar aquí —caminó hacia la cuna de Yarine y la admiró por largo rato, seguía sin poder creer que esa pequeñita fuese hija biológica de Viktor y Yuuri.
—¿Puedes creer que tu sobrina comparta la misma fecha de tu cumpleaños?
El corazoncito del rubio se llenó de una calidez muy agradable al escucharlo decir aquello.
—Es increíble —sonrió, acariciando su escaso cabello plateado con el dorso de sus dedos—. Mi sobrina… —pensó, le agradaba mucho eso—. Haremos fiestas dobles a partir de ahora —sonrió con orgullo.
Dejó dormir a su sobrina y de pronto se sobresaltó al escuchar un leve ronquido. Yuuri y él miraron en dirección al sillón en donde Viktor dormía incómodamente sentado.
—Demonios, me asustó —se llevó una mano al pecho.
—Yuri, si tan sólo escucharas tus ronquidos —defendió a su esposo—. Además, está muy cansado.
El rubio no quiso decirle que su novio se encargó de grabar el peor repertorio de ronquidos que tenía, sólo para mostrárselos al día siguiente y explicarle por qué se había ido a dormir a otro cuarto.
—Yuri ¿Podrías hacerme un favor?
—Dime.
—¿Puedes acomodar a Viktor sobre el sillón? Se ve muy incómodo así.
Refunfuñando un poco, fue y cumplió con el pedido, acomodó a Viktor sin delicadeza sobre el sillón para que terminara acostado de lado, en una posición más cómoda.
—¡Yurio! —le reprendió en voz baja.
—Está tan dormido que no le importó —se encogió de hombros.
—Eres cruel —rio un poco.
—Nunca lo había visto tan decidido como cuando intentó traerte al hospital… —murmuró, parándose a un lado de la cama de Yuuri para conversar cómodamente—…estaba dispuesto a correr siete kilómetros contigo en brazos. Está loco.
Yuuri sólo pudo esbozar una pequeña sonrisa llena de comprensión, y es que él hubiera hecho lo mismo de estar en su lugar.
De pronto el japonés soltó un quejido de dolor, sobresaltando a Yurio.
—¿Qué te pasa?
—Nada… sólo me duele un poco —se llevó una mano al vientre—. Y estoy cansado de dormir bocarriba —protestó, él estaba acostumbrado a dormir de lado o bocabajo.
—¿Quieres que te ayude a girar un poco?
—Por favor.
Haciendo uso de su fuerza y delicadeza también, Yurio tomó la cadera y el costado del japonés para ayudarle a quedar de lado, pero el pobre sintió un dolor fuertísimo.
—¿Qué ocurre? —se alarmó.
A Yuuri se le fue el aire, casi sintió como si lo estuvieran abriendo otra vez, ni siquiera pudo responder.
—Oh Dios —se alarmó al ver sangre manchando las sábanas—. Iré por ayuda.
Salió corriendo de la habitación para traer a cualquier médico que pudiera ayudarle.
—¿Qué ocurre? —preguntó Viktor, levantándose mientras se tallaba los ojos. Entonces miró a su esposo hecho bolita sobre la cama, llorando y rechinando los dientes por el dolor—. No… —palideció al ver la sangre.
En ese momento entró Yurio acompañado de un médico de guardia, quien revisó al japonés de inmediato. Levantó su bata, descubriendo su vientre y las grapas que habían utilizado para cerrar su herida. Cuando Yurio y Viktor vieron eso, se congelaron por completo, la vista era por demás horripilante y casi parecía sacada de una película de terror.
—No se alarmen —los tranquilizó—. Sólo se abrió un poco la herida, tendremos que suturar además de las grapas.
Viktor se mareó un poco, pero supo disimularlo muy bien, en ese momento su esposo necesitaba todo el apoyo posible, así que tomó su mano y dejó que se la apretara todo lo que quisiera.
—Duele mucho —se quejó el japonés, no quería ni respirar.
El médico actuó rápido, limpió la herida, administró medicamentos intravenosos algo fuertes y llamó a la doctora Kubo por teléfono para ver qué indicación le daba. Ella pidió que volvieran a poner las grapas en donde se había abierto la herida.
—¿No pueden mejor suturarlo? —inquirió Yuri sin atreverse a ver más, miraba hacia otro lado.
—Cicatrizará más rápido así.
—Pero se abrió —espetó de mala gana.
—¿Se movió de manera brusca? —inquirió el médico.
—Un poco, quería cambiar la posición en que estaba acostado —admitió el japonés.
—Sé que es incómodo dormir en la misma posición, pero es preferible que permanezca así por unos días hasta que cicatrice mejor —sugirió.
—Entiendo —cerró los ojos, cansado y adolorido.
El médico salió después de terminar su trabajo bajo la atenta mirada de Viktor, quien se preguntaba mentalmente cómo había podido hacerle aquello a su amado.
—Estarás bien mi amor —besó su frente.
—Saldré un momento —Yurio desapareció de ahí rápidamente, se sentía mareado. Desde que presenció aquella escena sangrienta en el auto, no soportaba mucho ver sangre.
—Ha sido mucho para él en tan poco tiempo —suspiró Viktor.
—Lo entiendo, para nosotros también —admitió débilmente.
—Y Otabek no está aquí para calmarlo.
—Yo estaría igual si no te tuviera —admitió con una pequeña sonrisa.
—Te amo Yuuri —besó cortamente sus labios, pero entonces su adicción a esos besos afloró, suplicándole por uno más, y otro, y otro.
Yurio volvió luego de tomar algo de aire, pero no entró al ver por la ventana de la puerta que esos dos tórtolos tenían sus cinco minutos de mimos y cariños, decidió darles privacidad.
El clima no mejoró, sino hasta al día siguiente. Muy temprano en la mañana, los tres dormían profundamente al igual que la bebé. Precisamente en ese momento pudieron descansar todos al mismo tiempo, hasta que tocaron la puerta.
Viktor se espabiló un poco, y murmurando un ronco "adelante", entraron Irina y Otabek, éste último con Alexei en sus brazos.
—¡Papá! —el pequeño extendió sus bracitos hacia Viktor y comenzó a mover todo su cuerpo, intentando zafarse del agarre de Otabek, el pobre venía con unas pronunciadas ojeras, pues fue quien se quedó a dormir en casa de los Nikiforov, cuidando del bebé que no quiso dormir en casi toda la noche, llorando por sus papás.
A Viktor se le iluminó la mirada al ver a su primogénito. Se levantó casi de un brinco y corrió a abrazar a su pequeño.
—Oh mi niño —lo apresó contra su pecho mientras Alexei rodeaba su cuello con sus bracitos. Aspiró y suspiró su rico aroma a bebé, y disfrutó del calorcito que le brindaba. No lo había visto en considerables horas, pero él sentía que habían sido días.
—Los extrañó toda la noche —anunció el kazajo. Viktor lo miró con un profundo agradecimiento.
—Gracias por cuidar de mi hijo, a ambos.
—Él fue quien se quedó al pendiente de Alexei toda la noche —admitió Irina, pues ella no aguantó el sueño y terminó durmiéndose.
—Gracias, Otabek.
—No es nada —admitió con una sonrisa, pues lo había hecho de corazón. Miró detrás de Viktor, en una orilla de la habitación estaba su amado descansando sobre un sillón, profundamente dormido. No tardó en ir de inmediato hacia él.
Con todo el alboroto, Yurio fue el siguiente en abrir los ojos, para ese entonces, Otabek ya se encontraba frente a él, en cuclillas esperando a que despertara.
El rubio esbozó una bonita sonrisa al ser él lo primero que vieran sus ojos al despertar.
—Beka —murmuró con voz ronca mientras se tallaba un ojo.
—Hola Yura —besó la punta de su nariz antes de acomodarle sus largos y despeinados cabellos—. ¿Cómo estás?
—Bien —lo miró mejor y sonrió—. Te ves horrible —dijo al notar sus ojeras.
—Tú también —le pellizcó una mejilla antes de jalar su rostro hacia el de él y robarle un beso.
—No me he lavado los dientes —protestó, separándose de inmediato.
—No me importa, te extrañé —se sentó a su lado y lo abrazó.
—¿Cómo está Yuuri? —preguntó Irina en voz baja mientras se acercaba a la cama. Se preocupó al verlo con una palidez tremenda.
Viktor suspiró pesadamente.
—Por fortuna, bien. Se recuperará.
—Fue horrible, ¿Verdad?
El aludido abrió más sus ojos.
—¿Lo sabes?
—Otabek me platicó, Yurio le dijo.
—Entiendo… sí, fue horrible —notó que su hijo miraba fijamente a Yuuri, asustado—. Cariño, es papi.
—¿Papi bien?
—Sí, pero papi está cansado.
Los ojitos azules del nene brillaron por las lágrimas, él sentía que algo no andaba bien, estaba acostumbrado a ver a sus padres siempre sanos y fuertes. Verlo en una cama y con ese aspecto lo impactaba un poco. Hasta entonces Viktor fue consciente de ello. Quería recostar a su bebé a un lado de Yuuri, pero debido a los acontecimientos recientes… prefirió no hacerlo.
El japonés escuchó la voz lejana de su hijo, eso lo hizo despertar inmediatamente, casi como si fuera una alarma.
—¿Alexei? —carraspeó—. ¡Mi niño! —abrió sus ojos por completo al verlo, no dudó en extender sus brazos hacia él.
Viktor suspiró y terminó acercándole a Alexei, pero pidiéndole al pequeño que tuviera mucho cuidado con la pancita de su papá, pero él se desconcertó al no hallar ninguna "pancita".
—¿Helmanito? —preguntó con sus ojos brillantes mientras abrazaba a su papi.
—Ya nació.
—¡¿Dónde?!
Todos los presentes guardaron silencio, presintiendo que se acercaba un drama por parte del hijo mayor al darse cuenta de que era niña y no niño.
—Te la voy a presentar —Viktor cargó a su hijo y lo acercó a la cuna que estaba a un lado de la cama, cuna que había pasado desapercibida por los recién llegados.
—¿¡La tienen aquí?! —Irina se emocionó, y no fue la única. Otabek abandonó su lugar junto a Yurio, parándose de inmediato para acercarse a la cuna. El rubio se quedó parpadeando con mucho asombro mientras que Viktor sólo rio al notar todo aquello.
Muy pronto hubo escándalo en la habitación porque Irina no dejaba de decir que era la cosita más hermosa que había visto en su vida.
—¡Es tan preciosa!
—¿Verdad que sí? —sonrió Yuuri, contento, pero muy cansado.
Entonces Yarine abrió sus ojos y…
—¡Y tiene tus ojos! —exclamó, diciéndole eso a Viktor—. Es idéntica a tu madre.
—Lo sé… —sonrió con nostalgia, hasta que notó cómo Alexei estiraba todo su cuerpecito para poder ver a su "Hermanito".
—¿Niña? —preguntó Alexei, alarmando a todos los presentes, pues el pequeño comenzaba a hacer un tierno puchero.
—Oh… cariño, sí —caminó hasta la cuna del hospital y asomó a Alexei para que la mirara—. Ahora tienes a una hermanita.
El japonés suspiró cansado, ya esperaba el llanto de su hijo, pidiendo que se la cambiaran por un hermanito, después de todo por sus venas corría la sangre de Viktor Drama Nikiforov.
Pero el llanto nunca llegó.
Los ojos expectantes de Alexei no se separaban de ese pequeño bultito dormilón. Ya, se había enamorado de la pequeña.
—Bonita —dijo con una gran inocencia y cariño.
Su puchero por el "hermanito" desapareció, quedando en el olvido.
Sus padres sintieron un inmenso alivio.
—Ahora tienes una hermanita, aunque más adelante quizás podamos darte un hermanito ¿Qué te parece? —inquirió el ruso. El niño asintió con una gran sonrisa.
—Viktor… —suspiró Yuuri.
—Amor, podemos adoptar —le dijo con una sincera y tranquila sonrisa—. Jamás te haría pasar por esto una segunda vez.
—Gracias —sonrió, cansado.
—¿Cómo te sientes, cerdo?
—Tengo hambre.
Los presentes se echaron a reír.
—No da risa, en serio, tengo hambre —suspiró con cansancio.
Pidieron comida a la habitación para todos, tristemente a Yuuri le dieron la típica dieta desabrida de hospital, mientras que la comida de los demás era tremendamente rica.
—Sabe horrible —se quejó el japonés, comiendo muy a fuerzas—. Pero muero de hambre —admitió.
Y como siempre, Viktor no dejaba de consentir a su amado, así que guardó su postre para dárselo al final.
—Toma mi amor —le entregó el pudin de chocolate que venía en su comida.
—¿En serio? —le brillaron los ojitos.
—Sí —besó su frente.
—Te amo —comenzó a comerlo despacio, degustándolo.
—Yo también te amo —rio y miró a sus amigos antes de pedirles un enorme favor. Quería ir a casa a ducharse, cambiarse la ropa y volver, aprovechando que los demás seguían con Yuuri.
Tomó un taxi que lo llevó hasta donde había dejado su auto, llegó al edificio de departamentos y le pidió al portero que llamara a la persona que les lavaba los autos, ofreciéndole un pago especial por limpiar todo el interior, ya que no sería tarea fácil.
Se bañó, juntó algunas cosas que le serían útiles a su amado y volvió en taxi al hospital. Durante todo ese tiempo no dejaba de pensar en un asunto que le venía rondando la cabeza desde que llegaron al hospital por urgencias.
Antes de entrar a la habitación de hospital, sacó su celular y se tomó su tiempo para escribir un simple mensaje:
"Gracias, papá."
Continuará…
