Cabalgaban en el bosque libremente, la bella mujer de cabellos negros le llevaba la ventaja y él tenía la oportunidad de apreciar cada detalle de su perfecto cuerpo cubierto con una elegante bata blanca de mangas largas que al igual que su larga cabellera, bailaban al ritmo del viento, el aroma natural de los árboles quienes muy horondos observaban la escena y cantaban una hermosa melodía, inundaba sus pulmones, se sentía un hombre realizado, el amor recorría cada poro de su piel, el orgullo le permitía erguir la cabeza para darle a conocer al mundo entero que esa mujer que tenía en frente, lo amaba y lo hacía feliz.
"llegamos", su dulce voz lo hizo detener el galope y seguirla, "esta es la sorpresa que tenía preparada", caminaba delante sin voltearlo a ver, aunque no lo necesitaba, al estar más cerca, los detalles de su cuerpo que se resaltaban a través de aquella delicada bata, que, si era sincero, estorbaba en su camino, lo tenían embobecido, pero las riendas de su caballo, no le permitían acercarla, "¿David?", lo llamó al no recibir respuesta, es que su cuerpo era una distracción adictiva.
"¿qué decías?", preguntó para que repitiera lo que no escuchó.
"tendremos que dejar los cabellos bajo este frondoso árbol", festejó mentalmente.
"me encargo, adelántate, yo te sigo", asintió con la cabeza y le ofreció las riendas de su caballo, todavía sin mirarlo, para caminar delante, con un movimiento muy provocativo de sus caderas, la invitación perfecta para que se apresurara.
"no te tardes apuesto caballero", escuchó su voz seductora, esa mujer lo volvería loco, no supo cómo los caballos no se escaparon, porque de tanta prisa, ni se aseguró de que quedaran debidamente amarrados y casi corrió para alcanzarla y por fin, tomarla entre sus manos y deshacerla de esa bata para que sus fantasías mentales se hicieran realidad, pero mientras más corría, menos la podía alcanzar, más lejos la sentía, en un momento, la bella mujer fue envuelta por una sombra oscura que volaba.
"¡DAVID!", le gritó cuando la sospechosa sombra la alejaba de él.
"¡REGINA!".
Abrió los ojos de repente, su corazón latía frenético en su pecho, todo fue un sueño, uno tan real que aún despierto, se sentía impotente porque no pudo protegerla como hubiera querido, no pudo evitar que aquella sombra la apartara de él, el miedo que sintió en ese momento no se comparaba con nada, aunque no alcanzó a verle el rostro, su corazón sabía muy bien que la conocía, hasta pronunció su nombre cuando la desesperación se apoderó de él.
"papá, ¿estás bien?", preguntó Emma, el insomnio los unió a ambos en la sala del departamento, acordaron ver una película del Oeste y al parecer, sin darse cuenta se quedó profundamente dormido.
"sí", afirmó muy extrañado.
"lo digo porque me levanté a preparar un té y me asustaste cuando gritaste el nombre de Regina, corrí a ver y te encontré así, muy agitado y bañado en sudor", explicó, le resultaba muy rara la situación.
"un sueño", no argumentó más y al parecer su hija quedó conforme, quien no estaba tranquilo era él, no podía sacarse a Regina de la cabeza, pensaba en ella todo el tiempo, cuando la tenía cerca quería besarla, abrazarla, protegerla, acariciarla, explorar su cuerpo, embriagarse con su perfume, hacerla suya, reprimía todos esos pensamientos, pero ahora que hasta en sus sueños la veía, era imposible no seguir sus instintos los que trazaban una línea imaginaria hasta su mansión y lo peor era, que no quería volver, como si ese fuera su hogar, pestañó varias veces para asegurarse de estar totalmente despierto y con un beso de buenas noches se retiró de la sala para irse a la cama.
Snow dormía como un ángel, la miró varias veces, ¿cómo era posible que, teniendo a una bella esposa en la cama, no fuera ella quien ocupara sus pensamientos?, mientras procuraba acostarse sin despertarla sus pensamientos lo atormentaban sin cesar, cerró los ojos y los besos de su esposa no permitieron que conciliara el sueño.
"te estaba extrañando, ¿por qué tradaste tanto?", decía Snow entre besos, mismos que lo hacían sentir culpable, vacío, infeliz, no, ese ya era el colmo, ¿infeliz con su amor verdadero?, tenía que resolver cuanto antes esa situación, pero ahora, tenía un problema mayor del que hacerse responsable.
"Snow", la llamó y no recibió respuesta, seguía con su insistencia de que respondiera a sus atenciones, "Snow", repitió su llamado con un tono de voz muy pausado y bajito, trataba de conservar la calma, se le dificultaba, respiró profundo, esperó un segundo, permaneció sin moverse, nada parecía resultar, "¡basta!", exclamó sin alzar la voz, los besos y las caricias pararon.
"¿David?, nunca antes me habías tratado así", se apartó de inmediato y se volteó para su lado de la cama, donde permaneció hasta que lo dejó solo.
"Snow, no te enojes conmigo", la siguió hasta la cocina, por suerte, Emma dormía.
"no estoy enojada", mintió, realmente Regina lo tenía hechizado.
"¿entonces por qué reaccionaste así?", la hizo entrar en razón para que se diera cuenta de que no le podía mentir.
"¿así cómo?", con esta pregunta, no pudo esconder el fuego en sus ojos.
"mírate", dijo lo obvio.
"estoy un poco cansada, anoche no quise molestarte porque me dijiste que acabábamos de regresar de la isla y hoy, ¿cuál será el pretexto, David?", la furia de sus palabras le dieron escalofrío, esta Snow no era de quien se enamoró, ahora entendía su reacción de la mañana.
"perdóname Snow", solo esas palabras salieron de sus labios, ella le dio la espalda para ignorarlo, no había ningún motivo por el cual continuar ahí, la dejó sola y se fue a descansar, aunque dudaba que el resto de la noche transcurriera en paz.
Sorpresivamente, durmió, lo supo, cuando su celular vibró y sus ojos se abrieron para encontrarse con los rayos del sol que se colaban por la ventana, revisó el celular y era su hija quien le recordaba que era su primer día en la comisaría y debía apresurarse.
Cuando se fijó en la hora, era cierto que tenía que apurarse, durmió más de lo que acostumbraba, casi corriendo, se levantó y se alistó para salir, no pudo ni desayunar, dedujo que con lo enojada que debía estar su esposa, ni tiempo debió tener para acordarse de su marido al salir de la casa.
"papá", entró a la cafetería muy apresurado y su hija salía del lugar acompañada por Henry y la hija de Regina.
"desayuno algo, voy al refugio y luego a la comisaría, no te preocupes, mi tardanza de hoy no se repetirá", se excusó sin mirar a los alrededores.
"cierto, debes enseñarle a Zelina el trabajo en el refugio, bueno pues estás de suerte hoy, mira para allá", Zelina, Regina y Tinkerbell desayunaban en una mesa, al fondo del salón.
"abuelo, ¿cuándo comenzaremos con nuestras clases de esgrima?, quiero ser como tú", dijo Henry, le había prometido enseñarle a usar la espada, debía cumplir con su promesa.
"te puedo enseñar, aprendí hace mucho", la dulce voz de Ruth se hizo partícipe en la conversación, no sabía por qué, pero sentía deseos de cargarla y darle vueltas en el aire para hacerla reír sin parar, otra vez, esos instintos absurdos que no entendía.
"muy bien Henry, entre los dos te mostraremos, ¿cierto, Ruth?", se veía muy hermosa con el uniforme del colegio, unos zapaticos negros que brillaban por la perfección del material que estaban fabricados y su cabello rubio recogido en trenzas envueltas alrededor de su cabeza en forma de corona, toda una reinita, tan pequeña.
"ayudo si me prometes algo", no cabía dudas que era hija de su madre, sus ojos se iluminaron con cierta picardía mezclada con una dulzura contagiosa, por momentos le parecía estarse mirando en sus ojos, no, ¿qué tenía que ver él con la hija de Regina?, se preguntó mentalmente.
"¿cuál es la condición, reinita?", se inclinó para estar a su altura y por impulso la llamó así.
"te lo diré al oído, quiero que sea nuestro secreto", le susurró sus palabras y dejó un beso en su mejilla, que, si no hubiera estado seguro de que estaba despierto, aseguraría de que ya lo había besado de esa forma, además, había sentido antes, la misma sensación que ese simple besito le dejó en el corazón.
"vamos chicos, se nos hace tarde para el colegio", los animó Emma quien abrió la puerta para que la siguieran, Henry obedeció, pero al parecer Ruth no se iría sin su respuesta, tan terca como su madre.
"lo prometo", le aseguró y solo hasta que no quedó totalmente satisfecha, no se fue con la tía Emma como le llamaba de cariño.
"¡DAVID!", lo llamó Zelina desde su mesa al darse cuenta de su presencia.
"buenos días", saludó cuando caminó hasta la mesa.
"parece que te llamé con el pensamiento, mi hermana no tiene su auto y si camino me pierdo, aún no conozco bien el pueblo", Zelina habló muy rápido.
"¿cómo olvidarme de ese detalle?, recuerdo ayer", bromeó y Tinkerbell soltó una carcajada.
"si no apareces, capaz que nos hubiésemos ido del pueblo", le siguió la broma.
"suerte que tengo magia", alardeó Zelina.
"sí, claro, sería una aberración pensar que hasta tu magia nos llevara a otro sitio", Tinkerbell provocó a su amiga.
"aunque no se me olvida que me deben un almuerzo", David percibió la tensión en los ojos de la pelirroja e interrumpió con su comentario.
"sería divertido, ¿no es cierto hermanita?", desvió su mirada del rubio para no perderse la reacción de su hermana, quien permanecía callada para esconder sus nervios ante la presencia del Príncipe.
"no creo estar invitada", si las miradas mataran, para cuando Regina terminó de pronunciar la última palabra, hubieran tenido que ir directo a su entierro, por suerte era su hermana.
"este es tu uniforme muchacha, Ruby vendrá en un momento para comenzar a enseñarte", Granny llegó dándole órdenes precisas al hada, "creo que esos pequeños te sacarán canas antes de tiempo", golpeó el hombro de David y recibió una sonrisa de satisfacción.
"te los podemos regalar, vi lo bien que se entienden, sobre todo, Ruth a quien le brillan los ojos cuando apareces, aunque no es la única…", hizo una pausa para mirar con mucha cautela a Regina, "hasta yo me quedo embobecida ante ti prícipe, tienes bien puesto el nombre de encantador", definitivamente Zelina estaba tentando su suerte.
"esa niña es un amor al igual que su padre", comentó Granny y de inmediato, Regina miró a Tinkerbell.
"vamos David, tengamos nuestra propia diversión, ah y un día de estos le digo a mi hermanita que nos cocine algo delicioso para saldar nuestra deuda, no invitaremos a nadie más, será nuestra cita", con la charla que tuvieron en la mansión la tarde anterior, descubrió que tenía mucho en común con él y si sus sospechas de que David también amaba a su hermana como la escuchó confesarle a su sobrina la noche anterior antes de borrarle la memoria, conspiraría a su favor para unirlos, ya se le ocurriría algún plan, ahora comenzaría por ganarse la confianza del príncipe.
"si es tu hermana quien cocinará, acepto tener una cita solo contigo, te digo un secreto, la lazaña que cocina es exquisita", David le siguió la corriente en lo que Zelina se levantaba para que ambos abandonaran la escena, antes de que Regina los incinerara.
Un suspiro aliviador, salió de los labios de Regina cuando la puerta se cerró, y Tinkerbell fue a ponerse el uniforme al baño.
"no te preocupes, todo saldrá bien y las aguas tomarán su curso", en su afán por liberar el aliento que estaba conteniendo por la presencia de David, no contó que la vieja lobo no se había ido.
Levantó la vista para encontrarse con la intensidad de la mirada de Granny, se quedaron mirando, sin mencionar palabra, sin pestañar, en sus ojos vio compasión, nunca antes le habló así, ni se miraron con tanto significado.
"este uniforme fue hecho para mí", Tinkerbell salió del baño perfectamente uniformada y con una sonrisa en sus labios, irradiaba felicidad porque su vida comenzaría a cambiar.
"me lo imaginé, ahora vamos que mientras llega Ruby, esta vieja te enseñará algunos trucos sobre el negocio", comenzó a caminar y el hada la siguió.
"gracias", la voz de Regina hizo que la anciana se volteara y asintiera con la cabeza, ese intercambio entre ellas, dejó muy curiosa al hada, ya habría tiempo para aclarar sus interrogantes.
"nos vemos en la tarde, Regina", se despidió Tinkerbell.
"suerte", le guiñó un ojo para darle suerte y comenzó a caminar hasta la puerta de la cafetería para ir a trabajar.
Tendría que caminar hasta llegar a la alcaldía, quizás le haría bien, así se despejarían un poco sus preocupaciones, no era lejos, por lo que no tardó en llegar y de inmediato comenzó a perderse en una montaña de papeles, era de la única forma que podría distraerse.
Tal y como lo prometió, ayudó a Zelina en su nuevo empleo, el dueño del refugio y ella se entendienron mejor de lo que él pensaba, por lo que su estancia allí fue corta y pudo llegar más temprano con su nueva jefa, quien, al parecer, era más exigente.
"traje almuerzo para los dos", dijo Emma luego de haberse tomado un breve dedcanso, la mañana le quitó todas energías, quería enseñarle a su papá lo más rápido posible.
"moría de hambre", dijo David desde el buró que su hija le había asignado.
"almorcemos entonces, que en la tarde quiero terminar un reporte que debo entregar a nuestra ilustre alcaldeza", dijo haciendo muecas con la boca.
"¿y las clases de magia?", le había comentado en la mañana sobre sus intenciones de proponerle tener unas sesiones de magia.
"lo olvidé completamente, tendré que renunciar a mi aprendizaje de magia, el deber llama", comentó con resignación.
"te puedo ayudar, no creo que sea complicado", verla con esa cara de resignación lo ponía triste.
"no sería mala idea, te enseñaré para que lo hagas y cuando lo termines, vas a la alcaldía y lo pasas por debajo de la puerta", David escuchó cada indicación de su hija al pie la letra.
"la mejor decisión fue que trabajáramos juntos", sonrieron juntos.
"quiero aprovechar el tiempo perdido", dijo honestamente, antes de que el teléfono de la comisaría sonara.
Llamada telefónica:
"comisaría", no tardó en responder.
"se puede saber, ¿cuándo la sheriff de este pueblo cumplirá con sus obligaciones?", preguntó Regina al otro lado de la línea telefónica.
Emma tragó rápido el pequeño bocado de comida que le quedaba en la boca antes de responderle, su seriedad, la hizo temblar, "¿Regina?", no salió otra palabra.
"espero que tu reporte mensual esté en mi buró hoy en la tarde", ordenó y Emma abrió los ojos por la demanda, su voz desapareció como por arte de magia.
"sí", al menos, afirmó.
"no me digas que te asusté, Swan", habló Regina sin tensión en su voz y claramente riéndose de su amiga.
"que te puedo decir, a la alcaldesa de Storybrooke, se respeta, pero cuando ella y la Reina Malvada son la misma persona es imposible no asustarse", razonó Emma y ante tal comentario su padre no pudo evitar burlarse frente a sus ojos.
"¿quién lo diría?, La Salvadora aterrada por una simple orden de la alcaldesa", el sarcasmo de sus palabras la hizo sentirse victoriosa.
"suerte que la alcaldesa es mi amiga, porque no la quiero de enemiga, ¿verdad, papá?", con esa pregunta las carcajadas de David desaparecieron.
"tenemos clases de magia hoy, te espero en mi bóveda en media hora", al parecer, ella no había sido la única intimidada, sin darse cuenta, halló un arma muy poderosa, para neutralizar a la reina, su padre.
"estaré allí puntual", quiso reír por el repentino cambio de humor de Regina, pero se contuvo.
"más te vale", debía celebrar el triunfo, su plan para comprobar sus sospechas por fin se concretaría en la tarde, colgó la llamada y procedió a realizar la segunda parte de lo acordado que solo requería un simple gesto de su muñeca.
Media hora después, el sonido del auto amarillo se escuchó en el cementerio, frente a la bóveda familiar de Regina, misma que se encontraba abierta, como esperando por la llegada de Emma, sabía muy bien que a su maestra le gustaba cumplir al pie de la letra con sus reglas, pero su lugar secreto, no lo dejaba al descubierto tan deliberadamente, se bajó del auto, cerró las puertas, caminó lentamente, hasta acercarse, sacó su arma por si aparecía algún imprevisto, descendió por las escaleras siguiendo la claridad de las velas encendidas, no apresuró su paso, se escurría por las paredes cuidadosamente, hasta que vio a la persona que menos esperaba y todas sus sospechas fueron reemplazadas por una sonrisa que iluminó su rostro como el sol al amanecer.
Después de la llamada de Regina, su hija le dio las instrucciones precisas para que aprendiera cómo hacer el reporte y hasta hizo la broma de que a partir de ese momento sería él, el responsable, por lo rápido que aprendió, y es que no tenía nada de complicado, además, le tomó la palabra porque si tenía que llevarlo a la alcaldía, sería el pretexto perfecto para ver a Regina, aunque ese pequeño detalle, lo reservaría.
Ni dos horas le tomó terminarlo, cerró la comisaría como mismo le había indicado su hija y se montó en su camioneta para cumplir con la última de sus misiones de ese día, la oficina de la alcaldesa, sabía muy bien que no la encontraría allí, pero de solo saber hacia dónde se dirigía, su sonrisa le iluminaba los ojos, como a un niño cuando le regalan su juguete predilecto.
Estacionó la camioneta, entró a la alcaldía y caminó por el largo pasillo hasta llegar a la oficina de Regina, misma que, sorpresivamente, estaba abierta de par en par, asomó su cabeza con mucha cautela y ahí estaba, sentada en su buró, muy concentrada en su trabajo, se detuvo para admirarla, se veía adorablemente hermosa, perdida en esos documentos, ¿quién pudiera ser esos papeles?, para contar con la mirada de tan bellos e intensos ojos café, se aseguró de que no era uno más de sus sueños y comenzó a caminar hacia ella, para cumplir al cien por ciento con su encomienda, no tenía ni la menor idea de qué podría estar haciendo aquí, cuando se suponía que estaría en su bóveda con su hija, pero, de algo sí estaba seguro, agradecía a quienquiera que hubiese permitido que él la viera.
"¿David?", y ahí estaba esa voz que estremecía cada poro de su piel, la misma que pronunció su nombre en sus sueños como una melodía que no quería dejar de escuchar.
"perdón, vi la puerta abierta y ni pedí permiso para entrar, traigo el reporte que le pediste a Emma", explicó y lo invitó a sentarse.
"¡al fin!", exclamó en señal de alivio y extendió sus manos para que se los entregara.
"Regina, quisiera que conversáramos de un tema muy importante", propuso, percibió una ligera tensión en su rostro.
"podría ser en otro momento, ahora debo ir por los niños al colegio", quiso evadir lo inevitable, al parecer, David tenía otros planes.
"me parece muy bien, te llevo, le hice una promesa a Ruth esta mañana y pienso honrarla", ante este comentario, su corazón se aceleró en su pecho y tuvo que disimular delante de sus ojos para que no percibiera el temblor incontenible de sus manos.
"no tienes que molestarte, seguro tienes mucho que hacer", probó fuerzas para cambiar su decisión, fue en vano.
"no me molesta, es más, estás invitada", su curiosidad se despertó.
"acepto", jamás escapó de un reto y esta no sería la primera vez.
La poca resistencia por parte de Regina fue como una fiesta para él, la ayudó a cerrar la oficina y ambos fueron a recoger a los niños al colegio, tuvieron que esperar afuera a que el timbre sonara, por momentos podía percibir su tensión, pero eso no duró mucho, su expresión cambió, cuando Henry y Ruth salieron eufóricos a saludarlos.
"¡MAMÁ, ABUELO!", exclamó Henry y se abrazó de la cintura de Regina.
"sabía que cumplirías tu promesa", susurró Ruth en el oído de David cuando se inclinó para abrazarla como ya se había hecho costumbre.
"soy un hombre de palabra", le correspondió antes de que su abrazo terminara, lo que esa pequeña provocaba en su corazón era increíble.
"¿cómo fue el primer día de colegio, mi princesa?", preguntó Regina cuando Henry la liberó y pudo darle un beso también a su pequeña, los extrañó durante todo el día.
"la maestra Snow es muy dulce", comentó.
"¿cuidaste a tu hermana, Henry?", interrogó David y el niño asintió sin dudar, la relación con su hermana progresaba cada vez más, ya no se sentía tan solo con su presencia.
El intercambio entre Ruth y David la superó, todas sus defensas se desvanecieron, no importaba cuantos hechizos utilizara para borrarles la memoria, sus corazones sabían muy bien sobre su vínculo.
"vámonos", dijo Ruth.
"no hay tiempo que perder", correspondió David adelantándose para abrir las puertas de la camioneta.
David condujo hasta el parque y al ver por dónde iba todo este misterio, Regina sonrió de medio lado.
"llegamos", anunció Henry y su hermana celebró, sabía de su entusiasmo, todo el día hablaba de ir al parque con David y hasta él se contagió.
Los cuatro caminaron tomados de la mano hasta que llegaron a un lugar casi desierto, el olor a hierba fresca le daba un toque exquisito a la escena.
"¿mamá, podemos tener unas espadas?", Regina lo miró extrañado.
"le prometí enseñarle esgrima", intervino David, ahora lo entendía todo, "pero cierta reinita, se ofreció también a ser su maestra", bromeó tocando la cabeza de Ruth quien sonrió ante el gesto tan familiar.
"mi abuela me hizo aprender muchas cosas", informó Ruth y esa información no era ninguna sorpresa, era obvio que Cora la obligaría, no profundizó más en el asunto y conjuró dos pequeñas espadas para que los niños estuvieran complacidos.
"toma Ruth", ofreció Henry como todo un pequeño caballero y se alejaron un poco para tener más espacio y compartir un rato divertido juntos.
Como los bancos estaban un poco alejados del lugar, Regina también hizo aparecer una pequeña manta blanca, ambos se sentaron para deleitarse con la diversión de sus príncipes.
Permanecieron en silencio sin intercambiar palabra, ambos tenían sus pies extendidos y sus cuerpos apoyados en las manos, David se moría porque al menos le dedicara una pequeña sonrisa, o una mirada, pero no, en un momento que la vio muy enternecida mirando a sus hijos, se dio cuenta de que sus manos estaban casi unidas y acortó la distancia entre ellas muy lentamente, si lograba ese contacto, se conformaría, aunque dudaba que se lo permitiera, por eso, decidió distraerla con una conversación.
"anoche tuve un sueño hermoso", comenzó y ni enterada de sus palabras, seguía observando a Ruth indicando a Henry las posturas, que debía asumir, pausó su historia y para su sorpresa, recibió una respuesta.
"pensé que me contarías el sueño", su vista todavía en los niños.
"estaba en el bosque con una mujer preciosa, cabalgábamos juntos y su cabello ondeaba al compás del viento, era un espectáculo hermoso", por fin obtuvo lo que quería porque la mención de estos detalles la hizo mirarlo intensamente, él se aprovechó para corresponderle, y continuar con su labor de tocar su mano, sus instintos despertaban con cada segundo que pasaban allí tan cerca y a la vez tan lejos, tenerla a un paso sin poder abrazarla y sin poder embriagarse con su belleza, su confusión crecía, ¿cómo era posible que tuviera esos instintos inexplicables precisamente con ella, cuando solo eran enemigos, cuando por su culpa se había arruinado el final feliz por el que tanto luchó?, era absurdo solo que lejos de querer comportarse como el hombre casado y padre de familia que era, su autocontrol se esfumaba en presencia de ese pecado de mujer.
Se perdieron en un silencio hermoso, jamás lo habían mirado de esa forma, sus manos cada vez más cerca hasta que pudo tocar su dedo pequeño, no huyó de él como tanto temió, continuó lentamente, hasta que tuvo contacto con cada uno de sus finos y estilizados dedos, ella levantó su mano, la siguió de inmediato, no quería privarse de ninguno de sus ofrecimientos, sin que lo previeran sus manos se entrelazaron, la apretaba con un poquito de fuerza como para hacerle saber que no la dejaría ir con tanta facilidad, no perdieron el contacto visual y las chispas en su estómago se encendieron como pólvora, le parecía estar volando en el cielo, de hecho hasta pensó que se olvidaría de cómo hablar y respirar, porque las palabras no salían y el aire le faltaba, hasta que no se contuvo más y acortó la distancia entre sus rostros, se moría por probar sus labios, le faltaba muy poco para lograr su objetivo.
"¡AL ATAQUE!", Henry y Ruth se lanzaron encima de ellos con mucho entusiasmo hasta quedar los dos acostados en la manta con los niños encima.
"¿podemos venir todas las tardes?", la dulce voz de Ruth preguntó.
"me encanta la idea", David se adelantó, dejando a Regina sin poder argumentar.
"¿quiere decir que cumplirás con la promesa?", preguntó la niña y su madre no pudo disimular la confusión.
"todos los días, prometido", David levantó su mano en señal de juramento y se ganó un tierno beso en su mejilla, esa niña lo mataría de ternura.
"¡guerra de cosquillas!", exclamó Regina atacando a los niños con sus manos y David siguió, provocando las altas carcajadas de la niña.
Los cuatro sonrieron hasta el cansancio por el resto de la tarde, era la primera vez en años que se sentía tan libre y tan contenta, sus hijos y el hombre que amaba, estaban a su lado, si este era el sabor a felicidad, aseguraba que no quería dejar de disfrutarlo nunca más en su vida, aunque no fuera más que una ilusión efímera y pasajera.
