Cuando su padre le preguntó a dónde se dirigía tan temprano, no supo qué otra excusa dar que decirle que ayudaría a Helga a prepararse para el funeral, y aunque su progenitor se quedó tranquilo y aseguró que asistirían y la verían ahí, supo por la mirada que le dedicó su madre que ella era otro cantar.

Al salir de casa, se encontró aparcado el auto de Park con el joven al volante, mirada al frente sin pestañar. Sintiendo remordimiento por el repentino cambio de actitud hacia ella (en las ocasiones en las que salieron juntos, él siempre la esperaba fuera del auto, listo para recibirla y abrirle la puerta del copiloto), dudó de la decisión que tomó de chantajear a Gerald por primera vez desde que la pensó. Algunos días, esa parte de sí misma le asustaba demasiado, era una parte que Rhonda conocía muy bien y como tantas veces durante aquellas horas sus pensamientos regresaban a la pelinegra y a su padre... ¿Qué quiso decir el señor Lloyd en aquella llamada? Sabía que Rhonda estaba en problemas legales, pero ella poco o nada podía hacer al respecto que no pudieran hacer mejor los abogados que el dinero de esa familia se podía permitir, entonces... ¿Por qué le llamó a ella?

Con la cabeza zumbándole, entró en el vehículo que sería su transporte ese funesto día. Habría preferido estar en el hospital con Helga, acompañándola en su momento de dolor, que enfrentarse a lo desconocido de esa forma.

Park condujo en silencio. No sabía si lo agradecía o la estaba poniendo aún más nerviosa, el joven presenció su colapso cuando recibió la llamada de Buckley Lloyd pero la oriental no le dio explicaciones, sólo le pidió el favor de llevarla a la comisaría al día siguiente, para comparecer en los juzgados, y Park aceptó sin preguntarle nada, tal como hacía en esos momentos.

Al llegar al destino, la pelinegra sentía que las manos le sudaban y que el aire se negaba a alcanzar sus pulmones y la abandonaba antes de cumplir su función.

El conductor apagó el motor. No sabía si sacarla de su ensimismamiento o continuar en silencio esperando traerle paz, porque sinceramente ya no tenía idea de cómo comportarse cerca de ella después de enterarse que chantajeó a Gerald para volver con él, ni siquiera sabía si esos dos continuaban siendo novios luego de la indiscreción de la oriental. La observó de reojo, movía las manos nerviosamente una contra la otra y mantenía la vista fija en el edificio al que tenía que entrar o llegaría tarde para la hora que ella le había dicho tenía que estar.

Observó a través de su ventana entrar y salir diferentes personas de la comisaría, por un breve instante se preguntó si el padre de Gerald estaría ahí o estaría con su familia terminando de ayudar a los Pataki con los detalles del funeral. Park conocía muy poco a Helga, sólo había visto a Olga un par de veces antes del peor día de navidad de su vida, y a Big Bob sólo lo reconocía por los comerciales de la televisión sobre su negocio. Aún así, un desazón nublaba sus pensamientos cuando recordaba por lo que pasó esa familia en las últimas 24 horas y no podía evitar el deseo de acompañarlos en su duelo. En lugar de eso, estaba en su auto afuera del edificio que compartía la comisaría y los juzgados del distrito, compartiendo el calor que guardaba el interior con la joven de la que empezó a embelesarse hace pocos meses y que terminó decepcionándolo con un lado que no esperó que tuviera.

-Quiero llegar puntual al funeral de Miriam Pataki- la voz del oriental la sobresaltó, había estado ensimismada en su burbuja de nervios y miedo, casi había olvidado a la familia de su mejor amiga -¿Entrarás?- por primera vez en aquel día, Park hizo contacto visual con ella, avivando su intranquilidad.

-Lo haré- afirmó fingiendo más gallardía de la que tenía en realidad, que por cierto, no sonó nada convincente a oídos del conductor, regresándole una mirada de preocupación que duró un breve segundo.

-¡Ah! Ahora comprendo, esperabas que bajara a abrirte la puerta, como antes- Phoebe lo miró extrañada por su comentario -No voy a hacerlo, también tienes manos ¿no?- bufando ofendida, la oriental salió finalmente del auto, azotando la puerta y dando pasos con innecesaria fuerza, bramando mentalmente improperios contra la descortesía del joven que le observó hasta que entró en el edificio.

Encontrándose solo se sintió libre de soltar el suspiro de frustración que llevaba atrapada en el pecho, echando la cabeza hacia atrás. Por lo menos el enfado consiguió que la chica fuera a hacer lo que sea que tuviera que hacer en aquel sitio, se moría por preguntarle pero no se sentía con el derecho... ¿Quién era él en la vida de Phoebe Heyerdahl?

Se frotó los ojos desganado y encendió la marcha del vehículo. No tenía caso cuestionarse por cosas que no podría responder solo, se dirigió a su casa para ponerse el traje que llevaría al funeral, pasando por la floristería decidió detenerse para comprar un ramo, se imaginaba que lo menos que podía hacer era presentar sus respetos a la madre de una compañera con la que compartió experiencias por tantos años.

Se encontró a alguien conocido ahí. Arnold Shortman esperaba en la zona de entrega por su pedido, enfundado en un traje negro mate y con unas ojeras marcadas en el rostro. Cuando notó su presencia lo saludó cortésmente, aunque la cortesía en esos momentos le parecía una parodia, la realidad era que sólo ese trato había entre ellos y no tenían nada más que decirse.

Cuando la encargada le tendió el ramo a Arnold, el rubio inclinó la cabeza para despedirse del oriental, encontrándolo eligiendo unas dalias blancas.

-Si son para Phoebe, ella prefiere los azahares- el pelinegro se giró sobresaltado, no esperaba que le hablara más allá del protocolo social. Volvió la mirada a las dalias, eran sencillas pero bellas y no tenía idea de los gustos de Miriam Pataki o de sus hijas... quizás el unigénito Shortman pudiera darle un consejo al respecto, porque concerniente a la oriental no creía que pudiera ayudarle mucho.

-También iré al funeral, buscaba algo para... para no llegar con las manos vacías- se sinceró el joven, esperando no sonar pretensioso.

-Ah- últimamente, su mente no le daba mucho material conversacional al pobre rubio, se sentía de pronto abotargado, la situación demasiado real ahora que otra persona hacia alusión a un hecho que dolía más de lo que podía reconocer, porque Helga necesitaba apoyo y lo buscaría en alguien más, no en él. Los errores de su pasado lo lapidaban con crudeza y no encontraba la forma de remediarlo, el recuerdo de encontrarlos besándose la noche anterior tampoco sumaba a su habilidad de entablar una conversación natural.

-¿Me... me podrías ayudar a elegir algo?- el rubio suspiró, no tenía idea de los gustos de esa familia. Creía que incluso flores no sería un gesto tan bien recibido por ellos, pero también entendía lo que Park quería hacer, sentir que en algo podía aliviar la carga de una persona que ha estado presente en una parte tan crucial en tu vida, aunque no seas cercano, y desde esa posición ¿Qué más podrías hacer?

-Creo que rosas serían mejores- le dijo titubeante, al menos creía recordar que a Olga le gustaban, y el dolor de saber tan poco de los gustos de la persona que le gustaba lo hizo fruncir el entrecejo involuntariamente. Conocía más a la hermana o a la mejor amiga que a la rubia a la que se esmeraba por pretender, si eso no le decía cuán atrás iba en la carrera por su atención en contra de Gerald, no sabía qué otra cosa lo ejemplificaría mejor.

-Gracias- Park prefirió alejarse hacia las rosas blancas, le incomodó la repentina duda reflejada en el rostro del joven y no tenía palabras para dedicarle que ayudaran así que era mejor evitar esa conversación. Lo vio salir de la floristería y la encargada se acercó a ofrecer su ayuda, siendo bien recibida por el oriental que aún se preguntaba si Arnold Shortman y él tendrían más en común de lo que pensó alguna vez, porque con ese brillo de dolor en su mirada podría empatizar con facilidad, dudar de si conoces o no a la persona con la que pretendes tener algo más que una amistad.

A Phoebe finalmente la guiaron a la sala donde los abogados de los Lloyd y el patriarca de la familia se encontraban preparando la defensa de la primogénita del magnate. La presencia de los 7 hombres en la habitación la asfixiaba, sus auras emanaban ambición y seguridad, la joven se sintió empequeñecida incluso con la comparación de sus estaturas.

-Tome asiento señorita Heyerdahl- Buckley extendió el brazo, señalando el asiento frente a él, aunque no era necesario porque era la única silla que continuaba sin ser ocupada en aquel pequeño cuarto donde las miradas se centraron en ella haciéndola sentir como un pez fuera del agua, igual de desorientada y desencajada. Se congeló unos segundos que impacientaron a su interlocutor -¡Que tome asiento!- alzó la voz el señor Lloyd para asegurarse de que la oriental lo escuchaba con claridad a través de todo ese manojo de nervios en el que se había convertido esa niña.

-¿Se imagina por qué la hemos citado, señorita Heyerdahl?- intervino uno de los abogados que se puso de pie para retirarle la silla al momento en el que Phoebe tomaba asiento, con un temblor en las manos que no podía controlar.

-N-no... ni idea- balbuceó.

-Creí que había dicho que la niña era inteligente, Buckley- replicó otro de los hombres trajeados presentes, con un retintín malicioso que le revolvió el estómago a la pelinegra.

-Dijo inteligente, no adivina- la defendió el primer abogado, quien tomaba asiento nuevamente y abría una carpeta con documentos -La hemos hecho venir, señorita Heyerdahl, con nada menos que el bienestar de nuestra querida Rhonda en mente, se lo aseguro- se atrapan más moscas con miel que con hiel, era un dicho que solía decir su madre todo el tiempo, y aquel hombre que se mostraba educado y amable no podría ser mejor ejemplo de lo que el refrán quería decir. No escapó para Phoebe el hecho de que era una falsa amabilidad, precaria si ella decidía no colaborar, pero que tenía el fin de mantenerla serena para que pudiera serles útil. Intentó tragar, pero tenía la boca seca. Se había metido al nido de los buitres y ella era la carroña, eso lo podía sentir debajo de la piel.

-No lo dudo- respondió entonces al enunciado del abogado -pero no sé si mi bienestar estuvo tan presente en esa decisión como afirma estuvo el de Rhonda- y Buckley golpeó con un puño la mesa, captando la atención que la joven había mantenido sobre el señor Ponningham.

-Te puedo asegurar que también se te consideró, ¿O te traería algún beneficio que en Harvard se enteren cómo conseguiste tu admisión? ¿O que tus padres sepan cómo obtuviste la financiación de tu matrícula?- la pequeña Heyerdahl se hundió en su silla -En ese caso, escucharás lo que harás de boca de estos caballeros con toda la atención de la que seas capaz y seguirás a rajatabla cada una de sus indicaciones... ya sabes, por tu bienestar- poniéndose de pie, Buckley Lloyd abandonó la habitación dejándola con 6 abogados que la miraron como si fuera un molesto insecto que pisaron con su caro calzado, arruinándoselos.

Arnold llegaba al hospital con un ramo de flores y una caja de chocolates, saludando a la enfermera en la recepción se apresuró a virar a la derecha, un poco nervioso por la visita que estaba a punto de hacer, pero siendo un nuevo día, no tenía otra opción que disculparse por su pasada actitud. Al llegar a la habitación, la sonrisa amable de una mujer madura lo recibió.

-Buen día Arnold, ¿Cómo están tus padres y tus abuelos hoy?- el rubio intentó devolver la sonrisa a la amiga de la enfermera Shelley que los ayudó a ocultar a Lorenzo de sus propios padres, pero sentía las mejillas entumecidas mal dibujando sólo una mueca que hizo dudar a la enfermera sobre cómo continuar la conversación.

-Deje de acaparar la atención de mi amigo, señorita Smith, seguro que a quien vino a ver es a mí- Harold terminaba de vestirse con sus propias ropas, dejando la vestimenta del hospital atrás -¿No ve las flores? Evidentemente son para este galán que está soltero de nuevo- bromeó el joven haciendo reír a la enfermera y rompiendo con el tenso ambiente que provocó el silencio incómodo de Arnold. Al retirarse, la mujer cerró la puerta tras de sí, dándoles la privacidad que al rubio le habría gustado pedir -¿De verdad te arreglaste tanto sólo para mi alta de este manicomio?- Harold alzó una ceja incrédulo, había recuperado el contacto con el unigénito Shortman desde hace unos meses, no inmediatamente después de su regreso a Hillwood porque le guardaba cierto rencor por haberse ido sin más, pero con los días, que dieron paso a las semanas, continuaron coincidiendo en lugares públicos y reuniones sociales, terminaron por hablarse de nuevo. Lo que llevaba a Harold a ver con suspicacia el ramo de flores, el traje negro del rubio y el perfume que ostentaba, nada común en él.

-En realidad...- el suspiro del joven Shortman no trajo más que malos presentimientos para el recién dado de alta paciente del hospital -... en una hora es el funeral de la madre de Helga- Harold tuvo que sentarse en la cama de la habitación al escuchar la noticia.

-Diablos... ¡Diablos, en serio!- pensar en ponerse en el lugar de su rubia amiga era suficiente para partirle el corazón al joven Berman.

-Te traje estos chocolates como disculpa por no haberte visitado ayer como lo prometí, pero han sucedido demasiadas cosas- Harold tomó el ofrecimiento distraídamente.

-No puedo creerlo todavía... Una de nuestras amigas... perdió a su mamá- el chico se llevó una mano a su cabeza, frotándola contrariado. Nunca fue un hombre de muchas palabras, pero es que ahora se encontraba incapaz de darle voz a sus pensamientos, realmente incapaz.

-Lo sé. Es duro- Arnold se sentó junto a Harold, colocando una mano sobre su hombro -Y ni siquiera es la mitad de lo que ocurrió ayer- el joven Berman se giró incrédulo, haciendo contacto visual con el rubio y terminando por convencerse de que no estaba exagerando al ver el gesto en su rostro. Arnold tomó un segundo para pensar por dónde empezar y tomando un poco de aire para tomar un poco de la valentía que le hacía falta para poner al corriente de los acontecimientos a su amigo -Curly atacó a Lila y Nadine- Harold soltó una exclamación de preocupación, así que el rubio decidió continuar sin pausas para evitarle un aneurisma al recién recuperado joven -Nadine estuvo unas horas aquí por una contusión en la cabeza, pero ahora ambas están bien. Brainny, Gerald y Helga entraron en una construcción donde Curly mantenía a Lila, y le disparó a Brainny- el unigénito Berman lo miró desenfocado.

-Ése infeliz- exclamó el joven, empuñando ambas manos con rabia.

-Él está ingresado aquí, nos dijeron en la madrugada que la bala no tocó ningún órgano vital pero que perdió mucha sangre y necesitará unos días en reposo, probablemente le den el alta por la tarde- soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo en sus pulmones, lo siguiente no sabía cómo lo tomaría Harold -La razón de que no haya sido mucho peor es que Rhonda llegó a tiempo y evitó que Curly hiciera algo a Lila, Helga o Gerald- ante el nombre de su exnovia, todo el cuerpo de Harold se tensó.

-¿Dónde está Rhonda?- por alguna razón algo en el silencio de Arnold lo perturbó más que haber recibido una respuesta -¿Cómo evitó que Curly hiciera más daño?- y el rubio no pudo sostenerle más la mirada. Buscaba reunir el valor para decírselo, aunque no tuvo que continuar esforzándose en hacerlo porque alguien interrumpió la conversación dándole la noticia en su lugar.

-Ella disparó a Curly. Él está muerto- Rex entraba a la habitación vestido con un abrigo largo de cashmere de corte clásico sobre el traje completo hecho a medida y calzado de Louis Vuitton, desentonando un poco con la sencillez de la habitación de hospital en la que Harold había estado los últimos días.

-¿Rex?- sorprendido de verlo ahí, Arnold se levantó de la cama desorientado.

-Así es mi buen amigo, el mismo que viste y calza- le dirigió una mirada de soslayo al corpulento joven que continuaba en shock sentado sobre el colchón luego de las palabras que escuchó -Tengo menesteres por resolver con la ex pareja de mi amiga, así que... te agradecería que nos dieras algo de privacidad- el rubio miró a ambos cada vez más confundido, no recordaba ninguna interacción entre ellos, y tampoco quería dejar solo a su amigo luego de enterarse de lo que Rhonda se vio en la necesidad de hacer.

-Vete, Arnold. Te veré luego en el funeral- el tono que usó Harold no daba lugar a réplica, así que no tuvo otra opción que salir del cuarto dejándolos solos, esperando que las malas noticias cesaran de una buena vez y que aquella conversación no estuviera augurando una nueva pena para la pandilla.

Mientras tanto, en otra habitación del mismo hospital, Lila por fin tenía la oportunidad de visitar a Brainny, aunque tenía la misma difícil labor de comunicarle el evento que se llevaría a cabo aquel día en la casa Pataki.

Al entrar, el castaño le sonrió con cansancio, no parecía haber pasado una buena noche y la pelirroja se golpeó mentalmente por haberlo pensado "¿Quién pasaría una buena noche si le han disparado en el estómago, so boba?" Luego de haberse reñido, avanzó hasta el asiento destinado a las visitas, a la derecha de la cama, a espaldas de la única ventana en la habitación.

-Aah... M-me alegra... aaaah... que e-estés bien- la dulzura en la mirada de su novio conmovió hasta lo profundo del alma de la joven, lágrimas enternecidas lucharon por ser libres detrás de sus ojos, pero intentó contenerlas. Aquel día, ella tenía que ser fuerte por la rubia que la consoló en su peor momento.

-Es gracias a ti, Brian- tomó su mano con delicadeza, depositando en ella un suave beso que le arrancó otra sonrisa al debilitado chico -Fuiste muy valiente, te debo todo- Lila le sonrió entre lágrimas que ya no pudo detener, odiándose a sí misma por ser tan sensible cuando más fuerza quería demostrar. Brian liberó su mano de entre las de su novia para borrar el rastro que iba dejando detrás el líquido que derramaba con pesar y alivio la pequeña Sawyer.

-Aaah... n-no digas... aaah... eso... aaah... tú n-no me debes... aaaah... nada- Lila inclinó su rostro para recibir la caricia del joven con el hambre que sentía su corazón por sentir la presencia de su otra mitad. Sólo ver sus ojos brillar con el reflejo de los rayos de sol que entraban por la ventana, brillar por estar posados sobre su persona, brillar porque tenían vida en ellos, sólo con eso ella era inmensamente feliz.

-Estaba tan asustada- murmuró con pesadez. Él volvió a pasar sus dedos por su mejilla hasta su barbilla y de regreso, acunando su rostro contra su palma para quedarse ahí luego de retirar un mechón de cabello tras su oreja.

-aaaah... lo sé, aaah, yo también- Lila suspiró con delicia al sentir cómo frotaba el lóbulo de su oreja entre sus dedos con cuidado, sus cálidas yemas trayéndole consuelo a la fría piel de aquella zona -aaah... pero e-estás aquí, ahora- terminó por decir mientras descendía su caricia hacia su cuello, estremeciendo a la pelirroja objeto de aquellas deleitables atenciones, deseando alargar el momento antes de terminarlo con la noticia de la que debía ser portavoz.

Un minuto pasó como si de un par de segundos se tratara mientras ambos disfrutaban de la presencia del otro, incrédulos aún de que la pesadilla realmente había ocurrido, llenando sus pechos con el cariño del otro. Lila supo entonces que no podía aplazarlo más aunque así lo deseara.

-Brian- ya tenía toda la atención del castaño, pero con el tono en su voz que cambió toda la atmósfera que los rodeaba, ahora contaba con todos los sentidos del chico expectantes a lo que fuera a decirle a continuación -hay algo que debo decirte sobre lo que pasó anoche- el castaño la miró extrañado, pensó que quizás se trataba sobre cómo consiguieron detener a Curly, después de que le dispararan recordaba muy poco de lo que pasó, pero no se esperaba definitivamente lo que salió de aquellos sonrosados labios que tanto idolatraba -La madre de Helga falleció- y pudo ver tan claro como el agua el esfuerzo que contarle aquello le supuso a su encantadora novia que ahora volvía a derramar sus lágrimas por razones muy distintas.

Arnold abrió la puerta de la habitación de Brainny para encontrarse a los dos chicos abrazados teniendo su propio momento y silenciosamente volvió a cerrarla, esperando no haber interrumpido. No era el momento de hablar con el castaño, así que suspirando redireccionó su rumbo, chocando sin intención con alguien que terminó de bruces en el suelo.

-¡Criminal, fíjate por dónde caminas cara de mono!- Helga se levantó adolorida, no había dormido en lo que se llama una posición cómoda y rebotar en el suelo del frío hospital definitivamente no era lo que mejoraría su irascible humor de esa mañana. Encontrarse con Arnold a las puertas de la habitación en la que reposaba su mejor amigo luego de una cirugía por bala no era tampoco de mucha ayuda.

-Lo siento, Helga, déjame ayudarte- y le extendió la mano libre que tenía del ramo de flores que llevaba consigo.

-Espero que ese ramo no sea tu patético intento de disculpa, cabeza de balón- el rubio no sabía si alegrarse o molestarse de que volviera a los apodos originales. Ignorando su mano, la rubia se puso de pie por su cuenta, aún con sus ropas del día anterior.

-Son para Olga, en realidad- aquel día Arnold tenía como objetivo visitar a sus amigos sin encontrarse con la rubia al menos hasta el funeral, incluso en ese plan había fallado garrafalmente.

-Pues acertaste, ella adora las rosas blancas y rojas- le dijo mientras se sacudía un poco las posaderas sobre las que había caído, sólo por hacer algo con las manos porque de pronto se sentía demasiado consciente de sí misma, el recuerdo del día anterior y cómo los encontró a Gerald y a ella demasiado reciente para poder entablar una conversación sin que apareciera como muro entre ambos.

-Lo sé- y antes de que pudiera frenarse ya le estaba preguntando -¿Cuáles son las flores que tú adoras?- y antes de saber si tenía la intención de responderle, una varonil voz se hizo escuchar provocando un deja vú en el rubio.

-Los girasoles- Arnold se giró irritado de ser interrumpidos por el mismo sujeto una y otra vez -es porque el color le recuerda a tu cabello- Helga enrojeció completamente, protestando contra el moreno por haber soltado tal pieza de información mientras que el aludido sólo sonreía burlón y se encogía de hombros -publicaste tus poemas, no es un secreto que "Campo de girasoles" habla sobre Arnold- algo en la distensión con la que hablaba sobre un poema escrito por la chica que asumía le gustaba por lo que vio el día anterior, escrito para él y no para el moreno, lo enervaba demasiado, como si estuviera menospreciando lo que Arnold había sido en la vida de la joven, como si no se sintiera intimidado por su recuerdo.

-¡Deja de decir eso!- roja hasta la raíz del cabello, el cuello y las orejas, la chica se puso a darle de golpes en el pecho que hicieron reír a Gerald, con una risa que le pareció demasiado sensual a la pobre rubia que ya no podía ocultar su vergüenza, optando por enterrar el rostro en el pecho del culpable de su estado.

-Hey, hey, con más cuidado, arruinarás el vestido que te traje- como si eso le importara a Helga, sabiendo que tendría que usarlo para enfrentar uno de los momentos más difíciles en su vida.

-Odio los vestidos negros- murmuró rodeando con sus brazos la cintura del moreno, enterneciéndolo con su gesto infantil.

-Espero que no sea nada en contra del color ébano, o me sentiré muy ofendido- comentó burlón, ganándose otro golpe en el pecho y una sonrisa de la chica. El rubio se sintió relegado de nuevo, verlos interactuar era como visitar a los majestuosos animales en el zoológico, podías admirarlos en la lejanía pero nunca entrar con ellos y formar parte de su manada. Se sobresaltó cuando Helga volvió a dirigirse a él.

-Deberías llevarle las flores a Olga, seguro que se alegra de verte. Te imaginarás que mi padre no es un buen conversador para poder distraerla lo suficiente de todo lo que está pasándole- Arnold parpadeó sorprendido, aquello casi sonaba como un favor, sobre todo por la amabilidad del tono de la joven, que alguien lo pellizcara para comprobar que no estuviera soñando despierto. Brincó por el dolor que sintió de pronto en su trasero, girándose al moreno que le miraba con burla.

-Espero que eso te ayudara a reaccionar, no estás soñando, ella acaba de hablar contigo- le dijo con una sonrisa ladeada, alardeando de la cercanía con la rubia pasando su brazo sobre sus hombros y acercándola más a su pecho, si eso era físicamente posible. Gerald acababa de pellizcarle un glúteo. Enrojeciendo al darse cuenta, decidió que era demasiada humillación por un día y aclarándose la garganta se enderezó para aparentar toda la estatura de la que fue capaz.

-Iré a visitar a tu hermana, Helga. Espero verte pronto- y sin más por decirle a la pareja, dio media vuelta y caminó azorado hacia el final del pasillo. La rubia golpeó de nuevo a Gerald cuando lo escuchó reír y se separó para disfrutar de la vista de esa sonrisa que mostraba todos sus dientes, la que sólo usaba cuando estaba realmente feliz.

-¿Tanto te alegra haber profanado a tu antiguo amigo de la infancia?- con una ceja alzada, aguantó una carcajada al verlo guiñarle un ojo con coquetería.

-Sé que ese comentario viene de la envidia que te da no haberlo hecho tú- verlo bromear así, tan seguro de sí mismo, de lo que él era para ella, como para hablar sobre lo que fue el rubio en su vida con esa soltura le parecía un peligroso afrodisíaco.

-Hasta hace unas horas el cabeza de balón te intimidaba como si fuera a salir corriendo a pedirle matrimonio ¿Qué cambió?- Gerald descendió su rostro hasta quedar a la altura de la joven, a milímetros de sus labios -Estás abusando de tu suerte- habló para distraerse, no quería pensar en esos sensuales labios curvándose en una ladeada sonrisa que la estremeció desde el inicio de su nuca hasta el final de su espina dorsal.

-¿Fue suerte lo de ayer?- la cadencia de su voz la llamaba como las dulces notas que entonaba el flautista de Hamelin a los niños, sin darse cuenta se inclinó un poco hacia adelante, buscando el contacto con los labios del moreno, quien retrocedió la misma distancia -A mí me parece que no- murmuró con burla, sin despegar la mirada de los hambrientos ojos azules de la rubia.

-Y porque te besé te muestras ahora tan seguro- no se reconoció al escucharse, el anhelo que se camuflaba en su voz era ajeno para ella.

-Porque me dejaste saber quién soy para ti- y sin poder soportarlo más, cerró la distancia que los separaba, robando un beso a esos latentes labios rosas que se abrían para él como harían los delicados pétalos de una flor al despertar del crudo invierno con la llegada de la primavera, Helga movió sus brazos de su cintura a su cuello, enterrando sus dedos en su cabello para acercarlo más a su rostro y tener un mejor ángulo para recorrer su cálida boca a sus anchas.

Rex se retiraba con parsimonia los guantes de piel que llevaba aquel helado día, podía ver claramente en el rostro de su acompañante la impaciencia que su actuar le provocaba, regodeándose en ella.

Lo dejó sufrir unos segundo más, cobrándole una parte de la cuota que se merecía por haber terminado a su amiga como si fuera cualquier hija de vecino. Finalmente, decidió cumplir con el cometido que se le había encargado, su tiempo era más preciado que esa visita a un completo desconocido para él.

-Rhonda se encuentra detenida en la comisaría- Harold no pareció sorprendido de sus palabras, aunque claro, ya le había dicho que la pelinegra cometió un crimen, al parecer el neandertal sí era capaz de sumar dos más dos -Está a punto de comparecer ante un juez que determinará si su caso es desestimado o si es llevado a juicio ante un jurado- el ceño fruncido y el rostro pensativo casi le daban un aire atractivo al corpulento muchacho, Rex inhaló profundamente, el misterio más grande con el que se había topado en su vida era cómo Rhonda pasó de exquisitos gustos como Lorenzo Mota de Larrea a codearse con alguien tan simplón como Harold Berman. Exhalando para morderse la lengua de lo que en verdad preferiría decirle al recientemente recuperado de una herida de bala, continúo con la conversación como la unigénita de los Lloyd le pidió -Ayer la visité y me pidió que te entregara algo- de entre su abrigo, sacó un sobre sellado que Harold miró brevemente antes de reanudar el contacto visual.

-No me interesa- la declaración hizo titubear al pelinegro, el ex noviecito de Rhonda tenía que estar de coña ¿cierto?

-Te estoy diciendo que ella está enfrentando cargos que vuelven difícil, hasta para los abogados de la reputación de los suyos, conseguir un fallo a favor y eso incluye que fijarán una elevada fianza que no sabemos si su molesto, realmente molesto padre pagará... y tú me respondes que no te interesa, ¿Qué está mal contigo?- Harold se puso de pie, mirando hacia abajo a Rex que a esa escasa distancia comprendió desde una nueva perspectiva lo enorme que era el joven, y de alguna forma se sintió intimidado con el aura que desprendía.

-Me dieron un tiro por las mentiras de tu amiga. Eso es lo que está mal conmigo-y arrebatándole el sobre de las manos, lo metió dentro del bolsillo trasero de su pantalón, rodeando el cuerpo del chico, sin apartar la mirada ni una vez de su enrojecido rostro. De repente, con la boca seca recordó que tenía la habilidad del habla y luego de segundos de haber mantenido el contacto visual en silencio, encontró la voz que había perdido con el osado comportamiento de la ex pareja de Rhonda.

-Será tu última oportunidad de saber de ella- alcanzó a decir antes de sentir que no llegaba aire a sus pulmones porque Harold se inclinó tan cerca de su rostro que el cálido aliento golpeaba con sus delicadas pestañas.

-Me acaban de dar el alta y quién sabe cuándo se la darán a Lorenzo, y ahora Brainny también está aquí... Rhonda es en parte la culpable del ser en el que se convirtió Curly, con todas esas maquinaciones y juegos conspiratorios... así que es como te dije, no me interesa- alejándose del joven Smythe-Higgins III para darle espacio para respirar, tomó el bolso que había preparado su madre y su celular, y caminó a la salida de la habitación para detenerse en el umbral -Hoy es el funeral de la madre de una de mis mejores amigas- Rex respingó al escuchar la gravedad en la voz de quien creyó un pelele que haría lo que Rhonda le dijera sin chistar -No vuelvan a molestarme con esto, ninguno de ustedes- y sin dedicarle ni una sola mirada más, se retiró del sitio.

Soltó un suspiro de alivio en cuanto lo hizo, ahora casi lamentaba haber aceptado acompañar a Eugene a ese dichoso funeral. Tenía que recogerlo en 30 minutos, así que se decidió por abandonar él también el lugar, preguntándose si el pelirrojo se molestaría por un poco de drama provocado por él en la ceremonia de la señora Pataki. A Rhonda no le agradaría saber que no cumplió con su encomienda, sólo debía entregar una carta, ¿Por qué Berman se lo tuvo que poner tan difícil? Esperaba que la estrategia decidida por el equipo de litigantes diera resultado, por el bien de su amiga.

A Phoebe le sudaban las palmas de las manos, casi tanto como su trasero. La silla del estrado no podía ser más incómoda ni la piel con la que estaba forrada más sintética, y apostaría su matrícula en Harvard que cuando ella se sentó apagaron el aire acondicionado. El fiscal del distrito se acercó para iniciar con sus preguntas, sólo eran él, el juez, el equipo de abogados de Rhonda y ella, ¿Por qué no habían llamado a Helga o a Gerald como testigos?

-¿Podría contar al juez lo que sucedió la noche de navidad en el condominio derruido de la calle Areca, señorita- hizo una pausa, como si dudara de cómo pronunciar el apellido de su familia -Eyerdal?- y aún con la pausa lo había pronunciado monumentalmente mal. Miró de reojo a los abogados, sus nervios traicionándola y volviéndolos buitres a sus ojos. Intentó respirar profundamente para calmarse, el perjurio era el delito que cometía una persona que incumple la obligación legal de decir la verdad y puede ser procesado por la vía penal, una forma de garantía a la hora de dar un mayor valor a la prueba testifical, y los aclamados egresados en leyes que contrató el señor Lloyd esperaban que fuera suficiente para librar a la unigénita de su jefe de llevar lo acontecido a juicio. Si analizaba los hechos podría funcionar, ella era un testigo confiable ante el juez quien había recibido su hoja de vida para hacer valer su juramento y testimonio, y teniendo en cuenta los antecedentes de Curly, y los inexistentes de Rhonda, no habría una razón válida para escalarlo y quedaría en una exuberante fianza. El problema era que tenía que mentir. Y Phoebe era pésima mintiendo.

-Es Heyerdahl, señor. Y ¿Podría pedirle que sea más específico en sus preguntas?- El juez alzó una ceja en su dirección, incrementando sus nervios -Quiero decir que... muchas cosas sucedieron esa noche, estábamos en medio de un juego de gotcha en el que James Johanssen golpeó a su hermano menor por haberse enterado de que durmió con su esposa el día de su boda y un paramédico nos dijo que Olga Pataki corría el riesgo de perder a su bebé- el fiscal la miraba con los ojos tan abiertos que parecía que estallarían en algún punto, así que decidió añadir -Le dije, muchas cosas sucedieron- le pareció ver a uno de los abogados estrellar su palma en su rostro, eso no podía ser buena señal ¿o sí?

-Señorita Heyerdahl, le pediré que se limite a responder lo que el fiscal pregunte- intervino el juez, amigo de la familia Johanssen, que aún estaba shockeado por lo que la oriental había dicho -y a usted, le pediré que haga preguntas más específicas- solicitó al fiscal.

-Bien... en ese caso, ¿Podría decirnos lo que sucedió cuando usted entró en la casa 112 del condominio de la calle Areca la noche de navidad?- elaboró de nuevo la pregunta, dejando a Phoebe sin excusas para evadirla.

-Encontré a Thaddeus Gamelthorpe con un cuchillo amenazando al hijo del comisionado Martin Johanssen, a mi amiga Helga Geraldine Pataki herida en el muslo por ese mismo cuchillo, a mi amigo Brian Kelvin herido en el estómago por un disparo del arma en el suelo con la que Thaddeus llevó a Lila Sawyer dentro de esa construcción, quien se encontraba junto a Brian intentando contener la hemorragia... era una escena aterradora- trago saliva antes de continuar, el hipnótico sonido del tecleo de la escribana adormeciendo un poco sus sentidos -Recuerdo haber deseado tener un arma conmigo para poder defender a mis amigos, entonces recordé que mi padre me había regalado una Smith&Wesson 637 por navidad, para cuidarme en Massachusetts... me parece que los abogados ya le han entregado mi licencia de armas de fuego del estado y la factura de la compra del obsequio- el juez sólo asintió, viendo tan directamente a la joven oriental que sintió un vacío formarse en su estómago. Con las amenazas del padre de Rhonda, continuó contando la versión que la entrenaron para dar -Quise hacer un disparo de advertencia, pero mis manos temblaban y terminé tirando el arma por accidente, cuando Rhonda recogió el arma- el fiscal la interrumpió abruptamente.

-¿Y cuándo mencionó a la señorita Lloyd en su descripción de los hechos?- Phoebe se puso todavía más nerviosa, comenzaba a notársele por la mirada que le daban los empleados del padre de Rhonda, cerró los ojos y trató de pensar en algo que la hiciera sentir tranquila. Recordó los días en los que Helga y ella se quedaban en la casa del árbol del campo Gerald por las tardes, estudiando y leyendo, bueno... ella estudiaba y Helga leía... de cualquier forma, eran tardes pacíficas, llenas de calidez y silencio... Con eso en mente, se forzó a recobrar la compostura, si esto se alargaba, llegaría tarde al funeral de la madre de su mejor amiga, eso no podría perdonárselo a sí misma.

-Al igual que yo, Rhonda escuchó el primer par de disparos y con los antecedentes que hemos tenido con respecto a Thaddeus, en nuestro baile de graduación y hace unos días en la posada en su casa, y sumando que la policía no pudo encontrarlo, llegó al sitio corriendo... no la vi entrar en la habitación, sólo la vi cuando estaba junto a mí, recogiendo el arma y siendo que nunca antes había disparado una, accidentalmente la accionó... la bala impactó en Thaddeus, y lo siguiente que supe es que la policía llegaba al lugar y se la llevaban detenida- exhalando, estuvo tentada a pasarse un pañuelo por la frente, pero temiendo que cualquier otro movimiento que no fuera el de su respiración normal levantara sospecha sobre su testimonio, se quedó inmóvil esperando que alguien dijera algo.

El líder del equipo de abogados, el señor Ponningham se puso de pie.

-Espero que eso haya sido todo, su señoría. Mi testigo tiene que presentarse al funeral de la madre de su amiga, que también fue víctima de los desvaríos del señor Gamelthorpe, además de que no ha tenido oportunidad de visitar a sus amigos hospitalizados por culpa del mismo lunático que hoy por fin es incapaz de herir a nadie más por un disparo accidental que además, de haber sido hecho por la señorita Heyerdahl sería en defensa propia- el juez miró con lástima a la pelinegra, realmente le dolía que ese grupo de jóvenes pasara por todo aquello. Los conocía y los había visto crecer como todos en el vecindario, y más conmovido y llevado por ese sentimiento que su arraigado sentido del deber, despidió a la joven para que se retirara.

Aliviada de poder salir de la habitación, no perdió tiempo en hacerlo, topándose en el pasillo con la madre de Rhonda que la miró por sobre el hombro y sólo le dedicó una oración que la dejó temblando de rabia.

-Si le llegan a dar un solo día a mi hija porque no hayas hecho bien tu papel, olvídate de que tus padres tengan empleos y de que mi fundación financie tu educación- y sin más, siguió el trayecto que seguramente la llevaba al ala de visitas para ver a Rhonda. Estuvo tentada en seguirla por un segundo, pero se detuvo a sí misma preguntándose qué podría decirle a una señora como aquella, sabía las repercusiones que tendría en su vida si el fallo del juez era llevarlo a juicio; aún así, tenía una imperiosa necesidad por abofetear a los miembros de esa familia... le hablaban como si ella hubiera mendingado el apoyo de los Lloyd cuando fue Rhonda quien se lo ofreció y quien además le puso un precio que había estado pagando durante 2 años y medio.

Si no fuera porque tenía una cita mucho más importante, probablemente no se habría podido frenar de ir tras esa mujer y decirle todo lo que su malcriada hija había provocado por sus elucubraciones.

Brooke Lloyd arrugaba el entrecejo mientras intentaba soportar el olor que emanaban las paredes de la comisaría de ese distrito, recibía de vuelta su identificación del agente que aparentemente no ganaba suficiente para hacerse manicure con la regularidad que requiere la decencia humana. Renuentemente tomó de nuevo su credencial, y en cuanto estuvo fuera del rango visual de esa agente se colocó gel antibacterial con aloe vera en las manos para evitar cualquier hongo que seguramente estaba creciendo bajo esas amarillentas uñas.

Ubicó a su hija en una de las mesas de la sala de visitas por mera suerte, aquella no parecía ser su Rhonda, cabello desaliñado, seco, sin lavar, sin pestañas postizas, con ojeras y sin corrector para disimularlas... Además de la horrible ropa con la que jugó ese tonto juego de balas de pintura.

-Cariño, te ves francamente en tu peor momento- Rhonda hizo un amago de sonrisa, se imaginaba que la visita de su madre no era por un asunto casual solamente, con lo que había ocurrido en las últimas 12 horas, seguramente le traía también algún mensaje de su padre que estaría demasiado molesto para darle él mismo -¿Ni siquiera te han dado agua para hidratarte? Porque tu piel está marchita- la pelinegra amaba a su madre, y entendía su preocupación, ella realmente estaba sufriendo por la falta de comodidades en aquel sitio, peor definitivamente su mayor problema no era la apariencia de su piel, no había papel higiénico en los baños que le permitían usar a las detenidas... ¿Qué clase de cavernícolas dejan sin papel higiénico un horriblemente sucio sanitario?

-¿Eso es lo que te envió papá a preguntarme? ¿Si me dan agua?- vio cómo mutó la expresión de su rostro en cuanto mencionó a su progenitor, casi se sintió cruel por encontrar cierta satisfacción en esa incomodidad, al menos no era la única sintiéndose incómoda en esos instantes.

-En realidad... Vengo a decirte que si el juez fija fianza, tu padre no la pagará- Rhonda casi se cae de la helada silla de metal al escuchar la noticia.

-Estás bromeando ¿cierto?- cuando Brooke negó con la cabeza, de pronto la pelinegra vio todo rojo ante la posibilidad de quedarse más tiempo en ese lugar -¡¿Entonces para qué envió a Ponningham a hablar conmigo?! ¿¡De qué le sirve solicitar la audiencia!? ¿Es sólo por limpiar su nombre?- y al ver la mueca en los labios de la mujer que le había dado la vida, Rhonda casi se ahoga al intentar pasar saliva y respirar al mismo tiempo -Por Dios- murmuró -Sólo lo hizo por limpiar su nombre- la unigénita Lloyd se dejó caer en el asiento de forma pesada, importándole más bien poco el dolor que le provocó el impacto, no se comparaba al dolor que sentía en el pecho al saber que a su padre no le interesaba devolverle a su hija su libertad.

-No te pongas así cariño, eres una dama- Brooke le dio un par de palmaditas en el cabello de su hija, preocupada por despeinarla más de lo que ya estaba y empeorar su aspecto, sabía cuán importante era para ella y deseaba darle por lo menos eso -Él no la pagará pero yo puedo- con esas palabras, un poco de vida pareció volver a los ojos de Rhonda, aunque su gesto dolido no cambió ni un poco.

-¿Y cuál es tu condición?- había crecido en esa familia donde nada era gratis, y al tener tanto dinero, el precio nunca se trataba de insulsos dólares.

-Querida, entiende que hago esto por tu bien, ¿Acaso no quieres enmendar tu error? ¿Sabes lo que están diciendo de ti? Le disparaste a un chico- Rhonda cerró los ojos con dolor, pensar en Curly hacía que los oídos le zumbaran y le ardieran las córneas desde adentro. Se negaba a derramar una sola lágrima por ese acosador que le arruinó la vida más de una vez -Si te casaras con alguien respetable, y que tu padre aprobara...- esas palabras la golpearon como yunques en la cabeza. Toda su vida había crecido temiendo porque esas palabras fueran pronunciadas por sus padres, y ahora, el precio de su libertad era, irónicamente, su libertad.

-Tienes ya un nombre, ¿cierto?- Brooke la miró compungida, como si realmente le doliera poner esta opción sobre la mesa para su hija, pero creía genuinamente que la felicidad de su pequeña estaba a lado de alguien que podría darle el mismo estilo de vida que había llevado hasta ahora, y que además, la ayudaría a callar esos rumores horribles por sus acciones y su estadía en ese lugar.

-Tú me diste la idea- y no necesitó decirle nada más. Rhonda no quiso hablar más con ella, no tenían nada más que decirse, bastó con un asentimiento de cabeza para que su progenitora supiera que aceptaba y volvió a la celda que compartía con una drogadicta llamada Amy que constantemente le preguntaba dónde estaba la marmota azul que daba el clima, conversación que en esos momentos prefería por sobre la que sostuvo con su madre hacía un par de minutos.

Arnold llamó a la puerta de la habitación de Olga, después de haber irrumpido sin hacerlo en la de Brainny quería tomar sus precauciones. Cuando escuchó la voz de la rubia indicarle que podía pasar, pensó que no habría ningún problema, pero se encontró con el cuerpo desnudo de la joven siendo ayudada por Jamie O. para vestirse.

-¡Ah!- soltó un gritito antes de cubrirse los ojos -¡No vi nada, no vi nada, no vi nada, no vi nada!- la risa apagada de la hermana mayor de Helga terminó confundiéndolo un poco. Al descubrirse los ojos, Jamie O. estaba completamente rojo y ya había terminado de subirle las pantaletas y colocarle un sujetador en los brazos que la mayor subió y acomodó para abrochárselo.

-Eres igual de tímido que Jamie- el aludido se sonrojó aún más y apartó la mirada, sintiéndose de pronto demasiado sofocado en esa habitación. El rubio miró confundido entre ellos.

-Yo... toqué- Olga sonrió con ternura.

-Y te dije que podías pasar, Arnold. Soy modelo, no me molesta que otros miren mi cuerpo desnudo, es hermoso y natural- se encogió de hombros pidiéndole al primogénito de los Johanssen que le pasara su vestido para la ceremonia.

-Nadie dijo que no fuera hermoso... sólo que, no es tan natural ver el cuerpo desnudo de una hermosa mujer- Jamie O. se dio cuenta de su error cuando giró para encontrarse con la mandíbula abierta del rubio y la expresión satisfecha del rostro de Olga.

-Para una mujer embarazada, que ha pasado la peor noche de su vida, escuchar que es hermosa es un agradable cumplido, Johanssen- el moreno enrojeció más, sabía que Olga usaba el apellido cuando quería coquetear con alguien, pero a él seguramente sólo estaba molestándolo.

-Aaam... ¿Quieren que me vaya?- Jamie carraspeó, intentando aligerar el ambiente le sonrió a Arnold.

-¿Te irás antes de darle ese ramo a la señorita? No muy caballeroso de tu parte- sentía los azules ojos de la mayor de las Pataki aún en él, poniéndolo más nervioso... desde que conoció a Melissa, nunca una mujer había logrado ponerlo así con tan poco como una mirada.

-¡Cierto!- con todo el tema de la desnudez, al joven se le había pasado por completo que llevaba un ramo consigo -Sé que te gustan las rosas y pensé en que te alegrarían- Olga se apresuró a tomarlas, temiendo que a alguno de los chicos presentes les diera un aneurisma por continuar en ropa interior frente a ellos.

-Es muy dulce el gesto, Arnold- agradeció la rubia, ocurriéndosele buscar a espaldas del joven si su hermana menor habría vuelto con él. Gerald había ido a buscarla con su atuendo para el funeral, se preguntaba si la encontró, no tenían mucho tiempo para estar listas, su padre se había ido en cuanto los Johanssen aparecieron en la habitación, encontrando la excusa perfecta para evitar el silencio incómodo entre ellos, aún no sabía cómo comportarse con Bob luego de enterarse que no era su padre biológico -¿Le trajiste algo a Helga?- Arnold bajó la cabeza ante la pregunta, los mayores compartieron una mirada de comprensión y Jamie O. anunció en voz alta que tenía que ir al sanitario, golpeándose mentalmente por no pensar en una excusa mejor para dejarlos a solas -¿Sucedió algo entre ustedes?- el unigénito Shortman se torturaba al revivir lo que ocurrió la noche anterior, pero si no hablaba con alguien, su pecho terminaría por estallar.

-Ayer me topé con Helga y Gerald besándose en el pasillo- Olga abrió los ojos sorprendida, lo último que supo sobre esa pareja era que el cretino de Gerald volvió con Phoebe sin decirle nada al respecto a Helga, no parecía algo típico de su hermana perdonar una afrenta así tan fácilmente -Iba con tu papá, así que no tuve que decir nada para separarlos, él se encargó por mí- Olga rio un poco al imaginar la escena, ella misma vivió situaciones similares en su adolescencia más de una vez, Big Bob podía llegar a ser tan celoso como padre que... el tren de pensamiento se frenó violentamente, ya no podía pensar en él como su familia, la hacía sentir descorazonada.

-Y qué te dijo, ¿son novios ahora o algo así?- el rubio negó, dejándose caer en la silla de las visitas, olvidando por un momento que la hermana de la joven que le gustaba estaba de pie frente a él en bragas y sujetador.

-Ella no dijo nada. Pero Gerald sí- Olga suspiró, conocía la historia de la ocasión en la que el moreno había dado una visita al rubio en San Lorenzo por no haber terminado con Helga antes de involucrarse con alguien más, y también conocía la versión de Arnold de los hechos y encontraba doble moral al chico Johanssen luego de que hiciera lo mismo a su hermanita bebé. A sus ojos, el único que podría valorar a Helga por la sensible alma que era, no podría ser otro que Arnold.

-Seguramente te dijo que te alejaras, ¿cierto?- sentándose en la cama, Olga dejó el ramo de rosas a un costado y vio al chico directo a los ojos, quería que percibiera la honestidad en sus palabras sin que le quedara ninguna duda -No le hagas caso Arnold, nadie puede decidir por Helga, y creo que si ella no tuviera sentimientos por ti, habría tomado su decisión desde hace mucho tiempo... Ella no volvió a tener a nadie en su vida después de ti, ¿Por qué crees que sea? ¡Es obvio que aún te ama!- el rubio suspiró, pasando una mano por su cabello.

-Gerald tiene otra opinión- Olga lo miró confusa, así que se dispuso a elaborar un poco más su escueto comentario -Él cree que Helga no se permitió tener a alguien más porque la herí tan profundamente que le aterraba ser defraudada de nuevo- la mayor asintió, asimilando esas palabras.

-Creo que es parte de la verdad, pero no creo que sea la verdad completa... ¿Has hablado con Helga?- el rubio soltó otro suspiro, conmoviendo con su comportamiento alicaído a la rubia, a quien la conversación le venía bien para evadir el momento que tenía que enfrentar ese día.

-Sí... fue antes de ir por comida y encontrarlos besándose al volver... si soy sincero me pareció que sí estaba muy herida por lo que hice, no creo que me perdone- Olga intentó darle palabras de aliento que Arnold se sintió mal de recibir, él debería ser quien intentara animarla, ella era quien había perdido a su madre, sin embargo, ser escuchado estaba ayudándole a calmar el dolor que sentía -También me dijo que... él no es el dueño de Helga- a Olga la sorprendió el comentario, esperaba que Gerald lo amenazara para no hablarle -Me dijo que ahora comprobaba que sin importar lo que yo hiciera no cambiaría lo que él había hecho, para bien o para mal... Y se veía demasiado seguro... debo admitir que me intimidó más que si se hubiera puesto violento- la mayor se puso de pie y se acercó al rubio, rodeándolo en un abrazo, acunándolo contra su pecho.

-Entonces no te apartes... empieza desde cero con ella... si lo más a lo que puedes aspirar es su amistad, ¿no vale eso la pena?- Arnold le devolvió el abrazo, dejando salir las lágrimas que llevaba semanas aguantando, desde el momento en que la vio en el comedor de la casa de sus abuelos.

-El problema es que no tengo idea de cómo empezar desde cero, he hecho tantos intentos por acercarme, y cuando creo que estamos bien digo algo que se toma a mal- Olga asintió.

-Llevo toda mi vida intentando ser cercana a ella, te comprendo... pero no por eso nos rendiremos ¿o sí?- antes de recibir una respuesta del rubio, la puerta de la habitación volvió a abrirse, dejando ver al mayor de los Johanssen genuinamente sorprendido por la escena con la que se encontró al volver de la máquina expendedora donde le consiguió unas golosinas a la bella embarazada que ahora se encontraba en ropa interior aferrada a un joven que tenía el rostro enterrado entre sus pechos... Aunque seguro de que aquello tendría una explicación, Jamie O. no pudo evitar ponerse rojo en tonalidad punto de ebullición para diversión de la rubia. Esas eran las pequeñas alegrías de la vida que aparecían en los momentos de pena y evitaban que cayeras en picada en la locura.