[La luz y la Penumbra]

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" Voy con el paraíso a mi derecha, el infierno a mi izquierda y el ángel de la muerte detrás de mí"

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La muerte no era el final, era el comienzo de un nuevo viaje que ella había aceptado silenciosamente desde que recibió aquella espada. Su gente tendría que continuar por su cuenta, pero esa sería otra historia, una que ya no le correspondía.

Lentamente, la mente de Nimue se preparó para sumirse en la inconsciencia, de la que sabía que nunca podría despertar, era tan sólo como dar una eterna y tranquila siesta.

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El otro mundo era mucho más brutal con el cuerpo de lo que Nimue había anticipado, cada uno de sus huesos dolía, en especial su costado derecho, en donde ella estaba segura de que habían impactado las flechas. Lentamente, Nimue abrió los ojos y se dio cuenta de que no se encontraba en el más allá, ni su cuerpo se había convertido en una criatura del agua ni nada por el estilo.

Desafortunadamente, ella seguía siendo Nimue, y para su sorpresa, aún podía catalogarse como una persona "viva". Lentamente, Ella miró a su alrededor, se trataba de una tienda construida con lo que parecía ser madera y una especie burda de lino claro que dejaba pasar la luz del día iluminando todo alrededor de ella. No había nada verdaderamente impresionante en aquella estancia, más bien parecía una enfermería improvisada, en la que unos cuantos camastros se alineaban uno junto al otro. Nimue trató de levantarse, pero un fuerte dolor en el pecho se lo impidió.

Nimue miró su herida y se dio cuenta de que tenía una especie de poción sobre su hombro, cubierta de lino blanco. Ella reconoció aquello de inmediato, se trataba de una cocción como las que solía preparar su gente, debía tratarse de una de las escasas villas Fey que aún quedaban en pié. Lentamente, Nimue pasó sus dedos sobre el tejido enrojecido, y se dio cuenta de que la persona que la había ayudado tuvo la sensatez de cauterizar su herida mediante magia.

– Hola – dijo una mujer en la entrada de la tienda, quien por poco mata de un susto a Nimue.

– Hola – respondió Nimue– ¿Tu fuiste quien me salvó? – preguntó en tanto se reincorporaba en la cama .

– Yo he tratado tus heridas – respondió la mujer – mi nombre es Mara.

– Yo soy Leonore – respondió Nimue sin apenas pensar en ello.

– Leonore – repitió la chica.

– ¿Cómo llegué aquí? Mara – preguntó Nimue.

– Unos cazadores te encontraron en el lago– respondió Mara – ellos parecían creer que habías caído por la cascada, pero todos en la villa los hemos convencido de que es completamente imposible que aquello sucediese. No existe forma de que sobrevivieras a una caída como aquella– dijo. Nimue quiso reír, ya que aquello era exactamente lo que había sucedido, pero decidió no hacerlo.

– No caí por la cascada – mintió Nimué – viajaba hacía mi villa luego de haber pasado un par de días fuera de casa y me ví envuelta en una batalla.

– ¿Quienes te hicieron esto? – preguntó Mara mientras le acomodaba los vendajes.

– Paladines rojos.

– Esos imbéciles – murmuró Mara – detestan a todos los que somos como tu y yo. Persiguieron nuestra villa por casi un mes, era muy extraño, apenas zarpamos ellos aparecían de la nada, era como si pudieran predecir nuestros movimientos.

– ¿Persiguieron la Villa? ¿A qué te refieres?

– Mira el suelo en el que estás parada– dijo Mara. Por lo que Nimue se dio cuenta de que se trataba de una especie de plancha de madera que flotaba sobre el agua.

– Somos nómadas de agua, recorremos la isla a través de los canales y los pantanos, así es como hemos logrado mantenernos a salvo de los paladines – Explicó la chica.

– ¿Cómo supiste que soy fey? – preguntó Nimue.

– No lo sé, simplemente supimos que eras una de nosotros apenas te vimos, tal vez sea por el peinado. Tu rostro grita "gente del cielo"– dijo Mara – por cierto: Nacemos con el alba…

– para morir con el crepúsculo– contestó Nimue de una manera casi automática.

– Por su puesto – respondió Mara. – Bien, lo mejor será que te deje descansar, ya ha sido demasiada conversación, aún tienes que recuperar tus fuerzas.

Nimue sabía que Mara tenía razón, por lo que no discutió. Lo cierto era que su estado no podía ser más patético, y por esa razón, ella decidió mentir acerca de su identidad. Para el resto del mundo Nimue se encontraba muerta, y así debía ser en tanto ella lograba reponerse lo suficiente para reunirse con su gente, si era que lograba reunirse con ellos al otro lado del mar.

Ella cerró los ojos muy lentamente con el fin de descansar un poco más. Nimue no supo cuánto tiempo durmió, tan sólo supo que la despertó un diminuto cuerpo que caía sobre ella en lo que parecía ser un abrazo.

– Nimue, pensé que estabas muerta, estoy tan feliz – dijo una voz infantil. Nimue abrió los ojos lentamente y se dio cuenta de que se trataba de Ardilla.

– ¡Ardilla! – exclamó Nimue mientras se re incorporaba con dificultad, pues su pecho aún dolía bastante.

– ¿Qué fue lo que te sucedió?.

– Tienes que contármelo todo.

– ¿Cómo lograste sobrevivir?

Murmuraron los dos apresuradamente al mismo tiempo sin dejar que el otro contestara. En aquel momento, Nimue recordó que no se encontraban solos. La chica miró atentamente a Mara quien los observaba con curiosidad.

– Pensé que te llamabas Leonore – dijo Mara quien parecía haber perdido toda la confianza en ella.

– Ese era el nombre de mi madre, mi verdadero nombre es Nimue – confesó.

– Nimue, como la bruja de sangre de lobo que murió hace un par de… – comenzó Mara quien claramente había atado cabos, ya que la frase murió en sus labios. – Oh por los espíritus – murmuró la chica completamente asombrada.

– Por favor – pidió Nimue – esto no puede salir de esta habitación, aún estoy débil, necesito sanar antes de continuar con mi viaje. Les prometo que una vez me haya recuperado me marcharé.

– No puedo prometer aquello – dijo Mara apenada – No me malinterpretes, agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros, te admiro tanto como cualquiera, pero tengo que llevarte con la Abuela Yaga, ella es la bruja del pueblo, puede verlo todo, y de seguro sabrá que te estoy escondiendo. Yo creo que incluso podría ayudarte.

Nimue se mordió el labio. Ella no deseaba que otra persona conociera su identidad. Después de todo, el secreto mejor guardado siempre sería el que no se contaba a nadie. Sin embargo, Nimue no se hallaba en la posición de hacer exigencias, todo lo contrario, tendría que jugar con las reglas de Mara si es que deseaba quedarse.

– Está bien, hablaré con ella mañana . – aceptó Nimue.

Mara les deseó las buenas noches y salió de la enfermería con una sonrisa forzada. Nimue no sabía qué pensar, por una parte, no deseaba confiar su secreto a gente que apenas conocía, aunque le hubieran salvado la vida. Sin embargo, no existía posibilidad de que aquellas personas pudieran traicionarla, ya que no podían acudir a los paladines, ellos eran fanáticos, y los fanáticos no son racionales, no desearían hacer tratos con una tribu Fey para matar a una sola mujer. Ahora bien, el Rey Uther sí podría ser una amenaza…

De repente, un dolor punzante en el pecho le recordó porqué había decidido confiar en Mara para empezar. Nimue nunca lograría encontrar a su gente en aquel estado. Aún se encontraba muy débil.

– Lo lamento Nimue, no sabía que les habías dado otro nombre – se disculpó Percival apesadumbrado.

– No te preocupes, eventualmente hubiera pasado – mintió Nimue.

– Ardilla, debes contármelo todo, ¿cómo sobreviviste?–

– Todo fue gracias a él – dijo el niño mientras señalaba una figura que dormía cerca de allí, en la que Nimue no había reparado hasta ese momento. Ella lo miró atentamente, hasta que reconoció aquellas perversas marcas bajo sus ojos, y fue entonces cuando su mente la llevó a aquella escalofriante tarde de primavera en la que su vida había cambiado por completo. Casi pudo verlo como la primera vez, alto y escalofriante en su enorme caballo negro, y sentir como hubiera podido atravezarla con un sencillo corte de su espada.

Percival comenzó a narrar una casi incomprensible e inverosímil historia acerca de aquel hombre, de como lo había librado del torturador que selló el destino de Gawain, y cómo se había enfrentado a más de diez hombres completamente solo.

– Su nombre es Lancelot – concluyó Percival – hace parte de la gente de la ceniza.

Nimue volvió a observar al monje, sin poder entender todas aquellas revelaciones.

– Es muy hábil, podría ayudarnos, Nimue – dijo Percival al ver que ella aún no parecía convencida.

– Puede ser, pero él estuvo presente mientras asesinaban a los nuestros, no puedes pretender que todos lo perdonen tan rápido como lo has hecho tú. – contestó Nimue mientras que le acariciaba la nuca.

– Lo sé – dijo tristemente – Por favor, trata de darle una oportunidad.

Nimue sonrió en respuesta, pero no se atrevió a decir palabra alguna. Después, ella volvió a dedicarle una mirada al hombre que dormía. Era casi impensable que ella lograra dejar de lado todo el daño que había ocasionado. Los gritos de su gente, junto con la memoria de aquellos campos de cruces en llamas, le decían una y otra vez que todo aquello iba mucho más allá de su capacidad de perdonar. Lentamente, Nimue se levantó y caminó hacía la cama. Percival guardó silencio, él la conocía lo suficiente como para saber que ella no se encontraba de humor como para que se la molestara.

Irónicamente, Nimue nunca había visto al monje con sus propios ojos desde su breve encuentro en su villa. Irónicamente, pese a que sus caminos se encontraban una y otra vez, nunca se acercaron lo suficiente como para que ella tuviera que confrontarlo cara a cara. Nimue observó su rostro dormido, se veía cansado y llevaba una fea costra de sangre coagulada al lado de su rostro, su última batalla debió ser tan brutal como Percival lo describió.

En ese momento, Nimue sintió no tener su espada consigo. De seguro, el torrente de adrenalina que la invadía cada vez que la usaba la hubiera impulsado a matarlo, y acabar de una vez con aquello. Ella no era estúpida, sabía que la espada la estaba poseyendo, se metía en su psiquis transformándola en aquel ser violento que había visto en las visiones de Merlin. Sin embargo, no podía dejar de preguntarse qué pasaría si tan solo tomara una de las almohadas, las pusiera sobre su rostro dormido, y presionara el tiempo suficiente…

–¿Cómo llegaste aquí? – preguntó alegremente Percival quien de seguro no se había percatado de sus intenciones.

– No lo sé – contestó casualmente Nimue en tanto volvía a su cama. – Mara dijo que un par de pescadores me encontraron.

Nimue le narró su parte de la historia a Percival, dejando por fuera la dolorosa escena de la muerte de Gawain, un querido amigo en común. Ella no pudo dejar de pensar en su niñez en aquella villa perdida en el bosque, en la calidez de la espalda de aquel muchacho que la cargaba cuando aún era una niña, como si fuera una especie de caballo enseñándole todo lo que él sabía acerca de las plantas del bosque. Gawin lo sabía todo acerca de ella, y aún así la había aceptado, a pesar de los comentarios, a pesar de las sospechas de los demás miembros del pueblo, ciertamente, había algo especial en él.

– Creo que lo mejor será que vayamos a dormir– dijo Nimue quien aún sentía aquel dolor punzante en el hombro. – Mañana será un día algo difícil.

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– Debes mirarla siempre a los ojos – dijo Mara, mientras que ella y Nimue cruzaban la aldea que se componía de grandes balsas planas flotantes en medio de los canales.

Aquella mañana, Mara había aparecido en la puerta de la enfermería junto con un vestido prestado para que cambiara el burdo camisón blanco que había llevado desde que llegó a aquella aldea. Nimue acomodó el cuello, y luchó con el dolor punzante en su hombro, ya que aquella prenda le quedaba algo apretada, pues Mara era más delgada que ella.

– Lo haré – respondió Nimue.

– Ella intentará alterarte, pero debes mantenerte firme, a ella no le gusta decir las cosas directamente, siempre habla en una especie de acertijos, tu no puedes permitir que…

– Mara – interrumpió Nimue – aprecio lo que estás haciendo, en serio. No debes preocuparte por mi, he enfrentado muchas brujas como aquella, seré honesta, y esa es la mejor defensa.

– Bien – asintió Mara – Te deseo suerte.

– Gracias.

Nimue entró entró a la estancia en donde se suponía que debía encontrarse la bruja. No era muy diferente a las que había conocido. Bien parecía que todas aquellas hechiceras milenarias compartían el mismo retorcido gusto estético, pensó Nimue con sarcasmo mientras veía las espantosas cabezas encogidas, colgando de la pared.

– Nuestra querida reina – dijo una voz al fondo de la cabaña. Nimue se dirigió hacía ella. Como era de esperarse, el aspecto de la bruja tampoco era muy diferente a lo que ya hubiera conocido. Su cabello largo y negro le cubría parcialmente la cara, tenía el aspecto de una mujer al rededor de 50 años, pero conociendo a este tipo de brujas, probablemente, podría tener hasta 200.

– ¿Mara te lo ha contado? – preguntó Nimue.

– Si – respondió ella con una sonrisa – pero, aunque no lo hubiera hecho, está escrito en tu cara.

– ¿Qué está escrito en mi cara?

– La magia de los primeros reyes, tu poder, y…

– ¿Y?

– Tu maldición – concluyó. Nimue contuvo el aliento al escuchar aquello.

– Tu maldición es regalo y castigo a la vez. Es un castigo impuesto por un crimen no cometido, y aún así, tendrás que cargar con él por lo que te queda de vida.

– Mis poderes han sido útiles– respondió Nimue tratando de rebatir lo dicho por la bruja.

– Pero no agradables – dijo la bruja en un tono que parecía ser un poco menos que una burla.

– No – respondió Nimue lacónicamente.

– Y nunca lo serán.

– Supongo que esa es mi maldición– dijo Nimue.

– Lo que realmente me preocupa no es eso– dijo la bruja cambiando de tema.

– ¿Entonces? – preguntó Nimue.

– Me preocupa el veneno que corre en tí – dijo la bruja – el veneno que amenaza con convertirte en lo que fue tu padre, si no lo controlas te perjudicará.

– ¿De qué estás hablando? – preguntó Nimue – ¿la flecha que me lanzaron estaba envenenada?

– No – respondió la bruja tajantemente – el veneno lo has puesto tú ahí, y solo tú misma puedes quitarlo de tu interior.

– No entiendo.

– Ese no es mi problema– respondió la bruja– largo de aquí– dijo la mujer de repente.

– ¿Qué?– preguntó Nimue sorprendida – Pero, pensé que usted era quien decidiría si se me permite quedarme o no.

– Oh sí, puedes quedarte, lo harás hasta la segunda luna nueva del próximo ciclo.

– No creo que necesite tanto tiempo para sanar, no necesito un permiso tan extenso– respondió Nimue.

– No es un permiso, es lo que harás– respondió la mujer.

– Por cierto – intervino Nimue nuevamente – creo que usted debe estar informada de que ese hombre que descansa en la enfermería es un enemigo.

– ¿Enemigo de quien?

– De todos los que son como nosotros.

– Él parece ser uno de nosotros – respondió la bruja.

– Puede que lo parezca, pero no lo es, él es un asesino – dijo Nimue quien hacía todos los esfuerzos para no perder la compostura, ya que todo aquel debate le estaba comenzando a colmar la paciencia.

– El hecho de que sea un asesino no implica que no sea uno de nosotros – Rebatió la bruja. – sólo implica que tiene el detalle de haber asesinado. Ser un asesino y ser un fey no tienen ninguna contradicción, por ejemplo tu eres fey y has matado a los sangre del hombre con tus propias manos – dijo. Nimue no pudo rebatir aquella lógica, por lo que decidió cambiar de táctica.

– Él es el Monje que Llora, la mano derecha del Padre Cardan, el líder de los Paladines Rojos, ha liderado varios ataques a nuestras villas– dijo Nimue.

– Ese es un problema – respondió la bruja pensativamente.

– Por supuesto que es un problema.

– Es por eso que tú misma deberías cuidarlo.

– ¿Qué? – preguntó Nimue quien sintió cómo si le hubieran dado un puño en el estómago.

– Eso es, tú misma deberías cuidar sus heridas. Después de todo, él es un asesino, tú eres una asesina, él es un fey, y tú eres una fey. Al parecer tienen mucho en común.

– ¡No tengo nada en común con ese hombre!– exclamó Nimue quien definitivamente había perdido la paciencia.

– Yo creo que sí, es por eso que debes cuidarlo – dijo la bruja– esa es la única condición que pongo para que permanezcas en la aldea. Si deseas quedarte, debes cuidarlo tú misma.

– Es una locura – contestó Nimue sorprendida.

– Así son las reglas.

Después de aquello, la bruja la dejó ir. Nimue se sentía irritada a más no poder, y decidió que en cuanto tuviera la energía suficiente para viajar, tomaría a Ardilla y juntos se irían de aquel lugar, mucho antes de que llegara la segunda luna nueva del próximo ciclo, lo cual sería en poco más de un mes.

Nimue entró a la enfermería y se cambió al camisón de tela burda que había usado hasta aquel momento. Aquel vestido prestado era demasiado apretado en el pecho, lo cual no le contribuiría en nada a la curación de su herida.

– Hablé con la abuela Yaga, me lo dijo todo – dijo Mara quien sostenía una cubeta de agua en sus manos – ¿Podrías limpiarle las heridas? – preguntó la chica. Nimue sabía que pese a que aquello sonaba como una pregunta era poco menos que una orden.

– Por su puesto– respondió Nimue mientras tomaba la cubeta de las manos de Mara.

Nimue se sentó junto a la cama del monje, y levantó las mantas. Ella sintió náuseas al ver la carne lacerada. Ella estaba segura de que las heridas se habían infectado por falta de cuidado, era una suerte que se encontraran en una villa fey, pues si se hubieran encontrado en un convento, la única esperanza que tendría sería la que un par de oraciones le pudieran proporcionar, lo cual no era mucho, a decir verdad.

Nimue decidió comenzar por la espalda, y quedó completamente horrorizada por lo que vió. Su piel no era más que una especie de escama, desfigurada por múltiples heridas que tenían diferentes grados de antigüedad, como si nunca hubieran tenido el tiempo de sanar completamente. Aquello le recordó a sus propias heridas en la espalda, aquellas marcas malditas que siempre permanecían en carne viva, sin importar cuanto tiempo pasara. Ella lo volteó con mucha delicadeza pese a que en el proceso sintió que su propia herida sufría, luego de lo cual siguió con su rostro y pecho.

De repente, el monje comenzó a abrir muy lentamente los ojos. Era evidente que se sorprendía por encontrarse con una desconocida que limpiaba sus heridas. Nimue no vio ningún signo de reconocimiento en su mirada, por su puesto, él nunca la había visto, para eso hubiera tenido que atraparla, algo que él nunca logró hacer, pensó Nimue casi con satisfacción.

La mirada del monje cambió de sorpresa a curiosidad en un instante, y fue fácil para Nimue adivinar la clase de pensamientos que corrían por su mente. Ella había visto aquella mirada en los ojos de un par de hombres a lo largo de su vida, y no le fue difícil percatarse que ella estaba comenzando a ejercer encanto en él. Nimue sonrió para sus adentros, y le siguió el juego, limpiando sus heridas con más y más delicadeza. El monje permaneció en silencio, pero aquel era más elocuente que diez mil palabras.

– ¡Nimue! – dijo Percival quien había entrado a la habitación y se acercó a ellos a toda prisa. Nimue quiso reír, probablemente pensaría que estaba a punto de asesinar a su nuevo héroe.

– La bruja permitió que nos quedemos en la villa – comentó Nimue – la única condición que puso fue que yo misma debía cuidarlo.

– Oh – fue lo único que atinó a decir Ardilla, tras lo que se impuso un incómodo silencio – Lancelot, esta es mi amiga Nimue, aunque… – empezó el niño incómodo. – Creo que ustedes se conocían desde hace tiempo atrás.

– Me temo que te equivocas – respondió el monje con voz ahogada – ¿Por qué habríamos de conocernos? – preguntó. Nimue quiso reír, ya que era todo un orgullo para ella saber que él ni siquiera había podido acercarse a ella lo suficiente como para averiguar su verdadero nombre, él tan sólo la conocía como la "Bruja de la sangre de lobo".

– Él está en lo cierto, Ardilla. Nosotros no nos conocemos, el monje nunca consiguió ser lo suficientemente hábil, como para siquiera lograr acercarse a mí – Dijo Nimue dedicándole una mirada cargada de malicia. Había valido la pena aquel vomitivo coqueteo solo para ver su reacción estupefacta al atar los cabos y darse cuenta de que se encontraba ante la culpable de todos los problemas .

– Tengo que irme– dijo el Monje entre confundido y asustado. Nimue recordó que para él ella no era más que un demonio, una aberración. Después de todo, ella tenía las manos tan manchadas de sangre de sus hermanos como él.

– No te vas a ir – respondió Nimue firmemente.

– No recuerdo haber aceptado ser uno de tus súbditos, cómo para que me des órdenes– respondió el monje tranquilamente. Nimue rió ante su descaro.

– No te irás porque te encuentras demasiado herido para siquiera levantarte – dijo Nimue como si fuera lo más obvio del mundo – Además, yo también necesito recuperarme y la gente de esta villa tiene un retorcido sentido del humor, la única condición para permitirme permanecer acá fue que te cuidara, así que por más que me moleste estás bajo mi cuidado, y yo digo que no puedes levantarte sin conseguir desangrarte en el camino.

El monje la miró fijamente. Ella había admitido que lo necesitaba y que se encontraba vulnerable, de seguro lo había sorprendido con semejante confesión. Nimue no se arrepentía pues esa era la verdad, y si Ardilla estaba en lo cierto, ella tendría que comenzar a hacerse a la idea de que se encontraban en el mismo bando.

– ¿Mis heridas están tan mal? – preguntó el monje de repente.

– Bastante – dijo Nimue – ¿a dónde pensabas marcharte?– preguntó la chica mientras humedecía el paño con el que le limpiaba las heridas – No me digas, pensabas volver con tus hermanos, de seguro que estarán felices de verte luego de todo el desastre que has causado.

A pesar de sus burlas Nimue fue extremadamente cuidadosa con las heridas del monje. Ella sabía que lo necesitaba, al menos por ahora. Tal vez, después podría darse el gusto de matarlo, como una pequeña compensación por todos aquellos a los que había matado, desde los aldeanos de Dewsdenn, siguiendo por los miembros de la caravana, así como a los alas de luna, e incluso por aquella abadesa que se conmovió de ella cuando se encontraba en la fuga. Nimue limpió sus heridas, pero repitió aquella lista mentalmente una y otra vez, pues había acciones que no podían ni debían ser olvidadas, y los crímenes del monje se encontraban entre ellas.

– Nunca vi a nadie que me odiara tanto como tu lo haces en este momento – dijo el Monje de repente.

– Awww me conmueve – se burló Nimue – pero estoy segura de que no es cierto, deben existir por ahí muchos que te odian, más o lo mismo que yo.

– Puede ser – aceptó el Monje– pero a ellos no los estoy viendo en este preciso momento. Tienes la misma mirada de odio que me han dedicado muchos, desafortunadamente, nunca la han sostenido por mucho tiempo, ya que suele ser la última que me dedican antes de morir.

De repente, un grito desgarrador inundó la habitación. Nimue apretó fuertemente la palma de su mano en contra de su pecho, con la plena conciencia de cuánto daño le hacía con aquella acción.

– ¡Por favor no lo lastimes, Nimue! – pidió Percival quien se había quedado insolitamente callado mientras toda esta escena tenía lugar.

– No estás en posición de repartir amenazas monje, debes mucha sangre a mi gente– dijo Nimue.

– Nuestra gente– intervino Ardilla – Él también es uno de nosotros, Nimue.

Los ánimos se aplacaron ante semejante afirmación. Nimue volvió su atención al cuidado de las heridas del monje, lo hubiera dejado morir sin pensarlo dos veces. Era curioso, pero había algo increíblemente triste en la historia de aquel Fey transformado en un monje asesino, encargado de asesinar todos aquellos como él, y condenado a esconder su propia naturaleza.

–¿Qué le sucedió al caballero verde? – preguntó el Monje. Nimue pudo sentir la anticipación de Percival y se odio a sí misma por tener que darle las noticias.

– Murió – dijo Nimue sencillamente– Pedí que me fuera devuelto, a cambio de mi vida, pero cuando finalmente lo vi era demasiado tarde para él.

– ¡Es tu culpa! – gritó Percival al Monje. – tú lo llevaste ante ellos.

Después, el niño salió de la enfermería con la tristeza y la ira prácticamente brotando por sus poros. Nimue y el Monje volvieron a guardar un incómodo silencio, hasta que él decidió romperlo.

– Era un buen hombre, y un buen guerrero.

– ¿En serio? – preguntó Nimue cruelmente – es curioso que tú lo digas, considerando lo que Percival ha dicho, tienes las manos manchadas de su sangre.

– Era un buen hombre – repitió el Monje – el hecho de que estuviéramos en lados opuestos de la batalla no implicaba que no lo respetara.

– Los fanáticos no respetan a nadie que no piensa como ellos

– Tal vez yo no era tan buen fanatico como creí serlo – respondió el Monje.

– Quiero dormir, estoy exhausta, y las heridas me están matando – se quejó Nimue mientras hacía a un lado la cubeta de agua y volvía a su propio camastro– buenas noches Monje – dijo.

– Lancelot.

– ¿Perdón, dijiste algo?– preguntó Nimue.

– Mi verdadero nombre, el que me dieron mis padres Fey es Lancelot– Murmuró el monje mirándola a los ojos a través de la habitación.

– Buenas noches, Lancelot.

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tu pueblo te necesita.

Ustedes no son mi pueblo.

Entonces, diles, si es aquí a donde perteneces diles quién eres.

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Nimue abrió los ojos de repente, aquel sueño había sido muy extraño, pero no completamente sorprendente, ya que desde que era muy pequeña había tenido esa extraña habilidad de atravesar las barreras del tiempo y del espacio con aquellas extrañas visiones. La más peligrosa hasta la fecha había sido el llamado de aquel dios oscuro que causó su maldición.

Este sueño tan particular la había puesto en la memoria del monje. "Lancelot" corrigió una voz interna. Gawain y él sostenían una conversación luego de que los paladines rojos hubieran comenzado su torura. Nimue no pudo dejar de preguntarse si era real, y reflexionar en las palabras de su amigo. Él realmente quería atraer a aquel miserable Monje a su lado. Ella sabía que había un sentido práctico en las palabras del caballero verde, pues él estaba en lo cierto, Lancelot verdaderamente podría ser su mejor guerrero.

Nuevamente, aquella tristeza que la había invadido durante el día anterior volvió a invadirla, pues en aquel momento el Monje le pareció poco menos que un niño perdido, o aún mejor "un hermano perdido" como se refirió a él Gawain. Nimue sonrió para sus adentros, pues aquello era típico de su amigo el Caballero Verde, pues sólo una persona tan maravillosa como él podría sentir un grado de empatía o generosidad hacía aquel hombre que parecía poco menos que un monstruo.

– Buenos días a los dos – Dijo Mara mientras entraba a la enfermería – les traigo el desayuno, y me temo que es hora de limpiar sus heridas.

Por primera vez desde que abrió los ojos, Nimue se percató de que Lancelot no dormía, es más, la estaba mirando fijamente.

– Buenos días – saludó Nimue retandolo con la mirada.

– Buenos días – contestó él sin emoción alguna.

Mara cambió los vendajes de sus heridas en silencio, y dedicó unos minutos a las cicatrices de su espalda. Nimue no se molestó en advertirle que aquellas cicatrices nunca sanarían por completo, pues no eran heridas regulares como las de la flecha de Iris. Después, la chica le entregó una cubeta.

– Tu tienes que limpiarle las heridas y alimentarlo – dijo Mara refiriéndose a Lancelot – son las órdenes de la abuela Yaga.

Nimue se puso de pie, se dirigió hacía el monje y emprendió nuevamente la tediosa tarea del día anterior. Él tenía un poco más de movilidad, por lo que le costó un poco menos darse la vuelta y quitarse la camisa.

– ¿Por qué ayudaste a Ardilla? – preguntó Nimue sin poder contenerse.

– Es sólo un niño, iban a torturarlo, era demasiado para mi.

– Ustedes crucifican personas y las queman vivas, lastimar a un niño no parece demasiado para ti – respondió Nimue quien levantó la mirada confrontandolo.

– Puede ser, ese es un buen punto – dijo el Monje. Nimue quedó un poco confundida por su honestidad, pero le gustó, pues aquello le decía que no tendría que pelear con un falso sentido de superioridad moral de su parte. – El niño me trajo recuerdos – contestó.

– ¿De quién?

– De mí mismo – dijo Lancelot. "entonces, el sueño sí era real".

– Tu amigo – comenzó Lancelot nuevamente – Tu amigo era una persona especial, he estado pensando mucho en él – dijo. Nimue permaneció en silencio, ¿sería posible que ellos hubiesen compartido aquel extraño sueño?.

– El niño estaba en lo cierto, su muerte fue mi culpa– dijo Lancelot. Nimue sabía que aquello era cierto, pero estaba demasiado cansada de pelear todo el tiempo.

– Date la vuelta– Dijo Nimue – necesito limpiar las heridas en tu espalda– Él hizo lo que ella le ordenó y le enseñó su espalda.

– ¿Cómo te hiciste estas heridas? – preguntó Nimue – no son marcas de espada. Para ser honesta, no lucen como ninguna marca de arma, son marcas que solo dejaría un látigo.

– Eso es precisamente lo que son – aceptó Lancelot.

– ¿Ellos te las hicieron? – preguntó Nimue – porque de ser así, no me extraña que quisieras dejarlos.

– N-no fueron ellos – respondió Lancelot como si luchara con cada una de sus palabras. Nimue entendió que había llegado a un tema delicado. – yo mismo me las hice.

– ¿Qué? – preguntó ella sorprendida.

– Verás, la religión cree que el dolor purifica, te libera de tus pecados, y ser un fey es…

– Un pecado. – dijo Nimue de mala gana. Lancelot pareció luchar para explicar aquello, probablemente él sabía exactamente qué tan ridículo se escuchaba.

– Que tontería– murmuró Nimue por lo bajo mientras le seguía curando las heridas.

– Siempre quise saber – comenzó Nimue tratando de cambiar de tema de conversación – ¿Cómo supiste que yo me encontraba en la Abadía? – preguntó.

–Tu aroma– respondió Lancelot.

–¿Perdón? – preguntó Nimue algo sorprendida, pues aquello había sonado desafortunadamente intímo.

– Yo puedo identificar los fey a través de su aroma, y soy muy hábil rastreando, es un talento especial de la gente de la ceniza – explicó Lancelot.

– Si eso es así– inició nuevamente Nimue – ¿Por qué no me reconociste ayer?

– Me desperté luego de varias horas de inconsciencia, después de haber peleado con una docena de hombres altamente entrenados, y un viaje a caballo que me quitó las pocas fuerzas que aún me quedaban, tengo derecho a sentirme algo lento ¿no lo crees así?

Nimue sintió ganas de reírse al darse cuenta de que a pesar de todo el monje también podía ser sarcástico.

– Fue por eso que Carden te permitió vivir ¿no es verdad? – preguntó Nimue – tu eres la perfecta arma en contra de los fey. Tu conoces nuestros secretos, porque creciste entre nosotros. Tienes el entrenamiento natural de un verdadero rastreador, y un gran talento como guerrero. Tu eras su herramienta.

– Yo… – comenzó Lancelot. Sin embargo, de repente, él se dio vuelta, y vomitó al otro lado de la cama. Nimue estiró la mano para tocar su frente y se percató de que él ardía en fiebre. Ella se avergonzó, ya que no entendió que tan mal se sentía, pese a que había limpiado sus heridas. De repente, el Monje empezó a tener terribles espasmos que lo hicieron perder la respiración.

– ¡Ayuda!– gritó Nimue al tiempo que se ponía de pie y salía a través de la cortina de la enfermería. Después, ella volvió al lado del Monje

– Tranquilo, tranquilo – dijo Nimue en un vano intento por hacerlo sentir mejor. – todo estará bien, te sentirás mejor.

Ella no tenía idea de lo que estaba haciendo, pues hacía menos de veinticuatro horas que había pensado en matarlo con sus propias manos, pero Nimue no había caído tan bajo como para no sentir siquiera un poco de empatía por alguien que estaba a su cargo. Nimue estaba muy cansada de luchar y odiar, solo deseaba un poco de paz.


Hola a todos. Sé muy bien que nadie va a leer esto, meeeeh… ya estoy acostumbrada a obsesionarme con la plena certeza de que nadie va a leer mis fics. Mi relación con Cursed es difícil. vi una reseña de la serie en una revista y eso me motivó a verla, el primer capítulo no me impresionó, por lo que me fui a ver otra cosa mejor (El Robo del Siglo, me gustó porque me recordó a mi niñez) después volví a ella, y no sé por qué, por alguna razón que mi cerebro no comprende, me obsesioné, e incluso leí el libro original (que en mi opinión, es muy bueno, mejor que la serie) no sé que le veo a esa serie, porque honestamente no es nada del otro mundo, pero mi corazoncito hizo click, y aquí estoy publicando un fic que nadie va a leer.