Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn! no es mío, es de Amano Akira. Hago esto con motivos de entretenimiento.


Prólogo

"Vuoi ascoltare una storia?"

(¿Quieres escuchar una historia?)

«El tiempo pareció detenerse. El sonido de explosiones, de armas chocando entre sí y de gritos se desvaneció de sus oídos.

¿De quien era esa silueta que corrió en medio del caos? ¿De quién eran esas manos temblorosas que se posaban sobre una herida intentado en vano que la sangre dejara de fluir? ¿De quién eran, de quién eran esas lágrimas que caían al suelo, y esas súplicas que hacían eco por el lugar?

Eran suyas. El llanto, la desesperación, y el vacío. La impotencia de que no podía hacer nada.

No, no. Él no era nada sin él. No era nada sin su familia. No era nada. Nada. Por favor, no, no.

Eso era lo que Daemon había sentido hace tan sólo unos meses. Ahora lo sabía. Ahora lo sentía. El dolor. La desolación. Y, ¿qué hacer, qué hacer? Nada funcionaba, nada. Eso no podía estar pasando. Por favor, no podía estar pasando. No podía, no podía- »

Ieyasu abrió los ojos. Su respiración era entrecortada, sentía un sudor frío caer, y cuando volteó a ver sus manos, éstas temblaban. Incluso la vista se le empezó a hacer algo borrosa. Lágrimas.

Una triste sonrisa apareció en su cara. De entre sus labios salió una risa parecida a un lamento. Todavía no era capaz de recordar eso sin llorar. Aunque Ugetsu le dijera que era normal y que estaba bien, él no sentía que estuviera bien (después de todo, había sido su culpa. Su culpa.)

Intentando calmarse, dirigió su mirada hacia el cielo. La puesta de sol que se podía apreciar desde la entrada de su casa no hizo que el dolor en el pecho de Ieyasu desapareciera. Era una vista hermosa, pero que le hacía recordar otros tiempos que ahora, bajo el velo de la nostalgia, eran algo amargos. Pero, ¿no era eso la nostalgia? ¿una mezcla de felicidad y tristeza?

— ¡Papá, papá! — cambiando la mueca de cansancio por una sonrisa cariñosa casi al instante, volteó hacia la entrada de su hogar y vio a un pequeño de cabellos castaños corriendo animadamente hacia él.

— Yoshimune(1) — Ieyasu contuvo una risa ante el gran abrazo que le daba su hijo — ¿Qué sucede?

— ¡Puedo dormir tarde hoy! ¡Eso significa que puedes contarme de una vez quienes son ellos!

Frío y repentino como un balde de agua fría que le fuera aventado sin ninguna advertencia. Había esperado al menos tener la noche para meditar bien lo que iba a decir, ahora eso no era posible.

— ¿Papá? — Yoshimune dijo dubitativo. No le gustó el cambio repentino en el rostro de su padre — ¿Te encuentras bien?

— ¿Estás seguro de querer escucharlo ahora? — sin responder a la pregunta de su hijo, contestó con otra interrogante — La historia es bastante larga y-

— ¡No importa que lleve toda la noche! — interrumpió con ahínco — ¡De seguro es una historia impresionante!

Ahí estaba; no tenía escapatoria. Menos aún con la ojitos esperanzados del pequeño que le rogaban le contara quienes eran esas personas que estaban en la foto de su reloj de bolsillo, que significaba la leyenda "Givro eterna amicizia" que se podía leer marcada en el reloj así como el escudo familiar, y porque las manecillas se encontraban paradas en la hora 12:04.

Unos días atrás, Yoshimune lo había visto contemplando con una extraña mirada (a las propias palabras del menor, aunque él las definiría más bien como una gran añoranza y melancolía) al reloj, y Ieyasu accedió a dárselo para que le diera una pequeña ojeada con la condición de que fuera en extremo cauteloso con el aparato. Notando la seriedad de sus palabras, Yoshimune había observado el reloj como si fuera el objeto más frágil y delicado del mundo; fue entonces cuando le pidió que le contara el origen de éste.

Lo malo era que Ieyasu aún no se sentía con el valor de contarlo todo. Tal vez podría narrar el primer deseo, los primeros encuentros, y las primeras bromas, e incluso reírse ante los recuerdos; sin embargo, no estaba seguro de poder relatar los últimos capítulos de aquella historia sin llorar. Pero se lo había prometido a su hijo, y después de tantas promesas que dejó inconclusas, no tenía ganas de añadir otra a la lista, por más pequeña que fuera.

Sintiéndose más débil que nunca en su vida, el padre tomó la mano de su hijo y avanzó hacia el interior de la casa. Los ojos infantiles lo miraron fijamente en una mezcla de curiosidad y preocupación. Tal parecía que Yoshimune había heredado de su padre esa intuición para leer a los demás.

— ¿Sabes dónde está Italia?

— ¡Por supuesto! — respondió — Es el país de la bota.

El padre rio.

— Exactamente, el país de la bota — confirmó — Todo empezó ahí.

La puerta se cerró detrás de ellos. Yoshimune, emocionado, no tardó en encontrar su lugar de espectador cerca de la entrada al jardín. El niño le sonrió a su padre, animándolo para empezar. Era como si su hijo supiera que una parte de él necesitaba externarlo. Necesitaba recordar, reír y llorar. Tal vez así la herida empezaría a sanar.

Así, Sawada Ieyasu empezó a contar su historia.

— Todo comenzó con un sueño…


Palermo, Italia; 1932

El sonido de sus pisadas hizo eco, pero para su suerte, nadie apareció. Yoshimune agradeció aquello pues, en esos momentos, no tenía ánimos que alguien lo escuchara y viniera a irrumpir. Su estado emocional no estaba para aguantar a más personas sorprendidas.

Al menos parecía que le tenían respeto a ese lugar.

La cripta de la familia era un espacio impresionante. Columnas de mármol blanco se elevaban al techo con forma de cúpula, cada una con su propia lámpara para alumbrar la estancia. Cuando se entraba lo primero que se veía era un amplio salón totalmente blanco, con asientos de madera al estilo eclesiástico y un altar al fondo. Si uno caminaba hacia al altar y daba vuelta a la derecha a la altura de éste, se encontraba con un gran pasillo que daba directo hacia una reja de un color dorado finamente elaborada y llena de ornamentos de acero. Abierta la reja, unas pequeñas escaleras de no más de medio metro daban acceso a la sala donde yacían los restos de los más destacados miembros de la familia:

La sala de los jefes Vongola y sus guardianes.

Pese al increíble poderío de la familia, la sala era el refugio de ya seis generaciones. El Sexto había muerto de forma reciente hace no más de un año al finalizar la gran guerra entre familias que hubo. El Séptimo, Fabio, asumió el cargo días después de ganar la batalla de los anillos.

La localización de las tumbas en el salón era única. Las tumbas de los primeros estaban colocadas en el muro del fondo de la gran sala, siendo las primeras que veías debido a la ostentador de éstas y a su ubicación de frente a la entrada. A los laterales se encontraban localizados los espacios para las siguientes generaciones.

Las esculturas que se encontraban al lado de las tumbas eran una obra de arte digna de admiración: la piedra tallada parecía cobrar vida. Las facciones bien delineadas y las arrugas de la ropa, así como el detalle que poseía inclusive el cabello, te hacía pensar que en cualquier momento, los antiguos miembros despertarían a través de la roca y empezarían a hablarte.

Yoshimune dudó cuando estuvo cerca de dos generaciones en especial:

La segunda generación, y su tío Riccardo.

La primera generación. Las personas de la foto en el reloj, y su padre.

En cada una de las tumbas vio a aquellas personas que de alguna manera ya conocía a través de las historias, de la risa, y el llanto.

La estatua del Segundo retrataba su poderío y ferocidad con su mirada penetrante y su rostro serio. Todavía era difícil para él aceptar que zio Riccardo había muerto incluso antes que su padre; su indomable fiereza era difícil de rivalizar (no por nada se había ganado el título de: "El temor del bajo mundo"). Hubiera deseado conocerlo más allá de recuerdos, era familia, después de todo.

Al ver la tumba del Primero recordó como los Vongola le habían agradecido con exagerado entusiasmo el gran favor que le hizo a la famiglia de comunicarles que Primo llevaba tiempo muerto y que su deseo era que descansara en su tierra natal. Yoshimune se había prometido que llevaría los restos de su padre a Italia.

Cabe destacar que no lo hizo por ninguno de los altos miembros actuales; no quería relacionarse con hombres de palabras dudosas y comportamiento contradictorio. Lo había hecho por él. Él estaba en Italia y había revelado su identidad porque quería que él yaciera en la tierra que amó y protegió, junto a las personas que fueron su familia.

Su mirada se posó en la estatua. Era extraño ver a su padre de esa forma, con el traje formal y los guantes en sus manos denotando fuerza y grandeza. Pero pese a todo, logró reconocerlo en sus facciones: No reflejaban altanería ni superioridad; eran suaves y valerosas.

El escudo de tranquilidad y entereza que Yoshimune había erguido en su persona desde el día en que su padre falleció comenzó a desmoronarse. Alargó la mano para poder tocar la escultura; el frío de la roca al tacto lo recibió, y con éste, una presión en el pecho. Por muy realista que el tallado fuera, no era él; no podía sentir su siempre presente calidez. Él se había ido, había muerto, y lo único que Yoshimune pudo hacer fue llorar, dejar que las lágrimas que había retenido fueran liberadas.

Papá — le susurró a la piedra, a la representación de la persona que más había querido en el mundo — Pronto, estarás de nuevo con tu familia. ¿No es algo bueno?

Hubiera podido quedarse ahí eternamente, pero un escalofrío repentino le recorrió el cuerpo. Alerta, posó su mirada en cada rincón del gran salón. La intuición heredada de su padre empezó a gritarle dentro de su cabeza con frenesí.

Cuando su mirada se encontró con una tumba en especial, su cuerpo se tensó. Dudoso, dio unos pasos hacia ella.

Daemon Spade lo saludó con su clásica sonrisa grabada en su estatua.

Cuidadosamente ubicada de forma en que la tumba pudiera pertenecer tanto a la parte de los primeros como de los segundos, el lugar de descanso del Guardián de la Niebla no era uno relativamente nuevo. El único sobreviviente de la Segunda generación había muerto unos días después de que Riccardo falleciera, o al menos, eso fue lo que le habían dicho.

— Oh, ¿había alguien aquí?

Yoshimune volteó al instante, alejando su mirada de la tumba. Ahí había un joven de más o menos veinte años en la entrada del salón, con cabellos negros y un aspecto nervioso.

— ¡Perdona! Me pidieron checar que todo estuviera en orden. Ha habido tantos funerales últimamente que Settimo quería asegurarse de que todo estuviera bien y…

El chico calló en el momento exacto en que lo miró. Sus ojos lo escrutinaron con tanta intensidad que Yoshimune pensó que estaba hurgando dentro de su ser, buscando, quitando capa tras capa de fútiles disfraces hasta llegar a su verdadero yo.

Los ojos del joven se abrieron. La sorpresa y el reconocimiento deformaron su gesto, y sus pies dieron unos pasos hacia atrás.

Mio Dio, eres su hijo.

Yoshimune ladeó la cabeza. Un sentimiento que no sabía cómo definir se asentó en su pecho.

— ¿Te conozco? — preguntó con sincero interés. Los pasos que el chico había retrocedido, Yoshimune los dio hacia delante. Estaba casi seguro de que la respuesta era afirmativa. Ya lo había visto; se habían visto.

¿Cuándo y cómo?

— Yo, eh… — balbuceó— Es difícil no reconocer al hijo del fundador, fue un caos cuando todos se enteraron que existía otra línea sanguínea. ¡Quiero decir! No es que sea algo malo. Y varias personas siguen hablando de ti, ¡no es que yo ponga mucha atención! Es sólo que- — y siguió excusándose, contando cosas incomprensibles en el proceso, nervioso hasta los huesos. Daba gracia verlo, y por eso mismo, el hijo de Primo se echó a reír con tantas ganas y clamor que el sonido hizo eco en las paredes de la cripta.

Fue durante unos segundos, pero Yoshimune estuvo seguro de verlo. El chico había volteado rápidamente, mirándolo como si hubiera reconocido el gesto, reconocido la risa. Luego, su expresión volvió a cambiar a la preocupada y nerviosa que tenía cuando llegó y lo vio. Un cambio de máscara inmediato.

— Perdóname a mí. Realmente no debería de estar aquí, pero… — Yoshimune volteó a ver la estatua de su padre, tan gloriosa y distante a la vez — Quería verlo una vez más. Lo necesitaba — dijo con sinceridad, limpiándose con el dorso de la mano el resto de las lágrimas que todavía surcaban su rostro.

El joven dio unos pasos vacilantes y observó a la tumba de Primo Vongola con expresión indescifrable.

— ¿Por qué regresar a Italia? — preguntó — ¿Por qué no dejarlo quedarse en donde se había ido?

— Porque ahí no estaba su familia.

El chico volteó a verlo, confuso. Yoshimune pudo detectar en ese pequeño gesto más sinceridad que en todo su actuar anterior.

— Tú eres su hijo.

— Lo soy.

— Eres su familia.

— Sí. Pero ellos también lo eran — al decir estas palabras, Yoshimune movió el brazo de forma suave, señalando a las tumbas enfrente suyo — Lo fueron durante mucho tiempo.

Lo fueron, eso es pasado — el joven respondió con un ceño fruncido — Él se fue; los lazos se rompieron hace años. Bajo ese escenario, ¿por qué realizar la acción innecesaria de volver? — negó con la cabeza en un claro signo de frustración — Incluso en el hipotético caso de que esa peculiar conexión siguiera presente, algo inverosímil teniendo en cuenta las circunstancias, la muerte no es algo que se pueda revertir. El hecho de engañarse a uno mismo con la ilusión sentimentalista de un reencuentro entre gente que ya hace tiempo ha fa- — detuvo su soliloquio al notar la mirada de intriga del hijo de Giotto, sus ojos de ese mismo toque naranja como los de su padre lo observaban con atención. Las palabras se atoraron en su garganta, y con una mueca estampada en su rostro, dirigió su vista hacia otro lado.

Yoshimune sonrió. La forma de hablar y el tono que su compañero usó tenían un sello particular que toda persona reconocería. Era el actuar de alguien educado y engreído, arrogante pero discreto.

Era el porte de un aristócrata.

En Vongola, lo imposible se volvía posible.

— Lo que dices es cierto. Puede parecer una tontería lo que quiero hacer teniendo en cuenta que todos sus guardianes han muerto. Es sólo que… — una pausa, un momento para pensar bien las palabras que iba a decir a continuación. La persona a su lado se merecía la explicación más sincera que pudiera dar — Papá nunca los olvidó. Ni un solo día pasó sin que pensara en ellos.

La mirada escéptica que le dedicó el contrario hizo que soltara una pequeña risa. He ahí alguien que no creía en sus palabras.

O más bien, tenía miedo de creerlas.

— ¿Cómo decirlo? Su corazón estaba tan unido y atado al de ellos por un lazo formado por los hilos de preciosos recuerdos que compartieron que cada segundo lejos de esta tierra y de su querida familia era un martirio. Un castigo autoimpuesto por la sola idea de que les falló; de que les había fallado justo a las personas que más importaban. Por eso decidí ayudar a papá a regresar a su hogar, para que la pena terminara, y pudieran volver a estar juntos, al menos en espíritu. Dudo que a ellos les moleste este hecho; ¿no crees?

Un suspiro triste rompió un silencio pesado.

— No, no realmente — admitió — Todos ellos hubieran estado felices de volverlo a ver y estar de nuevo juntos.

— ¿Todos ellos? — Yoshimune cuestionó — ¿Realmente lo crees? A decir verdad, tenía algo de miedo. Siendo un grupo de siete, tal vez…

Otro silencio. La mirada del joven se posó en las tumbas, y en ese pequeño gesto, alguien atento encontraría los dejes casi imperceptibles de un brillo triste reflejado en las pupilas y una expresión melancólica en los rasgos. Alguien atento como Sawada Yoshimune.

— Todos ellos — confirmó — Sin ninguna excepción.

"¿Escuchaste eso, papá?"

— Me alegra escucharlo. Es un alivio.

Parte del peso en su corazón desapareció. Desde el momento en que había escuchado la historia de su padre, su deseo había sido que todos los guardianes hubieran apreciado sus lazos tanto como Giotto lo había hecho. Todos, sin ninguna excepción.

Era reconfortante ver que su anhelo era real.

— ¿Cuál es tu nombre? — preguntó. Si seguir con ese pequeño juego de disfraces y apariencias era necesario para mantener ese inesperado encuentro, Yoshimune podía seguir jugando el tiempo necesario — Perdona mi descortesía, y pensar que hemos estado hablando sin conocer esa información elemental.

El chico parpadeó un par de veces con suspicacia antes de responder.

— Daniel Stefaggio.

Incluso había escogido un nombre que también empezaba con D, Yoshimune pensó con diversión.

Su zio Daemon era alguien curioso.

— Gian Vongola — se presentó. Había adoptado un alias italiano cuando decidió hacer todas aquellas peripecias. Amaba a su padre, y por eso no iba a tirar a la basura sus esfuerzos por que no se conociera su paradero después de retirarse, ni los de él ni los de su familia sanguínea. Tal vez más adelante, los descendientes de Primo podrían identificarse sin necesidad de alias ni secretismos, pero era muy pronto por ahora.

Aunque, no importaba mucho como se presentara. Después de todo, esa persona sabía su verdadero nombre y donde encontrarlo si quería ir a por él o su familia.

Siempre lo supo, pero nunca había intentado hacerles daño.

— Dime, Daniel. ¿Quieres escuchar una historia?

— ¿Una historia?

Yoshimune asintió.

— La de mi padre. La de ellos — respondió — Me la contó hace unos años debido a mi insistencia, y se ha quedado grabada a fuego en mi mente desde entonces.

Daniel parecía interesado. Yoshimune sonrió.

— Tomaré eso como un sí — declaró en tono victorioso — Entonces, vamos a ver…

Se sentó en el suelo de mármol y miró hacia las estatuas de su padre y sus compañeros. Sin hacer el menor ruido o mostrar la menor afectación, Daniel se colocó a su lado.

— Todo empezó con un sueño. El sueño de un niño atrapado en medio del caos mundo.

Sus palabras hicieron eco.

— La violencia era la ley a seguir, el dolor el constante de vida y la muerte el único final deseable.

Podía escucharlo. Podía escuchar la voz de su padre decir las mismas palabras. Estaban guardadas en su mente, tan claras y nítidas como si la historia hubiera sido contada hacia apenas unos minutos.

— Giotto era su nombre. De sueños demasiado grandes y fantasiosos, el niño tenía un único deseo: Ser capaz de proteger.

Siempre que pensaba en el inicio, no podía evitar sentirse algo tonto. Cuando su padre le contó la historia la primera vez, Yoshimune no sabía que el verdadero nombre de su progenitor era Giotto. Al principio, creyó que ese niño era un amigo suyo, y que iniciar con él era la mejor forma de explicar a las personas del reloj de bolsillo y su propia historia. Mientras más iba avanzando, Yoshimune entendió.

Su padre era Giotto Vongola.

Su hogar era Italia.

Su familia eran sus guardianes, sus preciados amigos y compañeros.

Su historia era única y digna de contarse.

— Así de imposible cómo lo ves, Giotto no estaba solo. Había personas, personas igual de dementes que él que compartían el mismo sueño. Cada uno de ellos era diferente y a la vez idéntico. La edad, la clase social, la nacionalidad, nada de eso importaba, pues lo que los unía valía más que todo. Su deseo de cambiar el mundo a mejor era más fuerte.

Por el rabillo del ojo, pudo notar como Daniel sonreía de medio lado. Una sonrisa entre orgullosa y nostálgica.

— Esta es la historia de la fundación de Vongola.


(1) Sawada Yoshimune: Cuando se muestra el árbol genealógico de Vongola, ese es el nombre del hijo de Giotto.

¿Qué puedo decir? Adoro a la Primera Generación con todo mi ser, y su historia se me hace de lo más interesante, es una lástima que Amano no nos diera más de ellos en el manga. Suerte que esta la saga de la herencia en el anime para calmar un poco las ansias.

Tenía muchas ganas de escribir a Giotto como padre y la interacción con su hijo. En mi mente melodramática, estoy segura de que era un padre fenomenal, y Yoshimune lo adoraba.

¡Gracias por leer!