Rose Weasley era una chica poco común. Primero, era hija de dos de las tres personas más famosas del Mundo Mágico. Segundo, jamás había sacado una calificación menor a Extraordinario, y tercero, Rose creía que podía estar embarazada, siendo su novio completamente prohibido y secreto.
Sus sospechas habían comenzado ese mismo día, cuando durante el desayuno le pareció que la comida, que normalmente le apetecía tanto que su mente se nublaba y dejaba de pensar hasta haberse saciado, tenía un olor insoportable. Los sándwiches y cereales se veían deliciosos, y Rose vio a su novio, Scorpius Malfoy, comiendo con entusiasmo en la mesa de Slytherin, pero ella, sentada donde iban los Gryffindor, tuvo la imperiosa necesidad de levantarse y vomitar en el primer baño que se le cruzó en el camino. Con el pecho agitado, Rose se recargó en la puerta del baño para tranquilizarse. No era ingenua, sabía lo que aquello, junto a su retraso de seis días, podía significar. Sabía que había razones de sobra para que fuera posible.
Todo había comenzado, Rose recordaba, durante el verano, en la fiesta de cumpleaños de su primo Albus. Tío Harry y tía Ginny habían accedido a permitir que Albus diera una fiesta en el jardín de su casa mientras ellos y los padres de Rose pasaban unos días en Londres, aunque Albus había tenido que jurar que no habría problemas, que nadie se descontrolaría, y que no sería necesario que tío Harry tuviese que sacarlos de Azkaban. El día llegó. Ron y Hermione Weasley llevaron a sus dos hijos a la casa de su mejor amigo, se despidieron con amor y les pidieron que se portaran bien. Pero Rose no escuchaba nada, el corazón le latía con fuerza y cuando por fin lo vio, charlando junto con Albus sentados en la orilla de la piscina, Rose quiso correr y besarlo ahí mismo. Tuvo que detenerse, claro, porque el problema era, y aquello complicaba tremendamente todo, que aunque Scorpius y Albus eran mejores amigos, nadie sabía que él y Rose mantenían una relación amorosa.
El motivo de que su relación fuera tan secreta era que sabían que si sus padres se enteraban terminarían aquel romance de inmediato. No importaría entonces que Scor y Al fueran amigos, o que Ron Weasley, el padre de Rose, se viera obligado a soportar la presencia de Scorpius en las fiestas de cumpleaños y algunas navidades. Si lo descubrían, lo único que importaría serían viejas rencillas de las que Rose y Scorpius no tenían conocimiento preciso pero que sabían que estaban ahí. Porque el papá de Rose y el papá de Scorpius se odiaban.
Rose notó que Scorpius también se contenía. La saludó con un abrazo cordial, y Rose sintió que su piel se electrizaba cuando él dejó su mano sobre su brazo unos segundos más de lo necesario. Después de eso, buscaron cualquier excusa para escabullirse. Un poco más tarde, Rose vio que Hugo salpicaba a Lily en la piscina, Albus coqueteaba con una chica de Gryffindor (él era Slytherin) y la mayoría de los invitados estaban tan borrachos que no recordaban su propio nombre. Scorpius se deslizó dentro de la casa sin ser visto, y Rose le siguió unos minutos después.
No fue la primera vez. Había un amplio historial de ellos amándose en la Sala de los Menesteres, pero esa vez fue, de alguna forma, especial. Llevaban semanas sin verse. Se extrañaban con locura. Rose sólo fue consciente de sus besos embriagadores y de la forma en que la sostenía, como si ella fuera todo lo que él siempre había deseado. Y Rose sabía que era verdad.
Había pasado un mes desde la fiesta, y ahora se enfrentaban a los primeros días de su sexto curso en Hogwarts. Rose había pasado los primeros días tratando de fingir que aquello no estaba pasando, pero ya no podía. Era una Gryffindor, al fin y al cabo.
Había un solo hábito que Scorpius Malfoy había adquirido a través de sus años siendo mejor amigo de Albus Potter, y ese era el gran apetito incontrolable de los Weasley. Pero incluso cuando su mente sólo podía pensar en el delicioso sándwich de pollo que desayunaba, su corazón le dijo que algo no estaba bien cuando vio a Rose huir del Gran Comedor con una mano sobre los labios. Dejó el sándwich en el plato, tomó sus libros y le dijo a Albus que había olvidado una tarea en su habitación. Sólo alcanzó a ver las trenzas pelirrojas de su novia cuando ella se encerró en el baño, y no pudo hacer más que esperar a que saliera.
A Scorpius se le hizo el habitual nudo en la garganta. Se sentía terrible por mentirle a su mejor amigo. Scorpius se decía que era por su bien. Rose y él no querían meterlo en medio de la ira de sus padres. Sabían lo protector que Albus podía ser con sus amigos y no querían que terminara enfrentando varitas con alguien por ellos.
El pasillo estaba solo a esa hora, cuando todos los alumnos se preparaban para comenzar el día en el Gran Comedor. Rose salió del baño un segundo después, su cara más pálida de lo normal. Compuso una expresión de alivio en cuanto lo vio y se acercó para enterrar su cara en el pecho de Scorpius, arriesgándose un minuto sólo porque necesitaba fuerza.
—Rose, ¿estás bien?
Ella se quedó inmóvil un momento, sin saber exactamente qué contestar. Tomó aire, Alzó la mirada y sus ojos conectaron con los de Scorpius, y bastó ese instante para que las palabras pudieran salir de sus labios.
—Scorpius, creo que puedo estar embarazada.
Scorpius le sostuvo la mano. Parecía un poco sorprendido, pero sobre todo firme. Su expresión decidida le hizo saber a Rose que no iba a dejarla sola, de ninguna manera.
—¿Cómo podemos averiguarlo?
—Creo que hay una poción en algún libro de la biblioteca. Lo buscaré hoy y trataré de hacerla lo más pronto posible.
Scorpius asintió. Notó que Rose temblaba un poco y volvió a jalarla en un abrazo.
—Tranquila, estaremos bien.
Rose, escondida en él, quiso creerle.
No se pudo concentrar en ninguna de las clases que tuvo ese día. Como de costumbre, contestaba todas las preguntas que le hacían y obtenía puntos para Gryffindor por eso, pero en cuanto el profesor desviaba su atención de ella, su mente volvía a la poción que había encontrado en un libro de la biblioteca. Era fácil, en realidad: no necesitaba más que una raíz de jengibre, dos gramos de polvo de albahaca y un chorrito de esencia de romero. Parecía más un té que una poción, y Rose podría hacerla en las cocinas apenas tuviera tiempo libre. Pero no creía que fuera tan sencillo ver el resultado. Para empezar, había bloqueado a Ron y Hermione Weasley de su mente, porque si pensaba en ellos no tendría el valor para hacerlo. Por otro lado, no sabía cómo sentirse. Podría decir que estaba aterrada, que no quería tener un bebé a esa edad, y que desearía que todo fuera sólo un mal sueño. Pero sólo algunas de esas cosas eran verdad: por supuesto, estaba aterrada, pero cualquier persona que tuviera una personita creciendo en su interior lo estaría, ¿no? No quería tener un bebé a esa edad, pero mientras más lo pensaba, se daba cuenta de que la idea de ser madre no le desagradaba. Sobre todo porque dejó de llamarlo "un bebé" y comenzó a pensar en él como "el hijo de Scorpius Malfoy". A Rose eso le sucedía sólo con Scorpius: parecía que su corazón sentía que, mientras estuviera con él, podía con todo. Aquello no significaba que no estuviera confundida, entumecida y asustada en niveles estratosféricos.
Rose se escabulló a las cocinas tan pronto como pudo. Los elfos domésticos no se sorprendieron mucho cuando la vieron. Con tantos niños Weasley habitando Hogwarts, lo más natural era que su apetito les exigiera adentrarse en aquellos terrenos. Le consiguieron los ingredientes que necesitaba para la poción mientras ella prendía el fuego y ponía el caldero a hervir.
Mientras Rose mezclaba los ingredientes y revolvía, tal como decía la receta, la cocina fue adquiriendo un olor tranquilizante. Para cuando Scorpius llegó, por lo menos el corazón de Rose había dejado de latir tan intensamente.
—¿Está casi lista? —preguntó Scorpius, sentándose en un banco junto a ella. Ella asintió. —Rose, ¿estás bien?
Ella se mordió el labio, lo cual le dio a Scorpius la respuesta instantáneamente. Él la conocía tan bien. Podía leerla perfectamente. Fruncía el ceño cuando algo le disgustaba, su nariz se arrugaba un poco cuando se concentraba, tendía a jugar con sus manos cuando estaba más contenta que de costumbre… y se mordía el labio cuando sentía que las palabras no le saldrían de la boca. Él suspiró y la abrazó, sintiéndose inundado de inmediato por su olor. No necesitaba estar frente a un caldero de Amortentia para recordar a lo que olía para él: era una mezcla curiosa de pastel de caldero y relleno de calabaza, y un ligero toque de ranas de menta. Y cuando los olía casi se la podía imaginar como el verano anterior: sentada afuera de la madriguera, con su vestido de verano morado resaltándole la blanca y pecosa piel, su cabello sujetado en dos trenzas y los dedos manchados por los pasteles que comía en ese momento. Scorpius no había podido resistirse a ella así.
Por eso no pensaba dejarla sola, ni loco. No importaba lo que dijera el resultado.
—Está lista —anunció Rose. Miraba el caldero con aprensión, como si de pronto pudiera explotar.
—¿Qué hay que hacer ahora? —inquirió Scorpius.
Rose suspiró.
—Debemos dejar que enfríe y después… después meteré dos dedos durante cinco minutos. Tú debes ayudarme a contarlos. Si se pone rojiza estaremos tranquilos, pero si es verde… bueno, ya sabes.
Scorpius asintió solemnemente. Después comenzó a contarle a Rose que Albus había convertido sus propios zapatos en jalea durante transformaciones, y que Henry Flint se había quedado dormido en pociones y sus compañeros le habían echado mocos a su caldero. Rose agradeció aquello, porque sabía que intentaba distraerla y, de hecho, funcionaba. Luego la poción se enfrió, y ya no pudo evadirlo. Estaba a pocos minutos de saber algo que podría cambiar su vida para siempre. Se sentía nerviosa, confundida, el corazón parecía que se le iba a salir de la garganta.
Entonces sintió que Scorpius entrelazaba su mano con la de ella, y metió los dedos en el caldero.
Lo miró y sus ojos grises le devolvieron la mirada. Trató de no pensar en otra cosa que no fuera el gris envolviéndola. Scorpius le apretó suavemente la mano.
—Es hora, Rose.
Ella sacó los dedos, se acercó al caldero y miró el agua intensamente, sin saber qué color deseaba que fuera. Pero la poción no tardó en funcionar, y veía un líquido del color del musgo, verde como el pasto de la primavera. Dio un paso atrás, queriendo huir. Pero, ¿cómo podía huir de algo que iría con ella adondequiera que fuese? Se derrumbó en los brazos de Scorpius y lloró. ¿Cómo iba a decirles a sus padres? Ni siquiera sabían que estaba enamorada de él, ni que eran novios.
Scorpius trató de que la voz no le temblara mientras le decía cosas tranquilizadoras al oído. Él mismo se sentía como si le hubieran golpeado la cabeza con un caldero de oro macizo. Ella estaba embarazada. Rose llevaba a su primogénito en el vientre. No sabía qué sentir. El sentido común le decía que debía estar asustado, pero Scorpius tenía una sensación curiosa recorriéndole la piel, aunque no supo ponerle nombre.
