CAPÍTULO UNO

El rugido enfurecido del Dragón llenó el aire, su envergadura proyectaba una gran sombra en la tierra. Su presa se convirtió en nada más que en una mota cuando la nave en la que se encontraba escapó de la atmósfera del planeta. Con un último rugido de desafío, que el Dragón sabía que el general Terron nunca aceptaría, se volvió y examinó el campo de batalla a continuación; cuerpos regados por todos lados. Algunos eran Terceirans, la especie con la que luchaba y por la que luchaban el Dragón , pero la mayoría de ellos eran soldados Varana que quedaron atrás cuando su líder huyó.

Finalmente habían salidos victoriosos sobre la horda invasora Varana, pero el costo había sido alto. El planeta diezmado, Terceira y sus habitantes fueron casi aniquilados antes de que llegara suficiente ayuda en forma de dos Dragones, y las naves se llenaron con los combatientes más feroces de todos los rincones del universo.

Aun así el General Terron había podido escapar.

Eso enfureció al Dragón porque significaba que tendrían que pasar por todo esto nuevamente cuando Terron atacara a otro planeta cuyos habitantes eran más débiles que él. El Dragón casi tuvo a Terron, pero el General se escapó cuando Dafydd, el líder de los Terceirans, fue rodeado por cinco Varanas. El poco tiempo que le llevó salvar a Dafydd le permitió a Terron escapar.

Cuando sus grandes patas con garras tocaron el suelo, el Dragón cambio a lo que se conocía como su forma de bestia de batalla, un tipo diferente de máquina de matar; una que se paraba y funcionaba mejor en espacios reducidos. Su bestia de batalla tampoco mataba a todos a su paso, solo a los enemigos.

-Terron se escapo- Dafydd camino hacia la bestia de batalla, sus ojos mirando al cielo -no deberías haber venido en mi ayuda, Edward.

-Tu gente no había sobrevivido sin ti Dafydd- gruño la bestia -matare al General otro día.

-Pero hasta entonces, otros sufrirán como mi gente- Dafydd suspiró profundamente.

-Si esa es la voluntad de Kur.-

Ben se encontró de golpe sobre su espalda por tercera vez y esta vez jadeo mientras trataba de recuperar el aliento.

-¡Kur, Edward! ¿Qué estás tratando de hacer?- jadeo -¿matarme? ¡se supone que debemos estar entrenando! ¡estás atacando como si fuera el General Terron!-

Edward se obligó alejarse un paso de su amigo. Ben era un Dragón Menor y por lo tanto más pequeño y más débil que el, sin importar su color. ¿Qué le pasaba? Ben tenía razón. Estaba atacando como si quisiera matar. Había pasado un mes desde que habían vencido a los Varana en Terceira. Si bien no le gustaba permanecer en su forma de otro durante tanto tiempo, era necesario cuando viajaba en el espacio. Si no lo hacía, su bestia de batalla se desbocaría y su Dragón… bueno, no había una nave lo suficientemente grande como para contener a un Dragón Primario en su forma de Dragón.

La nave en la que se encontraba actualmente, el Inferno, los devolvía a su hogar en Mondu. El Inferno estaba patrullando esta parte distante del universo cuando recibieron la llamada de auxilio de los Terceirans. No fue hasta que no llegaron a Terceira que alguien se dio cuenta de lo grave que era realmente la situación. Los Varana estaban lanzando un asalto total contra Terceira y ya habían matado a la mitad de los habitantes del planeta. Ben inmediatamente solicitó que se enviará a otro Dragón para ayudarlo, Edward se ofreció como voluntario para ayudar a su amigo.

Girando sobre sus talones, Edward se movió para mirar por la ventana de observación del Inferno. Antes de regresar a casa, se detenían en el pequeño planeta que podía ver crecer en la distancia. Algunos de los machos deseaban pasar un tiempo de recreación con las hembras locales.

Edward estaba viendo por primera vez este pequeño planeta y su luna, ya que la nave que había llevado a Terceira había utilizado una ruta mas directa. Ben y esta nave se detuvieron en este planeta hace casi un año. De lo único que Ben podía hablar era de cómo no podía esperar para experimentar a la mujer que conoció hace un año. Victoria.

Todos los hombres en la nave habían sido recompensado con historias de su voluntad no solo de producir sonidos fuertes, sino de usar todos sus orificios. Había solicitado que la invitaran a volver a la "reunión" como la llamaban, y le informaron que había aceptado. Era la envidia de todos los hombres de la nave.

Edward miró la luna del planeta, y cuando lo hizo que tiraba de él, llenándolo de una extraña necesidad. Un escalofrío de cuerpo completo atravesó su enorme cuerpo, y miró hacia abajo en estado de shock al ver sus garras clavándose en el riel de metal que estaba agarrando y escuchó a su Dragón silbar fuertemente en su cabeza.

¡NO! Esto no podía estar sucediendo ¡aquí no! ¡ahora no!

-Edward…- Ben se acercó con cautela. Aunque él y Edward habían sido amigos durante cientos de años, nunca lo había visto así antes. Edward era un Dragón Primario, una Negro, el más fuerte y poderoso de su clase. Podría destruir fácilmente a Ben si quisiera -¿Hay algún problema?-

-¡Kur, si!- Edward se dio la vuelta y sus ojos alargados hicieron que Ben retrocediera un paso sorprendido -¡Estoy empezando mi calor de unión!-

-¡¿Qué?! ¡¿Aquí?! Pero es…-

-¡No! Solo han pasado cuarenta y seis años desde mi último calor- ambos sabían que un Dragón solo entraba en un calor de unión cada cien años.

-¿Cómo es posible entonces?- preguntó Ben.

-No lose, ¡pero cuanto más nos acercamos a la luna de este planeta, más fuerte te vuelve!-

-Entonces te ofrezco a Victoria- le dijo ben de inmediato a pesar de que su propio Dragón rugió en protesta.

-¿Qué?- Edward lo miro es estado de shock, sabiendo cuanto ben había estado esperando estar con esta mujer de nuevo.

-Victoria es una mujer muy complaciente. Ella responderá con entusiasmo a todas tus necesidades y como he dicho, esta muy dispuesta a dar sus sonidos de placer. Lo necesitarás durante este calor.-

-Ella debe ser tuya- dijo Edward.

-Lo se, pero ambos sabemos lo que sucederá si alcanzas tu calor máximo antes de encontrar una hembra dispuesta-

-Mi bestia se desbocara.-

-Y tomará a cualquier hembra disponible disponible hasta que encuentre una que lo satisfaga.-

Edward suspiró profundamente porque sabía que las palabras de ben eran ciertas. Era por eso que un Dragón macho siempre se preparaba cuidadosamente para su calor inminente. Un calor que debería haber sabido que llegaría durante meses, no solo horas. ¿Por qué era este tan diferente? Deseo poder contactar con su padre y preguntarle.

-Gracias mi amigo. Acepto el uso de tu Victoria. Cuando volvamos a Mondu, encontraré la manera de devolverte el dinero.-

-No matarme durante el combate es suficiente pago- Ben sonrío. Volviendo a una posición de combate, no queriendo que Edward supiera lo verdaderamente preocupado que estaba. La luna de un planeta no debería ser capaz de activar el calor de unión de un Dragón. Necesitaba hablar con el sanador lo antes posible -¿Listo?-

Edward se movió para pararse frente a ben asumiendo una posición de combate. Sabía lo que estaba haciendo su amigo y también podía ver la preocupación que estaba tratando de ocultar. Solo los Dragones extremadamente viejos experimentaban calores de unión repentinas. Era por que nunca encontraron a sus compañeras y estaban perdiendo el control de su Dragón. Esos Dragones eran acabados eventualmente porque eran una amenaza para todas las mujeres.

Eso no podía ser lo que estaba pasando. Tenía solo cuatrocientos cuarenta y seis años. Tenía milenios antes de tener que preocuparse por eso.

-¡Comienza!- Ordenó Edward y ambos hombres se movieron.

-Esto nunca va a funcionar, Victoria- dijo Isabela por enésima vez. Isabela miro en el espejo mientras Victoria intentaba domar el cabello rebelde de Isabela y hacer que se viera como el suyo.

-Lo hará- Victoria resopló -¿Cómo puedes soportar tener un cabellos así? Necesitas ir a un estilista y hacer que hagan algo con el. Especialmente estos extremos.-

Victoria levantó un poco del cabello que la ofendía tanto. Nunca había visto como el blanco brillante que aparecía a lo largo de las últimas dos pulgadas del sorprendente cabellos rojo de Isabela. Fue lo que le llamó la atención por primera vez cuando vio a Isabela trabajando de mesera en el restaurante calle abajo desde su departamento. Cuando la luz golpeaba los extremos a la perfección, casi parecían plateados y Victoria siempre estaba buscando una manera de destacarse. Entonces entabló una conversación con la camarera. Algo que normalmente nunca hubieran hecho porque… bueno… la chica realmente no estaba a ala altura de los estándares de Victoria. Pero tenía que saber sobre los consejos, y también cómo había logrado obtener esos tonos perfectos de rojo brillante, medio y oscuro en su cabello. Ese estilista era dinero.

No le había creído a Isabela cuando dijo que todo era natural. Victoria había gastado una fortuna tratando de lograr ese color exacto, ¿Y que esta chica lo hubiera tenido toda su vida y no hubiera hecho nada para ganárselo? Eso no era justo. Entonces Victoria hizo su misión, ganarse la confianza de la camarera, algo que era más difícil de lo que esperaba, con la esperanza de descubrir la verdad.

Eso había sido hace tres meses. Hace dos meses, había convencido a Isabela de que se mudara con ella, dándole un precio muy bajo para alquilar su habitación libre. No le había llevado mucho tiempo darse cuenta de que Isabela le estaba diciendo la verdad, ya que era casi imposible guardar secretos a las compañeras de cuarto. Isabela no tenía productos especiales para el cabello, no tenía citas en los salones y el guardarropa de la chica…

No, Isabela le había estado diciendo la verdad. Su increíble cabello era natural y debido a eso, Victoria planeo decirle que tenía que mudarse. Cualquiera que viniera a su departamento parecía más interesado en Isabela que en Victoria y eso simplemente no iba a pasar. Entonces surgió este pequeño problema.

Hace un año, Victoria había sido invitada a una elegante fiesta para servir a hombres ricos de otras ciudades que buscaban pasar un buen rato. Victoria acababa de abandonar a su novio, y como siempre estaba dispuesta a una buena fiesta y buen sexo, había ido voluntariamente. No fue hasta que llego que descubrió que en realidad esperaban que ella "sirviera" a los hombres. Como dar bebidas. Como si ella fuera una camarera.

No le había tomado mucho tiempo a uno de los hombres distinguirla. había sido alto, guapo…. Ella frunció el ceño, tratando de recordar más sobre él y encontró su mente en blanco. Eso era extraño. Ella debió beber demasiado. Pero sabía que había tenido relaciones sexuales y mucho, porque cuando llego a casa su cuerpo estaba dolorido de una manera que solo el sexo podía causar y le habían pagado diez mil dólares.

Hace un mes, justo antes de que Isabela se mudara, había recibido una llamada de un señor Bonn, diciéndole que el señor Ben regresaría y que había pedido que estuviera allí. Victoria había fingido desinterés al principio, pero cuando este chico Bonn le dijo que le pagarían veinte mil dólares con un anticipo de dos mil dólares, ella accedió de inmediato.

Las cosas habían cambio en el último mes. Victoria había comenzado a salir con un tipo muy rico que la trataba como princesa, la bañaba con regalos y la llevaba a viajes exóticos. No iba a arruinar eso por unos miserables veinte mil dólares.

Pero alguien tenía que ir ya que ella ya se había gastado los dos mil dólares, y ahí era donde estaba Isabela. Si podía conseguir que el cabello de Isabela cooperará, entonces había una buena posibilidad de que Isabela pudiera pasar por Victoria. Sintió una pequeña punzada de culpa porque estaba bastante segura de que Isabela era virgen, pero lo ignoro. ¿Quién en esta época todavía era virgen a los veintidós años? Le estaría haciendo un favor a Isabela, teniéndola acostada, además le había dicho a Isabela que podía tener el dinero restante que le habían prometido… bueno, no todo el dinero.

Victoria no era entupida, después de todo. Esto solo estaba sucediendo gracias a ella, por lo que merecía una parte del dinero. había llorado, arruinando su maquillaje, mientras convencía a Isabela de tomar su lugar; diciéndole que perdería a James si ella fuera, y estaría en grandes problemas sino lo hacía. había jurado que todo lo que Isabela tenía que hacer era servir bebidas, tal como lo hacía en su trabajo nocturno, solo que este pagaba mucho más.

Isabela había sido escéptica porque ambas sabían que Victoria no "servía" a nadie. Pero Victoria rápidamente contó una historia sobre cómo el novio que había tenido antes de que se conocieran, había limpiado su cuenta bancaria. había estado desesperada por dinero, hasta que se soluciono. Isabela parecía creer eso, chica tonta. Como si Victoria alguna vez dejara que un hombre la superara.

Luego le contó a Isabela que los ocho mil restantes serian suyos y entonces Isabela podía tomar las clases nocturnas de las que había estado hablando… y encontrar su propio departamento. No es que Victoria haya dicho eso.

Así que aquí estaba ella, haciendo todo lo posible para que Isabela más baja y delgada se pareciera a ella. Y si, odiaba a Isabela por eso. Todo esto, para que Victoria pedirá irse con James a un viaje de fin de semana a su isla privada en el caribe.

Isabela se sentó en la parte de atrás de la limusina. Ella no podía creer que había aceptado esto. Algo no parecía cierto en la historia que Victoria le había contado. Incluso si Victoria hubiera estado en bancarrota, Isabela no podía verla sirviendo bebidas a extranjeros, ricos o no. Isabela hacia eso en su trabajo nocturno, y siempre esperaba más por sus propinas, que solo bebidas. Pero ocho mil dólares por dos noches de trabajo… no podía dejar pasar eso. Cambiaría su vida.

La limusina que desaceleraba la sacó de sus pensamientos, justo a tiempo para verlos entrar en un garaje subterráneo. ¿Dónde estaba ella? Debería haber estado prestando atención a dónde la llevaban; en cambio, se había perdido en sus pensamientos. Cuando se abrió la puerta de la limusina, Isabela salio no con mucha gracia. Se puso de pie, apretando el bolso que contenía la copia del documento de identidad de Victoria y el papeleo.

-¿Eres Victoria Stroud?- preguntó un hombre grande, con una cara que solo una madre podía amar.

-Si- ella le entrego los papeles.

-Sígueme- ordenó quitándole el papeleo sin siquiera mirarlo. La condujo más allá de una línea de mujeres que eran todas de diferentes tamaños y formas y luego por un pasillo. ¿Eran esas las mujeres con las que estaría trabajando? Nunca llegó a preguntar cuando su escolta abrió una puerta y le indico que entrara. Nadie noto la figura que acechaba en las sombras.

-Victoria Stroud- anuncio a otro hombre aun mas grande.

-Victoria, no estoy seguro si me recuerda- tomo el papeleo y lo arrojo sobre la mesa detrás de él. Por alguna razón, el hombre detrás de ella se río como si estuvieran compartiendo una broma privada -soy el señor Bonn. Yo fui el que contacto con usted en nombre del señor Ben.-

-Señor Bonn- Isabela asintió levemente, pero no sonrío. Ella había conocido a los de su clase antes. Del tipo que creía que, debido a que eran grandes y fuertes, tenían derecho a aprovecharse de los más pequeños y más débiles que ellos. Del tipo que disfrutaba haciéndolo. Si los hombres en esta fiesta eran como él, ella estaba en gran problema.

-Puedes poner tu ropa en uno de esos casilleros. Aquí está tu uniforme- él le empujó una percha.

Isabela apenas contuvo su jadeo mientras miraba la pequeña tela que había en la percha.

-Regresare en diez minutos y la llevaremos a donde la necesitan- con eso Bonn y él otro hombre salieron de la habitación por una puerta diferente.

Isabela miro hacia la puerta, su inquietud aumentaba. Caminando de regreso a la puerta por la que había entrado, descubrió que no había una manija interior. Solo había una salida de esta habitación y estaba segura de que se le permitirá sólo si se cambiaba.

Mirando el reloj de la pared, vio que tenía menos de seis minutos. Manteniendo un ojo en la puerta, se quito el sujetador y las bragas. No había forma de que ella las dejara. Rápidamente te la minúscula blusa y la falda que le habían regalado.

Sabía que las cicatrices en su espalda se verían fácilmente a través de la tela transparente de la parte superior, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Apenas había terminado de abotonarse la camisa cuando Bonn volvió a entrar en la habitación. La forma en que sus ojos recorrieron su piel expuesta la hizo temblar de asco.

Bonn dejó que sus ojos recorrieran a la mujer por la que había tenido que esforzarse tanto en traer aquí y no entendía de qué se trataba todo el alboroto. Ella no tenía mucho que ver, en lo que a él respectaba. Le gustaban sus mujeres con grandes pechos y pequeños cerebros. Esta parecía exactamente lo contrario, mientras sus ojos lo evaluaban.

-Toma, toma esto- Bonn extendió un pequeño recipiente transparente que contenía una píldora blanca.

-¿Qué es eso?- preguntó Isabela de inmediato, sin hacer ningún movimiento para tomarlo.

-Es una píldora energética. La necesitarás para lo que vas a hacer.-

-Estaré bien sin eso- le dijo

-La tomaras- Bonn dio un paso amenazador hacia ella -o haré que te la tomes.-

Isabela se llevó la cápsula a la boca, echó la cabeza hacia atrás, echo la píldora y trago antes de devolvérsela.

-Abre la boca- ordenó

Isabela sabía que iba a exigir eso, e inmediatamente abrió la boca mostrándole que estaba vacía.

-Agua- exigió ella, negándose a darle ventaja. Con un gruñido, él fue a la mini nevera que no había visto antes, y mientras lo hacía, ella escupió la píldora que había escondido debajo de la lengua.

-Aquí- el le lanzo una botella- bebé, luego necesitarás ir a trabajar.-