Disclaimer: MLB pertenece a Thomas Astruc y el resto de su bello equipo
De identidades secretas y otros enredos
– ¿Qué es esto? – preguntó Ladybug, mientras examinaba la pequeña caja rectangular que su compañero depositó delicadamente en sus manos.
– Un obsequio, quería que también supieras que eres más que mi compañera – respondió Chat Noir, citando las mismas palabras que ella usó tiempo atrás – Eres mi mejor amiga.
Ladybug se sonrojó ante el gesto, sintiendo un pinchazo de remordimiento su corazón.
– No era necesario, Chaton – repuso la heroína, pasando los dedos sobre la fina envoltura rosada.
– Quería hacerlo – ofreció con una sonrisa sincera.
Ladybug le respondió la sonrisa y comenzó a desenvolver la caja cuidadosamente para evitar rasgar el papel, sintiendo un cúmulo de ansias formarse en su pecho.
Finalmente, después de lo que Chat Noir consideró una eternidad, la pelinegra se encontraba contemplando una bella cadena de plata. Admiró el acabado en esmalte rojo del colgante con forma de mariquita, dentro de un corazón en el que se leía la tenue inscripción "Ladybug" al reverso.
– No tienes que usarlo – se adelantó a mencionar el rubio, temiendo que su amiga llegase a una conclusión errónea – No es mi intención descubrir tu identidad, es sólo que pensé en ti al verlo.
La heroína moteada lo envolvió en un abrazo, enternecida con el detalle de su compañero. En momentos como esos se sentía dudar de la profunda devoción que le profesaba a Adrien.
– Es precioso, Chat Noir.
Tan sólo un par de días después y sin que Chat Noir se llegase a enterar, Marinette, la personificación de la buena suerte, se encontraba buscando el mismo collar desesperadamente, vaciando el contenido de su bolso, hurgando una y otra vez en los mismos cajones y rebuscando meticulosamente en los pasillos de la escuela, todo mientras maldecía entre dientes su infinita torpeza.
Fiel a su palabra, Adrien no se esforzó por buscar a la chica que portara la singular joya que le había entregado; sin embargo, le fue inevitable darse cuenta de que su amada heroína y la chica que se sienta detrás de él en clase compartían demasiadas similitudes para ser ignoradas.
Poco a poco fue enlistando en su cabeza todas las semejanzas.
El mismo cabello oscuro que, con los rayos del sol, adquiría tonos azulados, peinado en las mismas coletas.
El mismo delicioso aroma a fresas y galletas que le hacía agua la boca.
Los mismos labios tersos y rosados que había soñado en un sinfín de ocasiones con besar hasta que se le acabara el aliento.
La manera adorable con que meneaba las caderas cuando algo la emocionaba, y la mirada exasperada que le dirigía cuando escuchaba alguna de sus bromas, aunque él supiera que en el fondo las encontraba divertidas.
Sus ojos. Oh sus ojos. Tan grandes y tan azules. Los mismos ojos que le recordaban a las campanillas que brotaban con la primavera. Los mismos ojos que se iluminan cada vez que habla sobre sus deseos más profundos, y que se llenan de malicia cuando se le presenta un reto.
Saber que Ladybug era Marinette solamente la volvía más perfecta. Ahora que lo sabía, no existía manera de que alguien más pudiera ser Ladybug.
No quería que nadie más fuera Ladybug.
Adrien decidió no presionar el asunto. Si quería ganarse el corazón de Ladybug, tendría que ganarse el corazón de la chica detrás de la máscara. Y para lograrlo, primero necesitaba pasar más tiempo con ella.
Primero fueron las salidas grupales, agradeciendo que en ocasiones Alya y Nino se separaran del grupo, brindándole momentos para conversar con la pelinegra. Al principio se limitó a charlas casuales y breves, restringidas por el tímido balbuceo de la chica; por algún motivo ella no se sentía cómoda a su alrededor. Tras unas semanas el tartamudeo cesó, y sus conversaciones se volvieron cada vez más vagas y amenas. Hasta que en una de esas ocasiones, una fuerza divina lo dotó con la confianza para invitarla a ver una película, dando un pequeño brinco de felicidad cuando ella aceptó, y uno más grande cuando al final prometieron repetirlo.
Poco a poco comenzaron a involucrarse en las actividades del otro, Marinette asistía gustosa a las sesiones de fotos y no se perdía ningún torneo de esgrima; Adrien, por otro lado, la observaba fascinado mientras dibujaba en su jardín secreto de inspiración.
Con cada día crecían sus anhelos por ella, esperaba desesperado por cualquier oportunidad para tomar su mano, ya fuera al saludarla con un beso en los nudillos o al dirigirla entre las calles de París para escapar de fanáticos alocados. No importaba cuál fuera el motivo, ella siempre se sonrojaba y Adrien no podía evitar sentirse orgulloso por ser quien tuviera ese efecto en ella.
Los siguientes meses estuvieron llenos de días de campo, partidas de videojuegos y películas. Un paseo por el parque en la mañana, y la misma noche se encontraban observando las luces de la ciudad debajo de la Torre Eiffel. Cierto día la sorprendió cantando animadamente el último sencillo de Jagged Stone y aprendió que Marinette era tan hermosa como desafinada... esa se convirtió en su canción favorita. Adrien perdió la cuenta de los atardeceres que observó con Marinette, las diferentes tonalidades del cielo iluminando su rostro de una manera única.
El tiempo siguió pasando y pronto se encontraron compartiendo un mismo cono de helado y tomando sus manos sin ningún motivo más que el deseo de hacerlo; sus salidas se volvieron cada vez más frecuentes, con Adrien descubriendo aspectos de Marinette que únicamente la volvían más maravillosa a sus ojos, pues le permitía explorar un lado de la heroína que tenía prohibido conocer como Chat Noir.
Rápidamente Adrien descubrió que la misma chica había logrado enamorarlo por segunda ocasión.
Y luego sucedió.
– Es un hermoso collar – escuchó la voz aguda de una chica a pocos pasos de él. Por algún motivo torció la cabeza para observar a un grupo de chicas conversando animadamente junto a las escaleras del collège.
Pero lo que verdaderamente captó su atención fue el colgante de mariquita brillando en el cuello de una de ellas.
– Lo sé – respondió la dueña de la gargantilla, sujetándola orgullosamente en el aire para que las demás obtuvieran una mejor vista – Es algo así como mi amuleto de buena suerte.
Adrien cerró la distancia, su vista mejorada permitiéndole apreciar que, en efecto, no se trataba de una baratija cualquiera, sino del mismo collar que le había obsequiado a Ladybug.
Observó con mayor detenimiento a la chica, buscando que la nueva información encajara en su cabeza. Su complexión delgada y su altura eran semejantes, su cabello azabache estaba suelto a la altura de los hombros. Sus ojos almendrados no encajaban en la imagen, pero asumió que, si sus propios ojos cambiaban de color durante la transformación, era posible que los de ella también.
La nueva revelación le cayó al rubio como balde de agua helada.
¿Acaso era posible que se hubiera equivocado? La única respuesta lógica era que su subconsciente creó la ilusión de que Marinette y Ladybug eran la misma persona, porque en el fondo deseaba que así fuera. Pero ahora la evidencia de que eso no era verdad se encontraba enfrente de sus ojos.
Entonces eso significaba que estaba enamorado de dos personas distintas, ¿a quién escoger?
Esa fue la pregunta que se debatió hasta provocarse una migraña. Por un lado estaba Ladybug, tan imponente y siempre segura de sí misma; y por otro se encontraba Marinette, dulce y siempre preocupada por ayudar a los demás, a quien había aprendido a amar con todas sus virtudes y defectos. Pero una parte en su mente gritaba que se arrepentiría el resto de su vida si no escogía a Ladybug, a quien le había jurado su amor.
Por eso, al día siguiente, después de mucho reflexionar el asunto, la esperó a la entrada de la escuela y, sin más, le preguntó si le interesaría salir con él a cenar. La chica no tardó en lanzarse a su cuello como respuesta, ajeno a otra pelinegra que observaba atónita detrás de las escaleras, con un nudo en el estómago y con lágrimas comenzando a formarse en sus ojos.
A lo largo del día se preguntó si había tomado la decisión correcta, obteniendo una respuesta cuando la expresión dolida y de Marinette le provocó un vacío en el interior, no tenía que acercarse demasiado para apreciar la hinchazón de sus ojos y su piel empalidecida. Lucía tan frágil y vulnerable. Tan quebrada.
En ningún momento se detuvo a pensar que tal vez Marinette también se había enamorado de él.
Pero el karma se lo cobró llegado el fin de semana, cuando su cita con "Ladybug" no había sido lo que él esperaba.
Ella no había sido lo que él esperaba.
La humilde niña de personalidad gentil que era con el disfraz puesto se había esfumado. Ella no conocía al verdadero Adrien como lo hacía Marinette, y con ella no podía bromear como lo hacía con Marinette. No es que fuera una persona desagradable, pero su risa no producía en sus oídos el hermoso tintineo que era la risa de Marinette; y sus manos no encajaban en las suyas... como lo hacían las de Marinette.
Porque ella no era Marinette.
Cayó en cuenta de la gravedad de la tontería que cometió. Tan pronto terminaron sus alimentos, el rubio escoltó a "Ladybug" a su hogar, como el caballero que era y se disculpó cuando negó la petición de la chica de verse de nuevo. Esa noche, en lugar de dormir, se preparó para suplicar que lo aceptara de vuelta.
No demoró mucho tiempo en encontrarla, la conocía lo suficiente para saber a dónde iría un sábado por la tarde después de ayudar a sus padres en la panadería. Y ahí estaba, con un cuaderno de dibujo y un lápiz en mano, dándole la espalda mientras observaba distraídamente a los pichones.
Respiró hondo y avanzó hacia ella.
– Marinette – posó una mano sobre su hombro, provocando un pequeño sobresalto en la aludida – ¿Podemos hablar?
– En realidad, estaba a punto de irme a casa – contestó con la voz apenas audible y quebrada. Comenzó a recoger sus materiales y se incorporó en un movimiento.
Se detuvo cuando sintió la mano del chico sujetarla firmemente por la muñeca.
– Por favor – suplicó – Necesito disculparme… necesito que me escuches.
La pelinegra titubeó un poco, concentrando su energía en prevenir el llanto que amenazaba con fluir descontroladamente. Quería aparentar frente al rubio que aún conservaba un poco de dignidad.
– N… no tienes por qué disculparte, Adrien, no es tu culpa – el tartamudeo le rompió el corazón, no soportaba ser la razón de su dolor – Yo… malinterpreté las cosas.
– Sí es mi culpa – se apresuró a responder, tomando su otra mano para que estuviera frente a él – Y no has malinterpretado nada.
Marinette se arriesgó a mirar a los ojos suplicantes del muchacho, y el silencio que se prolongó entre ambos le invitó a continuar.
– Por favor, Mari… – insistió, no iba a perderla sin antes luchar por ella – Cometí un error muy grande, pero eso me hizo comprender que únicamente quiero estar contigo.
– Yo... no entiendo, ¿por qué invitaste a salir a otra chica?
Adrien suspiró, ¿cómo responder a eso sin revelar su identidad, pero sin sonar como un completo patán? Estaba acorralado en un callejón sin salida. Quería una relación con Marinette, y en una relación estable y honesta no hay espacio para las identidades secretas. Aspiró profundo, cuidando la elección de palabras que utilizaría a continuación.
– Marinette – intentó ser directo – Soy Chat Noir.
La pelinegra pestañeó incrédula y rió nerviosamente por algunos segundos, pero se detuvo cuando él no lo hizo y comprendió que no se trataba de una broma. De hecho, el modelo pudo distinguir el exacto momento en el que la información hizo clic en la cabeza de la chica. Le dio su espacio momentáneamente para permitirle asimilar la información, y pasados un par de minutos decidió continuar.
– Y Ladybug es una persona muy especial para mí – confesó apenado – Pero cuando la encontré me di cuenta de que me había enamorado de ti – la mirada tan pura del muchacho la conmovió – Ahora entiendo que ella sólo era un capricho y fue muy egoísta de mi parte, porque te herí y lo lamento.
– ¿Lo dices en serio? – fue lo único que atinó a decir – ¿Me eliges a mí, torpe y sencilla Marinette, en lugar de Ladybug?
– Mari, Princesa, eres la persona más maravillosa que conozco. Y nunca había sido tan feliz como lo soy a tu lado – admitirlo en voz alta le provocaba felicidad inmensa – Todo fue culpa de ese estúpido collar – musitó para sí mismo, pero la pelinegra alcanzó a escuchar, y sonrió con malicia ante el posible significado de las palabras de su compañero.
– ¿Este collar? – inquirió con falsa inocencia, extrayendo la joya del interior de su blusa. La expresión atónita de Adrien trajo una sonrisa de satisfacción a su rostro y decidió explicarse antes de que el cerebro del chico hiciera corto circuito – Lo perdí hace unos meses, al parecer Claudine lo encontró y yo se lo intercambié por una caja de macarons.
– Entonces tú... eres... – balbuceó, sintiendo una marea de emociones.
– ¿Ladybug? – completó la pelinegra y después asintió – ¿Eso es bueno?
Cuando el torbellino de emociones terminó de apaciguarse en la cabeza de Adrien, abrazó a la pelinegra aliviado.
– Es excelente – la miró fijamente a los ojos, extasiado de observar que el brillo había regresado a ellos – De verdad lo lamento, Marinette, ¿podemos pretender que nada de esto pasó y volver a comenzar?
La pelinegra asintió de nuevo y le dedicó una sonrisa que reservaba exclusivamente para él.
– Entonces... ¿amigos? – Adrien extendió su mano, esperando a que ella la tomara, pero en lugar de sacudirla, Marinette atrajo al rubio con toda su fuerza, cerrando la distancia hasta atrapar sus labios con los propios en un beso torpe y primerizo que mandó una corriente eléctrica por el cuerpo de ambos adolescentes.
Al separarse, observó la sonrisa atontada y el leve sonrojo coloreando las mejillas del modelo, antes de responder:
– Amigos... pero te juro que te cortaré la cola si vuelves a andar por ahí revelando tu identidad secreta.
N/A: Antes de que me maten, las otras dos historias las tengo en progreso, estoy pasando por un horrible bloqueo creativo pero les juro que las voy a terminar pronto, esto sólo fue un intento para hacer que me lloviera la inspiración, pero nop... igual espero que no lo odien jaja
Un saludo y un beso :)
