Safari en el Sur…
Capítulo 1. Un nuevo mundo.
Este año ha sido el más caluroso del que se tenga memoria en los últimos 60 años. El calentamiento global ha hecho lo suyo, aun cuando fue en algo frenado por el pequeño invierno nuclear que se dio en el planeta después del holocausto planetario efectuado por los zentraedi, el cual elevó hacia la atmósfera miles de millones de toneladas de polvo de escombros y el humo de los incendios de los edificios que ardieron en ese momento, oscureciendo los cielos y bajando la temperatura del planeta una media de unos 8 grados Celsius. De ese apocalipsis, ya habían transcurridos 31 años, donde el planeta ya había recobrado casi la totalidad de su cubierta vegetal, donde, eso sí; hubieron áreas que por estar protegidas en valles por cordilleras a manera de muralla natural y relativamente lejanas a los centros urbanos, se salvaron de esa destrucción. La rápida recuperación posterior de la biosfera fue apoyada en gran medida por la dispersión de las esporas de la Flor de la Vida al final de la Segunda Guerra Robotech contra los Amos de la Robotecnia; siendo definitiva cuando la Flota Expedicionaria del Almirante Hunter llegó al planeta Tierra, y la Regis, soberana absoluta de los Invid, antes de marcharse, destruyó los misiles S-neutrón que la propia flota había lanzado contra el planeta, y como último regalo a sus hijas Zora y Ariel quienes se quedaron, revitalizó la Tierra; recuperando completamente su balance, Zora se quedó con el soldado Lancer Belmont, y Ariel decidió quedarse junto a su grupo de amigos y guerrilleros liderados por Scott Bernard, los cuales a ella llamaban Marlene.
El denso crecimiento de la cubierta vegetal fue reclamando lo que en el pasado, hace miles de años le pertenecía, engullendo lo que quedaba de las ruinas de ciudades, caminos y carreteras, junto con los restos de lo que quedó de máquinas, naves espaciales, mechas, y todo lo que fuera robotecnología de las 3 guerras que el planeta sufrió. Los cráteres que quedaron debido a la Lluvia Negra desatada por la Flota Principal de Dolza hace ya décadas se convirtieron en pequeños valles con una generosa capa de hierba verde, resguardada por los bordes que le proveían de sombra, o bien se transformaron en lagunas y lagos al ser ocupados por el agua de las precipitaciones posteriores. Aunque algunos de esos cráteres aún seguían ocupados por pequeños asentamientos humanos, donde pudieron construir sus casas con los restos que encontraron.
Algunas carreteras y caminos que aun resistían el inexorable avance de la vegetación, eran ocupadas por escasos grupos de poblaciones humanas, quienes vivían una vida como pioneros y colonizadores, obteniendo una autonomía que, gracias a los restos de robotecnología y viejas prácticas ancestrales, nunca antes se había visto. Otras zonas que fueron influenciadas por la radiación, dio lugar a mutaciones de las especies nativas animales y vegetales, donde algunos árboles llegaron a alcanzar alturas monumentales… como los alerces, árboles que de por sí ya eran antiguos con una edad de 3000 años y una respetable altura (con una media de 40 metros), por la influencia radioactiva y el posterior influjo de la Regis, se rejuvenecieron y crecieron hasta los 100 metros de altura, y bajo su sombra se fueron desarrollando especies arbustivas que formaron relaciones simbióticas con los nuevos gigantes, formando redes y también enredaderas en torno a los propios árboles. Dentro del bosque, junto con las asociaciones con otras especies arbóreas menores (menores entre comillas, pues éstos medían de 10 a 20 metros) se crearon verdaderas zonas de microclimas y dependiendo de la frondosidad del follaje del bosque en ciertas partes, la temperatura variaba hasta en 10 grados centígrados. Según la hora del día variaba la humedad y dependiendo de la época del año se formaban espesas neblinas que daban a los bosques un aspecto lúgubre y no muy hospitalario. Más las gentes que vivían en esas regiones ya conocían muy bien por dónde se podía o no transitar, para así evitar los peligros que se pudieran presentar. Con toda esa abundancia de vida vegetal, no tardó en aumentar la vida animal, que comenzaba a prosperar, y sumado a las mutaciones, comenzaron a crecer más de lo normal… no era extraño encontrar un jabalí adulto de 500 kilos y 2 metros y medio de longitud, al igual que los ciervos del tipo gamo y rojo que igualmente crecieron en peso, longitud y altura, alcanzando tamaños que rivalizaban con sus ancestros que vagaron por la Tierra en plena Edad del Hielo, hace ya más de 10 mil años atrás… ambas, especies animales introducidas en la región, muchísimos años antes de la caída de la fortaleza espacial que sería llamada después como SDF-1.
En ese lugar, justo donde la costa del continente sudamericano se comienza a fragmentar, apegada a la Cordillera de los Andes, y muchos lagos mostraban sus aguas cristalinas y prístinas, circulaba por los derruidos caminos que conectaban esos olvidados valles una motocicleta, donde su conductor con una destreza a toda prueba podía dominar su montura al esquivar con rápidos reflejos las irregularidades del camino, como baches, grietas y raíces de los árboles que ya comenzaban a resquebrajar y levantar las losas de asfalto en su lento pero progresivo crecimiento. Volvía a su hogar con una cuantiosa pesca obtenida en alguno de los numerosos arroyos y ríos que desembocaban en los lagos de la región, y con productos de primera necesidad que adquirió en un caserío de la zona con mayor conectividad a centros urbanos más grandes que se hallaban a una mediana distancia. En el ya maduro rostro del hombre, con sus antiparras puestas, se notaba una expresión de satisfacción por el trabajo hecho en el día, de manera que ahora podía dedicar más tiempo al trabajo en su casa y tierras que tenía a su haber, junto a dedicar tiempo a su familia.
Ya faltaba poco para llegar a su casa, por donde se ingresaba por un pequeño sendero escondido entre dos grandes alerces a la orilla del camino principal, y se iba orillando algunos farellones cordilleranos de varios metros de altura, donde en su cima también crecían enormes árboles tapizando completamente su superficie. El aroma a tierra húmeda, mezclada con hojas y musgos inundaba el ambiente, relajando más el último tramo de viaje… aun no llegaba, cuando a lo lejos, en el valle a mitad de camino entre su casa y el bosque, un niño lo recibía con los brazos abiertos, saltando y gritando con mucho júbilo. El hombre joven sonrió y aceleró para llegar lo más rápido a donde ese encontraba el muchachito, el cual corrió para encontrarlo.
-¡Papá, qué bueno que ya llegaste! –gritó a todo pulmón el chiquillo, que se lanzó a abrazarlo fuertemente casi empujando al hombre desde el asiento de su moto. Tenía mucho vigor ese niño, se veía saludable, con sus mejillas rojas por el viento helado de la montaña, y bronceado por el sol campestre. Su cabello algo trigueño con unas hebras coloradas, se mecían como una bandera al viento, despejando su frente.
-¡Tranquilo, rapaz! -Dijo su padre con alegría– espero que tu mamá sepa dónde estás… sino, estarás metido en muchos problemas y no yo podré sacarte de eso.
-Pues claro que lo sabe… no soy tan tonto como para salir sin avisarle. No quiero castigos.
-Eso está muy bien, no queremos que ella nos reciba con una cara larga, te regañe a ti y de paso a mí también por no corregirte. Así, ambos ganamos, y mamá estará feliz.
-Papá, ¿puedo ir sentado delante de ti en la motocicleta e ir guiando por un ratito la moto?
-Mmmmh… bueno. Pero iremos a muy baja velocidad. Con el tiempo, aprenderás a manejarla, pero primero debes cumplir con tus tareas y otras obligaciones. Y además, la moto necesita mantenimiento, así que igual tendrás que saber de mecánica.
El chiquillo no cabía dentro de su felicidad de poder conducir esa formidable máquina, la cual tenía una tremenda potencia y se hallaba además armada y plenamente operativa. Avanzaron a paso estable y no más de 30 kilómetros de velocidad, surcando entre el pasto largo de la pradera, de donde surgían pequeños saltamontes que saltaban y volaban despavoridos ante el avance de ellos, oportunidad que aprovechaban algunas golondrinas, que a vuelo rasante los atrapaban, volando en círculos en torno a la motocicleta para así llenarse hasta el hartazgo con ese regalo oportuno. Un pequeño trigal se notaba ya en el costado de la casa, donde una silueta femenina se veía, atendiendo un huerto que se hallaba en el otro costado, y a lo lejos divisó a la pareja motorizada y con un brazo en alto los saludó.
- Vaya, vaya… ¿cómo les fue al par de chatarreros? –preguntó de forma divertida la mujer.
- Pues todo muy bien mi amor- dijo melosamente el hombre… a este hombrón que traigo acá ya quiere aprender más sobre este aparato.
- Pues buen maestro tendrá… eres el mejor con su manejo y también con las armas.
- Y con el temperamento de su madre, nadie podrá atropellarlo ni aprovecharse de él – dijo él con un guiño.
-Raaand… -le dijo ella con un falso fastidio, con el ceño algo fruncido y sus manos en su propia cintura- espero que no me hagas ver como un ogro.
-¿Yooo? Pero Rooke… cómo se te ocurre –le dijo Rand con una expresión burlona, remedándola.
-¡Tonto! –le replicó ella en tono infantil, mientras le palmoteó un hombro, empujándolo.
En medio del jugueteo, Rand la toma de la cintura, atrayéndola hacia él para besarla mientras ella se resistía, golpeándole suavemente el pecho para alejarlo, pues le hallaba la cara algo rasposa, por la naciente barba que comenzaba a emerger, después de unos dos días de afeite. El niño los miraba extasiado, sin poder contener su risa desde el asiendo de la motociclón. Le encantaba ver cómo sus padres se abrazaban y jugaban tan relajadamente, y soñaba que cuando sea mayor el encontrar una buena pareja, "tal cual como lo hizo papá".
-Y bien, ¿dónde se encuentra la segunda chica ruda de esta casa? – preguntó expectante Rand.
-Aquí estoy, papi –dijo tras la puerta entreabierta y con un tono bajo, pero dulce. Era una niña de grandes ojos azules, cabello pelirrojo como el de su padre, pero de un tono más claro, como anaranjado, debido a la influencia materna pues Rooke era de cabellos rubios.
-Pues ven a saludar a tu padre, rosa salvaje- le dijo alegre.
La niña fue corriendo a su encuentro, y se colgó de ambos agarrándose de las ropas de ellos y escalando como araña hasta abrazarlos por el cuello.
Los hijos de Rooke y Rand eran mellizos, donde el niño era el mayor por escasos 10 minutos de diferencia, pero lo que más llamó la atención fueron sus pesos y talla al nacer: para ser mellizos, tuvieron un porte mayor a la media, pues midieron 52 centímetros cada uno, y su peso fue cercano a los 3,5 kilos; cuando las medidas estándar eran de unos 45 centímetros y no más allá de 2,7 kilos. En realidad toda una hazaña, pues Rooke, con su 1.7 metros de altura, y contextura delgada, tuvo un trabajo de parto de unas 12 horas en total. Se temió que no pudiese soportar semejante alumbramiento, pues el parto se adelantó, pero con la ayuda de Rand y apoyo médico en línea por video conferencia, se pudo seguir al pie de la letra todo el procedimiento. Y aunque fue una molestia para ella al sentirse como si fuese ganado doméstico, pues Rand sólo tenía conocimientos de atención de parto al ayudar él en su adolescencia a su padre en la granja cuando el ganado iba a parir sus crías; tuvo que reconocer que se sintió en mayor confianza en ese momento crucial al poner su vida en manos de él, tal como lo había hecho en el tiempo que fueron guerrilleros por 3 largos años hasta llegar al Punto Réflex, finalizando la Tercera Guerra Robotech. De eso último, ya habían pasado 6 largos años, y ambos compañeros de armas ya frisaban los 30 años, pero su espíritu aventurero y fuerte seguía intactos, como en la época de la guerrilla.
El trabajo de educar a los niños pedagógicamente lo estaban realizando los mismos padres, pues ambos ya a sus cinco años actuales eran muy adelantados, pues sabían leer y escribir con un año de ventaja, las materias como matemáticas y ciencias naturales las enseñaba Rand, y la parte de historia, lenguaje y literatura las enseñaba Rooke. Las otras materias anexas cuyos contenidos no se los podían dar, las aprendían en una pequeña escuela ubicada en un caserío a 15 kilómetros de distancia del hogar, y ambos padres se turnaban a la hora de ir a buscarlos, y así aprovechaban poder hacer algo de vida social en la pequeña localidad. Aun siendo pequeña, estaba bien equipada, pues estaba muy abastecida por el pequeño mercado donde se podía comprar todo lo necesario, desde alimentos, bebidas, ropa, artefactos electrónicos y repuestos para maquinaria de robotecnología. Por lo cual gozaban de una autonomía impresionante a pesar de estar alejados de los grandes centros urbanos. Al ser una localidad tan pequeña, todos los residentes se conocían y la tranquilidad reinaba completamente, por lo que personal de seguridad como policía no era necesario: pues eran los propios habitantes quienes cuidaban de la paz y seguridad ciudadana, porque una importante parte de ellos fueron ex militares, soldados que participaron en la guerra contra los invid, ya sea formando parte del ejército regular como también de la insurgencia guerrillera, como lo fueron en su tiempo Rand y Rooke.
En uno de los tantos periplos de Rand al caserío a buscar a sus hijos, fue que decidió entrar al almacén de lugar para comprar algunas baterías de protocultura, cuando allí se cruzó con Bruno Lippi, un ex artillero de la Cruz del Sur que fue uno de los pocos que no se marchó del planeta y decidió quedarse con el grupo de la resistencia creado y comandado por la ex oficial de la Policía Militar Gloval, Nova Satori. Ya era un hombre de mediana edad, pasando los 40 años, y se hallaba en el almacén para venderle al tendero un cargamento de carne de ciervo, el cual cazó hace un par de días en el bosque de alerce cercano al lago.
-¡Hola Bruno! –Saludó jovialmente Rand- Por lo visto te fue bien en la cacería. Muy buen botín obtuviste.
-Pues sí, aunque no fue tan fácil… este era un macho de una cornamenta de unos dos metros y medio de envergadura –replicó Bruno- Y dio mucha pelea. Si tienes tiempo, podríamos salir a hacer una incursión cualquier fin de semana de estos.
-No es una mala idea… además necesito una buena piel de ciervo para hacer un par de cobijas para la cama de los niños. Y bueno, también para la cama matrimonial, tú entiendes –le dijo maliciosamente Rand con un guiño en el ojo.
-Por supuesto, te entiendo a la perfección –le miró pícaramente- Y Rooke, ¿cómo se encuentra?
-Ella está bien. Justamente preguntaba por ti, pues tiene ganas de visitar a tu esposa.
-Entonces, cuando salgamos de cacería, llévala a mi casa junto a tus niños… así, mientras estemos nosotros fuera, ellas tendrán todo el tiempo para conversar y entretenerse. ¿Te parece este fin de semana?
-¡Trato hecho! –le replicó Rand estrechando su mano.
Estaban cerrando su trato, cuando sintieron la proximidad de alguien, y una enorme sombra se proyectó sobre ellos cubriéndolos completamente. Quien entró llenando con su presencia el lugar, era Erwin Opitz, un gigantesco y fornido hombre de cabello castaño oscuro algo largo, el cual con unos ojos de un gris acerado bajo unas tupidas cejas, los miraba fijamente . Su barba entrecana cubría una buena parte de su cara, más no una cicatriz en el costado de su mandíbula la cual, por su profundidad, no permitía un crecimiento del vello facial en su totalidad. Eso le daba un aspecto aún más amenazador, pero apenas vio el botín obtenido por Bruno, sonriendo les dijo roncamente:
-Escuché todo lo que dijeron. Si hubiese sabido antes que iban a realizar una batida de cacería, me habría unido a ustedes… pero tengo compromisos ya previamente acordados. Para la próxima, espero poder acompañarlos.
-Pues claro, Erwin… eres bienvenido –dijo Rand, mirándolo hacia arriba. Me recuerdas en algo a un viejo amigo mío… sólo que era en versión morena… y tú eres más claro.
-¿Y quién es? Puede que lo conozca… -resonó con calmada voz, intrigado.
-Pues se llama Lunk… Jim Lunk. Fue un ex militar de los restos de la división Marte, que se habían apostado en la Luna, en los comienzos de la invasión invid.
-¿Lunk? ¡Pero claro que lo conozco! –Vociferó con una inesperada alegría- con esa sucia rata hacíamos competencia de pulseadas, es un soldado muy fuerte y era el único que podía hacerme frente y ganar…. Aunque la segunda ronda la ganaba yo. Siempre terminábamos empatados. Había después escuchado malos rumores sobre él, de que había desertado del ejército, que era un cobarde, en fin… nunca lo creí, y si hubiera hecho eso que se chismorreaba, habría tenido muy buenas razones… porque nadie se habría enfrentado a mí, aunque sea en una competencia.
-Caras vemos, pero corazones no vemos –dijo Bruno- pero tú tienes razón… mientras no se disponga de todos los elementos no se puede pre juzgara nadie.
-Con él formábamos un equipo único, junto a Eric Svalbard, un noruego que vive aquí, del otro lado del lago. En el ejército nos llamaban "Los Roperos de 3 Cuerpos", eso por nuestra envergadura de torso y espalda. Eric no es un mal hombre, pero de que es particular, lo es.
-¿Particular en qué sentido? –preguntó Bruno, mientras terminaba de sacar las últimas piezas de carne para colocarlas en la mesa grande de madera pulida del almacén, que el tendero se apresuró en llevar a la cámara frigorífica.
-Pues… que aun en pleno siglo XXI, por su descendencia escandinava, aún algo de vikingo le queda… gustaba de meterse en problemas, como riñas callejeras, y discusiones con nuestros superiores. En una ocasión, fue enviado al calabozo por 4 meses, pues en un arranque de ira, de un puñetazo le rompió la nariz al que en ese entonces era el capitán Günther Rheinhardt.
-Vaya… sí que es de un temperamento difícil –dijo Rand, con sus manos tras su propia cabeza y nuca. Al menos, me alegro de que haya peleado de nuestro lado.
-No fue expulsado del ejército, pues tenía una gran valer militar… y como le gustaba buscar problemas, el frente de batalla era para él su "patio de juegos personal" –dijo Erwin, mirando hacia el vacío de la habitación.
-¿Y cómo es que no habíamos visto a tu amigo por acá?
-Él llegó hace poco aquí… y prefiere ir al poblado al otro lado de la cordillera, que es mucho más grande… y donde puede buscar problemas como se le dé la gana. Aunque también prefiere internarse en el bosque de alerces en busca de jabalíes para cazar. Precisamente iba a salir con él a buscar unas buenas piezas para llevar a la venta en la ciudad de Piedra Azul… ¡bien, me voy marchando, nos vemos más adelante!
-¡Que te vaya bien! Dijeron los otros dos.
Rand salió junto con Bruno del almacén en dirección de la escuela, donde ya sus hijos lo esperaban sentados en la banca al lado de la puerta principal. La profesora saludó a ambos muy amablemente, y les informó que iba a realizarse una reunión de padres y apoderados para evaluar y planificar el próximo festival local para reunir fondos para la escuela y poder hacer una pequeña salida de fin de año para los niños. Los chicos estaban muy entusiasmados y ya no podían esperar a saber a dónde iban a ir. La profesora se despidió coquetamente de Rand y éste, pensó para sí mismo que menos mal que Rooke ya se le había quitado lo celosa en gran medida, sino sus viajes a buscar a los niños habrían sido imposibles y viviría durmiendo las noches en el sofá… sonrió para sus adentros frente a esas alocadas visiones. Los niños subieron a la moto, uno delante y el otro detrás. La niña subió primero delante de Rand adelantándose a su hermano, quien algo enojado reclamaba esa posición.
-Alex, no te enojes con tu hermana Helena… recuerda que hace un par de días dejé que guiaras la moto, así que deja que ella vaya adelante. Además, recuerda: ambos deben protegerse, y apoyarse.
-Bien papá, está bien –refunfuñó el chico, sentándose tras de su padre.
-Además, cuando ya estén más grandes, tendrán sus propias motos para poder movilizarse.
-¿En serio? -Dijeron ambos al unísono, abriendo sus ojos de par en par.
-Sí, lo conversamos con mamá, y es lo más conveniente. Pero ustedes tienen que comportarse, siendo responsables el uno con el otro y no siendo imprudentes, tomando riesgos innecesarios. Ahora, afírmense bien, que esto corre.
Sacó el freno y puso el embrague para poner en marcha la moto, los chicos se afirmaron fuertemente a su padre y salieron raudamente a casa. Ya era media tarde y los tres tenían muchas ansias de juntarse con Rooke y poder comer algunos pastelillos que Rand había comprado también. El aire fresco abría el apetito y el cielo azul ofrecía un hermoso espectáculo al ser cruzado por finas nubes plumosas que enmarcaban el cielo y las montañas. El futuro resplandecía en promesas de paz y progreso para los escasos humanos que vivían en la región, quienes vivían felices con una vida simple como colonos y pioneros…. Totalmente insertos en la naturaleza, tomando sólo lo necesario para subsistir.
Continuará...
