Había momentos mágicos, en los que sin querer se unían de manera inexplicable, momentos tan casuales que parecía curioso que no hiciera falta ni el más mínimo toque, ni pronunciar la palabra más pequeña, entonces el mundo explotaba y volvía a unirse en un segundo, si, de repente podían estar sentados, comiendo, leyendo, llamando por teléfono, incluso apenas llegando a casa, y entonces sin dar tiempo de nada más ocurría la magia, sus miradas se cruzaban y aun si solo era un segundo en el que se veía se volvía eterno, se volvía sublime, se volvía especial, Souichi alejaba su mirada rápidamente, se daba cuenta de inmediato que esos profundos ojos lo perdían, Morinaga en cambio mostraba completa inocencia en esa mirada, inocencia que se complementaba con la inmensa pasión que en otras ocasiones le mostraba, era como si añorara ser mirado por su amado, pero siempre se encontraba lo suficientemente distraído para no darse cuenta de todo lo que le miraba, Morinaga guarda con recelo los gratos momentos en los que sus miradas al fin se encontraban de manera tan casual que lo último que imaginaba era que Souichi también las guardaba con cierto recelo, Souichi alejaba la vista de inmediato apenas permitiéndose perderse un poco más, como si fuera posible, y se escondía de inmediato temeroso de pensar que su compañero pudiera notar lo que en él provocaba, tenía miedo de que lo notará incluso mucho más rápido de lo que él lo llegara a notar, no sabía qué hacer cuando pasaba, pues sucedía siempre de repente, en cualquier momento, y le parecía que no solo se perdía, temía con todo su ser no poder alejar la vista, así que se apresuraba a cerciorarse de que si podía, por mero instinto quizá, es que se quedaba sorprendentemente prensado de esa mirada, como clavado en la sensación, le aterraba pensar en no poder alejarse, porque la idea de depender así era atemorizante, y sin embargo no dejaba de sentir lo cómodo y seguro que era, era protegido y amado, o al menos esto último era lo que su compañero no dejaba de gritarle cada día, podía ser descubierto mirándole la mayoría de veces era un acto simple de cuestionarse mil cosas que no llegaban con suficiente fuerza a sus pensamientos, pero eran tan potentes como para lanzarle una mirada a Morinaga, al final su mente se quedaba en blanco, pensar quedaba en segundo plano cuando se miraban así, no existía más que mero instinto y esos ojos tan tristes y apasionados, terminaba por no entender como ese buen hombre podía siquiera humillarse a posar su mirada al tirano más insignificante de todos, al más cruel de todos, era un ángel mirando a un demonio y Souichi se alejaba en cierta forma porque no quería de ninguna manera quemarlo y dañarlo con mirarlo de vuelta, consideraba que incluso eso podía lastimarlo y se molestaba consigo mismo siempre provocar esos ojos tristes, titubeante y sonrojado desviaba la mirada y alegrándose por tener un nuevo recuerdo de sus miradas cruzándose.

Por qué cuando sus miradas se cruzaban ocurría lo mismo que con cualquier otro contacto que tuvieran de este tipo, así sea el más pequeño gesto de amor, los mundos chocaban, el fuego y el agua luchaban, la oscuridad y la luz se impregnaban, las estrellas caían, y la vida entraba en un completo caos pero, al mismo tiempo no había más que seguridad, saber que todo eso de alguna manera se podía sentir bien, que lo añoraba y deseaba, que le transmitía paz a pesar de sentir constantemente que su corazón saltaría un día y se escaparía con el otro, el mundo entero se ponía de cabeza pero encontraban todo como debía ser

Un ángel que aprendió a ser un poco cruel y un demonio que aprendió a ser dulzura, acababan al mundo y lo reconstruían con una sola mirada