Perfecto. Definitivamente él no lo era. No calzaba de ningún modo con lo que decía esa canción de Pink en la radio.
Él luchaba constantemente con su delgadez, siempre comía más de lo necesario y otras veces intentaba no comer delante de todos para no lucir desesperado. Su apariencia era algo con lo que batallaba a diario, pero no quería hablarlo ni ir con un especialista, él si comía. El problema estaba en que cuando se estresa su cuerpo quema más rápido las calorías y lo hace bajar un par de kilos justo antes del periodo de exámenes, luciendo cansado, delgado y débil.
-Podrías hacer ejercicios-le dijo Hunter un día que devoraban comida en un local a las afueras de la academia.
-¿Por qué lo dices?-susurro soltando la tercera hamburguesa de su almuerzo.
-Comiendo así te pondrás gordo y nadie te va a mirar si eres el doble de ti mismo.
-Hunter. Ambos sabemos que si como así es porque no me alimento en todo el día. Además, hago lacrosse.
-Solo ejercitas brazos y piernas. Pronto comenzará a colgar tu estómago y te dirán…
-Basta-susurro tomando su bolso-no tengo porque escucharte-se levantó de su lugar y se fue.
Sin embargo, las palabras retumbaban en su cabeza. Pasaría de estar delgado a gordo y él no quería eso. Lo primero que hizo en cuanto ingresó a su habitación en Dalton fue correr a su baño y devolver cada cosa que consumió en el almuerzo. No era apropiado que el capitán de lacrosse estuviera gordo.
Luego de lavar sus dientes tres veces seguidas fue que sintió que estaba algo mejor. Menos gordo y sin rastros de comida.
Así comenzó.
Se levantaba en las noches y devoraba algunos chocolates guardados en el segundo cajón de su escritorio, luego sentía la culpa recorrerlo y vomitaba todo lo ingerido. Nadie se daba cuenta, porque no dejaba rastros en el baño ni en su ropa.
A la hora de almuerzo tomaba un café y trataba de salir rápidamente del comedor. Siempre decía que tenía que practicar lacrosse o para los Warblers y cuando lo buscaban estaba en alguna de esas dos actividades. A su parecer nadie se daba cuenta, pero eso era porque aún no veía el par de ojos azules que hace más de un año no perdían la atención de sus movimientos.
Por eso cuando chocaron en la escalera sintió que perdía el aire, porque tuvo que hacer un sobre esfuerzo para mantenerse en pie y no caer. Él no dijo nada cuando perdió el aliento y se sintió débil. Quizás tendría que sumar una hora más de lacrosse a su día a día. No podía agotarse con tan poco.
Sin embargo, se mareo y se tuvo que apoyar en la baranda de la escalera. No reparó en la persona que seguía delante de él, viendo preocupado lo afilado de su rostro y las ojeras amoratadas bajo sus ojos.
-Disculpa-susurro dándose fuerza para moverse a un lado y continuar su camino, no reparó en el chico que quedó sorprendido al verlo tan de cerca.
Cuatro meses en una rutina que sólo rompía su cuerpo y lentamente torturaba a su mente. Sus calificaciones seguían siendo excelentes y su rendimiento deportivo había decaído un poco. Ya no cantaba bajo la excusa de que se había dañado las cuerdas vocales por un sobreesfuerzo y debía guardar reposo. La verdad era que sus pulmones no aguantaban la presión y no lograba respirar bien al momento de cantar.
No hablaba con nadie bajo la excusa de estar ocupado. Nadie le preguntaba lo que le ocurría. Nadie parecía interesarse y el único que había sido su amigo no volvió a hablarle luego de la conversación que tuvieron hace meses.
Se había decidido a no comer. Sólo tomaba un café en la mañana y otro en el receso para lograr rendir en sus exámenes.
Comenzó a ajustar sus blazers, creyendo su propio cuento de que antes estaba engordando y ahora tenía una vida más saludable.
No pudo seguir siendo el capitán de lacrosse, no soportaba correr más de diez minutos sin sentir que se desmayaria. Dejó el equipo y aún así a nadie le importó. Por eso, cuando caminaba por los pasillos del segundo piso fue que sintió todo desdoblarse a su alrededor, justo al inicio de la escalera de caracol que daba al vestíbulo. Sólo sabe que dio un paso para bajar cuando todo se fue a negro.
No estaba obsesionado con Sebastián Smythe. Sólo era el chico que le gustaba desde el primer día que lo vio, el muchacho que con una sonrisa confianzuda hacía aletear las mariposas en su estómago. Sin embargo, verlo recostado en esa cama de hospital con signos vitales tan débiles lo mantenía preocupado.
Nunca fueron amigos y por eso jamás se vio con el derecho de preguntar si estaba bien, por qué había dejado de comer, por qué ya no era el capitán de lacrosse y por qué dejó de cantar. La verdad es que nunca se atrevió. Le gustaba Sebastián, pero su personalidad lo intimidaba, aunque nunca habían cruzado muchas palabras.
La única vez que le habló directamente fue cuando lo vio en lo alto de la escalera y en un segundo se vio corriendo a él cuando noto que se estaba desmayando, que la notoria debilidad en su cuerpo estaba pasando factura. Aún no sabe cómo llegó antes de que cayera, lo sostuvo con fuerza hasta que se dio cuenta de que no era necesaria, porque Sebastián Smythe no pesaba nada.
Bulimia. Eso dijo el doctor, sin embargo todo indicaba una anorexia que lo mantendría en el hospital hasta que se recuperará, eso sí llegaba a despertar, porque iban cuatro días y sólo podían tratar de alimentarlo con sondas.
-¿Cómo llegó a eso sin que nadie diera una señal de alarma?-dijo el director reunido con los Warblers y el equipo de lacrosse. Sin embargo, nadie respondió.
Los padres de Sebastián no lo dejaban solo y únicamente autorizaba a Kurt Hummel a ingresar a su habitación porque fue el chico que evitó la caída y llamó a la ambulancia.
A Kurt siempre le dijeron que ser amigo de Sebastián Smythe era dañino y que no obtendría nada bueno de él. Ahora sólo se contentaba con que abriera los ojos.
Pasó un mes antes de que pudiera despertar y por lo menos una semana para que hablara. Sus padres y médico de cabecera le dieron un tiempo prudente para sanar físicamente. Porque él se negaba a comer con alguien más al frente y cuando terminaba sentía las arcadas y como todo se devolvía. Así lo encontró Kurt una tarde de noviembre, devolviendo incluso el jugo que había tomado. Todo en las sábanas que serían cambiadas por cuarta vez en el día.
-Sal de aquí-eso fue lo primero que Sebastián le dijo en cuanto la enfermera limpio la cama y él pudo volver a su lugar.
El castaño sólo se acercó a la ventana.
-Algún día iremos de campamento. Con mi padre siempre lo hacemos.
-No soy tu amigo.
A pesar de lo cruel que eran cada día sus palabras, Sebastián esperaba las visitas de Kurt e incluso en sus terapias con el psicólogo hablaba de él. Sin darse cuenta comenzó a comer y obligó a su cuerpo a no devolver nada.
Faltaban pocos días para salir del hospital cuando sus padres llegaron esa fría mañana de diciembre a decirle que Kurt no vendría más. No fue capaz de preguntar.
Se contentaba con creer que había audicionado a Nyada y ahora vivía en Nueva York, que pudo cumplir su sueño. A él le quedaba un año más en la Academia antes de ir a la Universidad.
Sin embargo, cuando ingresó al Lima Bean después de 4 meses de salir del hospital, se dio cuenta de que no todos los sueños se hacen realidad y ahí habían unos chicos molestando al barista de turno. En este caso, Kurt.
-Eres tan ineficiente-gruño un chico en una mesa.
-Imposible ser mejor cuando es tu cara la que hay que ver-dijo Sebastián tomando un granizado que estaba en la mesa y tirándolo al rostro de un muchacho de Dalton.
-¡Qué mierda hiciste!-grito Thad poniéndose de pie.
-Eres tan imbécil que tienes que preguntar. Hice esto-dijo tomando otro granizado y vertiendolo en la cabeza del moreno-atrévete a seguir molestando y estaré aquí para responder.
Ante eso todos los alumnos de Dalton se marcharon del lugar. Sebastián respiró con tranquilidad y se sintió aliviado al notar que nadie en Dalton recordaba lo ocurrido hace meses. Era lo mejor.
-No debiste-escucho que Kurt decía poniendo un mandil sobre una mesa-me despidieron.
-Lo lamento. Pero tu estas para cosas mejores que servir mesas, ven-dijo tomándolo de la mano y caminando a su auto junto al castaño.
-Sebastian-susurro cuando estuvieron solos en el estacionamiento.
-Quiero que vayamos a un lugar tranquilo y conversemos. Quiero saber por qué sigues aquí cuando tus sueños están en Nueva York.
-Bien. Podemos hablar en mi casa. Mi padre está trabajando y sólo está mi madrastra.
Se dirigieron al lugar y en todo momento estuvieron en silencio. Cuando estaciono se dio cuenta de que se sentía tranquilo de haber encontrado a Kurt ese día.
En cuanto ingresaron se dieron cuenta de que no había nadie en casa y subieron a la habitación del ojiazul.
-Tus padres me dijeron que saliste del hospital después de Navidad y ahora que te veo, estás mejor-dijo Kurt cerrando la puerta tras de sí y Sebastián se quedó de pie a unos pasos de él.
-¿Por qué me ayudaste?-susurro de brazos cruzados y mirándolo directamente al rostro.
-Cualquiera lo habría hecho-susurró comenzando a sonrojarse y bajando la mirada. Sin embargo, Sebastián lo tomó de la barbilla e hizo que siguiera viéndolo.
-Nunca recibí otras visitas además de ti. Por qué preocuparte. Nadie más lo hizo-solo vio como Kurt se apartaba y caminaba a la ventana, se apoyó algo derrotado junto a ella y miro el cielo despejado.
-Desde que llegué a Dalton llamaste mi atención y te admiraba en cada cosa que hacías. Pero no fui lo suficientemente valiente cuando te vi mal. No me atreví a hablarte y preguntarte qué pasaba, ni siquiera me hice la idea cuándo te vi en la escalera, nos topamos de frente y sólo te disculpaste.
-Eras tú-susurro caminando hasta él y poniéndose al otro lado de la ventana, quedando frente a frente.
-Blaine dijo que no me convenía ser tu amigo y que tratará de fijarme en alguien más. Que no me gustaras. No le hice caso y al notarte tan delgado creí que algo malo sucedía. Por eso comencé a seguir tus pasos.
-Tu me sujetaste cuando iba a caer por la escalera-susurro sorprendido.
-Pesabas tan poco que no fue difícil. Subí al segundo piso contigo en brazos y te lleve a mi habitación. Luego llame a la ambulancia y ya sabes el resto.
-No. Dijiste que triunfarias en Nueva York y lo primero que veo en cuanto te encuentro es que sirves mesas en el Lima Bean.
-No todos los sueños se hacen realidad. Trataré de postular de nuevo el próximo año-dijo bajando la mirada y Sebastián eliminó la distancia entre ellos y lo abrazó con fuerza.
-Tengo una propuesta. En cuatro meses terminaré la escuela y me iré a Nueva York, estudiaré en una Universidad. Aún no decido qué. Pero lo voy a lograr y quiero que vayas conmigo. Vivir juntos-murmuró en su oído y un ligero temblor pasó por la columna del joven Hummel, quien se separó un poco y lo vio a los ojos.
-Por qué-dijo suave y notando la mínima distancia que los separaba.
-Porque fuiste el único que estuvo conmigo cuando mis padres tenían miedo de que me muriera. Eres a quien debo agradecer estar vivo y…-ahí estaba una vez más la sonrisa socarrona que le gustaba a Kurt-fuiste tan insistente en visitarme y hablarme que puedo decir que me gustas. No soy perfecto pero tal vez…-no fue necesario decir más.
Kurt lo había besado y ahora podía asegurar que las cosas irían bien. No tenían nada que temer.
