CAROLINE, CAROLINE

«Y cuando la princesa conoce la traición, se convierte en una bruja y ya nada puede hacer para volver hacer la misma de antes».

Al verse ignorada, Caroline, sale de la habitación para encontrarse con que Brisel ya no está. Toma su bolso y le hace señas a su jefe, cuando él levanta la mirada, ella sacude un cheque frente a ella para que lo note. «Voy al banco», recita en silencio marcando el movimiento de sus labios para que él pueda leerlos. Al recibir su asentimiento, da media vuelta y se marcha de la oficina. Una vez fuera del edificio camina deprisa, con un nudo en la garganta quemándola por dentro y solo cuando está a dos cuadras de distancia, se derrumba su fachada de chica fuerte. Maldice a Elena por brindarle caridad, por mostrarle todo lo que podría tener y que cada vez que cree que puede alcanzar esa felicidad absoluta, se la arrebata.

Dejó a Jessie en el hotel, para ir a la cita con Elena. No conocía la ciudad por lo que tomó un taxi y al conductor le dio la dirección que Elena le dio. Tardaron veinte minutos en llegar a la avenida Lincoln, y otros cinco minutos en encontrar el restaurante. Al verlo supo que no podría pagar su parte, nunca creyó que sería para gente con una solvencia económica muy superior a la suya. Torció los labios, revisó y contó el dinero que llevaba en la vieja cartera ya roída de las puntas; era posible que con lo que gastaría en la cuenta de esa cita, fuera lo de una noche de hotel. Segura de que llevaba lo suficiente para una bebida, guardó la cartera de nuevo. No estaba dispuesta a gastar más de lo que podría pagar y que su amiga le diera caridad.

Entró al establecimiento con su ropa desaliñada, un par de zapatillas deportivas, jeans desgastados y una camiseta de su banda favorita, The Rolling Stones, con un agujero en la parte baja del lado de la cadera derecha. Lo bueno que la chaqueta de piel negra que llevaba, bien puesta, ocultaba su mal estado, y lo malo era el desgaste que se notaba en las mangas. La había comprado hace tres años en una venta de garaje y bueno… era su favorita, por lo tanto, estaba sobre usada.

Caroline se adentró al lugar. Sin duda, era muy hermoso con ese aire tradicional francés, vigas de madera en el techo, y las paredes blancas. Solo Elena escogería algo tan… fino y elegante. Pero entonces recordó a Anne. La madre de Elena le había dado una lección que no olvidaría nunca. Se recordó a ella y a Elena años atrás.

Había estado con Elena jugando en las orillas del bosque. Siendo un lugar lluvioso la mayor parte del año, era natural salir a jugar un rato bajo la llovizna con sus impermeables y botas plásticas exclusivas para esos días. Mala idea para una niña cuya madre era más estricta y obsesionada con el orden y la limpieza que un general. Elena había resbalado, y Caroline en su afán por ayudarla a levantarse había terminado en el piso con ella.

Más tarde, llegaron a la casa de Elena empapadas y sucias. Anne no había gritado como ambas niñas lo supusieron, pero si las había enviado a la bañera de inmediato, aunque Caroline se resistió en un principio, la señora Anne, la cual era muy hermosa y le causaba una gran curiosidad, no la dejó salirse con la suya y no le quedo de otra que obedecer. Caroline mentiría si dijera que no estaba un poco emocionada por saber cómo sería la interacción con una madre que no estaba siempre bajo el influjo del alcohol. Ya no recordaba mucho a la suya, de cuando estaba con su padre y era feliz. Además, dentro de la frialdad de la mujer siempre había algo cálido para Elena cuando ella no miraba. Algo así como añoranza. Su curiosidad había podido más que su vergüenza.

Ambas jugaron un rato en la bañera, mientras que la madre de Elena le daba de comer a Jessie. A ella le gustaba cuidarla en esos momentos en lo que jugaba con Elena y se divertían. La señora Anne, siempre le decía que podían lastimarla, además, ella nunca tenía nada que hacer en ese momento. Claro que, Caroline, sospechaba que Anne veía a su hermana como una de sus muñecas, porque en cuanto entraban por la puerta trasera de su casa, ella tomaba a Jessie, la llevaba hasta su habitación de colecciones y sacaba de un baúl varios vestidos. Decía que eran de Elena de cuando era pequeña, y cada uno tenía su propia historia. Espeluznante, en la opinión de Caroline. Pero lo más curioso era que muchos fueron atuendos idénticos a las de las muñecas de su colección especial. Extraño o no, una parte de ella estaba agradecida porque por lo menos Jessie, podía gozar de techo, cariño y comida durante el día. Así que un día simplemente dejó de mirar con desconfianza a la mujer.

Cuando les ordenó que salieran de la bañera no tenía nada que ponerse, la señora, se había llevado su ropa a lavar. Así que Caroline se sentó en la cama, observando con mucha atención, como Elena era mimada por su madre, quien la ayudó a secarse, la vistió y luego cepilló su cabello. Elena parecía una princesa, e incluso, al final portaba una diadema de piedras brillantes.

—Perfecta

Escuchó decir, Anne, mientras Elena sonreía y se levantaba del taburete. Caroline la vio dar vueltas en su habitación, su hermoso vestido se levantaba maravillosamente, no pudo evitar reírse de ella, porque parecía que tenía un paraguas debajo de la falda. Anne había llamado a la extraña falda con aros de alambre, crinolina.

—¡Caroline!

Caroline miró a Anne avergonzada, cuando creyó que le llamaría la atención por burlarse de su hija. Más lo que encontró fue a la mujer con un vestido lavanda para ella. De inmediato negó y bajó la mirada.

—¡Oh! Claro que sí. Ninguna mujer debe andar en bata en casa, mucho menos si es ajena y hay un hombre viviendo en ella. Mi esposo no tardará en llegar y tú e Elena bajarán a comer antes de que regreses con tu madre.

Caroline, miró a Jessie dormir profundamente, en el centro de la cama de Elena. No podía negar que su pequeña hermana estaba más llenita de cuando comenzaron a visitar a Elena. Estaba avergonzada, porque debería ser su madre quien alimentará a su hermana, quien se ocupará de bañarla y darle amor.

—¡Vamos, Caroline! Ponte el vestido, ya tengo hambre —dijo Elena. Que ahora peinaba a una de sus muñecas.

—De acuerdo, pero yo me lo pongo —aceptó, tímidamente.

Cuando se sentó en el taburete, miró a los ojos a la señora a través del espejo. Ella le sonrió y se agachó para susurrarle en el oído:

—Elena necesita vestidos, peinados y una brillante corona para parecer una princesa; pero, tú, tienes el rostro de una, por lo que no permitas que nadie mire tu ropa o tus zapatos. Lo único que debes hacer, es mantener el rostro en alto, la mirada fija en los ojos de los demás, la espalda recta, el paso lento, pero seguro y una hermosa sonrisa llena de calidez. Y entonces, solo entonces… tendrás el mundo a tus pies.

Caroline tomó esas palabras como un mantra y valla que le sirvió en muchas ocasiones vergonzosas. Así que levantó el rostro y caminó hacia la mesa donde aguardaba su amiga de la infancia.

No sabía por qué, pero al divisar a una joven sentada de espaldas a ella, en el centro del restaurante, supo que era Elena. Su cabello rojizo con suaves ondas que bajaban por su espalda, le habían recordado el cabello de Anne. La mujer se giró en su dirección y cuando sus ojos verdes se cruzaron con los azules de Caroline, le sonrió. Esa sonrisa cálida y maternal sin duda solo podía ofrecerla una Anderson. Caroline llegó hasta Elena luciendo una sonrisa divertida.

—¡Vaya! Pero ¿qué tenemos aquí? ¡Eres la viva imagen de Anne!

—¡Caroline! —Elena abrazó a su amiga de antaño y ninguna pudo evitar las lágrimas.

Caroline y Jessie llevaban un par de semanas en Chicago hospedadas en un hotel, y ella todavía estaba sin empleo, solo con el dinero suficiente para sobrevivir un par de días más. Se preguntó, qué había pensado cuando creyó que lograrían salir de esa casa horrible y poder tener una vida tranquila. Un toque en la puerta la sacó de sus pensamientos sombríos. Caminó hacia ella y la abrió sin preguntar antes, pensando que era Jessie pues llevaba fuera hace más de una hora, había salido a comprar una pizza. Se sorprendió al encontrar a Elena con una maleta en mano y con Jessie a su lado sosteniendo dos cajas de pizza y una soda familiar.

—Me encontré a Jessie y compramos una pizza más. Cargar esta maleta tan pesada me abrió el apetito —dijo Elena adentrándose al cuarto de hotel sin esperar el permiso de su amiga.

Caroline le preguntó a su hermana con la mirada y esta le respondió con un susurro:

—Ella invita. —Y de inmediato le devolvió el dinero que le había dado. Ahora tendrían dinero para comprar comida y pagar tres días o dos de hospedaje.

Jessie colocó las pizzas y la soda en la mesita de noche y Caroline, tras un suspiro largo, cerró la puerta.

Elena estaba recostada en la cama, con sus lentes oscuros todavía cubriendo sus ojos verdes, traía puesto un bonito suéter tejido finamente de color azul cielo en V, y un pantalón entubado blanco. Las zapatillas deportivas llamarón la atención de Caroline, pero de solo ver el logotipo, desvió la mirada.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó sinceramente, se habían visto el día anterior y Caroline había sido demasiado grosera con Elena cuando sugirió que la dejara pagarle una semana de hospedaje. Creyó que no volvería a llamarla o que no respondería sus llamadas, en cuanto ya no pudiera darle un techo a Jessie, en dos días —calculaba Caroline—, no le quedaría otra opción que buscarla con el rabo entre las patas. Pero Elena era así, nunca esperaba las disculpas de nadie, nunca esperaba nada de nadie.

—Dame un segundo —respondió agitada—. Tu hotel está más lejos de mi departamento de lo que creía. ¡Diablos! ¿Sabes cuánto pesa esa maleta? —señaló Elena con la mano hacia donde había arrojado la maleta. Se retiró los lentes y los puso en su bolso de mano.

—¿Has venido caminando? —preguntó Jessie, mientras arrastraba la mesa hasta la cama.

—Por supuesto.

—Creía que tenías un auto. ¿Era de tu esposo? —preguntó Caroline comprensiva.

—No. Pero me lo regaló un día después de mi cumpleaños en compensación por su ausencia en la fiesta que su hermana organizó para mí. Así que cada vez que lo miro, me dan ganas de llorar.

—¡Es un imbécil! Jaula de oro ¿no? —acusó Caroline, a la vez que se acercaba a Jessie y comenzaba a servir la pizza en los platos de cartón.

—No. En verdad tenía trabajo, era el caso de un niño maltratado por su tío que resultaba ser su tutor. El niño necesitaba más a Ethan en el juicio, que yo en una tonta y frívola fiesta de cumpleaños.

—Pero, no por eso no va a doler —afirmó Caroline apoyando el sentir de Elena.

—¿Qué coche es? —Jessie preguntó con curiosidad. Sabía que tenía un auto, porque su hermana se lo dijo: que era hermoso y que nunca había visto un auto tan brillante.

—Un Bentley Continental GT…

—¡Ay! ¡Por Dios! ¿Qué es tu esposo? ¿El abogado de la mafia? —preguntó Jessie, entre sorprendida y preocupada. Su rostro comenzaba a formar una sonrisa.

—¿Por qué? ¿Cuánto vale? —Caroline se acercó a Elena sentada en la cama. Le tendió el plato con la pizza y un vaso con soda.

—Gracias, Caroline, muero de hambre. ¿Dónde puedo lavarme las manos? —Caroline le señaló el cuarto de baño. Elena le sonrió con agradecimiento y luego le respondió a Jessie—. No, que yo sepa, Jessie. Pero lo que sí sé, es que él y sus socios compran acciones y luego las venden. No solo se dedican a meter a los malos a la cárcel. —Una vez de vuelta, le respondió a Caroline—: Y vale mucho, creo.

Elena tomó su pizza y se sentó en la cama de nuevo. Jessie tomó sin preámbulos su lado izquierdo y Caroline tomó el lado derecho. Las tres guardaron silencio mientras comían su porción. Y fue Jessie quien más tarde dijo:

—¡Quiero un esposo como el tuyo!

—Es fácil, estudia, ve a la fiesta de la chica que te molesta y que no te invitó, y luego, arrebátale el prospecto a la bruja —respondió Elena, con una sonrisa en los labios.

—¿La has vuelto a ver? —preguntó Caroline.

—Sí, y todavía no lo supera.

Las tres rieron al unísono.

—Tengo miedo de preguntar por el contenido de esa maleta —dijo con temor la rubia.

Elena se puso de pie y se dirigió a la mesa por otros dos trozos de pizza.

—La secretaria de mi esposo renunció hace una semana, así que le comenté a Ethan que mi amiga de la infancia acaba de mudarse a la ciudad y le te urgía un empleo…

—¡Pero no tengo estudios concluidos, Elena! ¿Cómo pudiste hablarle de mí? —Caroline se exaltó más por la vergüenza que por la ayuda o caridad de Elena.

—¿Y?… eres la chica más lista que he conocido jamás. ¿Sabes utilizar un ordenador?

—Sí.

—Entonces, ya está. Solo tendrás que realizar los exámenes de protocolo. Pero el puesto ya es tuyo. ¿Te parece?

—No, nunca he sido secretaria, qué voy a saber yo de lo que se hace allí.

Elena se colocó al frente de Caroline.

—No te preocupes, llamé a una de las secretarias de mayor tiempo allí y le pedí que te instruyera personalmente. Todo estará bien Caroline. Confía en mí. —Caroline miró las manos de Elena unidas a las suyas.

—¡Vamos, hermana! Elena tiene razón. Con un ingreso de cajera no podrás mantenernos, tendré que abandonar la escuela definitivamente o tendremos que volver a casa.

—No dejarás la escuela.

—¡Ya la abandoné! Estamos muy lejos de Cortland, Caroline. ¿Cómo haré para viajar todos los días hasta allá? ¿Eh?

—¡Tranquilas! Jessie, ya tengo solucionado lo de tu escuela. Y Caroline, deja tu estúpido orgullo a un lado, ¿quieres? Por el bien de Jessie. Por el bien de ambas, a decir verdad. Ahora, miremos la ropa. Es bonita te encantará.

—¡Elena! ¿Me compraste ropa?

—¡Tranquila, Caroline! No te la compré. Hace poco, saqué alguna ropa que ya no me queda, iba a donarla de todas formas.

Elena dejó el plato de cartón vació en la mesa y caminó hasta la maleta abandonada a un lado de la cama. La arrastró a los pies de Caroline y la abrió. De cuclillas, comenzó a sacar de uno a uno los vestidos de colores sobrios y elegantes. Se los tendió a Caroline, quien forzadamente los tomó.

Jessie se acercó un poco más hacia su hermana para echar un vistazo, al ver un hermoso vestido rojo, pasó los dedos sobre la tela.

—¡Uff! Ahora comprendo por qué valen tanto dinero los vestidos de diseñador. La textura de las telas, son tan suaves y diferentes a las que venden en los supermercados. ¡Mira, Caro! Siente.

Jessie llevó el vestido a la mejilla de Caroline.

—Sí. Es cierto.

Caroline comenzó a enamorarse de los vestidos que Elena le daba, eran hermosos y elegantes.

—Oye, ¿y si tu esposo los reconoce?

—Descuida, no lo hará. Muchos de ellos, solo los he usado una vez y me aseguré de que fuera hace mucho tiempo. Ethan no los recordará.

—¿Y no son muy elegantes para una oficina?

—No. Entre más elegante seas, mejor. Continuamente visita a clientes o ellos lo buscan, es importante que estés presentable. Puede que un día lo acompañes a una comida o cena. Escúchame, Caroline, Ethan no es un hombre fácil, pero si te ganas su confianza te mantendrá cerca y te ayudará a que concluyas tus estudios. Algo bueno que tiene, es que apoya a todo aquel que se esfuerza por mejorarse cada día.

—¿Cómo es eso de que la ayudaría a terminar sus estudios? —preguntó Jessie.

—La firma, beca a los estudiantes. Más adelante, podrías hablar con él y solicitarle permiso para estudiar los fines de semana.

—¿Crees que acceda? —preguntó Jessie, menos asombrada que Caroline.

—Por supuesto. Entre mejor preparada esté tu hermana, mejor será para él. —Elena sonrió a Jessie y luego miró a Caroline—. Traje hilos y aguja para arreglarte los vestidos a tu talla.

—No tengo zapatillas negras.

—¡Oh! No pensé en eso, bueno te haré un préstamo y me lo pagarás en tu tercera paga, ¿te parece bien?

—Te faltan rojas para este vestido.

—Ya tengo rojas.

—¡Ay! No, esas no…

—¡Jessie! Ya tengo unas rojas.

—Ok. Ya no diré nada.

—Entonces, ¿zapatillas negras, rojas o ambas?

—Negras, Elena.

Al siguiente día, Caroline, caminaba deprisa con sus altas zapatillas rojas, un poco raspadas de las puntas, pero solo se notaba si las veías con atención. Vestía una minifalda y blusa blanca que compró cuando su exnovio Kevin la llevó a una fiesta familiar en casa de sus padres. Sabía que mostraba un poco las piernas, no obstante, tenía miedo de que el esposo de Elena reconociera la ropa de su esposa. No fuera a pensar que estaba abusando de Elena. Así que, tercamente, se puso su propia ropa y no los vestidos que Elena le regaló.

En cuanto al dinero que recibió para las zapatillas negras, ella simplemente lo guardó para los gastos hasta que recibiera su primera paga. Solo hasta entonces no utilizaría los vestidos de Elena, ella se los pagaría. O, al menos, le compraría uno, así compensaría un poco todo lo que le dio. Sin embargo, no era la ropa lo que hacía de Caroline una mujer bella o atractiva, en realidad, era su cabellera larga rubia hasta la cintura; ojos color azul cielo y adornados con espesas pestañas; boca chica y labios delgados; la nariz respingada; y su cuerpo escultural.

No le gustaba ser impuntual, por eso llegó exactamente cinco minutos antes a su entrevista de trabajo al edificio de Donovan & Asociados. Respiró hondo tratando de quitarse los nervios de encima. Miró el alto edificio un momento y luego, entró. Espalda recta, cabeza en alto, paso lento y seguro, expresión serena, sonrisa amable, mirada fija… se acercó a la recepción.

—Buenos días, señorita. Tengo entrevista con el señor Donovan, es para el puesto de secretaria.

—¿Cuál es su nombre? —La recepcionista sonrió al verla.

—Caroline Miller.

—Por supuesto, ya ha preguntado por usted. Tome —la joven le entregó un gafete que decía «Visita» —. Último piso, no hay secretaria por lo que yo avisaré al señor desde aquí, cuando llegue, solo toque su puerta y espere a que le dé el paso.

—¿Solo hay una puerta en ese piso?

—Sí.

—Gracias. —Caroline agradeció a la joven por su amabilidad. Luego siguió las indicaciones y seis minutos más tarde, estaba frente a la puerta del señor Donovan.

Pudo verlo a través de la pared de cristal que lo separaba del mundo. Joven y guapo, sí, el tipo era perfecto para Elena, no porque ella fuera muy bonita, tenía elegancia y porte y una buena educación, pero, él, era en definitiva el tipo de hombre con el que su amiga, que solía soñar con príncipes cuando eran unas niñas, se casaría. Él era hermoso. Dio dos suaves toques y esperó…

—Pase.

Ella entró con su mantra en la mente de espalda recta, cabeza en alto, a paso seguro, sonrisa amable y mirada serena.

—Buenos días, señor. Soy…

—Odio la impuntualidad, ha llegado un minuto tarde —el hombre la interrumpió con desdén—. Los días lunes estamos mayormente cargados de trabajo, tome asiento y apunte. Le daré algunas indicaciones a menos que tenga memoria fotográfica y recuerde todo lo que tiene que hacer. —Él tecleaba y mantenía la mirada fija en el ordenador, mientras le hablaba groseramente.

—Sí, señor, permítame. —Caroline se sentó en la silla frente a él y de su bolso sacó su vieja agenda y una pluma—. Ya estoy preparada, señor.

—Todavía no escribas —situó su mirada verde en ella sin expresión alguna—. Sí. Es cierto que mi esposa te recomendó, según recursos humanos por tus resultados en los exámenes y entrevistas fuiste la menos apta para el puesto —Caroline se removió en su asiento—, sin embargo, mi esposa me ha pedido esto como un favor muy personal. Por lo que no gastaré mi tiempo entrevistándote para citarte hasta mañana cuando hoy tenemos demasiado qué hacer aquí. Estas a prueba por una semana, si no me sirves, el sábado a última hora se te hará saber. Y, por supuesto, el tiempo a prueba se te pagará. Ahora sí, ya puedes comenzar a escribir.

A Caroline le había parecido un arrogante, niño rico. Lo había odiado al instante, aunque, luego pensó en Elena y se dio cuenta de que no podría hacerlo su enemigo o ya no la volvería a ver. El todopoderoso parecía ser un hombre dominante, lo contrario a su mejor amiga, que era gentil, dulce, amable y de poco carácter. Por lo que se mordió la lengua e hizo lo que le pidió.

Tras recibir una capacitación de cinco minutos por Brisel, la secretaria de Vicepresidencia, pasó el día entre contestar teléfonos, escribir algunas cartas, ordenar el itinerario de su jefe, contactar algunos abogados para solicitar expedientes de los últimos casos del mes, y revisar correos electrónicos. La salida de trabajo era hasta las siete de la noche, pero su jefe no se había retirado por lo que ella continuó ordenando el desastre que la antigua secretaria había dejado.

—¿Por qué aún estás aquí? Hace dos horas debiste haberte ido —la voz ronca de él la hizo dar un pequeño salto en su lugar. Ella no lo había escuchado salir de la oficina, ya que llevaba un audífono en el oído derecho. Maldijo pensando en que debió ponerlo en el izquierdo.

—Discúlpeme, señor, es que usted aún se encontraba dentro y pensé que podía necesitarme en algún momento.

—¿Necesitarla? —él cruzó los brazos—. ¿Para qué? —le preguntó mientras la miraba desvergonzadamente con una sonrisa ladeada de la cintura para bajo. Pero cambio la expresión borrando su sonrisa sexi y conquistadora, cuando miró el rostro de la rubia. La mirada de Caroline era helada—. La próxima vez solo avísame que ya es hora.

—Sí, señor —le respondió con los dientes apretados.

Cuando Ethan desapareció en el ascensor, Caroline suspiró y no pudo evitar soltar en voz alta—: Así que este es el pedazo de idiota engreído con el que se casó Elena. Tonta, seguro le ve la cara.

A la mañana siguiente, Caroline llegó más temprano de la hora de entrada. Todavía le faltaba mucho para terminar de ordenar los expedientes, y quería dar una buena impresión. Ethan llegó diez minutos después y de nuevo se sorprendió al encontrarla archivando, como si no se hubiera ido de la oficina. Lo que la diferenciaba ese día era su ropa, traía un pantalón negro, llevaba una blusa blanca muy parecida a la del día anterior, los mismos zapatos rojos, pero el suéter era de color verde.

—¡Buenos días! —Caroline se giró poniéndose de pie de inmediato, su jefe tenía el ceño fruncido mientras evaluaba su vestimenta.

—Buenos días. ¿Gusta una taza de café?

—Si, dos de azúcar —él no mencionó nada sobre su atuendo, pero negó con la cabeza y se fue a su oficina.

A la hora de la comida Caroline no salió a comer, no traía nada y tampoco dinero, así que se ocupó en adelantar trabajo. La papelería de la oficina era un desastre y su jefe un idiota con poder. Treinta minutos después recibió una llamada de la recepción indicándole que la policía la buscaba. Extrañada bajó a la recepción, sus manos sudaban de nerviosismo.

—¿Es usted la señora, Caroline Miller?

—Sí.

—Soy el agente Robert Owen queda usted detenida por agresión y secuestro.

Caroline estaba asombrada, se preguntó cómo era que la habían encontrado tan rápido. De reojo pudo divisar que su jefe iba cruzando las puertas del edificio. Sintió pánico. Entonces gritó, porque esta era su única oportunidad para salir adelante y su madre y padrastro se lo estaban arrebatando.

—¿Agresión? ¿Secuestro? ¡Ese hijo de puta la iba a matar a golpes, si no la defendía!

—¿Qué sucede aquí? —la voz de Ethan resonó en la recepción. Caroline cerró los ojos con vergüenza. No volvería a ver a Elena.

—Tiene derecho aguardar silencio, todo lo que diga será usado en su contra… —Caroline guardó silencio y finalmente miró a su jefe y con lágrimas en los ojos le dijo:

—En mi celular tengo las pruebas de mi inocencia, por favor. Llame a Elena, por favor dígale a su esposa.

Caroline había creído que él no le avisaría a Elena, que al contrario la alejaría de ella. ¿Por qué le daría el privilegio de la duda? ¿Quién era ella para que su voz fuera escuchada? Elena llegó un par de horas después a la comisaría. Entonces, Caroline supo que todo estaría bien. Que no estaba sola y no volvería a estarlo mientras Elena estuviera con ella.

Seis meses después, Caroline, había comenzado a ver a Ethan con algo más que admiración.

—Señor Donovan, aquí tiene los documentos que me pidió y también le recuerdo que tiene una cita con Zack Reynolds a las dos te la tarde.

—Gracias, Caroline, de verdad estaría perdido sin ti —le respondió antes de dar un sorbo a su café humeante, para después cerrar los ojos y saborearlo bajo la mirada de veneración de su secretaria—. ¡Es delicioso! Ni siquiera mi esposa hace un café tan rico.

Caroline sonrío.

—Gracias, señor. —Un momento después dejó a su jefe en la oficina y tras cerrar la puerta suspiró con el corazón latiéndole de forma apresurada.

Lo que había comenzado como agradecimiento y gran respeto por aquel hombre quien le dio un voto de confianza a ella, una completa desconocida, se estaba transformando en algo más. Él le había mandado a uno de los abogados del bufete para hacerse cargo de su problema. Las cosas salieron bien. Ella no se cansaba de decirle lo agradecida que estaba y él le respondía que lo hubiera hecho por cualquier empleado siempre que fuera inocente, como en su caso, que tenía una justificación a sus actos. Y que, además, Elena no lo perdonaría si la hubiera dejado abandonada cuando podía, claramente, ayudarla.

Caroline se esforzaba al doble en su trabajo y siempre realizándolo a la perfección. Y todo para hacerle saber a Ethan Donovan que no había cometido un error en ayudarla y mucho menos a contratarla. Pero todo ese respeto y admiración con el tiempo se convirtió en veneración por su héroe, aquellos sentimientos cada día se hacían más fuertes con la convivencia. Por otra parte, también había nacido en ella una fuerte atracción por él. Deseaba sentir su cabello entre sus dedos, acariciar su ancha espalda, y con el tiempo comenzó a soñar despierta y a preguntarse cómo se sentiría al ser estrechada entre sus fuertes y protectores brazos, todo eso la volvían un imán sexual cada que estaba frente a él. Hasta el día en que sus sueños se hicieron realidad.

Caroline se había quedado dormida en su escritorio esperando la salida de su jefe para poder retirarse. ¿Cuántas veces le había dicho que se podía ir a la hora de su salida? Ella comenzaba a sospechar que en el matrimonio de su amiga no todo era miel sobre hojuelas. Sobre todo, porque a veces él llegaba molesto, y era evidente que no le gustaba volver a casa temprano. Siempre era el último en marcharse.

—Caroline —le llamó suavemente acariciando su nombre con voz seductora y anhelante. Ella abrió los ojos lentamente hasta que cayó en cuenta que él estaba ahí. Un rubor apareció en sus mejillas.

—¡Oh! Disculpe señor. —Se puso de pie de inmediato y alisó sus ropas con nerviosismo.

—Caroline, Caroline. ¿Qué voy a hacer contigo? —Ethan, soltó un suspiro dramático—. Vamos te llevaré a tu casa.

—No es necesario señor yo… —Ethan tomó el rostro de ella entre sus manos, sus alientos chocaron, el de ella era dulce, el de él a Whisky.

—Lo es, preciosa. —Se alejó de ella y la incitó a ir con él—. Elena no me perdonaría si algo te sucediera por mi culpa —lo escuchó decir con amargura.

Subieron al elevador y al cerrarse las puertas, Caroline sentía cómo la energía fluía entre ambos, una energía extraña que, hacía ya algunas semanas atrás, emanaba de ellos. Sabía que no era correcto, que podía perder a una buena amiga, pero lo necesitaba y, daría lo que fuera por sentirlo, aunque fuera una sola vez. Ella podía decir que ambos pensaban y sentían lo mismo, porque cuando ambos se giraron frente al otro y sus miradas se cruzaron, lo supo, se deseaban.

Nunca la habían besado de la manera en que Ethan lo hizo, tan salvaje, tierna y apasionada; todo a la vez. Jamás se había sentido tan llena de necesidad de fundirse con aquel hombre. Sus piernas flaquearon, se derretía en sus brazos mientras sentía un escalofrío recorrer su espina dorsal. No pensó en la esposa de él, su amiga, solo en que los sueños a veces se podían hacer realidad.

Ethan terminó el beso. Sus ojos se habían oscurecido por la pasión y la excitación del momento.

—Te necesito, Caroline. Y sé qué tú también sientes lo mismo, no intentes negarlo más, apaguemos este fuego que nos consume y nos lleva al infierno cada día que nos encontramos aquí.

Nadie la conocía también, creía cubrir bien sus sentimientos por él, sin embargo, no podía negar que tenía razón, cada día era más difícil mantenerse al margen.

—Elena es mi amiga, tu esposa, la amo, y yo no…

—No la menciones —tensó la mandíbula —ella… no me hace feliz. No hay nada entre nosotros desde hace mucho tiempo. Por favor.

Las puertas del ascensor se abrieron y salieron al estacionamiento, no había autos, eran posiblemente los últimos en salir del edificio como siempre, ella intentó tomar la salida para irse sola, pero él la sujetó del brazo llevándola hasta su auto de manera posesiva.

—Voy a llevarte ya te lo dije, ¿no?

—No creo que sea correcto.

—¿Por qué? No crees poder controlar lo que sientes por mí, ¿cierto?

—Por favor.

Ethan le abrió la puerta del copiloto más no permitió que entrara, él la tomó entre sus brazos y la besó de nuevo.

Más tarde entraron a un Hotel a las afueras de la ciudad. Esa noche ella se entregó por primera vez a un hombre. No a cualquiera, lo hizo al hombre que amaba en secreto con todo su corazón. Que más daba si mañana no volviera a ella, quería ser feliz, aunque fuera una sola vez, pero una sola vez no fue suficiente para ninguno de los dos.

Y luego de dos años de una tórrida aventura, Caroline no se sentía feliz ni conforme. La última vez que había llegado a casa casi a las dos de la mañana, antes de que Ethan hubiera dejado a Elena tuvo que enfrentarse a su hermana.

Caroline entró a su departamento, la habitación estaba oscura, y en puntillas se dirigía a su habitación cuando la luz de la estancia se encendió. Jessie, su hermana de dieciséis años se encontraba sentada en el viejo sillón.

—Me pregunto… ¿Cómo es qué puedes dormir tranquilamente sabiendo que estas destrozando la vida de una buena mujer? Una mujer que mientras te daban mi patria potestad fue mi madre de acogida. Me dio techo, ropa y comida.

—Su matrimonio es un fracaso, él me ama a mí —se defendió Caroline, su voz se quebró al final.

—Si sus sentimientos fueran verdaderos no te habría hecho su amante. ¡Por Dios, Caroline, abre los ojos!

—¡Basta! ¡No me levantes la voz! No tienes por qué juzgarme. No sabes nada de la vida, y esto no es asunto tuyo. —Hace mucho tiempo que no se atrevía a ver a los ojos a su pequeña hermana, se sentía más culpable de lo que demostraba.

Más tarde, recostada en su cama mirando las sombras que entraban desde su ventana hacia su techo intentó convencerse así misma de que Elena no era la misma chiquilla que fue su mejor amiga, ella había cambiado con el tiempo. Siempre había sido una chica solitaria, había sido muy dulce y protectora, lo compartían todo, una sonrisa amarga salió de sus labios, hasta el esposo lo estaban compartiendo. Pero habían crecido y la inocente y dulce amistad había cambiado junto con ellas. Cuando volvieron a verse intentó no sentir envidia, pero la verdad era que ella odiaba su vida, siempre lo hizo, ¿Cuántas noches no se había fugado de su casa con Jessie a cuestas para refugiarse en la recámara de Elena cuando los monstruos que su madre llevaba a casa las aterrorizaban?

A Jessie le parecía tan bonita esa habitación rosada llena de peluches que su padre le regalaba constantemente. Había uno en especial que Elena amaba, ella se lo había regalado cuando se marchó con su abuelo, dos días después del funeral de su padre. Caroline sabía que había sido el último obsequio de aquel buen hombre y cuan valioso era; pero, aun así, Elena sabía lo mucho que Caroline estaba devastada, ya no tendrían un refugio, ni quien las protegiera de su madre así que se lo dio para que recordara que en el mundo había alguien quien la amaba de verdad, y que la consideraba como una hermana, la hizo jurar que cuidaría de él y que cuando crecieran volverían a verse. Durante mucho tiempo se escribieron, el muñeco —un oso de peluche—, había sido un salvavidas más para la pequeña Jessie que para ella, Jessie lo abrazaba con fuerza mientras se escondía en la alacena de la cocina para no ser encontrada por su madre alcohólica o por alguno de sus amantes. Mientras que, Caroline, tenía que sufrir los golpes de su madre o manoseos de aquellos hombres. Y tanto odiaba su vida que Caroline simplemente dejó de responder a Elena. Hasta que ella, como si hubiera presentido cuánto la necesitaba, apareció de nuevo en su vida.

Elena le había contado lo tonta que se sentía cuando tomaron a Jessie como hija de acogida, mientras su caso se resolvía y Ethan conseguía la patria potestad para ella. Elena había reproducido prácticamente su habitación de infancia para Jessie. Y secretamente se preguntaba si Elena pretendía, quitarle a Jessie de verdad. Elena se comportaba como la madre que nunca tuvieron, y como ella nunca podría ser.

Revisaba sus notas escolares, la premiaba cuando lo merecía, compraba accesorios para coordinarse y eso la hacía sentirse estúpida. Porque Elena había logrado una relación tan estrecha con Jessie, inigualable, ni siquiera ella se sentía así con Jessie. Ethan, había sido otro que se comportaba como un padre, estricto pero amable y bueno. Se había ganado el respeto de Jessie y perdido cuando se enteró que eran amantes, pero, aun así, Jessie estaba agradecida con él y era el motivo por el que guardaba silencio.

Se preguntó… «¿Por qué Elena no le da el divorcio?». Tal vez pareciera una buena mujer, pero era egoísta, quería tenerlo a su lado sabiendo que nunca podría darle hijos. Ethan no merecía una mujer como Elena, tonta y sosa. Si tan solo tuviera la oportunidad, ella le daría un montón de niños y hasta su vida entera para hacerlo feliz.

Y el tiempo pasaba y su amor por él crecía cada vez más, estaba enloqueciendo porque no soportaba seguir siendo la otra. Lo quería completo como ella se entregaba.

Y cuando finalmente él decidió dejar a Elena y le hizo promesas que nunca pensó que se harían realidad, fue la mujer más feliz del mundo. Pero ahora que el idiota había vuelto con Elena… ya no sabía qué pensar. Tenía miedo, mucho miedo de perderlo.

Al regresar más tarde a la oficina, se da cuenta de que Ethan no está. Así que se siente aliviada de tener un poco más de tiempo para pensar en cómo hacer que se quede con ella esa noche. Recuerda que Elena había planeado un estúpido baile erótico, así que espera impaciente la llegada de él. Muerta de celos y rabia, porque no sabe si la tonta y sosa mujer ya ha hecho el intento, aunque lo duda. Ethan solía burlarse de ella y sus fracasados acercamientos, pero tampoco le ha contado nada. Apuesta a que el día que dejó el departamento ella planeaba seducirlo. Él le había dicho que tenía todo un escenario puesto. Ahora que él ha vuelto, no permitiría que se fijara de nuevo en ella. Le daría a Ethan un baile que hiciera parecer tonto y torpe el baile de Elena.

El sonido del elevador atrae su vista hacía Ethan que ha llegado furioso.

—No me pases llamadas y cancela todo lo que tenga para esta tarde. Y que nadie me moleste —ordena.

—Sí, señor —le contesta con voz baja y obediente.

Juega a ignorarlo, aunque luego de un rato comienza a preocuparse. Él no la busca. Para el término de la jornada cuando ya no hay nadie en el edificio, entra a su oficina, él está de espaldas viendo las luces de la ciudad desde su ventana. Caroline cierra la puerta, va al minicomponente y pone una suave melodía. Ethan se gira para quedar frente a ella, pero se queda pasmado al ver a la rubia moverse en un ritmo sensual y caliente.

Desnudándose poco a poco, lo ve relamerse los labios y se dirige a un lado del escritorio para obtener una vista mejor. Y cuando ella llega hasta él, lleva sus caderas hasta su sexo erguido moviéndose en un ritmo sugerente. Se quita el sujetador mostrándole sus pechos, ofreciéndoselos con sus manos.

Ethan la toma de la cintura y la gira de espaldas para bajarle las bragas. Penetra su vagina con tres dedos sin preocuparse de que estuviera lista o no, ella siempre estaba dispuesta. A ella no le gusta su agresividad, pero guarda silencio. Era una máquina sexual tanto como él. Ella escucha como desabrocha con la otra mano su pantalón, y luego retira sus dedos de su dulce centro para penetrarla rápido y fuerte, sin consideración, mientras la sujeta de las caderas. Pronto la habitación se llena de los gemidos y de los gritos de ambos, hasta que explotan en éxtasis. La experiencia fue fría, sin caricias ni palabras previas ni durante el acto. Como llegó, se fue.

Ethan sin decir nada se dirige al baño, minutos después lo ve salir impecable. Ella entra, se viste y por primera vez, se siente vacía.

Cuando sale del baño, lo ve alistándose para irse —¿Vas a invitarme a cenar? — le pregunta intentando no sonar ansiosa.

—Sabes que tengo que volver temprano.

—No, no lo sé.

—No me fastidies, todavía ni siquiera me divorcio de mi esposa y ya actúas peor que ella.

—¡No me compares con esa!

—¡Esa! Tu amiga, es mi esposa todavía, ubícate. Estoy en proceso para el divorcio, pero no soy un hombre libre, ¿entiendes? Demonios, Caroline, solo me pidió cinco días. Ya soportaste dos años. ¿Por qué no esperar unos cuantos miserables días? ¡Por Dios! Ni que fuera a hacerle el amor.

—¿Qué? —Suelta una carcajada amarga—. ¿No me digas que eso no lo incluyó en el trato?

—Ella no es como tú, ya te dije que es más fría que un témpano de hielo.

—¡Bien, si tú lo dices! Recojo mis cosas y nos vamos.

—Cariño, ya es tarde no puedo llevarte. Mi esposa, me espera.

Caroline suspira tragándose el veneno y la impotencia de su desplante. Salen juntos de la oficina sin decir nada, toman el ascensor, pero ella baja en el primer piso. Ethan continúa hasta la planta baja. Caroline intenta no llorar, o, al menos, no hasta estar a salvo en casa y en su habitación.

—¡Vaya! Por fin un día llegas temprano. ¿Tu jefe tuvo junta de negocios con su esposa? —Jessie está sentada en la sala frente al televisor, viste un camisón y en las manos sostiene un plato con cereal. No quita los ojos del programa, las risas se escuchan de fondo.

—Eso es vedad, ¿Jessie? Yo soy tu hermana —Caroline dice con cansancio mientras cuelga el bolso, no quiere que su hermana vea lo que le cuesta esta nueva situación con Ethan. Así que finge.

—Y Elena nos ayudó, gracias a ella estamos juntas ahora.

—No. Gracias a Ethan.

Caroline se da la vuelta, Jessie aparta la mirada de la odiosa caja idiota. Ambas se miran a la cara.

—Ese hombre no te hubiera ayudado sin la intervención de Elena.

—Estoy cansada de que todos la vean como una inocente mártir, es una perra egoísta —Caroline está furiosa, con Jessie, especialmente. Porque, no pensaban como ella, por qué no aceptaba que su felicidad era ese hombre, ese que ahora había regresado con su esposa con un maldito pretexto haciéndola sentir que al final, ella no es suficiente para él. Y que, lamentablemente, no la ama tanto como decía hacerlo. Aunque, para empezar, en realidad, nunca se lo había dicho con palabras.

—Y tú una ciega, ¿Cómo has podido traicionarte a ti misma?, ¿convirtiéndote en la amante de un hombre casado? —Jessie se pone de pie frente a Caroline—. ¿Del esposo de la mujer que siempre nos ha tendido la mano sin esperar nada a cambio de nosotras? ¿Ya te olvidaste qué ella intervino para ser mi madre de acogida durante el proceso legal?

—¡No, claro que no! —Caroline grita—. Nunca me dejas olvidarlo. Pero tal parece que te gustó demasiado la idea de ser su hija, que te has olvidado todo lo que hago por ambas, todo lo que hemos pasado y sobre todo que llevamos la misma sangre, por eso, deberías apoyarme a mí.

—Entiéndelo no es por ella, es por ti. Han pasado dos años que te hace creer que él va a dejarla, que no cambiara de opinión mañana. Los vi, tenían problemas, pero puedo asegurarte que la manera en que él la miraba cuando creía que nadie lo notaba, era de dolor, nostalgia tal vez, pero sobre todo… amor y él jamás te ha mirado así.

—¡Cállate! ¿Acaso estas diciendo que la ama? La ha engañado con otras antes, él no la ama.

—Y a ti ¿sí?

—Después de mí no ha habido nadie.

—Solo su esposa, claro.

—No. El hace mucho que no se acuesta con ella. ¿Quién querría dormir con ese esperpento de mujer?

—¿Acaso te escuchas? No cabe duda de que estás ciega. De verdad espero que tengas razón y que él cumpla lo que prometió.

Y Caroline también lo esperaba, porque si no era así… entonces su vida ya no tendría sentido.

SI PUDIERA DECIR ADIOS

Escucha a lo lejos el sonido del repiqueo del teléfono, trata de recordar lo que sucedió momentos antes. Lentamente abre los ojos para encontrarse mirando hacia la pared y recostada en el piso del baño. Intenta ponerse en pie, es inútil, su cuerpo se tambalea, siente que todo da vueltas. Espera un momento mientras da bocanadas de aire para estabilizarse. Cuando está segura de que no volverá a marearse, lo intenta de nuevo con lentitud y cuando logra ponerse en pie, el teléfono ha dejado de llamar. Sale del baño, y ve con horror la hora en el reloj de pared. Siente terror al darse cuenta de que es tarde. ¡Ha permanecido dormida por un par de horas! El teléfono vuelve a sonar, se imagina que es Quella ya que habían quedado en verse más temprano en su oficina.

—¡Quella, lo siento! ¡Ya voy, solo dame treinta minutos, por favor!

—No soy Quella, Elena. ¿Por qué no le has respondido antes? Me ha sacado de una junta para decirme que no respondes el maldito teléfono.

—Lo siento yo…

—¡Solo llámala!

Ethan le ha cortado la llamada. Cuelga el teléfono y de inmediato vuelve a sonar. En esta ocasión, sí le echa un vistazo al identificador.

—Lo siento, Quella.

—¿Estás bien?

—Sí, me he quedado dormida, eso es todo. Lo lamento.

—De acuerdo, ya no puedo esperarte en mi oficina. Nos vemos en el restaurante, ¿de acuerdo?

Llega corriendo al restaurante, de inmediato pide que la conduzcan al área privada donde se encuentra su cuñada. La encuentra conversando con dos hombres, se acerca con una sonrisa de disculpa en el rostro, Quella le sonríe de vuelta poniéndose de pie para saludarla. Y no es hasta que la presenta a sus compañeros que nota que uno de ellos, es su antiguo amigo de la universidad. Steve. Quien está igual o más sorprendido que Elena, aunque ella le sonríe con ternura.

—¿Steve?

—¡Elena!

Ambos se acercan y se dan un fuerte abrazo.

—¿Ya se conocían? —pregunta Quella.

—Claro, fuimos compañeros de clase en la universidad —responde Elena con entusiasmo.

Steve no deja de sonreírle, lo que la pone algo nerviosa porque ha recordado lo que una vez Sophia le había dicho. Él, estaba perdidamente enamorado de ella y fue esa la razón por la que aceptó una cita con Sophia; quería que lo ayudara a conquistarla. Su amiga terminó decepcionada y él teniendo cierta rivalidad con Ethan. Nunca se llevaron bien por obvias razones. Al final, Elena tuvo que elegir entre su amistad con Steve o su relación con su ahora esposo.

—¡Oh! ¡Qué bien! Él es el señor Robert Thompson —dijo Quella a Elena.

—Mucho gusto señor Thompson soy Elena Donovan. Siento la demora tuve un percance al venir hacia acá —ella no es regularmente buena para las escusas. Pero al hombre parece no importarle, estaba más interesado en su cuñada que en la buena obra que estaba por hacer.

Entablaron una profunda conversación, el señor Robert era un empresario de edad avanzada y el joven que lo acompañaba, su mano derecha. Él estaba decidido a realizar una fuerte donación a un centro de ayuda para niños con cáncer. Quella era una de las principales fundadoras. Ella había decidido crear la fundación con el apoyo de su padre. Desde muy pequeña, había querido ser médico, pero cuando descubrió su miedo a la sangre decidió abandonar la carrera y buscar su verdadera vocación. Hasta que finalmente encontró otra forma de ayudar al prójimo considerándola aún mucho mejor. Con el pensamiento de que tal vez no salvaría una vida, sino cientos con su fundación.

Mientras se cierra el trato, Steve, no ha dejado de mirar a Elena, regalándole una sonrisa soñadora de cuando en cuando. Como dos adolescentes que se agradan, pero que son tímidos para decirlo. Al menos, eso era lo que proyectaban a los ojos de Quella.

Cuando la cita de negocios termina ambos se despiden, no sin antes de pedirse sus números de móvil.

—Ahora, Elena dime, ¿cómo va todo con Ethan? Porque al parecer sabía que estabas en casa o al menos fue lo que dijo: «No sé dónde está. Esta mañana la dejé en casa». Ya sabes con ese horrible tono pedante que tiene. Pensé que se había marchado, ¿qué hacía allí?, ¿eh?

—Aceptó el trato.

—¿¡De verdad!? —pregunta dando un pequeño salto de triunfo—. ¿Cuánto tiempo?

—Cinco días… desde hoy.

—¿Qué? ¿Cómo?... ¿Por qué tan poco tiempo?

—Ayer fue a recoger sus cosas y bueno hablamos… Creo que si le hubiera pedido más tiempo no hubiera aceptado.

—Pero, no comprendo. ¿Por qué cinco días?

—Por nuestro aniversario. Además, ya no creo que cambie de parecer.

Quella la mira un momento detenidamente —Háblame de tu amigo Steve….

Tras una tarde de compras y helados Elena llega a casa exhausta, pero feliz de reencontrarse con su antiguo mejor amigo, en tan buenas condiciones. Él, le había insistido en verse en algún otro momento. Y ella al pensar que pronto Ethan saldrá de su vida, aceptó continuar viéndolo, aunque solo fuera para llorar sobre su hombro. Siempre había sido un buen hombro en el que apoyarse.

Elena lleva las bolsas con la ropa que Quella le obligó a comprar a la recámara y la acomoda en el armario. Deja el camisón que ocupará esa noche a la mano. Después de cambiarse a ropa más holgada, se dedica a preparar la cena. Le queda poco tiempo para tenerla lista antes de que Ethan llegue a casa —si es que respeta su trato de ser el de antes—, por lo que centra toda su atención a preparar otro de los platillos favoritos de él. Una hora después está sacando del horno la charola cuando lo ve de pie tras la barra de la cocina. Da un salto y un pequeño grito, no lo ha escuchado llegar. Al final, ella le sonríe.

—Hola… ¡Bienvenido a casa!

No se acerca a darle un beso o un abrazo, teme su rechazo. Así que, como siempre, pone las cosas fáciles para los dos.

—Hola —le responde, su fachada complaciente es más que forzada.

—¿Qué tal te fue? —le pregunta ignorando el hecho de que se nota que está haciendo un esfuerzo titánico por estar con ella. Aunque le duele, simplemente, se dedica a colocar la charola en la encimera como si nada.

—Como siempre.

Se quedan en silencio, Elena mira a Ethan y puede leer en su rostro que él desea decirle algo que no va será de su agrado por lo que habla primero:

—¿Por qué no vas a cambiarte en lo que sirvo la cena?

Ethan la mira un momento antes de asentir. Lo ve desaparecer por el pasillo. Entonces, se apresura a poner todo en orden. En algún momento piensa en encender alguna vela aromática, aunque, después desecha la idea pues sabe que eso sería demasiado para él, por lo que, una vez más, desiste.

Ethan aparece nuevamente, observa un momento todo antes de tomar asiento, es claro que ha optado por hacer del silencio su mejor aliado. Ella se acerca para servirle su porción.

Ethan mira con atención como sus manos tiemblan de nervios por su sola presencia. Elena cree que él se desespera de verla tan nerviosa, pero no puede evitarlo. Cuando por un instante sus miradas chocan la incomodidad es palpable, él mira hacia la oscuridad fuera de los ventanales; al parecer, la sombra del edificio de enfrente le parece más atractiva. Elena toma asiento en su sitio y dan comienzo a la cena. Aunque, en realidad, ella sólo picotea la comida en su plato. Pues por hoy, ha comido demasiado y roto su ayuno. En ocasiones es imposible continuarlo cuando tiene que salir con amigos.

Cenan en silencio, pero ya no sienten tención en el ambiente, todo lo contrario. Ahora están en un estado de relajación.

—¿Cómo te fue con la odiosa de mi hermana? —le pregunta, Elena sorprendida levanta la vista del plato al rostro de su esposo, él está observándola mientras corta un trozo de carne, esperando obviamente su respuesta.

—Bien, Quella ha logrado conseguir la donación de la propiedad. Al donante le gustó la idea del centro de rehabilitación.

—¡Qué bien! Voy a llamarla mañana para felicitarla. Además, no vendría mal que revisara todo el papeleo en caso de que hayas pasado por alto alguna clausula importante.

—Todo está bien, el asistente del señor Robert es Steve. ¿Lo recuerdas?

Ethan deja de masticar un momento. Elena se declara culpable de intentar molestarlo con algo del pasado. No es que quiera arruinar la velada, pero a Quella le pareció apropiado mencionar a Steve después de que le habló sobre su amistad. Ella le ha llamado antiguo enamorado.

—¿Qué Steve?

—Steve Morgan. Mi amigo de la universidad. ¿No lo recuerdas? —Toma un bocado para disimular que la mención es al propósito.

—¿Desde cuándo has vuelto a tratarlo? Digo, él se había marchado a California ¿no?

—¡Oh, sí! No recordaba a dónde había estado todo este tiempo. No hablamos mucho de cosas del pasado.

Ethan no ha dejado de observarla, así que vuele a meter en su boca otro trozo de carne al propósito, haciéndolo esperar con su respuesta. Una vena salta en la sien de Ethan, está a punto de perder la paciencia.

—¿Desde cuándo lo has vuelto a ver?

—Hoy. Desconocía que era el apoderado legal del señor Robert por lo que encontrármelo allí, fue una gran sorpresa. Hemos quedado en tomar un desayuno el viernes para ponernos al día. —Ese día era lunes. Elena era una mentirosa, en realidad apenas y le dio su número de contacto, pidiéndole que lo llamara algún día. Al ver a Ethan un tanto molesto, la idea de darle celos, ya no le pareció tan tonta después de todo.

—¿Ya se casó?

—No, dice que sigue siendo un loco empedernido enamorado de su soltería —las mejillas de Elena se han coloreado, Ethan, lo nota con horror, hacía mucho que su esposa no se sonrojaba.

—Entonces tampoco se ha comprometido —afirmó.

Elena niega con la cabeza y da por zanjada la conversación poniéndose de pie y llevándose su plato a la cocina. Lo ha dejado sentado en el comedor con sus dudas. Se felicita a sí misma. Después de todo, lo último que planea que sobreviva al final, es un poco de su dignidad. Porque obviamente su corazón no lo hará.

Tira en el cesto de basura su comida y escupe el último bocado que se llevó a la boca. Un momento después, Ethan entra a la cocina y también arroja los desperdicios de su cena.

—Yo lavaré los platos —se ofrece y ella acepta, después de todo era algo que solían hacer juntos, y el pacto indicaba ser los de antes ¿no?

Cuando han terminado de ordenar, ella se dirige a la habitación para dormir, se siente extraña al sentir la presencia de Ethan mientras camina detrás de ella. Él dormirá a su lado nuevamente. Y eso la hace feliz. Toma el camisón nuevo, elige el de color durazno y tras observarlo un poco, se avergüenza. Es diminuto. Quella había dicho que es sexi, sin embargo, presiente que lo sexi se le quitara al ponérselo. Se encierra en el baño y se cambia con movimientos torpes.

Se mira al espejo y su imagen le parece horrenda. Su grasa desparramada a sus anchas sin que haya nada que pueda ocultarlas le parece en lugar de seductor, una verdadera tortura visual. Inhala y exhala una y otra vez, armándome de valor.

Cuando sale lo ve recostado en la cama leyendo un libro con tan solo su pantalón de dormir de seda color negro. Podía ver sus formas marcándose debajo de la tela delgada. Su torso desnudo era toda una visión que valía la pena admirar, aunque se condenara en el infierno por no poder tocarlo. Ethan le parece increíblemente guapo. Cuando él deja su lectura para mirarla, su rostro pasa de ser apacible, a el de uno lleno de horror.

Elena intenta disimular que no se ha dado cuenta de su mirada, camina hasta el estante de libros y toma el que he comprado hace unos días. Levanta su almohada junto con una frazada del closet y sale lo más dignamente posible de la habitación. Esta segura que él se ha dado cuenta que al ponerse ese dichoso camisón ha sido con la única intención de seducirlo. No está listo para una noche de pasión y es que ¿acaso no le había dicho antes que yo no le causa nada? Por lo que se promete, no volverá a intentar acercarse a él de esa forma. Pero ¿cómo lo va a conquistar de nuevo? Sabe bien que con tontos intentos de celos no lo lograra, pues ya no le interesa y sí acaso llegara a demostrar algo, sería su ego herido.

Se sienta frente al ordenador comienza a navegar en internet, se siente tan sola a pesar de que lo tiene a él a unos metros de distancia. Encentra un antiguo blog de gente como ella, que lucha día con día por el control. Al cabo de un rato camina de regreso a la habitación, él duerme ahora, lo observa por un momento, la constante angustia en su pecho de saber que se quedará sola, se disipa por ese instante. La luz de la luna que atraviesa por los ventanales le muestra sus facciones. Quisiera tocarlas; pero, es tan incansable.

XXVII

Pesadillas (ETHAN)

Ethan despierta sudado y agitado; mira por inercia a su lado y ve a Elena de espaldas, dormida, el ritmo de su respiración le indica que está en un sueño profundo. La envidia. La pesadilla que tuvo lo ha dejado inquieto.

Se había visto caminar por un largo pasillo con alfombrado rojo, le hizo recordar a una iglesia. Cuando abrió el par de puertas al final, continuó su recorrido, había butacas vacías adornadas con flores blancas. Siguió el camino y cuando llegó al final de éste, vio a una mujer muy delgada vestida de negro dándole la espalda, cuando se acercó notó el velo que cubría su rostro. Entonces, se dio cuenta de que él vestía un traje oscuro y que llevaba una rosa roja en su mano. Frente a la mujer había un ataúd, se acercó, todavía más detrás de ella hasta que pudo ver quién estaba dentro del ataúd. Era Elena.

Era una mala copia de su esposa. Esta mujer tan parecida a Elena era mucho más delgada. Parecía que la carne había desaparecido de su cuerpo dejando solo su piel adherida a su esqueleto, tenía grandes ojeras negras alrededor de sus ojos. La belleza de su rostro se había esfumado. Su cabello rojizo estaba esparcido en la cama de satín. La mujer a su lado tocó su hombro, cuando el miró aquella mano fría y cadavérica vio el anillo de matrimonio de su esposa. Entonces despertó.

Al prestarle atención, nota que su cabello es más corto, se pregunta cuándo lo había recortado. En el momento en que la vio salir del baño, con ese camisón color durazno, se sorprendió verla tan delgada. Si antes sospechaba de lo mucho que a ella les estaba costando acetar su ruptura, ahora estaba más que seguro. Pero, tenía que salir adelante sin él. Se promete hablar con Quella para que la que esté más pendiente de ella. Y ahora que lo piensa mejor, reconoce que su encuentro con Steve, podría ser bueno para el estado anímico de Elena. Una distracción. Y si él idiota no lo es tanto, tal vez intentará remplazarlo, aunque se pregunta cómo reaccionará él cuando se entere del motivo por la que su matrimonio se fue al traste. Tal vez él es menos egoísta, tal vez a él ni siquiera le importe. Y con ese pensamiento volvió a dormir.

XXVIII

(ELENA)

Revelación

Día dos...

—Ethan despierta… —Elena intenta despertarlo suavemente—Ethan — susurra una vez más.

—¿Qué hora es? —su voz suena algo ronca tras despertarse y abrir los ojos pestañea para acostumbrarse a la luz del nuevo día. Ella lo observa con una media sonrisa.

—Las siete.

Maldiciendo entre dientes Ethan se levanta apresurado para arreglarse y no es capaz de notar que Elena había querido seguirlo, pero un fuerte mareo la obligó a recostarse de nuevo en la cama. No fue hasta un par de minutos después que pudo levantarse sin sentir que se caería en cualquier momento.

No tiene animo ni fuerza para jugar el papel de esposa perfecta y preparar un desayuno que él iba a ignorar. Así que se queda mirando la ciudad desde el balcón de la recámara en espera a que él se marche para dar lugar a su monótona existencia.

Más tarde escucha la puerta cerrarse sin un adiós. Esto no le importa, ella también ha amanecido con un extraño estado de ánimo sintiéndose adormecida a los desplantes de Ethan. Toma su desayuno de siempre, vinagre de manzana con agua tibia y un tanto de jugo de limón, seguido de un laxante de linaza que le ayuda a purgarse lo poco o nada que tiene en el estómago cada mañana.

Más tarde va al gimnasio y luego al supermercado; en este último no compra mucho, solo lo elemental para cocinar la cena de Ethan. Para ella, tres productos bajos en grasa.

Come con Quella y Sophia, o, al menos, finge hacerlo desparramando la comida en su plato y escondiendo otra tanto en su servilleta; ellas no se percatan de sus malos hábitos, jamás lo han hecho. Están demasiado ocupadas planeando su próximo movimiento con Ethan.

—Entonces ¿cuándo te vas a Florida? —pregunta Elena a Sophia.

—En dos semanas.

—Debemos hacer una reunión de despedida —comenta Quella, tomando la mano de Sophia. Ellas se habían conocido a través de Elena y habían hecho conexión casi de inmediato.

—¿Crees que John necesite una colaboradora más?

—Pero… —Sophia mira a su amiga con ternura, siente un nudo en la garganta le parte el corazón lo que ve en los ojos de Elena, aunque trata de ocultarlo.

—¿Estás hablando de irte a Florida? ¿Qué hay de mi hermano? —Quella le roba la palabra a Sophia.

—Quella, aceptémoslo. Él ya no me ama —responde Elena con una tranquilidad que aterra a Quella.

—¿Vas a rendirte?

—Voy a dejarlo ir y voy a necesitar alejarme para no morirme en ese odioso departamento, para que la soledad y dolor no me consuman. ¡Comprende, Quella! Por favor, ya no me tortures más, no me hagas más ilusiones; deja que estos tres días que me quedan con él sea una ruptura limpia

Elena llora y sus ojos suplicaban un poco de compasión. Quella baja la mirada en comprensión, pues realmente no se había dado cuenta de cuánto dolor estaba guardando Elena hasta ahora. Estaba a punto de perder no a una cuñada sino a una mujer que era como una hermana.

—Está bien, pero mi hermano es un idiota. Un completo idiota. Y… ¡Jamás aceptaré a esa mujer!

—Lo sé, pero es tu hermano y debes apoyarlo. Yo no dejaré de ser tu amiga, y tampoco de amarte. —Elena abraza a Quella y a pesar de la melancolía, espera que Quella lo superé pronto. Rompen el abrazo y se sonríen con tristeza.

—¿Crees que Jhon quiera darme trabajo? —Elena le pregunta a Sophia esperanzada.

—¡Claro! John todavía tiene puestos por cubrir, además, él no te negaría la oportunidad.

—Gracias.

Cuando Elena llega al departamento piensa en el plan del día, según Quella y Sophia, uno no tan sencillo, pues tenía que darle la noticia de su cambio de ciudad cuando ellos terminaran, solo para saber que tanto le importaba el no volver a verla. Quella le promete que será una última vez. Abrumada se dirige al baño y vomita lo que ha comido por la tarde.

Pero es el agotamiento el que la vence luego de llegar a arrastras hasta la cama. Ella, pierde el conocimiento.

Capítulo 29

Caroline

«Los gritos de agonía son mi infierno personal»

Los gritos incesantes de Ethan pueden escucharse a través de las paredes de vidrio que era su oficina. Caroline lo mira mientras mordisqueaba la punta de la pluma. Siente una inquietud extraña en su pecho. Ethan estaba con ella físicamente pero su mente siempre en otra parte. No era un hombre cariñoso, aun así, es más distante, tan lejano como si eso que los conectaba se hubiera perdido. Caroline vio a Jonathan salir de su oficina con el rostro lleno de enojo. Él la mira por un momento y luego de forma desdeñosa le sonríe, fue una sonrisa malévola. Sabe, que no le simpatiza, nunca lo había mostrado tan abiertamente. Ella lo ignora mirando su computador. Cuando ya no hay nadie con Ethan, se apresura a buscarlo. Ethan estaba hojeando un archivo, murmurando nombres y maldiciones.

—¿Necesitas ayuda?

—No, déjame solo.

—¿Qué ocurre, Ethan?

—Son unos inútiles, que no pueden hacer nada bien o esos malditos son unos escurridizos. —dice refiriéndose al caso en sus manos.

—Bueno, siempre ganas. Encontrarás la forma. Siempre lo haces —le habla con optimismo, ella intenta bajar su nivel de estrés.

—Déjame solo o tráeme café. Lo que quieras, pero desaparece.

Al sentir su agresión verbal o, más bien emocional decide alejarse. Siente la ira recorrer y no quiere discutir más con él.

Caroline sale dando un portazo, ni siquiera la miró y, es así, que sabe que él está dudando.

Ethan

«Si uno supiera descifrar los mensajes del corazón, la vida sería más fácil».

Ethan está furioso y ni siquiera sabe la razón exacta, si era porque ya no soportaba estar allí fingiendo, por el hecho de que ella ahora parecía demasiado conforme con su separación o porque ya no era la mujer con la que se casó. Esta nueva mujer trata de darle la fachada de ser fuerte y decidida y que acepta que ya no tienen futuro. Pero, tan solo con mirarla un poco más, se da cuenta de lo demacrada, ojerosa y delgada que está. Por lo tanto, sabe que ella no está bien. No quiere sentirse culpable si algo le pasa, y es que la pesadilla le había calado hondo en su conciencia.

Y cuando llega a casa y la encuentra dormida sin indicios de haberlo estado esperando, sabe que ella se estaba desapegando, rompiendo la asfixiante rutina de una relación toxica en la que ella lo espera con una sonrisa cariñosa y fingiendo que son el matrimonio del año. Que él es un buen esposo y que la ama y ella la esposa perfecta. Poco a poco le está soltando las riendas, dejándolo en libertad. Y se pregunta, si cinco días serán suficientes para ella.

Entonces Elena siente su presencia porque despierta para encontrarlo mirándola.

—¡Hola! Enseguida calentaré la cena —le dice adormilada. Quiere decirle que no lo haga, sin embargo, guarda silencio y la mira levantarse de la cama.

Al estar en el comedor sentados uno frente al otro, comienzan a hablar sobre su día con palabras torpes, al final, es Elena quien rompe el hielo al hablarle sobre su búsqueda de empleo casi fallida. Ethan contra todo pronóstico sonríe al verla furiosa, se da cuenta de que le gusta verla molesta y despotricando ante la injusticia o tal vez, era la llama de vida en sus ojos la que, en realidad, hacía mucho que no veía, y que ahora encuentra fascinante.

—No te burles Ethan, no todos somos tan brillantes para ser notados antes de la titulación —dice Elena arrojando su servilleta y cruzándose de brazos.

—No lo hago solo que eres graciosa cuando te enojas. Pero puedo darte una carta de recomendación diciendo que trabajaste con nosotros por seis meses. —Le ofrece Ethan sin pensarlo siquiera, dejándose llevar por ese sentimiento y necesidad de protegerla, de hacerle la vida fácil.

—Eso es malo señor defensor de la ley.

—Entonces no te quejes, Elena, y sigue buscando. Y ¿para qué necesitas un empleo? No te falta dinero. Además, tendrás la manutención que te permitirá vivir cómodamente —le dice mientras sirve un poco más de vino a su copa.

—Tal vez —Elena susurra, luego toma valor para enfrentarlo por primera vez cara a cara — … Tal vez en tu vida no exista un cambio radical después de mí, Ethan. Tú continuarás en tu mundo profesional adquiriendo éxitos. Seguirás teniendo a una mujer en casa esperando por ti. Amándote.

—¡Elena!...

—No te estoy reclamando. ¡Es la realidad! No pienso seguir fingiendo que no existe cuando es tan tangible. Aceptémoslo de una vez. ¡Acéptalo!

—Bien. ¿Qué sigue? Reproches, discusiones, vas a decirme que siempre lo has dado todo por mí y que… ¡soy una mierda!

—No.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que quieres con esta farsa?...

—Cerrar el círculo de mi vida contigo. No como una mujer que guarda rencor al hombre que es el amor de su vida. Sino como una mujer que ama a ese hombre y lo deja porque ya no hay nada qué hacer. Quiero irme recordando el hombre del que me enamore, a mi príncipe; siempre honesto y no, el hombre que me mintió hasta el último momento, al embustero, tramposo y cobarde que jamás fue capaz de mirarme a los ojos sin sentir pena por mi o remordimiento. No te pido que terminemos como amigos, porque eso jamás sucederá, aunque lo deseemos. Si en algún momento, nuestros caminos vuelven a cruzarse quiero verte feliz y alegrarme por eso, no odiarte ni maldecirte. Eso, Ethan, es lo que espero de esta farsa.

Ambos guardaron silencio, cada uno con sus culpas, sus sentimientos.

—Mañana te daré una carta de recomendación. La necesitaras —Ethan arrojó la servilleta a un lado del plato dispuesto a retirarse, pero…

—Gracias, pero no es necesario —de pie, Ethan la observa, nota que hay algo más allí… y luego toma de nuevo asiento. Ella remueve su cena una y otra vez mientras que evade su mirada.

—Ya tienes empleo… —afirma.

—Sí, trabajaré con John, mañana llevaré mis documentos y realizaré los exámenes. Solo por protocolo, ya sabes.

—Creí que John y Sophia se irían a Florida. —Elena levanta su mirada hasta su rostro, la nota sorprendida al darse cuenta qué él sabe de los planes de sus amigos—. Debo estar enterado de los pasos de cada una de mis competencias, por muy pequeñas que estas sean. John ésta rodeado de buenos elementos que no lo seguirán y estoy en la mira de contratar al mejor de ellos —le responde Ethan acertando en la pregunta muda de Elena.

—Sí. Ellos se van a ir.

—Te irás con ellos —afirma nuevamente.

—Trabajar a distancia no sería una buena idea —bromea regalándole una triste sonrisa, extrañamente la ve parpadear, como si se hubiera dado cuenta de algo. De pronto, Elena endurece la mirada antes de desviarla lejos de sus ojos.

—No, claro que no. Le diré a mis padres que te presten su casa y…

—No, gracias. Sophia me recomendó una inmobiliaria.

Algo de eso le molesta.

—Ya todo lo tienes cubierto, ¿no?

—Sí. —Y una vez más Elena intenta relajar el ambiente con una broma—. Como veras, soy una mujer fuerte que pronto se liberara de su amargado, impotente y horrible marido —funciona. Ethan suelta una carcajada.

—¡Cuídate, Elena! —lo dice porque a pesar de todo… a pesar de todo no cambiaría de opinión no dejará que la nostalgia de lo que una vez fueron gane ante su deseo de iniciar un nuevo camino. Así que le da esas palabras agradables para decirle adiós. Porque esto era lo era, un adiós.

—Siempre lo hago. ¿Cómo fue tu día?

—Igual que todos, muy bien —responde evasivamente.

—Me gustaría, que fuéramos a cenar el viernes. ¿Qué te parece?

Maldice, por dentro. Se pregunta qué era aquello que motiva a la mujer a ser tan cruel con ella misma. Qué la hace ser tan mezquina y frívola.

—¡Claro, por el aniversario! —responde con una sonrisa burlona.

—No. Te firmaré el divorcio por la mañana, quiero que lo hagamos para brindar por una nueva y mejor feliz vida. Antes de ser novios fuiste un gran amigo y creo que por esa amistad...

—Fui un buen amigo, porque quería acostarme contigo. —Ahí estaba. Lo dijo, el meollo del asunto. Quería acostarse con ella desde un principio. Sin embargo, no lo hizo, tal vez si ella hubiera sido menos… tan como ella y se hubiera dejado seducir… tal vez, solo tal vez no se hubiera aferrado a perseguirla en una conquista que duró lo suficiente para enredarse en su propia trampa de casanova, y terminar prendado, encaprichado y por Dios… enamorado. Loco y perdidamente enamorado.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos y la boca igualmente.

—Nunca me sedujiste ni siquiera siendo novios —susurró.

—Me enamoré de ti sinceramente —reconocerlo en voz alta le dolió. Se preguntó ¿Por qué?

—Entonces...

—Pienso que es estúpido decir que es por la vieja amistad, cuándo ambos sabemos que es solo para alargar la tortura.

Ella asintió y de nuevo estaba ese rostro duro y frio. Uno nuevo…

—Está bien no habrá cena ni brindis ni nada. Al menos no contigo. Yo festejaré sola.

Ethan pudo verlo entonces… el resentimiento. Sabe que no debería sorprenderse de que ella lo resintiera. ¡Vamos! Ella debió odiarlo desde hace mucho, sin embargo, Elena era Elena, dulce, sincera, amable y sin odio en su corazón. Nunca la escuchó decir que odiara a alguien, ni siquiera al hombre que la cuidó —si se podía llamar a lo que hizo «cuidar»—, luego de la muerte de sus padres. Era extraño ver ese sentimiento al final de su historia. O tal vez, no después de todo. El que amó más es sin duda el que más está destinado a sufrir y luego odiar con la misma intensidad con la que amó. Después de todo, Elena, no era diferente a cualquier ser humano. Después de todo, no era tan buena como él creyó que lo era.

—¿Por qué insistes en torturarte de esa manera? Deja de hacerte daño —realmente no quería que terminará cerrándose a un mejor futuro. Sola o con alguien. A su mente vino Steve. Apretó los dientes.

—No te estoy pidiendo otra oportunidad, ¿están grande tu ego que realmente piensas que no cumpliré con mi palabra?

Ethan negó con la cabeza, ella lo exasperaba. Y le hacía decir cosas…

—Te recuerdo la última vez que me suplicaste, te arrastrabas sin ninguna muestra de dignidad.

—Y no se te ha ocurrido que ya me cansé de suplicarte, que es posible que ahora tenga un gramo de dignidad. Es cierto que decirte adiós no me hace precisamente feliz, pero también es cierto que todo tiene un límite y ambos sobrepasamos el nuestro. Yo con mis suplicas y tú con tu desprecio por algo que yo no tengo la culpa.

—¿Quieres discutir?

—No.

—Eso pensé —Ethan se levanta y tira su servilleta en el plato para marcharse, pero antes—, no olvides que eres tú quien falló primero al no poder darme un hijo.

—¡Jamás quisiste agotar alternativas! —ella le gritó. Dolor, el maldito dolor estaba allí. Y el circulo vicioso de su tonta y estúpida relación toxica comenzaba de nuevo. Pero intenta mantener la calma, porque si era cierto todo eso de cerrar círculos o en este cado cortarlos; estaban tocando temas de nunca se atrevieron hablar. Su amante, su desapego y la esterilidad de ella, aunque ese último sí lo habían discutido antes. «¿Qué de nuevo había que descubrir? ¿Qué cosas hirientes necesitaba ella que él le dijera?», se preguntó.

—La adopción no era una opción.

—¡Inseminación! —grita desesperada.

—¿Por qué habría de pasar algo tan humillante? —¿Por qué tenía que vivirlo si él «sí» podía concebir? Es que Elena no comprendía que no importaba si era a ella a quien iban a recostar en una camilla e implantarle sus espermas. El tendría que ir allí, masturbarse en una habitación de hospital para obtener su semilla. Su hijo iba a ser concebido gracias a su ¡puta imaginación pervertida! ¿En que se supone que tenía que pensar para que el pito se le papara? ¿En qué mierda tenía que pensar para siquiera llegar al orgasmo?

—Tal vez, ¿por amor?

Y entonces ella utilizaba su maldita capacidad para destrozarlo con una sola frase. Pero como siempre, él no caería solo, porque su relación ya había recorrido demasiado tiempo en el camino del dolor, la frustración y la agonía del desamor.

—De la mujer perfecta, que obviamente nunca existió.

—No hay seres humanos perfectos, Ethan, ni siquiera tú eres perfecto.

No, no lo eran. Ella no podía darle un hijo y él era un egoísta de mierda, que se negaba a dejarla olvidar que ella tenía la culpa de convertirse en la clase de hombre que en definitiva nunca soñó en convertirse.

—Para mí sí existe y es mi amante.

—¡Cállate! No quiero escucharte más.

—¿Sabes? Sí iremos a cenar y a festejar lo bueno que vendrá a mi vida y levantaremos una oración que para que encuentres a un idiota estéril que, igual que tú, comparta el interés por adoptar bastardos.

—Y yo levantaré una por ti, para que realmente encuentres la felicidad después de mí. Y nunca te odies a ti mismo por todo lo que me has hecho. ¡Te toca ordenar y lavar los platos!

La ve marcharse casi corriendo. Y él tiene ganas de arrojar todo al piso. Pierde el control y lo hace, empuja todo con sus manos con toda la furia acumulada por años y años de frustración y dolor. Los platos se hacen añicos, trozos de porcelana se disparan a todas partes del precioso piso del salón del comedor, el vino se derrama en el mantel blanco, manchándolo para siempre; y tarde se da cuenta de que, ha sido un estúpido, ahora tendrá que arreglar todo. Pues ella le ha «ordenado» no, le ha recordado que le toca lavar los platos, solo porque es su esposa y puede castigarlo por hacerla enfurecer.

A las tres de la mañana despierta nuevamente agitado. El mismo sueño, pero, en esa ocasión, las butacas no estaban vacías, había gente vestida de negro y al frente de pie al féretro vio al abuelo de Elena. Esa visión fue suficiente para despertarlo, miró a su izquierda y el lugar estaba vacío, sintió miedo por lo que apresuradamente salió de la cama y entró al baño, ella no estaba ahí, fue hacia la sala, tampoco la encontró, de pronto notó la luz de la cocina que se filtraba por debajo de la puerta y su ventana. Se asomó y la encontró de pie frente a la mesa con una rebanada de pastel y un vaso de agua en su mano. Sonrío y negó con la cabeza, silenciosamente, regresó a la cama negándose a volver a dormir hasta que ella regreso media hora después, cuando sintió descansar el peso de su esposa a su lado, él no pudo evitar soltar un suspiro de alivio. No entendía su reacción, pero sabía en el fondo de su corazón, qué, algo no estaba bien.

Dia tres

«Y mi amante es mi pecado».

Elena se viste deprisa y en silencio. Su plan es huir antes de que Ethan despierte. No tiene intención de jugar a la esposa abnegada, ni de darle los buenos días con su sonrisa más dulce y amable, ya que, seguramente, lo siente como una carga y porque lo ama le duele ver cuánto esfuerzo pone para corresponder esa sonrisa con otra que no pasa de una mala imitación de la suya. No se siente de ánimos para lidiar con la situación por lo que antes de marcharse, le escribe una nota y la deja a su lado, pero tras mirarle un momento dormir, se arrepiente. Él no desea de ella nada, mucho menos un mensaje de amor. Tampoco tiene en este momento la paciencia para buscar las palabras adecuadas y escribir una simple nota cuando lo único que grita su corazón en su mente es: «Te amo, por favor no me dejes. Seré una buena chica y ni siquiera me importa ya si tienes o no una amante». Toma entre sus manos la nota y la comprime haciendo de ella una bolita que va a caer al cesto de basura que se encuentra junto al tocador.

Sale en silencio de la habitación convencida de que a él no importará su ausencia. Pasa por la sala en busca de su bolso que descansa en el sofá. Echa un último vistazo a la estancia. Elena se da cuenta de que no importa la dedicación y esfuerzo que hizo para hacer de ese lugar, un hogar acogedor. Siempre le pareció frío y monótono, en los últimos dos años, el peso de la frivolidad de la riqueza de Ethan, recayeron en su matrimonio y en su hogar. Sí, con sus constantes viajes y altas horas de la noche ausente, el dinero que ha acumulado a través de los años no significa nada si ella ha tenido que disfrutar de las comodidades a solas.

Recuerda que cuando adquirieron la propiedad siempre fue con la finalidad de llenarlo de niños inquietos. Pero eso no podría ser y el espacio que era ocupado con muebles no logra llenar el corazón de satisfacción, que la risa de un niño en el ambiente o un juguete en el piso en un algún rincón le puede dar. Se da cuenta también, que la espera de ese hijo la dejó siempre con tiempo de sobra sin nada qué hacer. Al ser consciente de que no podría ser madre, Ethan, pasó a ocupar ese tiempo vacío; y es ahora, en el punto final de su matrimonio que, a caído en la cuenta, de que ya no tendrá que cuidar de él y sus necesidades, ahora podrá retomar todo lo que había dejado atrás. Sí, pero que para ella significa poco o nada. Con tristeza ve que, lo que para él simbolizaba la libertad, para ella es la pérdida de lo más importante y amado en su vida. Su única familia. Él.

Pasea por la ciudad sin ningún destino en particular. Observa con atención los grandes aparadores de las tiendas de ropa. No le parece extraño ver que lo que ahí se exhibe, es exclusivo para gente delgada y hermosa. No para gente obesa, que cuando entra al lugar, le da vergüenza siquiera dirigirse a la dependienta para solicitar su talla. Y que, cuando lo hace, es en voz baja. Porque tal pareciera que de repente todo el mundo se queda mudo intentando escuchar la talla que delata su peso y, que de encontrar algo para ella, el hermoso conjunto perdería su gracia en su grasiento cuerpo.

Ahora su problema es su aniversario y la ropa que no tiene para usar en esa fecha. Por lo que toma la decisión de entrar a la tienda y quedar en ridículo.

—¡Buenos días! ¿Puedo ayudarle en algo?

—Gracias, solo estoy mirando —Elena llama la atención de la vendedora con una sonrisa tímida, luego pasa por su lado y dirige sus pasos hasta un bonito vestido color negro.

—Es bellísimo, ¿no? —dijo la dependienta detrás de Elena.

—Sí, pero no creo que se vea bien en mí.

—Yo creo que sí. ¿Por qué no se lo prueba? —Elena, se muerde el labio inferior, desea ponerse el vestido, pero la vergüenza la hacen dudar.

—¿Tendrá mi talla?

—Yo creo que sí. Espere un momento… En todo caso señorita, si no le queda bien y no lo necesita hoy, podemos hacer arreglos al vestido. Esta es una boutique con modelos exclusivos. Nuestra diseñadora es quien se encarga de realizar los ajustes a sus propios diseños.

—¿De verdad? Me refiero a que pueden arreglarlo para mi cuerpo, si no me queda.

—Por supuesto.

—¿Y no perderá su forma? —pregunta preocupada.

—No se preocupe, señorita le quedará perfecto.

Continúa su recorrido por la ciudad, solo que ahora no desea ver más los aparadores. Él vestido no le ha quedado, pero la diseñadora le dio su palabra de hacer los ajustes ese mismo día para tenerlo listo al día siguiente.

En su camino da con una pastelería, intenta resistirse, pero sus pies se mantienen firmes de pie frente a las puertas y si no es porque una joven sale —deteniendo la puerta de vidrio para que ella pueda ingresar—, no lo hubiera hecho.

Al entrar, choca con el exquisito aroma del pan recién horneado. Se dirige a las charolas que exponen los distintos panes. Su boca se hace agua y su estómago comienza a gruñir. Su determinación ésta fallando. Llega hasta el mostrador de pasteles. Sus distintos diseños decorativos terminan por destruir su voluntad. Compra algunos.

Su excusa es que quedan dos días para su divorcio con Ethan, comer ahora o después no marcara ninguna diferencia. Se deja llevar por el deseo de comer hasta reventar, llenar cuanto pueda el vacío que siente en su estómago, en su vida y su alma.

De la pastelería va a la dulcería, compra chocolates, luego camina hasta una pizzería y ordena la más grande y pide que cada cuarto sea con ingredientes distintos.

Por último, busca un hotel. Se rehúsa a ir casa para tragarlos. Siente que debe acostumbrarse a otro ambiente. Sabe que abandonará la casa en cuanto firme el divorcio. No esperará hasta verle llegar del trabajo y cenar con él. No. No podría decirle adiós. Porque él no quiere una cena en un restaurante, que para ella resultaría un lugar más neutro y apropiado. Ella no se echaría a sus pies en público, ella no suplicaría patéticamente como lo hizo la última vez cuando se marchó de casa. Él no comprendía que solo deseaba hacerle la vida más fácil.

Piensa ¿Y el vestido?... No será nada más que un símbolo de lo que debía ser y no será. Su intención es no usarlo frente a él; solo lo utilizará para firmar el divorcio y lo dejará en la cama con todos los demás regalos que recibió en cada aniversario. Ella sabe que ese año no debe esperar algo de sus propias manos porque lo que él quiere, es no tener cabida en su corazón. No alimentar más su ilusión. Es por eso que ha utilizado su tarjeta de crédito. La cual sabe que, él, continuara pagando como lo prometió. Es un regalo indirecto.

Ignora las miradas poco discretas de los empleados del hotel, y se pregunta si, así verían a una pareja de amantes. «¿Quién demonios podría juzgar a una pareja que busca saciar su amor, prohibido o no? Nadie». Pero en cambio, mirándose al espejo del ascensor, no los culpa por considerarla todo un «caso», puede imaginarse sus comentarios llenos de burla.

«¡Vean a esa obesa entrando a un hotel para tener una cita clandestina con su estómago y su lujuriosa hambre insaciable!», sonríe amargamente.

En la habitación, coloca su motín en el piso formando un círculo, ella en el centro. Abre la caja de la pizza. Toma un trozo; aún ésta caliente y el aroma de los ingredientes se pueden percibir con mayor claridad. A punto de comenzar a saborearla, su móvil comienza a sonar con el timbre que lo identifica a él. Una tonta canción de amor. Ella la ignora.

Muerde el primer trozo, pero no puede pasar el bocado, las náuseas arremeten sin piedad.

Dos horas más tarde se encuentra sin fuerzas para continuar expulsando los líquidos de esa mañana, porque en realidad no había podido comer nada solido desde hace tiempo. El sonido de su móvil continúa escuchándose en la otra habitación. Cuando finalmente puede ponerse en pie. Se lava el rostro, y ajusta sus ropas. Coloca un poco de maquillaje en su rostro.

Elena sale del cuarto de baño y mira todo a su alrededor. Se siente defraudada de sí misma, sucia y enferma. Él iba a un hotel a fornicar con su amante, ella iba a gozar el placer de comer en otro hotel. Y de nuevo se preguntó sí es era así como se siente ser infiel. ¿Era natural sentir la sensación de culpabilidad por haber caído de nuevo en su deseo de saciar su lujuria por el hambre? Él, también tenía hambre de placer sexual. ¿Realmente eran muy diferentes?

Sale de la habitación, entrega la llave y luego deja el hotel con la cabeza gacha y la vergüenza pintada en el rostro.

El sol se está poniendo cuando llega a casa. El sonido del televisor en la sala le da aviso de su presencia. Su estómago esta revuelto, constantemente las náuseas y la debilidad la han hecho detenerse de tanto en tanto en cualquier lugar. Guarda silencio en la estancia y mira un momento más en la dirección donde se encuentra el televisor. No sabe qué va a encontrarse allí. Así que camina directo al cuarto de baño para vomitar de nuevo.

—Elena, ¿te encuentras bien? —Ethan pregunta mientras entra a la recámara.

—Sí, en un momento salgo. ¡Por favor, cierra la puerta! —le ordena Elena mientras intenta controlar el impulso de continuar vomitando.

Minutos después se mira de nuevo al espejo, sus ojos muestran derrames por el continúo esfuerzo que ejerce al vomitar. Cuando está segura de que no tendrá otro episodio sale de la habitación encontrándose con él cruzado de brazos y recargado en la pared del pasillo frente a la puerta donde ahora ella se encuentra.

—Lo siento me cayó mal el pollo que comí en la tarde. Ya te sirvo la cena —quiso pasar frente a él en dirección de la cocina, cuando la detuvo sujetando su brazo y atrayéndola de nuevo frente a él. Su agarre no es fuerte, pero si un poco intimidatorio.

—¿En dónde estuviste? —Elena nota su aliento alcohólico, él podía convertirse en un dolor de cabeza en un estado ebrio.

—Con Quella —le responde con los ojos puestos en dirección al piso.

—¿Todo el día?

Ella se gira para mirarle a los ojos por un momento, luego se suelta y continúa su camino ignorando su cuestionamiento y respondiendo con otro.

—¿Por qué preguntas?

—Esta mañana que desperté no estabas y…

—Casi nunca desayunas.

—Te llame durante todo el jodido día y ni siquiera te dignaste a tomarme una sola llamada —dijo entre dientes, era evidente que estaba esforzándose por guardar la compostura.

Llegan a la cocina y ella le enfrenta de nuevo con una mirada retadora. Levanta una ceja y dice con un matiz sarcástico en su voz:

—Olvide el celular —Ese había sido uno de los tantos pretextos que él había usado en un tiempo pasado. Cuando comenzaba a salir con frecuencia fuera de las horas de trabajo. Ethan, demasiado ebrio para notar el sarcasmo lo pasa por alto. En su lugar deja caer su bolso frente a ella.

—¿No es éste el bolso que traías?

—Sí… —Ethan mete la mano dentro y rebusca encontrando el celular de Elena. Echa un vistazo a las veintitrés llamadas perdidas de su número y de paso revisa los mensajes recibidos. Sin encontrar ningún contacto desconocido. Sorprendida le miraba hacer sin poder decir nada.

—¡Ni siquiera lo has mirado! —le grita botando el objeto en la barra que lo separaba de Elena.

—Estuve ocupada —responde con frialdad y mirándole a los ojos.

—¿Con Quella?

—Sí, ya te lo dije. —Elena cruza los brazos y pone su peso en una sola pierna — ¿Que se te ofrecía?

—Aun eres mi esposa tengo derecho de llamarte cuantas veces quiera y bajo el más estúpido pretexto que se me venga en mente. ¿No?

—¡¿Cuál era ese estúpido pretexto?! —le grita, finalmente, Elena pierde el control y de un momento a otro toda la rabia acumulada por su indiferencia y ahora su excesiva atención sobre ella, la trastornan.

—Quella fue esta mañana a mi oficina, me pido que comiéramos juntos. Creí que te gustaría reunirte con nosotros. ¿A dónde y con quién estuviste?

Elena está congelada en su sitio, su enojo se ha reducido a nada. Guarda un momento de silencio, él la ha acorralado como muchas veces hizo ella. Lo odia, sí, nunca creyó que algún día iba sentir eso por él, pero saber que era injusto con ella y su amor por él, le hizo comprender que no la conocía en absoluto.

—Estuve arreglando todo para mi viaje a Florida. Tuve una cita en una inmobiliaria. Fui de compras y luego fui a comer. Ahora si ya has quedado satisfecho te sirvo la cena y me voy a descansar.

Ethan no parecía satisfecho con su respuesta, sin embargo, le pregunta en voz baja y calmada.

—¿Por qué me mentiste?

—Tú mientes todo el tiempo y jamás te pregunto el por qué lo haces.

Elena le da la espalda y comienza a lavarse las manos y después a preparar la cena en silencio e ignorando la enorme figura de su esposo en medio de la cocina. Él tampoco dice una palabra más, simplemente se reserva a observar cada movimiento de su esposa.

Elena percibe su lenta respiración, y luego el aroma de su perfume; su silencio y su presencia comienzan a enloquecerla. «¿Qué quiere?», se cuestiona. Está a nada de volverse loca, porque ella mejor que nadie sabe que él no desea su compañía; él, simplemente busca molestarla o mejor aún castigarla por lo de la noche anterior, tal como hizo ella. Y tal vez continuar discutiendo para tener el pretexto perfecto para volver con su amante por esa noche. El quiere escapar.

Pero, de pronto, todas esas ideas desquiciadas de esposa celosa quedan desechas, se desmoronan como un castillo de naipes, Ethan ha lanzado una moneda al aire y las ha derribado así, sin más, o, a lo mejor simplemente ha sido ella quien siempre busca el hilo negro del asunto. Ethan derriba sus defensas, desequilibra su estado emocional lanzándola a lo desconocido, cuando siente sus manos grandes y anchas en su cintura, él, termina su acción con un abrazo. Recarga el mentón con su barba naciente en su hombro, le pica la piel, lo huele, su aroma natural es como oler el aire en medio de una tormenta en medio del mar. Salado, no en el mal sentido, él era como el mar, a veces hermoso, pacifico, relajante, reconfortante, otras veces embravecido destructivo y sin compasión, ese aroma escondido bajo una capa de su loción de baño. Lo siente aspirar la piel de su cuello. Sin palabras y nuevamente sorprendida, por segunda vez ese día, queda paralizada.

—Me pediste que todo fuera como antes. Cinco días, ¿lo recuerdas? —le habla al oído en voz baja como si estuviera contándole un secreto. No hay reproche en su voz, todo lo contrario, más bien, parecía dolido—. No respondiste a mis llamadas… ¡Joder! ¿Cuándo fue la última vez que desee de verdad pasar un tiempo contigo? No lo recuerdo, Elena. Tú, ¿sí?

—No —responde con voz entrecortada y lágrimas en los ojos—. Lo siento, Ethan. Se disculpa porque sabe que la tormenta se acerca y tiene miedo, sí miedo no de él sino de lo que vendrá y de cual no está preparada.

En respuesta su esposo deposita un beso en su cuello, afloja el amarre y sus manos van subiendo poco a poco hasta sus pechos. Elena intenta concentrarse, disfrutar de las sensaciones, pero no puede, las imágenes de sus manos tocando a otra mujer, delgada y hermosa —no cómo ella, obesa y sin forma— con la misma ternura y urgencia de como lo hace él ahora: la dañan y la confunden.

No está segura de cómo reaccionar, si odiarlo por su descaro de tocarla cuando ni siquiera le ha pedido perdón por su infidelidad o simplemente entristecerse porque juega con su corazón creyendo que puede tomarla y dejarla cuando se le dé la puta gana. Sabiendo que no es capaz de rechazarlo y que aceptará cualquier cosa que le pida incluyendo las migajas de ternura y amor que esté dispuesto a otorgarle. Tal vez está equivocada y deba sentirse contenta, o, peor, satisfecha porque existe la mínima posibilidad de querer darle una nueva oportunidad a ella y a su matrimonio.

Lo intenta de nuevo… Ethan la mantiene acorralada entre su cuerpo y la encimera mientras besa su cuello y dedica un mordisco en su lóbulo una que otra vez. Sus manos comienzan a buscar entre las capas de ropa que, Elena, utiliza para cubrir su horrible figura, sí, esas partes de su cuerpo que siempre le enloquecieron en la intimidad. Baja sus manos y las mete dentro del par de suéteres y la blusa; toca su vientre y se detiene.

Ella no para de derramar lágrimas y su respiración errática no es de excitación, porque ella no es capaz de sentir deseo por él. No se excita con su toque, y, ve con tristeza que jamás lo hizo. Reaccionaba a sus caricias, le gustaba el aroma de su piel, sus gestos en medio del clímax, que él la tomara y sentirse de él. Pero, nunca conoció un orgasmo, ni fue capaz de sentirse medianamente satisfecha. Hacer el amor con él, era simplemente un acto de amor donde ella se dedicaba a satisfacerlo como le había enseñado. Estaba cansada de siempre correr al baño antes dé, y llenar su vagina de lubricante indoloro para hacerlo creer que ella lo deseaba. No podía, no podía más. Abrió los ojos. Tomó las manos de Ethan con las suyas y con delicadeza fue retirándolas de su cuerpo. No tenía caso continuar engañándolo, fingir algo para retenerlo cuando seguramente su amante no era frígida. Ella no era suficiente para él, siempre lo supo y aquellos años robados siempre serian especiales para ella. Al fin, había aceptado el adiós y ya no estaba dispuesta a dar marcha atrás.

—La cena está caliente. Te serviré y me iré a dormir. No me siento bien, me duele la cabeza.

Ethan guarda silencio y se queda inmóvil por un momento, ella solo escucha su respiración entrecortada pero no se atreve a mirarlo. Finalmente, se hace a un lado liberándola, toma de la barra una botella de whisky que antes no había visto Elena y se sienta en la mesa esperando su cena. Ella lo ve beber directo de la botella, no comprende por qué él actúa de esa forma. Al verlo ahí con un semblante taciturno, le duele. Quiere saber si ha discutido con su amante y por eso la ha buscado o si solo era un simple acto de caridad. Supuso que jamás sabría la respuesta. Su posición de esposa no le permitía preguntarle acerca de los problemas con su amante. Eso sería caer todavía más bajo de lo que ya había caído. Ella ya no era su amiga y tampoco su esposa, tan solo de nombre, pero en el instante en que lo rechazó y él se quedó quieto tal vez dándose cuenta de que ella no le causaba nada, porque la había comparado con su amante en ese momento dándose cuenta de que era gorda, deforme y horrible y no supo cómo continuar. No, lo que quedaba de ellos estaba derrumbándose como un pequeño edificio que se va desmoronando de poco a poco porque ambos llenaron esos pisos con dinamita y ahora simplemente cada día están encendiendo la mecha mirando de lejos, como viles espectadores morbosos la caída de casa piso. Para el viernes, ya no quedaría nada de ellos. Se dio la media vuelta dispuesta a marcharse, pero:

—No te vayas.

Su petición parecía tan surrealista, que de verdad quiso creer que lo había imaginado. Por lo que simplemente continúo su camino ignorando su petición. Esos cinco días estaban resultando una tortura para ambos. Y mucho más para ella, que comenzaba a proteger su corazón del adiós.

Capítulo 32

Ethan

Cenó solo y no sabía si sentirse aliviado o desplazado, porque ella lo había dejado deliberadamente sin responder a su petición. La comprendía, pero ¿acaso no era un pretexto? Caroline le envió un mensaje diciéndole que lo amaba y esperaba con ansias el día que pudieran estar juntos sin tener que esconderse. Obviamente no deseaba gritar a los cuatro vientos su relación con una de las mejores amigas de su esposa o ex para ese entonces. Tenía que hablar con Caroline y explicarle que debían guardar un tiempo. No le respondió el mensaje.

La comida no le supo a nada, y entre más le daba vueltas al asunto, la molestia comenzaba a arraigarse en su estómago.

Había estado todo el día recordando a Elena entrando a ese hotel. ¿Cómo la vio? Tenía una cita con un cliente muy importante y de camino al encuentro, estaba en esa puta avenida en medio del tráfico a vuelta de rueda, entonces, cuando levantó la vista del móvil —luego de ver la hora—, la vio cruzar la calle. Con un montón de paquetes en sus brazos, no sabía lo que eran y de todos modos… ¿Dónde estaban? No los trajo a casa. Ella llevaba una caja de pizza eso sí que lo vio, perfectamente. Ella cruzo la avenida y caminó hasta ese puto hotel, entró, ella entró. ¿Qué carajos hacia allí? Y, ¿con quién?, ¿acaso tenía una cita con Steve? Quería reclamarle y ponerla en evidencia como tantas veces hizo con él. Si esa cita no hubiera sido importante él hubiera bajado del auto y entrado detrás de ella. Pero hacerlo hubiera tenido otro inconveniente además de no llegar a su cita, lo haría ver como un esposo celoso, y no quería que ella se sintiera esperanzada, si en realidad había quedado con alguna otra amiga que no fuera su hermana… pero ella le dijo que era Quella, le mintió, le mintió ¡Por el amor a Dios! ¡Qué carajo y que cinismo de utilizar de esa forma tan malvada a Quella! Cuando llegó a la oficina, su hermana lo estaba esperando allí, y su esperanza de que ella venía de verla se esfumó cuando lo invitó a comer y el le dijo que llamaría a Elena. Su hermano no sabía mentirle. Ella no había visto a Elena porque saltó de alegría al ver que el quería invitar a Elena para que salieran los tres como en los viejos tiempos.

Cuando Elena no respondió en su móvil, ella llamó al departamento en un intento de no dejar pasar la oportunidad de unirlos, lo sabía, Quella quería que no abandonara a Elena. Entonces, una idea se le vino a la mente, ¿y si Elena tenía un amante y era por eso por lo que estaba tan dispuesta a darle el divorcio? No. Ella lo amaba. No sería capaz. Porque ella era buena. No como él.

Al final, él y Quella se fueron juntos e idiotamente continuó llamando a Elena de vez en cuando durante el camino al restaurante y durante la comida, e insistió a Quella para que fueran a comer frente al hotel donde había visto a Elena entrar, pero durante su estancia allí, no la vio salir. Hasta pidió una mesa frente a la maldita ventana para poder tener a la vista la maldita entrada del hotel. Patético ¿no? Al final, ya no regresó a la oficina luego de dejar a Quella en su departamento. No, no lo hizo, continuó llamando a su móvil, fue a casa y bebió, él bebió whisky por Elena. No, no por ella, fue por sentirse engañado, burlado.

Molesto se levanta de la mesa toma los platos y los arroja al lavabo. Por último, apaga las luces y se dirige a la habitación. Elena ya está dormida, y él tiene ese sentimiento atroz que le quema la piel y le estruja el pecho. La odia.

Son las tres de la madrugada, el hambre como siempre la despierta y su estómago vacío ha comenzado a doler. El dolor es cada vez mayor. Se levanta no sin antes asegurarse de que Ethan duerme profundamente. Del cajón de su cómoda saca las pastillas que le ayudaban a inhibir el hambre. Va hasta la cocina, ignorando el refrigerador lleno de comida por su paso, no quiere intentar comer algo para no tener otro ataque de malestar estomacal de nuevo. Simplemente se limita a verter agua en un vaso y camina de regreso en la oscuridad, a la sala. Se sienta en el sillón, se pregunta cuántas veces tendrá que vivir esta misma escena antes ser lo suficientemente delgada. Traga la pastilla y bebe el agua. Regresa a la habitación sin antes dejar rastro de su presencia. Se detiene al escuchar su nombre de los labios de Ethan, pero luego se da cuenta de que él está dormido y que al parecer, por sus movimientos, tiene un mal sueño. De pronto se despierta y se sienta, su respiración es agitada. Pero luego tantea en el lugar donde ella debería estar durmiendo.

—¡Elena!

—Aquí estoy, lo siento si te he despertado. Fui a tomar agua.

—No yo… Tuve una pesadilla. ¿Dónde éstas? —la oscuridad no le permitía verla.

—Aquí —sube a la cama. Nuevamente se sorprende cuando él le ayuda a colocarse bajo las mantas. Ethan la atrae por la cintura y la abraza con fuerza. Ella aun percibe su agitación. Pero no dicen nada. En otro tiempo tal vez le hubiera preguntado acerca de ese mal sueño, hoy, ya no puede.

Él comienza a besar su mejilla y trata de que poner su cuerpo boca arriba, sus intenciones son las de devorar sus labios, ella se deja hacer porque se siente débil, apenas puede liberar sus manos de entre sus cuerpos. Toma el rostro de Ethan entre sus manos y lo aleja de su cuello donde él está ahora depositando besos.

—¿Por qué haces esto? —si no tiene la fuerza física para detenerlo, quiere intentar hacerlo entrar en razón con las palabras, él ha bebido y sabe, sabe en el fondo de su corazón que él no desea hacer eso. Y que al siguiente día cuando el alcohol se haya ido de su sistema se arrepentirá.

Él no responde con palabras, toma sus manos entre las suyas y las coloca a sus lados mientras que vuelve atacar sus labios. Elena no corresponde el beso.

—Ethan…Para, por favor…

—¿Por qué? ¿Tu amante te dejo más que satisfecha? —su voz estaba cargada de ira.

—¿De qué hablas?

Ethan se sienta en la cama y enciende la luz de la lámpara a su lado.

—Te vi entrar a un hotel. ¿Con quién te has encontrado?

—¡Con nadie! —exclama e intenta ponerse de pie para huir. Se avergüenza y se arrepiente de haber ido a ese lugar, porque ahora él ésta seguro de que al igual que él le es infiel. Y con seguridad la considera una hipócrita.

—¡Elena!

Ella está de espaldas, pero de pronto el miedo se desvanece y la ira vuele a ella.

—Y qué si al fin después de toda tu mierda yo decidí encontrar un poco de diversión. Tú tienes una amante esperándote quién sabe dónde. Y a mí, ¿qué me queda cuando ya no estés aquí? Tú lo has dicho, soy una mujer indeseable y lo peor que pudo haberte pasado. Pero eso no quiere decir que no pueda pagar por más placer del que eres capaz de darme.

Después de eso sale de la habitación para encerrarse en el cuarto de los espejos. La sensación de pánico por sentirse expuesta pasa a una infinita pena. Se odia a sí misma, ahora no solo será una mujer patética, también ridícula que compra placer como lo haría cualquier hombre lujurioso y solitario incapaz de encontrar quién lo ame…

—Ethan despierta, es tarde ya —él se remueve, pero no abre los ojos. —Ethan, ¿no iras a la oficina?

—¿Por qué? ¿Tienes que ir a ver a tu amante?

—No tengo ningún amante. No quería volver a casa. En ocasiones este lugar me asfixia, ¿sabes? —Ethan abre los ojos y mira el rostro hinchado de su esposa—. Ahora te daré el divorcio lo hace más que nunca —él se sienta en la cama, su cabello desordenado le hace ver más joven, ella le sonríe de lado—. ¿De verdad crees que yo te sería infiel alguna vez? Te amo más que a nada en este mundo. Lo daría todo por ti. Voy a darte el divorcio. Porque me lo has pedido. No por voluntad propia. Lo hago para verte feliz.

Ethan entiende.

—Lo siento, sé que no tenía derecho a enfrentarte de esa manera. Es solo que no es fácil tener la absoluta culpa y…

—Debes ir a trabajar. Ya no hablemos más de esto.

Ella se levanta y comienza a buscar su ropa dando por terminado el asunto.

—Elena.

—¿Sí?

—¿Te gustaría que diéramos un paseo el día de hoy?

Ella sonrió, pero sus ojos no mostraban nada más que tristeza.

—Sí.

Ethan sale de la cama, camina hacía el armario y saca un conjunto de ropa casual.

—Desconecta el teléfono de la casa y apaga nuestros teléfonos, hoy solo seremos tú y yo.

—Por supuesto —ella le responde entusiasmada, su corazón late deprisa, aunque no entiende los cambios de humor de Ethan decide hacer a un lado todo y disfrutar ese día. A pesar de su tristeza, su rencor y sobre todo sus inseguridades.

—Piensa a dónde quieres ir.

—Sí.

Si en ese momento Elena pudiera definir el día más feliz de su vida diría que fue ese. Recorrieron las calles mientras conversaban como en días pasados. La llevó a desayunar a un restaurante mientras hablaban de todo y de nada a la vez, mientras que ella removía su comida recordaron viajes y momentos juntos. La nostalgia en ocasiones se asentaba entre ellos. Pero siempre era ella quien con ocurrencia lograba sacarle una sonrisa a Ethan y disipaba la tristeza. Visitaron un museo y luego el parque donde él le había pedido matrimonio. Ninguno proponía el lugar simplemente caminaban a donde sus pies los llevaban.

Se sentaron un momento en la fuente. Elena suspira y cierra los ojos disfrutando del viento en su rostro.

—Gracias.

Es lo único que dice cuando se percata de su mirada sobre ella. Ethan baja su vista a sus manos entrelazadas y da un suave apretón.

—Tus manos están muy frías.

No era un día cálido, el invierno se acercaba por lo que podía sentirse en el aire helado. Ethan se saca la chamarra y le ayuda a colocársela. Elena la acepta, aunque por dentro no lo desea, sentir su calor y oler su suave perfume sobre ella le daban ganas de llorar. Pero no lo rechaza porque sabe que sería inútil llevarle la contraria. Además, de que llevaba la razón, tenía demasiado frío.

—Pasemos el día mirando películas de terror.

—¿Quién eres tú y que has hecho con mi mujer? Ella es una cobarde que le teme a la oscuridad.

—Sí, pero tal vez quiero que me abraces.

Ethan la atrae a su cuerpo, deposita un suave beso en su frente y comienza a caminar con ella rumbo a casa.

Recostados en el sofá cubiertos por una manta miran la película; vencida por el cansancio mental y físico que el recorrido le ocasionó, se queda dormida entre sus brazos, mientras que Ethan acaricia su brazo con ternura.

Son las tres de la mañana cuando se levanta de la cama. No recuerda cómo ha llegado ahí, pero deduce que él la ha llevado en brazos. Ethan se encuentra en su sueño más profundo de la noche, aun así, permanece aferrado a su cintura y por un momento siente que se asfixia. Retira su mano despacio. De nuevo la maldita hambre, la ansiedad y su costumbre. Va a la cocina y saca una rebanada de pastel, se sienta frente al plato y comienza a imaginar una y mil formas de comerlo, se pregunta cómo puede continuar viviendo así. Quiere mandar todo al demonio, a él, a su amante y a su dieta. ¿Qué más daba? Todo había sido por él. Para complacerlo y ser la mujer perfecta que lo acompañaría a lo largo de la vida. Pero iban a divorciarse, Ethan se marcharía al final de ese día. Pero por más que quiso probar la comida no pudo. Algo la detenía, algo se lo impedía.

Miro el reloj de pared y se dio cuenta que llevaba más de una hora intentando comer. Comenzó a llorar. Ya no era por él, ahora era ella quien no desea comer. Quien quería ser delgada porque su cuerpo era horrendo. Que la idea de su madre acerca de que comer le hacía daño, ahora era suya también. Se levantó y de la mesa tomó el plato y desechó el contenido en el cesto de basura. Las fuerzas la abandonaron y volvió a soltar en llanto, porque finalmente se había convertido en lo que había prometido no hacer. Convertirse en su madre. Y lo más aterrador es que tal vez, moriría como ella lo hizo, a causa de su enfermedad y que a pesar de eso, sin Ethan, realmente no le importaba.