Los monstruos no solo existen escondidos debajo de nuestras camas, también pueden venir vestidos de príncipe"
Los cálidos labios de Ethan en su frente la despiertan, sin embargo, no hace nada por demostrar que ya lo está. Y no es hasta que Ethan se levanta para encerrarse en el cuarto de baño que ella da señales de estar despierta. Abre los ojos y ve la hora en el reloj. Era más temprano que de costumbre. Siente una fuerte opresión en el pecho y un nudo en la garganta, esta era la última mañana a su lado. No sabe cómo debe actuar. Hacer de ese momento único y especial o hacerlo como cualquier otro. Finalmente, decide seguir como si nada, porque si finge normalidad, podría ser menos doloroso hasta que llegara el momento final.
Se levanta de la cama y toma un conjunto de ropa, rápidamente se viste antes de que Ethan termine de ducharse; no quiere que él tenga un último recuerdo de su obeso cuerpo al desnudo. Recoge su cabello en una coleta y sale corriendo de la habitación. Su siguiente movimiento es en la cocina. Saca de la alacena los ingredientes para elaborar su desayuno. Las cosas resbalan de sus manos, una que otra vez. Frustrada, respira hondo tomándose un momento para tranquilizar sus nervios; cuando abre sus ojos, se topa con su móvil en la encimera. Lo toma y pone música, cree que apaciguará su ansiedad. Además, no quiere que él crea que en algún momento ella va hacer alguna escena. No está dispuesta demostrarle su dolor. Quiere que la recuerde como una mujer que en el último momento fue capaz de recuperar su dignidad.
Ethan llega bien vestido y listo para irse, el aroma de su colonia inunda la cocina y así es como se da cuenta de su presencia, aun cuando está de espaldas. Cierra los ojos y toma una bocanada de aire para infundirse valor.
—¿Te vas más temprano? —le pregunta intentando parecer natural a pesar de que piensa que está deseoso por salir corriendo y tal vez, hasta le pedirá la firma del divorcio en ese momento. No lo enfrenta, sigue dándole la espalda mientras remueve el café que le ha servido.
—No —responde mientras se acerca a ella. La toma por la cintura y la gira para quedar frente a frente. Solo separados por la taza de café en las manos de Elena. Pero, aun así, esa pequeña barrera no le impide depositar un suave beso en su mejilla—. Solo pensé que podríamos pasar un poco más de tiempo juntos esta mañana.
Elena asiente, asombrada por ver a su esposo con una sonrisa divertida, pero, sobre todo, real. No lo entiende, por lo que baja la mirada para después removerse entre sus brazos y darle de nuevo la espalda, ella continúa con el resto del desayuno.
Con disimulo limpia las lágrimas que sus ojos han derramado a pesar de que se juró no llorar ese día y menos frente a él. Ya no sabe si eran de felicidad, nostalgia o dolor. Se siente contenta de pasar más tiempo a su lado en ese último día, sobre todo, porque es él, quien lo ha querido así.
Elena ordena la mesa, mientras que Ethan está entretenido leyendo los mensajes de su móvil. De nuevo sus inseguridades la hacen pensar que son mensajes de su amante los que lee, pues tras su ausencia y su teléfono apagado, el día anterior, seguramente, ella debía de estar furiosa o por lo mínimo ansiosa. Coloca su plato frente a él. Pasa a su lado, y con disimulo, mira el remitente del mensaje que Ethan está leyendo con suma atención. Es Jonathan su socio. Ethan levanta la vista y ella da media vuelta al instante, conoce a su esposo lo suficiente como para saber que se ha dado cuenta de que leyó el mensaje con él. Toma asiento y cuando levanta la vista se topa con sus ojos grises.
—Esa canción fue la primera que bailamos cuando nos conocimos —menciona Ethan como si nada. Algo que sorprende a Elena, ya que, nunca pensó que recordaría una canción de la que nunca hablaron después de conocerse; en todo caso, esperaría un reclamo, como mínimo, por su indiscreción—. Recuerdo que, Oliver, me convenció de ir a la fiesta. Te vi llegar —continúa diciendo mirando hacia la ventana recordando, seguramente. Por un instante ella siente que él la sigue amando. Pero ignora ese pensamiento. Tal vez, es solo la nostalgia del adiós—. ¿Eso es todo lo que vas a desayunar?
—Sí. No tengo apetito —Elena toma el vaso y bebe su contenido de una sola vez. Ethan, ahora pone su mirada en ella.
—Tu ropa, aunque sencilla y anticuada, dejaba ver lo que había debajo. Pero eso no fue lo que miré en primer lugar. Fue tu rostro casi al natural, tu cabello lo adornaba y hacía resaltar tu pálida piel; y tus ojos grandes, tan llenos de inocencia y horror, me cautivaron. Esa noche estaba con la hermana de Oliver.
—Tu eterna enamorada —afirma Elena, mientras que por debajo de la mesa sus manos sujetaban fuertemente sus rodillas, enterrándose las uñas sin darse cuenta. No por los celos de la rubia odiosa y su cuerpo perfecto, era por hablar de lo que significó para él su primer encuentro y saber que nunca se sintió atraído por su cuerpo.
—Pero ella ni siquiera me gustaba.
—¿Tuviste algo que ver con ella?
—Esa noche no quise ser descortés, pero en realidad, no le prestaba atención en absoluto. Y no fue hasta que me di cuenta de que estabas a punto de irte, que tomé la iniciativa de acercarme a ti.
—No me respondiste.
—Ese no es el punto. Ni lo que quiero decirte.
—¿Entonces?
—Me enamoré de ti a primera vista, pero cuando te conocí de verdad, supe que te quería a mi lado por el resto de mi vida. Y lamento mi egoísmo. Yo… —el sonido de su celular lo interrumpe, Elena no pretendía escuchar sus disculpas por dejarla por lo que aprovecha para ponerse de pie mientras le hace la seña para que atienda su llamada.
Ethan, con frustración responde y luego comienza a discutir, ella pudo darse cuenta de que era Jonathan de nuevo y que hablan sobre un caso que, al parecer, iba mal. En algún momento deja de escuchar la conversación para centrarse solamente en la tarea de lavar platos.
—Debo irme —le dice a sus espaldas—, pero quiero que terminemos de hablar esta noche.
Elena se gira y al verlo se da cuenta de que no quiere dejar ir al hombre al que considera: «su príncipe».
—Sí, claro —le responde con la voz entrecortada y sus manos tiemblan por miedo.
Ethan da media vuelta y llega al vestíbulo, allí toma su portafolio y abre la puerta, pero no sale por ella. En cambio, se gira para encontrarla detrás. Elena se acerca y acomoda su corbata, con lágrimas en los ojos, y su juramento de no llorar frente a él se va al diablo. No puede evitarlo. Ethan se deja hacer y al final cuando ella baja sus manos y carraspea en un intento de decir adiós, Ethan, limpia sus lágrimas con sus pulgares. Ambos frente a frente sin poder decir nada se quedan un par de minutos mirándose a los ojos.
Finalmente es ella quien rompe el silencio:
—Debes irte o tendrás problemas —su voz entrecortada, le dice a Ethan cuan valiente quiere ser ella. Le dice que ella cumpliría su palabra si, en ese momento, le pidiera la firma. Se da cuenta de que sus palabras que tanto lo buscaban diciéndole cuanto lo ama y suplicándole que le devolviera el amor, ya no están. Todo le está gritando que ha aceptado, por fin, dejarlo en libertad.
—Ellos tendrán problemas, yo soy el dueño —responde con una sonrisa llena de orgullo.
—Sí, por supuesto. Lo había olvidado —bromea.
—Elena…
—¿Olvidas algo?
—Sí, he olvidado algo. Olvidé como amarte. —Ethan la toma de la cintura y la atrae a su cuerpo robándole al instante un beso. Elena sube sus manos hasta su cuello y corresponde el beso lleno de sentimientos desesperados. Porque para Elena, ese, podría ser el último beso. La iba a dejar, ¿no? Y si en realidad el plan de Quella y Sophia funcionó, Ethan, no la perdonará una vez que descubra su secreto, o más bien ella se lo confiese. Y por primera vez, un beso de Ethan le supo a pura amargura.
—Te veré esta noche y…—guarda silencio un momento. La mira de arriba abajo y luego dice—: Elena, no me gusta tu aspecto —ella baja la mirada a sus pies, de nuevo estaba haciéndola sentir pequeña e insignificante—. Quiero que te alimentes correctamente. ¿De acuerdo?
—Sí, no te preocupes. Voy a hacerlo —ella promete, con un nudo en la garganta. Sabe que no debió romper la dieta, que ella debió esforzarse más.
—Pasaré por ti a las ocho. Haré la reservación en nuestro restaurante y…
—No es necesaria la tortura, tenías razón… te firmare los documentos y los encontrarás aquí —no quiere ya nada. Se siente pequeña e insignificante y no quiere seguir torturándolo con su presencia. Ella solo desea meterse en una cueva y no salir nunca más.
—No, por favor —la suplica en su voz la hace levantar la mirada hasta sus ojos— Hablemos esta noche…
Y eso es todo lo que necesita Ethan decir, ella siempre hará lo que le pida.
Elena asiente. Cuando él sale por fin dejándola sola, tapa con su mano su boca para no soltar un grito. No sabe qué pasara, si va a dejarla o si estará dispuesto a intentarlo. Corre al teléfono y marca el número de Quella, con manos temblorosas.
—Elena, ¿qué sucede? Hoy es maldito día, qué noticias tienes, ¿está contigo?, ¿se ha ido? —suelta la joven al otro lado de la línea.
—No lo sé, creo que quiere quedarse, Quella. No… no sé qué hacer. ¡Ayúdame!
—Ok, tranquila ven a mi departamento y aquí hablamos.
—De acuerdo.
Elena corre a la habitación y toma de su armario lo primero que encuentra para salir. Sale del departamento y antes de ir con Quella pasa por el vestido a la tienda. No se lo mide, ella no quiere enfrentarse a su horrible figura. No en ese momento, no como se siente.
DOLOR Y REMORDIMIENTOSu cuerpo siempre fue mi templo, en nuestra noche de bodas la amé y adoré como si el mañana para nosotros no existiera.
—¿Me amas? —ella me preguntó mientras me miraba con sus preciosos ojos verdes.
—Sí—. Sin dudas, sin miedo ni remordimientos, una respuesta fácil y honesta.
—¿Cuánto? —ella me mordió el hombro tras preguntarme y lo único que quería decir era: "Más allá de la muerte". Sin embargo, no era lo que Elena quería escuchar.
—Tanto qué si me lo pidieras te entregaría mi corazón en tus manos. Si con ello puedo hacerte feliz. — tomé su rostro en mis manos y la besé.
Ethan llega a la firma media hora más temprano de lo habitual, se siente renovado y con más energía. Saliendo del elevador su mirada se dirige hasta el escritorio de Caroline, ella lo mira con una sonrisa que él no responde, solo se limita a un asentimiento de cabeza e ignorando el rostro descorcertado de Caroline y entra a su oficina cerrando la puerta detrás de él.
Una vez adentro tiene esa horrible sensación de preocupación y miedo. No quiere dejar a Elena. Las horribles pesadillas y los días de convivencia con Caroline le quitaron la manta que había llevado sobre el rostro impidiéndole reconocer que, Caroline, nunca encajaría en su vida, eran polos opuestos, además ella exigía de él lo que ni siquiera Elena alguna vez le exigió, atención exesiva. Esa manera posesiva y obsesiva con la que controlaba cada uno de sus movimientos con Elena lo irritaban. Ya podía bien imaginarse lo que le esperaría después.
Luego, estaba Steve de regreso en la vida de Elena. Eso también había influido, tenía que aceptarlo. Ese hombre había sido un amigo para Elena, pero ella no lo era para él. Y aunque era posible que Steve la aceptara aun sí no podía darle un hijo, él no era el indicado para ella. Elena se merecía más. Entonces en algún momento de sus reflexiones se dio cuenta de que no podría jamás verla con nadie más que con él. ¿Celos? Sí, los tenía y si podía sentir celos significaba que todavía no solo era una pieza importante en su vida, sino que todavía la amaba. A su manera, lo hacía.
Llama al departamento y al no tener respuesta intenta contactarla esta vez por el movil.
No sabía que decirle, simplemente quería escuchar su voz. La opresión en su pecho desde que las pesadillas habían comenzado se aliviaba cuándo estaba cerca de ella. No había querido admitirlo, ni muchas otras cosas, pero la verdad era que amaba a su esposa y nunca se había dado cuenta de cuánto. Fue al verla muerta que supo que no quería vivir sin ella con esa horrible sensación de vacío.
LA LLAMADACuando Quella le abre la puerta se abrazan. Quella empuja a Elena dentro del departamento y la sienta en una silla previamente preparada para ella.
—¿Cómo va todo? ¿Cómo lo notas, inquieto, feliz? ¡Vamos, mujer, habla! —grita Quella mientras toma un tazón y comienza a batir su contenido—. Antes lávate la cara.
Elena asiente y obedece. Regresa ya con la idea de que Quella va a darle una sesión de embellecimiento.
—Extraño. ¿Qué es eso? —pregunta tras ver la rara mezcla que su cuñada está por aplicarle.
—Esto amiga, amiga, es una mascarilla para hidratar tu piel. Ayer teníamos que haberlo hecho, pero tu móvil estuvo apagado y, ¿qué paso con tu línea local? Estaba a punto de ir a tu casa, pero antes le marqué a Ethan y su teléfono parecía estar en las mismas condiciones. Tu amiga me dijo que no fue a trabajar. Está teniendo un mal día al parecer porque fue más déspota que de costumbre.
—Ethan y yo nos tomamos el día y bueno… desconectamos los teléfonos.
—¡Vaya! Lo sospeché. Pero eso es bueno ¿no? ¿Qué te ha dicho del divorcio?
—Nada, en realidad, seguimos en lo mismo, pero no lo sé…
—¿Han hecho el amor?
Elena se muerde el labio inferior antes de responder:
—No.
—¿No lo has seducido? —pregunta asombrada. Su hermano era tan difícil y complicado, pero ella estaba segura de que él la amaba.
—Tenía miedo a que me rechazará, a que terminará molestándose y se fuera de nuevo.
—Elena tenías que darlo e intentarlo todo. ¡Por Dios, mujer!, primera regla de oro para que una mujer tenga un matrimonio duradero y feliz «Dama en la mesa, coqueta y traviesa en la cama».
—Bueno cuando me casé, nadie me lo dijo.
Quella rueda los ojos y retira el cabello de Elena del rostro.
—¿Escuchas eso? —le pregunta.
—Es mi móvil. ¡Oh! ¡Por Dios, es él! —Elena grita aterrorizada.
Ambas mujeres soltaron un chillido, Quella le arroja el bolso a Elena y ella vacía la bolsa para encontrar el celular. Carraspea y toma un momento antes de responder la llamada.
—Hola. —Elena cierra los ojos y por primera vez en mucho tiempo lo siente de nuevo suyo, pero nadie responde al otro lado—. ¿Ethan?
—Sí, Elena —su tono de voz es insegura.
—¿Qué ocurre? — su voz era temblorosa, temerosa de lo que él pudiera responder.
—Nada, solo quería saber en dónde estás.
—Estoy con tu hermana, ella está torturándome… ya sabes…
Quella le sonríe a Elena, ambas están pegadas al teléfono y al escuchar el sonido de la risa de su hermano, ella golpea el brazo de Elena con el codo, ambas mujeres se miran emocionadas. Elena sabe que, su corazón saldrá de su pecho en cualquier momento de emoción, Quella era una amante del romanticismo.
—De acuerdo… —De nuevo se queda en silencio y tras un suspiro, finalmente le confiesa—: Te amo, Elena. Sé que no debería decir esto por teléfono, pero tengo la sensación de que debes de saberlo ahora.
Ambas mujeres están tomadas de la mano muy, muy, muy fuerte.
—Ethan, yo también te amo —ella le responde casi sin voz.
«Ethan tenemos problemas». Elena escucha la voz de Oliver. Escucha un profundo suspiro de Ethan salir de sus labios antes de despedirse.
—Amor… —le cuesta trabajo llamarla así, o, tal vez era la extrañeza de utilizar de nuevo ese apodo para ella, y lo nota, nota la incomodidad. Sin embargo, el ríe un poco y sabe que en realidad Ethan se avergüenza. Quien cree conocerlo no lo creería. Pero ella, su esposa, su mejor amiga, sabe que no es más que un hombre tímido cuando se trata de sentimientos profundos—. Debo cortar la llamada, pero te veré más tarde. Dile a Quella que no se pase.
—Sí. Te estaré esperando.
—Te amo, Elena. —Esta vez lo dice con seguridad y con firmeza. Él la ama, la sigue amando.
Elena deja caer el teléfono al piso y cubre su rostro con sus manos y comienza a llorar, porque toda aquella tensión que había estado sufriendo durante todo ese largo tiempo, al fin, ha desaparecido, pero ahora se siente más desdichada que antes, piensa que no puede decirle la verdad, que tendrá que seguir cargando con el peso de su silencio, que, al pasar el tiempo, se ha convertido en una mentira.
—¿Qué pasa? —pregunta Quella con preocupación.
—Me dijo que me ama —susurra entre sollozos.
—Entonces, ¿por qué lloras, como si fuera el fin del mundo? Deberías estar feliz no triste.
—No lo sé, creo que es de felicidad —miente, pues no puede decirle la verdad a Quella antes que a Ethan.
COMPLICACIONESMiró a Oliver después de cortar la llamada y piensa que todos merecían una segunda oportunidad, al menos, si el arrepentimiento era sincero.
—¿Qué ocurre? —pregunta con voz tensa.
—Lo siento, ¿quién era ella? —preguntó era obvió que había escuchado la llamada.
—Elena, y por lo demás no te importa.
—Bueno, por aquí no es un secreto que tu amante es la mejor amiga de tu esposa.
—¿Disculpa?
—Todos cometemos indiscreciones, pero tal vez deberías tener más cuidado para la próxima. Como amigo te digo que debes tener cuidado, las mujeres despechadas son un verdadero dolor de culo.
—Creo que has confundido las cosas…
—Lo sé desde hace meses, jamás he dicho nada, Ethan, y no quiero meterme en tus asuntos solo hazme caso, amigo. Y pasando al otro tema Ernest no declarara en contra de su tío, me acaba de informar Jonathan —preocupado Oliver se lleva una mano al rostro.
—Demonios, ¿qué ocurrió? —Ethan sintió un balde de agua caerle encima, contaba con el chico para poder ganar el caso o ese demonio de Jean Carlo quedaría impune ante el asesinato de su esposa.
—Creemos que hay amenaza de por medio, saben que con la declaración del muchacho su tío queda jodido.
—¿Puedes ir a convencerlo, tú?
—No me escuchara a mí, Jonathan ya te lo había dicho. —Ethan se había ganado la confianza del muchacho cuando se conocieron.
—Mañana tiene que presentarse para declarar y yo no puedo viajar. Hoy es mi aniversario.
—Iré yo, pero si no consigo nada perderemos el caso.
—Vete ahora y mantenme informado.
—Sí.
RUPTURACaroline al ver salir a Oliver se apresuró a entrar a la oficina. Molesta, azota la puerta. Toma asiento frente a Ethan preparada para recibir indicaciones.
—Caroline, sabes lo que tienes que hacer, déjame solo.
—¿Qué ocurre? —le pregunta poniendose de pie y acercándose a él, poniéndose detrás suyo y queriendo besar su cuello para excitarlo. Ethan se deshizo de ella poniendose de pie.
—Ahora no, Caroline, más tarde.
Ante su rechazo Caroline supo de inmediato que algo no estaba bien y no quería pensar que él se estaba arrepintiendo.
—Puedes retirarte ya, por favor.
—Sí señor.
Más tarde, Caroline está comiéndose las uñas, Ethan estaba distante y frío. Había intentado de nuevo saludarlo como siempre: con un apasionado beso. Pero él la rechazó; de nuevo. Solo de acordarse le daba rabia, ¿qué pensaba ese hombre?, ¿qué la podía tener solo cuándo él quisiera? Ethan salió de una junta media hora después de la hora de la comida. Fue a su oficina ignorando que ella estaba en su escritorio cuando no debería estar ahí.
—Ethan ¿comemos juntos? —le preguntó ella asomándose por la puerta solo lo necesario para que él la viera.
—No. Voy a salir con Fred. —Ella terminó de entrar a la oficina, se cruzó de brazos y lo miró por un rato. Él la estaba ignorando.
—¿Qué te pasa, Ethan?
—Caroline, has una reservación al restaurante de Vincent que me den la mesa de siempre. Después, llama a mi esposa, comunícale que pasaré por ella a las ocho en punto, contacta con la Boutique de mi madre y pídele que le envíe a Elena tres vestidos de mi color favorito, junto con los accesorios acorde, mañana regresaré los que mi esposa no desee. Y por el pago, ya sabes a dónde cargarlo. ¡Ah! Por cierto, quiero que le hagas llegar también un ramo de rosas rojas. Y hazlo antes de salir a comer.
Ethan le dirigió una mirada a los ojos azules y brillosos de ella. Él, acababa de terminar la relación. Y Caroline que no era estúpida lo entendió muy bien.
—Sí, señor, enseguida —Caroline cuadra los hombros y levanta la barbilla, no dispuesta a dejarle ver su dolor. Con dignidad sale de su oficina y se dirige al baño, allí suelta a llorar.
Desea maldecir a ese hombre, por imbécil; se pregunta qué fue lo que hizo Elena para retenerlo, qué le dijo. Desea llamarla y decirle que sabe quién es su amante, quiere gritarle quién es la mujer que le ha robado el sueño y el amor de Ethan. Pero, luego
Caroline realiza la reservación y cuando estuvo a punto de llamar a la Boutique se sintió la ira de la traición carcomer su mente, se negó a ser humillada de esa forma Ethan le había quitado todo, desde su corazón hasta su orgullo y dignidad. No permitiría que la desechara como un maldito juguete viejo que puede tirar sin siquiera mirarle.
LO SIENTORegresa a casa con un lindo peinado y un maquillaje perfecto que ha cubierto las manchas negras alrededor de sus ojos y la palidez de su piel. Pone sobre la mesa el conjunto de cosas que Quella le aconsejo que no deben faltar en la decoración de su habitación para esa noche especial. Flores, velas aromáticas, aceites y un hermoso juego de sabanas. Por un momento se siente asqueada, no es que no amara a Ethan o que ya no lo quiera a su lado. Su amor por él es infinito y duda que algún día desaparezca, es tan solo el hecho de saber que tarde o temprano deberá confesar o mejor dicho aclarar aquel mal entendido. Ya no desea seguir bajo el tormento de sus acusaciones, aunque también, esta consciente de que podría perderlo.
Ethan tan inestable podría bien abandonarla de cualquier manera. Otra posibilidad era quedarse a su lado guardando aquel terrible secreto, pero ¿por qué tampoco podía sentirse feliz con esa idea? Se pregunta una y otra vez. La respuesta en el fondo de su corazón martilla tan delicadamente que apenas es capaz de percibirla. Esa razón o entendimiento sale a la luz en una sola frase dicha por su madre.
«La felicidad solo dura un instante, Elena».
Siempre pensó que Ethan era su deseo hecho realidad, su príncipe de fantasía que se presentó ante ella para sacarla de la horrible oscuridad y depresión, pero tarde se dio cuenta de que él no era suficiente. ¿Acaso algo en este mundo lo era?
Cuantas veces ella había esperado la llegada de su esposo vomitando o mirándose al espejo, queriendo ser hermosa y perfecta para que él no la dejará nunca, para que siempre tuviera ojos para ella y nunca otra mujer le pareciera mejor. Sin embargo, se dio cuenta de que él era solo el pretexto para hundirse todavía más en su deprimente deseo de autodestruirse, porque ciertamente Ethan nunca le expreso nada malo acerca de su cuerpo hasta hace unos meses. Su mente comienza al fin a concebirlo. Ahora que las cosas están por solucionarse ella acepta que en realidad no lo necesita para hacer su vida miserable. Pero, asimismo, comprende que terminará muerta como su madre si no se detiene. Muchas veces deseó tener a su madre enfrente y preguntarle:
«¿Por qué si sabías que podrías morir, tomaste esa elección? ¿Por qué me has abandonado?».
Ahora, en su mente enferma halla la respuesta.
«Nada lo vale».
Ethan la traicionó en cuanto tuvo la oportunidad, bajo el más estúpido pretexto. Sus amigos tienen su propia vida y al igual que ella buscan su propia felicidad. No tiene más familia que la política. Su abuelo que se había hecho cargo de ella cuando sus padres murieron había muerto dos meses atrás. Nunca fue importante para él, solo una carga más para su miserable vida llena de carencias y un desahogo financiero al quedar como su tutor por muchos años. Nunca la trato mal, pero tampoco recibió muestras de afecto, ni siquiera cuando guardaba luto. Entonces… ¿Por qué hacerlo? Con tristeza se da cuenta de que su madre jamás la quiso, o bien, llegó a creer que también la abandonaría.
Elena suspira al pensar en su amoroso padre y tras sus recuerdos entiende que él nunca abandono a su madre a pesar de todo y de su retorcida manera de ver la vida. Entonces piensa en la palabra «Esperanza».
Elena toma el teléfono de la casa y marca el número directo de la oficina de Ethan, necesita escuchar su voz para tener la fuerza suficiente para tomar la decisión de quedarse a su lado, de saber que su felicidad no es solo una ilusión y que puede ser duradera.
LO SIENTO PARTE II
Eran las siete treinta cuando Ethan hablaba acaloradamente desde su teléfono con Nicholas, quien le decía no había conseguido convencer a Ernest para declarar el muchacho quería verlo en persona y tener la seguridad de que no tendría ningún problema si confesaba lo que sabía. Ethan maldijo, tenía las manos en la cabeza y los ojos cerrados, cuando Caroline entró.
—Tenemos que hablar.
—Cancela la cita en el restaurante y trata de conseguirme un vuelo a New York para hoy y uno de regreso también para esta madrugada.
—Hice la reservación, pero no pude hacer el resto. Necesitamos hablar.
—Hoy no Caroline mañana por la tarde.
—¡Hoy si Ethan, no puedes tratarme así! Quiero que me lleves a cenar porque tengo algo muy importante que decirte.
—¿Qué no escuchas? tengo que salir de viaje.
Su teléfono celular comenzó a sonar. Vio el identificador y de inmediato tomó la llamada.
Las manos de Elena tiemblan cuando escucha el tono sonar dos, tres veces hasta que escucha a la voz de Ethan…
—¿Que sucede, amor? —No. Su felicidad no era una ilusión, él estaba ahí respondiendo con cariño.
—Hola, solo quería saber si ya vienes. Quiero hablar contigo antes de la cena. Tú me comprendes, ¿no? —Elena se muerde los labios para recibir su respuesta. Sí, ella necesitaba decirle que no era estéril y que lo necesitaba porque su mente enferma estaba ganando a su razón. Sabía que estaba enferma, se sentía débil, esta triste y a veces simplemente solo quería morirse, otras comer hasta reventar, y que ya no podía detenerse.
—Amor, estaba por marcarte: Jonathan sigue en New York, lo siento, Elena, debo viajar para encontrarme con él y…
—Está bien.
—No, no está bien… escúchame Elena, no pienses mal. Te lo juro, voy a recompensarte sólo por favor espérame.
Y se pregunta entonces cómo debe hacerlo, ¿sentada?
—No te preocupes, Ethan, entiendo.
—¿Por qué siento que no lo comprendes? Escúchame yo, te elegí a ti. Quiero estar contigo a pesar de todo porque te amo, Elena.
Ella carraspea y suspira hondo antes de preguntarle.
—¿Quieres que prepare tu maleta?
—No. En el coche traigo una pequeña maleta, la que tenía en el hotel. De la oficina salgo al aeropuerto. Elena, te amo, nunca lo olvides.
—No, te veré mañana entonces.
—Sí. Lo siento, amor.
—No hay problema, ten un buen viaje y espero que todo se resuelva a tu favor.
—Gracias, adiós. Te marcaré en cuanto llegue al hotel. Te amo, hermosa.
—Y yo a ti.
Elena escucha como Ethan corta la llamada, su cuerpo tiembla y sus manos sujetan fuertemente el auricular. Y en su mente solo piensa:
«Siempre en segundo lugar».
Elena finalmente puede ponerse en movimiento para arrojar el teléfono contra la pared, éste se hace añicos mientras grita su coraje y frustración. Camina hasta la habitación de los espejos y abre la puerta de par en par. Camina hasta la ventana para correr las cortinas. La luz del crepúsculo entra y entonces comienza a descubrir los espejos. Las sabanas caen al piso y luego echa una mirada a su reflejo. Asqueroso.
—¿Por qué habrías de ser su prioridad?
La sombra que la ha acompañado desde que era una niña está a su lado, ahora puede verla, la voz de su madre la que siempre la tortura no deja de lastimarla:
«¡Mírate Elena! —Elena se gira para quedar frente al espejo de su madre—. No dejas de ser una obesa, una niña glotona. ¡Vamos! Nadie ama a las niñas gordas como tú. No eres la hija perfecta que siempre quise».
—¡Basta! —Elena toma el espejo y lo empuja hacia atrás, este se rompe. Toma el cepillo que yace en el piso y lo arroja contra otro de los espejos y sale de la habitación en busca del vestido que compró. Se cambia de ropa y retoca el maquillaje cómo su cuñada le recomendó. Ahora vestida y arreglada sale del apartamento para ir al restaurante con o sin Ethan.
21:00 hrs.
Ethan entró al lugar sin intención de quedarse no más de lo necesario, la había interceptado una hora antes de que saliera de la oficina, ella insistió en querer cenar y después hablar de "sus asuntitos pendientes."
Pidió algo ligero mientras observaba a Caroline muy tranquila cenando.
Tenían unos minutos ahí y ya le parecían siglos. Cansado de la situación le tomó la mano.
—Carol, lo siento, pero lo nuestro ha terminado —le dijo Ethan en un tono bajo y lleno de pesar, reflejo de lo que sentía realmente en su corazón, pesar porque realmente había llegado a apreciar a esa mujer. Independientemente de los errores de ambos ella era una buena mujer que se dejó seducir por un hombre egoísta como él. Se conocía lo suficiente para saberse egoísta y debía reconocer que esa situación era su responsabilidad. No quería dañarla más.
—¿Por qué has cambiado de opinión?
—Porque la amo y no puedo vivir sin ella.
—Ella nunca podrá darte hijos yo sí. Haré lo que me pidas —Caroline que nunca rogó por amor ni siquiera a su madre alcohólica en sus años más vulnerables estaba ahí sintiendo que su mundo lleno de felicidad, amor y protección se desvanecían delante de ella. Lo amaba más que a nada y podría atreverse a decir que hubiera hecho por cualquier cosa incluso destruyo su imagen ante su hermana menor su única verdadera familia.
—No me supliques Caroline, no vale la pena el que te humilles por alguien que no te ama y pertenece a alguien más. —llevó sus nudillos a sus labios y los beso con ternura. —Encontrarás a alguien quien si pueda amarte y que te valore.
De la bolsa oculta de su saco, tomó una pequeña caja negra qué, al abrirla reveló una pulsera de diamantes.
—La compre para tu cumpleaños. Pienso que debes tenerlo tú. Nadie más.
—¡Que gran favor me haces! Regrésalo.
—No puedo lo compré hace un mes. Es tarde para eso.
—Dáselo a tu esposa.
—No lo merece y lo sabes. Además, lo compré pensando en ti.
Se la colocó y de nuevo besó su mano. Se quedaron en silencio por un momento hasta que sintió un escalofrío en su nuca y de alguna manera sabía que la causa venia del otro lado del salón. Giró su rostro para encontrar a su esposa mirándolo. Movió sus labios susurrando un "gracias" pudo escuchar su voz o solo era su mente jugándole una mala pasada. Se odio así mismo, iba a confesarle todo. Desde la primera vez que la engañó hasta la última, pensaba hacerlo de verdad. Convencido que la honestidad sería su prueba para demostrarle que estaba dispuesto a salvar su matrimonio quería que comenzaran desde cero, sin mentiras ni falsedades, ahora ella lo había averiguado por sí misma y su oportunidad para demostrarle que era sincero se hizo añicos con su descubrimiento.
DESILUCIÓN
Por segunda vez toma las llaves del coche que Ethan le regaló hace cuatro años, en su cumpleaños. En ese entonces tenía la seguridad que ese caso tenía nombre, falda y tacones. Pero ella fingió creerle que un niño lo había necesitado a pesar de las marcas de pasión en su cuello —la mancha de un labial rojo en su camisa blanca—, ella fingió desde ese entonces.
El auto que solo manejó una vez, porque hacerlo para Elena significaba estar consciente y aceptar su infidelidad; pasarla por alto, comprando así la paz en su matrimonio.
Ahora ella maneja ese automóvil a gran velocidad, quiere disfrutar ese regalo después de dos años. Porque desea confiar en él y en su palabra.
—Él me eligió —dice en voz alta. Así que decide no quedarse en casa a llorar su ausencia, planea disfrutar de una excelente cena en aquel restaurante especial para los dos, volver más tarde a su hogar y dormir toda la noche, al siguiente día, tal vez lo aguarde con una cena especial.
Estaciona el auto a una cuadra del restaurante, siempre odió la idea de entregar las llaves a alguien para luego esperar diez minutos por su auto en el frío de la noche. Camina con enfado hasta el lugar.
—Tengo reservada una mesa a nombre Elena Donovan.
La mujer la mira de manera extraña antes de responder.
—Permítame un momento.
Mientras la mujer busca en su lista ve a su amiga Caroline salir del tocador y caminar a su mesa reservada. Ignorando a la mujer con la que hablaba Elena abandona la recepción y se adentra al gran salón. Al acercase entonces nota a su acompañante. No da un paso más, tampoco hace nada por retroceder y marcharse, ella simplemente se mantiene en pie como una masoquista espectadora. Dándose cuenta qué, él le había mentido nuevamente. Pero ese hecho por muy surrealista que pareciera no le infringía ningún dolor. Porque a pesar de decirse así misma que confiaba, la verdad es que, esperaba esa traición, otra vez.
Pero era ella, quien hizo trisas su corazón. Fue a ella a quien siempre amó desde que era una niña y consideró como su hermana. A la que a pesar del tiempo y la distancia ella la recibió nuevamente en su vida y en su hogar con los brazos abiertos ayudándola a salir adelante a pesar de sus inconveniencias.
Su mejor amiga casi su hermana era la amante de su marido.
Mientras más observa menos comprende o, tal vez, comprende un poco más. ¿Por qué la ha llevado al lugar que guardaba tantas noches especiales y hermosos recuerdos? ¿Por qué estaba con ella en la mesa que había reservado para pasar una velada de reconciliación y la celebración de su aniversario? ¿Por qué toma sus manos y besa sus nudillos como solía hacerlo con ella en un tiempo pasado? ¿Por qué le regala esa sonrisa tan encantadora posiblemente la mejor que alguna vez le haya visto? ¿Por qué lleva consigo un obsequio para ella? ¿Por qué muestra tanta ternura al dárselo? ¿Por qué ella sueña despierta con un hombre que todavía sigue perteneciendo a otra mujer? ¿Qué palabras dulces son las que le susurra al oído? ¿Por qué la maldita traidora llora y lo abraza como si nada en este mundo importara?
«Porque ella te ama y tú la amas. Tal vez nos amas a las dos y la realidad es que no has podido elegir, ella es capaz de seguir existiendo en la oscuridad con lo mejor de ti. Y, yo, con las migajas de amor y tiempo que tú decides arrojarme», dice Elena.
Tal vez fue su mirada inquisidora la que dio aviso a Ethan de su presencia. Él, giró su rostro encontrándose con los ojos llorosos de Elena. Al verse descubierta ella sólo pronuncio un silencioso «Gracias» y dio media vuelta para salir corriendo de ahí.
Capítulo 37 OdioCaroline quería gritarle a Ethan por ilusionarla, ella no le pidió que abandonara a Elena, siempre supo cual sería su lugar en ese juego. Fue él, que comenzó a revelarle los secretos de su matrimonio, justificándose por traicionar a Elena. Ella le creyó, y se permitió soñar con ser ella su esposa, ser la mujer que le daría lo que ambos soñaban un hogar, una familia.
Ella vio el rostro de Ethan tornarse pálido, sus ojos llenos de terror, decepción y lo supo. Elena estaba ahí, cuando siguió la mirada de Ethan la vio de pie con el rostro bañado en lágrimas. Hubiera dado lo que fuera porque en esos momentos se acercará y los encarará. La odiaba porque una persona tan ordinaria, tan patética y tonta como ella le estaba quitando su felicidad. Él estaba loco si pensaba que lo dejaría ir sin que cumpliera su palabra de darle todo lo que lo le prometió. Un hogar, en el que jamás tendrían carencias ni ella ni su hermana. Un esposo devoto en quien confiar y apoyarse en los malos momentos. Un amante que la llevara cada noche al infierno ardiente y de regreso. Un hijo a quien amar. No, ella no se daría por vencida. Lo vio salir tras ella, pero no importaba porque aun ella tenía una carta bajo la manga que la destruiría ya que conociéndola se dejaría vencer sin siquiera apenas pelear por lo que supuestamente ama.
Pagó la cuenta, cuando salió del lugar no vio a ninguno de los dos. Sonrío pues pensó ese era el inicio de la guerra y la primera batalla la había ganado ella.
Elena sale del restaurante y el aire frío azota en su rostro y puede jurar que también lo siente en su corazón. Corre hasta su auto y justo cuando abre la puerta…
FLOR DE HIERRO—¡Elena espera! —ella entra rápido y enciende el auto, los seguros en automático impiden que Ethan abra la puerta del copiloto por lo que se coloca frente al auto para impedir que avance. Elena, no dispuesta a escucharlo pone el auto en reversa y luego lo esquiva para salir a toda prisa.
Nada de lo que observa tiene forma, todo parece un borrón ya sea por la velocidad con la que conduce o bien porque sus lágrimas obstruyen su visión. El tono de llamada del número de Ethan comienza a sonar en su movil. Se debate en responder, pero al final sabe que es mejor así, no quiere enfrentarlo cara a cara porque ahora su infinito amor se ha transformado en odio y podría bien ser capaz de asesinarlo. Toma el móvil de su bolso y responde.
—¡No quiero escucharte déjame en paz!
—¡Escúchame, Elena!
—¿Qué es lo que quieres que escuche? Que siempre no fui yo la elegida. Pues déjame decirte grandísimo idiota que no tenías porque elegirme. Yo soy tu esposa no un jodido par de zapatos en una tienda.
—Lo sé, por favor, Elena, detén el auto. Estoy en el taxi detrás de ti.
Elena mira su retrovisor y sí, efectivamente él ésta ahí. Aprieta todavía más el volante con la mano que lo dirige y el teléfono con la otra que lo sostiene, por inercia pisa el acelerador. No reacciona a nada salvo el odio y el rencor. Se siente traicionada de una manera tan vil, porque de todas las mujeres que pudo tomar como amante eligió precisamente a su mejor amiga. A aquella mujer a la cual le confió también su corazón y sus miedos. Se pregunta si ambos hablaban de ello a sus espaldas, si se reían y se burlaban sin compasión maquinando su siguiente movimiento para no ser descubiertos.
—No quiero volver a verte.
—Para, Elena, no estás bien…
—¡Vete a la mierda! Estoy cansada de escuchar que jamás soy suficiente para ti, maldito estéril. Tú, maldito infeliz, no puedes tener hijos, te dejé creer en tu error, te mentí porque te amaba, quería protegerte de sentirte inútil e inservible. ¿Cómo me llamabas? ¡Flor marchita! —el silencio del otro lado del teléfono le hizo saber el estado en shock en el que se encontraba su esposo.
—¡Elena! —gritó Ethan.
Ana
Ana era una joven de diecinueve años, con sueños e ilusiones, con una madre ejemplar y un padre amoroso. Ana es una buena hija y una buena estudiante dedicada y perfeccionista. Amaba el teatro. Asiste a clases nocturnas después de su jornada de trabajo de medio tiempo. Ana trabaja para no ser una carga más para sus padres.
Si hoy fuera un día normal, Ana responsable y perfeccionista no hubiera olvidado su guion en la mesita de noche en casa. Si hoy fuera un día normal, Ana, estaría en aquel viejo teatro actuando en la escena número tres a las 21:48 horas y no caminando de regreso a casa porque no le permitieron la entrada por llegar tarde al ensayo.
Ana, cruza la avenida distraída.
Carlos
Carlos un hombre de cuarenta y dos años, divorciado, con dos hijos a los que no ve desde hace dos años; no porque no lo quiera; Carlos, era alcohólico y no su exmujer no le permitía verlos.
Carlos había sido despedido por tercera vez en dos meses. La causa de su anterior despido fue que por haber bebido de una pequeña botella cuando fue al baño.
Si hoy fuera un día normal, el jefe de Carlos no se hubiera presentado esa noche en la tienda de instrumentos musicales para recoger su guitarra olvidada. Él no hubiera sorprendido a Carlos robando de la caja registradora para comprar una botella de alcohol barato. Si hoy fuera un día normal, Carlos, no estaría manejando y bebiendo al mismo tiempo a toda velocidad; furioso por ese hijo de puta que lo despidió, enojado con esta sociedad que no lo comprendía, con la vida y con esa perra mal nacida que lo abandono y no le permitía ver a sus hijos.
Si hoy fuera un día normal, Carlos, no se pasaría el alto en rojo, a las 21:48 horas.
Destino
Si hoy fuera un día normal, Elena se levantaría a las siete de la mañana, prepararía el desayuno de Ethan y arreglaría su ropa mientras él se alista para ir a trabajar. Más tarde compartirían el desayuno, se despedirían y ella continuaría su rutina normal.
Pero hoy era el último día de su trato, era su aniversario y extrañamente Ethan se levantó una hora más temprano, él quiso pasar un tiempo más con su esposa después de tres años de total abandono.
Cuando salió de casa, ella ya estaba lista para dar inicio a la preparación de esa gran noche tan importante y definitiva para su matrimonio. Si hoy fuera un aniversario como los de hace seis años donde él guardaba fidelidad, regresaría a ella y juntos celebrarían esa noche. Sin embargo, Ethan tenía una amante, nunca asistió a su cita y ella salió a cenar sola en esa fecha tan importante.
A las 21:38 horas ella conoció a su rival. Los observó unos minutos cómo una masoquista, sólo para asegurarse que lo que veía era real. A las 21:45 horas manejaba a toda velocidad, con rabia, dolor y desesperación. Dos minutos más tarde hablaba con él, su verdugo.
Y a las 21:48 horas su destino con el de Ana y Carlos se cruzó
