Veo en sus rostros un sinfín de sentimientos, puedo leerlos con un simple gesto. La ira representada en su ceño fruncido. La tristeza de su alma en aquella mirada evasiva que busca un lugar seguro en el piso. La rebeldía y la negación no faltan en sus brazos cruzados y rostros llenos de gestos de superioridad. Pero, es en aquellos rostros en los que una vieja amiga, la soledad, roba su atención a la nada; perturbando su mente y llevándolos lejos del presente. Sí, son ustedes quienes finalmente llaman más mi atención.
PRIMERA PARTEPREFACIOEthan observa a Elena recostada en una camilla de hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de magulladuras y cortadas no es lo peor que ha visto; sí, lo que más le ha dolido. Recuerda la primera vez que la vio: era joven, dulce e ingenua, su cabello oscuro estaba más largo; y por ese entonces, tenía un cuerpo con bonitas curvas que le provocaron insomnio durante muchas noches después. Podía enumerar cada una de las cualidades que descubrió la noche en que la conoció. Sin embargo, los ladrones de su corazón, no fueron otros que sus dos grandes ojos verdes que lo miraban con desconfianza. Reconoce que la mujer de los recuerdos no se parece en nada a la que hoy duerme frente a él. Cierra los ojos y respira profundo, trata de encontrar el momento exacto en el que ocurrió su cambio, pero no lo encuentra; no lo recuerda.
«¿Cómo no me di cuenta?», se reprocha en silencio. Sabe que puede ser demasiado tarde para salvarla, o para arrepentirse.
Desea poder regresar el tiempo para desechar el orgullo y reconocer que nunca dejó de amarla; y que fue un tonto por negarse a sí mismo la verdad. Sí, todavía la ama.
«¡Estoy tan avergonzado! Y todavía así, rechazo la idea de suplicarle perdón».
Ethan tiene la piel pálida y los ojos cansados. No recuerda cuándo fue la última vez que comió y tampoco le importa. Considera que, en este momento, satisfacer las necesidades básicas: no es su prioridad.
Arrastra una silla al lado de la camilla dispuesto a continuar velando el sueño de Elena. La culpa lo atormenta por toda la humillación y el sufrimiento que le causó. Coloca los codos en las rodillas, una vez inclinado, se cubre el rostro con la palma de sus manos en un intento vano de esconder su vergüenza al mundo. Sabe que la vida no tendrá misericordia con él, o, al menos, no lo hará su conciencia. Por eso su mente prodigiosa lo tortura con los recuerdos de su estupidez y con las fantasías de lo que pudo haber hecho bien. Arruinado y solo, se deshace en ira, lágrimas y desconsuelo.
PARAÍSO«El infierno existe y está aquí, en el mundo terrenal».
Ethan juega con la cabellera rubia de la joven que abraza contra su pecho. Su respiración acompasada es una melodía que lo mantiene relajado y pensativo. En ella principalmente: una mujer apasionada y con metas ambiciosas.
La alarma del móvil de su amante es la que interrumpe tan maravilloso momento sacándolos de su paraíso. Con una mueca dibujada en el rostro, Caroline, trata de alcanzar el aparato y silenciar la maldita canción.
Ethan se lamenta por no poder ofrecerle nada más que trozos de su tiempo. Así que una vez que la mujer vuelve a la posición de antes, la presiona contra su cuerpo y le da un beso en la coronilla que significa: ¡Te quiero!
Entre risas y tirones, ella forcejea contra su agarre hasta conseguir su libertad. Al final, le regala una sonrisa de triunfo. Sin embargo, su fachada cínica no consigue engañarlo: Caroline, está locamente enamorada. Y son sus ojos los que le hablan del dolor que acompaña la aceptación del lugar que ocupa en su vida.
El sentimiento de melancolía es el que lo impulsa a hacer de su poco tiempo juntos algo que valga la pena. Además, la maldita mujer se había pasado la tarde alimentando su lujuria con insinuaciones atrevidas y para nada discretas. Por eso cuando la puerta de la habitación del hotel se cerró, dio rienda suelta a sus instintos. Le hizo el amor con la pasión que ya no siente por su esposa.
Los ojos grises de Ethan buscan la evidencia de su crimen:
Primero encuentra la blusa de seda blanca que le arrancó a tirones en el rincón izquierdo de la habitación. El sujetador, había salido volando hasta una mesilla. La falda y los tacones, a un lado de la cama. Y las bragas las mantiene escondidas debajo de su almohada. No es hasta que la escucha maldecir lo suficiente que decide actuar.
—¿Buscas esto? —le pregunta a la rubia mientras le presume el trofeo con orgullo.
Luego de atraer su atención, Ethan, le arroja el trozo de tela con la intención de golpear su rostro. Pero ella la atrapa en el aire.
Él realmente no pretende que se marchen pronto; así que lleva los brazos detrás de su cabeza y se ajusta en la cama como un príncipe vicioso. La mira entrecerrar los ojos en comprensión. Lo conoce bien y sabe exactamente lo que le gusta.
Caroline, sin ninguna vergüenza le da la espalda para darle una mejor vista de su culo desnudo. Y una vez que le ha mostrado lo que puede tomar, se coloca la diminuta prenda con movimientos suaves y eróticos. Incitándolo a mantener la mirada hambrienta en su cuerpo. Lo reta a quedarse un poco más de tiempo y elegirla en lugar de correr al lado de su esposa para suplicarle perdón por otro largo y duro día de trabajo.
Ahora le muestra los senos, los acaricia lenta y seductoramente con la punta de sus dedos. Sus ojos azules —más oscuros por la lujuria—, observan su reacción.
Ethan le sonríe a su amante antes de saltar de la cama y atraparla de nuevo entre sus brazos. Besa sus labios carnosos con ardor y luego los muerde; solo por el placer de escuchar su chillido indignado de dolor.
Siente como el deseo y la pasión la desbordan. Caroline acaricia su espalda desesperadamente. Su cuerpo se restriega con el suyo. Sus uñas largas y bien cuidadas se entierran en la piel de sus hombros cuando amasa con una mano un seno y con la otra toca su centro. Es tan fácil llegar al paraíso con ella que no le quedan ganas de acostarse con su esposa, o con ninguna otra mujer. Convirtiéndola en la única. Por supuesto, que si de intimidad sexual se habla.
Es la mitad de la noche cuando abandonan el hotel. Dentro del coche, Ethan, toma la mano de Caroline mientras se dirigen al departamento de la rubia. En el instante en que sus miradas se cruzan, ella le sonríe. Y el brillo que hay en sus ojos le habla de amor. En ese momento desea con más fuerza poder hacerle promesas, lamentablemente, no es capaz de hacerlo. Todavía no ha tomado la decisión de abandonar a su esposa. No puede negar que ha fantaseado con la idea; sin embargo, la pregunta era si se atrevería.
No es que fuera un cobarde. Él no lo era. Simplemente, siempre pensó en Elena como la esposa ideal; y vaya que resultó ser una horrible decepción. La pobre mujer era tan sensible y débil que jamás podría lidiar sola con el divorcio. Luego, estaba su propia familia: extremadamente encariñada con ella. Si no los conociera, diría que la aman más que a él.
Caroline no le demuestra cuánto le duele ser la amante y en silencio le agradece su comprensión. Y aunque pareciera que no le importan sus sentimientos, la verdad es que admira su fuerza. Esa que la mantiene firme para no pedir nada más de él. Piensa en lo mucho que han cambiado después de dos años. Y reconoce que lo que inició como una adicción a su belleza, ahora es un fuerte enamoramiento. Caroline no es la primera mujer con la que engaña a su esposa, pero, sí, la que ha significado más que satisfacción. Ethan se declara enamorado. Algo que no creyó que pasaría de nuevo en su vida.
La cita concluye con un beso apasionado cargado de intensos sentimientos. De esos que no pueden ser hablados en voz alta.
EL ESPEJO«En este lugar el tiempo y la distancia no existen. Es la quimera, pero también es la realidad».
Elena mira la horrible figura de su cuerpo desnudo en el espejo; y aunque siente asco de sí misma, le es imposible desviar los ojos a otra parte, al menos, no de inmediato. Coge del tocador un peine de cerdas gruesas, y sin despegar la mirada del espejo, comienza a desenredar la cabellera rizada que cuelga sobre sus hombros. Da un fuerte jalón a la mecha enmarañada y con pánico la ve caer al piso. Al levantar la vista hacia su cabeza, se da cuenta de que sus rizos ya no son tan abundantes. Echa un vistazo al rostro regordete y no puede evitar llevar la mano a su mejilla, para pellizcarla y medir su grosor. Tras un suspiro se anima a bajar la mirada. Con la punta de los dedos recorre las estrías que adornan el vientre saturado de grasa. No le sorprende que su esposo, Ethan, ya no la ame. Elena es consciente de su apariencia monstruosa.
El dolor lacerante que se manifiesta en su estómago a causa del hambre se intensifica y su cuerpo se estremece con cada punzada; es la falta de nutrientes la que le provoca un vértigo. Se tambalea y trata de alcanzar el espejo para sujetarse, pero antes de lograrlo pierde el equilibrio y finalmente cae al piso. El cepillo queda olvidado a un lado, mientras que ocupa sus manos en aferrar las piernas contra su pecho.
Se mantiene tan quieta como una estatua, apenas y se atreve a respirar; porque hacerlo le provoca más dolor. Y no es capaz de ponerse de pie, ya ni siquiera lo intenta, porque sabe que no podrá hacerlo hasta que el martirio disminuya. Solo le queda esperar.
Cuando se levanta, no tiene conciencia de cuánto tiempo ha pasado. Con un par de pasos cortos se acerca a la báscula que está a un lado del espejo. Y con los nervios revolviéndole las entrañas, mira los números marcados. Su peso se mantiene y lo detesta, porque eso significa que el esfuerzo por mantener la dieta ha sido inútil. Recoge del piso el albornoz que había llevado horas atrás y cubre su robusto cuerpo. Luego abandona la habitación, pero no sin antes asegurar la puerta con llave en un intento por dejar atrapada a la sombra que se alimenta de sus inseguridades, y que goza martirizándola con aterradoras fantasías.
Sus pies descalzos la dirigen hasta la sala de estar, y al mirar la chimenea sin vida, un escalofrío recorre su cuerpo. Le ha dado frío, o tal vez, ya lo sentía y no se había dado cuenta. Se apresura a encender la chimenea, puesto que tiene la imperiosa necesidad de ver el fuego consumir los leños, a la vez que le brinda un poco de calor. Además, cree que el fuego también extinguirá su ira. Se sienta sobre la alfombra que una vez fue su lugar favorito para hacer el amor en los días fríos de invierno. Cuando la amaba y eran felices. Cierra los ojos mientras abraza sus rodillas e intenta poner su mente en blanco. Pero…
«¿Cómo eludir la verdad? —ya no puede engañarse más—. ¡Él está con su amante!», finalmente, lo reconoce.
Se imagina a una mujer de figura perfecta y andares elegantes. No se decide si ella es castaña o rubia, cree que cualquiera es mejor siempre que no le recuerde a su esposa: La obesa. Tal vez es su homóloga o un cliente. No le importa de dónde viene, solo que existe y que está robándole el tiempo con Ethan. La odia desde lo más profundo de su ser y sabe que la fulana no se detendrá hasta destruirlos.
LA CONFRONTACIÓN«La primera señal de haber perdido el alma es cuando te das cuenta de que solo tu felicidad es lo que de verdad te importa».
Ethan conduce el coche a una alta velocidad, sus manos sujetan con fuerza el volante. Espera que, Elena, se encuentre dormida; pues está demasiado cansado para soportar los celos y lloriqueos de la deprimente mujer. Sí, cansado de eso y que no entienda que nunca la perdonará por destruirlos a ambos; y que es por amor a otra mujer, que ha comenzado a desear su libertad. Ya no puede negarse a sí mismo sus verdaderos sentimientos: ama a Caroline.
¿Por qué Elena tenía que aferrarse a él como si fuera un salvavidas?, ¿por qué tenía que sentirse obligado a compartir su vida con alguien a quien ya no ama?, ¿por qué tenía que renunciar a su felicidad por la de ella?, ¿acaso merecía menos que Elena? Esas son las preguntas que cada noche al volver a casa se hace.
Estaciona el coche y sale con su portafolio en mano. Toma el camino habitual al elevador y al llegar, entra y marca el número de su piso. Más sosegado, cierra los ojos para revivir los deliciosos momentos con su amante: su maravillosa piel sedosa tan libre de imperfecciones y que amaba recorrer con caricias sutiles y sensuales. Luego, estaba su larga cabellera rubia que se mecía al ritmo de su cabalgata. Y qué decir de los labios carnosos y la lengua afilada que no solo ocupaba para hablarle descaradamente, también, para rodear y succionar su miembro hasta dejarlo seco. Sus pechos eran, simplemente, un elixir adicional a tanta belleza.
«¡No puedo cansarme de su cuerpo!», piensa.
Las puertas de la caja metálica se abren y el sonido lo trae de vuelta. Recorre el pasillo con la mirada antes de avanzar lentamente a su aburrida vida marital. Saca las llaves del bolsillo de su pantalón y abre la puerta. Al cruzar el vestíbulo, la luz de la chimenea capta su atención, allí está ella: su mujer.
Elena lo enfrenta con la cabeza en alto. Nota con asombro que no lo agobia con interrogatorios ni lo amarga con reclamos. Pero, su mirada habla más que mil palabras y puede escuchar su desprecio. Y lo detesta, porque no es su culpa. Entonces, ahora prefiere sus gritos y lloriqueos.
Toma asiento en el sofá frente a su esposa, cruza una pierna y estira los brazos en el respaldo. Tan soberbio e impasible, se halla con la mirada fija en el rostro de Elena; retándola. Quiere hacerla perder los estribos, enfurecerla, gritarle y lastimarla. Recordarle que tampoco es perfecta. Pero, Elena se mantiene en silencio y sin caer en su juego.
—Fui a tomar una copa con Jonathan…
Es Ethan quien inicia la confrontación.
—¿Jonathan Wood? —pregunta entre dientes la irritada mujer.
—¿Acaso hay otro, Elena?
—Mi pregunta es porque el único Jonathan Wood que conocemos, llamó hace un par de horas. Al no encontrarte en la oficina y con tu móvil apagado, intentó contactarte aquí.
Ethan la mira con dureza, pero ella parece adormecida ante su violencia pasiva; ya no la hace estremecer. Así que le lanza una mirada que le dice: «Sabes dónde y con quién estuve». Así es como logra sobrepasar la valentía de Elena; y por un instante cree que logrará quebrarla, sin embargo, la ve caminar hasta la mesa del teléfono. Recoge la agenda y lo enfrenta de nuevo.
—Toma. Son los datos del hotel en Nueva York, donde Jonathan se ha hospedado. Está esperando tus indicaciones, por favor, ya no lo hagas esperar. Es de madrugada y el pobre hombre necesita descansar, no todos encuentran tanto placer en el trabajo —explica, mientras le ofrece la agenda con la mano. El tono sarcástico no pasa desapercibido para Ethan, también, nota los nudillos blancos por la fuerza con la que sujeta la agenda. Tras un par de segundos más, estira la mano y se la arrebata de mal humor.
Elena asiente y tras darle un último vistazo lo deja solo.
Ethan lee el mensaje de Jonathan y maldice al hombre. Se levanta y toma el portafolio olvidado en el piso, lo coloca en la mesilla y después lo abre. Luego arranca la hoja del recado y la guarda en un compartimento. Pero sus dedos han notado algo extraño dentro. Una especie de cartón, lo saca y es solo una fotografía. Es Elena. No recordaba llevarla consigo. La foto era de sus primeros años de matrimonio. La regresa al compartimento, más por no saber qué hacer con ella, que por nostalgia. Después de cerrar el portafolio lo deja en el piso.
Se aproxima al ventanal y observa la luna, no se considera un hombre romántico, mas no puede evitar recordar la piel blanca de su amante y lo hermosa que es. No como su esposa, una belleza clásica y que, al lado de Caroline, parece poca cosa. No solo es la belleza física de su amante la que eclipsa a su esposa, es también su inteligencia y esa hambre por el conocimiento lo que lo mantiene siempre interesado en sus largas charlas. Con Elena no tiene nada de qué hablar, a pesar de compartir la misma profesión. Para él, es inevitable compararlas, así como desear estar muy lejos de ese lugar. Lamentablemente, no hay manera de reparar el daño, no existe nada en el mundo que pueda salvar su matrimonio, ni siquiera el amor verdadero que tanto se profesaron. No, no fue ni es suficiente.
LA INVITACIÓN«Cuando era niña, mi madre me contaba historias de príncipes y princesas. El recuerdo de esos cuentos nubló mi sentido común. Además, el príncipe resultó ser un buen actor».
Elena entra en la habitación y se dirige al tocador donde yace un frasco con medicamento controlado. Al tomarlo deprisa, y con manos temblorosas, se le resbala. Las pastillas desparramadas quedan olvidadas, sabe que él no las encontrará, pues ya no comparten la habitación. Elena solo se preocupa por la píldora que ha quedado dentro del recipiente. La deja caer en la palma de su mano y tras observarla, la lleva a su boca para tragarla sin agua. Mira su rostro en el espejo y lo que ve, más que pena, es derrota. Le da la espalda a la imagen y camina hacia la cama desplomándose sobre ella.
Lo odia. Sí, pero más odia su indiferencia.
Se limpia las lágrimas mientras su risa amarga rompe el silencio al recordar lo ingenua que ha sido. Y es que, Ethan, con su complejo de príncipe azul, le hizo creer que era su princesa perfecta...
La droga comienza a surtir efecto. El sueño la invade y su mente está confundida entre la fantasía y la realidad de un recuerdo que toca la puerta de la inconsciencia…
—Elena, no todo en esta vida son libros. ¿Por qué no vamos a la fiesta de Alison? —preguntó Sophia, su mejor amiga. Los grandes ojos de color marrón, detrás de los lentes de armazón amarillo, le dieron una mirada de súplica al mismo tiempo que caminaban a la siguiente clase.
—La última vez que hablé con Alison se burló de mi enorme trasero. Por lo tanto, no iré a la fiesta de esa bruja —respondió antes de dar un mordisco al pastelillo relleno de queso con frambuesa, su favorito. Aunque tenía motivos para desquitarse de Alison, no carecía de modales, y no le parecía correcta la idea de acudir a un lugar sin invitación.
—Ella no dijo: «Enorme trasero».
—Tienes razón fue: «¡Gran trasero!».
La risotada de Sophia atrajo las miradas de los alumnos que transitaban por el pasillo de la universidad. A Elena no le gustaba ser el centro de atención, en cambio, Sophia, saltaba ansiosa por ganar un poco de popularidad cada vez que se presentaba la oportunidad. Tímida como era, le dio un codazo en el costado derecho debajo de las costillas. Luego, le susurró:
—¡Sophia, tranquilízate!
—¡Auch! —se quejó la joven sobándose el lugar maltratado—. De acuerdo, eso fue grosero. Pero insisto, no deberías tomártelo tan mal... Entonces, ¿vamos? ¡Por favor! Quiero conocer a mi futuro esposo. No hagas que me arrastre por los pasillos de la Universidad.
Elena ignoró a Sophia y su tonto puchero de bebé mimado. Se acercó a un cesto de basura, tiró el resto de su pastelillo y sacudió sus manos. Tras dar una mirada breve a su mejor amiga respondió:
—No necesitamos ir a una fiesta para que te presente a tu futuro esposo, ¿sabes? Te lo presento más tarde, si eso es lo que quieres.
Sophia, torció los labios.
Elena reanudó el camino en silencio y sonrió al llegar al aula, ya que pronto, Sophia tendría que dejar a un lado las súplicas y sí tenía suerte se olvidaría del tema, o, ella, podría escaparse al final de la clase.
—¡Obvio que sí la necesitamos! Me niego a no tener un baile de medianoche con mi príncipe azul. ¡Vamos! No me digas que nunca soñaste con ser Cenicienta.
Elena tomó su asiento habitual, Sophia, se sentó del lado de la salida; saboteando su plan de huir al terminar la clase.
—¡Elena!
—No me dejarás en paz, ¿verdad? —Sophia negó con la cabeza—. ¡No lo puedo creer! ¡Sophia!
—¡Vamos! Es un ratito. Pequeñito, ¿sí?
Elena suspiró y se preguntó por qué el profesor, el que siempre era puntual, no llegaba.
—Está bien. ¡Solo un rato! No tengo el estado de ánimo para soportar a la bruja.
—¡Sí! Será divertido.
—¡Sí! ¡Ajá! —Elena imitó su entusiasmo con una grotesca mueca en el rostro, todavía nada convencida de exponerse a las burlas de Alison y sus amigos.
LÁSTIMA«Dicen que el amor no siempre nace de la buena intención o de un corazón puro, pero cuando lo hace te das cuenta de lo villano que puedes llegar a ser, y casi siempre, ya es demasiado tarde».
Ethan escucha detrás de la puerta de la habitación de su esposa, aunque ya no la comparten, Elena, se empeña en continuar guardando la mayor parte de sus cosas en ese lugar. Solo por el simple deseo de torturarlo. Dentro de la habitación, la encuentra recostada en la cama durmiendo plácidamente.
Camina al armario y extrae un cambio de ropa para el siguiente día. Y antes de salir, no puede evitar voltear hacia ella. Elena está hecha un ovillo, hace frío y no se preocupó por cubrirse con las mantas. Así que, en un acto de compasión, lo hace por ella y luego se marcha sin mirar atrás.
La habitación en la que descansa es más pequeña, pero le brinda el respiro que necesita para soportar la farsa. Enciende la luz y se prepara para dormir. Está cansado, pero, aun así, eso no le impide enviarle un audio a su amante:
«Dulces sueños y buenas noches, amor».
La respuesta no tarda en llegar.
Ethan se recuesta debajo de las mantas, cierra los ojos y duerme tranquilo, como lo haría un hombre que no tiene nada que temer.
EL BAILE«La sombra que acompaña a la niña no es más que el resultado de la inocencia perdida. Eso y el hecho de que todo aquí, es oscuridad y desolación».
Medio oculta entre las sombras Elena observaba a una extravagante pareja bailando en el centro de la habitación. La mujer tenía la piel extremadamente blanca; presumía un hermoso cabello largo hasta la cintura de color oscuro con mechones rubios. Sin pudor, exhibía su cuerpo perfecto con ropa reveladora y movimientos sensuales. Su compañero, de mayor altura, de cabello castaño y ojos color miel, sonreía al igual que un sátiro a punto de servirse la cena. Elena dejó caer la quijada al contemplar el baile que protagonizaban —una invitación erótica para pasar la noche juntos—. La escena era pecaminosa y más de lo que podía soportar, sonrojada, desvió el rostro hacia otra parte y así rechazó el sentimiento lascivo; aunque en el fondo quería ser como ella: una joven despreocupada y sin miedo al qué dirán.
Avergonzada por sus pensamientos, buscó con la mirada a Sophia. La joven de largos cabellos castaños atados a una coleta alta se encontraba bailando con el chico de sus sueños. Elena sonrió tras ver al desgarbado y rubio Dylan, llevarse a Sophia de vuelta a sus asientos. Contenta por su amiga, creyó que era hora de retirarse; su misión estaba hecha. Sophia había tenido su gran noche de baile con su príncipe. Sonrió antes de murmurar: «Tonta», a su mejor amiga.
—Señorita, ¿me concede esta pieza de baile?
Elena se giró hacia la voz grave que reclamó su atención sobre la música. Al ser atrapada desprevenida —por la llegada silenciosa del joven—, la presencia masculina le provocó que la piel de su espalda se erizara. Era el sujeto más guapo con el que jamás se había encontrado, y para su desconcierto, no pudo desviar la mirada del rostro que estaba a escasos centímetros del suyo. De pronto sus dedos estaban ansiosos por querer deslizarse en el cabello negro y desordenado del joven; pero al toparse con sus ojos, se le antojó perderse dentro de la mirada gris, como las nubes de un día lluvioso. Solo salió de la conmoción, cuando se dio cuenta de lo divertido que se encontraba por su reacción de asombro ante su belleza. Lo vio ladear un poco la cabeza y luego, le sonrió. Sabía que los hombres con bonitos dientes blancos y sonrisas seductoras eran peligrosos; no obstante, al ser consciente de su altura —más de un metro ochenta— y el pecho fornido, deseó correr tan lejos según se lo permitieran sus patosos pies. Le pareció demasiado perfecto e irreal; por lo tanto, era incapaz de comprender por qué aquel hombre hermoso deseaba bailar con alguien tan insignificante. Miró de un lado a otro, y también quería echar un vistazo atrás. No lo hizo; porque temía que él desapareciera si lo dejaba de mirar. Al no escuchar a nadie responder, le preguntó:
—¿Es a mí?
—Sí —confirmó el joven. Ella soltó una risita nerviosa y sus mejillas se tiñeron de rosa.
—No sé bailar. Lo siento —se disculpó en voz baja y ocultó con disimulo sus manos temblorosas, la sonrisa del hombre se ensanchó un poco más. Elena dio un paso atrás al verlo rodear su cuerpo como si quisiera abrazarla, su corazón latía deprisa y sus rodillas temblaban.
En realidad, él buscaba su mano detrás de su espalda para tomarla con delicadeza. Aun así, le provocó la famosa sensación de enamoramiento: «Mariposas en el estómago». Elena, no podía apartar la mirada de sus ojos grises. Poco a poco el hombre iba acortando más la distancia, el pánico la paralizó.
Quería gritarle que se alejara, él no tenía derecho a invadir su espacio personal de esa manera, por muy hermoso e intrigante que parecía ser. ¿Qué se creía? Todos esos pretextos que cruzaban por su mente desaparecieron en cuanto aspiró su aroma; extasiada, deseó más cercanía.
—Eso es porque rechazas a quien te lo pide, ¿no lo crees? Por lo que, si continúas así, jamás practicarás. Además, tampoco sé bailar y no me ves preocupado o ¿sí? —dijo con simpatía, mientras sujetaba su muñeca llevándola hasta el centro de la pista de baile improvisada.
Una vez que llegaron a su destino, colocó la mano en la cintura de Elena cerrando la distancia entre ellos y enviando ligeras descargas eléctricas a su piel; sus cuerpos temblaron por las emociones. Elena solo podía dejarse llevar a través del control del hombre. Sintiéndose flotar en una nube cuando —el hombre al notar la torpeza en sus movimientos inexpertos— ligeramente la levantó, sus cuerpos se balanceaban en un delicioso roce y nada existía en su pequeña fantasía.
«¿Puede notar mi temblor?», se preguntó Elena.
La balada no duró mucho, o, al menos eso le pareció a Elena que salió del trance en el instante en que la música paró. Él, tomó su mano y la llevó de vuelta al rincón que había sido su fuerte seguro durante la velada —debajo de las escaleras—. Nerviosa, colocó un mechón de cabello detrás de su oreja exponiendo su perfil al apuesto joven. Por un par de minutos permanecieron en silencio observando a otros bailar. Con un nudo en el estómago y molesta por no saber cómo entablar una conversación con el desconocido, miró al piso en espera de su partida. Creyó que el príncipe, estaba a punto de alejarse para terminar la noche con una seductora bruja.
«¿Por qué habría de fijarse en mí?», se cuestionó.
—¿Me acompañas a buscar una bebida?
Elena dejó de mirar la punta de sus zapatos para estudiar el rostro del muchacho. Él le ofreció la mano invitándola a dejarse conducir. No pudo rechazarlo, su sonrisa era demasiado encantadora y parecía ser honesto con sus intenciones. Además, al igual que Sophia, quería vivir la emoción de su sueño infantil, aunque de solo pensarlo… le pareciera aterrador.
Caminaron a la habitación contigua en silencio, el joven buscó con la mirada la mesa de bebidas y dirigió el camino. Al llegar, soltó su mano y señaló los vasos. Elena tomó uno de líquido color rojo sin estar segura de su contenido, y rezó en secreto para que no fuera una bebida fuerte. Pero, no quería parecer tonta, lo bebió de un trago. Él también cogió uno igual, solo que, a diferencia de ella, antes de beberlo, aspiró su aroma.
La música se detuvo de nuevo a la mitad de la canción, alguien había tropezado con los cables que conectaban las bocinas con el reproductor.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el joven.
—Elena Anderson —respondió antes de morderse los labios. También, quería preguntar su nombre; pero no hizo falta.
—Mi nombre es Ethan Donovan.
Elena levantó la mirada hasta el rostro del joven. Él le sonreía sin parecer afectado por su falta de entusiasmo.
—Es un gusto conocerte—mencionó tardíamente.
Tras un par de minutos en silencio, finalmente, él preguntó:
—¿Bailamos? —la invitó con una sonrisa encantadora.
Elena casi no podía creerlo.
—No lo creo. Ya nos hemos avergonzado demasiado por esta noche.
Ethan debatió rápidamente:
—No lo suficiente. ¡Vamos! Yo te enseño —le susurró con voz encantadoramente suave al oído.
De inmediato, asombrada, Elena miró el rostro del hombre.
—¡Pero dijiste que no sabías bailar!
—Bueno, ahora lo sabes. Mentí para estar contigo.
ABATIDAElena se despierta con el sonido del despertador, todavía en sueños, trata de aferrarse a los días felices sin éxito. Abre los ojos y mira a su lado izquierdo, Ethan, ha pasado la noche en la recámara aledaña y como el primer día de su ausencia —hace unos meses—, no pierde la esperanza de hallarlo dormido a su lado.
La tristeza la asfixia un poco más cada día. El dolor que experimenta en el pecho le hace preguntarse si vale la pena seguir en una batalla, en donde no solo debe pelear en contra de su fealdad y el desamor, sino que también, tiene que enfrentarse a la sombra de la mujer que está destrozando su matrimonio. Y es triste para ella darse cuenta, de que solo puede retenerlo provocándole lástima.
«¿Qué hago si no puedo darle el hijo que tanto desea?», se pregunta.
La parte egoísta de su corazón se niega a perderlo. La que lo ama, la tortura con remordimientos y pide a gritos liberarlo.
Elena presta atención a los ruidos fuera del dormitorio, es hora de iniciar con sus labores de esposa perfecta. Se levanta y se cambia la ropa de dormir. Nota que los sonidos amortiguados en el corredor han cesado. Sale de la habitación y se detiene un momento detrás de la puerta, que es donde se encuentra Ethan. Por un segundo desea entrar y suplicarle que la ame de nuevo, pero, es tan cobarde que mejor se dirige a la cocina.
Para entretenerse, enciende la radio y escucha un poco de noticias al mismo tiempo que prepara el desayuno. Realmente no está prestando atención, su mente todavía se halla adormecida con la bruma del pasado.
Al terminar su tarea espera sentada frente a la mesa, Ethan, aparece minutos más tarde y sin echarle un breve vistazo, bebe de pie un par de tragos de café. Con tristeza lo ve partir sin mirar atrás, sin dirigirle una sola palabra, ni siquiera de repulsión a su horrible aspecto. Solo existe su indiferencia.
La ira la recorre y envenena cada parte de su cuerpo luchando por salir. Sujeta su cabeza, grita y arroja al piso el plato con el cereal. El dolor en el pecho en esta ocasión es insoportable. Desea el regreso de los días felices donde todo era más fácil.
«¿Qué hice mal?, ¿acaso amarlo ha sido mi error? ¿Evitarle la pena?».
Llora con amargura y de impotencia; se siente traicionada y perdida. No puede hallar una solución al problema, ni la manera de acercarse a Ethan.
Camina de regreso a la habitación sin fuerza, ya no quiere continuar con esa horrible vida; la carga que lleva sobre los hombros, desde hace algunos años, cada día es más pesada. Se recuesta en la cama abatida, llora, golpea la almohada y ahoga los gritos de agonía en ella, suplica por despertar de esa pesadilla, pero es inútil. En cambio, continúa llorando hasta que ya no tiene lágrimas para derramar, y el agotamiento la entumece.
Sus ojos mantienen la mirada perdida en la pared.
MAESTRO«Cuando el ego no te permite escuchar, no eres más que un idiota».
Ethan no puede definir la sensación que invade su cuerpo cuando sale del departamento. Huir como lo hace cada mañana, no lo considera cobardía. Es que no tolera la mirada de Elena, llena de tristeza e impotencia, por no poder recuperar lo que han perdido. Ella se aferra cada día más a un pasado que no volverá. Que ya ni siquiera, él, desea.
Antes de arribar al elevador, escucha su grito de ira. Puede decir sin remordimiento que no le afecta tal y como debería de hacerlo. Es decir, no le nace ofrecerle consuelo ni hacerle promesas de amor que no podrá cumplir. Otra señal de que, Elena, ya no es su prioridad. Sube y marca el botón para el estacionamiento. Se recarga en una pared y cierra los ojos.
«Entonces, ¿por qué debería continuar con ella? ¿Por qué seguir dañándonos?», se pregunta.
Mientras maneja intenta ponerse en contacto con Jonathan. Lo maldice, todavía quiere dejar caer su ira en el hombrecillo. Por idiota e indiscreto. Era cierto que ya no amaba a Elena, pero eso no quería decir que quisiera enfrentarse a ella todo el tiempo. Mucho menos, cuando todavía podía sentir el calor de su amante y el aroma almizclado de su sexo en la piel. Al aparcar el coche en el estacionamiento de la oficina, golpea el volante. Está frustrado y cansado de sentirse asfixiado.
Al llegar a su piso, no hay señales de su secretaria. Por lo que supone está dentro de su oficina. No se equivoca, ella se encuentra encendiendo su equipo de cómputo, sentada en su silla, vestida con un traje negro de diseñador y una blusa blanca. Puede ver por debajo del escritorio que sus largas y bellas piernas están cruzadas impidiéndole echar un vistazo debajo de la falda. Ella mantiene un semblante tranquilo en el rostro. La luz de la mañana, le sienta bien a su piel blanca; puede decir que se le hizo tarde pues sus mejillas están sonrojadas por haber corrido. Al ver que ella no levanta la mirada para reconocerlo, toma la iniciativa.
—¡Buenos días, Caroline! —Nota su voz más ronca de lo habitual. ¿Cómo no? Ella está bellísima con ese maquillaje tenue y los labios pintados de color melocotón.
—¡Señor!
—Ve a la sala de juntas y comunícame con Jonathan en videollamada. ¡Es urgente! —le ordena, mientras que le entrega los datos que Jonathan dejó a Elena.
—¡Por supuesto, señor! —Caroline, sale de la habitación no sin antes regalarle una sonrisa que responde con facilidad.
Y es que la mujer sabe las cosas que le provoca con ese tono de voz, casi arrastrando las palabras. Es como si ella quisiera borrar cualquier recuerdo de su esposa desde el momento que lo veía. Realmente no tenía necesidad de hacerlo. Elena estaba fuera de su corazón y su intimidad.
Se sienta en su escritorio y antes de comenzar el día piensa en cómo sería su vida si dejara a Elena. Supone que todo sería más fácil para ambos. Aunque para ella sería doloroso al principio, sabe que al final obtendría la paz que necesita para continuar. Al final, ambos lo superarían. Y por supuesto, él, sería feliz.
Entra a su cuenta de email y en la bandeja de entrada, un mensaje le llama la atención; es de su hermana Quella. Se da cuenta de que no puede seguir evadiéndola. Ella está amenazándolo con ir a buscarlo a la oficina. Así que le responde y la invita a comer. Ha tomado una decisión y Elena necesitará de su apoyo.
—Señor, ya está todo listo.
—Gracias, y asegúrate de que nadie me interrumpa.
—Sí, señor.
Ethan se levanta dos minutos después y camina hacia el elevador, su secretaria está inclinada guardando documentos y ordenando el archivero. Su falda recta abraza sus curvas, y él quisiera tener un poco más de tiempo.
Sentado en la sala de juntas con la pantalla encendida observando al hombre que había sido su mentor, Ethan, se percata de los cambios estéticos en su rostro, y piensa que, realmente no importa a cuántas cirugías estéticas se someta, su rostro, está lleno de arrugas y sus rasgos físicos ya están un poco cambiados. El hombre es vanidoso en extremo, pero sus canas delatan su avanzada edad; su mente un poco más lenta que antes y ni qué decir, de sus ideas pasadas de moda. El hombre es senil. Ethan se pregunta: «¿Por qué no se retira de una vez?».
—¡Ethan! ¿Cómo está Elena? A Julia, le encanta pasar el tiempo con tu esposa. ¡Ya sabes! La considera una hija —Jonathan habla en ese tono paternal que no engaña a Ethan. El hombre, no tenía buenas noticias.
—Sí, claro. Pero, no estoy aquí para hablar de mi esposa, Jonathan. —Ethan, está aburrido del hombre.
—Lo sé muchacho, lo sé. No deberías tomarte la vida tan en serio, eres joven al igual que ella y mira que si la descuidas podrías arrepentirte.
—Con el debido respeto, Jonathan… —dijo subiendo el tono de voz—, eso es algo que no es de tu incumbencia. Por lo tanto, la próxima vez que no me encuentres en la oficina o por el móvil, espera mi llamada.
—Lo siento Ethan, no sabía que anoche habías desviado tu camino.
Ethan suelta una carcajada cínica antes de responder:
—¿De qué hablas? Estaba revisando el expediente de Jean Carlo, aquí, en la sala de juntas, y apagué el móvil para no tener interrupciones.
—Ethan, te diré esto como un amigo: hay rumores y no quisiera pensar que son reales… porque si lo son, entonces creo que estás cometiendo un grave error.
—No sé de lo que estás hablando —intenta negarlo todo, aunque sabe que es inútil—. ¿Qué es de lo que hablan a mis espaldas?
—Que tienes una amante.
—¡Qué idiotez! Y en todo caso mi vida personal no es de la incumbencia de nadie.
—Ahora te hablo como socio y en representación de los otros, te pido que seas discreto y si ella es quien dicen que es, Ethan, no te compliques la vida y finaliza ese romance antes de que Elena te descubra y arme un escándalo que pueda afectar a nuestra imagen.
—Elena, no hará nada y ninguno de ustedes tiene la facultad de darme órdenes. O, tal vez necesitan que les recuerde todas y cada una de sus indiscreciones.
—Discúlpame, pero lo tuyo no es una indiscreción, amigo, es un error.
—Error o no, no es asunto suyo y les pediré a ti y a los otros que no interfieran en mis asuntos.
Jonathan suspira fuerte. Sabiendo que no obtendrá nada más de Ethan.
—Lo siento, Ethan. Espero, no haber preocupado a Elena.
—Por supuesto que no, Jonathan. Ahora, dime: ¿conseguiste al testigo?
—No, se niega a participar. Al principio, no quería ni siquiera escucharme. Solo quiere que tú te dirijas a él.
Ethan niega con la cabeza.
—Es tu trabajo convencerlo, Jonathan, no el mío. Así, que no regreses hasta conseguirlo.
LA CITA«La niña solitaria permanece atada a un pasado del que no puede escapar, no importa cuánto grite o llore nadie la escucha, porque a nadie le importa».
El sonido insistente de su móvil la hace infeliz, se levanta de la cama con pesadez y busca con la mirada el odioso aparato. Lo encuentra sobre la cómoda. Nerviosa se pregunta si será él. Al mirar la pantalla, el nombre que aparece es el de su mejor amiga: Caroline.
—¿Hola?
—¡Por fin me respondes! ¿En dónde te habías metido?
—Lo siento, estaba dormida —responde Elena, todavía está acostada. Se estira un poco en la cama, mientras observa el techo de su habitación.
—Eres una desconsiderada, por un momento creí que algo te había ocurrido. ¡Qué tonta! Olvidé que eres la esposa de un hombre rico sin ninguna necesidad de trabajar.
—No me ha pasado nada. Gracias. Por otro lado, las amas de casa también trabajamos mucho para mantener el orden del hogar. Además, te recuerdo que trabajo con Quella. Puede ser que no en una oficina como haces tú, pero me ocupo de sus asuntos legales. —Elena se levanta de la cama y mira la hora en el reloj.
—Así… ¿Cada cuándo? No respondas, fue una pregunta retórica. —Elena, rueda los ojos y niega con la cabeza. En ocasiones, Caroline, la saca de quicio—. Pero, si quieres engañarte al creer que no dependes de tu esposo rico, te dejaré hacerlo.
—¡Caroline!
—Tranquila, tranquila… es solo un juego, Preciosa. Te llamaba para recordarte que no llegues tarde a nuestra cita. La última vez fue un desastre.
—No. No lo haré.
—Bien, debo irme. A diferencia de ti, tengo que trabajar para cubrir mis gastos y los de una adolescente desconsiderada, Jessie. También, mi jefe ha regresado y de mal humor.
El corazón de Elena palpita más rápido al escuchar a Caroline hablar de Ethan.
—¿A dónde fue? —indaga.
—Estaba en la sala de juntas gritándole a todos los presentes ni siquiera Jonathan se salvó. Más temprano discutieron a solas. Pero ya sabes que cuando esos dos trabajan juntos: son un desastre.
Elena se recuesta nuevamente.
—Algo me dijo Jonathan a noche sobre un caso muy especial que requería de la atención inmediata de Ethan.
—Pues no sé si hablamos del mismo caso. La verdad es que el jefe, está molesto por la «Ineptitud de su gente para conseguir pruebas y testigos»; palabras suyas, no mías.
Elena niega con la cabeza en desacuerdo, en ocasiones, Ethan es demasiado exigente y despectivo con su personal.
—¿Ha salido hoy de la oficina? —Cierra los ojos y siente como la opresión en el estómago es cada vez más fuerte. Tiene miedo.
—No. ¡Diablos! Me ha llamado. Me tengo que ir. Por favor, Elena: ¡No llegues tarde!
Al escuchar el corte de la llamada, Elena se levanta de la cama y toma un conjunto de ropa adecuado que oculte su grotesca figura. Se dirige al cuarto de baño y abre las llaves para dejar caer el agua y luego se mete por completo a la ducha esperando poder revitalizar su ánimo.
El lugar de su cita es un restaurante francés, ha llegado diez minutos antes de la hora y decide esperar afuera. No se anima a entrar sola, hay tantos recuerdos allí. Recuerda con pena todo lo perdido. Han pasado ya ocho años desde que Ethan la invitó a ese lugar a festejar su cumpleaños.
Recuerda haber buscado por horas el atuendo perfecto para la ocasión. No era que las prendas no fueran bonitas o adecuadas, su cuerpo nunca fue perfecto. Las curvas y la longitud de su cintura eran el problema; cuando conoció a Ethan, había decidido perder un poco de peso. En ocasiones la voluntad para mantener la dieta había flaqueado al no verlo interesado en una relación sentimental con ella. Luego, su amiga Sophia la convencía de seguir luchando por él y volvía a retomar la dieta. Hasta el día en que el cuento de hadas se hizo realidad.
Caminaban tomados de la mano. A Elena le gustaba mantenerse callada porque así, tenía la oportunidad de observarlo sin miedo de ser descubierto su enamoramiento.
—Lo hubieras visto, Elena. De entre todos los aspirantes que nos encontrábamos presentes, Jonathan Wood, me escogió. Me habló de un futuro prometedor —le dijo con ojos brillantes y sonrisa emocionada—. ¿Te das cuenta? Si continúo desempeñándome como ahora, tendré la oportunidad de convertirme en un elemento fundamental para la firma.
—¡Lo conseguirás, Ethan! Estoy segura —le afirmó, antes de colocar una mano en el antebrazo de Ethan y le dio un apretón suave, para demostrarle su apoyo incondicional.
—No lo sé, Elena. Muchos han esperado por años y yo apenas comienzo…
Elena negó con la cabeza. Se detuvo de pronto y se giró hacia Ethan y dijo:
—Él te ha visto, ¿no?
—Sí. Lo hizo —respondió él.
Elena tomó las mejillas de Ethan entre sus manos con cariño. Le había causado una gran ternura verlo inseguro. Pues, era la primera vez. Y es justo en ese momento que se da cuenta de que detrás del chico fuerte y seguro, hay un hombre vulnerable; y el sentimiento de protección a su héroe nació de lo más profundo de su corazón.
—Entonces, gana cuanto caso se te presente. Atrae su atención, opaca a los otros, sé que no será difícil para ti. ¡Eres el mejor!
Ethan le sonrió.
—¡Por supuesto! Tienes razón. —La tomó entre sus brazos y le dio un cálido beso en la frente—. Dime Elena, ¿estarás conmigo cuándo eso pase?
—Ethan… —Elena deseó responder que siempre lo estaría. Mas era tímida y sus palabras se le atascan en la garganta.
Ethan la soltó y enseguida con una sonrisa de travesura le indicó:
—Hemos llegado.
El ambiente del restaurante era más apropiado para parejas enamoradas, que para un par de amigos que festejan un cumpleaños. La camarera los condujo a través de las mesas, hasta llegar a una pesada puerta que abrió con un poco de esfuerzo. Les dio el paso y luego la cerró antes de tomar de nuevo el liderazgo conduciéndolos por el callejón. La luna llena, estaba en lo alto y era hermosa. Perfecta para la noche inolvidable que se avecinaba.
El viento fresco le acarició las mejillas y cada parte de su piel expuesta. Cruzó los brazos para darse un poco de consuelo, pero fue la mano de Ethan que, sin previo aviso colocó en su cintura, la que encendió su cuerpo como una hoguera. Su rostro se enrojeció de vergüenza. Había dejado su abrigo en el coche y en silencio agradeció haberlo olvidado, puesto que no hubiera sentido de la misma manera el calor de su palma, atravesar fácilmente la tela del vestido.
Tal fue la sorpresa de Elena al llegar al patio trasero y encontrarlo bellamente decorado; con guías de focos ubicadas estratégicamente para dar la iluminación perfecta y una imagen romántica. Estas cruzaban el jardín hasta terminar enredadas en las gruesas ramas más altas del árbol que se encontraba en el centro de todo. Una mesa descansaba debajo de este con dos velas, un par de copas y a un lado el vino. Él la soltó dejándola con frío, otra vez. Le separó la silla y cuando ella tomó asiento miró de nuevo hacia sus lados en busca de memorizar los detalles de la ambientación.
Estaban solos. El roce de los dedos de Ethan en sus hombros la hizo bajar la mirada a su regazo, apretó sus labios y lamentó volver a sonrojarse. El hombre estaba actuando fuera de lo normal y no podía decir que no le gustaba el cambio o que no lo deseaba. Nerviosa, cerró las manos en puño debajo del mantel de hilo blanco y flores bordadas. Luego, sus ojos se toparon con la hermosa rosa de color rojo —como el de su labial—, que se hallaba sobre su plato y un pequeño rollito de papel atado en el tallo. Se mordió el labio inferior, en un intento vano de controlar sus emociones.
—¿No te gustaría saber qué dice? —demandó Ethan. Elena no podía quitarle la mirada desconfiada a la flor, temiendo el contenido del mensaje—. Solo es una rosa, no te comerá —bromeó detrás de ella y con su rostro al lado del suyo, sus palabras siendo susurradas en su oído. Como un diablo que quiere desviar del camino a una virtuosa doncella.
Con manos temblorosas, Elena sujetó la rosa y retiró con delicadeza el pequeño papel atado al tallo. Sonrió por la emoción. Al abrirlo, lo primero en distinguir fueron los exóticos trazos de la caligrafía de Ethan.
Finalmente, leyó el mensaje y de pronto el aire había desaparecido de sus pulmones. Ethan soltó sus hombros y se colocó en cuclillas a su lado. La vista de Elena, viajaba de la nota a los ojos grises del hombre y de regreso. Abrió la boca para responder, pero de inmediato volvió a cerrarla, al no encontrar su voz, odió no poder darle una respuesta.
Ethan capturó su mano izquierda y la instaló en su pecho. Elena sintió el fuerte latido de su corazón. Luego, con un tono de voz ronca, Ethan, le propuso en voz alta:
—¿Quieres ser mi novia?
Elena no fue capaz de soltar ningún sonido de sus labios, solo asintió con los ojos llorosos por la emoción; y lo siguiente que sintió, fueron los labios de Ethan en su boca.
El beso que comenzó como una cálida y leve caricia, se transformó en abrasador y posesivo. Por supuesto, ella quería seguir el ritmo marcado —por su novio—, aunque no tenía experiencia. Pero tan pronto comenzó la batalla por el dominio, esta se terminó. Elena sintió su pecho subir y bajar, agitado por las intensas emociones provocadas por el contacto. Ethan pegó su frente con la de su amada y le preguntó:
—¿Sabes lo que me provocas cada vez que te muerdes los labios? ¿Qué es lo que he querido hacerte desde que te conocí?
Elena, todavía no se recuperaba del mar de emociones, por lo que solo negó con la cabeza. No podía articular palabra alguna, e inconscientemente, se mordió el labio inferior.
Ethan sonrió y luego dijo: —Me daban ganas de comerte, Caperucita roja.
Luego, devoró su boca.
LÍMITE«Existe una frágil línea que separa el egoísmo del amor verdadero. Por cierto, muy fácil de romper».
Ethan mira a su secretaria preparándose para salir a comer. La mujer no deja nada sobre el escritorio que no deba estar ahí, no hay nada fuera de lugar, ella es ordenada y eficiente, como debe ser una secretaria. Caroline le sonríe cuando lo descubre observándola.
—Hoy comerás con mi esposa, ¿cierto? —La voz de Ethan es suave y provocativa. La mira torcer los labios en una sonrisa apenada.
—Como cada fin de mes, señor.
—¿Habla de mí? —realmente quería saberlo. Pero ambas mujeres eran discretas. Tal vez era por eso que, Caroline, a pesar de ser amiga de su esposa, trabajó mucho tiempo como su secretaria antes de que se convirtieran en amantes.
—Para nada. Ella es muy hermética con su vida personal. Además, ambas pasamos todos los días a su lado. ¿Por qué querríamos hablar de usted?
—No lo sé. De pronto soy tu amor platónico y quieres alimentar tus fantasías con lo muy bien que Elena habla de mí. O, ella está muy celosa y quiere convertirte en mi radar personal para así controlarme.
La mujer rueda los ojos, toma su bolso y se acerca a Ethan que no sabe qué esperar de ese repentino acercamiento, las manos cálidas de la mujer acomodan el cuello de su camisa y su corbata es alineada. Luego, da un par de palmadas cariñosas a su pecho.
—Si no le importa, señor. Tengo una cita muy importante.
Entonces, ella se da la media vuelta para marcharse. En un impulso, Ethan, sujeta su brazo con fuerza deteniendo su paso. Embriagado por el perfume sutil de la rubia, uno que solo utiliza cuando ve a Elena, la necesita un poco más cerca; se excita al sentir sus senos rozar su pecho.
—Caroline… —su nombre sale como un gruñido. Quiere besarla.
—Sí, señor.
—Tengo una propuesta que hacerte.
Mira el rostro sorprendido de la mujer, sus ojos un poco más abiertos y sus labios cerrados en una línea.
—¿Qué? —finalmente pregunta.
—Cuando regreses, hablaremos. —Ethan suelta su brazo porque no quiere hacer una tontería en la oficina, donde podrían ser descubiertos.
—¿Ethan? —su voz temblorosa le ruega que le diga.
—Ve con ella, no la hagas esperar.
Caroline se despide con un asentimiento de cabeza, se relame los labios, y nota que desea decir algo más, pero al final ha guardado silencio.
Ethan llega al departamento de su hermana quince minutos tarde. Un poco a causa del tráfico, otro poco a propósito. Quella amaba a Elena y son grandes amigas; razón para odiarlo por la decisión que ha tomado y que está a punto de comunicarle. Está enamorado de otra mujer y ya no soporta llevar una vida doble, es agotador y ninguno de los tres merece vivir así. Por mucho que Elena fuera la culpable del fracaso de su matrimonio. ¡No lo merecía!
¿QUIÉN ES ELLA?«Cuando el príncipe se aleja, sé que ha sido hechizado».
—¡Elena! —La mujer que se encontraba envuelta en los recuerdos, escucha el llamado de su amiga. Caroline está a escasos dos metros de distancia. Su cabello rubio brilla con intensidad a la luz de los rayos del sol. Sus ojos azules la miran con cariño y su sonrisa alegre y cálida, abriga su corazón. Le sonríe de vuelta—. ¿Tienes tiempo esperándome?
—No —miente. Su mente había escapado a esa época feliz. No le importa cuánto ha esperado, la abraza y besa su mejilla.
Caroline es un par de centímetros más alta que Elena, pero, es su belleza extravagante de mujer fatal, por lo que, en realidad, se siente pequeña. Ella es rubia, con ojos azules, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado. La sensualidad que irradia al caminar atrae las miradas de los hombres y la envidia de las mujeres. Y aunque es consciente del efecto que causa sobre otros, le gusta la estabilidad. Su carácter es posesivo y duro. Desde muy joven se convirtió en la madre de su hermana y es por esa razón que, Elena, la admira.
Entran al restaurante, tan felices como dos colegialas. Hacía tiempo que no visitaban ese lugar. Nota que no hay cambios notorios. Sus paredes de ladrillo rojo, con gruesas vigas de madera en el techo, le dan un aire rústico y acogedor. Al fondo hay una barra donde ofrecen bebidas. Toman asiento en el rincón, ideal para ofrecer intimidad.
—Siento llegar tarde, ahora tendremos menos tiempo para ponernos al día. ¡Y no me culpes a mí! Culpa a mi jefe que tardó en salir a comer. ¡Ya sabes, demasiado trabajo!
—Sí, ese jefe tuyo es un explotador; deberías renunciar y buscarte un empleo con su competencia.
Al principio, Caroline mira a Elena con la boca abierta, porque no pasó desapercibido el veneno en su voz. Al salir de su asombro, la rubia, acomoda la servilleta en su regazo y le sonríe.
—¡Oh! ¡Le diré a Ethan que duerme con el enemigo!
Ambas sueltan una sonora carcajada. Algunos comensales están mirándolas, Elena baja la mirada apenada y sonrojada de vergüenza; en cambio, Caroline, mantiene la risa traviesa, le importa poco la incomodidad de los demás. El mesero se acerca y le sonríe a Elena y con excesiva amabilidad la atiende. El gesto no pasa desapercibido para Caroline y le hace una seña a su tímida amiga.
Elena contiene una risilla nerviosa y, avergonzada, solo atina a ignorarla y fingir que lee el menú. Caroline se lo arrebata de las manos y se la devuelve al mesero, pues sabe que Elena ordenará tarta de manzana y un café au lait, la rubia pide un Fondue savoyarde y vino. Continúan con las bromas como si el tiempo no hubiera pasado para ellas y todavía fueran unas chiquillas con sueños inocentes. Donde los padres de Elena aún vivían y la madre alcohólica de Caroline, no lo era; y mientras comparten la comida, recuerdan con cariño a los que hoy ya no pertenecen al presente.
Elena mira a su confidente y se siente afortunada de tenerla al lado en esos momentos tan difíciles a pesar de la vergüenza de su relación fracturada, debe saber quién es su rival.
El silencio recae en la mesa de pronto. Caroline la conoce bien, por eso, sin temor le pregunta:
—¿Qué te ocurre? Y no mientas.
—Ethan tiene una amante —suelta sin más—. ¿Quién es ella? —Y le aclara—: No te voy a delatar, te lo prometo. Solo… necesito saber qué es lo que hago mal para remediarlo.
Elena, ya no quiere esconderse más, ni fingir una vida perfecta.
Caroline la observa con detenimiento, su rostro es de total desconcierto, luego le pregunta:
—¿Qué te hace pensar que te es infiel? Ethan es un hombre con muchos defectos, pero ¿infiel? No lo creo, yo no he visto o escuchado nada; después de todo, ¿por qué habría de decírmelo a mí? Soy tu mejor amiga.
—Eres su asistente.
—Y tu mejor amiga. Ethan no es tonto.
—¿Por qué lo cubres? ¡Por favor, Caroline, ayúdame! —Elena, toma las manos de Caroline entre las suyas y nuevamente le suplica. Sus lágrimas resbalan por sus mejillas.
—¡Te juro que no hay nadie! Si esa mujer existiera yo te lo diría. Eres mi mejor amiga, estoy en deuda contigo por todo lo que has hecho por Jessie y por mí.
—No quiero perderlo y… —No logra terminar la frase, el llanto se lo impide.
Caroline saca de su bolso un pañuelo de papel y se lo entrega. La escena de una Elena llorosa la incómoda. Caroline detesta la debilidad en las personas y con una mirada fría, obliga a Elena a poner sus emociones en orden.
—No sé cómo actuar. Siempre llega pasada la mitad de la noche. A veces con el cabello mojado. En otras ocasiones lleva el aroma del perfume de una mujer, o, con la ropa manchada de labial. Ya ni siquiera duerme conmigo. Estoy desesperada, me siento como una imbécil. No lo vi venir, y me duele tanto su traición que de solo verle la cara mi cuerpo se inunda de rabia; y lo peor de todo es que lo amo de igual modo.
—¿Has intentado hablar con él al respecto?
—Al principio sí, pero, jamás lo aceptó. Dice que me he vuelto loca. ¿Puedes creerlo?
—Tranquila. ¿Sospechas de alguien?
—No tengo idea. Por eso te llamé ayer por la mañana. Quería saber si sabías algo.
—Déjame pensar… —Caroline cierra los ojos y frunce los labios.
Elena siente el estómago revuelto, le aterra confirmar sus sospechas y trata de mostrarse valiente—. No. Ninguna mujer lo llama con frecuencia, solamente clientes y si en verdad sale con otras mujeres no debe ser algo serio, tal vez solo son aventuras del momento. Lo siento, cariño, pero no hay nada fuera de lo normal que pueda considerar como sospechoso.
—¿Debo sentirme mejor por suponer que son varias las mujeres con las que se revuelca?
—¡No está enamorado, por lo que no va a dejarte!
—¡Dios! No sé cómo actuar.
—Un cambio de imagen puede ayudarte a llamar su atención. Bueno eso creo yo, no lo sé… es tu esposo. Tú lo conoces.
A pesar de que Caroline no es una mujer muy afectiva, entiende que Elena necesita amor, por eso, acaricia su rostro con afecto.
—¡Por Dios! Debo estar gorda como una ballena para que nadie lo note. Llevo cuatro meses de dieta, tomo pastillas que me alteran a la menor provocación, me causan mareos y todo el tiempo me tiemblan las manos. ¡Mira!
Caroline entrecierra los ojos y niega con la cabeza.
—¡Lo siento, no lo sabía! Y es que con la ropa que usas… no se te nota. —Elena solloza—. Por favor, no te pongas así.
Caroline saca de su bolso otro pañuelo y se lo ofrece. Elena está hecha un desastre, el delineado de sus ojos ahora figura el camino que sus lágrimas recorrieron. Elena lo toma y limpia su rostro, después de un par de suspiros, logra al fin tranquilizarse.
—No importa, él tampoco lo nota. Quiero darle una sorpresa el día de nuestro aniversario. Sophia va a llevarme con una amiga suya para enseñarme una rutina de baile erótico. Solo espero no tropezarme y arruinarlo todo. Ya sabes, no tengo buena coordinación. Así de desesperada estoy.
—Lo harás bien, todas las mujeres de una u otra forma somos sensuales. No debes preocuparte por eso —la anima, mientras le sonríe cálidamente y le acaricia el dorso de la mano para tranquilizarla.
—Gracias. De verdad, ¿no sabes nada?
Caroline suelta la mano de Elena y toma su rostro con ambas manos. La mira a los ojos y le promete:
—No. Pero te prometo que a la menor sospecha lo sabrás de inmediato.
—Gracias, amiga.
Elena abraza a Caroline agradecida por su apoyo. Ahora, está más tranquila, aunque no haya obtenido la aterradora respuesta que esperaba. Su querida amiga la ayudará a descubrir a la otra mujer de su esposo.
La alarma del celular de la rubia indica que la cita ha concluido, por lo que ambas se separan.
—Debo irme o llegaré tarde y ya sabes cómo es.
—Sí, lo sé.
Pagan la cuenta y salen del restaurante. Espera hasta que Caroline toma un taxi, para irse. Se dicen adiós con la mano, la mujer —que es como su hermana—, le sonríe con ternura. Por ese instante Elena se siente amada.
Su vieja amiga, la soledad, se postra junto a ella y el vacío en su pecho, regresa. Comienza a caminar rumbo a su hogar, ya que no tiene entusiasmo de llegar pronto para memorizar las cuatro paredes de su habitación. Sin darse cuenta sus pasos se han desviado. En su recorrido ve a la gente pasar por su lado sin observarla; se siente una especie de ente invisible para cualquiera. El ruido del agua al caer en la fuente la hace darse cuenta del lugar cuyo subconsciente la ha traído. Al notar como nadie le presta atención, su mente viaja de nuevo al pasado.
PROMESAS, PROMESAS«Dicen que a las palabras se las lleva el viento. A las promesas, la cobardía».
Quella está sentada frente a Ethan muy asombrada por lo que le ha dicho. Ethan, con la paciencia que en realidad no tiene, espera a que Quella de su veredicto. Aunque había desviado su mirada a otra parte, muy lejos de su rostro, podía sentir sus ojos en él.
—No lo entiendo. ¿Por qué, Ethan?
Ella intenta sujetar sus manos, pero él es más rápido y se echa atrás antes de mirar sus ojos llorosos.
—Porque ya no la amo —dice con seguridad, o, al menos, lo intenta. Su voz le ha temblado al final.
—No puedo creértelo.
—¿Por qué?
—Porque este hombre que tengo enfrente, no parece ser tú. Ethan, recuerdo el día que me dijiste que te casarías. Lo que vi en tus ojos era amor, no había nada que pudiera decirte para disuadirte de esa decisión, dijiste que estaba equivocada y te juro por Dios que nunca he estado más de acuerdo contigo sobre eso. Estabas tan feliz y seguro de ti mismo que, parecía, que ibas a comerte el mundo.
—Pues me equivoque y tú tenías razón.
—No. No es cierto. Algo está atormentándote, dime qué es.
Nunca ha dicho nada sobre sus problemas con Elena. Y si su esposa no se lo ha confesado a su mejor aliada, ¿por qué lo haría él? Entiende su vergüenza.
—¿Es que no te lo ha dicho?
—No. Con lo de la mudanza y todo, no he tenido tiempo de quedar con ella o Sophia.
Ethan se extraña, podría jurar que, en uno de los torpes intentos de Elena por llamar su atención con charlas vacías, le mencionó que estaría ayudando a Quella con la mudanza. Pero como en realidad él fingió no escucharla, ella no volvió a tocar el tema.
—¿No ha venido ayudarte?
—No.
Ethan asiente, toma un trago de vino. Ya sea porque necesita valor o porque la resequedad en su garganta se lo exige.
—Ya no puedo vivir con ella, ya no la amo y solo estoy haciéndole daño, Quella. Es lo mejor para los dos.
—Tal vez solo fue una pelea que han llevado al extremo. Esas cosas pasan, pero solo queda en uno superarlas. ¡Vamos, Ethan! ¡Sacúdete esas ideas tontas de la cabeza! Sea lo que sea que haya pasado entre los dos, van a superarlo. Lo sé, porque todos sabemos lo mucho que se aman.
—No es una simple pelea que se nos fue de las manos, Quella, esto viene de tiempo atrás. Lo hemos intentado una y otra vez, pero con cada tropiezo es cada vez peor. Hay más rencor y la brecha es más grande, irreversible.
—¿Es otra mujer?
Ethan sonríe e intenta ser honesto consigo mismo: «¿Es por su amante que desea ser libre? No». En realidad, ella podría ser una de las tantas razones que tenía para dejarla; pero no es la principal. Es por él, después de todo nunca fue de los que se sacrifican por otros.
—Por supuesto que no.
—¡Si no te conociera, Ethan!
—Escucha, Quella. Sé que la amas, pero yo soy tu hermano y, por eso, te pido que seas neutral. Lamento ponerte en esta posición. Por favor, solo te pido que respetes mi decisión y que la apoyes como amiga.
—¡Ethan! No lo hagas, no destruyas tu matrimonio.
—Es que, ¿no has escuchado nada? ¡Ya no la amo! ¡Dime si acaso te importa más su felicidad que la mía! ¡Yo soy tu hermano!
El rostro de Quella está marcado por el dolor.
—No es eso, me importan ambos. Por favor, Ethan, no seas injusto conmigo.
—Solo mantente al margen, ¿quieres?
Ethan quería su ayuda, pero si se negaba solo estaría perjudicando a Elena y abriendo cada vez más la brecha entre ellos dos. Sus padres no los educaron para ser indiferentes el uno con el otro.
—Está bien. Solo, por favor, prométeme pensarlo un poco más.
—Ya tomé la decisión, Quella. Analizarla más no cambiará nada.
—Entonces, no tienes nada que temer si lo piensas un poco más.
JURAMENTOS ROTOS«Y la ingenua Caperucita creyó en sus juramentos, creyó en su amor. Inocente le entregó su corazón en aquel bosque oscuro, solo para que el lobo lo devorara y luego se marchara sin mirar atrás».
Cuando Ethan la invitó a cenar con su familia, lo primero que le vino a la mente fue: «¿qué hago si no les agrado?». Recordó a su abuelo, quien se convirtió en su tutor después de perder a su padre. La niña lo conoció gracias a que servicios sociales la llevó con él. Al principio, la interacción entre ambos fue incómoda, era pequeña y tímida, no sabía cómo acercarse al hombre sombrío que la ignoraba y que parecía no querer cargar con ella. Con el tiempo, cayeron en una cómoda rutina en la que se acostumbraron a sus silencios. Hasta que un día lo encontró borracho delirando en el piso de la entrada del departamento. Él le confesó crudamente lo que pensaba de ella. La experiencia fue dolorosa y la confesión acabó con su autoestima. La odiaba, no la quería en su casa; porque lo decepcionaría al igual que Anne lo hizo al casarse con su padre: «Un bueno para nada». Elena creyó que, si su madre y su abuelo no la amaron, entonces, nadie más aparte de su padre lo haría.
«¿Y si los padres de Ethan deciden que no soy buena para él?».
—¡Hola!
Si estaba molesto por hacerlo esperar por más de quince minutos detrás de la puerta, no mencionó nada, solo se detuvo un momento para contemplarla de arriba abajo, antes de soltar un silbido seguido de:
—Luce hermosa, señorita —su sonrisa era deslumbrante sin una pizca de hipocresía. Luego del piropo añadió—: ¡Hace frío! Deberías ponerte un abrigo.
—¡Oh, sí, claro! —Elena, regresó dentro de su departamento por el abrigo y su bolso.
Ethan, quien la llevaba de la mano, la situó frente a un coche color negro, que parecía recién salido de agencia. Le abrió la puerta del copiloto y al agacharse para apreciar el interior, aspiró el aroma de la piel de los asientos. Se enderezó deprisa y vio a Ethan con una sonrisa divertida.
—¿Y este coche? —preguntó con verdadera curiosidad y asombro a la vez.
Ethan sonrió.
—Mi jefe creyó que merecía un aumento de sueldo.
—¡Oh, por Dios! ¡Ethan, es un coche rojo muy hermoso! ¡Felicidades!
Elena lo abrazó tan fuerte que los hizo tambalear. Demasiado acostumbrado a sus arranques de efusividad, no permitió la caída.
—Gracias, hermosa —le agradeció, luego de besarla.
Elena subió al coche, y aspiró de nuevo el rico aroma del perfume de Ethan mezclado con el olor propio de las vestiduras de los asientos blancos. Inspeccionó todo a lujo de detalle, desde la tapicería hasta la comodidad de los sillones, le pidió que la dejara manejar unas cuadras. Él aceptó después de preguntarle si sabía cómo hacerlo.
—Por supuesto que sí.
Emocionada aceleró de inmediato provocando que Ethan se sujetara del tablero. Al detenerse y observar a su lado, encontró a su novio fingiendo estar aterrorizado. Apiadándose de él, se estacionó en la siguiente esquina e intercambiaron lugares. Echó una mirada a los CD, y al no encontrar algo que le gustara, encendió la radio. Ethan solo sonreía en silencio. Se notaba feliz. Minutos más tarde, aparcó frente a un parque.
—Todavía es temprano, ¿quieres dar un paseo?
Ella le respondió con una tímida sonrisa, Ethan, parecía emocionado y a la vez nervioso. Su actitud esa noche era extraña, pero había creído que era por su juguete nuevo. Se preguntó, si sus padres se molestaron por invitar a la novia a cenar con ellos y esa caminata solo era para ponerla sobre aviso.
Caminaron tomados de la mano por el sendero que conducía al centro del parque, ella miraba el cielo en busca de alguna distracción y así poder calmar su ansiedad. La luna llena resplandecía y las estrellas alrededor la adornaban. Minutos más tarde, llegaron al final del camino donde estaba una hermosa fuente con efectos de luces de colores que salían de sus profundidades, la fuente parecía cobrar vida con el hermoso espectáculo. Ethan la abrazó por la espalda y aspiró el perfume de su cabello. Elena se exaltó en el momento que la tomó del brazo para girarla hasta que estuvieron frente a frente. Sin previo aviso, el hombre que amaba, se arrodilló como un caballero de brillante armadura, poniéndose al servicio de su reina. Mostrándole una pequeña caja forrada de terciopelo rojo en forma de corazón y, con manos temblorosas, la abrió despacio mientras pronunciaba su declaración con voz ronca, pero segura:
—Mi amada Elena, mi amor por ti conoce el principio mas no el final, te amo más que a mi propia vida y si aceptas unirte a mí en sagrado matrimonio, te prometo que nunca te faltará nada. Te seré fiel en pensamiento, corazón y cuerpo. Eres tú la mujer que quiero a mi lado para ser mi amiga, esposa y amante. Además, ten por seguro que, amarte hasta el término de nuestras vidas, será mi único propósito.
Elena creyó en sus palabras. Olvidó respirar, su nombre o el hecho de contar con tan solo veintiún años. ¿Qué podía pensar una joven que se hallaba sola en el mundo? Ethan se convirtió en su oportunidad de amar y ser amada, su príncipe al que no estaba dispuesta dejar escapar.
—Sí, acepto.
El joven tomó el anillo y se lo colocó suavemente. Las manos de Elena temblaban tanto como las de Ethan. Asimismo, para cerrar la promesa, Ethan, besó con suavidad la frágil mano de su amada, todavía de rodillas. Ella no pudo controlar más la emoción, se lanzó a sus brazos besándolo en los labios, ahora sí, cayeron al piso.
Años después, se encuentra de pie frente a la misma fuente. Nunca la verá tan hermosa como esa noche.
«¡Cuántas promesas rotas y juramentos en vano!», piensa.
Le da la espalda. Ya no quiere llorar. Ansía dejar de ser la víctima y con determinación se promete reconquistarlo.
LA PROPUESTA«Dicen que el primer amor es el verdadero, porque nunca volverás a sentirlo tan intenso, grande, ciego, único, soñador, irreal y valiente».
Ethan ha llegado a la oficina mucho antes que Caroline, pero este día no se molesta por tener que atender sus propias llamadas; en realidad está nervioso, porque sabe que está a punto de darle un giro a su vida. Cuando Caroline al fin llega, él ya ha confirmado su próxima reunión. Ella lo encuentra guardando algunos documentos en su portafolio.
—Has una reservación de hotel para mí —le ordena con voz clara y suave.
—¿Vas a viajar?
—No. Necesito que esté cerca de la oficina. Esta noche dejaré a Elena.
La ve abrir la boca y cerrarla como un pez. La comparación es estúpida y graciosa, pero no se le ocurre una mejor.
—¿Qué?
—Has lo que te digo, mujer.
Ethan espera con paciencia a que Caroline haga la reservación, la ve dudar un poco al decir: «Fecha indefinida». Le sonríe, porque para él no hay dudas. No regresará con Elena en el futuro y cuando deje el hotel, será para iniciar una nueva vida con la mujer que ama. Caroline le envía un texto al móvil con los datos del hotel y la habitación.
—Deja de mirarme como si me hubiera crecido otra cabeza, mujer. Mejor levántate que llegaremos tarde.
—¿Tarde? ¿A dónde? —ella le pregunta mientras se ajusta el bolso al hombro.
—Con la agente de bienes raíces.
—¡Vaya! ¿Elena te hizo tan inútil como para poder elegir tu propio piso?
La curiosidad, detrás de la burla no lo engaña. Quiere saber dónde queda ella ahora.
—No. Quiero que elijamos juntos nuestro nuevo hogar.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué?
—Claro que entendería, si tú no deseas formalizar nuestra relación. Después de todo, ella es tu mejor amiga. Créeme, lo entiendo perfectamente. Porque sé que no será fácil afrontar al mundo cuando todo salga a la luz.
—No es eso, es solo que nunca me hablaste sobre tus planes. Estoy sorprendida.
—No quería hacerte una promesa sin saber si podría cumplirla. No sería justo para ti tener esperanzas en algo que nunca sería posible.
—Y ahora sabes que podrás cumplirla —afirma.
—Sí. Caroline, ¿te gustaría vivir conmigo?
Ethan la toma de la cintura y la acerca un poco más a su cuerpo.
—No es una propuesta de matrimonio.
Ella rodea su cuello y acaricia su cabello, como sabe que le excita.
—No, todavía.
—Eso sonó a: «Ten fe».
—Sí, sé a qué sonó.
—¡Sí, Ethan! ¡Quiero vivir contigo!
MÍRATE AL ESPEJO, ELENA«En aquel lugar frío hay solo una puerta. Camino y me detengo frente a ella y al abrirla, la nada se transforma. Veo una casa y cruzo el umbral. Con paso lento voy hacia la entrada de la hermosa residencia. Toco la puerta, pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos ya me encuentro dentro».
Se ha puesto un vestido rojo entallado, con escote y hombros descubiertos que la hacen sentirse atrevida. Un regalo de Sophia. Toma su tiempo para arreglar su cabello en un peinado fuera de lo habitual; luego maquilla con esmero su rostro. Al final, da un último vistazo al resultado de su arreglo en el espejo; no le agrada su apariencia, pero Ethan se había enamorado de lo que había en su interior, no de su físico.
Prepara la habitación que suele ocupar Ethan con velas aromáticas para darle un aire de romance. Cambia las sábanas beige, por unas de seda de color rojo. Por último, riega sobre la cama pétalos blancos de rosas, que compró de último momento al regresar a casa. Cuando termina de alistar todo, se detiene a la mitad de la habitación y observa la decoración; al fin, se siente satisfecha con el resultado. Hace mucho no la toca y ya ni siquiera tienen una relación cordial, espera con todo su corazón que el plan funcione. Por último, se sienta en una esquina de la cama para esperar su llegada.
Ethan hace su aparición por la madrugada. Ella ha esperado en el mismo lugar con la mirada perdida y con la mente en blanco para no torturarse con pensamientos oscuros. No desistirá en realizar las paces con él, por eso, trata de mantener la calma. Cuando Ethan cruza la puerta su rostro en un principio es de sorpresa; luego, cambia a uno lleno de repulsión al darse cuenta de los planes de su esposa para esa noche. No dice nada, él ha puesto un muro invisible entre ellos.
Elena se pone de pie para enfrentarlo. Sin embargo, él pasa por su costado derecho ignorándola como si fuera un accesorio más de la melosa decoración. No lo soporta e intenta disimular su decepción. Todavía haciendo el esfuerzo por no ser ella quien arruine la noche. Por eso, baja la cabeza y alisa con las manos la parte inferior del vestido. Con ese gesto oculta cuánto le afecta su desplante. Ethan se dirige al armario y observa un momento su ropa bien ordenada dentro del mueble y por alguna razón eso le causa repulsión. No se espera la aproximación de Elena, creyó que se marcharía a lloriquear a su habitación; y, por eso, su piel se eriza al escuchar su temblorosa voz detrás de él.
—Ethan, quisiera…—Elena se detiene a media frase. Apenas puede hablar pues tiene miedo. Respira hondo e intenta tomar el valor perdido y se corrige—: No. Me gustaría qué intentemos una reconciliación, o, al menos, una tregua.
—La reconciliación es imposible, y tú no quieres una tregua, lo que quieres es tener sexo—responde tras una sonrisa llena de burla.
Luego comienza a desabotonarse la camisa, todavía está dándole la espalda. La fría sinceridad la deja perpleja. En esta ocasión, su cuerpo y sus movimientos no consiguen distraerla de lo que ahora siente.
—Quiero que hagamos el amor, no que me tomes como a una cualquiera. ¡Soy tu esposa, Ethan!
—¡Porque no quieres dejar de serlo! Además, no quiero tocarte ni siquiera por placer. No te deseo y tampoco te amo.
—¿Por qué? —Le pregunta, aunque en realidad lo que quiere saber es por qué es tan cruel con ella, que no ha hecho nada más que amarlo y complacerlo.
—¿Por qué quiero dejarte?, ¿por qué no te amo?, o, ¿por qué no te deseo? De las primeras dos preguntas ya sabes la respuesta y por la última… ¿Por las mañanas al levantarte, no te miras al espejo? Porque de no ser así, deberías hacerlo de ahora en adelante. Tal vez, finalmente, entre en tu cabecita que ya no me interesas, ni para el sexo.
—¿A qué te refieres?
—¡Maldita sea, Elena! ¿Eres tonta o lo finges? —Acorta la distancia entre los dos y la toma del brazo con fuerza, y la arrastra hacia el baño frente al espejo de cuerpo completo—. ¡Mírate!
Le grita tan fuerte que la aturde. Afectada como está, le es inviable acatar su orden, porque lo que ve en el momento que se mira al espejo la aflige. Además, entiende que a Ethan le provoca asco, se niega a su petición cerrando los ojos; lo peor que podía pasarle es que ambos juzguen su horripilante apariencia. Puede soportar hacerlo sola, aguantar su mirada de repulsión. ¿Podría darle la razón de que su figura es espantosa y que es imposible vivir con ella? No. Finalmente, tendría que dejarlo ir.
—¡No!
—¡Qué te mires!
—¡No, por favor! —Ethan toma la barbilla de Elena y le alza el rostro en dirección al espejo.
—¡Mírate! —su tono de voz es bajo, amenazador, tanto como lo sería una navaja suiza apuntando a su corazón roto. Obedece y las lágrimas han arruinado su maquillaje transformando su rostro en algo feo y grotesco—. ¿Sabes lo que veo? ¿Eh? Una flor marchita. Naturaleza muerta, Elena. No puedes darme un hijo. Con esta apariencia no me atraes. Estoy cansado de estar con una… insignificante y patética mujer. ¡Quiero el divorcio, Elena!
—¡No!
El piso ha comenzado a desaparecer bajo sus pies, él quiere marcharse, por fin, la confrontación ha llegado y se siente morir. Sin él, ella no es nada, la vida pierde todo sentido.
—¡No, por favor! No me dejes, dame una oportunidad solo una… —Cae al piso y de rodillas abraza las piernas del hombre que ama—. Dame tiempo, un mes. ¡Solo te pido un mes!
—¿Me suplicas? —Ethan la mira con asombro—. No sé qué demonios pensaba cuando creí que eras la mujer perfecta para ser mi esposa. Eres tan estúpida que no te das cuenta de que, si me casé contigo, fue para convertirme en socio de la firma, porque debía ser hombre de familia y ahora que soy el dueño, eso ya no importa. Tú, Elena, ya no importas ni entras en la ecuación, necesito a una mujer que «sí» pueda darme un hijo. Ese es mi deseo y tú no me vas a detener.
—Nunca me amaste… —afirmó con el corazón hecho añicos.
—Te quise mucho, no lo niego. Luego, todo lo echaste a perder con tu incapacidad y tu defecto. No sabes cómo te odio por eso. —Su mirada se ha tornado gélida. Ella se siente tan pequeña, y sabe que ya no puede encontrar en él ni un gramo de afecto.
—¡No! ¡No, por favor no te marches! —Forcejea con él, quien intenta zafarse de ella. Elena, cae al piso y se abraza a las piernas de Ethan con todas sus fuerzas, él, consigue soltarse y la empuja haciendo que Elena caiga y golpee la cabeza en las baldosas. El golpe ha sido tan fuerte que se siente aturdida. Entonces él aprovecha para escapar no sin antes decirle:
—Los documentos del divorcio los dejo en la mesa del comedor, y por favor, Elena… ¡Ten un poquito de dignidad!
Ethan sale del baño dejándola en el piso, sin siquiera mirarla de verdad. Sin notar su rostro pálido y las ojeras que ni el mejor maquillaje ha podido cubrir. Se ha marchado sin importarle su estado. Se ha deshecho de ella pues ya no le es útil, tan simple y prescindible.
Como si ella fuera, solo basura.
«Camino hacia la cocina tras el sonido de la voz de una niña, la encuentro hablando con una mujer a la que llama madre. Ellas no pueden verme y me pregunto si estoy muerta. Entonces la niña quiere tomar una galleta y su madre golpea su mano. La niña sale de la cocina con su muñeca de trapo, herida, con la mirada baja; ella me traspasa. La mujer saca de un cajón un frasco, lo abre y saca dos pastillas y las traga con agua. Me giro y veo a la niña mirar a su madre desde el inicio de las escaleras. Cuando voy tras ella, todo comienza a desaparecer. Otra vez».
SEGUNDA PARTEY NO ME SIENTO FELIZ«Si la cordura me hubiera llegado antes, lo habría visto. Pero fui ciego, o, simplemente no quise verlo. Ella no estaba bien. Todo fue mi culpa».
En el instante en que Ethan entra al estacionamiento del hotel —donde Caroline le hizo la reservación—, la adrenalina se ha esfumado. Es libre para hacer lo que quiera, ¿no? Entonces ¿por qué siente que no está en el lugar correcto?, ¿por qué tiene el mal presentimiento de haber cometido un error al abandonar a Elena?, ¿se ha apresurado?, ¿se siente culpable? Es lo que se pregunta. Sus temores y el miedo al fracaso lo ponen de mal humor. Después de casi ocho años de matrimonio, no era fácil dar la media vuelta e irse como si nada hubiese pasado en ese tiempo.
Entra a la habitación para encontrar a su amante desnuda con una botella de champán y un par de copas en ambas manos.
—No me mires así, Ethan. Mejor ven aquí y hazme el amor como lo hacen aquellos que son libres.
Pero él todavía no se siente libre.
Y esa noche no importó cómo o cuánto tiempo le hizo el amor a su amante, la pequeña voz de la culpa sonaba como un horrible susurro en su cerebro.
Es un nuevo día, el inicio de su nueva vida. Quiere ignorar su pasado y no volver atrás. Pero no puede, piensa en Elena, porque a pesar de todo ella sigue importándole. Por primera vez pasó la noche completa con Caroline y fue distinto. Extraño e incómodo. Resignado con el hecho de que no puede sacar de su mente a su esposa, le envía un mensaje de texto a Quella, su hermana, mientras Caroline está en el cuarto de baño.
Ethan:
Por favor, Quella. Si me amas, no me juzgues por desear mi felicidad. Si amas a Elena, se una buena amiga.
Quella:
La llamé, pero no me responde. Cuando me regrese la llamada, estaré allí. Por cierto: ¡Eres un idiota!
CAROLINE«Había una vez, una princesa de cabellos dorados y ojos azules que soñaba con vestidos rosados y castillos en los cielos, sus padres habían sido los mejores reyes del mundo. Pero un día, el rey se marchó; y la hermosa reina se ahogó en tristeza».
Caroline era una niña rubia que, cuando su madre no estaba, espiaba por las escaleras que los adultos no estuvieran a la vista; para luego, tomar de la mano a su pequeña hermana y salir por la puerta de la cocina hacia el patio trasero de la casa. De esa manera, evadía al nuevo novio de su madre y a sus amigos. Él le daba miedo y mucho más, cuando la sentaba en su regazo y olía su cabello. No le gustaba la sensación que le provocaban sus acciones, pero su madre insistía en que no debía ser grosera con su nuevo «papá».
—¡Leche! —Caroline escuchó el pedido de su pequeña hermana de tres años.
No tenía leche y su madre estaba demasiado ebria para poder despertar y darle dinero. Por eso se acercó a la casa de los nuevos vecinos que, el día anterior, llegaron al vecindario. Contaba con que la niña regordeta —hija de sus nuevos vecinos—, la cual había visto por la ventana de su habitación, también saliera hoy al patio trasero a jugar. Parecían tener la misma edad. Y pensó que, si se hacían amigas, jugarían en su casa y al hacerse tarde sus padres las invitarían a comer. Así había sido con Josie, pero ella ya no estaba. Sus padres habían decidido que California era un mejor lugar para vivir.
Se asomó al patio trasero de sus vecinos por el hoyo de la cerca por el que solía platicar con Josie —cuando su mamá la castigaba y no la dejaba salir—; y para su buena suerte, la niña, también había salido hoy a jugar. Estaba sentada sobre una sábana blanca, con un par de muñecas muy bonitas que se parecían a las que había en la tienda de antigüedades del centro del pueblo. Y su juego de té, no era de plástico como el que ella tenía arrumbado en algún lugar del ático.
—¡Leche!
Caroline giró la cabeza hacia su pequeña hermana Jessie y de inmediato le tapó la boca con la mano.
—¡Shh! No hables —ordenó. Luego buscó con la mirada la mesa de trabajo de su nuevo padre. La arrastró hasta la cerca, trepó a Jessie y después subió.
Sus ojos azules echaron un breve vistazo a la niña del otro lado.
—¡Hola, niña! —saludó con entusiasmo a la vecina que estaba de espaldas. Sonrió al notar que había asustado a la niña regordeta por el pequeño brinco que dio en su lugar. La vio girar su cabeza lentamente—. ¡Hola! —saludó de nuevo un poco más fuerte. Caroline observó mejor los rasgos de la niña, tenía cabello rojizo y ondulado, ojos verdes y feas pecas en el rostro. —¿Quieres jugar? —preguntó esperanzada.
La niña entrecerró los ojos por lo que Caroline le dio una sonrisa amistosa, mientras levantaba las cejas.
—Amm, ¿sí?
Y antes de que la niña se arrepintiera, Caroline, desapareció de la vista de la pelirroja un par de segundos para luego aparecer con una bebé en brazos.
—Ayúdame —ordenó. La niña regordeta se puso de pie de inmediato y corrió hacia la cerca y estiró los brazos para recibir a la bebé—. Sujétala, pero no la vayas a tirar.
La niña negó con la cabeza.
—¿Quién es ella?
—Mi hermana, se llama Jessie y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó Caroline antes de desaparecer de nuevo, había ido en busca de un bote de pintura. Lo colocó sobre la mesa, volvió a subir a ella y luego al bote.
—Elena.
—Caroline —informó la rubia. Y luego sus ojos azules buscaron con la mirada la mejor manera de saltar y caer sin hacerse daño.
—¿Por qué no mejor entras por la puerta? —preguntó Elena. El nerviosismo se notaba en su ceño fruncido.
—Porque Peter está en la entrada hablando con sus amigos. —Caroline, rodó los ojos mientras negaba con la cabeza sin mirarla.
—¿Quién es Peter?
Caroline, se decidió. Tomó aire para luego soltarlo.
—El novio de mi madre —respondió y con determinación saltó.
Elena cerró los ojos y cuando no escuchó gritos, los abrió de nuevo. Al ver a la rubia sana y salva, soltó el aire que mantenía en sus pulmones.
—¿Y tu padre?
—Se largó.
Elena frunció el ceño nuevamente ante la horrible palabra.
—¿Quieres decir que los abandonó?
—Sí —dijo Caroline con frialdad. Al ver que Jessie estaba segura en los brazos de Elena, decidió que podía conservarla un poco más.
—Y Peter, ¿es malo? —preguntó nerviosamente. No quería que el hombre se apareciera y amonestara a su nueva amiga.
—No, a menos que esté borracho y me cruce en su camino.
—¡Oh!
Caroline se acercó a la manta y se sentó sin ceremonias. Tomó una de las tacitas de té entre sus manos y la examinó. Era hermosa, ¡parecían de verdad! No pudo evitar acariciar el grabado de flores en ella.
—Ten cuidado, son de porcelana —dijo Elena, que continuaba cargando a la bebé.
—¿Son reales? —preguntó mientras la examinaba muy cerca. Un par de mechones dorados cayeron en su rostro. Les sopló para hacerlos a un lado de sus ojos.
—Sí, pero son viejas. A mamá le gusta coleccionar cosas como esas.
Caroline, volteó de inmediato hacia Elena con sorpresa:
—¿Son de tu madre?
—No, pero igual son valiosas.
Al escuchar que eran valiosas, Caroline la dejó de nuevo en su lugar. Un poco asustada.
—¿Por qué juegas con ellas, entonces?
—Porque son para jugar. Mi madre me regaló el juego de té el día de mi cumpleaños. ¡Escucha, no te preocupes! No pasará nada si las cuidamos.
—¡Oh! Bueno, si es así.
Elena sentó a Jessie junto a Caroline y ella se sentó frente a su nueva amiga.
—Te presento a Danielle y Gabrielle Stravella, son hermanas y esta otra es la recién señora Terracort —dijo Elena.
—¿Son estas las únicas muñecas que tienes? —preguntó Caroline. Imaginando que, si tenía más muñecas como esas, todas ellas debían ser muy valiosas y que sus padres eran ricos.
—Tengo muchas más muñecas allá dentro —dijo mientras señalaba en dirección a su casa—. ¿Cuántas tienes tú?
Caroline, estaba impresionada. Sus ojos miraron a un lado, y luego hacia ella, mientras parpadeaba rápidamente varias veces.
—Una.
—¡Qué bien! Mañana puedes traerla a la hora del té. Estoy segura de que todas seremos muy buenas amigas —predijo, luego retiró una servilleta de un plato descubriendo las galletas que guardaba. Tomó una galleta con una pinza y la depositó en un pequeño plato, después lo colocó frente a Caroline. Al final, tomó otra y se la dio a Jessie en la mano. Todo eso con la espalda recta y una sonrisa cálida en su rostro.
Por primera vez en su vida, Caroline, se sintió incómoda e insegura.
—¿Todas tus muñecas son como esas? —preguntó mientras observaba a la niña servir té en un par de tacitas y poner una frente a ella y la otra frente a Jessie.
—¿Te refieres a que si son de porcelana?
—¡Sí!
Elena tomó su pequeño plato y tacita con ambas manos, su espalda seguía tan recta que Caroline se sintió tonta al estar encorvada, por lo que también se irguió.
—Bueno, sí. Ya te lo dije a mi madre le gustan las cosas bonitas.
—¿Y no le da miedo que las rompas?
—No. Jamás he roto nada.
—¡Leche! —dijo Jessie. Ambas niñas miraron a la bebé. Elena dirigió su mirada a Caroline que de inmediato bajó la cabeza a su regazo, tomó su tacita y la llevó a los labios de su hermana.
—Toma —le ordenó a su hermana y tardíamente agregó para Elena—: ¡Olvidamos el biberón en casa! —se excusó.
—Espera, tengo leche.
Elena se levantó deprisa y corrió dentro de su nueva casa, Caroline quería seguirla, pero tenía miedo de lo que podría encontrar, por lo que mejor esperó.
Elena regresó con un vaso de plástico, con figuras de vacas en distintas posiciones, lleno de leche; sujetándolo con una mano fuertemente para no derramar el contenido. Y en otra, llevaba un biberón.
—Toma. Solo que, está fría, no tengo permitido utilizar la estufa sin supervisión.
—No importa, a ella le gusta fría. ¿Tienes hermanos?
—No. ¿Por qué?
Caroline señaló el biberón. Luego de llenarlo de leche, se lo ofreció a su hermana. Jessie no dudó en sujetarlo con sus pequeñas manos y llevar de inmediato la tetina a la boca.
—No. Es de Elisa Silver —respondió señalando a una muñeca sentada en una esquina del jardín y que Caroline no había visto—. Ella no es muy amable, por eso, está sola.
—¡Ah!
—Continuemos con el té.
Caroline, observó la sonrisa de felicidad de Elena. No sabía qué responder. La chica era extraña y ella nunca había jugado al té. Con Josie era muy diferente.
La sonrisa de Elena comenzó a parecer forzada con el paso de los segundos, pero tan pronto como se le ocurrió, tomó a Jessie y la puso en el regazo de Caroline.
—Tu bebé es hermosa. ¡Mira esos cachetes sonrojados! Su padre debe ser un hermoso príncipe. ¿De dónde has dicho que es su padre?
Caroline, estaba sorprendida, se dio cuenta de que no sabía exactamente qué decir, pero la niña les había dado galletas, té y leche, así que… ¿Por qué no intentarlo? Por lo que se forzó a recordar de donde eran los príncipes.
—De… ¿Inglaterra?
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Él es tan hermoso! —Elena había llevado una mano a su pecho, mientras que se abanicaba con la otra mano. Su sonrisa nunca desapareció, y luego dijo—: El mío es un conde, pero igual me ama.
Y tras decir esas palabras tomó su taza de té de la manera en que su madre le había enseñado; lo bebió con tragos lentos y con el dedo meñique al aire, mientras llenaba la cabeza de Caroline con cuentos de príncipes y princesas.
EL PLAN«Por amor día a día me mato de hambre, para poder ser lo que él necesita en su vida».
Elena limpia con esmero el retrato de una joven pareja de recién casados. Del otro lado de la habitación Sophia y Quella, la hermana de Ethan, advierten su tristeza. Ellas temen que en cualquier momento se quiebre emocionalmente. Se observan una a la otra sin saber con exactitud cómo proceder. Luego de un par de minutos, Sophia, se cansa de esperar y toma la iniciativa.
Se acerca a Elena con paso lento, la toma de los hombros y la sacude suavemente para llamar su atención.
—Elena, cariño, deja eso de una vez —dice Sophia con voz dulce y maternal. Porque su amiga, podía secarse las lágrimas y ponerse maquillaje, no obstante, sus ojos no ocultan la verdad: está devastada. Odia mirarla así, hundida hasta el cuello por un hombre que no la merece.
—Sí. ¿Qué te ha hecho mi hermano? —Quella se encuentra sentada en el sofá analizando a su cuñada terriblemente mal, no solo de ánimo, también físicamente. Le preocupa demasiado y tiene el presentimiento de que, Ethan, ha sido un gran idiota.
—Me ha pedido el divorcio, eso es lo que ha hecho tu hermano, Quella. —Elena sonríe a pesar de lo mucho que desea llorar—. ¿Puedes creerlo? —su voz se quiebra—. Después de tanto tiempo y de todo el amor que me juró. La verdad es que ya no sé si debo odiarlo, darme por vencida o golpear sus bolas hasta que ya no le sirvan para ninguna otra mujer.
Elena deja el retrato que todavía mantiene en las manos para buscar los papeles de la demanda de divorcio. La noche anterior al terminar de leerlos casi los arroja al fuego. En el último instante, reconoció que de nada le serviría. Ethan ya ha tomado la decisión de continuar sin ella. Y como ella no puede pensar con claridad, convocó una reunión con sus amigas en su departamento. Porque necesita ser escuchada y también necesita de sus consejos.
—Causas irreconciliables —Quella lee en voz alta sin dejar de sentirse asombrada por la testarudez de su hermano—. Pero ¿qué le pasa a ese tonto cabeza hueca? ¿Y todavía tiene la desfachatez de hacerlo de mutuo acuerdo? —pregunta a nadie en particular esperando a que alguna de las dos personas frente a ella, le dé la respuesta que busca.
—¿Has hablado con la secretaria? —Sophia no es capaz de evitar el tono mordaz. Detesta a Caroline y nada tiene que ver con algún malentendido, simplemente, su sentido de la prudencia le dice que se mantenga lejos de la mujer.
—Sí. Hace dos días fuimos a comer. Y no sabe nada sobre la amante de Ethan.
—¡Caroline no es tu amiga! —Quella grita furiosa al mismo tiempo que lanza los papeles a la mesa de centro—. Porque si lo fuera, te llamaría inmediatamente cada vez que el idiota de mi hermano sale de la oficina con alguna de sus queridas. Apuesto que ella le lame los zapatos y besa el piso por el que pasa, mientras sueña despierta con él y todo el dinero que se encuentra en las cuentas bancarias de mi estúpido hermano.
—Caroline no es así.
—¡Ay! ¡Por favor, Elena! Si tu esposo no fuera un cretino y mujeriego, diría que es el hombre perfecto. ¡Mira! Es guapo, rico, con carácter y está buenísimo; ¿qué más podría pedir una mujer? —A Elena no le agrada su comentario, pero Sophia lo ha hecho al propósito, ya que, no le gusta el estado depresivo de Elena. Por lo que prefiere verla enojada—. Por otro lado, lamentablemente es un cabronazo con las mujeres que lo aman y eso le resta todo el encanto —la tranquiliza—. Ahora, de regreso al punto… Caroline es tu amiga de la infancia, ¿no? —Elena asiente—. Entonces, ¿a quién le debe lealtad? ¿A ti o al cabronazo? Porque déjame recordarte, cariño, que gracias a ti tiene empleo y, definitivamente, su vida es mil veces mejor.
—Cierto, la salvaste de esa horrible vida. Discúlpame, si la verdad no te gusta, pero ella no es honesta contigo. Es imposible que no tenga ni la más remota sospecha de alguna mujer y que si, Ethan, tiene una amante por la que está dispuesto a dejarte, nunca haya ido a buscarlo a la oficina —agrega Quella.
—¿Y si trabaja para él y es por eso que Caroline no sospecha de su doble vida? —interrumpió Elena con un tono de voz notoriamente enfadado.
—O, ella es la amante —acusa Sophia.
—¡Cállate tonta! Mi hermano tiene malos ratos, pero nunca pésimos y angustiantes gustos. —Quella defiende a Ethan de Sophia arrojándole al rostro un cojín.
Elena niega con la cabeza, mientras piensa en las acusaciones de sus mejores amigas hacia su casi hermana.
—Caroline nunca me traicionaría. ¡Dios mío! No solo crecimos juntas o hice todas esas cosas por ella, también tuvimos experiencias traumáticas en nuestra infancia y salimos adelante apoyándonos una a la otra. Es como una hermana para mí. ¡No! Caroline, ¡no es la mujer que busco!
—Está bien, discúlpame por sospechar de tu queridísima Caroline; aunque deberías considerar mis palabras, porque igualmente hemos tenido nuestras grandes dosis de complicidad. Además, por lo que sé, también soy tu mejor amiga con la que has vivido experiencias traumáticas en la universidad. ¿Recuerdas cuando descubrí que, a mi gran amor y príncipe de ensueño, también le gustaban los «príncipes»?
Ambas, Sophia y Elena, soltaron una carcajada al recordar esos días. Quella, abre los ojos y niega con la cabeza.
—¡Qué horror! ¿Fue tu novio?
—¡Por desgracia! Sí, lo fue —le responde Sophia con una falsa tristeza plasmada en el rostro.
—No puedo creer que nunca me hayan contado esto antes. ¿Te dejó por un hombre? —Quella no pudo abstenerse de saber.
—Sí, lo hizo —contesta Sophia con dignidad, mientras se limpia una lágrima imaginaria de la mejilla.
—¿Lo ves, Elena? ¿Qué puede ser más terrible que eso? Con una mujer puedes competir, pero ¿con un hombre?… No —apunta con tono de voz optimista.
—¡Por supuesto que no! ¿De dónde iba yo a sacarme el…? —dice horrorizada Sophia.
—¡Sin detalles! ¡Por favor! —grita Elena cubriéndose el rostro con ambas manos. No quiere imaginar nada. Ama muchísimo a Dylan. Era un gran amigo, y no deseaba una imagen en su cabeza de él teniendo sexo con una Sophia con bigote. No podría soportarlo y comenzaría a reír en su cara, si alguna vez volvía a verlo. Hace mucho perdió la comunicación con él, o, mejor dicho, Ethan, le había prohibido su amistad.
—Está bien. Tranquila —Sophia le da un par de palmadas en su hombro—. Entonces ¿lo cubre o no, Elena?
—No lo cubre. Se oculta de ella porque sabe que es, mi mejor amiga.
—¡Por Dios, Elena! Lleva su agenda. Conoce mejor que tú los movimientos de Ethan. Si en realidad no es la amante, entonces debe ser la alcahueta. —Sophia está deseando asesinar a la tonta de su amiga, que era incapaz de darse cuenta de nada.
—Elena, ¿no crees que ya deberías parar la dieta? —pregunta Quella, dándose por vencida y calmando los ánimos entre sus dos amigas. Nunca llegarán a un acuerdo y considera que, Elena, está demasiado ciega con el asunto.
—Ya no estoy a dieta. Pero, no estamos reunidas aquí para hablar de eso. Necesito su consejo, ¿qué hago? ¡No quiero perderlo!
—Ve a su oficina y pídele una última oportunidad. Prométele que, si las cosas no funcionan, le firmarás el divorcio —aconseja Quella.
—¡Pero es que yo no quiero firmar nada! —Elena habla con desesperación, preguntándose por qué no entendían que Ethan, no dejaría que se echara atrás en caso de que aceptará esa locura de plan.
—Por eso vas a seducirlo cada noche —señala Sophia. Elena gira el rostro en su dirección—. Convéncelo con dulzura y mucho sexo de lo equivocado que está al querer dejarte; y lo más importante… enamóralo de nuevo.
—Hablas como si eso fuera lo más fácil de hacer, y, eso es justo lo más difícil… seducirlo.
Elena se pregunta, cómo iba a seducir a un hombre que lo único que siente al verla es aversión. No podía exteriorizar eso, era demasiado vergonzoso; por lo que de nuevo opta por el silencio.
—Por eso vas a dejarle en claro que él debe poner de su parte o no firmarás nada, lo cual lo llevará a demandarte y, realizar todas esas artimañas escandalosas por las que seguramente no quiere pasar. Además, de que lucharás por dejarlo en la calle. Créeme, mi hermano no estará dispuesto a perder la mitad de la fortuna que tanto le ha costado producir durante todos estos años. Lo conozco demasiado para decirte que no se negará a tu petición y, si no lo convences entonces… Amenázalo con hacerles saber a sus socios que te abandona por ser estéril.
Elena siente que el corazón se le estruja al pensar lo diferentes que son Ethan y ella para afrontar el problema; cada uno con su propia versión de la historia, con sus mentiras y tontos secretos, siendo demasiado tarde para revelarlos sin causar un daño terrible.
—¿Qué ganaría? No le importa lo que piensen sus socios.
—Eso es lo que, él, quiere que tú creas. Escúchame, mi hermano es un ser obsesionado con la perfección y lo que piensen de él, bueno o malo, le repercute dentro de su cabecita demente. ¿Qué pensarían sus socios o clientes si llegaran a enterarse de la verdadera causal de divorcio? —Quella observa fijamente a Elena, espera convencerla del poder que tiene sobre Ethan.
Sin embargo, es Sophia la que responde:
—Lo verían como un hombre sin escrúpulos, sin palabra, ni honor, capaz de traicionar a cualquiera con tal de conseguir lo que más le conviene y desechar a quien sea cuando ya no le sea útil. Y bien podría obrar de la misma manera con sus clientes o con sus socios. Eso destrozaría su buena imagen.
—Desde que se fue de casa, hace dos días, no me toma las llamadas y supongo que ya está viviendo con ella —confiesa con amargura, un par de lágrimas recorren sus mejillas, cree que ya lo ha perdido.
—Conozco a mi hermano y si algo sé de él, es que detesta ventilar su vida privada, es por eso que, sé con certeza, él no se negará a hablar contigo en la oficina.
—Entonces ¿tendré que ir?
—Sí.
NUEVOS RECUERDOS«Y el color de las paredes no es el mismo y tampoco lo son las cortinas».
Habían pasado la tarde del domingo visitando departamentos. Ninguno tenía el tamaño correcto ni la mejor vista a la ciudad ni una buena ubicación. Ahora sentados en una mesa del restaurante del hotel donde Ethan está hospedado, se da cuenta de que la mujer no es exactamente lo que pensó que era.
Lo acepta o al menos trata de entenderla; después de todo, esperó demasiado tiempo sin pedir algo a cambio. Es decir: ahora lo quiere todo.
—¡Mira! ¿No son hermosas?
Ella le muestra un juego de cortinas rojas desde su tableta. No le agrada el color.
—No tienes por qué preocuparte por esas cosas, podemos contratar a un diseñador de interiores —menciona con delicadeza, sin querer ofender su pésimo gusto.
—Sí, pero no quiero que nadie me diga cómo decorar nuestro hogar.
Caroline, le arrebata la tableta a Ethan para seguir mirando opciones. Ethan está fastidiado. Le duele la cabeza y su mente se encuentra muy lejos de las cortinas de color rojo chillón. Quería irse del lugar.
—No lo hará, Caroline —dice con los dientes apretados—. Te dará opciones y tú elegirás.
—¿A Elena también le contrataste un diseñador de interiores para su departamento? —pregunta con un tono sarcástico. Ella mira directo al rostro de Ethan, pero al ver que no responde y ni siquiera la mira, continúa—: Porque si es así, olvídalo. ¡Yo no soy Elena!
Ethan gira su rostro para ver a la mujer a la cara, está asombrado por su evidente inseguridad.
—¿De verdad estás hablándome de ella?
—No, Ethan. Es solo que nada de lo que propongo te gusta. —Deja caer la tableta sobre la mesa.
Ethan siente que la sangre se le sube a la cabeza.
—¡Llevo un maldito mes metido en un hotel, porque has sido tú quien no puede elegir un departamento!
—¡Quiero una casa! Grande de preferencia. Quiero cuatro hijos y no cabremos todos en un departamento de tres habitaciones. Tu departamento con Elena es de cuatro habitaciones y…
—¿Cuatro hijos? —Ethan solo quiere dos.
—¡Sí!
—Bueno, pues yo necesito estar cerca de la oficina; necesitamos estar cerca de la oficina. Todavía no puedes renunciar. No hasta que Elena firme el divorcio y haya pasado un tiempo prudente para formalizar lo nuestro.
—Creí que ya habíamos formalizado.
—Sí, solo que todavía no podemos decirle a nadie.
—¿Y qué vas a decirle a tus socios cuando nos vean cada mañana llegar juntos?
—Caroline, no sé qué es lo que quieres de mí, pero te recuerdo que he sido yo quien tomó la decisión de formalizar nuestra relación y, por lo tanto, seré yo quien decida como hacerlo. Y si no aceptas mis condiciones significa que estaba equivocado con respecto a la clase de mujer que imagino que eres. ¿Es así, Caroline? ¿Me equivoqué contigo?
—No. Y comprendo tu postura. Ya sé que soy su amiga, que estuvo mal lo que le hicimos. Pero yo también soy una mujer que tiene sentimientos. Nunca te pedí nada antes, por eso, te pido que no seas injusto conmigo. Te recuerdo que has sido tú quien me dijo que podía elegir, porque querías hacerme feliz. ¿Entonces…?
—Entonces, Caroline… ¡Elige un maldito departamento ya! ¡Estoy cansado de este hotel!
—Lo haré cuando encontremos un departamento más grande. ¿Por qué no hemos visto los departamentos de la zona oriente? El ejecutivo dijo que allí había unos muy hermosos con las dimensiones que le solicité.
Ethan suspira fuerte. Se pregunta por qué es tan difícil para ella elegir un piso para vivir.
—Porque no creo que sea prudente estar cerca de Elena.
—No es como si eligiéramos vivir en el edificio de enfrente. Además, no entiendo por qué tienes que darle el departamento, una pensión alimenticia y no sé qué más vas a darle si no tienen hijos.
—No te daré explicaciones sobre cómo gasto mi dinero, no voy a darte mis razones sobre nada de lo que tenga que ver con Elena y conmigo. Y que te quede claro, Caroline… Aunque no le diera el departamento jamás viviríamos allí. ¿Sabes qué? Ya no tengo hambre. Apresúrate si quieres que te acompañe a tu departamento.
—¡Olvídalo! Me quedaré contigo. Traigo ropa en mi bolsa.
—¿Otra vez vas a dejar sola a Jessie? —pregunta con tono sorprendido.
—Ethan no pongas esa cara que, Jessie, no es una niña. Y le avisé que tampoco llegaría hoy. Sabe lo que tiene que hacer.
—No. Jessie no es una niña, pero sí es una adolescente y ya la has dejado sola tres días.
Ethan no puede creerlo. Está separado, más no divorciado. Por lo tanto, no puede vivir todavía con ella. Ambos tienen sus propias responsabilidades y, primero que nada, debe conseguir que Elena firme el divorcio. Esperar un tiempo prudente antes de presentar a Caroline como su… mujer. En cuanto a ella, tiene que hacerse cargo de Jessie, su hermana, que no está de acuerdo con su relación o más que eso, no está de acuerdo con la traición. Jessie ama a Elena y ¿cómo no? Elena fue su salvavidas, su madre de acogida y su hermana de vida.
—¿Es por Jessie o porque estás molesto conmigo?
—Es porque voy a trabajar un rato y no tendré tiempo para ti, también estoy un poco molesto y no quiero discutir contigo y Jessie es otra razón.
—Ella te odia. No la ames tanto.
—No importa, peleamos su custodia para su mejor interés, no para que la abandones por largarte con tu novio —que todavía está casado—, por días. ¿Te apresuras o te llamo un taxi?
Caroline suspira fuerte.
—Está bien, está bien. Tú me llevas, defensor de los desfavorecidos.
¿CÓMO ES QUE NACEN LAS BRUJAS?«Hubo un tiempo, en que fuimos más que amigas, fuimos hermanas».
Querida Caroline:
No sé si todavía puedo encontrarte en esa casa o sí finalmente has podido huir. Te extraño, hay días en los que quisiera volver a esa época donde dormíamos juntas en mi habitación y los monstruos no podían alcanzarnos.
Si esta carta llega a ti, ahora sabes dónde encontrarme. Te amo.
Elena
Caroline sostenía la carta con manos temblorosas y lágrimas en los ojos. No soportaba más la vida al lado de su madre, pero no podía marcharse sin Jessie. ¿Qué sería de ella? Miró a su hermana que yacía dormida en la cama de al lado y abrazando la vieja muñeca que Elena le regaló el día que se marchó. Jessie ya no era una niña, pero todavía tenía miedo a la oscuridad y a los monstruos que se escondían en la habitación contigua. Tomó un cuaderno y un lapicero de la mochila de Jessie, y comenzó a escribir a su mejor amiga. Ella era una tonta romántica nacida en el siglo equivocado.
«¿Quién escribía cartas en estos tiempos?», se pregunta. Luego recapacitó, Elena no había escrito su número de móvil en la carta por miedo a qué un desconocido la recibiera en su lugar. Caroline, se prometió que tendrían mejores vías de comunicación.
La primera llamada que recibió de Elena estuvo llena de lloriqueos, risas y remembranzas. Para Caroline fue agradable escuchar su voz después de muchos años. Saber que, en algún lugar del planeta, existe alguien a quien le importas. Y aunque no deseaba ser una carga para nadie, al poco tiempo, se vio obligada a buscar la ayuda que, Elena, le ofreció tan desinteresadamente.
Había sido un día terrible de trabajo, Caroline, quería mandar al demonio a su jefa, a su madre y al idiota de su padrastro. Trabajaba de cajera en el nuevo centro comercial del pueblo. La paga era el mínimo, pero no tenía muchas posibilidades de adquirir un mejor empleo, porque no había concluido el instituto. Cuando Peter dejó a su madre, ella la culpó de su desdicha por haberlo golpeado y amenazado con denunciarlo a la policía si volvía a tocarla, eso ocurrió cuando cumplió los diecisiete años, la edad suficiente para poder defenderse. No sabía quién era peor, Peter el pedófilo, Roger el golpeador drogadicto, o, incluso, su madre. Supuso que los tres tenían su buena dosis de maldad.
«¿Por qué existe gente tan malvada en el mundo?», se preguntaba constantemente.
Caroline subió los tres escalones de la entrada de su casa con pesadez, solo quería llegar y tirarse a la cama hasta el día siguiente. No fue hasta que abrió la puerta y entró que, la escena en el piso del comedor, la dejó paralizada por un momento. Roger estaba sobre Jessie. Corrió hacia su recámara y sacó del armario el viejo bate que su exnovio le había regalado para ahuyentar a Peter, si se atrevía a volver.
Se acercó por detrás y golpeó a Roger en la espalda. De inmediato, el hombre soltó la garganta de Jessie, quién estaba flácida por la falta de oxígeno se mantuvo en el piso apenas respirando con la mirada perdida. El hombre calvo y robusto se giró en dirección a Caroline, los ojos inyectados en sangre, le hicieron saber a Caroline que, Roger, estaba drogado y, por lo tanto, loco e inmune al dolor. Por eso y a pesar del grito enfurecido, ella, golpeó una y otra vez al hombre. En ese momento, Caroline, se había cegado, en cada golpe desquitó los toques de Peter, las malas palabras ofensivas de Roger, todos aquellos descuidos de su madre, el abandono de su padre, la amargura de la pobreza e incomprensión.
Roger había intentado arrebatarle el bate, pero al estar de rodillas en el piso le permitió a Caroline impactar su bota en el rostro de Roger, fue cuando le rompió la nariz y el hombre se encogió en el piso, como un bebé llorón. Pero Caroline no tendría compasión por el drogadicto. Se había atrevido a tocar lo que más amaba, Jessie.
—¡Maldito! ¿Cómo te has atrevido a tocarla?
Las manos de Caroline dolían tras sujetar con fuerza el bate, pero no se detendría. El chico que se lo obsequió, Kevin, le sugirió no hacerlo una vez que comenzara, no hasta que estuviera segura de haberle roto una pierna a su oponente para que no pudiera levantarse e ir tras ella. Fue un buen chico que decía amarla de verdad, pero sus padres habían considerado que él tenía demasiado futuro para una chica cuya madre era alcohólica y que, además, había abandonado la escuela. Y aunque él decía amarla y que se casaría con ella, cuando Caroline se enteró —por la madre de Kevin—, de que había sido aceptado en la universidad, ella rompió con él. Dolido, se marchó al otro lado del país. Al regresar años después, lo hizo con una chica que al igual que él, era un Arquitecto.
Roger no podía defenderse del ataque enfurecido de la rubia, un golpe más en la cabeza fue suficiente para hacerlo perder el conocimiento. Al darse cuenta de que ya no se movía, Caroline, detuvo el ataque y se colocó en cuclillas para alcanzar su pulso. Su estúpido corazón latía tan fuerte que dudaba que los golpes lo hubieran matado. Tenía que correr, porque de algo estaba segura, no la perdonaría. De inmediato fue hasta su hermana y tomó sus mejillas.
—¡Jessie! —llamó desesperada.
—Estoy bien, solo dame un momento —dijo la chica con voz ronca. Le costaba trabajo articular las palabras.
—No estás bien. ¡Mírate! Te ha golpeado y casi te mata. ¡Dios mío! Si hubiera llegado un par de segundos más tarde, estarías muerta.
Caroline ayudó a Jessie a sentarse y posteriormente a ponerse en pie. Pero en cuanto Jessie sintió la habitación girar se apoyó en su hermana para caminar hasta una silla donde se sentó. Colocó sus antebrazos en sus rodillas y enterró allí su cabeza con la esperanza de que todo dejara de moverse a su alrededor.
—Debemos irnos, antes de que despierte. ¿Dónde está mamá? —Jessie le señaló el sofá con una mano, sin desenterrar su rostro.
Caroline se acercó a su madre y verificó su estado. La mujer yacía boca abajo, con la cabeza ladeada y la boca abierta. Babeaba y la botella de licor vacía estaba en el piso a un lado de su mano colgando.
—Está con vida —declaró Caroline.
—Está ebria —corrigió Jessie. Y carraspeo antes de comenzar a relatarle los acontecimientos—: Todo comenzó luego de que se quedara dormida. De alguna manera, Roger se enteró de lo que en realidad ganas como cajera. Dijo que eras una perra egoísta y que te haría pagar. —Caroline le ofreció un vaso con agua del grifo y Jessie lo tomó refrescándose la garganta. Luego continuó—: me preguntó dónde lo guardabas, obviamente lo mandé al demonio. Le dije que le habían mentido y si era cierto lo que le habían dicho, yo no sabía nada. Entonces comenzó a golpearme.
Caroline, negó con la cabeza. Su madre solo se preocupaba por el alcohol. Esperaba nunca perder la cabeza de esa manera por un hombre. ¿Por qué no se daba cuenta de que las tenía ahí? ¿Qué la habían amado? Ella la había amado, siempre ayudándola a llegar a la cama, limpiándola cuando se vomitaba, incluso, velando su sueño para que no muriera ahogada. Luego de un último vistazo a su madre, llamó a Jessie.
—¡Vamos, ayúdame! —ambas se dirigieron a su recámara, Caroline tomó un bolso y comenzó a guardar ropa para ambas. Mientras Jessie tomaba algunos libros.
—¡Deja eso! Iremos a Chicago.
—¿Qué?
—Elena, está allí. La llamaremos en cuanto lleguemos a la ciudad.
—Pero ¿qué haremos allá?
—Comenzar de nuevo Jessica.
DILE ADIÓS«Es mejor culpar a otros de obligarte hacer lo que realmente quieres hacer»
Ha estado atrapado en ese hotel por casi tres meses, hastiado del lugar, ha tenido que tomar la decisión de visitar a Elena con el pretexto de recoger las cosas que aún tiene con ella. No las necesita. Pero quiere saber si ya firmó el divorcio. Caroline, le ha presionado para apresurar las cosas. Ella no sabe que Elena está pasando por un momento difícil con su abuelo. La salud del hombre ha mermado, o, al menos, eso le dijo Quella hace un mes; ella tampoco la ha visto y no puede decir que no siente algo de curiosidad pues al parecer, lo visita diariamente.
En tres días dejará el hotel. No le importa que, en su nuevo hogar, no tenga nada más que una cama; si Caroline sigue empeñada a decorarla con sus propias manos, no se opondrá. Pero tampoco moverá un dedo. Pues siente que ya vivió la experiencia con Elena y no quiere volver a pasar por lo mismo. No porque haya sido algo malo, sino porque sus recuerdos con Elena son suyos y aunque ya no la ama, ella fue una parte importante en su vida. Y así quiere recordarla. No desea recuerdos que suplanten a los de Elena. No quiere comparar. También, podría ser que su aniversario de bodas se aproxima y está nostálgico.
Así que forzará a Elena para firmar lo antes posible el divorcio y así liberarse de una vez. Pero ¿qué podría hacer para que acceda?
UNA ÚLTIMA VEZ«Y mi única amiga es la sombra que me martiriza»
Pero, decir y ejecutar son dos cosas muy distintas y la cobardía ha ganado. Han pasado dos meses de infierno. No ha visto a sus amigas y apenas responde a sus mensajes. Les dice que ha estado visitando a su abuelo al asilo, que se ha encontrado lúcido y, ya que está pasando por sus últimos días, quiere estar con él. La realidad es que lo ha enterrado hace tres semanas. Él no la reconoció. ¿Por qué habría de hacerlo?, ella nunca le importó. Elena hubiera querido que Ethan estuviera con ella en el funeral; pero al recordar que ya no la ama y que no significa nada para él se dice: «Y ¿para qué?»... Por otra parte, no deseaba tener una confrontación. Todavía se siente avergonzada con lo que sucedió el día que la dejó.
Ha comenzado un nuevo ayuno, el último de diez días había sido más fácil de llevar con la ausencia de Ethan. Pero, con cada día que pasa, también, se da cuenta de que esta vez no volverá. Por eso, se halla sentada en el piso de la cocina abatida y rota. Con manos temblorosas lleva un par de pedazos grandes de carne a su boca y se limpia con el dorso de la mano la grasa derramada en la comisura de sus labios. En el proceso del atracón se atraganta, tose con fuerza y golpea su pecho forzando al bocado a resbalar por su garganta. Apenas se recupera, mete varios trozos de pastel a su boca. Demasiado deprimida, y con la falsa sensación de que comer llenará el hueco que experimenta cuando mira a su alrededor encontrándose sola. Aunque, por momentos recuerda el ayuno —y el esfuerzo de llevarlo a cabo sin caer en la tentación—, al final, no hace caso a la voz interior que le ordena que se detenga. Todo lo que le importa en ese momento es devorar su postre favorito de chocolate. Pues, ya está cansada de comprarlo y conformarse con recordar su fabuloso sabor mientras saliva y su estómago todavía se siente vacío, para luego arrojarlo intacto al cesto de basura. Piensa qué, de nada le sirve intentar una y mil dietas en busca de la perfección, si todavía sigue igual de obesa e indeseable.
El estómago le duele y corre al baño. Se siente satisfecha y orgullosa, ya no tiene que provocarse el vómito. ¡Ya lo hace sin esfuerzo! Después de asearse, mira su rostro regordete en el espejo y maldice su debilidad.
Aspira el aroma de la camiseta que utilizó Ethan un día antes de marcharse, en un intento vano de sentirse cerca de él, y con pena, se da cuenta de que ahora mantiene su horrible olor. Y ya que no le encuentra ningún sentido traerla puesta, la tira al cesto de ropa sucia.
Desnuda, sube a la báscula. Mira hacia al frente y observa la imagen del espejo antiguo de su madre. Recuerda cuando lo compraron en una tienda de antigüedades, ese día habían ido en busca de un regalo de cumpleaños para su padre. En cambio, salieron con el objeto, puesto que, Anne, no fue capaz de abandonarlo y arriesgarse a que otra persona lo comprara. La mujer lo había declarado suyo en cuanto lo vio, alegando que lo escuchaba hablar. Por lo que le preguntó a su imagen: «Espejo, espejo: ¿quién es la más hermosa?». Elena con sus seis años de edad, quedó encantada con la belleza de su madre, que era bañada por la luz del sol que atravesaba la ventana y las cortinas de organza blancas. Así que creyendo que jugaban a Blanca Nieves, no pudo evitar responder en lugar del ente: «Tú. Tú eres la más hermosa de todas las reinas». La sonrisa que, Anne, le dedicó al reflejo, fue sin duda la más dulce y bella que alguna vez le vio. Elena se compara y supone que jamás podrá ser tan perfecta como lo fue Anne.
Odia verse en cada uno de los espejos y darse cuenta de que es un monstruo. Sin embargo, no puede evitar la necesaria tortura. Finalmente, ve los números que indican su peso.
—¡Estúpida gorda, por eso, nadie te quiere! —Le grita a su reflejo con angustia e ira.
Frustrada, va al ordenador y entra a la página web de dietas extremas para princesas. La administradora es un ejemplo de lo que podía llegar a ser si se esmeraba. La mujer, había logrado bajar la mitad de su peso e iba por más.
«Si tuviera su voluntad, yo… Sería perfecta» piensa.
En esta ocasión elige una dieta estricta y… más extrema. Los ayunos no le funcionan porque no tiene voluntad para llegar al final. Aunque, en realidad sabe que de nada servirá.
Recuerda lo que Anne solía decirle:
«Voy a remendarte la boca si continúas tragando los dulces que tu estúpido padre te trae a escondidas». Elena no podía engañar a Anne.
«Si comes, ellos —le decía la madre apuntando hacia la báscula y el espejo—, te desmentirán».
Elena pensó que no era tan mala idea. «Tal vez así podré terminar el reto de ayuno» la risa histérica que brota de su garganta desfigura su mal trecho rostro.
—Seguro que, si mi madre viviera, me diría: «Te lo dije glotona».
Vuelve a reír, ahora con lágrimas en los ojos. Era una decepción y agradece a Dios que Anne esté muerta, así no tendría que escucharla decírselo en voz alta.
Sale del cuarto de los espejos como ahora lo ha bautizado. Al entrar a la habitación que ocupaba su esposo repasa las sugerencias de Quella, amenazar a Ethan con decirles a todos sus conocidos que la deja porque ya no le es útil. No solo consiguió un ascenso en su trabajo con su matrimonio, se hizo el socio mayoritario. Lo único que podría atarlo a ella era lo que no podía darle, aunque lo quisiera. De alguna manera siempre estuvo consciente de que, él, había buscado ser y tener la vida perfecta. Una esposa sutil y elegante; hijos prodigios de los cuales sentirse orgulloso y por qué no decirlo, para presumir que hasta en eso es mejor que ellos. Sus socios. Un grupo de ancianos decrépitos que lo habían intentado menospreciar por su juventud.
Ya hace un tiempo su convicción para continuar su mentira había comenzado a quebrantarse. Ahora, sabe que ya de nada sirve ocultarle la verdad, ya la batalla está perdida. Al tomar la decisión de protegerlo, nunca pasó por su mente que él la repudiaría, tontamente creía que su amor era tan grande como el que ella siente por él. Se equivocó.
Se arrepiente de sus decisiones. Sabe, que hoy decirle la verdad empeoraría las cosas, aun así, no deja de preguntarse por el resultado. Tal vez, si hubiera sido honesta, hoy serían muy felices. Luego, la duda alojada en el rincón oscuro de su mente sale a la luz… y piensa entonces, en lo infeliz que sería. Y lo desdichado que será cuando ya no pueda protegerlo más.
Elena, escribe en su diario su nueva dieta y algunos «consejos», para soportar el hambre. Anexando la técnica de su madre de picarse la lengua con una aguja para autocastigarse por comer. Nunca le gustó cuando ella se lo hacía, más era necesario en esos momentos. Anota en ese cuadernillo sus intentos fallidos y sus logros obtenidos. Cualquier elemento que pueda ayudarla para cumplir su meta… es escrito.
Es sacada de su tarea al escuchar ruidos en la entrada del departamento, es el sonido inconfundible de los pasos de Ethan aproximándose. Corre al armario y se pone una sudadera, la primera que encuentra. Afortunadamente, le queda demasiado grande para notarse su grasiento cuerpo.
Ethan la halla en su recámara sentada en la cama con un libro a la altura de los ojos. Ella lo cierra y lo baja para mirar su rostro. Lo nota serio y molesto. Es cuando le sonríe con burla mientras mira el libro en sus manos que, Elena, se da cuenta de que lo tiene en una posición al revés. ¡Se siente tan estúpida! Ethan, niega con la cabeza y se dirige al armario, asimismo, ella observa con nerviosismo cómo saca una maleta y comienza a guardar lo que queda de su ropa.
Después de la plática con Sophia y Quella, jamás encontró el valor para plantarse frente a él y hacerle la proposición. Faltaban cinco días para su aniversario. Siente ahora más que nunca la pérdida de su oportunidad. En silencio, mira sus manos mientras que él, continúa vaciando los cajones y llenando las maletas. No es hasta que está por salir de la recámara que Elena vence el miedo.
—Te… te daré el divorcio —tartamudea.
Ethan se detiene y gira poco a poco su cuerpo para hacerle frente a su esposa. Arquea una ceja y asiente, invitándola a continuar.
—Con una condición.
—No tienes que condicionarme, sé cuál es mi obligación contigo. Te daré una pensión lo bastante justa que te permitirá vivir cómodamente sin trabajar, ¿es qué no leíste nada?
—No es lo que deseo. Siéntate, por favor. Quiero ofrecerte un trato. —Ethan suelta las maletas que lleva dejándolas caer al piso y camina con lentitud hasta la cama. Elena, palmea a su lado con la esperanza de que no lo tome como una orden.
Tras mirarla un momento, acata su petición, y se sienta a su lado. Ambos, son golpeados por el aroma del otro. Él percibe su depresión, pues al parecer no ha tenido deseos de bañarse en un buen tiempo. Mientras que por las fosas nasales de Elena entra el delicioso perfume de Ethan combinado con el de su amante. El calor que irradia del cuerpo de cada uno es advertido a través de las gruesas telas que los viste. Para ella tan reconfortante y para él incómodo.
—Te escucho.
Elena lame sus labios secos y partidos. Toma aire y habla:
—Que sea el día después de nuestro aniversario.
Él mira al frente, no quiere demostrar sus emociones. Pero ella ve sus fosas nasales ensancharse y la ceja izquierda, la que está expuesta a su vista, se arquea. Asombrado, furioso.
—¿Para qué? —pregunta con enfado.
—Quiero un buen cierre, Ethan.
—¡Y vuelves a lo mismo! —medio grita, medio dice entre dientes.
Ethan se pone de pie para marcharse, para ella es evidente que no quiere seguir escuchando tanta estupidez de su parte. Por lo que en un acto desesperado lo sujeta del brazo, primero con fuerza y luego lo suelta de inmediato. Mira su rostro transfigurarse por el toque. Se siente tan fuera de lugar, no es perfecta, es horrible y lo peor es que está obligándolo a quedarse más tiempo a su lado.
—Escúchame… y después decides cómo proceder. —Ethan la mira por un momento. Finalmente, suspira.
—Continúa...
—Tendrás que poner de tu parte, no faltarás a casa e intentarás ser como antes. Será solo por cinco días y después…
—En cinco días no cambiará nada. Ya estoy cansado de que no entiendas que todo ha terminado. No importa como lo pintes, me estás pidiendo una oportunidad. No te mientas, en el fondo tienes la esperanza de que al final no me vaya. ¡Y eso no ocurrirá, Elena! ¡Estoy agotado! ¡Fastidiado de que no veas que ya no te amo y que lo nuestro se acabó! ¿Por qué te empeñas en hacerte dañó? ¿Por qué me obligas a ser cruel contigo? —pregunta con desesperación, quiere ser libre y ella no lo deja, se aferra a él como una sanguijuela, un parásito—. Por lo que hubo una vez entre nosotros, deberías ser menos egoísta y dejarme marchar sin más drama.
—Solamente te pido cinco días de tu vida y luego serás libre. Después de todo, te vas porque no te doy un hijo, y eso, es algo que no está en mis manos solucionar. Ahora, dime tú: ¿quién es el egoísta? —Elena no quería chantajearlo, lo consideraba un acto vil e hipócrita, pero su temor de perder su última oportunidad pesa más que la conciencia—. Ethan yo solo quiero una despedida, por los buenos y malos momentos que hemos vivido durante todos estos años. Acaso, ¿es mucho pedir?
Ethan guarda silencio y Elena comienza a ponerse nerviosa. Mira hacia el piso y levanta la mirada cuando lo escucha alejarse. Lo ve con la intención de salir por la puerta, pero al final se detiene, ella se prepara para recibir el adiós definitivo. Lo escucha suspirar, él ha llevado una mano cubriendo su rostro y tras una breve risa dice:
—Cinco días y me darás mi libertad, sin objeciones, aceptarás lo que te ofrezco en la demanda de divorcio. ¿Me has entendido, Elena? ¡No volverás a buscarme!
Elena se traga el jadeo que estuvo a punto de salir por sus labios por la impresión. En cambio, susurra:
—Está bien —desea abrazarlo, pero no cree que lo tolere ni siquiera la está mirando, así que se queda sentada con las ganas de tocarlo.
—Iré al hotel por mis cosas —le dice con voz áspera.
Se marcha sin mirarla, como es su costumbre; pero eso no le importa. Sin embargo, comienza a esconder todo lo relacionado con las dietas y el diario, no quiere verlo reírse de sus intentos fallidos por bajar de peso. Saca de la maleta la ropa que Ethan pretendía llevarse y la guarda de nuevo en su armario.
NOSTALGÍASale deprisa del departamento, quiere huir, se arrepiente por regresar a su lado. No entiende por qué de pronto esta indecisión de marcharse sin mirar atrás, si lo que más desea es su libertad. Sube al coche y lo arranca; las llantas rechinan en el estacionamiento dejando un eco de la furia contenida que experimenta dentro de su pecho. En realidad, no requiere de sus pertenencias, tiene lo necesario con Elena. Además, solo estará con ella unos cuantos días y luego todo acabará, será libre de verdad. Pero, es tan grande su tormento que necesita aire fresco y alejarse un momento. No comprende por qué aquella mujer a la que alguna vez amó lo condena. La odia por retenerlo a pesar de saber que ya no siente nada por ella. La culpa por obligarlo a la infidelidad. Al llegar al hotel, entra a su habitación y se tira en la cama. La cabeza le duele y se pregunta, cómo hará para sobrevivir esos cinco días y qué le dirá a su amante.
Cierra los ojos y recuerda el infinito amor que sintió por ella, hace algunos años.
«Volver a ser el de antes» recordó la petición de Elena. Se preguntó si de verdad podría fingir al hombre enamorado que fue.
Ethan busca en el compartimento de su portafolio el anillo de matrimonio que había desechado hace tiempo, tras encontrarlo dentro de un pequeño sobre, lo saca y luego lo examina con desprecio. Llevarlo puesto era el recordatorio constante de la prisión que significaba su enlace con Elena y lo que le esperaba en los siguientes días. Es de oro puro y tiene grabado sus iniciales. Quiere recordarse los motivos por los que se casó con ella y hallar la fuerza necesaria para soportar y cumplir con el deseo de su esposa en ese significativo objeto. No obstante, lo único que consigue es incrementar su malestar; y de mala gana se lo coloca en el dedo anular.
«¿Por qué accedí a esto?», se pregunta.
—Volver a ser el de antes… ¿Eso quieres, Elena? —Expresa en voz alta y enseguida suelta una risa amarga al recordar el día que la conoció…
La primera vez que vio a Elena no era más que una chica tímida escondida en el rincón más oscuro de una fiesta; envuelta en un vestido de color rosa pastel que combinaba a la perfección con su piel pálida. La prenda que a simple vista era recatada, en realidad, dejaba entrever su hermosa figura. Su lenguaje corporal le indicó su incomodidad, algo que de alguna manera perversa lo complació, porque tampoco se sentía cómodo. Ella le pareció un ángel a medida para su paraíso personal y, definitivamente, no debió compartir su presencia con gente tan mundana.
Cuando se acercó a ella, su timidez le resultó más atractiva que el carácter impulsivo y coqueto de Alison, —la hermana de Oliver, su mejor amigo—, con la que estuvo hablando desde que lo vio llegar. De modo que, en el instante que bailó con Elena y la sostuvo entre sus brazos, se dio cuenta de lo que había debajo de la fachada de mujercita simplona. Era hermosa.
Después de esa noche iniciaron una amistad que duró un año. Ethan estaba atraído por la mujer que por momentos le correspondía, para luego retroceder con una frialdad que lo dejaba helado. Era el clásico estira y afloja constante que lo trastornaba. Sin pensarlo siquiera, Elena, había provocado que se esforzara como nunca lo hizo antes de ella para enamorarla. De ahí que, cuando ya no tuvo duda de los verdaderos sentimientos de Elena, dio el siguiente paso: la hizo su novia.
Durante los seis meses que duró su noviazgo, se sintió pleno y feliz con ella. Por ese motivo, decidió que la familia tenía que conocer a la mujer que sería su esposa. Y aunque estaba decidido a casarse con Elena por amor, también pensó en lo conveniente que ese matrimonio le vendría a su posición en la firma. Así que llamó a su hermana Quella para pedirle su ayuda, con el anuncio de su compromiso al resto de la familia.
Ethan vio a Quella entrar a la heladería con su uniforme de instituto de prestigio: saco azul marino, blusa blanca y falda escocesa; su baja estatura y la vestimenta la hacían parecer más joven de lo que realmente era. Tal vez de catorce años, aunque en realidad tenía diecisiete. Su cabello castaño hasta la espalda media, tenía suaves ondas que enmarcaban su rostro, Ethan supo de inmediato que lo había recortado, pero nunca se lo diría. Sus ojos azules se encontraron con los grises de él.
—¡Hola, hermano! Siento llegar tarde —dijo mientras tomaba asiento—. Estaba en clase cuando leí tu mensaje. ¿Sabes? Antes de exigir una cita con gente, deberías preguntar si pueden o no, ir en tu auxilio en ese momento.
—Pudiste responder que tardarías, ¿no lo crees?
Ethan sonrió. Amaba sus confrontaciones y el dramatismo de la adolescente.
—Y ¿para qué? Solo te importa tu bienestar. Eres un hombre egoísta y seguramente me dirías «No me interesa, esto es más importante que tu tonta clase de lo que sea que estés estudiando» —dijo la joven malhumorada imitando con torpeza su voz grave.
—¡Ya no eres una niña, Quella! Será mejor que te comportes —reprendió con dureza fingida. La verdad era que su hermana menor lo sacaba de su estresante rutina. Además, la amaba como era.
—¡Basta de reclamos! —Quella golpeó la mesa con su pequeño puño—. Bien, dime entonces: ¿a qué se debe que me hayas hecho venir hasta aquí? ¿Qué es eso tan importante y misterioso que has de confesarme? —le preguntó mientras tomaba la carta que estaba sobre la mesa a un lado de Ethan.
Tras leerla, echó un vistazo a la nieve de su hermano.
—¡Voy a casarme! —escuchó.
—¡Ya! Es un buen chiste —dijo sin darle importancia a sus palabras, solo se limitó a continuar debatiéndose entre el helado de cereza y el de coco—. Ahora, dime ¿por qué no estoy en clase?
—Ya te lo dije, no es broma. Voy a casarme.
Quella levantó los ojos para mirar el rostro serio de su hermano. Él no mentía.
—¡No es cierto! No. ¡No puede ser verdad! —La adolescente chilló y tapó su boca con ambas manos al mismo tiempo que daba brincos en su silla.
—¿Qué es tan difícil de entender? ¿Qué voy a casarme o que estoy enamorado?
Ella se detuvo entonces y preocupada interrogó:
—¿Quién es la susodicha?
—La mujer perfecta.
—¡Dios mío! Ethan. Que una mujer sea buena en la cama y te haga ver luces de colores no significa que estés enamorado y mucho menos que sea perfecta.
Ethan entrecerró los ojos e inclinó lentamente su cuerpo al frente, no lograba comprender a su hermana. Primero lo acosaba con comentarios sobre sus gustos femeninos, le exigía que dejara de lado las relaciones pasajeras y lo sermoneaba cuando coqueteaba con alguna mujer bonita y extravagante. Y en el momento que se dispuso a sentar cabeza, ella simplemente no lo aprobó.
—Mira, Quella, no voy a discutir contigo. Tampoco voy a hablarte de mi novia para obtener tu aprobación. Estás aquí porque como tu hermano mayor, tengo el derecho de pedirte este favor.
—¡Ah! ¿Qué?... —Quella respiró hondo y decidió escucharlo antes de poner al cretino en su lugar—. Está bien, si tú lo dices te escucharé, aunque, creo que vas a cometer un error. Ni siquiera la conozco o ¿sí? —Entrecerró los ojos.
—No hace falta. Lo harás el próximo domingo. Voy a invitarla a conocer a la familia y quiero que seas tú quien prepare a nuestros padres para la noticia.
Ethan regresó a su posición inicial y llevó a su boca lo que le ha quedado del barquillo.
—¿Quieres una cena especial para la susodicha? ¿Quién es esa mujer y qué te ha hecho? —preguntó haciendo comillas con las manos. Y continuó—: No estará embarazada, ¿verdad?
—No. Quella confío en ti y espero tu ayuda. —Se inclinó de nuevo hacia el frente y le susurró como si fuera un secreto—: Ese día anunciaré nuestro compromiso.
—¡¿Estás demente?! ¿Noticia doble? Definitivamente has perdido la razón.
—¿Lo harás?
—Cuando llegue el momento te diré: «¡Te lo dije!». ¡Ah! Y no esperes que la reciba con los brazos abiertos —amenazó y apuntó la joven con su dedo índice y negó con la cabeza de un lado a otro en desaprobación.
—No. Yo te diré: «¡Te lo dije!».
—Insisto, Ethan, la clase de mujeres que te gustan, no son confiables. La última que te conocí, es la amante del padre de una de mis amigas.
—Solo hazme ese favor, Quella.
—¿Por qué no les dices tú? ¿Sabes?... Es tu asunto, eres un hombre mayor, no vives en casa de nuestros padres, como para pedirles permiso para casarte y llevar a su mesa una boca más que mantener…
—Quella, si voy y me presento con ellos y les digo lo qué a ti, no me dejarán marchar hasta que su curiosidad quede satisfecha. Y tú mejor que nadie, sabe qué jamás su curiosidad queda satisfecha.
—Lo que no quieres es dar explicaciones que, desde mi humilde punto de vista, deberías responder como mínimo, cuánto llevas de relación con ella.
—La conozco desde hace un año y medio y llevamos seis meses de relación. ¿Feliz? No te pregunto si estás satisfecha porque como una Donovan, es claro que no lo estás.
—¿Y de compromiso?
—Ese día se lo propondré.
—A ver, déjame entender esto… ¿Dices que ese día le propondrás?
—Sí.
—¿Te escuchas, Ethan? Quieres armar un espectáculo y ni siquiera sabes si ella te dará el «¡Sí!».
—Aunque te cueste creer, nos amamos. Ella me dirá que sí.
Tras mirarlo un par de minutos en silencio, ella suspiró y le respondió:
—De acuerdo. Solo porque tengo curiosidad de conocerla, te ayudaré. Y recuerda que una vez que esté hecho: ¡No habrá vuelta atrás!
Ethan dio un suspiro de alivio.
—Tonta. Pide tu orden y cuéntame cómo escapaste del instituto.
—¿Has notado mi nuevo corte de cabello, hermanito?
Elena se removía nerviosa en el asiento del coche, sus manos estaban sudorosas y frías. Ethan que la conocía bien, sabía que él era la causa. Nunca le habló mucho sobre sí mismo; no porque no quisiera, en realidad, su único deseo era que lo amara a él y no a la posición social de su familia. Cuando se estacionó frente a la casa de sus padres, se bajó y luego abrió la puerta del auto para ayudarla a salir. Al sentir el temblor de sus manos, permitió que respirara un poco de aire fresco antes de tocar la puerta de la casa.
—Tranquila. Todo saldrá bien, ellos van a quererte —tomó su mano—, y depositó un suave beso en su palma.
—Ethan, no estoy segura. ¿Qué haremos si no les gusto?
—Elena, ¿es que no lo entiendes? Eres la mujer perfecta.
—¿Por qué solo no me presentas como tu novia?
—¿No estás segura de querer casarte conmigo? No me digas que eres de las que se casan solo porque les dan un anillo.
—¡Claro que no! Sí estoy segura de querer casarme contigo, soñaba con ello todos los días, solo digo que primero deberían conocerme. Y tal vez, en un par de meses ya no será tan extraño que nos casemos. Bueno… seguirá siendo raro, pero ya sabrán que llevamos tiempo juntos y se darán cuenta de que nos amamos de verdad.
—Primero que nada, señorita… Quien debe conocerte a la perfección, soy yo. Segundo, no les voy a pedir permiso, voy a informarles de que nos vamos a casar. Y, en tercer lugar, ellos te amarán.
Ethan le dio un suave beso en los labios que pronto se profundizó. Distraídos, no escucharon el momento en el que la puerta de la casa se abrió. Una tos los sacó del ensueño y cuando se giraron, se encontraron con la enorme sonrisa de Quella.
—¡Buenas noches! —dijo Quella de manera simpática y ojos brillantes.
—Quella, te presento a mi prometida… Elena. Amor, ella es Quella mi hermana.
—Es un gusto conocerte, Elena —dijo Quella mientras la escaneaba de arriba abajo y jugaba a la mujer intimidante.
Ethan sintió la agresión disimulada de Quella, por lo que se juró matar a su hermana más tarde. No obstante, fue sorprendido por Elena que, educadamente, sonrió y tendió la mano a la joven, como si no hubiera visto su mirada despectiva.
—El gusto es mío —contestó Elena.
— ¡Ethan, has llegado! —Una mujer madura salió detrás de Quella, ella lo abrazó y depositó un beso en su mejilla.
—¡Hola, mamá! ¿Dónde está papá? Quiero que conozcan a Elena —la mujer castaña, al igual que la hija, escaneo a la tal Elena.
—Está en la sala.
Al pasar al lado de su hermana ella le susurró. «Me gusta, es valiente». Ethan sonrió feliz de que Elena se ganara al miembro de la familia más difícil.
Condujo a su prometida hasta donde se encontraba Joseph, su padre, al parecer encendiendo la chimenea. Aunque no se dejó engañar, era obvio que momentos antes estuvo husmeando desde la ventana junto con su madre y su hermana.
—Papá —Ethan llamó su atención colocándose frente a su progenitor que le lanzaba una mirada interrogante—. Papás, quiero presentarles a una persona muy especial para mí —guardó silencio por un momento, evidenciando su nerviosismo—. No. Olviden eso —sonrió nerviosamente—. Lo que deseo decir es: Quiero que conozcan a la mujer con la que voy a compartir el resto de mi vida, a la mujer que amo… Elena Anderson. Mi prometida.
— ¡Oh, por Dios! —exclamó su madre.
Joseph miraba a ambos con una sonrisa forzada.
—Elena, ella es mi madre Emma y él es Joseph Donovan mi padre —Elena contuvo el aire en sus pulmones y solo lo soltó al hablar:
—¡Mucho gusto, señores! —dijo con una sonrisa para luego ofrecer un saludo respetuoso a ambos padres.
—El gusto es nuestro, aunque estoy asombrado, Ethan —dijo el hombre mayor con una sonrisa forzada.
—Lo sé y lo comprendo, debí decirles antes, pero…
—Pero nada. Estoy feliz por ti, hijo —interrumpió Emma. Dándole un cariñoso abrazo, mientras que decía—: si ella es la indicada, te apoyaremos.
—¡Gracias!
Luego Emma abrazó a Elena.
—¡Bienvenida a nuestra familia, querida!
Ethan regresa al presente, se sienta en la cama y se peina el cabello con las manos. Piensa en lo distinta que era en ese entonces, y lo hermosa que le parecía. Se pone de pie y camina hacia el armario y saca su ropa. Suelta una risa amarga sin razón aparente, esa noche, había ido al departamento de Elena —él lo había puesto a su nombre cuando lo adquirió, aunque ella no lo sabía—, con la intención de hacer las maletas y dar fin a su matrimonio, sin embargo, todo salió mal y ahora está regresando al lado de su patética esposa para quedarse unos días más.
Su móvil timbra y ve en la pantalla el nombre de Oliver. Que al enterarse de que está en proceso de divorciarse, no deja de acosarlo para salir en busca de aventuras. Ethan, gime frustrado. Antes no se consideraba atado a Elena, la amaba, ella era una pieza fundamental en su vida. Hoy no puede dejar de sentirse traicionado y considerarla una carga muy pesada, ya que le robó la oportunidad de formar una familia juntos. Le duele, porque nunca volverá a ser dichoso y completo. Maldice su suerte, si hubiera salido con Oliver en esa ocasión, tal vez las cosas serían diferentes o ¿no?...
Después de una larga y cansada jornada de trabajo, solo deseaba llegar a casa al lado de su amada esposa y hacerle el amor. Tocar sus adorables curvas y dejarse mimar por ella. Al cruzar la puerta de su hogar, se le hizo extraño no ser recibido por unos cálidos brazos. Elena, siempre se lanzaba sobre él para devorarse en un apasionado beso. Que, comúnmente, terminaba en un toqueteo sensual. En esa ocasión no hubo su acostumbrado recibimiento. «¿Dónde ha ido?», se preguntó en silencio, mientras que inspeccionaba la cocina. Nada. Se dirigió a la habitación donde la encontró sentada de espaldas.
—Hola, amor. No escuché ruido y pensé que no estabas —dijo, pero cuando ella no giró la cabeza hacia él, supo que algo no andaba bien—. ¿Qué ocurre? —Se acercó y tocó su hombro con suavidad. Elena se puso de pie y se giró frente a él, su rostro estaba marcado por rastros de llanto.
—¿Qué sucede, Elena?
De nuevo le preguntó, aún más preocupado.
—No podremos tener hijos. —Cuando finalmente le respondió, sintió un frío recorrer todo su cuerpo y alojarse en su corazón.
—¿Por qué dices eso? —la pregunta salió de sus labios de repente resecos en automático. En realidad, ya sospechaba la respuesta.
—Los resultados médicos dicen que… —la voz de Elena se quebró, no pudo continuar.
Fue entonces que Ethan confirmó sus sospechas. Y fue como una bofetada a su felicidad.
—¡Cállate! No digas nada. —No la abrazó ni dijo palabras de consuelo. Ethan dio media vuelta y se fue.
Demasiado conmocionado y herido por la noticia manejó furioso durante un rato antes de estacionarse frente a la casa de lenocinio, donde años atrás cuando era soltero, iba para encontrar desahogo. Salió del coche y entró al lugar. Hombres bien vestidos y acompañados de mujeres desnudas se encontraban hablando o tocándose. Una chica morena se acercó al reconocer a su antiguo cliente.
—Ethan, cariño. Están bueno verte, ¿te puedo ayudar en algo?
Sus pechos falsos de silicona se mostraban asfixiados bajo el diminuto sujetador de lentejuelas. La pequeña falda, le daba una buena vista de su trasero.
—¿Aún sigues aquí?
—Estaba esperándote.
Ethan bebió de la copa que la mujer le ofreció, tras relamerse los labios le exigió:
—Bueno, muéstrame cuánto me has extrañado.
A la mañana siguiente, se sintió asqueado por sus acciones. Tenía el deber de permanecer a su lado y proporcionarle apoyo moral. Su obligación era romper la relación antes de traicionar sus valores. Pero, no pudo hacerlo. Los sueños de una familia como la que tuvo en su infancia se desmoronaron. Su deseo de un hijo varón al cual poder enseñarle a jugar pelota, andar en bicicleta, darle consejos de cómo conquistar a una chica cuando tuviera edad y a llevarlo a tomar su primera cerveza, todo eso desapareció.
Y cuando llegó a casa y la vio dormida el amor y su necesidad de Elena fueron más fuertes que sus ganas de abandonarla. Se maldijo por su canallada, pero era verdad que ya no podía prometerle que siempre estarían juntos. Ella no podría pensar que se conformaría con ellos dos. Solo esperaba que el tiempo le diera la fortaleza a su corazón para poder aceptar que su mujer ya no merecía estar a su lado. Confiaba en que pudiera dejar de necesitarla o por lo menos lo suficiente para sobrevivir.
Horas más tarde, cuando se levantó de la cama, tomó su ropa y entró al baño. La ducha de agua tibia le cayó de maravilla, ya que su cuerpo ardía por el exceso de alcohol en su sistema. La cabeza parecía querer matarle de dolor y el maldito recuerdo de la prostituta estaba muy presente. Al salir del baño, su mujer, entró a la habitación con una taza de café y un par de aspirinas.
—Te sentirás mejor con esto —le habló con dulzura. Más lo primero que pasó por la mente de Ethan era que ella sentía culpa y que no sabía cómo remediar las cosas y obtener su perdón. Y lamentablemente su mal era irremediable. Pensaba que tendría que volver a nacer, pero esta vez sin imperfecciones en su vientre, inerte.
—Gracias —respondió más por educación.
—Ethan sé que esto no es fácil, crees que hemos perdido la oportunidad de ser padres, pero tampoco lo es para mí. Quizás… podríamos considerar la adopción…
Al escuchar su voz entrecortada y mirar sus ojos brillosos, se le oprimió el corazón solo por un momento. Después, el remordimiento se sintió latente en él, pero al mencionar la adopción…
—¿Estás loca? ¡Jamás! ¡Escúchame, nunca llamaré hijo a un niño que no lleve mi sangre!
Su dolor de cabeza y la ira casi incontrolable lo hacían querer salir corriendo de la habitación, por eso, pasó a su lado deprisa y sin darse cuenta de que la golpeó en el hombro. Alcanzó a escuchar el impacto de la taza haciéndose añicos, —no le dio importancia—, solo pensaba en su atrevimiento para insinuar que, él, podría cuidar un niño sin saber por quiénes o cómo fue engendrado. Si sus padres o familiares tendrían alguna enfermedad rara e incurable, o si pertenecía a una familia de drogadictos o asesinos.
—¡Ilusa! —Dijo con resentimiento.
Ethan vuelve al presente al escuchar timbrar su celular; toma el aparato y lo apaga, sabe que Oliver no dejará de insistir. Continúa guardando sus cosas para volver con su esposa por solo cinco días. A pesar de tener la sensación de estar cometiendo un grave error.
Detesta reconocer que su hermana tenía razón, aunque ellas se hicieron buenas amigas, Elena, no era la mujer indicada. «¿Cómo pude ser tan ciego?», se reprocha. Y lo peor de todo era que se había convertido en un patán que engañaba a su esposa y todo porque necesitaba ahogar, todo lo que sentía por ella, rencor, odio, amor. Al principio, para probarse que ella no significaba demasiado en su vida, luego, para demostrarse que podía dejarla. Porque no estaba ni está dispuesto a no ser padre, por una mujer que, al final, resultó ser una completa decepción.
MENTIROSAElena da vueltas dentro de la habitación, siente que las cuatro paredes que la rodean, se hacen cada vez más grandes y que de un momento a otro la aplastarán.
—¡Maldita mujer! ¡Déjalo regresar! ¡Él es mío! —grita con desesperación mientras hala su cabello.
De pronto, escucha abrirse y luego cerrarse la puerta de la entrada del departamento. Al fin, Ethan, ha regresado. Corre a la cama para recostarse y fingir que duerme. Apenas logra cubrirse la cabeza con la sábana cuando Ethan entra a la alcoba, haciendo el menor ruido posible.
Lo escucha detenerse al pie de la cama, no oye nada más, ni siquiera el roce de su ropa por lo que piensa que está mirándola, tiene esa sensación, lo siente. Tras unos minutos más lo escucha suspirar y luego sus pasos alejándose de ella, el clic de la puerta le hace saber que se ha marchado.
Elena deja salir el aire contenido y su corazón comienza a latir deprisa al saberlo de vuelta. Al darse cuenta de lo que ha hecho se maldice, no sabe si él quiere cenar con ella y conversar, aunque sea un poco, pero al hacerse la dormida ha desperdiciado la oportunidad. Está segura de que, en esos meses fuera de casa, no se ha alimentado correctamente. Lo ha notado más delgado. A Ethan siempre le gustó su cocina por lo que tal esperaba que ella le ofreciera algo. Así que se levanta de la cama y sale de la habitación para ir con él.
Descalza deambula en penumbra, intenta detectar a su esposo en alguna parte del departamento. Pero todo está oscuro y en silencio. Agudiza su sentido del oído y es cuando lo oye, él está hablando desde la cocina —sonríe porque no se ha equivocado. Ethan extraña su comida; eso oprime su corazón a la vez que la hace sentir un poco de esperanza—, no logra distinguir lo que habla, pero conforme se acerca más, puede identificar las palabras con mayor claridad:
—Lo sé, lo sé y lo lamento, pero no pude rechazar su oferta. Si está de acuerdo el proceso de divorcio es más rápido, ya te lo he explicado…
Elena siente que su corazón —el que late apresuradamente—, se detiene por un momento. Aunque, sabe que está ahí por su chantaje, no puede creer que se encuentre hablando con alguien sobre su relación a esas horas de la noche.
—Ya te lo dije solo serán cinco días, nena…
Elena siente un profundo dolor en su pecho y se pregunta si en verdad un corazón puede romperse, literalmente. Porque a ella le duele, le duele mucho. Inevitablemente ahora sabe que está hablando con ella. Su rival.
—No confundas las cosas nena, solo es lástima. Después de todo, ¿quién va a amarla si es incapaz de procrear?... Ya no quiero hablar de esto, por favor.
Ethan escucha a su amante, mientras que, husmea dentro del refrigerador.
Elena no puede creer lo que ve, Ethan lleva a su boca lo que con amor preparó para él durante la semana con la esperanza de que tener algo si regresaba, quería que se diera cuenta de que ella siempre lo esperaría. No comprende cómo no ve que en el refrigerador solamente se encuentran los platillos que tanto le gustan.
—No, mi amor, ella me dará el divorcio. Elena siempre cumple lo que promete. Ya verás que pronto estaremos juntos. ¿Me amas? ¡Dímelo!
—…
—Bien. Ahora descansa y sueña conmigo, preciosa.
Deja el móvil en la encimera de la cocina; y es cuando Elena aprovecha para salir de las sombras, no sabe por qué se ha puesto al descubierto, pero lo hace. Llevando a su boca un trozo de lasaña, Ethan, levanta la mirada de su plato al escucharla aparecer; se sorprende al verla. Solo le basta con mirar su rostro lleno de dolor para saber que ha escuchado su conversación, pero no hace ningún intento por justificarse o pedir perdón.
«¿Para qué? De todos modos, va a dejarme y correr a los brazos de su amante. ¿Por qué tomarse la molestia en fingir lo que ya no existe?», se cuestiona Elena.
Ella por fin se da media vuelta marchándose con la dignidad arruinada. Le avergüenzan sus malas decisiones, las mentiras que le impiden en ocasiones mirarlo a la cara sabiendo que es una egoísta tan mentirosa como él o más —al menos, Ethan ya no niega su infidelidad— en cambio ella ni siquiera es capaz de reconocer sus errores. Sí, es peor. Ya que, día a día intenta retenerlo por miedo a quedarse sola y ya no tener a nadie a quien amar. Y entonces recuerda, recuerda otra vez…
Todavía recuerda la sala de espera del enorme hospital de fertilización; con su horrible aroma de antiséptico y sus paredes blancas, los doctores y enfermeras yendo y viniendo con rostros fríos e indiferentes:
Sentada frente a una mujer de mediana edad, su semblante es sereno y tierno, la mujer parece atenta a la charla de su esposo. Elena la ve acariciar suavemente su abultado vientre de forma inconsciente. Ha visto ese mismo gesto en varias ocasiones, en distintas mujeres embarazadas y las envidia. A todas ellas. Intenta pensar en un futuro prometedor, pero la verdad es que ya no puede.
Desde el comienzo de su matrimonio, Ethan le habló sobre la numerosa familia que deseaba. Por eso, era tan infeliz al no poder realizar su deseo. Cuando Elena le propuso acudir al hospital, no lo atormentó con lo que ya sospechaba, deliberadamente le ocultó el verdadero motivo para buscar ayuda. Traer a un niño sano al mundo, fue el pretexto perfecto. Ethan no se resistió como lo supuso que haría, de hecho, estuvo feliz porque las cosas se hicieran de la mejor manera, le agradaba la idea de prepararse antes de la concepción por lo que ambos tomaron vitaminas y por supuesto, él dejó de beber. Siempre estaba pendiente de que ella no olvidara las pastillas de ácido fólico y que se alimentara adecuadamente. Pero, ya habían pasado otros seis meses desde entonces sin lograr el objetivo, aunque siguieron al pie de la letra las indicaciones. Al final, comenzaron los estudios médicos más profundos.
La puerta con el nombre de Dra. Catherine White era la que Elena, esperaba que se abriera en cualquier momento.
—Señora Donovan, pase por favor.
—Gracias —respondió a la enfermera con una sonrisa.
—¡Buenas tardes, Elena! ¿No viene su esposo? —preguntó la doctora tras ver a su asistente cerrar la puerta.
—¡Buenas tardes, Dra. Catherine! No. Está en una audiencia. —Elena tomó asiento, tratando de mantenerse serena.
—Bueno… Podríamos cambiar la cita.
—¡Oh! No… No hay problema puede darme a mí el resultado de los análisis. — Se mordió el labio inferior y mantuvo sus manos muy quietas en su regazo—. ¿Salió algo mal en mí?
—Tus resultados salieron muy bien. No hay nada que te impida concebir.
La mujer miró a Elena a los ojos. La respuesta a la pregunta estaba escrita en letras grandes en ese rostro lleno de sabiduría.
Ethan tenía un problema.
Elena observa el cielo nocturno desde la ventana de su habitación mientras seca, con el dorso de la mano, las lágrimas que recorren su mejilla. Se siente cansada y comienza a pensar que, Ethan, quizá tenga razón y lo mejor sea que tomen caminos diferentes. Por mucho que le duela reconocer, ya nada volverá a lo que una vez fue. Su esposo jamás la amó, al menos no como ella, que ha salvaguardado su corazón durante todo este tiempo. Soportando sus infidelidades en silencio, porque no era idiota y aprendió muy rápido que él era incapaz de mirarla a la cara cuando una noche antes había estado con otra mujer, simplemente es que no quería reconocerlo. Al mismo tiempo, considera preferible callar que perder, nunca esas mujeres se sintieron tan reales, hasta el momento en que lo escuchó hablar con su amante. Los constantes desafíos para romperla, los malos tratos físicos por su torpeza, las humillantes palabras y apodos, él era así, no se cansaba en condenarla por lo que no podía darle.
Y después de todo ese sacrificio y abnegación, ¿le ha servido de algo? No, salvo para engrandecer su ego. Ahora, si le confesaba que se equivocó, ¿Ethan querría marcharse? No, porque estúpidamente él cree que nadie te amará si eres estéril. ¿De pronto la amaría de nuevo? Sí, definitivamente volvería a colocarla en el centro de su universo, donde se encuentran todas las cosas que le importan. ¿Por qué no le dijo la verdad en ese entonces? Elena recuerda el maldito día en que un simple malentendido causó un tsunami que arrasó con su relación dejándola en ruinas.
Cuando salió del hospital regresó a casa destrozada y preocupada por él. ¿Cómo tenía que explicarle sin destruir su autoestima? Ethan parecía alguien fuerte de carácter, pero detrás de esa fachada de hombre poderoso, no estaba más que un niño mimado con una vida fácil y cómoda bajo el resguardo de sus maravillosos padres, sin sufrimiento a su alrededor, no obstante, ella sabía mejor de esos pesares. Por eso, miraba una y otra vez los análisis médicos, su esposo, era estéril y todavía no podía creerlo, y se preguntaba de nuevo cómo decirle. No se encontraba preparada para ese escenario, y ¡vaya que pensó en muchos! Obviamente, no en ese. De verdad creyó que el problema era suyo, de todos modos ¿cuánta probabilidad había de que fuera él? El asunto era más común de lo que supuso. ¡Qué ignorante fue! Lo peor es que al enterarse de la realidad, no se sintió preferible. Nunca hubiera querido que pasara por eso. De ahí que, Elena, imaginó qué si el caso fuese al revés, Ethan no la abandonaría. Se sentía segura de que gozaría de todo el apoyo incondicional que hubiese necesitado.
—¡Maldición! ¡Oh, Ethan! —dijo en voz alta mientras que el pecho le dolía demasiado fuerte, muy cerca del corazón.
¿Quién desearía el sufrimiento del ser amado? A pesar de que también anhelaba ser madre, Ethan, era mucho más considerable que cualquiera. Por lo tanto, segura de sus sentimientos, decidió nunca abandonarlo ni reprocharle algo que estaba fuera de sus manos remediar. Además, siempre podrían realizar una inseminación in vitro, aunque las posibilidades eran bajas, nada perdían con intentarlo, no rendirse. Por otro lado, si eso fallaba otra opción era ir por la adopción y solicitar ayuda a su suegra, —que era benefactora de varios orfanatos en la ciudad—, con su apoyo y guía les resultaría fácil el proceso. Y pese a la tristeza Elena tenía fe en que todo saldría bien.
Al final, Ethan, malinterpretó todo y aunque quiso sacarlo de su error, después de ser silenciada cruelmente, creyó que tal vez sería mejor de esta manera; al menos, para él. Tomó el sobre de los análisis y los guardó dentro de su diario. Jamás se le ocurrió que, al no decirle la verdad, terminaría destruyendo su matrimonio y, peor aún, descubriría que su grandísimo amor, era unilateral.
De vuelta al presente, Elena desea dormir profundamente y no soñar, así que se dirige al cajón del tocador y saca un frasco de pastillas, últimamente ha necesitado una dosis más alta para conciliar el sueño. Sin embargo, solo toma una píldora. No quiere quedarse dormida por la mañana.
ROTOS«Y el silencio fue nuestro peor enemigo».
En la cocina después de que Elena lo dejara solo, Ethan, hizo un gran esfuerzo por no ir detrás de sus pasos y explicarle la llamada que escuchó. «¿De qué le serviría?», pensó. Ya sabía que había una nueva mujer en su vida y más que consciente de las razones por las que estaba allí prestándose a esa ridícula farsa. Fue ella quien propuso semejante plan, lo único que él busca es terminar su matrimonio en cinco días, sin drama, ni objeciones. Entonces, ¿por qué debería ir tras su esposa e intentar negarlo todo? Sin embargo, no puede dejar de sentir aquella terrible sensación de culpa por sus infidelidades. Las que comenzaron cuando supo que no podrían ser padres.
Luego de dos meses de la gran noticia, ya parecían dos desconocidos viviendo juntos, él aparecía cada vez más tarde declarando una fuerte carga de trabajo. Los fines de semana salía al bar con sus amigos a jugar billar o a charlar. Tiempo después las salidas por las tardes se convirtieron en nocturnas. Llegaba al amanecer o simplemente al siguiente día. Mentía excusándose con que ya sea Oliver o Jonathan no le permitían manejar ebrio, por lo que terminaba pasando la noche en casa de alguno de ellos; Elena confiaba en él tan ciegamente que en ocasiones le dolía. En cuanto a la esterilidad de Elena, optaron por no volver a mencionar el tema, ya que era demasiado doloroso y la conversación siempre concluía con reproches y palabras hirientes.
Al poco tiempo, Ethan, colocó un muro entre los dos y con pena, más no la suficiente para cambiar de opinión, veía a su mujer tratar una y otra vez derribarlo sin éxito; desde ofrecerle una calurosa bienvenida al llegar a casa después del trabajo, hasta pretender seducirlo con lencería que nunca antes había usado. Más tarde, el entusiasmo se limitó a un «¡Hola!», para luego refugiarse en algún rincón del departamento enseguida de servirle la cena. Ya no hablaban como solían hacerlo. Ethan se negaba a perdonarla. No fue hasta que casi lo descubre cuando intentó hacer a un lado su deseo de un niño.
Ethan se levantó a medio día —sin ánimo de compartir la tarde con su mujer—, salió lo antes posible de su hogar con el pretexto de ir a correr. Tan desesperado por huir, olvidó sacar del bolsillo de su pantalón, los preservativos que no ocupó la noche anterior.
Al regresar encontró a Elena como una hormiga trabajadora limpiando con esmero el departamento y tan mecánicamente que lo enfermó. Al principio, cuando comenzaron a vivir juntos le pareció bien su esfuerzo por la limpieza, posteriormente notó su obsesión por el orden. Realmente, no le importaba entretanto no se metiera en su estudio donde pasaba horas trabajando en casos especiales que requirieran su atención inmediata, e intentara ordenarlo y desordenarlo a la vez, pero Elena tenía otra buena cualidad y era que respetaba la privacidad de Ethan. Tan es así que ocupó una de las habitaciones para su espacio personal, mientras que él trabajaba en casa y había un acuerdo silencioso que mantenían con respecto a no cruzar sus líneas. Para Ethan fue agradable no tenerla fisgoneando en sus cosas tal cual mujer celosa y posesiva. Aunque, al mismo tiempo era incapaz de aceptar la ciega confianza de Elena. Por eso, se propuso atraparla dentro de su habitación o mínimo husmeando en los cajones de su escritorio. Sin embargo, al parecer Elena era tan ciega que jamás entró o tocó nada, quizá se tomaba su tiempo para dejar todo en su lugar, como si no hubiese estado ahí, o simplemente nunca entró sin su permiso. Por curioso que pareciera, eso le impedía entrar en su santuario —nombrado de esa manera por Elena—, y enterarse de una vez por todas qué demonios podría esconder su esposa.
Por lo que cuando vio sus preservativos sobre la mesa de la sala, se dio cuenta de que a lo mejor le había dado demasiado crédito y Elena era como todas las mujeres que buscaban encontrar las fallas de sus esposos para hacerlos sentir una mierda. Así que se negó a que esa mujer que se creía perfecta lo hiciera sentirse culpable por acostarse con prostitutas mal pagadas, cuando ella era una estúpida mujer defectuosa que no podía engendrar un niño.
Sin decir nada, pasó de Elena en dirección a la habitación, sacó un conjunto de prendas limpias y comenzó a desnudarse sin pudor frente a su esposa, que lo siguió en el momento que se percató de su llegada. Primero se quitó la sudadera y la dejó caer al piso, en su vida había sido tan desordenado, pero realmente odiaba la obsesión de Elena por mantener todo como revista de diseño de interiores. Luego, le dio la espalda para deshacerse del resto de la ropa mientras caminaba rumbo al cuarto de baño.
—Acabo de ordenar. ¿Podrías poner eso en su lugar? —preguntó entre dientes Elena.
—¿Por qué? Pensé que te gustaba ordenar y limpiar. Ya que ya no estudias, ni trabajas, ni tienes un niño que cuidar… —respondió con tono sarcástico y con una mueca en la cara.
—¡No seas grosero, Ethan! No trabajo porque…
—¿Por qué? ¿Eh? —Se dio media vuelta para mirarla a la cara. No le sorprendió que se estremeciera, ella parecía un ratón asustado frente a un felino. Y el felino, quería tragarla entera.
—Hicimos un trato. Tú querías un bebé, por eso, rechacé la propuesta de…
—¡Pero no los puedes tener, Elena! —Manoteó en el rostro de su esposa, encolerizado. Elena parpadeó dando un paso atrás.
—Podríamos, si tú quisieras… —dijo suplicante con la voz tan baja que le costó a Ethan comprender sus palabras.
Ethan cerró los ojos cuando sintió las manos de Elena sujetar sus antebrazos, el tono de súplica lo enfermó. No lo toleraba. Así que, se soltó de su agarre y dio un paso atrás.
—¿Cómo, Elena?
—¡Inseminación! Ethan, por favor. ¡Escúchame! —rogó de nuevo con los ojos llorosos.
—¿Y qué mi hijo sea un estúpido ratón de laboratorio? ¿Quieres que tire mi dinero en esa estupidez? ¿Después de cuántas veces crees tú que podrás engendrar un niño en tu vientre inerte?
—Entonces, ¿por qué no adoptamos?
—¡Vete a la mierda!
—¿Vete a la mierda? ¿Vete a la mierda, Elena? ¡Sí, claro! ¿Es de verdad eso, Ethan? Porque yo creo que estás engañándome y por eso me rechazas—dijo entre lágrimas.
Entonces sacó del bolsillo de su sudadera los preservativos, estiró su mano hacia él y abrió su puño tembloroso dejándolos al descubierto. Él los miró por un momento, luego, observó con detenimiento sus ojos verdes. Ladeó un poco la cabeza y como si nada pasara le preguntó:
— ¿Por eso lloras? —Le responde con cinismo y más tranquilo de lo que le gustaría escuchar a Elena. Mientras señala los preservativos, como si no fueran más que caramelos.
—¿Y lo dices tan tranquilo? ¡Eres un imbécil!
— ¡Escucha! Mide tus palabras, Elena. Además, ¿has estado revisando mis cosas? ¿Qué no se supone que hay confianza?
—No revisé nada, se cayeron de tu pantalón mientras lo levantaba del piso. Dime, ¿me eres infiel?
—¡Ay, Elena! ¿Qué sarta de tonterías me estás diciendo? Por qué iba a engañarte y complicarme la vida cuando puedo dejarte y salir con quien yo quiera sin temor a una esposa celosa y patética.
Pero más había tardado en responder, antes de que ella lo abofeteara tan fuerte que le hizo girar el rostro a un lado. Su mejilla estaba roja en el lugar en donde lo golpeó. Ethan sintió la ira arder en su cuerpo y sin pensarlo tampoco, le regresó el golpe provocando su caída al piso.
—¡No vuelvas a tocarme, Elena! —gritó—. ¡Qué no estamos en igualdad de condiciones! Deberías darme las gracias por no dejarte cuando no eres más que una tonta mujer inservible una… ¡Maldita flor marchita!
Ethan se colocó de nuevo la playera que había estado en su mano izquierda todo el tiempo y salió de la habitación pisoteando su sudadera en el piso de camino a la salida, mientras que ella permaneció sentada en el piso, Ethan, no miró atrás, solo escuchó los leves sollozos de la mujer.
Cuando Ethan estuvo fuera del edificio no podía creer lo que había ocurrido. Caminó furioso hasta el parque dónde solía correr. Se sentó en una banca y haló sus cabellos, todavía molesto con ella, pero más con él.
«¿Qué hice? La golpeé con tanta furia que seguramente le dejaré marca. La insulté y, sin embargo, ella tiene razón y todo el derecho del mundo a reclamarme. ¡Mierda!», exclamó. En ese momento, se dio cuenta de cuán lejos estaba llegando a causa del dolor que sentía y que, además, era incapaz de confesarle que sí había tenido sexo con otras mujeres.
Miró el cielo e intentó serenarse, no fue hasta una hora después que, cansado de mirar a los pájaros atravesar los cielos y aterrizar en los árboles para luego salir volando de nuevo, más relajado, se levantó y comenzó el camino de regreso a casa. Tardíamente pensó que debía disculparse por lo que se dirigió a una florería y le compró un ramo de rosas rojas.
Ethan entró al departamento haciendo un poco de ruido para hacerse notar, apreció con gusto el calor reconfortante de estar bajo techo después de sentirse adormecido por el aire frío del exterior; olía a flores silvestres tras la ardua limpieza de su esposa. Le agradaba el aroma. Le gustaban muchas cosas de ella que no creía encontrar en alguien más. Pero, sobre todo el que Elena lo amara a pesar del daño que le causaban sus palabras, la convertía en algo muy valioso, porque lo amaba. Aunque, no estaba muy seguro de poder atesorarla. Al atravesar la estancia la escuchó hablar en la cocina. Se acercó y la vio sujetar el teléfono entre su cabeza y su hombro, mientras sacaba del congelador cubos de hielo.
—Claro, sí me interesa, ¿a qué hora?... De acuerdo… A nombre de Elena Anderson. Gracias. Sí… enseguida le doy los datos.
Ethan levantó una ceja al escuchar su nombre de soltera. Nunca la había escuchado tan molesta y a la vez tan pasiva. La vio rebuscar en su bolsa un momento y luego, sacó la tarjeta de crédito y dio los datos para realizar un cargo. Al principio no comprendía lo que compraba, hasta que mencionó la hora y el andén.
—Gracias, señorita. ¡Qué tenga buen día!
Elena no se sorprendió al encontrarlo de pie debajo del marco de la puerta cuando se giró. Pasó cabizbaja y con el hielo envuelto en una toalla sosteniéndolo sobre la parte magullada del rostro. La siguió. En el instante que entraron a la habitación, Ethan, se dio cuenta de que no estaba listo para dejarla o en su defecto, que lo abandonara. Incluso, no podía arrancar el sentimiento que lo obligaba a necesitarla en su vida, muy quieta a su lado. Todavía anhelaba sus brazos, sus labios, su cuerpo, aunque se negara a devolverle el afecto y despreciara todo lo que ella hacía para obtener su perdón.
—¿Qué haces? —preguntó al mismo tiempo que apretaba el ramo de flores, sintiéndose impotente y un imbécil.
—Me voy. Discúlpame por el golpe, realmente no fue mi intención causarte daño.
Escucharla lo hizo sentirse despreciable y vil, ella no era culpable de nada y ¡todavía se disculpaba!
—No, Elena. Lo merecía, tú me hiciste saber que no podía seguir haciéndote daño. Te falté el respeto. No estoy orgulloso por lo que hice. En realidad… ¡Soy despreciable!
—No, Ethan. Una cosa son las palabras y otra son los golpes. Cruce una línea que pudo llevar a un desenlace todavía peor.
—Perdóname tú a mí, Elena. Yo también perdí el control. No debí seguirte el juego. Ambos nos equivocamos, ¿no lo crees?
Elena no respondió. Se mantuvo tan serena y racional que Ethan ya comenzaba a desesperarse. Era tan perfecta y amable, que el que no saltara como una fiera gritando por lo que le hizo, lo enloquecía. Ella era lo que siempre había querido de una mujer. Dócil, sensata y manejable. Tan meticulosa, guardaba su ropa en una maleta con una tranquilidad que él estaba lejos de sentir. Quería arrancarle la ropa de las manos y lanzarla con todo y la maleta al piso. Sujetarla por ambos brazos y sacudirla hasta que perdiera la cordura y lo arañara o le hablara de lo que sentía.
—Mira, te traje rosas. Son tus favoritas. —Ella no lo miró—. ¡Dios mío! Elena, no te vayas; por favor, te lo ruego.
Cuando por fin le dio la cara, Ethan, se horrorizó al advertir los indicios de un grave moretón en la suave mejilla. Él, que protegía a mujeres de cretinos golpeadores, se había convertido en uno de ellos. Sintió su dolor, al verla llorando, cada lágrima derramada era la suya también. Lanzó las rosas a la cama y la abrazó. Besó tiernamente cada centímetro de su rostro magullado. La sostuvo un momento entre sus brazos intentando transmitir lo arrepentido que se sentía, enterró el rostro en el cuello de Elena y aspiró su aroma. De inmediato se embriagó, Elena, ¡olía tan bien!
—¡Perdóname! No volverá a ocurrir. ¡Te lo juro! —susurró en su oído y luego lo mordisqueó suavemente.
—¿Me engañas? —Su pregunta llena de dolor y esperanza de no escuchar la verdad, de que le mintiera, le dio la salida fácil para negarlo. Nuevamente, enterró su rostro en su cuello incapaz de mirar sus ojos.
—No preciosa, ¿cómo crees? Son de Oliver. Quería que me fuera con una mujer que se acercó a la mesa, pero no lo hice, porque te amo. Perdóname no volveré a salir con ellos, te lo prometo. ¿Sí? Por favor, quédate y nos daremos una oportunidad, y todo saldrá bien. Volveremos a ser los de antes.
Levantó su rostro y la besó con pasión sin permitirle responder. Desquitó el tiempo que se privó de ellos tan caprichosamente y tan solo por rencor. Un segundo después, abandonó su boca que consideró en ese instante su refugio predilecto. Tomó el ramo de rosas y se lo ofreció, rogándole con los ojos que lo aceptará. Elena lo recibió gustosa y con una bonita sonrisa aspiró su aroma. No, él no quería ternura en ese instante, necesitaba borrar las caricias de las mujeres que había estado frecuentando y que, penosamente, nunca lo llenaron.
No lo complementaron como lo hacía su mujer. Así que tiró al piso las maletas y la ropa que yacía en la cama, mientras que ella sostenía el ramo de rosas detrás de él, observando su urgencia se mordió los labios, expectante a lo que vendría. Ethan conoce a la perfección a su esposa, por eso, sabe que siente lo mismo. Lo desea, porque bien podría ser gentil, tímida en cuanto a sus sentimientos y demostraciones de afecto, pero la verdad era que es apasionada y muy receptiva a sus caricias. No fingía sus gemidos de placer, ni los «te amo», tampoco la maravillosa conexión que tenían cuando se miraban a los ojos en pleno éxtasis. No como las prostitutas que gemían y gritaban creyendo que eso lo excitaría más. Elena no aparentaba, ni exageraba; y era lo que más apreciaba de su esposa. Su honestidad.
Le quitó las flores de nuevo y las regresó a la cama para después comenzar a deshojarlas y a esparcirlas por todas partes. Vio a Elena ir al baño mientras él trabajaba a toda prisa. No deseaba tomarla así sin más, ese reencuentro debía ser especial, porque realmente quería intentarlo y sabía qué, si se montaba en su esposa como una bestia hambrienta de deseo, simplemente todo acabaría demasiado rápido y ambos se sentirían terribles. En el momento en que volvió ya estaba terminando, nuevamente la tomó entre sus brazos y la besó con ternura. Depositó varios besos en sus mejillas y recorrió el camino con sus labios hasta su cuello y una vez que se perdió en la deliciosa sensación de cosquilleo, le sacó la camiseta y luego el pantalón; dejándola solo con la ropa interior de color blanco. Todavía arrodillado tras haberle quitado las zapatillas deportivas y los calcetines, la observó con detenimiento. Elena tenía un cuerpo delicioso a sus ojos, lleno de curvas que con gusto recorría con las manos y que de vez en cuando se dedicaba a amasar.
Su vientre era plano, pero en esos momentos le hubiera gustado verlo redondo con un niño formándose dentro. Una lágrima resbaló por su mejilla, mientras lo besaba. Escuchó el jadeo de Elena y luego sintió sus lágrimas mojar su cabello. Una vez de pie, ella lo recompensó con caricias suaves y besos tiernos en su cuerpo, al mismo tiempo que lo desnudaba. Concluida la tarea de Elena, la tomó en brazos y la depositó sobre la cama. Las rosas a su alrededor enmarcaron el cuadro de la hermosa mujer, que era suya para disfrutar y para amar. Por su mente pasó la idea de perdonarla y amarla a pesar de la semilla de rencor que yace en su corazón por haberle negado la felicidad total.
Al cabo de un tiempo, a pesar de luchar por recuperar lo perdido, de intentar que el amor por ella no muriera, se convirtió en una carga demasiado pesada para llevar. Ambos ponían de su parte y habría funcionado de no ser porque él no pudo olvidar. Pero estaban tan rotos que no había nada que pudiera repararlos.
En el trabajo todo era presión, necesitaba un escape y pronto llegó a él, bajo los brazos de sus empleadas, fue una lástima que no entendieran que solo era el momento. Siempre queriendo más por lo que las despedía en cuanto comenzaban a enamorarse. Hasta que conoció a la mujer perfectamente prohibida.
Ethan abre los ojos, el apetito se le había ido. Antes de beber un trago de vino se quita de la mente los últimos recuerdos de aquellos tiempos. Apaga las luces y se dirige directo a la recámara que en algún momento lejano compartió con su esposa.
EL DE ANTESHa trascurrido una hora cuando él entra a la habitación. Ella está en el lugar que siempre ocupa en la cama, dándole la espalda.
Elena no quiere incomodarlo y tampoco creyó que dormiría en la misma habitación que ella. ¡Es la primera vez en meses! Prefiere fingirse dormida, pero lo siente, su peso en la cama. En el instante que Ethan se acuesta, el calor que de su cuerpo emana, le brinda la sensación de bienestar y nostalgia por su compañía; sus movimientos para acomodarse sin despertarla, son torpes. Puede imaginarse su incomodidad al recostarse en un estrecho lugar, así que se hace un poco más a la orilla. Supone que «ella» es delgada y hermosa; lo imagina abrazándola por detrás, o tal vez ella se recuesta en su pecho para dormir…
El despertador suena y Elena apenas y ha dormido un par de horas, había estado martirizándose con escenas de Ethan y su amante hasta que el sueño la venció. Se dio la vuelta solo para encontrarlo viendo el techo sin moverse. ¿Cuánto tiempo llevaba despierto?
—¡Buenos días! —le dice con voz suave. Ethan cierra los ojos y suspira. Elena al notar que no obtendrá respuesta de su parte se decide por salir de la cama y no presionarlo más.
Ella lleva puesto un pants viejo y una sudadera, las noches en ese lugar son muy frías y, además, cubre a la perfección su horrible figura. Pero, con todo y eso, siente que no es suficiente por lo que se apresura a salir de su vista lo más rápido que puede.
Cuando él llega al comedor, Elena, ya lo espera con un sustancioso desayuno. Ethan toma asiento frente a su esposa y aspira el aroma del omelet recién hecho, mientras cierra los ojos y casi lo saborea. Su sonrisa de satisfacción le indica que le ha gustado la sorpresa. Satisfecha desvía la mirada a su vaso con dibujos de enormes vacas, tal como su figura, su madre se lo había dado cuando era niña para que no olvidara lo que ocurriría si ella comía lo que no debía comer. Imagina su rostro en el cuerpo de una de ellas. Y recuerda que, hubo un tiempo, cuando era feliz con Ethan que olvidó todo lo que su madre le había enseñado. Ahora, estaba pagando las consecuencias.
—¿Vas a comer algo o solo beberás leche?
Lo mira extrañada por la amabilidad, porque, aunque prometió que lo intentaría —a volver a ser el de antes—, nunca creyó que de verdad lo haría.
—No. Quella me ha pedido que la acompañe a un almuerzo.
—Mmm.
Él continúa con su desayuno mientras lee el periódico del día y Elena tiene un brillo en los ojos de felicidad oculta, se siente… Menos ignorada.
Más tarde, se despide de él con una media sonrisa y un ademán con la mano, a cambio, recibe un asentimiento de su parte. Finalmente, se cierra la puerta y Elena mira a su alrededor. No hay nada más que una decoración fría. Es la soledad la única compañera que permanece a su lado cada día. Reconoce qué si él se va, ella, la consumirá. Suspira con melancolía para luego dirigirse al cuarto de baño para expulsar el líquido que ha bebido. Al terminar, se sienta en el piso, está exhausta. Recarga su cabeza en la pared; el frío de las baldosas le sienta… ¡Tan bien! Y cierra los ojos un momento, se dice que solo será un momento… ya que, todo se ha vuelto oscuridad.
PRESIÓNEthan sale de su hogar con sentimientos encontrados, por un lado, estaba el remordimiento, por otro, el rencor y por qué no mencionar lo que significa para él su mujer; ¿costumbre, incertidumbre o nada? Se siente extraño al haber dormido con ella después de meses y aunque solo compartieron un espacio en la cama no deja de sentirse raro. No es como con su amante, donde puede ser de nuevo el mismo de antes; pero el sentimiento de culpa le dicta que debe complacer a su esposa por última vez. Sabe, que le será muy difícil encontrar un hombre que pretenda permanecer en su vida por amor. ¿Quién iba a amarla si es estéril?
Ethan suspira frustrado ante aquel recuerdo amargo cuando su móvil timbra, por el tono sabe que es su amante. Sin deseos de discutir tan temprano, continúa el camino hacia la oficina. Podría decirse que amaba su vida hasta que tenía que hablar de lo personal. Profesionalmente estaba realizado.
Llega al edificio del cual podía decir con orgullo que era el propietario. Los guardias lo saludan y él asiente en respuesta. Ya no era como antaño que, cuando llegaba, apenas y lo miraban. Parte fue por sus logros, otra por su matrimonio con Elena y tal vez la más importante, por su padre quien le ayudó a conseguir el dinero que necesitaba para comprar su puesto —invirtiendo en los diversos negocios a los que los socios pertenecían—. Esa inversión, le dio la luz verde para que, con el tiempo, se convirtiera en el socio mayoritario.
Cuando llega al piso de su oficina ve a Caroline hablando con la secretaria de Jonathan, pasa de largo ignorando ambos saludos, no desea lidiar con ninguna de ellas ni escucharlas. Pero, el alivio le dura muy poco, ya que no tarda mucho en que, Caroline, entre detrás de él.
—Ethan —Caroline lo llama, cerrando la puerta detrás para evitar interrupciones. Las puertas de vidrio dejan a ambos dentro solo con la vista de lo que ocurre allí, más nadie podía escucharlos desde afuera.
—Comunícate con Oliver y Charles diles que los quiero ahora en mi oficina con el informe del caso de Steve Carrasco.
—Sí —respondió la mujer haciendo como que anotaba indicaciones en una libreta.
—¡Caroline, no tengo todo el día! —dijo Ethan desesperado al verla de pie frente a su escritorio fingiendo. Él ya se había quitado el saco y, sentado detrás del escritorio.
—Yo tampoco tengo toda la vida. ¡Dijiste que ya no volverías con ella! —dijo la mujer que hasta ese momento hizo lo imposible por contenerse de gritarle en el rostro. Él lo sabía, podía verlo en sus ojos azules, el rencor y la humillación. Mas su tono, aunque firme no era alto y sus labios dejaban entre ver una sonrisa que, para la espectadora que observaba el intercambio minuciosamente al otro lado de las paredes de vidrio, fuera algo normal. Había rumores, Ethan, ya lo sabía; y ella quería averiguar.
—¡No comiences, Caroline! Con los reproches de Elena tengo para toda una vida como para soportar los tuyos también. Ya te he explicado que solo serán cinco malditos días.
—¿Cuándo le diremos que estamos juntos?
—Cuando estemos divorciados podrás decirle a tu amiga que tú eras mi amante —respondió con sarcasmo. Mientras que, acomodaba un expediente en su escritorio y comenzaba a mirar la pantalla de su laptop, claramente ignorándola.
—¿De verdad vas a dejarla? No estarás engañándome, ¿verdad?
—¿Tú qué crees? —respondió sin mirarla.
—No lo sé, eres tan inestable.
Ethan sonrió. Era evidente la molestia de su amante y de verdad le importaba poco su ansiedad.
—Puedo ser lo que quieras, pero no inestable.
—Dime que me amas y que cumplirás tu palabra.
—Yo… —su móvil vibra debajo de las telas de su pantalón, lo que le causa cierto alivio—. Me llaman, lo siento, será en otro momento.
—No respondas, dime: ¿me amas? —ordenó.
—Es mi hermana, Caroline—. Ethan vio su rostro enrojecido lleno de ira y el fuego en sus ojos azules lo excitó.
—¡No me interesa!
—¡Pues a mí, sí! Y si no quieres que te despida, harás tu trabajo. —Torció la boca y se dijo que era una lástima que no pudiera follarla sobre su escritorio en ese momento, y se prometió que lo haría más tarde.
—¡Eres un…!
—¡Silencio! —ordenó. Luego deslizó el dedo en el aparato y respondió ignorando a la mujer—. ¡Hola, hermanita! ¿Cómo estás?
CAROLINE, CAROLINE«Y cuando la princesa conoce la traición, se convierte en una bruja y ya nada puede hacer para volver hacer la misma de antes».
Al verse ignorada, Caroline, sale de la habitación para encontrarse con que, Brisel, ya no está. Toma su bolso y le hace señas a su jefe. Cuando él levanta la mirada, ella sacude un cheque frente a ella para que lo note. «Voy al banco», recita en silencio marcando el movimiento de sus labios para que él pueda leerlos. Al recibir su asentimiento, da media vuelta y se marcha de la oficina. Y una vez fuera del edificio, camina más deprisa, con un nudo en la garganta quemándola por dentro y solo cuando está a dos cuadras de distancia, se derrumba su fachada de chica fuerte. Maldice a Elena por brindarle caridad, por mostrarle todo lo que podría tener y que, cada vez que cree que puede alcanzar esa felicidad absoluta, se la arrebata.
Dejó a Jessie en el hotel para ver a Elena. No conocía la ciudad por lo que tomó un taxi y al conductor le dio la dirección que Elena le dio. Tardaron veinte minutos en llegar a la avenida Lincoln, y otros cinco minutos en encontrar el restaurante. Al verlo supo que no podría pagar su parte, nunca creyó que sería para gente con una solvencia económica muy superior a la suya. Torció los labios, revisó y contó el dinero que llevaba en la vieja cartera ya roída de las puntas; era posible que con lo que gastaría en la cuenta de esa cita, fuera lo de una noche de hotel. Segura de que llevaba lo suficiente para una bebida, guardó la cartera de nuevo. No estaba dispuesta a gastar más de lo que podría pagar y que su amiga le diera caridad.
Entró al establecimiento con su ropa desaliñada, un par de zapatillas deportivas, jeans desgastados y una camiseta de su banda favorita, The Rolling Stones, con un agujero en la parte baja del lado de la cadera derecha. Lo bueno que la chaqueta de piel negra que llevaba, bien puesta, ocultaba su mal estado, y lo malo era el desgaste que se notaba en las mangas. La había comprado hace tres años en una venta de garaje y bueno… era su favorita, por lo tanto, estaba sobre usada.
Caroline se adentró al lugar. Sin duda, era muy hermoso con ese aire tradicional francés, vigas de madera en el techo, y las paredes blancas. Solo Elena escogería algo tan… fino y elegante. Pero entonces recordó a Anne. La madre de Elena le había dado una lección que no olvidaría nunca. Se recordó a ella y a Elena años atrás.
Había estado con Elena jugando en las orillas del bosque. Siendo un lugar lluvioso la mayor parte del año, era natural salir a jugar un rato bajo la llovizna con sus impermeables y botas plásticas exclusivas para esos días. Mala idea para una niña cuya madre era más estricta y obsesionada con el orden y la limpieza que un general. Elena había resbalado, y Caroline en su afán por ayudarla a levantarse había terminado en el piso con ella.
Más tarde, llegaron a la casa de Elena empapadas y sucias. Anne no había gritado como ambas niñas lo supusieron, pero si las había enviado a la bañera de inmediato, aunque Caroline se resistió en un principio, la señora Anne, la cual era muy hermosa y le causaba una gran curiosidad, no la dejó salirse con la suya y no le quedo de otra que obedecer. Caroline mentiría si dijera que no estaba un poco emocionada por saber cómo sería la interacción con una madre que no estaba siempre bajo el influjo del alcohol. Ya no recordaba mucho a la suya, de cuando estaba con su padre y era feliz. Además, dentro de la frialdad de la mujer siempre había algo cálido para Elena cuando ella no miraba. Algo así como añoranza. Su curiosidad había podido más que su vergüenza.
Ambas jugaron un rato en la bañera, mientras que la madre de Elena le daba de comer a Jessie. A ella le gustaba cuidarla en esos momentos en lo que jugaba con Elena y se divertían. La señora Anne, siempre le decía que podían lastimarla, además, ella nunca tenía nada que hacer en ese momento. Claro que, Caroline, sospechaba que Anne veía a su hermana como una de sus muñecas, porque en cuanto entraban por la puerta trasera de su casa, ella tomaba a Jessie, la llevaba hasta su habitación de colecciones y sacaba de un baúl varios vestidos. Decía que eran de Elena de cuando era pequeña, y cada uno tenía su propia historia. Espeluznante, en la opinión de Caroline. Pero lo más curioso era que muchos fueron atuendos idénticos a las de las muñecas de su colección especial. Extraño o no, una parte de ella estaba agradecida porque por lo menos Jessie, podía gozar de techo, cariño y comida durante el día. Así que un día simplemente dejó de mirar con desconfianza a la mujer.
Cuando les ordenó que salieran de la bañera no tenía nada que ponerse, la señora, se había llevado su ropa a lavar. Así que Caroline se sentó en la cama, observando con mucha atención, como Elena era mimada por su madre, quien la ayudó a secarse, la vistió y luego cepilló su cabello. Elena parecía una princesa, e incluso, al final portaba una diadema de piedras brillantes.
—Perfecta
Escuchó decir, Anne, mientras Elena sonreía y se levantaba del taburete. Caroline la vio dar vueltas en su habitación, su hermoso vestido se levantaba maravillosamente, no pudo evitar reírse de ella, porque parecía que tenía un paraguas debajo de la falda. Anne había llamado a la extraña falda con aros de alambre, crinolina.
—¡Caroline!
Caroline miró a Anne avergonzada, cuando creyó que le llamaría la atención por burlarse de su hija. Más lo que encontró fue a la mujer con un vestido lavanda para ella. De inmediato negó y bajó la mirada.
—¡Oh! Claro que sí. Ninguna mujer debe andar en bata en casa, mucho menos si es ajena y hay un hombre viviendo en ella. Mi esposo no tardará en llegar y tú e Elena bajarán a comer antes de que regreses con tu madre.
Caroline, miró a Jessie dormir profundamente, en el centro de la cama de Elena. No podía negar que su pequeña hermana estaba más llenita de cuando comenzaron a visitar a Elena. Estaba avergonzada, porque debería ser su madre quien alimentará a su hermana, quien se ocupará de bañarla y darle amor.
—¡Vamos, Caroline! Ponte el vestido, ya tengo hambre —dijo Elena. Que ahora peinaba a una de sus muñecas.
—De acuerdo, pero yo me lo pongo —aceptó, tímidamente.
Cuando se sentó en el taburete, miró a los ojos a la señora a través del espejo. Ella le sonrió y se agachó para susurrarle en el oído:
—Elena necesita vestidos, peinados y una brillante corona para parecer una princesa; pero, tú, tienes el rostro de una, por lo que no permitas que nadie mire tu ropa o tus zapatos. Lo único que debes hacer, es mantener el rostro en alto, la mirada fija en los ojos de los demás, la espalda recta, el paso lento, pero seguro y una hermosa sonrisa llena de calidez. Y entonces, solo entonces… tendrás el mundo a tus pies.
Caroline tomó esas palabras como un mantra y valla que le sirvió en muchas ocasiones vergonzosas. Así que levantó el rostro y caminó hacia la mesa donde aguardaba su amiga de la infancia.
No sabía por qué, pero al divisar a una joven sentada de espaldas a ella, en el centro del restaurante, supo que era Elena. Su cabello rojizo con suaves ondas que bajaban por su espalda, le habían recordado el cabello de Anne. La mujer se giró en su dirección y cuando sus ojos verdes se cruzaron con los azules de Caroline, le sonrió. Esa sonrisa cálida y maternal sin duda solo podía ofrecerla una Anderson. Caroline llegó hasta Elena luciendo una sonrisa divertida.
—¡Vaya! Pero ¿qué tenemos aquí? ¡Eres la viva imagen de Anne!
—¡Caroline! —Elena abrazó a su amiga de antaño y ninguna pudo evitar las lágrimas.
Caroline y Jessie llevaban un par de semanas en Chicago hospedadas en un hotel, y ella todavía estaba sin empleo, solo con el dinero suficiente para sobrevivir un par de días más. Se preguntó, qué había pensado cuando creyó que lograrían salir de esa casa horrible y poder tener una vida tranquila. Un toque en la puerta la sacó de sus pensamientos sombríos. Caminó hacia ella y la abrió sin preguntar antes, pensando que era Jessie pues llevaba fuera hace más de una hora, había salido a comprar una pizza. Se sorprendió al encontrar a Elena con una maleta en mano y con Jessie a su lado sosteniendo dos cajas de pizza y una soda familiar.
—Me encontré a Jessie y compramos una pizza más. Cargar esta maleta tan pesada me abrió el apetito —dijo Elena adentrándose al cuarto de hotel sin esperar el permiso de su amiga.
Caroline le preguntó a su hermana con la mirada y esta le respondió con un susurro:
—Ella invita. —Y de inmediato le devolvió el dinero que le había dado. Ahora tendrían dinero para comprar comida y pagar tres días o dos de hospedaje.
Jessie colocó las pizzas y la soda en la mesita de noche y Caroline, tras un suspiro largo, cerró la puerta.
Elena estaba recostada en la cama, con sus lentes oscuros todavía cubriendo sus ojos verdes, traía puesto un bonito suéter tejido finamente de color azul cielo en V, y un pantalón entubado blanco. Las zapatillas deportivas llamarón la atención de Caroline, pero de solo ver el logotipo, desvió la mirada.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó sinceramente, se habían visto el día anterior y Caroline había sido demasiado grosera con Elena cuando sugirió que la dejara pagarle una semana de hospedaje. Creyó que no volvería a llamarla o que no respondería sus llamadas, en cuanto ya no pudiera darle un techo a Jessie, en dos días —calculaba Caroline—, no le quedaría otra opción que buscarla con el rabo entre las patas. Pero Elena era así, nunca esperaba las disculpas de nadie, nunca esperaba nada de nadie.
—Dame un segundo —respondió agitada—. Tu hotel está más lejos de mi departamento de lo que creía. ¡Diablos! ¿Sabes cuánto pesa esa maleta? —señaló Elena con la mano hacia donde había arrojado la maleta. Se retiró los lentes y los puso en su bolso de mano.
—¿Has venido caminando? —preguntó Jessie, mientras arrastraba la mesa hasta la cama.
—Por supuesto.
—Creía que tenías un auto. ¿Era de tu esposo? —preguntó Caroline comprensiva.
—No. Pero me lo regaló un día después de mi cumpleaños en compensación por su ausencia en la fiesta que su hermana organizó para mí. Así que cada vez que lo miro, me dan ganas de llorar.
—¡Es un imbécil! Jaula de oro ¿no? —acusó Caroline, a la vez que se acercaba a Jessie y comenzaba a servir la pizza en los platos de cartón.
—No. En verdad tenía trabajo, era el caso de un niño maltratado por su tío que resultaba ser su tutor. El niño necesitaba más a Ethan en el juicio, que yo en una tonta y frívola fiesta de cumpleaños.
—Pero, no por eso no va a doler —afirmó Caroline apoyando el sentir de Elena.
—¿Qué coche es? —Jessie preguntó con curiosidad. Sabía que tenía un auto, porque su hermana se lo dijo: que era hermoso y que nunca había visto un auto tan brillante.
—Un Bentley Continental GT…
—¡Ay! ¡Por Dios! ¿Qué es tu esposo? ¿El abogado de la mafia? —preguntó Jessie, entre sorprendida y preocupada. Su rostro comenzaba a formar una sonrisa.
—¿Por qué? ¿Cuánto vale? —Caroline se acercó a Elena sentada en la cama. Le tendió el plato con la pizza y un vaso con soda.
—Gracias, Caroline, muero de hambre. ¿Dónde puedo lavarme las manos? —Caroline le señaló el cuarto de baño. Elena le sonrió con agradecimiento y luego le respondió a Jessie—. No, que yo sepa, Jessie. Pero lo que sí sé, es que él y sus socios compran acciones y luego las venden. No solo se dedican a meter a los malos a la cárcel. —Una vez de vuelta, le respondió a Caroline—: Y vale mucho, creo.
Elena tomó su pizza y se sentó en la cama de nuevo. Jessie tomó sin preámbulos su lado izquierdo y Caroline tomó el lado derecho. Las tres guardaron silencio mientras comían su porción. Y fue Jessie quien más tarde dijo:
—¡Quiero un esposo como el tuyo!
—Es fácil, estudia, ve a la fiesta de la chica que te molesta y que no te invitó, y luego, arrebátale el prospecto a la bruja —respondió Elena, con una sonrisa en los labios.
—¿La has vuelto a ver? —preguntó Caroline.
—Sí, y todavía no lo supera.
Las tres rieron al unísono.
—Tengo miedo de preguntar por el contenido de esa maleta —dijo con temor la rubia.
Elena se puso de pie y se dirigió a la mesa por otros dos trozos de pizza.
—La secretaria de mi esposo renunció hace una semana, así que le comenté a Ethan que mi amiga de la infancia acaba de mudarse a la ciudad y le te urgía un empleo…
—¡Pero no tengo estudios concluidos, Elena! ¿Cómo pudiste hablarle de mí? —Caroline se exaltó más por la vergüenza que por la ayuda o caridad de Elena.
—¿Y?… eres la chica más lista que he conocido jamás. ¿Sabes utilizar un ordenador?
—Sí.
—Entonces, ya está. Solo tendrás que realizar los exámenes de protocolo. Pero el puesto ya es tuyo. ¿Te parece?
—No, nunca he sido secretaria, qué voy a saber yo de lo que se hace allí.
Elena se colocó al frente de Caroline.
—No te preocupes, llamé a una de las secretarias de mayor tiempo allí y le pedí que te instruyera personalmente. Todo estará bien Caroline. Confía en mí. —Caroline miró las manos de Elena unidas a las suyas.
—¡Vamos, hermana! Elena tiene razón. Con un ingreso de cajera no podrás mantenernos, tendré que abandonar la escuela definitivamente o tendremos que volver a casa.
—No dejarás la escuela.
—¡Ya la abandoné! Estamos muy lejos de Cortland, Caroline. ¿Cómo haré para viajar todos los días hasta allá? ¿Eh?
—¡Tranquilas! Jessie, ya tengo solucionado lo de tu escuela. Y Caroline, deja tu estúpido orgullo a un lado, ¿quieres? Por el bien de Jessie. Por el bien de ambas, a decir verdad. Ahora, miremos la ropa. Es bonita te encantará.
—¡Elena! ¿Me compraste ropa?
—¡Tranquila, Caroline! No te la compré. Hace poco, saqué alguna ropa que ya no me queda, iba a donarla de todas formas.
Elena dejó el plato de cartón vació en la mesa y caminó hasta la maleta abandonada a un lado de la cama. La arrastró a los pies de Caroline y la abrió. De cuclillas, comenzó a sacar de uno a uno los vestidos de colores sobrios y elegantes. Se los tendió a Caroline, quien forzadamente los tomó.
Jessie se acercó un poco más hacia su hermana para echar un vistazo, al ver un hermoso vestido rojo, pasó los dedos sobre la tela.
—¡Uff! Ahora comprendo por qué valen tanto dinero los vestidos de diseñador. La textura de las telas, son tan suaves y diferentes a las que venden en los supermercados. ¡Mira, Caro! Siente.
Jessie llevó el vestido a la mejilla de Caroline.
—Sí. Es cierto.
Caroline comenzó a enamorarse de los vestidos que Elena le daba, eran hermosos y elegantes.
—Oye, ¿y si tu esposo los reconoce?
—Descuida, no lo hará. Muchos de ellos, solo los he usado una vez y me aseguré de que fuera hace mucho tiempo. Ethan no los recordará.
—¿Y no son muy elegantes para una oficina?
—No. Entre más elegante seas, mejor. Continuamente visita a clientes o ellos lo buscan, es importante que estés presentable. Puede que un día lo acompañes a una comida o cena. Escúchame, Caroline, Ethan no es un hombre fácil, pero si te ganas su confianza te mantendrá cerca y te ayudará a que concluyas tus estudios. Algo bueno que tiene, es que apoya a todo aquel que se esfuerza por mejorarse cada día.
—¿Cómo es eso de que la ayudaría a terminar sus estudios? —preguntó Jessie.
—La firma, beca a los estudiantes. Más adelante, podrías hablar con él y solicitarle permiso para estudiar los fines de semana.
—¿Crees que acceda? —preguntó Jessie, menos asombrada que Caroline.
—Por supuesto. Entre mejor preparada esté tu hermana, mejor será para él. —Elena sonrió a Jessie y luego miró a Caroline—. Traje hilos y aguja para arreglarte los vestidos a tu talla.
—No tengo zapatillas negras.
—¡Oh! No pensé en eso, bueno te haré un préstamo y me lo pagarás en tu tercera paga, ¿te parece bien?
—Te faltan rojas para este vestido.
—Ya tengo rojas.
—¡Ay! No, esas no…
—¡Jessie! Ya tengo unas rojas.
—Ok. Ya no diré nada.
—Entonces, ¿zapatillas negras, rojas o ambas?
—Negras, Elena.
Al siguiente día, Caroline, caminaba deprisa con sus altas zapatillas rojas, un poco raspadas de las puntas, pero solo se notaba si las veías con atención. Vestía una minifalda y blusa blanca que compró cuando su exnovio Kevin la llevó a una fiesta familiar en casa de sus padres. Sabía que mostraba un poco las piernas, no obstante, tenía miedo de que el esposo de Elena reconociera la ropa de su esposa. No fuera a pensar que estaba abusando de Elena. Así que, tercamente, se puso su propia ropa y no los vestidos que Elena le regaló.
En cuanto al dinero que recibió para las zapatillas negras, ella simplemente lo guardó para los gastos hasta que recibiera su primera paga. Solo hasta entonces no utilizaría los vestidos de Elena, ella se los pagaría. O, al menos, le compraría uno, así compensaría un poco todo lo que le dio. Sin embargo, no era la ropa lo que hacía de Caroline una mujer bella o atractiva, en realidad, era su cabellera larga rubia hasta la cintura; ojos color azul cielo y adornados con espesas pestañas; boca chica y labios delgados; la nariz respingada; y su cuerpo escultural.
No le gustaba ser impuntual, por eso llegó exactamente cinco minutos antes a su entrevista de trabajo al edificio de Donovan & Asociados. Respiró hondo tratando de quitarse los nervios de encima. Miró el alto edificio un momento y luego, entró. Espalda recta, cabeza en alto, paso lento y seguro, expresión serena, sonrisa amable, mirada fija… se acercó a la recepción.
—Buenos días, señorita. Tengo entrevista con el señor Donovan, es para el puesto de secretaria.
—¿Cuál es su nombre? —La recepcionista sonrió al verla.
—Caroline Miller.
—Por supuesto, ya ha preguntado por usted. Tome —la joven le entregó un gafete que decía «Visita» —. Último piso, no hay secretaria por lo que yo avisaré al señor desde aquí, cuando llegue, solo toque su puerta y espere a que le dé el paso.
—¿Solo hay una puerta en ese piso?
—Sí.
—Gracias. —Caroline agradeció a la joven por su amabilidad. Luego siguió las indicaciones y seis minutos más tarde, estaba frente a la puerta del señor Donovan.
Pudo verlo a través de la pared de cristal que lo separaba del mundo. Joven y guapo, sí, el tipo era perfecto para Elena, no porque ella fuera muy bonita, tenía elegancia y porte y una buena educación, pero, él, era en definitiva el tipo de hombre con el que su amiga, que solía soñar con príncipes cuando eran unas niñas, se casaría. Él era hermoso. Dio dos suaves toques y esperó…
—Pase.
Ella entró con su mantra en la mente de espalda recta, cabeza en alto, a paso seguro, sonrisa amable y mirada serena.
—Buenos días, señor. Soy…
—Odio la impuntualidad, ha llegado un minuto tarde —el hombre la interrumpió con desdén—. Los días lunes estamos mayormente cargados de trabajo, tome asiento y apunte. Le daré algunas indicaciones a menos que tenga memoria fotográfica y recuerde todo lo que tiene que hacer. —Él tecleaba y mantenía la mirada fija en el ordenador, mientras le hablaba groseramente.
—Sí, señor, permítame. —Caroline se sentó en la silla frente a él y de su bolso sacó su vieja agenda y una pluma—. Ya estoy preparada, señor.
—Todavía no escribas —situó su mirada verde en ella sin expresión alguna—. Sí. Es cierto que mi esposa te recomendó, según recursos humanos por tus resultados en los exámenes y entrevistas fuiste la menos apta para el puesto —Caroline se removió en su asiento—, sin embargo, mi esposa me ha pedido esto como un favor muy personal. Por lo que no gastaré mi tiempo entrevistándote para citarte hasta mañana cuando hoy tenemos demasiado qué hacer aquí. Estas a prueba por una semana, si no me sirves, el sábado a última hora se te hará saber. Y, por supuesto, el tiempo a prueba se te pagará. Ahora sí, ya puedes comenzar a escribir.
A Caroline le había parecido un arrogante, niño rico. Lo había odiado al instante, aunque, luego pensó en Elena y se dio cuenta de que no podría hacerlo su enemigo o ya no la volvería a ver. El todopoderoso parecía ser un hombre dominante, lo contrario a su mejor amiga, que era gentil, dulce, amable y de poco carácter. Por lo que se mordió la lengua e hizo lo que le pidió.
Tras recibir una capacitación de cinco minutos por Brisel, la secretaria de Vicepresidencia, pasó el día entre contestar teléfonos, escribir algunas cartas, ordenar el itinerario de su jefe, contactar algunos abogados para solicitar expedientes de los últimos casos del mes, y revisar correos electrónicos. La salida de trabajo era hasta las siete de la noche, pero su jefe no se había retirado por lo que ella continuó ordenando el desastre que la antigua secretaria había dejado.
—¿Por qué aún estás aquí? Hace dos horas debiste haberte ido —la voz ronca de él la hizo dar un pequeño salto en su lugar. Ella no lo había escuchado salir de la oficina, ya que llevaba un audífono en el oído derecho. Maldijo pensando en que debió ponerlo en el izquierdo.
—Discúlpeme, señor, es que usted aún se encontraba dentro y pensé que podía necesitarme en algún momento.
—¿Necesitarla? —él cruzó los brazos—. ¿Para qué? —le preguntó mientras la miraba desvergonzadamente con una sonrisa ladeada de la cintura para bajo. Pero cambio la expresión borrando su sonrisa sexi y conquistadora, cuando miró el rostro de la rubia. La mirada de Caroline era helada—. La próxima vez solo avísame que ya es hora.
—Sí, señor —le respondió con los dientes apretados.
Cuando Ethan desapareció en el ascensor, Caroline suspiró y no pudo evitar soltar en voz alta—: Así que este es el pedazo de idiota engreído con el que se casó Elena. Tonta, seguro le ve la cara.
A la mañana siguiente, Caroline llegó más temprano de la hora de entrada. Todavía le faltaba mucho para terminar de ordenar los expedientes, y quería dar una buena impresión. Ethan llegó diez minutos después y de nuevo se sorprendió al encontrarla archivando, como si no se hubiera ido de la oficina. Lo que la diferenciaba ese día era su ropa, traía un pantalón negro, llevaba una blusa blanca muy parecida a la del día anterior, los mismos zapatos rojos, pero el suéter era de color verde.
—¡Buenos días! —Caroline se giró poniéndose de pie de inmediato, su jefe tenía el ceño fruncido mientras evaluaba su vestimenta.
—Buenos días. ¿Gusta una taza de café?
—Si, dos de azúcar —él no mencionó nada sobre su atuendo, pero negó con la cabeza y se fue a su oficina.
A la hora de la comida Caroline no salió a comer, no traía nada y tampoco dinero, así que se ocupó en adelantar trabajo. La papelería de la oficina era un desastre y su jefe un idiota con poder. Treinta minutos después recibió una llamada de la recepción indicándole que la policía la buscaba. Extrañada bajó a la recepción, sus manos sudaban de nerviosismo.
—¿Es usted la señora, Caroline Miller?
—Sí.
—Soy el agente Robert Owen queda usted detenida por agresión y secuestro.
Caroline estaba asombrada, se preguntó cómo era que la habían encontrado tan rápido. De reojo pudo divisar que su jefe iba cruzando las puertas del edificio. Sintió pánico. Entonces gritó, porque esta era su única oportunidad para salir adelante y su madre y padrastro se lo estaban arrebatando.
—¿Agresión? ¿Secuestro? ¡Ese hijo de puta la iba a matar a golpes, si no la defendía!
—¿Qué sucede aquí? —la voz de Ethan resonó en la recepción. Caroline cerró los ojos con vergüenza. No volvería a ver a Elena.
—Tiene derecho aguardar silencio, todo lo que diga será usado en su contra… —Caroline guardó silencio y finalmente miró a su jefe y con lágrimas en los ojos le dijo:
—En mi celular tengo las pruebas de mi inocencia, por favor. Llame a Elena, por favor dígale a su esposa.
Caroline había creído que él no le avisaría a Elena, que al contrario la alejaría de ella. ¿Por qué le daría el privilegio de la duda? ¿Quién era ella para que su voz fuera escuchada? Elena llegó un par de horas después a la comisaría. Entonces, Caroline supo que todo estaría bien. Que no estaba sola y no volvería a estarlo mientras Elena estuviera con ella.
Seis meses después, Caroline, había comenzado a ver a Ethan con algo más que admiración.
—Señor Donovan, aquí tiene los documentos que me pidió y también le recuerdo que tiene una cita con Zack Reynolds a las dos te la tarde.
—Gracias, Caroline, de verdad estaría perdido sin ti —le respondió antes de dar un sorbo a su café humeante, para después cerrar los ojos y saborearlo bajo la mirada de veneración de su secretaria—. ¡Es delicioso! Ni siquiera mi esposa hace un café tan rico.
Caroline sonrío.
—Gracias, señor. —Un momento después dejó a su jefe en la oficina y tras cerrar la puerta suspiró con el corazón latiéndole de forma apresurada.
Lo que había comenzado como agradecimiento y gran respeto por aquel hombre quien le dio un voto de confianza a ella, una completa desconocida, se estaba transformando en algo más. Él le había mandado a uno de los abogados del bufete para hacerse cargo de su problema. Las cosas salieron bien. Ella no se cansaba de decirle lo agradecida que estaba y él le respondía que lo hubiera hecho por cualquier empleado siempre que fuera inocente, como en su caso, que tenía una justificación a sus actos. Y que, además, Elena no lo perdonaría si la hubiera dejado abandonada cuando podía, claramente, ayudarla.
Caroline se esforzaba al doble en su trabajo y siempre realizándolo a la perfección. Y todo para hacerle saber a Ethan Donovan que no había cometido un error en ayudarla y mucho menos a contratarla. Pero todo ese respeto y admiración con el tiempo se convirtió en veneración por su héroe, aquellos sentimientos cada día se hacían más fuertes con la convivencia. Por otra parte, también había nacido en ella una fuerte atracción por él. Deseaba sentir su cabello entre sus dedos, acariciar su ancha espalda, y con el tiempo comenzó a soñar despierta y a preguntarse cómo se sentiría al ser estrechada entre sus fuertes y protectores brazos, todo eso la volvían un imán sexual cada que estaba frente a él. Hasta el día en que sus sueños se hicieron realidad.
Caroline se había quedado dormida en su escritorio esperando la salida de su jefe para poder retirarse. ¿Cuántas veces le había dicho que se podía ir a la hora de su salida? Ella comenzaba a sospechar que en el matrimonio de su amiga no todo era miel sobre hojuelas. Sobre todo, porque a veces él llegaba molesto, y era evidente que no le gustaba volver a casa temprano. Siempre era el último en marcharse.
—Caroline —le llamó suavemente acariciando su nombre con voz seductora y anhelante. Ella abrió los ojos lentamente hasta que cayó en cuenta que él estaba ahí. Un rubor apareció en sus mejillas.
—¡Oh! Disculpe señor. —Se puso de pie de inmediato y alisó sus ropas con nerviosismo.
—Caroline, Caroline. ¿Qué voy a hacer contigo? —Ethan, soltó un suspiro dramático—. Vamos te llevaré a tu casa.
—No es necesario señor yo… —Ethan tomó el rostro de ella entre sus manos, sus alientos chocaron, el de ella era dulce, el de él a Whisky.
—Lo es, preciosa. —Se alejó de ella y la incitó a ir con él—. Elena no me perdonaría si algo te sucediera por mi culpa —lo escuchó decir con amargura.
Subieron al elevador y al cerrarse las puertas, Caroline sentía cómo la energía fluía entre ambos, una energía extraña que, hacía ya algunas semanas atrás, emanaba de ellos. Sabía que no era correcto, que podía perder a una buena amiga, pero lo necesitaba y, daría lo que fuera por sentirlo, aunque fuera una sola vez. Ella podía decir que ambos pensaban y sentían lo mismo, porque cuando ambos se giraron frente al otro y sus miradas se cruzaron, lo supo, se deseaban.
Nunca la habían besado de la manera en que Ethan lo hizo, tan salvaje, tierna y apasionada; todo a la vez. Jamás se había sentido tan llena de necesidad de fundirse con aquel hombre. Sus piernas flaquearon, se derretía en sus brazos mientras sentía un escalofrío recorrer su espina dorsal. No pensó en la esposa de él, su amiga, solo en que los sueños a veces se podían hacer realidad.
Ethan terminó el beso. Sus ojos se habían oscurecido por la pasión y la excitación del momento.
—Te necesito, Caroline. Y sé qué tú también sientes lo mismo, no intentes negarlo más, apaguemos este fuego que nos consume y nos lleva al infierno cada día que nos encontramos aquí.
Nadie la conocía también, creía cubrir bien sus sentimientos por él, sin embargo, no podía negar que tenía razón, cada día era más difícil mantenerse al margen.
—Elena es mi amiga, tu esposa, la amo, y yo no…
—No la menciones —tensó la mandíbula —ella… no me hace feliz. No hay nada entre nosotros desde hace mucho tiempo. Por favor.
Las puertas del ascensor se abrieron y salieron al estacionamiento, no había autos, eran posiblemente los últimos en salir del edificio como siempre, ella intentó tomar la salida para irse sola, pero él la sujetó del brazo llevándola hasta su auto de manera posesiva.
—Voy a llevarte ya te lo dije, ¿no?
—No creo que sea correcto.
—¿Por qué? No crees poder controlar lo que sientes por mí, ¿cierto?
—Por favor.
Ethan le abrió la puerta del copiloto más no permitió que entrara, él la tomó entre sus brazos y la besó de nuevo.
Más tarde entraron a un Hotel a las afueras de la ciudad. Esa noche ella se entregó por primera vez a un hombre. No a cualquiera, lo hizo al hombre que amaba en secreto con todo su corazón. Que más daba si mañana no volviera a ella, quería ser feliz, aunque fuera una sola vez, pero una sola vez no fue suficiente para ninguno de los dos.
Y luego de dos años de una tórrida aventura, Caroline no se sentía feliz ni conforme. La última vez que había llegado a casa casi a las dos de la mañana, antes de que Ethan hubiera dejado a Elena tuvo que enfrentarse a su hermana.
Caroline entró a su departamento, la habitación estaba oscura, y en puntillas se dirigía a su habitación cuando la luz de la estancia se encendió. Jessie, su hermana de dieciséis años se encontraba sentada en el viejo sillón.
—Me pregunto… ¿Cómo es qué puedes dormir tranquilamente sabiendo que estas destrozando la vida de una buena mujer? Una mujer que mientras te daban mi patria potestad fue mi madre de acogida. Me dio techo, ropa y comida.
—Su matrimonio es un fracaso, él me ama a mí —se defendió Caroline, su voz se quebró al final.
—Si sus sentimientos fueran verdaderos no te habría hecho su amante. ¡Por Dios, Caroline, abre los ojos!
—¡Basta! ¡No me levantes la voz! No tienes por qué juzgarme. No sabes nada de la vida, y esto no es asunto tuyo. —Hace mucho tiempo que no se atrevía a ver a los ojos a su pequeña hermana, se sentía más culpable de lo que demostraba.
Más tarde, recostada en su cama mirando las sombras que entraban desde su ventana hacia su techo intentó convencerse así misma de que Elena no era la misma chiquilla que fue su mejor amiga, ella había cambiado con el tiempo. Siempre había sido una chica solitaria, había sido muy dulce y protectora, lo compartían todo, una sonrisa amarga salió de sus labios, hasta el esposo lo estaban compartiendo. Pero habían crecido y la inocente y dulce amistad había cambiado junto con ellas. Cuando volvieron a verse intentó no sentir envidia, pero la verdad era que ella odiaba su vida, siempre lo hizo, ¿Cuántas noches no se había fugado de su casa con Jessie a cuestas para refugiarse en la recámara de Elena cuando los monstruos que su madre llevaba a casa las aterrorizaban?
A Jessie le parecía tan bonita esa habitación rosada llena de peluches que su padre le regalaba constantemente. Había uno en especial que Elena amaba, ella se lo había regalado cuando se marchó con su abuelo, dos días después del funeral de su padre. Caroline sabía que había sido el último obsequio de aquel buen hombre y cuan valioso era; pero, aun así, Elena sabía lo mucho que Caroline estaba devastada, ya no tendrían un refugio, ni quien las protegiera de su madre así que se lo dio para que recordara que en el mundo había alguien quien la amaba de verdad, y que la consideraba como una hermana, la hizo jurar que cuidaría de él y que cuando crecieran volverían a verse. Durante mucho tiempo se escribieron, el muñeco —un oso de peluche—, había sido un salvavidas más para la pequeña Jessie que para ella, Jessie lo abrazaba con fuerza mientras se escondía en la alacena de la cocina para no ser encontrada por su madre alcohólica o por alguno de sus amantes. Mientras que, Caroline, tenía que sufrir los golpes de su madre o manoseos de aquellos hombres. Y tanto odiaba su vida que Caroline simplemente dejó de responder a Elena. Hasta que ella, como si hubiera presentido cuánto la necesitaba, apareció de nuevo en su vida.
Elena le había contado lo tonta que se sentía cuando tomaron a Jessie como hija de acogida, mientras su caso se resolvía y Ethan conseguía la patria potestad para ella. Elena había reproducido prácticamente su habitación de infancia para Jessie. Y secretamente se preguntaba si Elena pretendía, quitarle a Jessie de verdad. Elena se comportaba como la madre que nunca tuvieron, y como ella nunca podría ser.
Revisaba sus notas escolares, la premiaba cuando lo merecía, compraba accesorios para coordinarse y eso la hacía sentirse estúpida. Porque Elena había logrado una relación tan estrecha con Jessie, inigualable, ni siquiera ella se sentía así con Jessie. Ethan, había sido otro que se comportaba como un padre, estricto pero amable y bueno. Se había ganado el respeto de Jessie y perdido cuando se enteró que eran amantes, pero, aun así, Jessie estaba agradecida con él y era el motivo por el que guardaba silencio.
Se preguntó… «¿Por qué Elena no le da el divorcio?». Tal vez pareciera una buena mujer, pero era egoísta, quería tenerlo a su lado sabiendo que nunca podría darle hijos. Ethan no merecía una mujer como Elena, tonta y sosa. Si tan solo tuviera la oportunidad, ella le daría un montón de niños y hasta su vida entera para hacerlo feliz.
Y el tiempo pasaba y su amor por él crecía cada vez más, estaba enloqueciendo porque no soportaba seguir siendo la otra. Lo quería completo como ella se entregaba.
Y cuando finalmente él decidió dejar a Elena y le hizo promesas que nunca pensó que se harían realidad, fue la mujer más feliz del mundo. Pero ahora que el idiota había vuelto con Elena… ya no sabía qué pensar. Tenía miedo, mucho miedo de perderlo.
Al regresar más tarde a la oficina, se da cuenta de que Ethan no está. Así que se siente aliviada de tener un poco más de tiempo para pensar en cómo hacer que se quede con ella esa noche. Recuerda que Elena había planeado un estúpido baile erótico, así que espera impaciente la llegada de él. Muerta de celos y rabia, porque no sabe si la tonta y sosa mujer ya ha hecho el intento, aunque lo duda. Ethan solía burlarse de ella y sus fracasados acercamientos, pero tampoco le ha contado nada. Apuesta a que el día que dejó el departamento ella planeaba seducirlo. Él le había dicho que tenía todo un escenario puesto. Ahora que él ha vuelto, no permitiría que se fijara de nuevo en ella. Le daría a Ethan un baile que hiciera parecer tonto y torpe el baile de Elena.
El sonido del elevador atrae su vista hacía Ethan que ha llegado furioso.
—No me pases llamadas y cancela todo lo que tenga para esta tarde. Y que nadie me moleste —ordena.
—Sí, señor —le contesta con voz baja y obediente.
Juega a ignorarlo, aunque luego de un rato comienza a preocuparse. Él no la busca. Para el término de la jornada cuando ya no hay nadie en el edificio, entra a su oficina, él está de espaldas viendo las luces de la ciudad desde su ventana. Caroline cierra la puerta, va al minicomponente y pone una suave melodía. Ethan se gira para quedar frente a ella, pero se queda pasmado al ver a la rubia moverse en un ritmo sensual y caliente.
Desnudándose poco a poco, lo ve relamerse los labios y se dirige a un lado del escritorio para obtener una vista mejor. Y cuando ella llega hasta él, lleva sus caderas hasta su sexo erguido moviéndose en un ritmo sugerente. Se quita el sujetador mostrándole sus pechos, ofreciéndoselos con sus manos.
Ethan la toma de la cintura y la gira de espaldas para bajarle las bragas. Penetra su vagina con tres dedos sin preocuparse de que estuviera lista o no, ella siempre estaba dispuesta. A ella no le gusta su agresividad, pero guarda silencio. Era una máquina sexual tanto como él. Ella escucha como desabrocha con la otra mano su pantalón, y luego retira sus dedos de su dulce centro para penetrarla rápido y fuerte, sin consideración, mientras la sujeta de las caderas. Pronto la habitación se llena de los gemidos y de los gritos de ambos, hasta que explotan en éxtasis. La experiencia fue fría, sin caricias ni palabras previas ni durante el acto. Como llegó, se fue.
Ethan sin decir nada se dirige al baño, minutos después lo ve salir impecable. Ella entra, se viste y por primera vez, se siente vacía.
Cuando sale del baño, lo ve alistándose para irse —¿Vas a invitarme a cenar? — le pregunta intentando no sonar ansiosa.
—Sabes que tengo que volver temprano.
—No, no lo sé.
—No me fastidies, todavía ni siquiera me divorcio de mi esposa y ya actúas peor que ella.
—¡No me compares con esa!
—¡Esa! Tu amiga, es mi esposa todavía, ubícate. Estoy en proceso para el divorcio, pero no soy un hombre libre, ¿entiendes? Demonios, Caroline, solo me pidió cinco días. Ya soportaste dos años. ¿Por qué no esperar unos cuantos miserables días? ¡Por Dios! Ni que fuera a hacerle el amor.
—¿Qué? —Suelta una carcajada amarga—. ¿No me digas que eso no lo incluyó en el trato?
—Ella no es como tú, ya te dije que es más fría que un témpano de hielo.
—¡Bien, si tú lo dices! Recojo mis cosas y nos vamos.
—Cariño, ya es tarde no puedo llevarte. Mi esposa, me espera.
Caroline suspira tragándose el veneno y la impotencia de su desplante. Salen juntos de la oficina sin decir nada, toman el ascensor, pero ella baja en el primer piso. Ethan continúa hasta la planta baja. Caroline intenta no llorar, o, al menos, no hasta estar a salvo en casa y en su habitación.
—¡Vaya! Por fin un día llegas temprano. ¿Tu jefe tuvo junta de negocios con su esposa? —Jessie está sentada en la sala frente al televisor, viste un camisón y en las manos sostiene un plato con cereal. No quita los ojos del programa, las risas se escuchan de fondo.
—Eso es vedad, ¿Jessie? Yo soy tu hermana —Caroline dice con cansancio mientras cuelga el bolso, no quiere que su hermana vea lo que le cuesta esta nueva situación con Ethan. Así que finge.
—Y Elena nos ayudó, gracias a ella estamos juntas ahora.
—No. Gracias a Ethan.
Caroline se da la vuelta, Jessie aparta la mirada de la odiosa caja idiota. Ambas se miran a la cara.
—Ese hombre no te hubiera ayudado sin la intervención de Elena.
—Estoy cansada de que todos la vean como una inocente mártir, es una perra egoísta —Caroline está furiosa, con Jessie, especialmente. Porque, no pensaban como ella, por qué no aceptaba que su felicidad era ese hombre, ese que ahora había regresado con su esposa con un maldito pretexto haciéndola sentir que al final, ella no es suficiente para él. Y que, lamentablemente, no la ama tanto como decía hacerlo. Aunque, para empezar, en realidad, nunca se lo había dicho con palabras.
—Y tú una ciega, ¿Cómo has podido traicionarte a ti misma?, ¿convirtiéndote en la amante de un hombre casado? —Jessie se pone de pie frente a Caroline—. ¿Del esposo de la mujer que siempre nos ha tendido la mano sin esperar nada a cambio de nosotras? ¿Ya te olvidaste qué ella intervino para ser mi madre de acogida durante el proceso legal?
—¡No, claro que no! —Caroline grita—. Nunca me dejas olvidarlo. Pero tal parece que te gustó demasiado la idea de ser su hija, que te has olvidado todo lo que hago por ambas, todo lo que hemos pasado y sobre todo que llevamos la misma sangre, por eso, deberías apoyarme a mí.
—Entiéndelo no es por ella, es por ti. Han pasado dos años que te hace creer que él va a dejarla, que no cambiara de opinión mañana. Los vi, tenían problemas, pero puedo asegurarte que la manera en que él la miraba cuando creía que nadie lo notaba, era de dolor, nostalgia tal vez, pero sobre todo… amor y él jamás te ha mirado así.
—¡Cállate! ¿Acaso estas diciendo que la ama? La ha engañado con otras antes, él no la ama.
—Y a ti ¿sí?
—Después de mí no ha habido nadie.
—Solo su esposa, claro.
—No. El hace mucho que no se acuesta con ella. ¿Quién querría dormir con ese esperpento de mujer?
—¿Acaso te escuchas? No cabe duda de que estás ciega. De verdad espero que tengas razón y que él cumpla lo que prometió.
Y Caroline también lo esperaba, porque si no era así… entonces su vida ya no tendría sentido.
SI PUDIERA DECIR ADIÓSEscucha a lo lejos el sonido del repiqueo del teléfono, trata de recordar lo que sucedió momentos antes. Lentamente abre los ojos para encontrarse mirando hacia la pared y recostada en el piso del baño. Intenta ponerse en pie lentamente, es inútil, su cuerpo se tambalea y siente que todo da vueltas. Espera un momento mientras da bocanadas de aire para estabilizarse. Cuando está segura de que no volverá a marearse, lo intenta de nuevo con lentitud y cuando logra ponerse en pie, el teléfono ha dejado de llamar. Sale del baño, y ve con horror la hora en el reloj de pared. Siente terror al darse cuenta de que es tarde. ¡Ha permanecido dormida por un par de horas! El teléfono vuelve a sonar y se imagina que es Quella, ya que habían quedado en verse ese día más temprano en su oficina.
—¡Quella, lo siento! ¡Ya voy, solo dame treinta minutos, por favor!
—No soy Quella, Elena. ¿Por qué no le has respondido antes? Me ha sacado de una junta para decirme que no respondes el maldito teléfono.
—¡Ethan! Lo siento, yo…
—¡Solo llámala!
Ethan le ha cortado la llamada. Cuelga el teléfono y de inmediato vuelve a sonar. En esta ocasión, sí le echa un vistazo al identificador.
—Lo siento, Quella.
—¿Estás bien?
—Sí, me he quedado dormida, eso es todo. Lo lamento.
—De acuerdo, ya no puedo esperarte en mi oficina. Nos vemos en el restaurante, ¿sí?
—Claro, llegaré lo más pronto posible.
Llega corriendo al restaurante y de inmediato pide que la conduzcan al área privada donde se encuentra su cuñada. La encuentra conversando con dos hombres, se acerca con una sonrisa de disculpa en el rostro, Quella, le sonríe de vuelta poniéndose de pie para saludarla. Y no es hasta que la presenta a sus compañeros que nota que uno de ellos es su antiguo amigo de la universidad, Steve, quien está igual o más sorprendido que Elena, aunque ella le sonríe con ternura.
—¿Steve?
—¡Elena!
Ambos se acercan y se dan un fuerte abrazo.
—¿Ya se conocían? —pregunta Quella.
—Claro, fuimos compañeros de clase en la universidad —responde Elena con entusiasmo.
Steve no deja de sonreírle, lo que la pone nerviosa, porque ha recordado lo que una vez Sophia le había dicho. Él, estaba perdidamente enamorado de ella y fue esa la razón por la que aceptó una cita con Sophia; quería que lo ayudara a conquistarla. Su amiga terminó decepcionada y él teniendo cierta rivalidad con Ethan. Nunca se llevaron bien por obvias razones. Al final, Elena tuvo que elegir entre su amistad con Steve, o su relación con su ahora esposo.
—¡Oh! ¡Qué bien! Él es el señor Robert Thompson —dijo Quella a Elena.
—Mucho gusto señor Thompson soy Elena Donovan. Siento la demora tuve un percance al venir hacia acá —ella no es regularmente buena para las excusas. Pero al hombre parece no importarle, estaba más interesado en su cuñada que en la buena obra que estaba por hacer.
Entablaron una profunda conversación, el señor Robert era un empresario de edad avanzada y el joven que lo acompañaba, su mano derecha. Él estaba decidido a realizar una fuerte donación a un centro de ayuda para niños con cáncer. Quella era una de las principales fundadoras. Ella había decidido crear la fundación con el apoyo de su padre. Desde muy pequeña, había querido ser médico, pero cuando descubrió su miedo a la sangre decidió abandonar la carrera y buscar su verdadera vocación. Hasta que finalmente encontró otra forma de ayudar al prójimo considerándola aún mucho mejor. Con el pensamiento de que tal vez no salvaría una vida, sino cientos con su fundación.
Mientras se cierra el trato, Steve, no ha dejado de mirar a Elena, regalándole una sonrisa soñadora de cuando en cuando. Como dos adolescentes que se agradan, pero que son tímidos para decirlo. Al menos, eso era lo que proyectaban a los ojos de Quella.
Cuando la cita de negocios termina ambos se despiden, no sin antes de pedirse su número de contacto.
—Ahora, Elena dime, ¿cómo va todo con Ethan? Porque al parecer sabía que estabas en casa o al menos fue lo que dijo: «No sé dónde está. Esta mañana la dejé en casa». Ya sabes con ese horrible tono pedante que tiene. Pensé que se había marchado, ¿qué hacía allí?, ¿eh?
—Aceptó el trato.
—¿¡De verdad!? —pregunta dando un pequeño salto de triunfo—. ¿Cuánto tiempo?
—Cinco días… desde hoy.
—¿Qué? ¿Cómo?... ¿Por qué tan poco tiempo?
—Ayer fue a recoger sus cosas y bueno hablamos… Creo que si le hubiera pedido más tiempo no hubiera aceptado.
—Pero, no comprendo. ¿Por qué cinco días?
—Por nuestro aniversario. Además, ya no creo que cambie de parecer.
Quella la mira un momento detenidamente —Háblame de tu amigo Steve….
Tras una tarde de compras y helados Elena llega a casa exhausta, pero feliz de reencontrarse con su antiguo mejor amigo en tan buenas condiciones. Él le había insistido en verse en algún otro momento. Y ella al pensar que pronto Ethan saldría de su vida, aceptó continuar viéndolo, aunque solo fuera para llorar sobre su hombro. Siempre había sido un buen hombro en el que apoyarse.
Elena lleva las bolsas con la ropa que, Quella le obligó comprar, a la recámara y minuciosamente la acomoda en el armario. Deja el camisón que ocupará esa noche a la mano. Después de cambiarse a ropa más holgada, se dedica a preparar la cena. Le queda poco tiempo para tenerla lista antes de que Ethan llegue a casa —si es que respeta su trato de ser el de antes—, por lo que centra toda su atención a preparar otro de los platillos favoritos de él. Una hora después, está sacando del horno la charola cuando lo ve de pie tras la encimera de la cocina. Da un salto y un pequeño grito, no lo ha escuchado llegar. Al final, ella le sonríe.
—Hola… ¡Bienvenido a casa!
No se acerca a darle un beso o un abrazo, teme su rechazo. Así que, como siempre, pone las cosas fáciles para los dos.
—Hola —le responde, su fachada complaciente es más que forzada.
—¿Qué tal te fue? —le pregunta ignorando el hecho de que se nota que está haciendo un esfuerzo titánico por estar con ella. Aunque le duele, simplemente, se dedica a colocar la charola en la encimera como si nada.
—Como siempre.
Se quedan en silencio, Elena mira a Ethan y puede leer en su rostro que él desea decirle algo que no será de su agrado, por lo que habla primero:
—¿Por qué no vas a cambiarte en lo que sirvo la cena?
Ethan la mira un momento antes de asentir. Lo ve desaparecer por el pasillo. Entonces, se apresura a poner todo en orden. En algún momento piensa en encender alguna vela aromática, aunque, después desecha la idea pues sabe que eso sería demasiado para él, por lo que, una vez más, desiste.
Ethan aparece nuevamente minutos más tarde. Observa un momento todo antes de tomar asiento, es claro que ha optado por hacer del silencio su mejor aliado. Ella se acerca para servirle su porción.
Ethan mira con atención como sus manos tiemblan de nervios por su sola presencia. Elena cree que él se desespera de verla tan nerviosa, pero no puede evitarlo. Cuando por un instante sus miradas chocan la incomodidad es palpable, él mira hacia la oscuridad fuera de los ventanales; al parecer, la sombra del edificio de enfrente le parece más atractiva. Elena toma asiento en su sitio y dan comienzo a la cena. Aunque, en realidad, ella sólo picotea la comida en su plato. Pues por hoy ha comido demasiado y roto su ayuno. En ocasiones es imposible continuarlo cuando tiene que salir con amigos.
Cenan en silencio, pero ya no sienten tención en el ambiente, todo lo contrario. Ahora están en un estado de relajación.
—¿Cómo te fue con la odiosa de mi hermana? —le pregunta, Elena sorprendida levanta la vista del plato al rostro de su esposo, él está observándola mientras corta un trozo de carne, esperando obviamente su respuesta.
—Bien, supongo. Quella ha logrado conseguir la donación de la propiedad. Al donante le gustó la idea del centro de rehabilitación.
—¡Qué bien! Voy a llamarla mañana para felicitarla. Además, no vendría mal que revisara todo el papeleo en caso de que hayas pasado por alto alguna cláusula importante.
—Todo está bien, el asistente del señor Robert es Steve. ¿Lo recuerdas?
Ethan deja de masticar un momento. Elena se declara culpable de intentar molestarlo con algo del pasado. No es que quiera arruinar la velada, pero a Quella le pareció apropiado mencionar a Steve después de que le habló sobre su amistad. Ella le ha llamado antiguo enamorado.
—¿Qué Steve?
—Steve Morgan. Mi amigo de la universidad. ¿No lo recuerdas? —Toma un bocado para disimular que la mención es al propósito.
—¿Desde cuándo has vuelto a tratarlo? Digo, él se había marchado a California ¿no?
—¡Oh, sí! No recordaba a dónde había estado todo este tiempo. No hablamos mucho de cosas del pasado.
Ethan no ha dejado de observarla, así que vuelve a meter en su boca otro trozo de carne al propósito, haciéndolo esperar con su respuesta. Una vena salta en la sien de Ethan, está a punto de perder la paciencia.
—¿Desde cuándo lo has vuelto a ver?
—Hoy. Desconocía que era el apoderado legal del señor Robert por lo que encontrármelo allí, fue una gran sorpresa. Hemos quedado en tomar un desayuno el viernes para ponernos al día. —Ese día era lunes. Elena era una mentirosa, en realidad apenas y le dio su número de contacto, pidiéndole que lo llamara algún día. Al ver a Ethan un tanto molesto, la idea de darle celos, ya no le pareció tan tonta después de todo.
—¿Ya se casó?
—No, dice que sigue siendo un loco empedernido enamorado de su soltería —las mejillas de Elena se han coloreado, Ethan, lo nota con horror, hacía mucho que su esposa no se sonrojaba.
—Entonces tampoco se ha comprometido —afirmó.
Elena niega con la cabeza y da por zanjada la conversación poniéndose de pie y llevándose su plato a la cocina. Lo ha dejado sentado en el comedor con sus dudas. Se felicita a sí misma. Después de todo, lo último que planea que sobreviva al final, es un poco de su dignidad. Porque obviamente su corazón no lo hará.
Tira en el cesto de basura su comida y escupe el último bocado que se llevó a la boca. Un momento después, Ethan entra a la cocina y también arroja los desperdicios de su cena.
—Yo lavaré los platos —se ofrece y ella acepta, después de todo era algo que solían hacer juntos, y el pacto indicaba ser los de antes ¿no?
Cuando han terminado de ordenar, ella se dirige a la habitación para dormir, se siente extraña al sentir la presencia de Ethan mientras camina detrás de ella. Él dormirá a su lado nuevamente. Y eso la hace feliz. Toma un camisón nuevo, elige el de color durazno y tras observarlo un poco, se avergüenza. Es diminuto. Quella había dicho que es sexi, sin embargo, presiente que lo sexi se le quitará al ponérselo. Se encierra en el baño y se cambia con movimientos torpes.
Se mira al espejo y su imagen le parece horrenda. Su grasa desparramada a sus anchas sin que haya nada que pueda ocultarlas le parece en lugar de seductor, una verdadera tortura visual. Inhala y exhala una y otra vez, armándose de valor.
Cuando sale lo ve recostado en la cama leyendo un libro con tan solo su pantalón de dormir de seda color negro. Podía ver sus formas marcándose debajo de la tela delgada. Su torso desnudo era toda una visión que valía la pena admirar, aunque se condenara en el infierno por no poder tocarlo. Ethan le parece increíblemente guapo. Cuando él deja su lectura para mirarla, su rostro pasa de ser apacible, a el de uno lleno de horror.
Elena intenta disimular que no se ha dado cuenta de su mirada, camina hasta el estante de libros y toma el que he comprado hace unos días. Levanta su almohada junto con una frazada del closet y sale lo más dignamente posible de la habitación. Esta segura que él se ha dado cuenta que al ponerse ese dichoso camisón ha sido con la única intención de seducirlo. No está listo para una noche de pasión y es que ¿acaso no le había dicho antes que ya no le causa nada? Por lo que se promete, no volverá a intentar acercarse a él de esa forma. Pero ¿cómo lo va a conquistar de nuevo? Sabe bien que con tontos intentos de celos no lo lograra, pues ya no le interesa y sí acaso llegara a demostrar algo, sería su ego herido.
Se sienta frente al ordenador comienza a navegar en internet, se siente tan sola a pesar de que lo tiene a él a unos metros de distancia. Encuentra un antiguo blog de gente como ella, que lucha día con día por el control. Al cabo de un rato camina de regreso a la habitación, él duerme ahora, lo observa por un momento, la constante angustia en su pecho de saber que se quedará sola, se disipa por ese instante. La luz de la luna que atraviesa por los ventanales le muestra sus facciones. Quisiera tocarlas; pero, es tan incansable.
PESADILLASEthan despierta sudado y agitado; mira por inercia a su lado y ve a Elena de espaldas, dormida, el ritmo de su respiración le indica que está en un sueño profundo. La envidia. La pesadilla que tuvo lo ha dejado inquieto.
Se había visto caminar por un largo pasillo con alfombrado rojo, le hizo recordar a una iglesia. Cuando abrió el par de puertas al final, continuó su recorrido, había butacas vacías adornadas con flores blancas. Siguió el camino y cuando llegó al final, vio a una mujer muy delgada vestida de negro dándole la espalda, cuando se acercó notó el velo que cubría su rostro. Entonces, se dio cuenta de que él vestía un traje oscuro y que llevaba una rosa roja en su mano. Frente a la mujer había un ataúd, se acercó, todavía más detrás de ella hasta que pudo ver quién estaba dentro del ataúd. Era Elena.
Era una mala copia de su esposa. Esta mujer tan parecida a Elena era mucho más delgada. Parecía que la carne había desaparecido de su cuerpo dejando solo su piel adherida a su esqueleto, tenía grandes ojeras negras alrededor de sus ojos. La belleza de su rostro se había esfumado. Su cabello rojizo estaba esparcido en la cama de satín. La mujer a su lado tocó su hombro, cuando él miró aquella mano fría y cadavérica vio el anillo de matrimonio de su esposa. Entonces despertó.
Al prestarle atención, nota que su cabello es más corto, se pregunta cuándo lo había recortado. En el momento en que la vio salir del baño, con ese camisón color durazno, se sorprendió verla tan delgada. Si antes sospechaba de lo mucho que a ella les estaba costando aceptar su ruptura, ahora estaba más que seguro. Pero, tenía que salir adelante sin él. Se promete hablar con Quella para que esté más pendiente de ella. Y ahora que lo piensa mejor, reconoce que su encuentro con Steve, podría ser bueno para el estado anímico de Elena. Una distracción. Y si él idiota no lo es tanto, tal vez intentará remplazarlo, aunque se pregunta cómo reaccionará él cuando se entere del motivo por la que su matrimonio se fue al traste. Tal vez, él, es menos egoísta, tal vez, a él, ni siquiera le importe. Y con ese pensamiento volvió a dormir.
REVELACIÓNDía dos...
—Ethan despierta… —Elena intenta despertarlo suavemente—Ethan — susurra una vez más.
—¿Qué hora es? —su voz suena algo ronca tras despertarse y abrir los ojos, pestañea para acostumbrarse a la luz del nuevo día. Ella lo observa con una media sonrisa.
—Las siete.
Maldiciendo entre dientes Ethan se levanta apresurado para arreglarse y no es capaz de notar que Elena había querido seguirlo, pero un fuerte mareo la obligó a recostarse de nuevo en la cama. No fue hasta un par de minutos después que pudo levantarse sin sentir que se caería en cualquier momento.
No tiene ánimo ni fuerza para jugar el papel de esposa perfecta y preparar un desayuno que él iba a ignorar. Así que se queda mirando la ciudad desde el balcón de la recámara en espera a que él se marche para dar lugar a su monótona existencia.
Más tarde escucha la puerta cerrarse sin un adiós. Esto no le importa, ella también ha amanecido con un extraño estado de ánimo sintiéndose adormecida a los desplantes de Ethan. Toma su desayuno de siempre, vinagre de manzana con agua tibia y un tanto de jugo de limón, seguido de un laxante de linaza que le ayuda a purgarse lo poco o nada que tiene en el estómago cada mañana.
Más tarde va al gimnasio y luego al supermercado; en este último no compra mucho, solo lo elemental para cocinar la cena de Ethan. Para ella, tres productos bajos en grasa.
Come con Quella y Sophia, o, al menos, finge hacerlo desparramando la comida en su plato y escondiendo otra tanto en su servilleta; ellas no se percatan de sus malos hábitos, jamás lo han hecho. Están demasiado ocupadas planeando su próximo movimiento con Ethan.
—Entonces ¿cuándo te vas a Florida? —pregunta Elena a Sophia.
—En dos semanas.
—Debemos hacer una reunión de despedida —comenta Quella, tomando la mano de Sophia. Ellas se habían conocido a través de Elena y habían hecho conexión casi de inmediato.
—¿Crees que Jeff necesite una colaboradora más?
—Pero… —Sophia mira a su amiga con ternura, siente un nudo en la garganta le parte el corazón lo que ve en los ojos de Elena, aunque trata de ocultarlo.
—¿Estás hablando de irte a Florida? ¿Qué hay de mi hermano? —Quella le roba la palabra a Sophia.
—Quella, aceptémoslo. Él ya no me ama —responde Elena con una tranquilidad que aterra a Quella.
—¿Vas a rendirte?
—Voy a dejarlo ir y voy a necesitar alejarme para no morirme en ese odioso departamento, para que la soledad y dolor no me consuman. ¡Comprende, Quella! Por favor, ya no me tortures más, no me hagas más ilusiones; deja que estos tres días que me quedan con él sea una ruptura limpia
Elena llora y sus ojos suplicaban un poco de compasión. Quella baja la mirada en comprensión, pues realmente no se había dado cuenta de cuánto dolor estaba guardando Elena hasta ahora. Estaba a punto de perder no a una cuñada sino a una mujer que era como una hermana.
—Está bien, pero mi hermano es un idiota. Un completo idiota. Y… ¡Jamás aceptaré a esa mujer!
—Lo sé, pero es tu hermano y debes apoyarlo. Yo no dejaré de ser tu amiga, y tampoco de amarte. —Elena abraza a Quella y a pesar de la melancolía, espera que Quella lo superé pronto. Rompen el abrazo y se sonríen con tristeza.
—¿Crees que Jhon quiera darme trabajo? —Elena le pregunta a Sophia esperanzada.
—¡Claro! Jeff todavía tiene puestos por cubrir, además, él no te negaría la oportunidad.
—Gracias.
Cuando Elena llega al departamento piensa en el plan del día, según Quella y Sophia, uno no tan sencillo, pues tenía que darle la noticia de su cambio de ciudad cuando ellos terminaran, solo para saber que tanto le importaba el no volver a verla. Quella le promete que será una última vez. Abrumada se dirige al baño y vomita lo que ha comido por la tarde.
Pero es el agotamiento el que la vence luego de llegar a arrastras hasta la cama. Ella, pierde el conocimiento.
CUANDO EL PRÍNCIPE DUDA«Los gritos de agonía son mi infierno personal».
Los gritos incesantes de Ethan pueden escucharse a través de las paredes de vidrio que era su oficina. Caroline lo mira mientras mordisqueaba la punta de la pluma. Siente una inquietud extraña en su pecho. Ethan estaba con ella físicamente pero su mente siempre en otra parte. No era un hombre cariñoso, aun así, es más distante, tan lejano como si eso que los conectaba se hubiera perdido. Caroline vio a Jonathan salir de su oficina con el rostro lleno de enojo. Él la mira por un momento y luego de forma desdeñosa le sonríe, fue una sonrisa malévola. Sabe, que no le simpatiza, nunca lo había mostrado tan abiertamente. Ella lo ignora mirando su computador. Cuando ya no hay nadie con Ethan, se apresura a buscarlo. Ethan estaba hojeando un archivo, murmurando nombres y maldiciones.
—¿Necesitas ayuda?
—No, déjame solo.
—¿Qué ocurre, Ethan?
—Son unos inútiles, que no pueden hacer nada bien o esos malditos son unos escurridizos. —dice refiriéndose al caso en sus manos.
—Bueno, siempre ganas. Encontrarás la forma. Siempre lo haces —le habla con optimismo, ella intenta bajar su nivel de estrés.
—Déjame solo o tráeme café. Lo que quieras, pero desaparece.
Al sentir su agresión verbal o, más bien emocional decide alejarse. Siente la ira recorrer y no quiere discutir más con él.
Caroline sale dando un portazo, ni siquiera la miró y, es así, que sabe que él está dudando.
ETHAN«Si uno supiera descifrar los mensajes del corazón, la vida sería más fácil».
Ethan está furioso y ni siquiera sabe la razón exacta, si era porque ya no soportaba estar allí fingiendo, por el hecho de que ella ahora parecía demasiado conforme con su separación o porque ya no era la mujer con la que se casó. Esta nueva mujer trata de darle la fachada de ser fuerte y decidida y que acepta que ya no tienen futuro. Pero, tan solo con mirarla un poco más, se da cuenta de lo demacrada, ojerosa y delgada que está. Por lo tanto, sabe que ella no está bien. No quiere sentirse culpable si algo le pasa, y es que la pesadilla le había calado hondo en su conciencia.
Y cuando llega a casa y la encuentra dormida sin indicios de haberlo estado esperando, sabe que ella se estaba desapegando, rompiendo la asfixiante rutina de una relación toxica en la que ella lo espera con una sonrisa cariñosa y fingiendo que son el matrimonio del año. Que él es un buen esposo y que la ama y ella la esposa perfecta. Poco a poco le está soltando las riendas, dejándolo en libertad. Y se pregunta, si cinco días serán suficientes para ella.
Entonces Elena siente su presencia porque despierta para encontrarlo mirándola.
—¡Hola! Enseguida calentaré la cena —le dice adormilada. Quiere decirle que no lo haga, sin embargo, guarda silencio y la mira levantarse de la cama.
Al estar en el comedor sentados uno frente al otro, comienzan a hablar sobre su día con palabras torpes, al final, es Elena quien rompe el hielo al hablarle sobre su búsqueda de empleo casi fallida. Ethan contra todo pronóstico, sonríe al verla furiosa, se da cuenta de que le gusta verla molesta y despotricando ante la injusticia o tal vez, era la llama de vida en sus ojos la que, en realidad, hacía mucho que no veía, y que ahora encuentra fascinante.
—No te burles Ethan, no todos somos tan brillantes para ser notados antes de la titulación —dice Elena arrojando su servilleta y cruzándose de brazos.
—No lo hago solo que eres graciosa cuando te enojas. Pero puedo darte una carta de recomendación diciendo que trabajaste con nosotros por seis meses. —Le ofrece Ethan sin pensarlo siquiera, dejándose llevar por ese sentimiento y necesidad de protegerla, de hacerle la vida fácil.
—Eso es malo señor defensor de la ley.
—Entonces no te quejes Elena, y sigue buscando. Y ¿para qué necesitas un empleo? No te falta dinero. Además, tendrás la manutención que te permitirá vivir cómodamente —le dice mientras sirve un poco más de vino a su copa.
—Tal vez —Elena susurra, luego toma valor para enfrentarlo por primera vez cara a cara — … Tal vez en tu vida no exista un cambio radical después de mí, Ethan. Tú continuarás en tu mundo profesional adquiriendo éxitos. Seguirás teniendo a una mujer en casa esperando por ti. Amándote.
—¡Elena!...
—No te estoy reclamando. ¡Es la realidad! No pienso seguir fingiendo que no existe cuando es tan tangible. Aceptémoslo de una vez. ¡Acéptalo!
—Bien. ¿Qué sigue? Reproches, discusiones, vas a decirme que siempre lo has dado todo por mí y que… ¡soy una mierda!
—No.
—¿Entonces? ¿Qué es lo que quieres con esta farsa?...
—Cerrar el círculo de mi vida contigo. No como una mujer que guarda rencor al hombre que es el amor de su vida. Sino como una mujer que ama a ese hombre y lo deja porque ya no hay nada qué hacer. Quiero irme recordando el hombre del que me enamoré, a mi príncipe; siempre honesto y no, el hombre que me mintió hasta el último momento, al embustero, tramposo y cobarde que jamás fue capaz de mirarme a los ojos sin sentir pena por mi o remordimiento. No te pido que terminemos como amigos, porque eso jamás sucederá, aunque lo deseemos. Si en algún momento, nuestros caminos vuelven a cruzarse quiero verte feliz y alegrarme por eso, no odiarte ni maldecirte. Eso, Ethan, es lo que espero de esta farsa.
Ambos guardaron silencio, cada uno con sus culpas, sus sentimientos.
—Mañana te daré una carta de recomendación. La necesitarás —Ethan arrojó la servilleta a un lado del plato dispuesto a retirarse, pero…
—Gracias, pero no es necesario —de pie, Ethan la observa, nota que hay algo más allí… y luego toma de nuevo asiento. Ella remueve su cena una y otra vez mientras que evade su mirada.
—Ya tienes empleo… —afirma.
—Sí, trabajaré con Jeff, mañana llevaré mis documentos y realizaré los exámenes. Solo por protocolo, ya sabes.
—Creí que Jeff y Sophia se irían a Florida. —Elena levanta su mirada hasta su rostro, la nota sorprendida al darse cuenta qué él sabe de los planes de sus amigos—. Debo estar enterado de los pasos de cada una de mis competencias, por muy pequeñas que estas sean. Jeff ésta rodeado de buenos elementos que no lo seguirán y estoy en la mira de contratar al mejor de ellos —le responde Ethan acertando en la pregunta muda de Elena.
—Sí. Ellos se van a ir.
—Te irás con ellos —afirma nuevamente.
—Trabajar a distancia no sería una buena idea —bromea regalándole una triste sonrisa, extrañamente la ve parpadear, como si se hubiera dado cuenta de algo. De pronto, Elena endurece la mirada antes de desviarla lejos de sus ojos.
—No, claro que no. Le diré a mis padres que te presten su casa y…
—No, gracias. Sophia me recomendó una inmobiliaria.
Algo de eso le molesta.
—Ya todo lo tienes cubierto, ¿no?
—Sí. —Y una vez más Elena intenta relajar el ambiente con una broma—. Como veras, soy una mujer fuerte que pronto se liberara de su amargado, impotente y horrible marido —funciona. Ethan suelta una carcajada.
—¡Cuídate, Elena! —lo dice porque a pesar de todo… a pesar de todo no cambiaría de opinión no dejará que la nostalgia de lo que una vez fueron gane ante su deseo de iniciar un nuevo camino. Así que le da esas palabras agradables para decirle adiós. Porque esto era lo era, un adiós.
—Siempre lo hago. ¿Cómo fue tu día?
—Igual que todos, muy bien —responde evasivamente.
—Me gustaría, que fuéramos a cenar el viernes. ¿Qué te parece?
Maldice, por dentro. Se pregunta qué era aquello que motiva a la mujer a ser tan cruel con ella misma. Qué la hace ser tan mezquina y frívola.
—¡Claro, por el aniversario! —responde con una sonrisa burlona.
—No. Te firmaré el divorcio por la mañana, quiero que lo hagamos para brindar por una nueva y mejor feliz vida. Antes de ser novios fuiste un gran amigo y creo que por esa amistad...
—Fui un buen amigo, porque quería acostarme contigo. —Ahí estaba. Lo dijo, el meollo del asunto. Quería acostarse con ella desde un principio. Sin embargo, no lo hizo, tal vez si ella hubiera sido menos… tan como ella y se hubiera dejado seducir… tal vez, solo tal vez no se hubiera aferrado a perseguirla en una conquista que duró lo suficiente para enredarse en su propia trampa de casanova, y terminar prendado, encaprichado y por Dios… enamorado. Loco y perdidamente enamorado.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos y la boca igualmente.
—Nunca me sedujiste ni siquiera siendo novios —susurró.
—Me enamoré de ti sinceramente —reconocerlo en voz alta le dolió. Se preguntó ¿Por qué?
—Entonces...
—Pienso que es estúpido decir que es por la vieja amistad, cuándo ambos sabemos que es solo para alargar la tortura.
Ella asintió y de nuevo estaba ese rostro duro y frio. Uno nuevo…
—Está bien no habrá cena ni brindis ni nada. Al menos no contigo. Yo festejaré sola.
Ethan pudo verlo entonces… el resentimiento. Sabe que no debería sorprenderse de que ella lo resintiera. ¡Vamos! Ella debió odiarlo desde hace mucho, sin embargo, Elena era Elena, dulce, sincera, amable y sin odio en su corazón. Nunca la escuchó decir que odiara a alguien, ni siquiera al hombre que la cuidó —si se podía llamar a lo que hizo «cuidar»—, luego de la muerte de sus padres. Era extraño ver ese sentimiento al final de su historia. O tal vez, no después de todo. El que amó más es sin duda el que más está destinado a sufrir y luego odiar con la misma intensidad con la que amó. Después de todo, Elena, no era diferente a cualquier ser humano. Después de todo, no era tan buena como él creyó que lo era.
—¿Por qué insistes en torturarte de esa manera? Deja de hacerte daño —realmente no quería que terminará cerrándose a un mejor futuro. Sola o con alguien. A su mente vino Steve. Apretó los dientes.
—No te estoy pidiendo otra oportunidad, ¿están grande tu ego que realmente piensas que no cumpliré con mi palabra?
Ethan negó con la cabeza, ella lo exasperaba. Y le hacía decir cosas…
—Te recuerdo la última vez que me suplicaste, te arrastrabas sin ninguna muestra de dignidad.
—Y no se te ha ocurrido que ya me cansé de suplicarte, que es posible que ahora tenga un gramo de dignidad. Es cierto que decirte adiós no me hace precisamente feliz, pero también es cierto que todo tiene un límite y ambos sobrepasamos el nuestro. Yo con mis suplicas y tú con tu desprecio por algo que yo no tengo la culpa.
—¿Quieres discutir?
—No.
—Eso pensé —Ethan se levanta y tira su servilleta en el plato para marcharse, pero antes—, no olvides que eres tú quien falló primero al no poder darme un hijo.
—¡Jamás quisiste agotar alternativas! —ella le gritó. Dolor, el maldito dolor estaba allí. Y el circulo vicioso de su tonta y estúpida relación toxica comenzaba de nuevo. Pero intenta mantener la calma, porque si era cierto todo eso de cerrar círculos o en este cado cortarlos; estaban tocando temas de nunca se atrevieron hablar. Su amante, su desapego y la esterilidad de ella, aunque ese último sí lo habían discutido antes. «¿Qué de nuevo había que descubrir? ¿Qué cosas hirientes necesitaba ella que él le dijera?», se preguntó.
—La adopción no era una opción.
—¡Inseminación! —grita desesperada.
—¿Por qué habría de pasar algo tan humillante? —¿Por qué tenía que vivirlo si él «sí» podía concebir? Es que Elena no comprendía que no importaba si era a ella a quien iban a recostar en una camilla e implantarle sus espermas. El tendría que ir allí, masturbarse en una habitación de hospital para obtener su semilla. Su hijo iba a ser concebido gracias a su ¡puta imaginación pervertida! ¿En que se supone que tenía que pensar para que el pito se le papara? ¿En qué mierda tenía que pensar para siquiera llegar al orgasmo?
—Tal vez, ¿por amor?
Y entonces ella utilizaba su maldita capacidad para destrozarlo con una sola frase. Pero como siempre, él no caería solo, porque su relación ya había recorrido demasiado tiempo en el camino del dolor, la frustración y la agonía del desamor.
—De la mujer perfecta, que obviamente nunca existió.
—No hay seres humanos perfectos, Ethan, ni siquiera tú eres perfecto.
No, no lo eran. Ella no podía darle un hijo y él era un egoísta de mierda, que se negaba a dejarla olvidar que ella tenía la culpa de convertirse en la clase de hombre que en definitiva nunca soñó en convertirse.
—Para mí sí existe y es mi amante.
—¡Cállate! No quiero escucharte más.
—¿Sabes? Sí iremos a cenar y a festejar lo bueno que vendrá a mi vida y levantaremos una oración que para que encuentres a un idiota estéril que, igual que tú, comparta el interés por adoptar bastardos.
—Y yo levantaré una por ti, para que realmente encuentres la felicidad después de mí. Y nunca te odies a ti mismo por todo lo que me has hecho. ¡Te toca ordenar y lavar los platos!
La ve marcharse casi corriendo. Y él tiene ganas de arrojar todo al piso. Pierde el control y lo hace, empuja todo con sus manos con toda la furia acumulada por años y años de frustración y dolor. Los platos se hacen añicos, trozos de porcelana se disparan a todas partes del precioso piso del salón del comedor, el vino se derrama en el mantel blanco, manchándolo para siempre; y tarde se da cuenta de que, ha sido un estúpido, ahora tendrá que arreglar todo. Pues ella le ha «ordenado» no, le ha recordado que le toca lavar los platos, solo porque es su esposa y puede castigarlo por hacerla enfurecer.
A las tres de la mañana despierta nuevamente agitado. El mismo sueño, pero, en esa ocasión, las butacas no estaban vacías, había gente vestida de negro y al frente de pie al féretro vio al abuelo de Elena. Esa visión fue suficiente para despertarlo, miró a su izquierda y el lugar estaba vacío, sintió miedo por lo que apresuradamente salió de la cama y entró al baño, ella no estaba ahí, fue hacia la sala, tampoco la encontró, de pronto notó la luz de la cocina que se filtraba por debajo de la puerta y su ventana. Se asomó y la encontró de pie frente a la mesa con una rebanada de pastel y un vaso de agua en su mano. Sonrío y negó con la cabeza, silenciosamente, regresó a la cama negándose a volver a dormir hasta que ella regreso media hora después, cuando sintió descansar el peso de su esposa a su lado, él no pudo evitar soltar un suspiro de alivio. No entendía su reacción, pero sabía en el fondo de su corazón, qué, algo no estaba bien.
Dia tres«Y mi amante es mi pecado».
Elena se viste deprisa y en silencio. Su plan es huir antes de que Ethan despierte. No tiene intención de jugar a la esposa abnegada, ni de darle los buenos días con su sonrisa más dulce y amable, ya que, seguramente, lo siente como una carga y porque lo ama le duele ver cuánto esfuerzo pone para corresponder esa sonrisa con otra que no pasa de una mala imitación de la suya. No se siente de ánimos para lidiar con la situación por lo que antes de marcharse, le escribe una nota, y la deja a su lado, pero tras mirarle un momento dormir, se arrepiente. Él no desea de ella nada, mucho menos un mensaje de amor. Tampoco tiene en este momento la paciencia para buscar las palabras adecuadas y escribir una simple nota cuando lo único que grita su corazón en su mente es: «Te amo, por favor, no me dejes. Seré una buena chica y ni siquiera me importa ya si tienes o no una amante». Toma entre sus manos la nota y la comprime haciendo de ella una bolita que va a caer al cesto de basura que se encuentra junto al tocador.
Sale en silencio de la habitación convencida de que a él no le importará su ausencia. Pasa por la sala en busca de su bolso que descansa en el sofá. Echa un último vistazo a la estancia. Elena se da cuenta de que no importa la dedicación y esfuerzo que hizo para hacer de ese lugar, un hogar acogedor. Siempre le pareció frío y monótono. En los últimos dos años, el peso de la frivolidad de la riqueza de Ethan, recayeron en su matrimonio y en su hogar. Sí, con sus constantes viajes y altas horas de la noche ausente, el dinero que ha acumulado a través de los años no significa nada si ella ha tenido que disfrutar de las comodidades a solas.
Recuerda que cuando adquirieron la propiedad siempre fue con la finalidad de llenarlo de niños inquietos. Pero eso no podría ser y el espacio que era ocupado con muebles no logra llenar el corazón de satisfacción, que la risa de un niño en el ambiente o un juguete en el piso, en un algún rincón, le pueden dar. Se da cuenta también, que la espera de ese hijo la dejó siempre con tiempo de sobra sin nada qué hacer. Al ser consciente de que no podría ser madre, Ethan, pasó a ocupar ese tiempo vacío; y es ahora, en el punto final de su matrimonio que, a caído en la cuenta, de que ya no tendrá que cuidar de él y sus necesidades, ahora podrá retomar todo lo que había dejado atrás. Sí, pero que para ella significa poco o nada. Con tristeza ve que, lo que para él simbolizaba la libertad, para ella es la pérdida de lo más importante y amado en su vida. Su única familia. Él.
Pasea por la ciudad sin ningún destino en particular. Observa con atención los grandes aparadores de las tiendas de ropa. No le parece extraño ver que lo que ahí se exhibe, es exclusivo para gente delgada y hermosa. No para gente obesa, que cuando entra al lugar, le da vergüenza siquiera dirigirse a la dependienta para solicitar su talla. Y que, cuando lo hace, es en voz baja. Porque tal pareciera que de repente todo el mundo se queda mudo intentando escuchar la talla que delata su peso y, que de encontrar algo para ella, el hermoso conjunto perdería su gracia en su grasiento cuerpo.
Ahora su problema es su aniversario y la ropa que no tiene para usar en esa fecha. Por lo que toma la decisión de entrar a la tienda y quedar en ridículo.
—¡Buenos días! ¿Puedo ayudarle en algo?
—Gracias, solo estoy mirando —Elena llama la atención de la vendedora con una sonrisa tímida, luego pasa por su lado y dirige sus pasos hasta un bonito vestido color negro.
—Es bellísimo, ¿no? —dijo la dependienta detrás de Elena.
—Sí, pero no creo que se vea bien en mí.
—Yo creo que sí. ¿Por qué no se lo prueba? —Elena, se muerde el labio inferior, desea ponerse el vestido, pero la vergüenza la hacen dudar.
—¿Tendrá mi talla?
—Yo creo que sí. Espere un momento… En todo caso señorita, si no le queda bien y no lo necesita hoy, podemos hacer arreglos al vestido. Esta es una boutique con modelos exclusivos. Nuestra diseñadora es quien se encarga de realizar los ajustes a sus propios diseños.
—¿De verdad? Me refiero a que pueden arreglarlo para mi cuerpo, ¿si no me queda?
—Por supuesto.
—¿Y no perderá su forma? —pregunta preocupada.
—No se preocupe, señorita le quedará perfecto.
Continúa su recorrido por la ciudad, solo que ahora no desea ver más los aparadores. Él vestido no le ha quedado, pero la diseñadora le dio su palabra de hacer los ajustes ese mismo día para tenerlo listo al día siguiente.
En su camino da con una pastelería, intenta resistirse, pero sus pies se mantienen firmes de pie frente a las puertas y si no es porque una joven sale —deteniendo la puerta de vidrio para que ella pueda ingresar—, no lo hubiera hecho.
Al entrar, choca con el exquisito aroma del pan recién horneado. Se dirige a las charolas que exponen los distintos panes. Su boca se hace agua y su estómago comienza a gruñir. Su determinación ésta fallando. Llega hasta el mostrador de pasteles. Sus distintos diseños decorativos terminan por destruir su voluntad. Compra algunos.
Su excusa es que quedan dos días para su divorcio con Ethan, comer ahora o después no hará ninguna diferencia. Se deja llevar por el deseo de comer hasta reventar, llenar cuanto pueda el vacío que siente en su estómago, en su vida y su alma.
De la pastelería va a la dulcería, compra chocolates, luego camina hasta una pizzería y ordena la más grande y pide que cada cuarto sea con ingredientes distintos.
Por último, busca un hotel. Se rehúsa a ir casa, para tragarlos. Siente que debe acostumbrarse a otro ambiente. Sabe que abandonará la casa en cuanto firme el divorcio. No esperará hasta verle llegar del trabajo y cenar con él. No. No podría decirle adiós. Porque él no quiere una cena en un restaurante, que para ella resultaría un lugar más neutro y apropiado. Ella no se echaría a sus pies en público, ella no suplicaría patéticamente como lo hizo la última vez cuando se marchó de casa. Él no comprendía que solo deseaba hacerle la vida más fácil.
Piensa… «Y ¿el vestido?» ... No será nada más que un símbolo de lo que debía ser y no será. Su intención es no usarlo frente a él; solo lo utilizará para firmar el divorcio y lo dejará en la cama con todos los demás regalos que recibió en cada aniversario. Ella sabe que ese año no debe esperar algo de sus propias manos porque lo que él quiere, es no tener cabida en su corazón. No alimentar más su ilusión. Es por eso que ha utilizado su tarjeta de crédito. La cual sabe que, él, continuara pagando como lo prometió. Es un regalo indirecto.
Ignora las miradas poco discretas de los empleados del hotel, y se pregunta si, así verían a una pareja de amantes. «¿Quién demonios podría juzgar a una pareja que busca saciar su amor, prohibido o no? Nadie». Pero en cambio, mirándose al espejo del ascensor, no los culpa por considerarla todo un «caso», puede imaginarse sus comentarios llenos de burla.
«¡Vean a esa obesa entrando a un hotel para tener una cita clandestina con su estómago y su lujuriosa hambre insaciable!», sonríe amargamente.
En la habitación, coloca su motín en el piso formando un círculo, ella en el centro. Abre la caja de la pizza. Toma un trozo; aún ésta caliente y el aroma de los ingredientes se pueden percibir con mayor claridad. A punto de comenzar a saborearla, su móvil comienza a sonar con el timbre que lo identifica a él. Una tonta canción de amor. Ella la ignora.
Muerde el primer trozo, pero no puede pasar el bocado, las náuseas arremeten sin piedad.
Dos horas más tarde se encuentra sin fuerzas para continuar expulsando los líquidos de esa mañana, porque en realidad no había podido comer nada solido desde hace tiempo. El sonido de su móvil continúa escuchándose en la otra habitación. Cuando finalmente puede ponerse en pie. Se lava el rostro, y ajusta sus ropas. Coloca un poco de maquillaje en su rostro.
Elena sale del cuarto de baño y mira todo a su alrededor. Se siente defraudada de sí misma, sucia y enferma. Él iba a un hotel a fornicar con su amante, ella iba a gozar el placer de comer en otro hotel. Y de nuevo se preguntó, si es era así como se siente ser infiel. ¿Era natural sentir la sensación de culpabilidad por haber caído de nuevo en su deseo de saciar su lujuria por el hambre? Él, también tenía hambre de placer sexual. ¿Realmente eran muy diferentes?
Sale de la habitación, entrega la llave y luego deja el hotel con la cabeza gacha y la vergüenza pintada en el rostro.
El sol se está poniendo cuando llega a casa. El sonido del televisor en la sala le da aviso de su presencia. Su estómago esta revuelto, constantemente las náuseas y la debilidad la han hecho detenerse de tanto en tanto en cualquier lugar. Guarda silencio en la estancia y mira un momento más en la dirección donde se encuentra el televisor. No sabe qué va a encontrarse allí. Así que camina directo al cuarto de baño para vomitar de nuevo.
—Elena, ¿te encuentras bien? —Ethan pregunta mientras entra a la recámara.
—Sí, en un momento salgo. ¡Por favor, cierra la puerta! —le ordena Elena mientras intenta controlar el impulso de continuar vomitando.
Minutos después se mira de nuevo al espejo, sus ojos muestran derrames por el continúo esfuerzo que ejerce al vomitar. Cuando está segura de que no tendrá otro episodio sale de la habitación encontrándose con él cruzado de brazos y recargado en la pared del pasillo frente a la puerta donde ahora ella se encuentra.
—Lo siento me cayó mal el pollo que comí en la tarde. Ya te sirvo la cena —quiso pasar frente a él en dirección de la cocina, cuando la detuvo sujetando su brazo y atrayéndola de nuevo frente a él. Su agarre no es fuerte, pero si un poco intimidatorio.
—¿En dónde estuviste? —Elena nota su aliento alcohólico, él podía convertirse en un dolor de cabeza en un estado ebrio.
—Con Quella —le responde con los ojos puestos en dirección al piso.
—¿Todo el día?
Ella se gira para mirarle a los ojos por un momento, luego se suelta y continúa su camino ignorando su cuestionamiento y respondiendo con otro.
—¿Por qué preguntas?
—Esta mañana que desperté no estabas y…
—Casi nunca desayunas.
—Te llamé durante todo el jodido día y ni siquiera te dignaste a tomarme una sola llamada —dijo entre dientes, era evidente que estaba esforzándose por guardar la compostura.
Llegan a la cocina y ella le enfrenta de nuevo con una mirada retadora. Levanta una ceja y dice con un matiz sarcástico en su voz:
—Olvidé el celular. —Ese había sido uno de los tantos pretextos que él había usado en un tiempo pasado. Cuando comenzaba a salir con frecuencia fuera de las horas de trabajo. Ethan, demasiado ebrio para notar el sarcasmo lo pasa por alto. En su lugar deja caer su bolso frente a ella.
—¿No es éste el bolso que traías?
—Sí… —Ethan mete la mano dentro y rebusca encontrando el celular de Elena. Echa un vistazo a las veintitrés llamadas perdidas de su número y de paso revisa los mensajes recibidos. Sin encontrar ningún contacto desconocido. Sorprendida le miraba hacer sin poder decir nada.
—¡Ni siquiera lo has mirado! —le grita botando el objeto en la barra que lo separaba de Elena.
—Estuve ocupada —responde con frialdad y mirándole a los ojos.
—¿Con Quella?
—Sí, ya te lo dije. —Elena cruza los brazos y pone su peso en una sola pierna — ¿Que se te ofrecía?
—Todavía eres mi esposa, tengo derecho de llamarte cuantas veces quiera y bajo el más estúpido pretexto que se me venga en mente. ¿No?
—¡¿Cuál era ese estúpido pretexto?! —le grita, finalmente, Elena pierde el control y de un momento a otro toda la rabia acumulada por su indiferencia y ahora su excesiva atención sobre ella, la trastornan.
—Quella fue esta mañana a mi oficina, me pido que comiéramos juntos. Creí que te gustaría reunirte con nosotros. ¿A dónde y con quién estuviste?
Elena está congelada en su sitio, su enojo se ha reducido a nada. Guarda un momento de silencio, él la ha acorralado como muchas veces hizo ella. Lo odia, sí, nunca creyó que algún día iba sentir eso por él, pero saber que era injusto con ella y su amor por él, le hizo comprender que no la conocía en absoluto.
—Estuve arreglando todo para mi viaje a Florida. Tuve una cita en una inmobiliaria. Fui de compras y luego fui a comer. Ahora si ya has quedado satisfecho te sirvo la cena y me voy a descansar.
Ethan no parecía satisfecho con su respuesta, sin embargo, le pregunta en voz baja y calmada.
—¿Por qué me mentiste?
—Tú mientes todo el tiempo y jamás te pregunto el por qué lo haces.
Elena le da la espalda y comienza a lavarse las manos y después a preparar la cena en silencio e ignorando la enorme figura de su esposo en medio de la cocina. Él tampoco dice una palabra más, simplemente se reserva a observar cada movimiento de su esposa.
Elena percibe su lenta respiración, y luego el aroma de su perfume; su silencio y su presencia comienzan a enloquecerla. «¿Qué quiere?», se cuestiona. Está a nada de volverse loca, porque ella mejor que nadie sabe que él no desea su compañía; él, simplemente busca molestarla o mejor aún castigarla por lo de la noche anterior, tal como hizo ella. Y tal vez continuar discutiendo para tener el pretexto perfecto para volver con su amante por esa noche. El quiere escapar.
Pero, de pronto, todas esas ideas desquiciadas de esposa celosa quedan desechas, se desmoronan como un castillo de naipes, Ethan ha lanzado una moneda al aire y las ha derribado así, sin más, o, a lo mejor simplemente ha sido ella quien siempre busca el hilo negro del asunto. Ethan derriba sus defensas, desequilibra su estado emocional lanzándola a lo desconocido, cuando siente sus manos grandes y anchas en su cintura, él, termina su acción con un abrazo. Recarga el mentón con su barba naciente en su hombro, le pica la piel, lo huele, su aroma natural es como oler el aire en medio de una tormenta en medio del mar. Salado, no en el mal sentido, él era como el mar, a veces hermoso, pacifico, relajante, reconfortante, otras veces embravecido destructivo y sin compasión, ese aroma escondido bajo una capa de su loción de baño. Lo siente aspirar la piel de su cuello. Sin palabras y nuevamente sorprendida, por segunda vez ese día, queda paralizada.
—Me pediste que todo fuera como antes. Cinco días, ¿lo recuerdas? —le habla al oído en voz baja como si estuviera contándole un secreto. No hay reproche en su voz, todo lo contrario, más bien, parecía dolido—. No respondiste a mis llamadas… ¡Joder! ¿Cuándo fue la última vez que desee de verdad pasar un tiempo contigo? No lo recuerdo, Elena. Tú, ¿sí?
—No —responde con voz entrecortada y lágrimas en los ojos—. Lo siento, Ethan. Se disculpa porque sabe que la tormenta se acerca y tiene miedo, sí miedo no de él sino de lo que vendrá y de cual no está preparada.
En respuesta su esposo deposita un beso en su cuello, afloja el amarre y sus manos van subiendo poco a poco hasta sus pechos. Elena intenta concentrarse, disfrutar de las sensaciones, pero no puede, las imágenes de sus manos tocando a otra mujer, delgada y hermosa —no cómo ella, obesa y sin forma— con la misma ternura y urgencia de como lo hace él ahora: la dañan y la confunden.
No está segura de cómo reaccionar, si odiarlo por su descaro de tocarla cuando ni siquiera le ha pedido perdón por su infidelidad o simplemente entristecerse porque juega con su corazón creyendo que puede tomarla y dejarla cuando se le dé la puta gana. Sabiendo que no es capaz de rechazarlo y que aceptará cualquier cosa que le pida incluyendo las migajas de ternura y amor que esté dispuesto a otorgarle. Tal vez está equivocada y deba sentirse contenta, o, peor, satisfecha porque existe la mínima posibilidad de querer darle una nueva oportunidad a ella y a su matrimonio.
Lo intenta de nuevo… Ethan la mantiene acorralada entre su cuerpo y la encimera mientras besa su cuello y dedica un mordisco en su lóbulo una que otra vez. Sus manos comienzan a buscar entre las capas de ropa que, Elena, utiliza para cubrir su horrible figura, sí, esas partes de su cuerpo que siempre le enloquecieron en la intimidad. Baja sus manos y las mete dentro del par de suéteres y la blusa; toca su vientre y se detiene.
Ella no para de derramar lágrimas y su respiración errática no es de excitación, porque ella no es capaz de sentir deseo por él. No se excita con su toque, y, ve con tristeza que jamás lo hizo. Reaccionaba a sus caricias, le gustaba el aroma de su piel, sus gestos en medio del clímax, que él la tomara y sentirse de él. Pero, nunca conoció un orgasmo, ni fue capaz de sentirse medianamente satisfecha. Hacer el amor con él, era simplemente un acto de amor donde ella se dedicaba a satisfacerlo como le había enseñado. Estaba cansada de siempre correr al baño antes dé, y llenar su vagina de lubricante indoloro para hacerlo creer que ella lo deseaba. No podía, no podía más. Abrió los ojos. Tomó las manos de Ethan con las suyas y con delicadeza fue retirándolas de su cuerpo. No tenía caso continuar engañándolo, fingir algo para retenerlo cuando seguramente su amante no era frígida. Ella no era suficiente para él, siempre lo supo y aquellos años robados siempre serian especiales para ella. Al fin, había aceptado el adiós y ya no estaba dispuesta a dar marcha atrás.
—La cena está caliente. Te serviré y me iré a dormir. No me siento bien, me duele la cabeza.
Ethan guarda silencio y se queda inmóvil por un momento, ella solo escucha su respiración entrecortada pero no se atreve a mirarlo. Finalmente, se hace a un lado liberándola, toma de la barra una botella de whisky que antes no había visto Elena y se sienta en la mesa esperando su cena. Ella lo ve beber directo de la botella, no comprende por qué él actúa de esa forma. Al verlo ahí con un semblante taciturno, le duele. Quiere saber si ha discutido con su amante y por eso la ha buscado o si solo era un simple acto de caridad. Supuso que jamás sabría la respuesta. Su posición de esposa no le permitía preguntarle acerca de los problemas con su amante. Eso sería caer todavía más bajo de lo que ya había caído. Ella ya no era su amiga y tampoco su esposa, tan solo de nombre, pero en el instante en que lo rechazó y él se quedó quieto tal vez dándose cuenta de que ella no le causaba nada, porque la había comparado con su amante en ese momento dándose cuenta de que era gorda, deforme y horrible y no supo cómo continuar. No, lo que quedaba de ellos estaba derrumbándose como un pequeño edificio que se va desmoronando de poco a poco porque ambos llenaron esos pisos con dinamita y ahora simplemente cada día están encendiendo la mecha mirando de lejos, como viles espectadores morbosos la caída de casa piso. Para el viernes, ya no quedaría nada de ellos. Se dio la media vuelta dispuesta a marcharse, pero:
—No te vayas.
Su petición parecía tan surrealista, que de verdad quiso creer que lo había imaginado. Por lo que simplemente continúo su camino ignorando su petición. Esos cinco días estaban resultando una tortura para ambos. Y mucho más para ella, que comenzaba a proteger su corazón del adiós.
CELOSCena solo y no sabe si sentirse aliviado o desplazado, porque ella lo ha dejado deliberadamente sin responder a su petición. La comprende, pero ¿acaso no era un pretexto? Caroline le envía un mensaje diciéndole que lo ama y espera con ansias el día que podrán estar juntos sin tener que esconderse. Obviamente no desea gritar a los cuatro vientos su relación con una de las mejores amigas de su esposa o ex, para ese entonces. Se promete hablar con Caroline y explicarle que debían guardar un tiempo. No le responde el mensaje.
La comida no le sabe a nada, y entre más le da vueltas al asunto, la molestia comienza a arraigarse en su estómago.
Había estado todo el día recordando a Elena entrando a ese hotel. ¿Cómo la vio? Tenía una cita con un cliente muy importante y de camino al encuentro, estaba en esa puta avenida en medio del tráfico a vuelta de rueda, entonces, cuando levantó la vista del móvil —luego de ver la hora—, la vio cruzar la calle. Con un montón de paquetes en sus brazos, no sabía lo que eran y de todos modos… ¿Dónde estaban? No los trajo a casa. Ella llevaba una caja de pizza eso sí que lo vio. Ella cruzo la avenida y caminó hasta ese puto hotel, entró, ella entró. ¿Qué carajos hacia allí? Y, ¿con quién?, ¿acaso tenía una cita con Steve? Quería reclamarle y ponerla en evidencia como tantas veces hizo con él. Si esa cita no hubiera sido importante él hubiera bajado del auto y entrado detrás de ella. Pero hacerlo hubiera tenido otro inconveniente, además, de no llegar a su cita lo haría ver como un esposo celoso, y no quería que ella se sintiera esperanzada. Si en realidad había quedado con alguna otra amiga que no fuera su hermana… pero ella le dijo que era Quella, le mintió, le mintió ¡Por el amor de Dios! ¡Qué carajo y que cinismo de utilizar de esa forma tan malvada a Quella! Cuando llegó a la oficina, su hermana lo estaba esperando allí, y su esperanza de que ella venía de verla se esfumó cuando lo invitó a comer y él le dijo que llamaría a Elena. Su hermana no sabía mentirle. Ella no había visto a Elena, lo sabe porque saltó de alegría al ver que él quería llamarla, para que se uniera con ellos como en los viejos tiempos.
Cuando Elena no respondió en su móvil, ella llamó al departamento en un intento de no dejar pasar la oportunidad de unirlos, lo sabía, Quella quería que no abandonara a Elena. Entonces, una idea se le vino a la mente: «¿y si Elena tiene un amante y era por eso por lo que estaba tan dispuesta a darle el divorcio?». No. Ella lo amaba. No sería capaz. Porque ella era buena. No como él.
Al final, él y Quella se fueron juntos e idiotamente continuó llamando a Elena de vez en cuando durante el camino al restaurante y durante la comida y mucho después, y por si fuera poco, insistió a Quella para que fueran a comer frente al hotel donde había visto a Elena entrar. Pero durante su estancia allí, no la vio salir. Hasta pidió una mesa frente a la maldita ventana para poder tener a la vista la maldita entrada del hotel. Patético ¿no? Al final, ya no regresó a la oficina luego de dejar a Quella en su departamento. No, no lo hizo, continuó llamando a su móvil, fue a casa y bebió, él bebió whisky por Elena. No, no por ella, fue por sentirse engañado, burlado.
Molesto se levanta de la mesa toma los platos y los arroja al lavabo. Por último, apaga las luces y se dirige a la habitación. Elena ya está dormida, y él tiene ese sentimiento atroz que le quema la piel y le estruja el pecho. La odia.
DÍA CUATRO, NOSTALGÍASon las tres de la madrugada, el hambre como siempre la despierta y su estómago vacío ha comenzado a doler. El dolor es cada vez mayor. Se levanta no sin antes asegurarse de que Ethan duerme profundamente. Del cajón de su cómoda saca las pastillas que le ayudan a inhibir el hambre. Va hasta la cocina, ignorando el refrigerador lleno de comida por su paso, no quiere intentar comer algo para no tener otro ataque de malestar estomacal de nuevo. Simplemente se limita a verter agua en un vaso y camina de regreso en la oscuridad, a la sala. Se sienta en el sillón, se pregunta cuántas veces tendrá que vivir esta misma escena antes de ser lo suficientemente delgada. Traga la pastilla y bebe el agua. Regresa a la habitación sin antes dejar rastro de su presencia. Se detiene al escuchar su nombre de los labios de Ethan, pero luego se da cuenta de que él está dormido y que, al parecer, por sus movimientos, tiene un mal sueño. De pronto, Ethan se despierta y se sienta, su respiración es agitada. Pero luego tantea en el lugar donde ella debería estar durmiendo.
—¡Elena!
—Aquí estoy, lo siento si te he despertado. Fui a tomar agua.
—No lo hiciste, yo… Tuve una pesadilla. ¿Dónde éstas? —la oscuridad no le permitía verla.
—Aquí —sube a la cama. Nuevamente se sorprende cuando él le ayuda a colocarse bajo las mantas. Ethan la atrae por la cintura y la abraza con fuerza. Ella aun percibe su agitación. Pero ninguno dice nada. En otro tiempo tal vez le hubiera preguntado acerca de ese mal sueño, hoy, ya no puede.
Él comienza a besar su mejilla y trata de poner su cuerpo boca arriba, sus intenciones son las de devorar sus labios, ella se deja hacer, porque se siente débil, apenas puede liberar sus manos de entre sus cuerpos. Toma el rostro de Ethan entre sus manos y lo aleja de su cuello donde él está ahora depositando besos.
—¿Por qué haces esto? —si no tiene la fuerza física para detenerlo, quiere intentar hacerlo entrar en razón con las palabras, él ha bebido y sabe, sabe en el fondo de su corazón que él no desea hacer eso. Y que al siguiente día cuando el alcohol se haya ido de su sistema se arrepentirá.
Él no responde con palabras, toma sus manos entre las suyas y las coloca a sus lados mientras que vuelve atacar sus labios. Elena no corresponde el beso.
—Ethan… para, por favor…
—¿Por qué? ¿Tu amante te dejo más que satisfecha? —su voz estaba cargada de ira.
—¿De qué hablas?
Ethan se sienta en la cama y enciende la luz de la lámpara a su lado.
—Te vi entrar a un hotel. ¿Con quién te has encontrado?
—¡Con nadie! —exclama e intenta ponerse de pie para huir. Se avergüenza y se arrepiente de haber ido a ese lugar, porque ahora él está seguro de que al igual que él, es infiel. Y con seguridad la considera una hipócrita.
—¡Elena!
Ella está de espaldas, pero de pronto el miedo se desvanece y la ira vuelve a ella.
—Y qué si al fin después de toda tu mierda yo decidí encontrar un poco de diversión. Tú tienes una amante esperándote quién sabe dónde. Y a mí, ¿qué me queda cuando ya no estés aquí? Tú lo has dicho, soy una mujer indeseable y lo peor que pudo haberte pasado. Pero eso no quiere decir que no pueda pagar por más placer del que eres capaz de darme.
Después de sus crudas palabras más ciertas que nada de lo que alguna vez le ha dicho, sale de la habitación para encerrarse en el cuarto de los espejos. La sensación de pánico por sentirse expuesta pasa a una infinita pena. Se odia a sí misma, ahora no solo será una mujer sin autoestima, patética, sino también ridícula que compra placer, porque es incapaz de encontrar quién la ame… Y llora, llora por él, llora por ella, por su corazón roto y porque ya no puede seguir en pie fingiendo que no desea morirse. Cuando el se vaya ella ya no tendrá un motivo para levantarse de la cama y no desear estar muerta, cuando el se vaya, ella ya no tendrá un motivo para vivir. No le queda nada en la vida, ni siquiera ese hombre anciano que solía ir a visitar porque era lo único vivo que le quedaba de su madre. Ya no tiene sueños por cumplir, porque el único que quería hacer realidad nunca lo tendrá. Él no puede y tampoco quiere darle una familia. Él, el hombre al que ama por ser quien es, ya no estará con ella.
Siente que se hunde en un mar inmenso y necesita pronto algo o alguien quien la saque a flote y la ayude a salir a la superficie, necesita algo a qué aferrarse para poder vivir. Pero sabe que no hay nada, sabe que es demasiado tarde para ella. Pero tampoco puede culparlo por ser quien es, ni porque quiera irse sin ver que ella está sufriendo más de lo que demuestra. Porque, él también merecía vivir siendo feliz. ¿Qué podría decirle acerca de que está enferma? Está dañada no solo físicamente, ella sabe que está dañada en lo más profundo de su alma. ¿Cómo se repara un alma de todos modos? ¿Cómo decirle que cada día está muriendo un poco más?; y que un día simplemente desaparecerá como lo hizo Anne. Y ¿si quiera desea seguir viva, sufriendo como lo hace, porque ya no puede detenerse?
—Ethan despierta, es tarde ya —él se remueve, pero no abre los ojos. —Ethan, ¿no iras a la oficina?
—¿Por qué? ¿Tienes que ir a ver a tu amante? —le responde sin siquiera abrir los ojos.
—No tengo ningún amante. No quería volver a casa. En ocasiones, este lugar me asfixia, ¿sabes? —Ethan abre los ojos y mira el rostro hinchado de su esposa—. Ahora te daré el divorcio, lo haré más que nunca. —Él se sienta en la cama, su cabello desordenado lo hace ver más joven, ella le sonríe de lado—. ¿De verdad crees que yo te sería infiel alguna vez? Te amo más que a nada en este mundo. Lo daría todo por ti. Voy a darte el divorcio. Porque me lo has pedido. No por voluntad propia. Lo hago para verte feliz.
Ethan la mira a los ojos y ella puede ver que sus palabras le han llegado al corazón.
—Lo siento, sé que no tenía derecho a enfrentarte de esa manera. Es solo que no es fácil tener la absoluta culpa y… —Ethan se detiene. Ella puede ver en sus ojos un montón de sentimientos que no puede descifrar.
—Debes ir a trabajar. Ya no hablemos más de esto.
Ella se levanta y comienza a buscar su ropa dando por terminado el asunto.
—Elena.
—¿Sí? —Ella gira su rostro para mirarlo a la cara.
—¿Te gustaría que diéramos un paseo el día de hoy?
Ella sonríe, pero sus ojos no muestran nada más que tristeza.
—Sí.
Ethan sale de la cama, camina hacia el armario y saca un conjunto de ropa casual.
—Desconecta el teléfono de la casa y apaga nuestros teléfonos, hoy solo seremos tú y yo.
—Por supuesto —ella le responde entusiasmada, su corazón late deprisa, aunque no entiende los cambios de humor de Ethan, decide hacer a un lado todo y disfrutar ese día. A pesar de su tristeza, su rencor y sobre todo sus inseguridades.
—Piensa a dónde quieres ir.
—Sí.
Si en ese momento Elena pudiera definir el día más feliz de su vida diría que fue ese. Recorrieron las calles mientras conversaban como en días pasados. La llevó a desayunar a un restaurante al que nunca habían ido, mientras hablaban de todo y de nada a la vez, mientras que ella removía su comida recordaron viajes y momentos juntos. La nostalgia en ocasiones se asentaba entre ellos. Pero siempre era ella quien con ocurrencia lograba sacarle una sonrisa a Ethan y disipaba la tristeza. Visitaron un museo y luego, el parque donde él le pidió matrimonio. Ninguno proponía un lugar en específico, simplemente, caminaban sin sentido hasta donde sus pies los llevaran.
Se sentaron un momento en la fuente. Elena suspira y cierra los ojos disfrutando del viento en su rostro.
—Gracias.
Es lo único que dice cuando se percata de su mirada sobre ella. Ethan baja su vista a sus manos entrelazadas y da un suave apretón.
—Tus manos están muy frías.
No es un día cálido, el invierno se acerca por lo que puede sentirse en el aire helado. Ethan se saca la chamarra y la ayuda a colocársela. Elena la acepta, aunque por dentro no lo desea, sentir su calor y oler su suave perfume sobre ella le daban ganas de llorar. Pero no lo rechaza, porque sabe que sería inútil llevarle la contraria. Además, de que tiene razón, tiene demasiado frío.
—Pasemos el día mirando películas de terror.
—¿Quién eres tú y que has hecho con mi mujer? Ella es una cobarde que le teme a la oscuridad.
—Sí, pero tal vez quiero que me abraces.
Ethan la atrae a su cuerpo, deposita un suave beso en su frente y comienza a caminar con ella rumbo a casa.
Recostados en el sofá, cubiertos por una manta, miran la película; vencida por el cansancio mental y físico que el recorrido le ocasionó, se queda dormida entre sus brazos, mientras que Ethan acaricia su brazo con ternura.
Son las tres de la mañana cuando se levanta de la cama. No recuerda cómo ha llegado ahí, pero deduce que él la ha llevado en brazos. Ethan está en su sueño más profundo de la noche, aun así, permanece aferrado a su cintura y por un momento siente que se asfixia. Retira su mano despacio. De nuevo la maldita hambre, la ansiedad y su costumbre. Va a la cocina y saca una rebanada de pastel, se sienta frente al plato y comienza a imaginar una y mil formas de comerlo, se pregunta cómo puede continuar viviendo así. Quiere mandar todo al demonio, a él, a su amante y a su dieta.
«¿Qué más da? ¿Y si lo intento? ¿Y si intento comer, y si intento salvarme?».
Todo lo que ha hecho desde que conoció a Ethan fue por él y para él. Para complacerlo y ser la mujer perfecta que lo acompañaría a lo largo de la vida. Pero iban a divorciarse, Ethan se marcharía al final de ese día. Iría con su amante, le haría el amor, celebrarían su libertad y serían felices… No, no lo serían por mucho tiempo, porque entonces él se enteraría de que no puede tener hijos y entonces la buscaría para pedir explicaciones y ella ya no estaría allí. ¿Estaría muerta, ya para ese entonces? ¿Podría mirarlo a la cara si estuviera viva? No. Porque en el fondo de su corazón sabe que ahora lo odia un poco y ese odio tal vez se regocijaría al verlo sufrir tanto como ella lo ha hecho. Necesita algo a lo que aferrarse a la vida y tal vez, solo tal vez, el odio sea un buen motivo.
Pero por más que quiso probar la comida no pudo. Algo la detenía, algo se lo impedía.
Mira el reloj de pared y se da cuenta que lleva más de una hora intentando comer. Comienza a llorar. Ya no era por él, ahora era ella quien no desea comer. Quien quiere ser delgada porque su cuerpo es horrendo. Que la idea de su madre acerca de que comer le hacía daño, ahora era suya también. Se levanta y de la mesa toma el plato y desecha el contenido en el cesto de basura. Las fuerzas la abandonaron y vuelve a soltar en llanto, porque finalmente se ha convertido en lo que había prometido no hacer. Se ha convertido en su madre. Y lo más aterrador es que tal vez, moriría como ella lo hizo a causa de su enfermedad y que, a pesar de eso, sin Ethan, realmente no le importa.
EL BESO«Camino por el pasillo alfombrado de color rojo, la gente vestida de negro, sentada en las butacas, llora y susurra…
—Es él.
—¿Por qué no la miró?
—Culpable.
—Él no la amaba.
Cuando llego al final del camino, donde se encuentra la mujer de velo y vestido negro, la observo, a mi esposa dentro del féretro. Deposito la rosa roja en el pecho de Elena. La mujer de negro toma mi hombro y la miro, pero en esta ocasión, ella retira el velo que esconde su rostro. Era ella, mi Elena, pero la del pasado, con la que me había casado y no la mala copia que se encuentra dentro de esa caja sin vida. No puedo hablar, solo puedo mirarla.
—Mírame, Ethan —me ordena—. ¿Por qué no lo haces?
No comprendo a que se refiere; al fin puedo hablar y respondo:
—Lo estoy haciendo.
—No, no lo has hecho. Me has matado.
Miro el féretro y ahí estaba su copia, giro de nuevo el rostro hacia la Elena a mi lado, pero ella se ha ido. Y la gente a mi alrededor, me señala».
Los cálidos labios de Ethan en su frente la despiertan, sin embargo, no hace nada por demostrar que ya lo está. Y no es hasta que Ethan se levanta para encerrarse en el cuarto de baño que, Elena, da señales de estar despierta. Abre los ojos y ve la hora en el reloj. Era más temprano que de costumbre. Piensa que, tal vez, él ya no soporta más esa farsa y simplemente quiere terminar de una vez con todo.
Siente una fuerte opresión en el pecho y un nudo en la garganta, esta era la última mañana a su lado. No sabe cómo debe proceder. Hacer de ese momento único y especial o hacerlo como cualquier otro. Finalmente, decide actuar como si fuera un día normal, porque si finge normalidad, podría ser menos doloroso al final del día.
Se levanta de la cama y toma un conjunto de ropa, rápidamente se quita su ropa de cama y se viste antes de que Ethan termine de ducharse; no quiere que él tenga un último recuerdo de su cuerpo obeso al desnudo. Recoge su cabello en una coleta y sale corriendo de la habitación. Su siguiente movimiento es en la cocina. Saca de la alacena los ingredientes para elaborar el desayuno de Ethan, muy posiblemente ese sea el último que le sirva. Las cosas resbalan de sus manos, una que otra vez, y maldice en cada ocasión. Frustrada, respira hondo y se toma un momento para tranquilizarse.
Cuando abre los ojos, se topa con su móvil en la encimera. Lo toma y enciende el reproductor de música, cree que apaciguará su ansiedad, o, al menos, la distraerá. Además, no quiere que la encuentre en un estado emocional decaído, que lo haga creer, que en algún momento va a suplicarle que no la deje. No está dispuesta demostrarle su dolor. Quiere que la recuerde como una mujer que, en el último momento de esa tortuosa relación, fue capaz de recuperar, aunque sea un gramo de su dignidad.
Ethan se acerca a ella, ya bien vestido y listo para irse a trabajar. El aroma de su colonia inunda la cocina y es así como se da cuenta de su presencia sin siquiera echar una mirada al hombro. Cierra los ojos e inhala profundamente, extrañará el aroma de su colonia en él. Exhala el aire contenido y como resultado un poco de valentía, revolotea en su corazón.
—¿Te vas más temprano? —le pregunta intentando parecer natural, intentando que no se le note lo nerviosa que está, porque cree que él está deseoso por salir corriendo y que, tal vez, le pedirá la firma del divorcio en ese momento. No lo enfrenta, sigue dándole la espalda mientras remueve el café que le ha servido. Solo se mantiene allí, de espaldas sobre sus dos pies, plantados firmemente en el piso esperando la puñalada a su corazón.
—No —responde mientras se acerca a ella. La toma por la cintura y la gira para quedar frente a frente. Solo separados por la taza de café humeante, en las manos de Elena. Pero, aun así, esa pequeña barrera no le impide a Ethan depositar un suave beso en su mejilla, las piernas de Elena tiemblan—. Solo pensé que podríamos pasar un poco más de tiempo juntos esta mañana.
Elena asiente, asombrada por ver a su esposo con una sonrisa dulce, pero, sobre todo, real. No lo entiende, la confunde, por lo que baja la mirada para después removerse entre sus brazos y, finalmente, le pone la taza de café en las manos y después le da de nuevo la espalda, ella continúa trabajando con el resto del desayuno, ignorando su presencia. Ethan finalmente se aleja de ella, sus pasos se detienen en el comedor. Elena le echa una mirada discreta cuando escucha que arrastra la silla.
Lo ve sentado mirando su móvil.
Con disimulo limpia las lágrimas que sus ojos han derramado, a pesar de que se juró no llorar ese día y menos frente a él, se muerde los labios con fuerza para no sollozar. Ya no sabe si esas lágrimas eran de felicidad, nostalgia o dolor. Se siente contenta de pasar más tiempo a su lado en ese último día, sobre todo, porque es él, quien lo ha querido así.
Minutos después, Elena ordena la mesa mientras que Ethan está entretenido leyendo los mensajes de su móvil. De nuevo sus inseguridades asoman su feo rostro y se le revuelve el estómago. Y no se le ocurre otra cosa que, esos mensajes que lee su esposo con tanta atención, son de su amante; pues tras su ausencia y el teléfono apagado el día anterior, seguramente, ella debía de estar furiosa o por lo mínimo ansiosa. Coloca su plato frente a él. Pasa a su lado, y con disimulo, mira el remitente del mensaje que Ethan está leyendo con suma atención. Es Jonathan, su socio. Ethan levanta la vista y ella da media vuelta al instante, conoce a su esposo lo suficiente como para saber que se ha dado cuenta de que leyó el mensaje con él. Toma asiento al otro lado de la mesa y cuando levanta la vista se topa con sus impasibles ojos grises. Ya no puede leerlos con facilidad o, al menos, cree que él, ya no le permite hacerlo.
—Esa canción fue la primera que bailamos cuando nos conocimos —menciona Ethan como si nada. Algo que sorprende a Elena, ya que, nunca pensó que recordaría una canción de la que nunca hablaron después de conocerse; en todo caso, esperaría un reclamo, como mínimo por su indiscreción—. Recuerdo que Oliver me convenció de ir a la fiesta en donde te conocí. Te vi llegar —agrega, pero él ya no la mira a ella, en cambio, mantiene los ojos puestos en la vista fuera de la ventana del comedor. Recordando, seguramente. Por un instante ella siente que él la sigue amando. Pero ignora ese pensamiento, tan rápido como puede. Tal vez, es solo la nostalgia del adiós. Tras un parpadeo lleva de regreso la mirada a ella—. ¿Eso es todo lo que vas a desayunar?
—Sí. No tengo apetito —Elena toma el vaso frente a ella y bebe el contenido de una sola vez. Ethan, ahora con su mirada en el rostro de Elena, frunce el ceño.
—Tu ropa, aunque sencilla y anticuada, dejaba ver muy bien lo que había debajo. Pero, eso no fue lo que miré en primer lugar. Fue tu rostro casi al natural, tu cabello lo adornaba y hacía resaltar tu pálida piel. Y tus ojos grandes, tan llenos de inocencia y horror, me cautivaron. Esa noche estaba con la hermana de Oliver y…
—Tu eterna enamorada —afirma Elena, mientras que por debajo de la mesa sus manos sujetan fuertemente sus rodillas, enterrándose las uñas sin darse cuenta. No por los celos de la rubia odiosa y su cuerpo perfecto, era por hablar de lo que significó para él su primer encuentro, y saber que, nunca, se sintió atraído por su cuerpo.
—¡Pero ella ni siquiera me gustaba! —se excusa riendo. Para Elena no fue gracioso.
—¿Tuviste algo que ver con ella? —Siempre quiso saber, sí no, ¿por qué Alison la odiaba tanto luego de que Ethan la presentó como su novia frente amigos y compañeros de trabajo? Sabía que Ethan era amigo del hermano de Alison y que ella había estado enamorada de él por años. Y que tal vez ese día esperaba atraparlo, pero si él no hubiera dado alguna señal de interés por ella, Alison, nunca se habría atrevido a señalarla como una mosca muerta que se presentó a una fiesta sin invitación y que, además, le coqueteó a su cita, apartándolo de ella por el resto de la noche.
—Esa noche no quise ser descortés, pero en realidad, no le prestaba atención en absoluto. Y no fue hasta que me di cuenta de que estabas a punto de irte, que tomé la iniciativa de acercarme a ti.
—No me respondiste —insiste. Necesita saber si realmente él hacía lo que quería con todas las mujeres con las que estaba y todos lo sabían, acaso ¿ella había sido la única tonta que creía y confiaba en él ciegamente?
—Ese no es el punto. Ni lo que quiero decirte…
—Pero ella me reclamó al siguiente día, me gritó en medio del pasillo de la universidad. Me dijo que yo te había coqueteado y apartado de ella, e, incluso, te había emborrachado para llevarte conmigo a mi departamento.
—No, Elena. Ni antes o después de ti. Y nunca hice o dije algo que demostrara algún interés por ella. Esa noche, Alison me interceptó apenas me aparecí con Oliver en la fiesta, pero no era mi intención permanecer con ella más tiempo del necesario como para parecer grosero si me alejaba de ella de inmediato. En ese tiempo Oliver y yo acabábamos de montar nuestro propio despacho. ¿Lo recuerdas?
—¿Entonces?...
Ethan niega con la cabeza y levanta los hombros al mismo tiempo.
—Ella no importa. Elena, me enamoré de ti a primera vista, pero cuando te conocí de verdad, supe que te quería a mi lado por el resto de mi vida. Y lamento mi egoísmo. Yo…
—Me utilizaste, fui tu mujer ideal porque cumplía tus expectativas y era tu premio de lotería, tu premio mayor para poder acceder a ese mundillo de poderosos ¿no?
—No. He dicho muchas cosas, solo para dañarte, he dicho otras, solo por odio, odio no a ti, exactamente.
—¿Eso que quiere decir?
—Odio que no puedas ser tú la madre de mis hijos, me causa daño ver nuestros sueños rotos. —El tono de llamada del móvil lo interrumpe; y porque Elena no pretende escuchar sus disculpas por dejarla, aprovecha para ponerse en pie, le hace la seña para que atienda su llamada con tranquilidad.
Ethan responde la llamada y de inmediato comienza a discutir, ella puede darse cuenta de que es Jonathan al otro lado de la línea y que hablan del mismo caso que, desde hace meses, Ethan ha estado intentando conseguir testigos en contra del acusado, al parecer estaban por perder el caso. En algún momento deja de escuchar la conversación para centrarse solamente en la tarea de lavar los platos. Escucha sus pasos acercándose y luego entra a la cocina. Elena cierra el grifo y sacude sus manos antes de secarse con una toalla.
—Debo irme —le informa Ethan a sus espaldas, puede escuchar el tono de frustración en su voz—. Pero quiero que terminemos de hablar esta noche.
Elena se gira finalmente y al verlo, se da cuenta de que no quiere dejar ir al hombre al que considera: «su príncipe».
—Sí, claro —le responde con la voz entrecortada y sus manos tiemblan por la emoción.
Ethan da media vuelta y sale de la cocina, camina hasta donde ha dejado el saco de su traje negro. Se lo pone mientras llega al vestíbulo, allí toma su portafolio y abre la puerta, pero no sale por ella. En cambio, se gira para encontrarla detrás de su espalda. Elena cierra la distancia con un par de pasos, sus manos temblorosas se dirigen a su corbata, la reajusta y reacomoda correctamente en su cuello con lágrimas en los ojos, y su juramento de no llorar frente a él se va al diablo. No puede evitarlo. Ethan se deja hacer y al final cuando ella baja sus manos y carraspea en un intento de decir adiós, él limpia sus lágrimas traicioneras con sus pulgares. Ambos frente a frente sin poder decir nada se quedan un par de minutos mirándose a los ojos.
Finalmente, es ella quien rompe el silencio:
—Debes irte o tendrás problemas —su voz se entrecorta con cada sílaba pronunciada. Pero con esta simple frase ella desea transmitirle a Ethan que lo ama y que, si desea, en ese mismo instante es capaz de darle el divorcio, aunque eso la destruya. Porque lo ama y haría cualquier cosa por él, por verlo feliz.
—Ellos tendrán problemas, yo soy el dueño —responde con una sonrisa llena de orgullo.
—Sí, por supuesto. Lo había olvidado —bromea.
—Elena… —la llama por su nombre en un susurro, hay duda, incertidumbre.
—¿Olvidas algo?
—Sí. —Y la seguridad en su voz vuelve—. Sí, Elena, he olvidado algo. Olvidé como amarte. —Ethan suelta su rostro, baja las manos hasta su cintura y la atrae a su cuerpo, todo había sido tan rápido e inesperado que, cuando él, finalmente le roba un beso, ella no puede creerlo.
Elena sube sus manos hasta su cuello y lo corresponde, porque su corazón está ahogándose con sentimientos desesperados. Porque para Elena, ese, podría ser el último beso. La iba a dejar, ¿no? ¿Y si en realidad el plan de Quella y Sophia ha funcionado, y él decide quedarse al final? Nunca la perdonaría una vez que descubra su secreto, o, más bien, cuando ella se lo confiese. Y por primera vez, un beso de Ethan le supo a pura amargura.
Ese beso está carente de muchas cosas, no tiene la magia que el romanticismo le otorga por defecto. No sabe a café. No tiene el aroma a mar embravecido, ni a descargas eléctricas por su toque. ¡Y por Dios que sus ojos no pueden cerrarse! ¡No puede dejarse arrastrar por las sensaciones que deberían estar allí y no están!
Y cuando Ethan finaliza el beso, no ha notado la falta de emoción, demasiado preocupado por lo que siente, él está jadeando, su frente pegada a la de ella, mantiene los ojos cerrados intentando regular su respiración, intentando recobrar la compostura, el control. O, tal vez, para ella besarlo después de mucho tiempo y no sentir nada más que miedo por saber que nunca más podrá besarlo de nuevo, la hizo actuar tan mecánicamente bien, que lo ha hecho creer que siente lo mismo.
¿No lo nota? O, solo es que hay tanto qué todavía no se han dicho, cada uno con sus secretos y emociones a mil por hora, y todas esas cosas que quieren decir y que nunca tuvieron la oportunidad de hablarlas, ya sea por cobardía o porque lo dejaron para el después. Todos esos sentimientos que alberga su corazón que han confundido su mente y apuñalado su alma. Quedándose sin tiempo para hacerlo.
Y, ambos, en el fondo de su corazón, saben, saben de alguna manera que es demasiado tarde para hacerlo, el daño ya estaba hecho, y que, si no se atrevían en ese momento a más, se marcharían cada uno por un camino diferente cargando con los remordimientos, los secretos y los te quiero no dichos, para siempre.
Porque al final, se quedaron sin tiempo, por cobardía, por estupidez.
Así que inútilmente intentaron expresarlo todo con un último beso. Y, tan absorto estaba Ethan con todas esas intensas emociones que querían estallar en su pecho y tan aterrada estaba Elena de perderlo, que ella ha mentido y él no se ha percatado. No les llega el mensaje, son incapaces de transmitirse nada. En lo único en que piensan es que es demasiado tarde. Y ya nada de lo que puedan decir o hacer, cambiará el pasado. El daño está hecho, la intriga y los celos han echado sus raíces. Y aunque el destino les diera una oportunidad para amarse y les diera tiempo, ninguno de los dos, son los de antes. Ella lo dejó creer una mentira, él demostró que su amor por ella solo estaba allí en los buenos tiempos. Al final, ambos demostraron que no son tan fuertes, no son tan buenos y, sobre todo, no son perfectos.
—Te veré esta noche y…—Ethan guarda silencio un momento. La mira de arriba abajo y luego dice—: Elena, no me gusta tu aspecto —Elena baja la mirada a sus pies, de nuevo la hace sentir pequeña e insignificante—. Quiero que te alimentes correctamente. ¿De acuerdo?
—Sí, no te preocupes. Lo haré —ella promete, con un nudo en la garganta. Sabe que no debió romper la dieta, que ella debió esforzarse más.
—Pasaré por ti a las ocho. Haré la reservación en nuestro restaurante y…
—No es necesaria la tortura, tenías razón… te firmaré los documentos y los encontrarás aquí —no quiere ya nada. Se siente pequeña e insignificante y no quiere seguir torturándolo con su presencia. Ella solo desea meterse en una cueva y no salir nunca más.
—No, por favor —la súplica en su voz la hace levantar la mirada hasta sus ojos— Hablemos esta noche…
Y eso es todo lo que necesita Ethan decir, ella siempre hará lo que le pida.
Elena asiente. Cuando él sale por fin dejándola sola, tapa con su mano su boca para no soltar un grito. No sabe qué pasará, si va a dejarla o si estará dispuesto a intentarlo. Corre al teléfono y marca el número de Quella, con manos temblorosas.
—Elena, ¿qué sucede? Hoy es el maldito día, ¿qué noticias tienes?, ¿está contigo?, ¿se ha ido? —suelta la joven al otro lado de la línea.
—No lo sé, creo que quiere quedarse, Quella. No… no sé qué hacer. ¡Ayúdame!
—Ok, tranquila, cariño. Ven a mi departamento y aquí hablamos.
—De acuerdo.
Elena corre a la habitación y toma de su armario lo primero que encuentra para salir. Sale del departamento y antes de ir con Quella pasa por el vestido a la tienda. No se lo mide, ella no quiere enfrentarse a su horrible figura. No en ese momento, no como se siente.
DOLOR Y REMORDIMIENTO«Su cuerpo siempre fue mi templo, en nuestra noche de bodas la amé y adoré como si el mañana para nosotros no existiera.
—¿Me amas? —ella me preguntó mientras me miraba con sus preciosos ojos verdes, tan llenos de amor.
—Sí —respondí sin dudas, sin miedo, ni remordimientos, una respuesta fácil y honesta. Porque no había culpa, ni traición.
—¿Cuánto? —ella me mordió el hombro tras preguntarme y lo único que quería decir era: «Más allá de la muerte». Sin embargo, no era lo que Elena quería escuchar.
—Tanto qué si me lo pidieras te entregaría mi corazón en las manos. Si con ello puedo hacerte feliz. —Tomé su rostro con ambas manos y la besé».
Ethan llega a la firma media hora más temprano de lo habitual, se siente renovado y con más energía. Saliendo del elevador su mirada se dirige hasta el escritorio de Caroline, ella lo mira con una sonrisa que él no responde, solo se limita a ofrecerle un asentimiento de cabeza, e ignorando el rostro desconcertado de Caroline, entra a su oficina cerrando la puerta detrás de él.
Una vez adentro tiene esa horrible sensación de preocupación y miedo. No quiere dejar a Elena. Las horribles pesadillas y los días de convivencia con Caroline le quitaron la manta que había llevado sobre el rostro impidiéndole reconocer que, Caroline, nunca encajaría en su vida. Eran polos opuestos, además, ella exigía de él lo que ni siquiera Elena alguna vez le exigió, atención excesiva. Esa manera posesiva y obsesiva con los que quería controlar cada uno de sus movimientos con Elena lo irritaba. Ya podía bien imaginarse lo que le esperaría después. Lo asfixiaría. Además, si pensaba fríamente la situación, sus padres nunca la aceptarían en la familia. Fue un tonto en dejarse llevar por la pasión y el deseo de tenerla dentro de su cama cada noche. No había pensado en todo lo demás, no pensó en lo mal que se verían, ni en lo mal que lo pasaría ella con el desprecio de su familia, pero, sobre todo, Caroline, hubiera tenido una enorme figura que superar. Y no tenía las cualidades para hacerlo, Elena se había ganado el amor y respeto de sus padres y la lealtad absoluta de Quella. Sí, su hermana, destruiría a Caroline. Su relación era imposible.
Y dejando a un lado todo eso, podía decir que extrañaba a su esposa, a la mujer con la que se casó. Y siendo sincero consigo mismo, nunca elegiría a Caroline sobre su familia. Por Elena sí estuvo dispuesto, pero lo que siente por Caroline no es suficiente para sacrificar nada. ¿Cómo podría? Ella no era como Elena, tenía en su historial la traición, él también, pero sus padres nunca dejarían de amarlo, en cambio, a ella nunca podrían aceptarla. Caroline le debía todo lo que tenía a Elena. Lamentablemente, solo su sueldo era merito suyo.
Luego, estaba Steve de regreso en la vida de Elena. Eso también había influido, tenía que aceptarlo. Ese hombre había sido un amigo para Elena, pero ella no lo era para él. Y aunque era posible que Steve la aceptara aún sí no podía darle un hijo, él no era el indicado para ella. Elena se merecía más. Entonces en algún momento de sus reflexiones se dio cuenta de que no podría verla con nadie más que con él. ¿Celos? Sí, los tenía y si podía sentir celos significaba que todavía no solo era una pieza importante en su vida, sino que todavía la amaba. A su manera, lo hacía.
Llama al departamento y al no tener respuesta intenta contactarla esta vez por el móvil.
No sabía que decirle, simplemente quería escuchar su voz. La opresión en su pecho desde que las pesadillas habían comenzado, se aliviaba cuándo está cerca de Elena. No había querido admitirlo, ni muchas otras cosas, pero la verdad era que amaba a su esposa y nunca se había dado cuenta de cuánto. Fue al verla muerta dentro de su sueño —bastante realista—, supo que no quería vivir sin ella y con esa horrible sensación de vacío.
LA LLAMADACuando Quella le abre la puerta, Elena se lanza a sus brazos, ama a su cuñada. Quella empuja a Elena dentro del departamento y la sienta en una silla previamente preparada para ella.
—¿Cómo va todo? ¿Cómo lo notas, inquieto, feliz? ¡Vamos, mujer, habla! —urge Quella para que hable, mientras toma un tazón de la mesa y comienza a batir su contenido—. Pero, antes que nada, lávate la cara.
Elena asiente y de inmediato se dirige al cuarto de baño. Al mirarse al espejo, nota su mal estado, su piel está más pálida de lo normal, sus labios resecos y las manchas negras debajo de sus ojos terminan por rematar la visión enferma de su rostro. Luego de soltar un suspiro cansado, se lava la cara.
—¿Qué es eso? —pregunta tras ver la rara mezcla que su cuñada está por aplicarle.
—Esto amiga, amiga, es una mascarilla para hidratar tu piel. Ayer teníamos que haberlo hecho, pero tu móvil estuvo apagado y, ¿qué paso con tu línea local? Estaba a punto de ir a tu casa, pero antes le marqué a Ethan y su teléfono parecía estar en las mismas condiciones. Lo llamé a la oficina y tu amiga me dijo que no fue a trabajar. Por cierto, parecía que estaba teniendo un mal día, pues fue más déspota que de costumbre.
—Ethan y yo nos tomamos el día y bueno… desconectamos los teléfonos.
—¡Vaya! —Quella dejó de untar la mezcla en la frente de Elena y la miró sonriente—. Lo sospeché. Pero eso es bueno ¿no? ¿Qué te ha dicho del divorcio? —pregunta y continúa untando.
—Nada, en realidad, seguimos en lo mismo, pero no lo sé…
—¿Han hecho el amor?
Elena se muerde el labio inferior antes de responder:
—No.
—¿No lo has seducido? —pregunta asombrada. Su hermano era tan difícil y complicado, pero ella estaba segura de que él la amaba, si no por qué se preocupaba por saber cómo estaba cuando él ya había dejado su hogar.
—Tenía miedo a que me rechazará, a que terminará molestándose y se fuera de nuevo.
—Elena tenías que darlo e intentarlo todo. ¡Por Dios, mujer!, primera regla de oro para que una mujer tenga un matrimonio duradero y feliz «Dama en la mesa, coqueta y traviesa en la cama».
—Bueno cuando me casé, nadie me lo dijo.
Quella rueda los ojos y retira un mechón de cabello de Elena del rostro.
—¿Escuchas eso? —pregunta Quella.
—Es mi móvil. ¡Oh! ¡Por Dios, es él! —Elena grita emocionada y aterrada a la vez.
Ambas mujeres soltaron un chillido, Quella le arroja el bolso a Elena y ella vacía la bolsa para encontrar el celular. Carraspea y toma un momento antes de responder la llamada.
—Hola. —Elena cierra los ojos y por primera vez en mucho tiempo lo siente de nuevo suyo, pero nadie responde al otro lado—. ¿Ethan?
—Sí, Elena —su tono de voz es insegura.
—¿Qué ocurre? — su voz era temblorosa, temerosa de lo que él pudiera responder.
—Nada, solo quería saber en dónde estás.
—Estoy con tu hermana, ella está torturándome… ya sabes… —Elena ríe un poco.
Quella le sonríe a Elena, ambas están pegadas al teléfono y al escuchar el sonido de la risa de su hermano, ella golpea el brazo de Elena con el codo, ambas mujeres se miran emocionadas. Elena sabe que, su corazón saldrá de su pecho en cualquier momento de emoción, Quella era una amante del romanticismo.
—De acuerdo… —De nuevo se queda en silencio y tras un suspiro, finalmente le confiesa—: Te amo, Elena. Sé que no debería decir esto por teléfono, pero tengo la sensación de que debes de saberlo ahora.
Ambas mujeres están tomadas de la mano muy, muy, muy fuerte.
—Ethan, yo también te amo —ella le responde casi sin voz.
«Ethan tenemos problemas». Elena escucha la voz de Oliver, seguido de un profundo suspiro de Ethan salir de sus labios antes de despedirse.
—Amor… —le cuesta trabajo llamarla así, o, tal vez era la extrañeza de utilizar de nuevo ese apodo para ella, y lo nota, nota la incomodidad. Sin embargo, el ríe un poco y sabe que en realidad Ethan se avergüenza. Quien cree conocerlo no lo creería. Pero ella, su esposa, su mejor amiga, sabe que no es más que un hombre tímido cuando se trata de sentimientos profundos—. Debo cortar la llamada, pero te veré más tarde. Dile a Quella que no se pase.
—Sí. Te estaré esperando.
—Te amo, Elena. —Esta vez lo dice con seguridad y con firmeza. Él la ama, la sigue amando.
Elena deja caer el teléfono al piso y cubre su rostro con sus manos y comienza a llorar, porque toda aquella tensión que había estado sufriendo durante todo ese largo tiempo, al fin, ha desaparecido, pero ahora se siente más desdichada que antes, piensa que no puede decirle la verdad, que tendrá que seguir cargando con el peso de su silencio, que, al pasar el tiempo, se ha convertido en una mentira.
—¿Qué pasa? —pregunta Quella con preocupación.
—Me dijo que me ama —susurra entre sollozos.
—Entonces, ¿por qué lloras, como si fuera el fin del mundo? Deberías estar feliz, no triste.
—No lo sé, creo que es de felicidad —miente, pues no puede decirle la verdad a Quella antes que a Ethan.
COMPLICACIONESMira a Oliver después de cortar la llamada con Elena y piensa que todos merecían una segunda oportunidad, al menos, si el arrepentimiento era sincero. Y el suyo lo era, ¿no?
—¿Qué ocurre? —pregunta con voz tensa.
—Lo siento, ¿quién era ella? —pregunta, era obvio que había escuchado la llamada.
—Elena, ¿por qué? —Ethan odiaba de verdad, cuando le cuestionaban sobre su vida personal.
—Bueno, por aquí no es un secreto que tu amante es la mejor amiga de tu esposa —Ethan le miró sorprendido.
—¿Disculpa?
—Los vi una vez en el estacionamiento, ella está buenísima, pero de verdad Ethan ¿tenía que ser ella?
—Creo que has confundido las cosas…
—Por allí se dice que hace meses no vives con Elena. Y también se dice que la dejaste por Caroline. ¡Diablos! Hasta mi hermana, Alison, dice que eres un idiota. Claro que lo dice porque no la consideraste a ella primero.
—¿Qué más se dice?
Oliver camina hasta la silla frente al escritorio de Ethan, se sienta y lo mira a los ojos.
—Ethan, antes que socios, somos amigos desde antes de todo esto. Esa chica, Caroline, no creo que sea la indica por la que un hombre debería dejar a su esposa.
—No voy a dejarla.
—¿Y qué pasará cuando los rumores le lleguen? Honestamente has metido la pata.
—¿Estás del lado de Elena, cuando durante todo mi matrimonio me sonsacabas para ir de juerga, me presentabas a mujeres e incluso me aconsejabas dejarla? Eres un hipócrita, Oliver.
—No, no lo soy. Elena no es de mi agrado solo porque me quito a mi mejor amigo. Cuando supe que la habías dejado creí que lo habías hecho por ti, no por otra mujer. ¡Por Dios, Ethan! Tú no eres de esa clase de hombres, que dejan a una para estar con otra.
—Me dices entonces que está bien dejar a Elena, para regresar a mi vida de soltero al lado de mi mejor amigo, pero no es correcto dejarla por otra mujer.
—El problema no es la mujer, sino la mujer por la que la vas a dejar. ¡Es su mejor amiga!
—¿Tienes escrúpulos, Oliver?
—Caroline no me gusta y si te soy honesto te prefiero ver con Elena.
—¿Cuál es la diferencia?
—La falta de conciencia de esa mujer. Su despotismo con sus demás compañeras, solo porque cree que tiene derechos en esta empresa por hacerte una mamada. ¿Sabes lo que hizo ayer?
—No.
—Le gritó a Brisel. Le ordenó que se pusiera a trabajar en lugar de andar chismorreando.
Ethan soltó una carcajada.
—¿Y de que estaba chismorreando?
—Sobre que tal vez estabas con tu esposa reconciliándote. Y que por eso no te presentaste a trabajar.
—Bueno, pues para tu información, Elena y yo estamos intentando solucionar nuestras diferencias. No pienso dejarla, al menos, no por ahora. Y en cuanto a Caroline, hoy se termina.
—Pues más vale que hables con Elena y le confieses lo que has hecho porque en cuanto se entere y no por ti, te dejará.
—¿Ahora eres un experto en el amor?
—No, claro que no. Es solo que no hay que ser un idiota para no darse cuenta de lo que pasará.
—Bien. Elena y yo seguiremos juntos y sí también había pensado en hablar con ella y confesarle todo, sé que me ama y que encontrará la bondad para perdonarme por mi indiscreción. Así que ve y dile a Brisel que Caroline tendrá su merecido por gritarle.
Oliver soltó una carcajada.
—¿Crees que yo me pongo a chismorrear con las secretarias? —pregunta con tono ofendido—. Me ofendes amigo mío.
—Deja las estupideces, ¿qué haces aquí?
—Ernest no declarará en contra de su tío. Me acaba de informar Jonathan, y si es así, me temo que perderemos el caso.
—Demonios, ¿qué ocurrió, ya estaba confirmado? El chico aseguró que lo haría. —Ethan siente un balde de agua fría caerle encima, contaba con el chico para poder ganar el caso o ese demonio de Jean Carlo quedaría impune ante el asesinato de su esposa.
—Creemos que hay amenaza de por medio, saben que, con la declaración del muchacho, su tío queda jodido.
—¿Puedes ir a convencerlo, tú?
Oliver negó con la cabeza.
—No me escuchará a mí, Jonathan ya te lo había dicho, solo confía en ti. ¿Sabes lo mucho que le costó a Jonathan convencerlo hace meses de hacerlo? Ahora no tenemos tiempo o cambiamos de estrategia o viajas hoy mismo y lo traes arrastras.
—Mañana tiene que presentarse a declarar y yo no puedo viajar. Hoy es mi aniversario, Oliver.
Ethan halo sus cabellos.
—Iré yo, pero te repito, si no consigo que viaje conmigo, perderemos el caso.
Ethan asintió, no podía arriesgarse a dejar a Elena esperando por él. No ese día.
—Vete ahora y mantenme informado.
—Sí.
RUPTURACaroline intenta darse una idea de lo que Oliver pudiera estar hablando con Ethan. Por instantes parecían discutiendo, pero al ver la carcajada de Ethan, se dio cuenta de que tal vez, está imaginando cosas. Y al verlo salir se apresura a entrar a la oficina de Ethan. Molesta, azota la puerta. Toma asiento frente a él preparada para recibir indicaciones, solo un pretexto.
—Caroline, sabes lo que tienes que hacer. Déjame solo, por favor.
—Ethan, ¿qué ocurre? —le pregunta y al instante se pone de pie y se acerca a él, por detrás. Sus manos masajean sus hombros y lentamente baja la cabeza hasta el hueco entre su cuello y el hombro. Lo besa, intenta excitarlo. Pero, Ethan, de inmediato se deshace de su abrazo poniéndose de pie.
—Ahora no, Caroline. Más tarde —Ante su rechazo Caroline supo de inmediato que algo no estaba bien y no quería pensar que él se estaba arrepintiendo—. Puedes retirarte ya, por favor.
—Sí señor —le responde regañadientes, aunque por dentro ardía de enojo.
Más tarde, Caroline está comiéndose las uñas, Ethan estaba distante y frío. Había intentado de nuevo saludarlo como siempre: con un apasionado beso. Pero él la rechazó; otra vez. Solo de recordarlo le daba rabia se preguntaba ¿qué pensaba ese hombre?, ¿qué la podía tener solo cuándo él quisiera? Y para su malestar, ella respondía que sí. Ella siempre estaba dispuesta para él.
Ethan salió de una junta media hora después de la hora de la comida. Fue a su oficina ignorando que ella estaba en su escritorio cuando no debería estar ahí.
—Ethan, ¿comemos juntos? —le preguntó mientras que se asomaba por la puerta.
—No. Pídeme algo antes de que salgas a comer. —Ella terminó de entrar a la oficina, se cruzó de brazos y lo miró por un rato. Él la estaba ignorando.
—¿Qué te pasa, Ethan? ¿Por qué este cambio de actitud?
Finalmente, lo ve levantar la mirada de la pantalla del ordenador solo para toparse con su mirada fría.
—Caroline, has una reservación al restaurante de Vincent que me den la mesa de siempre. Después, llama a mi esposa, comunícale que pasaré por ella a las ocho en punto, contacta a la florería de siempre, quiero que le hagas llegar también un ramo de rosas rojas. Y también, hazlo antes de salir a comer.
Caroline respira rápidamente, sus ojos estaban brillosos. Él, acababa de terminar la relación. Y Caroline que no era estúpida, lo entendió muy bien.
—Sí, señor. Enseguida —Caroline cuadra los hombros y levanta la barbilla, no dispuesta a dejarle ver su dolor. Con dignidad sale de su oficina y se dirige al baño, allí suelta a llorar.
Desea maldecir a ese hombre, por imbécil; se pregunta qué fue lo que hizo Elena para retenerlo, qué le dijo. Desea llamarla y decirle que sabe quién es su amante, quiere gritarle quién es la mujer que le ha robado el sueño y el amor de Ethan. Pero, y luego… ¿Qué pasaría? Seguramente con lo idiota que era Elena, perdonaría a Ethan, él la echaría a la calle y ella saldría de su vida para siempre.
Caroline realiza la reservación y cuando estuvo a punto de llamar a la florería sintió la ira de la traición carcomer su mente, se negó a ser humillada de esa forma, Ethan, le había quitado todo, desde su corazón hasta su orgullo y dignidad. No permitiría que la desechara como un maldito juguete viejo que puede tirar sin siquiera mirarle, no iba a permitir que se fuera sin antes haber luchado por él.
LO SIENTORegresa a casa con un lindo peinado y un maquillaje perfecto que ha cubierto las manchas negras alrededor de sus ojos y la palidez de su piel. Pone sobre la mesa el conjunto de cosas que Quella le aconsejó que no deben faltar en la decoración de su habitación para esa noche especial. Flores, velas aromáticas, aceites y un hermoso juego de sábanas. Por un momento se siente asqueada, no es que ya no ame a Ethan o que ya no lo quiera a su lado. Su amor por él es infinito y duda que algún día pueda dejarlo de amar; es tan solo el hecho de saber que tarde o temprano deberá confesar o mejor dicho aclarar aquel malentendido. Ya no desea seguir bajo el tormento de sus acusaciones, aunque también, está consciente de que podría perderlo.
Ethan con lo inestable que era podría bien abandonarla de cualquier manera. Otra posibilidad, era quedarse a su lado guardando aquel terrible secreto, pero ¿por qué tampoco podía sentirse feliz con esa idea? Se pregunta una y otra vez. La respuesta en el fondo de su corazón martilla tan delicadamente que apenas es capaz de percibirla. Esa razón o entendimiento sale a la luz en una sola frase dicha por su madre.
«La felicidad, solo dura un instante, Elena».
Siempre ha creído que Ethan era su deseo hecho realidad, su príncipe de fantasía que se presentó ante ella para sacarla de la horrible oscuridad y depresión, pero tarde se dio cuenta de que él no era suficiente. ¿Acaso algo en este mundo lo era?
Cuantas veces esperó la llegada de su esposo vomitando o mirándose al espejo, queriendo ser hermosa y perfecta; y todo para que no la dejara jamás y siempre tuviera ojos para ella. Sin embargo, se dio cuenta de que él era solo el pretexto para hundirse todavía más en su deprimente deseo de autodestruirse, porque, ciertamente, Ethan nunca le expresó nada malo acerca de su cuerpo hasta hace unos meses. Su mente comienza al fin a concebirlo. Ahora que las cosas están por solucionarse, ella acepta que en realidad no lo necesita para hacer su vida miserable. Pero, asimismo, comprende que terminará muerta como su madre si no se detiene. Muchas veces deseó tener a su madre enfrente y preguntarle:
«¿Por qué si sabías que podrías morir, tomaste esa elección? ¿Por qué me has abandonado?».
Ahora, en su mente enferma halla la respuesta.
«Nada lo vale».
Ethan la traicionó en cuanto tuvo la oportunidad, bajo el más estúpido pretexto. Sus amigos tienen su propia vida y al igual que ella, buscan su propia felicidad. No tiene más familia que la política. Su abuelo que se había hecho cargo de ella cuando sus padres murieron había muerto dos meses atrás. Nunca fue importante para él, solo una carga más para su miserable vida llena de carencias y un desahogo financiero al quedar como su tutor por muchos años. Nunca la trató mal, pero tampoco recibió muestras de afecto, ni siquiera cuando guardaba luto. Entonces… ¿Por qué hacerlo? Con tristeza se da cuenta de que su madre jamás la quiso, o bien, llegó a creer que también la abandonaría.
Elena suspira al pensar en su amoroso padre y tras sus recuerdos entiende que él nunca abandonó a su madre a pesar de todo y de su retorcida manera de ver la vida. Entonces piensa en la palabra «Esperanza».
Elena toma el teléfono de la casa y marca el número directo de la oficina de Ethan, necesita escuchar su voz para tener la fuerza suficiente para tomar la decisión de quedarse a su lado, de saber que su felicidad no es solo una ilusión y que puede ser duradera.
LO SIENTO PARTE IIEran las siete treinta cuando Ethan hablaba acaloradamente desde su teléfono con Oliver, quien le decía que no había conseguido convencer a Ernest para declarar, el muchacho quería verlo en persona y tener la seguridad de que no tendría ningún problema si confesaba lo que sabía, quería protección y, aunque Oliver y Jonathan le habían asegurado que la obtendría, él simplemente se negó. Argumentando que, si Ethan no estaba allí, qué le aseguraba que realmente le importaba su seguridad, qué le aseguraba que solo quería ganar el caso a cualquier costo.
Ethan maldijo, tenía las manos en la cabeza y los ojos cerrados, cuando Caroline entró de nuevo en su oficina.
—Tenemos que hablar —exigió, haciendo que el dolor de cabeza que Ethan estaba sufriendo aumentara.
—Cancela la cita en el restaurante y trata de conseguirme un vuelo a New York para hoy y uno de regreso, para esta madrugada, es urgente.
—Hice la reservación —dijo sin prestar atención a sus palabras—, pero no pude hacer el resto. Necesitamos hablar.
—Hoy no, Caroline. Mañana por la tarde. Por ahora has lo que te he ordenado.
—¡Hoy sí, Ethan! ¡No puedes tratarme así! Quiero que me lleves a cenar, porque tengo algo muy importante que decirte.
—¿Qué no escuchas? Tengo que salir de viaje —le dijo con voz profunda, su mirada era casi asesina, pero ella no se amedrento.
Ethan iba a pedirle que se marchara, pero su teléfono celular comenzó a sonar. Vio el identificador y de inmediato toma la llamada.
OTRA VEZLas manos de Elena tiemblan cuando escucha el tono sonar dos, tres veces hasta que escucha a la voz de Ethan…
—¿Que sucede, amor? —No. Su felicidad no era una ilusión, él estaba ahí respondiendo y con cariño, además.
—Hola, solo quería saber si ya vienes. Quiero hablar contigo antes de la cena. Tú me comprendes, ¿no? —Elena se muerde los labios para recibir su respuesta. Sí, ella necesitaba decirle que no era estéril y que lo necesitaba porque las ideologías de su madre estaban ganando a su razón. Sabía que estaba enferma, se siente débil, esta triste y a veces simplemente solo quería morirse, otras comer hasta reventar, y ya no puede detenerse.
—Amor, estaba por marcarte: Jonathan sigue en New York, lo siento, Elena, debo viajar para encontrarme con él y…
Y ella ya no lo escucha, no quiere prestar atención a su excusa.
—Está bien —dice, porque no sabe que más podría decir.
—No, no está bien… escúchame Elena, no pienses mal. Te lo juro, voy a recompensarte sólo por favor espérame.
Y se pregunta entonces cómo debe hacerlo, ¿sentada?
—No te preocupes, Ethan, entiendo.
—¿Por qué siento que no lo comprendes? Escúchame yo, te elegí a ti. Quiero estar contigo a pesar de todo, y quiero hacerlo porque te amo, Elena.
Ella carraspea y suspira hondo antes de preguntarle.
—¿Quieres que prepare tu maleta?
—No. En el coche traigo una pequeña maleta, la que tenía en el hotel. ¿La recuerdas? Nunca la saqué del auto. De la oficina salgo al aeropuerto y regreso esta madrugada. Elena, te amo, nunca lo olvides. Por favor.
—No, no lo olvidaré. Te veré mañana entonces.
Siente un nudo en la garganta.
—Sí, estaré contigo lo más rápido posible. Y de verdad… lo siento, mi amor.
—No te preocupes, ten un buen viaje y espero que todo se resuelva a tu favor.
—Gracias, adiós. Te marcaré en cuanto llegue al hotel. Te amo, hermosa.
—Y yo a ti.
Elena escucha como Ethan corta la llamada, su entero cuerpo tiembla y sus manos sujetan fuertemente el auricular. Y en su mente solo piensa:
«Siempre en segundo lugar».
Después de unos minutos, puede ponerse en movimiento solo para arrojar el teléfono contra la pared, éste se hace añicos mientras grita su coraje y frustración. Camina hasta la habitación de los espejos y abre la puerta de par en par. Está furiosa. Camina hasta la ventana y corre las cortinas. La luz del crepúsculo entra y entonces, comienza a descubrir los espejos. Las sábanas caen al piso y luego echa una mirada a su reflejo. Es asqueroso.
—¿Por qué habrías de ser su prioridad? —le pregunta a la imagen.
La sombra que la ha acompañado desde que era una niña está a su lado, ahora puede ver su rostro y su figura. La voz de su madre, la que siempre la tortura, no deja de lastimarla:
«¡Mírate Elena! —Elena se gira para quedar frente al espejo de su madre—. No dejas de ser una obesa, una niña glotona. ¡Vamos! Nadie ama a las niñas gordas como tú. No eres la hija perfecta que siempre quise».
—¡Basta! —Elena toma el espejo y lo empuja hacia atrás, este se hace añicos. Siente una liberación bien esperada. Está cansada de escuchar esa voz, está cansada de los pensamientos oscuros que la atormentan y la llenan de celos. Está cansada de su apariencia, de no poder verse así misma más allá del físico. Ya no puede ver lo que hay dentro de ella, ya no piensa con claridad y se desespera. Toma el cepillo que yace en el piso y lo arroja contra otro de los espejos y sale de la habitación en busca del vestido que compró. Se cambia de ropa y retoca el maquillaje cómo su cuñada le recomendó. Ahora vestida y arreglada, sale del apartamento para ir al restaurante con o sin Ethan.
Por primera vez quiere hacer algo por ella. Quiere salir de ese lugar frio y deprimente. Odia su casa, odia las cortinas, odia la soledad y odia lo que es ella en ese lugar, una esposa, abnegada, dócil, que siempre espera, la mujer que solo recibe migajas de cariño. Quiere salir, porque quiere encontrarse así misma. Quiere ser una mujer fuerte y segura.
DESPECHOCaroline estaba de pie escuchándolo hablar con su esposa, el muy desgraciado le hablaba de una manera en la que nunca hizo con ella. Nunca le dijo te amo, hubo pocos discúlpame en las muchas ocasiones que tuvo que cancelarle a ella en nombre del trabajo o de Elena sí, pero nunca fueron en ese tono de voz dulce y de arrepentimiento sincero, siempre fueron ordenes más que solicitudes. Y ese hombre que ahora tiene enfrente no era el hombre que siempre demostraba ser cuando estaba con ella. parecía arrepentido, parecía que le costaba dejarla plantada, cuando con ella… simplemente podía decir se acabo sin decirlo de frente, sin darle una explicación de lo que paso. Preguntándose cómo fue posible que en menos de cinco días el haya cambiado de opinión y no solo fue de opinión él estaba echando por la borda dos años de relación y sus sueños de estar juntos, de formar una familia, su sueño de ser padre.
Se preguntaba cómo era posible que no existiera ni un gramo de remordimiento por lo que le estaba haciendo. Cómo era posible que Elena se lo haya arrebatado así sin más, a ella le costó dos años para que él deseara o fantaseara una vida con ella, a Elena le bastó solo unos miserables días para hacerlo regresar. La odiaba, la odiaba de verdad.
Parpadea un par de veces para salir de la bruma de sus pensamientos, el corta la llamada y levanta la vista hacia ella.
—¿Decías? —le pregunta como si hubiese olvidado su presencia.
—Tengo algo que decirte y si no me llevas a cenar le diré todo a ella —amenaza sin remordimiento alguno. Así como él no había tenido remordimiento en tirar a la basura su relación. Caroline se da media vuelta y sale molesta no sin antes detenerse en el lumbral de la puerta y decirle—: te veré en el restaurante de Vincent a las nueve, si no llegas ella lo sabrá hoy mismo.
Y porque a Elena podía faltarle, dejarla en medio de la nada en cualquier momento, ya sea por trabajo o por irse a revolcar con alguna amante. Pero a ella, a Caroline Miller, la mujer que traicionó a una amiga, que se traicionó a sí misma… no.
ERROR21:00 hrs.
Ethan entra al lugar sin intención de quedarse no más de lo necesario. Por más que intentó razonar con Caroline la mujer no desistió. Ella quería su cena y durante ella, arreglar sus asuntos.
Al llegar la encuentra sentada con una copa llena de vino agitándola. La luz de las velas frente a ella, iluminan su hermoso y melancólico rostro. Su mirada se levanta cuando él se pone detrás de la silla y la jala para sentarse frente a ella. Él mesero se acerca y le sirve vino a la copa vacía a su lado. Ethan rechaza la carta y continúa observándola mientras que ella sigue absorta en el contenido de la copa. La cena que ella pidió para sí misma, llega y Caroline comienza a cenar. Ethan no dice nada, porque no tiene nada que decir. Sin embargo, al transcurrir varios minutos se da cuenta que ella está esperando una explicación.
Unos minutos ahí y ya le parecían siglos. Cansado de la situación le toma la mano.
—Caroline, lo siento. —Decidió que sí tenía que disculparse con la mujer para cerrar ese capítulo lo mejor que podía sin complicaciones, sin odios, ni escándalos, lo haría. Por el bien de Elena, haría una ruptura limpia—. Pero lo nuestro ha terminado —le dice en un tono bajo y lleno de pesar. Se da cuenta de que realmente lo siente. Porque había llegado a apreciar a esa mujer. Independientemente de los errores de ambos, ella era una buena mujer que se dejó seducir por un hombre egoísta como él. Se conocía lo suficiente para saberse egoísta y debía reconocer que esa situación era su responsabilidad. No quería dañarla más.
—¿Por qué has cambiado de opinión? —le pregunta mirándolo a los ojos. Lleva un poco de ensalada a su boca.
—Porque la amo y no puedo vivir sin ella.
Caroline suelta el cubierto y echa la espalda hacia atrás, levanta la barbilla y suspira.
—¿Y esperas que te crea? Ella no te conoce como yo, ella no te satisface como lo hago y ella no podrá darte los hijos que yo sí puedo darte. ¿Por qué de la noche a la mañana has decidido quedarte a su lado? Todo este tiempo que hemos estado juntos decías que ella no era suficiente, que las cosas habían muerto hace mucho incluso antes de mí. Te vi cada noche marcharte a casa como si fueras a la horca, estar con ella para ti era un martirio y entonces cuando tienes la oportunidad de salir adelante, de dar fin al sufrimiento de ambos, te echas a tras y vuelves a esa vida llena de infelicidad. ¿Por qué?
—Porque la amo.
—No, no la amas, si lo hicieras jamás la hubieras abandonado como lo hiciste, si la amaras nunca la hubieras engañado. No me mientas a mí, no. Engáñate tú si quieres.
—Es la verdad. Amo a Elena y lo que hice o por qué lo hice no es asunto tuyo.
—Te equivocas, lo es. Desde que me sedujiste, cuando dijiste que ya no la amabas, que todo había acabado entre ambos, que no te satisfacía ya como mujer, lo fue y es desde que tú me prometiste el cielo cuando yo nunca te pedí nada más que las pocas horas que me dabas, nunca te pide un te quiero o un te amo. Es mi asunto desde el instante que me pediste vivir contigo. ¡Me compraste un apartamento!
—Me equivoqué, creí que el dolor por no poder tener hijos con ella era suficiente aliciente para dejarla e iniciar una vida sin ella, de aceptar que no quería una vida de solo nosotros dos, creí que me haría aceptar que podría amar nuevamente a alguien más. Creí que sería suficiente para dejarla de amar. Y lo creí de verdad lo hice. Cada vez que la miraba el dolor estaba allí, cuando estaba contigo era paz, era armonía.
—¿Y qué paso?
—Ella me dejo ir.
—¿Qué?
—Me dejo ir y yo no quiero hacerlo. No quiero que se vaya, saberla lejos sin saber de ella me causa dolor aquí en el pecho. Saber que ella intentará olvidarme y que tal vez pueda hacerlo… cuando pienso en otro a su lado, amándola… ¡Me hierve la sangre!
—¿De qué estás hablando?
—Al siquiera pensar en perderla para siempre y no estar con ella cada día, me mata.
—¡Eres un cabrón! —Caroline estaba llorando—. Me estás diciendo que la amas, que después de todo, ¿tú la amas?
—Sí.
—No. No, Ethan, no me dejes. Podemos seguir como antes y…
—No me supliques Caroline, no vale la pena el que te humilles por alguien que no te ama y pertenece a alguien más. —Lleva sus nudillos a sus labios y los besa con ternura—. Encontrarás a alguien quien, si pueda amarte con libertad y, sobre todo, que te valore.
De la bolsa oculta de su saco, toma una pequeña caja negra qué, al abrirla, revela una pulsera de diamantes.
—La compré para tu cumpleaños. Pienso que debes tenerlo tú. Nadie más.
—¡Qué gran favor me haces! Regrésalo.
—No puedo. Lo compré hace un mes. Es tarde para eso.
—Dáselo a tu esposa.
—No merece otra canallada así. Además, lo compré pensando en ti.
Se la coloca y de nuevo besa el dorso de su mano. Caroline le sonríe y luego lo abraza. Se quedan en silencio por un momento hasta que Ethan siente un escalofrío en su nuca y de alguna manera sabe que la causa viene del otro lado del salón. Gira su rostro para encontrar a su esposa mirándolo. Ella mueve sus labios y el lee su mensaje «gracias», puede escuchar su voz o solo era su mente jugándole una mala pasada. Se odia así mismo, iba a confesarle todo o casi todo. Tal vez no el nombre de su amante. Desde la primera vez que la engañó hasta la última, pensaba hacerlo de verdad. Convencido que la honestidad sería su prueba para demostrarle que estaba dispuesto a salvar su matrimonio, que quería que comenzaran desde cero, sin mentiras ni falsedades, ahora ella lo había averiguado por sí misma y su oportunidad para demostrarle que era sincero se hizo añicos con su descubrimiento.
MONSTRUOSToma las llaves de su auto, ese que no utiliza salvo algunas ocasiones. Un regalo por no estar con ella. En ese entonces tenía la seguridad que ese caso tenía nombre, falda y tacones. Pero ella fingió creerle que un niño lo había necesitado a pesar de las marcas de pasión en su cuello —la mancha de un labial rojo en su camisa blanca—, ella fingió desde ese entonces.
El auto que solo manejó una vez, porque hacerlo para Elena significaba estar consciente y aceptar su infidelidad; pasarla por alto, comprando así la paz en su matrimonio.
Ahora ella maneja ese automóvil a gran velocidad, quiere disfrutar ese regalo después de dos años. Porque desea confiar en él y en su palabra.
—Él me eligió —dice en voz alta. Así que decide no quedarse en casa a llorar su ausencia, planea disfrutar de una excelente cena en aquel restaurante especial para los dos, volver más tarde a su hogar y dormir toda la noche, al siguiente día, tal vez lo aguarde con una cena especial.
Estaciona el auto a una cuadra del restaurante, siempre odió la idea de entregar las llaves a alguien para luego esperar diez minutos por su auto en el frío de la noche. Camina con enfado hasta el lugar.
—Tengo reservada una mesa a nombre de Elena Donovan.
La mujer la mira de manera extraña antes de responder.
—Permítame un momento.
—Lo siento, señorita. Elena Donovan ya llegó.
—¿Qué? No puede ser.
Ella saca su identificación y al verla, la joven, no sabe qué decir. Elena se adentra al gran salón y es cuando ella los ve. No da un paso más, tampoco hace nada por retroceder y marcharse, ella simplemente se mantiene en pie como una masoquista espectadora. Dándose cuenta qué, él le había mentido nuevamente. Pero ese hecho por muy surrealista que pareciera no le infringía ningún dolor. Porque a pesar de decirse a sí misma que confiaba, la verdad es que, esperaba esa traición, otra vez.
En cambio, fue ella, quien hizo trisas su corazón. Fue a ella a quien siempre amó desde que era una niña y consideró como su hermana. A la que a pesar del tiempo y la distancia ella la recibió nuevamente en su vida y en su hogar con los brazos abiertos ayudándola a salir adelante a pesar de sus inconveniencias.
Su mejor amiga, casi su hermana, era la amante de su marido.
Mientras más observa menos comprende o, tal vez, comprende un poco más. ¿Por qué la ha llevado al lugar que guardaba tantas noches especiales y hermosos recuerdos? ¿Por qué estaba con ella en la mesa que había reservado para pasar una velada de reconciliación y la celebración de su aniversario? ¿Por qué toma sus manos y besa sus nudillos como solía hacerlo con ella en un tiempo pasado? ¿Por qué le regala esa sonrisa tan encantadora posiblemente la mejor que alguna vez le haya visto? ¿Por qué lleva consigo un obsequio para ella? ¿Por qué muestra tanta ternura al dárselo? ¿Por qué ella sueña despierta con un hombre que todavía sigue perteneciendo a otra mujer? ¿Qué palabras dulces son las que le susurra al oído? ¿Por qué la maldita traidora llora y lo abraza como si nada en este mundo importara?
«Porque ella te ama y tú la amas. Tal vez nos amas a las dos y la realidad es que no has podido elegir, ella es capaz de seguir existiendo en la oscuridad con lo mejor de ti. Y, yo, con las migajas de amor y tiempo que tú decides arrojarme», se dice Elena.
Tal vez fue su mirada inquisidora la que dio aviso a Ethan de su presencia. Él, giró su rostro encontrándose con los ojos llorosos de Elena. Al verse descubierta ella sólo pronuncio un silencioso «Gracias» y dio media vuelta para salir corriendo de ahí.
Elena sale del restaurante y el aire frío azota en su rostro y puede jurar que también lo siente en su corazón. Corre hasta su auto y justo cuando abre la puerta…
ODIOCaroline quería gritarle a Ethan por ilusionarla, ella no le pidió que abandonara a Elena, siempre supo cual sería su lugar en ese juego. Fue él, que comenzó a revelarle los secretos de su matrimonio, justificándose por traicionar a Elena. Ella le creyó, y se permitió soñar con ser ella su esposa, ser la mujer que le daría lo que ambos soñaban un hogar, una familia.
Ella vio el rostro de Ethan tornarse pálido, sus ojos llenos de terror, decepción y lo supo. Elena estaba ahí, cuando siguió la mirada de Ethan la vio de pie con el rostro bañado en lágrimas. Hubiera dado lo que fuera porque en esos momentos se acercará y los encarará. La odiaba porque una persona tan ordinaria, tan patética y tonta como ella, le estaba quitando su felicidad. Él estaba loco si pensaba que lo dejaría ir sin que cumpliera su palabra de darle todo lo que lo le prometió. Un hogar, en el que jamás tendrían carencias ni ella ni su hermana. Un esposo devoto en quien confiar y apoyarse en los malos momentos. Un amante que la llevara cada noche al infierno ardiente y de regreso. Un hijo a quien amar. No, ella no se daría por vencida. Lo vio salir tras ella, pero no importaba porque ella tenía una carta bajo la manga que destruiría a Elena, y conociéndola, se dejaría vencer sin siquiera apenas pelear por lo que supuestamente ama.
Pagó la cuenta, cuando salió del lugar no vio a ninguno de los dos. Sonrío pues pensó ese era el inicio de la guerra y la primera batalla la había ganado ella.
FLOR DE HIERRO―¡Elena, espera! —ella entra rápido al auto y lo enciende, los seguros en automático impiden que Ethan abra la puerta del copiloto por lo que se coloca frente al auto para evitar que avance. Isabella, no dispuesta a escucharlo pone el auto en reversa y luego lo esquiva para salir a toda prisa.
Nada de lo que observa tiene forma, todo parece un borrón ya sea por la velocidad con la que conduce o bien porque sus lágrimas obstruyen su visión. El tono de llamada del número de Ethan comienza a sonar en su movil. Se debate en responder, pero al final sabe que es mejor así, no quiere enfrentarlo cara a cara porque ahora su infinito amor se ha transformado en odio y podría bien ser capaz de asesinarlo. Toma el móvil de su bolso y responde.
—¡No quiero escucharte déjame en paz!
—¡Escúchame, Elena!
—¿Qué es lo que quieres que escuche? Que siempre no fui yo la elegida. Pues déjame decirte grandísimo idiota que no tenías por qué elegirme. Yo soy tu esposa no un jodido par de zapatos en una tienda.
—Lo sé, por favor, Elena, detén el auto. Estoy en el taxi detrás de ti.
Elena mira su retrovisor y sí, efectivamente él ésta ahí. Aprieta todavía más el volante con la mano que lo dirige y el teléfono con la otra que lo sostiene, por inercia pisa el acelerador. No reacciona a nada salvo el odio y el rencor. Se siente traicionada de una manera tan vil, porque de todas las mujeres que pudo tomar como amante eligió precisamente a su mejor amiga. A aquella mujer a la cual le confió también su corazón y sus miedos. Se pregunta si ambos hablaban de ello a sus espaldas, si se reían y se burlaban sin compasión maquinando su siguiente movimiento para no ser descubiertos.
—No quiero volver a verte.
—Para, Elena, no estás bien…
—¡Vete a la mierda! Estoy cansada de escuchar que jamás soy suficiente para ti, maldito estéril. Tú, maldito infeliz, no puedes tener hijos, te dejé creer en tu error, te mentí porque te amaba, quería protegerte de sentirte inútil e inservible. ¿Cómo me llamabas? Ah, sí. Flor marchita pues tú maldito cabrón eres una flor de hierro, frio sin vida, incapaz de sentir algo por nadie—el silencio del otro lado del teléfono le hizo saber el estado en shock en el que se encontraba su esposo.
—¡Cuidado, Elena! —gritó Ethan.
Ana
Ana era una joven de diecinueve años, con sueños e ilusiones, con una madre ejemplar y un padre amoroso. Ana es una buena hija y una buena estudiante dedicada y perfeccionista. Amaba el teatro. Asiste a clases nocturnas después de su jornada de trabajo de medio tiempo. Ana trabaja para no ser una carga más para sus padres.
Si hoy fuera un día normal, Ana responsable y perfeccionista no hubiera olvidado su guion en la mesita de noche en casa. Si hoy fuera un día normal, Ana, estaría en aquel viejo teatro actuando en la escena número tres a las 21:48 horas y no caminando de regreso a casa porque no le permitieron la entrada por llegar tarde al ensayo.
Ana, cruza la avenida distraída.
Carlos
Carlos un hombre de cuarenta y dos años, divorciado, con dos hijos a los que no ve desde hace dos años; no porque no lo quiera; Carlos, era alcohólico y no su exmujer no le permitía verlos.
Carlos había sido despedido por tercera vez en dos meses. La causa de su anterior despido fue que por haber bebido de una pequeña botella cuando fue al baño.
Si hoy fuera un día normal, el jefe de Carlos no se hubiera presentado esa noche en la tienda de instrumentos musicales para recoger su guitarra olvidada. Él no hubiera sorprendido a Carlos robando de la caja registradora para comprar una botella de alcohol barato. Si hoy fuera un día normal, Carlos, no estaría manejando y bebiendo al mismo tiempo a toda velocidad; furioso por ese hijo de puta que lo despidió, enojado con esta sociedad que no lo comprendía, con la vida y con esa perra mal nacida que lo abandono y no le permitía ver a sus hijos.
Si hoy fuera un día normal, Carlos, no se pasaría el alto en rojo, a las 21:48 horas.
Destino
Si hoy fuera un día normal, Elena se levantaría a las siete de la mañana, prepararía el desayuno de Ethan y arreglaría su ropa mientras él se alista para ir a trabajar. Más tarde compartirían el desayuno, se despedirían y ella continuaría su rutina normal.
Pero hoy era el último día de su trato, era su aniversario y extrañamente Ethan se levantó una hora más temprano, él quiso pasar un tiempo más con su esposa después de tres años de total abandono.
Cuando salió de casa, ella ya estaba lista para dar inicio a la preparación de esa gran noche tan importante y definitiva para su matrimonio. Si hoy fuera un aniversario como los de hace seis años donde él guardaba fidelidad, regresaría a ella y juntos celebrarían esa noche. Sin embargo, Ethan tenía una amante, nunca asistió a su cita y ella salió a cenar sola en esa fecha tan importante.
A las 21:38 horas ella conoció a su rival. Los observó unos minutos cómo una masoquista, sólo para asegurarse que lo que veía era real. A las 21:45 horas manejaba a toda velocidad, con rabia, dolor y desesperación. Dos minutos más tarde hablaba con él, su verdugo.
Y a las 21:48 horas su destino con el de Ana y Carlos se cruzó
ELLA NO ESTABA BIENÉl nunca fue creyente pero ahora se encuentra en la capilla del hospital hincado suplicando que ella esté bien, pidiendo una segunda oportunidad para hacerla feliz. Dando en ofrenda lo único verdaderamente valioso que tiene, su vida.
—Por favor, Dios, no te la lleves. Por favor, por favor.
Sus lágrimas corren por sus mejillas, se maldice así mismo una y otra vez. Que estúpido y que tonto había sido.
—Te lo suplico. Haré lo que ella me pida. Si me quiere a su lado lo estaré. Si me quiere lejos así será. Solo la quiero viva. No importa si ella continúa sin mí. Pero por favor, no te la lleves.
Después de un rato abandona la pequeña capilla, sintiéndose adormecido. Y lo único que le queda es aguardar. Fue a la sala de espera y toma asiento, con incertidumbre suspira, lleva sus manos a la cabeza para después recargar los codos en las rodillas. Recordando cómo es que ese día había estado con ella por la mañana. Su conversación telefónica y cómo se dijeron que se amaban después de tanto tiempo.
Entre su pensamiento escucha el rechinido de las puertas que lo separan del lugar de donde se la han llevado. Después los pasos de alguien acercándose. Levanta la vista del piso, era un médico...
Está aterrado, el rostro del médico es indescifrable y por su padre, sabe que, son malas noticias. Traga en seco.
Pero suspira de alivio cuando pregunta por los familiares de Ana Mckenna, una pareja de señores de edad madura se pone de pie, el médico habla un par de palabras y la mujer cae de rodillas soltando un alarido de dolor. La chica ha muerto. Ethan, cierra los ojos, no quiere siquiera pensar en la posibilidad de qué una noticia similar le dieran. Entonces, recuerda al hombre del vehículo que golpeó a la chica para después impactarse con su esposa.
El médico ordena un tranquilizante para la mujer que aún grita y llora de agonía por la hija que no vería cumplir sus sueños, formar su propia familia o simplemente no la vería crecer. Ethan, saca su celular del bolsillo de su pantalón y marca al número de Jonathan.
—¿Ethan? —pregunta extrañado por su llamada, pues tenía entendido que estaría celebrando su reconciliación con Elena.
—Necesito que envíes a Charles… A la... —todavía tiene el nudo en la garganta, sus manos tiemblan—. Hay un hombre que se pasó el alto, mató a una chica y se impactó con Elena. Quiero que jamás vuelva a ver la luz del día fuera de la cárcel —dice con rabia.
—Lo siento, Ethan. ¿Cómo está?
—No lo sé —su voz se quiebra nuevamente, por lo que carraspea —aún no me dicen nada. —respira profundo y contiene el aire para evitar que las lágrimas caigan de sus ojos.
—Bien, enviaré a Charles.
—Tomen el caso de la chica y no cobren nada a la familia.
Todavía los está mirando y siente verdadera pena por la madre, aunque Elena no fue quien ocasionó el accidente, por segundos pudo haber sido ella la culpable de la muerte de la chica y cuando saliera del hospital viviría con la culpa. También hubiera ido a la cárcel. No quiere seguir torturándose con: él hubiera. Pero le es inevitable pensar que, si él hubiera ido con su esposa y mandado al demonio a Caroline, nada de esto estaría pasando. Ella estuviera entre sus brazos o tal vez él tendría que estar rogándole su perdón. Si tan solo no hubiera sido un cobarde, le habría confesado a Elena, quién era su amante antes de que Caroline tuviera la oportunidad de chantajearlo.
—De acuerdo. ¿Le has comunicado a tu familia, quieres que te ayude en algo? —Jonathan lo saca de sus pensamientos.
—Gracias, llamé a mi hermana Quella, ella iba a avisarles a mis padres. Y no hay nada más que hacer por ahora —responde, poniéndose de pie y alejándose del dolor de los padres de la chica.
—Iré de inmediato contigo.
—No es necesario. De verdad.
—Olvídalo, queremos a Elena y estaremos ahí contigo. No solo somos socios, somos amigos.
—Gracias.
Los minutos continuaban y no tenía noticias. Desesperado caminaba de un lado a otro. Cuando nuevamente las puertas se abrieron y otro médico salió, por un momento su corazón se detuvo.
—¿Familiares de Elena Donovan? —la voz del médico era segura y fuerte.
—Soy Ethan Donovan su esposo —se acerca.
—Soy el Dr. Noah Greyson, el neurocirujano asignado a su caso. Señor Donovan, el estado de su esposa es sumamente delicado. Lo que más nos preocupaba al momento de ingresarla era la hemorragia intracraneal que presentaba, tuvimos que operarla para liberar la presión de su cerebro y detener el sangrado.
—¡Dios mío! —dice Ethan halándose el cabello nervioso temiendo las peores noticias.
—Señor Donovan, probablemente se sienta incómodo con esto, pero necesito hacerle algunas preguntas
—Por supuesto —respondería lo que fuera, siempre que le aseguraran que ella estaría bien.
—¿Padece su esposa de depresión?
Ethan parpadea confundido, de inmediato su postura cambia, su espalda se pone erguida.
—¿Depresión? —el médico asiente y a pesar de no encontrar el motivo por el que estarían preguntando eso en un accidente automovilístico responde—. Acabamos de atravesar una crisis matrimonial.
El doctor asiente, y hace anotaciones, Ethan no se había percatado siquiera que llevaba la nota médica de su esposa.
—¿Sabe usted de alguna conducta autodestructiva que presente?
—¿Qué? No entiendo qué quiere decir con eso. —El doctor asiente de nuevo y apunta otra vez en su tabla.
—¿Toma algún antipsicótico, antidepresivo o droga? —pregunta el médico con un rostro indescifrable, mirando atentamente cada reacción de Ethan. Lo incomoda.
—¿Qué? —vuelve a preguntar, comienza a ponerse más que nervioso. Se siente un idiota, ya que no es capaz de responder a nada con verdadera utilidad. Y es que Elena se notaba tan desmejorada, delgada y triste que era evidente cuanto le había estado afectando la separación. Pero de eso a ¿auto medicarse o drogarse? No se lo imagina, ella era tan sana e inocente que no lo cree posible—. Claro que no, Elena es una mujer sana, nunca ha usado drogas y no se haría daño a sí misma. ¿Por qué me está preguntando esto?
—En ese caso debo preguntarle si maltrata usted a su esposa. —Ethan lo mira con la boca abierta para después cerrarla y responder lo mejor que puede, porque iba a mentir.
—¡Eso es absurdo! yo nunca haría algo así. ¡Nunca la lastimaría! —«De nuevo», pensó.
—Le pido por favor que se tranquilice, señor Donovan, no quise ofenderle, pero tiene que comprender que el estado de salud de su esposa, está demasiado deteriorado. Encontramos signos de desnutrición severa y algunos hematomas alrededor de su cuerpo y estos son previos al accidente.
—¿¡Desnutrición!? ¡Pero ella come! ¡Ha cenado conmigo toda la semana, hemos desayunado juntos! Ella no puede estar desnutrida. ¿Cómo puede estarlo si yo la veo comer? —Ese médico no le da confianza y piensa que debía estar equivocado, y se promete que, cuando su padre llegara, le pediría que revisara el diagnóstico que le estaba dando el doctor Greyson.
—De acuerdo a su estado físico, deshidratación, peso y análisis sanguíneo, temo que su esposa padece un trastorno alimenticio llamado: Anorexia nerviosa.
—¿Anorexia? —pregunta idiotamente—, pero eso no es posible ella nunca haría eso. Ya le dije que yo la he visto comer —insiste y se dice que, ella no está enferma, no podía ser. Se niega a que ella hubiera estado autodestruyendo de esa manera.
Entonces, recuerda algunas veces haberla visto mirar su comida durante mucho tiempo sin probarla. En otras ocasiones tiraba a la basura la comida de su plato medio lleno y en otras ocasiones aparecía con los ojos rojos. Ella siempre lloraba, lo sabe porque su rostro no puede engañarlo. Se pregunta: «Será que ¿no la observé lo suficiente? ¿qué no le puse atención realmente?».
—Necesito que entienda lo que voy a decirle, señor Donovan; porque el estado de salud de su esposa es delicado. Ella se encuentra en un estado de coma hipoglucémico, la clara desnutrición la llevó a ese estado.
—¿Coma? ¿Va a despertar? —la realidad le cae encima oprimiendo e impidiendo que pueda respirar bien. Ella estaba mal y era su culpa, porque él no la observó, ella se lo gritaba en sus sueños, ella le pedía ayuda y el cómo la porquería de humano que es, la ignoró nuevamente.
—Despertará en unos días, conforme consigamos alimentarla vía intravenosa.
Pero eso, no le da consuelo.
¿ADÓNDE HAS IDO?Atónito ante sus palabras, el mundo ha dejado de girar. Ella lo encontró con su amante, ella ahora lo sabe. Pero todavía así quiere suplicarle perdón, necesita que ella se detenga y lo escuche. Sin embargo, ella está lejos de él, huyendo. Sus emociones están alteradas. No le importan sus palabras crueles, porque merece cada una de ellas.
Entonces ocurre lo impensable, mira la escena frente a sus ojos en cámara lenta. Un auto rojo se pasa el alto, impactando al instante con una chica que cruza la calle, y al darse cuenta de lo que vendría grita:
—¡Cuidado, Elena!
Fue demasiado tarde.
El auto rojo la impacta de lleno en el lado derecho del auto. Elena pierde el control del auto enviándola directo a estrellarse con un poste. Por la velocidad al impacto sale disparada por el parabrisas. El coche rojo se impacta sin mayor daño en una tienda a la contra esquina.
Ethan observa con horror la escena, el taxista había alcanzado a frenar antes de unirse a la colisión. Sale del auto y el conductor del taxi también. Ethan corre hacia Elena, pero nota que el conductor que ocasiona el accidente sale del auto ileso, Ethan mira al taxista y le ordena:
—¡Detenlo!
Llega hasta Elena, los mirones se acercan lentamente, ve a la gente sacar sus móviles y llamar por teléfono. Cuando llega hasta ella, yace en el piso de la calle, la sangre la rodea y él se deja caer de rodillas a su lado. Tiene miedo de tocar su pulso y descubrir que su corazón ya no late, sin embargo, mecánicamente, lo hace. Su corazón todavía late. No sabe qué hacer. En su mano lleva una pulsera de cuentas de color rojo, las acaricia con la punta de los dedos, como si acariciara su alma, su corazón. Le duele, porque ahora sabe que esos sueños le estaban hablando, él no la miró, no escuchó y se lamenta, se lamenta.
Cuando los paramédicos llegan al lugar lo apartan, no puede hablar, no puede gritar que no la muevan, que la dañarán, que la matarán. Su cabeza no ha dejado de sangrar.
—¿Está bien, señor? ¿Venía con ella?
—No, no estaba con ella en el auto. Soy su esposo.
El hombre asiente y le ordena:
—Suba a la ambulancia, y tome su mano. Es muy probable que no sobreviva.
Dentro de la ambulancia no puede mirar lo que le hacen, no tiene la fuerza. Saca su teléfono y llama a Quella.
—Sí, ¿Ethan?
—Quella, Elena tuvo un accidente.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde estás tú?
—Ella me vio. Me vio con mi amante.
VERGÜENZAEthan no se ha movido de la sala de espera, sentado en la pequeña e incómoda silla, mantiene los codos recargados en las piernas, y su cabeza mirando el piso entre sus pies. Lágrimas traidoras caen en las baldosas sucias del lugar como gotas apenas perceptibles para cualquiera. Al escuchar la puerta abrirse y unos pasos apurados supo que era su hermana y sus padres. Endereza la espalda y al verlos aproximándose cada vez más cerca se pone en pie y levanta la barbilla, como si estuviera preparándose para ir a la batalla. El suspiro resignado y dolorido confunde a sus padres, lo que ellos con seguridad ven es la culpa carcomiéndolo.
Sin embargo, Quella es otra historia. La chica se coloca frente a él y le suelta no una bofetada que le voltea la cabeza a un lado, sino dos y luego, una más antes de ser detenida por su padre que la toma de la cintura y la hala hacia atrás alejándola de Ethan. Ellos no saben que la causa del accidente de Elena, es el haberse enterado de que su esposo tenía un amante con la que estaba la noche de su aniversario.
—¡Alto, Quella! ¿Qué te sucede? —Joseph llama con dureza a su hija menor, sus hijos nunca habían peleado de esa manera tan agresivamente y a golpes nada más—. Esto es un hospital, por lo que te pido tengas respeto por la gente que espera.
—¡Maldito cabrón, cerdo asqueroso…! —susurra con odio y luego se lanza de nuevo en contra de él, pero esta vez, no son bofetadas lo que arruina su hermoso rostro, ella lo rasguña.
—¡Quella! —reprende de nuevo su padre que, al ver el estado alterado de su hija, la toma del brazo y la aleja del grupo para tranquilizarla.
Ethan observa a su padre con el rostro enrojecido discutiendo con su hermana al lado de la máquina de café. Niega con la cabeza, no culpa a Quella, ni le guarda rencor, realmente su enojo y sus golpes han sido una pequeña penitencia. Sabe que merece más que eso.
Emma le ofrece pañuelos a Ethan para que limpie los rastros de sangre de su mejilla y su labio.
— ¿Qué está sucediendo, Ethan? —le pregunta su madre con cariño peinando su cabello desaliñado con la mano. Él nota la preocupación y su confusión. Es su madre y claro que ha notado su estado pasivo ante el ataque de su hermana.
Ethan evita su mirada. No sabe cómo explicarle a su madre que su esposa lo ha encontrado con su amante que no era otra que su mejor amiga el día de su aniversario de bodas, cuando se suponía que había viajado por negocios. Cómo le explica que su esposa estaba en coma por su culpa, por la tristeza de su abandono, por su indiferencia y su maldad. Sí, había sido más que malvado con ella, nunca le importaron sus sentimientos y fue porque sabía cuánto lo amaba y se creía que ella siempre estaría esperando por él. No, tal vez no lo pensaba conscientemente, pero al darse cuenta de que si él no la amaba otro lo haría y si estaba lejos de ella, si ya no estaba con ella, nada podría hacer y lo olvidaría.
—Nada, mamá —dice evadiendo su mirada. Porque era un maldito cobarde.
—¿Nada? No me mientas, Ethan. ¿Por qué Quella está furiosa contigo? Se supone que estamos aquí para apoyarte, ¿no?
—Aquí no —susurra secamente mirando el piso.
—¿Ya te dieron informes?
—Sí… —Ethan, sabe que su madre no era ajena a ciertos temas médicos, su esposo era uno—. Está en coma hipoglucémico y no despertará hasta dentro de unos días. Al parecer. Pero hasta entonces no sabremos el verdadero daño que ha sufrido debido al golpe en la cabeza.
Ella asiente.
Su padre y Quella se acercan a ellos nuevamente, y aunque, Quella, está más tranquilla solo hipando y limpiándose las lágrimas y el fluido nasal, Joseph se niega a soltarla su cintura.
—¿Qué te han dicho de su estado? —le pregunta a Ethan. Pero al no responder su madre le informa.
—¿Qué? ¿Quién la ha atendido, Ethan?
—El doctor Greyson —responde, sin más remedio que afrontar a su padre. Limpia sus manos sudorosas en el pantalón, se siente ansioso.
Ethan sabe que no podrá evadir las siguientes preguntas que vendrán, así que se dice que debe afrontar sus errores. Como debió hacerlo antes.
—Hablaré con él después. Ahora, Ethan, no sé qué ocurre, pero su actitud —le dice a Ethan señalándolo y luego a Quella—, deja mucho que desear. Vamos a mi consultorio y allí me dan sus explicaciones. Y no quiero mentiras ni evasiones, ¿me has escuchado, Ethan?
Ethan asiente, pero no es capaz de poder ver a su padre a la cara. Tampoco a él, que ha sido un modelo de esposo y padre intachable.
LA VERDADEthan está sentado frente al escritorio de su padre, Emma, su madre, a su lado. Ella ha tomado su mano, pero Ethan simplemente no soporta su empatía y se suelta lo más sutilmente que puede.
Quella está de pie detrás de su padre, mirándolo acusadoramente.
—Quella, explica tu actitud hacia Ethan —ordena Joseph.
—Porque esta mierda de aberración que tienes como hijo…—Quella fue cortada por su padre, ya que comenzaba de nuevo a exaltarse.
—Quella, sin ofender… y no me repetiré de nuevo. No eres una niña y tu hermano tampoco.
—¡Es la verdad papá! Él tiene la culpa del estado en el que Elena se encuentra. ¡Oh mi Dios, está en coma! —jadea cubriéndose la cara para sollozar, apenas ha caído en la cuenta de la gravedad del estado de su mejor amiga. Su rabia era tanta que se había cegado a la comprensión de su estado.
—¿Ethan? —cuestiona su padre.
Ethan mantiene la mirada baja, con los puños cerrados, muerde su labio inferior, sus ojos están brillosos y la piel de su rostro está roja al contener las emociones de desprecio que siente hacia sí mismo. Es devoto a la creencia de que Quella tiene razón.
—No sé qué decir —dice sinceramente, no sabe cómo empezar.
—Tú no, pero yo sí. ¡Aquí el muy hombre, en lugar de estar con su esposa celebrando su aniversario estaba con su amante cenando en un restaurante! —grita enfurecida Quella. Emma, jadea asombrada—. Vamos, no seas poco hombre y confiesa que te revuelcas con su mejor amiga —manotea, mientras lo reta para decir la verdad—. El muy cabrón se acuesta con Caroline, la mujer que convivió con Elena desde que eran unas niñas, a la que ella le tendió la mano, cuidó de su hermana, le abrió las puertas de su casa —decía a sus padres mirando a uno y después al otro acusando a su hermano revelando sus atrocidades—. Y ¿cómo le han pagado ambos? —preguntó ya mirando a Ethan —. Ella que te ha amado sin condiciones con entrega total. Todo lo que ha luchado por ser la esposa ideal y perfecta para ti y nunca has podido verlo. ¿Qué diablos te dio esa mujer para que tu infinito amor por Elena desapareciera de esa manera?
Quella, toma el teléfono que está en el escritorio de su padre y se lo arroja. Ethan solo es capaz de levantar sus manos como escudo en reflejo para detener el golpe. Gira su rostro y sin querer ve a su madre. Ella tiene marcada en el rostro una mueca horrorizada y los ojos están llenos de dolor y acusación. Sabe lo que está pensando, lo está clasificando como uno más de la clase de hombres sin escrúpulos que no es capaz de amar a una sola mujer, un mentiroso y egoísta sin corazón. Está poniéndolo en lo más alto de esa clase de hombres que no deberían existir en el mundo. Y lo peor es que tal vez tenía razón.
Su padre se levanta para abrazar a Quella, que está teniendo una crisis nerviosa. Tanto Emma como Joseph, no habían dicho nada y para Ethan, eso era más preocupante.
—¿Por qué? ¿Por qué la ilusionaste? ¿Por qué decirle que la amabas cuando todo era mentira? ¿Por qué llegar a tanto si ibas a dejarla al día siguiente? ¿Por qué hacerle daño de esa forma, cuando ella ya te había dicho que te dejaría ir?
Ethan se da cuenta de que Quella, más que preguntarle a él estaba reviviendo su pasado. Su ex prometido la había abandonado hace dos años en el altar. Y todo por otra mujer. Quella se aferra a los brazos de su padre. Ethan lamenta haberla dañado con sus acciones, provocando que reviviera ese lapso de su vida.
—Estaba terminando con ella. —Por fin, Ethan suelta las lágrimas que ha estado intentando contener—. ¿Cómo te has enterado de Caroline?
—El esposo de Sophia estaba en una cena de negocios cuando te vio reuniéndote con Caroline, luego vio a Elena. Él llamó a Sophia y recibí su llamada luego de cortar la tuya…—Quella ya no pudo continuar, el dolor y el miedo se apoderaron de ella en un llanto incontrolable.
Emma que se había mantenido en silencio interrumpe el llanto de su hija.
— ¿Por qué le fuiste infiel, Ethan?
—Mamá, por favor.
—Ethan, dímelo. Porque no alcanzo a comprender en qué momento, y cuáles fueron tus razones o tus pretextos para hacer algo tan vil. Quiero comprender antes de abofetearte por patán.
—Hace cuatro años comenzamos a intentar a tener hijos —toma aire para darse un poco de valor y continuar con la confesión—. Hace tres años ella me dijo que era estéril.
— ¡Ah! —Emma cierra los ojos con fuerza.
Ethan podía sentir la mirada de su padre queriendo traspasar y leer su alma. Quella deja de llorar y se sienta frente a él. Sus miradas se cruzan, puede ver el desconcierto en sus ojos azules por un instante, pero cuando endurece la mirada sabe qué lo considera un pedazo de imbécil.
—Dime que esa no es la razón, Ethan —le pide Emma cuando se recupera de la impresión.
—Intenté dejarla casi de inmediato, pero ella se aferraba a nuestra relación, me suplicaba y yo no tenía el corazón para irme, porque a pesar de todo, lo que sentía por ella era más fuerte. Y aunque intenté aceptar el hecho de nunca ser padre, no pude conciliar el hecho de que yo si podía tenerlos y ella no. Intenté no guardarle rencor, pero no importaba cuanto me recordara a mí mismo cada mañana lo mucho que nos amábamos al principio, al final, de nada sirvió… Una cosa llevó a la otra. Cometí errores de los que no me siento nada orgulloso.
—¿Qué errores? —pregunta Emma.
—Por favor, mamá. No quiero hablar de eso. Es… complicado.
—A estas alturas, Ethan, tu comodidad es lo que menos nos importa. Tú esposa tuvo un accidente, está en un estado de coma, tienes una amante, me estás diciendo que le has hecho daño y ¿ahora quieres callar? Yo creo que no, hijo. Tu padre y yo te educamos para hacerte responsable de tus actos. Ahora explícanos, qué le has hecho a esa mujer.
—La ofendí diciéndole que era una mujer marchita, incapaz de dar vida —dijo, mirando a su madre a la cara, ella baja la mirada, sus ojos parpadean incrédulos por las frías y crueles palabras de su hijo. Avergonzado, mira a su padre—. En una ocasión la golpeé —pudo haber omitido esa parte, sin embargo, estaba demasiado agotado, tenía la necesidad de confesar sus culpas, sus pecados a esos quienes le dieron la vida. Su padre tenía los puños cerrados con fuerza conteniendo su enojo. Ethan sabía que los estaba decepcionando—. Ella me perdonó y yo jamás volví a ponerle una mano encima, Pero, aun así, seguí con otras mujeres, porque quería llenar el vacío que sentía.
— ¿Por qué no buscaron opciones? Una adopción tal vez —le pregunta su madre mirando su rostro, examinándolo, era la hora de la verdad. Y Ethan piensa que, si ya se estaba sincerando, de nada le serviría quedarse callado.
— ¿Qué? ¡Oh! No, no, no, no criaré un niño que no lleve mi sangre —respondió él.
—Y ¿Por qué no? —preguntó su padre.
—Porque no sabría quiénes son sus padres, si acaso eran delincuentes o adictos. Por no decir que tal vez tenían alguna enfermedad hereditaria. No sabría cómo llamarlo hijo sin evitar pensar en que no hay un lazo que nos una, como la sangre o nuestro parecido.
Esas eran sus razones. ¿Por qué era tan difícil que entendieran que tomar la decisión de adoptar un niño no era algo que debía tomarse a la ligera? ¿Por qué no comprendían que no quería traer un niño a casa y luego arrepentirse porque fue incapaz de amarlo? Todos lo miraban mal, lo juzgaban, pero se conocía lo suficiente para saber que nunca lo vería como un hijo y él solo estaba evitando la pena a un ser inocente que solo buscaba un lugar en el mundo al que pudiera llamar hogar. Era mejor ser honesto y decir «no» a tiempo que guardar silencio hasta convertirse en el monstruo que ha destrozado la inocencia de un niño rechazándolo.
—Padres no son los que engendran, son los que te cuidan, están a tu lado cuando enfermas, ríes o lloras. Te levantan cuando caes, están contigo en los momentos felices y en los tristes. ¿Entiendes lo que te digo, Ethan? Los niños enferman todo el tiempo, a veces inexplicablemente y otras de forma hereditaria, pero no por ese motivo nadie tendrá hijos. La paternidad no se hizo para todos, hay quienes nunca llegan a entenderlo, eso es cierto. Pero tú no eres esa clase de personas, o al menos, es lo que quiero creer —le dice su padre con voz calma.
—Lo siento. No pienso igual que tú, jamás vería como a mi hijo a un niño que no lo fuera de mi sangre. Eso no es posible. No lo acepto. Prefiero no tenerlos. Me conozco lo suficiente para saber que nunca podría engañarme ni conformarme con una mera fantasía. No soy soñador ni un idealista. Lamento decepcionarlos, pero soy sincero conmigo mismo, no tengo un corazón tan grande para albergar amor a cualquiera. No soy de esa clase de persona llena de amor, bondad y altruismo.
—¿Ethan, en qué concepto me tienes? —le pregunta Emma con lágrimas en los ojos.
—Siento ofender todo aquello por lo que luchas, lamento no haber heredado tu altruismo por las personas desfavorecidas. Sé que tu fundación apoya a los niños sin hogar y te admiro por eso, pero… es distinto a llevar a un niño a casa, darle tu nombre y…
—Llevaste a Jessie a tu casa. ¡Oh! Disculpa, olvidé que ella era la hija de tu amante —le reprocha con sarcasmo Quella.
—Lo hice por Elena y solo lo hice porque sabía que era temporal. Fue una prueba que me hizo comprender que nunca podría ser un padre adoptivo, Quella. Y en ese momento apenas y conocía a Caroline.
—¿Ethan? —su madre llama su atención de nuevo.
—Eres mi madre, ¿en qué concepto puedo tenerte? Eres perfecta, la mejor de todas las madres. Sí te parezco un monstruo por la manera en la que pienso, tú no tienes nada que ver. Hiciste un buen trabajo educándome, pero… no pienso como tú.
—Te equivocas, Ethan. No soy una mujer perfecta. Porque piensas en una mujer que no puede concebir… como en una mujer marchita —afirma con voz débil y lágrimas salen de sus ojos recorriendo su hermoso rostro, Joseph comienza a caminar hacia ella, pero Emma le hace una seña de alto con la mano y él se detiene.
—Mamá, mis pensamientos y mis acciones, son solo responsabilidad mía. Sé que me has educado mejor. Y, sí, dije eso, pero solo porque quería dañarla… quería que sintiera el mismo dolor que yo…
— ¡Cállate! —le dijo ella con el dolor de viejas heridas plasmado en su voz—. Tú, Ethan —Emma se pone en pie. Mirándolo desde arriba, lo obliga a levantar la mirada— … No eres mi hijo. No quiero volver a verte, ni que me dirijas la palabra en lo que me resta de vida. ¿Comprendes?, No soy perfecta porque si lo fuera te habría dicho tu procedencia desde hace mucho, tal vez de esa manera no actuarías como lo has hecho todo este tiempo, nunca dañarías a esa mujer que ahora lucha por su vida, si acaso no se ha rendido ya, y lo único que desea en este momento es morir. ¡Ay de ti si ella muere! Porque no podrás vivir con eso.
Emma sale de aquella habitación escuchando la voz de ese niño que alguna vez meció y cantó canciones de cuna llenando el vacío de su corazón.
Ethan iba a salir tras su madre, quería decirle que él era quien no podía tener hijos y que estaba arrepentido de cada palabra con la que había herido a Elena.
—Alto ahí, Ethan. Quella ve con tu madre —ordena Joseph.
—Papá, ella no puede simplemente desterrarme de su vida. ¡Soy su hijo! —dijo con desesperación su mirada llena de dolor y lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Ethan, lo que Emma quiso decir es que: ¡No somos tus padres biológicos! Emma mi esposa, tiene matriz infantil. Has ofendido no solo a tu esposa también has ofendido a la mía. Solo por el amor del hombre que te cuidó como si llevaras su sangre, no te rompo la boca con la que has escupido tanto veneno. Pero, si vuelves a poner un pie en mi casa, no responderé sobre mis actos. Si en algo agradeces el amor que Emma te dio, no intentes acercarte a ella. En cuanto a Elena, no tendrás ningún derecho de decisión sobre ella, el estado de Elena se debe a tu maltrato psicológico por lo que se te niega cualquier derecho sobre su vida y su salud hasta que despierte y este apta para tomar sus propias decisiones. ¡Aléjate de nosotros!
Joseph se dirige a la puerta para salir de la habitación.
—Elena me mintió, soy yo quien es estéril, me lo dijo antes del accidente —dijo con voz entrecortada.
Sus palabras han dejado a Joseph quieto, su mano temblorosa en el picaporte.
—Tarde o temprano, obtenemos lo que merecemos, Ethan.
Sin mirar atrás, simplemente sale de la habitación abandonando al hombre al que una vez llamó hijo.
SIN RECUERDOSSintiéndose miserable, mira la fotografía que yace en el escritorio de Joseph Donovan. Son sus padres, Quella, Elena y él, en la última navidad que han festejado. Están sentados en el comedor de la casa de su madre, brindando por la felicidad y bendiciones de ese y el próximo año.
Observa con detenimiento a Elena, ella sonríe, pero su sonrisa no es verdadera. Lo supo en ese entonces porque la convivencia entre ellos apenas era soportable. Estaban fingiendo frente a sus padres una felicidad que no tenían. Pero en sus ojos puede ver una tristeza más profunda. Ahora lo ve, carecen de luz, su mano cerca de la suya, sin tocarse. Él mira a la cámara, igual sonríe, pero ve el fastidio que, en ese momento, le provocaba estar allí mintiendo. Luego mira a sus padres. Emma, su madre, sonríe cálidamente hacia la cámara, pero su padre la está mirando a ella. Nadie duda de su amor por esa maravillosa mujer. Intenta encontrar entre sus recuerdos algún indicio que le diga que alguna vez sus padres lo miraron como si no lo amaran, como si no fuera su hijo. No lo encuentra.
Ethan se levanta de la silla, toma el portarretrato y saca la foto. Tras mirarla un momento más, la guarda dentro del bolsillo de su saco. Limpia sus lágrimas con el dorso de la mano. Su vida se había derrumbado en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo que había creído durante toda su vida fue mentira, la vida perfecta de la que siempre se sintió orgulloso no fue más que una farsa. Ellos no eran sus padres, pero todavía los sentía como si lo fueran. No concebía la idea de otras personas en ese papel.
Ahora que, sí su madre no podía tener hijos, eso significaba que Quella, también era hija adoptiva. No podía creer que hubiera destruido a su familia también por su estupidez. Ellos querían la verdad, querían saber lo que había en su corazón y al final se horrorizaron tanto que todo se rompió.
No tenía recuerdos de su madre embarazada, simplemente recordaba el día que sus padres llegaron y dijeron que la niña en brazos era su pequeña hermana. Nunca había pensado en eso antes, porque como cualquiera, simplemente pensó que era tan pequeño que lo había olvidado.
Suspira con pesar porque se da cuenta de que en menos de veinticuatro horas había destruido lo poco que quedaba de su matrimonio, había destruido a su familia y había dañado a su hermana de una manera irreparable. Se odiaba así mismo.
HÁBLAME DE TIHa pasado la noche mirando a través de la ventana la oscuridad de los jardines del hospital, pronto se hace de día y la gente comienza a llegar para realizar las visitas a sus pacientes. Emma y Quella, llegan a las ocho de la mañana. Sus miradas se cruzan un instante. A las once su padre se acerca a ellas para entregarles el pase para ver a Elena. Quiere acercarse y pedir el pase, pero desiste ante la frialdad con la que es ignorado cuando están a tan solo dos filas de distancia.
Más tarde, ellas se van a comer. No sabe cómo está Elena, no le brindan informes porque ha sido orden de su padre. Pasa un tiempo, está cansado de ver ir y venir a gente. Así que busca a su padre.
En uno de los pasillos encuentra a Joseph hablando con el doctor que atiende a Elena, se pone nervioso.
— ¿Papá, puedo hablar contigo un momento? —solicita con humildad.
Joseph detiene su charla con el doctor y se gira para mirarlo a la cara.
—Yo no soy tu padre. —La fría respuesta le da a entender que nunca lo perdonarán, que él no lo perdonará por haberle hecho daño a Emma, su esposa.
—Te veo más tarde Joseph, con su permiso —dice el doctor Greyson, por último, dirigiéndose a Ethan.
Ethan carraspea.
—Doctor Donovan, ¿me permite un momento? —Ethan reformula su pregunta. Se siente perdido y más solo que nunca ante su rechazo, jamás podría verlo de otra manera. Ese hombre era lo único que él conocía como un padre y dudaba que existiera otro mejor.
—Diga.
— ¿Puedo verla? —lo deseaba con toda el alma.
—No es posible.
—Por favor, compadécete de mí.
—Y tú ¿alguna vez te compadeciste de ella?
No, nunca se compadeció de Elena, nunca tuvo piedad cuando le suplicaba que se quedara con ella, que no la abandonara, que no se fuera, que la perdonara.
—Te lo suplico —Ethan comenzó a ponerse de rodillas, pero Joseph lo detuvo, sacando del bolsillo de su bata el pase.
—Solo cinco minutos, no más, te esperaré fuera de la habitación.
Él quiso decir gracias, pero su padre le dio la espalda y comenzó a dirigir el camino.
«Cuando mi padre se apiada de mi dolor, me conduce hasta el lugar donde ella se encuentra.
Dentro de esa fría habitación me doy cuenta de lo mucho que la amo y sufriría si ella no vuelve a regalarme una de esas sonrisas llenas de amor que siempre tenía y dedicaba solo a mí.
—Por favor, mi amor, vuelve a mí. —Beso su mano tiernamente.
Me pregunto, ¿cómo es que había llegado a este punto de indiferencia con ella? Y ahora que es demasiado tarde me doy cuenta qué no puedo vivir en un mundo donde ella no exista. Porque mi alma, mi vida y corazón son de ella, solo de ella.
Después de cinco minutos mi padre entra a la habitación y no hace falta que diga nada, él quiere que me vaya.
Salgo de ahí no sin antes agradecerle.
Al salir del hospital voy a nuestro departamento, cuando llego al edificio no puedo evitar pensar que ella está esperándome como siempre, con todo su amor y devoción. Pero no es verdad, ella no está.
Abro la puerta y la imagen frente a mí me golpea, ella había preparado todo para esa noche. En la que yo debía estar con ella confesándole todos y cada uno de mis pecados y suplicando su perdón. En cambio, estaba con mi amante, terminando lo que nunca debió comenzar.
Paso directo a la habitación intentando ignorar mi alrededor, pero todo resulta peor porque me encuentro un santuario de amor, velas, aceites, y más accesorios. Tomo ropa limpia y voy a la ducha, la cabeza me duele. Son tantas cosas para un día, ella me confesó su mentira, su accidente cruel. Una jugada del destino para hacerme pagar por no amarla. Cuando tuve a Elena la desprecié y cuando la quise me la arrebató. También estaba el hecho de que toda mi vida no era real, ellos, a los que consideraba los mejores padres del mundo, mis perfectos padres, no lo eran. Yo era un hijo al que su madre no amó, al que abandonó. Un no deseado.
No puedo evitar sentirme una completa mierda, comienzo a llorar por todo el daño que le hice a la mujer que me amó. Por todo lo que dije, mis manos comienzan a temblar por la impotencia y la rabia. Mi madre. ¡Oh, Emma! La mujer que me dio amor, cariño y protección. La dañé como a mi mujer, me odio por ser tan maldito como la mujer que me parió y que me abandonó. No sé las razones, pero de pronto me lo pregunto.
¿Por qué le haría algo así a su hijo? ¿Quiénes son los que no me amaron? Pero, si de algo estoy seguro, es que heredé lo peor de ellos su maldad, de otra forma, ¿por qué dañaría a los que me aman? Me odio. Lloro como un niño pequeño, soy pequeño, no soy nada.
Caigo de rodillas mientras el agua fría trata de reconfortarme, pero no sirve, ya nada puede ayudarme, porque me he quedado solo, ellos la alejarán de mí. No, ya lo han hecho. La he perdido, yo estoy perdido».
QUIMERA O REALIDAD«En este lugar el tiempo y la distancia no existen. Aquí es la quimera, y como tal, no hay nada que pueda dañar. Camino sin rumbo fijo en este desierto donde todo es blanco o es negro según como yo quiera verlo…»
Se encuentra caminando, vagando en aquel lugar inexistente de la nada. Su mirada está fija hacia el frente y el rostro inexpresivo. De pronto la nada deja de serlo y ahora un susurro llega hasta sus oídos:
—Ven a mí.
La frase compuesta por tres palabras es totalmente incomprensible para ella, la escucha, pero no la comprende, entonces para su andar.
—Te amo.
Después de permanecer quieta vuelve a escuchar el sonido de palabras, ahora distintas a la oración anterior, más pequeña, pero, lo que llama su atención es el sonido que emite aquella voz, tan llena de tristeza y dolor.
—¿Quién eres? —intenta decir a aquella infinita nada, pero no sale ningún sonido de sus labios.
Cuando no obtiene ninguna respuesta ella comienza a caminar de nuevo hasta que encuentra solo una puerta. Camina y se detiene frente a ella y al abrirla, la nada se transforma. Ve una casa y cruza el umbral. Con paso lento va hacia la entrada de la hermosa residencia. Toca la puerta, pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos ya se encuentra dentro.
Hay una mujer hermosa de cabello castaño, ojos grandes y verdes. Sonríe a una pequeña niña que se encuentra a su lado. Están preparando galletas, la pequeña quiere tomar una, pero su madre se la niega. Ella no puede escuchar lo que dice, pero entiende los movimientos de los labios de la mujer.
—No. Son para la fiesta.
La niña obedece. Después la mujer saca de un cajón un frasco de pastillas toma una y la traga bajo la atenta mirada de la pequeña. La niña toma su muñeca y sale de ahí, ella la sigue. La niña le resulta familiar y a la vez no.
El escenario vuelve a cambiar, ahora se encuentran en una reunión, las mujeres admiran la belleza de la madre de la pequeña, mientras que la niña se haya en un rincón observando. La madre sonríe y agradece los halagos.
Más tarde un hombre llega, besa a su esposa y a la hija le brinda sus brazos, cenan juntos mientras que aquella mujer a la que nadie puede ver, ocupa un lugar en la mesa como una espectadora. La pequeña come mientras que la madre le llama la atención.
—No comas más, no seas glotona —reprende la madre.
—Déjala tranquila, Anne. Elena es pequeña y está creciendo, si tiene hambre, pues que coma —dice el padre, la madre molesta se retira de la mesa.
De nuevo todo se desvanece y ahora está en la recamara de la pequeña. Ella está dibujando con sus colores nuevos. La madre entra y le dice:
—Escúchame, no importa lo que tu padre diga no debes comer de más o te pondrás tan obesa que nadie va a quererte, ni siquiera yo.
La niña no dice nada solo baja la mirada mientras que su madre la levanta de un brazo y la lleva hacia el espejo—. ¡Mírate al espejo, Elena! Te vez tan mal, debes bajar de peso. ¿Es que no te gustaría verte tan hermosa como yo? ¿Acaso no quieres que te amen como a mí? —la pequeña asiente.
—Saca la lengua —le ordena la madre. Ella lleva una aguja entre los dedos.
Todo se vuelve oscuridad, ahora la niña esta vestida de negro de pie junto a un hombre mayor frente a dos tumbas. Son los padres de la niña, la niña, no llora.
La pequeña llega a su nueva casa y ella siempre detrás como una sombra espectadora la sigue, la recamara que ahora habita perteneció a su madre, hay un enorme espejo y la pequeña esta frente a él. Pero su reflejo ha cambiado, ahora es una jovencita. Está mirándose, evaluándose, hace caras raras y dice:
—¡Estoy tan gorda! Por eso a nadie le gusto.
Sale de la habitación y la sombra detrás de la joven. Pero ahora la jovencita desaparece dejando en su lugar a una señorita…
—Elena, no todo en esta vida son libros. ¿Por qué no vamos a la fiesta de Alison?
—La última vez que hablé con Alison se burló de mi enorme trasero. Por lo tanto, no iré a la fiesta de esa bruja.
—Ella no dijo: «Enorme trasero».
—Tienes razón fue: «¡Gran trasero!».
—¡Sophia, tranquilízate!
La joven golpea a la morena con su codo.
—¡Auch! De acuerdo, eso fue grosero. Pero insisto, no deberías tomártelo tan mal... Entonces, ¿vamos? ¡Por favor! Quiero conocer a mi futuro esposo. No hagas que me arrastre por los pasillos de la Universidad.
—No necesitamos ir a una fiesta para que te presente a tu futuro esposo, ¿sabes? Te lo presento más tarde, si eso es lo que quieres.
—¡Obvio que sí la necesitamos! Me niego a no tener un baile de medianoche con mi príncipe azul. ¡Vamos! No me digas que nunca soñaste con ser Cenicienta.
—¡Elena!
—No me dejarás en paz, ¿verdad? ¡No lo puedo creer! ¡Sophia!
—¡Vamos! Es un ratito. Pequeñito, ¿sí?
—Está bien. ¡Solo un rato! No tengo el estado de ánimo para soportar a la bruja.
—¡Sí! Será divertido.
—¡Sí! ¡Ajá!
La sombra escucha las palabras llenas de sarcasmo y puedo también sentir el dolor y la soledad que la joven siente en su corazón.
Todo cambia, ahora ve a la joven de pie en un rincón observando a su alrededor insegura de no parecer uno de ellos, mirando con envidia a las mujeres bonitas y más delgadas que ella, puede ver a la joven sentirse pequeña e insuficiente.
—Señorita, ¿me concede esta pieza de baile?
Un joven hermoso se acerca a la chica sin malicia, ella puede verlo en sus ojos.
—No sé bailar. Lo siento
Dice la chica insegura, ella ve la expresión del joven un poco de desilusión que suplanta con una de seducción.
—Eso es porque rechazas a quien te lo pide, ¿no lo crees? Por lo que, si continúas así, jamás practicarás. Además, tampoco sé bailar y no me ves preocupado o ¿sí?
La joven ahora es un par de años mayor se encuentra detrás de una puerta escuchando una conversación que su esposo, aquel joven hermoso de ojos grises, mantiene con un hombre que, al parecer, era su amigo…
—¡No lo puedo creer! ¿Esa mujer es tu esposa? ¿Qué paso con tus gustos por las hermosas rubias de largas piernas y cuerpos esculturales?
—Cuida tus palabras Armand ella es mi mujer, para mi es la mujer más hermosa que existe en este mundo.
—El amor te ha segado. Bueno cuando te canses de tu mujer huesos anchos… —el hombre no termina de hablar pues es derribado de un puñetazo en el rostro por el chico de ojos grises.
—Te lo has ganado por faltarle el respeto a mi esposa. Toma tus cosas y lárgate de mi casa.
La chica está asustada y dolida pues se da cuenta de que ella no encaja en el mundo de su esposo y que él la ama tanto que va en contra de aquellos a quienes conoce desde niño y que son sus amigos. No quiere defraudarlo, no quiere que se burlen de él como muchas veces lo hicieron de ella.
La espectadora, mira con tristeza a la joven, ya que no se da cuenta de que esos no son amigos, y que lo único que importa realmente es el amor que su esposo le tiene, más allá de un físico.
La joven está sentada en la enorme cama matrimonial de su apartamento mirando aquellos análisis médicos sobre la infertilidad de su esposo. La espectadora se encuentra de pie a su lado. La joven comienza a llorar por él, no quiere que sufra, que lo marginen como a ella, que se vea frustrado por no poder evitar ser como es, un infértil. Como ella, que es una mujer obesa que por más que haga no puede dejar de comer, dejar de ser el humano asqueroso que es.
Ella, la silenciosa espectadora, se lleva una mano al pecho contraído de dolor al descubrir el horrendo concepto en el que esa joven tan hermosa y llena de vida se tiene.
La joven se encuentra en el suelo de su cocina comiendo todo lo que ha encontrado en su refrigerador. Se nota demasiado triste y el comer al parecer le brinda un consuelo que llena esa parte solitaria y oscura en que vive su alma. Sintiendo una pena infinita por aquella niña ahora mujer y sin poder evitarlo se acerca tocando su hombro en un intento por llamar su atención.
Como está de espaldas, ella no ha visto su rostro, en realidad nunca pudo verlo, cuando la otra siente su toque se gira, sus miradas chocan y ella le pregunta…
—¿Por qué estás triste?
—¿Por qué lo estas tú? —le responde la joven.
—No, yo no lo estoy —le dice acariciando el rostro de aquella desconocida, de esa niña sensible ahora mujer.
—Él no me ama. Me abandonará.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Soy enorme, tan obesa llena de grasa que nadie me ama.
—No estás obesa, en realidad eres muy delgada.
La chica se levanta y cierra el refrigerador para después ofrecerle la mano a ella. La conduce a su recamara, le muestra un enorme espejo, el mismo de su madre. Ella se pone frente a él y le dice —Mírame, míranos somos unos monstruos.
La espectadora se acerca a él, ve el reflejo cadavérico de la chica y niega con la cabeza, después ve su imagen, y es la misma…
—Elena —escucha a lo lejos, todo a su alrededor comienza a desvanecerse y la tristeza y el dolor junto a todos los recuerdos y demonios que la atormentan vienen a ella para acabarla, para aplastarla en la oscuridad…
—Amor. Te amo. Vuelve. Despierta.
Escucha a lo lejos.
EL DIARIOEthan sale de la ducha agotado. Al ver la habitación siente con más fuerza la ausencia de Elena, sabe que ella tiene su espacio en la habitación de al lado, necesita sentirla cerca y donde una vez compartieron el lecho, no la siente. Por alguna razón, no puede encontrar algún indicio que le indique que ella estuvo ahí y no se refiere a ropa o cosas de ella, el busca su esencia, algún recuerdo que indique que Elena dormía cada noche con él, besos, caricias risas. Todo era soledad como si lo que se hubiera ido, fuera solo un objeto decorativo, superficial.
El aire comienza a faltarle cuando recuerda su sueño, ella acusándolo de no escucharla de no mirarla. Sus pasos lo llevaron hasta la habitación de Elena, indeciso de entrar, de invadir su espacio, lo único que recuerda es que ella lo único que le pidió en todo su maldito matrimonio fue esa habitación. Decía que tenía cosas que habían pertenecido a sus padres, cosas que eran recuerdos de su familia y de las que no podía deshacerse, porque esos objetos le ayudaban a no olvidarlos, eso era lo que más temía en el mundo.
La puerta está cerrada con llave, por lo que va a la cocina y busca el duplicado. Al abrir la puerta, siente un escalofrío abrumador, la oscuridad de la habitación le da miedo. No sabe lo que encontrará, nunca le preguntó, nunca quiso saber en realidad. Tantos años y apenas sabía nada, apenas y había notado que su esposa estaba más delgada, enferma y frágil. ¿Ciego? No. Simplemente no la amaba lo suficiente. Enciende la luz, y da un paso atrás cuando al fin puede ver y con horror, los espejos destrozados en la habitación.
Tarda un par de minutos en poder entrar de nuevo, rodea los espejos y va hasta un viejo escritorio, de su padre le había dicho, hace mucho. Un par de cajas yacían sobre él. Abre la primera para encontrarse una hermosa niña siendo abrazada por su padre, otra más donde su padre la llevaba en brazos. Una en la playa con ambos padres, su madre muy delgada, pero, hermosa. Anne más alejada del padre y la hija, su mirada parecía ausente como si estuviera muy lejos de ahí. Se da cuenta que la mirada de aquella mujer es la misma de Elena. No por el color de sus ojos, sino por lo que cuentan.
Se encuentra con documentos, actas de defunción. La segunda caja contiene varios cuadernillos con fechas de años anteriores, eran diarios. De cuando era pequeña. Lo veía en sus dibujos. En ninguno estaba su madre. En otros solo rallones que habían borrado lo escrito antes. Tomó los dos últimos. Quería sentirla cerca de él y de pronto se le ocurrió que esa era una manera de estarlo. Con la yema de sus dedos repasa en una sutil caricia la portada del año anterior. Al principio solo quería tocarlos, sentir su esencia. Aunque, todo le grita dolor y tristeza. No sabe si quiere saber el contenido, no sabe si desea invadir su privacidad.
Entonces se percata de un cuadernillo negro en el piso al lado del espejo que sabía era de su madre. Lo levanta y se sienta en el piso y tras inspeccionar la superficie lo abre. En la primera página hay una foto de ella cuando era pequeña en medio de sus padres. Ella vestía un vestidito azul, con su cabello rojizo algo desordenado y sus hermosos ojos verdes. Era distinta a todas las fotografías anteriores, ella portaba una sonrisa, hermosa y autentica, sus padres también. La imagen de la niña llenita le causa ternura y amor. Ella era su dulce Elena.
"Por amor, día a día me mato un poco más para poder ser lo que el necesita en su vida…"
—¿Qué es esto? — pasa otra página, otra y otra. Era su diario el de ese año.
Cuando Ethan termina de leer sus palabras, ya era de madrugada. Ha leído todos los diarios, ha conocido a una niña solitaria y traumatizada, a conocido a la jovencita que sufría y la mujer que era ahora. Se pregunta, cuanto dolor podía soportar una persona. Aun impactado por descubrir a esa desconocida que tenía por esposa no puede evitar llorar, por ella, por él.
Se da cuenta de lo tonto que fue al creer que la conocía, que la amaba cuando se casó con ella. No, él no podía amarla en ese entonces, no conocía realmente a la persona que compartía su cama, sus días, su vida. Él no la amaba. Cuando se ama no se engaña, no se oculta. Y ella era una mujer con un mar de secretos. Ella era la fachada de mujer que había creado Anne, pero no era Elena.
Debía reconocer que solo estuvo enamorado de la ilusión de una esposa perfecta, de una familia perfecta. Y tuvo que estrellarse cruelmente con el destino para darse cuenta que la perfección no existe, por lo tanto, ahora que conoce a la verdadera Elena, quiere ayudarla, quiere amarla de verdad, darle la atención que nunca fue capaz de darle cuando creía esa fantasía.
Con manos temblorosas guarda todo de nuevo en la caja y el diario lo coloca en el escritorio. Ve su novela favorita, aquella que leía una y otra vez, toma el libro y al abrirlo un sobre resbala. Extrañado, nota que era de un laboratorio, saca las hojas que contenían su nombre eran los resultados médicos. Entonces leyó:
Infértil.
DESPRECIOLa oscuridad deja de serlo, ahora todo son recuerdos, es como volver a vivir lo ya vivido solo que ahora lo mira desde afuera. Siente pena, tristeza por ella misma. Se compadece y lo único que puede hacer es permanecer a su lado porque ha aprendido que solo se tiene así misma. La voz de él llamándola le ocasiona tanta ira, como dolor. Hasta que las cadenas que la mantienen presa en ese lugar, en ese infierno son soltadas.
Ella ya no solo siente dolor en su alma, también lo siente en su cuerpo. Intenta moverse, no pude. Vuelve a intentarlo y de lo único que es capaz, es de mover su mano. Ella abre los ojos una luz cegadora le lastima. Sin miedo vuelve a intentarlo, entonces su mirada se cruza con la de él. Tras sus ventanas grises puede ver su alma, llena de dolor, llena de angustia, llena de remordimiento, llena de amor. Un amor que ahora ya no quiere, un amor que para ella ya no es indispensable, un amor que solo causa dolor. Asustada de recibirlo, de enfrentarlo, huye, si, lo hace al único lugar donde todo es paz y seguridad, donde su entorno puede ser blanco o puede ser negro, regresa a su quimera.
LUEGO DE LA TRAICIÓNViajaban en el auto de Ethan sin mediar palabra. Caroline mantenía la vista en las calles alumbradas por la luz artificial de los locales ya cerrados. Cuando por fin aparcaron frente a su modesto edificio, Caroline, soltó el cinturón de seguridad, tomó su bolso e intentó abrir la puerta del auto para salir de él y evitarles la incomodidad de decir adiós. No la ama, no pretende algo más de ella y ella era consiente de eso. Pero antes de que pudiera escapar Ethan la detiene.
—¡Espera, Caroline! —Su voz era autoritaria, pero tenía ligero toque de gentileza al pronunciar su nombre.
Caroline se acomodó de nuevo en el asiento de piel y cerró la puerta. Finalmente le dijo:
—No me despidas, Ethan. Para mí, después de bajar de este auto lo que pasó en ese hotel nunca ocurrió. —Estaba arrepentida y no podía mirarlo a los ojos, por lo que mantenía la mirada en su regazo. Tampoco quería que viera su amor por él.
—No voy a hacerlo. Tu trabajo jamás se verá afectado por nuestros asuntos personales. —Pero ella dudaba que fuera verdad—. Escúchame un momento. Por favor.
—Sí —aceptó escucharlo, aunque, no quería hacerlo. Estaba arrepentida y no comprendía como había arriesgado a perder la estabilidad que su hermana y ella obtuvieron de la caridad de Elena. Tenía miedo.
—No sientas remordimiento, hermosa. Me siento honrado por el regalo que me has dado. Sé que no debería estar aquí, que mi lugar es en otro lado…
—¿Por qué la engañas? ¿Por qué lo hicimos? —Ella no encontraba una verdadera justificación a la traición de ambos.
Ethan miró fuera de su ventanilla antes de hablar:
—No puede tener hijos y yo no puedo conformarme.
—No lo sabía…—Elena nunca le comentó ese dato tan importante cuando lloraba porque él había discutido con ella, para Caroline las cosas tomaban más sentido con esa verdad, ahora miraba la situación desde otro ángulo muy diferente. Pensaba que Elena era una egoísta—. ¿Por qué no has terminado esa relación?
—No voy a mentirte, Caroline. De alguna forma yo la amo y la necesito en mi vida —Le dolieron sus palabras, aunque no debería, ella era la intrusa después de todo.
—No entiendo cómo puedes amarla y engañarla con otra mujer, su mejor amiga.
—No lo sé. Pero lo que sí sé, es que voy a estar con ella para toda la vida.
—Comprendo. Creo que será mejor que vaya a casa y no te preocupes. Será como si jamás hubiera sucedido —No quería que él pensara que deseaba ser su amante, esa era una situación de la que no se sentía capaz de soportar.
—Gracias, Caroline. Por comprender.
Caroline bajó la mirada y salió del auto sin mirar atrás, ya que lagrimas corrían por su rostro.
Cuando entró al departamento vio a Jessie salir a su encuentro y se maldijo. Por haber sido tan débil.
—¡Por Dios, Caroline! Estaba preocupada pensé que algo te había sucedido. ¿Qué pasó?
—Extravié un expediente y no pude marcharme hasta encontrarlo.
—¿Por qué no me avisaste?
La preocupación de Jessie fue palpable y ella estaba tan nerviosa, que le dio la espalda fingiendo colgar su abrigo y bolso en el armario de la entrada.
—Lo siento, no volverá a ocurrir. Ahora vayamos a dormir, fue un día terrible y estoy cansada.
Estando en su habitación, Caroline, recordó la manera en que la amó. Aunque entre sus brazos había sido muy feliz, no podía dejar de sentirse una sucia traidora, no podía dejar de pensar que Elena lo sabría tarde o temprano. Pero también deseaba con todo su corazón tener la fuerza para enfrentarlo a él, día con día en esa oficina. Las cosas jamás serian como antes, porque ahora sabía lo que significaba ser besada, acariciada, abrazada y amada por ese hombre hermoso y sexualmente maravilloso, tierno, pasional y era prohibido.
A la mañana siguiente ella se encontraba trabajando tan temprano como siempre. Preparó el café, como a él le gustaba. Cuando llegó, ella lo saludó con una sonrisa al igual que él. De esa forma, fingiendo que nada ocurrió entre ellos, transcurrieron tres semanas, cada día era una tortura para ella quien sentía cada centímetro de su piel arder ante el recuerdo de los besos y caricias que le regaló esa noche. Sufría en silencio ese amor prohibido, luchaba por no caer rendida a sus pies y suplicar las migajas que solo podía ofrecerle si acaso el quisiera hacerlo. Ya se lo había dicho, él no iba a dejar a Elena. Verlo interactuar con Elena cuando ella iba a buscarlo a la oficina con su cuñada, le partía el corazón y los celos la carcomían por dentro.
No podía dejar de sentirse una ramera, pero lo peor venía cuando Elena la llamaba y la invitaba a comer o a salir a tomar un café. La rechazó en varias ocasiones, hasta que se quedó sin excusas. ¿Cómo decirle a tu amiga que no puede serlo más porque se acostó con su pareja? Definitivamente no había frases o palabras para no dañar a esa persona tan querida.
—Hola, Caroline. Me alegra que en esta ocasión hayas podido acompañarnos —dijo una alegre Elena, quien aguardaba su llegada en compañía de Jessie.
—Sí, a mí también me da gusto. Pero ese jefe odioso que tengo…
Ese día compartieron como antes de su traición, Elena fue tan amable y llena de cariño para ella y Jessie como siempre, que le dolía y a la vez la llenaba de rabia, porque quería odiarla, pero no podía hacerlo. Ya que, gracias a Elena, su hermana tuvo una mejor vida, gracias a Elena había tocado el cielo con un hombre maravilloso.
Cuando regresó a la oficina lo hizo con la convicción de jamás volver a mirar, ni pensar en él como algo más que su jefe y el esposo de su única mejor amiga, pero todo eso se derrumbó, cuando un día entró a la oficina y lo encontró bebiendo sentado en su asiento y mirando hacia ella.
—Señor, he regresado. ¿Se le ofrece algo? —Él la miró de pies a cabeza mientras bebía su whisky, se relamió los labios saboreando los restos de la bebida. Hipnotizada ante la imagen de poder y lujuria que emitía ese hombre hermoso, sintió las piernas temblar ante el deseo que se posaba en su vientre y su centro.
De pronto, le entraron ganas de salir corriendo de la habitación antes de cometer de nuevo una locura. Se dio media vuelta dispuesta a huir...
—¡Caroline! —Llamó él. Caroline se quedó quieta, tomando la manija de la puerta que la liberaría de otra traición o la condenaría al infierno, pues sabía que, si él se lo pedía —convertirse en su amante—, en esa ocasión no tendría la fuerza para negarse. Lo deseaba como nada en el mundo, lo amaba tanto que le dolía. Y lo pensaba con obsesión y locura.
—No lo hagas —le dijo ella con voz poco convincente.
—¿Qué no haga qué? —le respondió él. Sin que ella lo notara, ya estaba detrás suyo aspirando el aroma de su cabello y hablándole en el oído con voz ronca de deseo.
Su cuerpo tembló.
—Necesito tu cuerpo. —La giró y estando ambos de frente, mirándose a los ojos no resistieron la lujuria.
De nuevo cayó en la tentación de lo prohibido, pero ya no podía hacer más, estaba perdida y enamorada como una tonta.
Su relación clandestina permaneció oculta durante dos meses hasta que Jessie los descubrió.
Eran las tres de la mañana cuando el auto color plata se estacionó frente al edificio. Jessie temía que su hermana estuviera en malos pasos, pues llegaba casi siempre muy tarde, la notaba ausente en ocasiones, ya no platicaban acerca de sus secretos íntimos, ella parecía rehuir de su mirada y evadía sus preguntas. Quería saber quién era el hombre con el que ella estaba saliendo.
La esperaba medio oculta en la entrada del edificio, cuando vio estacionarse el auto de Ethan. Eso no la sorprendió, lo que sí lo hizo, fue que él se bajó del auto para abrir la puerta del lado de su hermana y que cuando Caroline salió, lo abrazó. Jessie no podía creerlo, lo peor vino cuando él se soltó de su agarre solo para recargarla en el auto y besarla como si quisiera tragársela. ¿Cuántas veces ambas vieron llorar a Elena cuándo decía que había discutido con Ethan? Caroline la había consolado, abrazado y llorado en una ocasión con ella. ¿Por qué lo hizo? ¿Por remordimiento? ¿Por qué era una muy buena mentirosa? Sin poder contenerse llena de rabia, pero sobre todo de decepción, ya que su hermana representaba su heroína, su puerto seguro y era duro saber que no era quien ella había creído.
Salió de entre las sombras…
—Buenas noches, señor Donovan.
Ethan se irguió soltando a Caroline de inmediato. Al mismo tiempo, se giró para mirar a Jessie.
—Jessie. ¿Qué haces aquí? —preguntó Caroline.
—Me dejé las llaves dentro, te llamé, pero tu teléfono estuvo apagado todo este tiempo, así que mientras le quitas el marido a tu mejor amiga yo estoy aquí a las tres de la mañana muerta de frío, con hambre y esperándote.
Ethan no sabía qué decir, pero le molestaba que lo juzgaran a él y a ella.
—Jessie, este no es el lugar apropiado para hablar, ¿por qué no lo hacemos adentro? —habló él en tono autoritario como solía hacer, lo que hizo enfurecer más a Jessie.
—Disculpe, señor Donovan, pero no tengo nada de qué hablar con usted. Caroline, las llaves.
Jessie entró al departamento, esa fue la última vez que le dirigió la palabra a Ethan. A pesar de que un día lo apreció como aun familiar lejano, tal vez como a un tío.
Caroline entró cinco minutos después a la habitación de Jessie.
—¿Por qué entras sin avisar?
—Jessie, déjame explicarte.
—No hay nada que explicarme a mí, hazlo a ella. Solo te pediré un favor: ¡No quiero que ese hombre ponga un pie en esta casa, jamás!
—No puedes prohibirme eso mocosa insolente. ¡Es mi novio te guste o no!
—No. No lo es. Es tu amante y como tal merece ser tratado. Si él entra yo salgo, Caroline. No le diré nada a Elena porque eres mi hermana, pero no me pidas más porque no lo voy a tolerar cerca de mí.
—¿Me estas llamando puta?
—No he dicho eso, pero tampoco te comportes como tal. ¡Sal de mi habitación! —Jessie no podía estar a favor de lo qué hacía su hermana.
Caroline salió dando un portazo, furiosa. Entre ambas hermanas se abrió un enorme precipicio, su comunicación se había vuelto solo necesaria para las cosas superficiales de la casa, su camarería desapareció. Aun cuando Caroline intentaba acercarse a su hermana esta ponía una barrera impenetrable llena de reproches que era mejor evadir.
Pasaron los meses siendo ella la sombra de su amante, el secreto de Ethan. La oscuridad de la ignorancia de Elena. Fingiendo ser lo que ya no sentía, reclamando en secreto al hombre prohibido.
Pero como todo lo que empieza mal, acaba mal. Su relación terminó. La humillación que él le hizo, obligándola a reservar una mesa para su cena especial de aniversario, las flores y toda esa estupidez de su trato, todo la llenó de odio puro. Dejándose llevar por el sentimiento de los celos, un pésimo consejero. Lo citó para aclarar su situación, quería convencerlo de la única forma en la que su relación se basaba, el sexo. Con lo que no contó, pero que le cayó como bendición fue la presencia de su amiga y la esposa de él, en el restaurante. Ahora Elena creía que Ethan jugó con ella, que la engañó de nuevo. Esperaba que interpretara todo como una burla, ya que había confesado sus secretos y dudas a la amante de su esposo. Ahora esperaba la ruptura y así poder consolarlo y demostrarle que siempre estaría para él.
Y después del descubrimiento de su traición, Caroline, llega a su departamento pasada la medianoche. Está satisfecha ante el dolor que sin querer ha provocado a Elena. Está contenta porque ya no tiene que fingir más una amistad que en realidad no tienen. Ya no tiene que seguir fingiendo que la ama, ya no tiene que seguir ocultándose en las sombras, ni negar lo que siente por Ethan. Ahora puede gritar a los cuatro vientos que ama a Ethan y eso es algo bueno para ambos. Ha ganado la primera batalla al final del día. Ya no puede arrepentirse y tampoco quiere hacerlo. Elena ahora sabe quién es su rival. La mujer con la que no puede competir, porque no puede darle a Ethan lo que tanto desea. Y espera que Elena, tenga un poco de dignidad o un gramo más de cobardía y se aleje de Ethan.
Después de tanto pensar se fue a la cama y duerme como hace tanto que su conciencia no se lo permitía. Caroline duerme tranquila porque está preparada para hacerle frente a la esposa de su amante.
A la mañana siguiente se levanta temprano para llegar media hora antes a la oficina; quiere tener el tiempo suficiente para prepararse para lo que se avecina. Se imagina a un Ethan furioso y diciéndole que todo se acabó, sabe que la echará a petición de Elena. Aun así, le dirá que nada en ella cambiará a pesar de lo que siente y piense en ese momento. Le dejará en claro que lo esperará el tiempo necesario hasta que se dé cuenta que ya nada le espera con Elena y que es a ella a quien en verdad quiere en su vida.
Cuando llega a la oficina nada de lo que pudo haber imaginado sucede. Las horas pasan y él jamás llega. Jonathan ha ocupado el puesto de Ethan, tomando las decisiones que había que hacer. Ella no tuvo el valor para preguntar por su jefe, ahora examante. No sabe los motivos de Ethan para no asistir a trabajar. En algún momento se pregunta si todavía está suplicándole perdón a su esposa. «¡Patético!». Piensa.
La jornada ha terminado y ella suspira por el largo día de trabajo. Toma sus cosas y se dirige al elevador. Cuando las puertas de la caja metálica se abren, se topa con Brisel la secretaria de Jonathan. Apenas sube al ascensor cuando Brisel comienza a bombardearla.
—Caroline, ¿sabes cómo sigue la señora Donovan? —Brisel era una mujer alta y delgada que tenía alrededor de cuarenta años y su voz gangosa estresa a Caroline.
—Discúlpame, Brisel, pero, no sé de qué hablas —lo que menos quiere hacer Caroline, era hablar de Elena.
—¿De qué más voy a hablar? Del accidente de la esposa de tu jefe.
Caroline está más que sorprendida. Las puertas del ascensor vuelven a abrirse y ambas mujeres salen a la recepción del edificio. Elena había tenido un accidente, eso explicaba por qué Ethan no había llegado a trabajar ese día.
—¿Cuál accidente?
—¿Es que no has hablado con tu jefe? —la mujer parecía decepcionada de que no obtendría su esperada información.
—No. Cuéntame qué pasó.
Ambas mujeres continuaron su salida del edificio, se dirigieron a la parada del autobús caminando lentamente.
—Ayer que fue su aniversario, se quedaron de ver en un restaurante, pero ella nunca llegó porque se accidentó de camino a la cita. Lo que escuché decir a mi jefe a Oliver es que está en coma y al parecer no hay mucha esperanza de que sobreviva. No sabes, la señora y él, estuvieron toda la noche apoyando a la familia…
Caroline deja de escuchar a la horrible mujer, siente que el corazón le golpea fuertemente, y que las piernas se le doblan, tiene que sujetarse del respaldo de las butacas de la parada de autobús. No puede creer que Elena hubiese sufrido un accidente y que estuviera al bordo de la muerte. Si bien quería que desapareciera de la vida de Ethan, no deseaba que fuera de esa manera. No le deseaba la muerte, ella había dado el apoyo a Jessie y seguía haciéndolo, sabía que, con su distanciamiento, Jessie había tomado a Elena para ubicarla en su lugar, hasta que ella recapacitara y dejara a Ethan. Elena, era tonta pero buena. No merecía la muerte, luego pensó en él. En lo terrible que debería sentirse, lleno de culpa y dolor.
—… Entonces ¿qué dices?
—¿Qué? Disculpa la noticia me impactó, ¿qué es lo que decías?
—Pues que todas las secretarias queremos darle el apoyo al señor Donovan, pero no sabemos si es conveniente que vayamos a verlo al hospital. Ya sabes, que el sienta que su personal lo apoya en este momento tan terrible para él y su familia.
Caroline toma aire antes de responder.
—No lo sé.
—¡Pero si tú lo conoces más que nosotros! —Brisel toma su mano y la mira fijamente a la cara. Caroline entiende la indirecta: «Tú eres su amante, tú eres su amiga». Brisel solo está molestándola.
—No lo creo conveniente, además, es algo muy íntimo. Pero en cuanto hable con él, le haré saber de su apoyo.
La mujer le regala una sonrisa hipócrita.
—De acuerdo.
Un taxi se aproxima y Caroline hace la parada, abre la puerta trasera y antes de subir al coche se despide de la horrenda mujer.
—¡Qué pases una buena noche, Brisel!
—¡Igualmente, querida!
No llama a Ethan, porque no quiere escucharlo decir que no vaya al hospital; por lo que decide ir a verlo la mañana siguiente.
MENSAJEEthan camina el largo pasillo que conduce hasta el consultorio de su padre. Había recibido un mensaje muy temprano pidiéndole que lo buscara en el hospital. No tenía ni una idea de lo que quería hablar con él, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de verlo y saber cómo estaba su madre. Toca suavemente la puerta y cuando el hombre dentro de la habitación le da el pase, entra.
—¡Buenos días! —saluda al hombre rubio, tan distinto a él. No, no eran parecidos porque no es su padre biológico.
—¿Buenas? —pregunta Joseph con molestia. Ethan que nunca fue un hombre dócil se traga su malestar—. Te cité para entregarte estos documentos —Joseph, le tiende un sobre amarillo—, aquí encontrarás todo lo que quieras saber sobre tus orígenes.
Ethan observa el sobre un momento antes de levantar la vista hacia los ojos de su padre.
—No quiero saber nada.
Joseph, suspira.
—Ese es tu problema, cuando las cosas no te gustan las ignoras o las tratas de ver según tu lógica. Es por eso qué ahora tu vida es un desastre, no afrontas los problemas. ¡Ya madura, Ethan!
—No se trata de inmadurez, ella me abandonó. ¿Por qué querría saber de esa mujer?
Joseph niega con la cabeza.
—Ethan, antes de armar conjeturas, mejor investiga. En otras palabras, guárdate tus pensamientos para ti mismo. Es desgastante ver y oír tanta destrucción provocada por ti.
—¿Por qué me hablas así? Soy tu hijo. Adoptivo o no, lo soy. Se supone que ustedes adoptan porque van a amarnos con o sin defectos. Aun cuando los hijos son de sangre eso no garantiza que serán buenos o malos. ¿Sabes? Al final ustedes son peor que yo. Me han dado la espalda y eso es precisamente lo que yo no deseo hacerle a un niño inocente.
—De nuevo más mierda. Escúchame bien, Ethan… preguntas por qué te hablo así. Porque en ocasiones los hijos necesitan mano dura, mostrarles la realidad de las cosas. Siempre lo tuviste todo, nunca tuviste carencias de ningún tipo. Dinero, carros, educación de excelencia, nunca tuviste problemas para conseguir lo que querías, todo en esta vida se te dio sin ningún esfuerzo de tu parte, convirtiéndote en un egoísta, manipulador caprichoso y patán.
»Te encerraste en una burbuja de perfección que no existe. Emma está molesta y dolida, se pregunta qué hizo mal para que tú resultaras la clase de hombre indeseable que no necesita el mundo. Yo le respondo: «Nada, Emma, no has hecho nada mal». Te dimos comprensión apoyo incondicional para todo lo que has decidido emprender, no sé en qué momento te desviaste del camino, pero lo hiciste y aquí está, frente a mí el resultado. Pero si no deseas saber nada más, entonces quédate solo y aprende a resolver tus problemas, mira tus errores y aprende de ellos, madura. La próxima oportunidad que tengamos de charlar, espero ver en ti un mejor ser humano, un buen hombre.
Ethan sabía todo eso, no era un estúpido, pero honestamente no veía una razón para conocer ese pasado que ellos mismos le habían negado.
—Siento haberlos decepcionado. Y sí, intentaré ser un buen hombre.
—¿Intentar?
—Seré un buen hombre del que se sentirán orgullosos — dice Ethan más para sí mismo que para su padre.
Joseph lo observa. Ethan intenta no preguntar, sin embargo, no puede y lo hace.
—¿Cómo está?
—¿Por qué querrías saber?
—Porque es mi esposa.
Joseph niega con la cabeza, Ethan suspira y vuelve hablar.
—La amo, quiero saber cómo está.
—Ethan, la culpa no es amor.
Avergonzado, baja la mirada y asiente.
—Te dejaré verla un momento, pero entiende que cuando ella despierte, debes salir de su vida.
Asiente, porque acepta que merece su desprecio y su odio, aunque en el fondo se dice que no descansará hasta que ella lo perdone y vuelva a su lado. Y si para conseguirlo tiene que cambiar y ser un buen hombre, él lo haría. En cuanto a su madre se promete hacer que vuelva a sentirse orgullosa de él. Se promete enmendar sus errores.
«Entro a la habitación, la observo dormir pacíficamente, como si lo que estuviera soñando fuera hermoso, el paraíso a lo mejor. Me pregunto si entre esos sueños alguna vez estoy yo, como cuando éramos felices.
Los cinco minutos han transcurrido y debo salir. Me acerco a ella le pido que vuelva, le hago saber que la amo».
ERROREthan había pasado el día anterior y toda la noche en un rincón en la sala de urgencias del hospital, no había querido alejarse de Elena. Estaba seguro de que ella despertaría en cualquier momento y quería estar allí cuando pasara. Pero las llamadas de Jonathan acerca del caso de Jean Carlo, lo tenía nervioso. Haciéndolo dudar acerca de las capacidades de su gente en el caso. Estaban perdiendo. Y no fue hasta el siguiente día que decidió tomar cartas sobre el asunto.
En cuanto vio a su padre llegar al hospital, va a su departamento a tomar un baño y descansar un poco, ha dormitado en el hospital por lo que decide dormir un par de horas antes de ir a la oficina. Todavía es temprano cuando se despierta y no por la alarma del despertador, parecía que apenas había cerrado los ojos, pero en realidad había pasado solo una hora. Quella lo estaba llamando.
—¡Quella!
—Tú puta tuvo el descaro de venir al hospital. Si no la controlas tú, te juro que la próxima vez que la vea…
—¡Quella, yo lo arreglo!
—Más te vale sacarla de la vida de Elena, porque si no lo haces tú lo haré yo.
Quella termina la llamada.
Sentado en la cama gira su cuello para aliviar la tensión. Se levanta de la cama y se alista para ir a la oficina antes de pasar al departamento de Caroline, donde supone que está.
SEÑORALlega en taxi al hospital, piensa que Ethan debe sentirse culpable por lo sucedido y ella también, aunque no deja de creer en que Elena era una mujer débil, tonta y mártir. Conociendo a Brisel y su tendencia a exagerar las situaciones o mejor dicho, los chismes, ha decidido restarle importancia al asunto.
Camina a hasta la recepción, pero en su camino es interceptada por Sophia, quien la sujeta del brazo enterrándole las uñas.
—¿A dónde vas?
—¡Ah! ¿Qué te sucede? ¡Suéltame! —Intenta soltarse del fuerte agarre.
—Vamos a fuera, ¿O quieres que todos se enteren la clase de mujerzuela que eres? —escucha la voz amenazadora de Quella a sus espaldas. No puede creerlo, ¡Ellas lo saben todo!
Sin decir nada caminan hacia el estacionamiento y entre dos autos estacionados, se detienen. Caroline las mira de frente con la barbilla en alto. Porque ellas no iban a intimidarla, no estaba dispuesta a ser humillada por un par de idiotas que no sabían ni tenían idea de la vida.
—¡Maldita zorra! ¿¡Todavía tienes el cinismo de presentarte aquí!? —le grita Quella.
—Mide tus palabras, yo no voy a tolerar a una niña grosera y mimada. Y no sé de qué me hablas.
—Ya no finjas, ¡maldita descarada! Lo sabemos todo —esta vez fue Sophia la que responde con odio.
Quella continúa:
—No pienses que ella está sola, nos tiene a nosotras. Si crees que vas a destruirla, te equivocas. Si quieres quedarte con el patán de mi hermano, hazlo. Los dos son igual de despreciables. Pero ya sabes cómo va a tratarte, porque eres traidora y sabe que nunca podrá confiar en ti. Todo el daño que le has provocado a Elena, Ethan, te lo devolverá con creces. ¿Crees que un hombre que ha traicionado a su esposa no será capaz de traicionar a cualquier otra mujer? ¿Crees que te ama? ¡Solo te ve como una incubadora de sus despreciables espermas! Nunca serás aceptada en mi familia, mis padres lo han repudiado y por lo tanto siempre serás la que destrozó su matrimonio y lo separó de su familia. Y eso, querida, pesa con los años.
—Me da gusto que Elena las tenga a ustedes porque va a llorar cuando él la deje por mí, cuando tengamos un hijo y nos vea muy felices. Y en cuanto a ustedes, él no los necesita. ¡Por Dios! Ni que fuera un chiquillo que ande detrás de las faldas de mamá. —Quella la abofetea. Caroline la mira con una sonrisa burlona.
—¿Ya terminaste o quieres la otra mejilla? —le pregunta a la pequeña mujer y hermana del hombre que ama. Quella la miraba con ganas de asesinarla.
—¡Quella! —Emma, ha llegado por detrás de Caroline, ella vio todo a distancia. Se acerca con paso decidido. Al encontrarse frente a la amante de su hijo ella finalmente descarga su ira sobre ella—: Hasta una prostituta tiene más clase al saber cuál es la posición que ocupa en la vida de un hombre adúltero. Es obvio que usted al presentarse de esta manera tan sin vergüenza, no la tiene. ¡Salga de aquí y no vuelva! Si tiene algo que hablar con mi hijo, hágalo donde siempre lo hacen, entre la porquería de sus bajas pasiones.
—No le permito…
—Usted no me permite nada señora que no es más que el objeto de lujuria de un hombre vil y que lamentablemente es mi hijo. ¡Largo de aquí!
Caroline se va con lágrimas en los ojos y un profundo dolor en pecho por la humillación de esa mujer, era evidente que nunca será aceptada en la familia Donovan.
SE ACABOLlega a la oficina para verificar los avances del caso de Jean Carlo. El personal lo mira y ve en sus ojos lástima, y lo detesta. Al llegar a su piso se sorprende al encontrar a Caroline sentada en su escritorio, pensó que por todo lo que había pasado con Elena, pues ya estaba enterada, ella se marcharía, que les evitaría la amargura, la vergüenza y el mal rato, pero al ver su cinismo… Un torrente de furia lo baña de pies a cabeza. Tiene los labios apretados intentando encontrar la manera menos agresiva de echarla.
—Señor Donovan… —ella se ha puesto en pie, sus manos en su pecho y rostro de remordimiento. Pero Ethan piensa que ya es demasiado tarde para sentirlo.
—Pasa a recursos humanos por tu finiquito y una indemnización por tu despido injustificado.
—¿Es por lo que sucedió esta mañana con tu madre y tu hermana?
Ethan que ha avanzado ya un par de pasos hacia su oficina, se detiene en seco al escucharla. Se pregunta qué sucedió entre ella y su madre. ¡Su madre, estaba involucrada! Se maldice por no haberle preguntado los detalles a su hermana.
—¿Qué? ¿De qué hablas, Caroline?
—Fui a buscarte esta mañana….
—¿Por qué mierda hiciste eso? —Ethan camina hacia ella con los ojos inyectados en sangre por la furia contenida, por el cansancio y la preocupación.
—Porque se cómo te sientes y…
—Tú no tienes ni una puta idea de cómo me siento. No me hagas llamar a seguridad, tienes diez minutos para irte y no volver jamás.
—Ethan por favor escúchame…
—¡No! ¡Vete ahora mismo!
—Está bien, solo quiero que sepas que te amo y que estaré esperándote.
—¡Lárgate de aquí!
JESSIECaroline sale sin esperar respuesta por parte de él. Al entrar al área de recursos humanos, descubre que ya la esperan con el papeleo. Por lo que se siente más que humillada, porque seguramente la orden había sido emitida desde un día antes y Brisel ya lo sabía cuando la interceptó el día anterior.
Pasaron los días y Caroline no puede superar el rechazo de Ethan. Sin saber lo que estaba pasando con él y con Elena, todos los días revisa los periódicos matutinos en busca de noticias acerca de él. Por mucho que no le gustara, una parte de ella, la egoísta, buscaba el titular de la muerte de la esposa del mejor abogado de Chicago. Sintiéndose cada día más amargada arroja el periódico. Toma su taza de café que yace frente a ella y da un sorbo, era una mañana fría o tal vez lo era su corazón.
—¿Por qué no has ido a trabajar? —pregunta Jessie mientras que se sienta frente a ella en la mesa del comedor. Caroline no le responde, sigue sumida en sus pensamientos—. Ayer fui a casa de Elena y no la encontré, su celular ha permanecido apagado, o bien, no ha querido responderme. Tú no has ido a trabajar, tu amante no ha llamado, ni se ha aparecido por aquí. Ella al fin lo sabe, ¿cierto?
—Sí —responde con voz apagada.
Caroline que no le dirige ni una mirada a su hermana, solo la escucha suspirar.
—Supongo, que todo salió mal —Caroline nuevamente no responde, lo que menos desea es escuchar el «Te lo dije» de su hermana—. ¿Piensa que yo también jugué con ella?
—Tuvo un accidente el día que lo supo.
Jessie arrastra la silla frente a su hermana y se sienta.
—¿Cómo sucedió? ¿Ella está bien?
—No lo sé, solo que está en estado de coma, o, al menos, lo estaba cuando me enteré. Pero a este tiempo, supongo su estado ha cambiado.
Caroline levanta la mirada hacia su hermana que está negando con la cabeza, le duele verla preocupada por Elena.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Solo te preocupas por ella, ¿qué hay de mí? Ni siquiera me preguntas cómo estoy. Ethan terminó conmigo y me echó de la oficina, pagando muy caro mi silencio como si fuera una cualquiera, cuando fue él quien me pidió que viviéramos juntos.
—¡Vaya hasta que el patán salió a la luz! ¡Te lo dije! —Caroline tuerce los labios—. Él no era de fiar.
—Jessie, por favor ya basta. Estoy sufriendo, ¿qué no lo ves?
—No te quejes ni te hagas la víctima. Muchas veces te dije que él no te amaba.
—¡No seas cruel! —dice Caroline con una mano en su pecho y la otra la mantiene hacia enfrente intentando protegerse de las palabras de su hermana. Las lágrimas caían de sus ojos dejando un camino en su rostro.
—¿En qué hospital está?…
ESPERANDOTEHan pasado diez días en las que Ethan la ha visto dormir, porque para él, eso es lo que está haciendo ella. Y se ha prometido esperar hasta que quiera dejar el mundo de los sueños y volver a la realidad, volver a él.
Sale de la habitación y se encuentra de frente con Quella, ella está esperando por el pase, al igual que él, ha ido cada día sin falta para verla y hacerle compañía. Quella estira su mano para recibir el pase, más no le ofrece una mirada y Ethan no puede resistir el deseo de pedir perdón, de abrazarla. La toma de la mano y la sorprende encerrándola entre sus brazos.
—¡Perdóname! —dice entre lágrimas. Llora por haber perdido a su esposa, a sus padres, a su hermana, su compañera de juegos y aventuras. Y le duele.
—No me toques, Ethan. Mi madre biológica es una loca que está en un sanatorio, puede que yo también desarrolle su enfermedad. Por lo que, te evitaré la pena de tener una hermana adoptiva enferma irremediablemente. —Ella reprocha sus palabras con sarcasmo. Ethan no sabe nada del pasado de su hermana. Quella lucha por soltarse de su abrazo. Lágrimas recorren su rostro. Ethan quiere cortarse la lengua, maldice su crueldad y estupidez.
—¡Escúchame, Quella! ¡Por favor, solo un momento! —La mira a los ojos y puede ver su dolor, entiende que al enterarse de su vida anterior ha sido un impacto fuerte tanto para ella, como para él. Lo sabe y ve su miedo, es el mismo que él siente.
—Ya has hablado demasiado y me duele ver que eres un monstruo. Un hombre sin corazón. ¿Cómo pudiste, Ethan? ¿Cómo pudiste hacernos esto?
—No, Quella. Escúchame, ¿recuerdas a Nick? él y su esposa adoptaron, la niña resultó tener anemia falciforme. Pero cuando Nick y su esposa lo supieron, la noticia casi destruye su matrimonio.
—Seguro tu amigo es un idiota al igual que tú —Quella le dice con odio, imaginando las razones por la casi destrucción del matrimonio.
—Sin embargo, ellos aman a la pequeña Nat. Aun así, ver a la niña sufrir, es una pena que ni el mismo Nick le desea a su peor enemigo. Y ¿sabes cuál es la cura? Un trasplante de medula ósea. Su madre era una mujer de la calle que murió en el parto. No hay forma de contactar a familiares porque nadie supo quién era la mujer. Ahora solo controlan la enfermedad con vacunas de penicilina, suplementos y fármacos para el dolor. Cuando me llama para desahogarse, pienso que no podría tener la fuerza para soportar una pena tan grande. Sin embargo, sé que amaría a ese niño, pero si puedo evitar el riesgo de pasar por algo similar, ¿por qué no hacerlo? Mira, Quella, no fui bueno comunicando lo que siento o mis razones, ni con Elena ni con ustedes, soy un idiota. Pero nunca te rechazaría.
—¿Cómo puedes estar tan seguro que eso no te pasaría con tus propios hijos?
—Porque nunca hubo casos de enfermedades extrañas en la familia de Elena y creía que en la familia Donovan tampoco había casos de enfermedades hereditarias.
—Y ahora, Ethan. ¿Qué harás para saber acerca de tu familia?
—Ya no importa. Elena me mintió, yo soy el estéril.
—¡Ethan!
—Tal vez es mejor así. Soy una mala persona, Quella. Pero quiero que sepas que tú eres mi hermana, de sangre o no, lo somos y no me importa quienes son tus padres o si puedes desarrollar una enfermedad mental, yo siempre estaré contigo. Siempre, porque sé que tú nunca me abandonarías en algo así. Te amo. Piénsalo por favor. —Suplica por su perdón, la suelta de su fuerte agarre y finalmente, deposita un beso en su frente y disponiéndose a dejarla en paz, se aleja rápidamente.
Quella, que era incapaz de odiar por demasiado tiempo a su hermano lo llama:
—¡Ethan!… —Al escuchar su voz se gira para mirarla—. Tengo miedo.
Corre a sus brazos como cuando eran niños y ella juraba que, debajo de su cama, había un monstruo que quería llevársela, la envuelve entre sus brazos fuertemente, ambos lloran. Esta vez entiende la sensación de sentirse perdido, ella sabía su procedencia, pero él no se atrevía a descubrir de donde provenía. Se decía que era un cobarde, sin embargo, no le importaba, en este momento no se sentía capaz de resistir más sorpresas desagradables. Además, era más importante para él apoyar a Quella y hacer que su esposa recuperara su salud, tanto mental como físicamente; y de su madre, Emma, tenía que obtener su perdón por la terrible ofensa y decepción.
—Vamos, pequeña, todo saldrá bien. ¿Quieres hablar sobre eso?
—Mamá vendrá en una hora, tal vez podamos hablar.
—De acuerdo, hablaremos. Estaré en la cafetería esperándote.
—Sí.
Y mientras se dirige a la cafetería su móvil timbra. Es Jonathan.
—Buenos días, Jonathan. —saluda más por cortesía que por ganas de hablar con él.
—Ethan, ¡Ganamos el caso! El infeliz estará veinte años dentro.
—¡Suena bien! —dice realmente sin interés.
—Lo siento no debí molestarte con esto, pero sé lo mucho que te importaba este caso, sobre todo por el chico. ¿Cómo está Elena?
—No lo sé —Ethan hace una mueca, si bien, le permitían verla por un lapso de cinco minutos nadie le decía nada sobre su estado.
—Todavía se rehúsan a decírtelo —afirma Jonathan, chasquea la lengua—. Le diré a mí esposa que le pregunte a Emma y te informaremos. —Ethan ríe amargamente. Esto no estaba bien, era su esposo y sin embargo tenía que recurrir a maniobras oscuras para obtener información de su propia esposa…
—Gracias.
—Me despido. Y no te preocupes más por el trabajo; todo en la oficina marcha bien.
DÉJALA POR FAVORCuando Quella entra a la cafetería, Ethan se pone de pie para hacerse notar, entonces ella camina hacia él con paso decidido. Ethan la abraza nuevamente a su llegada. Recorre una silla para ella. siempre había sido un hombre de buenos modales, pero con un pésimo carácter y un ser despreciable con las mujeres, un patán, él lo sabía. La única mujer que había tomado en serio había sido a Elena, con Caroline… ahora sabía mejor, si Elena no hubiera existido en sus vidas, tarde o temprano hubieran fracasado. Nunca tuvieron una oportunidad realmente.
—Sé que quieres saber de ella, pero no puedo decirte. Lo siento.
—No lo hagas. Yo… Siento mucho más lo que le hice.
—De verdad estabas dejando a Caroline, o solo lo dices para justificarte.
—Rompí con ella esa tarde. Tenía que viajar a New York con urgencia, llamé a Elena y le dije que cuando volviera arreglaría todo. Caroline al enterarse me amenazó con decírselo primero a Elena si no hablábamos. Así que tuve que ceder y hablar con ella.
—La gente que te vio dijo que eras todo un amor con esa mujer, no creen…
—No cree Jeff que la estaba dejando.
—Sí, Jeff. Y Sophia le cree a su marido.
—Bien. Entonces es bueno que solo le tengo que entregar cuentas a Elena.
—Dime la verdad, no importa cual sea. Porque mi verdad es que no abogaré por ti de ninguna manera.
—La estaba dejando, estaba intentando que…
—Le diste un regalo o estabas comprando su silencio.
—Quella, deja de interrumpir. La terminé esa tarde, me amenazó, así que cedí, tenía esa maldita joya en mi poder desde hace un maldito mes, no podía regresarla, no podía quedármela, y dársela a Elena no era lo correcto ni siquiera para mí. Al ir con ella, quería terminar por lo sano, responder todas sus malditas preguntas, hacerla entender de que lamentaba haberla ilusionado con una vida que honestamente era imposible. Por nosotros, nuestro pasado y nuestras familias, nunca estarían de acuerdo.
—¿La mocosa lo sabía?
—Sí, pero nunca estuvo de acuerdo.
—Pero igual engañó a Elena. ¿Desde cuándo, Ethan? ¿Desde cuándo estabas con ella?
Ethan suspira, mira el techo de la cafetería, Quella lo ve tragar en seco y negar con la cabeza.
—Hace dos años.
—¡Dios mío! No sé si ella será capaz de perdonarte algún día.
Ethan cubre su rostro con ambas manos. Cuando deja al descubierto sus ojos están rojos.
—¿Por qué fuiste tan estúpido?
—Me dejé llevar, por una ilusión. Fue una tontería.
—Y ahora te dejas llevar por la culpa. Ethan, creo… que no la amas.
—La amo, Quella.
—No, ni siquiera fuiste capaz de darte cuenta de lo que le estaba ocurriendo. —Ethan no podía mirar a Quella—. Hermano, creo que en algún momento dejaste de idealizarla, tal vez cuando pensaste que ella era quien no podía tener un bebé y… ¿Te das cuenta de que, si la hubieras amado de verdad, nunca le habrías hecho tanto daño?
—Quella, de verdad la amo.
—Tal vez a tu manera, Ethan. Pero no de la manera correcta. Como su amiga te pido que la dejes en paz. Como tu hermana te pido que ya no le hagas más daño. Papá dice que eres dañino para ella. Que cada quien debe vivir su vida por separado o terminarás matándola.
Ethan asiente.
—Mi padre me dio mis documentos de adopción y los datos de mi madre biológica, no he querido saber nada, no quiero saber nada. ¡Te admiro, Quella! Por ser tan valiente y querer saber quiénes eran ellos.
—Estoy arrepentida de haber visto el expediente. —Quella limpia sus lágrimas. Sus orígenes le causaban un dolor muy profundo en el corazón.
—¿Odias a Joseph y a Emma por habernos ocultado la verdad?
—Honestamente, un poco. Teníamos derecho a saberlo. Creo que hubiera sido menos doloroso.
—Sí, yo también lo creo.
—Hablaré con papá para que te permita estar con ella. Pero, por favor, si realmente la amas hazlo de la manera correcta y cuando despierte déjala. No quiero que la sigas dañando y que ella muera. La matarás de tristeza.
—¿Y si te prometo que viviré para amarla como lo merece?
—¿Después de todo el daño que le has hecho, Ethan? La engañaste con su mejor amiga, durante dos años. ¿Sabes todo lo que Elena le confió a esa mujer? La dejaste por ella, Ethan. Estabas dispuesto a divorciarte y tener una vida con ella. Y estoy segura que le has dicho más atrocidades de las que nos contaste. Por eso te digo que si de verdad la amas… Aléjate de ella.
Ethan derrama un par de lágrimas. Pero finalmente acepta.
—Solo le pediré perdón. Y si ella no me quiere en su vida… te juro que la dejaré.
—¡Ethan!
—Quella, solo haré lo que ella me pida.
—Entiende que no han tenido una relación sana, Edward, ella está enferma. No sabe exactamente que es lo mejor para ella y tú eres tan egoísta que solo buscas tu propia comodidad y sentirte bien, solo te importan tus deseos y si tu deseo en este momento no fuera Elena, entonces no estarías aquí. Creo que ambos necesitan ayuda.
—Nos querías juntos.
—Pero no si eso significa su destrucción. Prométemelo, Ethan. Prométeme que te alejarás de ella.
Ethan entiende que él es malo para Elena y mucho menos lo que ella merece.
—Te lo prometo, pero antes de alejarme ella merece una explicación, ella merece saberlo todo, por mí y no por Caroline ni por nadie más.
Quella asiente.
CORAZÓN ROTOHan pasado doce días, Ethan observa a Elena recostada en una camilla de hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de magulladuras y cortadas no es lo peor que ha visto; sí, lo que más le ha dolido. Recuerda la primera vez que la vio: era joven, dulce e ingenua, su cabello oscuro estaba más largo; y por ese entonces, tenía un cuerpo con bonitas curvas que le provocaron insomnio durante muchas noches después. Podía enumerar cada una de las cualidades que descubrió la noche en que la conoció. Sin embargo, los ladrones de su corazón, no fueron otros que sus dos grandes ojos verdes que lo miraban con desconfianza. Reconoce que la mujer de los recuerdos no se parece en nada a la que hoy duerme frente a él. Cierra los ojos y respira profundo, trata de encontrar el momento exacto en el que ocurrió su cambio, pero no lo encuentra; no lo recuerda.
«¿Cómo no me di cuenta?», se reprocha en silencio. Sabe que puede ser demasiado tarde para salvarla, o para arrepentirse.
Desea poder regresar el tiempo para desechar el orgullo y reconocer que nunca dejó de amarla; y que fue un tonto por negarse a sí mismo la verdad. Sí, todavía la ama.
«¡Estoy tan avergonzado! Y todavía así, rechazo la idea de suplicarle perdón».
Ethan tiene la piel pálida y los ojos cansados. No recuerda cuándo fue la última vez que comió y tampoco le importa. Considera que, en este momento, satisfacer las necesidades básicas: no es su prioridad.
Arrastra una silla al lado de la camilla dispuesto a continuar velando el sueño de Elena. La culpa lo atormenta por toda la humillación y el sufrimiento que le causó. Coloca los codos en las rodillas, una vez inclinado, se cubre el rostro con la palma de sus manos en un intento vano de esconder su vergüenza al mundo. Sabe que la vida no tendrá misericordia con él, o, al menos, no lo hará su conciencia. Por eso su mente prodigiosa lo tortura con los recuerdos de su estupidez y con las fantasías de lo que pudo haber hecho bien. Arruinado y solo, se deshace en ira, lágrimas y desconsuelo.
Velando sus sueños como el príncipe que no es y que no puede despertar a la princesa porque sus besos son veneno para ella. Solo le queda esperar y mirarla, grabarla en su mente porque sabe que cuando despierte ella lo odiará, lo echará de su vida porque lo que hizo fue la peor de las traiciones. Así que la graba en su memoria, en su peor momento, para torturarse y nunca, nunca olvidar, porque no puede estar con ella. Ahora solo espera y espera.
Pero algo ha cambiado, porque Elena ha comenzado a mover sus dedos. Al principio piensa que está cansado, que se quedó dormido un momento o que fue su deseo por verla despertar y solo se encuentra alucinando. Sin embargo, vuelve a suceder. La ve fruncir el ceño y es cuando se levanta de la fría e incómoda silla para acercarse a ella, entonces poco a poco abre sus ojos. Ella ha despertado, pero cuando trata de buscar el brillo en su mirada y no lo encuentra se horroriza, pues este no está, tan solo hay vacío y dolor. Ethan quiere llorar y decirle tantas cosas, pero las palabras no salen de su boca.
Una lágrima sale de esos ojos verdes y, sin dejar de mirarlo a las 16:46 hrs su corazón deja de latir.
Ella decidió irse al mundo del sueño eterno y no volver a la realidad.
EL BESO«Camino por el pasillo alfombrado de color rojo, la gente vestida de negro, sentada en las butacas, llora y susurra…
—Es él.
—¿Por qué no la miró?
—Culpable.
—Él no la amaba.
Cuando llego al final del camino, donde se encuentra la mujer de velo y vestido negro, la observo, a mi esposa dentro del féretro. Deposito la rosa roja en el pecho de Elena. La mujer de negro toma mi hombro y la miro, pero en esta ocasión, ella retira el velo que esconde su rostro. Era ella, mi Elena, pero la del pasado, con la que me había casado y no la mala copia que se encuentra dentro de esa caja sin vida. No puedo hablar, solo puedo mirarla.
—Mírame, Ethan —me ordena—. ¿Por qué no lo haces?
No comprendo a que se refiere; al fin puedo hablar y respondo:
—Lo estoy haciendo.
—No, no lo has hecho. Me has matado.
Miro el féretro y ahí estaba su copia, giro de nuevo el rostro hacia la Elena a mi lado, pero ella se ha ido. Y la gente a mi alrededor, me señala».
Los cálidos labios de Ethan en su frente la despiertan, sin embargo, no hace nada por demostrar que ya lo está. Y no es hasta que Ethan se levanta para encerrarse en el cuarto de baño que, Elena, da señales de estar despierta. Abre los ojos y ve la hora en el reloj. Era más temprano que de costumbre. Piensa que, tal vez, él ya no soporta más esa farsa y simplemente quiere terminar de una vez con todo.
Siente una fuerte opresión en el pecho y un nudo en la garganta, esta era la última mañana a su lado. No sabe cómo debe proceder. Hacer de ese momento único y especial o hacerlo como cualquier otro. Finalmente, decide actuar como si fuera un día normal, porque si finge normalidad, podría ser menos doloroso al final del día.
Se levanta de la cama y toma un conjunto de ropa, rápidamente se quita su ropa de cama y se viste antes de que Ethan termine de ducharse; no quiere que él tenga un último recuerdo de su cuerpo obeso al desnudo. Recoge su cabello en una coleta y sale corriendo de la habitación. Su siguiente movimiento es en la cocina. Saca de la alacena los ingredientes para elaborar el desayuno de Ethan, muy posiblemente ese sea el último que le sirva. Las cosas resbalan de sus manos, una que otra vez, y maldice en cada ocasión. Frustrada, respira hondo y se toma un momento para tranquilizarse.
Cuando abre los ojos, se topa con su móvil en la encimera. Lo toma y enciende el reproductor de música, cree que apaciguará su ansiedad, o, al menos, la distraerá. Además, no quiere que la encuentre en un estado emocional decaído, que lo haga creer, que en algún momento va a suplicarle que no la deje. No está dispuesta demostrarle su dolor. Quiere que la recuerde como una mujer que, en el último momento de esa tortuosa relación, fue capaz de recuperar, aunque sea un gramo de su dignidad.
Ethan se acerca a ella, ya bien vestido y listo para irse a trabajar. El aroma de su colonia inunda la cocina y es así como se da cuenta de su presencia sin siquiera echar una mirada al hombro. Cierra los ojos e inhala profundamente, extrañará el aroma de su colonia en él. Exhala el aire contenido y como resultado un poco de valentía, revolotea en su corazón.
—¿Te vas más temprano? —le pregunta intentando parecer natural, intentando que no se le note lo nerviosa que está, porque cree que él está deseoso por salir corriendo y que, tal vez, le pedirá la firma del divorcio en ese momento. No lo enfrenta, sigue dándole la espalda mientras remueve el café que le ha servido. Solo se mantiene allí, de espaldas sobre sus dos pies, plantados firmemente en el piso esperando la puñalada a su corazón.
—No —responde mientras se acerca a ella. La toma por la cintura y la gira para quedar frente a frente. Solo separados por la taza de café humeante, en las manos de Elena. Pero, aun así, esa pequeña barrera no le impide a Ethan depositar un suave beso en su mejilla, las piernas de Elena tiemblan—. Solo pensé que podríamos pasar un poco más de tiempo juntos esta mañana.
Elena asiente, asombrada por ver a su esposo con una sonrisa dulce, pero, sobre todo, real. No lo entiende, la confunde, por lo que baja la mirada para después removerse entre sus brazos y, finalmente, le pone la taza de café en las manos y después le da de nuevo la espalda, ella continúa trabajando con el resto del desayuno, ignorando su presencia. Ethan finalmente se aleja de ella, sus pasos se detienen en el comedor. Elena le echa una mirada discreta cuando escucha que arrastra la silla.
Lo ve sentado mirando su móvil.
Con disimulo limpia las lágrimas que sus ojos han derramado, a pesar de que se juró no llorar ese día y menos frente a él, se muerde los labios con fuerza para no sollozar. Ya no sabe si esas lágrimas eran de felicidad, nostalgia o dolor. Se siente contenta de pasar más tiempo a su lado en ese último día, sobre todo, porque es él, quien lo ha querido así.
Minutos después, Elena ordena la mesa mientras que Ethan está entretenido leyendo los mensajes de su móvil. De nuevo sus inseguridades asoman su feo rostro y se le revuelve el estómago. Y no se le ocurre otra cosa que, esos mensajes que lee su esposo con tanta atención, son de su amante; pues tras su ausencia y el teléfono apagado el día anterior, seguramente, ella debía de estar furiosa o por lo mínimo ansiosa. Coloca su plato frente a él. Pasa a su lado, y con disimulo, mira el remitente del mensaje que Ethan está leyendo con suma atención. Es Jonathan, su socio. Ethan levanta la vista y ella da media vuelta al instante, conoce a su esposo lo suficiente como para saber que se ha dado cuenta de que leyó el mensaje con él. Toma asiento al otro lado de la mesa y cuando levanta la vista se topa con sus impasibles ojos grises. Ya no puede leerlos con facilidad o, al menos, cree que él, ya no le permite hacerlo.
—Esa canción fue la primera que bailamos cuando nos conocimos —menciona Ethan como si nada. Algo que sorprende a Elena, ya que, nunca pensó que recordaría una canción de la que nunca hablaron después de conocerse; en todo caso, esperaría un reclamo, como mínimo por su indiscreción—. Recuerdo que Oliver me convenció de ir a la fiesta en donde te conocí. Te vi llegar —agrega, pero él ya no la mira a ella, en cambio, mantiene los ojos puestos en la vista fuera de la ventana del comedor. Recordando, seguramente. Por un instante ella siente que él la sigue amando. Pero ignora ese pensamiento, tan rápido como puede. Tal vez, es solo la nostalgia del adiós. Tras un parpadeo lleva de regreso la mirada a ella—. ¿Eso es todo lo que vas a desayunar?
—Sí. No tengo apetito —Elena toma el vaso frente a ella y bebe el contenido de una sola vez. Ethan, ahora con su mirada en el rostro de Elena, frunce el ceño.
—Tu ropa, aunque sencilla y anticuada, dejaba ver muy bien lo que había debajo. Pero, eso no fue lo que miré en primer lugar. Fue tu rostro casi al natural, tu cabello lo adornaba y hacía resaltar tu pálida piel. Y tus ojos grandes, tan llenos de inocencia y horror, me cautivaron. Esa noche estaba con la hermana de Oliver y…
—Tu eterna enamorada —afirma Elena, mientras que por debajo de la mesa sus manos sujetan fuertemente sus rodillas, enterrándose las uñas sin darse cuenta. No por los celos de la rubia odiosa y su cuerpo perfecto, era por hablar de lo que significó para él su primer encuentro, y saber que, nunca, se sintió atraído por su cuerpo.
—¡Pero ella ni siquiera me gustaba! —se excusa riendo. Para Elena no fue gracioso.
—¿Tuviste algo que ver con ella? —Siempre quiso saber, sí no, ¿por qué Alison la odiaba tanto luego de que Ethan la presentó como su novia frente amigos y compañeros de trabajo? Sabía que Ethan era amigo del hermano de Alison y que ella había estado enamorada de él por años. Y que tal vez ese día esperaba atraparlo, pero si él no hubiera dado alguna señal de interés por ella, Alison, nunca se habría atrevido a señalarla como una mosca muerta que se presentó a una fiesta sin invitación y que, además, le coqueteó a su cita, apartándolo de ella por el resto de la noche.
—Esa noche no quise ser descortés, pero en realidad, no le prestaba atención en absoluto. Y no fue hasta que me di cuenta de que estabas a punto de irte, que tomé la iniciativa de acercarme a ti.
—No me respondiste —insiste. Necesita saber si realmente él hacía lo que quería con todas las mujeres con las que estaba y todos lo sabían, acaso ¿ella había sido la única tonta que creía y confiaba en él ciegamente?
—Ese no es el punto. Ni lo que quiero decirte…
—Pero ella me reclamó al siguiente día, me gritó en medio del pasillo de la universidad. Me dijo que yo te había coqueteado y apartado de ella, e, incluso, te había emborrachado para llevarte conmigo a mi departamento.
—No, Elena. Ni antes o después de ti. Y nunca hice o dije algo que demostrara algún interés por ella. Esa noche, Alison me interceptó apenas me aparecí con Oliver en la fiesta, pero no era mi intención permanecer con ella más tiempo del necesario como para parecer grosero si me alejaba de ella de inmediato. En ese tiempo Oliver y yo acabábamos de montar nuestro propio despacho. ¿Lo recuerdas?
—¿Entonces?...
Ethan niega con la cabeza y levanta los hombros al mismo tiempo.
—Ella no importa. Elena, me enamoré de ti a primera vista, pero cuando te conocí de verdad, supe que te quería a mi lado por el resto de mi vida. Y lamento mi egoísmo. Yo…
—Me utilizaste, fui tu mujer ideal porque cumplía tus expectativas y era tu premio de lotería, tu premio mayor para poder acceder a ese mundillo de poderosos ¿no?
—No. He dicho muchas cosas, solo para dañarte, he dicho otras, solo por odio, odio no a ti, exactamente.
—¿Eso que quiere decir?
—Odio que no puedas ser tú la madre de mis hijos, me causa daño ver nuestros sueños rotos. —El tono de llamada del móvil lo interrumpe; y porque Elena no pretende escuchar sus disculpas por dejarla, aprovecha para ponerse en pie, le hace la seña para que atienda su llamada con tranquilidad.
Ethan responde la llamada y de inmediato comienza a discutir, ella puede darse cuenta de que es Jonathan al otro lado de la línea y que hablan del mismo caso que, desde hace meses, Ethan ha estado intentando conseguir testigos en contra del acusado, al parecer estaban por perder el caso. En algún momento deja de escuchar la conversación para centrarse solamente en la tarea de lavar los platos. Escucha sus pasos acercándose y luego entra a la cocina. Elena cierra el grifo y sacude sus manos antes de secarse con una toalla.
—Debo irme —le informa Ethan a sus espaldas, puede escuchar el tono de frustración en su voz—. Pero quiero que terminemos de hablar esta noche.
Elena se gira finalmente y al verlo, se da cuenta de que no quiere dejar ir al hombre al que considera: «su príncipe».
—Sí, claro —le responde con la voz entrecortada y sus manos tiemblan por la emoción.
Ethan da media vuelta y sale de la cocina, camina hasta donde ha dejado el saco de su traje negro. Se lo pone mientras llega al vestíbulo, allí toma su portafolio y abre la puerta, pero no sale por ella. En cambio, se gira para encontrarla detrás de su espalda. Elena cierra la distancia con un par de pasos, sus manos temblorosas se dirigen a su corbata, la reajusta y reacomoda correctamente en su cuello con lágrimas en los ojos, y su juramento de no llorar frente a él se va al diablo. No puede evitarlo. Ethan se deja hacer y al final cuando ella baja sus manos y carraspea en un intento de decir adiós, él limpia sus lágrimas traicioneras con sus pulgares. Ambos frente a frente sin poder decir nada se quedan un par de minutos mirándose a los ojos.
Finalmente, es ella quien rompe el silencio:
—Debes irte o tendrás problemas —su voz se entrecorta con cada sílaba pronunciada. Pero con esta simple frase ella desea transmitirle a Ethan que lo ama y que, si desea, en ese mismo instante es capaz de darle el divorcio, aunque eso la destruya. Porque lo ama y haría cualquier cosa por él, por verlo feliz.
—Ellos tendrán problemas, yo soy el dueño —responde con una sonrisa llena de orgullo.
—Sí, por supuesto. Lo había olvidado —bromea.
—Elena… —la llama por su nombre en un susurro, hay duda, incertidumbre.
—¿Olvidas algo?
—Sí. —Y la seguridad en su voz vuelve—. Sí, Elena, he olvidado algo. Olvidé como amarte. —Ethan suelta su rostro, baja las manos hasta su cintura y la atrae a su cuerpo, todo había sido tan rápido e inesperado que, cuando él, finalmente le roba un beso, ella no puede creerlo.
Elena sube sus manos hasta su cuello y lo corresponde, porque su corazón está ahogándose con sentimientos desesperados. Porque para Elena, ese, podría ser el último beso. La iba a dejar, ¿no? ¿Y si en realidad el plan de Quella y Sophia ha funcionado, y él decide quedarse al final? Nunca la perdonaría una vez que descubra su secreto, o, más bien, cuando ella se lo confiese. Y por primera vez, un beso de Ethan le supo a pura amargura.
Ese beso está carente de muchas cosas, no tiene la magia que el romanticismo le otorga por defecto. No sabe a café. No tiene el aroma a mar embravecido, ni a descargas eléctricas por su toque. ¡Y por Dios que sus ojos no pueden cerrarse! ¡No puede dejarse arrastrar por las sensaciones que deberían estar allí y no están!
Y cuando Ethan finaliza el beso, no ha notado la falta de emoción, demasiado preocupado por lo que siente, él está jadeando, su frente pegada a la de ella, mantiene los ojos cerrados intentando regular su respiración, intentando recobrar la compostura, el control. O, tal vez, para ella besarlo después de mucho tiempo y no sentir nada más que miedo por saber que nunca más podrá besarlo de nuevo, la hizo actuar tan mecánicamente bien, que lo ha hecho creer que siente lo mismo.
¿No lo nota? O, solo es que hay tanto qué todavía no se han dicho, cada uno con sus secretos y emociones a mil por hora, y todas esas cosas que quieren decir y que nunca tuvieron la oportunidad de hablarlas, ya sea por cobardía o porque lo dejaron para el después. Todos esos sentimientos que alberga su corazón que han confundido su mente y apuñalado su alma. Quedándose sin tiempo para hacerlo.
Y, ambos, en el fondo de su corazón, saben, saben de alguna manera que es demasiado tarde para hacerlo, el daño ya estaba hecho, y que, si no se atrevían en ese momento a más, se marcharían cada uno por un camino diferente cargando con los remordimientos, los secretos y los te quiero no dichos, para siempre.
Porque al final, se quedaron sin tiempo, por cobardía, por estupidez.
Así que inútilmente intentaron expresarlo todo con un último beso. Y, tan absorto estaba Ethan con todas esas intensas emociones que querían estallar en su pecho y tan aterrada estaba Elena de perderlo, que ella ha mentido y él no se ha percatado. No les llega el mensaje, son incapaces de transmitirse nada. En lo único en que piensan es que es demasiado tarde. Y ya nada de lo que puedan decir o hacer, cambiará el pasado. El daño está hecho, la intriga y los celos han echado sus raíces. Y aunque el destino les diera una oportunidad para amarse y les diera tiempo, ninguno de los dos, son los de antes. Ella lo dejó creer una mentira, él demostró que su amor por ella solo estaba allí en los buenos tiempos. Al final, ambos demostraron que no son tan fuertes, no son tan buenos y, sobre todo, no son perfectos.
—Te veré esta noche y…—Ethan guarda silencio un momento. La mira de arriba abajo y luego dice—: Elena, no me gusta tu aspecto —Elena baja la mirada a sus pies, de nuevo la hace sentir pequeña e insignificante—. Quiero que te alimentes correctamente. ¿De acuerdo?
—Sí, no te preocupes. Lo haré —ella promete, con un nudo en la garganta. Sabe que no debió romper la dieta, que ella debió esforzarse más.
—Pasaré por ti a las ocho. Haré la reservación en nuestro restaurante y…
—No es necesaria la tortura, tenías razón… te firmaré los documentos y los encontrarás aquí —no quiere ya nada. Se siente pequeña e insignificante y no quiere seguir torturándolo con su presencia. Ella solo desea meterse en una cueva y no salir nunca más.
—No, por favor —la súplica en su voz la hace levantar la mirada hasta sus ojos— Hablemos esta noche…
Y eso es todo lo que necesita Ethan decir, ella siempre hará lo que le pida.
Elena asiente. Cuando él sale por fin dejándola sola, tapa con su mano su boca para no soltar un grito. No sabe qué pasará, si va a dejarla o si estará dispuesto a intentarlo. Corre al teléfono y marca el número de Quella, con manos temblorosas.
—Elena, ¿qué sucede? Hoy es el maldito día, ¿qué noticias tienes?, ¿está contigo?, ¿se ha ido? —suelta la joven al otro lado de la línea.
—No lo sé, creo que quiere quedarse, Quella. No… no sé qué hacer. ¡Ayúdame!
—Ok, tranquila, cariño. Ven a mi departamento y aquí hablamos.
—De acuerdo.
Elena corre a la habitación y toma de su armario lo primero que encuentra para salir. Sale del departamento y antes de ir con Quella pasa por el vestido a la tienda. No se lo mide, ella no quiere enfrentarse a su horrible figura. No en ese momento, no como se siente.
DOLOR Y REMORDIMIENTO«Su cuerpo siempre fue mi templo, en nuestra noche de bodas la amé y adoré como si el mañana para nosotros no existiera.
—¿Me amas? —ella me preguntó mientras me miraba con sus preciosos ojos verdes, tan llenos de amor.
—Sí —respondí sin dudas, sin miedo, ni remordimientos, una respuesta fácil y honesta. Porque no había culpa, ni traición.
—¿Cuánto? —ella me mordió el hombro tras preguntarme y lo único que quería decir era: «Más allá de la muerte». Sin embargo, no era lo que Elena quería escuchar.
—Tanto qué si me lo pidieras te entregaría mi corazón en las manos. Si con ello puedo hacerte feliz. —Tomé su rostro con ambas manos y la besé».
Ethan llega a la firma media hora más temprano de lo habitual, se siente renovado y con más energía. Saliendo del elevador su mirada se dirige hasta el escritorio de Caroline, ella lo mira con una sonrisa que él no responde, solo se limita a ofrecerle un asentimiento de cabeza, e ignorando el rostro desconcertado de Caroline, entra a su oficina cerrando la puerta detrás de él.
Una vez adentro tiene esa horrible sensación de preocupación y miedo. No quiere dejar a Elena. Las horribles pesadillas y los días de convivencia con Caroline le quitaron la manta que había llevado sobre el rostro impidiéndole reconocer que, Caroline, nunca encajaría en su vida. Eran polos opuestos, además, ella exigía de él lo que ni siquiera Elena alguna vez le exigió, atención excesiva. Esa manera posesiva y obsesiva con los que quería controlar cada uno de sus movimientos con Elena lo irritaba. Ya podía bien imaginarse lo que le esperaría después. Lo asfixiaría. Además, si pensaba fríamente la situación, sus padres nunca la aceptarían en la familia. Fue un tonto en dejarse llevar por la pasión y el deseo de tenerla dentro de su cama cada noche. No había pensado en todo lo demás, no pensó en lo mal que se verían, ni en lo mal que lo pasaría ella con el desprecio de su familia, pero, sobre todo, Caroline, hubiera tenido una enorme figura que superar. Y no tenía las cualidades para hacerlo, Elena se había ganado el amor y respeto de sus padres y la lealtad absoluta de Quella. Sí, su hermana, destruiría a Caroline. Su relación era imposible.
Y dejando a un lado todo eso, podía decir que extrañaba a su esposa, a la mujer con la que se casó. Y siendo sincero consigo mismo, nunca elegiría a Caroline sobre su familia. Por Elena sí estuvo dispuesto, pero lo que siente por Caroline no es suficiente para sacrificar nada. ¿Cómo podría? Ella no era como Elena, tenía en su historial la traición, él también, pero sus padres nunca dejarían de amarlo, en cambio, a ella nunca podrían aceptarla. Caroline le debía todo lo que tenía a Elena. Lamentablemente, solo su sueldo era merito suyo.
Luego, estaba Steve de regreso en la vida de Elena. Eso también había influido, tenía que aceptarlo. Ese hombre había sido un amigo para Elena, pero ella no lo era para él. Y aunque era posible que Steve la aceptara aún sí no podía darle un hijo, él no era el indicado para ella. Elena se merecía más. Entonces en algún momento de sus reflexiones se dio cuenta de que no podría verla con nadie más que con él. ¿Celos? Sí, los tenía y si podía sentir celos significaba que todavía no solo era una pieza importante en su vida, sino que todavía la amaba. A su manera, lo hacía.
Llama al departamento y al no tener respuesta intenta contactarla esta vez por el móvil.
No sabía que decirle, simplemente quería escuchar su voz. La opresión en su pecho desde que las pesadillas habían comenzado, se aliviaba cuándo está cerca de Elena. No había querido admitirlo, ni muchas otras cosas, pero la verdad era que amaba a su esposa y nunca se había dado cuenta de cuánto. Fue al verla muerta dentro de su sueño —bastante realista—, supo que no quería vivir sin ella y con esa horrible sensación de vacío.
LA LLAMADACuando Quella le abre la puerta, Elena se lanza a sus brazos, ama a su cuñada. Quella empuja a Elena dentro del departamento y la sienta en una silla previamente preparada para ella.
—¿Cómo va todo? ¿Cómo lo notas, inquieto, feliz? ¡Vamos, mujer, habla! —urge Quella para que hable, mientras toma un tazón de la mesa y comienza a batir su contenido—. Pero, antes que nada, lávate la cara.
Elena asiente y de inmediato se dirige al cuarto de baño. Al mirarse al espejo, nota su mal estado, su piel está más pálida de lo normal, sus labios resecos y las manchas negras debajo de sus ojos terminan por rematar la visión enferma de su rostro. Luego de soltar un suspiro cansado, se lava la cara.
—¿Qué es eso? —pregunta tras ver la rara mezcla que su cuñada está por aplicarle.
—Esto amiga, amiga, es una mascarilla para hidratar tu piel. Ayer teníamos que haberlo hecho, pero tu móvil estuvo apagado y, ¿qué paso con tu línea local? Estaba a punto de ir a tu casa, pero antes le marqué a Ethan y su teléfono parecía estar en las mismas condiciones. Lo llamé a la oficina y tu amiga me dijo que no fue a trabajar. Por cierto, parecía que estaba teniendo un mal día, pues fue más déspota que de costumbre.
—Ethan y yo nos tomamos el día y bueno… desconectamos los teléfonos.
—¡Vaya! —Quella dejó de untar la mezcla en la frente de Elena y la miró sonriente—. Lo sospeché. Pero eso es bueno ¿no? ¿Qué te ha dicho del divorcio? —pregunta y continúa untando.
—Nada, en realidad, seguimos en lo mismo, pero no lo sé…
—¿Han hecho el amor?
Elena se muerde el labio inferior antes de responder:
—No.
—¿No lo has seducido? —pregunta asombrada. Su hermano era tan difícil y complicado, pero ella estaba segura de que él la amaba, si no por qué se preocupaba por saber cómo estaba cuando él ya había dejado su hogar.
—Tenía miedo a que me rechazará, a que terminará molestándose y se fuera de nuevo.
—Elena tenías que darlo e intentarlo todo. ¡Por Dios, mujer!, primera regla de oro para que una mujer tenga un matrimonio duradero y feliz «Dama en la mesa, coqueta y traviesa en la cama».
—Bueno cuando me casé, nadie me lo dijo.
Quella rueda los ojos y retira un mechón de cabello de Elena del rostro.
—¿Escuchas eso? —pregunta Quella.
—Es mi móvil. ¡Oh! ¡Por Dios, es él! —Elena grita emocionada y aterrada a la vez.
Ambas mujeres soltaron un chillido, Quella le arroja el bolso a Elena y ella vacía la bolsa para encontrar el celular. Carraspea y toma un momento antes de responder la llamada.
—Hola. —Elena cierra los ojos y por primera vez en mucho tiempo lo siente de nuevo suyo, pero nadie responde al otro lado—. ¿Ethan?
—Sí, Elena —su tono de voz es insegura.
—¿Qué ocurre? — su voz era temblorosa, temerosa de lo que él pudiera responder.
—Nada, solo quería saber en dónde estás.
—Estoy con tu hermana, ella está torturándome… ya sabes… —Elena ríe un poco.
Quella le sonríe a Elena, ambas están pegadas al teléfono y al escuchar el sonido de la risa de su hermano, ella golpea el brazo de Elena con el codo, ambas mujeres se miran emocionadas. Elena sabe que, su corazón saldrá de su pecho en cualquier momento de emoción, Quella era una amante del romanticismo.
—De acuerdo… —De nuevo se queda en silencio y tras un suspiro, finalmente le confiesa—: Te amo, Elena. Sé que no debería decir esto por teléfono, pero tengo la sensación de que debes de saberlo ahora.
Ambas mujeres están tomadas de la mano muy, muy, muy fuerte.
—Ethan, yo también te amo —ella le responde casi sin voz.
«Ethan tenemos problemas». Elena escucha la voz de Oliver, seguido de un profundo suspiro de Ethan salir de sus labios antes de despedirse.
—Amor… —le cuesta trabajo llamarla así, o, tal vez era la extrañeza de utilizar de nuevo ese apodo para ella, y lo nota, nota la incomodidad. Sin embargo, el ríe un poco y sabe que en realidad Ethan se avergüenza. Quien cree conocerlo no lo creería. Pero ella, su esposa, su mejor amiga, sabe que no es más que un hombre tímido cuando se trata de sentimientos profundos—. Debo cortar la llamada, pero te veré más tarde. Dile a Quella que no se pase.
—Sí. Te estaré esperando.
—Te amo, Elena. —Esta vez lo dice con seguridad y con firmeza. Él la ama, la sigue amando.
Elena deja caer el teléfono al piso y cubre su rostro con sus manos y comienza a llorar, porque toda aquella tensión que había estado sufriendo durante todo ese largo tiempo, al fin, ha desaparecido, pero ahora se siente más desdichada que antes, piensa que no puede decirle la verdad, que tendrá que seguir cargando con el peso de su silencio, que, al pasar el tiempo, se ha convertido en una mentira.
—¿Qué pasa? —pregunta Quella con preocupación.
—Me dijo que me ama —susurra entre sollozos.
—Entonces, ¿por qué lloras, como si fuera el fin del mundo? Deberías estar feliz, no triste.
—No lo sé, creo que es de felicidad —miente, pues no puede decirle la verdad a Quella antes que a Ethan.
COMPLICACIONESMira a Oliver después de cortar la llamada con Elena y piensa que todos merecían una segunda oportunidad, al menos, si el arrepentimiento era sincero. Y el suyo lo era, ¿no?
—¿Qué ocurre? —pregunta con voz tensa.
—Lo siento, ¿quién era ella? —pregunta, era obvio que había escuchado la llamada.
—Elena, ¿por qué? —Ethan odiaba de verdad, cuando le cuestionaban sobre su vida personal.
—Bueno, por aquí no es un secreto que tu amante es la mejor amiga de tu esposa —Ethan le miró sorprendido.
—¿Disculpa?
—Los vi una vez en el estacionamiento, ella está buenísima, pero de verdad Ethan ¿tenía que ser ella?
—Creo que has confundido las cosas…
—Por allí se dice que hace meses no vives con Elena. Y también se dice que la dejaste por Caroline. ¡Diablos! Hasta mi hermana, Alison, dice que eres un idiota. Claro que lo dice porque no la consideraste a ella primero.
—¿Qué más se dice?
Oliver camina hasta la silla frente al escritorio de Ethan, se sienta y lo mira a los ojos.
—Ethan, antes que socios, somos amigos desde antes de todo esto. Esa chica, Caroline, no creo que sea la indica por la que un hombre debería dejar a su esposa.
—No voy a dejarla.
—¿Y qué pasará cuando los rumores le lleguen? Honestamente has metido la pata.
—¿Estás del lado de Elena, cuando durante todo mi matrimonio me sonsacabas para ir de juerga, me presentabas a mujeres e incluso me aconsejabas dejarla? Eres un hipócrita, Oliver.
—No, no lo soy. Elena no es de mi agrado solo porque me quito a mi mejor amigo. Cuando supe que la habías dejado creí que lo habías hecho por ti, no por otra mujer. ¡Por Dios, Ethan! Tú no eres de esa clase de hombres, que dejan a una para estar con otra.
—Me dices entonces que está bien dejar a Elena, para regresar a mi vida de soltero al lado de mi mejor amigo, pero no es correcto dejarla por otra mujer.
—El problema no es la mujer, sino la mujer por la que la vas a dejar. ¡Es su mejor amiga!
—¿Tienes escrúpulos, Oliver?
—Caroline no me gusta y si te soy honesto te prefiero ver con Elena.
—¿Cuál es la diferencia?
—La falta de conciencia de esa mujer. Su despotismo con sus demás compañeras, solo porque cree que tiene derechos en esta empresa por hacerte una mamada. ¿Sabes lo que hizo ayer?
—No.
—Le gritó a Brisel. Le ordenó que se pusiera a trabajar en lugar de andar chismorreando.
Ethan soltó una carcajada.
—¿Y de que estaba chismorreando?
—Sobre que tal vez estabas con tu esposa reconciliándote. Y que por eso no te presentaste a trabajar.
—Bueno, pues para tu información, Elena y yo estamos intentando solucionar nuestras diferencias. No pienso dejarla, al menos, no por ahora. Y en cuanto a Caroline, hoy se termina.
—Pues más vale que hables con Elena y le confieses lo que has hecho porque en cuanto se entere y no por ti, te dejará.
—¿Ahora eres un experto en el amor?
—No, claro que no. Es solo que no hay que ser un idiota para no darse cuenta de lo que pasará.
—Bien. Elena y yo seguiremos juntos y sí también había pensado en hablar con ella y confesarle todo, sé que me ama y que encontrará la bondad para perdonarme por mi indiscreción. Así que ve y dile a Brisel que Caroline tendrá su merecido por gritarle.
Oliver soltó una carcajada.
—¿Crees que yo me pongo a chismorrear con las secretarias? —pregunta con tono ofendido—. Me ofendes amigo mío.
—Deja las estupideces, ¿qué haces aquí?
—Ernest no declarará en contra de su tío. Me acaba de informar Jonathan, y si es así, me temo que perderemos el caso.
—Demonios, ¿qué ocurrió, ya estaba confirmado? El chico aseguró que lo haría. —Ethan siente un balde de agua fría caerle encima, contaba con el chico para poder ganar el caso o ese demonio de Jean Carlo quedaría impune ante el asesinato de su esposa.
—Creemos que hay amenaza de por medio, saben que, con la declaración del muchacho, su tío queda jodido.
—¿Puedes ir a convencerlo, tú?
Oliver negó con la cabeza.
—No me escuchará a mí, Jonathan ya te lo había dicho, solo confía en ti. ¿Sabes lo mucho que le costó a Jonathan convencerlo hace meses de hacerlo? Ahora no tenemos tiempo o cambiamos de estrategia o viajas hoy mismo y lo traes arrastras.
—Mañana tiene que presentarse a declarar y yo no puedo viajar. Hoy es mi aniversario, Oliver.
Ethan halo sus cabellos.
—Iré yo, pero te repito, si no consigo que viaje conmigo, perderemos el caso.
Ethan asintió, no podía arriesgarse a dejar a Elena esperando por él. No ese día.
—Vete ahora y mantenme informado.
—Sí.
RUPTURACaroline intenta darse una idea de lo que Oliver pudiera estar hablando con Ethan. Por instantes parecían discutiendo, pero al ver la carcajada de Ethan, se dio cuenta de que tal vez, está imaginando cosas. Y al verlo salir se apresura a entrar a la oficina de Ethan. Molesta, azota la puerta. Toma asiento frente a él preparada para recibir indicaciones, solo un pretexto.
—Caroline, sabes lo que tienes que hacer. Déjame solo, por favor.
—Ethan, ¿qué ocurre? —le pregunta y al instante se pone de pie y se acerca a él, por detrás. Sus manos masajean sus hombros y lentamente baja la cabeza hasta el hueco entre su cuello y el hombro. Lo besa, intenta excitarlo. Pero, Ethan, de inmediato se deshace de su abrazo poniéndose de pie.
—Ahora no, Caroline. Más tarde —Ante su rechazo Caroline supo de inmediato que algo no estaba bien y no quería pensar que él se estaba arrepintiendo—. Puedes retirarte ya, por favor.
—Sí señor —le responde regañadientes, aunque por dentro ardía de enojo.
Más tarde, Caroline está comiéndose las uñas, Ethan estaba distante y frío. Había intentado de nuevo saludarlo como siempre: con un apasionado beso. Pero él la rechazó; otra vez. Solo de recordarlo le daba rabia se preguntaba ¿qué pensaba ese hombre?, ¿qué la podía tener solo cuándo él quisiera? Y para su malestar, ella respondía que sí. Ella siempre estaba dispuesta para él.
Ethan salió de una junta media hora después de la hora de la comida. Fue a su oficina ignorando que ella estaba en su escritorio cuando no debería estar ahí.
—Ethan, ¿comemos juntos? —le preguntó mientras que se asomaba por la puerta.
—No. Pídeme algo antes de que salgas a comer. —Ella terminó de entrar a la oficina, se cruzó de brazos y lo miró por un rato. Él la estaba ignorando.
—¿Qué te pasa, Ethan? ¿Por qué este cambio de actitud?
Finalmente, lo ve levantar la mirada de la pantalla del ordenador solo para toparse con su mirada fría.
—Caroline, has una reservación al restaurante de Vincent que me den la mesa de siempre. Después, llama a mi esposa, comunícale que pasaré por ella a las ocho en punto, contacta a la florería de siempre, quiero que le hagas llegar también un ramo de rosas rojas. Y también, hazlo antes de salir a comer.
Caroline respira rápidamente, sus ojos estaban brillosos. Él, acababa de terminar la relación. Y Caroline que no era estúpida, lo entendió muy bien.
—Sí, señor. Enseguida —Caroline cuadra los hombros y levanta la barbilla, no dispuesta a dejarle ver su dolor. Con dignidad sale de su oficina y se dirige al baño, allí suelta a llorar.
Desea maldecir a ese hombre, por imbécil; se pregunta qué fue lo que hizo Elena para retenerlo, qué le dijo. Desea llamarla y decirle que sabe quién es su amante, quiere gritarle quién es la mujer que le ha robado el sueño y el amor de Ethan. Pero, y luego… ¿Qué pasaría? Seguramente con lo idiota que era Elena, perdonaría a Ethan, él la echaría a la calle y ella saldría de su vida para siempre.
Caroline realiza la reservación y cuando estuvo a punto de llamar a la florería sintió la ira de la traición carcomer su mente, se negó a ser humillada de esa forma, Ethan, le había quitado todo, desde su corazón hasta su orgullo y dignidad. No permitiría que la desechara como un maldito juguete viejo que puede tirar sin siquiera mirarle, no iba a permitir que se fuera sin antes haber luchado por él.
LO SIENTORegresa a casa con un lindo peinado y un maquillaje perfecto que ha cubierto las manchas negras alrededor de sus ojos y la palidez de su piel. Pone sobre la mesa el conjunto de cosas que Quella le aconsejó que no deben faltar en la decoración de su habitación para esa noche especial. Flores, velas aromáticas, aceites y un hermoso juego de sábanas. Por un momento se siente asqueada, no es que ya no ame a Ethan o que ya no lo quiera a su lado. Su amor por él es infinito y duda que algún día pueda dejarlo de amar; es tan solo el hecho de saber que tarde o temprano deberá confesar o mejor dicho aclarar aquel malentendido. Ya no desea seguir bajo el tormento de sus acusaciones, aunque también, está consciente de que podría perderlo.
Ethan con lo inestable que era podría bien abandonarla de cualquier manera. Otra posibilidad, era quedarse a su lado guardando aquel terrible secreto, pero ¿por qué tampoco podía sentirse feliz con esa idea? Se pregunta una y otra vez. La respuesta en el fondo de su corazón martilla tan delicadamente que apenas es capaz de percibirla. Esa razón o entendimiento sale a la luz en una sola frase dicha por su madre.
«La felicidad, solo dura un instante, Elena».
Siempre ha creído que Ethan era su deseo hecho realidad, su príncipe de fantasía que se presentó ante ella para sacarla de la horrible oscuridad y depresión, pero tarde se dio cuenta de que él no era suficiente. ¿Acaso algo en este mundo lo era?
Cuantas veces esperó la llegada de su esposo vomitando o mirándose al espejo, queriendo ser hermosa y perfecta; y todo para que no la dejara jamás y siempre tuviera ojos para ella. Sin embargo, se dio cuenta de que él era solo el pretexto para hundirse todavía más en su deprimente deseo de autodestruirse, porque, ciertamente, Ethan nunca le expresó nada malo acerca de su cuerpo hasta hace unos meses. Su mente comienza al fin a concebirlo. Ahora que las cosas están por solucionarse, ella acepta que en realidad no lo necesita para hacer su vida miserable. Pero, asimismo, comprende que terminará muerta como su madre si no se detiene. Muchas veces deseó tener a su madre enfrente y preguntarle:
«¿Por qué si sabías que podrías morir, tomaste esa elección? ¿Por qué me has abandonado?».
Ahora, en su mente enferma halla la respuesta.
«Nada lo vale».
Ethan la traicionó en cuanto tuvo la oportunidad, bajo el más estúpido pretexto. Sus amigos tienen su propia vida y al igual que ella, buscan su propia felicidad. No tiene más familia que la política. Su abuelo que se había hecho cargo de ella cuando sus padres murieron había muerto dos meses atrás. Nunca fue importante para él, solo una carga más para su miserable vida llena de carencias y un desahogo financiero al quedar como su tutor por muchos años. Nunca la trató mal, pero tampoco recibió muestras de afecto, ni siquiera cuando guardaba luto. Entonces… ¿Por qué hacerlo? Con tristeza se da cuenta de que su madre jamás la quiso, o bien, llegó a creer que también la abandonaría.
Elena suspira al pensar en su amoroso padre y tras sus recuerdos entiende que él nunca abandonó a su madre a pesar de todo y de su retorcida manera de ver la vida. Entonces piensa en la palabra «Esperanza».
Elena toma el teléfono de la casa y marca el número directo de la oficina de Ethan, necesita escuchar su voz para tener la fuerza suficiente para tomar la decisión de quedarse a su lado, de saber que su felicidad no es solo una ilusión y que puede ser duradera.
LO SIENTO PARTE IIEran las siete treinta cuando Ethan hablaba acaloradamente desde su teléfono con Oliver, quien le decía que no había conseguido convencer a Ernest para declarar, el muchacho quería verlo en persona y tener la seguridad de que no tendría ningún problema si confesaba lo que sabía, quería protección y, aunque Oliver y Jonathan le habían asegurado que la obtendría, él simplemente se negó. Argumentando que, si Ethan no estaba allí, qué le aseguraba que realmente le importaba su seguridad, qué le aseguraba que solo quería ganar el caso a cualquier costo.
Ethan maldijo, tenía las manos en la cabeza y los ojos cerrados, cuando Caroline entró de nuevo en su oficina.
—Tenemos que hablar —exigió, haciendo que el dolor de cabeza que Ethan estaba sufriendo aumentara.
—Cancela la cita en el restaurante y trata de conseguirme un vuelo a New York para hoy y uno de regreso, para esta madrugada, es urgente.
—Hice la reservación —dijo sin prestar atención a sus palabras—, pero no pude hacer el resto. Necesitamos hablar.
—Hoy no, Caroline. Mañana por la tarde. Por ahora has lo que te he ordenado.
—¡Hoy sí, Ethan! ¡No puedes tratarme así! Quiero que me lleves a cenar, porque tengo algo muy importante que decirte.
—¿Qué no escuchas? Tengo que salir de viaje —le dijo con voz profunda, su mirada era casi asesina, pero ella no se amedrento.
Ethan iba a pedirle que se marchara, pero su teléfono celular comenzó a sonar. Vio el identificador y de inmediato toma la llamada.
OTRA VEZLas manos de Elena tiemblan cuando escucha el tono sonar dos, tres veces hasta que escucha a la voz de Ethan…
—¿Que sucede, amor? —No. Su felicidad no era una ilusión, él estaba ahí respondiendo y con cariño, además.
—Hola, solo quería saber si ya vienes. Quiero hablar contigo antes de la cena. Tú me comprendes, ¿no? —Elena se muerde los labios para recibir su respuesta. Sí, ella necesitaba decirle que no era estéril y que lo necesitaba porque las ideologías de su madre estaban ganando a su razón. Sabía que estaba enferma, se siente débil, esta triste y a veces simplemente solo quería morirse, otras comer hasta reventar, y ya no puede detenerse.
—Amor, estaba por marcarte: Jonathan sigue en New York, lo siento, Elena, debo viajar para encontrarme con él y…
Y ella ya no lo escucha, no quiere prestar atención a su excusa.
—Está bien —dice, porque no sabe que más podría decir.
—No, no está bien… escúchame Elena, no pienses mal. Te lo juro, voy a recompensarte sólo por favor espérame.
Y se pregunta entonces cómo debe hacerlo, ¿sentada?
—No te preocupes, Ethan, entiendo.
—¿Por qué siento que no lo comprendes? Escúchame yo, te elegí a ti. Quiero estar contigo a pesar de todo, y quiero hacerlo porque te amo, Elena.
Ella carraspea y suspira hondo antes de preguntarle.
—¿Quieres que prepare tu maleta?
—No. En el coche traigo una pequeña maleta, la que tenía en el hotel. ¿La recuerdas? Nunca la saqué del auto. De la oficina salgo al aeropuerto y regreso esta madrugada. Elena, te amo, nunca lo olvides. Por favor.
—No, no lo olvidaré. Te veré mañana entonces.
Siente un nudo en la garganta.
—Sí, estaré contigo lo más rápido posible. Y de verdad… lo siento, mi amor.
—No te preocupes, ten un buen viaje y espero que todo se resuelva a tu favor.
—Gracias, adiós. Te marcaré en cuanto llegue al hotel. Te amo, hermosa.
—Y yo a ti.
Elena escucha como Ethan corta la llamada, su entero cuerpo tiembla y sus manos sujetan fuertemente el auricular. Y en su mente solo piensa:
«Siempre en segundo lugar».
Después de unos minutos, puede ponerse en movimiento solo para arrojar el teléfono contra la pared, éste se hace añicos mientras grita su coraje y frustración. Camina hasta la habitación de los espejos y abre la puerta de par en par. Está furiosa. Camina hasta la ventana y corre las cortinas. La luz del crepúsculo entra y entonces, comienza a descubrir los espejos. Las sábanas caen al piso y luego echa una mirada a su reflejo. Es asqueroso.
—¿Por qué habrías de ser su prioridad? —le pregunta a la imagen.
La sombra que la ha acompañado desde que era una niña está a su lado, ahora puede ver su rostro y su figura. La voz de su madre, la que siempre la tortura, no deja de lastimarla:
«¡Mírate Elena! —Elena se gira para quedar frente al espejo de su madre—. No dejas de ser una obesa, una niña glotona. ¡Vamos! Nadie ama a las niñas gordas como tú. No eres la hija perfecta que siempre quise».
—¡Basta! —Elena toma el espejo y lo empuja hacia atrás, este se hace añicos. Siente una liberación bien esperada. Está cansada de escuchar esa voz, está cansada de los pensamientos oscuros que la atormentan y la llenan de celos. Está cansada de su apariencia, de no poder verse así misma más allá del físico. Ya no puede ver lo que hay dentro de ella, ya no piensa con claridad y se desespera. Toma el cepillo que yace en el piso y lo arroja contra otro de los espejos y sale de la habitación en busca del vestido que compró. Se cambia de ropa y retoca el maquillaje cómo su cuñada le recomendó. Ahora vestida y arreglada, sale del apartamento para ir al restaurante con o sin Ethan.
Por primera vez quiere hacer algo por ella. Quiere salir de ese lugar frio y deprimente. Odia su casa, odia las cortinas, odia la soledad y odia lo que es ella en ese lugar, una esposa, abnegada, dócil, que siempre espera, la mujer que solo recibe migajas de cariño. Quiere salir, porque quiere encontrarse así misma. Quiere ser una mujer fuerte y segura.
DESPECHOCaroline estaba de pie escuchándolo hablar con su esposa, el muy desgraciado le hablaba de una manera en la que nunca hizo con ella. Nunca le dijo te amo, hubo pocos discúlpame en las muchas ocasiones que tuvo que cancelarle a ella en nombre del trabajo o de Elena sí, pero nunca fueron en ese tono de voz dulce y de arrepentimiento sincero, siempre fueron ordenes más que solicitudes. Y ese hombre que ahora tiene enfrente no era el hombre que siempre demostraba ser cuando estaba con ella. parecía arrepentido, parecía que le costaba dejarla plantada, cuando con ella… simplemente podía decir se acabo sin decirlo de frente, sin darle una explicación de lo que paso. Preguntándose cómo fue posible que en menos de cinco días el haya cambiado de opinión y no solo fue de opinión él estaba echando por la borda dos años de relación y sus sueños de estar juntos, de formar una familia, su sueño de ser padre.
Se preguntaba cómo era posible que no existiera ni un gramo de remordimiento por lo que le estaba haciendo. Cómo era posible que Elena se lo haya arrebatado así sin más, a ella le costó dos años para que él deseara o fantaseara una vida con ella, a Elena le bastó solo unos miserables días para hacerlo regresar. La odiaba, la odiaba de verdad.
Parpadea un par de veces para salir de la bruma de sus pensamientos, el corta la llamada y levanta la vista hacia ella.
—¿Decías? —le pregunta como si hubiese olvidado su presencia.
—Tengo algo que decirte y si no me llevas a cenar le diré todo a ella —amenaza sin remordimiento alguno. Así como él no había tenido remordimiento en tirar a la basura su relación. Caroline se da media vuelta y sale molesta no sin antes detenerse en el lumbral de la puerta y decirle—: te veré en el restaurante de Vincent a las nueve, si no llegas ella lo sabrá hoy mismo.
Y porque a Elena podía faltarle, dejarla en medio de la nada en cualquier momento, ya sea por trabajo o por irse a revolcar con alguna amante. Pero a ella, a Caroline Miller, la mujer que traicionó a una amiga, que se traicionó a sí misma… no.
ERROR21:00 hrs.
Ethan entra al lugar sin intención de quedarse no más de lo necesario. Por más que intentó razonar con Caroline la mujer no desistió. Ella quería su cena y durante ella, arreglar sus asuntos.
Al llegar la encuentra sentada con una copa llena de vino agitándola. La luz de las velas frente a ella, iluminan su hermoso y melancólico rostro. Su mirada se levanta cuando él se pone detrás de la silla y la jala para sentarse frente a ella. Él mesero se acerca y le sirve vino a la copa vacía a su lado. Ethan rechaza la carta y continúa observándola mientras que ella sigue absorta en el contenido de la copa. La cena que ella pidió para sí misma, llega y Caroline comienza a cenar. Ethan no dice nada, porque no tiene nada que decir. Sin embargo, al transcurrir varios minutos se da cuenta que ella está esperando una explicación.
Unos minutos ahí y ya le parecían siglos. Cansado de la situación le toma la mano.
—Caroline, lo siento. —Decidió que sí tenía que disculparse con la mujer para cerrar ese capítulo lo mejor que podía sin complicaciones, sin odios, ni escándalos, lo haría. Por el bien de Elena, haría una ruptura limpia—. Pero lo nuestro ha terminado —le dice en un tono bajo y lleno de pesar. Se da cuenta de que realmente lo siente. Porque había llegado a apreciar a esa mujer. Independientemente de los errores de ambos, ella era una buena mujer que se dejó seducir por un hombre egoísta como él. Se conocía lo suficiente para saberse egoísta y debía reconocer que esa situación era su responsabilidad. No quería dañarla más.
—¿Por qué has cambiado de opinión? —le pregunta mirándolo a los ojos. Lleva un poco de ensalada a su boca.
—Porque la amo y no puedo vivir sin ella.
Caroline suelta el cubierto y echa la espalda hacia atrás, levanta la barbilla y suspira.
—¿Y esperas que te crea? Ella no te conoce como yo, ella no te satisface como lo hago y ella no podrá darte los hijos que yo sí puedo darte. ¿Por qué de la noche a la mañana has decidido quedarte a su lado? Todo este tiempo que hemos estado juntos decías que ella no era suficiente, que las cosas habían muerto hace mucho incluso antes de mí. Te vi cada noche marcharte a casa como si fueras a la horca, estar con ella para ti era un martirio y entonces cuando tienes la oportunidad de salir adelante, de dar fin al sufrimiento de ambos, te echas a tras y vuelves a esa vida llena de infelicidad. ¿Por qué?
—Porque la amo.
—No, no la amas, si lo hicieras jamás la hubieras abandonado como lo hiciste, si la amaras nunca la hubieras engañado. No me mientas a mí, no. Engáñate tú si quieres.
—Es la verdad. Amo a Elena y lo que hice o por qué lo hice no es asunto tuyo.
—Te equivocas, lo es. Desde que me sedujiste, cuando dijiste que ya no la amabas, que todo había acabado entre ambos, que no te satisfacía ya como mujer, lo fue y es desde que tú me prometiste el cielo cuando yo nunca te pedí nada más que las pocas horas que me dabas, nunca te pide un te quiero o un te amo. Es mi asunto desde el instante que me pediste vivir contigo. ¡Me compraste un apartamento!
—Me equivoqué, creí que el dolor por no poder tener hijos con ella era suficiente aliciente para dejarla e iniciar una vida sin ella, de aceptar que no quería una vida de solo nosotros dos, creí que me haría aceptar que podría amar nuevamente a alguien más. Creí que sería suficiente para dejarla de amar. Y lo creí de verdad lo hice. Cada vez que la miraba el dolor estaba allí, cuando estaba contigo era paz, era armonía.
—¿Y qué paso?
—Ella me dejo ir.
—¿Qué?
—Me dejo ir y yo no quiero hacerlo. No quiero que se vaya, saberla lejos sin saber de ella me causa dolor aquí en el pecho. Saber que ella intentará olvidarme y que tal vez pueda hacerlo… cuando pienso en otro a su lado, amándola… ¡Me hierve la sangre!
—¿De qué estás hablando?
—Al siquiera pensar en perderla para siempre y no estar con ella cada día, me mata.
—¡Eres un cabrón! —Caroline estaba llorando—. Me estás diciendo que la amas, que después de todo, ¿tú la amas?
—Sí.
—No. No, Ethan, no me dejes. Podemos seguir como antes y…
—No me supliques Caroline, no vale la pena el que te humilles por alguien que no te ama y pertenece a alguien más. —Lleva sus nudillos a sus labios y los besa con ternura—. Encontrarás a alguien quien, si pueda amarte con libertad y, sobre todo, que te valore.
De la bolsa oculta de su saco, toma una pequeña caja negra qué, al abrirla, revela una pulsera de diamantes.
—La compré para tu cumpleaños. Pienso que debes tenerlo tú. Nadie más.
—¡Qué gran favor me haces! Regrésalo.
—No puedo. Lo compré hace un mes. Es tarde para eso.
—Dáselo a tu esposa.
—No merece otra canallada así. Además, lo compré pensando en ti.
Se la coloca y de nuevo besa el dorso de su mano. Caroline le sonríe y luego lo abraza. Se quedan en silencio por un momento hasta que Ethan siente un escalofrío en su nuca y de alguna manera sabe que la causa viene del otro lado del salón. Gira su rostro para encontrar a su esposa mirándolo. Ella mueve sus labios y el lee su mensaje «gracias», puede escuchar su voz o solo era su mente jugándole una mala pasada. Se odia así mismo, iba a confesarle todo o casi todo. Tal vez no el nombre de su amante. Desde la primera vez que la engañó hasta la última, pensaba hacerlo de verdad. Convencido que la honestidad sería su prueba para demostrarle que estaba dispuesto a salvar su matrimonio, que quería que comenzaran desde cero, sin mentiras ni falsedades, ahora ella lo había averiguado por sí misma y su oportunidad para demostrarle que era sincero se hizo añicos con su descubrimiento.
MONSTRUOSToma las llaves de su auto, ese que no utiliza salvo algunas ocasiones. Un regalo por no estar con ella. En ese entonces tenía la seguridad que ese caso tenía nombre, falda y tacones. Pero ella fingió creerle que un niño lo había necesitado a pesar de las marcas de pasión en su cuello —la mancha de un labial rojo en su camisa blanca—, ella fingió desde ese entonces.
El auto que solo manejó una vez, porque hacerlo para Elena significaba estar consciente y aceptar su infidelidad; pasarla por alto, comprando así la paz en su matrimonio.
Ahora ella maneja ese automóvil a gran velocidad, quiere disfrutar ese regalo después de dos años. Porque desea confiar en él y en su palabra.
—Él me eligió —dice en voz alta. Así que decide no quedarse en casa a llorar su ausencia, planea disfrutar de una excelente cena en aquel restaurante especial para los dos, volver más tarde a su hogar y dormir toda la noche, al siguiente día, tal vez lo aguarde con una cena especial.
Estaciona el auto a una cuadra del restaurante, siempre odió la idea de entregar las llaves a alguien para luego esperar diez minutos por su auto en el frío de la noche. Camina con enfado hasta el lugar.
—Tengo reservada una mesa a nombre de Elena Donovan.
La mujer la mira de manera extraña antes de responder.
—Permítame un momento.
—Lo siento, señorita. Elena Donovan ya llegó.
—¿Qué? No puede ser.
Ella saca su identificación y al verla, la joven, no sabe qué decir. Elena se adentra al gran salón y es cuando ella los ve. No da un paso más, tampoco hace nada por retroceder y marcharse, ella simplemente se mantiene en pie como una masoquista espectadora. Dándose cuenta qué, él le había mentido nuevamente. Pero ese hecho por muy surrealista que pareciera no le infringía ningún dolor. Porque a pesar de decirse a sí misma que confiaba, la verdad es que, esperaba esa traición, otra vez.
En cambio, fue ella, quien hizo trisas su corazón. Fue a ella a quien siempre amó desde que era una niña y consideró como su hermana. A la que a pesar del tiempo y la distancia ella la recibió nuevamente en su vida y en su hogar con los brazos abiertos ayudándola a salir adelante a pesar de sus inconveniencias.
Su mejor amiga, casi su hermana, era la amante de su marido.
Mientras más observa menos comprende o, tal vez, comprende un poco más. ¿Por qué la ha llevado al lugar que guardaba tantas noches especiales y hermosos recuerdos? ¿Por qué estaba con ella en la mesa que había reservado para pasar una velada de reconciliación y la celebración de su aniversario? ¿Por qué toma sus manos y besa sus nudillos como solía hacerlo con ella en un tiempo pasado? ¿Por qué le regala esa sonrisa tan encantadora posiblemente la mejor que alguna vez le haya visto? ¿Por qué lleva consigo un obsequio para ella? ¿Por qué muestra tanta ternura al dárselo? ¿Por qué ella sueña despierta con un hombre que todavía sigue perteneciendo a otra mujer? ¿Qué palabras dulces son las que le susurra al oído? ¿Por qué la maldita traidora llora y lo abraza como si nada en este mundo importara?
«Porque ella te ama y tú la amas. Tal vez nos amas a las dos y la realidad es que no has podido elegir, ella es capaz de seguir existiendo en la oscuridad con lo mejor de ti. Y, yo, con las migajas de amor y tiempo que tú decides arrojarme», se dice Elena.
Tal vez fue su mirada inquisidora la que dio aviso a Ethan de su presencia. Él, giró su rostro encontrándose con los ojos llorosos de Elena. Al verse descubierta ella sólo pronuncio un silencioso «Gracias» y dio media vuelta para salir corriendo de ahí.
Elena sale del restaurante y el aire frío azota en su rostro y puede jurar que también lo siente en su corazón. Corre hasta su auto y justo cuando abre la puerta…
ODIOCaroline quería gritarle a Ethan por ilusionarla, ella no le pidió que abandonara a Elena, siempre supo cual sería su lugar en ese juego. Fue él, que comenzó a revelarle los secretos de su matrimonio, justificándose por traicionar a Elena. Ella le creyó, y se permitió soñar con ser ella su esposa, ser la mujer que le daría lo que ambos soñaban un hogar, una familia.
Ella vio el rostro de Ethan tornarse pálido, sus ojos llenos de terror, decepción y lo supo. Elena estaba ahí, cuando siguió la mirada de Ethan la vio de pie con el rostro bañado en lágrimas. Hubiera dado lo que fuera porque en esos momentos se acercará y los encarará. La odiaba porque una persona tan ordinaria, tan patética y tonta como ella, le estaba quitando su felicidad. Él estaba loco si pensaba que lo dejaría ir sin que cumpliera su palabra de darle todo lo que lo le prometió. Un hogar, en el que jamás tendrían carencias ni ella ni su hermana. Un esposo devoto en quien confiar y apoyarse en los malos momentos. Un amante que la llevara cada noche al infierno ardiente y de regreso. Un hijo a quien amar. No, ella no se daría por vencida. Lo vio salir tras ella, pero no importaba porque ella tenía una carta bajo la manga que destruiría a Elena, y conociéndola, se dejaría vencer sin siquiera apenas pelear por lo que supuestamente ama.
Pagó la cuenta, cuando salió del lugar no vio a ninguno de los dos. Sonrío pues pensó ese era el inicio de la guerra y la primera batalla la había ganado ella.
FLOR DE HIERRO―¡Elena, espera! —ella entra rápido al auto y lo enciende, los seguros en automático impiden que Ethan abra la puerta del copiloto por lo que se coloca frente al auto para evitar que avance. Isabella, no dispuesta a escucharlo pone el auto en reversa y luego lo esquiva para salir a toda prisa.
Nada de lo que observa tiene forma, todo parece un borrón ya sea por la velocidad con la que conduce o bien porque sus lágrimas obstruyen su visión. El tono de llamada del número de Ethan comienza a sonar en su movil. Se debate en responder, pero al final sabe que es mejor así, no quiere enfrentarlo cara a cara porque ahora su infinito amor se ha transformado en odio y podría bien ser capaz de asesinarlo. Toma el móvil de su bolso y responde.
—¡No quiero escucharte déjame en paz!
—¡Escúchame, Elena!
—¿Qué es lo que quieres que escuche? Que siempre no fui yo la elegida. Pues déjame decirte grandísimo idiota que no tenías por qué elegirme. Yo soy tu esposa no un jodido par de zapatos en una tienda.
—Lo sé, por favor, Elena, detén el auto. Estoy en el taxi detrás de ti.
Elena mira su retrovisor y sí, efectivamente él ésta ahí. Aprieta todavía más el volante con la mano que lo dirige y el teléfono con la otra que lo sostiene, por inercia pisa el acelerador. No reacciona a nada salvo el odio y el rencor. Se siente traicionada de una manera tan vil, porque de todas las mujeres que pudo tomar como amante eligió precisamente a su mejor amiga. A aquella mujer a la cual le confió también su corazón y sus miedos. Se pregunta si ambos hablaban de ello a sus espaldas, si se reían y se burlaban sin compasión maquinando su siguiente movimiento para no ser descubiertos.
—No quiero volver a verte.
—Para, Elena, no estás bien…
—¡Vete a la mierda! Estoy cansada de escuchar que jamás soy suficiente para ti, maldito estéril. Tú, maldito infeliz, no puedes tener hijos, te dejé creer en tu error, te mentí porque te amaba, quería protegerte de sentirte inútil e inservible. ¿Cómo me llamabas? Ah, sí. Flor marchita pues tú maldito cabrón eres una flor de hierro, frio sin vida, incapaz de sentir algo por nadie—el silencio del otro lado del teléfono le hizo saber el estado en shock en el que se encontraba su esposo.
—¡Cuidado, Elena! —gritó Ethan.
Ana
Ana era una joven de diecinueve años, con sueños e ilusiones, con una madre ejemplar y un padre amoroso. Ana es una buena hija y una buena estudiante dedicada y perfeccionista. Amaba el teatro. Asiste a clases nocturnas después de su jornada de trabajo de medio tiempo. Ana trabaja para no ser una carga más para sus padres.
Si hoy fuera un día normal, Ana responsable y perfeccionista no hubiera olvidado su guion en la mesita de noche en casa. Si hoy fuera un día normal, Ana, estaría en aquel viejo teatro actuando en la escena número tres a las 21:48 horas y no caminando de regreso a casa porque no le permitieron la entrada por llegar tarde al ensayo.
Ana, cruza la avenida distraída.
Carlos
Carlos un hombre de cuarenta y dos años, divorciado, con dos hijos a los que no ve desde hace dos años; no porque no lo quiera; Carlos, era alcohólico y no su exmujer no le permitía verlos.
Carlos había sido despedido por tercera vez en dos meses. La causa de su anterior despido fue que por haber bebido de una pequeña botella cuando fue al baño.
Si hoy fuera un día normal, el jefe de Carlos no se hubiera presentado esa noche en la tienda de instrumentos musicales para recoger su guitarra olvidada. Él no hubiera sorprendido a Carlos robando de la caja registradora para comprar una botella de alcohol barato. Si hoy fuera un día normal, Carlos, no estaría manejando y bebiendo al mismo tiempo a toda velocidad; furioso por ese hijo de puta que lo despidió, enojado con esta sociedad que no lo comprendía, con la vida y con esa perra mal nacida que lo abandono y no le permitía ver a sus hijos.
Si hoy fuera un día normal, Carlos, no se pasaría el alto en rojo, a las 21:48 horas.
Destino
Si hoy fuera un día normal, Elena se levantaría a las siete de la mañana, prepararía el desayuno de Ethan y arreglaría su ropa mientras él se alista para ir a trabajar. Más tarde compartirían el desayuno, se despedirían y ella continuaría su rutina normal.
Pero hoy era el último día de su trato, era su aniversario y extrañamente Ethan se levantó una hora más temprano, él quiso pasar un tiempo más con su esposa después de tres años de total abandono.
Cuando salió de casa, ella ya estaba lista para dar inicio a la preparación de esa gran noche tan importante y definitiva para su matrimonio. Si hoy fuera un aniversario como los de hace seis años donde él guardaba fidelidad, regresaría a ella y juntos celebrarían esa noche. Sin embargo, Ethan tenía una amante, nunca asistió a su cita y ella salió a cenar sola en esa fecha tan importante.
A las 21:38 horas ella conoció a su rival. Los observó unos minutos cómo una masoquista, sólo para asegurarse que lo que veía era real. A las 21:45 horas manejaba a toda velocidad, con rabia, dolor y desesperación. Dos minutos más tarde hablaba con él, su verdugo.
Y a las 21:48 horas su destino con el de Ana y Carlos se cruzó
ELLA NO ESTABA BIENÉl nunca fue creyente pero ahora se encuentra en la capilla del hospital hincado suplicando que ella esté bien, pidiendo una segunda oportunidad para hacerla feliz. Dando en ofrenda lo único verdaderamente valioso que tiene, su vida.
—Por favor, Dios, no te la lleves. Por favor, por favor.
Sus lágrimas corren por sus mejillas, se maldice así mismo una y otra vez. Que estúpido y que tonto había sido.
—Te lo suplico. Haré lo que ella me pida. Si me quiere a su lado lo estaré. Si me quiere lejos así será. Solo la quiero viva. No importa si ella continúa sin mí. Pero por favor, no te la lleves.
Después de un rato abandona la pequeña capilla, sintiéndose adormecido. Y lo único que le queda es aguardar. Fue a la sala de espera y toma asiento, con incertidumbre suspira, lleva sus manos a la cabeza para después recargar los codos en las rodillas. Recordando cómo es que ese día había estado con ella por la mañana. Su conversación telefónica y cómo se dijeron que se amaban después de tanto tiempo.
Entre su pensamiento escucha el rechinido de las puertas que lo separan del lugar de donde se la han llevado. Después los pasos de alguien acercándose. Levanta la vista del piso, era un médico...
Está aterrado, el rostro del médico es indescifrable y por su padre, sabe que, son malas noticias. Traga en seco.
Pero suspira de alivio cuando pregunta por los familiares de Ana Mckenna, una pareja de señores de edad madura se pone de pie, el médico habla un par de palabras y la mujer cae de rodillas soltando un alarido de dolor. La chica ha muerto. Ethan, cierra los ojos, no quiere siquiera pensar en la posibilidad de qué una noticia similar le dieran. Entonces, recuerda al hombre del vehículo que golpeó a la chica para después impactarse con su esposa.
El médico ordena un tranquilizante para la mujer que aún grita y llora de agonía por la hija que no vería cumplir sus sueños, formar su propia familia o simplemente no la vería crecer. Ethan, saca su celular del bolsillo de su pantalón y marca al número de Jonathan.
—¿Ethan? —pregunta extrañado por su llamada, pues tenía entendido que estaría celebrando su reconciliación con Elena.
—Necesito que envíes a Charles… A la... —todavía tiene el nudo en la garganta, sus manos tiemblan—. Hay un hombre que se pasó el alto, mató a una chica y se impactó con Elena. Quiero que jamás vuelva a ver la luz del día fuera de la cárcel —dice con rabia.
—Lo siento, Ethan. ¿Cómo está?
—No lo sé —su voz se quiebra nuevamente, por lo que carraspea —aún no me dicen nada. —respira profundo y contiene el aire para evitar que las lágrimas caigan de sus ojos.
—Bien, enviaré a Charles.
—Tomen el caso de la chica y no cobren nada a la familia.
Todavía los está mirando y siente verdadera pena por la madre, aunque Elena no fue quien ocasionó el accidente, por segundos pudo haber sido ella la culpable de la muerte de la chica y cuando saliera del hospital viviría con la culpa. También hubiera ido a la cárcel. No quiere seguir torturándose con: él hubiera. Pero le es inevitable pensar que, si él hubiera ido con su esposa y mandado al demonio a Caroline, nada de esto estaría pasando. Ella estuviera entre sus brazos o tal vez él tendría que estar rogándole su perdón. Si tan solo no hubiera sido un cobarde, le habría confesado a Elena, quién era su amante antes de que Caroline tuviera la oportunidad de chantajearlo.
—De acuerdo. ¿Le has comunicado a tu familia, quieres que te ayude en algo? —Jonathan lo saca de sus pensamientos.
—Gracias, llamé a mi hermana Quella, ella iba a avisarles a mis padres. Y no hay nada más que hacer por ahora —responde, poniéndose de pie y alejándose del dolor de los padres de la chica.
—Iré de inmediato contigo.
—No es necesario. De verdad.
—Olvídalo, queremos a Elena y estaremos ahí contigo. No solo somos socios, somos amigos.
—Gracias.
Los minutos continuaban y no tenía noticias. Desesperado caminaba de un lado a otro. Cuando nuevamente las puertas se abrieron y otro médico salió, por un momento su corazón se detuvo.
—¿Familiares de Elena Donovan? —la voz del médico era segura y fuerte.
—Soy Ethan Donovan su esposo —se acerca.
—Soy el Dr. Noah Greyson, el neurocirujano asignado a su caso. Señor Donovan, el estado de su esposa es sumamente delicado. Lo que más nos preocupaba al momento de ingresarla era la hemorragia intracraneal que presentaba, tuvimos que operarla para liberar la presión de su cerebro y detener el sangrado.
—¡Dios mío! —dice Ethan halándose el cabello nervioso temiendo las peores noticias.
—Señor Donovan, probablemente se sienta incómodo con esto, pero necesito hacerle algunas preguntas
—Por supuesto —respondería lo que fuera, siempre que le aseguraran que ella estaría bien.
—¿Padece su esposa de depresión?
Ethan parpadea confundido, de inmediato su postura cambia, su espalda se pone erguida.
—¿Depresión? —el médico asiente y a pesar de no encontrar el motivo por el que estarían preguntando eso en un accidente automovilístico responde—. Acabamos de atravesar una crisis matrimonial.
El doctor asiente, y hace anotaciones, Ethan no se había percatado siquiera que llevaba la nota médica de su esposa.
—¿Sabe usted de alguna conducta autodestructiva que presente?
—¿Qué? No entiendo qué quiere decir con eso. —El doctor asiente de nuevo y apunta otra vez en su tabla.
—¿Toma algún antipsicótico, antidepresivo o droga? —pregunta el médico con un rostro indescifrable, mirando atentamente cada reacción de Ethan. Lo incomoda.
—¿Qué? —vuelve a preguntar, comienza a ponerse más que nervioso. Se siente un idiota, ya que no es capaz de responder a nada con verdadera utilidad. Y es que Elena se notaba tan desmejorada, delgada y triste que era evidente cuanto le había estado afectando la separación. Pero de eso a ¿auto medicarse o drogarse? No se lo imagina, ella era tan sana e inocente que no lo cree posible—. Claro que no, Elena es una mujer sana, nunca ha usado drogas y no se haría daño a sí misma. ¿Por qué me está preguntando esto?
—En ese caso debo preguntarle si maltrata usted a su esposa. —Ethan lo mira con la boca abierta para después cerrarla y responder lo mejor que puede, porque iba a mentir.
—¡Eso es absurdo! yo nunca haría algo así. ¡Nunca la lastimaría! —«De nuevo», pensó.
—Le pido por favor que se tranquilice, señor Donovan, no quise ofenderle, pero tiene que comprender que el estado de salud de su esposa, está demasiado deteriorado. Encontramos signos de desnutrición severa y algunos hematomas alrededor de su cuerpo y estos son previos al accidente.
—¿¡Desnutrición!? ¡Pero ella come! ¡Ha cenado conmigo toda la semana, hemos desayunado juntos! Ella no puede estar desnutrida. ¿Cómo puede estarlo si yo la veo comer? —Ese médico no le da confianza y piensa que debía estar equivocado, y se promete que, cuando su padre llegara, le pediría que revisara el diagnóstico que le estaba dando el doctor Greyson.
—De acuerdo a su estado físico, deshidratación, peso y análisis sanguíneo, temo que su esposa padece un trastorno alimenticio llamado: Anorexia nerviosa.
—¿Anorexia? —pregunta idiotamente—, pero eso no es posible ella nunca haría eso. Ya le dije que yo la he visto comer —insiste y se dice que, ella no está enferma, no podía ser. Se niega a que ella hubiera estado autodestruyendo de esa manera.
Entonces, recuerda algunas veces haberla visto mirar su comida durante mucho tiempo sin probarla. En otras ocasiones tiraba a la basura la comida de su plato medio lleno y en otras ocasiones aparecía con los ojos rojos. Ella siempre lloraba, lo sabe porque su rostro no puede engañarlo. Se pregunta: «Será que ¿no la observé lo suficiente? ¿qué no le puse atención realmente?».
—Necesito que entienda lo que voy a decirle, señor Donovan; porque el estado de salud de su esposa es delicado. Ella se encuentra en un estado de coma hipoglucémico, la clara desnutrición la llevó a ese estado.
—¿Coma? ¿Va a despertar? —la realidad le cae encima oprimiendo e impidiendo que pueda respirar bien. Ella estaba mal y era su culpa, porque él no la observó, ella se lo gritaba en sus sueños, ella le pedía ayuda y el cómo la porquería de humano que es, la ignoró nuevamente.
—Despertará en unos días, conforme consigamos alimentarla vía intravenosa.
Pero eso, no le da consuelo.
¿ADÓNDE HAS IDO?Atónito ante sus palabras, el mundo ha dejado de girar. Ella lo encontró con su amante, ella ahora lo sabe. Pero todavía así quiere suplicarle perdón, necesita que ella se detenga y lo escuche. Sin embargo, ella está lejos de él, huyendo. Sus emociones están alteradas. No le importan sus palabras crueles, porque merece cada una de ellas.
Entonces ocurre lo impensable, mira la escena frente a sus ojos en cámara lenta. Un auto rojo se pasa el alto, impactando al instante con una chica que cruza la calle, y al darse cuenta de lo que vendría grita:
—¡Cuidado, Elena!
Fue demasiado tarde.
El auto rojo la impacta de lleno en el lado derecho del auto. Elena pierde el control del auto enviándola directo a estrellarse con un poste. Por la velocidad al impacto sale disparada por el parabrisas. El coche rojo se impacta sin mayor daño en una tienda a la contra esquina.
Ethan observa con horror la escena, el taxista había alcanzado a frenar antes de unirse a la colisión. Sale del auto y el conductor del taxi también. Ethan corre hacia Elena, pero nota que el conductor que ocasiona el accidente sale del auto ileso, Ethan mira al taxista y le ordena:
—¡Detenlo!
Llega hasta Elena, los mirones se acercan lentamente, ve a la gente sacar sus móviles y llamar por teléfono. Cuando llega hasta ella, yace en el piso de la calle, la sangre la rodea y él se deja caer de rodillas a su lado. Tiene miedo de tocar su pulso y descubrir que su corazón ya no late, sin embargo, mecánicamente, lo hace. Su corazón todavía late. No sabe qué hacer. En su mano lleva una pulsera de cuentas de color rojo, las acaricia con la punta de los dedos, como si acariciara su alma, su corazón. Le duele, porque ahora sabe que esos sueños le estaban hablando, él no la miró, no escuchó y se lamenta, se lamenta.
Cuando los paramédicos llegan al lugar lo apartan, no puede hablar, no puede gritar que no la muevan, que la dañarán, que la matarán. Su cabeza no ha dejado de sangrar.
—¿Está bien, señor? ¿Venía con ella?
—No, no estaba con ella en el auto. Soy su esposo.
El hombre asiente y le ordena:
—Suba a la ambulancia, y tome su mano. Es muy probable que no sobreviva.
Dentro de la ambulancia no puede mirar lo que le hacen, no tiene la fuerza. Saca su teléfono y llama a Quella.
—Sí, ¿Ethan?
—Quella, Elena tuvo un accidente.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde estás tú?
—Ella me vio. Me vio con mi amante.
VERGÜENZAEthan no se ha movido de la sala de espera, sentado en la pequeña e incómoda silla, mantiene los codos recargados en las piernas, y su cabeza mirando el piso entre sus pies. Lágrimas traidoras caen en las baldosas sucias del lugar como gotas apenas perceptibles para cualquiera. Al escuchar la puerta abrirse y unos pasos apurados supo que era su hermana y sus padres. Endereza la espalda y al verlos aproximándose cada vez más cerca se pone en pie y levanta la barbilla, como si estuviera preparándose para ir a la batalla. El suspiro resignado y dolorido confunde a sus padres, lo que ellos con seguridad ven es la culpa carcomiéndolo.
Sin embargo, Quella es otra historia. La chica se coloca frente a él y le suelta no una bofetada que le voltea la cabeza a un lado, sino dos y luego, una más antes de ser detenida por su padre que la toma de la cintura y la hala hacia atrás alejándola de Ethan. Ellos no saben que la causa del accidente de Elena, es el haberse enterado de que su esposo tenía un amante con la que estaba la noche de su aniversario.
—¡Alto, Quella! ¿Qué te sucede? —Joseph llama con dureza a su hija menor, sus hijos nunca habían peleado de esa manera tan agresivamente y a golpes nada más—. Esto es un hospital, por lo que te pido tengas respeto por la gente que espera.
—¡Maldito cabrón, cerdo asqueroso…! —susurra con odio y luego se lanza de nuevo en contra de él, pero esta vez, no son bofetadas lo que arruina su hermoso rostro, ella lo rasguña.
—¡Quella! —reprende de nuevo su padre que, al ver el estado alterado de su hija, la toma del brazo y la aleja del grupo para tranquilizarla.
Ethan observa a su padre con el rostro enrojecido discutiendo con su hermana al lado de la máquina de café. Niega con la cabeza, no culpa a Quella, ni le guarda rencor, realmente su enojo y sus golpes han sido una pequeña penitencia. Sabe que merece más que eso.
Emma le ofrece pañuelos a Ethan para que limpie los rastros de sangre de su mejilla y su labio.
— ¿Qué está sucediendo, Ethan? —le pregunta su madre con cariño peinando su cabello desaliñado con la mano. Él nota la preocupación y su confusión. Es su madre y claro que ha notado su estado pasivo ante el ataque de su hermana.
Ethan evita su mirada. No sabe cómo explicarle a su madre que su esposa lo ha encontrado con su amante que no era otra que su mejor amiga el día de su aniversario de bodas, cuando se suponía que había viajado por negocios. Cómo le explica que su esposa estaba en coma por su culpa, por la tristeza de su abandono, por su indiferencia y su maldad. Sí, había sido más que malvado con ella, nunca le importaron sus sentimientos y fue porque sabía cuánto lo amaba y se creía que ella siempre estaría esperando por él. No, tal vez no lo pensaba conscientemente, pero al darse cuenta de que si él no la amaba otro lo haría y si estaba lejos de ella, si ya no estaba con ella, nada podría hacer y lo olvidaría.
—Nada, mamá —dice evadiendo su mirada. Porque era un maldito cobarde.
—¿Nada? No me mientas, Ethan. ¿Por qué Quella está furiosa contigo? Se supone que estamos aquí para apoyarte, ¿no?
—Aquí no —susurra secamente mirando el piso.
—¿Ya te dieron informes?
—Sí… —Ethan, sabe que su madre no era ajena a ciertos temas médicos, su esposo era uno—. Está en coma hipoglucémico y no despertará hasta dentro de unos días. Al parecer. Pero hasta entonces no sabremos el verdadero daño que ha sufrido debido al golpe en la cabeza.
Ella asiente.
Su padre y Quella se acercan a ellos nuevamente, y aunque, Quella, está más tranquilla solo hipando y limpiándose las lágrimas y el fluido nasal, Joseph se niega a soltarla su cintura.
—¿Qué te han dicho de su estado? —le pregunta a Ethan. Pero al no responder su madre le informa.
—¿Qué? ¿Quién la ha atendido, Ethan?
—El doctor Greyson —responde, sin más remedio que afrontar a su padre. Limpia sus manos sudorosas en el pantalón, se siente ansioso.
Ethan sabe que no podrá evadir las siguientes preguntas que vendrán, así que se dice que debe afrontar sus errores. Como debió hacerlo antes.
—Hablaré con él después. Ahora, Ethan, no sé qué ocurre, pero su actitud —le dice a Ethan señalándolo y luego a Quella—, deja mucho que desear. Vamos a mi consultorio y allí me dan sus explicaciones. Y no quiero mentiras ni evasiones, ¿me has escuchado, Ethan?
Ethan asiente, pero no es capaz de poder ver a su padre a la cara. Tampoco a él, que ha sido un modelo de esposo y padre intachable.
LA VERDADEthan está sentado frente al escritorio de su padre, Emma, su madre, a su lado. Ella ha tomado su mano, pero Ethan simplemente no soporta su empatía y se suelta lo más sutilmente que puede.
Quella está de pie detrás de su padre, mirándolo acusadoramente.
—Quella, explica tu actitud hacia Ethan —ordena Joseph.
—Porque esta mierda de aberración que tienes como hijo…—Quella fue cortada por su padre, ya que comenzaba de nuevo a exaltarse.
—Quella, sin ofender… y no me repetiré de nuevo. No eres una niña y tu hermano tampoco.
—¡Es la verdad papá! Él tiene la culpa del estado en el que Elena se encuentra. ¡Oh mi Dios, está en coma! —jadea cubriéndose la cara para sollozar, apenas ha caído en la cuenta de la gravedad del estado de su mejor amiga. Su rabia era tanta que se había cegado a la comprensión de su estado.
—¿Ethan? —cuestiona su padre.
Ethan mantiene la mirada baja, con los puños cerrados, muerde su labio inferior, sus ojos están brillosos y la piel de su rostro está roja al contener las emociones de desprecio que siente hacia sí mismo. Es devoto a la creencia de que Quella tiene razón.
—No sé qué decir —dice sinceramente, no sabe cómo empezar.
—Tú no, pero yo sí. ¡Aquí el muy hombre, en lugar de estar con su esposa celebrando su aniversario estaba con su amante cenando en un restaurante! —grita enfurecida Quella. Emma, jadea asombrada—. Vamos, no seas poco hombre y confiesa que te revuelcas con su mejor amiga —manotea, mientras lo reta para decir la verdad—. El muy cabrón se acuesta con Caroline, la mujer que convivió con Elena desde que eran unas niñas, a la que ella le tendió la mano, cuidó de su hermana, le abrió las puertas de su casa —decía a sus padres mirando a uno y después al otro acusando a su hermano revelando sus atrocidades—. Y ¿cómo le han pagado ambos? —preguntó ya mirando a Ethan —. Ella que te ha amado sin condiciones con entrega total. Todo lo que ha luchado por ser la esposa ideal y perfecta para ti y nunca has podido verlo. ¿Qué diablos te dio esa mujer para que tu infinito amor por Elena desapareciera de esa manera?
Quella, toma el teléfono que está en el escritorio de su padre y se lo arroja. Ethan solo es capaz de levantar sus manos como escudo en reflejo para detener el golpe. Gira su rostro y sin querer ve a su madre. Ella tiene marcada en el rostro una mueca horrorizada y los ojos están llenos de dolor y acusación. Sabe lo que está pensando, lo está clasificando como uno más de la clase de hombres sin escrúpulos que no es capaz de amar a una sola mujer, un mentiroso y egoísta sin corazón. Está poniéndolo en lo más alto de esa clase de hombres que no deberían existir en el mundo. Y lo peor es que tal vez tenía razón.
Su padre se levanta para abrazar a Quella, que está teniendo una crisis nerviosa. Tanto Emma como Joseph, no habían dicho nada y para Ethan, eso era más preocupante.
—¿Por qué? ¿Por qué la ilusionaste? ¿Por qué decirle que la amabas cuando todo era mentira? ¿Por qué llegar a tanto si ibas a dejarla al día siguiente? ¿Por qué hacerle daño de esa forma, cuando ella ya te había dicho que te dejaría ir?
Ethan se da cuenta de que Quella, más que preguntarle a él estaba reviviendo su pasado. Su ex prometido la había abandonado hace dos años en el altar. Y todo por otra mujer. Quella se aferra a los brazos de su padre. Ethan lamenta haberla dañado con sus acciones, provocando que reviviera ese lapso de su vida.
—Estaba terminando con ella. —Por fin, Ethan suelta las lágrimas que ha estado intentando contener—. ¿Cómo te has enterado de Caroline?
—El esposo de Sophia estaba en una cena de negocios cuando te vio reuniéndote con Caroline, luego vio a Elena. Él llamó a Sophia y recibí su llamada luego de cortar la tuya…—Quella ya no pudo continuar, el dolor y el miedo se apoderaron de ella en un llanto incontrolable.
Emma que se había mantenido en silencio interrumpe el llanto de su hija.
— ¿Por qué le fuiste infiel, Ethan?
—Mamá, por favor.
—Ethan, dímelo. Porque no alcanzo a comprender en qué momento, y cuáles fueron tus razones o tus pretextos para hacer algo tan vil. Quiero comprender antes de abofetearte por patán.
—Hace cuatro años comenzamos a intentar a tener hijos —toma aire para darse un poco de valor y continuar con la confesión—. Hace tres años ella me dijo que era estéril.
— ¡Ah! —Emma cierra los ojos con fuerza.
Ethan podía sentir la mirada de su padre queriendo traspasar y leer su alma. Quella deja de llorar y se sienta frente a él. Sus miradas se cruzan, puede ver el desconcierto en sus ojos azules por un instante, pero cuando endurece la mirada sabe qué lo considera un pedazo de imbécil.
—Dime que esa no es la razón, Ethan —le pide Emma cuando se recupera de la impresión.
—Intenté dejarla casi de inmediato, pero ella se aferraba a nuestra relación, me suplicaba y yo no tenía el corazón para irme, porque a pesar de todo, lo que sentía por ella era más fuerte. Y aunque intenté aceptar el hecho de nunca ser padre, no pude conciliar el hecho de que yo si podía tenerlos y ella no. Intenté no guardarle rencor, pero no importaba cuanto me recordara a mí mismo cada mañana lo mucho que nos amábamos al principio, al final, de nada sirvió… Una cosa llevó a la otra. Cometí errores de los que no me siento nada orgulloso.
—¿Qué errores? —pregunta Emma.
—Por favor, mamá. No quiero hablar de eso. Es… complicado.
—A estas alturas, Ethan, tu comodidad es lo que menos nos importa. Tú esposa tuvo un accidente, está en un estado de coma, tienes una amante, me estás diciendo que le has hecho daño y ¿ahora quieres callar? Yo creo que no, hijo. Tu padre y yo te educamos para hacerte responsable de tus actos. Ahora explícanos, qué le has hecho a esa mujer.
—La ofendí diciéndole que era una mujer marchita, incapaz de dar vida —dijo, mirando a su madre a la cara, ella baja la mirada, sus ojos parpadean incrédulos por las frías y crueles palabras de su hijo. Avergonzado, mira a su padre—. En una ocasión la golpeé —pudo haber omitido esa parte, sin embargo, estaba demasiado agotado, tenía la necesidad de confesar sus culpas, sus pecados a esos quienes le dieron la vida. Su padre tenía los puños cerrados con fuerza conteniendo su enojo. Ethan sabía que los estaba decepcionando—. Ella me perdonó y yo jamás volví a ponerle una mano encima, Pero, aun así, seguí con otras mujeres, porque quería llenar el vacío que sentía.
— ¿Por qué no buscaron opciones? Una adopción tal vez —le pregunta su madre mirando su rostro, examinándolo, era la hora de la verdad. Y Ethan piensa que, si ya se estaba sincerando, de nada le serviría quedarse callado.
— ¿Qué? ¡Oh! No, no, no, no criaré un niño que no lleve mi sangre —respondió él.
—Y ¿Por qué no? —preguntó su padre.
—Porque no sabría quiénes son sus padres, si acaso eran delincuentes o adictos. Por no decir que tal vez tenían alguna enfermedad hereditaria. No sabría cómo llamarlo hijo sin evitar pensar en que no hay un lazo que nos una, como la sangre o nuestro parecido.
Esas eran sus razones. ¿Por qué era tan difícil que entendieran que tomar la decisión de adoptar un niño no era algo que debía tomarse a la ligera? ¿Por qué no comprendían que no quería traer un niño a casa y luego arrepentirse porque fue incapaz de amarlo? Todos lo miraban mal, lo juzgaban, pero se conocía lo suficiente para saber que nunca lo vería como un hijo y él solo estaba evitando la pena a un ser inocente que solo buscaba un lugar en el mundo al que pudiera llamar hogar. Era mejor ser honesto y decir «no» a tiempo que guardar silencio hasta convertirse en el monstruo que ha destrozado la inocencia de un niño rechazándolo.
—Padres no son los que engendran, son los que te cuidan, están a tu lado cuando enfermas, ríes o lloras. Te levantan cuando caes, están contigo en los momentos felices y en los tristes. ¿Entiendes lo que te digo, Ethan? Los niños enferman todo el tiempo, a veces inexplicablemente y otras de forma hereditaria, pero no por ese motivo nadie tendrá hijos. La paternidad no se hizo para todos, hay quienes nunca llegan a entenderlo, eso es cierto. Pero tú no eres esa clase de personas, o al menos, es lo que quiero creer —le dice su padre con voz calma.
—Lo siento. No pienso igual que tú, jamás vería como a mi hijo a un niño que no lo fuera de mi sangre. Eso no es posible. No lo acepto. Prefiero no tenerlos. Me conozco lo suficiente para saber que nunca podría engañarme ni conformarme con una mera fantasía. No soy soñador ni un idealista. Lamento decepcionarlos, pero soy sincero conmigo mismo, no tengo un corazón tan grande para albergar amor a cualquiera. No soy de esa clase de persona llena de amor, bondad y altruismo.
—¿Ethan, en qué concepto me tienes? —le pregunta Emma con lágrimas en los ojos.
—Siento ofender todo aquello por lo que luchas, lamento no haber heredado tu altruismo por las personas desfavorecidas. Sé que tu fundación apoya a los niños sin hogar y te admiro por eso, pero… es distinto a llevar a un niño a casa, darle tu nombre y…
—Llevaste a Jessie a tu casa. ¡Oh! Disculpa, olvidé que ella era la hija de tu amante —le reprocha con sarcasmo Quella.
—Lo hice por Elena y solo lo hice porque sabía que era temporal. Fue una prueba que me hizo comprender que nunca podría ser un padre adoptivo, Quella. Y en ese momento apenas y conocía a Caroline.
—¿Ethan? —su madre llama su atención de nuevo.
—Eres mi madre, ¿en qué concepto puedo tenerte? Eres perfecta, la mejor de todas las madres. Sí te parezco un monstruo por la manera en la que pienso, tú no tienes nada que ver. Hiciste un buen trabajo educándome, pero… no pienso como tú.
—Te equivocas, Ethan. No soy una mujer perfecta. Porque piensas en una mujer que no puede concebir… como en una mujer marchita —afirma con voz débil y lágrimas salen de sus ojos recorriendo su hermoso rostro, Joseph comienza a caminar hacia ella, pero Emma le hace una seña de alto con la mano y él se detiene.
—Mamá, mis pensamientos y mis acciones, son solo responsabilidad mía. Sé que me has educado mejor. Y, sí, dije eso, pero solo porque quería dañarla… quería que sintiera el mismo dolor que yo…
— ¡Cállate! —le dijo ella con el dolor de viejas heridas plasmado en su voz—. Tú, Ethan —Emma se pone en pie. Mirándolo desde arriba, lo obliga a levantar la mirada— … No eres mi hijo. No quiero volver a verte, ni que me dirijas la palabra en lo que me resta de vida. ¿Comprendes?, No soy perfecta porque si lo fuera te habría dicho tu procedencia desde hace mucho, tal vez de esa manera no actuarías como lo has hecho todo este tiempo, nunca dañarías a esa mujer que ahora lucha por su vida, si acaso no se ha rendido ya, y lo único que desea en este momento es morir. ¡Ay de ti si ella muere! Porque no podrás vivir con eso.
Emma sale de aquella habitación escuchando la voz de ese niño que alguna vez meció y cantó canciones de cuna llenando el vacío de su corazón.
Ethan iba a salir tras su madre, quería decirle que él era quien no podía tener hijos y que estaba arrepentido de cada palabra con la que había herido a Elena.
—Alto ahí, Ethan. Quella ve con tu madre —ordena Joseph.
—Papá, ella no puede simplemente desterrarme de su vida. ¡Soy su hijo! —dijo con desesperación su mirada llena de dolor y lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Ethan, lo que Emma quiso decir es que: ¡No somos tus padres biológicos! Emma mi esposa, tiene matriz infantil. Has ofendido no solo a tu esposa también has ofendido a la mía. Solo por el amor del hombre que te cuidó como si llevaras su sangre, no te rompo la boca con la que has escupido tanto veneno. Pero, si vuelves a poner un pie en mi casa, no responderé sobre mis actos. Si en algo agradeces el amor que Emma te dio, no intentes acercarte a ella. En cuanto a Elena, no tendrás ningún derecho de decisión sobre ella, el estado de Elena se debe a tu maltrato psicológico por lo que se te niega cualquier derecho sobre su vida y su salud hasta que despierte y este apta para tomar sus propias decisiones. ¡Aléjate de nosotros!
Joseph se dirige a la puerta para salir de la habitación.
—Elena me mintió, soy yo quien es estéril, me lo dijo antes del accidente —dijo con voz entrecortada.
Sus palabras han dejado a Joseph quieto, su mano temblorosa en el picaporte.
—Tarde o temprano, obtenemos lo que merecemos, Ethan.
Sin mirar atrás, simplemente sale de la habitación abandonando al hombre al que una vez llamó hijo.
SIN RECUERDOSSintiéndose miserable, mira la fotografía que yace en el escritorio de Joseph Donovan. Son sus padres, Quella, Elena y él, en la última navidad que han festejado. Están sentados en el comedor de la casa de su madre, brindando por la felicidad y bendiciones de ese y el próximo año.
Observa con detenimiento a Elena, ella sonríe, pero su sonrisa no es verdadera. Lo supo en ese entonces porque la convivencia entre ellos apenas era soportable. Estaban fingiendo frente a sus padres una felicidad que no tenían. Pero en sus ojos puede ver una tristeza más profunda. Ahora lo ve, carecen de luz, su mano cerca de la suya, sin tocarse. Él mira a la cámara, igual sonríe, pero ve el fastidio que, en ese momento, le provocaba estar allí mintiendo. Luego mira a sus padres. Emma, su madre, sonríe cálidamente hacia la cámara, pero su padre la está mirando a ella. Nadie duda de su amor por esa maravillosa mujer. Intenta encontrar entre sus recuerdos algún indicio que le diga que alguna vez sus padres lo miraron como si no lo amaran, como si no fuera su hijo. No lo encuentra.
Ethan se levanta de la silla, toma el portarretrato y saca la foto. Tras mirarla un momento más, la guarda dentro del bolsillo de su saco. Limpia sus lágrimas con el dorso de la mano. Su vida se había derrumbado en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo que había creído durante toda su vida fue mentira, la vida perfecta de la que siempre se sintió orgulloso no fue más que una farsa. Ellos no eran sus padres, pero todavía los sentía como si lo fueran. No concebía la idea de otras personas en ese papel.
Ahora que, sí su madre no podía tener hijos, eso significaba que Quella, también era hija adoptiva. No podía creer que hubiera destruido a su familia también por su estupidez. Ellos querían la verdad, querían saber lo que había en su corazón y al final se horrorizaron tanto que todo se rompió.
No tenía recuerdos de su madre embarazada, simplemente recordaba el día que sus padres llegaron y dijeron que la niña en brazos era su pequeña hermana. Nunca había pensado en eso antes, porque como cualquiera, simplemente pensó que era tan pequeño que lo había olvidado.
Suspira con pesar porque se da cuenta de que en menos de veinticuatro horas había destruido lo poco que quedaba de su matrimonio, había destruido a su familia y había dañado a su hermana de una manera irreparable. Se odiaba así mismo.
HÁBLAME DE TIHa pasado la noche mirando a través de la ventana la oscuridad de los jardines del hospital, pronto se hace de día y la gente comienza a llegar para realizar las visitas a sus pacientes. Emma y Quella, llegan a las ocho de la mañana. Sus miradas se cruzan un instante. A las once su padre se acerca a ellas para entregarles el pase para ver a Elena. Quiere acercarse y pedir el pase, pero desiste ante la frialdad con la que es ignorado cuando están a tan solo dos filas de distancia.
Más tarde, ellas se van a comer. No sabe cómo está Elena, no le brindan informes porque ha sido orden de su padre. Pasa un tiempo, está cansado de ver ir y venir a gente. Así que busca a su padre.
En uno de los pasillos encuentra a Joseph hablando con el doctor que atiende a Elena, se pone nervioso.
— ¿Papá, puedo hablar contigo un momento? —solicita con humildad.
Joseph detiene su charla con el doctor y se gira para mirarlo a la cara.
—Yo no soy tu padre. —La fría respuesta le da a entender que nunca lo perdonarán, que él no lo perdonará por haberle hecho daño a Emma, su esposa.
—Te veo más tarde Joseph, con su permiso —dice el doctor Greyson, por último, dirigiéndose a Ethan.
Ethan carraspea.
—Doctor Donovan, ¿me permite un momento? —Ethan reformula su pregunta. Se siente perdido y más solo que nunca ante su rechazo, jamás podría verlo de otra manera. Ese hombre era lo único que él conocía como un padre y dudaba que existiera otro mejor.
—Diga.
— ¿Puedo verla? —lo deseaba con toda el alma.
—No es posible.
—Por favor, compadécete de mí.
—Y tú ¿alguna vez te compadeciste de ella?
No, nunca se compadeció de Elena, nunca tuvo piedad cuando le suplicaba que se quedara con ella, que no la abandonara, que no se fuera, que la perdonara.
—Te lo suplico —Ethan comenzó a ponerse de rodillas, pero Joseph lo detuvo, sacando del bolsillo de su bata el pase.
—Solo cinco minutos, no más, te esperaré fuera de la habitación.
Él quiso decir gracias, pero su padre le dio la espalda y comenzó a dirigir el camino.
«Cuando mi padre se apiada de mi dolor, me conduce hasta el lugar donde ella se encuentra.
Dentro de esa fría habitación me doy cuenta de lo mucho que la amo y sufriría si ella no vuelve a regalarme una de esas sonrisas llenas de amor que siempre tenía y dedicaba solo a mí.
—Por favor, mi amor, vuelve a mí. —Beso su mano tiernamente.
Me pregunto, ¿cómo es que había llegado a este punto de indiferencia con ella? Y ahora que es demasiado tarde me doy cuenta qué no puedo vivir en un mundo donde ella no exista. Porque mi alma, mi vida y corazón son de ella, solo de ella.
Después de cinco minutos mi padre entra a la habitación y no hace falta que diga nada, él quiere que me vaya.
Salgo de ahí no sin antes agradecerle.
Al salir del hospital voy a nuestro departamento, cuando llego al edificio no puedo evitar pensar que ella está esperándome como siempre, con todo su amor y devoción. Pero no es verdad, ella no está.
Abro la puerta y la imagen frente a mí me golpea, ella había preparado todo para esa noche. En la que yo debía estar con ella confesándole todos y cada uno de mis pecados y suplicando su perdón. En cambio, estaba con mi amante, terminando lo que nunca debió comenzar.
Paso directo a la habitación intentando ignorar mi alrededor, pero todo resulta peor porque me encuentro un santuario de amor, velas, aceites, y más accesorios. Tomo ropa limpia y voy a la ducha, la cabeza me duele. Son tantas cosas para un día, ella me confesó su mentira, su accidente cruel. Una jugada del destino para hacerme pagar por no amarla. Cuando tuve a Elena la desprecié y cuando la quise me la arrebató. También estaba el hecho de que toda mi vida no era real, ellos, a los que consideraba los mejores padres del mundo, mis perfectos padres, no lo eran. Yo era un hijo al que su madre no amó, al que abandonó. Un no deseado.
No puedo evitar sentirme una completa mierda, comienzo a llorar por todo el daño que le hice a la mujer que me amó. Por todo lo que dije, mis manos comienzan a temblar por la impotencia y la rabia. Mi madre. ¡Oh, Emma! La mujer que me dio amor, cariño y protección. La dañé como a mi mujer, me odio por ser tan maldito como la mujer que me parió y que me abandonó. No sé las razones, pero de pronto me lo pregunto.
¿Por qué le haría algo así a su hijo? ¿Quiénes son los que no me amaron? Pero, si de algo estoy seguro, es que heredé lo peor de ellos su maldad, de otra forma, ¿por qué dañaría a los que me aman? Me odio. Lloro como un niño pequeño, soy pequeño, no soy nada.
Caigo de rodillas mientras el agua fría trata de reconfortarme, pero no sirve, ya nada puede ayudarme, porque me he quedado solo, ellos la alejarán de mí. No, ya lo han hecho. La he perdido, yo estoy perdido».
QUIMERA O REALIDAD«En este lugar el tiempo y la distancia no existen. Aquí es la quimera, y como tal, no hay nada que pueda dañar. Camino sin rumbo fijo en este desierto donde todo es blanco o es negro según como yo quiera verlo…»
Se encuentra caminando, vagando en aquel lugar inexistente de la nada. Su mirada está fija hacia el frente y el rostro inexpresivo. De pronto la nada deja de serlo y ahora un susurro llega hasta sus oídos:
—Ven a mí.
La frase compuesta por tres palabras es totalmente incomprensible para ella, la escucha, pero no la comprende, entonces para su andar.
—Te amo.
Después de permanecer quieta vuelve a escuchar el sonido de palabras, ahora distintas a la oración anterior, más pequeña, pero, lo que llama su atención es el sonido que emite aquella voz, tan llena de tristeza y dolor.
—¿Quién eres? —intenta decir a aquella infinita nada, pero no sale ningún sonido de sus labios.
Cuando no obtiene ninguna respuesta ella comienza a caminar de nuevo hasta que encuentra solo una puerta. Camina y se detiene frente a ella y al abrirla, la nada se transforma. Ve una casa y cruza el umbral. Con paso lento va hacia la entrada de la hermosa residencia. Toca la puerta, pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos ya se encuentra dentro.
Hay una mujer hermosa de cabello castaño, ojos grandes y verdes. Sonríe a una pequeña niña que se encuentra a su lado. Están preparando galletas, la pequeña quiere tomar una, pero su madre se la niega. Ella no puede escuchar lo que dice, pero entiende los movimientos de los labios de la mujer.
—No. Son para la fiesta.
La niña obedece. Después la mujer saca de un cajón un frasco de pastillas toma una y la traga bajo la atenta mirada de la pequeña. La niña toma su muñeca y sale de ahí, ella la sigue. La niña le resulta familiar y a la vez no.
El escenario vuelve a cambiar, ahora se encuentran en una reunión, las mujeres admiran la belleza de la madre de la pequeña, mientras que la niña se haya en un rincón observando. La madre sonríe y agradece los halagos.
Más tarde un hombre llega, besa a su esposa y a la hija le brinda sus brazos, cenan juntos mientras que aquella mujer a la que nadie puede ver, ocupa un lugar en la mesa como una espectadora. La pequeña come mientras que la madre le llama la atención.
—No comas más, no seas glotona —reprende la madre.
—Déjala tranquila, Anne. Elena es pequeña y está creciendo, si tiene hambre, pues que coma —dice el padre, la madre molesta se retira de la mesa.
De nuevo todo se desvanece y ahora está en la recamara de la pequeña. Ella está dibujando con sus colores nuevos. La madre entra y le dice:
—Escúchame, no importa lo que tu padre diga no debes comer de más o te pondrás tan obesa que nadie va a quererte, ni siquiera yo.
La niña no dice nada solo baja la mirada mientras que su madre la levanta de un brazo y la lleva hacia el espejo—. ¡Mírate al espejo, Elena! Te vez tan mal, debes bajar de peso. ¿Es que no te gustaría verte tan hermosa como yo? ¿Acaso no quieres que te amen como a mí? —la pequeña asiente.
—Saca la lengua —le ordena la madre. Ella lleva una aguja entre los dedos.
Todo se vuelve oscuridad, ahora la niña esta vestida de negro de pie junto a un hombre mayor frente a dos tumbas. Son los padres de la niña, la niña, no llora.
La pequeña llega a su nueva casa y ella siempre detrás como una sombra espectadora la sigue, la recamara que ahora habita perteneció a su madre, hay un enorme espejo y la pequeña esta frente a él. Pero su reflejo ha cambiado, ahora es una jovencita. Está mirándose, evaluándose, hace caras raras y dice:
—¡Estoy tan gorda! Por eso a nadie le gusto.
Sale de la habitación y la sombra detrás de la joven. Pero ahora la jovencita desaparece dejando en su lugar a una señorita…
—Elena, no todo en esta vida son libros. ¿Por qué no vamos a la fiesta de Alison?
—La última vez que hablé con Alison se burló de mi enorme trasero. Por lo tanto, no iré a la fiesta de esa bruja.
—Ella no dijo: «Enorme trasero».
—Tienes razón fue: «¡Gran trasero!».
—¡Sophia, tranquilízate!
La joven golpea a la morena con su codo.
—¡Auch! De acuerdo, eso fue grosero. Pero insisto, no deberías tomártelo tan mal... Entonces, ¿vamos? ¡Por favor! Quiero conocer a mi futuro esposo. No hagas que me arrastre por los pasillos de la Universidad.
—No necesitamos ir a una fiesta para que te presente a tu futuro esposo, ¿sabes? Te lo presento más tarde, si eso es lo que quieres.
—¡Obvio que sí la necesitamos! Me niego a no tener un baile de medianoche con mi príncipe azul. ¡Vamos! No me digas que nunca soñaste con ser Cenicienta.
—¡Elena!
—No me dejarás en paz, ¿verdad? ¡No lo puedo creer! ¡Sophia!
—¡Vamos! Es un ratito. Pequeñito, ¿sí?
—Está bien. ¡Solo un rato! No tengo el estado de ánimo para soportar a la bruja.
—¡Sí! Será divertido.
—¡Sí! ¡Ajá!
La sombra escucha las palabras llenas de sarcasmo y puedo también sentir el dolor y la soledad que la joven siente en su corazón.
Todo cambia, ahora ve a la joven de pie en un rincón observando a su alrededor insegura de no parecer uno de ellos, mirando con envidia a las mujeres bonitas y más delgadas que ella, puede ver a la joven sentirse pequeña e insuficiente.
—Señorita, ¿me concede esta pieza de baile?
Un joven hermoso se acerca a la chica sin malicia, ella puede verlo en sus ojos.
—No sé bailar. Lo siento
Dice la chica insegura, ella ve la expresión del joven un poco de desilusión que suplanta con una de seducción.
—Eso es porque rechazas a quien te lo pide, ¿no lo crees? Por lo que, si continúas así, jamás practicarás. Además, tampoco sé bailar y no me ves preocupado o ¿sí?
La joven ahora es un par de años mayor se encuentra detrás de una puerta escuchando una conversación que su esposo, aquel joven hermoso de ojos grises, mantiene con un hombre que, al parecer, era su amigo…
—¡No lo puedo creer! ¿Esa mujer es tu esposa? ¿Qué paso con tus gustos por las hermosas rubias de largas piernas y cuerpos esculturales?
—Cuida tus palabras Armand ella es mi mujer, para mi es la mujer más hermosa que existe en este mundo.
—El amor te ha segado. Bueno cuando te canses de tu mujer huesos anchos… —el hombre no termina de hablar pues es derribado de un puñetazo en el rostro por el chico de ojos grises.
—Te lo has ganado por faltarle el respeto a mi esposa. Toma tus cosas y lárgate de mi casa.
La chica está asustada y dolida pues se da cuenta de que ella no encaja en el mundo de su esposo y que él la ama tanto que va en contra de aquellos a quienes conoce desde niño y que son sus amigos. No quiere defraudarlo, no quiere que se burlen de él como muchas veces lo hicieron de ella.
La espectadora, mira con tristeza a la joven, ya que no se da cuenta de que esos no son amigos, y que lo único que importa realmente es el amor que su esposo le tiene, más allá de un físico.
La joven está sentada en la enorme cama matrimonial de su apartamento mirando aquellos análisis médicos sobre la infertilidad de su esposo. La espectadora se encuentra de pie a su lado. La joven comienza a llorar por él, no quiere que sufra, que lo marginen como a ella, que se vea frustrado por no poder evitar ser como es, un infértil. Como ella, que es una mujer obesa que por más que haga no puede dejar de comer, dejar de ser el humano asqueroso que es.
Ella, la silenciosa espectadora, se lleva una mano al pecho contraído de dolor al descubrir el horrendo concepto en el que esa joven tan hermosa y llena de vida se tiene.
La joven se encuentra en el suelo de su cocina comiendo todo lo que ha encontrado en su refrigerador. Se nota demasiado triste y el comer al parecer le brinda un consuelo que llena esa parte solitaria y oscura en que vive su alma. Sintiendo una pena infinita por aquella niña ahora mujer y sin poder evitarlo se acerca tocando su hombro en un intento por llamar su atención.
Como está de espaldas, ella no ha visto su rostro, en realidad nunca pudo verlo, cuando la otra siente su toque se gira, sus miradas chocan y ella le pregunta…
—¿Por qué estás triste?
—¿Por qué lo estas tú? —le responde la joven.
—No, yo no lo estoy —le dice acariciando el rostro de aquella desconocida, de esa niña sensible ahora mujer.
—Él no me ama. Me abandonará.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Soy enorme, tan obesa llena de grasa que nadie me ama.
—No estás obesa, en realidad eres muy delgada.
La chica se levanta y cierra el refrigerador para después ofrecerle la mano a ella. La conduce a su recamara, le muestra un enorme espejo, el mismo de su madre. Ella se pone frente a él y le dice —Mírame, míranos somos unos monstruos.
La espectadora se acerca a él, ve el reflejo cadavérico de la chica y niega con la cabeza, después ve su imagen, y es la misma…
—Elena —escucha a lo lejos, todo a su alrededor comienza a desvanecerse y la tristeza y el dolor junto a todos los recuerdos y demonios que la atormentan vienen a ella para acabarla, para aplastarla en la oscuridad…
—Amor. Te amo. Vuelve. Despierta.
Escucha a lo lejos.
EL DIARIOEthan sale de la ducha agotado. Al ver la habitación siente con más fuerza la ausencia de Elena, sabe que ella tiene su espacio en la habitación de al lado, necesita sentirla cerca y donde una vez compartieron el lecho, no la siente. Por alguna razón, no puede encontrar algún indicio que le indique que ella estuvo ahí y no se refiere a ropa o cosas de ella, el busca su esencia, algún recuerdo que indique que Elena dormía cada noche con él, besos, caricias risas. Todo era soledad como si lo que se hubiera ido, fuera solo un objeto decorativo, superficial.
El aire comienza a faltarle cuando recuerda su sueño, ella acusándolo de no escucharla de no mirarla. Sus pasos lo llevaron hasta la habitación de Elena, indeciso de entrar, de invadir su espacio, lo único que recuerda es que ella lo único que le pidió en todo su maldito matrimonio fue esa habitación. Decía que tenía cosas que habían pertenecido a sus padres, cosas que eran recuerdos de su familia y de las que no podía deshacerse, porque esos objetos le ayudaban a no olvidarlos, eso era lo que más temía en el mundo.
La puerta está cerrada con llave, por lo que va a la cocina y busca el duplicado. Al abrir la puerta, siente un escalofrío abrumador, la oscuridad de la habitación le da miedo. No sabe lo que encontrará, nunca le preguntó, nunca quiso saber en realidad. Tantos años y apenas sabía nada, apenas y había notado que su esposa estaba más delgada, enferma y frágil. ¿Ciego? No. Simplemente no la amaba lo suficiente. Enciende la luz, y da un paso atrás cuando al fin puede ver y con horror, los espejos destrozados en la habitación.
Tarda un par de minutos en poder entrar de nuevo, rodea los espejos y va hasta un viejo escritorio, de su padre le había dicho, hace mucho. Un par de cajas yacían sobre él. Abre la primera para encontrarse una hermosa niña siendo abrazada por su padre, otra más donde su padre la llevaba en brazos. Una en la playa con ambos padres, su madre muy delgada, pero, hermosa. Anne más alejada del padre y la hija, su mirada parecía ausente como si estuviera muy lejos de ahí. Se da cuenta que la mirada de aquella mujer es la misma de Elena. No por el color de sus ojos, sino por lo que cuentan.
Se encuentra con documentos, actas de defunción. La segunda caja contiene varios cuadernillos con fechas de años anteriores, eran diarios. De cuando era pequeña. Lo veía en sus dibujos. En ninguno estaba su madre. En otros solo rallones que habían borrado lo escrito antes. Tomó los dos últimos. Quería sentirla cerca de él y de pronto se le ocurrió que esa era una manera de estarlo. Con la yema de sus dedos repasa en una sutil caricia la portada del año anterior. Al principio solo quería tocarlos, sentir su esencia. Aunque, todo le grita dolor y tristeza. No sabe si quiere saber el contenido, no sabe si desea invadir su privacidad.
Entonces se percata de un cuadernillo negro en el piso al lado del espejo que sabía era de su madre. Lo levanta y se sienta en el piso y tras inspeccionar la superficie lo abre. En la primera página hay una foto de ella cuando era pequeña en medio de sus padres. Ella vestía un vestidito azul, con su cabello rojizo algo desordenado y sus hermosos ojos verdes. Era distinta a todas las fotografías anteriores, ella portaba una sonrisa, hermosa y autentica, sus padres también. La imagen de la niña llenita le causa ternura y amor. Ella era su dulce Elena.
"Por amor, día a día me mato un poco más para poder ser lo que el necesita en su vida…"
—¿Qué es esto? — pasa otra página, otra y otra. Era su diario el de ese año.
Cuando Ethan termina de leer sus palabras, ya era de madrugada. Ha leído todos los diarios, ha conocido a una niña solitaria y traumatizada, a conocido a la jovencita que sufría y la mujer que era ahora. Se pregunta, cuanto dolor podía soportar una persona. Aun impactado por descubrir a esa desconocida que tenía por esposa no puede evitar llorar, por ella, por él.
Se da cuenta de lo tonto que fue al creer que la conocía, que la amaba cuando se casó con ella. No, él no podía amarla en ese entonces, no conocía realmente a la persona que compartía su cama, sus días, su vida. Él no la amaba. Cuando se ama no se engaña, no se oculta. Y ella era una mujer con un mar de secretos. Ella era la fachada de mujer que había creado Anne, pero no era Elena.
Debía reconocer que solo estuvo enamorado de la ilusión de una esposa perfecta, de una familia perfecta. Y tuvo que estrellarse cruelmente con el destino para darse cuenta que la perfección no existe, por lo tanto, ahora que conoce a la verdadera Elena, quiere ayudarla, quiere amarla de verdad, darle la atención que nunca fue capaz de darle cuando creía esa fantasía.
Con manos temblorosas guarda todo de nuevo en la caja y el diario lo coloca en el escritorio. Ve su novela favorita, aquella que leía una y otra vez, toma el libro y al abrirlo un sobre resbala. Extrañado, nota que era de un laboratorio, saca las hojas que contenían su nombre eran los resultados médicos. Entonces leyó:
Infértil.
DESPRECIOLa oscuridad deja de serlo, ahora todo son recuerdos, es como volver a vivir lo ya vivido solo que ahora lo mira desde afuera. Siente pena, tristeza por ella misma. Se compadece y lo único que puede hacer es permanecer a su lado porque ha aprendido que solo se tiene así misma. La voz de él llamándola le ocasiona tanta ira, como dolor. Hasta que las cadenas que la mantienen presa en ese lugar, en ese infierno son soltadas.
Ella ya no solo siente dolor en su alma, también lo siente en su cuerpo. Intenta moverse, no pude. Vuelve a intentarlo y de lo único que es capaz, es de mover su mano. Ella abre los ojos una luz cegadora le lastima. Sin miedo vuelve a intentarlo, entonces su mirada se cruza con la de él. Tras sus ventanas grises puede ver su alma, llena de dolor, llena de angustia, llena de remordimiento, llena de amor. Un amor que ahora ya no quiere, un amor que para ella ya no es indispensable, un amor que solo causa dolor. Asustada de recibirlo, de enfrentarlo, huye, si, lo hace al único lugar donde todo es paz y seguridad, donde su entorno puede ser blanco o puede ser negro, regresa a su quimera.
LUEGO DE LA TRAICIÓNViajaban en el auto de Ethan sin mediar palabra. Caroline mantenía la vista en las calles alumbradas por la luz artificial de los locales ya cerrados. Cuando por fin aparcaron frente a su modesto edificio, Caroline, soltó el cinturón de seguridad, tomó su bolso e intentó abrir la puerta del auto para salir de él y evitarles la incomodidad de decir adiós. No la ama, no pretende algo más de ella y ella era consiente de eso. Pero antes de que pudiera escapar Ethan la detiene.
—¡Espera, Caroline! —Su voz era autoritaria, pero tenía ligero toque de gentileza al pronunciar su nombre.
Caroline se acomodó de nuevo en el asiento de piel y cerró la puerta. Finalmente le dijo:
—No me despidas, Ethan. Para mí, después de bajar de este auto lo que pasó en ese hotel nunca ocurrió. —Estaba arrepentida y no podía mirarlo a los ojos, por lo que mantenía la mirada en su regazo. Tampoco quería que viera su amor por él.
—No voy a hacerlo. Tu trabajo jamás se verá afectado por nuestros asuntos personales. —Pero ella dudaba que fuera verdad—. Escúchame un momento. Por favor.
—Sí —aceptó escucharlo, aunque, no quería hacerlo. Estaba arrepentida y no comprendía como había arriesgado a perder la estabilidad que su hermana y ella obtuvieron de la caridad de Elena. Tenía miedo.
—No sientas remordimiento, hermosa. Me siento honrado por el regalo que me has dado. Sé que no debería estar aquí, que mi lugar es en otro lado…
—¿Por qué la engañas? ¿Por qué lo hicimos? —Ella no encontraba una verdadera justificación a la traición de ambos.
Ethan miró fuera de su ventanilla antes de hablar:
—No puede tener hijos y yo no puedo conformarme.
—No lo sabía…—Elena nunca le comentó ese dato tan importante cuando lloraba porque él había discutido con ella, para Caroline las cosas tomaban más sentido con esa verdad, ahora miraba la situación desde otro ángulo muy diferente. Pensaba que Elena era una egoísta—. ¿Por qué no has terminado esa relación?
—No voy a mentirte, Caroline. De alguna forma yo la amo y la necesito en mi vida —Le dolieron sus palabras, aunque no debería, ella era la intrusa después de todo.
—No entiendo cómo puedes amarla y engañarla con otra mujer, su mejor amiga.
—No lo sé. Pero lo que sí sé, es que voy a estar con ella para toda la vida.
—Comprendo. Creo que será mejor que vaya a casa y no te preocupes. Será como si jamás hubiera sucedido —No quería que él pensara que deseaba ser su amante, esa era una situación de la que no se sentía capaz de soportar.
—Gracias, Caroline. Por comprender.
Caroline bajó la mirada y salió del auto sin mirar atrás, ya que lagrimas corrían por su rostro.
Cuando entró al departamento vio a Jessie salir a su encuentro y se maldijo. Por haber sido tan débil.
—¡Por Dios, Caroline! Estaba preocupada pensé que algo te había sucedido. ¿Qué pasó?
—Extravié un expediente y no pude marcharme hasta encontrarlo.
—¿Por qué no me avisaste?
La preocupación de Jessie fue palpable y ella estaba tan nerviosa, que le dio la espalda fingiendo colgar su abrigo y bolso en el armario de la entrada.
—Lo siento, no volverá a ocurrir. Ahora vayamos a dormir, fue un día terrible y estoy cansada.
Estando en su habitación, Caroline, recordó la manera en que la amó. Aunque entre sus brazos había sido muy feliz, no podía dejar de sentirse una sucia traidora, no podía dejar de pensar que Elena lo sabría tarde o temprano. Pero también deseaba con todo su corazón tener la fuerza para enfrentarlo a él, día con día en esa oficina. Las cosas jamás serian como antes, porque ahora sabía lo que significaba ser besada, acariciada, abrazada y amada por ese hombre hermoso y sexualmente maravilloso, tierno, pasional y era prohibido.
A la mañana siguiente ella se encontraba trabajando tan temprano como siempre. Preparó el café, como a él le gustaba. Cuando llegó, ella lo saludó con una sonrisa al igual que él. De esa forma, fingiendo que nada ocurrió entre ellos, transcurrieron tres semanas, cada día era una tortura para ella quien sentía cada centímetro de su piel arder ante el recuerdo de los besos y caricias que le regaló esa noche. Sufría en silencio ese amor prohibido, luchaba por no caer rendida a sus pies y suplicar las migajas que solo podía ofrecerle si acaso el quisiera hacerlo. Ya se lo había dicho, él no iba a dejar a Elena. Verlo interactuar con Elena cuando ella iba a buscarlo a la oficina con su cuñada, le partía el corazón y los celos la carcomían por dentro.
No podía dejar de sentirse una ramera, pero lo peor venía cuando Elena la llamaba y la invitaba a comer o a salir a tomar un café. La rechazó en varias ocasiones, hasta que se quedó sin excusas. ¿Cómo decirle a tu amiga que no puede serlo más porque se acostó con su pareja? Definitivamente no había frases o palabras para no dañar a esa persona tan querida.
—Hola, Caroline. Me alegra que en esta ocasión hayas podido acompañarnos —dijo una alegre Elena, quien aguardaba su llegada en compañía de Jessie.
—Sí, a mí también me da gusto. Pero ese jefe odioso que tengo…
Ese día compartieron como antes de su traición, Elena fue tan amable y llena de cariño para ella y Jessie como siempre, que le dolía y a la vez la llenaba de rabia, porque quería odiarla, pero no podía hacerlo. Ya que, gracias a Elena, su hermana tuvo una mejor vida, gracias a Elena había tocado el cielo con un hombre maravilloso.
Cuando regresó a la oficina lo hizo con la convicción de jamás volver a mirar, ni pensar en él como algo más que su jefe y el esposo de su única mejor amiga, pero todo eso se derrumbó, cuando un día entró a la oficina y lo encontró bebiendo sentado en su asiento y mirando hacia ella.
—Señor, he regresado. ¿Se le ofrece algo? —Él la miró de pies a cabeza mientras bebía su whisky, se relamió los labios saboreando los restos de la bebida. Hipnotizada ante la imagen de poder y lujuria que emitía ese hombre hermoso, sintió las piernas temblar ante el deseo que se posaba en su vientre y su centro.
De pronto, le entraron ganas de salir corriendo de la habitación antes de cometer de nuevo una locura. Se dio media vuelta dispuesta a huir...
—¡Caroline! —Llamó él. Caroline se quedó quieta, tomando la manija de la puerta que la liberaría de otra traición o la condenaría al infierno, pues sabía que, si él se lo pedía —convertirse en su amante—, en esa ocasión no tendría la fuerza para negarse. Lo deseaba como nada en el mundo, lo amaba tanto que le dolía. Y lo pensaba con obsesión y locura.
—No lo hagas —le dijo ella con voz poco convincente.
—¿Qué no haga qué? —le respondió él. Sin que ella lo notara, ya estaba detrás suyo aspirando el aroma de su cabello y hablándole en el oído con voz ronca de deseo.
Su cuerpo tembló.
—Necesito tu cuerpo. —La giró y estando ambos de frente, mirándose a los ojos no resistieron la lujuria.
De nuevo cayó en la tentación de lo prohibido, pero ya no podía hacer más, estaba perdida y enamorada como una tonta.
Su relación clandestina permaneció oculta durante dos meses hasta que Jessie los descubrió.
Eran las tres de la mañana cuando el auto color plata se estacionó frente al edificio. Jessie temía que su hermana estuviera en malos pasos, pues llegaba casi siempre muy tarde, la notaba ausente en ocasiones, ya no platicaban acerca de sus secretos íntimos, ella parecía rehuir de su mirada y evadía sus preguntas. Quería saber quién era el hombre con el que ella estaba saliendo.
La esperaba medio oculta en la entrada del edificio, cuando vio estacionarse el auto de Ethan. Eso no la sorprendió, lo que sí lo hizo, fue que él se bajó del auto para abrir la puerta del lado de su hermana y que cuando Caroline salió, lo abrazó. Jessie no podía creerlo, lo peor vino cuando él se soltó de su agarre solo para recargarla en el auto y besarla como si quisiera tragársela. ¿Cuántas veces ambas vieron llorar a Elena cuándo decía que había discutido con Ethan? Caroline la había consolado, abrazado y llorado en una ocasión con ella. ¿Por qué lo hizo? ¿Por remordimiento? ¿Por qué era una muy buena mentirosa? Sin poder contenerse llena de rabia, pero sobre todo de decepción, ya que su hermana representaba su heroína, su puerto seguro y era duro saber que no era quien ella había creído.
Salió de entre las sombras…
—Buenas noches, señor Donovan.
Ethan se irguió soltando a Caroline de inmediato. Al mismo tiempo, se giró para mirar a Jessie.
—Jessie. ¿Qué haces aquí? —preguntó Caroline.
—Me dejé las llaves dentro, te llamé, pero tu teléfono estuvo apagado todo este tiempo, así que mientras le quitas el marido a tu mejor amiga yo estoy aquí a las tres de la mañana muerta de frío, con hambre y esperándote.
Ethan no sabía qué decir, pero le molestaba que lo juzgaran a él y a ella.
—Jessie, este no es el lugar apropiado para hablar, ¿por qué no lo hacemos adentro? —habló él en tono autoritario como solía hacer, lo que hizo enfurecer más a Jessie.
—Disculpe, señor Donovan, pero no tengo nada de qué hablar con usted. Caroline, las llaves.
Jessie entró al departamento, esa fue la última vez que le dirigió la palabra a Ethan. A pesar de que un día lo apreció como aun familiar lejano, tal vez como a un tío.
Caroline entró cinco minutos después a la habitación de Jessie.
—¿Por qué entras sin avisar?
—Jessie, déjame explicarte.
—No hay nada que explicarme a mí, hazlo a ella. Solo te pediré un favor: ¡No quiero que ese hombre ponga un pie en esta casa, jamás!
—No puedes prohibirme eso mocosa insolente. ¡Es mi novio te guste o no!
—No. No lo es. Es tu amante y como tal merece ser tratado. Si él entra yo salgo, Caroline. No le diré nada a Elena porque eres mi hermana, pero no me pidas más porque no lo voy a tolerar cerca de mí.
—¿Me estas llamando puta?
—No he dicho eso, pero tampoco te comportes como tal. ¡Sal de mi habitación! —Jessie no podía estar a favor de lo qué hacía su hermana.
Caroline salió dando un portazo, furiosa. Entre ambas hermanas se abrió un enorme precipicio, su comunicación se había vuelto solo necesaria para las cosas superficiales de la casa, su camarería desapareció. Aun cuando Caroline intentaba acercarse a su hermana esta ponía una barrera impenetrable llena de reproches que era mejor evadir.
Pasaron los meses siendo ella la sombra de su amante, el secreto de Ethan. La oscuridad de la ignorancia de Elena. Fingiendo ser lo que ya no sentía, reclamando en secreto al hombre prohibido.
Pero como todo lo que empieza mal, acaba mal. Su relación terminó. La humillación que él le hizo, obligándola a reservar una mesa para su cena especial de aniversario, las flores y toda esa estupidez de su trato, todo la llenó de odio puro. Dejándose llevar por el sentimiento de los celos, un pésimo consejero. Lo citó para aclarar su situación, quería convencerlo de la única forma en la que su relación se basaba, el sexo. Con lo que no contó, pero que le cayó como bendición fue la presencia de su amiga y la esposa de él, en el restaurante. Ahora Elena creía que Ethan jugó con ella, que la engañó de nuevo. Esperaba que interpretara todo como una burla, ya que había confesado sus secretos y dudas a la amante de su esposo. Ahora esperaba la ruptura y así poder consolarlo y demostrarle que siempre estaría para él.
Y después del descubrimiento de su traición, Caroline, llega a su departamento pasada la medianoche. Está satisfecha ante el dolor que sin querer ha provocado a Elena. Está contenta porque ya no tiene que fingir más una amistad que en realidad no tienen. Ya no tiene que seguir fingiendo que la ama, ya no tiene que seguir ocultándose en las sombras, ni negar lo que siente por Ethan. Ahora puede gritar a los cuatro vientos que ama a Ethan y eso es algo bueno para ambos. Ha ganado la primera batalla al final del día. Ya no puede arrepentirse y tampoco quiere hacerlo. Elena ahora sabe quién es su rival. La mujer con la que no puede competir, porque no puede darle a Ethan lo que tanto desea. Y espera que Elena, tenga un poco de dignidad o un gramo más de cobardía y se aleje de Ethan.
Después de tanto pensar se fue a la cama y duerme como hace tanto que su conciencia no se lo permitía. Caroline duerme tranquila porque está preparada para hacerle frente a la esposa de su amante.
A la mañana siguiente se levanta temprano para llegar media hora antes a la oficina; quiere tener el tiempo suficiente para prepararse para lo que se avecina. Se imagina a un Ethan furioso y diciéndole que todo se acabó, sabe que la echará a petición de Elena. Aun así, le dirá que nada en ella cambiará a pesar de lo que siente y piense en ese momento. Le dejará en claro que lo esperará el tiempo necesario hasta que se dé cuenta que ya nada le espera con Elena y que es a ella a quien en verdad quiere en su vida.
Cuando llega a la oficina nada de lo que pudo haber imaginado sucede. Las horas pasan y él jamás llega. Jonathan ha ocupado el puesto de Ethan, tomando las decisiones que había que hacer. Ella no tuvo el valor para preguntar por su jefe, ahora examante. No sabe los motivos de Ethan para no asistir a trabajar. En algún momento se pregunta si todavía está suplicándole perdón a su esposa. «¡Patético!». Piensa.
La jornada ha terminado y ella suspira por el largo día de trabajo. Toma sus cosas y se dirige al elevador. Cuando las puertas de la caja metálica se abren, se topa con Brisel la secretaria de Jonathan. Apenas sube al ascensor cuando Brisel comienza a bombardearla.
—Caroline, ¿sabes cómo sigue la señora Donovan? —Brisel era una mujer alta y delgada que tenía alrededor de cuarenta años y su voz gangosa estresa a Caroline.
—Discúlpame, Brisel, pero, no sé de qué hablas —lo que menos quiere hacer Caroline, era hablar de Elena.
—¿De qué más voy a hablar? Del accidente de la esposa de tu jefe.
Caroline está más que sorprendida. Las puertas del ascensor vuelven a abrirse y ambas mujeres salen a la recepción del edificio. Elena había tenido un accidente, eso explicaba por qué Ethan no había llegado a trabajar ese día.
—¿Cuál accidente?
—¿Es que no has hablado con tu jefe? —la mujer parecía decepcionada de que no obtendría su esperada información.
—No. Cuéntame qué pasó.
Ambas mujeres continuaron su salida del edificio, se dirigieron a la parada del autobús caminando lentamente.
—Ayer que fue su aniversario, se quedaron de ver en un restaurante, pero ella nunca llegó porque se accidentó de camino a la cita. Lo que escuché decir a mi jefe a Oliver es que está en coma y al parecer no hay mucha esperanza de que sobreviva. No sabes, la señora y él, estuvieron toda la noche apoyando a la familia…
Caroline deja de escuchar a la horrible mujer, siente que el corazón le golpea fuertemente, y que las piernas se le doblan, tiene que sujetarse del respaldo de las butacas de la parada de autobús. No puede creer que Elena hubiese sufrido un accidente y que estuviera al bordo de la muerte. Si bien quería que desapareciera de la vida de Ethan, no deseaba que fuera de esa manera. No le deseaba la muerte, ella había dado el apoyo a Jessie y seguía haciéndolo, sabía que, con su distanciamiento, Jessie había tomado a Elena para ubicarla en su lugar, hasta que ella recapacitara y dejara a Ethan. Elena, era tonta pero buena. No merecía la muerte, luego pensó en él. En lo terrible que debería sentirse, lleno de culpa y dolor.
—… Entonces ¿qué dices?
—¿Qué? Disculpa la noticia me impactó, ¿qué es lo que decías?
—Pues que todas las secretarias queremos darle el apoyo al señor Donovan, pero no sabemos si es conveniente que vayamos a verlo al hospital. Ya sabes, que el sienta que su personal lo apoya en este momento tan terrible para él y su familia.
Caroline toma aire antes de responder.
—No lo sé.
—¡Pero si tú lo conoces más que nosotros! —Brisel toma su mano y la mira fijamente a la cara. Caroline entiende la indirecta: «Tú eres su amante, tú eres su amiga». Brisel solo está molestándola.
—No lo creo conveniente, además, es algo muy íntimo. Pero en cuanto hable con él, le haré saber de su apoyo.
La mujer le regala una sonrisa hipócrita.
—De acuerdo.
Un taxi se aproxima y Caroline hace la parada, abre la puerta trasera y antes de subir al coche se despide de la horrenda mujer.
—¡Qué pases una buena noche, Brisel!
—¡Igualmente, querida!
No llama a Ethan, porque no quiere escucharlo decir que no vaya al hospital; por lo que decide ir a verlo la mañana siguiente.
MENSAJEEthan camina el largo pasillo que conduce hasta el consultorio de su padre. Había recibido un mensaje muy temprano pidiéndole que lo buscara en el hospital. No tenía ni una idea de lo que quería hablar con él, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de verlo y saber cómo estaba su madre. Toca suavemente la puerta y cuando el hombre dentro de la habitación le da el pase, entra.
—¡Buenos días! —saluda al hombre rubio, tan distinto a él. No, no eran parecidos porque no es su padre biológico.
—¿Buenas? —pregunta Joseph con molestia. Ethan que nunca fue un hombre dócil se traga su malestar—. Te cité para entregarte estos documentos —Joseph, le tiende un sobre amarillo—, aquí encontrarás todo lo que quieras saber sobre tus orígenes.
Ethan observa el sobre un momento antes de levantar la vista hacia los ojos de su padre.
—No quiero saber nada.
Joseph, suspira.
—Ese es tu problema, cuando las cosas no te gustan las ignoras o las tratas de ver según tu lógica. Es por eso qué ahora tu vida es un desastre, no afrontas los problemas. ¡Ya madura, Ethan!
—No se trata de inmadurez, ella me abandonó. ¿Por qué querría saber de esa mujer?
Joseph niega con la cabeza.
—Ethan, antes de armar conjeturas, mejor investiga. En otras palabras, guárdate tus pensamientos para ti mismo. Es desgastante ver y oír tanta destrucción provocada por ti.
—¿Por qué me hablas así? Soy tu hijo. Adoptivo o no, lo soy. Se supone que ustedes adoptan porque van a amarnos con o sin defectos. Aun cuando los hijos son de sangre eso no garantiza que serán buenos o malos. ¿Sabes? Al final ustedes son peor que yo. Me han dado la espalda y eso es precisamente lo que yo no deseo hacerle a un niño inocente.
—De nuevo más mierda. Escúchame bien, Ethan… preguntas por qué te hablo así. Porque en ocasiones los hijos necesitan mano dura, mostrarles la realidad de las cosas. Siempre lo tuviste todo, nunca tuviste carencias de ningún tipo. Dinero, carros, educación de excelencia, nunca tuviste problemas para conseguir lo que querías, todo en esta vida se te dio sin ningún esfuerzo de tu parte, convirtiéndote en un egoísta, manipulador caprichoso y patán.
»Te encerraste en una burbuja de perfección que no existe. Emma está molesta y dolida, se pregunta qué hizo mal para que tú resultaras la clase de hombre indeseable que no necesita el mundo. Yo le respondo: «Nada, Emma, no has hecho nada mal». Te dimos comprensión apoyo incondicional para todo lo que has decidido emprender, no sé en qué momento te desviaste del camino, pero lo hiciste y aquí está, frente a mí el resultado. Pero si no deseas saber nada más, entonces quédate solo y aprende a resolver tus problemas, mira tus errores y aprende de ellos, madura. La próxima oportunidad que tengamos de charlar, espero ver en ti un mejor ser humano, un buen hombre.
Ethan sabía todo eso, no era un estúpido, pero honestamente no veía una razón para conocer ese pasado que ellos mismos le habían negado.
—Siento haberlos decepcionado. Y sí, intentaré ser un buen hombre.
—¿Intentar?
—Seré un buen hombre del que se sentirán orgullosos — dice Ethan más para sí mismo que para su padre.
Joseph lo observa. Ethan intenta no preguntar, sin embargo, no puede y lo hace.
—¿Cómo está?
—¿Por qué querrías saber?
—Porque es mi esposa.
Joseph niega con la cabeza, Ethan suspira y vuelve hablar.
—La amo, quiero saber cómo está.
—Ethan, la culpa no es amor.
Avergonzado, baja la mirada y asiente.
—Te dejaré verla un momento, pero entiende que cuando ella despierte, debes salir de su vida.
Asiente, porque acepta que merece su desprecio y su odio, aunque en el fondo se dice que no descansará hasta que ella lo perdone y vuelva a su lado. Y si para conseguirlo tiene que cambiar y ser un buen hombre, él lo haría. En cuanto a su madre se promete hacer que vuelva a sentirse orgullosa de él. Se promete enmendar sus errores.
«Entro a la habitación, la observo dormir pacíficamente, como si lo que estuviera soñando fuera hermoso, el paraíso a lo mejor. Me pregunto si entre esos sueños alguna vez estoy yo, como cuando éramos felices.
Los cinco minutos han transcurrido y debo salir. Me acerco a ella le pido que vuelva, le hago saber que la amo».
ERROREthan había pasado el día anterior y toda la noche en un rincón en la sala de urgencias del hospital, no había querido alejarse de Elena. Estaba seguro de que ella despertaría en cualquier momento y quería estar allí cuando pasara. Pero las llamadas de Jonathan acerca del caso de Jean Carlo, lo tenía nervioso. Haciéndolo dudar acerca de las capacidades de su gente en el caso. Estaban perdiendo. Y no fue hasta el siguiente día que decidió tomar cartas sobre el asunto.
En cuanto vio a su padre llegar al hospital, va a su departamento a tomar un baño y descansar un poco, ha dormitado en el hospital por lo que decide dormir un par de horas antes de ir a la oficina. Todavía es temprano cuando se despierta y no por la alarma del despertador, parecía que apenas había cerrado los ojos, pero en realidad había pasado solo una hora. Quella lo estaba llamando.
—¡Quella!
—Tú puta tuvo el descaro de venir al hospital. Si no la controlas tú, te juro que la próxima vez que la vea…
—¡Quella, yo lo arreglo!
—Más te vale sacarla de la vida de Elena, porque si no lo haces tú lo haré yo.
Quella termina la llamada.
Sentado en la cama gira su cuello para aliviar la tensión. Se levanta de la cama y se alista para ir a la oficina antes de pasar al departamento de Caroline, donde supone que está.
SEÑORALlega en taxi al hospital, piensa que Ethan debe sentirse culpable por lo sucedido y ella también, aunque no deja de creer en que Elena era una mujer débil, tonta y mártir. Conociendo a Brisel y su tendencia a exagerar las situaciones o mejor dicho, los chismes, ha decidido restarle importancia al asunto.
Camina a hasta la recepción, pero en su camino es interceptada por Sophia, quien la sujeta del brazo enterrándole las uñas.
—¿A dónde vas?
—¡Ah! ¿Qué te sucede? ¡Suéltame! —Intenta soltarse del fuerte agarre.
—Vamos a fuera, ¿O quieres que todos se enteren la clase de mujerzuela que eres? —escucha la voz amenazadora de Quella a sus espaldas. No puede creerlo, ¡Ellas lo saben todo!
Sin decir nada caminan hacia el estacionamiento y entre dos autos estacionados, se detienen. Caroline las mira de frente con la barbilla en alto. Porque ellas no iban a intimidarla, no estaba dispuesta a ser humillada por un par de idiotas que no sabían ni tenían idea de la vida.
—¡Maldita zorra! ¿¡Todavía tienes el cinismo de presentarte aquí!? —le grita Quella.
—Mide tus palabras, yo no voy a tolerar a una niña grosera y mimada. Y no sé de qué me hablas.
—Ya no finjas, ¡maldita descarada! Lo sabemos todo —esta vez fue Sophia la que responde con odio.
Quella continúa:
—No pienses que ella está sola, nos tiene a nosotras. Si crees que vas a destruirla, te equivocas. Si quieres quedarte con el patán de mi hermano, hazlo. Los dos son igual de despreciables. Pero ya sabes cómo va a tratarte, porque eres traidora y sabe que nunca podrá confiar en ti. Todo el daño que le has provocado a Elena, Ethan, te lo devolverá con creces. ¿Crees que un hombre que ha traicionado a su esposa no será capaz de traicionar a cualquier otra mujer? ¿Crees que te ama? ¡Solo te ve como una incubadora de sus despreciables espermas! Nunca serás aceptada en mi familia, mis padres lo han repudiado y por lo tanto siempre serás la que destrozó su matrimonio y lo separó de su familia. Y eso, querida, pesa con los años.
—Me da gusto que Elena las tenga a ustedes porque va a llorar cuando él la deje por mí, cuando tengamos un hijo y nos vea muy felices. Y en cuanto a ustedes, él no los necesita. ¡Por Dios! Ni que fuera un chiquillo que ande detrás de las faldas de mamá. —Quella la abofetea. Caroline la mira con una sonrisa burlona.
—¿Ya terminaste o quieres la otra mejilla? —le pregunta a la pequeña mujer y hermana del hombre que ama. Quella la miraba con ganas de asesinarla.
—¡Quella! —Emma, ha llegado por detrás de Caroline, ella vio todo a distancia. Se acerca con paso decidido. Al encontrarse frente a la amante de su hijo ella finalmente descarga su ira sobre ella—: Hasta una prostituta tiene más clase al saber cuál es la posición que ocupa en la vida de un hombre adúltero. Es obvio que usted al presentarse de esta manera tan sin vergüenza, no la tiene. ¡Salga de aquí y no vuelva! Si tiene algo que hablar con mi hijo, hágalo donde siempre lo hacen, entre la porquería de sus bajas pasiones.
—No le permito…
—Usted no me permite nada señora que no es más que el objeto de lujuria de un hombre vil y que lamentablemente es mi hijo. ¡Largo de aquí!
Caroline se va con lágrimas en los ojos y un profundo dolor en pecho por la humillación de esa mujer, era evidente que nunca será aceptada en la familia Donovan.
SE ACABOLlega a la oficina para verificar los avances del caso de Jean Carlo. El personal lo mira y ve en sus ojos lástima, y lo detesta. Al llegar a su piso se sorprende al encontrar a Caroline sentada en su escritorio, pensó que por todo lo que había pasado con Elena, pues ya estaba enterada, ella se marcharía, que les evitaría la amargura, la vergüenza y el mal rato, pero al ver su cinismo… Un torrente de furia lo baña de pies a cabeza. Tiene los labios apretados intentando encontrar la manera menos agresiva de echarla.
—Señor Donovan… —ella se ha puesto en pie, sus manos en su pecho y rostro de remordimiento. Pero Ethan piensa que ya es demasiado tarde para sentirlo.
—Pasa a recursos humanos por tu finiquito y una indemnización por tu despido injustificado.
—¿Es por lo que sucedió esta mañana con tu madre y tu hermana?
Ethan que ha avanzado ya un par de pasos hacia su oficina, se detiene en seco al escucharla. Se pregunta qué sucedió entre ella y su madre. ¡Su madre, estaba involucrada! Se maldice por no haberle preguntado los detalles a su hermana.
—¿Qué? ¿De qué hablas, Caroline?
—Fui a buscarte esta mañana….
—¿Por qué mierda hiciste eso? —Ethan camina hacia ella con los ojos inyectados en sangre por la furia contenida, por el cansancio y la preocupación.
—Porque se cómo te sientes y…
—Tú no tienes ni una puta idea de cómo me siento. No me hagas llamar a seguridad, tienes diez minutos para irte y no volver jamás.
—Ethan por favor escúchame…
—¡No! ¡Vete ahora mismo!
—Está bien, solo quiero que sepas que te amo y que estaré esperándote.
—¡Lárgate de aquí!
JESSIECaroline sale sin esperar respuesta por parte de él. Al entrar al área de recursos humanos, descubre que ya la esperan con el papeleo. Por lo que se siente más que humillada, porque seguramente la orden había sido emitida desde un día antes y Brisel ya lo sabía cuando la interceptó el día anterior.
Pasaron los días y Caroline no puede superar el rechazo de Ethan. Sin saber lo que estaba pasando con él y con Elena, todos los días revisa los periódicos matutinos en busca de noticias acerca de él. Por mucho que no le gustara, una parte de ella, la egoísta, buscaba el titular de la muerte de la esposa del mejor abogado de Chicago. Sintiéndose cada día más amargada arroja el periódico. Toma su taza de café que yace frente a ella y da un sorbo, era una mañana fría o tal vez lo era su corazón.
—¿Por qué no has ido a trabajar? —pregunta Jessie mientras que se sienta frente a ella en la mesa del comedor. Caroline no le responde, sigue sumida en sus pensamientos—. Ayer fui a casa de Elena y no la encontré, su celular ha permanecido apagado, o bien, no ha querido responderme. Tú no has ido a trabajar, tu amante no ha llamado, ni se ha aparecido por aquí. Ella al fin lo sabe, ¿cierto?
—Sí —responde con voz apagada.
Caroline que no le dirige ni una mirada a su hermana, solo la escucha suspirar.
—Supongo, que todo salió mal —Caroline nuevamente no responde, lo que menos desea es escuchar el «Te lo dije» de su hermana—. ¿Piensa que yo también jugué con ella?
—Tuvo un accidente el día que lo supo.
Jessie arrastra la silla frente a su hermana y se sienta.
—¿Cómo sucedió? ¿Ella está bien?
—No lo sé, solo que está en estado de coma, o, al menos, lo estaba cuando me enteré. Pero a este tiempo, supongo su estado ha cambiado.
Caroline levanta la mirada hacia su hermana que está negando con la cabeza, le duele verla preocupada por Elena.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Solo te preocupas por ella, ¿qué hay de mí? Ni siquiera me preguntas cómo estoy. Ethan terminó conmigo y me echó de la oficina, pagando muy caro mi silencio como si fuera una cualquiera, cuando fue él quien me pidió que viviéramos juntos.
—¡Vaya hasta que el patán salió a la luz! ¡Te lo dije! —Caroline tuerce los labios—. Él no era de fiar.
—Jessie, por favor ya basta. Estoy sufriendo, ¿qué no lo ves?
—No te quejes ni te hagas la víctima. Muchas veces te dije que él no te amaba.
—¡No seas cruel! —dice Caroline con una mano en su pecho y la otra la mantiene hacia enfrente intentando protegerse de las palabras de su hermana. Las lágrimas caían de sus ojos dejando un camino en su rostro.
—¿En qué hospital está?…
ESPERANDOTEHan pasado diez días en las que Ethan la ha visto dormir, porque para él, eso es lo que está haciendo ella. Y se ha prometido esperar hasta que quiera dejar el mundo de los sueños y volver a la realidad, volver a él.
Sale de la habitación y se encuentra de frente con Quella, ella está esperando por el pase, al igual que él, ha ido cada día sin falta para verla y hacerle compañía. Quella estira su mano para recibir el pase, más no le ofrece una mirada y Ethan no puede resistir el deseo de pedir perdón, de abrazarla. La toma de la mano y la sorprende encerrándola entre sus brazos.
—¡Perdóname! —dice entre lágrimas. Llora por haber perdido a su esposa, a sus padres, a su hermana, su compañera de juegos y aventuras. Y le duele.
—No me toques, Ethan. Mi madre biológica es una loca que está en un sanatorio, puede que yo también desarrolle su enfermedad. Por lo que, te evitaré la pena de tener una hermana adoptiva enferma irremediablemente. —Ella reprocha sus palabras con sarcasmo. Ethan no sabe nada del pasado de su hermana. Quella lucha por soltarse de su abrazo. Lágrimas recorren su rostro. Ethan quiere cortarse la lengua, maldice su crueldad y estupidez.
—¡Escúchame, Quella! ¡Por favor, solo un momento! —La mira a los ojos y puede ver su dolor, entiende que al enterarse de su vida anterior ha sido un impacto fuerte tanto para ella, como para él. Lo sabe y ve su miedo, es el mismo que él siente.
—Ya has hablado demasiado y me duele ver que eres un monstruo. Un hombre sin corazón. ¿Cómo pudiste, Ethan? ¿Cómo pudiste hacernos esto?
—No, Quella. Escúchame, ¿recuerdas a Nick? él y su esposa adoptaron, la niña resultó tener anemia falciforme. Pero cuando Nick y su esposa lo supieron, la noticia casi destruye su matrimonio.
—Seguro tu amigo es un idiota al igual que tú —Quella le dice con odio, imaginando las razones por la casi destrucción del matrimonio.
—Sin embargo, ellos aman a la pequeña Nat. Aun así, ver a la niña sufrir, es una pena que ni el mismo Nick le desea a su peor enemigo. Y ¿sabes cuál es la cura? Un trasplante de medula ósea. Su madre era una mujer de la calle que murió en el parto. No hay forma de contactar a familiares porque nadie supo quién era la mujer. Ahora solo controlan la enfermedad con vacunas de penicilina, suplementos y fármacos para el dolor. Cuando me llama para desahogarse, pienso que no podría tener la fuerza para soportar una pena tan grande. Sin embargo, sé que amaría a ese niño, pero si puedo evitar el riesgo de pasar por algo similar, ¿por qué no hacerlo? Mira, Quella, no fui bueno comunicando lo que siento o mis razones, ni con Elena ni con ustedes, soy un idiota. Pero nunca te rechazaría.
—¿Cómo puedes estar tan seguro que eso no te pasaría con tus propios hijos?
—Porque nunca hubo casos de enfermedades extrañas en la familia de Elena y creía que en la familia Donovan tampoco había casos de enfermedades hereditarias.
—Y ahora, Ethan. ¿Qué harás para saber acerca de tu familia?
—Ya no importa. Elena me mintió, yo soy el estéril.
—¡Ethan!
—Tal vez es mejor así. Soy una mala persona, Quella. Pero quiero que sepas que tú eres mi hermana, de sangre o no, lo somos y no me importa quienes son tus padres o si puedes desarrollar una enfermedad mental, yo siempre estaré contigo. Siempre, porque sé que tú nunca me abandonarías en algo así. Te amo. Piénsalo por favor. —Suplica por su perdón, la suelta de su fuerte agarre y finalmente, deposita un beso en su frente y disponiéndose a dejarla en paz, se aleja rápidamente.
Quella, que era incapaz de odiar por demasiado tiempo a su hermano lo llama:
—¡Ethan!… —Al escuchar su voz se gira para mirarla—. Tengo miedo.
Corre a sus brazos como cuando eran niños y ella juraba que, debajo de su cama, había un monstruo que quería llevársela, la envuelve entre sus brazos fuertemente, ambos lloran. Esta vez entiende la sensación de sentirse perdido, ella sabía su procedencia, pero él no se atrevía a descubrir de donde provenía. Se decía que era un cobarde, sin embargo, no le importaba, en este momento no se sentía capaz de resistir más sorpresas desagradables. Además, era más importante para él apoyar a Quella y hacer que su esposa recuperara su salud, tanto mental como físicamente; y de su madre, Emma, tenía que obtener su perdón por la terrible ofensa y decepción.
—Vamos, pequeña, todo saldrá bien. ¿Quieres hablar sobre eso?
—Mamá vendrá en una hora, tal vez podamos hablar.
—De acuerdo, hablaremos. Estaré en la cafetería esperándote.
—Sí.
Y mientras se dirige a la cafetería su móvil timbra. Es Jonathan.
—Buenos días, Jonathan. —saluda más por cortesía que por ganas de hablar con él.
—Ethan, ¡Ganamos el caso! El infeliz estará veinte años dentro.
—¡Suena bien! —dice realmente sin interés.
—Lo siento no debí molestarte con esto, pero sé lo mucho que te importaba este caso, sobre todo por el chico. ¿Cómo está Elena?
—No lo sé —Ethan hace una mueca, si bien, le permitían verla por un lapso de cinco minutos nadie le decía nada sobre su estado.
—Todavía se rehúsan a decírtelo —afirma Jonathan, chasquea la lengua—. Le diré a mí esposa que le pregunte a Emma y te informaremos. —Ethan ríe amargamente. Esto no estaba bien, era su esposo y sin embargo tenía que recurrir a maniobras oscuras para obtener información de su propia esposa…
—Gracias.
—Me despido. Y no te preocupes más por el trabajo; todo en la oficina marcha bien.
DÉJALA POR FAVORCuando Quella entra a la cafetería, Ethan se pone de pie para hacerse notar, entonces ella camina hacia él con paso decidido. Ethan la abraza nuevamente a su llegada. Recorre una silla para ella. siempre había sido un hombre de buenos modales, pero con un pésimo carácter y un ser despreciable con las mujeres, un patán, él lo sabía. La única mujer que había tomado en serio había sido a Elena, con Caroline… ahora sabía mejor, si Elena no hubiera existido en sus vidas, tarde o temprano hubieran fracasado. Nunca tuvieron una oportunidad realmente.
—Sé que quieres saber de ella, pero no puedo decirte. Lo siento.
—No lo hagas. Yo… Siento mucho más lo que le hice.
—De verdad estabas dejando a Caroline, o solo lo dices para justificarte.
—Rompí con ella esa tarde. Tenía que viajar a New York con urgencia, llamé a Elena y le dije que cuando volviera arreglaría todo. Caroline al enterarse me amenazó con decírselo primero a Elena si no hablábamos. Así que tuve que ceder y hablar con ella.
—La gente que te vio dijo que eras todo un amor con esa mujer, no creen…
—No cree Jeff que la estaba dejando.
—Sí, Jeff. Y Sophia le cree a su marido.
—Bien. Entonces es bueno que solo le tengo que entregar cuentas a Elena.
—Dime la verdad, no importa cual sea. Porque mi verdad es que no abogaré por ti de ninguna manera.
—La estaba dejando, estaba intentando que…
—Le diste un regalo o estabas comprando su silencio.
—Quella, deja de interrumpir. La terminé esa tarde, me amenazó, así que cedí, tenía esa maldita joya en mi poder desde hace un maldito mes, no podía regresarla, no podía quedármela, y dársela a Elena no era lo correcto ni siquiera para mí. Al ir con ella, quería terminar por lo sano, responder todas sus malditas preguntas, hacerla entender de que lamentaba haberla ilusionado con una vida que honestamente era imposible. Por nosotros, nuestro pasado y nuestras familias, nunca estarían de acuerdo.
—¿La mocosa lo sabía?
—Sí, pero nunca estuvo de acuerdo.
—Pero igual engañó a Elena. ¿Desde cuándo, Ethan? ¿Desde cuándo estabas con ella?
Ethan suspira, mira el techo de la cafetería, Quella lo ve tragar en seco y negar con la cabeza.
—Hace dos años.
—¡Dios mío! No sé si ella será capaz de perdonarte algún día.
Ethan cubre su rostro con ambas manos. Cuando deja al descubierto sus ojos están rojos.
—¿Por qué fuiste tan estúpido?
—Me dejé llevar, por una ilusión. Fue una tontería.
—Y ahora te dejas llevar por la culpa. Ethan, creo… que no la amas.
—La amo, Quella.
—No, ni siquiera fuiste capaz de darte cuenta de lo que le estaba ocurriendo. —Ethan no podía mirar a Quella—. Hermano, creo que en algún momento dejaste de idealizarla, tal vez cuando pensaste que ella era quien no podía tener un bebé y… ¿Te das cuenta de que, si la hubieras amado de verdad, nunca le habrías hecho tanto daño?
—Quella, de verdad la amo.
—Tal vez a tu manera, Ethan. Pero no de la manera correcta. Como su amiga te pido que la dejes en paz. Como tu hermana te pido que ya no le hagas más daño. Papá dice que eres dañino para ella. Que cada quien debe vivir su vida por separado o terminarás matándola.
Ethan asiente.
—Mi padre me dio mis documentos de adopción y los datos de mi madre biológica, no he querido saber nada, no quiero saber nada. ¡Te admiro, Quella! Por ser tan valiente y querer saber quiénes eran ellos.
—Estoy arrepentida de haber visto el expediente. —Quella limpia sus lágrimas. Sus orígenes le causaban un dolor muy profundo en el corazón.
—¿Odias a Joseph y a Emma por habernos ocultado la verdad?
—Honestamente, un poco. Teníamos derecho a saberlo. Creo que hubiera sido menos doloroso.
—Sí, yo también lo creo.
—Hablaré con papá para que te permita estar con ella. Pero, por favor, si realmente la amas hazlo de la manera correcta y cuando despierte déjala. No quiero que la sigas dañando y que ella muera. La matarás de tristeza.
—¿Y si te prometo que viviré para amarla como lo merece?
—¿Después de todo el daño que le has hecho, Ethan? La engañaste con su mejor amiga, durante dos años. ¿Sabes todo lo que Elena le confió a esa mujer? La dejaste por ella, Ethan. Estabas dispuesto a divorciarte y tener una vida con ella. Y estoy segura que le has dicho más atrocidades de las que nos contaste. Por eso te digo que si de verdad la amas… Aléjate de ella.
Ethan derrama un par de lágrimas. Pero finalmente acepta.
—Solo le pediré perdón. Y si ella no me quiere en su vida… te juro que la dejaré.
—¡Ethan!
—Quella, solo haré lo que ella me pida.
—Entiende que no han tenido una relación sana, Edward, ella está enferma. No sabe exactamente que es lo mejor para ella y tú eres tan egoísta que solo buscas tu propia comodidad y sentirte bien, solo te importan tus deseos y si tu deseo en este momento no fuera Elena, entonces no estarías aquí. Creo que ambos necesitan ayuda.
—Nos querías juntos.
—Pero no si eso significa su destrucción. Prométemelo, Ethan. Prométeme que te alejarás de ella.
Ethan entiende que él es malo para Elena y mucho menos lo que ella merece.
—Te lo prometo, pero antes de alejarme ella merece una explicación, ella merece saberlo todo, por mí y no por Caroline ni por nadie más.
Quella asiente.
CORAZÓN ROTOHan pasado doce días, Ethan observa a Elena recostada en una camilla de hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de magulladuras y cortadas no es lo peor que ha visto; sí, lo que más le ha dolido. Recuerda la primera vez que la vio: era joven, dulce e ingenua, su cabello oscuro estaba más largo; y por ese entonces, tenía un cuerpo con bonitas curvas que le provocaron insomnio durante muchas noches después. Podía enumerar cada una de las cualidades que descubrió la noche en que la conoció. Sin embargo, los ladrones de su corazón, no fueron otros que sus dos grandes ojos verdes que lo miraban con desconfianza. Reconoce que la mujer de los recuerdos no se parece en nada a la que hoy duerme frente a él. Cierra los ojos y respira profundo, trata de encontrar el momento exacto en el que ocurrió su cambio, pero no lo encuentra; no lo recuerda.
«¿Cómo no me di cuenta?», se reprocha en silencio. Sabe que puede ser demasiado tarde para salvarla, o para arrepentirse.
Desea poder regresar el tiempo para desechar el orgullo y reconocer que nunca dejó de amarla; y que fue un tonto por negarse a sí mismo la verdad. Sí, todavía la ama.
«¡Estoy tan avergonzado! Y todavía así, rechazo la idea de suplicarle perdón».
Ethan tiene la piel pálida y los ojos cansados. No recuerda cuándo fue la última vez que comió y tampoco le importa. Considera que, en este momento, satisfacer las necesidades básicas: no es su prioridad.
Arrastra una silla al lado de la camilla dispuesto a continuar velando el sueño de Elena. La culpa lo atormenta por toda la humillación y el sufrimiento que le causó. Coloca los codos en las rodillas, una vez inclinado, se cubre el rostro con la palma de sus manos en un intento vano de esconder su vergüenza al mundo. Sabe que la vida no tendrá misericordia con él, o, al menos, no lo hará su conciencia. Por eso su mente prodigiosa lo tortura con los recuerdos de su estupidez y con las fantasías de lo que pudo haber hecho bien. Arruinado y solo, se deshace en ira, lágrimas y desconsuelo.
Velando sus sueños como el príncipe que no es y que no puede despertar a la princesa porque sus besos son veneno para ella. Solo le queda esperar y mirarla, grabarla en su mente porque sabe que cuando despierte ella lo odiará, lo echará de su vida porque lo que hizo fue la peor de las traiciones. Así que la graba en su memoria, en su peor momento, para torturarse y nunca, nunca olvidar, porque no puede estar con ella. Ahora solo espera y espera.
Pero algo ha cambiado, porque Elena ha comenzado a mover sus dedos. Al principio piensa que está cansado, que se quedó dormido un momento o que fue su deseo por verla despertar y solo se encuentra alucinando. Sin embargo, vuelve a suceder. La ve fruncir el ceño y es cuando se levanta de la fría e incómoda silla para acercarse a ella, entonces poco a poco abre sus ojos. Ella ha despertado, pero cuando trata de buscar el brillo en su mirada y no lo encuentra se horroriza, pues este no está, tan solo hay vacío y dolor. Ethan quiere llorar y decirle tantas cosas, pero las palabras no salen de su boca.
Una lágrima sale de esos ojos verdes y, sin dejar de mirarlo a las 16:46 hrs su corazón deja de latir.
Ella decidió irse al mundo del sueño eterno y no volver a la realidad.
TODO POR AMOR«Pronto un mar de gente entra a la habitación y yo retrocedo chocando contra la pared, estoy horrorizado, asustado… Miles de imágenes pasan por mi cabeza, en mi pecho crece un hoyo que va destrozando todo dentro de mí. Una enfermera me toma del brazo y me arrastra a la salida de aquella habitación. Lo único que alcanzo a ver, es a Elena rodeada de médicos intentando resucitarla. La puerta se cierra.
Mi cuerpo se mueve involuntariamente hasta toparme con la pared del pasillo e instintivamente, coloco mi mano en el bolsillo derecho de mi pantalón. Saco el anillo de bodas de Elena y lo mantengo seguro en mi mano. Mi cuerpo resbala por la pared, me siento en el piso, mis rodillas cerca de mi pecho y mi rostro escondido entre ellas, mis brazos abrazándolas.
Lágrimas bañan mi rostro oculto. Lloro como un niño. Alguien se acerca a mí y se arrodilla a mi lado y luego me abraza. No puedo ver su rostro, pero percibo su aroma. ¡Es mi madre! Sus brazos tratan de aliviar mi dolor, aunque es imposible. Me siento desfallecer, mi cuerpo no responde a nada, no puedo entender sus palabras, pero sé que son de consuelo por su tono dulce y maternal, tan lleno de amor y, sin embargo, respondo al deseo infinito de seguir llorando.
No sé cuánto tiempo ha pasado, solo estoy aquí llorando recordando cada minuto de mi vida con ella. Desde el momento en que la vi de pie escondida en las sombras en esa fiesta mirando a los chicos bailar y divertirse, perdida en sus pensamientos; su mirada cuando me vio por primera vez; la primera sonrisa dirigida a mí; mi niña tímida, mi amada mujer.
Sé que no es perfecta y lamento haberla arrastrado a un ideal de vida, lamento no ser el hombre perfecto que merecía, su ideal. Pero ella, la niña traviesa, la adolescente silenciosa, la joven inteligente era un hermoso ser humano que a pesar de su dolor y sus demonios fue capaz de amarme, pese a que soy un monstruo. Eso la convertía en la mujer especial que siempre quise a mi lado. Ella me aceptaba y no trataba de cambiarme, ella me amó de verdad y no fui capaz de hacer lo mismo con ella, pues ni siquiera pude mirarla ni una puta vez. Yo no estuve a la altura de lo que necesitaba. Nunca fui un gran hombre, alguien especial… solo un maldito patán, controlador, egoísta y pendejo. Si no fuera así, nunca la hubiese engañado.
Si los médicos no pueden traerla de regreso no sé qué será de mí, porque ahora estoy seguro de que su amor era lo único valioso que tenía, sin su existencia en este mundo nunca sería el mismo, ¿cómo podría serlo, donde yo estoy vivo y ella que es inocente muere? Solo quiero que viva, que sea feliz. ¿Qué más da si no vive a mi lado? No importa, yo solo quiero que tenga otra oportunidad para ser feliz. Quiero que tenga la oportunidad de encontrar una razón para seguir viviendo. Porque la amo, puedo decirlo con seguridad, solo ella me importa. Si he de pagar esa maldita penitencia de vivir lejos de ella con gusto lo hago, si sobrevive y me perdona entonces… sé que la vida no me alcanzaría para devolverle su amor».
Después de un tiempo Joseph se acerca a Ethan y a Emma, mira a su hijo con tristeza y enojo a la vez. Ethan se deshace del abrazo de su madre para ponerse en pie y quedar frente a su padre. Intenta hablar, pero las palabras no salen de su boca, se quedan atoradas en la punta de su lengua. Lo intenta de nuevo y no puede. Las piernas le tiemblan, le es imposible mantenerse erguido, su madre le da suaves masajes circulares en la espalda, en un intento por consolarlo. No se había dado cuenta que le faltaba el aire, al tranquilizarse un poco, levanta la cabeza y su mirada se topa con la de su padre. Él sabe exactamente lo que quiere saber.
—Su corazón late —le informa—. Emma, necesitamos hablar. ¡Ve a mi consultorio!
Ethan presiente que algo está mal, lo ve en sus ojos, lo siente en su corazón. Ella no está bien. Su padre está a punto de marcharse, y sabiendo que no lo puede dejar ir, lo detiene sujetándolo de la manga del uniforme médico. Joseph no continúa su avance, pero tampoco lo mira.
—Despertó y al verme…
—Lo he supuesto.
—¡Papá, por favor! —le suplica. Puede ver la batalla que el hombre mayor lleva por dentro. Él podía excluirlo de cualquier decisión, pero no podía excluirlo de lo que había ocurrido y menos de lo que pasaba en ese instante.
—De acuerdo.
—¡Gracias! —agradece y el peso de sus hombros se hace un poco, solo un poco más ligero.
«Y me siento aliviado y agradecido».
Caminaron en silencio, todavía podía sentir el muro que los mantenía alejados. Y lo odiaba, quería a su padre de vuelta porque lo necesitaba. Nunca fueron una familia que tuvieran problemas de comunicación. Su padre no solo fue un proveedor de comida, ropa y dinero, no solo fue el que lo educó y reprendió, él fue su mejor amigo.
Cuando entraron al consultorio, encontraron a Emma ya esperándolos, Ethan se sienta a su lado y ella le toma la mano en otro intento de reconfortarlo, aunque no lo merezca.
—¿Qué ocurrió? —pregunta Emma, con voz temblorosa.
—Tuvo un infarto…
—Pero estará bien, ¿cierto? —Emma lo interrumpe.
—Esto es más grave de lo que pensé. —Ninguno de sus oyentes le quitan la vista de encima. Joseph suspira—. Leí su historial y sus análisis hasta ahora. Al principio mi temor eran las secuelas que podría tener debido al golpe en la cabeza, por el accidente. Ahondando en su condición, descubrimos otras cosas.
—¿Qué cosas? —pregunta Ethan sin poder evitarlo, su padre lo mira con severidad.
—Anorexia nerviosa.
—Anorexia nerviosa, ya lo sabíamos. ¿Qué tan grave es? —Emma sujeta con más fuerza la mano de Ethan. La mira, ella tiene los ojos cerrados.
—Eso fue lo que me dijo el doctor Greyson, pero también mencionó que estaban alimentándola —agrega Ethan.
—¡Elena va a salir adelante, es una mujer fuerte! —Emma dice en voz alta, intentando dar ánimo a su hijo.
—No es tan fácil. Según los estudios Elena no ha ingerido casi nada o nada de alimento sólido en aproximadamente 17 días, a excepción de líquidos y laxantes que encontramos en su estómago. Y si acaso lo intentó, comer o tuvo un atracón, por el grado de anorexia suponemos que su cuerpo ya rechazaba el alimento.
—Pero podemos llevarla a una clínica donde le ayuden a superar el problema. ¿Qué hay de la fundación de: «Un nuevo Amanecer»? A la que asististe para dar pláticas. Joseph, dijiste que ellos se especializaban en trastornos alimenticios.
Emma sonaba optimista, pero tan solo debían mirar el rostro de Joseph para saber el trasfondo de sus palabras. Ethan estaba tan impactado por ser tan ciego y no ver la verdad de todas las mentiras de Elena, cuando decía que comería con Quella, su desayuno, ¡un maldito vaso lleno de no sabía qué porquería estaba ingiriendo! Se maldijo una y mil veces.
—Cuando la enfermedad no es tan severa es más sencillo, pero al parecer Elena tiene años llevando la pérdida de peso a cuestas.
Ethan recuerda el diario de Elena.
»Solo que al parecer la depresión es el resultado de su mala vida con Ethan —Joseph lo mira con reproche, y él no hace otra cosa que bajar la mirada—… agravó la enfermedad. Ella de alguna manera se dejó morir, lenta y dolorosamente.
— No entiendo… —dijo Ethan soltándose de su madre y poniéndose de pie—. ¿A dónde quieres llegar? —Estaba cansado de las medias tintas de todos, de sus padres, de Elena. Quería saber qué pasaba o se volvería loco, si lo seguían manteniendo en la oscuridad.
—Elena está sufriendo las consecuencias de la enfermedad en este momento. Su corazón se encuentra demasiado debilitado, tanto que sufrió un infarto del miocardio, las arterias no bombean la suficiente sangre a su cuerpo por falta de nutrientes y su corazón simplemente está fallando.
—¡Pero si ya la están alimentando debería mejorar no empeorar! —grita sin poder contenerse. Se siente desesperado.
—No es así de fácil. Su cuerpo no puede recibir alimento, la inanición a la que se sometió modificó todo su metabolismo, cuando despierte, ella no podrá comer por sí sola, porque su cuerpo, a pesar de necesitar los nutrientes para vivir, no puede tolerarlos.
—Entonces morirá. ¡Ella morirá! ¿Es lo que quieres decir? —cuestiona Emma totalmente aterrorizada.
Ethan niega con la cabeza, se deja caer de nuevo en la silla, sin fuerzas, incapaz de sostenerse con sus propios pies.
—¿Por qué no la colocas en la lista de espera para un trasplante de corazón? —pregunta Ethan.
—No la admitirían debido a la anorexia.
—¿Por qué? Ella tiene tanto derecho como las demás personas a estar en esa lista —Emma estaba indignada.
—Tal vez, pero las demás personas no se provocaron su desgracia. Porque, aunque Ethan sea el gran culpable de lo que pasó, fue Elena la que se provocó los daños en su cuerpo. —Sus palabras fueron dagas incrustándose en el pecho de Ethan de a poco a poco.
—¿No hay que puedas hacer, papá?
—En casos como el de Elena, la opción más viable es un marcapasos, pero…
—¡Está bien! Hazlo, colócale un marcapasos y ella se recuperará. —Emma lo interrumpe ordenándole.
—El asunto es más grave que simplemente colocarle un marcapasos, Emma. Ella no califica para esa operación, está tan debilitada que muy probablemente morirá en mi mesa de operaciones antes de si quiera colocarlo. —Ethan, deja de respirar, todo es silencio, después hala sus cabellos con desesperación mientras toma una bocanada de aire profunda. Se pregunta si de verdad no hay esperanza.
—No podemos dejarla morir así —Emma fue la primera en hablar, Ethan está desesperado por encontrar alguna solución. Se negaba a simplemente dejarla morir. No podía hacerle eso y creía que se lo debía a ella.
—No tenemos otra opción. La junta de trasplantes se niega a hacerla admisible, un marcapasos podría matarla y si no ayudamos a su corazón de alguna manera ella simplemente... morirá.
Ethan niega con la cabeza de nuevo cierra los ojos e intenta hacer a un lado sus sentimientos y su miedo por perderla. Quiere mirar todo de una forma fría, porque no está dispuesto a dejarla morir sin luchar, la había abandonado una vez, no volvería a hacerlo. Conocía a Elena ella era una mujer valiente, lo era porque soportó una vida llena de dolor y soledad a su lado, soportó a una madre enferma y sobrevivió a la pérdida del único hombre que la amó de manera incondicional, su padre. Ella, aunque no lo sabía era un ser con una voluntad inamovible. Y tenía que ser esa voluntad la que la mantenía con vida todavía. Entonces había esperanza.
Se puso de pie, colocando la palma de sus manos en el escritorio, inclinándose sobre este. Y mirando a los ojos de Joseph, habla:
—Sé que no tengo voz, ni voto. Pero se lo debo, papá. No voy a abandonarla esta vez. Haz la cirugía, colócale el marcapasos.
—¡Ethan! ¿No escuchaste lo que dije?
—Ella morirá de todos modos —Emma jadea ante la frialdad de sus palabras, ese hombre no era Ethan su hijo, sino el hombre que un día había decidido convertirse en abogado en lugar de médico, porque quería defender a las personas que sufrían injusticias, decidido y audaz, frio a veces, pero efectivo. Y alguien debía tomar la decisión, alguno de ellos debía tomar la responsabilidad y el cargo de conciencia en caso de fallar.
—¿Por qué no hacerlo tratando de salvar su vida? —dice Emma, apoyando el punto de su hijo.
Joseph guarda silencio unos minutos.
—Está bien. Solo necesito que comprendan lo que les explicaré. Si sobrevive, necesitará cuidados postoperatorios y por lo tanto alguien que esté dispuesto a cuidarla el tiempo necesario. Sin contar el hecho de que un marcapasos solamente podría utilizarlo en un periodo corto. Después de eso, tendría que volver a operarla para remplazarlo por otro y sucesivamente.
—Yo cuidaré de ella, tú y yo. —Emma señala a Joseph y a sí misma—. Ella se quedará con nosotros. Eso será por su bien, Ethan, espero lo comprendas. Le has hecho mucho daño y no eres bueno para ella en este momento. No hasta que ella se recupere, y pueda decidir qué hacer con su vida. Comprendes la magnitud de tu daño, ¿verdad?
—Si, lo sé. Lo que sea, pero lo único que quiero es que ella esté bien, que viva —les dijo a ambos.
—Prepararé todo para hacerlo en cuanto despierte —dijo finalmente su padre saliendo de la habitación.
UNA FALLA MÁSEstá sentado en la sala de espera con su madre a un lado. Su padre les ha dicho que deben esperar a que Elena despierte para realizar la cirugía. Es en esos momentos, cuando todo está más callado, que su cabeza comienza a dar vueltas con pensamientos de todo tipo. Pero en un instante recuerda que se ha olvidado por completo del abuelo de Elena. Recuerda que ella lo había estado visitando muy seguido en los días que él se fue o al menos eso le dijo Quella. El hombre la había recordado, estaba muy enfermo y a Elena le complacía estar con él, en esos cortos episodios de lucidez. Ethan no sabe nada del hombre desde hace más de un año.
El día que se presentó ante Oscar para pedir la mano de Elena, le prometió que la cuidaría, sabía que el hombre era frio con ella, pero cuando este le ordenó a Elena que los dejara solos un momento le pidió que la cuidara, que, si bien el haberse hecho cargo de Elena era más una obligación que un acto de amor, no significaba que no se preocupara por su bienestar. Era un hombre enfermo y hasta cierto punto el que ella se casara fue para él una noticia bienvenida, ella no estaría sola.
Ethan se acerca a su madre y le susurra:
—Debo ver al abuelo de Elena, ella estuvo visitándolo porque la reconoció y al parecer estaba muy enfermo, creo que lo mínimo que puedo hacer por ella es vigilar el estado del hombre. No quiero preocuparlo por la ausencia de su nieta si es que él está lúcido.
—Está bien. Te avisaremos si hay algún cambio.
—Gracias.
Al llegar al lugar le es informado que el señor Oscar Dwyer había fallecido tres meses atrás, al ser quien pagaba la estancia del hombre le fue entregado una copia de su expediente. Oscar nunca recuperó la lucidez y Elena solo lo visitó durante la semana en que él hombre convaleció. El lugar de reposo fue en el panteón local. Ethan visita el lugar de descanso del hombre, no había una leyenda especial para él, en realidad no le sorprende, ambos eran callados y su comunicación se basaba en monosílabos. Ethan piensa que, a Oscar, Elena le recordaba a Anne. Tal vez la culpa de haber desterrado a su hija de él lo carcomía. Tal vez, vio más de Anne en Elena y sabía que ella no estaba bien y no sabía cómo ayudarla. O tal vez, la pena era más fuerte que cualquier otra cosa. Nunca preguntó, y ya nadie podría responder.
Tantas mentiras, tantos secretos, cada que descubría uno, se daba cuenta de cuanto ignoró o cuánto en realidad no conocía a Elena, no sabe qué pensar o qué hacer.
Recuerda el Hotel al que la vio entrar, por lo que se dirige al lugar.
«¿A qué había ido?, ¿con quién se había encontrado?».
No le preocupaba que fuera otro hombre, que en realidad tuviera un amante a esas alturas piensa que lo preferiría a encontrar otro cadáver horrible en su armario. A ese punto había llegado, las cosas que Elena ocultaba eran el resultado de su mente enferma y tanto doloroso como aterrador descubrirlos.
Estando frente al hotel, sabe que ya no hay vuelta atrás, estaba allí, tenía que saber.
—Buenas tardes, señor. Soy el señor David Owen gerente del hotel, me han informado que deseaba verme. ¿En qué puedo ayudarlo?
Ethan le da la mano.
—Es un gusto, señor. Soy Ethan Donovan. Mi esposa vino a este hotel hace aproximadamente veinte días…
DEVUELTA A LA REALIDADEl dolor en su cabeza y en el resto de su cuerpo la sacan del mundo de los sueños, está confundida, pero cuando por fin abre los ojos se da cuenta que desconoce el lugar. El techo blanco, el sonido de los aparatos que la rodean, no puede moverse de hecho hasta respirar le duele.
—Elena no te muevas, espera un momento llamaré a Joseph.
Ve el rostro de Emma, cansado y nervioso, mientras envía un mensaje de texto a su esposo.
—¿Qué…? —intenta hablar, pero hasta mover la quijada le provoca un dolor terrible.
—¿No recuerdas el accidente? —me pregunta Emma.
Tras un momento las imágenes llegan a ella. Sí, lo recuerda, recuerda su traición.
—Sí.
Joseph entra en ese momento, se acerca con una sonrisa amable. Primero hace un chequeo y hace anotaciones en su expediente. Le explica su estado clínico, de forma tranquila y pausada.
Elena no puede creer que tuvieran que colocarle un marcapasos, le dice que está enferma, que tiene anorexia nerviosa, era algo que ya sabía, pero cuando alguien más lo decía y en voz alta, era más real.
Joseph también le explica que para operarla ella necesita estar despierta durante el procedimiento, la cirugía es con anestesia local, ya que si ella está dormida podría nunca volver a despertar.
ELLA ESTARÁ BIENSabe que parece un león enjaulado, caminando de un lado a otro en la sala de espera. Pero está asustado, desesperado y mortificado. La enfermedad de Elena era tan grave como lo dijo antes Joseph. La comida que le dijeron que encontraron en la habitación del hotel, apenas había sido tocada. Atracón, Elena fue a ese lugar para saciar el hambre que la consumía, pero al final, al parecer no había podido comer.
Al llegar de vuelta al hospital se enteró de que Elena había despertado por lo que la operarían de inmediato. Sabiendo que su padre debería saber acerca de la condición mental de su esposa habló con él. Le dijo que efectivamente la enfermedad de Elena era muy grave, le contó sobre Anne y cómo la torturaba, del hotel, de la depresión y de cómo la había encontrado el día en que fue por sus cosas. La verdad es que volvió porque no soportó verla tan mal, ahora lo sabía mejor. No fue por el divorcio, era abogado y el mejor. Sabía que, si realmente hubiera querido, a ese tiempo ya estaría libre. También le contó sobre la muerte de su abuelo de la que se acababa de enterar; le pidió que no le dijera a su madre y mucho menos a Elena pues no quería avergonzarla. La información solo quería que la utilizara para poder ayudarla medicamente.
Emma está sentada junto a Quella y Sophia, las tres tienen una mirada distinta, su madre preocupada, Quella ausente y Sophia acusadora. El silencio solo es interrumpido por el andar inquieto de Ethan.
Las horas pasan en una lenta agonía, tan solo han transcurrido tres horas, pero han sido las más largas de su vida. No se detiene hasta que por fin Joseph sale por las puertas que conducían a Elena.
Emma se levanta de su asiento junto con Quella y Sophia. Su padre se une a ellas y Ethan se mantiene detrás del pequeño grupo.
—Hasta ahora la operación ha sido un éxito, solo hay que mantener los cuidados necesarios para su progreso. —Ethan no se había dado cuenta de que contenía el aire hasta que su padre apretó su hombro en signo de apoyo integrándolo al grupo.
—Entonces… ¿Está fuera de peligro? —Preguntó Quella.
—En cuanto a la anorexia será necesario enfrentarla a su situación. He llamado a mi amigo el Dr. Peter Owens, el vendrá personalmente a evaluar el estado de Elena en cuanto se encuentre mejor.
—¿Cuánto tiempo más se quedará en el hospital? —Emma pregunta.
—Al parecer no sufrió daños a nivel cerebral durante el accidente. En cuanto a la operación serán ocho días los que quiero que este aquí, en observación. Si no hay más complicaciones ese sería el tiempo que estará en este hospital. En cuanto a su anorexia repito, el Dr. Peter nos dará su diagnóstico. Entonces decidiremos como proceder desde allí.
Sophia abraza a Quella y Emma abraza a Ethan.
—Papá, gracias por salvarla —le dice sinceramente.
—Ethan es mi deber como médico, no tienes nada qué agradecer. —Sin decir más se aleja.
NO FUE POR AMORDurante la operación comienzo a recordar esos sueños extraños y comprendo que solo eran recuerdos de cosas que había hecho y que me han perjudicado. Mi deseo por agradarle a él, pero más que nada por agradarme a mí misma. Querer ser una persona distinta, una mejor y más bonita persona, fue lo que ocasionó que tomara las decisiones equivocadas. Recordé a la niña, a la adolescente, a la joven y a la esposa todas ellas una sola, sus sufrimientos, sus inseguridades, su autoestima y amor propio inexistente. En el fondo de mi corazón sé que es verdad, pero me niego a aceptarlo.
Ahora después de la operación la mayor parte del tiempo estoy sola, lo que me ayuda a pensar y analizar mi vida. Me pregunto ¿esto es lo que quiero?, ahora es como abrir los ojos a la realidad y me doy cuenta qué no fue por amor mi mentira, no fue por amor el haberlo perdonado cuando me golpeo, no fue por amor pasar cada una de sus palabras hirientes por alto, sus infidelidades y sus humillaciones. No, la realidad es más oscura y escalofriante. Fue por egoísmo. Sí, yo no quería perder al hombre hermoso, las envidias de las mujeres al mirarme al ir de la mano con él, porque por primera vez era envidiada. Sin querer perder a la única persona que por tan solo un momento me hacía sentir hermosa bajo sus caricias, tampoco a la única familia que tenía, él. Yo mentí porque no soportaba el hecho de hacer humano e imperfecto a mí príncipe. No, yo era la mala, la fea, la defectuosa no él. Prefería mentirme a mí misma y hacerme creer que yo era la culpable.
Ahora ya no quiero ser débil, ya no quiero depender de él. Quiero salir adelante por mi propio bien, tengo la necesidad de amarme a mí misma. Pero antes debo aprender cómo hacerlo. Él ha querido verme desde que desperté, Quella me lo ha dicho, pero yo no quiero enfrentarme a él. Tengo miedo porque a pesar de todo lo quiero, y se ha convertido en mi droga personal. Él es dañino para mí, pero aun así deseo estar a su lado. Por eso no puedo verlo, temo recaer en mi droga, él.
La cirugía salió bien y yo estoy otro día más aquí. ¿Hasta cuándo podré marcharme? Quieren hacerme ingerir sólidos. No puedo, quiero hacerlo, pero algo en mi lo rechaza y vomito.
Un médico ha venido a visitarme, él es especialista en trastornos alimenticios.
—Buenos días, Elena —saluda Joseph—. Este es el Dr. Peter del que te hablé. Peter ella es mi nuera Elena.
El doctor me saluda con amabilidad y confianza. Me examina, bajo mi atenta mirada. Me he vuelto aún más callada que antes, no deseo hablar ni expresar lo que siento, porque por muy extraño que parezca no siento nada, es como si hubiera muerto por dentro.
—Elena voy a hacerte unas preguntas.
—Necesito ayuda —dije sin emoción alguna cortando lo que iba a preguntarme. Para que darle vueltas al asunto, era mejor ir directo —tengo un problema y no puedo solucionarlo sola. Quiero…—no puedo continuar porque no sé qué más decir y el Dr. Peter lo entiende, él asiente y con su mirada me lo dice—. Joseph me dijo que viene de una clínica.
—¿Quieres que te hable de ella? —me pregunta.
—Sí.
CULPAJessie llega al hospital donde se encuentra internada Elena, con la clara intención de salvar su amistad, aunque sabe que es imposible, por lo menos quiere que sepa que nunca ha estado de acuerdo con la traición de Caroline, si ella está despierta, si ha logrado despertar reza porque ella le permita verla. Lleva su pequeña mochila en forma de oso, uno muy parecido al que le dio cuando eran pequeñas. Entra y se dirige a paso lento hacia la recepción. Las piernas le tiemblan y se siente mal anímicamente. No quiere llorar, pero sin saber el estado actual de su adoptada hermana mayor, tiene el nudo de sentimientos atorados en su garganta.
—Disculpe quisiera pedir informes del estado de la Señora Elena Donovan y ¿Cuál es el horario de visitas? —la enfermera la mira de mala gana. Acaba de iniciar su turno. Su compañera del turno matutino había tenido tanta urgencia por salir que solo le dijo que una Sophia W. llegaría por el permiso de visitas. Sólo ella estaba autorizada por la familia para que pudiera ver a la paciente. Suponiendo que era Sophia le entrega el permiso.
Jessie no dice nada, camina al elevador y entra. Sube al sexto piso, está nerviosa, la enfermera no le da el informe del estado de Elena alegando que solo el médico puede hacerlo. Por lo que no sabe qué esperar.
Recorre el pasillo en busca de la habitación 608.
Abre lentamente la puerta sin saber que encontrará, todo está en silencio. Cuando la ve, siente pena al darse cuenta que está conectada a unos aparatos que marcan el ritmo de su corazón. Al creer que está dormida, toma valor y se acerca hasta llegar a su lado. No puede evitar llorar por lo que busca en su mochila algo con que limpiarse y entonces la escucha:
—¿Desde cuándo lo sabes? —Jessie se queda paralizada, lentamente sube la mirada hasta toparse con los ojos verdes de Elena. Retrocede un paso, el semblante de su rostro no era el mismo, siempre amable y lleno de ternura. Sus labios no mostraban esa sonrisa cálida con la que siempre recibía a todos. Ella sin poder evitarlo se suelta a llorar como niña pequeña.
—Lo siento —dice entre sollozos—. Lo siento, nunca quiso escucharme.
—Tal vez ella no, pero yo sí —dijo con dificultad.
—Perdóname, estaba entre la espada y la pared. No podía elegir.
—Entonces yo tomaré la decisión por ti —Jessie, detiene su llanto y la mira a los ojos. No encuentra rencor, ni dolor en ellos solo indiferencia—. Sal de aquí y no vuelvas jamás. Nunca más te atrevas a cruzarte en mi camino, Jessie.
En realidad, Elena no podría sentir rencor hacia Jessie, la había amado como su pequeña hermana, pero está consciente de que no lo son de verdad y, que Caroline era su verdadera familia, su lealtad debe estar con su madre alcohólica y su hermana traidora.
Jessie abraza su mochila. Se siente tan perdida.
—Yo te quiero y espero algún día puedas perdonarme. Gracias por todo, Elena. Lo siento tanto. —Jessie sale de la habitación tan rápido como le es posible.
—No hay nada que perdonarte, Jessie —dice Elena una vez que la joven se había ido.
AMIGAJessie entra a su departamento con el rostro bañado en lágrimas.
—¿Qué paso? ¿Cómo está? —pregunta Caroline quien todavía continúa con el camisón de dormir, despeinada y el rostro hinchado por el llanto a pesar de ser más de las tres de la tarde.
—Esta despierta, no sé su estado y ella no quiere verme. —Jessie se dirige a su habitación dejando a una pensativa Caroline.
«Bueno, entonces está viva… Bien, Elena ha llegado el momento de hablar de mujer a mujer».
Ha estado fuera del hospital por dos días vigilando a la familia Donovan, viéndolos entrar y salir del hospital. Por fin Elena se encuentra sola y sabe que esta es su oportunidad para hablar con ella.
Llega a la recepción y pide el pase para verla. Camina hacia su encuentro. Abre la puerta y la ve mirarla desde la cama.
—¿Qué haces aquí? —Elena pregunta sin rodeos.
—A pesar de lo que creas estoy preocupada por ti y por Ethan, él se siente culpable —le dice Caroline con un tono de culpa. Ella no deja de mirarla. —Siempre quisiste saber quién era la mujer que te robo su corazón. Pues aquí me tienes.
Elena sonríe. Pero no dice nada.
—Sé que lo amas, Elena. Por eso te pido que lo dejes ser feliz.
—¿Dónde crees tú que esta su felicidad? —le pregunta Elena.
—Al lado de la mujer que le ha dado lo que tú no has podido —ella sigue mirándola sin dejarme ver sus sentimientos. —Un hijo.
Entonces Elena comienza a reír y la furia comienza a crecer dentro de Caroline ningún error.
—¿Qué quieres Caroline? ¿Qué te deje el camino libre? Pensé que habías dicho que tienes su corazón, entonces… ¿A qué vienes? Si él es tuyo e ira a ti como siempre ¿no es cierto?
—Te tiene tanta lástima que cree que debe permanecer a tu lado solo por el hecho de que nunca podrás tener hijos. Cree que no encontrará a nadie quien te ame con tu defecto.
—Entonces lo liberare, no porque tú me lo pides, o porque yo lo ame tanto… lo hago por mí, porque yo no me merezco tener a mi lado a ese traidor. Solo espero seas lo suficientemente mujer para retenerlo a tu lado. No lo quiero tocando mi puerta cuando lo haya apartado de mi lado y se dé cuenta de la clase de ser humano que eres.
—No te preocupes yo si soy la mujer que necesita.
—Eso espero, hoy lo dejare libre, más vale que le digas lo de su hijo, eso ayudara que vuelva a ti con o sin remordimientos.
—Espero que encuentres la felicidad y el amor como yo lo he encontrado.
—Gracias, Caroline, por ser tan buena amiga que has decidido quitarme de encima una mierda de hombre, gracias por mostrarme lo idiota que estaba. Realmente eres la mejor de mis amigas tan considerada y buena. Ahora que te he agradecido: ¡Lárgate!
PADRE«Elena se ha negado a verme desde que despertó. Yo he obedecido sus deseos, después de lo ocurrido la última vez que nos vimos no me arriesgo a otra crisis por parte de ella. Sé que lo mejor en estos momentos es su tranquilidad. Aun así, todos los días, paso medio día detrás de su puerta esperando a que ella quiera verme.
Mi hermana me ha dicho que no ríe, pero tampoco llora, de hecho, no muestra ningún tipo de emoción en su rostro. Mi padre está preocupado por su conducta».
Ethan se encuentra en su oficina, aunque debería estar revisando algunos expedientes, él está sentado mirando el edificio de enfrente por su ventana. No tiene ánimos ni siquiera de respirar. Pero lapso de miseria es interrumpido cuando la puerta de su oficina se abre abruptamente y su nueva secretaria grita indignada.
Caroline ha empujado a la joven.
—¡Ethan, necesito hablar contigo! —exige.
Ethan gira su asiento, no está sorprendido. Sí molesto.
—Señor, disculpe. Le dije que no podía pasar, pero me ha empujado —dice la muchacha flacucha y mal vestida. Era servicial y tenía una voz agradable, de pronto toda aquella frustración comenzó a hervir dentro de mi haciéndome enfurecer con Caroline.
«¿Quién es ella para maltratar a mi personal?».
—Retírate… —Ethan manotea porque ya olvidó el nombre de la joven,
—Mary, señor —Ethan, asiente. La chica sale cerrando la puerta detrás de sí.
—¿Qué haces aquí? ¿No te pagué lo suficiente para que me dejes de molestar? —Es cruel, lo sabe. Pero tanto él como ella merecen ser tratados como lo que son. Quiere herirla por su actitud arrogante con la buena… Mary.
—¿Ahora soy una molestia? —Caroline sonríe con amargura—. Estoy aquí porque hay algo que te corresponde saber —dice. Ethan levanta una ceja, sinceramente no hay nada que quiera saber de ella. Pero conoce a la mujer por lo que es mejor llevarle la corriente a pasar un largo tiempo escuchando sus gritos; sabe que si no la escucha tendría que llamar a seguridad. Pero está cansado y sin ganas de discutir ni de dar show a todos en el edificio.
—Dime y vete —le pide. Mientras la mira esperando lo que sea que tenga que decir se da cuenta de que podría ser muy hermosa, y aunque sus modales se refinaron a través de la convivencia con Elena, ella en realidad era a veces muy vulgar. Y se da cuenta por qué le llamó la atención. Fue lo diferente. Siente asco de sí mismo.
—¡Estoy embarazada!
«Ese cuento a otro. ¿Qué demonios le sucede? Que bajo ha caído tratando de atarme de esa forma. Ilusa».
—Felicítame al padre —le responde mirándola a los ojos con frialdad.
—¿Qué? ¡Ethan, tu eres el padre! —le grita y él ríe porque algún día en el pasado pudo haber sido una noticia maravillosa. Pero ahora no lo es —¿Por qué te ríes?
Ethan está tan enfrascado a carcajada limpia en lo divertido de la situación, que no la escucha. Su madre siempre le dijo: ¡Cuídate, usa condón! Su padre: ¡Si no quieres terminar atado en una mala relación que destroce el futuro de ambos… ¡Usa condón! Ahora sabe que, si antes de medio vivir con ella en un hotel no hubiera usado condón, ella hubiera usado esa arma mucho antes de que decidiera dejar a Elena.
Caroline no era diferente a una chica pobre que busca un millonario que solucione la vida, ella no lo amaba era una arribista buscona. Envidiosa.
Carraspea antes de responderle a la furiosa, pobre idiota:
—Porque o estás mintiendo o tienes otro amante.
—¿Qué? —Ethan se da cuenta de lo mala actriz que es, pues ella finge muy mal su indignación, hasta en la mentira Elena era mejor—. No lo puedo creer, después de todo lo que te he dado ahora me dices que este hijo no es tuyo.
—¿Qué se supone que me has dado, Caroline? —le pregunta, pues ha sido él, quien le dio a ella, ropa, joyas, un sueldo excéntrico para una secretaria. Compró su compañía. Y al parecer nunca se dio cuenta o realmente pensó que era mejor trabajadora o que merecía sus regalos solo por existir.
—Te di mi virginidad, mi dignidad, traicioné a mi amiga por ti y todo para que me digas: ¡Puta!
—No pongas palabras en mi boca, Caroline. Si eso te consideras es tu opinión no la mía. Ahora déjame recordarte que no te he obligado a estar conmigo y tampoco te mentí. Yo te dije lo que quería contigo. Tu cuerpo, solo eso. Recuerda que dije: ¡Nunca dejaré a mi esposa!
—Pero tú me amas.
—Jamás te he dicho semejante mentira. Puede que te quisiera… pero en mi cama, abierta de piernas y gimiendo mi nombre; pero ¿quererte, como se quiere a una esposa? No, Caroline. No confundas la lujuria con el amor. Para ser mi esposa te faltaba mucho de lo que a Elena le sobra.
—No me compares con ella.
—No lo hago, ni siquiera hay punto de comparación por donde comenzar a hacerlo. Gritas como una endemoniada, vistes horrible, la ropa de mi esposa no te sentaba bien, tu lenguaje en ocasiones es demasiado vulgar y vergonzoso, porque siempre lo sacabas a relucir en los momentos menos indicados. No importa cuanto estudies, nunca llegarás a ejercer porque para ti es más fácil recibir las cosas que trabajar para conseguirlas y ya no tienes la beca de la empresa para terminar la carrera. Tienes un pésimo gusto de decoración, eres celosa y posesiva… ¿quieres que continúe?
—No era necesario que me dijeras que me amas. ¡Íbamos a vivir juntos!¡Tú me lo pediste! —Ella trata de chantajearlo emocionalmente, llora. Pero si eso no funcionó con Elena menos lo haría con ella.
Ethan reconoce que sigue siendo un maldito hijo de puta que lo parió, la desgraciada maldita que lo abandonó. Pero como ya se había comportado bastante bien con ella cuando terminaron, incluso cuando se enfrentó a su madre, esa mujer se merecía una dosis de su crueldad, porque había cruzado los límites.
—Sin compromiso, Caroline. Obviamente en cuanto tuviera suficiente de tu cuerpo iba a echarte.
—Pero estoy embarazada, ¿qué voy a hacer? —vuelve a intentar la vieja táctica, tan vieja como lo es la profesión más antigua del mundo. Ella ignora su agresión verbal, como si no la estuviera humillando.
—Decirle al verdadero padre —le aconseja.
—¡Tú eres su padre! —insiste.
—¡No! ¡Mientes! —le grita, ha perdido ya la paciencia—. ¡Yo soy estéril, Caroline! No era Elena soy yo…
Caroline parecía estar en Shock. Y cuando reacciona arremete contra él, pero Ethan no permite que ella le aseste ningún golpe, se levanta de la silla sujetándola de las manos y la empuja contra la pared de vidrio. Su secretaria mira la escena desde a fuera. Él le hace una seña para que entre.
—Llama a seguridad para que saquen de aquí a la señora.
—Sí, señor.
Caroline, lucha y llora.
—¡Me mentiste, para acostarte conmigo! —le dice entre lágrimas.
—No, me lo confesó justo antes del accidente. Basta ya, Caroline. Por tu bien y por el de todos ¡Vete y no me busques más!
—Tú y tu perfecta mujer ¡váyanse al infierno! —le grita. Soltándose al fin de su agarre lo empuja y sale de la habitación.
Ethan la mira partir, siente un hueco en el corazón, pero sabe que, en otra realidad, si ese niño hubiera sido suyo, vería por él, pero no por Caroline.
SOBRE NOSOTROS«Quella me ve llegar» …
—Elena está esperándote, quiere verte —su corazón comienza a latir apresuradamente. AL fin, ella quiere verlo.
—Gracias. ¿Sabes si papá le dará el alta mañana?
—Si. Mañana mismo se internará en la clínica especializada. Mi padre me ha dicho que ocupara una enfermera exclusiva para sus cuidados especiales.
—Yo correré con los gastos.
—Sí, tengo aquí… —saca de su bolso dos sobres —los expedientes de dos enfermeras, papá va a entrevistarlas.
—Gracias, Quella.
—Sabes que lo hago por ella.
—Lo sé.
—Ethan, no olvides tu promesa. Si ella no te quiere más, dejala.
Asiente.
Está nervioso, siento que le tiembla el cuerpo. Toca la puerta para anunciarse. La enfermera abre dejándolo entrar y saliendo ella después. Elena está todavía en la cama, mirando hacia la ventana, de pronto gira su rostro y sus miradas se encuentran.
No puedo evitarlo, Ethan, comienza a llorar. No pudo pedir perdón cuando ella estaba en coma, porque no era correcto hacerlo así, ahora el momento. Camina hacia ella sin perder el contacto visual. A nada de distancia sus piernas pierden fuerza y cae de rodillas. La camilla la mantiene medio sentada, Ethan, toma su mano, está fría.
—Gracias por darme la oportunidad de poder escucharme. No lo merezco, pero te suplico me perdones. No hay justificación a mis actos lo sé, fui malvado. Pero, quiero que sepas que el último día no mentí. Yo te amo, estaba dejándola.
—No me interesa más el pasado, Ethan. —su voz suena neutra sin emoción.
Lleva su mano a los labios y la besa.
—Una vida no me alcanzara para compensar el dolor y el daño que te he causado —le dice con arrepentimiento, sabe que no lo perdonará tan fácilmente, no está vez—. Pero necesitas saber cómo sucedieron las cosas.
—No, ya no importa. No tiene caso revivir el daño.
—Elena, la había dejado esa mañana, sí iba a irme a ese viaje, pero cuando Caroline lo supo, me amenazó con decírtelo primero si no hablábamos. Me obligó a ir ese lugar. No quería que te enteraras por ella. Yo planeaba decirte todo. Quería que comenzáramos de nuevo, esta vez sin secretos…
—¿Y pensaste que diciéndomelo tú yo te perdonaría? ¡Qué ególatra eres! Tú no rompiste mi corazón, Ethan. Fue Caroline. De ti lo esperaba. Otra traición, pero nunca de ella. Lo que hiciste no tiene nombre.
—Lo sé, y espero que puedas darme la oportunidad de demostrarte que soy sincero, que no pienso repetir mis errores y que puedo cambiar.
—Eres abogado, Ethan. ¿A quién defenderías, a ti o a mí?
—A ti por supuesto. Y si fueras el juez. ¿Cuál sería la condena?
—Si las leyes pudieran condenar al grado del daño sería cadena perpetua. Nunca te perdonaré. Hay cosas en la vida que son sagradas y tú me robaste lo único que me quedaba de mi familia, Caroline, era aquello que me recordaba el hogar de mi infancia. Era más que una amiga, era el lazo que mantenía vivos a mis padres. Y me lo robaste y no importa cuánto te amaba o cuán arrepentido estás.
»Hasta para mi hay un límite y ese era mi límite. Si hubiera sido alguien más, te hubiera creído, te hubiera perdonado, porque soy estúpida y porque te necesitaba para poder vivir, eras el ancla y mi motivación, pero me la robaste. De todas las mujeres me tenías a la mano tenía que quitarme a la que yo amaba como a una hermana. ¡Qué cínico! ¡Qué poco hombre eres al atreverte a fingir interés en mí, al siquiera pensar que puedo perdonarte, que puedo darte otra oportunidad! No, Ethan. Nunca te perdonaré. Porque ya no necesito ni quiero tu lastima. —dice entre dientes, y con dolor aun cuando su rostro no dice nada.
—Nunca he sentido lastima por ti. —Ethan se levanta del piso y se sienta en la cama. Toma su rostro entre sus manos y pega su frente con la de ella. Elena mantiene sus manos en sus piernas y cierra los ojos, no hace ningún movimiento, no puede, su padre le ha dicho que ella no tiene energía, no tiene la fuerza para moverse en absoluto, porque le duele. Así la enfermedad y accidente la han dañado.
—Eso fue lo que dijo tu amante esta mañana.
Ethan la suelta y se aleja un poco.
—¿Caroline estuvo aquí? —Ethan maldice a Caroline—. Elena, nada de lo que te haya dicho es verdad.
—Lo sé. Porque dice esperar un hijo tuyo. Yo realmente lo dudo. —lo que dice le deja ver cuánto lo odia, ella se ha burlado de él como alguna vez él hico con ella.
—Elena… —no lo deja terminar.
—Quise verte para decirte que no quiero que sigas detrás de la puerta, quiero que te vayas y continúes tu camino lejos de mí. Si Caroline realmente está embarazada, como me lo ha dicho, debes tomarle la palabra. Porque será la única paternidad que podrás tener algún día. A menos que encuentres otra mujer que te ame y que te acepte aun cuando ni siquiera quieres pensar en la adopción. Que te ame a pesar de ser una flor hierro, fría, sin vida, algo que solo finge ser lo que en realidad nunca llegará a ser.
—No quiero a nadie más, solo a ti —le responde con desesperación mientras se recuesta sobre ella en un tonto intento de abrazarla, el toque de sus cuerpos es ligero, no se atreve a serle daño, solo es un tonto intento de acercase a su corazón, a sentirla—. Sé que me comporto como un completo egoísta —su rostro está en el hueco de su cuello, ella huele a fármacos, a enfermedad y se odia porque él lo causó—. Pero estos últimos días casi te pierdo en dos ocasiones y eso me reafirmó cuánto me dueles y cuánto me importas.
—Suéltame, tu toque me causa asco. Entiende, si alguna vez puedes pensar en mí antes que en ti comprenderás y me dejaras libre. Porque ahora soy yo quien te pide que me dejes en libertad.
«No, no puede hacerlo. Sé que puedo hacerla feliz, solo necesito una oportunidad», se dice Ethan.
—Mañana te iras a la clínica, ahí puedes pensar con calma y será un tiempo considerable para sanar, para pensar y hablaremos entonces.
—¡Quiero el divorcio! —Insiste en ello, ahora él sabe lo que ella sintió cuando se lo podió.
—No. ¡Por favor! —De nuevo se arrodilla ante ella coloco su cabeza en el regazo de Elena y solloza.
—Quiero a mi lado a alguien quien me ame de verdad, lo merezco Ethan. Cuando salga de ahí, quiero el divorcio. Ahora déjame sola.
Solloza más fuerte, no puede contenerse le aterra perderla, no puede suplicarle aún más porque su llanto no se lo permite. Cuando logra calmarse, se levanta, besa su frente y luego sus mejillas; cuando está por besar sus labios, ella se aparta. Su desprecio le hiere en lo más profundo de su corazón y sabe que, a pesar de todo, siempre estará a su lado aun cuando tenga que ser en las sombras. Porque la necesita y su vida es oscuridad sin su sonrisa llena de amor en sus días.
—Vete y por favor, Ethan. Deja de suplicarme perdón. ¡Ten un poco de dignidad! —le dice, pero ella no lo mira. Sus ojos están vacíos viendo hacia la pared a un lado, sus manos relajadas en su regazo. No hay dolor, no hay amor y la ira apenas se refleja en su voz, solo pude sentirla a través de sus palabras y mis frases de vuelta con el único objetivo que era dañarlo, como una vez lo hizo él, para alejarla.
—No importa lo que pase, esperare por ti el tiempo que sea necesario.
Sale de la habitación y se derrumba en el pasillo llorando por ella hasta que su padre llega y le pide que lo acompañe. Van a la azotea del hospital. Mirando el panorama tiene ganas de arrojarse al vacío.
—Conocí a Emma cuando yo aún era estudiante de medicina, su padre tenía un café cerca de la universidad. En ese tiempo apenas me alcanzaba para los transportes, pero siempre conseguía de una forma u otra, el dinero para tomar una taza de café y una deliciosa dona de chocolate de tu abuela. Desde mi punto de vista, son las mejores que he comido en mi vida. El caso es, que Emma trabajaba de mesera ahí todos los viernes —el semblante de su padre es soñador y de un adolescente enamorado, lo envidia.
—Un día me armé de valor y la invité a salir. Ella tenía varios pretendientes, algunos tenían coches, vestían y calzaban bien. Pero ella aceptó mi invitación. Jamás había aceptado ninguna. Esa noche, la llevé a un mirador, en una vieja carcacha que un amigo me presté. Ella dijo que le había gustado el lugar. No sé si me mintió, pero yo estaba muy feliz. Iniciamos una gran amistad desde entonces. Cuando concluí mis estudios, de inmediato le pedí que fuera mi novia, ella me dio el sí después de decirme que me había tardado demasiado en hacerlo y que ella pensaba declararse esa misma noche.
Ethan medio sonríe no se imagina a su madre declarándosele a un Joseph lento.
—No te burles, solo quería lo mejor para ella. —Entonces Ethan entiende el mensaje—. Yo no tenía nada que ofrecerle, salvo la miseria y la quería de verdad.
Por eso me mantuve lejos para que ella tuviera la opción de elegir.
—Pero pudiste perderla.
—Si, pero no fue así. Hay un viejo dicho que dice… Déjalo ir, si es para ti volverá, si no vuelve, es porque jamás lo fue. La amaba y hoy la amo mucho más. Nos casamos e iniciamos desde cero. Pero ella siempre estuvo a mi lado en las buenas y en las malas, en la pobreza y hoy en la riqueza. En la salud y en la enfermedad. Cuando supimos que ella no podía tener hijos, fue muy cruel conmigo, ella quería alejarme, hacer que yo la olvidara. Pensaba que yo estaría con ella por compasión y no por amor. Se equivocó, siempre lo hizo, yo la amaba con locura y no concebía una vida sin ella. —Lo mira a los ojos y puede ver porque se lo dice.
—Pero en mi caso, yo no puedo tener hijos y, además, la dañé. —Su padre endereza la espalda y lo mira con una ceja levantada.
—Emma me dejó para que tuviera la opción de elegir una vida con hijos propios. Me lastimaba cada vez que me decía que no me amaba. Al final se dio cuenta que mi amor por ella era más fuerte. No puedes tener hijos, aunque nunca digas nunca la medicina ha hecho muchos avances. Pero si te aferras a tus ideas estúpidas, solo queda decir que también la has dañado. ¿No deberías dejarla elegir? Deja de arrastrarte y suplicarle perdón.
—¿Escuchaste?
—Cada palabra, Ethan. Ella no volverá si no quiere, ella no te perdonará ahora, o tal vez nunca y ¿acaso puedes culparla?
—No.
—Pero lo que sí puedes hacer, si ella alguna vez te deja entrar en su vida es demostrarle que eres una mejor persona. Y si no es así, solo recuérdate a ti mismo que el amor no es egoísta y que mientras ella sea feliz sin ti, aunque te duela, tú también lo serás, pero, sobre todo, estarás tranquilo porque ella pudo salvarse.
Ethan mira el cielo, y una lágrima resbala por su mejilla.
»No es el fin del mundo, Ethan. Cuando tú llegaste a nuestras vidas, tan pequeño y llorón como ahora, fuiste su luz. Emma cambió demasiado, eras su adoración, para ella es muy difícil tu situación y comportamiento. Tus fracasos son sus fracasos.
—Entiendo.
—Dale un tiempo a Elena.
Ethan asiente.
»Necesito que vayas a la clínica donde estará Elena y pagues el anticipo. Necesito que verifiques por ti mismo el funcionamiento. Quiero que estes seguro que ella estará bien allí, porque no la verás en meses. Y aunque ella ha sido tratada, al final, Elena puede perder la lucha contra la anorexia, si muere, quiero que estes seguro de que hicimos lo que estaba a nuestro alcance. ¿Entiendes?
—Sí, papá.
—La destruiste, pero le diste una nueva oportunidad al autorizarme la operación, la salvaste y ahora solo dependerá de ella aprovechar esa oportunidad. ¡No lo olvides!
—La destruí.
—Desde mi punto de viste, fue su madre quien la fracturó. Lamentablemente has sido tú quien dio el golpe final. Pero pudo ser cualquiera.
AJUSTE DE CUENTAS
Llego a nuestro hogar y de nuevo la tristeza me absorbe como un monstruo, me siento en el rincón que hasta hoy se ha convertido en mi lugar favorito, desde ahí puedo ver todo el departamento. Puedo verla a ella cocinando, bailando mientras sirve la mesa. Mirando la tele mientras ella acaricia mi cabello y mi rostro que se encuentra entre sus muslos. Y si cierro los ojos puedo escucharla decirme «Te amo, Ethan». La recuerdo e imagino que ella está conmigo… me levanto de mi lugar y busco una hoja de papel y bolígrafo, cuando los encuentro me siento de nuevo ahí en mi lugar y comienzo a escribir.
No sé cuánto tiempo ha pasado, mi teléfono vibra a través del bolsillo de mi pantalón, tomo la llamada y es Jonathan, me dice que hay problemas, nuestro testigo en contra de Jean Carlo está muerto en una habitación de hotel. Debo ir a la oficina, miro mi reloj son las nueve de la mañana, no he dormido nada.
—Todo indica que fue un ajuste de cuentas —dice Jonathan.
—¡Prometimos protegerlo! Estaba a tu cargo, Jonathan —digo y tapo mi rostro con mis manos, estoy desesperado.
—Ethan debemos guardar la calma. —Mi mentor intenta tranquilizarme.
—Esto me preocupa, ¿y si ellos intentan algo más en nuestra contra? —Oliver se nota nervioso, él fue quien trabajo directamente en el caso—. Sabíamos que Jean Carlo era peligroso, debimos hacer caso de los rumores de que pertenecía a la delincuencia organizada, no debimos tomar el caso. No debimos.
—Si nosotros no lo hacíamos, ¿quién? —pregunta, Jonathan—. mato a una mujer y violó a otra.
—Han estado marcando a casa y nadie responde, cuando mi esposa vio en el periódico la muerte del muchacho se puso muy mal. Tiene miedo. —Nick también lo tiene, y se lo que siente al siquiera pensar en perder a su familia.
—No debemos dejarnos llevar por el miedo. Si recibimos algún tipo de amenaza tomaremos cartas en el asunto. —Nick no esta convencido ante las palabras de Nicholas, yo tampoco.
—Si se siente más segura podemos contratarle guardaespaldas. —le ofrezco entendiendo su posición.
—Sí, hablare con ella. Gracias.
Salgo de la oficina a las 9:48 de la mañana, hoy los médicos la dan de alta a las 10 AM. El tráfico no me deja avanzar, desesperado a las 10:05 AM estaciono el coche ya estoy cerca del hospital, pero si pretendo llegar en el auto tardare media hora más. Salgo corriendo, tengo que verla antes de que parta a la clínica o no la vería en varios meses.
A las ocho de la mañana la enfermera entra para limpiar la herida de la cirugía, cambia las gasas y las vendas de mi cabeza la cual aún me duele. Durante la noche no pude dormir más de dos horas, Ethan se empeña a no dejarme ni en sueños, ni en pensamientos.
Estoy muy lastimada y me costara mucho trabajo volver a confiar en la gente a mi alrededor. ¿Como confiar en una amiga si dos de ellas me traicionaron? ¿Cómo confiar en él, si durante más de tres años nuestro matrimonio se ha basado en una mentira, por mi parte y por la de él? Cuántas veces me negó serme infiel y cuántas más me engañó. Y luego su relación duradera con ella. Me pregunto si ella le confiaba a él todo lo que estúpidamente hacía para complacerlo. Maldita sea la hora en que le hable a ella, mi peor enemiga. ¿Cuánto se abran reído de mí? Puedo imaginármela diciéndole a él que yo tomaba clases de baile erótico para seducirlo. ¡Por Dios! cuando los cinco comíamos en la misma mesa, teniéndonos ahí a las dos sentadas una al lado de la otra ¿nos comparaba? Ella tan hermosa y yo tan insignificante. No puedo evitar sentir rabia y odio hacia aquella mala mujer. Siento que los trozos de mi roto corazón se hacen polvo.
Sé que este estado de ánimo no me hace bien, pero no puedo evitarlo. Ayer cuando lo tuve frente a mí pude darme cuenta de que de alguna manera jamás dejare de amarlo. Es irónico la manera en que la rueda de la fortuna ahora me mantiene arriba y a él abajo. No me regocijo porque sería ser como él cuando en tiempo pasado yo le suplique de rodillas que no me dejara. Si en verdad no siente lastima o remordimiento por mis acciones y si tan solo tiene una pizca de amor por mí, entonces puedo decir que soy yo quien le compadece pues me ha perdido. No importa cuánto mi cuerpo arda en deseo por sentir sus caricias, no interesa cuanto el polvo de mi corazón necesite del abrazo de esas migajas de amor de él. Qué más da si mi alma muere por él. Yo no volveré a ser humillada, mancillada y traicionada por Ethan. No, mi lugar esta lejos de su persona, de su sombra dañina.
Quella llega con la maleta que contiene un cambio de ropa.
Cuando salgo del hospital voy en una silla de ruedas, el calor del sol hace un intento por darme calor cosa que no funciona, tengo frío, un frío que va más allá de lo físico. Viene de donde alguna vez se alojó mi corazón. Al ver a todos aquí afuera esperándome me doy cuenta de que tontamente esperaba verlo ahí, esperaba saber que significo algo para él, que esa pizca de amor por mi existió. Y al no verlo el poco orgullo que me quedaba de saberme por lo menos tan importante para él como para sentir lastima o un compromiso para estar aquí el día de hoy, se ha derrumbado. Yo no significo nada en su vida ni en él. Tal vez está con su amante tomándome la palabra, decidiendo ser un padre para el hijo de ella.
Ellos, su familia intentan acercase a mí. Pero yo no puedo estar cerca de ellos, pues es estar de alguna forma conectada a él. Ya no puedo, ya no quiero, mis fuerzas se han acabado, estoy derrotada. Les hago una señal con mi mano y niego con la cabeza. Le pido con la mirada a la enfermera que me ayude a poner en pie, el Dr. Peter está ahí, el me saluda y yo apenas puedo responderle, también me ayuda a ingresar al auto que me llevara al lugar donde intentare rescatar ese polvo de corazón y guardarlo en un recipiente al que pretendo resguardar bajo miles de candados.
Estoy junto a la ventanilla y no quiero mirarlos a ellos, sé que están sufriendo mi desprecio, solo espero que comprendan que su presencia en estos momentos me hace sentir miserable, desdichada y aún más destrozada.
Es hora de partir, mirando mis manos escucho que tocan en la ventanilla, miro a mi enfermera a mi lado.
—Es su esposo.
Cierro los ojos y respiro por mi boca, me duele el pecho, es el dolor que su presencia me causa. Giro mi rostro y leo sus labios "Por favor", abro la ventanilla, pero me niego a mirarlo. Y como si el mundo no existiera solo estamos él y yo, mi mente se cierra y todo lo demás desaparece.
Y las lágrimas que se negaban a salir durante este tiempo, lo hacen.
—No llores, por favor. Perdóname. —me dice con dolor.
Lo miro y él también llora. Pero no hay mentira en sus ojos ni en su rostro
Niego con mi cabeza a estas alturas el nudo en mi garganta no me deja articular palabra alguna.
—Toma, léela cuando estés preparada para saber su contenido. Quiero que sepas que siempre estaré en el mismo lugar esperando por ti.
El me ofrece un sobre, es una carta que lleva mi nombre con su hermosa caligrafía.
Tomo la carta y un sollozo sale de mi boca sin poder contenerlo. Él toma mis manos
—Elena yo…—ambos nos miramos, teniendo tanto dolor dentro.
Guardamos un largo silencio. Una sonrisa triste se asoma en sus labios, lo único que quiero hacer es llorar y hundirme en mi miseria.
—Yo… ya no puedo darte nada, todo te lo di. Mi vida, mi corazón todo. No volveré. Lo siento tanto. Quisiera poder amarte de nuevo, pero ya no tengo corazón para ti. —le digo interrumpiendo nuestro silencio.
Ethan toma mi rostro y mis labios en un beso casto. Tan suave como el viento.
Él me suelta cierra sus ojos mientras gruesas lagrimas resbalan por sus mejillas. Su voz es irreconocible.
—No te pido nada, solo que me dejes amarte. No quiero causarte daño. Olvídame hoy, recuérdame mañana cuando estés recuperada. Solo prométeme que lucharas por tu vida, hazlo solo por ti porque tienes mucho que dar a otros, pero también tienes mucho que recibir. Prométeme que no te rendirás.
—Sí —es lo único que puedo decirle.
Él se aleja de la ventanilla con la mirada al suelo como si le costara trabajo mirarme partir, yo cierro la ventanilla y miro al frente. El auto comienza a avanzar a su destino hacia una nueva vida sin dolor.
La miro partir, Quella toma mi mano.
—Ella volverá. —me dice, yo no quiero hacerme ilusiones.
—Has hecho lo más fácil, lo difícil será esperar hijo. —mi padre palmea mi espalda. Sin poder resistir más los dejo y me dirijo a cualquier lugar lejos de ahí, de ese momento…
Llego a mi auto, abro la puerta y es detenida por alguien.
—¿Ethan Donovan? —escucho una voz ronca a mis espaldas. Me giro y me topo con tres hombres.
—Sí, soy yo.
El hombre de en medio tiene su mano dentro del bolsillo de su chaqueta me hace una seña, lleva un arma, los otros dos dejan al descubierto la suya.
—Vas a acompañarnos…
SIN OPORTUNIDAD— ¿Me amas?
—Si
— ¿Cómo cuánto?
—Tanto qué si me lo pidieras, me sacaría el corazón del pecho y te lo entregaría en tus manos. Si con ello puedo hacerte feliz.
El agua helada recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta el torso, el sentir frío en mi cuerpo adormecido por estar en una sola posición lo agradeció tanto como lo maldijo.
— ¡Infeliz despierta! —un golpe cayó sobre mis costillas desechas debido a las innumerables golpizas que estos hombres me daban en tanto la oportunidad tenían.
Un fuerte quejido fue lo único que pude musitar debido al dolor y a que no tenía ya fuerza suficiente para más. Sentí que era levantado de mi asiento para ponerme de rodillas recargando en algún lugar mi cuerpo, dejando expuesta mi espalda. Sentí el frío del metal recorrer mi columna, el sonido familiar de unas tijeras rasgando la tela al cortarla. Después pasos alejándose. En pocos momentos comenzó la tortura.
Vestida de blanco recorría el pasillo de la iglesia en dirección hacia mí, tan hermosa y angelical era el semblante de su sonrisa al cruzarse nuestras miradas. Sus ojos me hablaban con la voz del alma diciéndome cuanto me amaba. Yo lo sabía, siempre lo supe. Llego al fin, su destino entrelazándose con el mío. Mi padre me la entrega diciendo:
—Cuida de ella, como se te ha enseñado. Con amor y respeto.
Yo asiento en entendimiento a sus palabras. Sin apartar mi mirada de los ojos oscuros de mi amada, llevo su mano a mis labios y deposito un beso.
No sé cuánto tiempo ha pasado, y me pregunto por qué mi familia no ha pagado mi rescate. ¿Acaso fue tan grande el daño causado por mi estupidez? ¿Ella se encontrará bien?
Escucho la puerta abrirse, más de una persona entra, lo sé, porque me toman de ambos brazos y me arrastran a algún lugar, creo que me cambian de habitación. Por primera vez desde que me trajeron aquí, hace ya mucho tiempo, me quitan la venda que cubre mis ojos. Los abro poco a poco, la luz es tenue pero suficiente para ver el rostro del hombre que esta frente a mí. No le alcanzo a reconocer de inmediato, bajo la mirada, dicen "Nunca los mires al rostro, si reconoces a alguien y ellos lo saben, tus oportunidades de sobrevivir se reducen a nada"
El hombre se acerca a mí y golpea mi rostro, es entonces que levanto la vista y detrás de él hay alguien más, escondiéndose bajo la oscuridad de las sombras del cuarto. Pero él olvidó algo, olvidó quitarse de la muñeca lo que le identificaría. Desvío la mirada y trato de no volver a ver ahí. Me sorprendo, pues nada de lo que parecía ser en mi vida era real, esta traición es una verdadera mierda.
El hombre frente a mí, el que me golpeaba y la voz de mi secuestrador me tira encima unas fotografías. Son de ella, de Elena.
—¡Tú! Hijo de puta, ¿quién te crees, para ser el defensor de una ramera muerta y otra que esta por pagar su atrevimiento? Si tú eres un desgraciado que mientras su esposa vomitaba las entrañas tú te revolcabas con su amiga. Tu putita secretaria hipócrita igual a ti. —él soltó una carcajada y después me propino otro golpe al rostro. Yo no respondo nada, si esos golpes eran mi castigo por haberle hecho daño a mi esposa con gusto los acepto. Pero tras eso había algo más turbio, esto solo era el pretexto.
—Yo no mato, forzo o prostituyo a nadie.
—Mi padre, tiene cáncer y va a pasar el resto de sus días encerrado, cometiste un grave error en meterte con uno de los líderes de la mafia.
—Puedo hacer que reduzcan su condena.
—No es tan fácil perdonarte, Ethan. Veras, mi madre se suicidó al enterarse que mi padre se acostó con esas mujerzuelas. Ellos eran un matrimonio de treinta años. Mi padre era un ejemplo a seguir, nunca le falto a mi madre.
— ¿Qué quieres? —comenzaba a desesperarme.
—Simple, hacerte pagar el dolor que ahora sufre mi padre por la pérdida de mi madre. Que sientas lo que él siente. Ojo por ojo.
— ¿Quieres matarme?
—Eso es demasiado fácil. No, voy a matarla a ella. —mi sangre se helo— lenta y dolorosamente frente a ti. Después de todo pareciera que si le tienes cariño. Se te veía muy mal en el hospital. —Él soltó una carcajada.
—Mátame a mí, ella no es culpable de nada, ella ya ha sufrido bastante.
—Mi madre tampoco era culpable.
—Lo lamento, de verdad lo siento. Por favor te lo ruego.
Lo último que recuerdo es su mano en el aire, en ella un arma y luego oscuridad.
—Ethan, te amo. —ella me dijo con adoración, yo lo era todo para ella, siempre lo supe.
—Y yo a ti Elena. —me acerqué lentamente a su rostro y deposité un beso casto en sus labios.
Cuando abrí los ojos un hombre estaba sentado frente a mí, no era el mismo que me golpeó.
—Puedo darte tres veces más de lo que él te da, si tan solo me dejas ir.
El hombre no me respondió ni siquiera me miró continuaba tallando un pedazo de madera con una pequeña navaja.
—Te ofrezco el dinero, una casa y protección. —De nuevo no obtuve respuesta.
Un par de hombres entraron, llevaban con ellos a Emily la chica que había denunciado la muerte de su prima. Ella estaba brutalmente golpeada.
— ¡Ethan, has despertado! ¡Mira quién nos acompaña! —dijo señalando a Emily. Ella lloraba y temblaba de terror.
—Quiero que mires y que su muerte caiga sobre tus hombros. —él cargó la pistola que llevaba consigo, apuntó a la cabeza de Emily.
— ¡No, no por favor! —Grito, pero mi voz fue callada por el sonido del impacto del arma al ser disparada.
…..
—Elena yo…
—Yo… ya no puedo darte nada, todo te lo di. Mi vida, mi corazón todo. No volveré. Lo siento tanto. Quisiera poder amarte de nuevo, pero ya no tengo corazón para tí.
—No te pido nada, solo que me dejes amarte. No quiero causarte daño. Olvídame hoy, recuérdame mañana cuando estés recuperada. Solo prométeme que lucharas por tu vida, hazlo solo por ti porque tienes mucho que dar a otros, pero también tienes mucho que recibir.
—Sí.
Un estruendo fuera de la habitación me saca de mi inconciencia, se escuchan gritos y también disparos. Yo trato de mantenerme despierto, pero mi debilidad debido a los golpes, no me permite mantenerme totalmente consciente. De pronto distingo sombras entrando a la habitación, es mi captor Ivan. Traía consigo un arma, él apunta a mi cabeza y solo rezo porque una vez terminada mi vida a ella la dejen en paz, solo quiero que ella sea feliz.
Elena:
Desde el fondo de mi corazón, reconozco que he terminado con nuestro amor. Que fui yo quien se equivocó y que tú, lo único que hacías mientras yo te destruía, fue amarme con devoción.
Si tan solo pudiera regresar el tiempo, yo…
Emma estaba rezando por la seguridad de su hijo, porque lo encontraran pronto, sano y salvo. Habían pasado ya cuatro meses de su desaparición. La policía había llegado a la conclusión de que se trataba de una venganza y no un secuestro ya que jamás pidieron un rescate. Y a pesar de que decían que las probabilidades de encontrarlo con vida eran mínimas, no perdía la esperanza. Él era su hijo, jamás se daría por vencida hasta no tener su cuerpo inerte frente a ella.
El timbre del teléfono sonó, se levantó y corrió a tomar la llamada, pero fue Joshep quien llegó antes que ella.
—Casa de la familia Donovan.
—…
—Sí, soy yo dígame.
—…
—¡Vamos de inmediato!
—Cariño ¿Qué sucede? —le preguntó la mujer con incertidumbre.
—Creo que han encontrado a Ethan —dijo con tristeza— Debemos ir a la morgue a identificar el cuerpo.
Un dolor intenso golpeo su pecho, su sexto sentido de madre le decía que Ethan no estaba muerto. Respiró profundo e intento volver a la calma.
—No. Yo no puedo. Ve tú, pero yo sé que mi hijo no está muerto.
EL FIN DE UN AMORPara Isabella entrar a la clínica: Un Nuevo Amanecer, solo había sido el primer paso a una gran batalla de por vida consigo misma, su peor enemiga. No podía decir que ahora era perfecta y que era la mujer más segura sobre la tierra; pero lo que si podía decir es que había adquirido la valentía y fuerza de voluntad que nunca tuvo para decir «No», manteniéndose firme a sus ideales. Aprendió a aceptarse y amarse, sin esperar que otros lo hicieran por ella.
Cuando se miraba al espejo, trataba de ver las cosas nuevas que había en ella y no las anteriores que no le gustaban. No miraba su cuerpo, ella miraba su alma. Estaba consiente que la sombra que la atormentó durante casi toda su vida, la anorexia, siempre estaría ahí, detrás de ella observando, esperando a que de nuevo flaqueara y regresara llorando a lo único que le dio consuelo en sus días de soledad y desespero. A lo único que sentía que podía controlar, su hambre. Mientras tanto, viviría porque lo prometió, no por él, era por ella, porque sabía que aún tenía mucho que dar, mucho que ayudar.
Después de la traición de la que consideró una de sus mejores amigas, pensó que jamás podría volver a confiar y dar su amistad. Se equivocó, conoció a Jean en la clínica, también se encontraba interna, era bulímica.
Cuando se conocieron, Jean estaba a un mes de terminar su tratamiento y dejar la clínica. Ella era una chica huraña, demasiado seria y por alguna extraña razón su aura causaba temor a otros cuando en realidad era la chica más dulce que había conocido. Jean solía burlarse llamándola: «Esposa engañada». Durante el mes que se trataron, debido a las sesiones grupales, no hacía más que hacerle la vida imposible con comentarios hirientes, ahora entendía que solo quería ayudarla a reaccionar. Ella no lloraba y tampoco se enojaba, estaba en un estado de depresión en el que ya no sentía, estaba anestesiada, nada de lo que dijeran o hicieran a su alrededor le importaba. Nada la afectaba, la vida había perdido su sentido, su valor. Cuando al fin creyó que no volvería a verla y descansaría de esa personita molesta ella volvió a aparecer… Cuando le avisaron que estaba fuera de su habitación esperando ser recibida no lo creyó. Ni siquiera sabía la razón de haber aceptado verla, la chica parecía odiarla por alguna razón que no le importaba conocer. Isabella no quería amigas. Pero lo hizo, dio permiso para que ella la visitara cuando quisiera y así pasaron los meses. Jean jamás faltó a ninguna visita»…
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Había pasado seis meses de estar dentro de la clínica, me había rehusado a recibir las visitas de Alice y Esme. La razón era que no quería saber nada de él ni nada de lo que lo relacionaba. Esme siempre había sido de la creencia que un matrimonio era para toda la vida y como Edward se encuentra arrepentido, estoy segura de que, me pedirá darle una última oportunidad para hablar. Estoy cansada de oportunidades que lo único que ocasionan es que mi corazón se rompa una y otra vez. Además, ya no tengo nada que ofrecer, no me siento capaz de dar una oportunidad sin estar cada cinco minutos pensando en que tal vez, está engañándome. Yo también lo engañé dejándolo creer lo que quería. ¿Qué podría esperarnos a ambos?
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Hoy por fin después de un año mi tratamiento ha dado frutos, puedo valerme por mí misma y pronto estaré lista para integrarme a la sociedad. Los médicos me dejaran volver a casa bajo observación. Y aunque sé que mi batalla contra mí misma y mi anorexia será de por vida estoy segura que podré lograrlo. Tengo listas mis maletas, Jean está conmigo. Ella me propuso conocer a su familia en Italia, dijo que serían como unas vacaciones para tomar decisiones acerca de lo que quiero hacer de hoy en adelante con mi vida. Tiene razón, aun no puedo enfrentarme a Edward y tampoco es que a él le importe de verdad. Si fuera así ¿por qué no ha venido ni una sola vez a verme?
Cuando iba a salir de la que había sido mi habitación durante estos meses, Jean entró.
—Isabella, la familia de tu esposo está aquí —me informó preocupada, supongo a mi reacción.
— ¿Sabes si él también está? —pregunté con miedo y a la vez con esperanza.
—No. Él no está.
—Entonces no quiero verlos. Es a él a quien debe importarle verme, no a su familia.
—De acuerdo.
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Viviendo en Italia desde hacía cinco meses, había tomado la decisión de quedarme a vivir aquí. Donde podía olvidarme del dolor. Donde terminaría por olvidarlo.
Me encontraba preparando la cena de esta noche cuando el timbre del apartamento sonó. Me limpié las manos con el delantal que llevaba encima, mientras caminaba hacia la entrada. Cuando la abrí me sorprendió ver a un enorme hombre en la puerta de mi casa. Llevaba ropa casual.
—Buenas tardes, Señora Cullen —me saludó con el nombre de mi esposo, era norteamericano y parecía conocerme y aunque su sonrisa era amable algo en su mirada me decía que lo que escucharía no me agradaría.
—¿Quién le dijo mi nombre? —le pregunté mientras trataba de hacer memoria por recordarlo, sin éxito alguno.
—Soy EmmettMcCarty, trabajo en Cullen y Asociados.
—Lo envió mi esposo —afirmé—. ¿Me ha enviado el divorcio?
—No, en realidad… creo que debería tomar asiento. Tengo una noticia que darle —sin yo haberle invitado, pasó dentro del apartamento dirigiéndose a la sala. Cuando llegó me señaló con la mano un lugar para que tomara asiento. Él se sentó frente a mí.
—Bien. ¿Qué es lo que Edward quiere?
—En realidad no ha sido su esposo el que me ha enviado. Fue el señor Jonathan Jhonson.
—¿Qué? No entiendo.
—Tengo entendido que su esposo fue secuestrado el mismo día que usted fue internada en la clínica de rehabilitación.
—¡No puede ser! —susurré mientras me llevaba una mano al pecho.
—Hace medio año encontraron un cadáver con las señas de su esposo, pero su rostro estaba irreconocible. Sus padres se rehusaron a reconocerlo como Edward.
—¿Qué hay de las pruebas de ADN? —pregunté, con un nudo en la garganta.
—No son padres biológicos de su esposo. Es hijo adoptivo.
—¡Oh, por Dios! —nunca me lo dijo, los recuerdos de él rehusándose a que adoptáramos vinieron a mi mente, junto con una pregunta: ¿Él lo sabría? —Necesito… yo…
— ¿Puedo traerle un vaso con agua? —las palabras no salían de mi boca, solo asentí. Mientras él fue a la cocina, y rebuscaba, trataba de tomarle sentido a todo lo que este hombre me decía, ahora comprendía su ausencia. Había creído que yo no le importaba, pero él me hizo prometerle que saldría adelante. Me pregunto si él sabía lo que le ocurriría, o si lo habían amenazado antes.
—Aquí tiene, bébalo todo.
— ¿Qué han hecho sus padres? —mis manos temblaban mientras sujetaba con fuerza el vaso.
—Han contratado investigadores. Señora de verdad siento mucho tener que ser yo quien le traiga tan tristes noticias —asentí recibiendo sus disculpas.
—Sus padres, ¿no pagaron a tiempo el rescate?
—Al parecer fue una venganza, los secuestradores jamás se pusieron en contacto con ellos. El señor Jonathan me ha enviado, para que usted como su esposa tome la decisión que sus padres no han hecho.
— ¿Dé que habla?
—Después de un año el señor Cullen no volverá y si lo hace no será con vida —ante esas palabras mi estomago se comprimió—. Hay negocios, socios que piden la toma de decisiones. Es preciso que usted enfrente la realidad que sus padres no han podido afrontar.
—¿Quieren que de por muerto a mi esposo? ¿Cuándo su familia no ha perdido la esperanza de encontrarlo? —De pronto las náuseas vinieron a mí, corrí al baño sin decir nada y vomité. La impresión de su desaparición y el hecho de que me pidieran matarlo formalmente era demasiado. Después de varios minutos regresé a la sala.
—¿Se encuentra mejor? —me preguntó preocupado.
—Sí, lo lamento. Por favor continúe.
—Ha habido pérdidas en los negocios de su esposo. Debido a su ausencia, no se han podido tomar algunas decisiones que solo él como presidente y socio mayoritario puede tomar. Varios accionistas han pedido que la familia haga la lectura del testamento, y el heredero tome cartas en el asunto. De otra manera ellos se retirarán, y como consecuencia habrá demandas.
—No haré nada sin consultar antes a sus padres.
—De acuerdo, voy a dejarle los datos del hotel donde me hospedo. Solo le pido reconsidere todas las opciones. Sabemos que para usted será difícil la decisión. Pero tenga en cuenta que de usted dependen otros.
Cuando Jean llegó a casa me encontró sentada en el suelo, abrazando mis rodillas y llorando.
—¿Qué ocurre?
—Edward está muerto.
—¿Quién te dijo eso? —ella tensó la quijada.
Le expliqué todo lo que había hablado con el abogado de Jonathan. Ella me consoló, me sentía una estúpida porque jamás quise recibir las visitas de su familia. Esa noche hablé con Esme. Ella lloró conmigo en el teléfono, fue una llamada que duró horas, le pedí perdón por mi desatención, y me uní a ellos en la búsqueda de Edward. No, no pude rendirme y darlo por muerto, sin antes haber agotado todos los intentos de encontrarlo. El hombre que Carlisle vio en la morgue, no podía ser Edward, aun cuando su rostro estaba desfigurado y no podía reconocerse. Carlisle como solo un padre puede saber, supo que no era él. Una marca, un lunar que el hombre tenía y Edward no.
Hablé con Emmetty acordamos una cita, esta vez había sido asesorada por un abogado de Carlisle, tomamos la opción de que, como su esposa y única autorizada por los bancos para hacer movimientos en sus cuentas, yo tomaría su lugar en su ausencia. Pero en este caso, Emmetthabía sido un gran apoyo e incluso él no se había inclinado a favor de aquellos socios que querían muerto a Edward, por así decirlo, él se había comportado de una forma neutral. Por lo que como empleado de Edward me pareció tomar a Emmettcomo mi representante legal. Jonathan se había comunicado con gran insistencia conmigo, para pedirme de manera sutil le entregara el poder legal de los negocios, pero algo que había aprendido de Edward cuando solía hablarme de su trabajo en las empresas y el bufete, es que jamás se debe dar a un socio, un poder que sea mayor que el tuyo. Sé que podía confiar en Jonathan, pero, si accedía, prácticamente le estaría entregando las empresas y Bufete de Edward. Algo que a él le había costado tanto tiempo y esfuerzo. Como siempre decía Edward, «Es mejor no tentar al Diablo».
Desde Italia me mantenía en constante contacto con Emmetty con los investigadores que llevaban la búsqueda de Edward. Nunca regresé a Estados Unidos, la razón es que después de haberme enterado de su desaparición volví a caer en depresión. Angela y Jean estuvieron dándome su apoyo. Fue entonces que Jean me propuso crear una fundación para apoyar a la mujer que sufriera violencia de género y así la iniciamos para poder honrar mi promesa. Si algún día el regresaba yo podría mirarlo a los ojos y decirle que había cumplido. Pero si no volvía, esperaba que donde quiera que estuviera supiera que lo había logrado.
Ahora después de tres años, sin esperanzas de encontrarlo ya, debíamos afrontar la realidad. Edward jamás volvería, aun cuando nuestros corazones se negarán a aceptarlo. La vida debía continuar.
Isabella volvió a Estados Unidos luego de tres años desde que llegó a Italia buscando olvidar, salvarse. En cambio, Jean, tenía ya un año viviendo en Chicago. Ella había querido abrir una sede más de su fundación allí.
El avión aterrizó a las 12:00 del mediodía, pisó suelo americano sintiendo una opresión en el pecho debido a los nervios, le aterraba no saber a qué se enfrentaría después de tantos años de ausencia. Sabía que era una cobarde al haber huido de esa manera, pero en ese momento de su vida no se sentía preparada para enfrentar a Edward, posiblemente esperaba algo de ella que ya no podía dar. Pero su temor más fuerte era saber que no la eligió, tantas noches pasadas se había torturado pensando en que él volvía con su amante cada noche, mientras ella estaba internada en la clínica intentando superar su patética enfermedad. En ese entonces todo era tan confuso: lo odiaba, pero también lo amaba. Hoy, recordarlo ya no le dolía y tampoco sentía la ira que hacía arder su cuerpo. Había pasado tanto tiempo que sus heridas tanto físicas como emocionales habían sanado ya.
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Cuando bajó del avión buscó entre la multitud a su gran amiga Jean.
Miraba a todas partes hasta que se topó con la rubia cabellera de su amiga. Con una sonrisa caminó deprisa para encontrarse con ella. Se fundieron en un abrazo y dieron un beso en la mejilla.
— ¡Hasta que llegas, tengo horas esperándote! —le reclamó la siempre inconforme Jean.
—Lo siento, el vuelo se retrasó —le dijo con una sonrisa culpable.
—Con tu suerte pensé que habías ocasionado la caída del avión —y ahí estaba la molestosa Jean, que siempre aprovechaba para burlarse.
—¡Qué gracia me das, Jean! —dijo sarcástica.
La rubia soltó una carcajada llamando la atención de la gente a su alrededor.
—Eres la única persona en este mundo que me causa gracia, ¿sabes? —dijo Jean, y eso era verdad. Isabella era su única amiga.
—Lo sé, pareces una vieja amargada —Isabella le respondió lanzándole un beso al final.
Ellas siguieron hablando y bromeando mientras se dirigían al departamento que compartirían, dejaron el equipaje y fueron al lugar donde se encontraba aquella persona que necesitaba su ayuda.
Llegaron al hospital, donde Isabella por un momento tuvo la sensación extraña de un presentimiento.
—Espera aquí, hablaré con ella para decirle de qué va el asunto.
Mientras ella esperaba, observaba atentamente a su alrededor. No pasaron más de cinco minutos cuando Jean se asomó por la puerta para pedirle que pasara.
Según Jean era un caso especial el de la mujer. La hermana la había encontrado inconsciente en su hogar, o mejor dicho su casa de infierno. Jean le dijo que ella estaba un poco renuente a recibir la ayuda por temor a represalias por parte de su expareja. Por lo que pensó que si ella le explicaba mejor los procedimientos y la situación en la que se encontraba podría convencerla de actuar. Como principal representante del área legal de la fundación era parte de sus obligaciones.
Lo primero que vio al entrar a la habitación fue a una mujer brutalmente golpeada, casos como ese siempre le recordaban el golpe que Edward le dio en una ocasión, en esos momentos era cuando ella le odiaba y la ira regresaba. Tomó aire para tranquilizarse y lo soltó lentamente. Lo siguiente en mirar fue el cabello rubio, luego su rostro casi deforme debido a la hinchazón causada por los golpes. Después como en cámara lenta miró sus ojos y la reconoció.
Era ella, la mujer que traicionó su amistad y confianza. La que la visitó y humilló en el hospital cuando se encontraba en una situación similar a la suya, la que se burló de ella y su estupidez. Caroline.
La mujer que creyó nunca volvería a ver.
Cualquiera que fuera la razón por la que la rueda de la fortuna, el karma o el destino las pusiera de nuevo en el mismo camino le hacía pensar en lo crueles que podían llegar a ser, ese no era más que un juego despiadado, para la diversión de aquel ser supremo que seguramente la odiaba por algo que tal vez en su vida pasada hizo.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunta Rosalie.
—Jane déjanos a solas un momento por favor —Isabella le pidió a Jane.
—Claro.
— ¿A qué has venido?, ¿a burlarte de mí? o ¿a restregarme en la cara lo feliz que eres con él? —cuestiona Rosalie. Isabella se da cuenta de que ella no estaba enterada de la desaparición de Edward.
—No sabía que eras tú. Te diré esto como mujer: no me alegra tu desgracia, pero todo en esta vida se paga. Como abogado te diré que estoy aquí para ayudarte, pero entenderé que si quieres que pase tú caso a otro para que puedas sentirte más cómoda hablando de tus asuntos. Yo no tengo ningún inconveniente.
—No quiero a ningún abogado, sólo que me dejen tranquila.
—Estas equivocándote, ahora es tiempo de actuar y liberarte de tu agresor, no lo hagas por ti, hazlo por el bebé que llevas dentro de ti.
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Cuando salí de la habitación de Rosalie me sentía abrumada y a la vez asqueada. Dios, no soy una santa o una víctima debía confesar que una parte de mí sentía una leve satisfacción por que el destino ha invertido los papeles. Pero tal vez, en otro tiempo y en otro lugar hubiera sentido pena por ella. Hoy no me permito tener compasión por aquellos quien no la merecen. Profesionalmente pienso que es mi deber ayudarla, pero no personalmente, eso para mí no sería ético, pues intencionalmente me dejaría ganar. Sí, mi parte herida y rencorosa eso haría. Si ella acepta la ayuda, lo mejor sería canalizarla con otro abogado.
— ¿Es la zorra? —Jane me sacó de mis confusos y encontrados sentimientos.
—Sólo es una mujer maltratada Jane. —le respondí, pues era cierto.
— ¿Volverás a ser su amiga?, ¿llevarás su caso? —Jane, como siempre sacó provecho de la situación para burlarse.
— Ni de broma, Jane —le respondí con mi rostro desfigurado por el temor de sus palabras.
Jane se fue a la oficina a atender otro asunto, mientras que yo regresé al departamento. Durante el trayecto pensé en las palabras de Rosalie, «Lo feliz que debes ser con él», lo que significaba que Edward no me mintió y que efectivamente ellos habían terminado.
Al llegar y entrar a mi nuevo hogar sentí nostalgia por mi antigua vida llena de paz en Italia. Ángela me ayudó bastante al igual que Jane. Les debía más de lo que un día podría pagarles. De pronto, mi teléfono celular comenzó a sonar con esa odiosa melodía que me sacaba de quicio; a Jane le gustaba y ella la había colocado como timbre de mi teléfono.
Tomé la llamada era Jonathan…
—Hola, buenas tardes Jonathan.
—Hola Bella, ¿qué tal tu viaje?
—Bien gracias.
—Me alegra, ¿estás en algún hotel hospedada? Porque a Carmen y a mí nos encantaría tenerte con nosotros.
—Gracias Jonathan estoy con una amiga.
—Ya veo, ¿estarás bien?
—Claro, no te preocupes.
—Sabes que es lo menos que puedo hacer por él, aunque no lo creas estoy seguro de cuanto te amaba.
— ¿A qué hora es la cita?
—Mañana a las diez de la mañana. Su familia está enterada.
—De acuerdo. Ahí estaré, si me disculpas…
—Por supuesto, que descanses.
—Gracias.
Finalicé la llamada sin ánimos de nada, fui a la que sería mi habitación y comencé a desempacar guardando cada cosa debidamente en su lugar, hasta que me encontré el libro de Romeo y Julieta, allí estaba guardada la carta sin leer de Edward. Aun a pesar de tanto tiempo no me sentía preparada para saber su contenido, podría decir que el tema Edward Cullen era superado y de cierta manera así era, perdoné sus errores, pero lo que nunca podría superar sería su muerte. Mañana se leería su testamento y yo no me sentía preparada para admitir que jamás lo encontraríamos, y sobre todo me encontraba aterrada de saber su última voluntad y lo que esperaba de mí.
Recordar la última vez que lo vi con vida todavía me partía el corazón. A pesar del daño causado, el dolor y el rencor debía reconocer que llevaba tatuadas sus palabras:
«No te pido nada, sólo que me dejes amarte. No quiero causarte daño. Olvídame hoy y recuérdame mañana cuando estés recuperada. Sólo prométeme que lucharás por tu vida, hazlo sólo por ti porque tienes mucho que dar a otros, pero también tienes mucho que recibir».
Esas palabras fueron la principal causa por la que acepté la propuesta de Jane para crear la fundación y así poder dar y ayudar a otros.
Besé la carta y la estreché cerca de mi corazón, uno de mis dedos tocó la cicatriz y el borde que indicaba el lugar dónde hoy día tenía un marcapasos. Mordí mi labio inferior sentándome en la cama. Lágrimas recorrieron mi rostro en el momento que recordaba al hombre que me enamoró y a su vez destruyó irreparablemente una parte de mi alma…
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Este día formalmente me encontraba de luto. A primera hora de la mañana me dirigí al que una vez fuera nuestro hogar. Frente al edificio un nudo en la garganta se me formó. Entré con las lágrimas a punto de ser derramadas de mis ojos. Una vez en el elevador me recordé, solo los buenos momentos que vivimos juntos, por un momento olvidé el daño y los errores cometidos. Yo reconocí por primera vez mi culpa. Yo le permití sus humillaciones, sus maltratos, me dejé manipular como una marioneta y ese fue mi grado de culpa.
«El hombre llega hasta donde la mujer quiere, si no le hubiera permitido nunca se hubiera atrevido».
Entre lentamente al departamento, se encontraba a oscuras. Las cortinas estaban cerradas. Camine hacia ellas y las corrí aun lado permitiendo que la luz del sol entrara a iluminar y dar un poco de calor a este lugar frío y muerto. Al darme la vuelta y ver mi derredor ahogue un grito, pues por primera vez me daba cuenta de que todo en este lugar me consumía. El frío color blanco de las paredes, los muebles, todo tan fuera de lugar para mí. Pero lo que más daño me causó, es ver que el departamento se encontraba tal y como lo vi la última vez. Como si fuera ayer, como si el tiempo hubiera regresado.
Caminé hacia la habitación, la cama tenia los rastros de lo que alguna vez fueran pétalos de rosas, ropa de él tirada en el suelo. Una triste sonrisa cruzó mis labios. Sin soportar más permanecer en ese lugar fui y recogí la foto más bonita que teníamos. Donde él parecía enamorado, donde yo le adoraba. El día de nuestra boda.
….
Cuando llegué al lugar donde se haría la lectura del testamento ya todos se encontraban ahí. Lo primero que hice al entrar a la habitación fue buscar con la mirada a Esme, ella se encontraba desecha. Caminé hasta su lugar y sin decir nada nos fundimos en un abrazo. Después Alice se puso frente a mí.
— ¿Por qué me abandonaste?
—Lo lamento Alice, jamás volveré a hacerlo.
Nos abrazamos y entonces el licenciado entró, saludó a los presentes y tomó su lugar.
Una vez sentados todos, se dispuso a leer la última voluntad de mi esposo…
En, Chicago Illinois, Estados Unidos de América, siendo las 13:15 horas del día 04 del mes noviembre del año dos mil tres, yo, Edward Anthony Cullen, hallándome en pleno goce de mis facultades mentales, otorgo Testamento Público Cerrado como a continuación expreso:
Nombro como único y universal heredero de todos mis bienes a mi esposa Isabella Swan…
Edward había redactado y firmado su testamento tan solo a dos meses de nuestro matrimonio. Negándome a su última voluntad no podía creer que él no considerara a su familia. «¿Por qué lo hizo?» No me había dado cuenta de la crisis nerviosa en la que había entrado hasta que Carlisle me abrazo frotando mis brazos para tranquilizarme. Lloraba y negaba. Pero él como un padre me susurró:
—Acepta la voluntad de mi hijo, él te amaba. A pesar de sus errores, él estaba arrepentido y dispuesto a ganar tu corazón de nuevo.
—No puedo, no puedo.
—Él hizo este testamento antes de sus errores, lo hizo pensando en proteger a la mujer que amaba. Nosotros no tenemos ningún inconveniente. Esme y yo fuimos sus testigos, en total acuerdo a su decisión.
EpílogoHabían transcurrido dos semanas de la lectura del testamento, Aro me dio la bienvenida, tenía miedo. No quería defraudar a nadie y llenar el enorme hueco que Edward había dejado me parecía algo imposible. Pero debía seguir su ejemplo. Emmett me había estado ayudando a ponerme al día con el manejo de los negocios de mi esposo, pero sobre todo en el manejo del Bufete. Era el encargado de tomar decisiones, no sin antes consultarme, en mi ausencia él era mi asistente y mano derecha. Dividía mi tiempo sin dejar de lado la fundación que ayuda a todo aquel que sufre violencia de genero.
En la fundación tenía un puesto vacante temporal en el área legal. Una de nuestras abogadas colaboradoras se encontraba de incapacidad por un accidente automovilístico. Hoy debía entrevistar a un recomendado de Jane.
Por lo que tomé el curriculum del prospecto, él estaba esperando a ser recibido. Cuando lo hice pasar todavía estaba leyendo su hoja de vida.
El abogado entró haciendo un estruendo al escucharlo levante la vista, el hombre estaba vestido informal, con un Jeans azul claro, playera gris Oxford, chaqueta café a juego con su cinturón. Por instinto levante una ceja preguntándome: «¿Como demonios se atreve a presentarse vestido así, en una entrevista de trabajo, donde por regla tenía que vestir de traje?
Seguí el recorrido de su cuerpo, su cuello y luego su rostro, un jadeo se escapó de mis labios en asombro. Su piel blanca, labios carnosos, nariz aguileña y un poco desviada, sus ojos cafés estaban opacados por los lentes que llevaba puestos, una pequeña cicatriz en su ceja y otra en su frente. El cabello de un negro azabache lo llevaba demasiado corto.
—Buenas tardes señorita —su acento era sureño—. Siento presentarme vestido informal, pero acabo de llegar a la ciudad.
El hombre señala su maleta.
—Ethan Reader, para servirle, señorita.
—Isabella Cullen —le estreche la mano que me ofreció.
