OSCURO CORAZÓN

Prólogo

Los gritos que provenían de la planta alta, hacían eco en la mansión de los Stravella. Robert aguardaba en el pasillo que conducía a la habitación de su esposa Marie. Caminando inquieto y de un lado a otro con las manos sudorosas, el futuro padre intentaba menguar el terror que lo afligía, pensando que algo iba mal con su hijo por nacer. Detrás de él, imitando sus movimientos estaba su primogénita. Una bella niña muy parecida a su madre, de ojos oscuros y cabello negro; algunas veces caprichosa, pero que alegraba la vida de sus padres con sus travesuras.

Danielle no comprendía por qué su padre ignoraba su presencia, o por qué su madre ya no jugaba con ella en los jardines. A sus ojos, ya no le prestaban atención. Hastiada, se recargó en la pared del pasillo para observar a su padre. «¿Qué esperaba para entrar a la habitación de su madre?», se preguntó.

Un fuerte alarido atrajo la atención de ambos. Danielle, tenía mucho miedo. «¿Por qué lloraba su madre?» Después de un momento se escuchó el llanto de un bebé. Danielle, se acercó a su padre que estaba inmóvil de pie frente a la puerta. Deseaba ver a su madre, pero el hombre se interponía en su camino y eso la irritaba. La mujer que acompañaba al doctor, abrió la puerta y pudo echar un vistazo en dirección a la cama de Marie. No pudo acercase porque su padre de nuevo se lo impidió, colocó una mano sobre su hombro, y lo apretó para no dejarla ir; al mirar hacia arriba vio a la mujer con un bulto entre sus brazos.

—¡Señor! Su hija —dijo la mujer entregándole a su padre el bulto, no comprendía.

—¡Es hermosa! —murmuró su padre. Danielle, quería ver lo que sostenía.

«¿Qué era hermoso?»

—Así es. Su esposa estará presentable en un momento. Señor.

—Bien, mientras tanto me quedaré con la bebé —dijo el hombre mientras besaba a la recién nacida.

«¿Cuál bebé?», se preguntó Danielle.

La mujer ingresó de nuevo a la habitación, mientras que Danielle, vigilaba a su padre y al bulto que ahora sabía era un bebé; a sus escasos seis años, notó que esa cosa le estaba robando a su padre.

—Mira mi pequeño Colibrí, es tu hermanita —el padre amoroso le mostró a la pequeña al diminuto e inofensivo ser.

—¡Es muy fea! —respondió, con desdén.

—No. No lo es. Lo que sucede es que está arrugadita, pero en unos días, podrás ver su verdadero aspecto.

Danielle, que observaba a su padre besar a la diminuta criatura, comprendió que, nunca vería hermosa a la bebé, y que la odiaría con todo su corazón.

Capítulo I

Gabrielle, estrujaba su bolso, mientras el carruaje andaba por las calles de Chicago. Había viajado en barco, en tren y actualmente en carroza; para llegar a casa después de haber concluido su educación en el viejo mundo. Aunque París era hermoso, Gabrielle, no cambiaba, su amado país. La mujer que la acompañaba, era la señorita Susanne Colt. Una mujer inteligente y recia que en su infancia torturó con sus travesuras hasta el cansancio. La institutriz, todavía no olvidaba y de verdad que no podía culparla por su rechazo. Su padre la había enviado para traerla de vuelta sana y salva, porque si algo poseía la mujer era una lealtad a su familia que rayaba en la obsesión. Y eso, aunque extraño, era bueno. Supuso Gabrielle.

¿Cuánto había anhelado regresar a casa? Ahora que el sueño se estaba haciendo real, no podía evitar pensar, en cómo la recibiría su madre. Marie Stravella, era una mujer dura que la criticaba continuamente; a veces pensaba que era por la devoción que su padre, Robert, mostraba por ella. Pero, así como Robert mostraba un amor devoto por su hija menor, Gabrielle, Marie prefería a su hija mayor, Danielle.

Gabrielle abrió su abanico y lo agitó frente a su rostro, más por nerviosismo que por el hecho de tener calor. Además, no soportaba la loción de su ex institutriz, que estaba muy entretenida bordando.

—Al parecer, en el internado no fueron capaces de quitarle lo inquieta. Debería hacer algo más que agitar ese abanico. Entienda que abrirlo, cerrarlo y agitarlo cada tanto, no hará que lleguemos más rápido.

—Lo siento, pero eso es mejor que saltar en los asientos y luego recibir sus manotazos.

Sí, Gabrielle, recordaba muy bien las maneras de su institutriz.

—Tampoco le quitaron lo impertinente —los ojos saltones de la mujer la observaban con desprecio—. ¡Pobre de la señora, Marie! El dolor de cabeza que le dará al ver que solo gastaron su dinero en una causa perdida. Afortunadamente, tiene a la Señorita Danielle. Ella, sí, es una verdadera dama. Solo puedo rezar, porque le encuentren un buen partido, uno que no se arrepienta al conocer su carácter irrespetuoso.

Gabrielle giró la cabeza de nuevo hacia la ventanilla y observó el hermoso paisaje. En silencio rezó para que lleguen a casa lo antes posible. Aunque no culpaba a la mujer del todo, ya que no había sido una niña muy obediente y mucho menos bien portada.

—Aun no entiendo, por qué no me avisaron del compromiso de Danielle. Es mi hermana. ¡Por el amor de Dios! ¡Son mi familia!

—Tal vez no deseaban que los avergonzaras con tu comportamiento rebelde.

—Sí claro. — Gabrielle, dedicó una mirada dura a la mujer mayor antes de mirar de nuevo por la ventanilla.

La ciudad había crecido mucho en su ausencia, y qué esperaba, si después de todo ella también había cambiado. Al pasar una de las grandes avenidas de la ciudad, vio la tienda donde su madre solía comprar las telas para sus vestidos. Gabrielle, se relamió los labios con nerviosismo mientras bajaba la mirada.

¿Ramin, todavía la esperaba, o su padre, el señor Asadi, había conseguido que al fin accediera a casarse con Ellen? «Pobre Ellen, lo que tiene de rica lo tiene de fea» había dicho Ramin, en esa ocasión. Un baile organizado por la esposa del coronel Miller. Ramin, se veía tan acongojado y frustrado, que ella no pudo evitar abrazarlo. Él era un hombre alto y su piel tostada por sus constantes viajes al medio oriente, hacían resaltar sus ojos color miel; tan llenos de misterio y de un fuego desconocido, para un corazón joven, que amaba por primera vez. Él la besó con ahínco, y ella tan hambrienta de su afecto, no dudó en responder con el mismo entusiasmo a pesar de ser su primer beso.

—¡ Gabrielle, despierta! Ya hemos llegado.

La joven castaña, abrió los ojos y se preguntó en qué momento los había cerrado. Susanne, ya estaba fuera del carruaje. Gabrielle, vio la fachada de su hogar con nostalgia. Estaba en casa, después de mucho tiempo; tres años habían pasado.

Gabrielle, siguió a la horrorosa mujer, tenía ganas de correr adentro y buscar a su padre, abrazarlo y…

—¡Gabrielle!

Al escuchar su nombre, levantó la mirada hacia el hombre robusto y mayor que la esperaba al pie de las escaleras de la mansión. Gabrielle, perdió la compostura practicada, y corrió a los brazos abiertos de su padre.

Robert, sostuvo entre sus brazos a su pequeña, y atolondrada hija. ¡Cuánto la había extrañado! La amaba con locura, su hija, era su mayor tesoro en el mundo.

Marie, observaba la escena con ojo crítico, no podía creer que su hija menor no había cambiado sus horrendos modales. Y lo peor era que a Robert, no le importaba. Pero y con todo y eso, no podía negar la belleza de su hija, cabello castaño y ojos verdes que brillaban con la felicidad de estar en casa. Sus mejillas rosadas naturalmente la hacían una joven encantadora. Marie, saboreó el futuro prometedor de su hija menor. Sí, ya tenía planes para ella.

Lentamente se aproximó a la pareja y con una sonrisa recibió a su pequeña hija.

—¡Mamá!

—¡Mi niña traviesa, pero mira nada más estás bellísima! —Marie, abrazó a su hija y luego besó su mejilla izquierda.

—Gracias mamá, tú también estás más hermosa de lo que recordaba.

Luego de que Marie sonriera ante el comentario de su hija, la miró con mayor detenimiento. Después se dirigió a Susanne.

—Espero que no hayan sufrido ningún inconveniente durante su regreso, Susanne.

—No, mi Señora. No hubo ninguno.

—Me alegro, Ahora, puede retirarse y descansar. Mañana la espero temprano para ayudarme con los preparativos de la boda de Danielle.

—Por supuesto, mi Señora.

La mujer tomó su valija y se alejó de la familia. Gabrielle, no tenía conocimiento del futuro matrimonio de su hermana, hasta que la mujer lo había mencionado dos días atrás.

—¿Por qué nadie me escribió sobre eso? ¿Cómo es que mi hermana se casa y yo no lo sabía?

—Tranquila, tu hermana quería darte la sorpresa. Danielle, ha estado muy nerviosa por tu llegada. Mira ha organizado una cena especial en tu nombre. ¿Por qué no descansas y luego te preparas para la cena? Ha invitado a su prometido y a su padre.

—Tu madre tiene razón Gabrielle. Danielle quería sorprenderte, ahora por favor, finge más tarde que no lo sabes. ¿Quieres?

—Está bien, me alegra verlos de nuevo. ¿Dónde está, Danielle?

—Fue por tu obsequio de bienvenida, pero vamos… ella quiere sorprenderte. Se una buena niña y ve a tu habitación.

—Iré a descansar.

Al entrar a su habitación notó que no había cambiado nada. Caminó hasta las puertas de su balcón, y las abrió dejando pasar el aire fresco de la tarde. Recordó cuando su amado Ramin, llegó hasta ella, tal como Romeo había hecho con Julieta. Sabía que amaba la obra, y por eso le había recitado las palabras de Romeo, para jurarle amor eterno.

Mas Gabrielle, no era tonta, y sabía que existía la posibilidad de que ahora mismo su amado Ramin, estuviera casado. Aun cuando le había prometido que la esperaría. Esa noche casi se había entregado a él, si no hubiera sido por su hermana, ahora estarían juntos. Pues le había dicho qué, si la convertía en su mujer, no habría más remedio para su padre que otorgarle su mano.

Todavía recordaba sus obscenas manos acariciando su cuerpo deliberadamente; tomando su centro haciéndola estremecer, y sus maravillosos ojos más oscuros debido a la lujuria cuando la hizo alcanzar la gloria; mientras susurraba su nombre.

«Gabrielle, Gabrielle mi dulce Gabrielle. Dime amor mío, ¿me amas? ¡Grita mi nombre, amor mío!».

Gabrielle gritó su nombre mientras su cuerpo se arqueaba de placer y él mordía su seno izquierdo. Y cuando la desnudó para hacerla suya, Danielle, había entrado en la habitación en compañía de su madre.

Por supuesto, su padre nunca supo del incidente o le habría roto el corazón por la estupidez que había estado a punto de cometer. Marie, lo había echado y garantizado de que nunca la volvería a ver.

Había odiado a Danielle durante mucho tiempo. Después, comprendió que su madre tenía razón. No podía causarle una terrible decepción a su padre. Sobre todo, porque parecía el único que la amaba de verdad.

La mucama entró a la habitación presentándose como Johana, y pronto comenzó a preparar el vestido que usaría para la cena. Mientras otra joven, la ayudaba con su baño.

Johana, estaba dándole los últimos toques a su peinado y la otra joven le colocaba un poco de colorete. Las tres saltaron sorprendidas por la llegada de Marie, que entró en la habitación molesta por el retraso. Despidió a Johana y la otra joven a la que llamó Zoe, para terminar ella misma con los últimos retoques.

Gabrielle, miró a su madre caminar hasta ella a través del espejo. Marie, era una mujer hermosa y elegante, aunque no muy cálida con ella. Gabrielle permitió que su madre arreglara un bucle rebelde.

— Gabrielle, estás muy hermosa.

—Gracias.

—Tu hermana se ha esforzado demasiado para darte una buena bienvenida, así que por favor se amable. Además… no solo ha invitado a su prometido y su padre, también, a los Du Pac.

Ambas salieron de la habitación y se dirigieron a la planta baja.

—¿Quiénes son ellos?

—León Du Pac, es el nuevo socio de tu padre. Su esposa se llama Amber, y al parecer tienen un hijo de veinte años, al que nadie conoce porque está en Inglaterra.

Llegaron hasta las puertas del comedor, y Marie se detuvo un momento para alisarse las arrugas del vestido.

—¿Quién es el prometido de mi hermana? —preguntó Gabrielle. Pero Marie, no respondió ya que, de inmediato abrió las puertas que los separaban del comedor.

Gabrielle, miró a su padre en la cabecera de la mesa, a su lado izquierdo estaba su hermana Danielle, que hablaba animadamente con Ramin, sentado a su lado. Rápidamente, buscó con la mirada a otro hombre tan joven como ella, pero al no encontrarlo… Sintió que el aire salía de sus pulmones. Su madre, la tomó del brazo y la condujo a la mesa, los hombres se levantaron educadamente. Mientras que ella forzaba una sonrisa para no dejar ver lo afectada que estaba.

Marie, tomó asiento en el lado derecho de Robert y Gabrielle a un lado de su madre. Quedando frente al joven que una noche, hacía tres años la había besado con pasión. Su hermana Danielle, quién había sido testigo del corto romance, tenía una sonrisa cínica en el rostro.

Sin embargo, cuando su mirada chocó con la de Ramin le dieron ganas de llorar. El hombre que ella había llorado por tres años, se iba a casar con su hermana.

El compromiso

Ramin Asadi era el hijo de un importador y exportador de telas, que llegó al continente americano hace más de veinte años. Aunque, la familia Asadi era adinerada, la alta sociedad en la ciudad de Chicago, no los aceptaba del todo. Ya que, para muchos, no estaba clara la verdadera naturaleza de los millones que Karam Asadi, decía tener. Algunos, susurraban demasiado fuerte que aquel dinero era de dudosa procedencia; tal como la piratería. Por lo que fue de esperarse, que Karam buscara unir a su hijo con una dama de buena cuna. Y así, no solo mejorar el estatus social de su nombre, también obtendría, el beneficioso respaldo, de un buen apellido.

Ramin era un joven buen mozo, inteligente y de palabra fácil; pero detrás de esa fachada se encontraba un ser ambicioso sin escrúpulos, además de ser un hombre que gustaba de arruinar la reputación de las jovencitas inocentes. Hasta que conoció a la señorita Gabrielle Stravella, la flor más bella de todo el jardín de señoritas casaderas de Chicago.

La mujercita, era tan apasionada como él, y mentiría si no se encontraba prendado de la muchacha. Joven, hermosa y rica, aunque no la heredera principal de su familia, tenía una buena dote. De cualquier manera, su estatus social y buen apellido, servirían para las ambiciones de su padre.

Aunque se decía que era la favorita del señor Stravella, nunca pensó que la madre de Gabrielle lo mirara como una cucaracha, un simple y feo adorno mal colocado en un hermoso salón. En un momento de orgullo herido, formó el plan de deshonrar a la joven y así forzar el matrimonio. Y al no funcionar y desaparecer a la mujercita enviándola lejos, no le quedó remedio que buscar otra candidata.

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Gabrielle quería desaparecer de la vista del hombre frente a ella. Huir de la mirada oscura de Ramin y todos los pensamientos malsanos que le provocaba. El cómo fue que terminó siendo el prometido de su hermana era un misterio que resolvería más tarde. Así su corazón se rompiera en mil pedazos, se empeñaba en descubrir la verdad. Pensó, que eso sería suficiente para arrancar la incertidumbre y el profundo sentimiento de traición, por parte de ambos.

—Entonces, hermanita. ¿Vas a felicitarme, en algún momento, por mi próximo enlace? —Le preguntó Danielle con la evidente intención de burlarse de ella.

Danielle envidiaba la belleza y carisma de Gabrielle; por lo que no le permitiría conseguir lo que no podía tener: felicidad. Danielle estaba amargada y una nube oscura de dolor, rabia y celos, rodeaba su duro corazón. Todo por haber perdido al hombre al que consideraba el amor de su vida —que la rechazó casándose con una mujer que, según él, heredaría más de lo que ella podría soñar—, Sam Uley.

—Por supuesto. Pero ¡qué tonta, soy! Es que no me acostumbro a la idea, hermana, ya que apenas me enteré del compromiso. Estoy muy feliz por ti y por Ramin. ¡Muchas felicidades!

—¿No es hermosa, mi hija? —preguntó su padre, rebosante de orgullo y felicidad por tener a su niña en casa y que mejor que presumirla ante su nuevos amigos y socios. Los Du Pac.

—Por supuesto, amigo mío —León Du Pac, levantó su copa en dirección a Robert para brindar, en nombre de la joven. Luego se dirigió a ella—: Dígame señorita, ¿qué tal la trataron en París?

—Muy bien, gracias señor. Y a usted y su esposa, ¿cómo los ha tratado mi padre?

El hombre rubio y de ojos azules, de inmediato sonrió. Era una mujer que no se dejaba intimidar, hermosa y con carácter.

—Muy bien, tu padre es un buen hombre y muy inteligente he de reconocer. Y supongo que no solo eres una joven hermosa que ha heredado la elegancia de su madre, sino también la inteligencia de su padre. Me han platicado.

—¡No me diga! ¡Le apuesto que ese que le platicó no fue otro que mi padre! No se deje engañar, Señor Du Pac. Soy su hija y por lo tanto lo mejor que sus ojos pueden ver. Y no me dejará mentir… su preferida.

Danielle dejó caer el tenedor al escuchar el comentario descarado de su hermana. Que en ningún momento apartó los ojos del socio de su padre. Como si nadie más existiera, como si ella y Ramin, ¡no existieran! Se suponía que estaría tan dolida que apenas podría contener las lágrimas. Pero, la sonrisa de Gabrielle era la de una mujer segura, no la de la niña traviesa, pero tímida que partió hace tres años, a París.

La risotada de Robert fue seguida por la de León.

—¡Amigo, tiene tu carácter!

—Sí, te lo dije.

—Su madre, me comentó que ha llegado para quedarse —dijo Amber.

—Sí, mis estudios han concluido.

—Eso es… maravilloso. He tratado de convencer a mi esposo de dar un baile en nuestra nueva casa, pero no se ha mostrado muy interesado. Así que ahora que tenemos la excusa de su llegada, me encantaría ofrecer este baile en su honor. ¿Qué te parece, querido?

El hombre rubio sonrió con alegría.

—Amber, siempre consigue lo que quiere.

Danielle, permaneció en silencio, demasiado conmocionada para articular alguna ocurrencia para impedir tal baile. El anuncio de su compromiso a la sociedad, sería muy pronto y la horrible mujer planeaba sabotearla. ¿Cómo se atrevía a querer organizar una fiesta en honor a su hermana en su casa? Una mansión doblemente más grande que la de sus padres. Y ella debía conformarse con una pequeña fiestecilla en casa de su futuro suegro, en la que pocos amigos de su padre asistirían. Más por obligación por los negocios en común, que por el deseo de ir.

—Por supuesto los Asadi estaremos encantados de asistir a tal baile.

Karam Asadi, habló tardíamente. Como él hombre de su clase, desesperado por encajar, en un lugar al que no pertenecía.

—Por supuesto, señor Asadi —fueron las cordiales palabras de Amber. Ante el silencio sepulcral de la gente en la mesa.

Después de la cena, para la satisfacción de Marie, Gabrielle se dedicó a conversar y entretener a Amber Du Pac; una aficionada del arte y la literatura. Amber, quedó encantada con la joven. Estaba llena de vida y sus ojos brillaban cuando narraba de su vida en París. Amber se preguntó, si Gabrielle era la clase de mujer que Leonard, su hijo, necesitaba.

Cuando Gabrielle llegó a su habitación seguida por Marie y Danielle, quería gritar, ¿por qué no la dejaban sola?

—Gabrielle, hija estoy tan satisfecha con tu actuación esta noche. ¡Les has encantado a los socios de tu padre!

—¡Vaya! No sabía que tenía que agradarles. Pero, gracias… ¡Madre!

—¿Sabes? Tienen, un hijo y es soltero. Mi madre y yo, hemos pensado que sería una buena idea, si tú y él se casaran.

—¿De verdad? ¡Qué conveniente! Un matrimonio concertado con el hijo del socio de mi padre, porque tu vas a casarte con un… ¿cómo lo llamaron entonces? Ah sí, un delincuente violador, patán y oportunista.

—¡Gabrielle! No ofendas a tu hermana.

—¿Qué no la ofenda? ¿Te escuchas? ¿Por qué me has hecho esto, mamá?

—Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste, así que no te atrevas a cuestionar mis decisiones, Gabrielle.

—¿Mi padre sabe que ese hombre casi me deshonra?

El golpe seco en la mejilla de Gabrielle, dado por la mano dura de su madre, resonó por toda la habitación.

—No te atrevas a decir nada, Gabrielle.

—¿Por qué debería de guardar silencio? Dame una sola razón para no echar a ese hombre de nuestras vidas.

—¿Y arruinar la vida de Danielle? —preguntó, Marie.

—¿Arruinarla? Dime ¿por qué me casarías con el hijo del socio de mi padre y no ha Danielle? Al fin y al cabo, es ella una mejor opción para los señores Du Pac. Yo no heredaré, más que una miserable dote y Danielle será quien lo herede todo.

—Porque el costo de mi matrimonio con Ramin ha sido renunciar a mi herencia.

—¿Por qué lo has hecho, Danielle?

—¡Gabrielle!

—No. ¡Quiero saber!... Respóndeme, Danielle. ¿Por qué me odias?

—Porque nos amamos. Y estoy esperando un hijo suyo —respondió, Danielle. Desde la suave comodidad de la cama. Tranquilamente y disfrutando de la rabia y dolor de Gabrielle.

Gabrielle, dio un paso atrás y llevó una mano a su boca para silenciar su jadeo.

—Ahora, Gabrielle. Mantendrás la boca cerrada o de verdad haré que tu padre te envíe de regreso a París, con su hermana.

—¿Pueden dejarme sola?

—Claro, debes estar agotada. Descansa. ¡Danielle, dejemos a tu hermana!

Danielle se levantó de la cama, su mano derecha descansaba en su vientre. Un gesto que no pasó desapercibido para Gabrielle.

—Lo siento Gabrielle, pero Ramin y yo de verdad nos amamos. Él me ha dicho que lo que sintió una vez por ti, no fue nada más que lujuria. Perdónalo, por favor.

—No me interesa, Danielle.

En cuanto las mujeres salieron de la habitación, Gabrielle, se soltó a llorar.

El baile en la mansión Du Pac fue lo más comentado en las siguientes semanas; opacando el compromiso de Danielle; una reunión que rápidamente fue olvidada. La joven Gabrielle se había convertido en el constante tema de conversación. Los vestidos que usaba, los ademanes y elegancia que mostraba, o la belleza poco convencional de la dama. Que, si uno u otro joven adinerado estaba o no interesado en ella o, como Amber Du Pac, parecía mantener a la muchacha incansable para cualquier hombre que tuviera la intención de cortejarla. Al parecer los Du Pac, querían emparejar a la joven con su hijo, el cuál era todo un misterio.

Todavía se hablaba de aquella jugada de cartas donde León le insinuó a su buen amigo y socio, que Leonard estaría tan fascinado con Gabrielle cuando la conociera que, no dudaría en reclamar su herencia en vida, para entregársela a su padre a cambio de la joven. Robert, con una sonrisa en el rostro solo atinó a pedirle que le avisará cuando su hijo estuviera en el país, para enviarla lejos de sus terribles manos. Pero León continuaría insistiendo en un matrimonio entre ambos jóvenes:

—Ciertamente amigo mío, tu fortuna es muy tentadora. Pero nunca podría ver el rostro de mi hija si le pusiera un precio. Ella es una mujer soñadora, y así como yo me casé por amor, quisiera que ella también lo hiciera —fue la respuesta tajante de Robert a la proposición mal disimulada de León.

—Supongo que Leonard, tendrá mucho que hacer para enamorarla.

—Ya he dicho que la enviaré lejos antes de que conozca a tu hijo.

—Amigo, sabes que un día tendrá que volar del nido, ¿verdad?

—Seguro, en veinte años.

—Eres incorregible, Robert.

Y fue así, quedo claro para todos que la joven algún día contraería nupcias con el heredero, Leonard Du Pac.

Seis meses después…

El susurro de una pareja de amantes resonaba en la oscuridad de la sala de estar de la mansión en la que vivían. Los besos, repartidos en los hombros de la joven a la que el hombre adoraba, provocaron leves gemidos de placer. Abstraídos por la lujuria, no se percataron del hombre que entró en la habitación. Robert encontró a su hija menor, Gabrielle, en ropa de cama y en medio de la oscuridad; con Ramin Asadi.

Robert, rugió enfurecido al hombre, mientras lo separaba de su hija, arrojándolo al piso y allí aporreándolo sin compasión hasta que sus puños sangraron. Los gritos de Gabrielle y de Robert alertaron a Marie y a Danielle, que, al despertar y no ver a su marido en la cama con ella, corrió a toda prisa en su búsqueda.

La escena que encontraron en la habitación, las mantuvo más que sorprendidas. Los sirvientes alarmados, también por la algarabía, corrieron a separar a su señor del mequetrefe ese, al que nadie quería, antes de que cometiera un error que le causara mayor desgracia a la familia.

Marie alejó a Gabrielle de las miradas indiscretas de la servidumbre, llevándola arrastras hasta su habitación. Donde la golpeó por descarada. Por atreverse a poner sus delicadas manos en un hombre casado deshonrándose y poniendo el nombre de su familia en el lodo.

—No papa, por favor, es el padre de mi hijo. Ella lo buscó, me amenazó diciéndome que me lo robaría. Tu hija es la culpable.

—¿De qué estás hablando, Danielle? —su padre le preguntó a la joven que estaba de rodillas abrazando sus piernas, suplicando piedad por su marido infiel.

—Gabrielle, siempre me ha odiado y tú nunca has querido verlo. Siempre protegiéndola y solapando sus caprichos. Es que acaso, ¿Ramin o te demostró que tu dinero no le importa? Él ha aceptado todas tus condiciones, sin rechistar. Lo has humillado a él y a su padre y ellos nunca te han hecho ningún daño.

—Hasta este momento, Danielle.

Ella negó con la cabeza, y continuó hablando le:

—Nunca te pidió nada a cambio, padre. Ha estado a tu lado aprendiendo y trabajando para ti sin recibir un centavo. Lo que demuestra que ella se le ha metido. Por una vez en tu vida, padre, elígeme a mí.

—Danielle…

—Es el padre de mi hijo, no lo arruines a él que no ha nacido aún.

—No lo quiero volver a ver, si decides seguirlo… Puedes hacerlo, pero no me pidas que haga como si nada hubiese pasado. Vete ahora Danielle.

Al siguiente día, el joven matrimonio Asadi, salió de la mansión con rumbo a las afueras de la ciudad. A una casa que Marie había heredado de su padre.

En cuanto Gabrielle se despertó, su madre, herida por haberse visto obligada a alejarse de su hija Danielle, la hizo responsable de la infidelidad de Ramin, acusándola de seducirlo y de destrozar la vida de su hermana. La azotó sin ningún remordimiento, marcando su cuerpo, jurándole que jamás volvería a ser una tentación, para un hombre casado.

Gabrielle sufrió en silencio el abandono de Ramin. Ella juraba fervientemente que lo amaba de verdad, y aunque le había causado un dolor terrible e irreparable a su padre, no estaba arrepentida de haberse entregado al hombre. No podía negarse a sí misma que por un momento pensó que él lucharía por ella, pero también, entendió que, aunque la amara, se quedaría con Danielle; porque no podría abandonar a su hijo como su madre hizo con él.

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Dos meses después del incidente, Gabrielle se encontraba tocando la puerta del despacho de su padre. Era la primera vez que hablaría con su padre luego de amenazarla con intentar seguir al desgraciado de Ramin.

—Pasa Gabrielle — fue la respuesta gélida del hombre que no podía perdonarla.

—Padre. —Gabrielle mantenía la mirada baja, incapaz de verlo a los ojos. No soportaba ver la vergüenza que ella le causaba.

—León, me ha pedido tu mano para su hijo Leonard.

Gabrielle levanto la mirada, lagrimas empañaban sus ojos.

—No. No, papá. Por favor, te lo suplico.

—¡Estúpida! ¿Es que no entiendes que es lo mejor que te ha pasado? Quien iba a querer casarse con una mujer como tú. Una ramera…

Gabrielle cayó de rodillas al piso.

—En un mes, te casarás con su hijo. Y si te atreves a decir que no, yo mismo te echaré a la calle.

—No te atreverías.

—No me retes, prefiero mil veces eso a seguirte viendo la cara cada día.

La mirada fría y sin compasión del hombre, heló la sangre de Gabrielle. Quien no dudo de las palabras de su padre.

Sin embargo, para Robert, el compromiso de Gabrielle con el hijo de los Du Pac, no era otra cosa que la salvación de su hija, que en el fondo seguía amando con locura. Aunque no pudiera perdonarla por sus errores.

Leonard Du Pac

Veinte años atrás, en una mansión en la ciudad de Londres nació un niño de cabello cobrizo, piel blanca y ojos verdes; fue un parto complicado. El pequeño heredero tuvo problemas para respirar durante los primeros minutos de nacido. Las palabras del médico rompieron el corazón de sus padres esa noche:

—Hay una alta probabilidad de que el niño no sobreviva esta noche y, si lo logra podría tener serias consecuencias no solo físicas, también, mentales».

—¿Usted me está diciendo que mi hijo será estúpido? —León, no podía creerlo.

—El niño es prematuro, su corazón se detuvo por varios minutos, justo ahora le cuesta respirar, el retraso mental es una posibilidad. Lo lamento, Lord Du Pac.

—No me llamé así, sabe que renuncié a mi título —el medicó de la familia, asintió—. ¿Algo más, que deba saber?

—Sí —carraspeó sin duda la noticia sería un golpe fuerte, más si el pequeño heredero moría en cualquier momento—, su esposa no podrá volver a concebir. Lo lamento.

León, asintió. Tal vez ese era el castigo que merecía por haber hecho a un lado sus obligaciones con la corona y con su familia; por una mujer, que no era parte de la nobleza y que ni siquiera era rica. Pero cuando entró en la habitación donde yacía su esposa con su hijo en brazos —hablándole tan tiernamente—, se dio cuenta que no importaba lo que sucediera esa noche. Amaba a Amber con todo su ser y si su hijo sobrevivía, lo amaría, irremediablemente, sin importar las consecuencias que pudiera sufrir a causa de su nacimiento prematuro.

Leonard creció siendo amado y cuidado como el mayor tesoro que podían tener jamás, los Du Pac. Pues el matrimonio había sido advertido de que la vida de su pequeño sería corta y que deberían de disfrutar de aquel regalo que Dios les otorgó. Sí, al permitirles estar con su hijo por un corto tiempo, pero no menos apreciado.

Así paso el tiempo y cuando Leonard cumplió diez años, la vida le recordó a los Du Pac que un día la muerte visitaría su hogar; llevándose a su amado hijo prematuramente, tal y como había llegado al mundo.

Leonard miraba a los niños de la servidumbre desde su ventana. Nunca salía; el frio y el viento le causaban tos; exaltarse le causaba falta de aire; correr lo mareaba y hasta le provocaba desmayos. Y aunque, él, hubiera querido hacerse su amigo, su enfermedad, no se lo permitía. Al verse privado de salir a jugar, pasaba sus días en la biblioteca de su padre, al principio leyendo, después aprendiendo de él y de sus viajes de juventud. Para Leonard, León era su héroe.

León, le enseñó a manejar los negocios a la edad de catorce años. Ya que le entristecía que Leonard viera pasar la vida a través de la ventana. Así que un día, lo llamó a su lado y le mostró con profundidad, sujetar las riendas de, lo que el futuro sería suyo.

Lo llevó consigo a todas partes, cenas, reuniones, juntas y casas de juego. Siempre mostrándolo con orgullo. Y aunque Leonard no tenía permitido beber, un día León se preguntó: «¿Cuánto más se perderá de la vida?».

Una noche después, León, llegó a casa con un Leonard ebrio. Con simpatía descubrió que era un bebedor resistente al wiski, pero la cerveza de raíz lo había fulminado.

—León, ¿qué le pasa a Leonard?

—Tranquila, Amber. Nada grave, es solo que me acompañó a tomar un trago.

—Pero, León…

La mirada de León llena de dolor y suplica por su comprensión, hicieron que Amber guardara sus miedos en un cajón. Cuadró los hombros y bajó las escaleras para tomar el otro brazo de su hijo; ayudó en silencio con la tarea de llevar a Leonard a su habitación.

La jaqueca al siguiente día le hizo jurar al pobre muchacho que jamás bebería un trago de alcohol, en ninguna de sus formas. Cabe mencionar, que el dia que León llevó a un joven Leonard de dieciséis años a un cabaret, rompió su juramento para controlar su agitado corazón.

En esa ocasión, la escena de meses atrás se repitió, ambos padres colocaron a un Leonard fulminado en la cama; luego, fueron a su propia habitación. León, también había echado un vistazo profundo a las hermosas bailarinas. Pero ninguna de esas jóvenes y bellas mujeres, se comparaban con su hermosa esposa. Habían luchado mucho en el pasado para estar juntos y felizmente, no estaba dispuesto a echar por la borda todo el sacrificio que hicieron, por una mujer a la que, además, tendría que pagar. Y aunque le hizo jurar a Leonard que no le diría a su madre el lugar que visitaron. Lo cierto es, que Amber, sabía desde un principio a donde y los motivos por los que iban.

—Dime, ¿se divirtieron?

La mujer preguntó, mientras ayudaba a su esposo a desnudarse.

—¡Claro!

La mirada vidriosa de su esposo no pasó desapercibida para ella. No se sentía celosa, había una gran confianza en ellos. Una que nadie había podido romper.

—Solo, por favor no hagas que se acueste con alguna de ellas. Me gustaría, que fuera por amor y no porque tenga que pagar por ello.

—Sabe que no debe hacerlo, ese chico tiene la buena conciencia que le falta a sus dos padres.

Ambos soltaron una sonrisa triste y amarga.

—Ya lo creo.

León, tomó a su esposa de la cintura atrayéndola hacia él.

—¡Mujer!

—Sí, León.

—Bésame…

A los acongojados padres les pareció correcto forzar a Leonard a adquirir experiencia. ¡Qué importaba si se trataba de cometer diabluras! Como gastar grandes fortunas en burdeles y así iniciarse en ese extraño mundo del placer. ¿No era eso, lo que muchos jóvenes en su posición experimentaban antes de casarse? Acaso, ¿no fue de esa manera que el mismo León se inició? Nunca se lo diría a Amber.

Ellos darían sus vidas, si era necesario, para que Leonard pudiera salir de casa, sano y fuerte; como todo un pícaro a enamorar a las señoritas dulces e inocentes, gastar grandes cantidades de dinero en juegos de azar, endeudar a su padre hasta la ruina, ansiaban escucharlo gritar que se iba lejos, porque no quería seguir bajo el yugo de su progenitor o, que simplemente, se enamorara perdidamente y fuera contra cualquiera por ese loco amor. Preferirían mil veces un hijo cabeza dura, que uno enfermo y cercano cada día más a su muerte.

Ya sea por la vida agitada en el trabajo, por sus noches de juerga con su padre o simplemente porque su hora se acercaba, Leonard, comenzó a tener más episodios de fatiga, dificultad para respirar y mareos. Un día cuando no pudo levantarse de la cama por estar demasiado cansado decidieron llamar al médico. El corazón del heredero Du Pac, se debilitaba con mayor rapidez. Por lo que se vio obligado a volver a la vieja rutina de encierro.

En su cumpleaños diecisiete, sus padres organizaron un baile. León pretendía que Leonard se casara pronto para que le diera un heredero antes de morir. Amber, había accedido porque se reusaba a perderlo. Quería un recuerdo, un nieto con los ojos verdes de su hijo, con su cabello cobrizo y esa sonrisa que calentaba su corazón cada mañana.

Leonard sabía que estaba enfermo, que tenía un problema del corazón, pero jamás pasó por su mente qué fuera morir joven. Simplemente, el futuro no era su preocupación, hasta que conoció a la señorita Amelia Mallory.

La conoció en el mismo baile que sus padres realizaron por su cumpleaños. Conocerla fue un tanto accidental, al menos así lo fue para Leonard. Creyó que León aspiraba entablar negociaciones con el señor Mallory y por eso, los habían presentado. Se encontraron en alguna otra ocasión y cuando su padre lo animó a cortejarla, ella lo rechazó. Sin medir sus palabras le respondió con una verdad que lo marcaría, el resto de su vida.

La mansión Mallory quedaba del lado opuesto de la ciudad, por lo que Leonard le había pedido a su padre que lo acompañara y esperara en el carruaje. Nervioso, quería hablar con él antes de enfrentarse a la señorita Mallory. No sabía cómo empezar o qué decir, el consejo de León sería bienvenido.

Su corazón latía rápidamente y sus manos sudaban al igual que temblaban.

—Solo tienes que ser tú mismo, Leonard.

El joven, asintió. Pero su padre que lo conocía bien, noto la incertidumbre en él.

—¿Qué es lo que te preocupa, Leonard?

—Su rechazo. No, lo sé.

—Pensé que se estaban llevando bien…

—Sí, pero… tal vez tienes razón y yo solo estoy nervioso.

—Lo harás bien. No hay nada que tengas que temer y si ella te rechaza, entonces no vale la pena para ti. Eres joven todavía.

Leonard esperó pacientemente en la sala de estar de la mansión, la llegada de la señorita, Mallory.

—¿Leonard?

—¡Amelia! Discúlpame, por venir sin avisar.

Él dejó la taza de té en la mesilla a su lado, se puso de pie y tomó la mano enguantada de la mujer que amaba y la beso con ternura mientras sus ojos veían los suyos. Ella se sonrojó, como siempre hacía frente a él. Leonard esperó a que tomará asiento a su lado. Las puertas abiertas detrás de ellos eran la mayor privacidad que la dama de compañía de la joven podría dar. Ella esperaba afuera para interrumpir, cualquier ofensa al nombre Mallory.

—No te preocupes, solo me he sorprendido un poco. ¿En qué puedo ayudarte?

Leonard carraspeó y acomodó su corbatín, y luego sacó un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente.

—Lo siento, estoy un poco nervioso.

Ella sonrió y puso una mano sobre la de él.

—Tranquilo.

—Amelia, sé que tenemos, poco tiempo de conocernos…

—Sí…

—Pero quiero que sepas, que eres la mujer más hermosa que he conocido.

—Seguramente no conoces a muchas, Leonard.

—No y no estoy interesado en conocerlas…

Amelia llevó una mano a su pecho agitado.

—¡Por Dios! Leonard…

El hombre tomó entre sus manos, la mano había estado sujetando la suya.

—Solo estoy interesado en ti.

—¡Oh! Leonard… Me alagas, pero solo somos amigos.

—Lo sé, pero si me dieras la oportunidad, tal vez…

—No. Lo siento. Mi padre dice que morirás pronto.

Leonard la soltó como si la mujer lo hubiera quemado, se puso de pie. Ella hizo lo mismo.

—¿Qué?

—Por favor, Leonard. No lo niegues, ¿creíste que me casaría contigo solo porque estás muriendo? Puedes ser muy rico, pero en definitiva no quiero convertirme en viuda. Además, dicen que tu padre renunció a sus títulos porque tu madre solo era la hija de una familia arruinada y sin dinero. Hasta dicen que trabajó de institutriz y…

—¡Cállate! No hables de lo que no sabes. Tu padre está mal informado de todo.

Leonard salió de la casa de Amelia en el momento en que sintió un agudo dolor en el pecho.

—¡Espera! Leonard, por favor no le digas a tu padre. Ellos están por firmar un contrato y…

—Olvídalo Amelia, ese contrato solo iba a firmarse porque yo se lo pedí a mi padre.

—¿Serías capaz de…?

—Perdóname, Amelia. Pero estoy seguro que mi padre no querrá tener negocios con un hombre que habla a sus espaldas de su esposa. así que será mejor que hables con y le expliques, porque no quiero volver a verlo cerca de nosotros.

Leonard terminó de bajar los escalones de la entrada de la mansión antes de ver a León, bajar a toda prisa del carruaje para permitirle a Leonard subir.

Ya le faltaba el aire y el compungido joven, solo alcanzó a subirse al carruaje antes de derrumbarse.

Un día después, enfrentó a sus padres con ellos la verdad.

Tras meses de depresión, León, quien ya no soportaba la situación, un día lo obligó a salir de casa.

—¿A dónde me llevas?

—A trabajar, necesito tu opinión sobre algunas cosas.

—¿Por qué, lo harías? ¿Cuál sería la maldita diferencia? —, preguntó, sin mirarlo. Leonard entretuvo sus ojos en el paisaje que la ventanilla, le ofrecía. Evadiendo, así, la atenta mirada de su padre. León respondió con sinceridad la pregunta de su hijo:

—Porque, nos equivocamos contigo. Por miedo o tal vez por amor. No te permitimos vivir, Leonard. Vivir de verdad. Ya no quiero más este pánico en mis entrañas. ¡Quisimos evitarte tanto dolor…! Te sobreprotegimos… Y ¡mira lo qué pasó! Te hirieron de la peor manera. No debiste enterarte así.

—Merecía saberlo. ¡Es mi vida!

—¿Sabes? Cada mañana al despertar, me preguntó si hoy será el día en el que ya no te levantarás o el día en que de un momento a otro caerás en mis brazos en un sueño del que no despertarás jamás. De eso era de lo que te protegíamos.

Leonard, sollozó…

—¡Papá! No quiero morir.

León, se inclinó hacia Leonard, y con ambas manos tomó el rostro de su hijo. Las frentes de tocaron, y sin quitarle la mirada a los hermosos ojos verdes de Leonard le dijo:

—Entonces… no lo hagas. Sal de casa y vive, Leonard. No tengas miedo, no como nosotros tus padres. Eres nuestro hijo y siempre habrá miedo, estés sano o no. En cambio, tú, solo tienes que hacer lo que los hijos hacemos. Vivir.

Leonard, nunca se recuperó. Su salud apenas le permitía levantarse de la cama, comenzó a utilizar silla de ruedas para evitar fatigarse.

Tres años después hubo rumores, de que una gran guerra se desataría en Europa, León comenzó a realizar preparativos para viajar al nuevo mundo. Lejos de la crueldad y donde pudiera proteger a Leonard. Viajó a América con Amber para instalarse, mientras que Leonard finiquitaba todo en Londres, desde la comodidad de su hogar.

Leonard se encontró con sus padres en New york. León notó con pesar, lo desmejorado que estaba su hijo. Creyó que muy pronto, Leonard, dejaría de existir y eso le rompía el corazón. Y mientras Amber y Leonard viajaban a Florida en busca de un médico especialista en enfermedades del corazón. León regresó solo a Chicago, preocupado e intentando idear un plan para que Leonard consiguiera darle un nieto antes de morir. Su salvación, se presentó a él en una noche y debajo del brazo de Robert Stravella.

Robert se presentó en su hogar en estado de ebriedad, con una carpeta que contenía documentos donde cedía su fortuna a León Du Pac a cambio de permitirle continuar trabajando a su lado en la empresa que había forjado desde muy joven. Una paga, que les permitiera vivir cómodamente a él y su esposa, a cambio de salvar a Gabrielle de la ruina. Fue así que supo sobre el grave error que la joven había cometido. Siempre había considerado a Gabrielle una mujer interesante y con carácter. Era una lástima que la joven se hubiera dejado engatusar con ese hombre que a leguas se notaban sus ambiciosas intenciones. Por algo nunca le agradó.

León conocía lo suficiente a Robert para saber que si estaba de pie frente a él con la cabeza gacha y suplicándole tomará lo que tenía a cambio de su honor, era porque amaba a su hija tanto como él amaba a Leonard. Y que padre no haría todo por su hijo.

Pero ¿qué más daba? Ningún hombre con buen juicio emparentaría a su hija con un hombre al borde de la muerte. Al menos, no, un hombre decente. Que solo busque la riqueza.

Las circunstancias de la pobre muchacha la dejaban sin la opción de elegir. Lo que la convertiría en la candidata perfecta, para ser la esposa de su hijo y traer al mundo al nuevo heredero de la familia Du Pac. León podía educar a su nieto cuando Leonard faltara y así, hacerlo digno heredero de los Du Pac.

—Robert, hablar de negocios en la entrada de mi casa no es el lugar apropiado. Ven…—León que ya tenia experiencia con malos bebedores, tomó a su socio del brazo y lo condujo hasta su despacho. Su mayordomo lo siguió de cerca por si el hombre perdía el equilibrio.

—Ralph, envíanos un servicio de café, muy cargado —ordenó el rubio, cuando dejó al hombre en una silla frente a él.

—Enseguida, señor.

—Debí darte su mano cuando me la pediste.

—No, hiciste bien. Buscabas lo mejor para ella. Pero me temo que mi sentido del honor no permite abusar de un hombre bueno.

—¡Soy un estúpido! No… no debí venir aquí a ofenderte con mis problemas. Lo siento. Por favor, no se lo digas a nadie.

—Robert, he dicho que no aceptare tu ofrecimiento. Más no que no aceptare la mano de Gabrielle.

Robert, levantó la cabeza en dirección del rubio, preguntándose si había escuchado bien. León tenía la mirada perdida en la chimenea que les proporcionaba calor.

El mayordomo entró con una charola con una tetera, una azucarera y dos tazas. Sirvió y dio a cada hombre la propia. Luego, se retiró.

—Mi hijo, está muriendo.

Robert jadeó, llevó la taza a sus labios y bebió todo el café. necesitaba la cabeza despejada. La impresión de la penosa noticia, le ayudó en gran medida a bajarse la embriagues.

—Yo… no sé, qué decir.

—Nada —dijo con una sonrisa triste—. Amber y yo lo sabemos desde que nació. Incluso es un milagro en sí que todavía esté con vida.

—¿Qué es lo que padece?

—Su corazón se debilita con cada día que pasa.

—Y yo viniendo a ti a con mis problemas…

—En realidad, creo que tu visita ha sido muy oportuna.

—¿Cómo es eso?

—Mi hijo morirá pronto. ¡Dios no lo quiera! Pero no soy tonto y negármelo ya no puedo. Tu hija necesita un buen apellido y salvarse del repudio social, si es que su indiscreción sale a luz. Qué hombre con honor aceptaría a una mujer sin nada a cambio. Me temo que tu dinero quedaría en manos de un buitre, como Ramin Asadi. Así que te propongo algo.

—Te escucho…

—La felicidad de Leonard y un heredero para los Du Pac; a cambio de salvaremos a Gabrielle del repudio, con nuestro nombre. Un matrimonio concertado en el que ella solo tendrá que hacer algo tan fácil como buscar su felicidad con mi hijo. Cuando él muera, obviamente obtendrá independencia y una parte de la herencia de Leonard. Lo demás, será para mi nieto el cual se quedará bajo mi tutela hasta cumplir la mayoría de edad. Y si es una niña, hasta que contraiga nupcias.

Cuando notificaron a Leonard sobre su compromiso con Gabrielle Stravella, tuvo sus dudas. ¿Por qué debería aceptar un matrimonio por deber? Le dijeron que la muchacha había sido engañada y abandonada. Sabían que no habría prejuicios en Leonard, pues su misma madre había corrido con esa mala suerte, su padre la había deshonrado para luego abandonarla y casarse con otra mujer. Luego, pasó lo que pasó y ambos terminaron juntos. La diferencia con Gabrielle es que el susodicho no era joven que tuviera miedo al compromiso, sino uno que era casado. Entonces, nació la esperanza de tener una vida casi normal, lo emocionó y encontró el motivo para seguir con vida. Un alma rota, podría completarse con otra, ¿no?

Sus padres le hablaron de todo lo que conocían de Gabrielle. Amber le mostró una fotografía de ella, en un baile que su madre había organizado en su nombre cuando regresó de París. Le pareció la mujer más hermosa que jamás había visto. Ni siquiera la hermosa Amelia era tan bella. Creyó que, si estaba dispuesta a casarse con él, entonces había la oportunidad de que se enamoraran. Estaba dispuesto a darlo todo, por hacerla feliz.

Fuego y Hielo

La nueva mansión Du Pac, se mantuvo en pleno movimiento por la servidumbre que realizaba los preparativos de la boda de su joven y peculiar señor. El cual, tenían poco tiempo de conocer y, sin embargo, ya se había ganado la simpatía y fidelidad de todo el servicio. Cuando el personal de la casa se enteró del nombre de su futura esposa, las opiniones se dividieron entre si era una buena elección o no. Pero, al no poder llegar a un acuerdo, optaron por trabajar lo mejor que pudo para que la ceremonia y el banquete fuera más del agrado del joven amo que, de la señorita a la que solo ha visto una vez, unos meses atrás.

—La futura señora de la casa y sus parientes, llegarán en unos minutos —declaró, Ralph, el fiel mayordomo de la familia Du Pac desde hacía ya más de veinte años. Con los brazos detrás de la espalda mirando de lado al lado la formación de los criados que esperaban las siguientes indicaciones—. Debemos estar preparados para dar la bienvenida. Nuestro joven señor ha ordenado que todo sea puesto a su disposición cuanto antes. Así que, por favor, sean serviciales, educados y amables con la señorita, Gabrielle ofrece el hombre alto, y luego se dirigió en específico a su sobrina—. ¿Has comprendido, Blaire?

—Pues mientras que no sea como su hermana, que no entiende razones… —Blaire, tuvo la mala puntería de vaciar una taza de té en el vestido de en ese entonces la señorita Danielle, en la noche del baile de bienvenida de su actual futura señora. Blaire casi podía jurar que la mujer era hija del Diablo, pues la madre era igual o peor de odiosa, a diferencia del señor Robert que precisaba ser todo lo contrario al par de arpías. Estaba claro para todos que le hubiera costado el empleo si él hombre amable no hubiera intercedido, restándole importancia al asunto frente a la señora Amber.

—No te toca juzgar a nadie, ahora solo te ocuparás de ella —el hombre suspiró con pesar—. Por favor Blaire, compórtate. Serás su doncella y…

—¡Mátame, Creador! -, exclamó la joven rubia y de ojos azules, con las manos levantadas hacia el cielo. Provocando las risas de sus compañeros.

—Y, no quiero problemas —concluyó, Ralph. Luego, se preguntó por qué Dios lo castigó con una sobrina tan impertinente, y por qué, su hermano tuvo que enviársela después, en el momento que ya no pudo controlarla. Si el testarudo la hubo azotado una que otra vez cuando era una niña, él no debería que lidiar con una muchachita salvaje y grosera.

—Señor Ralph, ¿cuándo partirán los señores León y Amber? —Preguntó el cocinero, un poco nervioso. ¿Qué tal que, a la nueva ama no le gustaba su cocina? Ya lo he despedido anteriormente de una casa donde la señora , lo culpó de su malestar estomacal, being que, en realidad la mujer regordeta no paraba de comer.

—Hoy, una vez que concluya el banquete. Ahora si no hay más dudas, todos a trabajar que todavía falta mucho por hacer…

Gabrielle y su familia llegaron al anochecer a la mansión que sería su nuevo hogar. Al parecer, el mismo Leonard, su prometido, la había adquirido unos veinte días atrás. El joven se negaba a vivir con sus padres y mucho menos con los suegros. León de modo confidente le muestra el deseo de Leonard que era ofrecerle solamente lo mejor. Al divisar a lo lejos la dichosa estructura, no dudó en la disposición de Leonard para derrochar tanto dinero como quisiera, por su comodidad o, ¿era la de él?

La mansión de tres pisos tenía en su entrada dos hermosas cariátides, que a su vez sostenían el balcón central. La fachada estaba adornada con grupos ornamentales tallados en piedra de Bedford. La residencia era bella y lujosa. Pero lo que más le sorprendió, fue encontrar a la servidumbre detrás del matrimonio Du Pac, sin su esquivo prometido, esperando darle la bienvenida y ofrecer sus respetos. Eso la contrarió. Al parecer, Leonard se hallaba dispuesto a todo, según su padre, excepto claro a conocerla.

Al observar al personal formados en una línea, realizándole una leve inclinación, se sent angustiada. Su madre, Marie, siempre estuvo preferentemente dedicada a la educación de Danielle, que en la de ella, por supuesto, Gabrielle no había nacido para atrapar al mejor postor. Trató de recordar las palabras sabias que la institutriz intentó grabarle en la cabeza, entre manotazos y reprimendas, sin embargo, fue inútil porque nunca la escuchó. Y ni hablar del internado. Así que en respuesta solo atinó en asentir y dar las gracias en un pequeño susurro, al hombre que sabía, era el mayordomo; y al parecer el encargado actual de dirigir a toda la servidumbre.

Sus ojos verdes, buscaron a Amber, en busca de aprobación, porque no sabía exactamente cómo proceder. Pero, al captar la sonrisa amable de la mujer, soltó el aire contenido. Gracias a Dios, Amber, le había permitido llevar consigo a su antigua institutriz, a la que inmediatamente nombraría ama de llaves, una vez que tuviera el mando. Honestamente no sabría lidiar con el manejo del hogar y una plantilla de más de veinte sirvientes. ¡Estaba tan asustada y ajena a todo!

La habitación que le fue asignada a Gabrielle conectaba con la de Leonard, Amber, le había dicho que no tenía de qué preocuparse ya que se encargó personalmente de asegurar la puerta bajo llave. Además, de que Leonard era un caballero y estaba muy bien advertido de que no podía ver a la novia a solas. Gabrielle, no sabía si debía sentirse tranquila por eso, o tener miedo porque al parecer nadie quería que conociera al dichoso novio. A pesar de estar comprometidos desde hace un mes, él nunca la visitó, ni siquiera se dignó en enviarle una carta, como mínimo. Pensaba que, él, tampoco deseaba casarse. Si era así, ¿cuál sería su suerte?

Se detuvo un instante para observar la habitación que a su entender sería suya de hoy en adelante; era hermosa de un color blanco prominentemente, y con molduras extensas brindándole mayor exquisitez a la decoración. La cama era amplia con dosel y estaba tan cansada que, al recostarse, por un momento sintió que el sueño la alcanzaría pronto; por lo que con pesar se levantó y continuó merodeando por la habitación.

La doncella que la asistiría entró más tarde mientras se cepillaba el cabello, no pudo resistirse a hacerlo pues en el tocador había encontrado, un espejo de mano y un cepillo a juego.

—¡Buenas noches, señorita! Mi nombre es Blaire y voy a ser su doncella personal. La señora Amber, quiere hacer este obsequió.

Gabrielle, se giró hacia la joven y miró el vestido que traía en la mano.

—Es un vestido —reconoció, Gabrielle.

—Así, señorita. Y el joven, Leonard le envía esto.

Ella le extendió un estuche de plata. Al abrirlo, encontró un mensaje con un par de peinetas con esmeraldas y diamantes incrustadas en ellas en la forma de un ramillete de flores. Eran preciosas. Pasó los dedos en las hermosas florecillas de oro y piedras, antes de leer el mensaje:

Espero que este presente sea de su agrado, Gabrielle.

Leonard Du Pac

—¿Sabes si Leonard estará presente en la cena?

—No, señorita. Él no desea verla hasta el día de mañana.

Gabrielle, frunció el ceño.

—Ya veo. Blaire, ¿cómo es él?

—¿Disculpe?

—Estoy nerviosa, un día mi padre me informé sobre el matrimonio y luego… no he tenido el placer de conocerlo.

—Bueno, él es… —Blaire, tenía miedo de cometer una indiscreción —¿Sabe? Hay un retrato familiar en el despacho del joven Leonard. Después de la media noche todos están dormidos; y ya nadie camina por los pasillos. Así que puede bajar a esa hora sin ser descubierta. En lado derecho hay una puerta y detrás de ella un largo pasillo; es la tercera puerta.

Gabrielle, miraba a la joven por el espejo.

—Gracias.

—Estoy para servirla y eso incluye —sonrió con picardía—, guardar sus secretos.

Blaire ayudó a vestir y peinar a Gabrielle y cuando estuvo lista, se presentó en el comedor. Por la sonrisa de Amber, quedó claro que estaba satisfecha en que utilizara los obsequios de ella y su hijo.

A la media noche, Gabrielle, siguió las instrucciones de Blaire; bajó las escaleras y encontró la puerta. Al adentrarse escuchó un par de voces, era León y otra, de un joven. «Será… ¿Leonard?», se preguntó. Se mordió el labio inferior. Tenía que ser. Caminó firmemente por el pasillo hasta la habitación, la puerta estaba entre abierta y la luz de las velas y la chimenea escapaba de ella.

—No bebas demasiado o me temo que mañana lo lamentaras —escuchó a León decir.

—Lo sé, lo sé… Es solo que…

—Espera…

De pronto la puerta se abrió dejando al descubierto a la joven mujer.

—¡Gabrielle!

—Señor Du Pac —ella jugueteó con un listón suelto de su camisón de dormir. De ninguna manera detuvo el impulso de echar un vistazo hacia dentro de la habitación. Mas todo lo que pudo divisar fue el respaldo de una silla y una cabellera desordena; la luz de la chimenea le brindaba un camuflaje al verdadero color de cabello del hombre. El cuadro, sin embargo, fue ocultado con el pecho amplio de León. Gabrielle levantó su cabeza para encontrarse con la sonrisa y los ojos divertidos del rubio.

—Supongo… ¿qué se ha perdido?

—No. —carraspeó y continuó—: Solamente, venía por un libro. Mi doncella me orientó para encontrar el despacho antes de retirarse a dormir.

—Ya veo.

—No tenía sueño y… ¿puedo tomar un libro? —preguntó con voz suave y señalando hacia dentro.

—De ninguna manera, Gabrielle. Pero, Amber, pensó que te gustaría tener una habitación para tu uso personal y, ¡mira! es justo ahí. —Le apuntó la puerta de enfrente, con el dedo índice de la mano derecha—. Estoy seguro que ha seleccionado algunos libros que pueden ser de tu agrado.

—¿Así?

—Sí, permíteme mostrarte.

León la sujetó del brazo, entretanto, cerraba la puerta donde estaba Leonard. Abrió la otra puerta y la hizo entrar. León se adelantó y luego señaló:

—Toma asiento un momento, Gabrielle —le indicó un lugar junto a él en el sofá. Mientras la joven intentaba ponerse cómoda, León, encendió la lámpara de la mesita.

Gabrielle lo miró insegura.

—Creo que ya tengo sueño y debería ir a descansar.

—Me hubiese gustado hablar contigo en otras circunstancias, solo que no se ha presentado la ocasión. Gabrielle.

—No me pregunto por qué, pero no considero prudente hacerlo a media noche y casi a oscuras, señor Du Pac.

—No tienes nada que temer. Además, Leonard está en la otra habitación y sabe que estoy contigo. Solo tendrías que gritar, si hiciera algo indebido —sonrió con amabilidad.

—No quise ofenderlo. Es solo que…

León agitó la mano, restándole importancia al asunto. Y antes de continuar, esperó a que ella se sentara junto a él.

—Como bien sabes, tu matrimonio con mi hijo es de conveniencia y sé que no puedo esperar a que algún día lo ames.

—¿Disculpe? —Gabrielle, no entendía porque le decía esto. Se supone que debe esperar a que ame y respete a su hijo; ¿no?

—Solo estoy siendo honesto, Gabrielle. Leonard, es un joven peculiar. Y por eso me veo en la necesidad de interferir, solo por esta vez, con respecto a su matrimonio y con lo que esperamos de ti.

—¿Esperan?

—Tu padre y yo. Quiero decir que Robert ya no tiene un heredero potencial, desgraciadamente, yo tampoco. Y aunque todos esperamos de ti una conduta honorable, puede ocurrir lo contrario.

—Disculpe, pero creo que, si tanto le afecta que su hijo se case con una mujer como yo, tal vez no debió pedir mi mano.

—Te equivocas, tu padre me ha entregado la fortuna Stravella a cambio del honor de mi familia. —Gabrielle, jadeó—. Y aunque fue así, siempre te quise como mi nuera. Por otro lado, no soy tan tonto como para negarme a un buen negocio.

—Entonces, ¿por qué, no heredarle a Leonard? ¿Qué hizo él para merecer su desprecio?

León, negó con la cabeza de un lado a otro.

—Ya te lo dije, es un joven peculiar.

—¿Está incapacitado —carraspeó—, mentalmente?

El hombre maduro, sonrió.

—No, él es muy inteligente. Persuasivo, bueno con los negocios y muy terco —advirtió divertido.

—Entonces, ¿lo que quieren es un heredero?

—Así es.

—No entiendo, ¿qué le preocupa? y ¿por qué tiene que decirme esto a mí? —Sus ojos verdes observaban los azules de León—. ¿No le parece que tal vez esta conversación debería tenerla con Leonard y no conmigo, señor Du Pac?

—Imposible, lo que quiero es que seduzcas a mi hijo y lo ayudes a consumar el matrimonio.

Gabrielle, abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua. Su rostro totalmente enrojecido. León entrecerró los ojos.

—Es usted un… ¿cómo se atreve a sugerirme algo así?

—Por favor señorita Gabrielle no me venga con mojigaterías, lo que le pido no es nada que desconozca. —Gabrielle se puso de pie y León la siguió, sujetándola de nuevo del brazo para que no huyera—. Ahora que, si necesita un incentivo, preste atención. Si no quiere continuar al lado de Leonard, solamente tiene que entregarme al niño legalmente una vez que nazca. Renunciando a sus derechos como madre y, a cambio, le entregaré una casa y una pequeña fortuna que le será suficiente para vivir cómodamente, lejos de Leonard y del niño.

» Eso sí, no podrá volver a verlos, jamás. O, puede simplemente permanecer al lado de su familia, e intentar llevar una vida honorable con todos los privilegios que le corresponderán como señora Du Pac. Aun si Leonard muriera, usted se convertiría en su respetable viuda; y seguramente no se atrevería a desamparar a la madre de su hijo. —León desvió la mirada un poco, suponiendo lo que Leonard dejaría a su esposa—. Claro, si usted es una buena mujer de hoy en adelante, y finge que lo ama.

—¿Usted me está pidiendo que le venda a mi hijo, a cambio de una supuesta libertad? Eso sería un suicidio social.

—No, exactamente. Depende más de lo que verdaderamente valga la pena para usted, Gabrielle. Sí lo que le importa es el qué dirán, ya es demasiado tarde. Lo que le estoy ofreciendo es: no cargar con Leonard a cambio de un heredero.

—¿Cargar con Leonard? ¿Se da cuenta de lo que me está diciendo? —Gabrielle, pensó que el hombre veía a su propio hijo como un mal negocio al que le urgía reparar. ¿Por qué? ¿Qué escondían?

—Piénselo.

—¿Leonard lo sabe? — preguntó.

—No. Gabrielle, nunca debe enterarse.

—Con todo respeto, señor Du Pac. Han cometido un error conmigo al pensar que soy una mujer frívola que actúa por egoísmo. Tal vez sea cierto que nunca amaré a Leonard, porque mi corazón le pertenece a otro. —León no sabía si reír o aplaudirle a la joven por su valentía al hacer semejante declaración, y por esa tonta dignidad—. No obstante, jamás abandonaría a mi hijo con un hombre insensible, que es capaz de negociar con un niño que no es suyo; y nada más que a espaldas del padre; como si estuviera hablando de petróleo a explotar. Y disculpe si le digo lo que nadie le ha dicho en su vida: ¡Usted es menos honorable que una mujer que se entrega a un hombre por amor!

«¡Qué hombre tan horrible!», pensó Gabrielle.

León sonrió. Esperaba que ella contagiara de ese fuego de rebeldía a Leonard. Era evidente que el muchacho necesitaba conocer un poco de eso. Además, de que Gabrielle al estar casada con él, no podría huir tan fácilmente. Solo faltaba que la dulce Amber, hablara con la muchacha.

—Interesante —susurró, dejándola más conmocionada que antes—. Ya veremos, Gabrielle. Ahora, puedes regresar a tu habitación.

Gabrielle salió deprisa. ¿Por qué parecía tan preocupado por un heredero? Y mejor aún ¿por qué creía que ella querría deshacerse de Leonard? Bueno, no lo conocía. Pero ¿qué estaban escondiendo para asegurarlo?

A la mañana siguiente, la doncella estaba dando los últimos retoques a su peinado, en el instante que Marie decidió abandonar la habitación. La rencorosa mujer apenas le dirigía una mirada y cuando lo hacía parecía querer apuñalarla. Gabrielle tenía miedo, sí, pero también ansiaba huir del hogar que la vio nacer. Un lugar donde ya nadie deseaba verla y que, además, era la culpable de la infelicidad de Marie y la señora Danielle.

Para el mundo, su hermana era la víctima. Lo que nadie sabía, es que Danielle le robó a Ramin, solo porque podía hacerlo y no porque lo amara de verdad. Siempre fue así, culpándola de sus maldades cuando eran niñas y quitándole lo que ella deseaba o tenía. ¿Por qué le sorprendió encontrarse con que también le había quitado a Ramin?

—Dígame, señorita. ¿vio el retrato?

Gabrielle, negó con la cabeza. No podía articular palabra, porque si lo hacía soltaría a llorar. Blaire, la dejó un momento para ir por el velo. Gabrielle observó a la joven que parecía más emocionada que ella. Cerró los ojos, al divisar a Blaire acercándose con el trozo de tela, permitiendo que la doncella lo colocara.

—Esta lista señorita, ¿quiere mirarse al espejo?

Gabrielle se levantó del taburete que estaba frente al tocador y caminó hacia el espejo de cuerpo completo a un lado. No se reconoció, enfundada en un vestido beige, con cuello largo; las mangas hasta los puños con encaje por las orillas; la falda recta tenía bordado pequeños ramilletes en hilo de plata. Su rostro era nublado por el velo que llegaba al piso. También llevaba las joyas de la familia Du Pac. Una tiara de diamantes a juego con los pendientes.

Amber había entrado a su habitación esa mañana, despidiendo a todos los que ayudaban en su arreglo, incluso a Marie.

—Gabrielle, eres la novia más hermosa que he visto, aunque te falta un detalle. —En ese instante, Amber, le presentó un estuche de terciopelo—. Pertenecieron a la madre de León.

—Son hermosos, señora Amber. Pero me temo que debo rechazarlos, pienso que el señor León, no desearía que yo los porte, ni siquiera para la ocasión.

—Nada de eso, el mismo los sacó de la caja fuerte y me envió a dártelos.

Gabrielle miraba sus manos, estaba contrariada. Amber al notar el conflicto en la muchacha, sujetó su mejilla y la levantó para que ambas pudieran verse a los ojos.

—Gabrielle, mi hijo está dispuesto a intentar conocerte y procurarte. Es un joven muy sensible y te pido que, por el bien de ambos, lo intentes tú también.

—Sinceramente, señora Du Pac…

—Llámame Amber.

Gabrielle, asintió.

—Amber, no sé qué pensar. Él no ha querido conocerme hasta hoy.

—No lo tomes a mal, es solo que ha estado muy nervioso y todo fue tan apresurado que apenas tuvimos tiempo para poner las cosas en orden, incluyendo los negocios de la familia que Leonard supervisa. No te conoció, no porque no quisiera. Simplemente hubo complicaciones que no tenían nada que ver con ustedes.

—Está bien lo intentaré, Amber.

Cuando su madre entró de nuevo en la habitación y vio las joyas quiso maldecir a su hija, pero como no podía hacerlo, se acercó y le susurró con un tono venenoso:

—¡No las mereces!

—Lo siento, madre; pero si Danielle no las tiene es porque quiso quitarme a Ramin. Su propia tontería.

Desde la entrada de la casa hasta la pequeña capilla el camino fue adornado con una alfombra roja y en ella se depositaron pétalos de rosas blancas. Todo parecía irreal. Gabrielle, quería pensar que quien la esperaba de pie frente al sacerdote era Ramin, pero no lo era, por lo que estaba terriblemente infeliz.

Llegó a la capilla del brazo de Robert, como invitados estaba el matrimonio Du Pac y sus dos sobrinos y esposas. Que habían llegado esa mañana y se los presentaron durante el desayuno. Aunque la esposa de uno de ellos, la cual no recordaba su nombre, había querido iniciar una conversación con ella y fue su madre quien las interrumpió para comenzar con su arreglo. Nunca estuvo más agradecida con Marie, no quería hablar con la joven, que al parecer su unión fue por amor. Por su parte solo estaban presentes sus padres.

Todo el camino mantuvo su mirada en el piso, al cruzar las puertas de la capilla, lo primero que observó fue a los invitados, no quería mirar a donde se encontraba su supuesto prometido, ya era demasiado tarde para echarle un vistazo y salir corriendo si él estaba deforme o con verrugas en la cara. Su padre la sostenía por el brazo con una fuerza que la obligaba a caminar a su ritmo. Tal vez temiendo que en cualquier momento detuviera sus pasos o se desmayase.

Continuó caminando bajo la atenta mirada de todos, pero sentía que era traspasada por una en especial y que se encontraba justo frente a ella. Entonces… llegó a su destino.

—Te entrego a mi hija cuídala bien —escuchó a Robert.

—Así será señor —el hermoso barítono, retumbó en la capilla otorgándole más fuerza a su promesa. A Gabrielle le dio escalofríos.

Poco a poco fue levantando la vista para encontrarse en lugar de dos piernas, una silla de ruedas y, el cuerpo de un hombre demasiado delgado sentado en ella. Su mirada se detuvo en la mano que esperaba la suya para ser entrelazada con la de él. Entonces, se sintió enferma. Estuvo a punto de vomitar en su prometido. Tal vez desmayarse. Sí, eso era lo que quería, pero no sucedió, su padre se acercó a su oído y disimuladamente ordenó entre dientes:

—Gabrielle, toma su mano.

Por primera vez después de lo de Ramin padre e hija se miraron al rostro. Gabrielle leyó: lástima y decepción al mismo tiempo. Sí, por su hija la más amada y la que lo defraudó. Ya no quería verlo sufrir o continuar avergonzándolo. Por eso, le daría su mano a ese hombre.

En el instante en el que Leonard vio entrar a Gabrielle, intuyó que se enamoraría perdidamente, más pronto de lo que pensaba. Era hermosa y le pareció apropiado compararla con un ángel. Su buen juicio le dijo que era natural que la joven sintiera temor ante un futuro incierto. Sobre todo, porque no tuvo la oportunidad de presentarse, ni cortejarla. Pero en cuanto León le informó del compromiso, quiso buscar un médico que pudiera darle una esperanza de vida más larga. No quería morir cuando su vida apenas iba a comenzar.

Miró a su padre y le dio una señal para que lo ayudara a ponerse de pie. Los constantes viajes que hizo, el nerviosismo por la boda y el no haber dormido casi nada le pasaron factura por la mañana. Se había sentido mareado y con falta de aire con cada paso que daba, por eso no tuvo otra alternativa que presentarse en silla de ruedas a la ceremonia. No quería hacerlo, pero Amber estaba tan preocupada de que tuviera un desmayo o algo peor, por lo que insistió, dejándolo sin elección.

Sin embargo, Gabrielle, era su prometida y si sentía repulsión por casarse con un hombre discapacitado, entonces no lo sería. Leonard se puso en pie y volvió a ofrecer su mano. A una hermosa novia, con el rostro velado, pero sorprendido.

Gabrielle no esperaba que él pudiese levantarse. Se sonrojó de vergüenza, porque era evidente que él lo hizo solo porque ella no quería darle la mano a un lisiado. Escuchó a su madre carraspear desde el lado de los invitados. Despertando de su conmoción, le entregó su mano al joven que esperaba con paciencia. No pasó desapercibido el suspiro de alivio de los invitados.

Su padre dio un paso atrás y León también hizo lo mismo. Ambos frente al sacerdote, se negaba a mirar el rostro de su prometido. Que tal que era bizco, tuerto, dientón o deforme. Entonces, sí que soltaría un horrible sollozo.

—Gabrielle Marie Stravella. ¿Aceptas por esposo a Leonard Anthony Du Pac para amarlo y respetarlo en la riqueza y en la pobreza; en la salud y en la enfermedad; hasta que la muerte los separe? —Gabrielle, recordó los días solitarios y fríos de invierno en el colegio, esos en los que soñaba con una boda con Ramin a su regreso a casa. Cuanto odiaba a Danielle, a su madre y ahora al mismo Ramin por elegir a su hermana y no esperarla, como lo prometió. Se odió a sí misma por ser una imbécil, también se juró que nadie volvería a herirla y colocó en su corazón una enorme capa de hielo.

—Acepto —su voz era plana, sin emoción. Y volvió a perderse en sus pensamientos por otros minutos. Ni siquiera notó cuando Leonard juró hacerla feliz.

—Los declaro marido y mujer… —Fue aquel conjunto de palabras la que la sacó de su ensoñación; ya que, vendría la parte en la que cualquier pareja de novios enamorados esperaría con ansiedad. Ese, "Puede besar a la novia". Y definitivamente ella no quería ser humillada teniendo que besar a un desconocido. De hecho, jamás querría besar a su "esposo", así que lanzó una mirada gélida y asesina al sacerdote que estaba a punto de pronunciar la dichosa frase, que, al percatarse de la incómoda situación, optó por guardar silencio.

El hombre regordete ya había presenciado el primer cruel desplante hacia el novio, el joven Du Pac, tan educado y agradable. Así que, tras echar un breve vistazo al rubio que estaba detrás del novio, buscando su aprobación o no del beso, dio por concluida la ceremonia. Al parecer, todos se percataron de lo que pasaría si sellaban el juramento con un beso.

Leonard, se sentó de nuevo en la silla de ruedas, la emoción lo había hecho tambalearse un poco al dar la vuelta para observar a sus invitados aplaudir y alzar alabanzas. Gracias al cielo, fue empujado por su padre. No quería amargar más a su esposa, haciéndola creer que sería una tarea frecuente con la que tendría que lidiar. Para eso le exigió a León que dejara con él a Ralph y a Blaire, que eran los sirvientes que lo conocían desde siempre y sabían como actuar ante alguno de sus molestos achaques.

Para alivio de Gabrielle, no tuvo que humillarse más arrastrando a su… inútil esposo. Ahora comprendía mejor la naturaleza de la propuesta de León. Su padre Robert la llevó del brazo, hasta el comedor donde se celebraría el banquete de bodas. Una vez llegaron, Gabrielle, se sentó junto a Leonard, todavía rehusándose a mirarlo y descubrir que, efectivamente era repugnante a la vista.

Leonard soltó un par de monosílabos en respuesta a Amy, la esposa de su primo Jerry que, sin éxito alguno trató de aligerar el ambiente. Era tal la incomodidad que tampoco se le sugirió a la novia que se quitara el velo para comer. Que tal que se ponía a llorar en ese instante. Afortunadamente solo la familia más cercana estaba presente.

—Quisiera hacer un brindis por la felicidad de los novios —dijo Emmet ya cansado del silencio y la tensión en la mesa. Todos, menos los novios levantaron sus copas. Pero nadie dijo nada más.

Una vez concluida la "celebración", Leonard, fue llevado a su habitación por León, y Gabrielle a la propia, acompañada de su madre.

Al adentrarse, Marie, despidió a la doncella con desdén. Blaire con cara de pocos amigos hizo una leve reverencia a la horrible mujer y se marchó.

—Tu padre me ha pedido que hable contigo, sobre lo que espera que resulte esta noche —dijo acercándose detrás de Gabrielle y tomando el velo con ambas manos para arrancarlo sin preocuparse de los pasadores que lo sujetaban. Afortunadamente Gabrielle ya había retirado la tiara.

—El señor Du Pac quiere un heredero —respondió Gabrielle, no queriendo darle el gusto a su madre para demostrarle dolor. Luego, Marie continuó con el vestido, rompiéndolo de algunos lados.

Gabrielle podía sentir su odio, nunca se preguntó por qué su madre prefería tanto a Danielle, hasta ese momento. ¿Es que en realidad ella era tan mala como decían y jamás se dio cuenta? ¿Realmente se acostó con Ramin por amor o fueron los celos mezquinos que Danielle le provocaba?

—Así es. Y como has notado, tu esposo es un pobre diablo que nunca ha tenido oportunidad de hablar con alguna otra mujer que no sea su madre. Por lo que todos esperamos que pongas en práctica tus buenas habilidades de meretriz. Tal como hiciste con el esposo de tu hermana.

Miraba hacia la puerta que conectaba su habitación con la de Leonard. Intentaba darse valor para poner en práctica sus habilidades de meretriz, según su madre. Sus padres e invitados se habían marchado hace rato y se decía así misma: «Tú puedes, Gabrielle. Recuerda que entre más rápido mejor. Una vez preñada no habrá razones para volver a su cama. Vamos, vamos chica, tú puedes».

Se levantó de la cama y con pasos lentos se dirigió a la puerta que conectaba con la de Leonard. No tocó para entrar, ni dijo nada luego de cerrarla tras de sí, subió lentamente la mirada hacia el frente. Primero sus ojos se encontraron con la cama, esta era más grande que la de ella; por lo que la habitación debería ser la nupcial. Las sabanas eran blancas. No se animó, a mirar al chico que descansaba allí. Todavía no.

Dirigió su mirada a un costado, la habitación estaba alumbrada por un par de velas a pesar de que la casa ya contaba con luz eléctrica. Vio una mesa a su lado izquierdo, con una botella de vino y dos copas; un platón con fresas, uvas, cerezas y frambuesas. A ella ni siquiera le gustaban las uvas.

Y sabiendo que no podía continuar prolongando su encuentro, finalmente, miró directo a Leonard sentado en el centro de la cama, con un libro en su regazo y un plato con una manzana roja. Llevaba una camisa blanca que dejaba la mitad de su pecho al descubierto. No había músculos, solo piel blanca. Su rostro enigmáticamente oculto por las sombras de la habitación. Gabrielle se preguntó si las velas fueron colocadas de manera estratégica para ocultarlo del mundo. Quiso reír. ¿Qué pasaba con su rostro que le era imposible conocerlo?

Esta vez con la vista en frente, Gabrielle, caminó hasta la cama intentando descifrar cada movimiento del cuerpo de su joven esposo; desde el sube y baja de su abdomen en una respiración acompasada, hasta el leve desplazamiento de su mano izquierda, acariciando con la punta de sus dedos el cuero de la portada del libro. Tan silencioso y lleno de misterio.

Lentamente abrió el batín de seda que llevaba puesto exponiendo su cuerpo desnudo a su esposo y subió a la cama a gatas sin quitar la mirada de donde supuso, estaban los ojos de Leonard. Cada vez más cerca del joven las sombras también la tragaron. Con un movimiento suave retiró las sábanas que cubrían las piernas de su esposo. Acercándose un poco más, relamió sus labios.

Y fue entonces que él llevo su dedo índice para tocar su mejilla. Recorriéndola suavemente, como si quisiera cerciorarse de que ella estaba ahí y que era real.

Gabrielle, parpadeó. ¿Por qué estaba tocando su mejilla en lugar de sus senos?

Leonard se inclinó hacia el frente dejando que la tenue luz iluminara su rostro.

Sus ojos verdes, oscurecidos por el deseo que apenas comenzaba a crecer, le parecieron tan inquietantes como lo eran los de León. Tenían ese misticismo de susurrarle cosas del tipo: «Yo sé algo que tú no sabes». A Gabrielle, eso le erizaba la piel.

Leonard estaba atento en la piel suave del rostro de la mujer que tenía tan a su alcance. Dándole el tiempo suficiente a Gabrielle de descubrir que aquel muchacho era tan hermoso como lo sería un querubín.

Entreabrió los labios con asombro; nunca había conocido a un hombre como Leonard. Su rostro estaba marcado entre la inocencia del descubrimiento y la madurez de un hombre, la hizo temblar. Porque ella esperaba sentir repulsión, pero jamás expectación.

Gabrielle se inclinó hacia el frente, para darle un beso en los labios, pero él la detuvo echándose atrás huyendo de su toque y negando con la cabeza.

Leonard llevó sus manos a cada lado del rostro de su bella esposa inmovilizándola. Poco a poco se fue acercando y cuando Gabrielle creyó que la besaría, cerró los ojos y entreabrió de nuevo sus labios dándole la bienvenida.

El beso, nunca llegó.

En cambio, Leonard, besó su frente tiernamente, tal como el roce del viento en primavera, casi caliente y suave. Luego continuó depositando un beso aquí y allá en cada tramo de su rostro. Ni su pequeña y respingona nariz se salvó de sus labios embusteros.

Incómoda por la posición, pero de alguna manera casi imposible disfrutando de sus caricias, colocó la palma de sus manos en el pecho ardiente de Leonard. Quiso subirse sobre él pasando una pierna a cada lado de las caderas del joven. De nuevo, él no se lo permitió, por el contrario, en un movimiento fluido la arrojó a su costado izquierdo. Asombrada y sintiéndose rechazada, buscó la mirada de Leonard.

Sonrió divertido por el acto de seducción de su esposa. Luego, negó de nuevo con la cabeza y la cubrió con las sábanas dejándola sorprendida por sus acciones. Una vez arropada, besó su frente. Buscó el libro que había estado leyendo antes de su espectacular llegada y lo colocó en la mesilla de noche. El plato a un lado también. Sin embargo, tomó la manzana y deliberadamente la mordió, mientras su mirada estaba en la puerta.

«¿A quién espera?», se preguntó Gabrielle.

—¿Qué haces? —Leonard mordió de nuevo la manzana, ignorándola. A Gabrielle le parecía que el maldito hombre le estaba negando el pecado. Pues comía la manzana, sin compartirla con ella. Acaso si quiera ¿comprendía su estúpida metáfora? —¡Leonard!

El corazón de la manzana quedó solitario en el plato, mientras se acomodaba para acostarse de lado frente a ella. Un brazo sirvió de apoyo a su cabeza.

—No soy la clase de hombre que reclamaría sus derechos de esposo, a una mujer que ni siquiera tuvo la decencia de conocer primero.

—Pero eso es lo que se espera de mí. Cumplir con mi deber de esposa, ¿no? —debatió. Se preguntó si escucharía su conversación con Amber.

—Sí, bueno… —Leonard, frunció el ceño, aspiró aire entre dientes y luego dijo—: No es lo que espero de ti, al menos no esta noche. Si fuera ese el caso, créeme yo hubiera cruzado esa puerta.

A Gabrielle le pareció que tenía una bonita sonrisa. Que sí no fuera porque había travesura en su tono de voz, diría que estaba tratando de ser seductor. Tal vez, lo era de una manera natural.

—Entonces, ¿no estabas esperándome?

Él soltó una risa y respondió:

—De nuevo, si fuera el caso, ¿por qué habría de estar leyendo la Constitución de los Estados Unidos y no, uno de esos libros prohibidos que todo el mundo mira a escondidas?

Ella simplemente no pudo resistirse a reír con él.

—Tu padre quiere un nieto.

—Heredero —corrigió—. Sí, lo sé.

—¿Y tú no quieres uno?

—No tengo prisa por morirme —le pareció, escuchar melancolía en Leonard.

—¿Por qué habrías de morirte por tener un hijo?

—¿No te lo dijeron? —preguntó atónito.

—No —murmuró. Aunque pudo escucharla de todos modos.

Leonard observó su rostro con mayor detenimiento, las cejas de su esposa eran delgadas y bonitas. Tenía ojos verdes adornados por unas pestañas espesas y sus labios estaban naturalmente rosados.

—Cada día que pasa podría ser el último —susurró, lamentándose por no poder vivir con ella, para siempre.

—El mío también, el de cualquiera. De hecho.

Leonard parpadeó, Gabrielle tenía el ceño fruncido y un aire pensativo.

—No, mi corazón un día dejará de latir, así sin más. De un instante a otro. Incluso ahora.

Se acercó un poco más a ella.

—El mío también.

—El mío más rápido que el tuyo.

—¿Cómo puedes saberlo? —Gabrielle soltó un golpe ligero en su hombro, echándolo un poco hacia atrás.

—¡Porque está enfermo! —dijo con tono alto.

—¡El mío también! —Gabrielle refutó—. Aquí. Duele demasiado y cada día se seca un poco más.

—Supongamos que tienes razón. Tu corazón está pasando por el feo proceso de pérdida de vigor, mejor dicho, deshidratación y pronto se quedará como un amargo órgano vital seco y, el mío está enfermo y defectuoso por nacimiento, entonces… Gabrielle, ¿quién crees que morirá primero?

—Solo Dios sabe, Leonard —suspiró, antes de acostarse completamente y mirar el techo de la habitación.

—¡Quiero hacerlo primero!

Gabrielle bajó las sábanas exponiéndose de nuevo y giró su rostro hacia él y dijo:

—Pues adelante, cariño. Soy toda tuya.

—No eso, mujer —Leonard, la cubrió—. Morirme. Quiero ser el primero en morir.

—¡Ah! Eso. ¿Por qué?

—Eres la mujer más hermosa que he visto, y quiero que seas lo último en ver antes de desaparecer.

—¿Sabes? No quiero ser tu amiga —declaró, desde el fondo de su corazón. ¿Cómo podía ser amiga de alguien que al final le causaría dolor por su muerte?

—Qué lástima porque, yo quiero ser tu mejor amigo —susurró.

—Aunque todos piensen que eres mi salvación. En realidad, no eres más que mi desgracia.

—Eres lo mejor que me ha pasado. Gabrielle.

—No sirves para nada, y tu madre tampoco. Por eso tu padre tuvo que buscar otra alternativa para obtener un heredero, sin deshonrarse así mismo.

Lo vio entrecerrar los ojos, pero no le permitió ver su alma.

—Tu amante, jamás te quiso. Al menos no de verdad.

—No sabes de lo que hablas.

—Dicen que era casado. Mas te contaré un secreto familiar: Mi padre también lo fue cuando conoció a Amber; pero eso no lo detuvo para llevársela lejos de Inglaterra, regresar y divorciarse renunciando a todo por ella. Y yo, mi estimada señora Du Pac, no veo a su amado por ningún lado —dijo con burla.

—Entre más rápido terminemos con esto será mejor para ambos, porque una vez que me dejes en cinta, no volveré a tu cama y cuando nazca el bebé, seré libre. Ese ha sido el precio de mi libertad.

Pero aquel hombre no se dejó amedrentar.

—¿Por qué temes, Gabrielle?

— No sé de qué tontas fantasías llenaron tu cabeza, pero es obvio que te han mentido. Leonard, el amor es algo que nunca conocerás.

—No te haré daño. No me iré a ninguna parte, Gabrielle, siempre te protegeré.

—Le diré a tu padre que si quiere ampliar su decendencia tendrá que hacerlo el mismo porque está claro que tú ni eso puedes llevar a cabo. ¿Cómo crees que le gustaría joderme? ¿De espaldas y muy duro?

—No digas estupideces.

—Lo vi, Leonard. El deseo en sus ojos, esa noche. Hablaba conmigo con la mirada fija en mi escote. Sí, también vi la excitación que le causaba imaginarse dentro de mí, mientras su tonto hijo estaba en la habitación de enfrente esperándolo.

Le dio la espalda a la mujer furiosa y herida.

—Duerme, Gabrielle —ordenó.

Leonard cerró los ojos intentando no tomarse personal la verborrea venenosa de la mujer. No le creía semejante estupidez. Cierto que su padre era un hombre de sangre caliente que le gustaba admirar a las mujeres de los cabarets que solían frecuentar en Inglaterra. Nunca hizo algo indebido que pudiera avergonzarlo la mañana siguiente frente a Amber. Era su padre. ¡Por Dios! Podría ser duro y frio cuando se trataba de conseguir lo que quería, sí, pero si de algo estaba seguro, es del amor profundo y sincero a Amber, y a él. Jamás posaría la mirada en Gabrielle. No de esa forma.

Gabrielle quería odiarlo, ninguna persona era lo bastante buena para ser amable sin desear nada a cambio. Leonard era de la clase más peligrosa de personas amables y buenas, porque lo que él anhelaba de ella, ya lo había dado una vez. Además, no deseaba su compasión, ni sus buenos tratos y ternura. Mucho menos lo que él tan descuidadamente le ofrecía en charola de plata, amor.

A la mañana siguiente, Leonard se despertó de su profundo sueño con la sensación más deliciosa abrasando a su miembro. Abriendo los ojos y pestañeando para acostumbrarse a la luz del día, se dio cuenta del cuerpo desnudo que se balanceaba en un lento y erótico vaivén sobre él. Su amazona con el cabello una vez trenzado la noche anterior ahora caía suelto en la piel blanca de sus hombros.

Parecía suave y vaya que quería cerciorarse de eso, pero pronto desechó la idea de entretenerse con cada centímetro de su piel, cuando sus ojos esmeraldas notaron las areolas sobresalientes, manchas de color café oscuro invitándolo a ser tocados, lamidos. Conmocionado por la vista y las sensaciones, sus pensamientos coherentes se vieron eliminados, por la lujuria y por el único pensamiento: «Un poco más y la detengo» estúpidamente creyó que tendría la fuerza para hacerlo.

Colocó sus manos a ambos lados de su pelvis, con la casta intención de alejarla al tercer golpe, pero fue en ese momento que instintivamente elevó sus caderas al aire en un placentero encuentro con ella y la resolución desapareció.

Ahora total mente empotrada, cambió el ritmo de sus caderas a movimientos circulares, que hizo jadear a su adorable esposo. Miró hacia abajo encontrándose con la vista de un hermoso querubín, con la frente sudorosa, ceño fruncido, ojos cerrados, labios entreabiertos; jadeando con la respiración acelerada y murmurando una que otra vez su nombre con aquel hermoso sonido de su voz aterciopelada; sus manos grandes y fuertes atrayéndola más y más e imposiblemente hacia el encuentro de su miembro, maravillosamente erecto y grueso.

Gabrielle jadeó ante la punzada deliciosa y dolorosa de su centro; sintiendo que comenzaba a crecer aquella sensación de infinito placer. Y Leonard no pudo resistir por más tiempo a mantenerse preso en el ritmo tortuoso de la mujer. Él, que se descubrió la noche anterior un ser puramente egoísta.

Sí, él no la había rechazado la noche anterior por un sentimiento o razones puramente nobles. No, él quería que después de su primera vez no deseara marcharse de su lado, porque lo amaba y para conseguir que lo hiciera, tenía que conquistarla primero. Mostrarle que nada había para ella después de él, que su antiguo amor no significaba lo que pensaba. Pero maldita sea la mujer, que lo había arrastrado a sus deseos, porque ahora estaba despierta en él la lujuria, y ya no podría parar hasta escucharla gritar su nombre.

En un instante los hizo girar arrojándola de espaldas a la cama, salió de ella solo para tomar un par de bocanadas de aire, con su vista nublándose, y el cuerpo temblando. Aunque no estaba dispuesto a permitir que su corazón fallara ahora. Por lo que, para tranquilizarse, miró el rostro precioso de la mujer afligida de deseo.

Su dedo pulgar acarició su labio inferior regordete, luego continuó un camino hacia abajo, desde su barbilla, cuello y el centro de su pecho, allí, amplió su palma. Su dedo medio rozó la punta de su pezón erecto. La piel de Gabrielle se erizó y su espalda se arqueó. Leonard quedó hipnotizado con el maltrato que infringió a su labio inferior, con sus dientes haciéndose sangrar. Y todavía así el continuó jugueteando con el montículo.

Poco a poco, bajó su rostro al seno y su mano izquierda bajó por su vientre hasta su vello púbico y su lengua lamió la punta del pezón. La sintió temblar, contener el aire, y sus manos sujetando sus cabellos cobrizos. Bajó el par de centímetros que quedaban para tocar el centro húmedo de la mujer.

La escuchó gemir cuando adentró un dedo y arquearse hacia él para adquirir más fricción con el segundo. Mientras que su boca devoraba sus senos. Ella sujetó su rostro, para atraerlo hacia su boca. Pero en lugar de aceptar el beso ardiente de Gabrielle, Leonard, llevó sus labios al hueco de su cuello. Su dedo pulgar acarició el clítoris de su esposa y paró los movimientos de su mano cada vez que la sentía comenzar a llegar a su clímax.

—Leonard…

Levantó la cabeza para mirarla a los ojos y le ordenó:

—Mírame a la cara cuando toques el cielo, mi amor.

Y tomando su mano derecha con su izquierda, comenzó a llevarla a visitar el paraíso. La mujer arqueó su cuerpo, gritó de placer, sus ojos abiertos atrapados en la mirada ardiente de su esposo, intentó acercarlo más y más a su cuerpo con su brazo delgado y una pierna anclada a su cintura. Lloraba porque se fundieran como un solo ser.

Los dedos de Leonard tocaron aquel maravilloso punto que nunca había sido descubierto antes en su estrecho cuerpo. Hasta que todo estalló a su alrededor y Leonard la soltó; para llevar la palma de su mano al rostro cerrándole los ojos.

Leonard se alejó un momento de su tembloroso cuerpo, lo sintió abrir más sus piernas haciéndola creer que al fin iba a penetrarla. Más lo que sintió fue su tibia semilla derramándose en su vientre.

Gabrielle abrió los ojos mirando el desorden en su estómago. Antes de ver a Leonard dejarse caer a su lado, con la respiración agitada, sudoroso y con los labios resecos y partidos.

Y como ya lo había dicho antes, Leonard, era un hombre puramente egoísta. Lo quería todo o nada. Gabrielle no obtendría su apreciada libertad. Era suya si bien lo aceptaba o si no, quedaría amarga y atrapada con él, hasta el dia de su muerte.

Nota: Gracias a todos por sus lindos comentarios, y sus alertas. Lamento haber tardado, pero sucedieron dos cosas: mi computadora tiene un virus que no he podido erradicar, y me cierra constantemente los programas, por lo que perdía cada rato lo que editaba, porque olvidaba guardar cada cinco minutos. Después tuve que ir al dentista de emergencia, un terrible dolor de oído que tenía desde hace días que resultó ser la muela del juicio. Nunca antes había sentido un dolor de muelas, por lo que ¿cómo iba a saber qué era eso? Puff cosa deplorable.

Espero que les haya gustado el capítulo y ahora quisiera invitarlas a que me hagan saber qué les pareció.

Les mando un abrazó desde México y nos leemos en el siguiente. "Te amo, te mataré"

TE AMO, TE MATARÉ

Gabrielle entró a su alcoba y cerró la puerta tras de sí. Blaire, saltó aturdida ante el estruendo detrás de su espalda, tirando al piso la charola con los accesorios de baño —barra de jabón y estropajo—, y se volvió para mirar a la señora caminar en su dirección, agitando la cabeza furiosa. Temerosa, rápidamente se agachó y recogió el desastre, no fuera ser que la castigara por inepta.

—Buen día, señora —saludó ya de pie e hizo una leve reverencia. Luego, alzó la mirada hacia su rostro y continuó con voz suave—: Me tomé el atrevimiento de prepararle un baño.

Gabrielle había notado el nerviosismo de la joven, así que solo asintió con la cabeza y terminó por entrar al cuarto. Negándose a las formas de su hermana Danielle, que desquitaba sus frustraciones con los criados, intentó tranquilizarse antes de deshacerse de la muchacha; por otro lado, tampoco estaba de ánimo para tolerar su presencia y carácter vivaz. De esta manera, situó la mirada en la bañera, ya con el agua caliente, disponiéndose a iniciar el día. Blaire que se hallaba detrás de ella con la toalla en las manos, la depositó en el banco cerca de la tina y a su alcance.

—No necesito de tu ayuda aquí, espérame afuera —ordenó mientras se quitaba la bata dejándola caer al piso y sin vergüenza de mostrar su cuerpo desnudo y maltratado.

Blaire levantó las cejas cuando Gabrielle se dio la vuelta para sumergirse en la tina, ya que vio una nueva magulladura en el cuerpo de su señora. Pero esta fue distinta de las que seguramente sus padres le causaron —inconfundibles azotes en la espalda—, por la vergüenza que ocasionó al buen nombre de la familia, fue sin duda la marca de un hombre apasionado que gustaba de los senos bonitos de su amante. Blaire suspiró, pues era una mujer que creía en el amor verdadero y el romanticismo. Aunque no lo conociera de primera mano.

—Sí, como ordene —respondió la doncella recogiendo la prenda del piso. Luego, se dio la vuelta y cerró la puerta. Esperaba de corazón que el baño limpiara la aspereza del carácter malhumorado de su señora.

En el momento en que, Blaire, soltaba la prenda al lado del montón de ropa que se llevaría a lavar, se percató de la humedad en la tela, miró sus dedos notando el espeso líquido blanquecino que manchaba la bata. Pensó que tal vez, esa era la razón del malestar de la dama, anoche no le había ido tan bien con el señor. Después de todo un rostro bonito, entrenado con las mejores meretrices de Londres, no era garantía de que el hombre se convirtiera en un buen amante.

«¡Chico tonto! ¿Qué no sabe que tiene que vaciarse dentro y no fuera de la dama?», se lamentó la doncella.

De repente Blaire tenía los ojos muy abiertos por su ocurrencia: «Y si él es ¿un eyaculador precoz?», meditó.

—¡Pobre señora! —susurró, con una sonrisa divertida en el rostro.

En la habitación contigua, un par de criadas arreglaban la alcoba del señor. Discretamente buscaban la evidencia que confirmaban los rumores de qué la señora había sido desflorada por un canalla y debido a los negocios que los padres de ambos mantenían, además de la enfermedad de su patrón —un impedimento para encontrar a una mujer respetable y de buena cuna—, se concertó el matrimonio. Y mientras que ambas mujeres cotilleaban en susurros, Ralph, estaba con Leonard en el cuarto de baño.

—Quiero que envíes un mensaje a mi primo Jerry. Necesito verlo mañana a primera hora —ordenó Leonard, inclinándose hacia adelante para permitirle a Ralph enjabonarle la espalda.

—Sí, señor.

—Dime, Ralph —Leonard miró de reojo el rostro del mayordomo y preguntó—: ¿Estabas enterado de los planes que tenía mi padre con respecto a Gabrielle y, con el niño que desea que procreemos? —preguntó en un susurró, cabizbajo, como si le costara creer las manipulaciones de León.

—No señor —vació un poco de agua en la espalda enjabonada para quitar el exceso de espuma y volvió a tallar.

—No mientas. Sabes que estoy cansado de que traten de protegerme, es que realmente lo hacen muy mal —sus labios se apretaron en una sonrisa amarga. Lo odiaba, que intentaran protegerlo como si fuera todavía un niño. ¿Por qué no lo protegían de ellos mismos? ¿Por qué, León perdió la esperanza con él? ¿No se suponía que un buen padre no perdía las esperanzas con sus hijos? ¿Qué hubo de su madre? Ella nunca hacía nada, era tan dócil a veces…

—No es eso, señor. ¡De verdad que no sabía nada!

—¡No soy de cristal, Ralph! Esa mujer de allá —señaló con un dedo en donde se suponía estaba la alcoba de Gabrielle—, está furiosa y herida. ¿Quién no lo estaría, si te trataran como a una fulana cuya permanencia en esta casa es exclusivamente para producir un heredero?

—¡Qué pena de verdad! —dijo el hombre, mientras que se preocupaba por tallar bien el codo del señor.

—No tienes ni idea. ¿Sabes lo que me dijo? —preguntó, con la vista al frente, perdida en el recuerdo.

—No —enjuagó.

—¡Qué mi padre le ofreció el divorcio a cambio de un heredero! —murmuró, no quería informar a toda la servidumbre sobre sus asuntos personales. Ya sea por mantener las apariencias o por la humillante que le resultaba la propuesta, incluso para él.

—Sin duda una proposición muy dura, pero práctica. Si de negocios ha estado hablando su padre, con los Stravella —dijo el mayordomo, mientras tallaba minuciosamente entre los dedos de los pies.

—¡Exacto! Y si en verdad mi padre lo hizo —su rostro se endureció, Gabrielle le provocaba muchas cosas a su joven corazón y una de ellas, posiblemente la más terrible, era que haría cualquier locura por mantenerla a su lado—… ¡Me escuchará!

Ralph, no se espantó ante la mirada oscura del joven. Leonard era dueño de un corazón apasionado que lamentablemente tuvo una vida difícil y a la vez solitaria, por la enfermedad. casi siempre encerrado en esa bonita jaula de oro al que sus padres continuamente llamaban hogar. Años atrás, los Du Pac, en su afán por disfrutar del poco tiempo que tenían con el niño, lo habían mantenido bajo cuidados extremos; provocando que creciera más con temor a la vida, que a la muerte. Y como pasaba con este tipo de personas que frente cualquier atisbo de felicidad, ponían su ingenuo corazón en las manos equivocadas. Pero no todo vendría a ser culpa de Leonard, por supuesto que no. León Du Pac, eligió el verdugo de su hijo en su tonta desconfianza de no creer que Leonard podría hacerse un camino propio. En no aceptar que, alguien más pudiese amarlo.

Y con tristeza, Ralph se percató de que Gabrielle era una mujer astuta y con más mundo que Leonard, por lo que le habían bastado unas cuantas horas para tenerlo comiendo de su mano. Solo esperaba que ella tuviera la sensatez y aprovechara esta segunda oportunidad para reformarse y llevar una vida honorable. Ya que, Leonard, podría parecer un pelele por su buen corazón, sin embargo, era despiadado con aquellos que se atrevían a romper su confianza y su amor. Lamentaría que eso sucediera, porque no había nada peor que un hombre al que la duda le haya carcomido el alma. Por el bien de la pobre chica y por la salud física y mental de su señor, rezaba por ambos.

—Por supuesto. ¿Quiere que también le envíe un mensaje? —Enjuagó y ayudó a Leonard a ponerse de pie, y echó más agua en su cuerpo para quitarle el jabón.

—¡No! Estoy tan furioso que sería capaz de discutir con él. Y no es mi deseo causarle una pena a mi madre —Leonard tomó el estropajo y la barra de jabón, para lavarse los genitales. Ralph, buscó la toalla.

—Sabe, que sus padres siempre piensan en hacer lo mejor para usted.

—Sí. Lo sé —Leonard tomó la toalla y comenzó a secarse. Se colocó el albornoz y se sentó en una silla.

—Sí me permite preguntarle…

—Adelante.

Ralph colocó un taburete para que Leonard dejara descansar los pies; con práctica comenzó a secarlos y rociar alcohol, de esta manera, dio inicio al limado de uñas.

—Pienso que esa no es la razón de su angustia, ¿verdad? —Ralph, preguntó con astucia.

—No, amigo mío. —Sacudió la cabeza y sus labios formaron una dura línea antes de responder entre dientes—: Gabrielle dijo que mi padre le dio una mirada indecente.

Ralph levantó la cabeza y arqueó las cejas totalmente sorprendido. Pocas cosas sorprendían a un hombre de cincuenta años. «Van a destruirse», pensó con preocupación.

—No creo que el señor León lo haya hecho. Tal vez, ¿lo malinterpretó?

—No. Ella fue bastante explícita, dijo exactamente con todo y lujo de detalles lo que quería decir —Leonard se inclinó hacia Ralph—. El problema es… que sé que mi padre no lo haría, pero…

—¿Le hierve la sangre cuando permite que la duda se adueñe de su imaginación?

—¡Sí!

—¿Puedo, darle una sugerencia?

—Ralph… ¡Tú, siempre puedes!

—Creo que no debería dejar que la señora desarrolle demasiado su imaginación. De todos modos… ¿por qué le diría algo tan horrible?

—Porque me negué a consumar el matrimonio. Hablamos un rato y le expuse lo que espero de este matrimonio y de ella.

—¡Ah! Ya veo. ¿Qué es lo que espera? —preguntó con la esperanza no escuchar lo que ya se temía.

—Amor. ¡Soy un estúpido! ¿No es así?

—No, solo es joven. Señor. ¿Cómo se siente?

—¿Físicamente? Muy cansado, mentalmente un imbécil y emocionalmente celoso.

Debido a que, en cada baño Ralph limaba sus uñas no había realmente mucho que el hombre tuviera por hacer. No obstante, Leonard siempre ocupaba ese momento para despotricar lo que le atormentaba, de este modo, el mayordomo jugaba al ayuda de cámara solo para detenerse a escucharlo. Además, lo conocía desde que era un recién nacido; por ese motivo su cariño, paciencia y fidelidad fueron expresadas con naturalidad sirviéndole hasta en lo más mínimo.

—¿Dormirá el resto del día? —le preguntó por último.

—Sí —asintió con la cabeza—. No puedo verla en este momento, ella, me perturba demasiado y estoy agotado; no podría llevar el ritmo de sus afrentas, aunque lo deseara. Pareciera que le divierte escandalizarme, tanto como hacerme perder los estribos. Me desconcierta al punto de marearme. Ayer no quiso mirarme en todo el día y luego llega de pronto invadiendo mi alcoba, solo para seducirme y casi devorarme con sus insinuaciones escandalosas.

—Supongo que confunde su caballerosidad, con verlo como una presa fácil.

—No podría estar más equivocada —dijo con una sonrisa irónica.

—Por supuesto. Pediré que le traigan el almuerzo de inmediato.

—Gracias, Ralph.

Gabrielle no pudo evitar soltar a llorar una vez que estuvo sumergida en esa bañera. Más tarde, y ya controlada, reflexionó acerca de su penosa situación. ¿Por qué su padre la unió a un hombre como Leonard? ¿Por qué no pensó en enviarla a París con su vieja y loca tía? Tal vez allá hubiese tenido la oportunidad de rehacer su vida, ella no la juzgaría tan vilmente, de la misma manera que sus padres. Estaba segura que la comprendería, que intentaría ser parcial. Después de todo, era una mujer con ideales poco convencionales, con la experiencia para aconsejarla y ayudarla a sobreponerse del desamor.

Gabrielle siempre supo que su amorío con Ramin tarde o temprano hubiese terminado, porque era un hombre casado y, además su cuñado. Odiaba decirlo en voz alta. Pero a veces se permitía soñar en que, ambos eran libres. No había una Danielle o algún otro impedimento. No eran más que Ramin e Gabrielle amándose y luchando contra el mundo. ¡Cuánto dolía! Saber que, en la realidad, el destino los marcó para no estar juntos.

¿Por qué Ramin no la buscó? ¡Ah, sí! Tenía un hijo por el cual velar, ella misma no estaba dispuesta a tener un niño y dejarlo a cargo de un padre inútil y su horrible familia. León Du Pac podía olvidarse de que le serviría a su placer; no tendría un hijo para los diabólicos planes de un hombre poderoso, vil y manipulador.

Se quedaría con Leonard solo para hacerlo infeliz; le causaría tanto dolor que León se arrepentiría el resto de su vida por intentar utilizarla. Provocaría que Leonard lo odiara al grado de no querer verlo nunca.

¿Por qué? Porque León lo merecía por haberla comprado para su hijo, por humillarla solo por haberse enamorado de la persona equivocada. Lo haría tragarse sus malditas palabras. Y su amado padre, nunca conocerá a su nieto. Él la vendió, ¿no?

Gabrielle salió de la bañera, escurriendo el agua en el piso. Tomó la toalla y envolvió su cuerpo. Al menos, pensó, ya tenía un plan e iba a disfrutar de romper emocionalmente a su esposo. Ni León, ni nadie podría salvarlo o protegerlo de ella.

Blaire esperaba a Gabrielle con un vestido durazno de corte imperial, con mangas cortas, y de cuello redondo, la falda plisada, llegaba hasta el piso y el talle estaba decorado con flores. Era precioso a los ojos de Blaire y creía que Leonard, estaría encantado y sonrojado por lo bellísima que vería a su esposa.

Gabrielle miró un momento el vestido que eligió su doncella era bonito, pero el que menos le gustaba, la hacía parecer una chiquilla. Sin embargo, le agradeció por no hacerla elegir por sí misma.

—¿Le ayudo a ponerse la ropa interior y el corsé?

—No. Quiero que mi esposo arda en deseo cuando se percate de que no hay nada debajo del vestido.

—¡Ah!

—Cierra la boca, Blaire, y pásame las medias.

—Sí señora.

Luego de vestirse, se sentó frente al tocador para terminar su arreglo con el peinado.

—¿Le gusta caminar por el campo? —preguntó Blaire, intentando acomodar la larga cabellera.

—Estamos en la ciudad, Blaire.

—Sí, pero esta casa es enorme. El señor la eligió pensando en usted. ¿Sabe?, guarda una historia muy romántica, además de los hermosos jardines que están detrás de la capilla en donde se casó, y un arbolado la rodea por detrás. Y si continúa caminando por unos veinte minutos más allá de él, encontrará las ruinas de una antigua casa. Se dice que el bisabuelo del último señor tenía una amante y que la amaba tanto que mandó a construirla para ella. Así que cuando su esposa dormía, él la visitaba.

—¿La mujer nunca se enteró? —preguntó con verdadero interés.

—A ella no le gustaba caminar, bajo el sol.

—O sabía lo que encontraría y, por eso nunca salió.

«De verdad ¿podría haber gente tan idiota?», pensó Gabrielle.

¿Cómo podría pensar su dulce doncella que la mujer no se percató de lo que sucedía en su propia casa? Para ella fue fácil deducir que la esposa no quería parecer la imbécil que vivía en la misma propiedad que la amante de su marido frente a los criados, de esta forma, lo único que le quedó fue hacerse la inocente que no salía a sus propios jardines a pasear porque le disgustaba hacerlo. O realmente lo era, una imbécil, cuyo esposo podía mangonearla.

—Podría ser.

—Y ¿por qué está en ruinas?

—Cuando su amada murió, y me refiero a su amante, ordenó que fuera destruida. No soportaba volver allí. Y una vez que la querida desapareció de sus vidas, el hombre, pudo ver a su mujer bajo otra luz y se enamoró perdidamente de ella. Tanto que, cuando él se descubrió enamorado, le mandó a construir una habitación secreta dentro de esta casa. Pero no era como cualquier otro cuarto secreto, no señor, en ese lugar plasmó todo lo que sentía por su esposa; y cuan arrepentido estaba de haberla hecho sufrir tanto.

»Dicen que era tan especial que se la regaló él día que le confesó que la amaba; también se cuenta que ella dejó sus más preciados recuerdos dentro. Incluso, se dice que está estipulado en el contrato de compra y venta de la propiedad, que la habitación no debe ser buscada, ni abierta, por nadie que no sea la actual señora de la casa.

—¿Por qué?

—Cuenta la leyenda, que solo la mujer que vive con su amor verdadero, la encontrará.

—No es cierto, son mentiras. ¿Dónde escuchaste esto?

—Bueno, esta casa fue subastada cuando el último miembro de la familia murió. De este modo, fue que el señor Leonard se enteró de la historia.

—Porque la contaron en la subasta.

—Sí, además de que la gente de por aquí afirma que es cierto y ¿sabe?, sus vecinos estaban dispuestos a comprarla también. Dice mi tío…

—¿Quién es tu tío?

—El señor Ralph, el mayordomo.

—Continúa…

—Que la puja se elevó a cantidades imaginables, pero eso no le importó al señor Leonard; estaba tan determinado a obtenerla que sorprendió a todos con una oferta desmedida, que nadie pudo ni se atrevió a contra ofertar. Tan es así, que por unos segundos el silencio se hizo en la sala; solo interrumpido por la voz del subastador declarando la victoria a su esposo. En el instante que llegamos a instalarnos en la casa, el señor Leonard nos prohibió hablar de la habitación o abrirla, si un día la encontrábamos.

—¿Por qué me cuentas? —preguntó.

—Porque muero de ganas de saber que secretos hay en ese lugar. Cuando la encuentre me contará ¿verdad?

—Blaire, esos hombres engañaron a Leonard. No creo que exista dicha habitación; y si existiera, ¿no te parece un desperdicio de dinero por solo viejas posesiones de un amor no correspondido?

—Pero existe —sus ojos azules buscaron los verdes de su señora—. Puede ser que un dia, estaba en el despacho del señor limpiando y que por accidente haya encontrado la caja fuerte abierta; también puede ser que hubiera mucho, mucho polvo allí. ¡Ya sabe que nunca se limpia en esos lugares! Y puede ser que, por una coincidencia, haya visto el sobre del contrato de compra y venta; puede ser que se me haya caído y lo haya leído y, visto con mis propios ojos, la llave de esa habitación.

Gabrielle se giró para quedar de frente a Blaire, sorprendida, pero a la vez divertida. Le pareció que la doncella tenía su edad, por lo que hablar con ella era demasiado fácil. Tal como hacerse confidentes.

—¿Buscaste el contrato, solo para comprobar su veracidad? —preguntó, con su rostro iluminado por una cínica sonrisa ladeada.

—La historia es romántica —respondió sin vergüenza y levantó los hombros restándole importancia.

—No lo es, Blaire. El hombre tenía a su amante en la misma propiedad que su esposa. No la amaba, obvio. ¿Y si la esposa mató a la amante?

—No. La señora, se dice, que fue muy gentil. Cierto que él amaba a la otra mujer, porque ella estuvo en su vida mucho antes que la esposa. Supongo que debió haber sido difícil para él olvidarla de buenas a primeras y mucho más porque fue obligado a contraer nupcias por…

—¡Conveniencia! —interrumpió, asombrada.

—Sí, pero al final se enamoraron. La moraleja de los más románticos es: «Se puede encontrar el amor por una segunda vez, en quien menos pensamos, incluso si solemos odiarlo». ¿No lo cree?

—No. El amor verdadero solo se encuentra una vez, Blaire. La segunda opción es solo conformismo y en ocasiones… una mejor opción. Ese hombre, se conformó con lo que ya no tuvo remedio y supongo para no vivir solo.

—Puede ser. Pero dicen que al final él amó mucho más a su esposa y que en esa habitación están las pruebas que lo dicen. ¿La buscará?

—No —negó, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. No podía buscar esa casa porque estaba demás hacerlo. Si la historia que envolvía a la habitación secreta era verdadera entonces no la mancharía, por un tonto capricho y pura curiosidad. Además de que solo puede encontrarla la mujer que vive con el amor verdadero.

—Bueno, si un día se siente aburrida… ya sabe dónde encontrar la casa de la amante o puede comenzar a buscar la habitación solo por encontrar las joyas que allí, también se esconden.

—¿Qué joyas? —preguntó en un susurro.

—Las de la señora Donatella. Las joyas que le regaló su esposo Armand a lo largo de los años de matrimonio. Se dice que nunca aparecieron después de su muerte. Ninguno de la familia pudo recuperarlas.

—¿Ese era su nombre?

—Sí. —Blaire, colocó el último pasador en el pelo de Gabrielle y ambas admiraron su obra—. Luce hermosa.

Gabrielle estaba sentada a la mesa, observando los manjares con los que su cocinero quería agradarla. Solo se hallaba su puesto, con una bonita vajilla de porcelana fina en el lugar que ocuparía Leonard si estuviera presente. Detestaba comer sola. Odiaba la soledad más que a nada, incluso preferiría tener a su hermana con ella y comería a gusto, sin problema alguno. Así que envió por el mayordomo, porque su apetito amenazaba con desaparecer.

—¿Dónde está mi esposo? —preguntó al hombre mayor.

—En su habitación, señora —respondió, Ralph. Sus ojos analizando a la chica, cómo había dicho el señor Leonard: era una criatura confusa.

—¿Quiere decir que ya almorzó? —preguntó, extrañada.

—Apenas se le subirá a la alcoba.

Isabela frunció los labios y levantó una ceja. Echó un vistazo a las charolas frente a ella y luego preguntó:

—¿Qué le servirán de plato fuerte?

—Pastel de pastor, una de las especialidades de nuestro cocinero y el platillo favorito del señor Leonard.

—¿Lo mismo que tengo aquí? —Observó el guiso, con expectación.

—Así es. Pero si no es de su agrado podemos prepararle lo que sea de su preferencia —intentó recordar, algo, que le dijera sobre las preferencias de la mujer. ¿No había vivido en Francia? —¿Le apetecería un platillo francés?

Gabrielle miró los ojos del señor Ralph, grandes y azules, muy parecidos a los de Blaire; su cabello era rubio y bien cortado, algo encanecido por los lados. Pensó en que debió haber sido un hombre muy guapo en su juventud. Tenía clase y todavía era apuesto. Inteligente y adulador. Peligroso en pocas palabras, tal cual un alma de gato viejo y astuto. Ella le regaló su mejor sonrisa.

—¿Cómo lo preparan? —preguntó con verdadera curiosidad.

—Es sofrito de carne de cordero, con cebolla, zanahoria, pure de papa y…

—¿Lleva manteca? —lo interrumpió. Apostaba que el hombre era de ese tipo de personajes que odiaban a todo aquel con malos modales. Se preguntó cómo se llevará con la señorita Colt. ¡Oh, sí! Ya los veía en los corredores cuchicheando sobre su escandalosa ama.

—Sí, señora.

—Llame al cocinero, de inmediato y no le sirvan nada a Leonard. Todavía —y, le volvió a sonreír al hombre contrariado. Por un instante creyó que no obedecería, había duda en sus ojos y parecía estar dividido en que orden debería seguir; la de su amo o la de ella. Tal vez el hombre sospechaba que iba a hacerle daño a su querido señor. Y sí que lo haría, pero no un daño físico. Ella iba a torturar su corazón, exprimirlo y comerlo.

—Sí, señora.

El cocinero entró al comedor, con un semblante serio y desalentado. Ya lo sabía, iban a despedirlo. Y eso que había intentado sorprender a la joven con su sazón, pero al parecer ni siquiera quiso probar su comida.

—Buenos días señora.

—Quiero que le prepare a mi esposo, de hoy en adelante, platillos que no incluyan, sal y manteca en exceso. ¿Tenemos salmón en la cocina?

—Sí, mi señora.

—Bien, entonces prepare de inmediato, un platillo de ensalada verde, con jitomate Cherry y aceite de oliva; y el salmón que sea a la plancha.

—Disculpe, mi señora —interrumpió Ralph— mi señor no acostumbra el salmón.

—¿Alérgico? —preguntó.

—No, es su sentido del gusto el que no lo aprecia.

—Bueno, mi sentido del gusto tampoco aprecia a su señor; sin embargo, nos casamos ayer. Ya lo ve hay cosas en la vida que no nos agradan, pero que son necesarias. Tú…

—Alexander.

—Alexander, prepararás lo que te he pedido y si no lo haces te echaré a la calle. Y usted señor Ralph, dígale a Leonard que me niego a almorzar sola. Que baje de inmediato o tomaré su ausencia como una afrenta y un desplante hacia mi persona. Una completa humillación y desprecio a su recién esposa.

—Sí, aunque debido a su enfermedad, él se encuentra indispuesto en este momento.

—Si, claro que lo está; pero eso pasa porque no ha comido salvo un par de bocados de carne desde ayer. ¡Ah! Y una manzana por la noche.

—El apetito del señor es…

—¡Horrible!

—¿Lo va a traer o tengo que ir en busca de algún mozo dispuesto a obedecer las órdenes de su señora?

—Por supuesto que no señora. Yo mismo le preguntaré, cuáles son sus deseos.

—No, Ralph. Usted no me entendió bien: lo arrastrara hasta acá, aunque sea en esa porquería de silla de ruedas. Y ni se le ocurra decirle que he cambiado el menú de su desayuno.

En todos sus años de trabajo con los Du Pac o en alguna otra casa, no llegó a tratar con una mujer tan grosera y altanera.

—Con permiso, señora.

Gabrielle esperó pacientemente, de hecho, pensó que tenía todo el tiempo del mundo. Se preguntó, si era así como su vieja tía Carlota se sentía en su casa. Sola y sin ilusiones. No, la mujer era traviesa por naturaleza y si su padre alguna vez se enteraba su tan mala idea de enviarla con ella los veranos en los que no tenía clases en el internado, se volvería loco de rabia. Sobre todo, porque allí conoció a uno de los más preciados amigos de su tía. Él era mayor, pero a la vez más joven que su tía; el hombre carismático y seductor, le había dicho un par de cosas que adoptó para sí misma.

«Por dentro, puedes morir de amor. Sin embargo, no permitas que la tristeza te impida sonreírle a la vida». Lo que él quería decir con seguridad es: que podría sufrir por desamor, pero eso no significaba que no pudiera disfrutar de la compañía femenina entre sábanas de seda y vino.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por los pasos de Ralph y el arrastre de la silla de ruedas de Leonard.

Su esposo, observó, llevaba el cabello desordenado, un traje negro, una camisa blanca sin chaleco, ni faja, y olía a loción. Gabrielle se levantó de su lugar para cederle el puesto, no pretendía quitarle autoridad, por el bien de los buenos modales del mayordomo. No quisiera verle tirado en el piso desmayado con su sobrina Blaire poniéndole las sales… Sin poder evitarlo soltó una risita divertida.

—¿Qué te parece divertido?

—Nada, esposo.

Ella se sentó del otro lado de la mesa mientras que una doncella le servía.

Leonard miraba fijamente el filete de salmón en su plato con completo desprecio. La ensalada no estaba mal, pero: ¡Por Dios, que odiaba el salmón!

—¿Sucede algo esposo?

—¿Por qué me han servido esto? —preguntó con despreció mientras alejaba el plato de su santa mirada.

—Simple, me niego a ser el hazme reír de mis amigas. ¿Te das cuenta lo humillante que es para mí tener a un esposo al que tendré que arrastrar a todas partes en esa estúpida silla de ruedas? Puedes caminar, ¿no? —dijo con crueldad y continuó—: Entonces me niego a cargar contigo como si fueras un costal de papas.

Ralph, y la doncella —encargados de retirar o servir los platos— se miraron a los ojos, por las fuertes palabras de su señora. Jamás el joven Leonard había sido tratado con tanto odio y desprecio.

—No te preocupes esposa, en realidad no tendrás que cargar conmigo. No saldré jamás de esta casa —respondió con el rostro enrojecido de irá y los dientes apretados.

—Y planeas ¿encerrarme aquí contigo?

—¡Puedes ir a donde te plazca! —Leonard gritó.

El mayordomo dio una señal a la doncella para que salieran inmediatamente de la habitación. Cerró la puerta y se quedó de pie frente a ella, esperando la orden de Leonard para llevarlo de vuelta a su alcoba. Estaba nervioso, aturdido y este tipo de discusiones le iban mal a su precaria salud.

—Eso suena mucho peor. Tu padre es un mentiroso. Dijo que me salvarían de la ruina y como yo veo ahora las cosas, no haces nada más que hundirme en el fango. Hubiese preferido casarme con un anciano vigoroso que contigo. ¿De qué me sirves? Si eres un inútil que ni siquiera tiene la energía para tocar a una mujer.

Leonard estaba tan deseoso de saltarle encima y ahorcarla con sus propias manos, concederle justo lo que quería. Mas pensó que no le daría el gusto a la horrible mujer, de darle su preciada libertad, ni siquiera con la muerte.

—Creí que no querías almorzar sola, estoy aquí ¿no? ¿Por qué mejor no ocupas tu bonita boca venenosa en comer tu almuerzo y a mí me dejas en paz?

—¿Quieres decir que no comerás?

—No. ¡No me gusta!

—¡Ralph!

—¿Señora?

—Trae a cada varón que trabaje en esta casa y a Blaire —el hombre miró a Leonard, que parecía igual de perdido que él—. ¡Ahora!

Una vez solos, Leonard la miró. Era hermosa, le gustaba tanto que apenas podía creer que también empezaba a odiarla. Tal vez era el hecho de que era una mujer dominante e indomable que parecía despertar en sus entrañas el deseo incontrolable de atraparla entre sus brazos y no dejarla ir jamás.

—¿Qué planeas, Gabrielle?

—Espera y verás.

—No hagas algo de lo que te arrepientas después.

—No te preocupes, me arrepentiré sinceramente un minuto antes de morir. Y luego seré perdonada por Dios. ¿No es eso lo que nos enseñó Jesús? ¿Arrepentirnos con sinceridad para ser absueltos de todo pecado?

—¿Por qué estamos teniendo esta conversación sobre el pecado? —preguntó con nerviosismo.

—Porque estas mirándome de una manera en la que diría que el pecado que abraza a tu corazón, en el que sueles inclinarte es: la envidia.

—¿Qué? No… estoy algo confundido. Tú me confundes.

—Piénsalo bien, quieres algo de mí que no puedo darte, pues eso que buscas con tanto afán no está aquí conmigo. Ahora me miras de esa manera extraña en la que se desea a una mujer que no se puede tener, porque le pertenece a otro.

—Eres mi esposa, claro que me perteneces —una vena saltó en su cien y sus fosas nasales se le ensancharon.

—Mi cuerpo, pero no lo que anhelas.

—Hablas por la experiencia ¿no?

Gabrielle no respondió porque Ralph y varios hombres entraron con Blaire por delante a la habitación.

—Blaire, ayúdame a desnudarme —ordenó Gabrielle a la joven, en ningún momento sus ojos no se despegaron del rostro estupefacto de Leonard.

—¿Qué demonios? —Leonard se levantó de su silla, tirándola en el proceso. Un mozo corrió a levantarla.

—Creí que tu madre era una tonta por no saber cómo nutrirte, más lo que veo ahora es a un hombre excesivamente mimado. Así que, de hoy en adelante, si te niegas a comer saludablemente, caminaré desnuda por esta casa dia y noche, Leonard.

—¿Has perdido la razón?, ¿quieres que ellos te miren?, ¿deseas humillarme?...

—Te equivocas. Es solo que no me quedaré cruzada de brazos para verte morir, si puedo evitarlo o al menos alargar tu triste vida. Lo haré, por el simple placer de verte retorcer en la desdicha y claro, porque no me convertiré en cómplice de tu suicidio. No vaya ser que tu padre después, me culpe de asesinato.

—¡Estoy enfermó! El ultimo médico que visite dijo que moriría en menos de un año. ¿Cuál suicidio? ¿Crees saber más que yo? ¿Piensas que deseo morir? ¿Qué no quiero caminar? ¿Qué me gusta ser llevado como un niño? ¿Qué nunca deseé salir a correr por los jardines? ¿Montar a caballo? ¿Tener una vida normal? —quería arrastrar a esa mujer hasta su habitación y encerrarla; y darle una zurra por su osadía. Pero, era incapaz de hacerlo porque apenas y podía mantenerse en pie con las piernas temblorosas. ¿Quién era el mimado? Si era él, entonces… ¿qué era ella? —Ralph llévame a mi alcoba.

—Tienes razón. No sé más que tú. Pero mi tía Carlota que tiene el mismo padecimiento, sí. Ella es una erudita en el tema. Permíteme explicarte, pasé tres veranos a su lado en parís y cuando le pregunté por qué no despedía a su cocinero, el cual cocinaba horrible, ella respondió que él heredaría todo su dinero porque durante más de la mitad de su vida había logrado lo que ningún médico hizo. Mantenerla fuerte y saludable para sobrevivirle a tres esposos uno más joven que el anterior. —Gabrielle se levantó de su silla y se dirigió a los sirvientes, que no sabían cómo proceder.

» Por lo tanto, señores, pueden creerme o no. Pero, si apuestan por seguir las ordenes de su señor, no serán más que unos asesinos. Yo me niego rotundamente a ser parte de ello. Y es por eso que si él no se alimenta como debe hacerlo un hombre en su condición, entonces me veré obligada a desnudarme.

Gabrielle comenzó a desabrochar su vestido con la ayuda de Blaire.

—¡Ralph!

Leonard giró su rostro hacía el mayordomo, pero este mantenía la mirada fija en el piso.

«¡Maldito traidor!», pensó Leonard.

Cuando Leonard se dio cuenta de que ella realmente iba a cumplir su amenaza, pues ya comenzaba a bajarse el vestido por los hombros, acercó de nuevo el plato, se sentó y comenzó a comer, tan furioso como un niño al que se le ha prohibido su juguete favorito. Blaire dejó de desvestir a su señora, pero no abrochó los botones de vuelta. Gabrielle le dijo que volviera a la fila de sirvientes que, miraban a su señor comer con verdadero entusiasmo.

Ralph, notó no solo esperanza en los ojos de su señor, que hacía mucho deseaba unas palabras de aliento, sino también diversión y hasta un poco de agitación; y en los ojos verdes de Gabrielle había triunfo o, ¿era alivio? Al parecer confiaba en la debilidad de Leonard para impedir semejante osadía. Ciertamente pensó que había sido una discusión algo tonta, incluso, la manera en que la ganó fue indecente e inapropiada; pero, si se esforzaba en analizar las acciones de esos dos, podía divisar una lucha apasionada y silenciosa por el dominio. Un juego que no lograba discernir del todo.

—Tú.

—Tomás, mi señora.

—Tomás… Toma esa estúpida silla y arrójasela a la cara a cualquier mendigo que veas fuera de la Iglesia más cercana; eso sí, asegúrate de que le dará un mejor uso que tu señor. ¡Todos pueden retirarse! Y Ralph… cierra con seguro la puerta.

—Sí, señora.

Una vez estuvieron solos, Gabrielle caminó, hacia Leonard mientras se bajaba el vestido, por los hombros y luego lo dejó caer sin preámbulo. Quedando solo con las medias y los bonitos zapatos a juego del vestido que había llevado.

—Creí que ya habías terminado con el teatro.

—No, dame un niño y te dejaré morir en paz —sus labios tenían esa sonrisa cínica y mezquina que tanto le gustaba a Leonard.

—¡Dios, no de nuevo! Por mucho que lo intentes no me convencerás —la retó.

Los ojos verdes, brillantes y malignos no dejaron de mirarlo cuando se acercó un poco más a él.

Cuando Leonard descubrió que no llevaba nada debajo de aquella preciosa prenda, se preguntó si esa tonta disputa de su alimentación y la salud, solo había sido un pretexto para cometer su fechoría. Gabrielle jaló una silla y se sentó, con el cuerpo de lado y entreabriendo las piernas. Un antebrazo recargado en la mesa y el otro en el respaldo de la silla.

Leonard, ladeó la cabeza un poco, para ver aquel vello y tal vez la entrada al paraíso. Tomó un poco de vino antes de hablar:

—¿Sabes, Gabrielle? Creo que debiste haber comenzado por decirme que sería premiado si me comía las verduras —dijo con una sonrisa ladeada y ojos pícaros. Luego, continuó comiendo con ahincó.

—¿Y no darles de qué hablar a los sirvientes? ¿perderme el rostro de terror de Ralph? No querido, ¿dónde habría estado la diversión?

Lejos de sentirse ofendido, al final, la situación le pareció lascivamente interesante. Gabrielle era capaz de despojarlo de la capacidad y la fuerza para detenerla de la manera correcta de cometer barbaridades y de hablar obscenidades, porque ella no sería ella si no lo hiciera y privarla, se temía, solo la alentaría todavía más.

Le fascinaba, lo alteraba hasta quemarlo y apagarlo al mismo tiempo. Estaba encendido, con la mirada puesta en esos tesoros por los que mataría, un par de pechos, que la noche anterior habían saciado su lujuria, su miembro ahora erecto, le dolía tremendamente. Su carne, firme y suave eran del tamaño perfecto para sus manos. ¡Oh! Ella era una delicia.

Nunca se imaginó conocer a una mujer tan atrevida, ciertamente era inusual. Cuando la sociedad podría tacharla de vulgar e indecente, él simplemente la quería tachar de manipuladora y sensual. Tal vez era porque tanto su modestia como su honra habían quedado por los suelos que ya no le importaba lo que otros pensaran de ella; porque entendía que no importaba lo que hiciera o cuantas veces pidiera perdón, su pasado no la dejaría escapar del tormento y castigo por su error.

—¿Por qué el desnudo? Ya sé que no es para seducirme.

—¿Quién lo dice?

—Una vez conocí a una mujer muy particular, hablaba sobre las injusticias que sufrían las mujeres. Sobre el ¿por qué no puede mostrar los tobillos? ¿Por qué el hombre tiene voz y voto, y la mujer solo tiene que aceptar lo que su padre, hermano o esposo decida por ella? ¿Y por qué su dinero tenía que quedar a manos de un esposo inútil que lo gastaría más rápido de lo que hubiese durado el cortejo? ¿Por qué las mujeres solo debían tener la única ambición de convertirse en un bonito adorno para la casa de su esposo? Me la has recordado. Con lo de los tobillos, quiero decir.

—Te estoy mostrando más que los tobillos, Leonard.

—Fue la primera mujer a la que le vi los tobillos.

—Aunque es cierto que mi corazón se inclina hacia las buenas ideas revolucionarias de esa buena mujer, debo confesar que mí exposición y levantamiento hacia tu vano deseo de morir pronto, tiene que ver más con lo sexual, que por pura rebeldía.

—Mmm por un momento, lo creí y me dije: ten cuidado Leonard, ni se te ocurra azotarle el trasero a esa mujer o te cortará la garganta.

Y ella le arrebató la copa de vino y la bebió, de un solo trago. Era retadora e inquisitivamente dulce, eso de alguna manera la hacía parecer fuerte y valiente. Admiraba su locura, admiraba a la mujer que tenía enfrente, más de lo que alguna vez admiró a nadie. ¿De qué servía ser una mujer intachable y bien educada, si se tenía el corazón podrido? ¿No acaso, Amelia había sido una bruja mezquina? Tal vez Gabrielle no llegó a su cama siendo virgen e inocente, pero le decía lo que sentía y no le mintió, cómo se esperaba de ella.

Entonces ¿por qué debería valer menos si ella solo quería que se alimentara mejor? ¿Qué importaba si sus métodos de coacción no eran más que el pretexto perfecto para burlarse de una sociedad hipócrita y monstruosa? ¿Qué más daba si lo único que quería era seducirlo y conseguir llevar en su vientre al dichoso heredero para conseguir su libertad? Ella le daba la opción que nadie le había dado jamás y era la del libre albedrio. Le daba la opción de elegir el destino de ambos. Si lo aceptaba o no, vendría siendo más asunto suyo que de ella.

—Terminé. Me he comido todo. Ahora señora Du Pac, ¿puedo ir a dormir?

—No. Quiero tomar el sol. Blaire me dijo que hay unos jardines hermosos detrás de la capilla.

—Ve sin mí —dijo con urgencia, solo quería llegar a su alcoba, recostarse y masturbarse, y luego dormir. Alejarse un poco de ella, enfriar la mente.

—No, compraste esta casa, según me dijeron… para mí. Así que es tu deber mostrármela.

—Estoy débil y agotas las pocas energías que me quedan, mujer. ¿De verdad no planeas darme una muerte prematura?

—No.

—Mientes. Sabes bien lo que le haces a mi pobre corazón. Hasta sospecho que puedes escucharlo latir desde tu lugar.

—Tu padre me pidió que fingiera amarte. Y eso hago —dijo, con la finta en el rostro de toda inocencia.

—¡Pues lo haces muy mal!

—Nunca dije que fuera una buena actriz.

—Cierto. —Sus ojos la inspeccionaban nerviosamente, carraspeó y preguntó—: ¿Vas a vestirte, ya?

—Sí, ¿vas a ayudarme? —Gabrielle se mordió el labio inferior.

—No, prefiero hacerlo la próxima vez que planees desnudarte. ¡Ya sabes! Desabrocharte yo mismo el vestido. Porque si vas a matarme, más te vale darme una muerte lenta y muy satisfactoria.

—Lo tendré en cuenta —le volvió a sonreír.

Gabrielle se levantó y se dio la vuelta dejándole ver las cicatrices, en su espalda.

—¡Busca a Ralph para que me ayude! —le ordenó. Mirando hacia otra parte, ya que le molestaba, lo lastimada que estaba tanto física como emocionalmente. A su chica, fuerte y dura, le daba miedo darse otra oportunidad pues tenía el corazón roto.

Gabrielle tomó el vestido que había abandonado para el puro gusto de su esposo; luego, regreso a su lado y le dio la espalda para que le abrochará los botones. Leonard no tardó en ponerse de pie, ante la piel blanca y maltratada de su espalda. Quiso proporcionarle un poco de ternura a aquellas marcas hechas tan afanosamente para herirla en lo profundo de su alma. Así que acarició el largo de su columna porque no deseaba darle la impresión incorrecta de que sentía compasión por ella en lugar de amor.

La vio erizarse como un gatito por la maravillosa sensación de la caricia. Su cuello se echó atrás y sus ojos se cerraron. Pero no quería iniciar nada con ella salvo hacerla sentir amada. Por lo que, con sus manos varoniles y temblorosas ante la simple tarea de procurar la modestia de su esposa, le abrochó el vestido.

—¿Qué hay de la ropa interior? —preguntó en su oído en un susurro, con voz ronca.

—¿No te parece interesante saber que no hay nada debajo? —murmuró, volviendo la cabeza hacia Leonard, con una ceja levantada y sonrisa ladeada.

—Como ninguna otra cosa —respondió con los labios resecos, ante la sed que sentía por probar el néctar de sus labios gruesos.

—Excepto la constitución de los estados unidos… ¿no?

—Claro, es más interesante que visitar a mi esposa en su alcoba, la noche de bodas.

Ella se giró y colocó los brazos en su cuello e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarle el rostro.

—Yo te ayudaré. Démosle un respiro al viejo Ralph, decimos demasiadas cosas insensatas ¿no te parece?

—Sí, pero suelo marearme y desmayarme cuando caminó demasiado —Leonard depositó un beso en la mejilla de la mujer fatal. Deseando que entendiera que con cada insinuación erótica él le pagaría con ternura y amor.

Gabrielle puso una mano en su mejilla y sonrió tiernamente; Leonard, no pudo evitar ladear su cabeza un poco ante el toque suave y cálido de su mano. Fue entonces cuando le prometió:

—Caminaremos lento, haremos paradas si hace falta y yo te sostendré para que no caigas.

—Estoy seguro de que me dejaras caer, pues eres una esposa horrible. Y no deseas nada más que deshacerte de mí.

—Sí, es posible; pero solo porque tú eres un esposo debilucho y mimado; necesitas un poco de crueldad en tu vida. No es justo que la maldad nunca te haya alcanzado. Así que esfuérzate un poco para parecer menos un mozalbete, ¿quieres?

—¡Eres tan fría…! —dijo con fingida indignación y una mano en su corazón.

Gabrielle abrazó a Leonard por la cintura y él colocó un brazo sobre sus hombros. Sin planearlo acercó su rostro al cabello castaño de su esposa, solo para descubrir el aroma de las flores silvestres, cuando la piel de su mejilla había olido a narcisos, su olor a ninfa del campo le pareció divino. Muy adecuado para una mujer que disfrazaba la bondad de su corazón con palabras oscas.

Caminaron abrazados hasta el jardín y como se lo había prometido, Blaire, el jardín era hermoso.

Había una fuente en el centro con la figura de dos delfines, las flores que lo adornaban eran de muchos colores y por último un árbol con un columpio. Llevó a Leonard hasta el árbol y lo ayudó a sentarse en el pastó donde el sol le daba de lleno a la piel pálida de su rostro. Le quitó los zapatos y las medias.

—¿Qué haces?

—Siente el pasto y la tierra; es maravillosamente relajante.

Gabrielle se sentó a su lado, subió la falda de su vestido hasta lo más alto de sus muslos, por un instante Leonard desvió la mirada del espectáculo hacia los alrededores en busca de miradas indiscretas. Si las había no estaban a su vista. Tragó duro y lamió sus labios resecos y volvió a posar sus ojos en la maravillosa piel de las piernas de su esposa. Al ver la agitación en él, Gabrielle, subió las piernas en su regazo y ordenó:

—¡Hazlo!

Comenzó desatando las cintas que mantenían las medias a medio muslo, luego muy lentamente comenzó a bajarlas, dejando una caricia en la suave piel. Deseando ver sus gestos mientras trabajaba en desnudar sus extremidades dirigió su mirada a los labios carnosos que estaban entreabiertos, sus mejillas sonrojadas y los ojos encapuchados y brillosos.

Gabrielle echó la cabeza hacia atrás mientras su respiración se agitaba y senos hacían un hermoso movimiento a causa de su respiración agitada. Cuando sus piernas fueron liberadas de los zapatos y las medias, le regalo una sonrisa de agradecimiento.

Se levantó y caminó hacia el columpio, verificó que las cuerdas fueran fuertes y se subió en el trozo de madera que funcionaba como asiento. Sus piernas comenzaron a balancearse tomando fuerza en un instante. Leonard estaba maravillado con la vista de sus pies.

—¿Te gustaba columpiarte, cuando eras niño?

—No. No sé, unca lo hice.

—¡Qué tonto eres! Es maravilloso, si cierras los ojos puedes imaginar que estás volando. El aire frio rozando tu rostro cuando te eleva se lleva la tristeza y las mariposas en el estómago por la presión de la gravedad al bajar te causa felicidad. Y luego...

Leonard gravó la imagen de Gabrielle con la luz bañando su rostro, su precioso cuello tan blanco y sensual que lo había invitado la noche anterior a besar muy lentamente; sus senos: ¡Ah! ¡Cuánto los amaba! y la falda del vestido levantándose para darle la vista de unas hermosas pantorrillas, tenía unos pies pequeños y preciosos, pero lo que más le había fascinado eran las mejillas sonrojadas y la manera en que podía hacerlo soñar con su voz tan suave y risueña.

Sin previo aviso Gabrielle saltó del columpio hacia el frente, llegando hasta donde él se encontraba, al no esperarla no le dio tiempo de quitarse salvo de abrir las piernas para que pudiera caer en suelo firme. Nunca espero que se dejaría caer encima de su cuerpo. Sus narices se rozaban y la chica todavía con los ojos cerrados reía. Leonard la deseo más que en cualquier momento.

Gabrielle alejó su rostro y se recostó a su lado; y en silencio tomaron el sol. Leonard cerró los ojos, pues su corazón retumbaba fuertemente y si no conseguía tranquilizarse podría desmayarse e Gabrielle estaba feliz. Y no quería arruinarlo.

La piel pálida de Leonard brillaba a la luz, y a Gabrielle le parecía todavía más hermoso así, a pleno día, que bajo las sombras de la noche.

—Me miras.

—No a ti, es a la hormiga que sube por tu rostro.

Leonard sonrió.

«Dios, ¡qué hermosa sonrisa!», pensó la mujer, embelesada por aquel hombre, su querubín.

Gabrielle se removió para recostar la cabeza en su pecho.

—Ahora te has puesto cariñosa.

—No, solo me aseguro de que tu corazón siga latiendo. ¿Sabes? Te quedas tan quieto como un muerto y eso asusta.

—No te asustes, estoy intentado justo ahora no morir. Milagrosamente me has contagiado con tu amor por la vida.

—No, no lo hagas. La vida también me ha decepcionado.

—Lo siento cariño. Ya es demasiado tarde; creo que fue amor a primera vista.

—Mmm. Entonces eres un tonto.

—Continuas mirándome, Gabrielle.

—Sí. No te has afeitado.

—Tengo la piel sensible.

—Te afeitaré la próxima vez.

—Es una promesa.

—Así es.

Él volvió a sonreír, e Gabrielle cerró los ojos escuchando aquel tambor, que retumbaba a veces rápido y fuerte; otras lento y suave; pero, siempre al compás de las sensaciones que ella le causaba.

Por la tarde la señorita Colt llegó a la mansión de los nuevos señores Du Pac y mientras Gabrielle dejaba a Leonard en su alcoba para dormir la siesta; la mujer la esperó en el salón de estar a Gabrielle.

—Señora Du Pac.

—Buenas tardes, señorita.

—La piel de sus mejillas esta quemada.

—Sí lo sé. Mi esposo necesitaba un poco de sol y lo acompañe a tomarlo —dijo.

El mayordomo que había estado presente para recibir indicaciones, parpadeó. La señora había sacado al joven a tomar sol porque creyó conveniente que él lo necesitaba.

—No tengo el gusto de conocerlo, la verdad.

—Ambas mujeres parecían incomodas.

—Ralph, ella es la señorita Colt, fue mi institutriz y de ahora en adelante será el ama de llaves. cualquier cosa que necesite cuento en que usted se lo proporcionará y que la presentara a los demás sirvientes. Cuento con ambos para mantener la casa lo mejor posible.

—Sí, señora como usted desee.

—Señorita Colt. Mi esposo padece del corazón por lo que llevará la misma dieta que la tía Carlota; y ya que usted se hacía cargo de su alimentación cuando nos visitaba espero que instruyas al cocinero para que Leonard sea mejor alimentado.

—Por supuesto señora, conozco a la perfección los platillos que son saludables para adquirir vigor y los que el cocinero puede crear, con los ingredientes permitidos como sanos para su corazón.

—Gracias, señorita Colins. Cuento con su ayuda para fortalecer la precaria salud de mi esposo. Pueden retirarse.

Al encontrarse sola de nuevo, caminó hacia la ventana y miró por ella. Odiaba los días lluviosos, así que fue una pena ver cambiar el clima cálido a uno húmedo y frio. Le recordaba cómo se sentía su corazón que lloraba por la ausencia de los besos apasionados de Ramin, frio sin el fuego de su pasión. ¡Dios! ella deseaba verlo y hundirse en esa marea de lava de éxtasis que era su sexo.

Ramin dormía plácidamente en el sofá de su despacho, pasaba los días y las noches allí bebiendo, hasta el cansancio, hasta que el vino se acabase. Danielle, estaba de pie frente a él, observándolo. Él hombre estaba así, por Gabrielle, su hermana. Lo odiaba por ser un débil, por no haber podido olvidarla, por esa maldita lujuria que sentía por ella. ¿Por qué no podía amarla a ella con ese mismo fuego? ¿Qué tenia Gabrielle que no tuviera ella? Tampoco amaba a Ramin, sin embargo, él era su esposo, le pertenecía ¿no? Lo único que le satisfacía era que Gabrielle tampoco era feliz.

Debido a qué Leonard, había terminado agotado por sus actividades, lo dejó tranquilo por el resto del día y por la noche, ordenó le llevaran la cena a la alcoba. Al cenar sola en el comedor, se dio cuenta que odiaba la casa, el personal y mucho más a su esposo. Así que en cuanto Blaire terminó de preparar para la cama, le pidió que la dejará sola. Se quitó la bata y caminó hacia la habitación de Leonard.

De nuevo lo encontró a la luz de la vela, en la cama leyendo un libro.

—¡Vaya! ¿Ya vienes a torturarme?

—No, me siento sola y pensé que si tanto te gusta leer podrías leerme este libro.

—¿Y tenías que venir desnuda?

—Dime que no te gusta lo que ves y no volveré a hacerlo.

—No es eso, creí que habíamos quedado que yo te ayudaría. ¡Ven acá! —Leonard hizo a un lado las sábanas y dejó su libro en la mesita de noche. Cuando el cuerpo de Gabrielle tocó el suyo, Leonard notó que estaba fría. —La próxima vez, que quieras recrear mi vista, hazlo cuando estés al pie de mi cama. Así no tendré que calentarte después.

—Me gusta tu rostro sorprendido —Gabrielle se metió en el hueco del brazo de Leonard, por lo que él rodeó su cintura. Su mejilla puesta en su pecho y el sonido del corazón de su esposo, nuevamente a su alcance.

—¿Qué libro desea mi esposa que le lea?

—Uno que te encantará.

El libro era de cuero negro y no tenía letras que le dieran su nombre. Lo miró por un lado y luego por el otro y cuando lo abrió lo primero que hizo fue levantar las cejas hacia arriba.

—¿Qué clase de internado era ese en el que te educaron?

—Él no tiene nada que ver con mi arduo deseo por el conocimiento, esposo.

—Dios.

—¡Mira!

Ella le mostró la imagen con su delgado y largo dedo índice.

—¿Quieres… que bese tu sexo? —preguntó en un susurro.

—¿Alguna vez lo has… hecho?

—No. No en realidad.

—¿Con cuantas mujeres te has acostado, Leonard? —Gabrielle preguntó enserio.

—Solo contigo.

—Mentira, sabes tocarme muy bien.

—Bueno, mi padre solía llevarme a Cabarets, en Londres.

—¿Pagabas por placer?

Él sonrió.

—No, pagaba para que me enseñaran a tocar a una mujer. Nunca tuve sexo con penetración. Fuiste la primera.

—¡Oh! Eso no fue nada, Leonard.

—Para mí sí. ¿Entonces…?

—¿Sí?

—¿Te lo hizo… él?

—No.

—Mmm

Leonard la recostó en la cama. Besó su mejilla con ternura y luego el mentón. Estaba nervioso y ella también. Se miraban a los ojos y a veces reían o solo se mantenían atrapados en el alma del otro. Ella llevó sus manos a cada lado del rostro de Leonard y besó su frente y su mejilla, le siguió el mentón. Entonces él besó su cuello y luego la clavícula. Ella se sentó y Leonard permaneció arrodillado frente a ella. Gabrielle le quitó la bata, lamió su cuello, y beso su hombro izquierdo. Leonard acarició la piel de su pecho y mordió la punta de su seno. Ella besó sus bíceps y le succionó el pezón. Leonard la recostó de nuevo y se colocó entre sus piernas, hizo figuras en su vientre plano con su lengua. Ella suspiró y subió una pierna en el hombro de su amante. Leonard sopló en su sexo y buscó su botón de placer. Abrió más sus piernas exponiendo completamente la flor de su feminidad, solo para él. La probó. Un lamido y luego otro.

Sintiéndose libre de hacer y poseer a su gusto, con sus manos masculinas, tocó, apretó y presionó la carne de la mujer que enardecida gemía de puro placer.

No sabía si lo estaba haciendo bien o no. Pero mentiría si dijera que no le gustaba su sabor. Mentiría si dijera que no quería escucharla gemir, si dijera que no quería sentirla temblar debajo de él o si dijera que no le gustaba que lo buscara o le gritara cosas horribles porque le enardecía su ingenio verbal y su extraña manera de provocarlo. Sabía qué eran frases vacías y incapaces de herirlo; porque muy a su manera quería mantenerlo vivo.

Porque si ella realmente lo detestara no estaría justo en ese momento muy abierta y húmeda, con los ojos brillantes y expectantes; respirando muy rápido y casi jadeando; lamiendo sus labios resecos y mordisqueándolos; con la piel enrojecida y sudorosa; no tendría un aroma almizclado entre las piernas y no estaría sujetando las sábanas de la cama como si ellas fueran suficientes para sostenerla en este mundo cuando le hiciera gritar su nombre. Y todo era porque ella deseaba ser tocada por él. Y si no era así, solo tenía que pedirle que lo mirara y nada más.

Recostada encima de su almohada, su largo cabello castaño, estaba regado por todas partes, con el torso desnudo, su piel blanca como la porcelana, exhibiendo sus redondos y pechos, parecía la diosa Venus, su rostro reflejaba serenidad, y una pequeña sonrisa en esos labios hinchados a causa de su propio maltrato. Se había mordido nuevamente.

Las caricias que le había proporcionado a su cuerpo la hicieron retorcerse de júbilo y placer. Agotada, se quedó dormida casi al instante.

Con la sangre caliente, todavía, Leonard se levantó de la cama y caminó hacia el cuarto de baño. Se sentó en la silla, tomó su miembro y comenzó a bombearlo mientras que con los ojos cerrados dejaba que su mente le presentara la imagen de su esposa, gritando su nombre, moviendo sus caderas en su rostro buscando que el apéndice de su lengua le penetrara un poco más y más en busca de su preciado placer.

Entretenido en su tarea de auto placer no se percató, de la mujer que lo observaba embelesada con la visión del querubín que se dejaba vencer por sus instintos más primitivos y al fin había tomado la fruta del pecado por su propia mano, tal cual egoísta y envidioso. El ángel estaba a luz de una vela con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados y la respiración agitada, bombeaba su miembro de forma rápida y firme.

Gabrielle, caminó hacia él y con suavidad detuvo sus movimientos sujetando su muñeca. Cuando abrió los ojos vio a la mujer de rodillas a él. Suavemente retiró la mano de su miembro y la colocó en su muslo. Luego, tomó su miembro erecto e hinchado; sin miedo, no muy fuerte, ni muy suave.

Sin dejar de mirar sus ojos ella fue inclinándose, hasta que sus labios tocaron la punta se miembro. Sacó la punta de la lengua y lamio el líquido preseminal; lo degustó y luego metió la punta viciosa en su boca y con su mano comenzó a bombear, tímidamente, como lo había visto hacer. Pero el necesitaba más profundidad, por lo que levantó las caderas y ahondo en aquel delicioso hueco. Al cabo de un rato ya tenían un ritmo y Leonard estaba en la gloria.

Tan bello como era, su cuerpo delgado se arqueaba ante aquel delicioso placer, su cabeza echada atrás, jadeando, sus manos sosteniendo la cabeza de la mujer por los cabellos.

—¡Para Gabrielle!

Gabrielle no lo escuchó o tal vez lo ignoró; quería que terminará, anhelaba su semilla dentro de ella de una manera u otra y; continuó y continuó hasta que el perdió el sentido y dio una estocada final antes de que por fin eyaculó dentro de su boca.

—¡Oh! No estoy seguro si visité el infierno o el paraíso —dijo entre jadeos.

Sus ojos encapuchados, observaban su lengua lamer sus labios. Se inclinó para besarla. Ella ya lo esperaba con los ojos cerrados y labios entreabiertos. Gracias al cielo, reaccionó en el último instante y depositó el beso en su frente.

Gabrielle abrió los ojos, no decepcionada.

—¡Estoy cansado! Vamos a la cama.

Y mientras ella se había quedado dormida de nuevo casi de inmediato, él permaneció despierto, observándola y preguntándose un millón de cosas: ¿Y si la embarazaba, lo abandonaría o se quedaría a su lado? ¿Era mala por ser una mujer apasionada? ¿Fue un pecado hacer que su esposa lo satisfacer como lo hizo? ¿Cometía un error al no consumar el matrimonio como debería de ser? Ella era una mujer apasionada que no sentía pudor por su placer, ¿y si buscaba en otro lo que no le daba? ¿Le faltaba a Dios por solo pensar en tenerla desnuda abierta y húmeda para él?

Leonard salió de sus cavilaciones al escucharla susurrar cosas sin sentido. Cuando se acercó de forma lenta a su rostro la escuchó tan claro como si ella hubiese gritado:

—¡Ramin, te amo!

El corazón de Leonard solo tuvo un sentimiento y eran los celos, de esos que arruinan y ciegan. Y su mente grabó el nombre de su amante: Ramin.

A la mañana siguiente, Leonard comenzó a depositar besos en su espalda para despertarla, pronto Ralph entraría para iniciar el día. Así que tenía que despertarla mucho antes.

Con un beso aquí y otro allá…

—Leonard.

—Sí.

Gabrielle se giró atrayéndolo en el proceso quedando él entre sus piernas y ella debajo de él. Llevó su pequeña mano al miembro de Leonard y lo colocó en su entrada.

—Hazme tuya —dijo mientras balanceaba sus caderas, coquetamente. Atrayéndolo a una danza dulce y sensual.

—No —susurró, mientras respondía aquel cortejo lujurioso a los dulces pliegues del centro de su esposa.

—¿Por qué?

—No quiero que te vayas —se acercó y pegó su frente con la de ella.

—Entonces hazme el amor.

—Solo los que se aman lo hacen.

—Entonces… Te amo.

Leonard se preguntó si podía engañarse así mismo un momento. Solo un instante. Se preguntó si ese te amo se sentiría igual si fuera real.

—Repítelo de nuevo —le ordenó mientras su mano tomaba el miembro erecto colocándolo en los labios hinchados de su paraíso personal.

—Te amo.

Leonard, cerró los ojos y de una sola estocada se enterró en ella.

—¡Dios mío! ¡Se siente bien! —dijo ella, con la voz temblorosa.

—Lo sé. —Leonard volvió a salir y entrar de nuevo en ella—. Dime que me amas, dímelo todo el tiempo —le suplicó.

—Te amo. Te amo, Leonard. Te amo. ¡Sí! Te amo, te amo, te amo… —dijo ella mientras se aferraba a su cuello y se movía con él en un vaivén furioso y firme.

Gabrielle no sabía si se sentía tan bien tenerlo enterrado en ella porque el hombre era divino, romántico, ingenuo y porque su miembro era grueso y de la medida justa para ella o simplemente era el hecho de que él se le negaba tanto, que le obligaba a desearlo más…

—Buenos días, señor. —dijo Ralph, pero al darse cuenta de lo que ocurría en la cama, exclamó—: ¡Oh! Lo siento.

Leonard, se había detenido cuando escuchó la puerta abrirse y vio con diversión el rostro sorprendido de Gabrielle.

—¡Sabías que venía!

—Y ¿qué?

—¿Cómo? ¡Me escuchó!

—Eso te enseñará a no soltar te amos a la ligera. Ni siquiera las putas londinenses eran tan mezquinas.

Gabrielle le soltó una bofetada. Sin darse cuenta que el anillo de bodas se había girado quedando la piedra preciosa en su palma, por lo que rasgó la mejilla de Leonard.

Furioso y cegado por los celos, porque no, no sintió nada más que vació y tristeza con su «Te amo fingido». Se retiró de ella, se bajó de la cama tan desnudo y hermoso, que ella tuvo que ser fuerte para no mirar más allá de su rostro.

Leonard abrió la puerta que conectaba sus habitaciones y le dijo:

—Sal de aquí ahora o juro que te mataré.

—Sí, lo haré. Porque está claro que eres un imbécil, un niño. Y yo que creí que si no podíamos amarnos al menos podríamos pasarla bien. ¡Qué fiasco! Ahora más que nunca deseo huir lejos de ti.

No está de más… el relicario

14 de octubre de 1912

Querida tía:

Han pasado un montón de desavenencias desde que he llegado a casa; cuando he creído que podría volver al lado de mi amado Ramin, me encontré con la noticia devastadora de que se casaba. Debo confesarte que al igual que aquellos de los que solíamos hablar en esas tardes hermosas al lado de tu querido Hébert, he cometido el terrible error de amar a la persona equivocada; pero eso no es todo: he pecado en contra de mi propia sangre y todo en nombre del amor.

Me declaro culpable. Soy una perversa que ha amado con locura y probado las mieles de un amor prohibido. Causando una infidelidad a quien ambos deberíamos amar y respetar.

Dime tía, si Hébert ha podido superar ese amor enfermizo del que tanto padecía; dime, si él ha sido capaz de salir de ese embrujo. Porque sí es así, entonces tengo esperanzas; ya que en este momento comparto con nuestro querido Hébert tan horrible padecimiento.

Fuimos descubiertos; he avergonzado tanto a mi padre que ni siquiera ha sido capaz de mirarme de nuevo a la cara. Ha sido tal la vergüenza de la familia que, me han obligado a contraer matrimonio con un hombre el cual podría morir mañana, pues padece del corazón. Y aunque tú eres un ejemplo de que nada está escrito, no puedo dejar de pensar que es así. Su estado de salud es precario, su cuerpo es débil; su alma inocente y pura.

Puedes creer que es un ángel que no merece sufrir los males de esta tierra, pero a veces me temo que me llevará a un lugar del que no podré salir jamás. Me invita a seguirle, a girar sobre su eje como si fuera el sol que ilumina todo a su paso, pero que, a la vez te ciega con esa luz y de pronto ya no puedes ver más hundiéndote en la oscuridad infinita donde solo puedes escuchar su voz llena de palabras dulces, sueños llenos de amor y fantasía; y que calientan mi corazón. Pero luego están esas ocasiones en donde el dulce ángel se convierte en un ser maligno que seduce mi alma con un rotundo «No».

Nuestros padres nos han condenado a una vida desdichada, pues busca en mí aquello que ya no tengo. Quise seguir el buen consejo de Hébert, pero ha sido imposible para él aceptar una quimera que pueda aliviar el corazón de tan terrible soledad.

Estoy devastada, tengo miedo, tengo furia, quiero gritar y huir. ¡Cuánta falta me haces! Lo lamento, lo lamento tanto; más no puedo gritarlo al mundo porque sé que nadie me creerá. El mundo es capaz de ver en mi rostro la verdad que no se preocupa mi corazón en ocultar. Lo espero, estúpidamente confío en que un día venga y me lleve lejos para juntos vivir nuestro amor.

Siento horror de morir en vida. El padre de mi esposo me ha ofrecido la libertad a cambio de un heredero. ¿Cómo haría tal cosa? Quiero aplastar a ese hombre. Como he dicho antes, Leonard mi esposo es un buen hombre, más temo que lo destruiré con mi desamor.

Ayúdame, dame una esperanza.

Con amor, Gabrielle.

Leonard se encontraba realizando la contabilidad de la empresa de su padre. Y aunque parecía entretenido en la tediosa labor, en realidad por dentro se encontraba bajo una horrible tormenta de emociones: furia, dolor, celos, desdicha y arrepentimiento. ¿Cómo se había atrevido Gabrielle a herir su rostro? ¿Cómo no podía olvidar a ese mequetrefe? ¿Cómo fue tan estúpido para alejarla de sus brazos tan rápido como ella fue capaz de atraerlo a su cuerpo? ¡Y todo por celos a un maldito fantasma! —Leonard golpeó la mesa con el puño cerrado—. ¿Por qué no lo dejaba entrar en su corazón? ¿Qué debía hacer para hacerla entender que no había un principio ni un fin para lo que sentía por ella? ¿Acaso había algo que pudiera definirlo? Si es que era verdad lo que los menos románticos indicaban: «Es imposible la existencia del amor a primera vista». Pero, es que al conocerla fue como haber encontrado a su alma gemela. La amó desde el comienzo y la amará hasta su muerte y más allá; si es posible eso. Sí, era un necio que se aferraba a nombrar aquello que siente como: amor.

Si tan solo ella le diera la oportunidad le demostraría que el amor es más que pasión por el placer físico, como totalmente aquel ser malévolo le enseñó. Que había otras maneras de decir te quiero y no precisamente con un beso. Que fue capaz de vivir más de lo que debía, porque estaba hecho para ella y todos estos años estuvo esperándola. Que ahora que estaban juntos su único designo era el de adorarla. Mostrarle la belleza de un amor sincero, sin secretos y mentiras. Donde solo existirán ambos. Donde solo está ella en su corazón y no había cupo para nadie más.

Estaba devastado emocionalmente. Aunque sabía que ella amaba a otro, no podía aceptar que guardará tan celosamente aquel recuerdo de un hombre que jugó con ella. Y aunque no sabía quién era él ni su nombre hasta ahora, estaba sin duda convencido de que no lucharía por ella. No lo hizo antes, mucho menos ahora que ya estaba casada, porque era un cobarde.

El sonido de un golpe en la puerta de caoba, lo sacó de sus cavilaciones. Pestañando y aflojando la quijada y las manos en puños; suspiró para tranquilizarse. Carraspeó un poco y escuchó el sonido de otro par de golpes. Bajo su mirada al papel que tenía enfrente.

—¡Adelante! —dijo sin levantar el rostro fingiendo leer.

—¡Leonard! —la voz de su primo Jerry a medio camino hacia él, lo hizo levantar la mirada, al fin.

Por un instante creyó que era ella, que lo había buscado. ¡Estúpido!

—Jerry, es bueno verte. —asintió, Leonard. Luego le hizo una señal con la mano para que tomara asiento—. ¿Algo de beber?

—No. Muchas gracias. —Él hombre rubio negó mientras se sentaba en la silla frente a su primo, reacomodó su elegante saco negro, y alisó un poco su cabello hacia atrás a la vez que cruzaba una pierna, antes de decir—: Recibí tu mensaje ayer; así que aquí estoy. ¿Qué te sucedió en el rostro?

—Un accidente —descartó, su primo podría parecer un hombre siempre preocupado por su apariencia perfecta, pero en realidad era muy observador—. Te he llamado, para preguntarte: ¿qué sabes del acuerdo matrimonial que hizo mi padre con Robert Stravella.

—Sé que hubo un acuerdo, como es costumbre. Pero no estuve presente y tampoco sé de algún documento que haya sido notariado.

—¿Podrías investigar?

—Sí, ¿por qué?

—Porque soy uno de los involucrados y quiero saber qué ha decidido mi padre por mí además de escoger a mi esposa.

—Por supuesto, es natural que quieras saberlo. Pero ¿Por qué ese interés tan apresurado si solo han transcurrido dos días de haber contraído nupcias, si antes no te preocupaste por ello? ¿Cómo te va con ella?

—Un error de mi parte —Leonard desvió la mirada—. Intentamos adaptarnos.

Jerry se le quedó mirando un momento, estaba seguro que la mujercita era una bruja; tan solo tenía que recordar que no quería ni tocarlo y mucho menos mirarlo, durante la ceremonia y en la cena. ¿Qué clase de novia no miraría a su prometido-esposo para conocerlo en ese desgraciado instante?

—¿Se decepcionó de ver que no eres un ser horrible? —preguntó.

Leonard sonrió, recordando el rostro estupefacto de ella al verlo por primera vez.

—Algo así.

—Cuéntame, sabes que nunca le diría a nadie.

—Te hemos perdido Jerry, ahora tienes las malas maneras de entrometerte en la vida de los demás como tu dulce esposa.

—Cuando te lleves bien con la tuya veremos que mañas es capaz de enseñarte.

—Nunca lo haría en público.

—Ahora estoy intrigado.

Jerry tenía la capacidad de hacerte sentir cómodo con él, tanto que de un momento a otro te encontrabas muy dispuesto a confesarle tus más horribles pecados. A veces, si lo que quería era burlarse de ti, te hacía enfurecer hasta que tus orejas se pusieran rojas, y luego sin darte cuenta estabas aceptando de buena gana sus disculpas más sinceras.

—Hoy por la mañana la ofendí.

—¿Tú? ¿El perfecto caballero? No te lo creo.

—Mira mi rostro —Jerry levantó las cejas. Leonard continuó—: Dijo el nombre de su antiguo amante mientras dormía.

—¿Mientras dormía? ¿Quieres decir que duermen juntos o te metiste a su habitación a escondidas y…? —Bromeó, Jerry.

—No, ella duerme en mi habitación.

—De acuerdo. ¿Cómo pasó?

—Le reclamé.

—¡Por favor, Leonard! No puede controlar sus sueños.

—Lo sé. Pero me dio rabia, que después de que la abandonara, aun en sueños le guarde un amor fiel y sincero.

—Si ella duerme en tu habitación, es porque ya consumaron el matrimonio, supongo.

—No. Quiero saber que dice el contrato. Gabrielle dice que mi padre le prometió su libertad a cambio de mi heredero.

—¡Imposible!

—Era imposible que ofendiera a una mujer y mucho menos por algo que no puede controlar. ¡Mírame ahora!

—¿Qué le dijiste?

—La comparé con una prostituta.

—¡Dios mío! Dime, Leonard, ¿qué es lo que esperas de ella?

—Un matrimonio real. Una esposa, una amiga, quiero que ambos seamos felices, que me ame y yo amarla.

—Y… ¿ella? Te ha dicho… ¿qué es lo que desea de ti o lo que espera?

—Supongo que, si tenía una oportunidad con ella la eché a perder. No lo sé, ella solo dice que espera pronto huir lejos de mí. Pero por alguna razón, no le creo. Veo en ella a una mujer, herida y asustada; sé que podríamos lograrlo si ambos luchamos por ello.

—Entonces ¿ella no es tan mala, después de todo?

—No, solo actúa como un gatito herido.

—Bueno, comienza a disculparte, mientras tanto, buscaré lo que me has pedido y vendré de inmediato.

—Gracias.

—Avísame cuando sea prudente venir en plan de visita. Amy, está desesperada por conocer a tu esposa. Aline no tanto.

—Te avisaré.

Blaire subía de prisa las escaleras de la mansión llevando consigo una bandeja de plata con una jarra de jugo de naranja, un par de tostadas y fruta; con destino a la alcoba de Gabrielle. La orden de la señorita Colt fue precisa: que su ama fuera atendida debidamente. Al entrar a la alcoba. la encontró en su escritorio, con un sobre en el pecho y mirando por la ventana, mientras que con la otra mano limpiaba las lágrimas que arruinaban su rostro con un pañuelo. Torció la boca, lamentándose. ¿Era posible que el señor la tratara tan mal por la noche a tal magnitud de hacerla llorar por las mañanas? o ¿es qué era repugnante para Gabrielle tener que cumplir con sus obligaciones de esposa?

—Blaire.

—Si señora —dijo en voz alta e hizo una reverencia.

—Quiero que envíes con un mozo, de tu confianza, esta carta de inmediato al correo.

—Por supuesto, Señora.

—Por favor, pide que no me molesten, estoy indispuesta. ¡Y avísame en cuanto llegue el mozo!

—Sí señora.

Blaire se retiró de la habitación de Gabrielle encontrándose de frente con Leonard y en compañía de Ralph. La joven doncella no sabía si ocultar la carta o no —había sido la pura inercia la que la obligó a intentar meterla dentro de su falda—, el movimiento apresurado no hizo más que atraer la mirada del Señor al sobre en su mano. Cuando Blaire lo miró, lo vio con el rostro serio, la boca en una línea y la ceja levantada. Le hizo una seña para que fuera con ellos a su alcoba.

Blaire esperó nerviosamente a que Leonard se acomodara en el sofá, se notaba agitado por el ejercicio de subir las escaleras.

—¿Qué es y de quién? —preguntó Leonard, sin preámbulo.

—Una carta y es de la señora —respondió la doncella con voz firme y la mirada puesta en los ojos verdes del joven.

—¿Para quién? —Blaire pestañeó un par de veces, confundida y nerviosa.

—No… no lo sé, Señor —dijo tartamudeando y sus manos en puño. Blaire sentía que su estómago se revolvía.

—Te enseñé a leer, Blaire —murmuró Leonard en voz baja.

—Sí —asintió solemne—, pero no he visto el remitente.

Blaire sacó el sobre del bolsillo oculto de su falda. Y se lo tendió a Leonard que no tardó en arrebatárselo. Estaba dirigida a Carlota condesa de Tolosa e iba a París.

—Ralph, ¿cómo dijo que se llamaba su tía?

—Carlota, señor.

Leonard llevo una mano a la barbilla, pensando en abrir o no aquel sobre y, leer el contenido de la carta. Blaire quien ya había superado el momento de angustia, porque ¡gracias a Dios! no era una carta para su amor prohibido, así que le preguntó divertida como en aquellos tiempos que eran niños y lo obligaba a realizar algún ejercicio que terminaba con un Leonard muy agitado y al borde de la inconciencia:

—¿Quiere que se la lea, señor?

Ralph carraspeo, y tras un tosido dijo:

—Blaire, eso es inapropiado. Discúlpela señor.

—¿Por qué? —Preguntó la rubia al mayordomo con fingida exaltación—. Se le notan las ganas de leerla.

—¡Blaire!

—¡Ralph! No le grites —reprendió Leonard, porque amaba a Blaire y no toleraba ver que su sonrisa se apagara—. Tiene razón. Ambos la tienen. Deseo hacerlo, pero sé que no debo. Así que Blaire, llévate está carta y cumple con las órdenes de Gabrielle.

—¿De verdad quiere que cumpla sus órdenes? —preguntó, exaltada; como si Gabrielle le hubiese pedido asesinar a alguien. Leonard y Ralph, se miraron a la cara y luego a la pequeña mujer.

—¿Qué te ordenó? —preguntó Leonard, expectante, hasta el viejo mayordomo se había inclinado un poco hacia el frente y ladeado la cabeza para escuchar mejor.

—Que le pidiera a un mozo llevar la carta de inmediato al correo y que cuando llegara le avisara; y que no la molestáramos, pues se encuentra indispuesta.

Leonard sacó el aire contenido y dirigiéndose a Ralph que estaba enviándole una mirada asesina a una sonriente Blaire, le propuso:

—Ralph, ¿no te parece que las ventanas están muy sucias?

El mayordomo caminó hacia la ventana y pasó el dedo índice sobre el marco de madera y luego miró el polvo.

—Me parece que sí, señor. Tal vez Blaire podría ayudarnos.

—Correcto. Blaire, limpiarás las ventanas de la casa luego de tus deberes de doncella alcahueta —ordenó Leonard con una sonrisa ladeada.

La joven se dio la media vuelta con la boca abierta y estupefacta, pero antes de salir de la habitación le soltó:

—No cabe duda que el matrimonio no le sienta nada bien, ahora es un hombre cruel.

Y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

¿Cómo es posible añorar a alguien sin perder la cordura? Los últimos tres días Leonard no había hecho otra cosa que mirar la puerta de su habitación que conectaba con la de su esposa, caminar hasta ella, estar en un instante a punto de abrirla y al otro perder el valor; y luego terminar regresando al inicio, alejándose de aquello que es lo único que quiere tener cerca. Lo peor venia con el crepúsculo, cuando la casa entraba en un total silencio, Leonard pegaba la oreja en la maldita puerta para escuchar sus pasos acercándose y alejándose, el arrastre de una silla, el golpe sordo de algo cayendo o hasta sus sollozos.

Recuerda su mirada traviesa y tan llena de fuego; la sonrisa cínica y burlona que en ocasiones lo desquicia; sus labios malvados, suaves y carnosos que en secreto desea besar hasta la muerte, su lengua afilada tan llena de palabras crueles y mortales, incapaz de pronunciar verdades; su mente inteligente y llena de laberintos y acertijos imposibles de leer.

Después recuerda su piel suave y blanca como la porcelana que gusta de acariciar para provocar en ella un escalofrió que la hace suspirar y a veces hasta pronunciar su nombre. Recuerda con precisión cada curva de su cuerpo pecaminoso y sensual, pues sus labios pordioseros han tenido la dicha de probar el sabor de sus senos frondosos, el valle de su estómago y el elixir de su sexo.

Lleva grabado a fuego en el corazón el aroma exquisito de flores silvestres en primavera, que lo enardece y lo vuelve loco de deseo por estrecharla en sus brazos. Hundirse en el delirio de la fantasía y las bajas pasiones de su precoz imaginación.

No hay nada en el mundo que deseé más que sentir sus labios alrededor de él llevándolo a la culminación donde puede ser uno con el universo. Fundirse en ella y juntos comenzar con la danza milenaria que te abre las puertas y te deja salir a recorrer el camino hacia el nirvana. Quisiera llegar a ese lugar a su lado siendo uno en cuerpo y alma; ¡sería tan maravilloso! Como lo es el cielo mismo en las noches estrelladas, donde se es capaz de velar los sueños, conocer los íntimos secretos de los inocentes y los deseos más bajos del impúdico.

Pero por sus celos malditos, por no ser el primer hombre en su vida, por no ser el único la alejó; ahora sin darle la oportunidad de disculparse y prometerle lo que los tontos enamorados prometen, amor o hasta la misma luna y las estrellas; Gabrielle, lo castiga con su ausencia.

Blaire le había dicho que apenas y probaba bocado; que solo la había visto una vez fuera de la cama junto a la ventana. Provocando en él más preocupación, y aunque Ralph le había dicho que podía ir allí y obligarla a salir de su cueva, no lo hizo. Nunca cruzaría la puerta de su alcoba porque eso significaría que estaría reclamando sus derechos de esposo y le había prometido que no lo haría, porque no quería forzarla a nada. La deseaba y solo la tendría porque ella lo deseaba. No así. Y no se refería al ámbito sexual, porque sabe que en ese aspecto ambos son más que compatibles, quería que ella lo aceptara en el corazón, que le diera la oportunidad de enamorarla.

Así que solo se abstuvo, hasta que la paciencia se le agotó y decidió dar el primer paso. Porque si esperaba a que ella cruzará la puerta para seducirlo y gritarle lo mucho que lo aborrece, obviamente se quedaría sentado recargado en la maldita puerta esperando para siempre.

Gabrielle estaba en estado catatónico, tal vez era el hecho de que la tormenta al fin había pasado. Llámese a la tormenta cuando su padre la descubrió y su madre la golpeó con el odio más profundo de su corazón, y todo por haber herido a la hija la más amada; haciéndole reconocer que en realidad nunca la quisieron, ni la desearon. Pues su padre la vendió a los Du Pac a cambio de salvar su buen nombre. Se sentía tan sola. Ahora con más tranquilidad y sin la constante presión de no demostrar dolor o pena —a su madre—, todas esas emociones ahora se habían dejado venir como un maremoto arrasando con sus energías y su alegría, destruyendo a su paso su voluntad, todo se había derrumbado dejando solo una cáscara.

Susanne, la ama de llaves, vio a la doncella de Gabrielle llevar la charola de comida de nuevo a la cocina intacta. La sobria mujer agitó el rostro de un lado a otro en desaprobación. Tras un suspiro y llamó a la doncella:

—Acabas de subir esa charola, ¿Por qué la traes de vuelta?

—La señora, ni siquiera me dejó entrar.

Susanne, rodó los ojos y torció la boca. A Blaire le pareció que la antigua institutriz de su señora era toda una actriz, pues aquel gesto no era propio de alguien tan educado y serio como los hacia creer.

—Dame eso.

Blaire le puso la charola en las manos y luego sacó de entre sus ropas una carta y un relicario. Los colocó sobre la charola y susurró:

—El señor le envía esto, intente convencerla de verlo. Él podría ser muy cruel cuando está molesto.

—Gracias Blaire. Pero dudo que el señor la ponga a limpiar ventanas.

—No lo digo por eso. Me temo que la paciencia del señor se está acabando y si ella lo rechaza… el señor entrará a esa habitación y con el carácter que ambos tienen, créame que no será agradable lo que veremos.

—No deberías interferir donde no es tu lugar.

—Lo sé, pero véalo así. Usted la conoce de toda su vida, yo lo conozco de casi toda mi vida. Mi señor es bueno, pero rencoroso hasta la medula. Si le tiene cariño a su señora, hágale el favor de un disgusto mayor.

—Veré que puedo hacer.

—Gracias, señorita Colt.

La mujer encontró a Gabrielle mirando por la ventana sentada en una mecedora abrazando sus piernas, todavía vestía el camisón de dormir, tenía los cabellos desordenados, la mirada perdida y los ojos ojerosos he hinchados. Nunca la vio más desdichada y no pensó ni por un momento que el joven señor que había estado preguntando por ella en el comedor, fuera el causante de su desdicha.

—Gabrielle —la llamó con voz suave, sin reproche.

Ella giró un poco su rostro, para ver a su nueva ama de llaves, de pie esperando su atención.

—¿Dónde está Blaire? —preguntó con el ceño fruncido.

—No le abriste la puerta, así que fue a continuar limpiando las ventanas. Al parecer hizo molestar a tu esposo y la castigó.

La mujer depositó la comida en la mesilla y se acercó a ella con una silla en mano. Luego se sentó

—¿Qué deseas?

—Su esposo ha preguntado por usted esta mañana. Creo que él esperaba que bajara al comedor.

—De acuerdo, ¿algo más que quieras decirme con respecto a tus deberes…?

—No. Pero si me permite…

—¡No te permito! Puedes retirarte —dijo y volvió la mirada a la ventana.

—Sí. Sé que nunca te trate bien —Gabrielle regresó la mirada hacia la mujer—. Pero existe una razón para ello. Tu padre me pagó para educarte, tu madre me pagó para mantenerte lejos de ella y Danielle, ocupada. Cometí un error como lo hiciste tú, hasta tu padre cometió los suyos…

—¿Te estás disculpando por lo cruel y fría que fuiste con una niña?

—Sí.

—Todavía fuiste cruel en París.

—Sí. Quería mantener mi lugar en casa de tus padres.

Gabrielle asintió, realmente nunca fue una persona rencorosa.

—Mi padre me odia, soy su vergüenza —se le partió la voz.

—No, se odia a sí mismo y está avergonzado también por sus actos. En este punto de la historia creo que hasta se culpa de que hayas cometido tal atrocidad. Cree que has heredado su maldad.

—¿De qué hablas?

—Llegué a tu hogar cuando naciste, tenía veinte años y ser la institutriz de Danielle era un trabajo digno. Para una joven huérfana a la que su padre solo heredó deudas y que ya no tenía nada, tu casa fue una bendición, el empleo me daba techo, comida y protección. ¿Sabes?, siempre fue evidente la envidia en los ojos de Danielle, la soberbia con la que te miraba y veía en su pequeño mundo de fantasías lo superior que era sobre ti. Excepto por tu padre y eso la fue llevando cada vez más y más a odiarte. Marie no supo cómo controlarla, y fue cayendo en su manipulación.

» Gabrielle, temía que si no te trataba con mano dura tu madre me despediría; lo sé, no fue una buena idea. Más debes de saber que estaba enamorada de tu padre y si me alejaba de él creí que me moriría.

Gabrielle se echó hacia atrás con la boca abierta, sorprendida. No podía creer lo que esta mujer le decía.

—¿Te acostabas con mi padre? —recriminó cuando pudo hallar su voz.

—¿Vas a juzgarme? ¿Tú de entre todos?

—Él es…

—Tu padre y Danielle era tu hermana. Una muy mala, pero tu sangre, al fin y al cabo.

—Ella me lo quitó, Ramin era mío y ella lo sabía —respondió entre lágrimas.

—Ese hombre no es de nadie, solo es un vividor. ¿No te das cuenta de que solo buscaba la fortuna y el nombre de los Stravella? ¿Qué las utilizó a ambas para sus siniestros planes y placeres?

—No fue así. Él me dijo…

—Escúchame primero, ¿quieres?

Gabrielle asintió.

—Al principio, tu padre era solo mi amor platónico. Hasta que un día, borracho me tomó por sorpresa en el corredor de la casa, dijo que podía notar como lo miraba a escondidas, me dijo cosas al oído que hasta una prostituta se sonrojaría. Sus caricias eran fuego y mi mente mareada por sus besos y mi corazón enamorado endulzaron en ese momento aquella ocasión, hoy sé que fue rápido y frio; dijo lo que tenía que decir para que yo cediera en ese momento y en los que vinieron después. Me habló de que sabía que yo lo deseaba, más nunca hizo promesas de amor o dijo siquiera nada de lo que sentía por mí. Yo solo era un instrumento de desahogo a su soledad.

—¿Por qué manchas la memoria de mi padre haciéndolo parecer un ser egoísta y cruel?

—No lo hago. Solo lo estoy comparando con Ramin. Dime, ¿Ramin te prometió algo fuera de la cama?, ¿te habló del amor infinito y de cómo se moría por una vida juntos? ¿De cuánto te extrañaba y pensaba en ti mientras dormía al lado de Danielle? ¿Te habló de lo desesperado que estaba por tocarte debajo de la mesa? Si me lo preguntas, todos los hombres utilizan las mismas artimañas.

—¿Qué es lo que quieres?

—Solo quiero que veas que tu padre, no te odia. Solo quiero que mires en mi un espejo de lo que será de ti si esperas por alguien que no vendrá en un corcel blanco blandiendo una bandera. Si él te hubiese amado de verdad, no se hubiera casado con Danielle. Él te hubiese esperado. Si esperas como yo, terminarás sola, amargada y fría. Perderás a un buen hombre dispuesto a todo por ti.

—¿Has olvidado tú a mi padre?

—No, le cerré las puertas de mi corazón y por eso estoy aquí.

—Me pides que vaya a Leonard pensando con la cabeza, solo porque es una mejor opción. Pero él no quiere ser una mejor opción, quiere mi corazón.

—No, Gabrielle. Te pido que tu mente le abra la puerta de tu corazón. Y a tu corazón que le permita adentrarse en él. ¡Mírame! Si continúas mi camino esto es lo que te espera. Mírate ahora. ¿Y qué crees que está haciendo Ramin? ¿Pensar en ti? No, seguro está metido en la cama con alguna mujer que haya conocido.

Gabrielle soltó un sollozo, la mujer se levantó y cerró la distancia entre ambas, la abrazó y permitió que Gabrielle se desahogara en su regazo, hasta que terminó de sacar su dolor. La mujer no pudo evitar llorar también, por ambas. Limpió sus lágrimas con el torso de su mano y luego sacó un pañuelo y comenzó a limpiar el rostro de Gabrielle, como muchas veces había hecho en el pasado. Después, sacó la carta de Leonard y el relicario.

—Toma. Te lo envía, el señor. Piénsalo bien.

Colt salió de la habitación cerrando la puerta de nuevo con seguro. Más Gabrielle se quedó mirando el sobre. Lo abrió y pronto comenzó a leer la carta de su esposo.

17 de octubre de 1912

Mi querida señora:

No existen palabras para decirte cuánto lo lamento. Mi conducta fue sin duda horrible. Tu ausencia, me está volviendo loco, he de confesarte. Me equivoqué contigo en todo. Culpo ahora a mi deseo de quererte y que me quieras como lo hace mi tonto corazón.

Llámalo fantasía, terquedad o simplemente el último deseo de un moribundo que nunca ha amado. Que está más enamorado de la idea del amor que de la mujer a la que llama esposa; porque ni siquiera te conozco. Es por eso que te pido una oportunidad para conocerte enteramente. Quiero conocer tus sueños, tus temores, todos y cada uno de tus secretos más íntimos. Y te juro por Dios que, no será para utilizarlos en tu contra jamás.

Considero que ninguno de los dos tenemos mucho que perder en estos momentos. En realidad, nunca tuve una oportunidad y tú mi querida Gabrielle, tienes una vida por delante cuando me vaya y es mi deseo sea cual sea tu decisión darte los medios para iniciar de nuevo sin el yugo ni las conveniencias de nadie. Solo permíteme conocerte, permíteme dejar una huella en ti que puedas recordar; si no es con un amor ferviente, sí con el cariño profundo de un amigo.

Si no aceptas mis disculpas está bien, solamente, por favor sal de tu habitación. Recorre la casa y aliméntate. Me han dicho que no te has alimentado correctamente y no quisiera deambular desnudo por los pasillos y salones de la mansión; porque no soy tan hermoso como tú, me temo. Y solo para que los sirvientes te supliquen que comas, ya que, soy una vista horrible.

La señorita Colt me ha dicho cuál es tu platillo favorito y, he ordenado que te lo preparen para esta noche. Espero a que te unas a mí.

También te ofrezco un obsequio, no para comprar tu compañía, sino como un símbolo de paz. Si esta noche lo llevas puesto sabré que, me has perdonado y que puedo intentar ser por lo menos tu amigo.

Si no lo llevas, entenderé que nuestro matrimonio será solo de palabra y que me quieres tan lejos de ti como lo has dicho. Te voy a creer.

Créeme que lamento mucho no otorgarte tu preciada libertad ahora, no soporto la idea de construir un destino despreciable a mi propia sangre. Utilizarlo para un fin tan ruin, ni siquiera si eso significara que podría mantenerte a mi lado; tampoco, aspiro satisfacer los deseos egoístas de mi padre.

Tendrás que conformarte a esperar a que yo muera. Como ves, soy más honesto contigo de lo que jamás alguien lo ha sido. Tampoco deberás preocuparte por mí, me mantendré lejos de tu camino y como ya te lo había dicho antes: puedes ir a donde quieras. Solo házmelo saber con Ralph y nunca salgas sin tu doncella.

Siempre tuyo, Leonard Du Pac

Tras leer sus palabras, no pudo evitar soltar a llorar. Leonard, solo pedía algo tan sencillo como su amistad, aunque dejaba en claro que bien no perdía la esperanza de ganar su corazón. ¿podría ella darle algo tan sencillo? ¿podría dejar atrás a Ramin? Ciertamente las revelaciones de su antigua institutriz le habían dado mucho que pensar, nunca creyó que su padre podría ser capaz de traicionar a su madre, él juraba que la amaba.

Se sentía culpable, porque ahora su hija estaba en la misma posición en la que él había puesto a la señorita Colt, ¿sería verdad? ¿Ramin solo la utilizó para satisfacer sus bajos instintos? De nuevo soltó a llorar.

Blaire, estaba en la alcoba de su señor, quien tenía el cabello desordenado y su camisa desfajada, preocupado. Atormentado porque habían pasado días sin ver a su señora.

—¿Le entregaste la carta?

—La señorita Colt, señor. Dijo que hablaría con ella y la convencería.

—Bien. Puedes retirarte y mantenme informado si presenta algún cambio.

Más tarde Blaire subió a la alcoba de Gabrielle, con una bandeja de plata con un plato de sopa y una jarra de agua dulce. Está vez encontró la puerta sin el seguro. Cuando entró, encontró a su señora colocándose un vestido, de inmediato dejó el servicio en la mesilla y corrió para auxiliarla.

—Buenas tardes, señora. Permítame.

—Blaire, ¿cómo ha estado Leonard? —preguntó Gabrielle, sentándose frente al tocador y mirando su rostro y los ojos hinchados.

—Preocupado, pero bien. Continúa con su dieta, la verdad es que él nunca había comido tan bien desde lo que pasó en Londres

—¿Qué sucedió?

—No sé si deba decirle esto.

—No le diré. Lo juro.

—Conoció a una señorita de la que se emocionó mucho. Ella aceptó su cortejo muy deliberadamente, solo porque su padre quería tener negocios con el señor León. Un día Leonard fue con ella y le pidió permiso para formalizar el noviazgo, solo que antes de hablar con su padre quería pedírselo primero. Lo rechazó y le dijo a Leonard que moriría pronto.

—¿Quieres decir que él no sabía de su condición?

—El señor sabía que tenía una condición de salud delicada, siempre lo supo; lo que no sabía era que su corazón dejaría de latir en cualquier momento.

—Ella ¿cómo lo supo?

—Por su padre. El hombre estaba encantado con que su hija heredera una inmensa fortuna pronto, pero la señorita Amelia no.

—No quería enviudar tan joven, supongo.

—No.

Blaire miró las ropas de su ama.

—¿Qué tipo de peinado quiere que le haga?

—Ninguno, deseo el cabello suelto.

—Le traje un plato de sopa, pero si desea ir al comedor…

—No. La comeré aquí.

—Entonces, ¿Leonard no siempre estuvo tan debilitado?

—Mi tío dice que sobreprotegido. Débil cuando era niño, sí que lo era. Lo conocí cuando tenía diez años. Los Du Pac tienen una villa de descanso donde mi madre trabajaba cuando ellos pasaban la temporada allí. Era un chico raro. Nunca salía y los niños de los sirvientes solíamos jugar en el rio, a veces la señora Du Pac nos pedía jugar con él, dentro de sus habitaciones; pero los demás se aburrían y se iban. Aunque el señor Leonard no demostraba dolor, podía verlo en sus ojos.

» Un día se atrevió a salir de casa y jugar con nosotros, estábamos jugando a la Gallina ciega y se agitó demasiado y cayó desmayado. Todos nos asustamos. Desde entonces el señor León le prohibió jugar con la servidumbre. Dijo un montón de cosas, pero no le guardo rencor, estaba asustado. Después se disculpó, pero nunca volvimos a acercarnos a Leonard.

—Cuando creció el señor León, comenzó a llevarlo de un lado a otro, lo educó para manejar los negocios y se veía tan bien, vivo y feliz. Era tan guapo, que las mujeres soltaban suspiros a su paso.

—¿Estabas enamorada de él?

—No, él me enseñó a leer. Recuerde, todos se aburrían y se iban. Yo era la más pequeña con tan solo seis años, nadie quería jugar conmigo. Me leía cuentos y me contaba un montón de cosas.

—Gracias Blaire, puedes retirarte y por favor que nadie me moleste.

—Pensé que daría un paseo.

—No lo creo.

—Sí quiere un poco de paz y escapar de este lugar, para pensar un poco mejor… la puedo llevar a la casa de otoño, bueno lo que queda de ella.

—¿Te refieres a las ruinas?

—Sí.

—Está bien, Blaire. Pásame mi sombrero.

Leonard Du Pac, se encontraba en su despacho recibiendo a Jerry, quien traía consigo el contrato matrimonial de Gabrielle y Leonard.

—No pude averiguar nada por mi cuenta; así que simplemente se lo pedí a León.

—Te preguntó, ¿por qué?

—Sí, le dije que quieres arreglar tu testamento y que era tu deseo saber en qué condiciones se encuentra Gabrielle con la familia y su padre.

—¿Por qué te daría un documento como ese tan a la ligera?

—Tal vez, porque sabe que eres un hombre inteligente, que si planea mantener a su esposa a su lado sabrás como utilizar la información. Es tu padre te conoce mejor que tú mismo.

Leonard, abrió el sobre, sacando el contenido. Al leerlo no pudo más que sentirse confundido.

—La herencia de Gabrielle… ¿pasará a manos de nuestro hijo al cumplir la mayoría de edad?

—Así es. Mientras tanto, ella es tu responsabilidad.

—Pero estas son todas las propiedades de los Stravella.

—Salvo una cantidad mensual, todas las ganancias se están acumulando en una cuenta bancaria, que nadie más puede tocar a excepción de Gabrielle al cumplir los veintiuno y si para entonces ya hay un heredero pasará a ser de él y no de ella. a menos que mueran ambos la herencia pasará al siguiente en la línea de sucesión de Robert.

—Su hermana.

—Sí.

—¿Por qué Robert dejaría desamparada a su hija mayor?

—No tengo la menor idea.

Gabrielle caminaba entre la suciedad y las ruinas de aquella casa que parecía ser tan hermosa como lo era la mansión principal. Algunas puertas y ventanas fueron desmanteladas. El tapiz que cubrió alguna vez las paredes estaba roto y enmohecido. Los muebles de madera podridos.

—Debió ser muy hermoso este lugar. ¿No le parece señora? —preguntó Blaire, mirando un viejo piano, destruido.

—Sí, debió amarla mucho —dijo Gabrielle sin pensar.

—Pero no como a su esposa.

Gabrielle miró a la doncella que llevaba una sonrisa divertida. ¿se estaba burlando de ella? ¿Por qué todos se habían empeñado en meterle a Leonard hasta por los ojos?

—¿Cómo murió su amante?

—Dicen que fue un accidente.

Gabrielle miró un jarrón roto, ¿cómo es que esto todavía estaba allí después de casí un siglo?

—¡Qué horror!

—Sí, pero ya ve. Los accidentes pasan.

—¿Por qué los antiguos dueños no han hecho nada por esto? —señaló a su alrededor.

—No lo sé.

—¿Por qué Leonard no lo ha hecho?

—¿No lo ve?

—¿Qué?

—Creo que es algo a meditar. Usted mejor que nadie debería hacerlo —dijo con una mirada intensa.

—Blaire, ¿crees que debería aceptar mi destino?

—Creo que debería intentar conocer al señor Leonard, es un hombre muy agradable y bueno.

—Él quiere algo que no puedo darle —respondió mientras abría un pequeño cofre sobre la que una vez fue una chimenea.

—No puede o no quiere.

—¿Puedo confiar en ti?

—Por supuesto. Soy su doncella.

—Amo a otro hombre.

—Sí, eso dicen.

—Me casaron porque, era su amante y nos descubrieron.

—Sabe, debería estar agradecida. Pudo haber sido peor.

—¿Estás juzgándome? —Gabrielle se giró para enfrentar a la doncella que estaba sentada en un viejo banco.

—No. Tenia catorce años cuando mi padre iba a casarme con un hombre que le ofreció una vaca. ¿Puede creerlo? Era viudo, tenía posiblemente la edad de mi padre. Le faltaba un par de dientes de enfrente, olía a estiércol y escupía cuando hablaba. No hubo nada que disuadiera a mi padre.

Ambas hicieron una mueca.

—¿Qué pasó?

—Mordí al hombre en una de sus visitas, dijo que no se casaría con una idiota, retrasada. Y mi padre me envió a la ciudad a trabajar con mi tío. Tuve suerte, pero otras no. Usted mi señora, es afortunada.

—Debo parecerte una tonta.

—No, solo alguien a la que el amor no le permite discernir con sabiduría.

—No sé si pueda.

—Entonces vaya por pasos. Sea su amiga, déjele en claro esto, sí usted llega a sentir por él algo más… será otro cantar.

—No me gusta este lugar, es frio, tétrico. Volvamos a casa, Blaire.

—¡Qué bueno, la verdad a mí tampoco me gusta!

El vestido que Gabrielle eligió para la cena, había sido el ultimo regalo de su tía carlota, la cual era una amante de la moda y gustaba de apoyar a nuevos diseñadores. Bajó las escaleras y entró al comedor llevando consigo en la mano el relicario que Leonard le había obsequiado, todavía no estaba segura de si devolverlo o aceptar su propuesta de amistad.

Al verlo sentado frente a la mesa mirando melancólicamente su cena, se dio cuenta de que no quería verlo así. Pensó en esa chica que le había roto el corazón, en que casi lo mataba. Tal vez nunca lo amaría, pero porque hacerle más daño a alguien con un corazón gentil. Ambos fueron victimas y ninguno fue el culpable de la desgracia del otro. ¿Cuánto tiempo viviría él?...

—¡Leonard!

Al escuchar la voz de su esposa, de inmediato levantó la mirada.

—Gabrielle —se puso de pie.

Ella caminó hacia él y le tendió la mano. Al abrir su puño, Leonard encontró el hermoso relicario en forma de corazón y un hermoso diamante en el centro. Sintió un dolor en el pecho, al pensar que estaba rechazándolo, no la culpaba.

—¿Puedes ayudarme a ponérmelo? —preguntó suavemente. Leonard levantó la mirada hasta sus ojos. Y asintió.

Tomo de su mano el relicario, acariciando su piel en el proceso. El toque fue ligero, seductor, atrayente, sus energías fluyeron en ese instante soltando a su paso un deseo por el toque del otro, no sexual. Era como dos imanes atrayéndose, sin elección, al otro. Sintiéndose bien, sintiéndose adecuado y perfecto.

Gabrielle se dio la vuelta y él gentilmente colocó en su cuello el relicario, aquel símbolo de paz entre ambos y tal vez su última oportunidad de ser feliz. Le había dicho que solo quería ser su amigo, pero ¿a quien engañaba?

—Perdóname —le dijo, mientras la abrazaba por detrás enterrando su rostro en el cuello. El corazón de Gabrielle comenzó a latir fuertemente. ¿Por qué le causaba tanto, con tan poco?

—Lo siento, te he presionado demasiado, Leonard.

—Sí, lo has hecho. Pero yo también lo hice, además, no debí decirte algo tan horrible.

—Tenías razón, fui insensible.

Gabrielle sujetó las manos de Leonard que descansaban en su vientre. No podía negar que sentía bien tenerlo detrás abrazándola. El calor de su pecho en su espalda era atrayente así que se recargó en él y cerró los ojos al sentir la nariz de Leonard haciendo un recorrido desde su clavícula hasta su oreja. Jadeó cuando una mano se soltó de su agarre y la llevó al inicio de sus senos.

—Perdonada —susurró en su oído, con esa voz melosa y sensual.

—Perdonado —gimió.

Leonard la movió para que ella pusiera las manos sobre la mesa mientras él se apretaba más a ella y sujetaba sus senos y los acariciaba sobre el vestido.

—Me gustaría que nos conociéramos, mejor —propuso, mordiendo el lóbulo de Gabrielle.

—Sí, a mí también.

Leonard la giró, la tomó de la cintura y la sentó en la mesa. No hizo falta una palabra a ella, que abrió las piernas para que él pudiera estar más cerca de la mujer y con manos temblorosas desató el listón que mantenía su escote en orden y seguro de miradas indecentes. «Chocante», pensó. Pues él deseaba más que miradas indecentes.

—¿Aceptarías entonces mi amistad? —preguntó antes de tomar el pezón rosado entre sus labios, mordisqueándolo.

—Sí, Leonard. —Jadeó y cerró los ojos concentrándose en la sensación de su boca en su seno —. ¿Qué pasará conmigo, cuando mueras?

—No te preocupes, estoy arreglando eso. Nada te faltará. Y en cuanto a mi padre —apretó la quijada—, no permitiré que vuelva a acercarse a ti. —La atrajo con más fuerza a su cuerpo, no permitiría que él se interpusiera en su relación otra vez. Sea para mal o para bien—. Su proposición fue inapropiada e innecesaria.

Gabrielle sonrió, al sentir como la apretaba al hablar de su padre. Al parecer, si había logrado causarle celos o malestar a Leonard, después de todo.

—Gracias. Leonard, no fue cierto que tu padre me diera miradas indecentes. Solo quería hacerte rabiar.

—Lo sé. Me molesta que interfiera en mi vida. Ya no lo permitiré.

Gabrielle tomó su rostro levantándolo a la altura de sus ojos, quedando frente a él. Tomo su mano y besó la palma. Leonard reacio a perder más el tiempo, llevo el dedo índice a la pequeña boca y comenzó a acariciar sus labios. Ella mordió la punta, sensualmente.

—Entonces, seremos solo amigos —preguntó la joven que continuaba depositando suaves besos, una que otra mordida.

—Sí por ahora —respondió con voz temblorosa.

Ella le dedicó una sonrisa antes de finalmente soltar su mano. Leonard, acomodó la ropa de su esposa y luego, la dirigió a su silla que retiró para ella. Una vez acomodada, volvió a su lugar. Ralph entró en ese momento junto con una doncella y se dispusieron a servir el banquete.

—Ahora que somos amigos, ¿podemos preguntarnos cualquier cosa?

—De esto se trata.

—Quiero saber sí, alguna vez te has enamorado.

—No —por un momento su mirada parecía perdida en algún recuerdo—. Hubo un interés, creí conocerla y… no era lo que yo pensaba.

—¿Por qué?

—Porque su padre estaba interesado en la fortuna de los Du Pac y ella no estaba interesada en mi que solo una amistad.

—Ya veo.

—¿Dónde lo conociste? —preguntó Leonard, refiriéndose a Ramin.

—Aunque somos amigos hay cosas que es mejor dejarlas en el pasado. No quiero hacerte daño. ¿No lo ves? Ahora eres mi amigo y yo amo a mis amigos; los procuro, los protejo y los mantengo cerca de mi corazón.

—Tienes razón —aceptó con una sonrisa.

La cena continuó entre relatos de un Londres lejano y un París nostalgico.

—La noche antes de la boda, ¿A dónde ibas antes de encontrarte con León?

—A tu despacho. Se lo dije.

—¿Por qué? —preguntó y luego dio un sorbo a su vino.

—Buscaba la pintura familiar. Sabía que estaba allí y quería conocerte.

—Yo también quería verte. Tenía una foto tuya, pero ciertamente no te hace justicia.

—Gracias. También tú eres muy guapo.

—¿Te gustaría dar un paseo por la casa, mañana?

—Claro.

Conociéndote… Lujuria o amor

Los rayos del sol la obligaban a mantener los ojos cerrados, el viento casi invernal rosaba su rostro sonrojado y la humedad de la hierba en su espalda comenzaba a traspasar las suaves y delgadas telas del vestido que llevaba. Una de sus manos sujetaba con fuerza un montón de tierra, pasto y florecillas azules.

Las flores del prado en el que se encontraban eran hermosas, no obstante, comenzaban a morir por el cambio de estación. Lamentaba profundamente arruinar las pocas que todavía se aferraban a la vida, pero era inevitable que no intentara sujetarse a algo. La otra mano mantenía su falda de chiffon verde esmeralda con holán, sobre su cintura.

Arqueó su espalda y jadeó. Ladeó la cabeza y abrió los ojos. Las florecillas nomeolvides, viviendo en un clima imposible aferrándose a la vida, solo para embellecer su vista, eran toda una alegoría del momento, porque parecía que el hermoso querubín que se hallaba enterrando su lengua en su centro le estaba pidiendo lo mismo: «No me olvides, Gabrielle». Su cuerpo tembló, sus músculos se tensaron todavía más. Era una agradable tortura a sus sentidos.

El hombre estaba grabando a fuego cada caricia que le proporcionaba a su cuerpo.

—¡Leonard! —lo llamó, estaba tan cerca… cerró de nuevo los ojos fuertemente.

Las manos del hombre, mantenían la cadera de su amante inmovilizada, impidiendo que ella se moviera para buscar su pronta liberación. Sintió sus pequeños dedos enredarse en su cabellera, a veces masajeando y estrujándolo con desesperación.

Leonard se estaba volviendo un adicto al sabor del delicioso elixir que eran los jugos de la mujer apasionada. Succionó y mordisqueo suavemente su botón de amor para enloquecerla.

—¡Leonard! ¡Ah!

Leonard reacomodó la postura y llevó su dedo medio e índice, dentro de ella y comenzó a bombear —como había descubierto hace unos días que a su cuerpo le gustaba— para que se derramaran esos jugos divinos en abundancia, que le apetecían y bebía con verdadero fervor. Un mendigo de su amor, un sediento de pasión.

—¡Maldito seas Leonard! ¡Oh Dios mío!

La voz de la mujer se desvaneció en murmullos incoherentes y animosos jadeos, mientras se arqueaba imposiblemente a causa de las fuertes olas de placer que transitaban libres en cada fibra de su carne y sangre de principio a fin. Su cuerpo se estremeció, luego comenzó a sacudirse incontrolablemente, su vista se oscureció, y por un instante creyó que la cabeza le estallaría en mil pedazos, las puntas de sus dedos se estiraron provocando que sus ballerinas se perdieran de sus pequeños pies.

Cuando ya no hubo nada que beber, Leonard salió de entre sus piernas, se limpió la boca con la manga de su saco y se colocó encima de Gabrielle, llevó las manos temblorosas detrás de la espalda de la mujer en busca de los botones del vestido y con destreza lo desabotonó. Lo jaló hacia abajo dejando al descubierto sus hombros. Dejándose caer sobre sus codos, lentamente puso su mejilla en el pecho medio desnudo de su esposa, cerró los ojos e intentó mantenerse quieto. Su corazón acelerado y la sangre caliente que corría vertiginosamente por sus venas, le provocaron casi desfallecer.

Gabrielle, comenzó a acariciar su cabellera cobriza, mientras esperaba que él se tranquilizara. Podía sentir el miembro erecto en su muslo, tan agradable. Pero, temía moverse para darle una deliciosa y liberadora fricción, pues se notaba que estaba intentando respirar.

«Su corazón debe estar al borde del colapso», pensó.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó la joven en un murmullo. Sus dedos limpiando el sudor de su frente, con una ternura y reverencia.

—Ya estoy mejor —carraspeó —. Solo dame unos momentos —dijo con voz ronca y entrecortada.

—¡Leonard…! —Lo llamó de nuevo.

—¿Sí?

—Me gusta tu amistad —dijo con una sonrisa en el rostro.

Leonard echó la cabeza atrás para mirar el rostro sonriente, con ojos envidiosos.

—A mí no —dio un mordisco juguetón a la carne bondadosa y continuó—: Quiero que seas mi esposa.

—Continúa como ahora y tal vez logres convencerme —sonrió seductoramente.

—Eso espero, porque no hay nada más agradable y tentador que una mujer cuya inclinación por el pecado de la lujuria, sea nada menos que tu esposa —declaraba, mientras bajaba el talle de su vestido hasta la cintura de la mujer.

—¿Qué haces? ¿Acaso quieres morir entre mis brazos?

Leonard la miró a los ojos y comenzó a recitarle:

Y aquí la ninfa de mis jardines;

recostada entre las flores,

bañando con sus mieles la tierra de los dioses;

la sostengo en mis brazos, mientras tiembla de frio,

beso su mejilla, acaricio su cuello;

cierra los ojos y echa atrás la cabeza,

me ofrece la vida, me ofrece el consuelo,

con sus manos en mi pecho, me aferra a su cuerpo,

me invita a beberla, me invita tomarla, le entrego mi alma,

aunque rompa mi corazón y sufra mañana.

Gabrielle lo abrazó, manteniendo el rostro de su poeta, cerca de su corazón.

Por la tarde después de comer iban al despacho de Leonard, donde ella se recostaba en el sofá y él trabajaba revisando la contabilidad. Leía algunas cartas y redactaba otras. A veces, Gabrielle fingía leer, aunque, en realidad mantenía la vista fija en él, grabando en su memoria cada gesto de su rostro, cada movimiento de su cuerpo.

Cuando Leonard leía la correspondencia fruncía el ceño o achicaba los ojos, si algo no le parecía correcto. Apuntaba en una hoja cualquiera, un recordatorio y después relamía sus labios carnosos o los apretaba al escribir la respuesta a esas cartas o al redactar nuevos documentos.

Le gustaba verlo negar con la cabeza al equivocarse en alguna palabra o frase, tomaba la hoja con su mano izquierda estrujándola y lanzándola al cuenco de basura. Se levantaba y buscaba algún libro que lo ayudara aclarar sus ideas. Siempre pasando los dedos sobre cada título y portada ceremoniosamente para luego abrirlo y buscar la sabiduría. Libros de leyes y comercio nunca faltaban encima el escritorio y constantemente consultaba antes de comenzar a escribir, el acerca del estado legal o comercial de los negocios familiares.

Al finalizar su redacción, levantaba el documento con una mano para leerla a la altura de sus ojos y la otra acariciaba la madera del escritorio, e Gabrielle pensaba: «¡Benditas manos y bendita manía!».

El hombre se la pasaba tocándola, ya sea con un roce accidental de sus dedos en los brazos, en el cuello, a la cintura o hasta con su propio cuerpo al pasar a su lado, provocándola. Cuando paseaban en los jardines tomados de las manos la martirizaba con ese movimiento circular en su palma. Y aunque ahora sabía que solo era algo inconsciente por parte de Leonard —andar tocando todo a su paso—, no dejaba de pensar en lo erótico que le resultaba, ni como se le ponían los bellos de punta, ni el escalofrío que le causaba en el instante que esas manos, esos dedos traviesos frotaban el inicio de sus senos a la vez cuya boca indecente besaba detrás de su oído y le susurraba versos ardientes. Y qué decir, si eran esos dedos y esas manos las que subían sus faldas con ceremoniosa lentitud, solo para ir en busca de su sexo y luego la torturaba de nuevo con esos depravados y sensuales movimientos sobre su clítoris…

No podía dejar de pensar que, esas mismas manos le dieran tanto placer, que una horrible manía fuera tan…

—Sí, lo tuyo es la lujuria.

Gabrielle levantó la mirada de sus manos ahora muy quietas, se había perdido en sus pensamientos, no se percató del instante en que el pecho comenzó a subirle y bajarle agitado por los recuerdos. Ni cómo jadeaba, ni lo muy excitada que se encontraba.

—Iré a ver si ya está lista la cena —respondió huyendo de la mirada divertida de Leonard.

Gabrielle, acompañaba a Leonard hasta su alcoba. Las noches comenzaban a ser frías por lo que ambos preferían cenar allí. Sentados en la pequeña mesa, conversaban sobre sus preferencias literarias, en otras ocasiones discutían de historia y las posibles consecuencias de la guerra que se decía, pronto se desataría en Europa. Leonard no aparentaba escucharla, en verdad le importaban sus opiniones.

Después de que se retiraba el servicio, lo ayudaba a cambiarse a la ropa de cama y él le echaba una mano con el vestido. Le colocaba una bata, que por el frente era abierta y además transparente. Se suponía que debía llevar un camisón a juego, pero ambos la preferían así, su cuerpo expuesto a su mirada ardiente y accesible a sus caricias, a sus besos dulces que la hacían estremecer. Luego, se sentaban frente al fuego de la chimenea abrazados, mientras que, Leonard, leía poesía erótica para ella.

Más tarde, iban a la cama. Las noches estaban llenas de caricias delicadas, suspiros y besos inocentes en sus mejillas. Leonard le murmuraba sobre lo hermosa que estaba, lo bonita que le pareció bajo el azul celeste del cielo esa mañana. Ella reconocía lo bien que le sentaba la piel tostada por las horas que estuvo expuesto al sol.

Para Gabrielle no había pasado desapercibido, el aumento de peso de del joven o que cada vez se agitaba menos al subir las escaleras. Que ya no requería de su apoyo al caminar o que ahora parecía menos triste. Sus ojos brillaban con una luz derramando alegría y que la contagiaba.

—Me gustan tus ojos —dijo ella de la nada. Leonard estaba mirándola con esa adoración que la hacía sentir especial.

—A mí me gustas tú —respondió besando su nariz.

—Demuéstralo.

—Lo hago todo el tiempo: con cada roce de mi mano a tu piel, alabo la belleza con la que me deslumbras; con cada beso a tu cuerpo, honro a mi templo de adoración; con cada latido de mi corazón, agradezco tu misericordia al permitirme tu dulce compañía; cada beso a tu sexo, es una dádiva de agradecimiento.

—¡Eres un tonto romántico!

—Sí, pero tu tonto y de nadie más.

Ralph caminaba rumbo al despacho de Leonard llevando consigo el encargo que había llegado esa mañana. Tocó la puerta y esperó con paciencia a que se le permitiera el paso.

—Adelante —escuchó y se adentró a la habitación. La señora se encontraba sentada detrás del escritorio y el señor, estaba sentado en el escritorio, despeinado y con la camisa desfajada. Ella reía fingiendo estar escribiendo.

—Señor, su madre le ha enviado esta caja —habló solemne.

—¡Oh! Es mi cámara —Leonard saltó del escritorio y señaló un lugar en el piso—. Ponla aquí y retírate.

—Si señor.

—¿Tienes una cámara? —preguntó, acercándose a su esposo.

—Sí, los mozos la olvidaron en casa de mis padres. Así que le pedí a mi madre, que me la enviara lo más rápido posible.

—¡Te ayudo!

Ambos sacaron las piezas, tras revisar que estuvieran completas, Leonard comenzó a armarla.

—¿Qué vas a fotografiar?

—A ti.

—¿Qué? No lo harás, me da vergüenza.

—Sí lo haré y tu obedecerás a tu esposo —ordenó.

Entonces, Gabrielle se dedicó a acondicionar el lugar para que él pudiera fotografiarla.

—Ven —la llamó Leonard tomando la mano de Gabrielle y conduciéndola hasta la chimenea, la colocó de espaldas, giró su cabeza a un lado para mostrar solo el perfil de su rostro, una mano tocando sus cabellos y la otra en su pecho.

Gabrielle se mantuvo muy quieta esperando a que él diera el flashazo, sin embargo, no pudo evitar sonreír, y al fin, Leonard obtuvo su foto.

León y Amber Du Pac llegaron a la mansión de las Cariátides, una mañana de diciembre de 1912, después de no obtener respuesta a las cartas y recados que habían enviado a Leonard.

Ralph abrió la puerta.

—Señor León, señora Amber.

—Ralph, ¿cómo está mi hijo? —preguntó la mujer, entrando a la casa, sin perder el tiempo. Estaba preocupada, ya que, Leonard nunca tardaba en responder a sus cartas y porque a pesar de haberle insistido antes, de colocar un teléfono, él se negó a hacerlo.

—¡Bien, señora! Los puedo acompañar al salón y luego le avisaré al señor de su llegada.

—¿Dónde está? —preguntó León al notar el nerviosismo del mayordomo.

—En los jardines.

—¡Jardines! ¿Cómo se le ocurre salir de casa en pleno invierno?

Amber, perdiendo la compostura, comenzó a dirigir sus pasos a la puerta trasera de la casa, en busca de su hijo. Ralph caminó tras ella con paso apresurado.

—Señora, tal vez debería esperar a que llame al señor. Como ya lo ha dicho, hace frio y seguro usted desea beber algo caliente —exclamó el mayordomo, detrás de la mujer al borde de la histeria.

—¿Qué te pasa Ralph? —Ella se detuvo haciendo frente al hombre—. Sabes perfectamente que la salud de Leonard es precaria, ¿cómo has permitido que permanezca a fuera con tanto frio? Te dejamos con él para que lo cuidaras.

La mujer molesta continuó su paso y Ralph la siguió con un León, serio. Salieron de la casa, Ralph de nuevo intento detener a la señora, pero León lo tomó del brazo.

—¿Qué pasa Ralph?

—Tal vez no sea pertinente salir a buscarlo —dijo abochornado.

León achicó los ojos e inclinó la cabeza hacia abajo para escuchar mejor.

—¿Por qué? —preguntó.

La respuesta nunca llegó pues el jadeo de Amber llamó la atención de los dos hombres que llegaron al lado de la mujer en un santiamén. La escena había dejado a Amber a punto del desmayo. Leonard estaba empujando el columpio para una Gabrielle que reía a carcajadas. De pronto, Leonard corrió frente a la joven para esperarla con los brazos abiertos. Gabrielle saltó del columpio y fue atrapada en pleno vuelo por él. Ambos, cayeron al piso sobre la nieve, soltando fuertes risotadas. Estaban tan absortos en sus payasadas que, no se dieron cuenta de que eran observados por tres rostros anonadados.

Leonard acomodó un mechón suelto detrás de la oreja de la joven, que se deshizo de su agarre y se levantó deprisa. Leonard alcanzó a sujetarla por la cintura, se abrazó a ella para no dejarla escapar. Vieron como es que Gabrielle acariciaba sus cabellos y se inclinaba para decirle algo al oído; luego, lo soltó y corrió lejos de él, abandonándolo. Él no tardó en levantarse y salir corriendo tras aquella fugitiva que huía de sus brazos, de su amor.

Gabrielle aprovechando la amplia distancia entre ambos, cogió un poco de nieve y la lanzó al joven que con agilidad logró esquivarla. Gabrielle corrió hacia el bosque con un Leonard detrás, perdiéndose de la mirada de sus padres y de un aliviado Ralph, que había aprendido de una manera muy bochornosa a darles a sus señores privacidad. ¡Gracias a Dios, no estaban medio desnudos!

—León… ¿has visto eso? —preguntó la mujer con los ojos llorosos.

—Sí, Amber.

—Estaba… estaba… —tartamudeaba.

—Leonard está bien.

Leonard alcanzó a Gabrielle cuando sin darse cuenta llegaron a la mansión de otoño. Leonard la atrapó de la cintura y recargó el mentón en su hombro. Agitado, descansó en ella. Gabrielle tocó la mejilla del joven con una mano mientras miraba las ruinas de la casa.

—¿La habías visto antes? —le preguntó, el joven.

—No —mintió Gabrielle—. ¿A quién pertenece?

—A nosotros. Es parte de la propiedad —dijo soltándola y tomando su mano conduciéndola dentro de las ruinas.

Leonard se adentró en la casa y observó con ojos apreciativos cada habitación que recorrieron en silencio.

—¡Mira un piano! —exclamó Leonard, soltándola y dirigiéndose al instrumento.

—¿Sabes tocarlo?

—No mucho —respondió, mientras levantaba la tapadera que protegían las teclas.

Leonard tocó algunas, estaban desafinas y otras simplemente no se escuchaban.

—¿Habías venido antes? —preguntó Gabrielle, observando cada movimiento del joven.

—No, sabía que existía, pero no había venido por aquí. Nunca se me hubiera ocurrido obligar a Ralph a traerme.

—¿Por qué está abandonada?

—Aquí vivía la amante del hombre que construyó la casa. Él la mantenía aquí y a su esposa en la otra mansión.

—¡Qué ridículo!

—El creyó amarla, Gabrielle.

Leonard caminó hacia Gabrielle, la sujetó por la cintura y la atrajo a su pecho.

—¿Y no fue así? —ella le preguntó, jugueteando con los botones del abrigo del joven, incapaz de levantar la mirada.

—No lo sé. ¿Tú que piensas?

Gabrielle levantó el rostro, pero no pudo responder ante la mirada penetrante de Leonard; no por miedo sino porque la mantenía atrapada deseando algo de él y no sabía qué era o si quería averiguarlo.

Leonard la soltó, se dio media vuelta y continuó observando las cortinas sin una palabra, luego salió del que una vez fue el salón de música y subió las escaleras. Gabrielle fue tras él.

—¿Qué me dices de nuestra casa? —preguntó alcanzándolo.

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó con una sonrisa.

—¿Cuál es su historia?

—La historia que conozco es la única que me importa Gabrielle —Leonard se detuvo en el último escalón girándose por completo a ella—, un joven moribundo compró la casa en una subasta, para su esposa de conveniencia y futuros herederos. Pero, cometió la torpeza de enamorarse perdidamente de aquella mala y terrible mujer; y él hizo cuanto pudo para enamorarla. Si acaso lo logró, no lo sé.

—La historia de los primeros dueños, ¿Qué pasó con la esposa? ¿Se enteró? ¿Lo dejó? —preguntó ella de vuelta, iniciando de nuevo el camino.

—Ambos vivieron juntos hasta la muerte. Si ella lo amaba a pesar de sus faltas no hay evidencia, así como no hay evidencia de que él haya correspondido ese amor o haya sentido por su esposa más que una obligación. Tuvieron un hijo varón. Eso es todo lo que sé.

Entraron a lo que una vez fue la alcoba principal, el techo estaba roto, el piso crujía y había partes del piso y paredes cubiertas de nieve.

—Si las paredes hablaran, ¿qué nos contarían? —le preguntó ella. La enorme cama con dosel estaba rota, las cortinas roídas, los cuadros destrozados y los muebles podridos.

—Lo bien que la pasaban, supongo —respondió Leonard.

Ambos se miraron a la cara y soltaron una carcajada, Gabrielle se adentró un poco más, la madera crujía con cada paso que daba, fue hasta el tocador y vio una pequeña caja musical, la tomó entre sus manos y al abrirla una hermosa bailarina salió de ella comenzando a bailar al ritmo de la "Danza de la Hada Confitada", Gabrielle se sintió nostálgica.

¿Cómo pudo esa mujer aguantar la osadía de su amado? ¿Vivir en soledad por amor? ¿Escondida y marginada? ¿Condenada? ¿Por qué él le había hecho eso?

Leonard apareció a su lado mirando a la curiosa bailarina dando vueltas en su pequeña pista. Al darse cuenta de que Gabrielle estaba llorando, él, cerró la caja musical y atrajo a su esposa a un abrazo. Ella se resistió, todavía con la caja en la mano, le dio la espalda y abrazó la caja.

—No.

—¿Por qué? —replicó Leonard.

—No deberías —Gabrielle respondió horrorizada. Nunca permitiría que él la consolara por llorar por lo que Ramin les hizo a ambos al casarse con Danielle, al no esperarla.

—Sé que esas lágrimas son de desesperanza, porque ahora entiendes que no vendrá. Porque sabes que no te ama; pero si miras frente a ti encontrarás a un hombre que está dispuesto a todo por ti —Leonard tomó su codo y la hizo dar la vuelta, frente a él y sujetó sus mejillas con ambas manos—, incluso a darte consuelo, entérate de que mi amor es honesto y desinteresado.

» En ningún momento he buscado mi propio placer valiéndome de tu cuerpo, eres testigo, lo que me has dado ha sido porque así lo has deseado; no te he reclamado en la cama, aunque es mi derecho ante las leyes de los hombres, además, sé que me deseas y sería tan fácil tenerte. Sin embargo, eres una mujer valiosa que merece mi respeto y, por lo tanto, nunca te obligaría a entregarte por deber.

» No quiero que mientas, te he pedido solo decirme la verdad; pues tampoco busco ilusiones que nunca serán realidad; Gabrielle, lo único que anhelo es tu felicidad, verte sonreír es mi propósito cada día. No lograrlo, me rompe el corazón.

En esta ocasión, Gabrielle no tuvo la energía para resistirse a Leonard, el calor de su pecho contra su mejilla alivió su corazón y la fuerza de sus brazos le dio la esperanza que necesitaba para mirar un nuevo horizonte, y fue en ese instante en que lo abrazó que dejó caer la caja musical, haciéndose añicos en el proceso. A ninguno le importó.

De la nada, ella lo empujó para liberarse de sus brazos y le dijo: —Atrápame si puedes.

Y echó a correr de regreso a casa.

Leonard e Gabrielle irrumpieron en el despacho de Leonard entre risas y empujones para ganar un lugar privilegiado frente al calor de la chimenea; tan inmersos en su mundo de juegos y felicidad, no fueron capaces de notar al matrimonio Du Pac que anonadados observaban la escena con extrañeza y diversión.

Se encontraban quitándose los abrigos temblando de frio, sus dientes castañeaban y sus risas sonaban entrecortadas.

—Creo que deberíamos suspender nuestros paseos al aire libre, por lo menos hasta que haya pasado el invierno —propuso Gabrielle y luego, chocó su brazo empujando a su esposo un paso al lado para acaparar más calor.

—Sí, concuerdo contigo. Hoy hizo más frio que ayer —Leonard respondió devolviéndole el empujón—. Lo malo es que ahora tendremos que permanecer bajo las aburridas paredes de la casa.

—No te preocupes —empujó— cariño, conozco uno que otro truco para mantenernos ocupados y muy calientitos, dentro de la cama que no te vendría mal aprender y…

León carraspeó. Ambos jóvenes se giraron al sonido de la voz para encontrarse con un León mirándose las uñas con una media sonrisa en los labios y una Amber ocultando la suya detrás de su taza de té.

—¡Madre! —dijo Leonard asustado.

Gabrielle se abrazó a sí misma, ya que, no llevaba corsé debajo del vestido y se podían notar los picos erectos de sus senos, debido al frio, con facilidad.

—¡Leonard, Gabrielle! —respondió con esa sonrisa gentil que la caracterizaba.

—Señores, si me disculpan… mi vestido está mojado debido a la nieve, iré a cambiarme; mientras tanto siéntanse como en su casa, por favor.

—Gracias —respondió León mirándola a los ojos, intentando conocer las intenciones de Gabrielle sobre Leonard. Estaba fingiendo como lo pidió o realmente disfrutaba de la compañía de su hijo. «Tal vez ambas» se dijo.

—Ve Gabrielle, yo me encargo —ordenó Leonard, colocándose frente a Gabrielle, protegiéndola de la intensa mirada de su padre.

Amber miró entre ambos hombres. La puerta se cerró con la huida de la joven.

—Si vas a mirar a mi esposa como la miras cada vez que nos visites, será mejor que no vengas más—. Fueron las rudas palabras de Leonard a su padre, que respondió con un trago a su té.

—¡Leonard! —reprendió su madre.

—No me culpes Leonard de intentar saber las intenciones de tu esposa sobre ti. Soy tu padre.

—Las intenciones de mi esposa dejaron de ser de tu incumbencia en el momento que ella aceptó ser mi esposa. De ahora en adelante "nuestras intenciones" sobre el otro, son eso: nuestras.

—Leonard somos tus padres no podemos evitar el querer protegerte.

—Nunca lo hicieron bien.

—Leonard, no ofendas al amor de tu madre.

—No, eso no es amor, es obsesión. ¡Por Dios! Estoy cansado de eso, fastidiado de escucharlos decir todo el tiempo: Leonard, no corras. Leonard, no te exaltes. Leonard, tranquilízate. Leonard, tu corazón. Leonard, no salgas. Leonard, sal de tu habitación. Leonard, déjame ayudarte. Leonard, no te mueras.

» Maldita sea, si yo quiero salir a correr, correré; si se me apetece exaltarme también lo haré, ¡gritaré lo que quiera, porque esta es mi maldita casa! Si es mi deseo golpear paredes, romper cosas, y qué; saldré de aquí, bajo el sol, la lluvia, la nieve, en medio de una guerra o bajo el mismísimo Armagedón en su apogeo; moriré hoy por la noche, mañana o en cincuenta años porque así lo deseo y no habrá nada ni nadie que me detenga y tampoco de hacer lo que me plazca. Escúchenme bien: no necesito la ayuda de nadie. ¿Entienden?

León miró a Amber, la mujer derramaba lágrimas silenciosas; sintiéndose culpable o tal vez triste al darse cuenta que había perdido a su hijo de la manera en la que está escrito como una ley de vida. Los hijos crecen y se van a formar su propio camino y Leonard había iniciado al fin el suyo. Tanto si lo habían impulsado a hacerlo o no, todavía dolía saber que el plan para hacer vivir a Leonard una experiencia más, dolía igual.

Cuando era niño hicieron lo que cualquier padre haría, le brindaron protección y cuidados extremos por su condición; cierto que el amor por Leonard les había obligado a encerrarlo en una burbuja de cristal para mantenerlo a salvo de cualquier mal; tarde fue cuando se dieron cuenta de que, al obligar a su corazón a vivir la edad adulta, él seguía en esa burbuja y ellos no podían evitar intentar romperla a la vez que fortalecerla ya sea por amor o por egoísmo. Así que buscaron a la persona que lo hiciera por ellos.

Amelia era una chica educada y de conductas intachables había resultado una hipócrita niña mimada. En cambio, Gabrielle tenía un espíritu de lucha y pasión por la vida que Leonard necesitaba. Ella tenía el corazón roto, sabía de pesares y de soledad. Entonces ¿por qué no sería buena para él?

Al ver que ahora Leonard se había convertido en lo que un día habían soñado —un hijo con carácter, con ganas de vivir y de enfrentar el mundo por sí mismo, pero sobre todo feliz—, tenían la seguridad que el riesgo de emparejarlo con Gabrielle valió la pena.

Amber miró a su esposo, quería gritarle y abrazarlo de felicidad porque aquel hombre tuvo razón; Leonard no necesitaba de ellos, ni de su asfixiante amor, lo que había necesitado era amar a alguien con todas sus entrañas. Por lo tanto, su arrebato emocional era correcto. Pero nunca se o dirían.

—Amber, ya es tarde, debemos irnos.

—Sí, cierto.

Amber caminó a un anonadado Leonard, que esperaba, sollozos, suplicas, regaños o gritos por parte de sus padres, más no su retirada. Muy fácil.

—Lo siento hijo, tienes razón. Ya eres un hombre.

Ella lo abrazó con todas sus fuerzas y Leonard no pudo evitar devolverle el abrazo igual. Depositó un beso en la frente de la mujer mayor y le dijo:

—Siempre tendrás mi amor madre. Gracias por entenderme.

—No te preocupes. Mi niño.

La mujer amorosa cubrió de besos el rostro de su hijo antes de soltarlo.

—Leonard, coloca el teléfono. Así tu madre estará más tranquila teniendo una vía de comunicación más efectiva. Nos preocupamos porque no respondiste nuestras cartas. ¡ah! Amy hará un baile y me pidió que te diera esto —León sacó un sobre, era la invitación—. Será mejor que asistan antes de que ella les haga una visita no deseada y que pueda incomodar a Gabrielle.

—Sí, creo que a Gabrielle le gustará la idea.

León abrazó a su hijo antes de partir.

Cuando Gabrielle llegó al despacho encontró a Leonard pensativo frente al fuego.

—¿Dónde están?

—Se han ido. Nos trajeron una invitación, vamos a ir a un baile.

—¡Qué emoción!

—Por supuesto se te nota en la voz. Ahora, ahora, decías algo de cama y mantenerse calientitos…

Dos días más tarde, Gabrielle revisando su guarda ropa con una Blaire encantada tocando las telas de los preciosos vestidos.

—Nunca había visto vestidos tan hermosos.

—Blaire necesito un vestido para el baile de Amy —mencionó a su doncella mirando un vestido que había utilizado con frecuencia en París, por ser su favorito.

—Tiene muchos y todos son tan hermosos que no podría sugerirle ninguno.

—¡Qué va! Están pasados de moda. Necesito un guarda ropa nuevo.

—No me lo parece, pero si usted lo dice.

—Claro. Dime Blaire, ¿conoces a Amy?

—La señora Amy es muy encantadora y amable, le va a encantar.

—Y ¿qué hay de los demás?

—Una dulzura, aunque la señora Aline, es un poco snob, tiene un buen corazón. Si se la gana, nunca tendrá problemas para no ser aceptada en cualquier circulo social.

—Me temo Blaire que soy mala socializando.

—¿Te gustan?

—Sí. ¿Cuál va a elegir?

—Ninguno, le pediré a Leonard un guardarropa nuevo. Ahora llévate todos esos vestidos son tuyos.

—¿Qué?

—Son para ti. Ya te dije le pediré a Leonard unos nuevos.

—Pero esto es demasiado mi señora.

—Has sido una buena chica, y Leonard te estima demasiado no se opondrá te lo aseguro. Si quieres puedes regalarle algunos a las otras chicas del servicio.

—Gracias señora, muchas gracias.

Blaire, permaneció de pie mirando a la señora.

—¿Qué ocurre?

—Ahora que se ha podido llevar bien con el señor, ¿no se le ha ocurrido… buscar la habitación secreta?

—No, Blaire. Eso es para una mujer enamorada de su esposo, yo no lo estoy. Sí, me llevo bien con él y le aprecio, pero no lo amo.

Blaire asintió.

—Sí, lo siento. No volveré a entrometerme, señora.

—No te preocupes, Blaire. No me has molestado.

Gabrielle, conversaba con su doncella sobre los vestidos que había comprado, y sobre como se peinaría para el baile. Tenía un brillo de ilusión en su mirada y una sonrisa traviesa al pensar en cuanto sorprendería a Leonard. Poco le había importado encontrarse con alguna conocida que de manera arrogante se habían alejado de ella y despreciado su saludo educado.

No hubo nada que apagara la felicidad que le ocasionaba el saber que Leonard había dispuesto en sus manos una gran fortuna solo para complacer su ego. Hasta el buen Tomás había sido bendecido con un sombrero por sus servicios.

Sus frentes se tocaban, y mantenían los ojos cerrados; riendo a carcajadas de las elocuencias del joven que la mantenía atada entre sus brazos. Habían recorrido la casa e inventado historias de fantasmas para intentar asustarse entre ambos. En medio del pasillo que conducían a sus habitaciones, entre las sombras de las paredes y la Luz de las ventanas, entonces ella dijo:

—Eres terrible, pero aun así…

Ella guardó silencio porque había prometido no soltar «Te amos» a la ligera. Abrió los ojos aterrorizada. Entonces si era a la ligera: ¿por qué su corazón retumbaba en su pecho?, ¿por qué la sangre se acumulaba en sus mejillas al ver la mirada interrogante de él?, ¿por qué estaba temblando?, ¿por qué quería correr y llorar al mismo tiempo?

—Respira Gabrielle —ordenó.

Ella soltó el aire contenido y tomó una nueva bocanada de aire.

—Gracias, por recordármelo —susurró.

—¿Te sientes bien? —preguntó suavemente, rosando su mejilla con el dedo pulgar, e instantáneamente ella cerró los ojos por su caricia.

—Sí, yo… —se mareó— es solo que Blaire, apretó demasiado el corsé —abrió los ojos—. Iré a buscarla.

Gabrielle puso las palmas de su mano en el pecho del joven y lo empujó para deshacerse de su abrazo. Giró en dirección contraria a su habitación dobló a la derecha y bajó corriendo las escaleras. Después, Leonard escuchó el portazo de la puerta que conducía a los jardines. Pero a él no le importaba que ella hubiese huido de él, un rato.

—Claro esposa, solo que olvidaste que no llevas corsé —dijo en voz alta con una sonrisa torcida.

Blaire se encontraba limpiando las ventanas del salón principal. ¡Gracias a Dios al fin había terminado con su odioso castigo! Cuando vio salir a su señora a toda prisa de la casa sin un abrigo. Miró fuera de la ventana, comenzaba a nevar. Así que como buena doncella y tal vez buscando un respiro, decidió ir por un abrigo y llevárselo. Encontró a Leonard bajando las escaleras. Al mirarse, a los ojos, él se quitó la chaqueta y se la dio para que fuera ella a dársela a su ama.

—¡Señora! —la llamó la joven.

Estaba frente al columpio, mirando todo y nada a la vez. No podía ser cierto, ¿cómo había pasado? Ramin era el amor de su vida, ¿cómo pudo dejar de amarlo? ¿en qué momento ocurrió? ¿Y si todos tenían razón y solo fue el fulgor de una ardiente pasión? No era cierto, ella sí amó a Ramin, Leonard no se comparaba, no podía o ¿sí?

—¿Señora?

Blaire volvió a llamarla, mientras le ponía el abrigo sobre los hombros.

—Blaire, ¿cómo puede uno volver a enamorarse? ¿Y si solo es una ilusión o soledad? ¿cómo saber que amor es real? ¿Cuál es el verdadero?

—Supongo que solo hay una manera de saberlo…

Ambas mujeres se miraron a la cara.

—Sí, él amó a su esposa… —dijo Gabrielle.

—La evidencia está en esa habitación —respondió Blaire.

—Pero eso es lo que el sentía, no lo que siento.

—Sí, pero podría darle una pista.

—Solo quieres ver las joyas —Blaire sonrió—, ¿cómo sé que es lo que siento?

—¿Qué siente al pensar en que un día él morirá?

Gabrielle sintió un profundo dolor en el pecho y el aire salió de sus pulmones.

La habitación… cartas al amor

El frio le calaba hasta los huesos, pero se mantuvo inmóvil con las rodillas sobre la nieve fría. Pues sentía que era una tortura necesaria, una distracción al dolor que aquejaba su pecho. Blaire, la sostenía de un brazo para no dejarla caer, de otra manera hubiera puesto también la palma de las manos en el piso congelado. No se dio cuenta en qué momento sus piernas flaquearon debido a la impresión de descubrir que experimentaba más pesar del que debería al pensar en el fatídico destino de Leonard.

—Lo siento, señora. No quise molestarla —Blaire se disculpó una y otra vez. Asustada de haberse excedido con sus palabras y que la mujer tomara represalias. La muchacha le hizo a un lado el cabello para revisar si su rostro continuaba en shock.

Gabrielle negó con la cabeza, cómo podía molestarse si la joven no hizo nada más que poner sus pies en la tierra. ¿Cuándo y cómo se perdió en un mundo en el cual solo ellos existían en esos momentos? Pequeños instantes con Leonard en donde su alma quedó desnuda frente a él. Seguramente el hombre había memorizado cada parte de ella, incluso no dudaba ni por un segundo que hasta logró desentrañar los secretos y deseos oscuros de su corazón, que guardaba celosamente en lo profundo de su ser. Lo maldijo en silencio. Por ser un chico inteligente, un lector de almas.

Se decía que era despreciable por ser incapaz de corresponder el afecto sincero que le era dado tan desinteresadamente, por un hombre que se negaba a distinguir en ella los matices oscuros de su alma. Y aunque no aspiraba a demostrarle que lo quería lo suficiente para llorarlo, si pensó en hacerle saber que le importaba como lo haría un buen amigo al que se tiene en alta estima. Lamentó no haberlo conocido antes. Tal vez hubiera podido darle a Leonard lo que tanto anhelaba: amor.

Amor verdadero, puro e incondicional; que nada tenía que ver con la lujuria. Un amor en donde no hay cabida para el egoísmo, sino de los que te dan fuerza de enfrentar el mundo y por los que eres capaz de realizar locuras: estúpidas e irracionales. Eso era exactamente lo que sentía por Ramin, su amor era fuerte e intenso y dolía como un demonio que te iba carcomiendo en vida por dentro.

«No, no amo a Leonard Du Pac. Nunca podría amar de nuevo de esa forma», intentó mentirse.

Inhaló y exhaló, hasta que recuperó de nuevo la serenidad. Blaire, poco a poco la soltó alejándose de ella una vez que estuvo segura de que no se desvanecería a punto de desmayo.

Los copos de nieve comenzaron a caer a raudales, miró a su doncella que apenas y llevaba un abrigo adecuado para permanecer en la intemperie. ¿Por qué seguía allí? ¿Por qué no corría de regreso a la casa? ¿Por qué no la dejaba hundirse sola en su miseria? ¿No sentía el frio? Gabrielle no ignoraba el viento helado que golpeaba su rostro; fue en ese instante que notó el aroma de Leonard en la prenda y la deliciosa calidez que se liberaba, avivándose ahora con su propio calor corporal. Y es que cuando Blaire la abrigó, la gruesa tela todavía se percibía tibia.

Se da cuenta de que, a pesar de su ausencia, Leonard, todavía le otorga protección. Ha estado tan expuesta que ya hasta puede predecir sus necesidades.

—Volvamos a casa Blaire —ordenó, sin mirar a la joven.

—Sí, señora —respondió.

Blaire se adelantó para abrir la puerta y dejar pasar primero a su señora; luego, la siguió de cerca hasta el inicio de las escaleras, porque vio a su señor sentado en el último peldaño esperando a su esposa. Gabrielle todavía estaba turbada, así que no fue capaz de percibir la silenciosa presencia de Leonard al final de su camino.

Gabrielle subió corriendo y al mirar hacia arriba se encontró con Leonard —con la cabeza gacha y la mirada puesta en sus manos, sentado obstruyendo su paso a la segunda planta—, por lo que se detuvo abruptamente a una corta distancia de él. Siendo demasiado tarde para cambiar de dirección, tragó saliva y levantó el mentón, antes de seguir subiendo hasta el hombre que no estaba preocupado en reconocer su presencia.

Leonard mantuvo los ojos en su regazo, otorgándole la oportunidad de huir y esconderse en su alcoba; o enfrentar sus miedos y quedarse a su lado. Sin embargo, no hace ninguna de las dos cosas. No, ella se quita el abrigo y le dice con voz ronca:

—Lo siento —relame sus labios—, se humedeció con la nieve.

Leonard sacudió la cabeza en forma negativa, arrancó de su mano la prenda y se puso en pie. Gabrielle al fin puede contemplar esos ojos verdes que le provocan a su corazón aletear como las alas de un colibrí, y le duele.

Leonard se mantiene firme frente a ella, un peldaño más abajo otorgándole a ambos cercanía y comodidad. Dejó caer el abrigo al piso para poder rozar las mejillas de la mujer con sus pulgares suavemente y con ternura. Ladeó un poco la cabeza mientras que leía el alma de Gabrielle en su rostro. Finalmente le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Gabrielle no puede evitar cerrar los ojos por el placer de la caricia o por el dolor nostalgico que el gesto le causaba.

—¿Ya estás mejor? —le preguntó amablemente, ella sabía que él conocía la respuesta. Pero le agradeció de todos modos su intento fallido de discreción.

—Sí. Solo… me duele un poco la cabeza —mintió sin mirarlo a los ojos. Ya no podía mentirle deliberadamente. Mantiene su vista en el cuello de la camisa de Leonard. Lleva las manos hasta la tela desaliñada y la acomoda correctamente. Da dos palmaditas a su pecho antes de despedirse.

—Iré a mi alcoba a descansar.

—Está bien, yo estaré en mi despacho. Debo redactar un contrato así que… —no termina la frase, simplemente levantó los hombros en signo de resignación.

Gabrielle asintió, pero antes de marcharse… Leonard la abrazó con fuerza transmitiéndole sin palabras la desesperación que albergaba su alma. De alguna manera sentía que se estaba alejando. Volvía a ser esa ave herida a la que tuvo la osadía de acoger y curar, sabiendo que existía la posibilidad de que ella pudiera soltar el vuelo en cualquier momento, abandonando a su hijo y a él. Si es que se rendía a sus encantos y se atrevía a dárselo.

—Leonard…

—No, espera un momento. Por favor, solo un instante. Tienes frío y no lo notas; lloras y no sientes el dolor de tu pecho; déjame calentarte, permíteme consolar un poco a tu corazón.

Gabrielle notó que, efectivamente, estaba llorando. Le asombró darse cuenta de que creía que sufría por Ramin, cuando en realidad agonizaba por él. Se quebró emocionalmente. Maldijo en silencio a la vida, al destino y a Dios. ¿Por qué era cruel con los justos?

Le regresó el abrazo con toda la fuerza que tenía… No era justo que estuviera marcado para morir joven y dejarla sola. Tan lleno de ilusiones y con un deseo por vivir como ninguna otra persona. Él amaba la vida y a ella ni siquiera se le hubiera ocurrido la idea de que un día también morirá, nunca pensó en un propósito real por el cuál respirar cada día.

En cambio, él parecía vivir con él único propósito de hacerla feliz, pues se lo había confesado antes y aunque no lo creyó de primera ahora sabía que era verdad. Las razones podrían ser muchas o solo una, él quería dejar en ella una huella, para recordarlo de la manera en que sus padres no pueden hacerlo.

Un hombre, cariñoso, pasional que va por la vida con el corazón en la mano ofreciéndolo como si fuera de lo más normal. Sin cuidado, sin temor a ser herido. Sabe que él desea que lo recuerde como el único hombre que en realidad la amó y que al final, le dará ese niño porque no querría irse de este mundo sin dejar una huella palpable para todos.

Gabrielle lo soltó primero, trató poner distancia entre ambos y ser fuerte. Así que intentó limpiar sus lágrimas con el torso de sus manos, pero Leonard fue más rápido y con un pañuelo que sacó del bolsillo de su chaleco, las limpió con ternura. La acción galante y tierna la hicieron sollozar como una de esas mujeres que lloran horriblemente en pie delante del féretro de su esposo. ¿Quién iba a limpiar sus lágrimas después?

Era patético, lo sabía. Llorarlo de ese modo si todavía estaba vivo. Fue en ese momento que se dio cuenta de que en realidad no importaría, si él descifraba o no, lo que su tonto corazón sentía por él. De hecho, pensó que algún día podría decirle que lo lloraría igual o peor cuando decida dejar este mundo. Que supiera que no lo olvidaría nunca, porque es el hombre más bueno que ha conocido. Y que de alguna manera lamentaba no amarlo con locura y con los ojos cerrados; pero que lo quería y mucho, evidentemente.

—Tranquila amor mío, estoy aquí a tu lado. Ya nada va a dañarte. Nada te va a ocurrir, lo prometo. Yo no soy él, nunca te abandonaría Gabrielle. Estás a salvo, tu corazón está a salvo.

Pero, Gabrielle era una experta en reconocer las promesas vanas y tontas que se hacen cuando se ama, ella las conocía, pues fueron las mismas que hizo, que le hicieron. También reconoció la mentira en cada sonido de su voz, porque todo eso se iría al carajo en el momento en que muriera, dejando al mundo sin colores y hundido en la miseria.

Una puñalada atravesó su alma, destrozó su pecho e hizo pedazos a su corazón. ¡Qué horror! ¡Qué sufrimiento! Le dolía tanto como nunca antes había experimentado la agonía; porque, aunque muchas veces se juró que moriría sin Ramin, la cruda verdad era que seguía viva; perteneciéndole a otro hombre; disfrutando de las caricias depravadas y, sensuales de su nuevo y bello amante.

Anhelando nada más que sus dulces mentiras fueran realidad: que él se quedara siempre a su lado, ya que su ausencia ahora es lo único que puede dañarla; Leonard se había convertido en su salvador y su verdugo; y a pesar de eso, con gusto le entregaría el corazón para que permaneciera a salvo en sus manos.

Entre sus brazos, Gabrielle deseó haberlo conocido antes cuando todavía era digna y pura, para ser solo de él, de Leonard Du Pac, no de Ramin, nunca de Ramin, no de otro.

«¡Oh Dios! ¿Lo amo? Lo amo», se reveló Gabrielle en su mente.

Sus piernas perdieron la fuerza, que si Leonard no la hubiera estado sujetando ella habría caído al piso aparatosamente. Gabrielle se aferró a su torso, como su única tabla de salvación. Leonard nunca había visto a una mujer llorar tan dramáticamente. La escena era terrible a sus ojos, pues era tanto el dolor que expresaba Gabrielle mientras lloraba y gritaba, que creyó que enloquecería o moriría.

—¡Ralph! —Leonard gritó en vano pues los gritos de angustia y sollozos histéricos habían retumbado por toda la casa asustando al personal que, pronto corrieron al lugar de donde provenían.

Blaire estaba al pie de la escalera con las manos en la boca, asustada, a la vez que asombrada pues era la única que sabía la razón del estado de su señora. Ella lloraba por su esposo, por aquel hombre que la amaba ciegamente. La mujer se había quebrado al chocar con la realidad de que un día iba a perderlo y si ella se negaba a reconocer los sentimientos de su corazón perdería demasiado.

Ralph subió las escaleras de prisa mientras gritaba a Blaire para preparar un té, a Tomás le ordenó traer al médico. Porque la joven parecía haber perdido la razón. Y sabrá Dios, cómo se lidia con alguien en ese estado.

La señorita Colt al ver a su señora enloquecida, negó con la cabeza y torció los labios. Al parecer la niña idiota ya se había dado cuenta que estaba enamorada de su marido. Detuvo a Tomás por el hombro.

—No necesita un médico. Yo me encargo.

Después subió las escaleras a paso tranquilo, vio como Leonard levantó a Gabrielle para llevarla en brazos hasta su habitación, él ni siquiera se dio cuenta de lo que hacía. Nadie lo vio. Leonard, había dejado de ser ese chico debilucho que conoció hacia unos meses. ¡Mira lo que el amor y las ganas de existir provocaban!

Leonard rompió su promesa y entró a la alcoba de su esposa, depositándola en la enorme cama. Pero la hermosa mujercita todavía se aferraba a su cuerpo, así que tuvo que forcejear un poco con ella para que soltara su cuello. Pensó en recostarse a su lado, pues parecía que no lo quería lejos, que lo necesitaba y no iba a fallarle.

Colt lo detuvo, lo tomó del brazo y lo alejó de Gabrielle. La joven se encogió y escondió su rostro en una almohada, pero la mujer mayor, la forzó a mirarla. Luego, le dio dos grandes bofetadas que dejó a todos estupefactos. Los gritos pararon, las lágrimas bañaban todavía sus mejillas y algunos gimoteos salían de sus labios, moderadamente.

—Señores, ¿pueden dejarme a solas con la señora?

Leonard miró a Gabrielle que ¡gracias a Dios! parecía haber vuelto en sí. Asintió a la mujer y salió de la habitación, Ralph, lo siguió.

—Me puedes explicar, ¿Por qué tanto drama? —La mujer mayor se sentó en la orilla de la cama, junto a Gabrielle. Aunque su tono de voz era frío y carente de emociones, sus manos quitaban de su rostro los cabellos mojados por las lágrimas de la muchacha, con ternura.

—Se va a morir —respondió con voz entrecortada y casi echándose a llorar de nuevo. Respiró hondo para no caer en otra horrible crisis nerviosa.

—Ya lo sabías, Gabrielle.

Gabrielle colocó su mirada hacia la pared. Pensando en qué la mujer tenía razón, ella lo sabía la diferencia era que ahora lo lamentaba porque estúpidamente se enamoró de nuevo del hombre equivocado.

—Pero no quiero que muera… —expresó con dolor.

Colt suspiró pesadamente antes de hablar:

—Te daré un consejo —dijo la mujer mientras sujetaba el rostro de la muchacha y la hacía mirarla a la cara—: has como si no lo supieras y no lo mires con lástima. El señor Leonard no lo apreciaría. ¡Mejor gózalo! No seas una idiota perdiendo el tiempo con algo que esta fuera de tu control. Dile que te haga ese niño, tal vez así no se lleve con él, tu alma cuando perezca, niña.

Colt abrazó a la muchacha y dejó que manchara su estimado vestido con lágrimas. El sonido de dos toques a la puerta atrajo su atención.

—¿Quién es? —preguntó, Colt.

—Soy Blaire, traigo un té para la señora.

—Adelante.

Blaire entró con la bandeja, mirando constantemente hacia la cama donde se encontraba Gabrielle. Colocó el servicio suavemente en la mesilla, tomó la tetera y vertió la infusión caliente en la taza de porcelana. Cuando se giró para entregársela a su ama, pudo echarle un mejor vistazo, se contentó pues ya parecía más tranquila. Así que con voz suave preguntó:

—¿Azúcar?

—No —respondió Colt, en nombre de Gabrielle. Se acercó a Blaire y le quitó la taza de las manos—. Ve a las cocinas y busca algo productivo qué realizar.

—Sí, señora.

Salió de la habitación sin atreverse a mirar de nuevo a Gabrielle, realmente no le sorprendió encontrarse con el señor Leonard en el pasillo, esperándola seguramente para interrogarla. Lo vio mover cabeza hacia un lado indicándole que lo siguiera.

Ambos entraron a la alcoba, Leonard se hallaba totalmente desaliñado, el cabello regularmente peinado hacia atrás, estaba desordenado debido a que constantemente lo jalaba por la preocupación. Caminaba de un lado a otro con la camisa desfajada, como un león enjaulado, furioso, aunque no sabía por qué.

—¿Cómo está?

Blaire, qué nunca lo había visto así. Suspiró, tenía un poco de miedo de decirle que ella le había provocado esa crisis de histeria.

—Está más tranquila, señor.

Leonard asintió, sintiéndose un poco más tranquilo. Miró a la muchacha que le rehuía la mirada constantemente, y que imposiblemente estaba tranquila y cohibida.

—¿Qué paso allá afuera? —preguntó.

—No… no lo sé. Ella solo parecía pensativa. No me dijo nada. ¿Por qué habría de decírmelo? No soy más que una doncella, nadie en realidad.

Leonard, la miró fijamente, achicando los ojos.

—Si fueras nadie para ella, nunca te habría dado esos vestidos. Una fortuna en ellos, a mi parecer.

—La señora fue muy amable con las chicas y conmigo. Pero si le ha molestado su noble decisión, los devolveré. Es más, ahora mismo hablaré con las otras doncellas, y ya le informo que no los hemos usado. Lo digo por si le preocupa que unas sucias criadas mancillen la piel de su esposa… —respondió la joven con un tono ofendido.

—¡Blaire! No es lo que quise decir y lo sabes. Gabrielle te estima sí, pero yo creí que eras de las pocas personas en el mundo que no se pueden comprar. Pensé que nuestra amistad nos daba la ventaja de la lealtad. Mas veo que Gabrielle te ha arrebatado de mi lado y que ha comprado tu fidelidad.

—Mi lealtad está con usted, señor. Pero no sé nada —ella respondió temblorosa y con lágrimas en los ojos.

Leonard que creía conocer a la joven, le creyó. Tras un fuerte suspiro manoteó indicándole a Blaire que saliera.

A penas amanecía cuando Gabrielle se levantó de la cama, tomó una manta y unas botas; salió de su habitación descalza, no deseaba despertar a nadie. Su único deseo era contemplar el amanecer. Algo que hacía mucho en casa de su tía y que por lo regular había funcionado para calmar su corazón adolorido y la mente llena de promesas e incertidumbre.

Descendió las escaleras y caminó directo la puerta trasera que conducía al jardín, allí, se puso las botas y salió de la casa para enfrentarse con el frio de la madrugada. Bajó hasta el último peldaño de la escalinata y se sentó; se echó la manta en los hombros y se abrazó a sí misma.

Estuvo un rato así entre la oscuridad de la noche y el inicio de un nuevo día, nunca antes se había sentido tan en armonía con el amanecer.

El sonido de unos pasos cadenciosos la hizo cerrar los ojos. Esperaba que no fuera Leonard, no quería verlo o soltaría a llorar de nuevo. Era inevitable, no sentir pena y dolor por él.

—Creí que tal vez le apetecería una bebida caliente —le dijo Ralph.

Gabrielle abrió los ojos para encontrar a su mayordomo tan pulcro como siempre, ofreciéndole una taza con una bebida que olía a chocolate caliente. Ella debería parecerle de lo más aberrante: despeinada, con los ojos hinchados, lágrimas secas en las mejillas, labios resecos, camisón blanco nada recatado…

Tomó la taza y dio un sorbo. El hombre, también tenía su propia bebida en la otra mano. Permaneciendo de pie y mirando como la luz comenzaba a bañar la copa de los árboles, dio un trago.

—¿Cómo lo hacen?

El mayordomo bajó su mirada hacia la joven. La vio dar dos palmaditas a su lado, pidiéndole en silencio que se sentara con ella. El hombre mayor lo hizo, no por obediencia, aunque debía hacerlo; sino porque la chica era un completo acertijo, muchas de sus acciones simplemente no tenían sentido. Y bueno se consideraba un buen cazador y la muchacha parecía en ese instante un siervo tembloroso lleno de terror, como si estuviera en las puertas de la muerte.

—No comprendo. Disculpe —respondió el hombre observándola a los ojos.

—Amber y León. ¿Cómo hacen para soportar el dolor de saber que lo perderán? —su voz se quebró con las últimas palabras.

De todas las cosas que se le pasaron por la cabeza, de todas las maquinaciones cuya mente hizo de las posibles razones por las que la chica se puso en ese estado, ninguna se acercó más que la otra a la realidad.

El hombre se echó atrás soltando un suspiro cansado y luego miró de nuevo hacia el frente.

—Supongo, señora, que el tiempo adormece el alma.

Gabrielle soltó un sollozo.

—¿León?

—Lo ama tanto como Amber. Pero, no debe juzgarlos tan duramente. Ellos han hecho por Leonard lo que ha estado en sus manos. Y su matrimonio con usted, es solo para darle una esperanza o luz a su vida. Ellos no podrían darle eso, lo intentaron una infinidad de veces.

Ralph, atrajo a la joven a un abrazo. Porque le pareció ver en ella lo que Leonard había visto desde el principio. Fragilidad.

—Lo siento, le he ensuciado su traje —se disculpó alejándose del hombre.

—No pasa nada —dijo mientras negaba con la cabeza—. Solo prométame que lo intentará.

—¿Qué? —preguntó confundida.

—Ser feliz con él. El tiempo que Dios le preste de vida a nuestro Leonard.

Ella vio en sus ojos el cariño que el hombre tenía por su esposo.

—Lo ama… —afirmó.

—Como el hijo que nunca tuve.

Gabrielle le regaló una sonrisa melancólica, el mundo perdería mucho.

Era la mañana del 15 de diciembre de 1912 que Gabrielle junto con su fiel doncella comenzó la búsqueda de la habitación secreta de la primera dama de la mansión. Recorrieron el tercer piso minuciosamente. Habitaciones de invitados, salones de reposo, galerías, baños, cuartos vacíos; sin encontrar nada.

La habitación de Gabrielle fue volteada patas arriba, suponiendo que sería obvio que estuviera allí. Más no fue así.

Agotada, sudorosa y sucia regresaba a su habitación para lavarse y cambiarse antes de ir al comedor a cenar con Leonard.

—Hola, siento haber tardado tanto —Gabrielle se disculpó con un joven que bebía su sopa medio fría.

Leonard levantó la cabeza para dirigir una mirada especulativa a la pequeña mujer que lo tenía anhelándola y suspirando por los rincones de su habitación.

Estaba desconcertado. Desde el día en que ella huyó de él azorada, las cosas entre ellos se habían enfriado como si un balde de agua fría los hubiese bañado. Se preguntó que habría querido decirle en esa ocasión que se había aterrorizado tanto para alejarse de él de esa manera.

Estúpidamente pensó que todo estaba yendo bien y que incluso se sentían cómodos uno con el otro. Evidentemente se equivocó. Tal vez Gabrielle simplemente se había cansado de fingir que disfrutaba de su compañía, tal vez él se confundió y ella realmente lo desprecia.

Asintió lentamente con la cabeza y respondió:

—No te preocupes. —Luego de un silencio incómodo le preguntó—: ¿Cómo ha ido tu día?

—Bien, limpiando las habitaciones principales.

Gabrielle mordió un trozo de pan y llevó a sus labios la cuchara para probar la sopa.

—¿Para qué? —Leonard no pudo detener el veneno en su tono.

—¿Cómo? Pronto será año nuevo y mi tía acostumbraba a limpiar la casa y dejarla impecable para recibir un año lleno de abundancia y esas cosas locas que a las ancianas se les ocurre —respondió y dio otro sorbo a la sopa.

—No hay necesidad de eso. ¿Por qué no le ordenas a la señorita Colt que se encargue? Después de todo ella y Ralph son responsables de la casa.

Gabrielle negó y depositó la cuchara en el plato. Llamó a la doncella que se encontraba de pie al lado de Ralph, con una mirada y un asentimiento de cabeza. Demostrando la seriedad y ademanes elegantes con las que fue rígidamente educada para figurar el papel de una esposa perfecta.

Leonard estaba frustrado porque esa no era su esposa. No era esa chica alegre que gozaba de la incomodidad de los sirvientes por sus comentarios osados y descarados. No se divertía sonrojando las mejillas de las doncellas o hasta del mismo mayordomo con alguna conversación con él, llena de connotaciones sexuales.

La doncella se acercó a Gabrielle y retiró el plato de sopa. Luego colocó frente a su esposa un plato con un par de pastelillos y una taza con té y regresó al lado de Ralph, quien también esperaba alguna orden de su parte.

—No, lo haré yo.

Leonard estaba comenzando a desesperarse, ¿qué le ocurría? ¿qué había pasado con esa camarería y coqueteo? Ya nada de eso había, ni siquiera intentaba coaccionarlo. Se alejaba de él como un barco a la deriva.

—No entiendo ¿por qué…?

—He holgazaneado demasiado, ¿no te parece? —preguntó sin mirarlo a la cara.

—No —su voz retumbó en las paredes. Señal para que Ralph, le diera la seña a la doncella para abandonar el salón. Cerró la puerta tras de sí, dejándolos solos.

—Bueno supongo que estás acostumbrado a que todo gire a tu alrededor y supones que yo haré lo mismo, pero te equivocas Leonard. Soy la señora de la casa y no descuidaré por más tiempo mis deberes.

Gabrielle quería estar a su lado, pero también entendía que si no hallaba esa dichosa habitación siempre tendría la duda en su corazón con respecto a lo que siente por Leonard. ¿Era amor o compasión? Creía que si encontraba la prueba de que uno podía volver a amar intensamente por segunda ocasión, entonces realmente se creería irrevocablemente enamorada de su esposo. Sería más fácil para ella aceptarlo y claro, decírselo.

El rostro mezquino y frio de Gabrielle, desquició a Leonard.

—Andar haciendo la limpieza no es tu deber.

—No lo hago, solo inspecciono y realizo notas de lo que falta por comprar y lo que ya no es útil para que sea desechado.

Leonard bajó la vista, pero su ceño fruncido no se borró. Relamió sus labios.

—Está bien —dijo antes de soltar los cubiertos, coger la servilleta que tenía sobre las piernas y luego dejarla caer sobre su plato. Se puso de pie arrastrando la silla con sonido estridente.

Gabrielle levantó la mirada hacia él. Lo miró confundida, aunque no sorprendida de verlo molesto. Leonard caminó hasta ella, puso ambas manos sobre la mesa inclinándose hacia el rostro de Gabrielle. Estaba furioso.

—¿Qué? —preguntó retándolo.

—¿Por qué te alejas de mí?

Maldijo Gabrielle en su mente.

—No lo hago, ¿sabes? No deberías ser tan mimado.

—Sí lo haces, no has dormido en mi habitación.

—Bueno, tengo mi periodo. No estoy de humor para tus toqueteos —respondió con molestia. Una fachada cada vez más difícil de representar. Antes lo maldecía porque no le importaba, pero ahora…

—¿Otra vez?

Gabrielle levantó la vista asombrada.

—¿Me llevas las cuentas?

—Llevo las cuentas de los negocios, Gabrielle. Tener un hijo contigo es uno muy bueno para los Du Pac. Ya ves… La aritmética es mi pasión —respondió con burla—, sé cuántos pasos he sumado hacia tu corazón y cuántos me has restado tú, sé qué no deseas que los multiplique más y qué ahora intentas dividirnos de nuevo. No lo hagas, por favor —dijo depositando un beso en su frente.

Después, Leonard se irguió y caminó fuera del comedor, encerrándose en la biblioteca.

Blaire trenzaba el cabello de Gabrielle, mientras escuchaba con atención el plan cuya querida ama había ideado para distraer a Leonard. Al parecer, el señor estaba muy molesto con su señora por ya no pasar todo el tiempo con él. Blaire bufó internamente.

«¡Qué posesivo, resultó el señor!»

—Entonces cuando usted salga con él mañana ¿yo robo la llave y busco los planos de la casa?

—No, robarla sería muy peligroso. Tomarás una barra de jabón y marcarás la llave en ella, después, envía a Tomás con un Cerrajero. Dile que es de la puerta de mi habitación que deseo que la tengas tú.

—De acuerdo. ¿Para qué queremos la llave si todavía no encontramos la habitación?

—Para estar listas. Quiero entrar a ese lugar en el mismo instante en que la hallemos.

—Está bien, señora —respondió la joven mientras soltaba la trenza ya atada por la punta.

—Ahora retírate, y no falles mañana que será tu única oportunidad de hacerlo.

—Sí. Ojalá logre convencer al señor de salir mañana.

Gabrielle sonrió y dijo:

—Nunca dudes de mis métodos de convencimiento.

Todavía le dolía ver a Leonard. Pero no podía continuar huyendo del hombre caprichoso y persuasivo. Porque él no se lo iba a permitir, le quedó más que claro en la cena; además, ya no quería hacerlo. Gabrielle se rendía al fin, lo extrañaba, no sus besos, no sus caricias; era su risa, su charla, su compañía. En pocas palabras: a él en su máxima esencia.

Tras dar un largo suspiro, caminó hasta la puerta que conectaba las habitaciones; se adentró pensando que lo encontraría enfurruñado en la cama, pero ya tenía un plan para contentarlo y con suerte lograría que él saliera con ella al siguiente día.

Sin embargo, le sorprendió encontrarse con la habitación vacía y un plan bien elaborado arruinado.

—¿Leonard?

Revisó el baño encontrándolo desierto y oscuro. Pensó que seguramente él no tardaría demasiado; de esta manera no vio la necesidad de salir a buscarlo. La habitación era extremadamente fría cuando la chimenea estaba apagada, por lo que subió a la cama y se recostó de lado mirando el lugar desocupado de Leonard. Y como el desconsuelo todavía persistía en su corazón, se preguntó si así sería en el momento en que, el hermoso querubín, abandonara la tierra. Un espacio vacío.

¿Miraría por horas cada rincón de la casa en busca de un recuerdo, de una visión de Leonard? «Hasta el amanecer tal vez», se respondió tragando fuerte el nudo en su garganta.

Vio el libro que Leonard siempre leía antes de dormir sobre la mesa de noche. Tomó la vela que él utilizaba para leer. Recordó el día que le dijo que leer bajo la luz de la vela tenía un lado romántico, que resultó ser cierto. Los poemas, que Leonard leía para ella, nunca hubiesen sido mejor de buenos, siendo recitados bajo otra luz, más lumínica como la de la bombilla.

Inspeccionó la caratula, descubriendo que no había un título, así que, al abrirlo y leer el nombre del autor, una sonrisa se formó en sus labios. Ahora comprendía, que nunca hubiese conseguido escandalizar a su marido, pese que se lo propuso al principio, ya sea para que la odiara y la echara de su hogar; o adorara, como parecía ser el caso. Pero vaya sorpresa que sea llevado al descubrir a un hombre filosófico, poético, con una fuerte apariencia virtuosa, aunque su corazón y su alma se desvelan en el vicio que es su cuerpo.

Cerró el libro y se levantó de la cama, nunca ha sido paciente, por lo que iría a buscarlo. Tomó la vela y caminó fuera de la habitación. Mientras recorría el pasillo en dirección a las escaleras para bajar al despacho de Leonard, escuchó el sonido de la música de Chopin.

Inmóvil en medio de la oscuridad, intentó identificar de donde provenía la melodía dulce y nostálgica; era el sonido inconfundible de un piano, estaba segura, lo que no podía conciliar en su mente era saber de dónde exactamente venía.

Continuó caminando hacía la planta baja, pensando que era un fonógrafo, aunque no había visto uno en casa, pero como todavía le faltaba revisar esa sección, era probable que la música proviniera de allí. Tal fue su sorpresa al descubrir que el sonido se pronunciaba más fuerte en el siguiente piso. Estaba desconcertada porque ella junto con Blaire habían revisado habitación por habitación y nunca se encontraron con un fonógrafo o un piano, ¿entonces?

Armada de curiosidad y nerviosismo subió las escaleras y recorrió el pasillo pasando de largo una, dos, tres puertas y abrió la última encontrando nada… Estaba oscuro, pero el sonido provenía de allí. Observó con mayor detenimiento y se percató que el librero escondía una puerta secreta de donde salía la luz.

Con el corazón en la mano se acercó y abrió un poco más esa puerta y se adentró a la habitación secreta. En una esquina estaba Leonard tocando el piano maravillosamente bajo la tenue luz de las velas. No se había percatado todavía de su presencia.

Gabrielle observó el escondite que, si no era ancho, sí era por lo menos la mitad de una habitación común. Había un caballete, varios cuadros con paisajes; algunos mostraban a una dama, de espaldas o de perfil; pero nunca se veía su rostro ya sea que estuviera cubierto por su cabello, sombrero o por las sombras del atardecer. Eran hermosas, por supuesto.

Cuando se dio la vuelta encontró, el retrato de una mujer desnuda, con la cabellera rubia; ojos grandes y azules que le daban una apariencia cautivadora; y las pecas en la piel de sus mejillas y cuello estaban bien definidas por el pintor, parecían una cosilla dulce; la figura de su rostro ovalado le daba un aire de inocencia.

No le llamaba la atención la desnudez de la musa del pintor, no, era como sí ella solo estaba desnuda para él, lo único que podía observar Gabrielle aparte del bello rostro, es el lugar en el que se hallaba postrada: un diván colocado cerca de la ventana de lo que parecía ser la misma habitación que ahora ocupaba. La hermosa dama era Donatella.

Su corazón palpitaba fuertemente, de nuevo miró a su alrededor, no era la habitación de Donatella, era la de Armand. Entonces eran dos habitaciones. Dedujo. Se giró para ver a Leonard observándola mientras resbalaba sus largos y delicados dedos sobre las últimas notas de la canción. Tragó saliva y dio algunos pasos más cerca de él.

—¿Qué quieres? —Leonard le preguntó con tono amargo y molesto, provocando que Gabrielle diera un paso atrás. Él no parecía estar de humor, ni con el ánimo para apreciar su compañía. Lastimó su orgullo.

—Vine a buscarte.

Leonard sonrió con amargura; negó con la cabeza, antes de tomar un vaso del piso que no había notado antes Gabrielle, al lado también estaba una botella de Ron. Estaba bebiendo.

—Dijiste que no sabias tocar el piano —reclamó.

El joven terminó la bebida de un solo trago y volvió a colocar el vaso de donde lo había tomado. Después se giró por completo hacia ella.

—Tus cambios de humor, me causan dolor de cabeza —su voz sonaba cansada, fastidiada.

—Lo lamento si te he causado problemas. Siento no ser lo que esperas. Y tenía que intentar hacer lo correcto.

—¿Lo correcto?

—Es que no soy buena para ti, Leonard. Creo que tu padre siempre lo supo y por eso hizo esa propuesta disparatada. Supongo que pensó que si en algún momento me voy el daño sería menos. Sin embargo, no contó con que te aferrarías a mí a una ilusión; lamento hacerte daño—lo decía de verdad. Lamentaba herirlo, era tan puro… y ella estaba marcada por las cosas terribles que le hizo a Danielle, aunque lo merecía.

Ahora estaba más segura que nunca de que si hubiera conocido a Leonard antes que a Ramin, se hubiera enamorado de él perdidamente. Pero como el «hubiera» no existe, ella nunca tuvo realmente una oportunidad contra el destino. Gabrielle simplemente no es una buena persona. Nunca lo sería.

—Entonces ¿qué haces aquí? —volvió a preguntar, con un tono lleno de ¿odio?

No, ella no quería esos feos sentimientos en un alma tan buena y pura. Esas sensaciones solo estaban hechas para personas con un alma negra y horrible como la de ella.

—Me cuesta trabajo resistirme a ti —confesó—. Ya ves, soy egoísta. Y pensé que, si ya he cometido demasiados pecados para asegurar mi alma en el infierno, entonces ¿qué es uno más?

—¿Infierno? —preguntó con el ceño fruncido.

—No hace falta que lo entiendas. No importa en realidad.

—Entonces, no lo hagas. No te resistas, Gabrielle —Leonard se inclinó hacia el frente para alcanzar la mano de la loca y dramática mujercita, atrayéndola con fuerza hasta él.

Gabrielle, pegó la frente contra la de Leonard, sujetando el rostro de su querubín con ambas manos, había decidido aprovechar cada momento con él. Cerró los ojos y le susurró:

—Soy malvada, Leonard. Te haré daño, lo sé.

Y no mentía, sabía que cuando él descubriera quién era su amante, se horrorizaría, la rechazaría porque, ¿qué persona buena o en su sano juicio cometía tal pecado contra su sangre? ¡Dios, era una escoria de la sociedad!

—Shhh —se alejó de ella y silenció su boca con la punta de sus dedos— ¡Guarda silencio, mujer! Déjame a mí decidir lo que es bueno o malvado para mí.

Leonard depositó un beso en su mejilla con delicadeza; se puso de pie e hizo a un lado el cabello de la mujer dejando al descubierto su cuello. La mordió suavemente, con su lengua acarició la piel sensible y apretando los labios en la rica piel blanca, la succionó.

La escucho gemir, la sintió temblar, sus pequeñas manos sosteniendo su camisa en puños atrayéndolo más cerca de su cuerpo. Sin soltarla la levantó y sentó sobre el viejo piano sin importarle maltratar las teclas.

Gabrielle abrió las piernas y las enredó en la cintura de Leonard, la botella de ron se volcó manchando la duela. Pero que importaba, ya estaba manchada de pintura, lágrimas y sangre de dos mujeres que amaron y desearon a un hombre tan malvado y egoísta como la misma Gabrielle hace más de un siglo.

Leonard, el hombre siempre cariñoso, romántico y gentil; estaba ardiendo en llamas y deseo. Apasionado en ese instante, arrancó a tirones el camisón de la joven dejándola expuesta a sus ojos, a sus manos urgentes de estrujar su carne, cada parte de su delicioso cuerpo. Sonrió con malicia.

Si ella se consideraba malvada, entonces ¿qué era él? Un depravado, que soñaba con proporcionarle las caricias más sucias y, los besos más prohibidos; ansiaba poseer su cuerpo como nadie lo había hecho antes, tomar su corazón y tragárselo, porque no concebía la idea de que Gabrielle volviera a posar sus atenciones a ningún otro. La deseaba de todas las formas: vestida o desnuda; despierta o durmiendo, silenciosa o habladora; dulce o grosera; traviesa o sensata; llorona o gritona; la quería tanto, cuyo deseo por esa mujer lo hacía sentirse cada vez más en el infierno y se temía que si algún día la perdía se mataría. La seguiría a donde fuera, si ella estaba segura de que su alma se iría al averno, por supuesto que sí, acabaría con su vida para asegurarse de no ser perdonado por Dios y así poder seguirla a la oscuridad.

Entre besos, caricias y gemidos, Leonard se quitó la camisa y se desabrochó los pantalones, maldijo sus estúpidas promesas, mandó al diablo todo; él iba a hacer suya a esa mujer. Porque la amaba. ¡Al carajo el mundo! ya no le importaba que ella no lo amara o mínimo lo quisiera, no quería morir mañana y que en el último instante de su vida pensara en lo muy arrepentido que estaba por no haber disfrutado de su mujer.

En ese momento, en el que uno se encuentra desvariando de urgente pasión a las puertas del paraíso, miró los ojos de Gabrielle, nublados, tan nublados por el deseo y la victoria como podría estar una persona que sabe que ha derrotado a su enemigo más feroz. Tan divina la visión para Leonard, que con gusto le regalaba la victoria.

Ya no le importaba, el alcohol en su sangre hacía flaquear su voluntad, lo sabía. Esa era la razón por la que había bebido toda la tarde. Estaba cansado de intentar hacer lo correcto con ella, una mujer incorrectamente perfecta. Quería amarla, su sangre drogada de pasión insatisfecha nublaba su razonamiento, su cerebro; con imágenes de ella postrada desnuda en su cama, abierta muy, muy abierta, recibiendo su miembro erecto con júbilo y placer.

Más en un pestañeo, ambos, se dieron cuenta, que su momento soñado tampoco era ese. Había algo en el ambiente que de pronto las fuertes llamas de deseo se apagaron.

No fue duda, ni la rivalidad de hacer la voluntad del otro, no fue el desprecio hacia la sumisión de los deseos de la carne ni del corazón. fue la comprensión de saber que, si ocurría en ese instante, ninguno de los dos podría definir jamás si alguna vez se amaron o solo era la pasión lo que ambos sentían el uno por el otro.

Gabrielle fue la primera en moverse. Desenredó las piernas de la cintura de Leonard, con sus puños lo empujó ligeramente hacia atrás y luego cerró sus piernas escondiendo su sexo de él, y con sus brazos cubrió sus senos, bajó la cabeza y miró hacia un lado. Temiendo que él pensara que lo estaba rechazando, lo hacía, sí, pero no de la forma en que se rechaza a alguien a quien se desea.

A quien se desea para amar.

Leonard sabía, que podía convencerla de darle aquello que siempre estuvo dispuesta a regalarle. Solo que ahora ella ya no quería darle su cuerpo, comprendió que estaba retándolo a ganarse su corazón. Él, bien podría estar ardiendo en el fuego de la lujuria, pero esa inclinación realmente no era lo suyo, sino de Gabrielle. Así que sonrió mientras se agachaba para recoger su camisa y con ceremoniosa atención vistió con la prenda, manchada de sudor y alcohol, a su mujer.

Gabrielle levantó la cabeza y cuando sus miradas se cruzaron le dio a Leonard la sonrisa más hermosa y perfecta que nunca le había dado; y que no olvidaría.

¿Qué era un momento de sexo y lujuria, comparado con una sonrisa que significaba que prometía el corazón y la vida misma?

Ambos salieron de la habitación, no sin antes de que ella notara una ventana.

Cuando al fin estuvieron acostados en la cama de Leonard, muy abrazados y más tranquilos, Gabrielle, se animó a preguntarle.

—¿Qué era ese lugar? —sus dedos formaban figurillas en su pecho desnudo.

—Una habitación secreta para el señor de la casa —respondió mirando el techo. Pensativo o tal vez intentaba no perder el control y comerse a besos a la mujer.

—¿Y no hay una para la señora? —Gabrielle una mujer de sangre caliente, comenzó a bajar la mano inquieta hasta el estómago del joven que aparentaba no sentir sus insinuantes caricias.

—No, la casa fue construida antes de que él arquitecto y dueño se casara. No pensó en su esposa.

Lo vio cerrar los ojos y apretar los labios en una línea dura. Una buena señal para ella que pretendía enterrar la mano bajo las sábanas. Lo hizo.

—¿Pero sí en su amante? —preguntó ahora susurrándole en el oído al chico que permitió tan sumisamente que ella jugueteara con los rizos de su sexo.

—Obviamente —gimió.

—No es tan secreta, después de todo. Porque había una ventana.

Tomó su miembro y con su pulgar comenzó a jugar con la punta húmeda. Leonard relamió los labios y giró su rostro hacia ella.

—Sí, supongo que solo un buen observador la encontraría.

Ambas miradas intensas, se retaban.

—¿Cómo la encontraste?

—Buen observador —dijo cerrando los ojos cuando ella comenzó a bombear suavemente.

—¡Ah! ¿Lo eres, Leonard?

El comenzó a reír.

—¡Qué va, mujer! Está en el plano de la casa, recuerda que él la construyó y la llave me fue entregada con la documentación. —Dijo rápidamente y luego—: ¡Oh, Dios! ¡Sí, así!

—¡Oh! ¿Qué más encontraste en ese lugar?

—Solo… las pinturas y el viejo piano.

—Entonces ¿esa mujer no era su esposa? El lugar donde fue pintada parecía mi alcoba.

Los movimientos de su mano, nunca se detenían, ni dudaban. Leonard estaba disfrutando el pequeño desahogo.

—Sí, es ella. Supongo que guardaba allí lo que no le servía —respondió antes de llevar su mano para unirse a la de Gabrielle y marcar un nuevo ritmo.

—El piano sirve.

—Tal vez… Uff… odiaba la música.

—O amaba la música y también amaba pintar al óleo. Tal vez, amaba a su esposa después de todo.

Gabrielle, mordió el lóbulo de su oreja y luego lamió dentro de ella.

—¿Encerrándola en un cuarto oscuro? —preguntó él.

—No iba a mostrarla desnuda frente a sus amigos y familiares ¿o sí?

—No. Tiene usted un punto, mi señora.

Leonard quitó la sábana que escondía sus manos y su sexo desnudo, una señal para Gabrielle de lo que acontecería. Pero ella estaba muy feliz así que llevó sus labios hasta su miembro, abrió la boca y sacó un poco la lengua dándole la bienvenida a su simiente. Una imagen que Leonard recordaría para toda la vida.

—¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¿Te has molestado, porque te he seducido?

—Solo lo has logrado porque estoy ebrio y no pienso bien lo que hago…

Blaire apretaba las cintas del corsé a una Gabrielle, brillante como no lo había estado en los últimos días, Leonard también parecía extasiado en felicidad.

—Entonces ¿son dos habitaciones?

—Sí, pensé que habías visto el plano.

—Lo siento señora, creo que soy más bruta de lo que pensé.

—Nada de eso, no lo viste fue todo.

—Bien, contaré las ventanas y las habitaciones de la casa.

—De verdad Blaire ¿limpiaste todas las ventanas de la casa?

—¡Ah! Ahora entiendo… cuando le dije al señor que ya había terminado de limpiar las ventanas como lo ordenó, él me dijo: «No te creo, Blaire» —imitó la joven con voz gruesa y exagerada—. Creí que insinuaba que era una holgazana. Pero las limpié por dentro de la casa.

—¡Ah! ¡Qué descarado! A mí me niega que haya otra habitación, me niega la leyenda y la historia de amor de Donatella. Creo que nos está timando a ambas.

—¿Cree que ya sabe que estamos buscando la habitación? —preguntó con tono asustado.

—No lo sé. ¿Le has dicho algo o te ha preguntado?

—No.

—Entonces no lo creo. No hubiera estado refunfuñando por mi falta de atención.

—¡Eh! Siempre, fue un chico caprichoso.

—No lo dudo. ¿Sabes qué estoy pensando?

—No.

—Que deberías aprovechar que no estaremos en casa, reúne a dos chicas más para que te ayuden a contar las ventanas y a revisar de nuevo el cuarto y tercer piso. Tú robas lo que te pedí y revisas la planta baja.

—¿Y sí la señorita Colt me regaña por «holgazanear»?

—Dile lo que estamos haciendo y que si le dice algo a Leonard la voy a echar a la calle.

—¡Huy! A mí me va a echar.

—¡Qué va! Leonard, te adora.

—Listo, señora. ¡Vaya y deslumbre con su luz y belleza a mi señor!

—Creo que es más fácil sacarle los ojos. ¿Sabías que lee al marqués de Sade?

—¡Oh!

—Sí, así me he quedado yo. Supongo que mis dulces artimañas para seducirlo debieron parecerle juego de niños. Estoy tan avergonzada.

Ambas mujeres salieron riendo de la habitación.

Leonard caminaba con Gabrielle por las calles decembrinas de Chicago, de tienda en tienda compraban regalos para la familia Du Pac. Aunque ella vio una bonita pipa la cual le recordó a su padre no la compró, pues sabía que la despreciaría solo por ser un obsequio de ella.

—No has comprado nada para tus padres —le hizo notar, a su esposa que miraba ahora un bonito sombrero de dama.

—No. No creo que les agrade que arruine sus fiestas con mis obsequios.

Aunque intentaba no sonar dolida, Leonard fue capaz de notar la tristeza en sus ojos.

—Son tus padres, te perdonaran algún día —la animó.

—Lo dudo de verdad —ella lo miró y se puso el sombrero para modelárselo. Leonard asintió.

—Mi madre me dijo que tenías una hermana mayor, ¿qué hay de ella?

—No lo sé, se casó y se fue con su marido. Pero no sé dónde viven ahora.

Entonces se dio media vuelta dejándolo mirando su espalda. Impidiéndole leer más en su rostro.

En el momento que Blaire vio el carruaje de sus señores partir, se dio la vuelta y fingió subir las escaleras, alegando que tenía mucha tarea pendiente, arreglando la ropa de su señora. Cuando todos se fueron a cumplir con lo suyo, volvió a bajar y fue directo al despacho de su señor. Nerviosa se dirigió a la caja fuerte y la abrió, Leonard continuamente la había enviado a buscar esto o aquello, siendo ella de su confianza tanto como Ralph conocía la combinación de la caja.

Estaba entretenida buscando los planos y la llave de la puerta que no notó a su tío observándola de pie en la entrada del despacho.

—¡Blaire! —Habló fuerte, entrando y cerrando la puerta tras de sí.

—¡Ay! Santo Dios, tío me has espantado.

La pequeña mujer tenía la mano en el pecho. Había saltado y tirado los planos que estuvo buscando. Los levantó.

—¿Qué se supone que haces?

Y fue de esa manera que una inocente confesión, desencadenó la lealtad infinita de la servidumbre a la señora Gabrielle, a la que todos habían estado culpando del sufrimiento y mal humor de su señor. Sin embargo, conocían la leyenda de la casa y sabían que, si la señora estaba buscando la habitación secreta que su señor les había prohibido buscar e incluso, hablar de su existencia, era porque la joven buscaba la bendición de vivir con el amor de su vida por el tiempo que Dios les dispusiera. Creyeron que Gabrielle deseaba tener un romance inmortal con su bello esposo. Las jóvenes románticas y casaderas suspiraban enamoradas de la simple idea:

Una joven que fue mancillada y abandonada por un canalla y que pensó que la amaba, termina casada con el hombre que resulta ser el amor de su vida. Pero como las buenas historias inmortales siempre están plagadas de tragedia, el buen hombre estaba condenado a muerte.

Algunas lloraron, pues se imaginaron a la pobre chica sufriendo por la muerte de su esposo. Es más, dedujeron que su arranque de histeria hacia unos días había sido el descubrimiento de su amor por el señor. Así que jurando no decirle nada al señor Leonard, la plantilla entera de sirvientes se encontraban buscando la entrada de la habitación por cada rincón de la casa.

La señorita Colt, también ayudó, aunque bien sabía ella que Gabrielle buscaba la habitación más por motivos egoístas que otra cosa, pues la conocía bien. Pero, ¿quién era ella para romper los corazones de las jovencitas que con suspiros y sollozos buscaban esa bendita entrada a quién sabe dónde?

Leonard estaba feliz, Gabrielle caminaba a su lado y lo sujetaba fuertemente del brazo. Así que se sentía el rey del mundo. La sonrisa de la noche anterior le había sido regalada constantemente ese día. Cada que ella lo sorprendía mirándola. Entraron a una cafetería, Tomás que los seguía de cerca, regresó al carruaje, dejándolos solos.

Una mujer que había visto de lejos a Gabrielle, caminó hasta el lugar donde la vio entrar, con aquel caballero. Una cosa deliciosa parecía. Gabrielle estaba sonriente, como nunca antes. Curiosa porque hasta donde sabía Gabrielle, estaba enamorada de un tal Ramin Asadi y la suponía ya casada con su amor. ese hombre que estaba con ella no se parecía en nada a la descripción de su joven amiga.

—¿Gabrielle Stravella?

Gabrielle levantó la mirada para encontrarse con su mejor amiga del internado en Francia.

—¡Tanya! —Gabrielle gritó de alegría y abrazó a la joven rubia.

Leonard se puso de pie de inmediato y esperó a que las damas terminaran con sus abrazos, besos y lloriqueos. Leonard sonrió, esa faceta de Gabrielle, alegre y amigable era nueva para él.

—¡Oh! Pero qué sorpresa, mírate. Estás bellísima —mencionó la rubia a Gabrielle.

—Leonard, te presento a Tanya, una amiga del internado.

Tanya lo miró a los ojos y pestañeó coquetamente. A Gabrielle le pareció tierno el sonrojo de Leonard.

—Gusto en conocerla señorita, soy el esposo de Gabrielle.

Tanya, levantó las cejas y giró su rostro para ver a su amiga. Gabrielle le dio una sonrisa melancólica que contaba que su ilusión de volver al lado de Ramin no se cumplió.

—¡Vaya que sorpresa! Tenemos que tomar té en mi casa, para ponernos al día.

—¿Vives aquí?

—Sí, ¿recuerdas que estaba prometida?

—Sí.

—Bueno la boda se llevó a cabo hace un mes y ahora estamos aquí por los negocios de mi esposo. Estaremos solo un par de meses y…

Leonard observó a Gabrielle hablar con esa mujer, por primera vez la vio cómoda en la presencia de alguien más que no sea él o la servidumbre. La familia Du Pac y sus padres los Stravella habían extinguido la luz que proyectaba cuando hablaba con ilusión. Gabrielle tenía una luz propia que no solo lo cautivaba a él, sino también a todo aquel que tenía la fortuna de llamarse su amigo.

Cuando finalmente regresaron a casa Blaire esperaba a su señora en la puerta. Un poco nerviosa y desilusionada, habían barrido la mansión sin encontrar la bendita puerta de la habitación secreta.

Cuando Gabrielle bajó del carruaje no pudo evitar mirar hacia la fachada observándola minuciosamente. Leonard, le dijo que había sido observador y que por eso había logrado encontrar aquella habitación. ¿Le estaba diciendo que tenía que observar mejor la fachada? Leonard se colocó a su lado y la condujo dentro de la casa.

—Blaire, ayuda a la señora a cambiarse de ropa.

—Sí, señor.

Leonard beso la mano de su esposa antes de retirarse hacia su despacho para trabajar un rato o al menos hasta que la cena fuera servida.

Cuando Blaire estuvo sola con Gabrielle le confesó que su tío la había descubierto husmeando en la caja fuerte. Y que no le había quedado alternativa que la de confesarle todo a su tío.

—Pero no debe preocuparse, en realidad fue una buena idea ya que nos hubiera llevado mucho tiempo revisar la casa como lo hicimos.

—¿Y no la encontraron?

—No, señora.

—¿Has visto las ventanas por fuera? ¿Las han contado por dentro?

—Sí, mi tío se encargó de eso.

—¿Los muebles fijos en las paredes?

—Sí, señora. Todo.

—Él dijo que solo un observador lo vería. Trae plano.

Blaire lo tomó de la mesilla y lo extendió en la cama. Era viejo y un poco borroso de algunas partes.

—Cuando revisamos la casa, no nos preguntamos, por qué había otro despacho en el tercer piso. Supusimos que es para los invitados que se estuvieran hospedando. Pero, en realidad era el despacho del antiguo señor.

—¿Por qué arriba y no abajo? No sería lógico pues es más pequeño.

—¿Por qué?...

—Por la habitación.

—¡Sí! Ahora, vamos rápido arriba.

Salieron de la alcoba mirando de un lado a otro en busca de Leonard. No andaba por el pasillo por lo que ambas echaron a correr al siguiente piso de la casa. Cuando llegaron a la puerta del despacho vacío, reían como unas niñas apunto de hacer una travesura. Entraron y observaron a su alrededor.

La habitación era totalmente masculina.

—¿Por qué tendría su despacho en este piso? ¿No era de suponer que debería estar a la mano de cualquier visita? —preguntó Blaire.

—No sí él necesitaba continua privacidad. Leonard dijo que fue un arquitecto. En ese cuarto—señaló el librero que escondía la habitación secreta—, hay pinturas hechas por él. Incluso su esposa está inmortalizada en sus cuadros y uno de ellos sin ropa.

—¿Sin ropa? ¡Oh, Dios mío! ¡Qué vergüenza!

—Sí esta es la habitación del hombre artísticamente huraño, entonces ella recibía las visitas en la planta baja. Amber preparó la habitación de té ¿no? —Blaire asintió— ¿Quién estuvo con ella arreglándola?

—Yo ayudé un poco. La otra chica fue la doncella de la señora Amber.

—¿Cómo era esa habitación? —preguntó Gabrielle.

—Pues no había nada, salvo una enorme alfombra en el piso. ¿Es que no ha visto el techo de ese lugar?

—No.

—Hay una hermosa pintura. Supongo que solo debías recostarte y mirar el techo. Pero la que, si no cambio nada, fue el despacho que ahora es del señor.

Gabrielle, miró a la joven.

Ambas salieron de la habitación y bajaron corriendo las escaleras, salieron de la casa, Blaire comenzó a contar los pasos desde donde comenzaba el despacho hasta donde terminaba. Observaron la ventana y con cuidado se acercaron, para observar por dentro. Leonard estaba entretenido escribiendo.

Entraron de nuevo a la casa, en el pasillo comenzaron a contar los pasos, fue entonces cuando Gabrielle notó la diferencia. De ese lado del pasillo había dos puertas, mientras que del lado izquierdo tres. No recordaba que el despacho fuera tan grande. Le dio un codazo a Blaire y le señaló la diferencia. Ambas caminaron a la puerta más alejada y entraron. Descubrieron que esa habitación era incluso más pequeña que el despacho de Leonard.

—¿Sacaste la copia de la llave?

—Sí, envíe a John con el cerrajero. Sacó la llave de su bolsillo y se la dio.

—No, debes guardarla tú. Si Leonard me la descubre… Hoy a media noche, entraremos.

—¿Cómo va a deshacerse del señor?

—Ya no saldré de mi habitación. A la hora de la cena le dirás que me quedé dormida y que has intentado levantarme pero que no desperté.

A media noche, Gabrielle colocó el seguro de la puerta que conectaba a ambas habitaciones, y salió por la otra lo más silenciosamente posible. Bajó las escaleras con rapidez, cuando llegó al despacho, Blaire ya estaba buscando en la madera alguna hendidura extraña donde pudiera caber la llave.

—No, Blaire. La otra habitación tiene un dispositivo detrás de un libro que descubre la puerta.

Comenzaron a quitar los libros colocándolos en el piso bajo el mismo orden. Iniciando desde la parte central hacia los lados.

—Dios que trabajo, solo espero que mi señor no nos descubra o nos meterá a la cárcel por intento de robo de libros.

Gabrielle, sonrió. Limpió el sudor de la frente con el torso de la mano. Llevaban media pared y todavía no encontraban nada. Quitaban una fila de libros y luego la volvían a colocar. Entonces ocurrió la magia, Gabrielle, quitó un libro y el sonido de un clic las hizo mirarse una a la otra. Metió la mano en el espacio ahora vació y vio una palanca que se mantenía en su lugar por el peso del libro.

Observó el libro, no tenía título y era negro, de hecho, era idéntico al que Leonard tenía en su habitación. Por curiosidad lo abrió y era otra de las escandalosas obras del Marqués de Sade.

—¿Qué pasa, señora? —preguntó Blaire al ver la sonrisa de Gabrielle.

—Leonard tiene un libro idéntico a este en su habitación. Supongo que estaba en el librero del despacho de arriba.

—¡Oh!

—¿Estás lista?

—Sí.

Gabrielle tomó la mano de Blaire y la puso en la palanca. La joven negó con la cabeza —pues creía que era algo que debía hacer la señora, era su historia, su leyenda— pero Gabrielle sabía que estaba igual de emocionada y que deseaba hacerlo tanto como ella. Así que ambas jalaron al mismo tiempo hacia abajo activando el ingenioso dispositivo. Dieron dos pasos atrás, permitiendo que el mueble descubriera la puerta que habían estado buscando.

Las dos se quedaron de pie un buen rato, con miedo a moverse o simplemente asombradas.

—Nunca lo hubiese imaginado. Digo, que se encontrara aquí —mencionó Blaire.

—Yo tampoco —respondió Gabrielle. Qué le pidió la llave a Blaire extendiendo la mano.

Con prontitud la joven la sacó de su cuello, pues le había puesto un cordón para siempre llevarla con ella.

Gabrielle colocó la llave en la hendidura con manos temblorosas mientras Blaire tomaba la vela y se acercaba a Gabrielle por detrás. La puerta se abrió y ambas chicas se adentraron. Gabrielle no podía creer lo que sus ojos veían.

Una habitación totalmente femenina. Una mesa en el centro con lo que parecía un juego de té. Al acercarse vieron que hermosas joyas estaban sobre la vajilla, collares de perlas y diamantes, pulseras de jade y esmeraldas, pendientes de diamantes y peinetas con rubíes. También estaba un cepillo y un espejo de mano de plata. Parecido al que tenía ella en su habitación. Echó un vistazo a Blaire, que seguía estupefacta.

—Las joyas de Donatella —dijo Gabrielle, viendo como la rubia asentía.

Gabrielle tomó un pequeño cofre y lo abrió creyendo que encontraría más joyas; tal vez más valiosas. Su corazón comenzó a palpitar fuertemente al ver el contenido del cofre. Eran cartas.

—Blaire

La joven soltó una taza de té que había llamado su atención, pues tenía plasmada bonitas imágenes de una pareja. Cada taza era una escena diferente. Al parecer contaba una historia, que no pudo leer, pues su señora la distrajo.

—¡Son las cartas del señor Armand?

—Sí.

—Pronto amanecerá. Hay colocar todo de nuevo —dijo Blaire.

—Blaire, nadie debe saber que la encontramos.

Blaire observó las manos temblorosas de Gabrielle.

—Sí señora.

Salieron de la habitación, acomodaron todo y regresaron a sus respectivas habitaciones.

Gabrielle llevó consigo el cofre con las cartas de amor.

El baile

Gabrielle entró a su alcoba con el corazón a punto de salirse de su pecho, había corrido por los pasillos de la casa en dirección a su habitación, pero cuidando que sus pasos fueran silenciosos. Con un suave clic cerró la puerta y caminó hacia la cama. Allí se sentó e intentó recuperar el aliento a causa de la carrera.

Miró el cofre con mayor interés, ya que, era precioso. Parecía estar hecha de caoba, con placas de plata que tenían labrados hermosos paisajes; pasó la punta de sus dedos por aquellos bordes. Quería pensar que también había sido un obsequio de Armand a su esposa, pues en la tapa, la figura no era otro dibujo al azar; no, era la fachada de la mansión. Las cariátides eran inconfundibles.

Regresó la vista hacia las otras aristas del cofre, tal vez no eran paisajes aleatorios, sino probablemente, partes de la casa que podría identificar mejor a la luz del día. Pensó, en lo interesante que debería ser, buscar la imagen que el hombre representó o envió a representar. Pero, si era honesta consigo misma, Armand era un verdadero artista. Así que lo más probable era que fuera el autor de la obra, se preguntó si había un mensaje oculto para Donatella: el recuerdo de algún momento significativo en su historia. Después, recordó el cofre que estaba en la mansión del otoño… ¿Sería capaz aquel virtuoso de obsequiar las mismas cosas a ambas mujeres?

«Idiota», lo pensó, si el pillo lo había hecho así.

—Tanta genialidad y no tener el tacto ni la imaginación para darle a cada mujer lo suyo… —susurró con desprecio.

No podía distinguir demasiado así que encendió la lámpara que descansaba en la mesilla de noche. Se subió completamente a la cama, colocándose en el centro. Hizo a un lado el broche del cofre y levantó la tapa para observar de nuevo el conjunto de cartas atadas ceremoniosamente con un listón rosa. Las desató con cuidado y notó que estaban acomodadas por fechas. Miró dentro del cofre y se percató de una hoja suelta doblada cuidadosamente. La sacó y descubrió que no era una carta como tal sino una breve nota.

Las letras eran descuidadas y había la marca de un dedo con la misma tinta con la que fue escrita, supone que el autor se manchó y a su vez a la nota, al releer sus propias palabras. Levantó la hoja y colocó su dedo pulgar; sí, era de un caballero pues la mancha estaba ligeramente más gruesa y grande que el de ella. Y leyó:

Para la mujer que me robó el alma…

Gabrielle sujetaba con fuerza aquella nota que pertenecía a Donatella y que la había dejado al mundo, como una muestra de que lo imposible, puede suceder. Armand amó a su esposa. Al final lo hizo, igual que ella se enamoró sin querer de Leonard.

La pregunta era si merecía su cariño o no. Supuso que mientras él estuviera vivo y la quisiera a su lado no importaba.

Gabrielle continuó leyendo las cartas sin tomar en cuenta el pronto amanecer. Ya sea por curiosidad o tal vez buscaba apaciguar el miedo que atormentaba a su corazón —de que un día toda esa felicidad que Leonard le prometía desapareciera—; ella quería averiguar en esos versos si el amor y la felicidad podrían perdurar en un alma pecadora. Que lo único que sabía hacer, era causar destrucción y dolor a las personas que más amaba. Sus padres… su hermana.

Cuando Blaire entró a la alcoba de Gabrielle llevando un plato con rodajas de pepino para aliviar los ojos cansados y, así comenzar el día, no le sorprendió encontrarla leyendo una carta. Si hubiese sido por ella, también estaría leyéndolas y seguramente luciendo tan mal como la señora: Despeinada, con el rostro bañado en lágrimas e hipeando.

Gabrielle levantó el rostro al escuchar a alguien entrar a su habitación. Por el suave sonido del toque, supo que era Blaire. Leonard nunca tocaba su puerta y jamás entraría, pues lo prometió, ¿no?

—Son hermosas, Blaire —mencionó, mientras limpiaba sus lágrimas con el dorso de su mano.

—Viendo que no durmió ni siquiera las dos horas que tenía de oscuridad, le creo. ¿Y qué descubrió?

Gabrielle palmeó a su lado, y Blaire se apresuró a dejar el plato en la mesa de noche, apagó la lámpara y se sentó recibiendo la nota de la mano derecha de la señora.

—Las cartas cuentan su historia.

Blaire desdobló la hoja.

—¡Oh! Lo sabía —Blaire, habló con alegría—, él la amó.

—¡Sí! Lo hizo al final.

Blaire, releyó las palabras de Armand.

—Ahora ya puede estar más tranquila, ¿no lo cree? —dijo después.

—Sí —Gabrielle acomodó de nuevo las cartas tal como las había encontrado dentro del cofre—. Toma, Blaire.

—¿Dónde quiere que las guarde?

—Puedes compartirlas con todos los que deseen leerlas, después de todo estaban muy emocionados buscando la habitación. Pero, por favor, no le digan a Leonard que la hemos encontrado, quiero que se dé cuenta por sí solo que la encontré.

—¿Así como usted, descubrió la de él?

—Sí. Merece mi silencio por ocultármelo tan hermosa historia.

—¿Puedo preguntarle algo?

—No, ya sé qué es lo que quieres saber y te lo diré: ¡Me estoy enamorando de tu preciado señor!

—¡Qué va! Si me permite decirle…

—¿Qué?

—¡Ya está más loca que una cabra por él! ¡Solo usted no podía darse cuenta!

Gabrielle tomó una almohada y se la arrojó a su sincera doncella, en el rostro.

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Cuando Gabrielle finalmente decidió presentarse a almorzar, Leonard estaba por terminar, al cabo de media hora de esperarla, había perdido la esperanza de que desayunaran juntos. Por lo que no se molestó en levantar la mirada al escuchar los suaves pasos que entraron al salón del comedor.

No quería parecer un idiota esperanzado, mendigo de las atenciones de su esposa. Al menos no más de lo que ya sabían todos.

Gabrielle se detuvo para mirar al joven que parecía absortó en sus pensamientos. Sintiendo un vuelco en el corazón se dio cuenta de que no quería vivir sin él. Blaire tenía razón estaba… «Más loca que una cabra!», se dijo en silencio. Por lo que con voz alta le ordenó a Leonard:

—¡Te prohíbo que mueras!

Cuando Leonard levantó la mirada su corazón comenzó a agitarse, la mujer que amaba, estaba de pie con las manos en el pecho, sus bellísimos ojos verdes estaban puestos en él, expresando todo lo que con palabras no se atrevía a decir. Lo necesitaba. Gabrielle Du Pac, lo quería vivo.

La sonrisa que se formó en los labios de Leonard la contagió y sonrió con él; dándose cuenta de lo estúpida que debió haberle parecido.

—Lo prometo. No moriré antes que usted, mi señora. Nunca me atrevería a dejarla sola.

Respondió con una mano en el corazón, como el hombre que siempre sabía decirle lo que quería escuchar.

Gabrielle asintió aceptando su promesa, pues creía en él ciegamente.

Absortos el uno con el otro, no notaron el rostro emocionado de la doncella que era la encargada de servir el platillo a la señora y que había estado de pie pensando que la ausencia de Gabrielle posiblemente se debía a que estaba buscando "el lugar", como todos los sirvientes habían decidido llamar a la habitación, solo por precaución. Pues el señor les prohibió hablar de ella o buscarla y nadie quería perder su trabajo.

Pero, cuando la señora llegó y miró a su esposo, el corazón de la pobre doncella comenzó a palpitar tan rápido que temía sufrir un desmayo. Más la orden de su ama, al señor, se lo impidió. Porque quería saber si se iban a besar o a decirse que se amaban ¿o qué?

Mucho menos se dieron cuenta del mayordomo que salió del comedor abandonando sus deberes, y a la doncella hipertensa.

Leonard se levantó de su asiento y caminó hasta su esposa tan solo para acomodar un rizo suelto.

—Mira, encontré esto.

Leonard sacó del bolsillo de su saco una florecilla azul.

—Es una nomeolvides… —mencionó asombrada. Tenían semanas que habían visto las ultimas morir o, desaparecer entre la nieve.

—Sí. Salí esta mañana a caminar y la encontré a un lado de una roca; supongo que la nieve no podía alcanzarla y la roca sirvió de refugio contra el viento helado.

—Imposible…

—No lo creo, Gabrielle. Las personas no mueren aun en las peores tempestades. Entonces ¿Por qué sería imposible que una flor no sobreviviera el tiempo suficiente para que yo la encontrara y la trajera hasta ti?

Gabrielle sonrió. Leonard, era tan romántico que simplemente no podía llevarle la contraria, aunque quisiera, sabía en el fondo que tenía razón. Él era un ángel que salvaba a toda alma y ser vivo que lo necesitaba. La había salvado a ella.

Cogió la flor de su palma, cortó el tallo y luego abrió su relicario y con sutileza la depositó dentro, para mantenerla siempre cerca de su corazón.

Leonard le permitió guardar su obsequio antes de acercarse y abrazarla.

La doncella Salió del comedor silenciosamente con lágrimas en los ojos, para comunicar las buenas nuevas…

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Ralph, caminó deprisa en dirección del despacho de Leonard, cerró la puerta tras de sí y se condujo hasta el teléfono recién instalado el día anterior y que descansaba en el escritorio de roble, donde Leonard trabajaba afanosamente por las tardes.

Descolgó la bocina y realizó la marcación.

—Diga —la voz fuerte de su antiguo señor, le hizo sonreír.

—Señor, la señora Gabrielle hizo prometer a su hijo no morir.

—¿Está enamorada o solo está fingiendo?

—Enamorada.

—¿Cómo lo sabes?

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Leonard estaba eufórico, su esposa, su mujer… lo necesitaba. Lo que para él significaba que lo quería y tal vez, solo tal vez, algún día, podría llegar a amarlo. Caminando con una energía que nunca sintió antes en su vida, entró a su despacho encontrándolo vacío. ¿A dónde o con quién se había escapado ese tonto mayordomo?

—¡Ralph! —lo llamó con un grito, solo porque deseaba gritar de la emoción y no porque fuera un neurótico.

—Señor…

Leonard caminó hasta el hombre y lo sujetó por los hombros, Ralph tenía una mayor altura.

—¿La escuchaste? —preguntó con la sonrisa más grande y feliz que alguna vez le hubo conocido el mayordomo.

«¡Pobre muchacho! Ya lo perdimos», se dijo. Pues, aunque sabía que Gabrielle estaba enamorándose de Leonard, siempre cabía la posibilidad de que la inmadurez de ambos jóvenes los llevara al desastre. Ella, era apasionada y no tenía ningún tacto para decir o hacer lo que quería y Leonard era tan sumiso a veces ante sus deseos, mostrándole una faceta poco conocida a la muchacha que, cuando sacara su lado posesivo y dominante, todo estallaría en la cara de los dos.

—Sí, señor.

—¿Qué crees que quiso decir? —le preguntó.

—Si le soy sincero, señor… Las mujeres son un misterio para mí.

«Es mejor ser neutral, Ralph», se dijo a sí mismo el hombre mayor, ya que la última vez que interfirió en la búsqueda de la felicidad de una pareja había terminado corriendo por todo Londres intentando huir con una mujer que no era la suya, solo para salvar sus vidas.

—No es cierto. La ventana de mi alcoba, tiene una muy buena vista al jardín. —El mayordomo, siempre tan propio se atragantó con su saliva, tosiendo porque se estaba ahogando. Leonard, golpeó su espalda. Y cuando vio cuyo mayordomo respiraba nuevamente, continuó—: ¡Dale mis felicitaciones a la señorita Colt!

Al pobre mayordomo casi se le salieron los ojos…

—¡No hay nada que felicitar! Señor.

Leonard sonrió todavía más. Se giro dándole la espalda al hombre y caminó hasta el compartimiento del librero donde guardaba el licor. Cogió la botella de whisky, sirvió dos vasos y le tendió uno al mayordomo; el cual no rechazó. Claro que después de haber sido descubierto en ciertas cuestiones comprometedoras… lo necesitaba.

—Mmm, no te engañes amigo mío —sugirió Leonard—. Entonces… ¿Qué crees que significó lo de Gabrielle?

Dio un trago a la bebida.

—¡Qué está muy apegada a usted! —respondió el mayordomo. Urgido por llevar la conversación muy lejos de él.

—¿Crees que sienta amor, por mí?

Leonard se sentó y señaló una silla frente a él para su fiel mayordomo.

—¿Por qué no se lo pregunta? —preguntó sentándose y bebiendo de su vaso.

—No lo sé, yo… no quiero presionarla. A veces la siento tan cerca de mí, pero, otras muy lejos, me resulta imposible alcanzarla.

—Tiene razón, no la presione. Quédese con la duda e incertidumbre de saber si ella está pensando en otro hombre o si ha pensado un poco más en usted últimamente.

—¡Ralph!

—Señor, nunca avanzará en su relación si no le pregunta —Ralph, se inclinó hacia Leonard—. Hay personas que necesitan un empujón para darse cuenta de lo que realmente quieren. Y sí ella es una buena mujer, entonces, querrá a un hombre fiel, que la ame y la haga feliz.

—Ya entendí —Leonard asintió—. ¿Ya llegó mi traje?

—No, señor. Llega esta tarde. ¿Sabe? Yo le sugeriría para su esposa un obsequio que pueda lucir el día de mañana.

—Sí, tienes razón.

—¿Será otra joya familiar?

—No, iremos a comprarla. Quiero darle algo especial. ¿Crees que la señorita Colt pueda acompañarnos?

El mayordomo suspiró hondo.

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Cuando Leonard llegó a casa, se encontró con su esposa dormida recostada en la alfombra del salón de té. Sonrió, sabía que ella había estado mirando la pintura en el techo. Se recostó a su lado, pero en lugar de mirar el paisaje, la vio dormir.

Pasó levemente la mano en su mejilla. Su piel era suave y tibia; pero sobre todo podía apreciar la dicha que solo un hombre puede sentir al saberse el dueño del mundo y ella, era su mundo. Al experimentar la caricia dulce en su rostro, suspiró antes de comenzar a moverse y finalmente despertar.

—Hola —la saludó Leonard.

—¿Cómo —carraspeó Gabrielle— te fue?

—Muy bien, tengo un obsequió para ti.

—¿De verdad?

—Ven —ordenó, mientras se levantaba y le tendía la mano para ayudarla a ponerse de pie. No la soltó cuando iniciaron el camino hasta su alcoba, abrió la puerta y ambos entraron. La cerró con seguro y pacientemente esperó a que Gabrielle lo mirara de nuevo.

—Espero que combine con tu vestuario de mañana.

Leonard la condujo hasta el tocador y tomó una caja rectangular de terciopelo verde, que ella abrió sin dudarlo. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Había un tocado para el cabello, con una mariposa central que se acomodaba en la nuca y cadenas que caían uniéndose al largo de su cabello. Las piedras que adornaban a la pieza de joyería eran esmeraldas, que combinaban con su vestido del mismo color.

—Es bellísima. ¿Cómo la elegiste?

Gabrielle dejó el tocado de nuevo en la caja y la depositó suavemente sobre el mueble. Se giró para enfrentar a su esposo.

—Digamos que tuve ayuda para elegirlo —respondió besando su cuello.

—Mmm ¿Por qué me la has dado aquí, en tu habitación y no abajo?

Gabrielle coloco sus manos en el cuello de Leonard.

—Porque te extrañé y quiero recuperar el tiempo perdido.

—¡Oh! Vaya. ¿Y qué has planeado para recuperarlo?

—¡Leerte!

—¿Qué? —preguntó desanimada.

—Leerte he dicho.

—¡Oh!...—ella le quitó las manos de encima.

—Sí, señora Du Pac. Voy a leer cada centímetro de tu piel.

Leonard la tomó entre sus brazos llevándola hasta la cama donde la arrojó descuidadamente.

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Blaire estaba dando los últimos toques al peinado de su señora, ese día no solo era importante por ser el primer baile de los señores, sino que sería posiblemente la última oportunidad para que Gabrielle se convirtiera en una dama respetable. Gabrielle se presentaría de nuevo ante la sociedad bajo el brazo de su esposo, un hombre joven y hermoso que además era inmensamente rico.

Todos sabían que la unión de las familias Du Pac y Stravella las consolidó como las más poderosas del país. Ya no solo eran un par de socios que podían romper las relaciones cuando lo desearan o en el instante que ya no se convinieran; no, con los herederos unidos en sagrado matrimonio ahora eran invencibles ante cualquier competencia.

—Señora, está hermosa.

—Gracias, Blaire. ¿Te digo algo?

—Dígame…

—Estoy nerviosa.

—No lo esté, pues no va a estar sola. Su esposo la protegerá ante cualquiera que se atreva a faltarle el respeto. Además, la familia del señor también estará allí y van a cuidar de usted.

—¿Y sí es de ellos de quienes me tengo que cuidar?

—Para nada, señora. Ellos nunca le harían daño al señor intencionalmente. Lo aman. Y usted lo hace feliz, lo ha hecho cambiar para bien… ¡Mírelo! Está lleno de vida. En cuanto lo vean sabrán que la causa de todo, es usted, entonces la amarán, incondicionalmente. Créame.

—No sé… cómo actuar ante ellos.

—Como usted misma, señora. Imagínese que intenta ser alguien que no es, ellos lo sabrían de inmediato. No intente agradarles porque esa no es usted y no le agradaría a su esposo.

—Solo debo agradarle a él.

—Sí. Mi señor aprecia la honestidad.

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Leonard estaba esperando a Gabrielle al pie de las escaleras, nervioso caminaba de un lado a otro; mientras ajustaba su sombrero, se quitaba y ponía los guantes o jugueteaba con el bastón en sus manos.

Gabrielle carraspeó para hacerse notar, tenía ya un tiempo allí observándolo tan nervioso como ella. Así que decidió que pasara lo que pasara, esa noche sería solo la noche de ambos.

Leonard miró hacia arriba, quedando hipnotizado por la vista que regalaba su esposa. Parecía su preciada musa del bosque, negándose a ser vencida por el invierno.

—¿Qué, no te gustó mi atuendo? —preguntó con una sonrisa traviesa.

—Al contrario. Estás hermosa…

—Gracias.

Leonard le ofreció el brazo y salieron de la casa, subieron al carruaje y se acomodaron uno junto al otro. Cuando este comenzó a avanzar, miró a Leonard notando su ceño fruncido…

—¿Sucede algo, Leonard?

—Sí… No… Estás muy hermosa, yo… ¡Dios! ¿Y sí mejor regresamos?

—¡Oh, no! No me vestí así para que me tomes por el pelo y me lleves de vuelta a tu cueva. Usted me llevará a ese baile, bailaremos toda la noche y regresaremos a casa al amanecer. Es más, tus primos tendrán que echarnos a la calle, para deshacerse de nosotros.

Leonard soltó a reír más relajado. No es que quisiera encerrarla para que nadie la viera, pero en realidad estaba mostrando demasiado para ser modesto.

—Gabrielle, no me culpes por querer regresar, tu vestido es totalmente indecente, además tenías que vestir de blanco, ¿no?

—Mientes, Leonard. No es indecente es solo que estás celoso y, sí, tenía que ser blanco el vestido, pero, ¿sabes qué? Todos allá hablarán de nosotros, entonces, ¿por qué no darles un buen motivo para hacerlo?

—¡Sí! Sí estoy celoso, no quiero que nadie te mire. Te hable y… Además, Amy va a matarme, es una odiosa obsesionada con la buena etiqueta.

—Y yo solo quiero que me mires tú. Amy, no me importa, nadie de tu familia me interesa.

—Si solo quieres que sea yo el que te mire, ¿por qué un vestido excesivamente escotado y verde?

—Porque no quiero que mires a nadie más que a mí. Quiero que cuando no estemos juntos en ese lugar no puedas perderme de vista. Y que no tengas otro horizonte que no sea el mío.

—Y tú ¿a quién mirarás?

—¿No es obvio? Mis ojos solo buscarán a los tuyos.

Leonard tomó la mano de Gabrielle y depositó un beso en su palma.

—En ese caso, mi señora debo advertir que tal vez no pueda bailar con usted toda la noche, aunque lo desee. El ultimo baile al que asistí mi corazón solo pudo tolerar una pieza.

—Me alegro que así fuera, apuesto que te habría perdido de haber podido bailar toda la noche.

Leonard negó con una sonrisa triste.

—A puesto a que tu corazón estaba empeñado en esperarme y solamente podrá soportar bailar conmigo, señor Du Pac. Y si no es así… entonces, te prometo mi noche solo para el goce de tu dulce compañía.

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León Du Pac miraba a los invitados reír estúpidamente intentando entablar conversaciones vanas con sus sobrinos, los Duques de Whitlock, Jerry y Amy Du Pac. Ya sea por la tonta creencia de que podrían algún día realizar negocios con ellos o gozar de los beneficios de su buen nombre.

Los nuevos ricos, como llamaban a los norteamericanos que no tenían ni dos generaciones de haber hecho su fortuna, sostenían la tonta creencia de que, por hacer amistad con un Duque, ascenderían socialmente.

León estaba asqueado, miró a su esposa Amber que con su dulzura había conquistado su frio corazón. Tal vez era por eso que toleraba poco las fiestas sociales, solo por ella, a la que quería darle siempre lo mejor. Además, después de haber nacido en una cuna de oro, le costaba demasiado no vivir con opulencia y bueno… ¿Qué se le iba a hacer? Soportar a esos bobos, un rato bien valía la pena.

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Robert Stravella había perdido bastante peso, pues la situación problemática en la que se encontraba su familia lo tenía intranquilo. ¿En qué momento sus hijas perdieron el camino convirtiéndose en enemigas? ¿cómo fue que llegaron a tanto por un completo idiota? Lentamente cruzó el salón con una Renée siguiéndolo. ¿Cuánto había amando a Renée? Demasiado. Hubiera hecho por ella cualquier cosa, pero nunca fue suficiente para ella. Él nunca fue suficiente y entonces… el amor simplemente murió.

—¡León!

El hombre rubio se dio la vuelta, encontrando a su amigo Robert, sí, León Du Pac consideraba a Robert no solo su consuegro sino su amigo. Así que sonrió.

—¡Robert, amigo mío! —Abrazó al hombre y luego saludó a la mujer que aguardaba para ser reconocida por él—. ¡Renée! —Tomó la mano de la dama y depositó un beso en ella.

Un gesto galante y arraigado en su noble educación.

—Señor León, es un gusto volver a verlo en condiciones, más felices.

—¿Disculpe?

—Usted me entiende. Gabrielle me avergonzó tanto, todavía lamento su conducta con Leonard. Un muchacho muy excepcional.

—No debe sentirse mal, por algo que fue hace mucho tiempo, además, la actitud de su hija no fue otra que la de una mujer que estaba siendo forzada a contraer nupcias, creo que eso es algo difícil de asimilar. Así que no guardo ningún rencor a Gabrielle, ni a usted.

—Te dije mujer que no debías mencionarlo —sancionó Robert a Renée.

Ella le dio una mirada dura a Robert y luego se volvió nuevamente a León.

—¿Dónde está Amber? Me gustaría saludarla

—Por supuesto, —León miró de un lado a otro en busca de su esposa—. ¡Allí está! —, mencionó señalando la dirección en donde se encontraba una sonriente Amber, conversando animadamente con su sobrina Aline Du Pac Duquesa de Hyde.

Renée le regaló una sonrisa forzada a León.

—Iré con ella. ¿Sí me disculpa?

—Adelante.

León sabía muy bien cuánto le pesaba a esa mujer que su hija no hubiese ganado un título nobiliario con el matrimonio de Leonard. Pero, ¡por Dios! La mujer no tenía una gota de sangre noble en sus venas. Y, aun así, en cuanto se enteró de que su primo era el gran Duque, tuvo que preguntar a Amber, cuál era su título. ¡Qué mujer!

Más su dulce Amber le había respondido con toda la honestidad que se puede tener con alguien como la señora Renée.

«¿Título? ¡Oh, sí! Me gané uno al casarme con León y es el de: "La plebeya, segunda esposa"».

Esa noche en la privacidad de sus habitaciones habían reído y reído de la mujer.

—Lo siento, siempre me fue muy mal intentando controlar la lengua de mi esposa.

—No hay cuidado.

—¿Has tenido noticias de nuestros hijos?

—Sí, al parecer están llevándose bien.

Robert, dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

—No los he visto.

—No han llegado no te…—León no terminó la frase ya que, el nombre de su hijo fue anunciado; provocando que las miradas de algunas personas se dirigieran, hacia la entrada. Ya que muchos sabían que León Du Pac había logrado arrebatar a la señorita Stravella de los brazos protectores de su padre, para casarla con su hijo.

Al que no conocían, pero que era famoso porque nadie en la familia realizaba un negocio sin antes decir: «Lo consultaré con mi hijo, Leonard. Su propuesta será analizada por mi primo, Leonard. Recibirá la respuesta de Leonard con el abogado de la familia».

Cualquiera que se hiciera llamar hombre de negocios sabía que el verdadero genio detrás de la inmensa riqueza que la familia Du Pac estaba generando era Leonard, por lo que, si querían llegar a un negocio con ellos, tenían que llegar primero a él. Solo que el genio era imposible de encontrar.

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Cuando el carruaje llegó a su destino, Gabrielle echó un vistazo a la entrada encontrándose con la también llegada de la amiga de su madre, la señora Foster, una vieja chismosa a la que Gabrielle odiaba, pues había sido ella que sugiriera a su madre el internado en Francia cuando era todavía una niña. Una mujer con la lengua llena de veneno.

—¿Sabes qué Leonard? Mejor sí volvamos a casa.

Leonard siguió la mirada de su esposa. había una mujer con un vestido blanco, guantes de satín, una estola que parecía la piel de un oso blanco muy exagerado para la pequeña altura de la mujer.

—¿Quién es ella?

—Una bruja.

—Mi tatarabuelo, perseguía vampiros y brujas durante la santa inquisición.

Gabrielle miró a su esposo. Tenia el ceño fruncido el cual borró al imaginar a Leonard persiguiendo a la horrible mujer con una antorcha en la mano y un grupo de fieles seguidores. Ambos rieron pues se habían imaginado una escena parecida.

—¿Lo harías por mí?

—Sí, por ti conquistaría el mundo y quemaría a todas las brujas.

—Entonces entremos y demos de qué hablar.

Leonard bajó del carruaje y se giró para ayudar a su compañera a bajar, también. Gabrielle tomó el brazo del joven y juntos caminaron dentro de la casa.

Cuando fueron anunciados ya tenían un plan, entrar con una sonrisa despampanante, mirarse a los ojos y luego buscar de inmediato a la familia de Leonard e ignorar a cualquiera que se atreviera a acercarse a dos perfectos desconocidos.

Leonard fue el primero en encontrar la mirada aguda de su padre León.

—Encontré a mi padre.

—Entonces vamos, cariño.

Ambos se miraron y sonrieron; emprendieron el camino hacia León, Leonard con la mirada fija en él y ella en la de su padre el cual encontró a un lado de su suegro.

Gabrielle que todavía guardaba rencor a su padre, no le demostraría nunca si ella padecía ante su rechazo, jamás le revelaría que estaba tan deseosa o no de sentirse de nuevo aceptada por él, si quería que la perdonara por todo el desastre que había ocasionado. No, ella lo amaba, pero el tiempo para pedir disculpas había pasado y él la había rechazado por lo que ni siquiera pensaba rogarle por unas palabras, por unos minutos de su tiempo.

Gabrielle caminaba con la frente en alto, una sonrisa engreída y mirada fría. Mientras que Leonard llevaba una sonrisa alegre, caminaba erguido, a paso firme y decisivo como si este fuera el rey del mundo y gozara de una salud. Nadie pensaría jamás que padecía del corazón o que apenas unos meses atrás el ni siquiera era capaz de ponerse en pie por sí solo.

—Señor Stravella —Leonard saludó primero a su suegro y luego le dio la mano a su padre—. Padre.

—Leonard, Gabrielle es un gusto volver a verte.

—Igualmente, señor Du Pac.

—León.

—Nunca podría llamarle de esa forma, lo siento —respondió Gabrielle con honestidad.

León miró a su hijo y este simplemente respondió subiendo los hombros. No le importaba en lo más mínimo que ahora León no pudiera acercarse a Gabrielle. Se había ganado a pulso la desconfianza de la joven. León asintió.

—¿Gabrielle, no saludarás a tu padre?

Finalmente, Gabrielle miró al hombre que le dio la vida.

—Buenas noches, señor Stravella —dijo la joven luego se dirigió a su esposo—, vayamos a saludar a tus primos.

—¡Claro! Con permiso.

Ambos caminaron hacia Amy que los había visto llegar e interactuar desde lejos con sus padres. estaba emocionada pues su querido primo estaba totalmente transformado. Y la joven parecía sentirse cómoda con la cercanía de Leonard, por lo que dedujo que se estaban llevando estupendamente.

—Amy —llamó Leonard a la joven que mantenía la mirada fija en su esposo.

—¡Oh! Gabrielle estás bellísima, definitivamente el verde es tu color.

—Amm ¿Gracias? —le sorprendió darse cuenta de que no estaba molesta por arruinar su perfecto baile.

—¿Amy, estás ignorándome?

—Le has dicho a Jerry que soy una mala influencia para él, Leonard.

—¿Y, no es así?

—Por supuesto que no, tonto —Amy se dirigió a Gabrielle de nuevo—. Bueno querida dejemos un momento a este señor. Saludemos a la Tía Amber y Aline… por cierto tu madre estaba con ellas hace unos momentos —miró en dirección de un grupo de mujeres que conversaban—, sí mira sigue allí, seguro que querrás saludarla.

Gabrielle miró a Leonard suplicándole que la salvara de ver a su madre. Así que tomó a su esposa por la cintura arrebatándosela a Amy que ya la estaba arrastrando por un brazo, hacia el grupo de mujeres.

—Lo siento, Amy; pero voy a bailar con mi esposa.

Y fue así como Leonard llevó a Gabrielle al centro de la pista de baile, justo en el instante que iniciaba un vals.

—¿Vestido verde? —preguntó Aline detrás de Amy que miraba a la bonita pareja caminar hacia el centro de la pista de baile.

—Como toda una buena Du Pac, dará de qué hablar.

—Pues ya era hora de tener algo novedoso, las tardes de té se han vuelto aburridas.

—Sí, has exprimido hasta el último chisme de la ciudad, supongo que Gabrielle hará más amenas, tus tardes.

—¿Crees que deberíamos llevarla con nosotras?

—Sí Leonard nos la presta, yo creo que sí. Dicen que tiene una lengua inteligente y muy afilada.

Los primeros acordes del Vals comenzaron a sonar mientras que ellos estaban colocándose en posición. Su mano en la pequeña cintura de su esposa, lo hizo tragar saliva. Estaba seductoramente hermosa y Amy tenía razón el verde era su color. Sus dedos sintieron las cintillas que amarraban el corsé del vestido.

—Parece nervioso, señor Du Pac.

Leonard sonrío, sí estaba nervioso. Quería abrazarla, demostrar a todos que ella era suya. No habían pasado desapercibidas las miradas lujuriosas de los hombres que miraban a su mujer detrás de sus esposas o acompañantes, ni las miradas horrorizadas de las ancianas o las miradas envidiosas de las jóvenes solteras y que decir de las celosas esposas.

No fue una casualidad que él la llevara al centro de la pista haciéndola lucir aún más, todas esas mujeres vestidas de blanco por la orden de Amy enmarcarían a su mujer vestida de color verde, porque así lo había querido ella, demostrando su oposición ante la hipocresía de las buenas costumbres.

Entonces, ¿Por qué no debía ayudarla a lucirla incansable como la diosa pagana que su lujuriosa mujercita era?

Leonard mando al diablo las buenas costumbres, el recato y toda esa estúpida doctrina con la que lavaban el cerebro a las niñas y niños. Hubo un tiempo en el que él se rigió bajo esas costumbres, que se prometió que no haría nada inapropiado como casarse con alguien que no fuera de su clase, que intentaría limpiar un poco el nombre Du Pac, que procuraría reparar el daño que su padre había causado al honor de su familia hacía muchos años, que compensaría un poco… ¿Y cómo había pagado la traición que le hizo a su madre al avergonzarse de ella?

Casi con la muerte. No fue rechazado por no tener el dinero suficiente para asegurar prosperidad, claro que no. Ni siquiera por ser un noble sin título, tampoco. Fue rechazado porque la vida no le alcanzaba para demostrarle a una mujer de una buena familia, dulce y educada… su valía.

Y aquí estaba Gabrielle, una mujer apasionada que daría todo por el hombre que amaba, una mujer que fue incomprendida, pero no todo había sido su culpa, no. fue de aquel hombre que la orilló a esa vida. Si realmente la hubiera amado, él hubiera enfrentado al mundo, divorciándose de su esposa, y finalmente ambos hubieran enfrentado a la sociedad hipócrita que los hubiese castigado por un largo tiempo.

Así, cómo su padre.

Sin embargo, la llevó a vivir entre sombras y mentiras, la sedujo llevándola por el mal camino y sus padres sin comprenderla la castigaron casándola con un desconocido, lo cual daba gracias por eso, pero, él juzgaba a Robert Stravella porque se la había ofrecido como si ya no quisiera más que ver con el problema que era su hija.

Y como Leonard no tenía todo el tiempo del mundo porque seguramente moriría joven, últimamente había decidido vivir cada momento de su vida como mejor le pareciera a él y no a otros, Acortó la distancia adecuada con la que se debe sujetar a una dama, la apretó fuertemente y susurró en su oído:

—Bueno es que esto te parecerá pervertido, pero me preguntaba si llevas ropa interior debajo.

Ella olía a flores silvestres, sentía que abrazaba a la maldita primavera, transportándolo a esos días en el prado donde muchas veces casi le hacia el amor, bueno se lo había hecho con sus caricias ardientes y besos indecentes…

—Realmente ¿quieres saber?

Leonard sonrió, esta vez no con diversión o no la sonrisa era seductora.

—No lo sé.

Ambos se miraban a los ojos con una intensidad que algunos espectadores bien pudieron traducir como la de dos amantes obscenos que estaban seduciéndose. Los labios de Gabrielle se entreabrieron. Y Leonard relamió los suyos.

—¿Están haciendo lo que creo que están haciendo? —preguntó una Aline a una Amy, igualmente impresionada al ver a su primo siempre recatado y bien educado comportándose un hedonista.

—¿Qué me harías si no llevara nada debajo?

Preguntó Gabrielle en tono seductor.

—¿No llevas? —el aliento de Leonard en su oído erizó la piel de su cuello.

—¿Quieres saber?

Pero no respondería, porque ya tenía un plan para descubrir si su esposa había sido osada o no. En cambio, preguntó:

—¿Lista para dar un espectáculo?

Y sin previo aviso, comenzó a girar con ella por la pista de baile bajo su propio ritmo y coreografía demostrando así que nadie los gobernaba, que eran libres de hacer lo que quisieran que se comerían al mundo y si alguien osaba en ponerse frente a ellos los arrojarían a un lado como esas parejas que al verlos acercarse con rapidez se hacían a un lado interrumpiendo su propio baile. Lucían hermosos e impresionantes que simplemente poco a poco las parejas dejaron de bailar.

—Ves eso Aline, se han llevado el baile de la noche a su pequeño mundo de amor.

—Sí. Lo han hecho.

Amber estaba agradecida con Gabrielle, pues sin querer les estaba regalando un hermoso recuerdo de su hijo, bailando como nunca, tan lleno de vida, feliz y completamente enamorado. Su corazón podría detenerse en ese instante o mañana y no importaba ya realmente porque el saber que logró lo que para algunos era imposible, la felicidad absoluta, eso les brindaría un poco de consuelo.

Gabrielle nunca en su vida se había imaginado como una princesa bailando con un príncipe, pero se sentía ahora como una. Y era tan feliz…

Leonard giraba y giraba con Gabrielle al ritmo veloz de la música y cuando este volvió a ralentizarse, lo lamento, porque su pareja estaba feliz y brillaba como el sol calentando su alma y haciendo arder su corazón.

—¿Cómo se siente tu corazón? —preguntó Gabrielle.

—Con ganas de bailar toda la noche.

—Pues entonces hagámoslo.

Y un nuevo baile comenzó

Renée Stravella miraba hipnotizada a su hija.

—Me recuerda a ti —dijo Robert a su lado.

Sí a ella también le recordaba así misma, en otros tiempos. Bajó la mirada y cerró los ojos con dolor. Respiró profundo para contener las lágrimas que estaban a punto de derramarse. Luego lo miró a los ojos.

—Sí, también a mí. Me alegra ver, que ella sí pudo abrirle las puertas de su corazón a su esposo.

Robert Stravella limpió una lágrima traicionera de la mejilla de su esposa, en nombre de las ruinas que ahora era su antiguo amor por ella. Un gesto, más que nada, gentil. Y Renée lo sabía, Robert Stravella la había dejado de amar hacia muchos años atrás, no le reprochaba pues, ella nunca lo amó. Le apreciaba porque era u buen hombre, pero para ella no fue suficiente. Tras sonreírle cálidamente en agradecimiento a su esposo le dio la espalda y desapareció de su vista.

Jerry Du Pac se acercó a su esposa y tocó su hombro para llamar su atención.

—¿No te parece que deberíamos mostrarles a nuestros invitados que los Duques de Whitlock también sabemos bailar?

—Sí, esos dos primos nuestros, nos están robando la noche.

Jerry llevó a su esposa hasta la pista de baile al igual que Emmet que jamás se quedaría atrás. Y entonces varias parejas reanudaron sus bailes abandonados.

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Al termino de la pieza Amy le arrebató a Gabrielle y, Jerry y Noel se lo llevaron lejos de su esposa.

—¡Vaya, vaya! Primo quién lo hubiera dicho. ¡Tienes sangre real en esas venas! Creí por años que ninguna mujer lograría ponerla en movimiento alguna vez. ¡Siempre tan rígido!

—Supongo que tienes razón Noel, solo era cuestión de encontrar a la mujer adecuada.

—Entonces ¿ya consumaron?

—¿Qué?

—Jerry dijo que no.

—Solo mantengo informada a la familia por cuestiones de negocios, ya sabes.

—No.

—¿Y qué esperas?

—¿Amor?

—Toma —le ofreció una llave.

—¿Qué es esto?

—Cuarto piso, ultima habitación —respondió riendo, colocándola en las manos de Leonard, luego, se marchó.

—Tu hermano es un idiota. ¿Y por qué tiene una llave de las habitaciones de tu casa?

—Era eso o encontrármelos en cualquier momento en algún pasillo de la casa durante sus visitas.

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Gabrielle iba custodiada por la duquesa Whitlock por un brazo y por el otro la duquesa Hyde.

—Mira Gabrielle, como ahora eres una Du Pac te presentaremos como tal y te llevaremos a toda reunión social a la que seamos invitadas así que ve advirtiéndole a mi primo que pasaras menos tiempo a su lado —decía Amy mientras se acercaban a un grupo de mujeres.

—Seguro debes pasarla muy mal encerrada todo el tiempo.

—En realidad, no. No soy muy sociable.

—¡Gabrielle! —Tanya la llamó mientras se acercaba a las tres mujeres.

—Tanya…

Gabrielle se había acercado y besado ambas mejillas de la dama.

—Espera, espera…—Tanya se dirigió a las damas que habían organizado tan hermosa velada— Señora gracias por la invitación.

—Señora Tanya, el gusto es nuestro.

—Ahora, sí. Gabrielle ¿Quién es esa mujer que habla con tu esposo?

Gabrielle se giró para ver a una bella joven de cabello castaño rojizo, tocando el brazo de su esposo. Él se notaba incómodo. Aline y Amy también miraron al instante.

—Amelia Mallory —dijo Aline.

—Su padre quería entablar una asociación con mi tío, hace algunos años. Por lo que Leonard y Amelia fueron buenos amigos —dijo Amy.

Pero la mente de Gabrielle ya estaba girando. El recuerdo de una Blaire haciéndole confesiones de la vida de su esposo en Londres vino a su mente.

—¿Es la dama con la que Leonard quería comprometerse? —preguntó a las mujeres.

—¿Leonard te habló de eso? —preguntó Aline, pues esa mujer era innombrable para Leonard.

—Amm, no.

—No te avergüences, querida. No hay nada de malo en investigar las andanzas de nuestros maridos —consoló Amy.

—¡Oh, por Dios! Esa bruja no deja de toquetearlo y sonreírle —Tanya susurró en su oído.

Gabrielle de nuevo llevo la mirada en dirección de su esposo.

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En cuanto se deshizo de Jerry y Noel, otro par de hombres lo abordaron rápidamente presentándose. Pero Leonard ya estaba cansado de extrañar a Gabrielle por lo que, sin vergüenza alguna y, pareciendo algo snob, se disculpó y abandonó al par de hombres. Fue entonces que se encontró de frente con Amelia.

—¡Leonard!

—Amelia.

—¿Cómo has estado?

Leonard de inmediato buscó con la mirada a su esposa. La encontró del otro lado del salón con sus primas y la señora Tanya.

—Bien. Gracias.

—Leonard, lamento lo que paso en Londres.

—Es pasado Amelia.

La mujer dirigió la mirada en la dirección que Leonard miraba. Vio a la hermosa mujer que parecía estar teniendo una conversación mental con Leonard. Él le sonrió a la chica y ella igual.

—Es muy bonita —dijo Amelia.

—Sí —Leonard giró su rostro hacia Amelia—. Es mi esposa.

Amelia jadeo.

—Si me disculpas Amelia. Le prometí a Gabrielle bailar con ella toda la noche.

Amelia lo vio marcharse con aquella mujer. Un hombre de edad avanzada se acercó.

—¿Quién era ese, querida?

El anciano tenia los dientes podridos por lo que el hedor de su boca era insoportable.

—El hijo León Du Pac. Un antiguo socio de mi padre. Querido.

—¿Por el que se fue a la ruina, tras romper su asociación?

—Sí.

—Estoy cansado, me duelen los pies. Volvamos a casa, ¿quieres?

—Sí, esposo.

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Y como lo había prometido Leonard, ambos bailaron durante la velada, en algún momento de la noche abandonaron el lugar. Sin despedirse.

Leonard e Gabrielle caminaron tomados de la mano hasta la segunda planta donde se encontraban sus habitaciones. No había charla, ni risas o coqueteos, en realidad ambos se encontraban sumergidos en sus propios pensamientos, Leonard, no podía dejar de pensar en su charla con Noel, ¿debería finalmente hacerla su mujer? ¿debería decirle a Gabrielle que León en realidad solo estaba manipulándola para que se acercará a él? León había tejido una telaraña para que ella quedara atrapada en los brazos de su hijo. Ambos habían caído en lo mismo. Y Robert, bueno él solo quería ayudar a su hija.

Gabrielle, quería decirle a Leonard que lo amaba, que se había enamorado de él como una idiota; pero, ¿cómo podría decirle para que él le creyera? ¿Y si pensaba que estaba intentando manipularlo para que le diera ese condenado niño?

Leonard se detuvo frente a la habitación de Gabrielle, trayéndola de nuevo a la realidad. Leonard se relamió los labios, había querido besarla desde siempre, y esa noche se sentía más sediento que de costumbre.

Gabrielle miró la punta de la lengua de su esposo humedecer aquella carnosidad que guardaban las palabras más dulces escuchadas y ese mismo apéndice que seductoramente se asomaba a veces en las sombras otras a plena luz del día bajo los rayos de sol y que le proporcionaban suspiros agónicos cuando lamía su sexo.

—¿Por qué nunca me has besado? —Gabrielle le preguntó al fin a su esposo, sus ojos oscurecidos, nublados por el deseo de sus labios en su boca.

Leonard dijo riendo:

—Porque nunca me lo has pedido.

—Un beso deseado nunca debería solicitarse con palabras, Leonard.

—Por la manera en que amenazaste con la mirada al obispo… Creí que tal vez no te gustaban los besos.

Ella sonrió, se dio la media vuelta, abrió la puerta y luego, se giró de nuevo hacia él. Levantó su mano derecha y se la ofreció a Leonard, en una clara invitación a su habitación.

Leonard, miró un momento esa delicada mano. Antes de dirigir su mirada a los ojos verdes de su esposa y decir:

—Si entro nunca te dejaré ir…

Ella asintió en aceptación.

—No quiero irme.

—Pero, si algún día te atreves a mirar a otro hombre seré terrible contigo, nunca estaré dispuesto a compartir tus besos y si se te ocurre huir de mi lado, me temo que me matarás. Aunque, si por azares del destino, sobrevivo y vuelves… juro por Dios, Gabrielle, que te destruiré.

—No habrá nadie después de ti, nunca. Nunca querría escapar de tu lado, Leonard. Quiero quedarme contigo, para siempre.

Leonard miró de nuevo la mano de Gabrielle, sin desear dar marcha atrás la tomó dejándose guiar por ella. La amaba y ya era hora de que ambos expusieran lo que sentían y hacia donde irían ahora.

Noche de bodas

La habitación se encontraba bajo la tenue luz de una lámpara. Leonard la seguía sin soltar su mano. Aceptando darle al fin, lo que le pidiera.

Gabrielle le echó un vistazo al hombre que amaba. Podía sentir el temblor de su mano, el calor de su piel; posiblemente ella también temblaba; posiblemente también sudaba. Pero, él nunca lo diría, es un caballero.

Estaban al pie de la cama, uno frente al otro; contemplándose con los ojos nublados de anhelo. Permanecían con las manos atadas a la altura de sus rostros, su unión era una vista asombrosa, con sus índices grabando sus caricias.

Podían sentir emanar de sus palmas una extraña energía, a veces fría, otras veces caliente. Mientras se entremezclaban se reconocían, se adoraban.

El cosquilleo de sus toques, recorría su piel, pasaba por sus brazos y se alojaba en sus pechos un instante; luego, continuaba el sendero de sus columnas. El latido inquieto de sus corazones, agitaba su sangre, martillaba sus almas. Sus labios resecos, rogaban por un beso. Todo lo que se escuchaba en la silenciosa habitación, eran los suspiros enamorados. Las sonrisas tiernas, estaban llenas de nerviosismo y curiosidad.

Las palabras silenciosas retumbaban en sus oídos; y los mensajes ocultos taladraban sus almas. Cuando Leonard apretaba su mano los te amos discretos llegaban a sus corazones.

Sexo húmedo,

sexo tibio.

Leonard se acercó un paso y con su otra mano levantó el mentón de la mujer a la que deseaba robarle un beso.

Los Labios entreabiertos de Gabrielle, parecían inocentes y seductores. Lo llamaban para beber la vida, beber de su espíritu de lucha. La caricia húmeda de su lengua se encontraba con la de ella.

Sus alientos de vida, se entremezclaban.

Uno, dos, tres roces de sus lenguas fueron suficientes para encender su pasión.

Mentón dulce.

Mejilla áspera.

Besos ardientes,

lenguas húmedas,

cavidades oscuras.

Manos errantes.

Gabrielle le dio la espalda.

Manos temblorosas.

Nudos chocantes.

Cintas imposibles.

Espalda desnuda.

Cicatrices, besos y roces.

Piel erizada, rodillas temblorosas.

Leonard la sujetó del brazo y le dio la vuelta; luego, llevó las manos detrás de la espalda de su mujer y le desató la falda.

Gabrielle desabrochó la camisa.

Pecho delgado.

Piel caliente.

Suspiro agónico.

Leonard la tomó de la cintura y la arrojó al lecho; después se desnudó antes de unirse a ella. Gabrielle se sentó en la cama, tan solo para sujetar su cuello y arrastrarlo de vuelta a sus labios.

Piel desnuda.

Piernas abiertas.

Dedos errantes.

Centro mojado.

Botón sensible.

Beso suplicante.

Dedo índice.

Dedo medio.

Movimientos suaves.

El sonido de su voz invocando su nombre, lo complacía. Las mejillas sonrojadas de su amante, lo deleitaban. Con la espalda arqueada, lo invitaba. Los labios lesionados manchados de rojo, lo encendía. Las uñas afiladas, rasguñaban sus hombros.

Los senos desnudos, estaban hinchados. Su mano errante, apretaba su carne. El pezón erecto, lo llamaba, la punta de su lengua le regaló una caricia traviesa. Su gemido desesperado entrenaba sus manos. Flor abierta, con aroma a almizcle.

EL cuello expuesto de Gabrielle, lo inducía; las caderas hambrientas, danzaban a otro ritmo, obligando a sus manos a comenzar de nuevo, con movimientos raudos. Los puños cerrados, sujetaban las sábanas.

Y los gritos desesperados, eran súplicas agonizantes. La energía contenida de su alma, deseando explotar. El dedo pulgar travieso, jugueteaba el botón de amor.

Gemidos agónicos.

Mordidas dulces.

Miradas suaves.

Dulces palabras.

Oscuridad infinita.

Cuerpo arqueado.

Placer…

Leonard vio a Gabrielle estallar en llamas, llevó sus dedos a su boca y probó su sabor. Sediento depositó un beso en su rodilla. Abrió más sus piernas, miró la flor desnuda y con veneración, se inclinó hacia el frente. Lamió su sexo, una, dos, tres veces… su lengua juguetona, la hizo gritar.

Las manos de Gabrielle acercaban más y más a su amante al centro de su universo. Podía ver las estrellas en el infinito, cuando su lengua la penetraba y sus manos la apretaban. Abrió los ojos para verlo enterrado en ella, gimió de placer, arqueó la espalda, suplicó por más.

Gabrielle explotó.

La boca sedienta de Leonard, bebió los jugos de su esposa. Con besos apasionados recorrió su vientre, con la lengua probó su piel salada, llegó a sus senos y los mordió con ternura. Besó su pecho, succionó su cuello, lamió sus labios, llevó sus manos a los costados de su cabeza.

Gabrielle abrazó sus caderas, con las piernas. Leonard negó, soltó una mano, llevó su pierna al hombro.

Sangre caliente.

Centros ardientes.

Penetración.

Danza antigua.

Alientos desesperados.

Pasion desbordante.

Anhelo.

Gemidos.

Cuerpos sudorosos…

Cuerpo erguido.

Hermoso Querubín.

Sexo frío.

Leonard la hizo girar.

Espalda desnuda.

Mejillas expuestas

Centro húmedo.

Centro estrecho.

Dedo índice.

Cavidad oscura.

Gemido violento.

Espalda arqueada.

Pieles sudorosas.

Choques frenéticos.

Euforia.

Cabello atado.

Joyas rotas.

Cabeza atrás.

Grito ahogado.

Balanceo lento.

Latidos del corazón

1…

2...

3...

4...

5...

Leonard salió de Gabrielle, ella de inmediato se recostó sobre la cama boca arriba. Leonard se colocó entre sus piernas nuevamente, se recostó y mirándola a los ojos le susurró con voz entre cortada.

—Te amo, Gabrielle.

Ella derramó una lágrima de felicidad o tal vez de vergüenza.

—No te merezco.

—Sí lo haces, nos merecemos Gabrielle. Nunca lo dudes.

Leonard la besó con ternura en un intento desesperado de demostrarle que ella lo había salvado y que por eso estaba agradecido y que no le debía nada y que sí merecía ser feliz.

El beso comenzó suave, sin malicia, ni propósito erótico. Sus respiraciones se entremezclaban y las caricias dulces hablaron, más que mil palabras. Sus lenguas no luchaban por el dominio, ellas bailaban la misma canción.

Cuando el beso concluyó se miraron a los ojos, donde pudieron hallar el verdadero y único amor.

Gabrielle lo hizo girar tomó entre sus manos su miembro, lo llevó a su centro chorreante, jugueteó, para elevarlo, sus miradas eran penetrantes, sin velos, ni misterios. Sus sonrisas fueron sinceras. El balanceo fue lento. Gabrielle cerró los ojos mientras Leonard jugó con sus pechos, se sentó para alcanzar un pezón erecto y tomarlo entre sus dientes.

Flor de Loto

Cosquilleo

Penetración total

Latido inquieto

Abrazo

Orgasmo femenino.

Leonard la soltó para observar cada gesto en su rostro provocado por el placer.

Cuerpo flácido,

Sangre agitada

Labios resecos

Sonrisas tiernas

Palabras silenciosas

Mensajes ocultos

Te amos discretos

Sexo húmedo

Sexo caliente

Gabrielle se separó de él, se inclinó y…

Labios entreabiertos

Caricia húmeda

Uno, dos, tres roces de su lengua…

Gemido licencioso

Caricias prohibidas

Besos errantes

Perlas sensibles

Caderas rítmicas

Espalda arqueada

Infierno

Leonard la alejó….

Latidos del corazón

1

2

3

Mente nublada…

Mentón dulce

Mentón áspero

Besos abrasadores

Lenguas desenfrenadas

Cavidades oscuras

Manos errantes

Manos temblorosas

Leonard la recostó boca abajo…

Sábanas chocantes

Caderas elevadas…

Besos, risas y roces

Piel erizada

Cuerpos temblorosos

Pecho en la espalda

Piel ardiente

Suspiro agónico

Cavidad estrecha

Manos atadas

Orgasmo tántrico

1

2

3

Cuerpos mojados

Leonard la volteó…

Piernas al aire

Manos errantes

Centro mojado

Botón de amor

Beso anhelante

Sus nombres

Pieles sonrojadas

Espalda arqueada

Caderas atadas

Bocas sedientas

Labios lesionados

Uñas cortantes

Embestidas crueles

Senos hinchados

Manos errantes

Gemidos desesperados

Flor abierta

Manos al pecho

Manos a la cadera

Miel almizclada

Cuello expuesto

Caderas hambrientas

Gemidos agónicos

Contracciones

Electricidad

Alas de ángel

Oscuridad

Cosmos

Nirvana

Amor.

—Te amo, Leonard.

Ramin Asadi

Ramin conoció a Danielle cuatro años atrás en un baile al que asistió en representación de su padre; que en ese momento se encontraba embarcado en un largo viaje. Como su representante legal, debía asistir en su nombre e intentar simpatizar con los grandes magnates del país.

Esa invitación le costó a Karam no solo dinero, sino también favores que no quería hacer; por lo que le dio a su hijo la orden de no fallarle. El hombre viejo tenía la fiel creencia de que las mejores negociaciones se llevaban a cabo en medio de reuniones sociales. Aunque su padre lo había preparado para el mejor negocio de su vida, que era enamorar a una muchacha rica, no estaba preparado para el rechazo por ser demasiado joven, y por no tener un poderoso apellido que lo respaldara como un buen prospecto. Demasiado tarde se dio cuenta que cuando se acercaba a un grupo de caballeros simplemente lo ignoraban, quedándose con la mano estirada en espera de un apretón que no llegaría jamás. Le ocurrió en dos ocasiones y se negó a una tercera vez.

Ramin no era como su padre: un hombre que con su altura y cuerpo robusto llamaba la atención de cualquiera; no tenía la voz estridente ni el misticismo que lo acompañaba, porque la gente pensaba que era un contrabandista; y pese a lo que muchos creían o decían en realidad lo admiraban. Si alguna vez lo había sido, un contrabandista, era el secreto de Karam, porque ni siquiera él lo sabía. Tampoco poseía su temple para tomar los desprecios de la gente, sonreír y decir algo ocurrente para burlarse de ellos sin que lo supieran y hacer sentir mal a cualquiera que se atreviese a desafiarlo. No tenía buenos modales, pero al parecer eso no les importaba cuando hablaba de sus aventuras en los mares. Lo único que parecía tener en común con su padre, era el carisma y la palabra fácil con las mujeres.

Así que, si su padre creyó que al asistir a ese baile en su nombre lograría introducirlo sutilmente a la alta sociedad de chicago, se equivocó. El plan de su padre era extremadamente fácil en teoría: encontrar una buena muchacha para casarse con ella, y catapultarlos al éxito inminente.

Se sintió un fracaso porque cuando quiso hablarle a una joven para invitarla a bailar, una vieja hurraca se interpuso entre ambos; tan maleducadamente que seguro su padre se quedaba atrás en modales. Por eso cuando vio a la hermosa señorita: de cabello oscuro, piel morena, mirada intensa y andar sensual, dirigiéndose a él, sonriéndole como si estuviera feliz de verlo, sonrió con entusiasmo.

—¡Buenas noches! —lo saludó como si lo conociera de toda la vida. Ramin se dio cuenta que a ella parecía no importarle la mirada desdeñosa que recibió de una mujer que vio el encuentro con ojos reprobatorios.

—¡Buenas noches, señorita! —respondió Ramin. Galante, besó la mano de la muchacha.

—Me invita a bailar o ¿quiere que sea yo quien lo lleve de la mano a la pista de baile?

—Por supuesto que no. ¿Me concede esta pieza?

Ella no era la mujer más hermosa que hubiese visto en su vida, pero tenía un fuego en la mirada que definitivamente lo llamaba. Cuando una mano tocó la cintura de la joven y la otra su mano, ella habló:

—¿Es usted amigo de Sam Uley? —le preguntó sin recato, directamente como si hubiese lanzado un dardo a una diana, mientras se deslizaban por la pista de baile.

Ramin sonrió.

—Sí, ¿por qué? —la miró directamente a los ojos.

—¿Podría presentármelo? —ella pestañeó varias veces.

Ramin se preguntó si se daba cuenta de que estaba coqueteándole mientras le pedía conocer a su amigo.

—Vaya y yo que creí que estaba interesada en conocerme a mí —dijo con tono ofendido, pero la sonrisa en su bonito rostro lo desmintió.

—Usted sin duda es interesante señor…—Ella levantó las cejas dándole en tiempo para decirle su nombre.

—Asadi, Ramin.

—Mucho gusto Ramin. Soy Danielle Stravella.

Ramin recordó de inmediato a Robert Stravella.

—Entonces, ¿usted está interesada en mi amigo?

—Sí, no quiero parecer atrevida presentándome sola. Y no conozco a nadie que pueda hacerlo por mí. Salvo usted ahora —sonrió.

Y mientras Danielle vivía un tórrido romance con Sam, Ramin había puesto sus ojos en la hermana menor de Danielle.

Gabrielle Stravella se encontraba observando los vestidos que se exhibían en el aparador, que mostraban las nuevas telas que la tienda había traído del extranjero para la temporada, cuando Ramin salió de la oficina para tomar un poco de aire. Había pasado la mañana pagando a los empleados y ya estaba aburrido. Vio a la señorita o niña debería decir, mirar el vestido con ojos soñadores. Era castaña, su piel extremadamente blanca, pero no de un color enfermo, puesto que sus mejillas lucían un bonito rubor, que se apostaba era natural. Su rostro era como el de las muñecas de porcelana que había visto alguna vez de una niña. Se relamió los labios.

En el último año había deshonrado a tres niñatas, que ciertamente no le gustaban. No, las jovencitas no eran de su agrado, eran sosas, inocentes y tontas que veían la vida de color de rosa. Pero a la que tenía en frente era bellísima…

—Buenas tardes, señorita. ¿Ya le atienden?

Cuando ella lo vio a los ojos no encontró asombro, ni mejillas sonrojadas. Sino una mirada traviesa y petulante.

—Sí, ya lo hacen. Mi hermana está viendo algunas telas que acaban de llegar en la parte superior, —señaló con un dedo el segundo piso de la tienda— según dijo el señor Sam.

—¡Oh! Sí, es nuestro nuevo empleado —dijo Ramin, divertido por la manera tan ingeniosa que tenía su amigo para seducir jovencitas.

—¡Oh! Claro, claro. No sabía que el heredero de los Uley trabajara vendiendo telas.

—Bueno… yo soy el heredero de los Asadi y soy un simple empleado más de mi padre. Miré no le miento tengo aquí —sacó un sobre con su nombre del bolsillo de su saco, lo abrió y le mostró los Karamtes que tenía allí— mi paga. Soy Ramin Asadi y ¿usted es?

—Gabrielle Stravella.

—¿Es usted hermana de Danielle?

—Sí. ¿La conoce?

—Claro. Pero creía que usted era más joven, nunca la he visto antes, en algún baile.

—No, porque en realidad nunca asisto.

—¿Y eso por qué?

—Mi madre le dice a mi padre que no quiere presentarme todavía a la sociedad, porque no quiere lidiar siendo la chaperona de dos jovencitas casaderas. Pero aquí entre nosotros —ella se acercó más al joven y él se inclinó para que le susurrara en el oído— no quiere que le quite a mi hermana, las mejores opciones. Además, mi padre tampoco tiene prisa por verme crecer.

Sus labios carnosos rosaron su piel y el aliento con aroma a menta, fue para Ramin como probar la sangre de los Dioses.

—No hay nada más seductor que una mujer que sabe de lo que es capaz.

La sonrisa ladina de la joven se desvaneció de su rostro lentamente en el instante que lo miraba con detenimiento. Se sonrojó al darse cuenta de que había estado hablando con un desconocido.

—Me parece que su color es el verde y no el azul —le dijo para aliviar la tensión.

—El azul es mi favorito.

—¡Vaya! ¡Qué lástima! Apuesto a que él verde resaltaría su cabello castaño. ¡Dios mío! Tiene unos ojos preciosos. ¿Lo ve? —levantó el mentón de la joven para que sus miradas se encontraran— Sus ojos son verdes, no miento. Es usted hermosa.

—¡Ah! —jadeó.

—Sus ojos son dos gemas preciosas. ¡Disculpe! Creo que la he incomodado —dijo en todo de disculpa.

—No, yo… bueno es que yo.

La joven estaba tan nerviosa, que Ramin no pudo resistirse a su inocencia. Por primera vez la inocencia de una joven le pareció encantadora.

—¿Alguna vez la han besado?

—¿Qué?

Al ver su rostro lleno de horror, Ramin retrocedió. No quería espantarla, pero si quería darle algo en qué pensar por varios días.

—La siguiente semana su hermana vendrá, a mirar más telas —rodó los ojos—. Espero poder verla. Hasta luego.

Se despidió besando la palma de su pequeña y fina mano, un total atrevimiento; y salió de la tienda. Antes de cruzar la calle, Ramin, miró atrás para encontrar a la joven perdida en sus pensamientos tocándose los labios con una mano y mirando la palma que había sido profanada con su beso vicioso. Ramin sonrió.

La luna señalaba su camino y su sombra lo acompañaba. Recorría los jardines de la mansión Stravella bajo el manto protector de los enamorados. Ramin estaba perdidamente enamorado de esa niña que estaba convirtiéndose en mujer. ¡Qué Dios no lo escuchara!, pero él quería convertirla en mujer. Y temía que si Dios miraba en su corazón descubriría como castigarlo por todas las cosas malas y deshonestas que había cometido en su vida, más por órdenes de su padre que por su propio egoísmo. Temía que le arrebataran a Gabrielle de los brazos.

Ya se había presentado a la señora Stravella; pero ella lo menospreció por ser hijo de un vendedor de telas que aspiraba a mucho más de lo que debería un buen comerciante a aspirar. Pero no se daría por vencido, no con Gabrielle. Lo que al principio había sido, solo una chica más que cautivó sus sueños y su lujuria dio como resultado: un enamoramiento que lo hacía sentirse atrevido y estúpido. La añoraba, la celaba y la deseaba; pero sobre todo deseaba que fuera su esposa, la quería siempre feliz, al grado de que su único propósito era elaborar planes para sorprenderla y hacerla reír, pensaba en ella, respiraba para ella.

Así que tenía un plan, la deshonraría, no porque quisiera los beneficios de su buen nombre, ni por la dote, como su padre, al que convenció de que Gabrielle era una mejor candidata que Ellen. Aunque realmente no le costó trabajo hacerlo ya que en cuanto pronunció el apellido Stravella, no le importó que hubiese sido la menor, mientras que su buen nombre estuviera atado al de los Asadi.

Ramin no era la clase de personas que se mentía así mismo y mucho menos cuando se trataba de satisfacer sus deseos o en su caso su corazón, él amaba a Gabrielle. Estaba enloquecido, suspirando, soñando con ella como lo haría cualquier joven enamorado.

Y cuando el plan falló e Gabrielle se fue, se prometió que la encontraría o en su defecto, la esperaría. Pero el tiempo, la desesperanza de no saber nada de ella, comenzaron a deprimirlo y llenarlo de rabia en contra de Marie Stravella. Por casi un año se reconfortó con prostitutas, juegos de azar y la bebida; hasta el día que llegó su padre con dos hombres a su lado, que lo sacaron de la cama y le vaciaron un balde de agua fría. Karam Asadi había confiado en que Ramin lograría atrapar a Gabrielle Stravella y de ese modo, con la dote, salvarse de la ruina. ¿Y qué sucedió? Su estúpido hijo lo había arruinado provocando la ira de la madre, se quedaron sin sus mejores clientes porque ella había lanzado sus calumnias sobre ellos. Por si fuera poco, no tenía cómo pagar a sus acreedores. Hizo algunos trabajos que lo ayudaron a mantener las apariencias de su negocio, pero lamentablemente, su hijo comenzó adquirir deudas de juego que se llevaban lo poco o mucho que él lograba juntar para comenzar a eliminar sus deudas, por lo que ya cansado de tener un hijo inútil, decidió ejercer por primera vez en Ramin, la mano dura.

Así que a Ramin no le quedo otra que hacerse cargo del negocio mientras su padre encontraba la manera de deshacerse de las calumnias de Marie. Su padre, un hombre de las calles que había aprendido a sobrevivir en un mundo horrendo lleno de conveniencias, sabía que el verdadero poder radicaba en el conocimiento y no en el dinero. Por eso, había buscado los secretos más oscuros de los Stravella.

Una tarde su padre llegó con un saco de monedas de oro depositándolo en el escritorio de la oficina donde Ramin administraba todo. Marie Stravella comenzó a pagar por su silencio. Karam Asadi había atrapado a Marie. Durante más de un año Marie pagó una cantidad mensual a su padre por su silencio.

Todo hubiese marchado bien, si Danielle nunca lo hubiese buscado un día. Ramin tenía un plan, cuando Gabrielle volviera le pediría a su padre que obligara a Marie a darle la mano de Gabrielle. No sabía, cuál era el secreto de Marie, pero por la manera en la que pagaba puntualmente suponía que era uno grande. La pregunta era si Gabrielle valía el precio del silencio de los Asadi, a los ojos de Marie. Así que cuando su padre escuchó a Danielle, suplicarle a Ramin que hablara con Sam para que no se casara, que no la abandonara porque estaba embarazada, su plan para atrapar a Gabrielle se vino abajo. Karam no iba a esperar a que su hijo lo arruinara de nuevo.

Nunca habló con Sam, le mintió a Danielle, diciéndole que nunca se casaría con ella e incluso le dijo que pensaba en ella como una zorra. Ramin hirió a Danielle tan profundamente que logró romper algunos hilos de cordura.

—¿Eso fue lo que dijo?

—Si no vas a creerme, ¿Por qué no se lo dijiste tú?

—No quiere verme, su madre me echó de su casa y amenazó con destruir mi reputación.

—El día que rompió contigo, debiste decirle lo del niño.

—¡No sabía que estaba embarazada! —gritó entre sollozos.

En ese momento su padre hizo su repentina aparición sorprendiendo a Danielle.

—Lo siento. Ramin ¿todo está bien? —preguntó Karam Asadi.

—Sí, solo estoy atendiendo una queja de la señorita Stravella.

Su padre los miró pensativo por un momento. Danielle estaba sonrojada y con las manos en puño en su regazó, su mirada puesta en ellas.

—Saben que no es correcto estos encuentros ¿verdad?

Danielle soltó una risita amarga.

—Padre, no es lo que piensas —Ramin dijo negando fuertemente con la cabeza. Y con una cara de espanto.

—Escuché perfectamente que la señorita está embarazada y no recuerdo haberla visto en otro lugar sola, además de este. ¿Qué has hecho Ramin?

El plan de Karam Asadi se puso en marcha. Cuando Ramin se puso de pie y rodeo el escritorio mirando a los ojos a Karam Asadi, Danielle supo que solo tendría esta oportunidad para salir del aprieto casi ilesa. Además, de que sabía que Ramin todavía esperaba a Gabrielle, porque él siempre le preguntaba por ella cuando lo visitaba. Y porque no era justo que su hermana fuera feliz y ella no. Lo hizo. Sujetó fuertemente el brazo de Ramin y le suplicó con la mirada que la ayudara.

Ramin la observó el tiempo suficiente para hacerle creer que realmente lo había puesto en un aprieto. Relamió sus labios, miró a su padre y dijo:

—Lo siento, padre. —Cuadró los hombros y dijo solemnemente—: Yo, responderé por mis actos.

Al final, Danielle fue el precio que Marie tuvo que pagar de mala gana por el silencio de Karam Asadi.

La primera vez que tuvo relaciones sexuales con Danielle, fue el día en que Gabrielle regresó a casa. Danielle había ido a visitarlo temprano.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ramin, al verla entrar sin tocar antes.

—Soy tu prometida, Ramin. Puedo venir a verte cuando quiera.

Danielle caminó hasta la silla frente a su escritorio y dejó caer su bolso de mano. La joven doncella que la acompañaba esperó afuera.

—Estoy comenzando a cansarme de la farsa —dijo con dientes apretados.

—¡Pero apenas estamos comenzando, Ramin! —Levantó una mano para silenciarlo—. Antes de que respondas, quiero que sepas que te agradezco lo que has hecho por mí.

La voz de Danielle había sido la de pesar.

—No tienes nada que agradecer.

—Sé que la estabas esperando —mencionó con tono entrecortado, pero mirando atentamente sus reacciones.

Ramin se reacomodó en su silla y observó con detenimiento a Danielle. Era una belleza exótica, no se parecía mucho a su hermana, porque Gabrielle tenía más parecido con su padre. Y entonces lo supo, Danielle no era hija de Robert Stravella. Se maldijo por lo estúpido que había sido al no darse cuenta de ello antes. Se preguntó cuánto sabía Danielle. Decidió sondear.

—Me gustan tus rasgos… ¿indígenas?

—¿Qué? ¿De qué hablas? —ella se tocó el rostro con el ceño fruncido. Cierto que sus rasgos faciales eran muy diferentes a los de su madre y a los de Gabrielle, pero era porque se parecía al abuelo Stravella, eso le había dicho su padre, cuando escuchó a un grupo de estúpidas niñas burlarse de ella en su octavo cumpleaños.

No ella no lo sabía.

—¿A qué has venido realmente? —Ramin desvió la conversación.

—Nos vamos a casar, pensé que, si vamos a estar juntos, tal vez deberíamos hacer las cosas agradables para nosotros. De todos modos, no quiero que pienses que soy una mala agradecida y realmente sé que tampoco quiero estar en boca de todos si tú necesitas satisfacer tus necesidades. Seré tu esposa y quiero que sepas que estoy dispuesta a serlo en todos los sentidos de la palabra.

—Te refieres a dormir conmigo?

—Sí, ayer me dijeron que visitas frecuentemente el burdel de Madame… no sé cómo se llama y no me interesa…

—¿Y? —Ramin se recargó en el respaldo de su silla y cruzó los brazos.

—Pues no quiero que vayas más a ese lugar.

—¿Disculpa?

Danielle rodeó el escritorio y se sentó en el regazo de Ramin.

—Te doy mi permiso para satisfacer tus impulsos sexuales conmigo, pero solo procura tener el sentido común de otorgarme el mismo beneficio.

Danielle tenía casi cuatro meses de embarazo que disimulaba muy bien los pliegues del vestido holgado.

—Y si quiero hacerlo ahora mismo.

—¿Qué puede suceder? No puedo quedar más embarazada.

Ambos soltaron una risa por la broma.

Ese día encontró que Danielle era insaciable y que realmente podría considerar la idea de no volver a los brazos de ninguna prostituta. Sin sentimientos de por medio, las ambas solitarias encontraron un poco de alivio en sus corazones.

Más tarde esa noche, pensaría que no había sido un error el haberse comprometido con Danielle. Siempre supo que Gabrielle era una mujer que merecía lo mejor y siendo honesto consigo mismo, sabía que él no lo era. No era aceptado socialmente, no tenía la riqueza suficiente para proveerle las comodidades que su padre, Robert Stravella, sí podía darle; el nombre Asadi era sinónimo de problemas y no era educado ni culto; y peor todavía, era un hombre dominado por su padre. ¿Cuánto tiempo habría tardado Gabrielle en darse cuenta de que él no valía la pena? La amaba de verdad y por eso reconocía que merecía a alguien mejor.

Cuando sus ojos se cruzaron quiso transmitirle que siempre la amaría en silencio, que la protegería como un hermano mayor. Y al ver el dolor en sus ojos verdes, comprendió que ella nunca lo perdonaría.

Pero a veces los buenos deseos del corazón, los más honestos y puros… No siempre van a acompañados con los deseos de la carne. Al descubrirse más enamorados que nunca, ninguno tuvo la fuerza para detenerse. En medio de la oscuridad de la noche, se demostraban lo mucho que sus almas se añoraban, se amaban. Vivían un amor pasional que estaba destinado a la tragedia, ambos lo sabían y aunque Ramin no era el padre del hijo de Danielle, al no haber crecido con su madre tenía la maldita conciencia de no dejar a ese niño porque, ¡por Dios!, solo era una criatura inocente. Él no tenía por qué pagar con los platos rotos de otro, pero no era su secreto a contar, le había dado su palabra a Danielle de nunca revelarlo y no quería convertirse en su padre. Un ser totalmente sin escrúpulos, ya hacía bastante en no poder abstenerse de Gabrielle como para echarle a perder la vida a un ser inocente. Sería marginado y despreciado como él había sido siempre.

Luego, Gabrielle y él, fueron descubiertos.

Ramin se encontraba sentado mirando la pared, con un vaso de whisky en una mano y en la otra un puro. Tenía semanas, apenas comiendo nada, durmiendo poco y bebiendo demasiado.

—Encerrarte y revolcarte en tu mierda no te servirá de nada. No la traerá de vuelta. Tal vez deberías actuar como un hombre y comenzar a proveernos en lugar de seguir lamentándote.

—¡Lárgate Danielle! —le gritó, pero sabía que se mentía a sí mismo. Con voz baja dijo—: Todo esto es tu culpa.

—No. No me voy y no ha sido mi culpa. Ha sido tu propia estupidez. Te pedí que no me fueras infiel.

Ella apenas podía caminar estaba a días de dar a luz. Se acercó más a él. Ramin levantó la mirada para encontrarse un rostro demacrado, cansado, Danielle parecía tan afectada como él.

—¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? Si Sam hubiese sido mi hermano y lo amaras con locura y tuvieras la oportunidad de tenerlo, aunque sea por unos momentos… ¿Qué hubieras hecho?

—Definitivamente no lo hubiera hecho en tus narices —respondió sinceramente.

—No, por supuesto que no.

—Ramin, ya nada puedes hacer. Prometiste ayudarme con esto, llegamos tan lejos. ¡No puedes abandonarnos! Pareciera que soy egoísta, pero mi padre nunca te hubiera dado su mano y lo sabes. Olvídate de ella, eres mi esposo, mío Ramin y yo soy tuya, yo soy lo que te pertenece y lo quieras o no tienes que ver por mí y nuestro hijo…

—No es…

—¡No lo digas… lo prometiste! Se lo juraste a nuestro bebé ¿lo recuerdas? Tu no me hagas esto por favor—. Le pidió con lágrimas en los ojos…— ¡Tú no me desprecies, no por ella, Ramin!

—Lo siento, pero no puedo cumplir con mi promesa… Yo nunca podré dejar de amarla.

Danielle se quebró emocionalmente, sacó de su falda la carta de su madre y con odio le gritó mientras se la arrojaba al rostro:

—¡Se ha casado Ramin!

Ramin estaba atónito, tomó la carta que había caído en su regazo y comenzó a leerla rápidamente.

—Ya todo está perdido. Ahora solo nos tienes a nosotros o, te conformas y lo aceptas o nos matas de hambre, Ramin. Porque mi madre ya no tiene dinero para darnos. Y mi padre nos ha repudiado.

Danielle salió de la habitación llorando.

Ramin maldijo su suerte odiando a Robert Stravella. Su padre Karam estaba de viaje, por un momento pensó en ir tomar dinero, pero como él ya no estaba trabajando con él, sino que había estado aprendiendo de Robert, Karam había contratado a un administrador. Entonces lo recordó… el poder notariado que Robert le había otorgado para el manejo de algunas cuestiones legales, a las que era encargado.

Caminó hasta el escritorio lo rebuscó en el cajón, sacó una carpeta de cuero negro, la abrió y encontró el documento.

Robert pagaría por haber entregado a su Gabrielle a otro hombre.

Y mientras realizaba los preparativos pertinentes para el fraude que pensaba cometer, el nacimiento de su hijo llegó. Ramin que no amaba a su esposa, claro estaba, se abstuvo de estar presente en la casa el día en que sucedió. Ni siquiera después tuvo la iniciativa de conocer al recién nacido, al que Danielle, había llamado Seth. Pero tuvo el corazón de llevar a cabo su plan una vez que Danielle pudiera hacerse cargo de ella y el niño. Esperó dos meses antes de poner en marcha su plan. Ramin iría por Gabrielle, se juró, que la recuperaría.

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Blaire caminaba con una bandeja, una tetera y un par de tazas de té; desde que habían encontrado la habitación secreta, Gabrielle le había pedido que compartieran el té mientras la ayudaba a vestirse, pues decía que era incómodo para ella beberlo sola, la consideraba más su confidente y amiga, que una sirvienta. Blaire había comprendido que Gabrielle solo tenía en el mundo a Leonard, no una madre, no un padre y con lo odiosa que era la hermana muy visiblemente diferente a Gabrielle, pues tampoco la tenía a ella. Robert Stravella, pues como todos los padres, nunca comprendió las necesidades de su hija.

Bueno ahora se consideraban amigas secretas que bebían té, mientras hablaban de las cartas de Armand y se imaginaban la historia de amor, Gabrielle le contaba anécdotas de infancia o de sus aventuras en París al lado de su tía y un libertino ocioso. Hoy, seguro le hablaría del baile; secretamente estaba ansiosa por saber qué había ocurrido y de quién se burlaría su preciada señora.

Dio un toque a la puerta como siempre y entró. La imagen de sus señores quedaría grabada en su mente como la más depravada de las vistas. La bandeja de plata resbaló de sus manos, pero ellos estaban tan sumidos en su orgasmo, podría constatar la virtuosa Blaire, que ni escucharon o mejor dicho la ignoraron, rápidamente cerró la puerta arrastrando los pedazos rotos con el pie, recogió la bandeja y se recargó en la puerta. Todavía impactada. Ralph que también iba llegando para dirigirse a la habitación de su señor, vio a su sobrina, sonrojada con los ojos azules muy abiertos y la quijada casi hasta el piso.

—¿Qué te sucede Blaire? —Ralph vio a su sobrina pestañear.

—Están haciendo bebés —tosió. Luego se agachó para levantar el desastre de la porcelana rota bajo sus pies.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque están allí adentro, desnudos, sudorosos, en una posición extrañamente imposible y…

—¡Blaire!

—Estaba dentro de mi señora, creo que deberías preparar las sales por si el señor se desmaya, ya sabes… por el ejercicio.

Ralph, frunció el ceño.

—Muchacha irrespetuosa. ¡Aléjate de esa puerta!

Blaire estaba riendo y negando mientras veía a su tío salir casi corriendo. Recogió los últimos vidrios y retornó hacia las cocinas.

El teléfono en la Mansión de León Du Pac, fue atendido por el mismo hombre.

—León Du Pac.

—Señor.

—Ralph… ¿le sucede algo a Leonard?

—El matrimonio ha sido consumado, señor.

Nota:

De lo que se entera uno ¿verdad? Bueno soy quien cree que las personas estamos llenas de matices. Espero haberlo logrado con Ramin.

¿Adelanto?

Visitaron la joyería donde Leonard había comprado el tocado de Gabrielle, y de allí caminaron por las calles mirando los aparadores de las tiendas cuando Gabrielle chocó accidentalmente con un hombre alto. Cuando levantó la mirada se encontró frente a Ramin Asadi.

¿Gabrielle?

Leonard estaba a punto de golpear al imbécil cuando escuchó el nombre de su esposa de los labios de él.

¡Señor Asadi!

Ramin sonrió ante lo propia que había sonado, pero no podía esperar menos de ella, ya que, al parecer el hombre que la acompañaba era su flamante esposo.

¡Ámame ciegamente!

Gabrielle se encontraba observando los detalles de la pintura que estaba clavada en una de las paredes del gran salón, en la casa de Amber. Había acordado con Leonard de aceptar la invitación para cenar con su familia el veinticuatro de diciembre. Después de todo no podía seguir escondiéndose del mundo y Leonard le daba la fortaleza para enfrentar a cualquiera.

Su esposo estaba sentado frente a sus dos primos en una esquina del salón. Noel, manoteaba al mismo tiempo que relataba su último viaje. Jerry mantenía su copa a la altura del pecho sentado con la pierna cruzada y una sonrisa que a primera vista parecía altiva; pero, en realidad era más como estar a gusto con las payasadas de su hermano menor.

Amber, Amy y Aline jugaban cartas en una mesa circular, mientras que los dos pequeños herederos de los duques, uno rubio y el otro de cabello oscuro, permanecían sentados en la gran alfombra persa jugando con sus caballos de madera. Tendrían unos cinco y seis años. Daban una hermosa vista de hermandad. Una que ella nunca pudo compartir con Danielle.

Cuando Amy la invitó a unirse al juego, alegó que era una mala jugadora y una peor perdedora. La verdad era que nunca podría jugar limpio, Hébert, le había enseñado las malas artes de los jugadores empedernidos. Se sentiría mal si timaba a damas tan delicadas e inocentes.

Después estaba León Du Pac, sentado en un sillón individual y observándolos a todos. Gabrielle no quería cruzar palabra con él y mucho menos miradas incómodas, por lo que se entretuvo primero observando el tapiz de las paredes, después el gusto de Amber por las cortinas color vino con detalles dorados y, por último, la pintura de una Amber y León más jóvenes.

—La hicieron cuando teníamos dos meses de casados —declaró León, de pronto a su lado. Era un hombre de paso silencioso. Si fuera una mujer sensible y miedosa, habría creído, que se materializó a su lado.

—Amber es muy hermosa —aduló Gabrielle, con sinceridad.

León asintió con la cabeza en su dirección. Llevaba un rato observando a la joven, pues quería estar seguro de los sentimientos que tenía por su hijo. Descubrió que, aunque se mostraba fría, en realidad nunca lo perdía de vista. Cada tanto, ella lo buscaba con la mirada o él a ella. Era tan evidente que ya habían pasado el lapso de adaptación y, que ahora estaban en el del enamoramiento y lujuria.

—Iba a convertirse en monja —confesó con una sonrisa ligera. León recordó a su joven esposa al mirar de nuevo la pintura y no el rostro de la bella muchacha que estaba a su lado.

—¡No puede ser! —dijo asombrada—. ¿De verdad? —preguntó incrédula y giró el rostro para observarlo mejor.

—La conocí un día en casa de su abuela y bueno… sus creencias como su deseo de servir a Dios la hicieron pensar, en algún momento, que yo era el mismísimo Diablo en persona; y por supuesto, también creyó que intentaba desviarla del camino de Dios —dijo con una sonrisa tranquila, no obstante, el brillo en sus ojos era divertido. Era un hombre muy guapo y se dio cuenta de que Leonard se parecía mucho a la forma de ser de su padre, más que en el físico. Tenían un extraño magnetismo que atraía a su espectador como mosquitos a la luz. Sintió un escalofrío, tal vez si era un demonio. Y dijo:

—No me imagino, por qué pensaría algo tan horrible de usted.

León obvió el sarcasmo en el tono de voz de la muchacha, esta vez su sonrisa fue más amplia.

Gabrielle buscó con la mirada a Leonard, él estaba observándola a la vez que escuchaba a Noel y a Jerry. Le guiñó un ojo y luego apartó la vista, para dirigirla hacia sus primos y realizar una pregunta ocurrente. Leonard, estaba claramente confiando en que su padre no la ofendería. Y si el confiaba en él, entonces ella también lo haría. Solo que su espíritu combativo no le abriría las puertas de su amistad tan fácilmente.

—¡Gracias!

Gabrielle apartó la mirada de Leonard para levantar el rostro y posarla ahora en el de León. El hombre rubio la taladraba con sus ojos azules. La descubrió

—¿Disculpe? —preguntó confundida.

—Te agradezco por hacerlo feliz —respondió el hombre sinceramente. Gabrielle le dio la espalda al cuadro, para ver la imagen realista, de las personas que eran la familia de León. Y que, si ella aceptaba de buena gana y corazón, podría ser parte de ellos.

De todas las personas con las que le hubiera gustado compartir una galería de arte, no estaba en la lista León Du Pac, pero dado que era el autor de tan hermosa obra, no tenía más remedio que compartirla con él. Porque formaban una familia hermosa, unidos, amorosos, confiaban unos en los otros. Posiblemente tenían sus desacuerdos como todas las familias, pero en el fondo sabían que nunca se abandonarían, estaban dispuestos a protegerse entre sí.

—¿Por qué cree que debe agradecerme? —le preguntó. Ya no sentía rencor hacia León, había comprendido que amaba a Leonard y que su finalidad era poder conservar algo de su hijo y darle un poco de satisfacción al joven antes de morir. Ella nunca lo hubiera adivinado por si sola, porque su familia no era unida ni se amaban unos con los otros. Ralph se lo explicó esa vez en el que habían compartido una taza de chocolate a principios de invierno.

—Porque te diste la oportunidad de conocerlo, de aceptarlo en tu vida e incluso a ¿apreciarlo? —León que la taladraba con la mirada, la vio achicar los ojos por un segundo, tampoco pasó desapercibido el rubor en su cuello y orejas más que en las mejillas. Gabrielle captó lo que en realidad quería saber.

«¿Lo amas? ¿Ya lo amas, niña necia y estúpida?» Se imaginó a su suegro susurrándole al oído.

Y porque Gabrielle sabía que su afinidad con León era el espíritu combativo, no lo pondría fácil. Después de todo conocía su carácter explosivo y por eso la había elegido desde un principio para su hijo. Ella tenía lo que a Leonard le faltaba, ganas de burlarse del mundo y volverlo loco. Sí, ahora entendía mejor a León, porque ambos eran iguales. Él significaba para la dulce Amber, lo que ella significaba para Leonard.

—¿Cómo sabe que no estoy fingiendo? Usted me pidió que lo hiciera, que fingiera, me propuso dos opciones ¿lo recuerda?

León descubrió que no le gustaban los reconocimientos y que nunca lo perdonaría por su osadía de intentar manipularla. Pero también entendió que prefería la charla ociosa, el sarcasmo venenoso y la lucha verbal con una pizca de ironía. Y que de todo lo que decía no era realmente lo que quería decir, que enviaba mensajes ocultos, a veces acertijos imposibles y que para entenderla tendrías que ser más observador, que un buen escucha.

—Entonces, ¿Cuál has tomado? —Gabrielle quitó su vista de los niños que jugaban tranquilamente, para dirigirla hacia Leonard.

—La menos laboriosa, supongo. Le daré un nieto y me quedaré con Leonard para ser una mujer respetable —sonrió como lo haría un bufón que secretamente está burlándose de ti—. Porque realmente me gusta la mansión, me gusta la comodidad y debo asegurarme una buena vida después de Leonard.

» Y si para hacerlo, es fingiendo que lo amo… Entonces lo haré. Él ha prometido no dejarme desamparada, porque en usted no confío. Y ni crea que es porque no soy capaz de abandonar a mi propio hijo, claro que lo haría.

Gabrielle había estado despotricando mientras observaba en Leonard: su sonrisa ladeada por encontrarse hablando con la gente que ama y lo acepta; se entretuvo un poco más en la luz de la chimenea reflejándose en su cabello —una combinación extraña del cabello de Amber y de León, resultando en un color cobrizo—; sus ojos brillosos a causa de la risa; y la punta de sus dedos acariciando el borde de la copa. Y desvió la mirada porque todavía se encendía con su manía o tal vez ella, tenía la manía de encenderse mirándolo a él toqueteando todo.

Cuando Gabrielle dirigió su vista a donde se suponía que debería estar León, él había desaparecido. Parpadeó un momento y miró de un lado a otro buscándolo.

León estaba del otro lado de la habitación observándola con una sonrisa burlona. Se había ido cuando ella comenzó a escupir tonterías para despistarlo en cuanto a lo que sentía por su hijo. Era tonta si pensaba que podría engañar al mismísimo Diablo.

Gabrielle recordó las palabras de su padre «Más sabe el Diablo por viejo, que por Diablo», le había dicho un día cuando ella intentó engañarlo. Ella le sonrió a León aceptando sus sentimientos por el joven y luego asintió en su dirección. Al fin y al cabo, de nada le valdría fingir no estar enamorada de Leonard, ya que ella estaba, ¿cómo había dicho Blaire? ¡Ah, sí! Más loca que una cabra.

León le señaló un juego de ajedrez, de oro blanco con pequeños diamantes incrustados, que tenía a su derecha. La retaba a jugar. Gabrielle sonrió, no era tan buena jugando ajedrez como lo era con las cartas; pero, sentía curiosidad por ese señor, así que decidió poner todo lo que tenía para darle una digna batalla. Y tal vez consiguiera conocer un poco más de su historia de amor con la buena Amber.

La velada concluyó con Leonard haciéndole el amor hasta el amanecer en su antigua alcoba. Leonard le había confesado que un día antes de partir a la mansión de las cariátides, soñó con ella. Le relató su sueño húmedo y con un obsceno lujo de detalle la invitó a que ambos lo hicieran realidad. No se levantaron hasta después del mediodía y una doncella se presentó con el almuerzo en la habitación; pues su madre creía que Leonard todavía tenía una salud precaria y por eso, no habían sido molestados más temprano.

León sabía que, por la manera en la que su hijo navegaba alrededor de Gabrielle, Leonard en realidad se agotaba por que disfrutaba del cuerpo de su joven esposa y no por un día normal con su familia. Lo que no juzgaba, ya que su mayor deseo era tener un nieto.

Después de abrir regalos y pasar la tarde con sus padres, decidieron volver a casa —más por las ganas de Leonard de encerrarse en la habitación con Gabrielle y no salir hasta el siguiente año; que de la misma Gabrielle que ya había comenzado a disfrutar de la calidez maternal de Amber—. Eso sí, no se marcharon sin que antes ella les prometiera a las damas verse pronto para tomar el té en casa de Aline.

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5 de enero de 1913.

Blaire había ido a dejar el cepillo de plata y el espejo de mano de la señora Gabrielle dentro de la habitación secreta. Los dejó dentro del cofre que tenía las cartas de Armand. Que ahora estaba vacío porque había estado leyéndolas, a las demás doncellas.

Estaba intentando cerrar la puerta de la habitación, pero se había trabado en el momento en el que, el teléfono que descansaba en el escritorio de Leonard, timbró. Preocupada de ser descubierta por él, se apresuró a responder.

—Mansión Du Pac.

—…

Blaire pestañeó y habló un poco más fuerte; al mismo tiempo que echaba un vistazo a la puerta del despacho.

—¡Mansión Du Pac!

Temerosa de que alguien entrara, colgó. Odiaba esas cosas modernas. Se apresuró a cerrar la entrada de la habitación de Gabrielle y, salió del despacho antes de que cualquiera que haya querido comunicarse con el señor Leonard, marcara de nuevo.

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Gabrielle cepillaba su cabello bajo la mirada atenta de su esposo. Leonard estaba sentado en la orilla de la cama con los pies descalzos, el pantalón puesto y el pecho desnudo; su cabello desordenado todavía estaba húmedo por el baño que acababan de tomar juntos; y en la mejilla derecha tenía un ligero corte, pues descubrieron muy de malas que Gabrielle no tenía el pulso necesario para rasurarlo. Ella lo miró por el espejo.

—¿Qué? —preguntó, con una ceja levantada y una sonrisa ladeada.

Estaba divertida y ansiosa, porque Leonard no había notado que el cepillo y el espejo de mano que estaba utilizando, no eran los mismos que le había regalado cuando se casaron. Sí, ahora sabía que él los había comprado para ella, en cuanto supo que estaba comprometido. No, estos hermosos instrumentos de plata eran los de Donatella.

Junto con Blaire, llegó a la conclusión de que si Leonard sabía de la habitación conocía entonces los secretos que guardaba, por lo tanto: ¿Qué diría al reconocerlos? Claro que, si no sabía de la habitación obviamente no los reconocería, Leonard, pensaría que eran suyos y por lo mucho preguntaría por los otros, ¿no?

—¡Eres hermosa! —le respondió Leonard, barriéndola con los ojos, admirando su cuerpo semi desnudo. Deseaba arrancarle, el camisón.

—Sí, ya lo sé.

Él joven enamorado negó con la cabeza. Ella era tan… segura de sí misma. La amaba con locura. Sí, pero no ciegamente como para no reconocer sus defectos. Gabrielle era una vanidosa.

—¿Quieres salir al teatro o a cenar más tarde? —Leonard de pronto, se sentía tan lleno de vida y entusiasmado por recorrer el mundo con ella a su lado que la casa había comenzado a sofocarlo.

Gabrielle, suspiró un poco decepcionada. Su querido esposo no se daba cuenta, no reconoció el cepillo.

«Tal vez si lo mira más de cerca», se propuso mentalmente.

—No me gusta la idea. Quiero quedarme aquí, contigo —dijo seductoramente. Se giró y caminó con lentitud hasta él, balanceando las caderas un poco más de lo normal.

Leonard la tomó de las caderas y la atrajo más cerca. Era un poco pequeña y, él lo suficientemente alto para que, aunque estuviera sentado, Gabrielle, solo le sacara una cabeza estando de pie. Sus senos quedaron frente a su rostro.

Tentado por aquellos picos que se negaban a ocultarse debajo del camisón de organza húmeda —por el cabello mojado que había estado cepillándose—, relamió sus labios. ¡Dios! No sabía por qué, pero su cuerpo se encendía más rápido que la ciudad de Nueva Orleans en un Viernes Santo, al verla con esa cosa transparente, que si estuviera desnuda. Podía verle todo con claridad, los senos, las nalgas, y hasta los rizos oscuros de su centro. Mordisqueó un pezón erecto. La sensación de la delgada tela no lo abstuvo del placer de sentir el botoncito en su boca. Y sus manos comenzaron a viajar inevitablemente por el interior de los muslos de la pequeña diablesa.

Gabrielle tomó sus mejillas con sus manos para atraerlo en un beso cálido y lleno de amor; apartándolo cruelmente de su festín. Su lengua acarició los labios hinchados de Leonard, y cuando logró separarlos, introdujo la lengua en busca de la del hombre que se resistía a sus encantos. Sin aliento, Gabrielle lo soltó, y comenzó a cepillar su cabello cobrizo hacia atrás.

—¿Por qué no quieres salir? —le preguntó Leonard, cerrando los ojos, dejándose mimar e intentando apagar el fuego debajo de sus pantalones. Tras un suspiro los abrió de nuevo. Ya podía resistir, la tentación.

—Porque a ti no te gusta salir —Gabrielle atrajo el cepillo hacia su pecho, dejándolo a la vista.

Leonard se fijó en su sonrisa. Quería besarla de nuevo, pero temía que lo convenciera de meterse a la cama otra vez. Entonces cometió el error de mirar más abajo y… ¡Dios! y allí estaban esos picos seductores, la tela más pegada a su bonita piel porque la maldita mujer estaba pegando su cepillo en el pecho. Lo sujetaba con fuerza, podía medio observar, ya que sus pezones le decían:

«¡Hola, amigo, aquí estamos! ¡Muérdenos!» pensaba divertido.

—Cierto, pero a ti sí. Así que lo haré por ti —Leonard acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja. Ignorando a los dos viciosos y muy lujuriosos pezones.

—Y yo lo haré por ti. Además, no es como que tenga prisa de salir de esta habitación —cepilló su largo cabello.

Escondiendo al fin uno de los lujuriosos con su cabello oscuro. Sin embargo, sus ojos observaban como las cerdas del cepillo acariciaban su piel, sobre la tela odiosa y, si se fijaba un poco más, podía ver como de repente el botoncito oscuro saludaba y se escondía de nuevo entre las mechas oscuras.

«¡Maldito!» pensó. Relamió sus labios antes de hablar con voz áspera:

—¡Oh vamos Gabrielle! ¡No puedes estar hablando enserio!

—¡Sí que lo estoy, Leonard!

Ella rodó los ojos. «¡Es tan despistado!» se dijo Gabrielle. Arrojó el cepillo a un lado y lo hizo recostarse. Luego, se subió a su cuerpo y comenzó a depositar besos húmedos en su pecho.

—Gabrielle… ¡No! —Leonard se levantó arrojándola en el proceso al piso, sin miramiento.

Asombrada por la manera nada sutil de alejarla gimió, se levantó deprisa y un poco avergonzada. Leonard intentó contener la risa inútilmente. Ignorando su desgracia, se sentó de nuevo en la cama.

—Realmente quieres salir o mejor, ¿qué te parece si nos quedamos aquí, desnudos haciendo el amor todo el día?

—Antes no tenía motivos para salir. Pero, ahora es diferente, porque estás a mi lado. Quiero vivir, disfrutar cada momento de la vida. Quiero conocer la ciudad y compartirlo contigo. Tu naciste aquí, ¿por qué no me la muestras?

Gabrielle se sentó a su lado y tomó la mano masculina que tenía a su alcance. Le preguntó:

—Leonard… ¿Cuántos médicos has visto? —preguntó con sinceridad.

Sin embargo, él no quería que ella se formara falsas esperanzas. Así que decidió no dárselas, para él era mejor así.

—Muchos.

—¿Qué te han dicho?

—Que es un milagro que este con vida —le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Era tan hermosa y no era que disfrutara de verla preocupada, no obstante, era halagador.

—Le escribiré una carta a mi tía y le pediré que nos envíe a su médico. Nunca está de más otra opinión, ¿no crees?

—Gabrielle, dará el mismo diagnóstico que los demás.

—¿Te vas a rendir ahora? No lo hagas, por favor. Tu salud ha mejorado muchísimo desde que nos conocimos.

—¿Y si él no acepta venir?

—Claro que lo hará, mi tía lo convencerá —, pero él no estaba convencido así que ella lo hizo mirarla a los ojos—. Por favor.

—De acuerdo.

—Bien —ella sonrió—. ¿Sabes? Creo que deberíamos llevar a reparar mi tocado.

—Sí, me gusta la idea. ¿Encontraste todas las piezas?

—Sí, Blaire lo hizo. Ella es un amor.

Leonard se dio cuenta que, por ella haría cualquier cosa, incluso, vivir por mucho tiempo.

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Tomás los había llevado hasta la tienda en el auto y luego se marchó con la orden de Leonard para regresar dos horas después.

Visitaron la joyería donde había comprado el tocado de Gabrielle, y de allí caminaron por las calles mirando los aparadores de las tiendas. Leonard quería comprarle todo lo que ella se detenía a mirar, no obstante, se había negado a que lo hiciera, porque solo quería pasar tiempo con él.

En algún momento, ambos caminaban sin ver al frente pues estaban muy entretenidos mirándose a los ojos, cuando Gabrielle chocó accidentalmente con un hombre alto. Al levantar la mirada, se encontró frente a Ramin Asadi. Sus grandes manos estaban sujetándola de los brazos para evitar que cayera de espaldas, su corazón latió rápidamente, tan apresurado que la cabeza le dio vueltas.

Leonard estaba a punto de golpear al imbécil que, técnicamente se la había arrancado del brazo, tan pronto como chocó con su esposa, colocando sus horribles manos en sus hombros para evitar su caída.

Entonces escuchó el nombre de ella de los labios del moreno y se congeló.

—¿Gabrielle? —la voz de Ramin era áspera.

Gabrielle reconoció la voz antes de siquiera ver su rostro. Cuánto había deseado en otro tiempo escucharlo decir su nombre, verlo llegar para llevársela. Pero ahora, ahora…

—¡Señor Asadi! —medio chilló. Estaba aterrada.

Ramin sonrió ante lo propia que había sonado, pero no podía esperar menos de ella; ya que, al parecer, estaba con su flamante esposo.

—Disculpen, ¿se conocen? —Leonard preguntó, algo hizo que su corazón se oprimiera, de pronto tenía miedo, mucho miedo. La inseguridad lo estaba matando.

—Sí —Gabrielle se giró hacia él, dando un paso atrás, soltándose del agarre del moreno y sujetando a su vez, el brazo de Leonard— el señor Asadi, es el esposo de mi hermana.

Leonard sonrió aliviado y emocionado de conocer a otro integrante de la familia de Gabrielle. Pero sobre todo porque… porque no había razón para sentirse, amenazado.

—Mucho gusto, Leonard Du Pac.

—Ramin Asadi.

La sonrisa de Leonard se borró por un instante. Parpadeó un par de veces y le tendió la mano al hombre que tenía frente a él. Ambos se la apretaron con fuerza. Y su corazón comenzó a latir rápidamente, mas ya no con miedo, sino con una fuerza vital incomparable.

—¿Cómo está Danielle? —Gabrielle preguntó.

—Bien, el niño ya nació y fue varón.

—¿Fue un varón? —ella sonrió—. Debes estar muy orgulloso.

Leonard solo era un espectador, podía notar el nerviosismo de Gabrielle, podía sentir su mano temblar sobre su brazo y también podía ver la mirada anhelante de Ramin.

Ramin, Ramin Asadi, ¿era él? ¿El Ramin al que le decía que amaba en sueños? ¿Ramin, su amante? ¿Cómo podía ser eso y sí no lo era? ¿Por qué estaba tan nerviosa?

—Sí, claro. ¿Quién no lo estaría? Su nombre es Seth —los ojos negros y codiciosos la tenían atrapada. Y su sonrisa lobuna, temblando de miedo.

—¡Felicítame a Danielle! —dijo con un excesivo entusiasmo, deseando concluir con la charla lo más pronto posible y, alejar a Leonard de Ramin, miles de kilómetros.

—Sí, claro. A ella le encantará escucharme —torció la boca. En otro tiempo, habría reído al identificar el sarcasmo en su voz. Pero ahora, solo quería huir.

—¿Su esposa no vino con usted? —Leonard preguntó intentando sonar natural.

—No, ella se encuentra en el hotel. —Su rostro fue de pesar—. Después del parto no ha podido recuperarse del todo y, además, no le gusta estar lejos del bebé. Por cierto, siento mucho que no hayamos podido asistir a su boda.

—No se acongoje, señor Asadi. —Leonard colocó una mano en el hombro de Ramin y dio un par de palmadas—. Supongo que el estado de Danielle, su esposa, ¿fue la razón?

Ramin percibió el gesto condescendiente de Leonard, tan muy de su clase. Lo estaba subestimando. Lo odió.

—Sí, así es. Gabrielle, ¿no se lo contó?

Leonard entendió el mensaje: «Sabes, ¿quién soy?»

—No, en realidad su belleza me distrae continuamente. Además, estamos digamos… todavía de Luna de miel. ¡Usted sabe, cómo es eso de los recién casados!

Ramin, sonrió. Sus ojos negros estaban cargados de odio. Se juró que mataría al maldito presumido.

—¡Oh! Lo siento, pero tengo una cita muy importante en el banco. Me dio gusto conocerlo, señor Du Pac. Gabrielle, siempre es un placer mirarte.

—Salúdame a Danielle y felicitaciones —Gabrielle se despidió con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Claro, claro. — Pero no podía marcharse así; ella tenía que saber que estaba allí por ella, que venía por ella—. Tal vez te gustaría ir a verla al Hotel, estaremos tres días aquí.

—¿Por qué no vienen a cenar a nuestra casa? —Leonard no le daría la oportunidad al idiota de nada.

—¡Oh! Si esto es una invitación, yo diría que sí. Pero mejor no hago planes porque el carácter de las mujeres Stravella, es terriblemente explosivo.

Leonard asintió.

—Leonard, dejemos ir a Ramin —Gabrielle lo presionó. No quería a Ramin ni a Danielle cerca de Leonard, sabía que él estaba mintiendo, pero, aun así, lo creía capaz de un día presentarse en su casa si tenía la oportunidad.

—¡Claro, cariño! Hasta pronto señor Asadi.

Leonard le tendió de nuevo la mano, la cual, Ramin aceptó y apretó con fuerza.

Cuando continuaron su camino el silencio los había acompañado hasta que llegaron al lugar de encuentro con Tomás, Leonard, le abrió la puerta para que entrara y luego, se sentó a su lado.

—¡Vaya! Ahora eres tía —dijo con sarcasmo.

—En realidad, somos tíos.

—Sí, tienes razón. ¿Qué pasa, Gabrielle?

—Nada, ¿Por qué lo preguntas? —Gabrielle apartó la mirada de la ventanilla y la dirigió hacia él, regalándole una sonrisa tímida.

—Estás muy callada.

—No, solo estoy cansada señor Du Pac —Creo que nuestro entusiasmo en la cama me está afectando.

Leonard pasó el brazo por los hombros de su esposa que en cuanto se dio cuenta de lo que hacía, se acercó más a él y recargó la cabeza en su hombro. Al poco tiempo sus ojos se cerraron.

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Cuando llegaron a casa, los celos en Leonard ya habían estado carcomiendo su alma lo suficiente como para hacerlo querer gritarle a Gabrielle y exigirle una maldita explicación. ¿Qué demonios hacía ese imbécil aquí? Porque, no se creyó ni por un segundo que tenía una maldita cita en el banco. O que Danielle estaba con él esperando en el Hotel. ¿Era esa la razón por la que Gabrielle se reusaba a salir de casa? ¿Qué sintió al verlo una vez más? ¿Se arrepentía de haberse dado una oportunidad con él?

Cuando cruzaron el vestíbulo, Ralph ya los esperaba para recibir sus abrigos. Leonard, se dirigió directamente a su despacho.

—¿Leonard?

Al escucharla llamándolo se detuvo, pero apenas y giró el rostro para mirarla.

—¿Sí?

—¿Sucede algo? —preguntó con voz temblorosa. Leonard notó que todavía estaba claramente afectada por el encuentro con ese hombre y tristemente, no lo soportaba. Porque eso significaba que ese imbécil todavía era importante para ella. Se tragó el desconsuelo.

—No —respondió al fin.

Y luego, continuó su camino e intentó ignorarla, porque ¡Diablos! No quería evidenciar que sabía quién era él. Ya que, si ella todavía no lo amaba lo suficiente y, al hablar directamente de su relación pasada con Ramin, podría perderla para siempre. No. A su parecer no estaban listos para afrontar el tema. Pero, ¿acaso tenía algún derecho de pedir explicaciones? No. Porque Ramin fue mucho antes de él. Sin embargo, estaba en la ciudad… Y, sin embargo, no habían hecho nada; todavía.

Gabrielle estaba tan asustada de que supiera quién era Ramin, algo en su corazón le decía que lo sabía. Así que lo siguió. Entró después que él al despacho y se giró para cerrar la puerta. Y al devolverse para enfrentarlo, la sorprendió descubrirlo detrás de ella.

—¡Leonard!

Leonard la tomó entre sus brazos y la besó arrebatadoramente. Quería borrar cada beso de ese hombre, que su mente pudiera recordar; eliminar cada caricia de su cuerpo y trazar nuevos caminos con sus manos, con su boca. La pegó contra la puerta, sin importarle que tan duro fue el golpe de su cuerpo o sí le hizo daño o no. El beso era apasionado y distinto a todos los que antes compartieron. Estaba cargado de lujuria, desesperación y furia.

«¿Él sabe?», se preguntaba Gabrielle, una y otra vez.

De pronto las manos de Leonard que sujetaban su rostro con ferocidad, no lo hacían más. Viajaban por los costados hasta llegar a sus caderas, atrayéndola hacia su pelvis, luego, aparecieron sobre sus senos, pellizcándolos y después, detrás de su espalda desabrochando cada botón de su vestido, la quería desnuda.

—Espera, espera… alguien puede entrar.

Gabrielle colocó ambas palmas de sus manos en el pecho de Leonard en un intento por alejarlo de ella, él estaba extraño y no quería que la tomara así, antes había sido pasional, pero no rudo. No lo quería así. No le gustaba. La asustaba.

—¿Por qué de pronto te importa? Antes nunca lo hizo. Estuviste a punto de aparecer desnuda frente a nuestra servidumbre y todo con tal de conseguir lo que querías. Ponerme celoso, de agraviarme y humillarme, ¿no? ¿Cuál es la diferencia ahora?

—Que ahora sabes que nunca lo hubiera hecho de verdad —respondió, sin apartar la mirada de sus ojos.

Leonard pensó un momento y se preguntó: «¿Por qué no quiere que la toque?»

—¿Te das cuenta de que, apenas hace unos días, hemos tenido sexo oral en esta habitación? Y no solo aquí, en el jardín, en el comedor, en los pasillos de la segunda planta y, que en algunas ocasiones ¿fuimos descubiertos?

—¡Lo sé! Solo que… —ella pestañeó. No sabía qué decir.

—¿Qué? —Leonard colocó las manos en cada lado de su cabeza, haciéndola sentirse acorralada.

—Estoy cansada.

Leonard soltó una carcajada.

—Querías que nos quedáramos haciendo el amor, ¿y ahora estás cansada? —estaba furioso y ella podía sentirlo.

—Pues no me había dado cuenta de que me dolía tanto el cuerpo. A ti, ¿no?

Leonard se echó atrás, dándole espacio a Gabrielle y apartando sus manos de la madera de la puerta.

—¿Qué pasa Gabrielle? —preguntó. Deseaba tanto escucharla decirle que podía estar tranquilo, que ese hombre no significaba nada para ella.

—Nada. Es solo que estás extraño y tu actitud ruda me asusta. Nunca antes te habías comportado de esa forma. No me gustan los juegos rudos.

Leonard intentó controlarse. Gabrielle tenía razón tal vez estaba sobreactuando. Lo que tuvo con ese hombre se terminó cuando se convirtió en su esposa. No se habían vuelto a ver y tal vez ese hombre se mantenga alejado de ellos por el bien de su hijo. Esperó de todo corazón que la cordura y la razón entraran en acción en su cerebro y el maldito la dejara en paz. Y en cuanto a Gabrielle… mientras que, no volviera a verlo, todo estaría bien. Se dijo a sí mismo que, el pasado de Gabrielle debía enterrarse y que entre menos supiera, sería mejor para todos.

—Quiero fotografiarte desnuda.

—¡Leonard! —Gabrielle, pensó que de todas las cosas osadas que él le había pedido que hicieran, esa, era sin duda la peor. No podía hacer eso.

—Nadie entrará. —Leonard cerró con llave la habitación—. ¿Lo ves?

—Sí, pero ¿por qué?

—Armand tiene a su esposa, yo te quiero a ti. Las guardaré en esa habitación con llave y nadie las encontrará jamás. Serán solo mías.

—¿Cómo puedo estar segura de eso?

Leonard corroboró que ella, no confiaba en él.

—Confía en mi Gabrielle. En todo caso, puedes quemarlas cuando muera.

Gabrielle se mordió el labio inferior y miró hacia abajo. «¿Confiar en él?», se preguntó. Ella confiaba, pero ¿y si no la quería más cuando se diera cuenta de lo malvada que podría llegar a ser?

Cuando Leonard la vio levantar la mirada hacia sus ojos y asintió… se prometió que haría que ella confiara en él. Se prometió que haría qué:

—¿Qué sientes por mí? —Le preguntó Leonard.

—¿Cómo? Pues te quiero… te… te amo.

Esas no eran las palabras que Leonard buscaba o que quería escuchar, pero entendió que al menos era sincera, ella lo quería con seguridad y estaba empezando a amarlo. Aunque ella le dijera que lo amaba, mientras hacían el amor o en algún otro momento, él no era un hombre idealista, se emocionaba y le gustaba escucharla decírselo, más sabía que no lo amaba con la misma intensidad que él a ella.

—Entonces, si me quieres…

—No, Leonard… Yo te amo.

—No, me quieres y mucho. Eso lo sé. Te has comenzado a enamorar de mí, eso también lo sé… pero no quiero que simplemente te enamores, Gabrielle. ¡Quiero que te enamores y me ames ciegamente!

—Leonard, lo… —él le puso el dedo índice en los labios, haciéndola guardar silencio.

—¡Enamórate, ámame ciegamente!

Mientras observaba a Leonard colocar la cámara y poner en orden el entorno del lugar en que deseaba fotografiarla, comenzó a quitarse el vestido. Esa tarde la fotografió y luego le hizo el amor en el sofá, a veces con una extrema ternura, otras con tanta pasión que la hizo olvidarse de todo, hasta de su propio nombre, para finalmente dejarla dormir por el resto de la noche entre sus brazos.

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Danielle entró al despacho de su padre con la nana de su hijo detrás, estaba furiosa. Ramin Asadi se había marchado un día al amanecer, le había dicho que debía viajar a New York urgentemente, que su padre lo esperaba allí. Pero se llevó una sorpresa cuando el administrador de Karam Asadi se presentó una mañana con un policía buscándolo porque el banco le había notificado que Ramin había vaciado las cuentas de su padre.

—Danielle, ¿Qué estás haciendo aquí? —Robert le preguntó al verla frente a él. Se notaba furiosa, como tantas veces lo había estado cuando era pequeña y no había logrado obtener lo que deseaba.

—Ramin ha huido, me ha dejado y la policía está buscándolo porque le ha robado a su padre.

—¿Qué? —Robert se puso de pie, en ese instante.

—¡Me ha dejado, papá! —Danielle soltó en llanto.

Renée entró en ese instante, había sido informada de la llegada de su hija, por lo que de inmediato supo que algo había ocurrido. Cuando entró vio a una mujer con un niño en brazos. Pensó que era la nana y de inmediato encontró a su hija.

—¿Qué está sucediendo? ¡Danielle! —la mujer corrió, para abrazarla. Danielle estaba desaliñada, llorando y temblando.

—Mamá me ha dejado, seguro está con Gabrielle.

—Danielle eso no es posible, él no sabría dónde encontrarla.

—Es que sí lo sabe —le gritó a Robert y luego miró a su madre— Leyó tu carta, sabe que está casada con el hijo de los Du Pac.

—¡Dios mío! —Renée se llevó las manos a la boca, estaba horrorizada. Porque sabía que Gabrielle corría el riesgo de perderlo todo y arrastrarlos a ellos en su desgracia, si ella huía con Ramin. Los Du Pac los destruirían.

—Tranquilízate Danielle —ordenó Robert—. Enviaré a alguien a buscarlo.

—¡Ve con Gabrielle y pregúntale dónde está Ramin! —ordenó fríamente.

—No lo haré.

—¡Papá! ¡Si no lo haces tú, entonces lo haré yo!

—Danielle, si tu hermana no sabe nada de Ramin y voy a importunarla con eso, ¿qué crees que pasaría? Su esposo no sabe quién era él para ella. ¿Entiendes?

—Pues que lo sepa, no me importa. Todo esto es su culpa. Si no se le hubiera metido por los ojos y seducido, él seguiría a mi lado. Ramin me amaba a mí.

Renée, se quedó mirando a su hija desconcertada, Danielle, parecía creer sus propias mentiras o bien ella era una excelente mentirosa. Para cualquiera ella tenía la razón.

—Danielle, tranquilízate hija. Dejemos que tu padre lo encuentre y él sabrá cómo manejar la situación de una mejor manera para todos… ¿por qué no me enseñas a tu hijo?

—¡No me importa ese maldito niño! ¿Qué no te das cuenta de que ha regresado por ella? Quiero a Ramin.

—¡Ya basta Danielle! —gritó Robert, no permitiría que Danielle destrozara a Gabrielle si esta no había hecho nada, mucho menos, que tratara a su hijo de esa manera. ¿Qué tenía ese maldito Ramin que había enloquecido a sus hijas? —Yo me encargaré del asunto, mientras tanto… ¡Cuida de tu hijo! Renée, llévatela de mi vista.

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Al día siguiente Gabrielle escribió a su tía.

6 de enero de 1913

Querida tía:

Estoy segura que la respuesta a mi carta todavía está en camino justo ahora que te escribo las ultimas noticias. Te confieso que no puedo esperar a que llegue tu carta y es que quiero gritarlo a los cuatro vientos, estoy enamorada de mi esposo. Me he enamorado de él, lo amo perdida y ciegamente.

Necesito que nos envíes a tu medico lo más pronto posible. No quiero perderlo, no lo soportaría.

Con amor:

Gabrielle Du Pac.

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Blaire se encontró con Leonard en medio de las escaleras, el hombre se notaba ojeroso e infeliz. Sus miradas se cruzaron, pero él no le sonrió cómo siempre.

—Blaire —la saludó y asintió en su dirección.

—Señor —reverenció. A ella no le agradaba su señor cuando no estaba de buen humor. Siguió la mirada de Leonard hacia su mano.

—¿Qué llevas allí?

«¡Oh! ¿Vuelve la desconfianza? ¡Qué hombre tan desconfiado!», pensó Blaire.

—Es una carta para la señora.

Lo vio apretar la quijada. «Será que ¿muerde?», se preguntó Blaire.

—¿De quién?

Blaire miró el remitente.

—Danielle Asadi.

—Ya veo.

Leonard se quedó un momento mirando a la nada. Tan serio y… ¿pálido?

—¿Desea leerla primero, señor?

—¡No! Ve con ella, te espera para su arreglo —respondió Leonard sin mirar de nuevo a la joven y continuó su camino.

—Sí, señor —medio murmuró al viento.

Blaire que se había quedado mirando la espalda de su señor tras su partida abrupta, de pronto se rascó la nuca, Kassandra tenía piojos y al parecer se los había pegado. Continuó su camino hacia la habitación de sus señores.

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Renée había entrado a la antigua habitación de su hija Gabrielle, siguiendo los lloriqueos del pequeño Seth. La nana se encontraba arrullando al pobre niño. Su rostro parecía desesperado.

—¿Por qué llora? —Renée se acercó para ver al pequeño de cerca.

—Tiene hambre señora. Le he dado agua con azúcar, pero…

Renée abrió los ojos horrorizada.

—¿Dónde está Danielle?

—En su habitación, señora.

Renée se dio media vuelta y fue en busca de su desobligada hija. Danielle seguía siendo una niña mimada y no podía permitirlo. No si llevaba un hijo acuestas por su propia estupidez.

—¡Danielle! —La muchacha estaba sentada en una vieja mecedora, llorando, al verla tan abatida su corazón se estrujó—. Hija, ¿qué te pasa?

—¡Mamá! ¿Por qué Gabrielle no se calla? No puedo dormir y mi papá la prefiere sobre mí.

—¿Qué? Tu padre no prefiere a Gabrielle y lo sabes, es solo que los Du Pac nos tienen en sus manos. Eso es lo que preocupa a tu padre. —Danielle, parpadeó confundida—. Danielle, tu hijo está llorando.

—¡Ah! ¿Mi hijo?

—Sí, Seth tiene hambre. Anda vamos, tienes que darle de comer.

—¡No!

—¡Danielle! ¿Qué te ocurre?

—No, quiero. No quiero, darle de comer. ¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¿Qué no entiendes?

Renée comprendió lo que ocurría, Danielle, estaba bajo mucha presión. Su esposo desaparecido, los celos la carcomían, la evidente preferencia de Robert por Gabrielle, estaba sola con un niño al borde de la ruina social.

—Entiendo Danielle, pero el niño necesita comer. Hagamos esto, solo por hoy le darás pecho y más tarde me encargaré de encontrarle una nodriza. ¿Sí? Anda bebé. Vamos.

—No puedo, no puedo.

—Sí, sí puedes… Anda vamos. Yo estoy aquí contigo.

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Gabrielle estaba cerrando el sobre que iba dirigido a su querida tía, cuando escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas. Se giró con una sonrisa en el rostro, sabía que era Blaire.

—¡Blaire!

—Buenos días, señora. Le trajeron esto —la muchacha, se acercó a la señora y le tendió el sobre.

Gabrielle se giró hacia la muchacha, tomó la carta, pero al ver el nombre de su hermana, supo de inmediato que no era ella, sino Ramin el que había escrito. Gabrielle tenía miedo de abrirla. Por otra parte, Blaire ni siquiera se había percatado de la actitud de su señora. Blaire se entretuvo mirando el cepillo de plata que estaba en el tocador, le parecía tan hermoso.

—El señor, ¿todavía no los reconoce? —preguntó, esperanzada de que al fin su señor se diera cuenta de que ella había encontrado la habitación secreta. Era tan romántica la cosa.

—No. Creo que su madre fue quien eligió los míos y él no ha encontrado la habitación. Tendré que decirle directamente.

—Puff ¿Por qué los hombres son tan despistados? —preguntó decepcionada.

—No lo sé, Blaire. Prepárame el baño.

—Sí, señora.

Mientras Blaire preparaba el baño, Gabrielle rompió el sello y abrió el sobre sacando la carta.

Great Northern Hotel, habitación 206 a las 12:00 el jueves 7 de enero.

«¡Demonios!», maldijo en silencio.

—¡Blaire! —Llamó.

La rubia regresó a la alcoba, rascándose de nuevo detrás de la oreja esta vez.

—¿Sí, señora?

—¿Quién trajo la nota? —Gabrielle notó el malestar de su doncella. Pero no dijo nada.

—Un chico. ¿Por qué? Digo… si puedo saber —rascó disimuladamente o al menos lo intentó.

—Porque esta carta, no es de mi hermana, Blaire. Es de "él".

—¿De él?...

—Sí de "él".

— ¡Oh! ¿se refiere a…?

—Sí —Gabrielle se puso de pie, acercándose a Blaire. Pero esta dio un paso atrás alejándose de Gabrielle. No le fuera a pegar los piojos y su señor la echara de la casa . Por traer la plaga.

—Bueno, tal vez debería no responder. Deshágase de eso —Blaire recordó el extraño comportamiento de Leonard. Ahora entendía.

«Pero ¿cómo se enteraría?», se preguntó en silencio.

—No, Blaire. No puedo —Gabrielle le dio la espalda y se recargó en el tocador. De pronto se sintió mareada y con nauseas. Las piernas le flaquearon.

—¿Usted todavía siente algo por él? —Al escuchar la pregunta de su joven doncella Gabrielle se giró de inmediato. Incrédula, porque si Blaire que era su confidente no la entendía o mejor dicho no la conocía lo suficiente y dudaba de ella, entonces Leonard también lo haría ¿no?

—¿Qué? No, por supuesto que no. Lo que sucede es que… no entiendes… él. ¡Oh por Dios! —Gabrielle llevó una mano a su boca y comenzó a sollozar.

Blaire tomó un pañuelo del bolso interior de su falda comenzó a limpiarle las lágrimas a su señor.

—Tranquila, señora. ¿Qué le pasa?

—No lo sé. Creo que son los nervios. ¡Maldita sea, si él se entera… no sé qué haré!

Blaire, no quería pensar en un enfrentamiento de ese hombre y su señor. Leonard que aparentemente era un hombre tranquilo, en realidad era muy vengativo.

—Está usted balbuceando y no le entiendo —mintió.

—Antes creí que, si volvía a verlo, tal vez… Pensé que tal vez lo que sentía por él volvería, pero…

—¿Pero? —preguntó la joven. Estaba preocupada, por su estado y por todo lo demás.

—Lo que sentí ayer no fue amor o añoranza, Blaire…

—¿Ayer? —preguntó asombrada, mientras ayudaba a Gabrielle a sentarse.

—Sí, ayer. Se topó conmigo.

—¡Jesús! Fue un accidente, ¿verdad?

—Claro que sí, Blaire. Yo no lo busqué. Bueno… tal vez no fue un accidente. No de su parte.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque no debería estar aquí, sino en Forks.

—¿Cómo es eso?

—Mi padre lo desterró.

Se detuvo un momento a pensar. Si ese señor estaba allí, en contra del padre de la señora, entonces quería decir que él o buscaba dinero por su silencio o realmente la amaba y pensaba alejarla de su señor.

—¡Vaya! Sé que su padre es un hombre muy rico, pero no sabía que era tan poderoso como para desterrar a otro hombre de la ciudad.

—No lo tiene.

—¿Y el señor Leonard lo vio? —en silencio rezó porque no lo hubiera hecho.

—Sí, tuve que presentarlos.

—¡Dios mío! —Blaire se cubrió la boca con las manos, recordó la actitud de Leonard más temprano. Descubrió su boca—. El señor es un poco posesivo, dígame… ¿no sospechó nada al presentarle a un conocido?

Gabrielle negó moviendo la cabeza de un lado a otro.

—Ramin es mi cuñado.

—¡Jesús! ¿pero que tenía usted en la cabeza?

—Un odio profundo por mi hermana por haber provocado que me separaran de mi novio, por haber provocado que me alejaran de él por tres años en un país extranjero. No vi a mis padres durante todo ese tiempo y mi madre me aborreció. Y todo para que ella pudiera quedárselo. Yo creí que lo amaba de verdad.

—¿Y no lo hizo?

—No. Al menos no como sé que amo a Leonard. Ahora entiendes el por qué no puedo ignorar esta nota.

—¿Por qué no le dice la verdad a Leonard? —preguntó con sincera curiosidad.

—Porque nunca confiaría en mí. Ni su familia, si llegaran a enterarse.

—¿Y usted cree que no sabe quién era su amante?

Gabrielle pensó en el día anterior.

—¿Lo sabe?

Blaire, no podía decirle que él sospechaba, porque no estaba segura de si él lo hacía.

—No lo sé, señora —murmuró.

—No creo que lo sepa, cuando conoció a Ramin, él actuó natural. Creí que me preguntaría y no fue así. Sin embargo…

—¿Sin embargo?

—No lo sé, parecía extraño más tarde y…

Blaire lo supo, él sabía. ¡Lo sabía!

—¡Dígale!

—¡No puedo, Blaire! —Gabrielle se levantó y se dirigió hacia el ventanal.

—¿Por qué?

—Porque, me da vergüenza. Él es la única persona que… no me mira con reproche o desprecio. Me ama. Y tú que lo conoces bien, ¿crees que pasaría por alto la atrocidad que he cometido contra mi propia sangre? ¿Crees que lo entendería? Su familia es unida, confían los unos con los otros. ¿Crees que lo entendería?

Blaire, se quedó pensativa, no sabía qué decirle para hacerla sentir mejor. Porque tenía razón, cabía la posibilidad de que él la juzgara. Era hombre y pues un cabezota por naturaleza, supuso.

—¿Qué piensa hacer?

—Me acompañarás a ver a Ramin.

—¡Dios mío! ¿cómo pretende que hagamos eso? —Blaire se rascó de nuevo.

Gabrielle que estaba de los nervios le preguntó al fin a la doncella:

—¿Qué tienes?

—Creo que tengo alimañas en la cabeza.

—¿Piojos? —preguntó, frunciendo la nariz.

—Sí, señora —respondió avergonzada.

—Amy quería que pactáramos una tarde de té. Así que haremos lo siguiente, le dirás al Ralph que te he enviado a la botica por un tónico, para —sonrió— los piojos. De allí iras a casa de Amy y le entregarás una nota. —Gabrielle caminó hasta el tocador, del cajón sacó una hoja, sin darse cuenta de que la carta de Armand había quedado a la vista, y escribió —. Es una nota diciéndole que me encantaría verla a ella y a Aline en el restaurante del Great Northern Hotel, el jueves a medio día.

—¿Iremos al Hotel de ese hombre?

—Sí. ¿Cómo podría estar en dos lugares al mismo tiempo?

—Entonces ¿a qué hora iremos con ese señor?

—A mediodía, llegaremos tarde por unos minutos con Amy y Aline. No lo notarán.

—Pero, ¿para que irá a verlo?

—Para pedirle que no me busque más.

Blaire, confiaba en ella; pero Leonard era su señor, su amigo. Entonces, estaba en una encrucijada, aunque si ella rechazaba a su señora, no volvería a confiar en ella. Y entonces, ¿cómo cuidaría de Leonard?

—¿Me promete que no le hará daño a mi señor?

—Blaire, si mi intención fuera hacerle daño, no te llevaría conmigo. ¡Escúchame, Blaire! Cuando regresé de París, creí que estaba esperándome y aunque sabía que podía estar ya casado con alguna otra mujer nunca imaginé que fuera mi hermana. Eso me destrozó. Cuando hablamos, sobre lo ocurrido, me dijo que lo había hecho para poder estar conmigo, aunque fuera de lejos. Que, aunque no pudiéramos estar juntos siempre estaríamos atados por Danielle. ¿Entiendes? Porque, dado el estatus social de su familia, mi padre nunca le hubiera dado mi mano.

—¿Por qué la mano de su hermana, sí se la dio?

—La sedujo y la embarazó. Ramin no se detendrá, el mantiene la esperanza, como yo lo hice hace tres años, porque me lo prometió. Me dijo que siempre me amaría. Y cuando sucedió la infidelidad, me prometió que, si algún día nos separábamos de nuevo, el siempre esperaría. Que buscaría la manera de volver a mí. Ramin sabe que mi padre me obligó a casarme con Leonard, el cree que yo no amo a mi esposo. Que estoy esperándolo. Lo sé. Por eso debo verlo.

—¿Por qué no le envía una carta?

—No me creerá.

Blaire asintió. De alguna manera extraña entendía a Gabrielle. Tal vez ellos necesitaban cerrar el círculo para continuar. ¿No? Solo rezaba porque Leonard nunca lo supiera.

—Está bien. La ayudaré.

—Toma, ahora vete.

—Sí, señora. —Blaire, caminó hasta la puerta de la alcoba y antes de abrirla—: Por cierto, ¿ya se siente mejor?

—No. Tengo nauseas.

Blaire que ya había abierto la puerta, regresó corriendo hasta Gabrielle, se inclinó un poco y le susurró:

—¿Se da cuenta de que su periodo lleva un retraso de una semana?

Gabrielle abrió los ojos exageradamente.

—¿Tan rápido?

—Bueno, tampoco es como que no le pongan empeño al asunto, muchos de nosotros tenemos que andarnos con cuidado en los pasillos de la casa.

Gabrielle tomó un cojín y se lo arrojó a la rubia, que reía aparatosamente.

—¡Lárgate!

Blaire caminó de nuevo a la salida, pero antes de salir le dijo en voz alta:

—Si no quiere que el señor lo sepa todavía, manténgalo entretenido. Es buenísimo para las sumas.

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Robert, tenía un mal presentimiento con respecto a Ramin. En cuanto su hija le había dicho que la policía lo buscaba por robarle a su propio padre, Robert, recordó el poder que esa alimaña tenía. Así que había salido muy temprano al banco, para cancelar el permiso de Ramin para disponer del dinero.

Cuando llegó al banco y fue informado de la disposición de dinero que hizo el joven un día antes, de alguna manera no se sorprendió. Ni siquiera de la cantidad que fue. Más de la mitad de la cuenta. Canceló su poder y les pidió que, si volvía a presentarse, llamaran a la policía. Porque interpondría una demanda en contra de Ramin Asadi.

Robert se dirigió al siguiente banco rezando por que el joven no hubiera, también saqueado esa cuenta. Su retiro. Pero cuando vio el rostro sorprendido del agente supo que el maldito ya había estado allí.

—Señor, Stravella. Espero que haya reconsiderado nuestra propuesta para mantener su dinero con nosotros.

—¿Cuánto dinero, sacó, Ramin Asadi?

EL rostro del hombre se tornó blanco.

—Todo —susurró.

Robert asintió y sin pronunciar palabra salió de inmediato del Banco. La siguiente parada que hizo fue en la mansión Du Pac. León recibió al hombre en su despacho. Cuando este le informó que su yerno estaba desaparecido y que el día anterior había saqueado dos de sus arcas, y que probablemente estuviera haciendo más fechorías, llamaron a Jerry y Noel para que fueran en nombre de Robert a visitar acreedores y prestamistas.

Por la noche volvieron a reunirse en casa de León. Robert estaba bebiendo una copa de Brandy muy necesaria, mientras Jerry recopilaba toda la información que habían recabado.

—Al parecer Ramin comenzó hace dos meses, solicitando préstamos en tu nombre, algunos pequeños, que pagó de inmediato para que las cuentas aumentaran su crédito y desde hace una semana, solicitó fuertes cantidades de dinero. ¡Dios mío! Este hombre es un maestro de la estafa. ¿Cuánto tiempo le habrá llevado planear esto? —Jerry estaba sorprendido.

—¿Por qué haría algo así? ¿Robarle a su padre y a su suegro? —Noel intentaba predecir el siguiente movimiento de Asadi.

—Tal vez esto fue planeado por Karam, ese chico no tenía finta de ser un genio en las finanzas —León pronunció.

—No fue Karam, hace dos meses que está de viaje. Hablé con el administrador de Karam y tenía la orden de no realizarle ningún préstamo a Ramin. No creo que Karam tenga algo que ver. Y pese a lo que se pudiera ver, León, Ramin era muy bueno para los negocios. Karam lo instruyó bien.

—¿Entonces es así como Karam Asadi ha dado una apariencia de riqueza?; cuando en realidad lo único que ha hecho es: obtener créditos y hacer rodar la deuda de un lado a otro, mientras se pavonea diciendo que puede pagar sin problemas. ¡Vaya, estoy sorprendido! —dijo Noel.

—¿Qué lo llevaría a…? —León no quería ni decirlo en voz alta. Pero Ramin había hipotecado todas y cada una de las propiedades de Robert.

—¿Llevarme a la ruina? —Robert terminó la pregunta por León. Los tres hombres que lo acompañaban lo miraron, sorprendidos, porque Robert no se había quebrantado a pesar de saber que ya lo había perdido todo. Lo admiraron. Otro en su lugar ya estaría pensando en ponerse el revolver en la boca y jalar el gatillo—. León, ¿tu hijo tiene teléfono en casa?

—Sí.

—¿Puedo?

—Por supuesto.

Robert se puso en pie, y colocó su vaso en el escritorio. Jerry notó que a Robert ni siquiera le temblaba la mano.

—¡Leonard Du Pac!

Escuchó León a su hijo, antes de pasarle la bocina a Robert.

—¿Leonard?

—Sí. ¿Quién es?

—Soy Robert, ¿se encuentra contigo Gabrielle?

—Sí, claro. Te comunico.

"Gabrielle, cariño es tu padre" escuchó la voz de su yerno. Luego, un movimiento de una silla. Leonard había mirado debajo de su escritorio, alejó el rostro de su amada esposa de sí mismo y le susurró quién la buscaba. Se echo atrás y le tendió la mano para ayudarla a salir de su escondite. Le dio un pañuelo y ella se limpió la comisura de los labios. Vio la bebida de Leonard y dio un sorbo para quitarse el sabor agrio del semen, que se había tragado hacía unos momentos.

—¿Robert? —preguntó nerviosa. Seguramente le preguntaría por Ramin.

—Gabrielle, ¿cómo estás?

—Bien, ¿mamá está bien? —Intentó decirle con eso a su padre que no estaba sola.

—Sí, Gabrielle. ¿Has visto a Ramin?

—¿Qué? ¿Por qué preguntas? —le tembló la voz.

—Gabrielle, de verdad necesito saber si lo has visto.

—¿Qué pasa?

—Ramin ha dejado a Danielle y su padre lo está buscando. Tengo que hablar contigo.

Gabrielle quería decirle que lo había visto, pero Leonard estaba a su lado besando su cuello. Lo miró un momento. No podía decirle.

—Papá, ¿cómo está Danielle?

—Gabrielle, la policía está buscándolo. Aléjate de él.

Robert colgó. Sabía que lo había visto. Su hija, nunca negó haberlo visto. Gabrielle jamás preguntaría por Danielle, a menos que la traducción de la pregunta fuera, si le había dolido demasiado. Si una golpeaba la otra respondía con más fuerza. Danielle nunca le perdonaría a Gabrielle si ella se fugara con el perro.

Los tres hombres a su lado se miraron unos a otros. Lo vieron pasarse una mano en el rostro y ponerse furioso.

—¿Por qué Ramin, buscaría a Gabrielle?

León sabía la respuesta y pensó en el maldito Karma.

Robert, colocó la palma de sus manos en el escritorio, lo vieron inhalar y exhalar en dos ocasiones antes de responderle a Noel.

—Gabrielle era la amante de Ramin.

El silencio en esa habitación fue sepulcral.

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Leonard había soltado su pezón en el momento que la escuchó preguntar por Danielle. Y cuando la llamada concluyo le preguntó:

—¿Qué ocurre?

—Danielle y Ramin tuvieron una discusión.

—¿Y?

—Supongo que necesitaba hablar con alguien que no fuera mi madre y mi hermana. No lo sé, Leonard. ¿Por qué no mejor vamos a nuestra habitación y terminamos lo que iniciamos? Me debes una.

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A la mañana siguiente Gabrielle se preparaba bajo la atenta mirada de Leonard. La vio cepillarse el cabello y hacerse un peinado sencillo sujetándose el cabello con las peinetas que le había regalado antes de su boda. Ella le pidió ayuda para amarrar el odioso corsé, la ayudó a ponerse el vestido y lo abrochó muy lentamente. Levantó su cabello, cuando ella reajustó su relicario en el cuello. Miró con atención cuando ella se puso un poco de colorete en las mejillas y otro poco en los labios.

—Te falta el perfume.

Gabrielle se giró en su dirección, lo encontró recostado en la cama, apenas con un trozo de sábana cubriendo su sexo, una mano sosteniendo su cabeza y con su mirada intensa puesta en ella. No se pondría perfume porque le provocaba nauseas.

—¿Hoy no piensas levantarte? —preguntó para distraerlo. Se preguntó, ¿por qué era observador en unas cosas y en lo que debería no?

—Estoy esperando a que salgas de la habitación para que Ralph pueda entrar a ayudarme.

Gabrielle rodó los ojos.

—¿Por qué no te arreglas tú?

—Porque Ralph adora ayudarme y es un buen escucha —respondió recostándose completamente en la cama y cerrando los ojos. Se sentía ansioso, paranoico. No quería perderla de vista, pero…

—¡Oh! Yo también puedo ser una buena escucha.

—Lo sé, pero requiere de años de confianza.

Gabrielle nunca hubiera aceptado que su comentario la hirió. Ella quería ser para él, todo.

—¿No confías en mí o acaso le hablarás a Ralph de lo malvada que soy y lo mal que te trato?

—Tal vez. ¿Tú confías en mí?

—Sí.

—Háblame de tu hermana y tu madre. Nunca las mencionas.

Gabrielle suspiró, quería trabajar con él sobre la confianza y si él pedía tan poco… sería un buen inicio, ¿no?

—Renée, prefiere a mi hermana, y ella es una idiota, que me ha odiado siempre.

Leonard asintió. Si Danielle y ella no se llevaban bien, entonces realmente Gabrielle y Ramin lo creían un imbécil al intentar hacerlo creer en todos esos malditos mensajes de felicitaciones y… ¡un maldito demonio…! ¡Malditos! ¿Se hablarían en una especie de código morse o qué?

—Dime tu secreto más terrible.

—Te amo.

Leonard se carcajeó.

«Miente, Leonard. Ella te miente» escuchaba esa maldita vocecita una y otra vez, desde que ella había hablado con Robert.

—¿Por qué amarme es terrible?

—Porque si te empeñas en morir primero que yo, entonces llorare mucho. Lo que lo hace más terrible es el hecho de que si la gente se da cuenta de cuanto te amo dirán: ¡Mira pobre chica, tan enamorada y su esposo es un moribundo! Odio que la gente me tenga lástima. De verdad lo odio Leonard.

—Lamento no poder prometerte lo contrario.

—No lo lamentes, tengo un plan. Voy a envenenarme.

Leonard se sentó. Gabrielle estaba sentada en la orilla de la cama, mirando hacia la pared frente a ella.

—¡No! Nunca harás eso. Prométeme que nunca atentarás contra tu vida.

Gabrielle pensó en un instante en el niño que posiblemente ya estaba creciendo en su vientre. Sintió como unas fuertes cadenas comenzaban a formarse en sus tobillos atándola a la vida. Lejos muy lejos de Leonard. Si él moría ella no podría seguirlo, aunque lo deseara porque, nunca podría dejar a su bebé.

—¡Está bien! Te lo prometo —Gabrielle se acercó y besó al hombre que amaba —Tengo que irme, pero volveré pronto.

—Gabrielle, no te vayas.

—Leonard, no puedo dejar a mis primas —tosió— plantadas. Sería de mal gusto rechazar su primera invitación formal.

—Odio a Amy. ¿Cómo se atreve a robarme a mi esposa?

Ella sonrió.

—Solo serán unas horas.

—¿Sí?

—Sí.

—Te amo; Gabrielle. Nunca lo olvides.

—Yo también, tampoco lo olvides.

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Gabrielle abrió la puerta de la aloba permitiendo que Ralph entrara primero. Cuando iba escaleras abajo vio a Kassandra con una pañoleta en la cabeza, había ordenado que todas las mujeres y hombres usaran el tónico y ataran la pañoleta en su cabeza si llevaban el cabello largo, para que los animalillos murieran y la plaga terminara pronto.

—Señora.

—Sí, Kassandra.

—El señor Du Pac padre y los duques acaban de llegar. Buscan al señor.

Gabrielle torció los labios, solo faltaba que sus primas vinieran con ellos.

—¿Vienen con ellos sus esposas?

—No, están solos.

—De acuerdo voy a recibirlos, mientras Leonard se alista. Dile a Ralph que se dé prisa con Leonard, porque tengo que ir con Amy.

—Sí, señora.

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—¿Está seguro qué ese hombre es el que fue amante de la señora?

—Sí. La hubieras visto. Toda nerviosa y el perro, comiéndosela con los ojos. ¡Arrgg! Maldito.

—¿Por qué no le pregunta?

—¿Con qué derecho Ralph? Además, si ella no quiere decirme nada sobre esa historia, ¿cómo podría preguntarle sin ofenderla o parecer un cavernícola celoso?

—El miedo, a veces es nuestro peor enemigo y la falta de confianza el peor asesino.

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.

Gabrielle encontró a su suegro y primos en el despacho de Leonard, León había tomado asiento en el sofá. Noel estaba husmeando los libros. Jerry estaba de pie junto a la chimenea.

—Buenos días, señores.

—Gabrielle —León se levantó y asintió hacia ella en forma de saludo. Gabrielle, sorpresivamente se acercó a Jerry y le dio un beso en la mejilla, le sonrió con calidez y acomodó un rizo suelto que caía ocioso de su casi pulcro peinado del rubio. Los ojos de Jerry casi salían de sus cuencas. Nunca había conocido a una mujer a veces fría y otras tan descarada. Si Leonard la viera actuar de esa manera… Noel que estaba viendo la escena dejó caer el libro de la impresión. La furcia, estaba coqueteando con su hermano. Tenía ganas de quitarle sus sucias manos de él.

Luego; caminó hacia Noel, el cual estaba muy cerca del libro que activaba el dispositivo de la puerta secreta, y también besó su mejilla. A León le sonrió. Quedándose cerca de Noel por delante de la puerta secreta.

León que había aprendido a interpretar a Gabrielle bajo la observación entendió que ella intentaba distraerlos, ¿pero de qué?

Jerry frunció el ceño. ¿Qué intentaba aparentar esta mujer? ¿Realmente iba a engañar a su primo?

—¿Amy y Aline vienen con ustedes? —ella preguntó con una sonrisa amable.

—No, tengo entendido que iban a verse más tarde —Noel respondió.

—Sí, a medio día. Por cierto, ya casi es hora.

—No te preocupes ellas entenderán si llegas tarde —esta vez había sido Jerry, quién habló.

Y no sabía por qué, pero Gabrielle sintió sus palabras cómo una amenaza.

—¿Les ofrezco algo de beber?

—Gracias Gabrielle, estamos bien —León rechazó.

Blaire entró en la biblioteca como su señora le había dicho que hiciera. La había encontrado en la entrada esperándola para marcharse a la dichosa cita, pero ella le dijo que se cambiara de ropa por uno de los vestidos que le había regalado y fuera corriendo a la biblioteca antes que Leonard. Blaire sería su coartada, aunque para ella más bien la palabra había sonado como a carnada. No sabía qué pretendía su señora, pero dado que ella era la maestra de las infidelidades y engaños… le haría caso.

—Oh, me disculpo —hizo una reverencia—No sabía que, no estaba sola mi señora.

—Oh, Blaire estás bellísima. ¿No les parece?

Blaire, llevaba un bonito vestido azul cielo de holanes. La joven, estaba sonrojada hasta las orejas.

—¿Blaire? —preguntó Jerry. Ella asintió.

—Sí, señor.

—Les presento a mi dama de compañía. Leonard me ha pedido no salir jamás de casa sin mi doncella, pero sería horrendo dejarla fuera del establecimiento esperando por mí.

En ese momento Leonard entró, recién bañado, pero no había alcanzado a afeitarse.

—Bueno, aquí está Leonard. Si me disculpan. No me gustaría llegar tarde con mis primas.

Gabrielle caminó hasta Leonard que estaba asombrado mirando la vestimenta de Blaire, tomó sus mejillas con ambas manos y lo atrajo para darle un beso en los labios. Un gesto atrevido de su parte y más extraño, pues en navidad, ella había sido indiferente a los mimos de Leonard. Fría con Aline, cortes con Amber y tolerante con Amy. Con ellos, Noel y Jerry, bueno, ella solo los ignoró. Con el único con el que conversó por largo tiempo había sido León. Así que Noel y Jerry se miraron desconcertados. La creyeron, loca.

—Cariño, es tardísimo. Te veré esta tarde —le dijo mirándolo a los ojos sin soltarlo todavía. Él parecía hechizado cuando estaba con ella. Noel desvió la mirada, pensativo. —Señores, fue un placer verlos.

—Igualmente Gabrielle —respondió León sin mirarla.

Cuando ella salió del despacho con una Blaire mirando el piso. Leonard caminó a su escritorio, se sentó y los invitó a hacer lo mismo con Jerry y Noel.

—¿Dama de compañía, Leonard? —preguntó León.

—Por no decir que ese vestido era costoso —Noel, soltó con veneno.

—Cuando le compré un nuevo guardarropa, Gabrielle regaló sus vestidos a las señoritas del servicio, Noel. En cuanto a Blaire —que es su doncella personal—, puede nombrarla y llevarla a donde quiera y como quiera. No me opongo, pues es algo que no le afecta a nadie. A menos que a Aline no le agrade, entonces primo, deberíamos dejar que ellas se arreglen o desarreglen. Por nuestra propia salud mental no entraré en peleas de faldas.

—Noel solo lo mencionó por parecerle extraño, Leonard —Jerry saltó en defensa de Noel, se temía que Leonard estuviera ciego en cuanto a Gabrielle. ¿Cómo reaccionaría cuando supiera de Gabrielle y la antigua relación que tuvo con Ramin Asadi?

—¿A qué debo el gusto de su visita tan temprano? —Ralph entró en ese instante con café para Leonard. Ofreció a los señores, pero cada uno rechazó.

—Primero que nada, tu esposa acaba de recibirnos con un beso y si no me equivoco coqueteó con Jerry. Acomodó uno de sus rizos de oro y si no conociera bien a mi hermano, diría que estaba muy cómodo con sus atenciones; por otro lado, aquí entre nosotros, creo que estaba aterrado —Noel soltó una carcajada.

Ralph y Leonard se miraron a los ojos. Ralph, depositó la taza de café frente a Leonard y vertió el agua caliente.

—Gabrielle no coqueteaba con Jerry, ella solo estaba…

—Estaba, ¿qué? —preguntó Noel.

Leonard, se preguntó lo mismo. «Mintió», escuchó de nuevo esa maldita voz.

—¿A qué han venido?

—Hijo tenemos un asunto delicado de qué hablar.

—Te escucho.

—El yerno de Robert, Ramin Asadi, le ha robado y llevado a la ruina. Solicitó créditos bancarios y prestamos personales a prestamistas, que no podrá pagar ni siquiera, vendiendo su casa y algunas joyas. Que es lo único que le queda, antes de que tenga encima a los bancos. Ramin también hipotecó los terrenos de las fábricas y se ha dado a la fuga. No sabemos dónde está.

Leonard miró de nuevo a Ralph.

—¿Desde cuándo saben esto?

—Desde ayer, por la mañana —respondió Jerry.

—Anoche, Robert llamó a Gabrielle —dijo Leonard.

—Sí, estábamos con él cuando la llamó.

—¿Gabrielle no te comento? —Noel, preguntó.

—Sí, me dijo que Ramin y Danielle, habían discutido —Leonard lo miró molesto. Sabía lo que estaba haciendo su primo. Pero ¿por qué?

—Pues eso no fue lo que le dijo Robert —Noel, volvió a soltar con veneno.

—¿Dónde está Robert? —Leonard le preguntó a León. Ignorando a sus primos.

—Esperando fuera del restaurante donde nuestras esposas esperan a Gabrielle.

—¿Por qué?

León, notó el nerviosismo de Leonard. Se preguntó, ¿Cuánto sabía él?

—Robert piensa que buscará a Gabrielle.

—¿Por qué pensaría eso? —Leonard preguntó, deprisa.

Noel miró a Jerry, sin embargo, esté se hizo el desentendido mirando sus manos. León habló:

—Ramin deshonró a Gabrielle, convirtiéndola en su amante.

—Así que le tendieron una trampa a mi esposa para que fuera a esa cita, pensando en que pasaría una tarde con su nueva familia, pero en realidad, ¿todo es mentira? Porque lo que ustedes esperan es que ella cometa un error, ustedes esperan que ese hombre se acerque a ella. Están utilizándola.

—Nosotros no le tendimos ninguna trampa —Jerry no permitiría que mancharan el nombre de Amy, no Gabrielle, no Leonard.

—¿No? Entonces ¿para qué la invitó a salir tu esposa?

—Es cierto que mi esposa lo propuso en navidad, pero fue Gabrielle quien le envió un recado con su Dama de compañía ayer por la tarde, para hacer la cita hoy.

Leonard recordó la carta que había recibido Gabrielle de su supuesta hermana.

—Gabrielle solo respondió a la invitación —habló entre dientes, ya dándose cuenta de que Gabrielle le había mentido—. ¿Y qué esperan que yo haga?

—Leonard, si estamos aquí es para prevenirte sobre Ramin —León habló tranquilamente.

—¿Y por qué no me previniste antes de casarme, papá?

—No lo creí necesario.

—¿Por qué la buscaría? Acaso, ¿no todo terminó entre ellos, no eligió a su esposa? —preguntó como si quisiera dar a entender que sabía sobre el tema.

—Al parecer las cosas no fueron así, Leonard. Ellos fueron descubiertos por Robert y bueno… lo envió lejos.

—¿Y creen que él vendrá por ella? —Preguntó con una sonrisa burlona.

—Sí —León respondió.

—Leonard, seamos sinceros… ¿Crees que ella podría huir con él? —esta vez fue Jerry quien preguntó.

—No, ella no lo haría. Ella me ama.

—Entonces ella nos diría si lo ha visto ¿no? —la voz de Noel era sarcástica.

—Por supuesto.

León, estaba preocupado por Leonard, sabía lo que un hombre enamorado, verdaderamente enamorado seria capaz de hacer, también sabía que los celos podrían corromper al alma más bondadosa.

—Nos reuniremos con Robert en mi casa, si tenemos alguna novedad te llamaré, Leonard.

—Sí, yo también lo haré, papá.

Leonard los acompañó a la puerta, cuando esta se cerró, dio media vuelta y corrió hacia las escaleras, Ralph fue tras él. Lo alcanzó, cuando ya estaba dentro de la alcoba de Gabrielle. El hombre se preguntó, ¿en qué momento el señor había adquirido tanta fuerza y vitalidad?

Leonard fue directo al cajón de la cómoda, allí encontró el sobre con el nombre de Danielle Stravella. Al abrirlo, no encontró nada. Luego removió los papeles y encontró una carta sellada dirigida a la marquesa de Tolosa. La dejó de nuevo en su lugar. Continuó removiendo cuando vio una hoja manchada con tinta negra. Desdobló la hoja y leyó el mensaje.

Para la mujer que me robó el alma:

No sé por dónde empezar… tal vez debería de hacerlo por el comienzo. Más tú mejor que nadie conoce el principio de todo.

Lamento haberte obligado aceptar tan terrible situación. Condenándote a vivir en las sombras, bajo apariencias y en el encierro. Sin embargo, quiero que sepas que ella no significó más de lo que tu significas para mí. Te amo y ahora que soy libre, libre de ese compromiso inadecuado, lo grito.

Te amo.

Partiré mañana y si estás dispuesta a darme una oportunidad… Yo estaré esperando.

Desde hoy siempre tuyo:

El hombre que ahora sabe lo que perdió.

Leonard se mareó, de pronto sintió que el aire le faltaba y el brazo izquierdo comenzó a dolerle y Ralph lo sujetó llevándolo hasta la cama, le desabrochó el cuello de la camisa, le quitó los zapatos y comenzó a darle masaje en los brazos.

—¡Kassandra! —Ralph gritó con todas sus fuerzas.

La joven, llegó corriendo.

—Señor Ralph.

—¡Llama a un médico!

La señorita Colt entró media hora después con el medico que había sido contratado por León Du Pac para atender a Leonard a cualquier hora del día. Leonard, había tenido un preinfarto. En el instante en que el médico salió de la alcoba de Leonard, Ralph se acercó a su señor, para acomodarle las almohadas.

—Señor, ¿por qué no me permite avisarle a su padre?

—No Ralph. Sé que ellos te pidieron que les mantuvieras informado, pero te pido por favor no lo hagas. Si lo haces te expulsaré de mi vida, te lo juro. —Hazme un favor.

—Dígame.

—Ve a la habitación de Armand y lleva el cofre de las joyas de mi abuela a mi despacho y luego ven por mí.

—¡Señor!

—¿Ya leíste la carta?

—Sí —asintió y sujetó con fuerza la mano de Leonard.

—No quiero que me deje, tal vez si le entrego mi testamento y las joyas de mi abuela, se lo piense mejor antes de salir corriendo con ese hombre.

—¿Planea dejarle todo?

—Sí. Piénsalo bien Ralph. Ramin robó a su padre y Robert, para poder huir con Gabrielle. Pero tarde o temprano lo capturarán y si ella está con él en ese momento la arrestarán, irá a la cárcel, por lo que sé, su hermana la odia, y con eso más. La hundirá. Si Gabrielle, tiene mi testamento en sus manos, no se arriesgará a una persecución con Ramin.

—A menos que no sea el dinero lo que ella busca.

—¿Te refieres a que huiría con él por amor?

—O se quede a su lado por amor. ¿Por qué no habla con ella?

—No puedo. Ya es demasiado tarde. Si ella me dice ahora que lo ha visto, te juro que no la perdonaré. Haz lo que te digo.

—Pero a un así la quiere ayudar.

—Solo quiero darle otra opción, lo que ella elija y sus razones serán de ella. No quiero saber nada de su relación con ese hombre. No lo tolero. Ni antes, ni después.

.

.

.

Esa tarde cuando Gabrielle llegó, encontró a Leonard sentado en los últimos escalones de la escalera, llevaba puesto solo su pantalón negro y la camisa blanca desfajada y abierta. Su cabello estaba desordenado. Ralph estaba de pie recargado en el barandal detrás de él, mirando el piso. Parecía triste al igual que Leonard.

—¿Leonard?

Él levantó la cabeza para mirarla a los ojos. Estaba pálido y ojeroso. Ella se acercó a él.

—Hola.

—¿Estás bien? ¿Qué ocurre?

Ralph, la miró en ese momento y llevó la mano a su corazón. No le hicieron falta las palabras para saber que Leonard se sentía mal.

—No te preocupes, estoy bien. Ven.

Gabrielle se sentó a su lado. Quería besar sus labios, pero él había puesto su mejilla. Le dolió el rechazo.

—¿Cómo te fue?

—Bien ¿y, a ti?

Leonard, solo asintió, podía escuchar su respiración errática. Tenía miedo.

—¿Confías en mí Gabrielle?

—Sí.

—Entonces, cuéntame lo más terrible que has hecho hoy.

Ella quería decirle que había visto a Ramin, quería pedirle perdón. Pero en su estado… no quería provocarle un infarto.

—Cuando era niña, mi madre, no dejaba que Danielle y yo comiéramos azúcar. Por eso, Danielle me convencía para robarle a la señorita Colt un par de terrones de azúcar para cada una, en nuestra hora del té. Ella solía darnos en ese momento etiqueta.

Gabrielle sonrió ante el recuerdo. Llevó sus manos a su bolsito de mano, lo abrió y sacó un pañuelo. Al desdoblarlo, descubrió un par de terrones de azúcar.

—Soy una ladrona de terrones de azúcar, son del restaurante —dijo con una sonrisa melancólica. Tomó uno y lo llevó hasta sus labios y lentamente se acercó a Leonard.

Leonard había sonreído con suma tristeza por ese recuerdo. Y cuando ella se acercó con el terrón en su boca no pudo negarse a ese dulce, compartido. Sus labios se juntaron y el bocadillo se convirtió en un beso tierno. Leonard la recostó en las escaleras acunando la cabeza de Gabrielle con su brazo. Cuando terminó el beso, la soltó y nuevamente se sentó encorvado.

—¿Por qué no vas a refrescarte y me alcanzas en el despacho?

—Sí, me parece una buena idea.

Gabrielle se levantó y se dio media vuelta. Ralph seguía allí, con él. Sus miradas se cruzaron y lo vio asentir en su dirección. Él continuaría cuidándolo.

—Señor… ¿Se siente bien?

Leonard tenía las manos cubriendo su rostro. Y Ralph supo que estaba llorando cuando su espalda comenzó a temblar y su voz sonó entrecortada.

—Lo vio.

—¿Qué?

—Ella lo vio.

—Señor, no puede estar seguro de eso.

—No las trae.

—¿Qué?

—Sus peinetas, no las trae puestas. Su peinado es distinto y… huele a loción. Hoy ella no se puso perfume.

Leonard levantó la mirada hacia Ralph.

Estaba destrozado.

Nota:

Gracias por esperar. Se los juro, no le veía fin. De una escena nacía otra y otra. Bueno espero les haya gustado. ¿Reviews? Por favor, muchas gracias.

A: : Lo sé, lo sé. También sentía pena por Ramin.

OnlyRobPatti: Más que consumado =)

Gloria Du Pac: Veremos qué pasa.

Dess Du Pac: Danielle, no es hija de Robert. Lo demás se responderá en el siguiente capítulo.

Lore562: ¡Ahh!

221v:Gracias

Mapi: Gracias a ti.

Lorena: No.

Cristal82: Sí un poco, su padre es un hombre muy dominante.

Mydac10:Gracias a ti.

Maniligrez: Creo que tienes razón.

Maris Portena: Sí son un caso ese par.

Calia:Sí lo ha hecho.

NarMaVeg: Sí, lo quiere hacer.

Sra. Bills: Gracias.

BereB: Gracias a ti.

Isis Blairet: ¿A quién quieres que mate?

SaraiPineda44: Sí creo que lo harán. Poco a poco.

ZellidethSaga76: Ya está aquí el bebé.

A los grupos de Facebook Muchas gracias.

Nos leemos en el siguiente, espero el domingo.

Chapter 14: Chapter 14

Oscuro Corazón

Disclaimer

La saga de crepúsculo no me pertenece, la trama de esta historia sí.

No permito la distribución, la adaptación o publicación de este material sin mi autorización.

Grupo de Facebook: "Fanfics Rakel Luvre".

Capítulo 13

Traición

—Señora —llamó con voz nerviosa Blaire, a Gabrielle que miraba por la ventanilla del auto en el que viajaban, rumbo al hotel de Ramin y donde sus primas también la esperaban en el restaurante—. ¿Por qué cree que nadie sospechará de usted?

—No creo que lo hagan —respondió optimista—. Confío en que mi padre no les haya mencionado quién era mi amante en ese dichoso contrato de matrimonio —dijo. Tomó la mano de Blaire y le dio un par de palmadas para tranquilizarla. Luego, añadió—: Y por supuesto, que no estén enterados de su desaparición.

—¿Y si lo hizo? —replicó con acritud—. ¿Y si ya también saben que la policía lo está buscando? ¿Qué va a hacer entonces?

Blaire temía más por el futuro de Gabrielle que el de sí misma. Pues, no pasaría de que la enviaran de regreso a casa en Inglaterra. En cambio, su señora, lo perdería todo.

—Te quiero, Blaire —dijo Gabrielle con una sonrisa tierna en el rostro, aunque sus ojos tenían un brillo malévolo—. Pero, ¿puedes dejar de ser tan pesimista? ¿No ves que estoy nerviosa?

Por un instante la rubia abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua.

—¡Ah! Sí lo siento señora —se disculpó con el rostro apenado.

—No te preocupes —añadió Gabrielle con una media sonrisa—. Es solo que no quiero pensar demasiado las cosas, porque entonces no las haría.

Tomás se detuvo en la entrada lateral del hotel, este constaba de dos entradas, la principal que estaba sobre una avenida y la lateral, donde la calle era menos concurrida. Gabrielle y Blaire entraron por la puerta lateral para evadir la entrada del restaurante, donde seguramente Aline y Amy, ya estaban esperándola.

Gabrielle no se detuvo en la recepción, al entrar de inmediato identificó el ascensor y dirigió sus pasos, con determinación. Tal como lo haría una persona alojada en el hotel. Blaire solo la seguía con la mirada en alto, para no llamar la atención.

Subieron a la gran caja metálica en el momento que dos señoras de edad avanzada cruzaron sus puertas. El ascensorista, un hombre de mediana edad, de cabellos castaños y ojos aburridos, les pidió el piso al que iban y el número de habitación. Gabrielle le entregó la nota de Ramin. Tras leerla, el hombre —que en la placa de su uniforme decía: Louis—, cerró las puertas con un poco de esfuerzo, y estas resonaron con un horrible chirrido. ¡Para los nervios de las dos mujeres!

Al abrirles de nuevo las puertas, les indicó continuar el camino hacia la derecha y luego, cerró de nuevo las horribles puertas y se fue.

—Tan costoso que se ve este hotel y no es posible que no puedan ponerle un poco de aceite a esas puertas, aunque sea de cocina —farfulló Blaire.

Gabrielle medio sonrió ante el comentario. Sus manos temblaban y sentía las rodillas agitarse como la gelatina. Gabrielle comenzó el largo camino por el angosto pasillo. Era silencioso o tal vez, era el miedo y expectación de volver a encontrarse con Ramin. No era una sensación agradable, sino más bien de horror. No quería verlo, pero tenía que enfrentarse a su pasado y cerrar el círculo, para que Ramin nunca pensara: en un hubiera y en un qué pasaría sí. No quería que Ramin creyera que ella todavía lo esperaba o lo quería. No. No. No.

Cuando se encontraron frente a la habitación de Ramin, Gabrielle miró a Blaire antes de dar dos suaves toques a la puerta de madera.

La puerta se abrió y, un nervioso y desaliñado Ramin Asadi apareció, con la camisa blanca de lino desfajada y sin corbata, tenía una barba de días sin afeitar, y su cabello negro parecía ser lo único en forma. Ramin había dado por hecho que no se aparecería, ya que, había transcurrido quince minutos de la hora acordada. Sin embargo, al verla de pie frente a él, le hizo creer que todavía podían tener un futuro; si lograba convencerla. Así que le regaló una enorme sonrisa. La misma que en otro tiempo a Gabrielle, la deslumbró causándole un millón de suspiros. Ahora, ahora…

—¡Gabrielle! Sabía que vendrías —dijo con una sonrisa y con ojos brillando de emoción.

Ramin dio un paso al frente para abrazarla, pero Gabrielle fue más rápida y colocó ambas manos sobre su pecho empujándolo para detenerlo mientras decía:

—¡No! —chilló—. ¡Por favor no lo hagas!

Blaire carraspeó. En ese instante, Ramin se dio cuenta de que no venía sola. Frunció el ceño ante la figura de la rubia. La muchacha miraba el piso, en silencio, sin ni siquiera atreverse a echarle un vistazo al hombre. Una vez lo había visto, en la fiesta de bienvenida de su señora, antes de casarse. Era un hombre que bien era agradable a la vista, pero nada más. La rubia sintió que sus mejillas estaban sonrojadas. Pero, su rostro reflejaba inconformidad y desprecio. Ramin asintió a Gabrielle y se hizo a un lado para permitirles pasar a la suite.

—Blaire —llamó Gabrielle con voz firme, sin transmitir lo que de verdad estaba sintiendo, temor—. ¿Podrías darme unos minutos con el señor Asadi?

—Por supuesto, Gabrielle —concedió la joven sin apartar la mirada de los ojos negros que parecían estarse burlando de ella—. Contaré hasta trescientos, que son cinco minutos y luego entraré. —Había recalcado lo último, como si Ramin no supiera cuántos segundos conformaban cinco minutos. Y añadió con tono amenazador—: ¡Si para entonces no has salido!

El plan era que Ramin no supiera que Blaire era su doncella, de ese modo, nunca se atrevería a intentar seducirla.

—Gracias, Blaire —Gabrielle asintió hacia la joven y, ella comenzó a contar.

—1, 2, 3…

Gabrielle se apresuró a empujar a Ramin hacia atrás dejando la puerta emparejada. Tomó la mano del joven y lo alejó, para que no la cerrara por completo. Ramin solo torció los labios y levantó una ceja en inconformidad.

—¿Quién es ella y qué hace aquí?

Gabrielle podía notar la molestia en su tono, sin embargo, no quería perder el tiempo con discusiones estúpidas, así que ignoró su pregunta.

—Ramin, ¿qué has hecho para que la policía te busque?

—¿Ya me están buscando? —preguntó con una sonrisa cínica a la vez que divertida.

No quería permanecer cerca de él y por eso fingió estar mirando la habitación.

—Sí —respondió, mientras se acercaba a una mesa circular y tocaba las orquídeas que descansaban en un jarrón—, mi padre me llamó preguntándome si te he visto. No le respondí.

—¡Maldición! —maldijo Ramin. Rápidamente se acercó a la ventana y miró detrás de las cortinas—. ¿Te dijo por qué?

—No.

—Bien. Vine por ti, Gabrielle. Te amo y no permitiré que continúen separándonos.

—Ramin, ya basta, no más. En el momento que te casaste con Danielle, perdimos toda posibilidad, ¿entiendes? —Gabrielle no estaba segura de sí lo entendía, se notaba cansado y en sus ojos podía ver la desesperación que le causaban sus palabras— ¿Sabes? Leonard es un buen hombre, es comprensivo y…

Ramin caminó hacia ella y tomó sus manos entre las suyas. A pesar de su enorme altura, parecía tan frágil.

—¡No, Gabrielle! No me hables de ese maldito. Por favor Gabrielle, sé que cometí un error, de hecho, muchos. Pero ya no más Gabrielle, no nos hagas esto. Luchemos juntos contra el mundo, por nuestro amor.

—Ramin, las cosas han cambiado —ella se soltó de su agarre. Estar allí era incorrecto, permitir que la tocara, aunque fuera en un gesto inocente, era mucho peor.

—No. No dejes que te convenzan de que lo nuestro es incorrecto —todavía podía leerla—. Sabes que no lo es, sabes que luchamos años y luego meses en contra de este sentimiento y no pudimos. ¡Por favor, Gabrielle! Huyamos, ya tengo todo listo, los pasajes del tren y del barco, iremos a Europa y luego a Marruecos a donde nací. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas nuestros sueños, Gabrielle? Después te llevaré a la India, visitaremos el Taj Mahal y nos casaremos en la ciudad.

—¿Qué? —Gabrielle sollozó—¡Oh! No, Ramin.

Gabrielle negaba con la cabeza de un lado a otro. Sabía que ese hombre la amaba, lo hacía de verdad. Pero nunca estuvieron destinados a ser. Tal vez en otra vida, tal vez nunca.

—¡Ciento diez! —gritó Blaire más fuerte, temiendo que las palabras bonitas de aquel hombre envolvieran a su señora. No lo permitiría, aunque sintiera pena por ese tal Ramin.

—Tendremos muchos hijos…

—Ya tienes uno, Ramin.

—¡No es mi hijo! —gritó con fuerza.

Blaire, tenía la oreja pegada en la puerta escuchando todo, en realidad no estaba contando. Le había robado el reloj de bolsillo a su tío. Cinco minutos, acordó con Gabrielle, eran suficientes para decir: No, muchas gracias y adiós Ramin. Blaire se cubrió la boca asombrada.

«¡No era su hijo!», repitió Blaire, las palabras de Ramin en su mente.

—¿De qué hablas? —, preguntó en un susurro.

—El niño es de Sam, yo solo aproveché la mala situación de Danielle para poder estar a tu lado. Sam la rechazó y se casó con otra mujer.

Gabrielle no podía creer las palabras de Ramin, ¿cómo era posible que Danielle la hubiera engañado? ¿Por qué no se lo dijeron? No solo la había alejado de Ramin, también se lo arrebató para salvarse a sí misma y lo peor le hizo creer que él la había traicionado.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque se lo prometí a Danielle y al bebé. Es un ser inocente, no merecía sufrir por los errores de sus padres. Quise ser un buen hombre. Quería ser para ti un guardián, sabía que Robert nunca me daría tu mano, así que era la única manera de estar cerca de ti. Pero fui estúpido porque debí esperar a tu regreso, me dejé llevar por la presión que mi padre ejercía sobre mí. Debí ser valiente. Nada me ata a Danielle, Gabrielle. Así que me pregunté, ¿Por qué debería seguir siendo un cobarde? No, no quiero ser infeliz toda mi vida. Te amo y quiero ser feliz a tu lado.

Gabrielle estaba llorando, él la amaba y ella también lo hizo en algún momento. Sin embargo, ya no, y una parte de su corazón —la que guardaba con cariño los recuerdos de ese jovenzuelo cínico, divertido y soñador—, le decía: ¡Anda hazlo, ve con él! ¡Vive la aventura! Pero ella sabía que nunca sería lo mismo. Porque su corazón, lo quería sí, como se quiere a un amigo, a un conocido, a alguien que si no está a tu lado no pasa nada, porque puedes seguir viviendo, puedes volver a enamorarte. Pero ella nunca podría vivir sin Leonard, causarle daño, eso podría matarlo y una parte de ella moriría con él.

—Fuimos tontos, Ramin. Tal vez lo único que debiste hacer era hablar con mi padre. Después de todo, te dio la mano de Danielle, ¿no? —dijo con resentimiento. Había tanto que quería sacar de su corazón. Pero ya de nada servían los reclamos, ¿verdad?

—Sí. Lo hizo, pero porque ella no significa nada para él. Robert Stravella, no te entregaría a cualquiera. Esa noche, en la que te susurré al oído los versos de Romeo. ¿Lo recuerdas? Le dijo a mi padre que nunca podría darle la mano de su hija a un hombre como yo. Porque era un don nadie y tú eras lo más importante que tenía él.

—¡Mientes!

—No. Danielle no es hija de Robert.

Gabrielle dio un paso atrás, horrorizada. Intentó recordar algo que le indicara que las palabras de Ramin eran verdad. Y luego recordó que Danielle había renunciado a su herencia por Ramin, pero ¿era así? O ¿Robert simplemente aprovechó la oportunidad de quitarle de las manos lo que no creía que le correspondía?

—¿Qué dices?

—Mi padre lo supo y le dijo a tu madre que, si no quería que Danielle lo supiera, hiciera que Robert me aceptara como el esposo de Danielle.

—No es cierto.

—¿No lo es? Tu madre no te ama, porque eres producto de un matrimonio concertado.

—¡Eres cruel! —Gabrielle, no estaba segura de creerle, aunque nunca antes le mintió además de lo del niño, de alguna manera sus acciones eran nobles. Y si había alguien en quien podía confiar cualquier cosa y nunca la juzgaría, ese es Ramin; si había alguien a quien le confiaría un secreto y este sería guardado hasta la muerte, sería él; si existía alguien a quien le confiaría su vida…

«¿Podría ser Leonard? ¿Podría ser Leonard todo eso para ella, sin horrorizarse, sin juzgarla?», Gabrielle se preguntó en silencio.

—No. Soy realista. ¡Ven conmigo, mi amor! Te protegeré con mi vida.

—Ya no te amo —Gabrielle sollozó, porque a pesar de todo, le tenía cariño y sentía pena al herirlo.

Ramin dio dos pasos al frente para alcanzarla, la sujetó por los hombros atrayéndola hacia su pecho para robarle un beso. No se rendiría. No permitiría que ella creyera en su padre y en aquel hombre que se había aprovechado de su condición de invalidez para causarle lástima y mantenerla a su lado. No, ella era su mujer en cuerpo y alma. Y no descansaría hasta convertirla en su esposa.

—¡No!, No, Ramin —Gabrielle, colocó la palma de sus manos para empujarlo—. Amo a Leonard y no lo lamento.

Blaire miró el reloj, ya habían transcurrido siete minutos.

—¿Es por la chica que está allá afuera? —dijo Ramin, desesperado; mientras la abrazaba por la cintura muy fuerte.

—Ella es mi amiga. Está arriesgándolo todo por venir aquí. Sea lo que sea por lo que te buscan será mejor que lo arregles —dijo con dureza y una mueca de desprecio en el rostro y se soltó de su agarre—. Todavía te considero mi amigo y no quisiera verte en la cárcel. Adiós, Ramin.

—¡Gabrielle! —Ella se giró para mirarlo—. ¿Confías en él? —preguntó seriamente. Mirándola a los ojos, hechizándola para que viera la verdad de sus palabras.

—Sí.

—Entonces dile quién soy, dile que has venido a verme. Y luego ven aquí y cuéntame cómo te ha despreciado. Porque nunca, nadie, te conocerá como yo. Él, nunca podrá saber si lo que dices es verdad, o mentira, si lo que hablas es veneno o el más dulce de los néctares.

»Por nuestro tormentoso pasado, él nunca confiará en ti. Y podrás amarlo, pero aceptémoslo, eres una mujer de grandes pasiones, solo tu amor no te será suficiente. Lo es todo o nada. Y porque sé mejor que tú, él lo sabe. Sabe quién soy y lo que signifiqué para ti, pero él no te ha dicho nada, porque está esperando sentado a que tú falles.

»Entonces, no te querrá más. Te odiará y no habrá nada en este mundo que te haga recuperarlo. ¡Ven a mí! ¡Que yo te estaré esperando!

Gabrielle encontró a Blaire pegada a la pared, mirándola con cara de espanto. Sabía que había escuchado todo. Ambas asintieron y subieron de nuevo el ascensor. Allí, Blaire sacó de su bolso de mano, un frasco de polvo blanco y una esponja. Con manos expertas, Blaire, ayudó a su señora a borrar las señales de las lágrimas que había derramado. Luego, sacó un colorete el que untó en sus mejillas y labios.

Subieron nuevamente al coche y dieron la vuelta para llegar a la otra entrada donde dos mujeres esperaban a Gabrielle. Ella entró al hotel, bajo la mirada oculta en la acera de enfrente de Robert Stravella.

Blaire se quedó con Tomás en el coche, explicándole lo que había sucedido. Gabrielle le había ordenado decirle la verdad, necesitaba la fidelidad de sus criados y para obtenerla a veces solo se necesitaba demostrarles que ella confiaba en ellos. Si Tomás le decía a Leonard o a alguien más, entonces ardería Troya; pero sabría que, en Tomás, nunca podría poner su confianza. Así que lanzó la moneda al aire y ordenó que supiera en que lo habían metido sin saberlo.

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Cuando la cita concluyó, el trío de señoras, salió del restaurante. Gabrielle temía que Ramin la hubiera seguido o peor aún, encontrárselo de nuevo por accidente. Pero a quien encontró al lado de su auto era: Robert Stravella.

—Señoras, es un gusto volver a verlas —dijo Robert, cuando ellas se acercaron al auto de Gabrielle, empeñadas a escoltarla hasta allí. Pues, habían sido prevenidas por sus esposos y no permitirían que alguien la viera sola para acercarse. Excepto su padre.

—Señor Stravella —saludó Amy.

—Bueno, te dejamos en buenas manos Gabrielle —mencionó Aline, en despedida.

Cuando las damas desaparecieron de su vista, levantó la mirada para ver el rostro de su padre. El hombre parecía haber envejecido diez años, desde que ella se había casado con Leonard. Se preguntó si acaso fue el pesar de sus acciones o simplemente la angustia de perderlo todo lo había afectado hasta el alma.

—Ven, acompáñame —ordenó el hombre y le ofreció el brazo el cual la joven no tuvo más remedio que tomar. La llevó a dar un paseo.

Mientras caminaban, Robert, no podía apartar la mirada del rostro de su hija. Era una mujer muy hermosa. Cuando la vio del brazo de su esposo en aquel baile, no podía creer que ella hubiese florecido tan bellamente. Parecía una hermosa y extraña flor, en pleno invierno. Única en su tipo. Y era por eso que se negaba a permitir que Ramin la destruyera, que interfiriera en la felicidad de su hija. Pero, ¿lo entendería Gabrielle?

Entraron a una cafetería abarrotada de gente, el lugar era sencillo y muy acogedor. Olía a pan, mantequilla y canela. Era el lugar donde la llevaba cuando era una niña, luego de haber sido castigada duramente a causa de Danielle. Tomaron asiento junto al gran ventanal. Un joven se acercó para pedir la orden. Su padre pidió por ambos, él nunca había olvidado lo que a su princesa le gustaba. Una taza de chocolate y un panqué con mantequilla y mermelada de arándanos. Se mantuvieron en silencio hasta que la orden llegó hasta su mesa.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué estás siguiéndome? —indagó Gabrielle.

Por un instante pensó que su padre la había descubierto, pero no estaba dispuesta a reconocerlo apresuradamente.

—Es lo que quiero preguntarte Gabrielle. ¿Qué ocurre?

La joven dio un sorbo a la bebida.

—Nada. No entiendo de lo que me hablas. Estaba pasando un día maravilloso con mis primas cuando te apareciste tú.

—Ramin, dejó a tu hermana. Le robó a su padre y de paso a mí.

Gabrielle abrió los ojos desmesuradamente. Su corazón comenzó a latir tan rápido que por un instante creyó que se le saldría del pecho. De repente tenía ganas de devolver el almuerzo.

—¿Qué? ¿Cómo que te ha robado? —preguntó con urgencia.

«¡Maldito Ramin!», lo maldijo en su mente.

—Como lo escuchas, solicitó préstamos a mi nombre, hipotecó las fábricas, las casas, todo, todo, Gabrielle. No tenemos nada. Solo es cuestión de tiempo para que los acreedores, bancos, y prestamistas, se lancen como hienas sobre nosotros y nos arranquen hasta la piel. ¿Entiendes? —Gabrielle asintió lentamente—. ¿Lo has visto? ¿Se ha puesto en contacto contigo?

—¿Qué le harán? —preguntó, su labio inferior tembló de expectación.

—¡Gabrielle! —regañó entre dientes su padre—. ¿Dónde está?

—No lo sé. Leonard y yo lo encontramos hace unos días en la calle. Dijo que tenía una cita importante en el banco, que Danielle estaba con él, que su hijo ya había nacido y que su nombre era Seth. Leonard los invitó a la casa…

—No te atrevas a llevarlo.

—No lo iba a hacer, ¿por quién me tomas?

Su padre la miró con la ceja levantada. Ella sonrió y negó con la cabeza. Nadie confiaría en ella, nadie le daría un voto de confianza. Siempre la creerían como lo peor. Y si su padre pensaba de ella lo peor, ¿Por qué Leonard no lo haría también?

—No sé dónde está. No he vuelto a verlo. Pero si me llegara a encontrar con él… te lo diré.

—Gracias. Gabrielle, no olvides que nos ha dejado en la ruina. No lo veas más —puntualizó con un golpe de su puño en la mesa.

Gabrielle creyó que, si la situación en la que Ramin había metido a su padre era de tal magnitud, entonces no le habría quedado más remedio a Robert que pedirle ayuda a León Du Pac, para localizar al muchacho o mínimo para prevenirlo del escandalo que se les venía.

—¿León, sabe sobre él? —preguntó, mientras jugueteaba con los bordes de la taza de café.

—¿Sobre qué fue tu amante? —preguntó su padre en un susurro.

Gabrielle asintió sin mirarlo todavía.

—Sí.

—¿Leonard? —preguntó con temor.

—No. Pero si Ramin se acerca a ti no dudes en que se lo dirá. Por eso debes mantenerte alejada.

Gabrielle suspiró, tenía el presentimiento de que León ya le había dicho todo.

—¿Cómo está mamá? —preguntó Gabrielle.

—Bien. No sabe nada todavía y tu hermana lo ve como un muñeco que quiere, pero que no puede tener. No entiende razones.

Gabrielle quería preguntarle sobre Danielle, pero… no era su secreto a saber, si él estaba bien con eso…

—¿Tienes dinero? —preguntó en cambio.

—Ese no es asunto tuyo. ¿Entiendes? Me ofendes, no es tu lugar preguntarme eso.

—Lo sé, padre. Pero, ¿Qué vas a hacer?, ¿pedirle dinero a León?

Robert negó con la cabeza. Gabrielle se quitó las peinetas y las puso sobre la mesa. Su padre levantó la mirada hasta sus ojos.

—No, Gabrielle.

—Son mías, tómalas solo por si hay alguna emergencia y tienes que conseguir dinero rápido.

—Gabrielle…

—Debo irme. No quiero preocupar a Leonard.

Gabrielle tomó dos terrones de azúcar, los envolvió en una servilleta y los guardó en su bolso.

—¿Todavía robas los terrones? —preguntó Robert con una media sonrisa.

—Sí, creo que a nadie le importa.

Su padre pagó la cuenta y la acompañó hasta el auto, Tomás de inmediato abrió la puerta para la señora, mientras miraba a Robert Stravella aterrorizado, Blaire no se atrevió a mirar al hombre, se mantuvo sentada en su lugar esperando no ser notada.

—Papá…

Robert Stravella, miró a su hija. La amaba, nunca dejó de hacerlo, pero sería hipócrita decir que nunca la perdonaría por lo que hizo si él también había tenido su dotación de pecados. Así que él le abrió los brazos como siempre hacía cuando era una niña que consolaba después de un duro castigo. Ella se lanzó a sus brazos, y sollozó. Cuánta falta le había hecho su padre. Quería decirle donde estaba Ramin, pero estaba entre la espada y la pared. A pesar de todo, el idiota había robado a sus familias pensando en huir con ella y darle una vida cómoda. Lo único que podía hacer por el tonto, era convencerlo de devolver lo que había robado y desaparecer.

—No huyas con él Gabrielle o arruinarás tu vida— le susurró al oído, con un tono de voz cariñoso.

Asintió, no lo haría. No huiría con él. Sería una locura, tanto para ella como para el mundo. Tal vez, al fin estaba entendiendo cómo funcionaba la sociedad. O simplemente amaba a Leonard.

—¿Todavía te bañas en loción, padre? —le preguntó, sintiendo de nuevo esas malditas náuseas.

—Tu madre detesta mi aroma —dijo con una sonrisa amarga.

—Mi madre nos detesta a ti y a mí solo por ser nosotros. Pero, todavía así la amamos… ¿no?

Ella quería preguntarle sobre la señorita Colt, pero ahora que lo pensaba mejor, ese, tampoco era su asunto. Su madre siempre había sido cruel con su padre y hasta con ella.

—¡Cuídate! —le dijo él.

—Tú también.

Cuando el coche arrancó y la figura de Robert se desvaneció de su vista, Gabrielle se giró a Blaire. La pobre muchacha tenía una cara aterrorizada.

—¿Qué pasa Blaire? —preguntó. Se inclinó un poco más hacia el frente para poder ver mejor su rostro.

—Creí que su padre lo sabía todo —respondió. Suspiró, para recomponerse del susto.

Blaire hizo que Gabrielle le diera la espalda mientras se quitaba de sí misma algunas horquillas y comenzó a cepillar el cabello de su señora con los dedos.

—No. Solo estaba vigilándome.

—¿Dónde están sus peinetas?

—Ramin arruinó a mi padre, así que se las di por si necesitaba un poco de dinero. Puede venderlas.

—¡Dios mío! Pero son un regalo de mi señor.

Blaire comenzó a torcer un mechón lateral y luego otro del otro lado.

—Lo sé y él lo entenderá, mi padre preferiría morir antes de pedirle dinero a León o a cualquier otro.

Blaire, intentó sujetar los mechones con una horquilla, pero se deshacía. No tenía las herramientas necesarias así que no tenía idea de cómo la peinaría. Gabrielle le arrebató la horquilla e intentó apretarla.

—¿Qué hizo ese Ramin? —preguntó Tomás desde la parte delantera del coche.

—Le robó a mi padre y lo dejo prácticamente en la ruina. El muy… es un idiota.

—¡Dígale al señor Leonard! —Blaire sugirió.

—Vine a ver a mi examante a un hotel. ¿Cómo suena eso, Tomás?

—Terrible, señora.

—Seré su testigo de que no sucedió nada entre ustedes dos.

—Sí y esta vez, Leonard, te echará a la calle.

—Y luego recapacitará y me llamará de nuevo para servirle como su perro guardián.

—¡Blaire! —exclamó horrorizada.

—Es que así me sentí, detrás de esa puerta ladrando números en advertencia al pobre Diablo que quería robarse el pastel de mi señor.

—¡Qué ocurrencias! —dijo Gabrielle, divertida.

—Lo bueno es que ya no lo volverá a ver, ¿verdad? —preguntó Tomás. Realmente no le gustaba servir a dos amos, sobre todo cuando tenía una boda en camino que celebrar y muchos gastos que cubrir. Por lo que, no quería quedarse sin empleo.

—Tomás, Ramin le ha robado a mi padre.

—¡Santo Dios! —exclamó Tomás.

En esta ocasión, Jan, no tuvo nada que decir.

—Si lo aprenden estoy segura que el idiota hablará sobre la cita. ¡Dios mío, Blaire! ¿Lo viste? Dime si tú también crees que él solo jugo conmigo.

—No, no creo que lo haya hecho, después de todo lo que dijo, parecía convincente. Además, ¿por qué vendría por usted si le ha robado a su propio padre y al suyo? Aunque por otra parte eso lo hace un hombre peligroso.

—Eso no creo que sea amor, yo más bien diría que está obsesionado —interfirió Tomás.

—¿Lo delatarían? —preguntó a ambos.

—Sí —fue la respuesta contundente de Tomás.

—No. —Sin embargo, Blaire, no opinaba lo mismo.

—Blaire, no te ofendas, pero creo que no eres apta para aconsejar.

—¿Por qué no?

—Eres muy joven y muy romántica, por no mencionar tu inocencia ante estos menesteres, en cambio yo, soy hombre y pienso como uno. Y soy mayor que tú. ¡Señora! hágame caso, dígale a Leonard.

—Esa no es una opción Tomás. Conozco a mi señor desde que éramos niños, no reaccionará muy bien; y ¿qué hay de su padre, señora? ¿Es que ama más a ese hombre?

—¿Amar?

—Tal vez no lo ama como a mi señor, pero usted lo amó y mucho. Todavía lo quiere, claro, no como a mi señor.

Tomás, rodó los ojos y negó con la cabeza… «¡Mujeres! es tan difícil hacerlas recapacitar», pensó.

Gabrielle se mordió un labio, pensativa.

—¿Dejará que se vaya con el trabajo de toda la vida de su familia? —volvió a preguntar Blaire.

—No. Necesitó verlo y convencerlo de que devuelva todo.

Gabrielle, sabía exactamente lo que quería hacer. Pero para lograrlo debería tener ayuda, y para obtenerla de aquellos a los que necesitaba, debían estar tan convencidos como ella de que era lo correcto. Así que solo había dejado caer las cartas y permitió que Blaire las recogiera y armara por sí sola la estrategia. La última ficha dependía de Tomás.

—Tomás, ¿me ayudarás? —preguntó Gabrielle.

—¡Es un error! Pero, ¿qué hay que hacer? —dijo, ya se sentía despedido.

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Gabrielle entró al despacho de Leonard, él estaba sentado sobre el escritorio jugueteando con su argolla matrimonial. Se notaba triste, cansado. No sabía lo que había pasado. Pero había sido clara la señal de Ralph, Leonard se sentía mal. Torció los labios al darse cuenta de que Ralph estaba allí en una esquina de la habitación fingiendo no estar. Lo que quería decir que la situación era más grave de lo que Leonard quería hacerle creer. ¿Sería posible que León le hubiera dicho?

—¿Qué pasa Leonard?

—Me sentí un poco mareado esta mañana, pero no pasa nada. Ralph solo exagera. —Luego se dirigió a Ralph—: Vete.

El hombre salió de inmediato dándoles la privacidad deseada. Leonard estiró el brazo hacia ella, y le tendió la mano para que tomara la suya. La atrajo hacia él. La abrazó y escondió el rostro en el hueco de su cuello. Afortunadamente el aroma de aquel hombre solo había estado en la ropa y no en la piel. Pero ¿qué había de sus besos?

—Dime qué es lo que pasa, Leonard —dijo con voz cálida y le acarició los cabellos con la punta de los dedos.

—Esta mañana tuve una recaída —se separó de ella.

—¡Debemos llamar al médico!

—Ya vino.

—¡Oh por Dios! Y no estuve aquí contigo.

«No, claro que no. Porque estabas con él» reprochó Leonard, en su mente.

—No te preocupes, estaré bien. Mientras estés conmigo.

Gabrielle lo besó, estaba arrepentida de haber ido a ver con Ramin, pero sabía que, si no lo hacía él, hubiese buscado la manera de verla y, por supuesto, no hubiera sido agradable.

Leonard se alejó de ella, y antes de explicarle la razón de haberla hecho ir allí, le dio un beso en la frente. Luego, se levantó y se hizo a un lado dejando al descubierto lo que había detrás de él en el escritorio. Una caja negra, que estaba abierta mostrando el precioso contenido de un antiguo linaje. Había collares, aretes y anillos, a un lado estaba una caja que reconoció como la tiara que había usado el día de su boda, era de la madre de León. ¡Eran las joyas familiares!

—Las heredé de mi abuelo. Él odiaba a mi madre, por haber ocasionado el divorcio de mi padre —sonrió débilmente—, entre otras cosas. Así que me las heredó a mí.

—¿Qué vas a hacer con ellas? —preguntó, aunque, ya tenía una idea de lo que vendría a continuación. Leonard quería comprarla, Leonard sabía de Ramin.

—Definitivamente no usarlas, Gabrielle. Son tuyas ahora.

—¿Qué? —preguntó, aguantando las ganas de llorar.

—Si algo me llegara a pasar no quiero que te quedes desamparada.

—Pensé que había un contrato prenupcial.

—Uno que ni tu ni yo firmamos y del que no sabemos nada. Así que he pensado que lo mejor es que te entregue ahora lo que te pertenece.

—Leonard, no —ella negó con la cabeza y dio un paso atrás. No quería pensar en ese momento.

—Gabrielle

—Prometiste que vivirías para mí.

—Gabrielle, no estoy diciendo que moriré ya. Solo que quiero asegurar tu porvenir —Leonard tomó la carpeta de cuero negro que descansaba a un lado—. Toma, es mi testamento.

—¡Leonard!

—Te lo estoy entregando todo. La casa, la mitad de las acciones de las empresas Du Pac, la otra mitad se divide entre socios y familiares; si hay un heredero para ese momento, tú te quedarás con el diez por ciento de ellas y el resto lo manejará mi padre hasta que el niño cumpla la mayoría de edad. Si no lo hay, un heredero, tu padre puede hacerse cargo, mientras aprendes el negocio o a tomar decisiones. Las propiedades que me pertenecen quedarán a tu nombre.

—¿Tus padres saben de esto?

—Estarán bien, mi padre tiene algunas propiedades a su nombre y es socio de las empresas por lo que no estarán desamparados del todo. Gabrielle quiero que sepas que te amo y que todo lo que tengo es tuyo, si te quedas conmigo.

—¿Cómo que si me quedo contigo? —preguntó. Solo por molestarlo, porque realmente entendía el concepto. «De tal palo tal astilla», decía la señorita Colt. Leonard era como su padre, lo que no obtenían de buena manera, lo obtenían comprándolo. Se preguntó si él se atrevería a obtener también a la fuerza.

—Ya lo sabes, si un día decides que no me quieres…

—Eso nunca pasará —Gabrielle lo abrazó—. Siempre estaré contigo. Siempre que tú me quieras.

—Siempre te querré Gabrielle. Sin importar qué.

Pero ella dudaba de que fuera así.

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Ralph encontró a la señorita Colt en la cocina, reprendiendo a una de las muchachas. Se acercó por detrás, la tomó del brazo y la hizo girar.

—Ven a acá, deja a esa muchacha en paz. Necesito hablar contigo.

La razón por la que la mujer no protestó fue por el rostro preocupado del hombre. Por la mañana la casa entera se había llevado un susto. Y parecía que todos seguían nerviosos.

—¿Qué pasa?

Ralph, la sacó de la casa por la puerta trasera y la arrastró hasta los jardines y, los ocultó detrás de un grueso árbol.

—Esta mañana vino León, a decirle a mi señor que Ramin Asadi fue el amante de la señora, y que le ha robado al señor Stravella.

—¡Santo cielo! —gimió— ¿Qué piensan hacer?

—Robert cree que buscará a Gabrielle.

—No lo creo tan tonto, como para robarle a Robert y quedarse a buscar a la señora.

Pero la mujer sabía, que se engañaba. Ese par tenían historia y una muy larga y dolorosa. De esas que duelen y casi te matan por lo que la nostalgia, sueños rotos y desamor podrían llegar a confundir al corazón.

—El día que salieron a pasear, Ramin Asadi, se les apareció, accidentalmente.

—¿Qué? ¿Y se lo dijo a León?

—No.

—Pero, ¿Por qué?

—Ayer el señor Stravella llamó a Gabrielle y ella negó haberlo visto. Así, que no quiso ponerla en evidencia con su familia.

—¿Entonces? —preguntó la mujer mientras veía el rostro descompuesto y preocupado de su nuevo amor.

—Creo que la señora Gabrielle se encontró hoy con él.

—¡Ah! —jadeó—. ¿Por qué piensan eso?

«Gabrielle, ¿qué has hecho?», pensó la mujer.

—Encontró la nota que le envió Ramin a nombre de Danielle.

—¡Dios mío!

—Blaire salió hoy con ella. tienes que hacer que esa mocosa te hable sobre lo que hizo la señora hoy. Si se desviaron de su camino o si se encontró con él. Si yo le pregunto, le dirá a la señora y de inmediato sospecharán del señor. Él no desea que ella sepa que lo sabe.

—Sí, intentaré que me lo diga.

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A la mañana siguiente, Tomás se encontraba de pie frente a la puerta donde Ramin se hospedaba. Se agachó y por debajo de la puerta lanzó el sobre de Gabrielle. Y luego, partió de regreso a casa…

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Gabrielle y Leonard desayunaron en la cama, ella le daba de comer en la boca, luego lo ayudó a bañarse y vestirse. Ese día, ella no le permitiría salir de la alcoba. Lo dejó un momento para ir a su salón de té, deseaba un libro nuevo o, al menos, eso le dijo.

—¡Blaire!

La joven se encontraba quitando las cortinas de la casa, pues Colt insistió en que debía lavarlas, para que no olvidara su lugar, aunque Gabrielle la premiara constantemente con obsequios y en esa última ocasión llevándola a una cita de señoras. Blaire había mirado a su tío, pero este no había dicho nada. Estaba enojada porque ella solo había hecho lo que su señora había ordenado y no entendía por qué estaba siendo castigada.

—¡Señora! —gritó feliz. Rezó en silencio por que su señora la necesitara y por fin pudiera evadir el castigo.

—¿Qué haces?

—Me castigaron por salir con usted ayer, pero no importa. Yo nunca la abandonaré, aunque después las brujas envidiosas me ordenen limpiar un castillo entero —dijo con una sonrisa.

—Lo siento Blaire —Gabrielle sabía que interferir en los designios de Colt sería terrible para Blaire, pues la dura mujer era en cierta manera, vengativa. Por lo que, dejaría a la muchacha a su suerte—. ¿Ya llegó Tomás?

—Sí, dijo que la lanzó por debajo de la puerta.

—Bien.

—¿Cómo hará para salir esta noche?

—Justo por eso te estoy buscando, a las nueve de la noche subirás un té de manzanilla al que le habrás puesto cinco gotas de esto.

Gabrielle extrajo de entre sus pechos el frasco que había sacado debajo de la cama, cuando buscó sus zapatillas, para bajar al salón.

—¿Qué es eso? ¿Veneno?

—¡No digas tonterías! —reprendió—. Un somnífero, uno muy fuerte así que "solo cinco gotas", Blaire —respondió nerviosamente.

—¿Y si le pasa algo? —inquirió preocupada.

—No lo hará. Mi madre lo toma, para no ver a mi papá por la noche.

Los ojos de Blaire casi se salían de sus cuencas.

—¿Por qué lo tiene usted? —preguntó, con inocencia.

—Se lo robé cuando supe que me casarían con tu precioso señor, esa noche debió pasarla mal. Y creí que si no me gustaba mi esposo se lo daría noche tras noche.

Ambas sonrieron tras la ocurrencia.

—Entonces a las nueve nos vemos señora.

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Gabrielle regresó a la alcoba con un libro en mano. Leonard estaba recostado mirando el techo, tenía una expresión pensativa y melancólica. Gabrielle se cuestionó si la visita de León le había afectado y por qué.

—Leonard ¿qué pasa?

—Me duele aquí —le señaló el pecho.

—Llamaré al médico.

—No. Es porque te fuiste.

—Leonard, solo fui por un libro.

Leonard llevó hasta su rostro la mano de Gabrielle que sujetaba el libro, la hizo girar y al ver el título le respondió:

—Creí que un tornado vendría y te llevaría lejos de casa. Como pasó con Dorothy.

—Si eso pasara, siempre buscaría la manera de volver a ti. Tonto. Tú eres mi hogar.

Gabrielle lo empujó para sentarse a su lado, recargando la espalda en las almohadas. Todavía recostado, Leonard, se volteó de lado y pasó un brazo por su regazo. Gabrielle comenzó a pasar sus dedos por sus cabellos, causándole una sensación placentera a Leonard.

—Dorothy vivía en medio de las extensas praderas de Kansas, con su tío Henry, que era granjero, y su tía Em, la esposa de éste…

Leonard había decidido afrontar el problema de frente, la ansiedad y los celos lo estaban poniendo mal. Y odiaba sentirse tan débil.

—¿Todavía lo amas? —Leonard preguntó, interrumpiendo su lectura.

Gabrielle bajó el libro a su regazó y miró a Leonard.

—Mi padre, siempre fue bueno conmigo. Creo que nunca podría no amarlo. Ayer con el susto de saber que te pusiste mal, ya no te lo dije, pero ayer lo vi.

Leonard no preguntó por su padre, pero le agradó saber que Ramin no estaba en sus pensamientos todo el tiempo. ¿No lo amaba? ¿Estaba evadiendo la pregunta? Aunque al menos estaba siendo honesta.

—¿Dónde?

—Cuando tus primas y yo salimos del Hotel para despedirnos, él estaba ahí, junto a mi auto. Tomamos un café.

—¿Qué es lo que quería? ¿Hacer las paces?

—Sí, creo que sí —Gabrielle jugueteó con los cabellos de Leonard con la mirada fija en la pared.

—¿Y por qué te buscó allí y no aquí?

—Está buscando a Ramin.

—¿El esposo de tu hermana?

—Aja —asintió con la cabeza—, al parecer hizo algunos fraudes, que perjudican a papá.

—¿No estaba con Danielle? —Leonard se dio la vuelta para mirarla mejor y fingió asombro—. ¿En qué hotel dijo que estaban?

—No lo dijo y no, no está con Danielle. La dejó. —Luego, añadió fingiendo indiferencia—: Pensé que tu padre te habría comentado algo.

—¡Vaya! No lo hizo. ¿Por eso Robert te llamó el otro día? —Gabrielle asintió—. Le dijiste a tu padre que lo vimos, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

Gabrielle lo miró, Ramin, tenía razón: Leonard lo sabía. Cuando le había hablado sobre la confianza, sobre que hablara con él. Y ahora le preguntaba si todavía lo amaba. Ella no era tonta y sabía que en realidad le preguntó si todavía amaba a Ramin. Pero no fue la pregunta lo que le dio la razón a Ramin. Sino cómo la hizo. El no cree que ella lo ame a él. No cree que ella ya no siente nada por Ramin.

—Leonard, creo que no es buen momento para hablar de esto.

Leonard se sentó tomó la mejilla de Gabrielle y la giró hacia él.

—Gabrielle, por favor. Dime qué ocurre.

—Leonard, no es el momento para esta charla, debes descansar.

—¿No confías en mí? —preguntó molesto.

—Claro que sí. ¿Pero tú lo haces? —le preguntó.

Leonard quería responder que sí, pero si era honesto consigo mismo… La verdad era que no. Sonrió amargamente y bajó la mirada.

—Mmm —fue todo lo que pudo responder.

—Hablemos de esto en unos días, ¿quieres?

Leonard asintió.

Esa tarde insistió en vestirla con las joyas y hacerle el amor, aunque se sentía débil. Pero tenía un crudo presentimiento en el pecho que lo hacía ansiar poseerla desesperadamente. Solo esperaba que el testamento, el dinero y las joyas, la convencieran de quedarse a su lado.

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Eran alrededor de las ocho treinta de la noche cuando la señorita Colt, le informó a la señora que tenía una llamada de su padre. Gabrielle le dijo a Leonard que volvería pronto. La señorita Colt, la acompañó hasta el despacho del señor.

Cuando Gabrielle llegó, descubrió que nadie la había llamado, se dio la vuelta para encontrar a la señorita Colt detrás de ella.

—Sea lo que sea que estés tramando Leonard lo sabe —advirtió la mujer.

A Gabrielle no le sorprendieron sus palabras, ya se había hecho a la idea de que Leonard lo sospechaba. La manera en que la miraba, en que la besaba y le pedía que le dijera que lo amaba. Todo, era un indicio de que estaba cada vez más seguro y más cerca de la verdad. Ramin tenía razón; él solo estaba allí, sentado, observándola y esperando que cometiera un error, en todo caso a restregarle la verdad, la falla, en su maldito rostro. La ponía de nervios. Solo esperaba salir de esa bien librada, que al final Leonard confiara en ella. Le diría todo, y tal vez él nunca comprendería porque quería salvar a Ramin, pero con el tiempo tal vez lo aceptaría. Lo único que Leonard debería saber y estar seguro era de que ella lo amaba a él. ¿Sería eso suficiente?

—¿Qué es lo que sabe? —preguntó, ¿para fingir?

—Que te has visto con ese hombre.

Colt observó a Gabrielle, no había ningún brillo de malicia en sus ojos, ese que siempre le aparecía cuando hacía una travesura, tampoco tenía esa mirada retadora que indicaba que ella iría en contra del mundo por sus caprichos. No, solo monotonía y seguridad era lo que había allí. Y para conocerla de toda la vida, por primera vez no sabía la naturaleza de sus acciones. Maldad, capricho, amor… ¿qué era?

—¿Cómo lo supo?

—¿Lo crees idiota? No, Gabrielle. Tu marido no es un idiota y el saberlo casi lo mata.

La joven achicó los ojos y por primera vez, vio algo temible en ella: el fuego de la ira, el odio…

—¿Quién se lo dijo? —su voz era engañosamente monótona.

—No lo sé, después de que se fue su padre, entró en crisis. Estaba en tu habitación y, Ralph, me dijo que encontró la nota de Ramin.

Gabrielle cerró los ojos con fuerza y pensó: «El sobre donde estaba la carta de… Danielle».

—Entonces está seguro de que es Ramin, ¿verdad? —Susurró.

—Sí. Su padre se lo confesó —La mujer de ojos saltones como los de un halcón lo le quitaban la mirada. El odio, el pesar, la decepción en sí misma y hasta el temor fueron las emociones que vio en Gabrielle. Pero, ¿temía por Ramin o por Leonard?

—¿Para qué fuiste a verlo?

—No quería que Leonard se enterara y no quería a Ramin cerca de Leonard, así que fui a terminar con todo. No hice nada malo y Blaire es testigo de eso.

Y allí estaba la verdad… sin embargo, desde que había llegado de París la joven se había vuelto más fría y cínica. Más difícil de leer.

—¡Esa alcahueta! —dijo refiriéndose a Blaire.

—No lo es, Blaire ama a Leonard y le es muy fiel. Ella accedió a acompañarme para cuidar de lo que le pertenece a su señor —admitió con sarcasmo—. ¿Entiendes? Prométeme que no se lo dirás a nadie. Prométemelo.

Colt soltó un suspiro, Gabrielle amaba a Leonard. Debía de ser así o no tendría esa urgencia por suplicarle por su silencio y no ordenárselo. Ella tenía que seguir confiando en ella. Lo haría.

—Si vuelves a ver a ese hombre se lo diré a tu padre.

—Gracias. Y no he hecho nada malo. Juro que está vez no lo hice y no pienso hacerlo.

—Ralph me pidió que investigara con Blaire. La próxima vez que se te ocurra hacer alguna idiotez, cuenta conmigo porque si esa muchacha abre la boca te verás en un problema del que no podrás salir jamás.

—Sí, lo sé. Todos me lo dicen.

—En cuanto a ese muchacho, no quieras salvarlo de su estupidez. No te expongas por él.

Gabrielle asintió.

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Los gritos en el vestíbulo llamaron la atención de Danielle, estaba cansada de escuchar al horrible niño chillar. Así que, para deshacerse de su obligación, salió a investigar lo que ocurría. Por un instante, pensó que tal vez era Ramin que había ido a buscarla.

Mas grande fue su sorpresa al ver a un hombre alto, de tez morena y, de cabello negro y lacio. Su padre Robert discutía afanosamente con aquel hombre y su madre lloriqueaba histérica.

—Lo siento, señor. Pero no me iré, tengo derecho a conocer a mi hija.

—¡Harry! No, por favor. La destruirás, ella ya tiene una vida echa y…

—¡No! Yo soy su padre y ustedes no pueden impedirme verla. Tu padre Marie, me encerró por un crimen que no cometí y todo para que te casaras con este hombre. Ahora soy libre y quiero recuperar lo que me pertenece, y esa es mi hija, y por mí, señora, te puedes ir al infierno.

Danielle parpadeó, ¿a quién buscaba ese hombre?, ¿Cuál hija?

—Entienda señor Stravella, no puede hacerme esto. Quiero conocer a Danielle.

—¿Quién es usted? —gritó Danielle, mientras bajaba las escaleras corriendo.

—Danielle, vuelve a tu habitación —dijo Marie.

—¡Ya no soy una niña! —le gritó a su madre y luego se giró hacia Robert—. ¿Quién es este hombre papá?

Robert no pudo responder, solo miró a Marie. Sin embargo, Harry Clearwater, sí lo hizo.

—Yo soy tu verdadero padre.

—No, no, no… Usted miente, no es mi padre. ¿Cómo se atreve a decirme esto? Usted no es más que un maldito indio. Largo de aquí, largo de aquí.

Danielle comenzó a empujar aquel hombre mientras lo golpeaba con los puños hacia la entrada de la casa. Marie avanzó hacia ella intentando detenerla…

—¡No me toques maldita te odio!

—¡Danielle, ya basta!

Danielle, caminó hasta Robert lo abrazó mientras decía:

—¡Papá, papá, papá! Dime que no es cierto, dime que tú eres mi padre y ese hombre miente. ¡Papá…!

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Blaire estaba sirviendo la infusión de manzanilla a una taza de porcelana. Estaba un poco nerviosa, pero la señora tenía que asegurarse de que Leonard durmiera profundamente para poder ver a Ramin. Sacó el frasco, de su bolsillo oculto de la falda, lo abrió y comenzó a soltar las cinco gotas que su señora le indicó. Ralph que iba entrando a la cocina se detuvo en seco al ver a su sobrina ponerle algo a la bebida. ¿Para quién era eso?

Blaire guardó el frasco de nuevo en su bolsillo, tomó la charola y se dispuso a llevarla a la alcoba. Cuando se dio la vuelta a la salida se encontró con Ralph, él iba entrando ¿verdad?

—¡Tío!

—¿Para quién es eso Blaire? —preguntó suavemente y dirigiéndose a una alacena.

—Mi señora me pidió llevarlo a las nueve a su habitación.

—¿Es para ella? —Ralph se detuvo, con una taza en la mano en medio de la habitación.

—No, es para el señor.

—¡Qué bien! El señor me pidió que le llevara un té. ¿De qué es?

—Manzanilla —susurró.

—Perfecto, yo se lo llevaré.

—Amm sí.

La chica vio a su tío salir de la cocina. Por un momento había creído que la había visto. Suspiró y se sentó en una silla. De pronto se sentía muy cansada.

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Ralph entró en la alcoba de los señores, con la charola en mano. Leonard había continuado la lectura del Mago de Oz, Gabrielle le había dicho que era su novela favorita, a pesar de que ya no era una niña. Incluso le dijo que deseaba unas zapatillas rojas y él le prometió comprárselas.

—¿Qué es eso Ralph?

—La señora Gabrielle ordenó esto para usted, lo curioso es que Blaire le puso algo a la bebida.

—¿Qué?

—Sí. Ella no me vio entrar a la cocina. Pero en cuanto se dio cuenta de mi presencia se puso muy nerviosa.

Leonard se levantó de la cama, todavía se sentía mareado, pero ignoró el malestar.

—¿Qué crees que sea?

—No lo sé —respondió mirando el contenido, desconfiadamente—. Lo probaré.

—¿Qué? No, no harás eso —Leonard intentó quitarle la taza.

—¿Teme que su esposa lo haya querido envenenar? —lo cuestionó.

—No, claro que no. Ella no sería capaz de semejante cosa.

—Pues entonces… ¡En el nombre sea de Dios! —dijo y luego, bebió la taza de té, con tragos rápidos, bajo la atenta mirada de Leonard.

Se acercó a él, honestamente esperando a que el hombre comenzara a sacar espuma de la boca, como cuando se envenenan los animales. Sin embargo, Ralph solo comenzó a sentirse aletargado.

—¿Qué sientes?

—¿Sueño? —bostezó.

Leonard suspiró aliviado.

—Ve a mi alcoba. Y recuéstate en mi cama. Estaré al pendiente de ti.

—Sí. Señor, ¿le puedo pedir un favor?

—Dime…

—Sí ese par de mocosas me matan, hágalas pagar por eso.

Leonard asintió.

Para el instante en que Gabrielle entró a la habitación, Leonard ya estaba fingiendo que dormía. La sintió recostarse a su lado. Él se mantuvo muy quieto dándole la espalda. Una mano lo movió levemente y luego escuchó su nombre en un susurro:

—¿Leonard? —Gabrielle movió de nuevo su cuerpo suavemente—. ¿Leonard?

Al ver que no se movía, le dio un beso en la mejilla, luego lo arropó, se levantó de la cama, y caminó hasta su armario, donde sacó un abrigo y unas botas altas. Luego buscó una bufanda y guantes. Todavía era invierno, pero afortunadamente no estaba nevando esa noche. Caminó hacia el ventanal y esperó quince minutos antes de salir de la habitación.

Leonard se levantó de inmediato, se puso un abrigo y unos zapatos, abrió lentamente la puerta de la habitación y miró por una rendija, Gabrielle ya no estaba en el pasillo. Salió y cerró despacio la puerta y caminó hacia las escaleras. Desde la parte de arriba vio a Blaire susurrándole en la entrada de la casa, tenía una lámpara de aceite en la mano. Le tendió una capa y la ayudó a cubrirla para que no se fuera a resfriar. Leonard pensó: «¡Pero mira nada más! ¡Qué muchacha tan solícita!».

Las vio salir y cerrar la puerta de la casa, bajó corriendo las escaleras y se asomó por la ventana, se dirigían hacia el bosquecillo. El corazón de Leonard comenzó a latir rápidamente, hiperventilaba. Esperó un minuto y salió tras ellas.

El frio calaba sus pies, la nieve se le metía a los zapatos y el pantalón estaba mojado hasta las rodillas, pero, Leonard no se percataba de eso ni del frio viento que entraba a sus pulmones, mucho menos del congelamiento de sus manos.

Él solo podía sentir el fuego de los celos en su corazón, solo podía percibir una marea intermitente azotar su cerebro con pensamientos oscuros, y un terrible deseo de asesinar a alguien, a Gabrielle, a la maldita Blaire o el jodido perro rabioso de Ramin Asadi.

Se detuvo en seco cuando vio a Blaire al final del bosque, mirando hacia las ruinas de la mansión de otoño. Gabrielle estaba subiendo los escalones. Pero él no podía ver nada más, rodeó hacia la izquierda donde estaba una ventana rota. La luz que Gabrielle llevaba, bañó la figura de un hombre alto, moreno, que tenía una enorme sonrisa en el rostro de bufón, se acercó a ella y la abrazó.

Ver a Gabrielle en los brazos de otro hombre lo iba a matar, podía sentirlo, en su pecho, en el brazo izquierdo, en la fuerte tensión en su mandíbula y el sudor frio. Por lo que le dio la espalda a la escena y caminó de regreso a casa.

Cuando llegó a la alcoba, tomó un par de pastillas, se cambió de ropa y se acostó de nuevo. Cerró los ojos y ya sea por la impresión, por el ejercicio que acababa de hacer o por su corazón débil, pudo dormir de inmediato. No fue consciente de la llegada de Gabrielle, no vio cuando ella se cambió de ropa y caminó hacia su tocador, donde sacó las joyas de la familia Du Pac y las depositó en un maletín.

Gabrielle salió de la habitación con paso lento. Blaire estaba sentada en las escaleras esperándola. Blaire tomó el maletín. Cuando llegaron al despacho de Leonard entraron a la habitación secreta. Gabrielle, sacó las joyas de Leonard y las colocó en el lugar que una vez ocuparon las de Donatella. El testamento lo colocó sobre la mesa en un plato de porcelana que tanto le gustaba a Blaire.

Mientras tanto la muchacha, tomaba todo lo que fuera de gran valor, los cubiertos de plata, también fueron a parar dentro del maletín.

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A la mañana siguiente una carta llegó de manera urgente para Leonard Du Pac. Ralph la había recibido y al leer el remitente. Cerró los ojos y suspiró pesadamente. Era de Ramin Asadi.

Leonard estaba sentado en su despacho, trabajando como si nada hubiera pasado la noche anterior. Cuando Ralph entró para entregarle el sobre, escuchó:

—¡Vaya señora, así que hoy también tiene una cita!

—Sí, ya sabes Tanya me ha dicho que si no voy nunca me perdonará.

—Está bien. ¿Te llevará Tomás?

—Sí, así es —Gabrielle se acercó y le depositó un beso en los labios. No la rechazó, pero ella no pudo sentir la calidez que siempre la embargaba con el simple roce.

—Bien —dijo y miró el documento que tenía en sus manos.

—Adiós, mi amor —ella le dijo, antes de darle la espalda.

—¿Gabrielle? —ella sonrió al escuchar su nombre. Allí estaba, el tono cariñoso, el matiz sutil de necesidad y amor.

—¿Sí?

—No te vayas, quédate —sus ojos verdes le suplicaban.

Gabrielle sonrió.

—Ya te dije que solo estaré fuera un par de horas, señor Du Pac. Volveré y no me apartaré de ti, en mucho tiempo. ¿Sí?

Leonard asintió.

Gabrielle vio a Ralph que esperaba sin interrumpir la escena recargado en la pared mirando la chimenea.

—Ralph —lo llamó—, estás a cargo de Leonard, no dejes que se fatigue.

—Sí, señora —respondió él mirándola a los ojos. El hombre pensó, «Cómo es posible que fuera tan buena actriz».

Cuando Gabrielle salió de la habitación, Ralph, se encargó de cerrar la puerta con seguro y luego caminó hasta su señor. Frente a él, le tendió la carta. Leonard la tomó y la abrió de inmediato en cuanto vio el nombre.

9 de enero de 1913

Estimado señor Du Pac:

Sé que usted sabe que yo, Ramin Asadi, soy el hombre al que ama su respetable esposa. También sé qué esto no lo sorprende, porque usted sabe perfectamente mí identidad, así que no tiene por qué continuar fingiendo cortesía y amabilidad; si algún día nuestros caminos se vuelven a cruzar. Supongo que a estas alturas ya sabe que me está buscando la policía, por haber robado a mi padre y al padre de Gabrielle. Aunque a este último no lo veo como un robo.

La herencia de los Stravella le pertenece solo y exclusivamente a Gabrielle, ya que, mi esposa Danielle, no es hija de Robert. Ahora usted se preguntará por qué tendría que tomar estás extremas medidas para mantener el patrimonio de Gabrielle en mis manos. Pero para explicárselo comenzaré por el principio de cuando la conocí.

Gabrielle era una niña que un día entró a la tienda de mi padre acompañando a su hermana Danielle, que iba al encuentro de Sam Uley, ellos utilizaban el negocio de mi padre para tener encuentros sexuales, espero no parecerle vulgar, pero siento que, a estas alturas del partido, a las cosas hay que llamarlas por lo que son.

¡Gabrielle era tan hermosa!, que me vi prendado de ella casi al instante. Me alegra saber que no hizo oídos sordos cuando le dije que el verde era su color, se veía tan hermosa ataviada con ese vestido insulso… yo la habría vestido de oro. Sí, señor, estoy hablando del que llevó al baile de sus primos, los Duques.

Fue mi amiga, mi confidente y posteriormente mi amante. Le ha dicho que su novela favorita es ¿Romeo y Julieta? Solía recitarle los versos al calor de la pasión y a la luz de la luna.

Cuando nos separaron la primera vez, temí que se suicidara, pues ella me había dicho que si sus padres se rehusaban a darme su mano y se empeñaban a separarnos ella se mataría. Se envenenaría como lo hizo la hermosa julieta. Bueno… casi ¿no?

No lo hizo y eso fue bueno porque yo le habría seguido. Cuando me enteré de que Danielle estaba embarazada y que mi mejor amigo no le correspondería yo aproveché ese momento para pedir su mano y poder estar más cerca de Gabrielle.

Debo confesar que mi primera intención no fue a orillarla a convertirla en mi amante, solo quería ser un guardián para ella. Ya sabe, la amo, la amo, de verdad. Sin embargo, no importa cuánto luchamos por lo que sentimos el uno por el otro, cuánto quisimos arrancarnos la piel para olvidarnos de nuestras caricias. No pudimos, señor Du Pac, no pudimos hacerlo.

Caímos ante el deseo de nuestros corazones, ¿pero es que acaso alguien puede culparnos? Nos amábamos, no era el fulgor de una pasión, de lo prohibido como pudieran pensar o creer de primera instancia. Lo que sentimos va más allá de cualquier pensamiento claro y de la razón.

Nos descubrieron y nuevamente fuimos alejados. Ella dice que usted es bueno, que usted la ama, y le creo. Debe serlo para que ella le tenga en tan alta estima. Le creo cuando ella siente lástima por usted, mi Gabrielle siempre ha tenido un corazón bondadoso, aunque, intente negarlo con palabras mezquinas y acciones egoístas.

Le pedí que se lo dijera, que hablará con usted porque estoy cansado de escondernos. Si usted es tan bueno y lleno de todas esas virtudes que ella dice que tiene, le pido que, por favor, la deje en libertad. Ella no se marchará de su lado porque siente pena por usted, me ha dicho de su padecimiento del corazón y cree que cualquier impresión lo matará.

Ella no quiere ese cargo de conciencia. Ella quiere esperar a que muera para poder venir a mí. Y yo podría esperar, juro que lo haría. ¿pero ella realmente lo merece? Dicen que cuando se ama de verdad y no se es correspondido debemos buscar la felicidad del otro.

Ella dijo que la ama.

¿Es eso verdad, señor Du Pac?

Si ella ha salido de su casa para cuando la carta llegue a sus manos quiere decir que está en camino de reunirse conmigo. Ella quiere que le devuelva todo a su padre y yo lo haré porque el dinero no me importa, me importa ella. Me ha pedido que me marche y que vuelva cuando usted nos haya dejado. Pero no es justo su sacrificio, ¿verdad?

Déjela libre, si la ama déjela ser feliz. Ella no tiene la culpa de nada, yo la he buscado. Ella solo es culpable de amarme, pero entienda usted que llegó a su vida demasiado tarde. Lo siento. Pero yo no soy tan bueno como ella. Debía saberlo.

Ella no lo ama. Y si usted la deja, Gabrielle, podrá ser feliz. Tal vez usted estaba destinado a liberarla de su padre, para que ella pudiera ser libre. No lo sé, creo que usted sin quererlo se ha convertido en su ángel de la guarda o ¿será su verdugo?

Lo que usted decida espero sea lo mejor para la mujer que ambos amamos. Si la libera, prometo hacerla feliz por los dos.

Ramin Asadi.

Leonard, soltó la carta dejándola caer, al levantar la mirada y cruzarse con la de Ralph este preguntó:

—¿Señor? ¿Se encuentra bien?

—Déjame solo, Ralph.

Ralph dudó, la señora se había encontrado con el señor Asadi la noche anterior, y su patrón parecía estar inmunizado al dolor, era preocupante. Porque en cualquier momento podría haber un detonante que lo haría sufrir otra recaída y temía que esta vez no pudiera reponerse.

Salió del despacho y se dirigió a las cocinas, vio a Phil, el jardinero, y lo llamó.

—Necesito que vayas a casa del Señor Du Pac y lo traigas de inmediato. Dile que… —El hombre se inclinó hacia el frente y ladeo la cabeza para que el mayordomo le susurrara al oído—: La señora falló.

El hombre asintió y salió de inmediato en busca de su antiguo patrón.

—¡Kassandra! —la muchacha que estaba amasando la masa para el pan, saltó al escuchar el grito del mayordomo. Él nunca gritaba—. ¿Dónde está Colt?

—Salió con la señora Gabrielle.

—¿Qué? —Ralph estaba sorprendido.

—Sí, dijo que iría con ella.

Ralph, asintió y salió de allí para volver a su sitio de guarda al lado de la puerta del despacho de Leonard.

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Colt llegó a casa de los Stravella con un par de maletas, ignoró al mayordomo que le decía que debía esperar a que fuera anunciada.

Al entrar encontró a Robert Stravella con Jerry Du Pac. No se detuvo a dar explicaciones innecesarias, ni a decir medias verdades porque sabía que ya todo estaba descubierto, Ramin, la rata asquerosa y despechada había traicionado a su señora.

—¿Colt? —preguntó Robert.

—Tu dinero. Ahora debo volver o Leonard echará a mi señora de la casa, acusándola de infidelidad.

Fue eso lo peor que pudo imaginarse Colt que pasaría.

Jerry y Robert se miraron a los ojos y luego salieron corriendo tras la mujer que ya se había subido al carruaje que había estado esperando.

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Gabrielle entró corriendo a la casa, corrió hacia el despacho y al ver a Ralph detrás de la puerta, caminando de un lado a otro, con el rostro preocupado. Lo supo, Leonard había leído la carta de Ramin.

—¿Está allí?

Gabrielle le preguntó al hombre mientras se acercaba.

—Sí.

La sujetó del brazo para detenerla antes de entrar a verlo. Quería preguntar, quería decirle por qué había traicionado a su señor, pero él no era nadie más que un sirviente. La soltó.

Gabrielle abrió la puerta y la vista que encontró casi la hace desmayarse. Leonard tenía un revolver en la boca, estaba a punto de darse un tiro.

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Continuara…

Nota:

Te agradecería mucho si me compartes tus pensamientos con un bonito, ansioso, enojado, feliz o como lo quieras dejar el Review.

Besos hasta dentro de 8 o 10 días.

Gracias a todas las chicas por sus comentarios, no alcanzo a mencionarlas porque sé que ya, ya, ya, ya, querían el capítulo, ja ja ja, pero ustedes saben que las amo.

Chapter 15: Chapter 15

Oscuro Corazón

Los personajes de crepúsculo no me pertenecen solo la trama, de esta historia. No autorizo, la publicación o adaptación de este material en ningún lado.

Capítulo 14

En el tren

Parte I

La estación de trenes estaba abarrotada de personas que iban y venían, algunos con maletas y otros con rastros de lágrimas en los ojos, al haber llorado al decir adiós a un ser amado. También estaban aquellos que simplemente se les veía solitarios y cansados.

Mientras iba por aquel camino lleno de personas, vislumbró al hombre que, en un tiempo atrás, amó con todo el corazón. Estaba sentado plácidamente en una banca, mirando el mismo ir y venir de la gente que ella había observado antes. Su rostro tenía un semblante sereno y paciente, sin rastro de nerviosismo o preocupación.

Gabrielle lo había amado por la alegría que mostraba ante la vida, por el brillo divertido en su mirada, por la sonrisa ladeada y traviesa que siempre asomaba, aunque el fin del mundo estuviera a la vuelta de la esquina.

Ramin Asadi con su cabello negro y brilloso, ojos oscuros e inteligentes, y piel morena, siempre sería aquel que le enseñó algo más que fumar, sonreír en un momento de suma tristeza, abrazar la agonía del adiós, los sin sabores de la desilusión, la alegría de vivir, de soñar, de amar con una intensidad como si la vida misma se le fuera en el trabajo.

Un ser con el corazón más humano e imperfecto que podría existir, tan lleno de matices grises y oscuros. Pero que, a pesar de no ser un hombre de buen corazón, no se le temía. Nunca lo hizo, aunque muchas veces pudo haberlo hecho, él siempre supo cómo tranquilizarla y hacerle saber que siempre podría confiar en él; así la estuviera invitando a conocer el infierno, ella nunca tuvo miedo.

La primera vez que se entregó a él, no le temió, ni temió la ira del mundo por lo que había hecho; ella lo amaba y sabía que él también. No hubo inseguridad de su parte y nunca creyó de verdad qué él había jugado con ella. Si por un instante eso pasó por su mente, fue porque ya no quería sufrir su ausencia; y en ocasiones era más fácil odiar para poder olvidar, que amar para vivir en una lenta agonía; esperando un misericordioso final.

Gabrielle se dio cuenta de que muy a su manera y en el fondo seguía amando a Ramin Asadi; porque ¡vamos!, uno no olvida de la noche a la mañana a un amor tan intenso y apasionado como lo fue él. No. Sin embargo, ya no podía caminar tan libremente a su encuentro, como una vez lo hizo, porque ya no era dueña de sí misma.

Leonard Du Pac había llegado a su vida en el momento en que más sola se encontraba, tan sumergida en la tremenda oscuridad donde Ramin, la había dejado, y no era siquiera capaz de distinguirse a sí misma. Pero, a ese chico con rostro de ángel simplemente le había bastado abrazarla con sus enormes y blancas alas, para arrancarla del frio y oscuro lugar. Llenó de una luz infinita su vida y, le depositó un dulce y ligero calor, a su muy herido y devastado corazón.

Le enseñó lo que era amar en vida y después de ella, le mostró que amar a la luz del día no solo era más sano para los nervios, sino que también, te llenaba de una manera en la que la oscuridad no podía. Le mostró la diferencia del amor dulce, al amor caótico.

A Leonard lo amaba de una manera distinta y única, él era apasionado a su modo, perverso y calculador, dulce e indulgente. Pero sobre todo sabía que la amaba, bien fuera, porque no tuvo elección, o porque de verdad estaban destinados a amarse.

Leonard era la luz, la vida, la muerte y el renacer.

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Gabrielle entró a la Mansión de otoño con los nervios de punta. Odiaba lo que estaba haciendo, pero no había manera de que fuera diferente. Ramin podría huir en cualquier momento y dejar a su padre en la ruina. Estaba segura de que él no se quedaría por mucho tiempo, ahora que sabía que ya lo estaban buscando.

—¡Gabrielle!

—Ramin —ella bañó su enorme figura con la luz de la lámpara de aceite que llevaba en la mano. Lo que no pudo prever, es que la abrazaría. Lo que nunca pasó por su cabeza, fue que la besaría.

Un día el sabor de sus labios fueron un elixir, para su alma sedienta de amor, sin embargo, ahora solo la hacían sentir sucia y asqueada.

Lo empujó con todas sus fuerzas. Ramin dio un paso atrás, pero sin soltarla del todo.

—¿Qué haces? —, preguntó exaltada. Luego, lo reprendió—: ¡No estás aquí para esto!

—¿No? ¡Qué caray! ¡Disculpe, señora! —realizó una venia un tanto exagerada y añadió—: Por faltarle al respeto.

—No. Y deja de comportarte como un idiota, Ramin.

Ramin, le dio de nuevo la espalda, pero en esta ocasión caminó hacia lo que quedaba de la chimenea del salón. Miró sobre ella una caja, la tomó entre sus manos, observándola minuciosamente. Tenía labrada una placa de plata. ¿cómo era posible que esa gente rica abandonara un objeto tan caro? A ellos, no les importaba nada. Dejó la caja en su lugar.

—¿Para qué me has llamado entonces? —preguntó con tono de desdén.

—Le has robado a mi padre, ¿estás loco?

Ramin, soltó una carcajada amarga, antes de girarse a ella.

—Creí que vendrías conmigo. ¿Lo ves?, pensé en ti. ¿Crees que te hubiera sacado de esta casa para darte una vida mediocre? La herencia de Robert Stravella, solo te pertenece a ti.

—No me importa la herencia. Ramin, si te amara todavía, ten la seguridad de que el dinero habría sido lo menos importante.

—Pero ya no me amas… —afirmó con melancolía.

—Así es.

—¡Vaya! —Ramin, le dio una apariencia devastada—. Si ya es todo lo que tenías que decir… Me largo.

El hombre le dio la espalda dispuesto a marcharse.

—¡Ramin! —, lo llamó. Él, no se dio la vuelta, sin embargo, sí se detuvo un momento y giró un poco la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo—. ¡Devuelve lo que has robado a mi padre!

—Lo siento, Gabrielle. Te amo, pero no me entregaré. Los Du Pac y tu padre me destruirán y de paso a mi padre. Y puede que no sea un padre ejemplar o el más honrado del mundo, pero es mi viejo y lo amo.

Ramin caminó a la salida, pero nuevamente fue detenido por Gabrielle que, esta vez, lo sujetó fuertemente del brazo para hacerlo girar hacia ella.

—Creí que tu padre no tenía nada que ver.

Ramin se soltó de su agarre y depositó ambas manos en cada lado de los hombros de Gabrielle.

—No, pero seamos honestos, soy su único heredero por lo que, no me acusará de robo, pero ellos a él sí, lo culparán de ser mi cómplice, aunque no sea cierto. Sin embargo, sé qué el viejo sabrá cómo arreglárselas. No es ningún inútil, como tu marido.

Gabrielle, ignoró la provocación en las palabras de Ramin.

—Entrégame el dinero a mí, yo intercederé con Robert para que retiren todos los cargos en tu contra.

—¡Sí, claro! Qué fácil para ti, ¿no? Lo perdí todo, pensando en que me amabas, en que estabas esperando por mí, ¿y qué me encuentro?

—Yo no te pedí que lo hicieras. ¿Qué no lo entiendes? Te van a refundir en la cárcel.

—Y a ti, ¿qué más te da? Yo ya no te importo.

Ramin torció los labios con dolor.

—No digas eso, sí me importas. Eres mi confidente, mi amigo.

—¿Amigo? No soy tu amigo. Nunca podría, aunque pudiéramos. Yo te amo, y eso es suficiente para que no exista amistad alguna. Lo siento. Lo nuestro se terminó. Yo podré irme al infierno y tu podrás quedarte al lado del imbécil que tienes por marido. Así lo decidiste, ahora déjame tranquilo. No me busques no me ilusiones de nuevo.

—Disculpa si te he hecho creer algo que no es. Pero entiende Ramin, devuelve el maldito dinero, no seas estúpido y melodramático.

—¡Melodramático! ¡Ahora soy melodramático! ¡Vaya Gabrielle! ¿De cuándo acá amar a alguien, es un melodrama?

—Ramin.

—Está bien, ¿quieres el dinero de tu padre? Pues yo te quiero a ti. Ven conmigo y yo devolveré el dinero.

—Ramin no puedes hablar en serio. ¿Qué hay de eso de que tu amor era honesto, sincero? ¿Es que es mentira eso de que cuando se ama se desea la felicidad del otro? ¿Por qué me haces esto?

—Porque ambos nos amábamos y tu decidiste olvidarme. Si nunca hubieses correspondido mi cariño, entonces yo no podría codiciar lo que no es mío. Solo buscaría tu felicidad, pero decidiste corresponderme esa maldita noche y todo se fue al diablo, porque entonces ya nada me es suficiente. Te necesito para respirar, para dormir, para vivir, Gabrielle.

—No puedo ir contigo. No me hagas esto.

—Mírame a los ojos, dime que no me amas y voy a creerte.

—Ya no te amo.

Sus palabras lo hirieron directo en el corazón. No esperaba que pudiera decirlo con tanta seguridad.

—Bien, bien. Dame un beso, un último beso y te devolveré todo.

—No, no te hagas daño.

—De verdad lo amas…

—Ya lo ves. Lo siento, de verdad lo siento.

—¿Ya se lo has dicho?

—No.

—Debes decirle, Gabrielle. Debes demostrarte a ti misma que él sí te ama. Porque si te rechaza sabrás que nadie te amará como yo. Y puede que para cuando te des cuenta yo ya no esté aquí.

—Cuando te vayas lo haré.

—Me iré entonces, pero no esperes que devuelva nada. Estoy tan herido y furioso… que por mi puedes ir ahora mismo con tu padre y decirle donde estoy; no me importará. No si no estás conmigo. No voy a devolver absolutamente nada. Tu padre se pudrirá en la miseria por no haberme dado tu mano. Es su culpa que ahora te haya perdido.

—Ramin, por favor… no.

—Lo siento, mi amor. Necesitaré el dinero y lo sabes.

—Yo te lo daré. Tengo joyas que valen muchísimo. Si las vendes obtendrás lo suficiente para salir del país y comenzar en alguna otra parte —dijo desesperadamente.

—Sí, cuando intente venderlas me detendrán y tu marido me acusará de robo. Honestamente, Gabrielle, prefiero que lo haga Robert.

—No, Leonard no sabe de las joyas. Pertenecían a la antigua señora de la casa, estaban escondidas y yo las encontré. Te las daré a cambio de lo que le has robado a mi padre.

Ramin, miró a la mujer. Era bellísima, más que antes. No, no podía perderla.

—Mañana, en la estación de trenes, a las tres de la tarde. Estaré esperándote, para entregarte el dinero.

.

.

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Gabrielle corrió con todas sus fuerzas, las maletas que llevaba eran plomo que la mantenían atada a la tierra. Documentos, pagarés y fajos de dinero, habían sido el costo de su estupidez. Ramin, la había traicionado…

—Ramin…

Ramin, levantó la cabeza hacia la mujer que estaba a su lado, le dio la bienvenida con una sonrisa.

—Gabrielle…

Ella negó un par de veces con la cabeza y se sentó a su lado.

—Toma, le señaló una maleta negra.

—Bien, pero antes necesito que firmes esto.

—¿Qué es?

—Una carta en la que explicas que en nombre de Robert Stravella estás recibiendo la fortuna que tomé prestada. Que tú y tu familia no levantarán cargos en mi contra, o en la de mi padre.

Gabrielle se sentó a su lado y leyó rápidamente el documento, lo firmó y se lo entregó de vuelta.

—Es triste saber que ya no confías en mi —dijo herida.

—¡Oh! No, cariño. En ti, sí confío. Pero no en tu padre o tu marido. Para el caso, son lo mismo —respondió con desdén.

—Leonard no te hará nada —debatió, Gabrielle.

—Mmm, eso lo dudo. No te das cuenta, cariño. Pero tienes la capacidad de hacer que los hombres perdamos la cabeza contigo. Tal vez sea porque tu boquita es deliciosa o porque tu cuerpo desnudo, bajo la luna es…

—¡Cállate! —ordenó Gabrielle, mientras miraba a sus lados, a la gente—. No lo conoces.

Ramin, se carcajeó.

—Y tú, ¿sí? Dime, ¿le dijiste? —preguntó, con una sonrisa ladeada.

Gabrielle miró el tren que tenían delante, la mayoría de la gente ya había abordado y horrible estruendo del silbato del tren resonó, taladrando sus oídos. Cuando pasó dijo:

—No, cuando te vayas. ¿Y por qué demonios te importaría? —ella miró que tenía una maleta del otro lado, por lo que no hubo duda, pronto se marcharía.

—No lo conoces —le dijo, sin mirarla al rostro. Estaba observando a una pareja despidiéndose. Suspiró.

—Tu tren se va. ¿No vas a arribar? —Gabrielle le preguntó. Quería verlo marchar, asegurarse de que se iría. De que ya no habría peligro.

—No.

Gabrielle sintió un vuelco en el estómago, quería chillar.

—¡Por Dios, Ramin! Teníamos un trato.

Él sonrió divertido.

—Me iré en el siguiente, sale en dos horas —le respondió.

Gabrielle cerró los ojos… «¿Por qué no se larga el maldito?», se preguntó.

—¿Y por qué demonios me has citado dos horas antes?

Fue en ese instante que Ramin, miró el rostro de Gabrielle, con verdadera atención, se inclinó hacia ella y le susurró:

—Porque voy a esperar a que regreses.

—¿Qué? —preguntó tontamente—. ¿A volver?

—Sí —respondió con seriedad, la risa, las bromas ya habían pasado. ahora Ramin Asadi, hablaba en serio—. Para esta hora tu esposo ya debió haber leído mi carta. Así que ve, y enfréntalo. Cuando te eche de su casa, regresa aquí, ven conmigo. Aquí estaré esperando por ti. O tal vez, no la ha leído… Anda ve a su lado y averigua si ya la leyó, podría ser que llegues a tiempo.

Gabrielle tomó las maletas y salió corriendo a donde estaban aguardándola, la señorita Colt y Tomás.

La vieron llegar corriendo tan deprisa, y con el rostro pálido y espantado que sus sentidos se pusieron en alerta.

—Colt, coge un auto lleva esto a mi padre.

—¿Qué? ¿Vas a dejarme aquí con esto? ¿Qué pasa? —preguntó espantada.

—Le hizo llegar una carta. Se lo dijo. ¡Tomás! ¡Vámonos!

.

.

.

Cuando Gabrielle abrió la puerta del despacho de Leonard, nunca se imaginó lo que encontraría. Un montón de escenarios pasaron por su mente, durante el trayecto de la terminal de trenes hasta su casa: que iban desde encontrarlo furioso, en cama o en la mejor de las fantasías… ignorante de la carta. Sin embargo, lo que encontró, no fue más que el resultado de las palabras de odio y celos de un hombre despechado.

Leonard, su ángel, su precioso Querubín, tenía un arma en la boca a punto de pegarse un tiro.

—¡Leonard! —gritó.

Los ojos cerrados del joven, se abrieron de pronto. Ella había vuelto, por un largo rato él había jugado con la fantasía de que se hubiese fugado con Ramin, que no volvería a casa, porque ella recordaría sus palabras, la promesa que le hizo cuando lo invitó a pasar la noche en su habitación:

«Si entro, nunca te dejaré ir… Pero, si algún día te atreves a mirar a otro hombre seré terrible contigo, nunca estaré dispuesto a compartir tus besos y si, se te ocurre huir de mi lado, me temo que me matarás. Aunque, si por azares del destino, sobrevivo y vuelves… juro por Dios, Gabrielle, que te destruiré».

«¿No se lo dijo? Entonces ¿por qué la tonta mujer volvió?», se preguntó Leonard.

Lentamente, retiró el arma de su boca. Vio a Ralph detrás de ella. Pero Leonard tenía miedo de sí mismo, sentía tanto odio, quería tener al maldito enfrente, para matarlo, vaciarle la carga completa en el pecho. Pero a falta del maldito estaba ella.

Así que solo por mantener el arma, cerca de él, apuntó a su cien. Porque tenía ganas de matarla, y la amaba demasiado para hacerlo. Se arrepentiría, eso lo sabía. Y no precisamente por el delito, sino, porque la extrañaría tremendamente.

Tal vez era mejor si él moría. Total, ella ni lo amaba. Solo sentía lástima, ¿no? Maldita mujer, con su maldita boca venenosa, y maldito ese hijo de puta que se ha burlado de él. Quería llorar, quería reír, estaba confundido, no sabía qué hacer. No podía vivir sin ella, pero tampoco podría hacer como si nada hubiese pasado, porque sí había pasado y los celos lo mataban, vio lo que vio.

Gabrielle lo trajo a su maldita casa. Ella lo llevó a ese lugar que representaba la sucia mancha de infidelidad de otra pareja, y todavía así, lo citó allí. Si lo hubiera hecho en otra parte… Tal vez, solo tal vez, se hubiera sentado a escuchar sus excusas y mentiras, se hubiera hecho el ciego, el tonto, el ignorante. La hubiese amado, besado y hubiera pasado por alto todo, con tal de que permaneciera a su lado. Hasta hubiera hecho oídos sordos…

Pero, pero… ella lo llevó a su casa. Lo durmió —o al menos lo intentó—, para verse con él. Fue a despedirlo, a darle una maldita promesa de amor… su amor, ese que nunca tendría de Gabrielle… Y la odiaba, ¡Dios! ¡Cuánto la odiaba! Su alma desgarrada gritaba en agonía.

—¿Qué haces aquí, zorra? —su voz era fría y monótona.

Gabrielle tembló. Y supo que tendría una oportunidad de detenerlo cuando se quitó el arma de la boca, así se apuntara en la cabeza.

—Leonard, baja el arma —dijo con voz tranquila.

—¡Maldita sea! —gritó, haciéndola saltar en su lugar—. ¿Por qué has vuelto?

—Leonard, déjame… —Gabrielle intentó acercarse, sin embargo, fue inútil, él no lo permitiría.

—¡No! No, te me acerques.

El arma tembló en la mano de Leonard, y este apretó el mango con fuerza para afianzarla en un signo de estar encontrando el valor y la seguridad para matarse.

Gabrielle miró a su izquierda, Ralph, estaba a su lado tan lívido, como ella; ambos cruzaron una mirada. Nunca antes Gabrielle se había entendido con alguien de la manera en que lo hizo en ese instante con Ralph. Suerte, desesperación o simplemente fue un objetivo en común. Salvar a Leonard.

Gabrielle levantó el rostro en un signo más de valor, que de puro desafío. Su rostro no mostraba más que frialdad. Era su máscara favorita, la que se había quitado hace algún tiempo para mostrarle a Leonard, cuan dulce y frágil en realidad era.

Gabrielle dio un paso a la izquierda, los ojos verdes de Leonard nunca la dejaron.

—Por favor, Leonard te lo suplico —su voz temblorosa, pudo haberle mostrado lo que en verdad sentía en ese momento. Miedo. Pero Leonard, estaba cegado o como había dicho Ramin, no la conocía de verdad.

Leonard nunca sabría la diferencia entre el más dulce de los néctares de sus palabras sinceras o las mentirás más venenosas, y para ese momento, ella lo agradeció. Que no supiera la diferencia, porque iba a salvar su cuerpo, aunque, no su alma. Se odiaría toda la vida, por cortarle las alas a su ángel, por atarlo a ese mundo lleno de sufrimiento, a su infierno.

Las manos de Gabrielle estaban en sus costados en puño, las uñas que se enterraban en la piel de sus palmas, comenzaban a sangrar.

—Tú me suplicas… ¿por qué no estás con él? ¿Ha?

Y sí ella lo intentaba… ser sincera. Sin miedo al rechazo, a la burla, sin miedo a amar, pero sobre todo que la amaran de igual manera. Si ella tomaba valor…

—Porque yo…

—No, mejor cállate, no eres más que una maldita zorra, una puta cualquiera que se arrastra y abre las piernas frente a cualquier muerto de hambre, dispuesto a follarte.

¿Y sí le decía que lo amaba, que esperaba un hijo suyo? ¿La escucharía? ¿La perdonaría por generarle un mal entendido? ¿Por haber querido no dañar a un hombre que lo único que había hecho era amarla y actuar en nombre de esos sentimientos?, solamente, porque ella ¿una vez lo amó?, ¿él podría entenderlo?, ¿podría perdonarla por haberse equivocado con Ramin al pensarlo más bueno de lo que en verdad era?

—Leonard, no sabes lo que dices… si me dejas…

—No, no, no Gabrielle estoy cansado de tus malditas mentiras… ¡No te muevas, maldita sea! ¡Maldita, mil veces maldita mujer…!

—¡Basta! No es lo que crees… —intentó explicarse.

—¡Cállate! Te vi, te vi cuando te encontraste con él en esa maldita casa de mierda, debí derribarla, debí mantenerte encerrada. Nunca debí confiar en ti. ¡Maldita puta de mierda! —Leonard bajó la mirada un instante mientras repetía—: Lo siento, Ralph, diles a mis padres que lo siento…

Gabrielle sabiendo que él no se detendría y que estaba ya más allá de la razón, actuó más por desesperación. Dio dos pasos a la izquierda de Leonard, Ralph dio dos a la derecha, alejándose de su vista periférica. Gabrielle manoteó mientras comenzaba con su diatriba, distrayéndolo.

—¡Está bien, Leonard! ¿Quieres morir? Hazlo, no te disculpes. La verdad, es que no eres más que una maldita carga para todos —dio otro paso a la izquierda y gritó más fuerte cuando él iba a girar su rostro hacia Ralph—. ¡No te preocupes más por ser el hijo que tu padre nunca tuvo, porque no eres más que un fracasado! ¡Un inválido y un estúpido! Nadie va extrañarte, en realidad, porque todos sabían que llegaría este momento. No eres más que una carga para todos, y la verdad, muy pesada. Anda vamos muere de una vez. ¡Dame la libertad! Al fin y al cabo, ya no te necesito, jala del gatillo, vuélate los malditos sesos, que yo me quedaré con todo. Despojaré a tu maldita familia de mierda de la mitad de sus bienes, y luego me iré con Ramin. El sí es un hombre…

Ella estaba cerca, demasiado cerca.

Leonard estaba aturdido ante las palabras de Gabrielle, miró hacia abajo, y luego a ella. Pero lo que vio Gabrielle no fue odio, ni dolor. No había nada, solo hielo. Ella entendió que había jalado el gatillo directo a su corazón. Que no solo lo había traicionado con sus palabras, sino que también le había cortado las alas a su ángel. Mató su ingenuidad, su amor por ella y destruyó la posibilidad de un mañana, de un después. Fue aterrador. Pero él iba a jalar el gatillo, iba a morir primero y ella tan egoísta, como siempre, no lo permitiría.

—Eres una maldita puta…

Leonard le apuntó a Gabrielle y jaló del gatillo. El sonido de la detonación resonó en toda la mansión.

León Du Pac llegó a la mansión de las cariátides tan rápido como pudo. Amber, que iba a su lado, apretaba su mano con fuerza. La mujer no podía creer que después de que Gabrielle diera muestra de haberse enamorado de Leonard, resultara que no fue así.

León, por otra parte, sí lo creía posible. Él mismo había engañado a su primera esposa, solo porque no había podido sacarse de la cabeza a Amber. «¿Fue así con Gabrielle?», se preguntó, de esa manera no había nada que se pudiera hacer. Sabía que no había manera de remediar la situación o de forzar a alguien a olvidar cuando el corazón era necio y ciego.

Honestamente cuando decidió que Gabrielle sería buena para su hijo, actuó más con el presentimiento y la suposición de que ella solo había estado encaprichada, con aquel hombre. Cuando la vio al lado de su hijo brillando como una tonta enamorada, suspiró con alivio. Ahora se daba cuenta de que, si bien pudo llegar a sentir algo por Leonard, no fue lo suficientemente fuerte. ¡Qué lástima!

La puerta fue abierta por una asustada Blaire. No hubo tiempo de nada en realidad, antes de que los gritos de Gabrielle llamaran su atención…

Luego se escuchó la detonación.

León corrió hacia el despacho…

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.

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En un momento, Gabrielle se había quedado helada, incapaz de creer que él lo hubiera hecho, dispararle a ella, al siguiente el arma cayó de la mano de Leonard al piso que, debido al fuerte agarre de Ralph en su muñeca, su mano se aflojó.

El brazo de Leonard había sido desviado por Ralph, la bala perforó el piso de madera de la mansión.

Gabrielle al verlo luchar por deshacerse del abrazo de su mayordomo, mientras le gritaba «Te mataré, te juro que los mataré a ambos, maldita, mil veces maldita», corrió hacia el arma caída y la levantó.

Lo que nunca esperó Gabrielle era que una mano la giraría, o la bofetada que la hizo tambalearse, y luego caer al piso. Amber Du Pac, había escuchado las palabras venenosas y malditas que le había dicho a Leonard. León Du Pac se colocó a un lado de su hijo que estaba ya por soltarse del agarre de Ralph. Ambos lo detuvieron. O de otra manera, Leonard la habría matado con sus propias manos.

—¡Sal de aquí, Gabrielle! —La voz gélida y retumbante de León le ordenó. No hizo falta decir más, el mensaje era claro. «Te destruiré».

Hace unos meses no habría sentido temor, pero, ahora estaba embarazada eso era seguro. No solo iban a alejarla de Leonard, al igual que Ramin un hombre despechado era capaz de ejercer cualquier daño. Un padre, haría cualquier cosa por su hijo, incluso alejarlo de su madre.

Gabrielle asintió y salió del despacho. Bueno, Leonard, que supuestamente la amaba, no quería escucharla, quería matarse, pero primero a ella y a la rata de Ramin.

«¡Maldito hombre! ¿Cómo pudo hacerme esto?».

Encontró a Blaire de pie fuera del pasillo, la pobre chica estaba temblando. La abrazó, fuerte, muy fuerte.

—No les digas del embarazo. ¡Me lo quitarán! Dile que te obligué, que te amenacé con acusarte de robo… dile lo que quieras y si eso no funciona… Entonces… cuando regrese Tomás, con las joyas de Donatella, toma lo que sea necesario para ti, regresa a casa y se feliz. El resto devuélvelo —Gabrielle sacó de su cuello la llave de la habitación secreta. Devuelve todo a su lugar.

—¡No se vaya! Se lo explicaremos, cuando esté más tranquilo.

—Intentó matarme, Blaire. Si no fuera por tu tío me habría matado. Y León está furioso, me lo quitarán, Blaire. Me quitarán a mi bebé.

Blaire, asintió.

—No se vaya con ese hombre…

—Blaire, dile a Tomás que prepare el auto ahora… y pon en un bolso un vestido tuyo, no de los que te he dado, tuyo Blaire y nunca hables de esto.

Gabrielle, corrió hacia su alcoba. Cuando entró, caminó hacia el tocador, depositó el arma sobre él, abrió el cajón y buscó la carta que había escrito a su tía y la nota de Armand. De otro cajón sacó un bolso con dinero.

Se quitó su argolla matrimonial, los pendientes y se miró al espejo. Quería llorar, más no era el momento y por eso, dio dos bocanadas de aire. Su mejilla estaba enrojecida. Negó con la cabeza, tomó el arma y la guardó en el bolso con dinero; echó un vistazo a la habitación por última vez y salió.

Blaire esperaba a su señora en la entrada de la casa. Le dio el bolso y con lágrimas en los ojos, le preguntó de nuevo:

—¿Se irá con él? — su voz tembló.

Gabrielle, negó con la cabeza. No podía decirle la verdad.

Ambas mujeres se abrazaron fuertemente.

—Gracias, gracias por todo, Blaire. Y lo siento si te he causado problemas.

Blaire negó con la cabeza, tomó las manos de su señora y le suplicó:

—Señora… vuelva a casa de su padre.

Gabrielle miró a la pequeña mujer, asintió solo para darle tranquilidad, pero sabía que no podría volver.

—Si te preguntan no sabes nada, Blaire. Te lo suplico. Me quitaran a mi hijo. ¿Entiendes? Estaré en contacto con mi padre y por favor… hazme un último favor.

—Sí.

—Lleva esto al correo —le entregó la carta de su tía—, y devuelve esta jodida nota de Armand, con lo demás. Y cuida de Leonard.

Blaire, asintió.

Tomás estaba esperándola con la puerta abierta del coche. Ella subió y le dio la orden de volver a la estación de trenes. El muchacho quería preguntar si ya podía considerarse formalmente despedido, pero, al ver el rostro compungido de Gabrielle, guardó silencio, considerando su pregunta, como una muy imprudente.

Blaire, corrió hacia sus habitaciones y comenzó ha hacer las maletas. Sí, lo sabía. Iban a echarla por alcahueta. Los gritos de Leonard resonaban por toda la casa. Maldecía y juraba que los mataría a ambos. Ningún sirviente se atrevía a salir de las cocinas. Nadie se atrevía a cruzarse en el camino de nadie.

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.

.

—¡Por Dios, Leonard! ¡Tranquilízate! —ordenó su padre.

—Claro, para ti es fácil decirlo. Tú que eres igual que ella.

León abofeteó a su hijo.

—¡No tienes ningún derecho a juzgarme!

—¿Y por qué no? ¿Fuiste tú el que la trajo a mi vida? ¿Por qué no podías simplemente aceptar que un día moriré? ¿Por qué no puedes dejarme tranquilo? ¿Por qué de todas las mujeres del maldito mundo, tenías que escogerla a ella?, sí ahora sufro, es por tu jodida culpa.

—¡Basta ya, Leonard! Por favor —gritó Amber. Caminó hasta su hijo y lo abrazó. No sabía cómo arrebatarle del corazón aquel dolor, no sabía qué podía decirle para darle alivio.

León, se dio la vuelta para salir de la habitación.

—León, ¿a dónde vas? —preguntó, Amber.

—Esa mujer tiene mucho qué explicar. Porque es evidente que Leonard no está en condiciones —la voz de León era dura.

—¿Qué no estoy en condiciones? ¿Qué quieres saber? La zorra se encontró con ese imbécil en mis propias narices. Lo vio aquí.

—¡Dios mío! —gimió Amber.

—De verdad, padre… debiste hacerle mucho daño a tu exmujer para que su maldición me alcanzara.

León no respondió a su hijo, simplemente dio la vuelta y se marchó.

—No seas cruel con tu padre, él no tiene la culpa de lo que te ha hecho Gabrielle.

—La tiene, por obligarme a casarme con ella.

—Tú lo aceptaste.

—Y ¿Por qué no iba a hacerlo? Ya no quería ver su maldita mirada de lástima, de decepción. Quería complacerlo, aunque fuera solamente una vez en mi vida. ¿Por qué simplemente no se conformó conmigo? ¿Por qué quería más?

—Tu padre fue educado de una manera muy diferente, fue preparado para siempre llenar expectativas. León se parece más a su padre de lo que alguna vez ha querido reconocer. Y al igual que él, también tú lo haces. Tal vez esperaste demasiado de Gabrielle. Y siento que no haya llenado tus expectativas.

León, entró de nuevo en la habitación. Miró a Leonard y le dijo:

—No encuentro a Gabrielle.

En ese instante, el recuerdo de las palabras de Gabrielle sobre los bienes de la familia cayó en su mente como un balde de agua fría. El testamento podía revocarlo, pero ¿y las joyas? ¡Era la herencia de la madre de su padre!, y aunque en este momento lo culpara por su dolor, ciertamente, no le deseaba tal disgusto. Lo único que tenía de su madre y él simplemente, las había regalado como si fuesen flores.

Se puso de pie, alterando los delicados nervios de su madre.

—¿Leonard?

—¡Las joyas!

Fue todo lo que Leonard pronunció antes de pasar a un lado de su padre y correr a la segunda planta. Entró a la alcoba y buscó rápidamente en el tocador, en su cajón solo había encontrado la argolla de matrimonio y unos pendientes. ¡Gabrielle se había marchado con Ramin Asadi!

—¡Blaire! —el rugido de Leonard, retumbó en los vidrios de las ventanas.

Blaire, quería esconderse debajo de la cama. Kasandra que se encontraba a su lado ayudándola a empacar, brincó en su lugar.

—¡Dios mío! Tenías razón Blaire, hoy va a correr sangre.

Blaire encontró a Leonard bajando las escaleras furioso, tan furioso como un tornado. Arrasando todo o, mejor dicho, casi empujando a su pobre madre que subía las escaleras a su encuentro, tan pálida y asustada como todos en la casa.

—Se… Se… Señor —tartamudeó, Blaire.

El hombre casi voló en los últimos peldaños para llegar a ella y sujetarla fuertemente por el brazo.

—¿Dónde está?

Blaire, negó con la cabeza.

—No, no... no… sé de qué me habla.

—No te hagas la tonta, ¿Dónde está Gabrielle?

Blaire gimió, Leonard estaba fuera de sí; por lo que, Ralph sujetó la mano de Leonard y le dijo:

—Señor, está lastimándola —el mensaje fue claro. ¡Ella es mi sobrina!

Leonard la soltó.

—Se ha ido con ese malnacido ¿verdad?

Los fuertes toques de la puerta atrajeron la atención. Ralph se apresuró a abrir, era Colt. La mujer al ver el rostro de decepción del hombre se dio cuenta de la gravedad del asunto.

Leonard no sabía que la mujer había salido a medio día con Gabrielle, por lo que no le dio importancia. Tomó a Blaire del brazo nuevamente, aunque no con la misma fuerza que antes, y la arrastró hasta al despacho. Otros toques resonaron en la puerta de entrada y Leonard quería maldecir… ¿Por qué había tanta gente mirando su humillación?

Colt abrió, Jerry y Robert entraron por la puerta. Blaire estaba aterrada, y agradecía que Robert estuviera allí, tal vez la señora lo había enviado para hablar con él.

—¿Qué demonios hace usted aquí? —Leonard, le gritó a Robert.

—¿Dónde está, Gabrielle?

—Eso es lo que yo quisiera saber, su maldita hija me ha robado, para largarse con el imbécil ese de Asadi.

—¿Qué? —Robert miró a Colt, ella a su vez negó con la cabeza y la boca abierta sin saber qué decir. Y luego vio a Blaire.

Leonard se percató del juego de miradas y por lo tanto volvió a posar sus esmeraldas en el rostro de la rubia.

—Está con él, ¿verdad?, ¿dónde lo vieron? ¿Dónde está?

—No lo sé, yo no he salido de aquí.

—¡Qué conveniente! —Leonard la sujetó de los hombros y la sacudió—. ¡Habla, Blaire! ¿Dónde demonios están?

Jerry, caminó hacia Leonard, y arrancó a Blaire de las manos agresoras de Leonard.

—Blaire, ¿dónde está Gabrielle?

La pobre muchacha, temió por Gabrielle. Ella negó con la cabeza, ya no podía hablar. Estaba aterrada.

—¿Por qué crees que mi hija te ha robado? —preguntó Robert. Estaba tan confundido como todos. Y lo peor es que tenía un terrible presentimiento.

—Porque ha huido con ese malnacido y se ha llevado las joyas de mi familia.

Colt, pensaba que todo era un maldito error. Conocía a Gabrielle y ella no iría con él o, ¿sí? No permitiría que cometiera un error abandonando la vida que tenía ahora. El futuro que tenía en sus manos.

—Lo vio en la estación de trenes —respondió Colt.

Blaire cerró los ojos con pesar.

«Maldita bruja traidora», pensó Blaire.

—¡Tomás! —gritó Leonard.

Blaire pensó que tenía que detenerlo, si no lo hacía, la encontraría antes de que Tomás regresara con las joyas, la encontraría de donde ella se fuera a esconder. ¡Qué importaba si ella huiría con Ramin! Gabrielle su señora tenía razón este hombre que un día conoció de niña y que era bueno, se había convertido en alguien temible, León Du Pac que estaba de pie observándola con ojos de halcón, estaba allí esperando el momento para encontrar a Gabrielle y destrozarla.

Lo sabía, su madre había sido testigo del odio de León Du Pac en contra de su exesposa. León había destruido a la antigua Duquesa Du Pac por haber intentado matar a su amada Amber. ¿Qué le esperaba a Gabrielle? Por una vez en la vida de ese hombre, tenía que perder, u otra mujer inocente sufriría de su irá.

—Ella no le robó —la rubia gritó. Leonard se detuvo a medio camino hacia la salida y se giró hacia ella.

—¿Qué?

Blaire se plantó frente a Leonard.

—Es usted un estúpido. Ella nunca lo traicionó —dijo, y luego se quitó del cuello la cadena que contenía la llave de la puerta secreta. Se la mostró.

Blaire le dio la espalda a Leonard y al ver que él miraba la puerta de entrada y a ella, indeciso de qué hacer dijo:

—¿Quiere saber la verdad? Venga.

Leonard la siguió. Ella entró al despacho, dirigiéndose al dispositivo que mostraba la entrada de la puerta secreta. Cuando Leonard había adquirido la mansión había una cláusula que decía que los libros que se encontraban allí eran de sumo valor. Había colecciones únicas en el mundo. por lo que el decidió nunca removerlas hasta que tuviera el tiempo de llevar a un especialista.

Por lo que al ver a Blaire tomar un libro y de pasta negra, cerró los ojos, porque ese libro era idéntico a uno que descansaba en la mesita de noche de su alcoba. El dispositivo se activó dejando ver la puerta que escondía. Ella se giró hacia él y le tendió la llave.

Leonard la tomó y la miró…

—¿Quiere la verdad? Está allí adentro.

—¿Cuándo? —le preguntó.

—Después de haberse dado cuenta de que lo amaba.

Leonard avanzó hasta la puerta e insertó la llave, y la abrió. Blaire encendió la luz y lo primero que Leonard vio fue una mesa. En ella descansaba una carpeta negra de cuero que, bien sabía, era su testamento. Se adentró un poco más y vio las joyas de los Du Pac. Se giró hacia Blaire.

—He sido testigo del amor verdadero que un día mi señora y ese hombre Ramin Asadi tuvieron hace años, pero, también he sido testigo de que ella ya no lo ama más. Ramin conoció a Gabrielle cuando ella tenía catorce años, pidió su mano al señor Robert —Blaire miró al padre de su señora que la miraba con el ceño fruncido—, pero él se lo negó.

» Entonces… ambos pensaron en que si él le quitaba su virtud el señor Stravella permitiría el matrimonio. Pero quien los encontró fue su esposa y entonces Gabrielle fue enviada a París. Cuando volvió Ramin estaba por casarse con su hermana Danielle.

—¿A eso le llamas amor, Blaire? —preguntó Amber.

—No, Robert nunca le daría la mano de Gabrielle, pero sí la de Danielle, porque Danielle no le importa como Gabrielle; porque no es su hija.

—¿Tú cómo sabes eso? —preguntó el hombre.

—El señor Karam lo supo y amenazó a su esposa para que le diera la mano de Danielle a cambio de su silencio. El dijo que solo quería estar con ella, velando como un hermano, pero supongo que la tentación fue demasiada. Supongo que el odio de mi señora por la traición de su hermana fue mayor. Así que Ramin solo aprovechó que Danielle estuviese embarazada de otro para ofrecerse como padre del niño y estar así cerca de mi señora.

—¿De qué hablas? —preguntó Robert.

—El niño de Danielle, no es de Ramin sino de un tal Sam Uley.

—¿Y por eso lo citó en mi casa, y luego lo besó? —preguntó, Leonard.

—Él la besó, la pregunta es: ¿le correspondió? No, señor. Ella solo intentó salvar a un hombre al que amó demasiado. Ella solo quiso salvarlo de su propio error. Y miré lo que le costó.

—Si lo que dices es cierto ¿qué hay de la carta de Ramin?

—¿Se refiere a esta? —Blaire le mostró la nota de Armand—, es la carta de Armand a su esposa Donatella.

—¿Qué?

Blaire caminó hacia la mesita y abrió el cofre labrado en plata. Sacó las cartas.

—¿A dónde fue?

—Tendrá que esperar a que llegue Tomás, porque no lo sé.

—¿Para qué se encontraron hoy? —Leonard preguntó.

—Fue por el dinero del señor Stravella —respondió Colt.

—Lo he visto —afirmó Jerry.

Habían esperado toda la noche la llegada de Tomás Wilson. De nada hubiera servido ir a una estación de trenes. Era tarde para alcanzar a Ramin. Habían pasado más de tres horas cuando terminaron de interrogar a Blaire. Y por la hora transcurrida, pensaron que Gabrielle había ido a otro lugar, puesto que, Tomás no había vuelto.

Leonard se maldecía por su propia idiotez, torturándose con preguntas: ¿Cómo pudo ser tan ciego? ¿Por qué no le preguntó directamente? ¿Por qué tenía que haber desconfiado de ella? ¿Por qué no confío?

Fue al amanecer cuando Tomás Wilson regresó a la mansión de las cariátides.

Ralph lo condujo hasta el despacho donde una Blaire agotada y ojerosa, un León silencioso, junto con un Robert desesperado y un Leonard arrepentido se encontraban aguardándolo.

El joven entró, con un maletín negro en la mano, su cabello estaba despeinado, la piel pálida y los ojos demasiado abiertos y alertas. Su cuerpo temblaba como una hoja de papel.

—¿A dónde llevaste a Gabrielle? —Leonard le preguntó.

Fue en ese momento que el pobre chico se derrumbó, no pudo soportar más la presión. Miró a Blaire, ella asintió en su dirección. Podía decir la verdad, además tenía que hacerlo… porque, si no, si no…

Soltó la maleta, y comenzó a vomitar aparatosamente sobre la hermosa y carísima alfombra persa del despacho. Fue su movimiento de inclinarse hacia el frente, lo que hizo que su saco, que había estado cerrado se abrió, fue ese movimiento que mostró la sangre en su pecho. Ralph arrastró al chico a un rincón, no podían llevárselo, nadie podía verlo. Porque él vio lo que todos. La sangre que manchaba sus ropas y sus zapatos.

Cuando se hubo tranquilizado habló temblorosamente, mirando fijamente a Leonard:

—Ramin Asadi, está muerto.

Nota:

A veces nuestro enemigo más peligroso y el que nos hace más daño, somos nosotros mismos.

Gracias por sus comentarios, me hacen inmensamente feliz.

Gaby Grey, ClaryFlynn98, Adriana Molina, IvaLopez483,Lore562, Kasslpz, BereB, Maris Portena, Norellys, Jade Hsos, Piligm, indii93, wenday14, Marijo Garcia, TwiFan, Guest, Manligrez, Calia19, NarMaVeg,GloriaDu Pac, Guest,ZellidethSaga76, AyelenMara,maireth-SM Du Pac, Santa Ramirez, Isis Blairet, Joseñyn, Pao Pao,SaraiPineda 44.

Muchas gracias, a los grupos en Facebook.

¿Qué opinan? Nos leemos el lunes. En el tren Parte II.

Un abrazo y un beso desde México.

Chapter 16: Chapter 16

Oscuro Corazón

Los personajes de crepúsculo no me pertenecen solo la trama de esta historia. No autorizo la publicación o adaptación de este material en ninguna parte.

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Capítulo 15

En el tren

Parte II

Tomás no podía creer cuan grande era su propia estupidez, corrió hacia el tren que estaba a punto de partir, el silbato sonó. Por lo que no se detuvo para disculparse, cuando chocó con un hombre. Se montó en el tren y enseñó su boleto al guardia. Ya más tranquilo recorrió el tren vagón por vagón hasta instalarse en el último, como se lo había ordenado su señora.

Barrió con la mirada el vagón en busca de un asiento disponible. Lo vino a encontrar hasta el fondo, junto a la puerta final y al lado de una dama mayor. Dudó antes de dirigirse, el problema con ese sitio era que mucha gente salía al balcón a tomar aire, y realmente no sabía durante cuánto tiempo estaría viajando. Por lo que sería un problema si por la noche, alguien decidía que quería echar un vistazo a las estrellas. Pero al ver que solo quedaba ese asiento, no le quedó otra alternativa que de sentarse allí o quedarse de pie durante quién sabe cuánto tiempo.

—Tomás, Tomás… ¿Por qué no puedes decir que no a una mujer? —dijo en voz alta. Arrepentido y molesto.

.

.

.

Gabrielle miraba por la ventanilla del compartimiento, recordando una y otra vez, el momento en que Leonard casi la mata. Tal vez, todavía estaba aturdida y no lo sabía. A pesar de saber que no volvería a ver a Leonard, no tenía ganas de llorar, como una vez creyó que pasaría si pasaba algo como lo que sucedió. Tal vez era porque sabía que ahora estaba en la comodidad de su casa, furioso y triste, pero sano y salvo de las garras de Ramin, al menos físicamente.

Sin embargo, conocía la fortaleza de Leonard y él no se dejaría vencer. El hombre era necio, entonces… sobreviviría. Ya una vez lloró por la decepción de un amor no correspondido. Así que supuso… la superaría, como una vez pensó, era más fácil olvidar a alguien cuando se le odia, que cuando se ama y se sabe correspondido. Gabrielle cerró los ojos un momento y tras un suspiro ella habló:

—¿Vas a mirarme todo el tiempo, Ramin?

—Sí. Hasta que me crea que realmente estás aquí conmigo.

—Tu veneno hizo un buen trabajo así que… No soy un producto de tu voluble imaginación.

—Tal vez, lo único que necesito para estar convencido es una prueba… un beso, tal vez.

Gabrielle abrió los ojos y soltó una risa amarga y sin diversión, y con voz cansada le respondió:

—O tal vez, tienes que mirar un poco más.

Y así, Gabrielle cerró de nuevo los ojos, recargando su cien en el frio vidrio de la ventanilla para continuar dormitando.

.

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La dama a su lado roncaba como un oso durante su hibernación, miró a los asientos del otro lado del pasillo, un par de hombres dormían plácidamente, con sus sombreros en el rostro para tener la ilusión de privacidad. Hacía calor, el vagón comenzaba a oler horrible, estaba sudoroso y cansado…

«Y si ¿renuncio?», se preguntó. Pero luego, recordó que posiblemente ya había sido despedido. Por lo que se maldijo a sí mismo.

Cerró por un momento los ojos… solo para descansar la vista.

.

.

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—¿Quieres cenar algo? —Ramin le preguntó.

—No —respondió—. ¿Cuándo será la próxima parada? Y a todo esto, ¿a dónde vamos?

Ramin dejó su asiento frente a ella, para sentarse a su lado y tomar su mano.

—La siguiente parada será en dos horas aproximadamente e iremos a Nueva Orleans.

Su mano más grande y gruesa encerró a la de Gabrielle.

—¿Nueva Orleans? —preguntó, ella nunca había ido a esa ciudad. Además de que al parecer Ramin tenía sus propios planes y todo lo que le había dicho de viajar por Europa había sido mentira.

—Sí, amor mío. Estás tan distraída… ¿A dónde creíste que iríamos?

—Nueva York. Creí que saldríamos del país.

—Gabrielle realmente crees, que Robert y tu esposo se quedarán con los brazos cruzados después de tu desaparición.

—Leonard iba a matarme.

—¡Por Dios! ¡Eso no es cierto!

—Pues lo es, si la bala no hubiese sido desviada por su mayordomo en este momento estarías todavía esperando en chicago.

—¡Vaya! ¡Tiene agallas! Creí que solo te había golpeado.

Ramin se inclinó hacia Gabrielle y con el nudillo de sus dedos acarició la mejilla enrojecida. Ella se crispó.

—¡Auch! ¡No hagas eso! Fue su madre, no Leonard.

—Eres una mujer que no se percibe así misma, Gabrielle. Tu esposo vendrá detrás de ti, sea por orgullo o por venganza. Pero de que lo hará, lo hará.

—¿Por orgullo? —preguntó. Imaginando que tal vez fuera verdad.

—Sí, a gente como él no le gusta ser humillado en público. Imagínate lo que dirán de él cuando toda su estúpida y arrogante clase, se enteré de que te fugaste con tu amante —Ramin negó con la cabeza—. ¡Va a buscarte para llevarte de vuelta! Y no será gentil ni amable. Te hará pagar por esto. Pero nunca te dejará ir.

—Entonces… ¿no deberíamos salir del país lo antes posible?

—Sí, pero no por Nueva York, ellos pensarán que lo más lógico sea ir al puerto y arribar uno de los barcos de mi padre, o que huiremos a Londres o tal vez París. Nadie pensaría en Nueva Orleans si nos están buscando ya, por todo el país. ¿Por qué tomaríamos una ruta más larga?

—¿Y si nos encontraran, y me llevaran de vuelta a Leonard? ¿qué pasaría?

—Iría de nuevo por ti. Y luego lo mataría, Gabrielle. No permitiré que vuelvan a separarnos. Tendrían que matarme.

Gabrielle creyó en sus palabras, dado que ese día la habían intentado matar por no escuchar a nadie más que a sí misma, además, Ramin le había mostrado su fea cara, una peligrosa y que no se debía ignorar. Guardó silencio un rato más, antes de decir:

—Ramin, no me siento bien. Creo que necesito aire —fingió sentirse desfallecer.

—Abriré la ventanilla.

—No. Por favor, vamos afuera un momento.

Ramin, la miró detenidamente. Estaba cambiada, su mirada era brillosa y…

—El aire debe estar helado, es media noche. No permitiré que enfermes —se rehusó.

—No lo haré, solo necesito aire —chilló.

Ramin había pasado los últimos meses con una mujer embarazada y achacosa.

—Gabrielle ¿estás embarazada?

Ella lo miró a los ojos. No podía engañarlo, él la conocía mejor que nadie si lo intentaba, sabría que algo pasaba. Bajó la mirada y asintió.

—¿Qué demonios? Está bien, está bien… Lo solucionaremos en cuanto nos establezcamos.

—¿Cómo que lo arreglaremos?

—Claro, mira… intenté ser un buen hombre, pero seamos realistas, no lo soy y no pude amar a Seth, mucho menos a un hijo de él. Lo siento cariño, pero te lo compensaré —prometió, mientras se ponía en pie y le tendía la mano.

Salieron de su compartimiento privado, y caminaron hasta el último vagón. Gabrielle que iba detrás de Ramin buscaba con la mirada a Tomás Wilson. Se asustó cuando llegaron al último vagón y no lo había encontrado aún. En el último instante, en el momento que Ramin se detuvo y abrió la última puerta para salir al balcón. Lo vio, el muy insensato estaba dormido con la boca abierta y una maldita mosca rondándole en los labios. Al pasar junto a él, golpeó su hombro.

Tomás se despertó alterado, pero al ver a su señora en compañía de Ramin Asadi, fingió dormir de nuevo. Pero en cuanto la puerta se cerró…

.

.

.

Gabrielle se acercó al barandal, dándole la espalda a Ramin. El adormecimiento emocional por lo sucedido había comenzado a pasarle, cuando escuchó a Ramin decir que tendrían que matarlo para alejarlo de ella, y luego quería deshacerse del bebé. Había planeado robarle las joyas, tomar lo suficiente para ella y huir lejos de Ramin.

Pero con todo lo que le había dicho no podía simplemente dejarlo vagar como si nada, dándole la oportunidad de hacer de las suyas. Y si él tenía razón y Leonard fuera detrás de ellos por venganza, no dudaría en matar a Ramin o a ella.

Así que no hizo falta mucha más motivación para que su mente comenzara a formarse posibles escenarios. ¡Dios! No sabía a qué le temía más, a un Leonard furioso, un Leonard asesino o a un Leonard muerto… No es que tuviera miedo de morir, era miedo de que su ángel en verdad se perdiera en la oscuridad en la que ella estaba. No le deseaba esa tristeza, soledad… y porque lo amaba, quería que la superara, que volviera a amar, pero que, sobre todo, viviera. Porque estaba agradecida con él, por mostrarle la verdadera felicidad, nunca fue tan feliz como en ese momento, nunca volvería a hacerlo.

Tomó una bocanada de aire, su estómago parecía estar oprimido, duro. Sus manos temblaban y su boca estaba reseca. El viento helado entró por sus pulmones, su piel se erizó solo un momento antes de sentir que su sangre comenzaba a hervir y el subidón de adrenalina, le calentaba el cuerpo.

Ramin comenzó a frotar su espalda en círculos.

—Por dios, Gabrielle. No te desmayes aquí, ¿quieres? No debemos llamar la atención…

Gabrielle lleva su bolso de mano atado en su muñeca, por lo que se inclinó un poco más para evitar que Ramin echara un vistazo a lo que hacían sus manos…

—Voy a pedir que nos traigan algo de comer. Está tarde no comiste nada. Sé que esto es difícil para ti, pero has un esfuerzo.

Gabrielle se dio la vuelta y lo abrazó.

—Gabrielle, mi amor… tranquila todo estará bien. Lo prometo yo…

Gabrielle lo besó y cuando él cerró los ojos dejándose llevar por la pasión, ella colocó la punta del arma en la cien del hombre. Al sentirla, Ramin, abrió los ojos, pero ya era demasiado tarde, porque ella… jaló del gatillo.

.

.

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Tomás, vio a la gente que dormía a su alrededor, muy despacio para no despertar a la mujer de al lado, se puso de pie y echo un vistazo por la pequeña ventanilla. Vio a Ramin en lo que parecía estar consolando a la señora Gabrielle. Luego los vio abrazarse, pero ella tenía un arma en la mano derecha. Quiso gritar para detenerla, pero… pero… ¡Demonios ella era su señora! Además, era demasiado tarde. El sonido de la detonación despertó a la gente a su alrededor.

—¡Lo siento, lo siento! Se me azotó la puerta —dijo nerviosamente.

Después, salió…

El peso del hombre la estaba haciendo retroceder, su cuerpo apenas era detenido por el barandal, pero no por mucho tiempo. De pronto, el cuerpo de Ramin fue sostenido por dos brazos y ella pudo al fin respirar.

Tomás colocó el cuerpo del hombre en el piso.

—¡Hay que arrojarlo! —ella le ordenó con voz dura. Y sin remordimientos.

—¿Qué? —preguntó espantado.

—Nos detendrán. No podrás casarte y…

—¡Señora! —exclamó histérico.

—¡Haz lo que te digo o te culparé a ti! —lo amenazó—. Diré que quisiste robarnos.

Tomás no podía creerlo. Pero ella tenía razón, él solo era un mozo, obviamente no le creerían a él.

Tomás colocó de nuevo las manos debajo de los brazos de Ramin y volvió a levantarlo, la sangre y otros fluidos mojaron su camisa. ¡Quería vomitar! Gabrielle lo ayudó con los pies, pero al ver que era demasiado pesado optaron por sacar primero la parte superior de su cuerpo y así empujar el resto.

Entre gemidos lograron deshacerse del cuerpo de Ramin Asadi. Gabrielle arrancó un trozo de su vestido y comenzó a limpiar la sangre del piso, recogió los restos de cuero cabelludo echándolos fuera del tren. Tomás, casi devuelve el desayuno de esa mañana, cuándo se hizo a un lado para permitirle a la horrible mujer limpiar debajo de sus pies, y sintió el tronido de los pequeños trozos de cráneo, debajo de sus zapatos. Se preguntó, ¿cómo lo soportaba?... Tocar eso…

El impacto de la bala le había destrozado la mitad de la cabeza a Ramin Asadi. Tomás se colocó en la ventanilla para mirar dentro del vagón.

Gabrielle sabía que solo tenían unos minutos antes de que llegaran a la siguiente estación, por lo que se puso de pie y tomó al asustado Tomás, del brazo.

—Debemos llegar a mi compartimiento, recoger las joyas y salir de aquí cuanto antes. ¿Entiendes…? —Tomás parecía ido por lo que ella lo sacudió—. ¡Tomás! Tenemos que salir de aquí. Sígueme.

El pobre chico asintió.

.

.

.

—Ramin Asadi está muerto.

Leonard no podía creer lo que Tomás les había contado.

—¿Dónde está? —volvió a preguntar por milésima vez en esa noche.

Tomás negó con la cabeza.

—Me compró un boleto de regreso. Me dijo que volviera y… y que le diera esto a Blaire —Tomás levanto el maletín, pero el chico estaba tan nervioso que el maletín resbalo de sus manos temblorosas y cayó al piso abriéndose en el proceso. Las joyas de Donatella de esparcieron en el piso de madera.

El jadeo de los presentes, retumbo en las paredes del despacho.

—¿Hacia dónde se dirigían? Hacia el sur, pero ella compro un boleto hacia Nueva york.

—¿Por qué no la trajiste de vuelta? —preguntó León.

—Ella me amenazó con culparme —Tomás lloraba —Solo quiero ir a casa y, casarme y…

—Ralph, escolta a Tomás hasta una de las habitaciones de la planta alta. Nadie debe verlo hasta que se haya bañado y descansado, pero sobre todo, cuando ya esté más tranquilo.

—Sí señor.

—Espere, espere… ¿me culparan?

—No te preocupes, gracias por estar con mi esposa. Por encubrirla.

—Ella me dio un mensaje para su padre —Leonard asintió. Y Tomás miró a Robert Stravella, el hombre estaba devastado—. Me dijo:

Gabrielle abotonó los botones del saco de Tomás, a simple vista ella estaba despidiendo a su amor. Ella parecía triste, devastada. Pero no había lágrimas en su rostro, tampoco parecía asustada. Tomás se preguntó si acaso ella podía sentir algo. Si ella realmente lamentaba lo que había hecho. Parecía que no.

«Si ves a mi padre, dile que lo amo. Y que me perdone».

—¿Por qué lo hizo así? —preguntó Robert.

—No sé, señor. Era demasiado tarde para detenerla. No pude, no pude —se lamentó y volvió a llorar.

—¿Hay algo para mí? —preguntó Leonard.

—No, señor. Lo lamento.

.

.

.

Danielle abrió las maletas que parecían abandonadas en el despacho de su padre, eran documentos, dinero y pagarés. Pasó sus manos sobre los Karamtes bien acomodados del un pequeño maletín.

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.

.

—¿Señor? —la voz temblorosa de Blaire rompió el silencio del despacho.

—¿Qué pasa, Blaire?

Ella caminó hacia él y de su bolsillo de la falda sacó la carta que iba dirigida a la Condesa de Tolosa.

Leonard la abrió y la leyó.

Gabrielle lo amaba y él…

«¡Soy un idiota!», pensó.

—¿Por qué lo mataría? —volvió a preguntar Robert.

León que estaba en silencio intentaba poner en orden las ideas de Gabrielle, intentaba descubrir, porque había hecho lo que hizo… entonces pensó…

Blaire había estado rezando por su señora en silencio, había observado a su señor. Luego, cuando llegó Tomás y les dijo que había pasado se maldijo por no haberla detenido. Y como todos también se preguntó por qué lo hizo.

—Blaire —llamó León—, ¿Por qué Gabrielle mataría a Asadi, si ella había querido ayudarlo desde un principio? ¿Crees que haya sido la decepción al verse traicionada por él? ¿Fueron las joyas?

—¿Por qué me preguntan a mí? ¿No debería el señor Leonard saberlo?

—Es evidente que mi hijo no la conoce tan bien como tú.

Blaire pensó, qué pasaría si encontraran a Gabrielle, ¿le quitarían al bebé?

—Señor, Leonard… ahora sabe que ella no lo traicionó, hizo muy mal las cosas, pero es que usted tampoco le dio alternativa…

—¿Estás culpando a mi hijo de lo que esa asesina ha hecho? —preguntó Amber.

Blaire, suspiró.

—No, señora Du Pac. Lo que digo es que, si él no la hubiese intentado matar, ella no hubiera salido corriendo. Ella creyó que la destruirían, mi señora le teme más al señor León de lo que demuestra.

«¡Bingo!», pensó León.

—¿Está embarazada, Blaire? —preguntó León.

Leonard, cerró los ojos. Y cuando los abrió Blaire, lo estaba mirando directamente al rostro. Sus miradas se cruzaron, ella lo hizo sentir el peor ser del planeta.

Si Ralph no hubiese desviado la bala, ella y su hijo hubiesen muerto.

Su corazón comenzó a latir más fuerte.

—¡Blaire! —ordenó León.

—Sí lo está —respondió Leonard.

Leonard se levantó de su asiento, tenía que encontrarla. Paso al lado de Blaire, pero ella lo detuvo.

—¿Le hará daño?

—Por favor, Blaire. Dime ¿Dónde está? Te prometo que la traeré devuelta y la protegeré, de cualquiera solo dime por dónde comenzar. ¿Va a París?

—No lo sé, por eso le di la carta.

Leonard asintió, y continuó su camino.

—Leonard ¿A dónde vas? —preguntó Amber.

—A Nueva York.

.

.

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Robert Stravella, llegó a su casa por la tarde después de un día y una noche de ausencia.

—¡Marie! —gritó Robert.

—¡Por Dios, Robert! ¿Dónde estabas?

—Prepara una maleta debo viajar ahora mismo a New York.

—¡Papá! ¿Dónde está Ramin?

Robert se detuvo en seco al pie de las escaleras, su hija estaba en la entrada de su despacho. Lentamente se giró hacia ella. No podía decirle todavía de Ramin. Ya no confiaba en Danielle, ni en Marie. Le habían mentido y echo la vida imposible a su única hija, y ya estaba cansado de eso.

—No le sé, Danielle. No me quites el tiempo.

—¿Gabrielle huyó con él?

—No. Y no digas estupideces.

—Entonces, ¿qué significan esas maletas?

—¡Ya Basta Danielle! ¡No tengo tiempo de hablar contigo! ¡Marie!

—Sí, Robert.

.

.

.

Cuando Karam Asadi llegó a casa se encontró con la noticia de que su hijo había vaciado sus cuentas, que también había hecho lo mismo con Robert Stravella. Su administrador había levantado una demanda por robo en contra de su hijo. Pero eso no era lo más preocupante, sino el hecho de qué si los Du Pac lo encontraban antes que él lo destruirían.

Su muchacho no era ningún tonto por lo que era posible que estuviera escondido en alguna parte de la ciudad. Estaba seguro que en estos momentos Robert estaba buscándolo en algún puerto.

—Señor —una mucama se presentó ante él.

—¿Qué sucede?

—Un inspector de policía lo está buscando.

—Halagó pasar.

Un hombre alto y moreno entró en su despacho. Karam se acercó a él.

—Señor Asadi, soy el inspector Victor Wood.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Su administrador nos informó que acaba de llegar de viaje.

—Sí, así es. Voy a solicitarle a Robert Stravella una cita para ver de qué manera podemos arreglar este problema.

—Señor Asadi, ya encontramos a su hijo.

—¿Dónde está?

—Lamentablemente su hijo fue asesinado.

Nota:

Hola, huy lo hizo. Así que bueno… acepto cualquier crítica, así que no dudes en hacerme saber lo que piensas. Gracias.

Gracias a los grupos de Facebook y a todos los que leen, y a las chicas que comentan, miles de gracias.

Nydiac10, NOrellys, Gloria Du Pac, Rommyev, Adriana Molina, Lu40, Ttana TF, GBISOTO27, BereB, JadeHSos, MarijoGarcia, Wenday 14, Manligrez, piligm, Pao pao, NarMaVeg, Indii93, sarapineda44, Isis Blairet, Calia19, ZellidethSaga 76, ClaryFlynn98, Lore562, Maireth-SM Du Pac.

Chapter 17: Chapter 17

Oscuro Corazón

Los personajes de crepúsculo no me pertenecen solo la trama de esta historia. No autorizo la publicación o adaptación de este material en ninguna parte.

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Capítulo 16

Karam Asadi, Resise y Elizabeth Harris

Cuando el tren en el que viajaba Tomás Wilson llegó a la central de Chicago, bajó con el equipaje de Ramin Asadi y el maletín de las joyas de Donatella. Era una buena cosa que llegara de noche, porque así, nadie notaría el mal estado, tanto de sus ropas, como de su rostro, por aquella noche tan ajetreada. Pues hasta sentía que llevaba plasmado en la frente la palabra: asesino, cómplice. Guardó el equipaje en la parte trasera del auto de los Du Pac y volvió a la mansión. No sabía cómo lo había logrado; volver a casa sin soltar a llorar, sin dar muestras de no estar bien emocional y mentalmente.

Ahora, después de haberse bañado, comido una sopa caliente, y resguardado por Leonard Du Pac, en una cálida habitación de la mansión de las cariátides; pensaba en qué su señora realmente tenía suerte de estar lejos del ojo del huracán.

Creía que ahora no habría un futuro para él si encontraban a la señora Gabrielle. Porque ella iría a la cárcel y el también. Y no porque el señor Du Pac, realmente la detestara o porque todavía se estuviera resentido con ella por haberlo engañado —él ya sabía toda la verdad—. No, el hombre la amaba con locura y solo la quería de vuelta a sus brazos para nunca, nunca dejarla ir. Pero había otros que de seguro si extrañarían a ese tal Ramin y no descansarían hasta encontrarlo a él o al asesino.

Dos toques resonaron en su puerta. Se levantó de la silla en la que estaba para abrirla. Pero, ni bien dio dos pasos cuando esta se abrió dando paso a Jerry Du Pac Duque de Whitlock.

—¡Buenos días! —Jerry saludó al pequeño cervatillo tembloroso que era Tomás.

—Buenos días, señor.

—Mi primo, me pidió un encargo. Quiere que busque el cuerpo de Ramin y lo desaparezca.

Tomás sintió un hueco en el estómago. En verdad que los ricos tenían la sangre fría. Pero ¿qué podía decir al respecto, si en realidad a él también le convenía que ese cuerpo desapareciera? Porque… si era descubierto… iría a la cárcel.

Tomás asintió mientras respondía:

—Sí, señor.

—Bien, le daré cinco minutos para que se aliste.

Viajaron en coche durante un día y parte de la noche, siguiendo la ruta del tren por la que había viajado Tomás e Gabrielle; pero para cuando llegaron a la estación de trenes en ambos se habían separado, se llevaron la noticia de que el cuerpo ya había sido hallado. Volvieron a casa de inmediato sin llamar la atención.

Jerry al notar lo nervioso que se encontraba Tomás, creyó prudente llevarlo directo a su mansión.

—Tienes miedo, Tomás.

Tomás miró a Jerry a los ojos.

Tras explicarle con mayor detenimiento a su esposa Amy, del porqué estaba Tomás Wilson allí. Ella lo llevó a una de las habitaciones de invitados, para que descansara, con la promesa de que ellos lo protegerían y que no tenía nada qué temer, pues nadie sabía qué el estuvo allí.

Ralph, solo había empacado las pertenencias del muchacho con una sola frase:

—Tomás trabajará de ahora en adelante con los Whitlock.

Leonard Du Pac llegó a Nueva York al lado de Robert Stravella una fría mañana de enero. Mientras Leonard visitó el puerto, Robert se apresuró a buscar un detective que pudiera apoyarlos en la búsqueda de Gabrielle, esto sabiendo que sí Jerry no lograba encontrar el cuerpo de Ramin —antes que las autoridades—, corrían el riesgo de levantar sospechas y poner en la mira a Gabrielle. Por lo que tenían que ir con cuidado, nadie debería saber que detrás de la búsqueda de una joven de diecisiete años estaban los Du Pac y el señor Stravella.

Leonard estuvo en el muelle viendo a las personas arribar los barcos que se dirigían a Europa, con la esperanza de encontrar a Gabrielle, con la intención de abandonar el país, tal vez para correr al lado de la única persona que ella creía que la amaba. Su tía. Aún con la carta de Gabrielle para su tía dentro del bolso de su saco, tomó la decisión de hacerla llegar a la buena mujer. Si es que Gabrielle había arribado ya, algún otro barco.

Se dirigió con paso decidido hacia la casilla de boletos…

El hombre delgado, de aspecto enfermo, por el color de la piel cenicienta, le miró cuando él se posó frente a la ventanilla.

—Lo siento señor la venta de boletos a concluido, tendrá que esperar hasta las cinco de la tarde para comprar los del siguiente barco.

—Gracias por la información, buen hombre. Pero no estoy interesado en comprar boletos. Me preguntaba si usted tiene un trozo de papel y tinta; necesito enviar un mensaje a la hermana de mi madre, que está en su lecho de muerte. Creí que si le pedía un favor a alguien de ese barco que pudiera hacerle llegar la carta tal vez…

—Espere… —el hombre termino de contar el dinero en sus manos y luego—: Aunque pienso que su idea sería inútil. Nadie se encargaría de esa carta. ¿Piensa pagar por el favor?

—Sí, así es.

El hombre aspiró de su puro… observó a Leonard de arriba abajo y luego, sacó el humo que había estado conteniendo durante su observación.

—¿A dónde va su carta?

—Francia.

—Mmm, conozco un marinero francés, que partirá en ese barco a Inglaterra. Si tiene suerte, tal vez vaya a casa y pueda hacerle el favor… —El hombre tendió la hoja y la tinta hacia Leonard—. Escriba rápido, voy a cerrar y lo llevaré con él, si lo alcanzamos estará de suerte.

—Gracias, buen hombre.

Leonard tomó la hoja, la pluma y el tintero y comenzó a escribir:

Estimada Condesa de Tolosa:

Mi nombre es Leonard Du Pac, me he tomado el atrevimiento de interceptar la carta de mi esposa que tenía que ser enviada lo más pronto posible a su destino por su doncella. Lamentablemente debo confesarle que a causa de mis inseguridades tuve un mal entendido con ella. Y me temo que, la he asustado, y que es muy posible que ella se encuentre justo en este momento que escribo esta carta, viajando con destino a usted; pero quiero que sepa que estoy profundamente arrepentido, que la amo locamente. Si para cuando usted reciba esta carta e Gabrielle ya está a su lado, por favor, hágale saber a mí y a su padre que la amamos y que estamos haciendo lo posible por deslindarla de cualquier problema con la justicia, que está bien.

Dígale que creo en ella y que sus razones para actuar como lo hizo, no son problema para mí. Acepto, la acepto tal cual es, con sus virtudes y defectos, yo la amo y la quiero de nuevo entre mis brazos. Sé que está embarazada, y quiero que sepa que, el bebé, no tiene nada que ver con mi decisión de tenerla de vuelta en casa.

La amo de verdad, y quiero que ella me perdoné por haber dudado de su inocencia, por haber pensado que ella me había engañado. ¡Soy un estúpido! ¿Verdad?

Por favor dígale que vuelva o me escriba, o me envíe un telegrama; lo que sea para decirme que están bien. Ella es lo más valioso y sagrado que tengo. Dígale que vuelva o yo iré por ella hasta el fin del mundo… por favor que me responda.

Y si ella no está con usted… hágamelo saber a la brevedad.

Robert Stravella le envía saludos. Y también ama a Gabrielle con locura.

Un tonto enamorado…

Leonard Du Pac.

Con un fuerte dolor en el pecho guardó la hoja dentro del sobre junto a las letras de Gabrielle, lo único que le quedaba de ella tan íntimo, como los «Lo amo» que decía sentir por él.

El hombre llegó a su lado y con un gesto de la cabeza le indicó que lo siguiera.

El telegrama que recibió Robert Stravella de Jerry Du Pac, en su habitación de Hotel con la frase: «Demasiado tarde» fue devastadora.

A la mañana siguiente Leonard y Robert volvieron a Chicago.

Danielle se encontraba en el salón de té bordando un pañuelo para su esposo Ramin, había pensado en hacer las paces con él, perdonarlo por sus fechorías e intentar llevarse bien. Era un hombre divertido, agradable, y guapo. Sí, Ramin era guapo y en ocasiones cuando lo miraba se preguntaba por qué no se fijó en él, antes que en Sam. Había estado segura de que habrían hecho una muy bonita pareja. Pero ella estaba con Sam y él se fijó en Gabrielle… Y todo salió muy mal.

¿Dónde estaba Ramin?, ¿por qué no volvía a casa, si ya había devuelto el dinero? Su padre le había dicho que envió el dinero a casa de Leonard Du Pac. Aunque ella sospechaba que en realidad se lo había mandado a Gabrielle. Y luego había huido de Chicago. Su padre confiaba en que pronto la policía lo encontrara. Alegando que tenía que responder por su hijo Seth. Así que tenía la esperanza de que pronto su padre lo hiciera volver.

Danielle vio al niño que dormía plácidamente en el moisés. Se levantó de la silla y se acercó a él.

—Si no fueras tan llorona Gabrielle, tal vez te amaría, pero entonces lloras y lloras y todos te abrazan…

—¿Señora?

Danielle giró el rostro hacia la joven sirvienta.

—¿Qué quieres, Johana?

—Ha llegado un hombre que quiere hablar con usted.

—Si es el indio ese del otro día hazlo echar.

—No, es un inspector de policía…

Blaire caminaba de la mano de Leonard Du Pac, vestida de negro, con un sombrero que cubría su rostro. Caminaron lentamente por los jardines del cementerio. Llegaron tarde, calculando el momento final de la ceremonia. Karam Asadi frente al féretro con el rostro impasible y sin ningún rasgo de dolor. Lo que había en sus ojos no era nada más que odio, un odio infinito que iba dirigido al asesino de su hijo, su único hijo.

Robert Stravella sostenía a Danielle que estaba llorando desconsoladamente por su esposo, como si lo amara. Y cuando ella vio a lo lejos a Leonard Du Pac abrazando a Gabrielle, la odió todavía más.

«¿Qué está haciendo aquí? No tiene derecho, no tiene derecho», se decía así misma. Para Danielle, Gabrielle no tenía nada qué hacer allí, no tenía derecho a llorarlo.

Leonard había abrazado a Blaire, aparentando que ella estaba desconsolada por la muerte de su examante, Ramin. Marie vio a su hija Gabrielle, y negó con la cabeza, y luego vio a León Du Pac con la mirada puesta en la pareja a lo lejos. Sus ojos parecían fuego.

Cuando los cementeros comenzaron a echar tierra al féretro, se escuchó un grito desgarrador a lo lejos llamando la atención de los presentes. Gabrielle, era sostenida por Leonard, quién luchaba con ella para llevarla de vuelta al coche, lejos del sepelio. Algunos de los presentes, en su mayoría socios de Karam, la familia Du Pac y los Stravella, vieron con alivio que se llevaban a la descarada mujer. Sintieron pena por la viuda, que estaba abrazada fuertemente por los brazos de su padre.

En el coche, Blaire sacó un pañuelo y se levantó el velo negro y limpio los rastros de lágrimas en los ojos.

—¿De verdad has llorado por ese estúpido?

—Sí, señor. He llorado por la rabia, de saber que es el causante de que mi señora no esté ahora con nosotros.

—La encontraremos, Blaire. La encontraremos.

Karam Asadi se encontraba en medio de la noche revisando los documentos de las últimas transacciones y movimientos que había hecho su hijo, antes de morir. Había escuchado decir que había arruinado a los Stravella, y que, al parecer los Du Pac estaban ayudándolos. El mismísimo Leonard Du Pac, se presentó a cada banco para liquidar o negociar, los adeudos. Pero, ¿qué había de él? Ramin había saqueado sus cuentas, robado la caja menor de la tienda… aparentemente le había robado la basta fortuna a su padre también.

Obligándolo a simular un gran problema económico, ¿aparentar? Ramin fue a casa de su padre antes de desaparecer y había entrado en «la caja fuerte», una habitación en donde su padre guardaba pilas de dinero mal habido. No eran pobres, ni hombres aparentando una gran riqueza, en verdad la tenían. Solo que no era legal. En los últimos dos años, Karam Asadi, había retomado sus viajes de contrabando. Gracias a que Ramin mal gastó mucha de su fortuna en juegos de azar, mujeres y quién sabe, qué más; cuando estaba enamorado de esa chiquilla caprichosa, Gabrielle Stravella. Ramin había arruinado su deseo de retirarse como los grandes, después de haber ido por el mundo como un delincuente. ¿Y qué encontró Karam en esa habitación? Su dinero. Ramin había aparentado robarle a él, solo para que los Du Pac no pensarán en hacerlo responsable de sus acciones. Solo para aparentar ser un mal hijo. Su muchacho no era capaz de decepcionarlo. No así.

Entonces… ¿qué había motivado a Ramin a cometer el robo a los Stravella y salir huyendo con una mujer? Una mujer qué desapareció con la fortuna de los Stravella, aparentemente la asesina de su hijo, a la que ellos también, estaban buscando. Para tomar represalias, incluso León, el poderosísimo, le ofreció apoyo económico para la búsqueda de la mujer.

Danielle no podía dormir, pensaba una y otra vez, en esa maleta con dinero. Cómo era que su padre tuviera su fortuna de vuelta, pero que a la vez lo mantuviera en secreto, Ramin estaba muerto… y la pregunta que le rondaba una y otra vez era ¿cómo lo había obtenido? ¿Su padre había asesinado a Ramin?, pero entonces ¿cómo era que fue visto con una mujer en el tren? ¿Quién era ese otro hombre con el que habían visto a la mujer?

Creyendo que tal vez las respuestas estaban dentro de la maleta, salió de la cama y se aventuró hasta el despacho de su padre. Buscó la maleta, y la abrió de nuevo. Pero no había nada que indicara la identidad de la mujer. La maleta estaba preparada de tal manera que pareciera solo contener aquello que le pertenecía a su padre.

De pronto, escuchó las voces y los pasos de sus padres acercándose al despacho, rápidamente cerró de nuevo la maleta y se escondió detrás de las cortinas del enorme ventanal.

Los escuchó entrar a la habitación en medio de susurros.

—No puedo creer que tantos hombres buscándola y no puedan encontrarla —escuchó a su madre decir. —¡Por Dios Robert! ¿Y si le sucede algo?

—Supuestamente el mozo dijo que había comprado un boleto para Nueva York, pero Leonard cree, que tal vez ella cambió su destino una vez que el muchacho abordó el tren. Y le creo, ya que, Gabrielle no actuó por impulso. Tramó toda esa faena, para encontrarse con Ramin y hacer que le devolviera todo, y luego… lo que hizo. Ella lo tenía bien planeado.

—¿Y si fue al lugar donde inicialmente iría con Ramin? —preguntó la mujer.

—Eso cree León. La cuestión es que nadie sabe qué era lo que Ramin y ella planeaban hacer o a dónde se dirigían.

—No puedo creer que Gabrielle haya… haya matado a Ramin a sangre fría como ese mozo dice que hizo —Marie se negaba a creer que su hija hubiera matado a ese hombre, ella era grosera y tenía muchos defectos, pero eso era todo, ¿no? se decía.

—Hay testigos de que se escuchó un disparo, y hay testigos de que ella no parecía afectada o nerviosa cuando entró de nuevo al vagón. Eso fue planeado, ella lo había planeado.

—¡Dios mío!

Danielle no podía creer lo que escuchaba, Gabrielle, había asesinado a Ramin Asadi a sangre fría y luego huido. Se preguntó, quién era la mujer que fue al funeral con Leonard. Pero ahora que lo pensaba mejor, sabía que Gabrielle nunca daría tal muestra de debilidad ante unos desconocidos. Ella no gritaría, ni mostraría dolor. ¡Qué tonta había sido en caer en la farsa montada por los Du Pac y su padre! Los maldijo a todos.

Karam Asadi tenía las maletas echas, partiría al pequeño pueblo donde el cuerpo de su hijo fue encontrado. De ahí, partiría su investigación. Consideraba a los investigadores unos estúpidos incompetentes. ¿Cómo no podían hallar a una mujer…?

—Señor.

—¿Qué sucede, Amelia?

—Su nuera ha venido a visitarlo, señor.

Karam entrecerró los ojos.

—Hágala pasar a mi despacho.

—Sí, señor.

Cuando Karam se encontró con Danielle, nunca se le ocurrió que ella le diría quién era el asesino de su hijo.

Gabrielle se encontraba mirando el pan duro que tenía en la mano y el plato de avena que bondadosamente su patrona les había dado a sus esclavos. Pero ¿quién era ella para quejarse?

Gabrielle se veía a sí misma como una desgracia, se preguntaba constantemente cómo es que había creído que podría sobrevivir sola sin la ayuda y el apoyo de nadie. A la vez que se decía que debería estar agradecida. Tenía un trabajo, aunque fuera de mucama, un techo donde pasar la noche, así el techo fuera más bien un calabozo o sótano como dirían las buenas Damas, con paredes mohosas y heladas, pero de nuevo agradeció que ella y las otras chicas que dormían a su lado tuvieran una pequeña chimenea para aguantar las noches más frías; además tenía una cama y una cómoda. Y comida.

Mordió el pan rancio y luego sorbió una cucharada de avena. Sin azúcar y mal oliente. Parecía echada a perder, pero tenía tanta hambre que decidió ignorar el sabor y concentrarse en intentar mantener el alimento en su estómago lo más que pudiera.

Las demás chicas que dormían en el calabozo, como había bautizado el dormitorio, eran tan jóvenes o más que ella. Algunas habían sido vendidas, mientras que otras simplemente habían llegado allí como ella, por casualidad.

Fue una tarde de verano que había sido enviada a realizar las compras para abastecer la alacena, cuando de pronto, el esposo de la señora intentó propasarse. El pequeño cretino le había intentado tocar los pechos, pero dado que Gabrielle no estaba acostumbrada a ser abusada de esa manera, lo golpeó en el rostro con el puño cerrado, dejándole el ojo morado al hombrecillo. Más tarde, fue echada a la calle.

Karam caminaba entre las calles de Nueva Orleans. Habían pasado ocho meses desde que se lanzó a la búsqueda desesperada de Gabrielle. Dejando atrás negocios y compromisos, rompiendo acuerdos comerciales, con los contrabandistas para los que trabajaba. Pero para él, lo más importante en esos momentos era encontrar a la asesina de su hijo.

Así que ignoró las constantes amenazas de muerte que sus empleados recibieron en su nombre. Hasta que un día, fue notificado del incendio de su tienda. Sabía quién la había mandado a quemar. Así que esa era la razón por la que se encontraba en Nueva Orleans, iba a hablar, a enfrentarse a ellos e intentar llegar a un buen término, pero su golpe de suerte llegó cuando a lo lejos vio a una joven recargada en una pared llorando, era Gabrielle.

Karam Asadi se acercó a la muchacha desvalida y la llamó…

—Gabrielle —la joven sintió que un frio la estremecía por dentro. Sin embargo, con valentía se giró para toparse de frente con Karam Asadi.

—Señor Asadi —susurró.

—No armes ningún escándalo, sé que tú mataste a mi hijo —le dijo fríamente. También le mostró la punto de una navaja apuntando su vientre abultado. La tomó del brazo y la condujo por las angostas calles de la ciudad hasta el puerto. A jaloneos la arrastró cuando ella se dio cuenta que iban directo a un solitario almacén.

No importaron los gritos de auxilio, los hombres allí, marineros o trabajadores reían o simplemente los ignoraban.

Karam Asadi la sujetó de los cabellos y la hizo entrar al almacén. Estaba vacío y por supuesto sucio. Más bien, abandonado. La soltó empujándola lejos.

—¿Ese niño es de Ramin? —le preguntó, mientras se quitaba el saco y miraba el abultado vientre de la muchacha; si era su nieto esperaría a que ella diera a luz para matarla y quedárselo.

—No, es de Leonard.

—Entonces darán dinero por él… — Gabrielle temió por que realmente le quitaran a su bebé.

—No lo harán. Yo se los dije, pero aun así me echaron —tenía que convencerlo, si León Du Pac se enteraba de su heredero, jamás volvería a saber de él.

—Se arrepintieron, porque ahora están buscándote —dijo con una sonrisa.

—No quise disparar, fue un accidente —comenzó a querer darle excusas de lo que sucedió, pero a Karam no le importó si fue un accidente o no, su hijo estaba muerto y eso era todo.

—No me interesa, mujerzuela. Tú y yo sabemos que no fue así.

—Quería matar a mi hijo.

—Y tú mataste al mío, así que supongo que me entenderás, por qué ahora voy a matarte… ¿verdad? O es que ¿eres una hipócrita? Todos los de tu clase lo son. Pero Ramin decía que eras diferente.

Acorraló a Gabrielle en la pared y acarició su rostro.

—Destruiste el rostro de Ramin, su cabeza —llevó una mano en la frente señalando la parte del cráneo que le faltó y que no pudieron recuperar—… quedó destrozada. Casi irreconocible. Pero traía esto consigo —sacó el pasaporte de Ramin.

Gabrielle sabía qué él no pararía hasta obtener lo que deseaba.

—¡Por favor! ¡El bebé no tiene la culpa! —ella comenzó a suplicarle.

—¿Y mi hijo sí?

—Sí, y lo sabe.

—Pues es una lástima que el tuyo esté dentro de ti —sacó una navaja del bolso de su pantalón—. Tu padre no reconocerá tu bonito y despreciable rostro, así como yo no reconocí, el rostro de Ramin.

La tomó del cuello, y pasó la punta filosa por la mejilla de Gabrielle. Desfigurando, arruinando su belleza.

Gabrielle cayó de rodillas llorando; una vez que el hombre terminó de marcarla, y luego la soltó disfrutando de su dolor. Podía ser que la muerte de Ramin hubiese sido rápida e indolora, pero a él, si le dolía y le demostraría a ella cuánto.

Gabrielle sintió un golpe en su costado, él la pateó, una y otra vez lo hizo.

El dolor era intenso, pero sabía que lo primordial era proteger a su bebé, así que se enconchó hasta que el hombre se cansó y paró para tomar un poco de aire, por un momento.

Y cuando Karam trató de repetir su acción con renovadas fuerzas, Gabrielle soltó un puñetazo a su entrepierna haciendo que se doblara y se levantó lo más rápido que pudo. Pero Karam la sujetó del vestido haciendo que cayera sentada. Se colocó sobre ella y comenzó a golpear su rostro a puño cerrado. Por un momento, Gabrielle alcanzó a ver la navaja de Karam tirada en un costado y apenas alcanzando el arma lo apuñaló debajo de las costillas.

Karam gritó por el dolor, se retiró la navaja, sujetó las manos de Gabrielle arriba de su cabeza y cuando estuvo a punto de apuñalarla en el corazón, la detonación de un disparo se escuchó en el lugar. Momentos después, Karam Asadi cayó muerto.

El hombre que disparó a Karam se acercó a Gabrielle solo para decirle:

—Tienes suerte de que odie a este hombre. Si llegas hablar de mí, yo mismo te mataré y a tu hijo, si es que sobrevive —con esto el hombre se marchó sin mirar atrás.

Gabrielle se levantó haciendo un enorme esfuerzo y una vez de pie un dolor cruzó por su vientre. Trató de caminar, pero sus piernas temblorosas le fallaron de tanto en tanto. Se arrastró la mayor parte del camino hacia la salida. Tenía que huir antes de que alguien más se acercara y la atrapara. Como pudo se volvió a poner de pie y salió del lugar. Caminó por la avenida y otro dolor apareció junto con un líquido que comenzó a recorrer sus piernas.

La gente observaba horrorizada a Gabrielle, su rostro sangraba y comenzaba a hincharse por los golpes de Karam, pero nadie se atrevía a ayudarla.

Una pareja que pasaba por el lugar al verla ensangrentada del rostro y gritando por las contracciones corrieron a socorrerla. Gabrielle no pudo sostenerse más y cayó al suelo.

La mujer que acompañaba al hombre le dijo…

—Señora permítame ver si ya va a dar a luz — levantó su falda y pudo ver que ella no alcanzaría a llegar al hospital —ya puedo ver la cabeza del niño, ¡va a tenerlo aquí!

La gente comenzó a murmurar y acercarse alrededor de ellos, otro hombre dijo:

—Pásenla a mi tienda. ¡No puede tenerlo en la calle!

—¡Diego, cárgala y llévala a donde dice el hombre! ¡Alguien vaya por un coche, porque en cuanto tenga al niño hay que trasladarla al hospital!

—¡Ahí! Póngala en ese rincón —ordenó el dueño del lugar. Un hombre de edad mediana.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó la joven al tendero.

—Riley Biers.

—Señor Riley… ¡Necesito agua, unas mantas y unas tijeras desinfectadas para cortar el cordón umbilical!

—¡No tengo mantas! —respondió el dueño.

Una mujer que se encontraba entre los mirones, le ofreció su chalina, otro un saco.

La mujer que dirigía pidió que todos salieran del lugar, y a regañadientes lo hicieron. El dueño cerró la tienda.

Gabrielle sentía que el aire le faltaba, los dolores cada vez eran más intensos, ella sangraba por la nariz por lo que se le dificultaba respirar. El hombre al que identificó como Diego trataba de limpiarle el rostro, tomó su mano, mientras intentaba infundirle ánimos.

—Zoe, no puede respirar y la hemorragia de la nariz no para —le dijo Diego.

—No podemos hacerle nada a eso, Diego —luego, miró directo a la joven a la que intentaba ayudar a dar a luz—. Respira por la boca, trata de tranquilizarte —Gabrielle sintió que la cadera se le abría y el dolor la hizo gritar.

»¡Escúchame! Tu bebé ya está saliendo, levanta las piernas y colócalas hasta tu pecho, con tus manos sujétalas y cuando sientas dolor toma aire y puja lo más fuerte que puedas. —y así lo hizo.

—Ya casi, pequeña una más —La motivaba—… Sigue pujando que ahí viene.

Gabrielle amaba a su bebé y no quería que muriera, tenía miedo; pero su amor a él le dio el coraje para traerlo al mundo.

Entonces, el lloriqueo del bebé retumbó por el pequeño lugar...

—¡Es una niña! —dijo la mujer, y luego cortó el cordón con las tijeras que lavaron con alcohol. Diego trató de limpiar al bebé, mientras su esposa Zoe trabajaba con limpiar a Gabrielle y sacar los restos de placenta dentro de ella.

Diego, envolvió a la criatura en la chalina que la mujer mirona dio en colaboración y se la entregó a la joven madre que intentaba con todas las fuerzas que le quedaban para no cerrar su único ojo capaz de abrirse.

El dueño de la tienda salió emocionado gritando:

—¡Fue niña! —la gente que esperaba ansiosa comenzó a aplaudir.

Gabrielle, entre lágrimas vio a la hija de Leonard Du Pac.

—¿Cómo la llamarás? —le preguntó Zoe, con una sonrisa cálida.

—Elizabeth… —pero al decir esto Gabrielle se desmayó.

Leonard miró al hombre de pie frente a él, su nombre: Norman Fitz, el administrador de Karam. Estaba atónito por sus palabras.

—Disculpe, ¿qué?

—El señor Karam Asadi, fue encontrado muerto.

—¿En dónde?

—En el muelle de nueva Orleans. Al parecer lo vieron con una mujer se sospecha que era la misma que iba en compañía con su hijo Ramin la noche en que fue asesinado.

—¿Dónde está ella?

—Huyó.

—¿Saben algo sobre el dinero? —preguntó León.

—No.

—Bien, gracias por informarnos.

Cuando el hombre salió de la habitación, Leonard condujo a su padre hasta el segundo piso donde estaba su habitación secreta.

Ahora era el lugar donde trataban el tema de Gabrielle, ya que era peligroso que los sirvientes escucharan sus conversaciones, sabían que tarde o temprano no podrían seguir cubriendo la desaparición de Gabrielle. Por lo que las autoridades deducirían que ella era la principal sospechosa.

—Gabrielle está en Nueva Orleans, papá.

—¡Cálmate, Leonard! Recuerda que el medico dijo que debes mantenerte sereno.

—¿Cómo puedo estar sereno si ella lleva meses desaparecida? Además, si esa mujer era Gabrielle, ¿cómo supo Asadi que era ella la mujer a la que tenía que buscar? Y peor aún ¿cómo supo dónde encontrarla?

—Tal vez él sabía algo que nosotros no y es posible que alguien de la casa habló sobre su desaparición.

—No, tal vez Danielle se lo dijo.

—Danielle no lo sabe.

—Y si escuchó a Robert hablar con Marie?

—Tenemos que decirle de inmediato a Robert.

Robert Stravella entró a la habitación de Danielle, ella se encontraba cepillando el cabello de su vieja muñeca, mientras su hijo en la cama lloraba desconsoladamente. Robert a ver esto se dirigió primero al niño, y lo cargó con ternura entre sus brazos. Arrulló un momento antes de ver que Danielle, no parecía darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.

—Danielle —la llamó Robert.

Al escuchar la voz de su padre Danielle giró su rostro hacia el hombre con una sonrisa enorme llena de felicidad, la misma que se desvaneció al ver a su padre cargando al horrible niño.

—Sí… ¿padre?

—Karam Asadi al parecer, encontró a la mujer que acompañaba a Ramin.

Ella sonrió, al ver esto su padre confirmó lo que quería saber. Ella había delatado a Gabrielle.

—¿Y luego?

—¿Sabías que la mujer era Gabrielle?

—Sí, te escuché a ti y a mamá hablarlo.

—Y se lo dijiste a Karam… —afirmó.

—Claro, esa zorra tenía que pagar por quitarme a mi marido no una vez sino dos veces y la última para siempre… —concluyó gritando.

—Gabrielle no te quitó nada y lo sabes. ¿Cómo pudiste hacerle tanto daño a tu hermana? Sabías que ella amaba a ese hombre y…

—Y tú también, él pidió su mano, ¿no?

Robert guardó silencio un momento. Reflexionó que, tal vez si hubiera concedido la mano de Gabrielle a Ramin, ella no se hubiera convertido en lo que ahora era una asesina no de uno sino de dos hombres. ¡Tenía que encontrarla!

—Karam Asadi está muerto.

Danielle dejó caer su muñeca.

—¿Qué pasó con Gabrielle? —se puso de pie.

Robert depositó de nuevo al pequeño Seth en la cama. No podía echar a la calle a Danielle con ese niño, ya que no era ciego y podía ver que ella no tenía ningún interés en cuidarlo. O en ser su madre. Danielle, parecía vivir en otro mundo.

—No lo sabemos. Pero quiero que me escuches bien Danielle, no volverás a hablar con nadie sobre Gabrielle, no volverás a interferir en su camino o de otra manera, le diré a tu padre que te lleve con él, porque yo no cargaré con una mujer que no es mi hija.

Y con eso salió de la habitación.

Danielle, miró al niño en la cama, se acercó al pequeño que ya no lloraba y que ahora estaba mirando las figuras en el techo.

—Me quitaste a mi padre. ¡No sabes cuánto te odio Gabrielle! ¡Te odio con todo mi corazón!

El pequeño niño comenzó a llorar de pronto, tal vez dentro de su inocencia sabía que su madre no lo amaba.

Danielle llevó sus manos a los oídos y comenzó a llorar desesperada mientras le ordenaba al bebé.

—¡Cállate, Gabrielle! ¿Por qué no te callas? —dijo con odio.

Desesperada por el ruido del llanto del niño, tomó una almohada, la colocó sobre el rostro de su hijo y no la retiró hasta que el llanto se detuvo, hasta que las manos y los pies del niño quedaron flácidos.

Danielle quitó la almohada y la colocó en su lugar de nuevo. Se alejó del cuerpo sin vida del niño y tomó de nuevo su muñeca del piso, el cepillo y por último comenzó de nuevo su tarea de peinar el cabello rubio de la última muñeca que su padre le regaló.

Zoe entró a la habitación donde descansaba Gabrielle recuperándose de sus heridas. Observó a la pequeña mujer dejarle una charola con un plato de sopa y trozo de pan.

—¿Por qué haces todo esto por mí? Ni siquiera me conoces…

—Usted estaba muy mal cuando la encontramos. Y ninguna persona que no tenga un buen corazón miraría a su hijo como lo hace usted a su pequeña.

Gabrielle ya no sabía si ella era una buena o mala persona, se sentía perdida. Pero al bajar la mirada y ver en rostro de su hermosa Resise, sintió que podía serlo, un mejor ser humano. Por ella, haría cualquier cosa.

—¿Cuándo nacerá tu bebé?

—En un par de semanas.

—¿Cómo lo llamarás?

—Si es niño, Diego y si es niña… Resise.

Capítulo 17 Elizabeth y Resise

Zoe entró a la habitación donde descansaba Gabrielle recuperándose de sus heridas. Observó a la pequeña mujer dejarle una charola con un plato de sopa y un trozo de pan.

—¿Por qué haces todo esto por mí? Ni siquiera me conoces… —Gabrielle le preguntó, de no haber sido por esas buenas personas… con seguridad habría muerto, no podía imaginar otro final.

—Usted estaba muy mal cuando la encontramos. Y ninguna persona que no tenga un buen corazón miraría a su hijo como lo hace usted a su pequeña.

Gabrielle ya no sabía si ella era una buena o mala persona, se sentía perdida. Pero al bajar la mirada y ver el rostro de su hermosa Elizabeth, sintió que podía serlo, un mejor ser humano. Por ella, haría cualquier cosa.

—¿Cuándo nacerá tu bebé? —Gabrielle le preguntó. La joven Zoe, tenía un vientre abultado.

—En un par de semanas —respondió sonriente y con la mirada brillosa. Gabrielle asintió.

—¿Cómo lo llamarás? —quería saber sinceramente, recordaría el nombre de su bebé por siempre, en honor a lo que hicieron por ella.

—Si es niño, Diego y si es niña… Resise.

Gabrielle bajó la mirada, la joven era amable y durante los días que había estado ahí, Zoe, había permanecido a su lado, sin abandonarla y mucho menos sin hacerle preguntas indiscretas.

—No tengo cómo pagar este lugar —mencionó Gabrielle. Era cierto, no le pagaron lo que le debían en el anterior trabajo y es que, una vez que la echaron la trataron como una delincuente.

—¿Qué hay de su padre?

Gabrielle levantó la mirada de inmediato, su corazón latía rápidamente y sus manos de pronto estaban frías y sudorosas.

—¿Mi padre?

—¿No me recuerda cierto?

Zoe mantenía la mirada fija en los ojos de Gabrielle. Parecía que buscaba el reconocimiento en sus ojos verdes, evidentemente no lo halló.

—¿Qué?

—Trabajé un corto tiempo en la mansión Stravella. Bueno, ahora que lo pienso mejor, debe haberme olvidado. Nos conocimos cuando llegó de París. Johana se encargaba de usted y bueno yo… le apoyaba en su arreglo. Me fui tres días después de su regresó o, mejor dicho, la señorita Danielle me echó —le relató con una sonrisa.

Gabrielle intentó recordar a la joven, sin embargo, solo tenía el vago recuerdo de la muchacha, pero no el de su rostro.

—Lo siento, por no recordarte. Pero por favor, no le digas a nadie que estoy aquí, ni siquiera a mi padre. Por favor.

Zoe negó con la cabeza, mientras pensaba que si una señorita de buena cuna, estaba lejos de casa y sufriendo lo inigualable, entonces debía haber sido repudiada.

—Está bien, se lo prometo.

Gabrielle llevó su mano al pecho… Cuando despertó, luego de caer inconsciente —ese terrible día—, ella se encontró allí en un cuarto de hospital. Y con tristeza descubrió que había perdido el relicario que Leonard le había dado. Así que pensó que alguien le había robado en ese momento de debilidad. No quería ser grosera con las personas que la habían ayudado, pero si ahora lo tuviera…

Zoe miró la mano de Gabrielle viajar hasta su pecho.

—¡Oh! Es cierto, mira te quité esto cuando la ayuda médica llegó por ti —Zoe sacó de su bolso de mano el relicario—. Supongo que esto es lo que extrañas.

Gabrielle le sonrió feliz.

—Gracias, creí que lo había perdido.

—No, solo me aseguré de que no fuera así.

—Bueno, tal vez deberías ayudarme a venderlo, así podré pagar la atención médica —dijo Gabrielle con dolor en la voz.

—¿Se lo dio el padre de la niña?

—Gabrielle asintió.

—Entonces no se deshaga de él. No sé qué ha pasado en su vida, pero sé que no le fue bien. Por cierto, vi en el periódico que apareció el cuerpo sin vida del señor Asadi en una de las bodegas cerca del muelle. Él era el padre de Ramin Asadi, el prometido de la señorita Danielle, ¿verdad?

Gabrielle se mareó.

—Él quería matarme. Pero, no fui yo. Alguien más le disparó por la espalda.

—La están buscando —la previno.

Gabrielle no pudo evitar mirar a su bebé y derramar unas lágrimas. Pronto la encontrarían y encarcelarían, lamentablemente la culparían de la muerte de Karam y jamás volvería a ver a su hija.

—Por favor, no les digas aún, solamente… déjame estar el mayor tiempo posible con mi hija. Es que no volveré a verla, ¿entiendes?

Gabrielle lloraba desconsoladamente.

—Publicaron la foto de una mujer en el periódico. Pero no se le parece en nada a usted. Creo que deberíamos sacarla de aquí lo más pronto posible, solo será cuestión de tiempo antes de que descubran que la mujer herida y que pario en una tienda cercana al muelle es la misma que buscan.

Gabrielle levantó la vista, la pequeña Elizabeth se removió entre sus brazos.

—¿No se los dirás?

Zoe suspiró. Gabrielle siempre fue amable con la servidumbre y muchos en la casa hablaban de ella con anécdotas divertidas y alegres. Y ella la conocía lo suficiente como para dejar a la muchacha a su suerte. Además, estaba convaleciente.

—No. Mi madre siempre dijo que yo era demasiado buena para mi propio bien. No tengo el corazón para abandonarla sabiendo que puedo ayudarla.

Gabrielle, soltó a llorar con más fuerza.

—Gracias —Gabrielle le tendió el relicario—, ve a que le quiten la gema y véndela. No quiero darte más problemas, con eso sería suficiente para pagar el hospital.

Zoe asintió, tomó el relicario y tras despedirse con la promesa de volver para sacarla de allí, se fue.

Gabrielle miró de nuevo a la pequeña en sus brazos, tenía el cabello lacio y el cejo fruncido. Sonrío, pues pensó en otro gesto malhumorado, pero parecido, del hombre que amaba y que perdió por ser una idiota.

—¿Qué haremos nena?

Gabrielle no quería pensar demasiado en el futuro, pues siempre que planeaba todo le salía mal. Hubo veces en las que sentía que no podía más, en ocasiones simplemente deseaba dormir y no despertar, porque cuando dormía soñaba con Leonard en los jardines de la mansión, recuerdos entremezclados con sus sueños. Y cuando despertaba no hacía más que llorar y maldecirse. ¿Cómo había creído que Ramin nunca buscaría hacerle daño? ¿Como pudo pensar que su amor no era egoísta?

Cuando soñaba con Leonard él todavía la amaba, todavía la necesitaba a su lado. Pensaba en Leonard y rezaba porque él estuviera bien, y que nunca se dejara vencer por la depresión, que su corazón no se detuviera y que encontrara la verdadera felicidad, si era al lado de otra mujer ya no importaba, solo rezaba para que ella fuera pura, noble y no una idiota manipuladora como ella. Que el fuera su primer amor. Leonard merecía a una buena mujer, sin tachaduras ni manchas. Alguien que no conociera un antes, solo el después que él pudiera ser.

Zoe, llegó por la tarde como lo había prometido. Y aunque todavía no le daban el alta, ella salió bajo su propia responsabilidad. Gabrielle utilizaba su segundo nombre y el apellido Harris, había utilizado el apellido de la abuela de Leonard, el nombre de la mujer era Elizabeth, y ya sea por nostalgia o por honor a su esposo, nombró a su hija de esa manera, después de todo era la heredera de los Du Pac, de León. Y aunque temía al hombre, sabía que uno de los motivos para actuar como lo hacía, era por su mal sano amor por Leonard. Ahora lo comprendía mejor.

—¿Marie Harris?

—Sí, mi segundo nombre y el apellido de soltera de la abuela de Leonard, mi esposo. El solía recitarme los nombres de sus antepasados como se rezaría el padre nuestro.

—¡Oh!

Ambas mujeres salieron a paso lento. Zoe cargaba a la pequeña Elizabeth. Mientras que Gabrielle luchaba por dar un paso a la vez. Diego esperaba fuera del hospital, había rentado un coche y las aguardaba pacientemente. Pero al verlas salir se apresuró para ayudar a Gabrielle.

Y una vez que llegaron a la casa de Zoe, Gabrielle se enteró que Diego no era el padre del Bebé. Que su amor, la había abandonado en cuanto tuvo conocimiento del embarazo; pero Diego quien siempre estuvo enamorado de la muchacha desde niño, le pidió matrimonio. Y se casaron sin nadie más que dos desconocidos que fungieron como testigos.

Gabrielle se preguntó una vez si Zoe la había acogido solo porque sabía lo que Gabrielle tenía que afrontar, ser madre soltera era una vida difícil.

La muchacha tenía un carácter fácil y comprensivo, tal vez por su estado de embarazo. Pero ambas habían congeniado de maravilla y pronto se encontraron uniendo fuertes lazos de amistad. Zoe se había convertido en la hermana que nunca tuvo.

La casa donde vivían era pequeña y constaba tan solo de dos habitaciones, una estancia, un pequeño baño y cocina. A Gabrielle le habían ofrecido la habitación que iba a hacer de su bebé por nacer. Todavía tenía un poco de dinero de la pequeña gema, el suficiente para comprar un poco de ropa para Elizabeth y un moisés. Ella realmente no había esperado el nacimiento de Elizabeth, pero el altercado con Karam había adelantado el proceso por lo menos seis semanas. Afortunadamente la niña era fuerte y aguerrida a la vida tal y como lo era Leonard. Era más pequeña, pero para Gabrielle era perfecta.

En cuanto a su rostro, veía con pesar la horrible marca en su mejilla, le dolía ver su belleza arruinada, pero entendía aquél dicho, «Dios dijo: cuídate de los buenos, que a los malos yo te los señalaré». Ella era mala, una asesina y estaba condenada al infierno. Así que, a pesar de su vanidad herida, aceptó el precio a por su crimen. Por mucho, que Ramin lo mereciera. Lo bueno era que Leonard siempre la recordaría, joven y hermosa; y esperaba que nunca la encontrarán, y vieran el horrible ser humano en el que se había convertido.

Pero como las cosas buenas en la vida de Gabrielle duraban poco, esta vez tampoco no fue la excepción. El día del parto de Zoe llegó.

Gabrielle se encontraba fuera de la habitación con Diego esperando a que el doctor les informara sobre el estado de Zoe. Las contracciones habían comenzado el día anterior, pero a pesar de los esfuerzos de la partera al final, Diego tuvo que ir en busca de un médico que ayudara a la labor. Pues la partera al darse cuenta de que Zoe no dejaba de sangrar, prácticamente había salido corriendo de allí. Gabrielle cargaba a la pequeña Resise mientras Elizabeth dormía, puesto que para Diego que temblaba de miedo, era imposible. Una hora después de la llegada del médico salió de la habitación con la penosa noticia de que a Zoe, no le quedaba demasiado tiempo ya que esta tenía una hemorragia interna y nada podían hacer ya.

La noticia había impactado a Gabrielle y sin querer había pensado que ella estuvo a punto de morir, pero Zoe la había salvado y ella, ¿qué había hecho para devolver el favor? Nada. Por lo que creía que la vida era injusta. Zoe era la persona más noble y amable que había conocido. Quería llorar, pero por alguna razón le había sido imposible.

—Gabrielle, prométeme que no dejarás desamparada a mi bebé, que la cuidaras por favor, ella necesitará a una mujer en su vida. Una madre.

Gabrielle simplemente no podía negarse, le debía la vida y le debía la de Elizabeth. Y tampoco quería negarse.

—Te lo prometo, tú me salvaste a mí y a mi bebé; yo lo hare por ti, será como mi hija.

—No dejes que Diego se hunda. Convéncelo de que rehaga su vida.

—No lo hare, haré que consiga una buena mujer. Él es un hombre muy bueno, tenías razón. Y te ama, muchísimo. ¿Cómo se llamará?

—Resise, me gusta. Te dejo una gran carga, lo siento.

—No, me das un hermoso regalo.

Después de que Gabrielle habló con Zoe, se despidió y dejó a Diego con ella para que se despidiera.

Momentos más tarde Zoe murió dejando a su hija huérfana, de padre y de madre o ¿no? Después del funeral ella se encargó de los bebés y de Diego, quien se encontraba desolado, no comía ni se levantaba de la cama, quería morir como Zoe.

—¡Basta ya Diego! Le dijiste a Zoe, que la amabas y que cuidarías de ella y de Resise, y no has cumplido tu palabra.

— Zoe está muerta.

— Pero Resise no, y te necesita.

— Te tiene a ti, pero yo no tengo a nadie.

—También necesita a su padre, pero eres un mentiroso, ¿no? Dijiste que la amabas, pero lo único que querías era conseguir que se quedara junto a ti, nunca te importó su bebé. Eres cómo él, el que la abandonó, ¿verdad? Un cobarde, un mentiroso.

Diego guardó silencio, no dijo más y simplemente se fue para seguir bebiendo. Al siguiente día, llegó a casa, se bañó, comió lo que Gabrielle le había preparado para desayunar y sin decir nada salió a conseguir trabajo.

Cualquiera que los hubiera visto parecían un verdadero matrimonio, los jóvenes esposos que tenían unas hermosas mellizas, sus nombres Elizabeth y Resise Tanner, pero estaban lejos de ser un matrimonio. Su relación era puramente fraternal, él era para ella el hermano que nunca tuvo, para las pequeñas su padre, Gabrielle su madre y para él, su amiga, su hermana.

Pasaron los años e Gabrielle nunca olvidó a Leonard, pero sabía que no podía jamás volver a él, su pasado la retenía ahí, era una asesina, además ella ya había formado una familia, ¿para qué destruirla si eran felices?

Resise había cumplido cinco años, lo habían festejado entre su pequeña familia, no tenían riquezas apenas lo justo en realidad, pero realmente nunca tuvieron carencias. Después de soplar las velas, comer pastel e irse a la cama, Gabrielle y Diego se quedaron solos.

Estaban felices, sus pequeñas estaban sanas y eran felices.

—¿Me concedes una pieza de baile, mi señora?

Gabrielle sonrió, recordó la vez que había bailado con Leonard en ese esplendoroso salón en casa de sus primos. Recordó al hombre que amaba. Pero, aun así, Diego era su compañero y el padre de esas niñas maravillosas, no lo rechazó.

Se puso de pie y se entregó a los brazos del joven, él era un tipo agradable a la vista. Si nunca hubiera conocido a Leonard, tal vez, solo tal vez ella se hubiera enamorado de él. Diego se detuvo de pronto… Se arrodilló ante la joven sacó una caja que contenía un anillo de compromiso el cual era humilde, sin embargo, hermoso.

—Gabrielle, ¿me harías el honor de ser mi esposa? — le pregunto él.

— Diego… yo… — su mente estaba en blanco, ¿qué haría? Pero, por otra parte, Leonard había hecho su vida nuevamente, ¿no? — Aceptó.

Diego le puso el anillo y besó su frente, se fundieron en un abrazo, no había amor, solo compañerismo, consuelo. Y por eso, Gabrielle decidió contarle por primera vez su historia. Desde que conoció a Ramin, su matrimonio con Leonard, su huida con Asadi, su asesinato, su destierro, y su vida en Nueva Orleans, no podía casarse de verdad, pero lo hicieron con la documentación de Zoe, ¿quién iba a saber que la verdadera Zoe había muerto?

Cuando llegaron a casa y la noche los atrapó, durmieron a las niñas y fueron a la cama. Nerviosa se desnudó frente a él, quién tenía la mirada baja, reconocía que ella era una mujer atractiva y guapa, pero ciertamente no estaba seguro de querer tener algo más con ella. Y los toqueteos torpes encendieron la llama de la pasión y de lo físico. Pero, así como lo habían iniciado terminó, no pudieron continuar ni terminarlo, simplemente no se amaban y tampoco se sentían realmente atraídos sexualmente. Tal vez, seguían dolidos, tal vez, seguían amando a esos que partieron de su vida hace mucho tiempo atrás.

Un año después un amigo de Diego le habló de un lugar que al parecer había oro, Diego se fue en busca del sueño dorado, con la promesa de que, si en un año no encontraba nada, regresaría.

Leonard Du Pac acababa de firmar un contrato multimillonario en Nueva Orleans, había comprado una fábrica textil a un precio bajo debido a problemas financieros del anterior dueño. Salía del restaurante donde había ido a celebrar cuando algo se impactó contra él, fijo su mirada en el piso y observó a una pequeña que enseguida se levantó, él iba a seguirse de largo cuando vio a un hombre tomarla del brazo y zarandearla con fuerza.

—¡Ladrona devuelve lo que robaste! —le decía el hombre.

—¡Suélteme mi madre se muere! —gritaba, Leonard no podía verle el rostro pues estaba de espaldas, quería marcharse de ahí, no era asunto suyo, pero su cuerpo no respondía, simplemente observaba la escena.

—¡Mocosa delincuente! —dijo aquel hombre robusto, su rostro se deformaba cuando gritaba.

—¡No lo soy! Yo quise pagarle, por favor —con voz de súplica y lágrimas en el rostro—. ¡Mi mamá se muere!, tengo que llevarle su medicamento.

—Paga lo que te has robado —insistió el hombre.

—Ya le dije que no tengo dinero.

—Entonces devuelve el remedio —el hombre luchaba con la pequeña para alcanzar el medicamento y quitárselo. Ella se doblaba de forma extraña escondiendo con su cuerpo la botella que llevaba en su mano.

—Por favor acepté la joya, mamá dijo que era valioso. —Suplicó de nuevo la pequeña, ella ya tenía la voz entrecortada.

—Es una baratija —Leonard ya no soporto más la escena, por una extraña razón sentía dolor al mirar a la pequeña, y escuchar sus suplicas lo mataban.

—Señor, ¿cuánto le debe la pequeña? —el hombre miró a Leonard de arriba abajo, se dio cuenta que este tenía dinero.

—Son treinta dólares —cobró tres veces el precio real. La pequeña escuchaba sin mirar al hombre que le ayudaba, solo miraba el piso.

Cuando Leonard pagó y el hombre soltó a la niña, este le dijo…

—Lleva el medicamento a tu madre y espero se recupere pronto —se dio la vuelta y sin mirar de nuevo a la pequeña, se subió al coche que lo esperaba con la puerta abierta.

La pequeña reaccionó y antes de que la puerta del coche cerrara ella se interpuso, tomó la mano de Leonard depositando la joya de su madre, en la palma de su mano y cerrándola al instante.

—Tome señor, acepte la joya de mamá; ella me dijo que valía mucho. No tengo dinero, pero esto paga el medicamento. Gracias.

Entonces ella salió corriendo de ahí. Los ojos de la pequeña lo hipnotizaron eran grandes y oscuros… cuando él abrió la mano reconoció el relicario, inseguro se atrevió a abrirlo y de este salió el resto de una flor: no me olvides, marchita.

— ¡Gabrielle!...

Capítulo 18 Cásate conmigo

Leonard Du Pac estaba de pie en la escena del crimen de Karam Asadi intentando descubrir si la mujer que había estado con él —en la hora de su muerte—, era ella u otra desgraciada. Los investigadores le habían conseguido las declaraciones de los tres hombres que fueron los testigos de los últimos minutos de vida de Karam:

El hombre sujetaba a una mujer por los cabellos; ella era de baja estatura, cabello oscuro, piel blanca, joven, de edad de entre dieciséis a veinte años, delgada y con un vientre prominente, se piensa estaba embarazada; la llevó hasta el lugar donde después se encontró el cuerpo del occiso.

Ella gritaba por ayuda, pero el hombre pedía que no se interfiriera en los asuntos con su esposa. Minutos después, nadie escuchó la detonación que había acabado con la vida de Karam, pero lo que sí vieron, fue a la joven salir del almacén. Con el rostro ensangrentado, sujetándose el estómago, se tropezó un par de veces antes de desaparecer de su vista.

Habían visto sangre en su abdomen, pero no sabían si llevaba una herida allí o era solo que se había salpicado de la misma sangre de su rostro; sin embargo, no descartaron la posibilidad de que bien pudo haber sido la sangre de Karam. Nadie se atrevió a acercarse por temor a que el hombre enfurecido y fuera de sí, volviera y arremetiera contra ella y el que hubiera osado en ayudarla.

Cuando la joven logró salir de la playa perdiéndose en las sucias calles de la ciudad; Nadie la volvió a ver ni a saber nada de ella.

Leonard había vuelto a interrogar a los tres hombres. Y le sorprendió darse cuenta de que recordaron los hechos con tanta claridad y muy similar a su declaración, que le resultó gracioso que los tres utilizaran, incluso, las mismas palabras vulgares. Aún si lo había hecho por separado no dándoles la oportunidad de afirmar o negar nada de la historia del otro. Lo que lo ponía pensar que, más bien se habían aprendido los detalles de la historia de memoria con la única finalidad de cubrir a un tercero.

Por la forma en la que el cuerpo estaba posicionado, podría decirse dos versiones: una que el disparo provino de la entrada del lugar, puesto que parecía como si hubiese caído bocabajo y luego le hubieran dado la vuelta. El oficial de policía tenía la teoría de que cayó sobre alguien, puesto que su ropa tenía manchas de sangre que no le pertenecían. El informe del forense dictó que en realidad Karam pudo haber estado en el piso sujetando a la chica mientras que su atacante, disparó justo a dos pasos de distancia de Karam, la inclinación de la bala y la posición del cuerpo como las marcas de sangre en el piso lo indicaban. Entonces ella lo empujó para sacárselo de encima.

Leonard maldijo por dentro.

Salió del lugar y le dio una moneda al hombre que lo había dejado pasar para ver la escena del crimen de manera extraoficial.

Recorrió el mismo camino que ella y notó todavía gotas de sangre. Decidió seguir el recorrido, aunque bien sabía que llegaban hasta un rincón de la calle donde se cree que a la mujer se le rompió la fuente, Leonard sintió un nudo en la garganta y sus manos se hicieron en puños. Miró a todas partes y fue cuando notó que un hombre, estaba mirándolo. Leonard se acercó al hombre que parecía el encargado de una tienda local de comestibles.

—¡Buenas tardes, señor! —saludó Leonard. El hombre con un mandil, de piel morena, lo miró a los ojos, antes de asentir a modo de saludo.

»Me preguntaba si usted había visto lo que pasó allí.

Señaló a unos metros de ellos, de donde venía anteriormente.

—Lo que tenía que decir se lo dije a la policía.

—Ya veo… Yo… —Leonard tenía el presentimiento de que ese hombre sabía más de lo que declaró a las autoridades, nada. Porque al parecer nadie había visto nada más de lo que vieron esos marineros—. ¿Puedo confiar en usted?

El hombre miró de arriba abajo al riquillo frente a él, no era policía, eso era evidente, sus ojos ojerosos y piel demacrada se lo dijeron; llevaba una gran pena encima.

—¡Hable! —ordenó.

—Creo que si no me equivoco la muchacha que estuvo allí —señaló el lugar con la mano—, dando a luz en ese sucio rincón era mi esposa. ¿Entiende? Está asustada, sola y desamparada, la policía la busca por un crimen que no cometió y si no la ayudo ellos la encontrarán antes y no podré hacer nada por ella.

—¿Así? ¿Y por qué perdió a su esposa?

—Porque no confió en mí.

—¿Y por qué la gente debería confiar en un hombre del cual su esposa no confía?

Leonard jadeó y sujetó su brazo izquierdo, llevaba semanas sintiéndose terrible, pero no podía parar de buscarla. Menos ahora que estaba tan cerca de hacerlo.

—Porque todo hombre merece una segunda oportunidad. Ella está o estaba esperando a mi hijo y…

Leonard se quebró, soltó un par de lágrimas que limpió rápidamente con el dorso de la mano.

—¿Ve eso? —señaló el mostrador el tendero—, ella dio a luz una niña. La nombró Elizabeth Harris. ¿Es usted el señor Harris?

Leonard dio un paso atrás de la impresión, nunca creyó que ella recordaría ese nombre. Gabrielle siempre parecía no escucharlo porque prefería entretenerse demasiado intentando hacerlo perder la concentración cuando recitaba cada integrante de su árbol genealógico, cuando no podía dormir.

Asintió al hombre.

—Mi abuela, era Elizabeth Harris. ¿Dónde está ahora?

—Ella se desmayó luego de dar a luz, tenía sangre por todos lados; dudo mucho que lo haya logrado. La llevaron al Hospital de La Caridad. Es lo único que sé. Ahora largo de aquí, porque cualquier hombre que pierde a su esposa embarazada y la hace pasar algo como lo que ella vivió, es una escoria.

Leonard asintió. Y salió del lugar a toda prisa hacia el coche que lo esperaba a unas calles de ahí.

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La mujer que revisaba el libro de entradas y salidas de pacientes, buscaba con lentitud agónica el nombre de Gabrielle Stravella, Gabrielle Du Pac o Gabrielle Harris; sin éxito.

—Una mujer fue atendida aquí; cuando ella llegó ya había dado a luz en un local en la avenida principal que baja hacia el puerto. Tenía una herida en el costado izquierdo y una en el rostro. Fue brutalmente golpeada. Debe de tener algo allí o recordarlo.

—Lo siento señor, pero no hay nada en el libro.

—Debe de haber algo en alguna parte, algún registro médico. Tal vez por miedo a que el hombre que la seguía la encontrara, dio otro. ¿Puedo ver la lista?

—Lo siento, pero no tiene una orden por parte de la policía para que le proporcionemos esta información. Ahora déjeme decirle que aquí llegan mujeres golpeadas brutalmente por sus esposos todos los días, a algunas se les adelanta el parto a otras no. Además, ese día fue mi descanso. Lamento no poder ser de más ayuda.

—¿Sabe quién estuvo de turno?

La mujer lo miró con ojos cansados, y una mueca llena de fastidio.

―No señor, vaya y consiga una orden policial para que pueda hacerme perder mi tiempo con provecho. Ahora mismo tengo mucho que hacer.

—Esa mujer era mi esposa y la niña a la que dio a luz mi hija. Por favor tenga un poco de compasión. Si las encuentran antes que yo…

La mujer con ojos pequeños y cabello rizado suspiró exasperada.

—Venga mañana intentaré conseguirle la información.

Leonard asintió.

—Gracias, muchas gracias. Siempre le estaré agradecido.

Leonard esperó hasta el siguiente día para obtener la lista de ingresos junto con las fechas de salida de cada paciente que llegó al hospital el día en que nació su hija.

Los investigadores le llevarían tres semanas después el acta de defunción de Zoe Tanner. Quien había firmado como responsable de Marie Harris, pues había salido des hospital por su propia voluntad. Ella estaba delicada por la pérdida de sangre y la herida en su abdomen y rostro. Nunca se volvió a encontrar registro alguno de ella.

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Leonard sujetaba un trozo de papel con el nombre de Marie Harris y Zoe Tanner. De pie frente a la tumba de Zoe se preguntaba cuál había sido la relación entre Gabrielle con esa muchacha. Dos hombres cavaban en busca del féretro de la mujer, mientras Leonard miraba el acta de defunción.

La muchacha, había muerto a consecuencia de un parto mal atendido, murió desangrada. Pero la fecha de su muerte había sido dos semanas después de que Gabrielle saliera del hospital, eso quería decir que ¿nunca se recuperó? Estaba seguro que no era la dichosa Zoe la que yacía en esa tumba sino Gabrielle.

Escuchó los pasos de dos hombres que caminaban hacia ellos, pero no se giró para recibirlos, no podía. Su padre León, le había dicho que no lo hiciera, abrir el féretro de esa mujer porque podría ser demasiado para él, cualquier verdad que encontrara. Pero Robert lo apoyó, porque era el padre de Gabrielle y al igual que él quería la esperanza de saber que, ella estaba viva en algún lugar, al lado de su hija Elizabeth; o bien, querían ver su cuerpo sin vida y tener la paz que necesitaban para hundirse en la miseria y continuar en la búsqueda de Elizabeth.

Los hombres sacaron el féretro y se colocaron un pañuelo en el rostro, y se persignaron antes de abrir el ataúd.

Leonard se agachó para poder ver el rostro desfigurado de la muchacha, mientras que Robert rebuscó en un pie la marca de nacimiento de su hija —un lunar en el tobillo izquierdo—, no lo halló.

León bajó la lámpara de aceite cerca del rostro de la mujer.

—No es ella —dijo Leonard.

Leonard se puso en pie, y sacó de nuevo el acta de defunción; el nombre del esposo de la mujer era Diego Tanner, y lamentablemente no habían localizado al muchacho. Por supuesto, encontraron el domicilio donde había fallecido la joven mujer; vacío. Al parecer se habían marchado un día antes, él, su hermana y sus mellizas. Estaba desaparecido, había renunciado a su trabajo días después de la muerte de su esposa.

Los años comenzaron a pasar y con el tiempo la esperanza. Cuántas mujeres había encontrado y que no eran su Gabrielle, y con cada fracaso sentía que moría un poco más en vida.

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Mayo de 1917.

Heidi Vulturi miraba a Leonard Du Pac desde el otro lado del salón de baile. Sabía que era un hombre rico, poderoso y viudo, se podría decir. Se contaba entre susurros que su esposa había quedado atrapada en Europa en medio de la guerra y tenía años de no saber de ella. A pesar de continuar buscándola. Ella pensaba que, tal vez solo necesitaba reconocer que la mujer nunca volvería, para poder continuar con su vida, y claro, estaba más que ansiosa por ayudarlo.

León Du Pac veía a su hijo morir cada día no de una forma física, sino espiritual. Esta vez no era solo una depresión por el rechazo de una mujer o un amor no correspondido; no, era el dolor en el alma por la pérdida irrevocable de su verdadero amor. La vida de Leonard se apagaba, sus ojos no brillaban con ese fuego que una vez mostró al lado de Gabrielle. Él continuaba viviendo en la mansión de las cariátides con la esperanza de que ella volviera algún día, manteniendo las habitaciones de Gabrielle intactas. Blaire y Ralph lo veían ir venir por las noches como si quisiera encontrarla en los rincones de la casa.

A veces tocaba el piano y luego soltaba a llorar. cada mes los investigadores llegaban sin ninguna noticia nueva y sin embargo, Leonard continuaba pagando por sus servicios.

Había mandado arreglar una habitación para su hija perdida a la que llamaba Elizabeth, y León a estas alturas creía que la mujer que él juraba era Gabrielle, en realidad no lo era. ¿Coincidencia de nombres? Tal vez. Pero cada año, Leonard, abría esa habitación y dejaba un obsequio para Elizabeth.

Y con cada año que pasaba Leonard se endurecía. Su estado de salud había mejorado en gran medida, gracias a que la tía de Gabrielle había llegado un día con su esposo y su médico. Ahora ella vivía en Brasil y mantenía correspondencia con Leonard.

Cansado de ver infeliz a su hijo decidió intervenir una vez más en la vida de Leonard.

— Leonard hijo, quiero presentarte al señor Aro Vulturi, está interesado en invertir con nosotros.

— ¡Buenas noches! Soy Leonard Du Pac —saludó con interés.

— Un gusto, ella es mi hija Heidi — dijo Aro mostrándole a su hermosa hija.

Heidi era una mujer con una belleza sin igual, inteligente de habla fácil, seductora, peligrosa y astuta; Leonard se dejó cautivar por su belleza, pero ella sabía que si quería retenerlo tendría que pretender no hacerlo. Leonard era consciente de que enredarse con ella sería un problema, sin embargo, su belleza y forma de ser lo deslumbraron; además, de que le recordaba a una jovencita que le robó el corazón años atrás.

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Estaba en un desayuno de negocios cuando la vio entrar en el restaurante, para sus ojos era la mujer más hermosa que había conocido después de Gabrielle, tenía un aire de dulzura e inocencia combinado con madurez, perfecta la describía Leonard. Ella se sentó a un par de mesas a la de él, fingiendo no haberlo visto.

—Señorita Heidi. —Leonard se acercó a la mesa de ella después de cerrar negocios y que sus acompañantes se retiraran.

—Señor Du Pac… Buen día, ¿que lo trae por aquí? —dijo mientras miraba a todas partes fingiendo desconcierto.

— Estaba con unos socios cuando la vi llegar. La han dejado sola mucho tiempo, ¿no le parece?

Ella se relamió los labios rojos antes de responder:

— Al parecer me han dejado plantada.

— Le importaría si me siento a compartir con usted un café.

Ella sonrió, mientras bajaba la mirada a su regazo y luego la levantaba para encontrarse con sus ojos verdes.

— Lo siento, pero no puede sentarse y acompañarme —Leonard arqueó las cejas por el asombro que le ocasionó la mujer—. No acepto nada de alguien que no está dispuesto a dármelo todo señor Du Pac.

— ¿A qué se refiere? —dijo extrañado a la vez que divertido.

—Se que usted envuelve a las damas para llevarlas a su lecho y después las abandona cuando estas se enamoran, porque se cuenta que sigue esperando a que su esposa vuelva. Yo no quiero ser una de tantas a las que le ha roto el corazón.

—No pretendo que lo sea.

—Imagine lo qué pensaría su esposa de su marido o de mí, si se enterara de que ha tomado un café con la hija de uno de sus socios en su ausencia. Cuanto sufriría al saber que mientras ella intentaba sobrevivir a los horrores de la guerra, usted estuvo retozando en mi lecho.

—Creí que solo tañaríamos un café.

—No se mienta, señor Du Pac. Esto no es una invitación a tomar un café —Leonard sonrió con amargura—. Cuando este consciente y muy seguro del daño que eso podría hacerle a su esposa, entonces solo entonces, tomaremos ese café.

Pero Leonard se sentía solo. Y ese era uno de esos días en los que más traicionado se creía. No quería llegar a casa y revolcarse en los recuerdos de una mujer que tal vez no lo amó lo suficiente. Que nunca le tuvo confianza, que tal vez esté muerta.

—Gabrielle no volverá, creo que ya ha pasado demasiado tiempo sin haber recibido una carta de ella, o noticias de su paradero —mencionó sin mirarla a los ojos. Mantenía la mirada perdida en las flores que descansaban en el bello florero frente a él.

—¿Está perdiendo la esperanza, señor Du Pac? ¿Y si ella vuelve?

—Encontrará que nuestro matrimonio ha sido anulado. Pero creo que aquí esa no es la pregunta, señorita Heidi. La verdadera pregunta es: ¿está usted dispuesta a intentar borrar el recuerdo de un fantasma en mi corazón?

—¿Está usted dispuesto a dejar que lo haga, señor Du Pac?

Esa tarde cuando Leonard llegó a casa de sus padres al festejo de su aniversario se encontró hablando con Jerry, que era en cierta manera su mejor amigo y confidente.

—¿Crees que debería continuar mi vida sin Gabrielle? —preguntó mientras bebían una copa de vino y miraban a los hijos de Jerry jugar con la mascota de León, un enorme y viejo perro.

— ¿A caso no lo haces ya? —Jerry observó a Leonard detenidamente. Lamentaba todo lo que el había pasado y en ocasiones se preguntaba si realmente él amaba a Gabrielle o solo había sido una obsesión.

—No del todo y lo sabes. Me interesa Heidi Vulturi.

—Como pasatiempo no te lo recomiendo.

—No, como algo formal.

Jerry dio un suspiro largo antes de dar su opinión.

—Mereces ser feliz Leonard, cualquier cosa que decidas y que pienses que te hará bien estoy de acuerdo contigo.

—Gracias.

Al día siguiente, Leonard, pasó la mañana pensando que era lo que debía hacer, mientras esperaba a que los investigadores llegaran con su reporte mensual. Una vez teniendo a los hombres en su oficina les preguntó…

—Quiero saber ¿qué posibilidades hay de encontrar a Gabrielle?

Fue el hombre a cargo del equipo de tres investigadores el que respondió:

— Señor Du Pac no le voy a mentir… Ha pasado ya bastante tiempo, y no creo que la vuelva a ver, si ella no se presenta por si sola frente a usted.

Habían sido unas duras palabras, las que digerir. Pero lo aceptó.

—Gracias pueden retirarse, sigan buscándola y pasen el mes que viene por su paga, como siempre.

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Esa misma tarde inició los trámites del divorcio… Y un mes después, una vez divorciado le envió a Heidi un arreglo floral y el sobre con el acta de divorcio de Leonard Du Pac e Gabrielle Stravella. Maliciosa Heidi sonrió.

Pasaron unos meses y ella logró conquistar el corazón de Leonard. Su relación con Heidi era tranquila, madura, pasional cuando debía de serlo, sin complicaciones ni medias tintas. Le gustaba la tranquilidad que le daba saber en dónde se encontraba de pie con ella. Le gustaba no tener la incertidumbre de saber o no si ella lo amaba o lloraba por otro en la oscuridad de la noche. Por lo que en poco tiempo comenzó a sentir algo más fuerte por Heidi, que por el recuerdo de Gabrielle. Provocando que lo único que le importara fuera encontrar a su hija perdida y por eso no descansaría hasta tenerla de vuelta.

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14 de junio de 1918.

Heidi estaba desnuda bocabajo en la cama de la casa que Leonard había comprado para sus encuentros sexuales con Heidi, él estaba recostado junto a ella, mirando su figura bajo la luz de los rayos del sol, acariciaba con la yema de sus dedos su espalda formando figuras irregulares.

—¡Cásate conmigo! — le ordenó más que le preguntó Leonard, no sabía el motivo que lo había impulsado a declararse, pero ya lo había dicho no con una gran emoción, pero si dispuesto a dejar definitivamente el pasado atrás.

Ella se giró de pronto hacia él, dándole una buena vista de sus generosos pechos, y con lágrimas en los ojos le preguntó…

— ¿Estás hablando enserio?

— Jamás he hablado más enserio que ahora.

— ¡Sí! ¡Sí quiero casarme contigo! — entonces ella lo besó, y él le entregó el corazón que hasta ese momento había sido de Gabrielle. Al menos era lo que él pensaba.

Tres semanas después Leonard se encontró con Heidi en su casa, la llevó a un restaurante donde sus padres y familiares los esperaban. Ese día darían la noticia de su futuro enlace.

Leonard fue el primero en bajar del coche y luego le tendió la mano a la mujer que en un año se convertiría en su esposa. era hermosa, sus ojos brillaban con una felicidad contagiosa y él parecía no tener ojos para nadie más que ella. De pronto sintió que algo lo jalaba del saco de su traje, molesto por privarlo de la sonrisa hermosa de la mujer que amaba, miró hacia abajo encontrando a una niña que le ofrecía una pequeña flor azul.

Al no tener el corazón para enviar a la pequeña vendedora muy lejos, pues no era su culpa entrometerse en ese momento tan especial en su vida, porque por primera vez él había elegido a su compañera y no era parte de trucos sucios ni convenios estúpidos entre familias poderosas. No, ella era el amor más real que había conocido en su existencia. Así que empeñado en no ensuciar su día con algo tan trivial como una chiquilla que solo estaba intentando ganarse la vida, le preguntó a Heidi:

—¿Quieres una flor?

Ella miró a la pequeña niña con desdén, y la nariz fruncida como si la pequeña representara la misma peste. Si algo detestaba la mujer, era la gente pobre que se acercaba a ellos pidiendo limosnas, ¡que trabajaran si querían dinero! Y lo peor eran chicos harapientos y piojosos.

—No, Leonard. Están horribles y marchitas. ¡Es un robo!

Leonard sonrió a Heidi, mientras negaba con la cabeza.

—Lo siento niña. Pero ten —sacó una moneda de su bolsillo y se lo ofreció a la pequeña vendedora. La mirada ofendida de la pequeña de ojos verdes, se llenó de dolor. Ella no tomó la moneda, dio la media vuelta y se marchó.

Entonces el siguió su camino a la entrada del restaurante con Heidi colgada del brazo.

—Pero qué niña tan grosera. ¿Ya ves por qué no es buena la caridad? La gente pobre es una malagradecida.

En ocasiones, Leonard no estaba de acuerdo con su manera de pensar, pero sabía que la bondad a veces no era bien recibida por otros, que en ocasiones la bondad te mataba.

Ese día celebraron su compromiso el cual fue bien recibido por sus padres y primos. Al fin se había desecho del fantasma de Gabrielle. Leonard comenzaría a vivir de verdad.

Julio de 1919

Faltaba una semana para su enlace con Heidi Vulturi, pero por azares del destino había tenido que viajar a Nueva Orleans, para cubrir a Jerry quien no había podido cumplir con la cita, ya que su esposa Amy acababa de dar a luz su tercer hijo, y no quería separarse de ella pues había sido un parto difícil. Emmet se encontraba en New York con León.

Leonard Du Pac acababa de firmar un contrato multimillonario, había comprado una fábrica textil a un precio bajo, debido a problemas financieros del anterior dueño. Salía del restaurante donde había ido a celebrar cuando algo se impactó contra él, fijo su mirada en el piso y observó a una pequeña que enseguida se levantó, él iba a seguirse de largo cuando vio a un hombre tomarla del brazo y zarandearla con fuerza.

—¡Ladrona devuelve lo que robaste! —le decía el hombre.

—¡Suélteme mi madre se muere! —gritaba, Leonard no podía verle el rostro pues estaba de espaldas, quería marcharse de ahí, no era asunto suyo, pero su cuerpo no respondía, simplemente observaba la escena.

—¡Mocosa delincuente! —dijo aquel hombre robusto, su rostro se deformaba cuando gritaba.

—¡No lo soy! Yo quise pagarle, por favor —con voz de súplica y lágrimas en el rostro—. ¡Mi mamá se muere!, tengo que llevarle su medicamento.

—Paga lo que te has robado —insistió el hombre.

—Ya le dije que no tengo dinero.

—Entonces devuelve el remedio —el hombre luchaba con la pequeña para alcanzar el medicamento y quitárselo. Ella se doblaba de forma extraña escondiendo con su cuerpo la botella que llevaba en su mano.

—Por favor acepté la joya, mamá dijo que era valioso. —Suplicó de nuevo la pequeña, ella ya tenía la voz entrecortada.

—¡Es una baratija!

Leonard ya no soporto más la escena, por una extraña razón sentía dolor al mirar a la pequeña, y escuchar sus suplicas lo molestaba.

—Señor, ¿cuánto le debe la pequeña? —el hombre miró a Leonard de arriba abajo, se dio cuenta que este tenía dinero.

—Son treinta dólares —cobró tres veces el precio real. La pequeña escuchaba sin mirar al hombre que le ayudaba, solo miraba el piso.

Cuando Leonard pagó y el hombre soltó a la niña, este le dijo…

—Lleva el medicamento a tu madre y espero se recupere pronto —se dio la vuelta y sin mirar de nuevo a la pequeña, se subió al coche que lo esperaba con la puerta abierta.

La pequeña reaccionó y antes de que la puerta del coche cerrara ella se interpuso, tomó la mano de Leonard depositando la joya de su madre, en la palma de su mano y cerrándola al instante.

—Tome señor, acepte la joya de mamá; ella me dijo que valía mucho. No tengo dinero, pero esto paga el medicamento. Gracias.

Entonces ella salió corriendo de ahí. Los ojos de la pequeña lo hipnotizaron, eran grandes y oscuros… cuando él abrió la mano reconoció el relicario, inseguro se atrevió a abrirlo y de este salió el resto de una flor: no me olvides, marchita.

—¡Gabrielle!...

Tomás Wilson había regresado a la casa de Leonard Du Pac dos años después de la desaparición de la señora Gabrielle, justo cuando se les había hecho creer al mundo que Gabrielle había quedado atrapada en medio de la guerra en Europa, mientras está visitaba a su tía en París.

Ahora Leonard siempre lo mantenía cerca de él, pues había demostrado ser un empleado digno de su confianza, capaz de guardar lealtad a cualquier integrante de su familia. Por lo que había mirado la escena con ojos expectantes y no reaccionó hasta después de que escuchó el nombre de Gabrielle en los labios de su patrón y luego lo vio salir corriendo tras la niña. Azotó la puerta que había mantenido abierta para su señor y salió corriendo tras él.

Leonard Du Pac pensó que no lograría alcanzar a la pequeña y fue hasta que la vio entrar en un edificio que se dio cuenta del lugar en el que estaba, era una zona pobre. Entró corriendo y subió las escaleras, su corazón latía apresurado, le faltaba el aire y no podía creer que después de tanto tiempo su corazón comenzara a fallar cuando antes no fue así. Hacía demasiado tiempo que no había tenido una recaída y no le parecía justo que ahora después de todo ese tiempo y de haber encontrado a Elizabeth, fuera a morir. Llegó al piso donde escuchó que la niña se detuvo y vio dos puertas que se enfrentaban, pero siguió su camino hacia la que estaba entre abierta. Fue entonces que escuchó.

—¡Mamá, mamá! Estarás bien traje la medicina, aquí está mira. Te pondrás bien.

Leonard cruzó la puerta adentrándose al pequeño hogar con muebles viejos. No se le podía llamar hogar a un lugar tan pequeño o ¿sí? Entonces fue hacia la alcoba y vio la espalda de la pequeña que ponía trapos mojados en el rostro de la mujer.

Leonard dio dos pasos al frente. Pero Leonard que tenía la mirada puesta en la pequeña no se percató de los ojos verdes que lo observaban desde la esquina de la habitación.

—¡Elizabeth! —Leonard la llamó.

La niña asustada de que el tendero la hubiese seguido giró su cuerpo de inmediato. Y sus ojos oscuros se posaron en los verdes de él. La niña era hermosa, con su cabello caoba y piel blanca, y el rostro en forma de corazón. Emocionado se acercó a ella y acarició la mejilla de la niña con su pulgar.

—Ya le pagué… —susurró la pequeña.

Pero antes de que él pronunciará algo, los tosidos de la mujer que yacía recostada en la cama atrajeron su atención. Pudo ver por sus manos que estaba extremadamente cadavérica, su cabello oscuro y reseco, cubría su rostro.

Poco a poco, acercó su mano para quitar el cabello del rostro de la mujer. Soltó un jadeó al ver que la mujer que estaba inconsciente y muriendo, efectivamente, era Gabrielle. La había encontrado, después de tantos años, el destino le había devuelto aquello que había perdido. Ella volvió a toser y la pequeña llevó un paño a la boca de su madre.

La niña vio el paño, no había sangre todavía por lo que pensó que podían salvarle la vida.

Leonard parecía encantado con la pequeña niña que ignoró a Gabrielle, quería abrazarla, pero estaba tan conmocionado que no sabía muy bien qué hacer o por dónde comenzar.

Y no fue hasta que la pequeña volvía a hablar que un balde de agua fría cayó sobre él.

—Elizabeth, el medicamento. ¡Hay que dárselo ya!

La niña miraba detrás de su espalda.

Leonard frunció el ceño, esta niña había llamado a alguien Elizabeth, poco a poco fue girando su cuerpo para encontrar a otra niña con el frasco de medicina y una cuchara en las manos, mirándolo con sus enormes ojos verdes con una frialdad que lo hizo sentir pequeño y cohibido.

Ella se acercó a su madre sin quitarle la vista de encima, retándolo a decir algo, o paralizándolo simplemente para quedarse como un espectador. Se acercó a su madre y luego la escuchó decir con voz cantarina y engañosamente cariñosa a la otra niña:

—Levántala y tápale la nariz.

Leonard al notar lo que pretendía hacer le pidió:

—¿Puedo ayudarte?

Tras mirarlo un momento asintió, Leonard le quitó el medicamento se sentó a un lado de la cama y levantó el rostro de Gabrielle girándolo de manera recta. Fue entonces que notó la cicatriz en su mejilla izquierda, que desfiguraba el que una vez había sido el rostro más hermoso que había visto.

Impactado no hizo nada más que sentir pena, lástima por ella y preguntarse ¿qué era lo que Karam Asadi le había hecho además de eso?

—¿Ayudará? —la niña de ojos verdes y que ahora sabía se llamaba Elizabeth le preguntó. Su rostro mostraba impaciencia y enojo.

—Sí, lo siento. Hace mucho que no veo a tu madre —dijo tanteando el terreno, ahora no estaba seguro de nada. Y se preguntó si en realidad era una pesadilla o qué.

—Señor, deberíamos llevarla a un hospital. ¿No lo cree? —La voz de Tomás lo trajo a la realidad después de no saber que hacer o decir frente a esas niñas. Preguntándose cuándo había llegado.

Le habían dado el medicamento dos horas antes y Leonard estaba cambiando los paños para bajar la temperatura, pero el medicamento no había funcionado o no se notaba las niñas estaban tomadas de las manos de pie muy quietas mirándolo hacer de enfermero. No uno muy eficiente al parecer.

—No tenemos dinero —dijo la niña que le había dado el relicario.

—¿Cuál es tu nombre?

—Resise.

—Ella es tu madre.

—Eso no es de su incumbencia —Leonard notó que Elizabeth poseía el carácter dominante en la relación con la otra. La manera en la que le había tendido la mano para que Resise fuera hacia ella, el como sujetaba la muñeca de Resise, como si esta fuera a escapar o las fueran a alejar.

—Lo sé, solo que como dije antes conocía a tu madre y no sabía que tenía dos hijas.

—Somos mellizas —respondió Elizabeth. Resise giró su rostro hacia Elizabeth, pero Leonard no pudo captar desconcierto ante las palabras de la que llevaba el nombre de su hija.

—¿Y su padre? —susurró Leonard.

—Está trabajando. Mamá le mandó una carta hace un par de días; pero no regresa.

—¿Dónde está?

—Colorado —respondió Elizabeth. Y luego añadió—: ¡Él vendrá pronto!

—Es probable que la carta todavía este aquí en el correo. Para cuando tu padre reciba la carta… habrá sido demasiado tarde para tu madre. Ella habrá muerto —Resise jadeó—. Llevaremos a tu madre a un hospital…

—Pero… —Leonard levantó una mano para silenciar la replica de Elizabeth.

Esa niña era extremadamente inteligente y estaba a la defensiva a diferencia de Resise, parecía la mayor, la que estaba a cargo. Su parecido con Gabrielle era perturbador. Era como si estuviera discutiendo con su terquedad, ella lo miraba a los ojos y lo peor no le temía a pesar de ser un desconocido.

—Yo pagaré los gastos y cuando tu padre esté de vuelta, podrá pagarme. Sí el dinero es lo que te preocupa.

Resise se acercó a Elizabeth y le susurró algo al oído que Leonard no fue capaz de escuchar o Tomás. Elizabeth, aunque se inclinó a Resise no despego sus ojos de Leonard.

—Usted tiene el relicario. Mamá dijo que valía mucho. Las piedritas blancas son diamantes. ¡Pague el hospital con eso! ―dijo angustiada.

Leonard asintió.

—Vendrán con nosotros —les dijo. Luego se dirigió a Tomás—: ¡Lleva a las niñas al coche, bajaré con Gabrielle enseguida!

—Su nombre es Gabrielle —dijo Elizabeth antes te jalar a su hermana hacia la salida.

Leonard había girado su rostro de inmediato a Elizabeth, encontrando reproche en su mirada.

.

.

.

Cuando Gabrielle con un grupo de enfermeras y un médico desapareció en la sala del hospital, Leonard caminó hacia Tomás y con un susurro para que las niñas no escucharan dijo:

—Envía un telegrama a mi padre urgente y llama a mi madre. Dile que las encontré.

Tomás asintió. Y depositó una mano en el hombro de su patrón tomándose un atrevimiento por demás inadecuado. Sin embargo, fue imposible para él no hacerlo, Leonard, parecía atormentado. Tal vez, el señor podía engañar a sus padres o a la cobra, como llamaba Blaire a la novia de su señor, Heidi, pero a la gente que vivía con él… que lo conocía de verdad… No.

—Por supuesto señor, todo saldrá bien.

Leonard se sentó frente a las niñas, las miraba embelesado. Intentaba hallar algún parecido con Amber o con su padre, incluso con Robert. Los ojos inocentes y nobles de Resise de vez en cuando se encontraban con los de él, pero tan pronto como lo hacían ella desviaba su mirada y se sonrojaba. Era una cosita dulce.

En cambio, la postura de Elizabeth, era muy diferente; sentada como una pequeña señorita bien educada, con la espalda recta, mantenía el rostro desviado hacia un lado mirando hacia la recepción. Una clara muestra de desprecio a su persona. Aunque le pareció gracioso, ver la ceja izquierda altanera llena de superioridad. Sus labios fruncidos y su mirada un tanto perdida en pensamientos que no podía alcanzar. Porque, ¿qué podía estar pensando una pequeña niña con tanta concentración y seriedad? Él a su edad ni siquiera sabía que estaba condenado a una muerte temprana, era pura inocencia y melancolía.

—¿Cuántos años tienes?

Resise levantó la mirada de su regazo para ver al hombre mirando a Elizabeth, con una emoción espeluznante. Tenía miedo de que finalmente ese hombre se llevara a su hermana y a su madre lejos de ella. Elizabeth le había susurrado dentro del coche que ese hombre era "él".

Le soltó un codazo a Elizabeth quien había ignorado al hombre. Cuando ambos se dieron cuenta de que estaban siendo ignorados se miraron a los ojos. Resise respondió por las dos.

—Nacimos el 27 de agosto de 1913.

Leonard se dio cuenta de que la fecha era la misma que de la muerte de Zoe Tanner. Era posible que Resise no fuera su hija que les hubiesen mentido diciéndoles que eran hermanas mellizas, cuando no lo eran, o ¿sí?

—Y su padre, ¿Cómo se llama?

—Diego Tanner —respondió Elizabeth sin mirarlos a la cara.

Fue una puñalada para Leonard saberlo. ¿Por qué nunca encontraron a ese hombre? ¿En qué falló?

—¿Siempre han vivido allí?

Elizabeth soltó a Resise, se puso de pie y caminó hasta posarse frente a Leonard y respondió:

—¿Qué es lo que quiere? ¿Usted no es amigo de mi madre? ¿Está mintiendo? Así que deje de mentir, y de querer saber sobre mis padres. Si quiere saber algo espere a que mamá despierte.

—Solo quiero ayudarlas.

—O robarnos. Mentiroso.

Elizabeth dio media vuelta y buscó un asiento alejado de Leonard Du Pac. Resise que había permanecido sentada se puso de pie y miró a Leonard.

—Mamá siempre dice que no debemos confiar en nadie, incluso en los que dicen ser amigos, y mucho menos en los que parecen ser buenas personas.

La niña caminó hacia su hermana y se sentó junto a ella. Leonard vio sus pequeños pies balancearse mientras recargaba la cabeza en el hombro de Elizabeth, que continuaba mirando la puerta por donde su madre había desaparecido.

Habían pasado varias horas sin tener noticias de Gabrielle; y era probable que las niñas no hubiesen comido en por lo menos un día. Se maldijo por ser estúpido.

Leonard se acercó a ellas, y carraspeó antes de hablar:

—¿Tienen hambre niñas?...

—¿Familiares de Gabrielle Tanner?

Leonard hizo una mueca al escuchar el nombre que Elizabeth le había dado a la enfermera antes de que él hubiese podido responder. No estaba seguro ni siquiera de cómo se llamaba en esa su nueva vida.

Las niñas caminaron hacia el doctor, pero Leonard las detuvo sujetándolas de los hombros. Ellas levantaron el rostro para mirarlo, así que se puso en cuclillas y les dijo:

—El doctor no les dará el informe, yo lo tomaré por ustedes y se los diré.

Luego se levantó y caminó hacia el doctor.

—Soy su exesposo. Leonard Du Pac.

—Padece de Neumonía, ¿sabe si ha estado en contacto con alguien con tuberculosis, porque el medicamento que le suministraron es para ese mal. Y ella no lo tiene.

—No lo sé, acabo de llegar a la ciudad. Ella me envió una carta hace un mes y aquí estoy. Ella no mencionó nada.

—Bien, ella ha despertado por lo que, si quiere, puede entrar a verla.

—Gracias, doctor.

Leonard regresó al lado de las niñas.

—¿Cómo está mi mamá? —preguntó Resise.

—Está dormida, voy a llenar unos documentos y pagar el hospital. Así que quédense con Tomás. ¿de acuerdo? Y no se alejen.

Resise asintió y luego se sentó de nuevo en su lugar.

Cuando Leonard entró en la habitación de Gabrielle, ella miraba el techo. Estaba delgada y demacrada.

—Gabrielle.

Ella giró su rostro hacia él. Sus miradas se cruzaron, Leonard no sabía que esperar de ese encuentro, no sabía exactamente que sentir o si realmente sentía algo por ella. Pero cuando ella pronunció su nombre con un susurró el mundo se desvaneció a sus pies y de pronto se sentía como ese hombre que una vez fue. Joven, ilusionado y enamorado.

—Leonard.

—¿Quién de las dos…?

—Creo que ya lo sabes —ella tosió—, ¿están bien?

Leonard, no quería sentir lástima por ella, no quería compadecerse, deseaba odiarla, aborrecerla. Porque el anillo de matrimonio que yacía en su mano lo quemaba por dentro. Lo mataba.

—Sí. Me las llevaré y cuando te recuperes puedes enviar por Resise. Pero Elizabeth se quedará a mi lado, de donde nunca debió salir.

Miró con dolor como ella negaba con la cabeza en negación.

—Por favor no, no lo hagas ella es mi hija.

—¿Y no es mía? ¿Es de Ramin, Gabrielle?

Ella negó.

—Por favor.

—¡Eres una asesina! —Ella jadeó con dolor—. ¿Qué clase de vida le espera a Elizabeth a tu lado? Siempre huyendo, mintiendo. Es mi hija una Du Pac y mi heredera. Yo le daré todo lo que tu no puedes darle, por una vez en tu vida no seas egoísta.

—Por favor, por favor…

Leonard se preguntó si ella les había mentido a todos incluyendo a Blaire, y en realidad Gabrielle había huido de Leonard porque en verdad no lo amaba. Y no porque realmente temía a que le quitarán a Elizabeth. ¿Gabrielle sería capaz de abandonar a su hija para salvarse así misma? Si era así, podría odiarla y definitivamente olvidarla. Continuaría su vida con Elizabeth de su parte. Su hija se daría cuenta de lo mala y egoísta que es Gabrielle y la odiaría.

—Le diré a Elizabeth que has muerto, creo que es mejor esa mentira que la verdad de que su madre es una asesina.

Leonard dio media vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás.

—No, Leonard espera…

Gabrielle intentó levantarse, pero estaba tan débil que le fue imposible ponerse en pie sin caerse. Una enfermera entró y la recostó de nuevo en la cama.

Leonard dejó pagado el hospital por una semana más junto con los medicamentos y solicitó que se le entregara una carta a Diego Tanner en caso de que Gabrielle no sobreviviera a la enfermedad, era la dirección en donde se encontraría Resise en Chicago, y donde él podría recogerla. El director del hospital estaba renuente de dejarlo salir con las niñas, pero Leonard le había explicado que Elizabeth era su hija y mientras se recuperaba Gabrielle él se haría cargo. Además, dejaba los datos para que el padre de Resise pudiera recuperarla.

Leonard sabía que era un golpe fatal para Gabrielle quitarle sus hijas, pero ella no había tenido ninguna compasión para abandonarlo sabiendo el estado deplorable en que lo había dejado. Ni una nota y ni siquiera una explicación. Le negó la dicha de su hija y él no la perdonaría, aunque se muriera por hacerlo. Gabrielle hizo una nueva familia, se casó con otro hombre, lo olvidó mientras que él siempre estuvo recordándola y buscándola. Entonces… se podía ir al infierno.

Leonard vio a las niñas susurrándose en el oído. Cuando llegó hasta ellas, no se detuvo a pensar por un momento en el daño emocional que les causaría, pero si no les mentía ellas no irían con él. Lo sabía.

—Niñas —ellas levantaron su rostro y Leonard se puso en cuclillas para estar a su altura—. Su madre murió.

Tomás Wilson llevaba a una histérica Elizabeth, mientras que Leonard sostenía a Resise, subieron al auto y llegaron a su hotel, donde ordenó se les diera de cenar, aunque se negaron a hacerlo. Rendidas, el sueño las llevó a un lugar donde podían descansar del dolor de perder a su madre.

A la mañana siguiente Leonard fue a la casa de Gabrielle o Gabrielle Tanner, habló con el arrendatario y supo de él, que Diego se había marchado hace más de seis meses, la mujer con la que había trabajado Gabrielle murió hacía un mes de tuberculosis y que Gabrielle enfermó dos semanas después. La mujer había estado trabajando en el muelle haciendo quién sabe qué con los marineros mientras que sus hijas esperaban su regreso. Unas niñas muy listas y autosuficientes.

También fue muy evidente su malestar por el hecho de que Diego las hubiese abandonado que no les había escrito en tres meses. Y que le debían dos meses de renta. Leonard cubrió el adeudo y dos meses más. Esperaba fuera suficiente para que Gabrielle se recuperara.

Al regresar al Hotel les anunció a las niñas que se quedarían con él hasta que el señor Tanner fuera por ellas. Horas más tarde, abordaron el tren que los llevaría a Chicago.

Las niñas apenas comían y hablaban menos. Resise se rehusaba a decir nada más que monosílabos y Elizabeth, se negaba ha hablar con Leonard. Ella siempre se dirigía a Tomás, por lo que Leonard sentía que perdería la cabeza. Su hija lo despreciaba tal y como Gabrielle había hecho en el pasado.

Cuando llegaron a Chicago, Amber y León Du Pac los recibieron en la estación de trenes. Al verlo llegar con las dos niñas creyeron que su hija era aquella que llevaba en brazos.

Cuando Amber se acercó con el rostro bañado en lágrimas y con el claro deseo de arrebatarle a la niña Leonard pronunció:

―Ahora no madre. Espera a que lleguemos a casa.

Elizabeth caminaba de la mano de Tomás Wilson. León notó de inmediato el parecido con Gabrielle. Sobre todo, por la mirada llena de odio que le dirigía a Leonard cuando este no la miraba.

Cuando llegaron a la mansión Leonard llevó a las niñas hasta el salón de té que había permanecido cerrado desde que Gabrielle se había ido. Era un lugar hermoso y femenino. Amber y León se sentaron en un sofá frente a las niñas y Leonard permaneció de pie detrás de ellos. Luego, se puso de pie frente a las dos niñas que estaban sentadas muy juntas y mirándolo hacia sus regazos. Sus manos unidas en un fuerte agarre. Leonard lamentaba lo que iba a hacer, pero mientras más rápido afrontaran la verdad sería mejor para ellas.

―Elizabeth, Resise; me temo que sus padres les mintieron y ustedes no son hermanas mellizas ―Elizabeth rio con amargura. Resise no lo miró, pero su labio tembló ligeramente—. Lo sabían.

Dedujo Leonard, al ver que no había asombro en sus rostros. Elizabeth levantó la mirada.

—Elizabeth tú eres mi hija. Y cuando diego se entere de la muerte de tu madre vendrá por Resise. Tú te quedarás conmigo.

Resise soltó a llorar. Más Elizabeth no.

―Yo me iré con mi padre.

—Él no es tu padre.

―Sí lo es. Me ama y yo lo amo. ¿Quién es usted? ¿Por qué ahora me quiere? O es su padre el que me quiere.

―¿De qué hablas, Elizabeth? ―León preguntó.

Ella miró al hombre rubio y desconocido para luego ignorarlo.

―¿Por qué me quieres aquí? ―Elizabeth le preguntó.

―Porque te amo.

―No te creo. Eres un mentiroso.

―No, no lo soy.

—Sí lo eres. Le dijiste a mi madre que la amabas y luego quisiste matarla. Te odio, siempre lo haré y siempre querré huir de ti.

Ella se dio la media vuelta y salió corriendo al pasillo. Leonard sabía que no se iría sin Resise, por lo que no fue tras ella. ¿cómo podía Gabrielle haber sido tan cruel para decirle algo así a una niña?

.

.

.

Una semana después las niñas ya se habían instalado en la habitación de Gabrielle Blaire las entretenía y las mimaba, pero seguían tristes. Solo cuando se sentaba con ellas en el prado y les contaba historias de Gabrielle parecían más tranquilas. Leonard no había podido acercarse a Elizabeth ni a Resise pues ahora la niña le tenía miedo.

Fue una tarde mientras comían que Gabrielle llego a la Mansión de las Cariátides por sus hijas.

Gabrielle llegó empujando al pobre y viejo Ralph en cuanto este abrió la puerta, de pie frente a las escaleras gritó lo más fuerte que pudo el nombre de su hija:

—¡Elizabeth!

Cuando las niñas escucharon a su madre miraron a Leonard con odio antes de salir corriendo del comedor al encuentro de Gabrielle.

―¡Mamá!

—¡Mis bebés!

—Dijo que habías muerto, dijo que habías muerto —gritaba Resise. Gabrielle vio a Leonard con la mirada fría posándose en ella.

—Creyó que moriría, bebé, pero eso no pasará estoy aquí.

Elizabeth sujetó a su madre fuertemente mientras le sacaba la lengua a Leonard. Por un momento el sonrió. No pudo evitarlo ella era como su madre.

―Gabrielle hablemos.

—Niñas espérenme aquí.

Ambas niñas asintieron y se quedaron sentadas en el piso mirando por donde se había marchado su madre con el hombre malo.

Cuando entraron en el despacho, un mar de recuerdos cayó en sus mentes; pero Gabrielle ya no era una niña y descartó esos recuerdos lejanos de su mente.

―Eres un tonto si creíste que no vendría por Elizabeth.

―Llamaré a la policía.

—Hazlo, no tengo miedo. Ella sabrá que me condenaste y entonces nunca te amará.

—No te irás con ella.

—No la dejaré.

—Pues entonces solo tienes dos opciones Gabrielle, abandonar a Elizabeth o abandonar a Resise.

―¿Qué?

—Mi padre te dijo que podías quedarte con tu hijo como una señora respetable al lado de tu esposo o marcharte con un montón de dinero siempre que dejes al heredero Du Pac con nosotros.

—¿Qué?

—Cásate conmigo. Quédate con nosotros, si es que en verdad amas a Elizabeth.

Nota:

¡Upss!

Gracias por todo les mando un abrazo.

Por las prisas no hay más notas.

Su opinión vale oro.

Chapter 20: Chapter 20

Oscuro Corazón

Los personajes de crepúsculo no me pertenecen solo la trama de esta historia. No autorizo la publicación o adaptación de este material en ninguna parte.

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Capítulo 18

Quédate conmigo

Parte II

Escena perdida: Háblame de ti

En el momento que, Leonard escuchó la voz de Gabrielle, su corazón dio un brinco o tal vez fue su cuerpo, y como siempre ocurría cuando la tenía cerca se sintió atraído por ella en ese instante, una fuerza extraña lo hizo ponerse de pie y salir detrás de sus hijas, más emocionado y secretamente feliz y nervioso por volver a verla. El llamado a su bebé, Elizabeth, con su voz cantarina no era nada más que el rugido de una leona que venía a pelear por su hija.

En el pasado cuando creía que no viviría para ver a Gabrielle siendo la madre de su hijo; pensó que ella tendría que luchar en contra de su propia familia —los Du Pac—, por su independencia después de su muerte. Y aunque en ese momento no dudaba del buen corazón de Gabrielle y su valentía para enfrentarse a cualquiera, sí lo hizo ahora. Secretamente agradeció por haber estado muy equivocado, porque ella había vuelto.

Podría fingir una mirada dura y fría —cuando la vio al pie de las escaleras con sus hijas abrazadas a ella—, sin embargo, lo que sentía por dentro distaba mucho de ser verdad. Sintió una emoción cruda al advertir su mirada llena de amor infinito profesado a esas niñas y, la dureza y ferocidad al mirarlo a él. Siempre fue consciente de su ausencia en su vida; los días nunca volvieron a ser coloridos ni brillantes sin ella, no había magia ni un verdadero interés por vivir y comerse al mundo porque era feliz; sin ella las noches eran frías, sus venas carecían de fuego. Solamente quedó el deseo vacío e insatisfecho. Con Gabrielle había lujuria insaciable y una obsesión maniática por su cuerpo, pero sobre todo por sus palabras indiferentes, sarcásticas e hirientes. ¿Habría cambiado su manera de ser? Se preguntaba con una sonrisa interna. Quería volver el tiempo a esos días en los que ella se aferraba a la crueldad para no amarlo.

¡Qué equivocado! ¡Qué tonto! Cómo pudo pensar que por fin podía vivir sin necesitarla a su lado. Cómo pudo creer que amaba a Heidi sobre Gabrielle, si ahora sus manos temblaban al verla y su corazón latía desbocado de anticipación. Se relamió los labios resecos ante el deseo de sus besos. No, no le importaba estar a una semana de su boda, iba a romper el compromiso. Porque definitivamente Gabrielle volvería a sus brazos. Ya que la vida no solo era corta, sino a veces cruel como para perder el tiempo con sentimientos poco profundos.

Ella una vez lo amó lo suficiente para aceptar quedarse a su lado, pero sabía que, su amor por Elizabeth era más grande que el amor que pudiera sentir por un hombre. Gabrielle era esa clase de mujeres que se entregan ciegamente solo una vez y ahora ese amor ciego estaba bien muerto por su propia mano. Su amor por él no fue suficiente para hacerla volver, así que dudaba que el amor por ese tal Diego fuera más grande que su amor por Elizabeth. Él le dio la oportunidad de volver a huir, de ser libre y feliz con aquel a quien verdaderamente ama, pero ella volvió por el mayor tesoro que una mujer puede llegar a tener. Su hija. Diego no le importaba más de lo que hizo Elizabeth y eso lo llenó de dicha.

—Gabrielle hablemos…

Cuando entraron al despacho, la vio mirar a su alrededor su rostro tal vez sorprendido al ver que nada había cambiado y por una milésima de segundo sus ojos verdes se posaron en la entrada de la habitación secreta. Sí ella recordaba bien. Tal vez, solo tal vez…

―Eres un tonto si creíste que no vendría por Elizabeth.

Sí lo fue, lo aceptaba. Pero ella estaba aquí, a su alcance y no se detendría en intentar recuperar a Elizabeth y a Gabrielle, aunque no lo quisieran ellas eran sus mujeres.

―Llamaré a la policía.

—Hazlo, no tengo miedo. Ella sabrá que me condenaste y entonces nunca te amará.

—No te irás con ella.

Tomó asiento detrás de su escritorio porque necesitaba tener algo separándolo de ella antes de cometer la estupidez de arrancarle la lengua venenosa y grosera a besos.

—No la dejaré.

—Pues entonces solo tienes dos opciones Gabrielle, abandonar a Elizabeth o abandonar a Resise.

Leonard sonrió con maldad y se dio una palmada en el hombro, mientras se decía: ¡Buen chico! Claro que él sabía que ella no abandonaría a Elizabeth, pues había viajado todavía débil y convaleciente de su enfermedad. Y en cuanto a Resise… podía decir que la amaba tanto como a su propia hija, por lo que tampoco la abandonaría. Así que agradecía que el estúpido de Diego no estuviera a la vista, rezaba porque el hombre desaparecido realmente hubiera decidido huir de su familia, o mejor, que estuviera muerto. No le importaría agregar a la familia a Resise, ciertamente la nena era un encanto y le gustaba; y si sus mujeres la amaban, él también lo haría.

―¿Qué?

—Mi padre te dijo que podías quedarte con tu hijo como una señora respetable al lado de tu esposo o marcharte con un montón de dinero siempre que dejes al heredero Du Pac con nosotros.

—¿Qué?

—Cásate conmigo. Quédate con nosotros, si es que en verdad amas a Elizabeth.

—¿Estás demente? ―el rostro desencajado de Gabrielle casi le provoca una carcajada a Leonard.

—Nunca he matado a nadie en mi vida… así que no. Más bien creo que tu cabecita loca no te permite discernir correctamente.

—¡Creí que te casabas en una semana! —dijo sorprendida.

Leonard levantó las cejas asombrado, y no pudo evitar sonreír.

—¡Vaya! Quién iba a creer que estarías interesada en mi vida privada después de abandonarme y rehacer tu vida sin importarte una mierda dejarme como lo hiciste sin ninguna explicación y…

—¡Intentaste matarme, imbécil!

—¡Y tú dijiste cosas terribles! ¡Mierda! ¡Iba a matarme y dijiste que lo hiciera, como si yo no te importara!

—Pues era la única manera de hacerte entrar en razón para no hacerlo. Porque estaba distrayéndote para que Ralph te detuviera.

—¡Maldita sea! Me mentiste en todo, te viste con él. Intentaste dormirme para reunirte con ese perro mal nacido, lo vi besarte… estaba tan lleno de ira, te pedí que no te fueras que te quedarás y aun así tomaste la decisión de encontrarte con él, en la estación de trenes.

—¡Fui por el dinero de mi padre! —gritó iracunda.

—¿Por qué nos mentiste? ¿Por qué no dejaste que lo atrapáramos? Lo seguías amando, ¿cierto?

—¡Cometí un error! Fue un error. Y lo he lamentado en cada momento de mi vida desde entonces. Y si tú lo sabías todo, ¿Por qué no me lo dijiste? Ramin tenía razón tú no confiabas en mí, tú al igual que todos esperaba verme fracasar, fallarte. Mírame a los ojos y dime que no es así.

Leonard asintió mirándola a los ojos. Ella tenía razón.

―Me equivoqué y también lo siento —Leonard suspiró—. ¿Por qué lo mataste?

―Porque… porque se dio cuenta de que estaba embarazada e iba a hacerme perderla.

—¿Ibas a decirle que era suya?

—No, claro que no. Quería recuperar… quería robarle y luego huir. Me fui sin nada Leonard. Me di cuenta de que no podría hacerlo y si lo lograba él iba a encontrarme. Estaba loco. Ya no era el hombre que conocí o al menos nunca me había dado cuenta de su obsesión y locura.

—Y a pesar de haberle robado… devolviste todas las joyas.

Gabrielle miró hacia la habitación secreta y luego a los ojos enigmáticos de Leonard.

—Nunca hubiese podido venderlas sin que me encontraran después.

Leonard asintió.

—Lamento que no hayas vuelto y que me alejarás de mi hija. Así que no esperes a que te deje marchar con ella. Por Elizabeth mantuve una coartada acerca de tu desaparición Gabrielle. Estabas en Europa, atrapada en medio de la guerra. Así que tú decides si te quedas con nosotros o, te vas y de una vez para siempre, desapareces de nuestras vidas.

—No dejaré a Elizabeth y tampoco dejaré a Resise. Le prometí a su madre que nunca la abandonaría. Y no lo haré porque la amo. Diego…

—¡Me importa una mierda sus padres! —La mención del nombre de ese hombre lo irritaba.

—Ella salvó la vida de Elizabeth y la mía también. ¿Comprendes? Diego ha estado conmigo desde entonces.

—¿Y por eso también te ocupaste de su marido? ¿Por agradecimiento usurpaste su nombre para poder casarte con él? ¡Vaya, pero qué agradecida!

—¿Cómo lo sabes?

—¿Creíste que no estaría preparado para todo Gabrielle? Soy un hombre de negocios y uno muy práctico. No soy un idiota; no podrás llevarte a Elizabeth ni siquiera por la vía legal.

—Sí, ya veo. He sido muy estúpida al creer que podría quedarme con Elizabeth, ¿no?

—Ya te lo dije, a pesar de todo… mi amor por ella es auténtico y por Elizabeth soy capaz de cualquier cosa tanto como tú.

—No es cierto. ¿Qué has hecho tú por ella? Le dijiste que su madre había muerto.

—¿Qué he hecho yo por ella? Desde que te marchaste las he buscado —Leonard abrió el cajón de su escritorio y sacó un montón de documentos; eran todas las pistas, declaraciones de personas que la vieron alguna vez, nombres de mujeres que fueron asesinadas, niñas perdidas y recuperadas. Esperanzas rotas. Las arrojó a sus pies.

Las fotografías cayeron, actas de defunción, todas quedaron a la vista. Ella no se sentó cuando él le señaló la silla frente a su escritorio ni siquiera cuando él mismo tomó asiento. Gabrielle, tenía miedo de no poder salir corriendo de ese lugar en caso de que Leonard arremetiera contra ella. Por alguna extraña razón pensaba que él sacaría una pistola y le dispararía en el corazón como una vez había intentado hacer. No se dio cuenta de que había sido un trauma ver que la persona que amabas, deseaba matarte. ¿Fue así que se sintió Ramin? Pero al ver toda esa documentación supo del daño que les había hecho a ambos con sus estúpidas acciones.

—¡Dios mío!

—Y me preguntas: ¿qué he hecho yo por ella? Ahora lo sabes. Y si le he dicho que estabas muerta, Gabrielle, es porque te daba la oportunidad de salir de su vida limpiamente. Sí planeas pelear contra mí, ¿quieres que ella sepa que eres una asesina? Y si la dejas conmigo, ¿quieres que sepa que no la amas lo suficiente para dejar todo atrás y quedarte con nosotros? Pero ahora es demasiado tarde para pensar eso porque como siempre haces… has actuado de nuevo impulsivamente y con tanta inmadurez, que no te diste cuenta de que le has dado la oportunidad de recordar a su madre con todo lo bueno que has hecho por ella —Leonard intentó no quebrarse cuando soltó a llorar—. Deja de llorar Gabrielle que con eso no arreglaremos nada. Mejor siéntate.

Al fin ella le hizo caso. Se sentó frente a él.

—Para ti es tan fácil, ¿no? Tienes razón, soy una impulsiva, pero no quiero perderla. Lo perdí todo y he pagado por ello. No merezco perder a mi hija, Leonard.

—¿Por qué no puedes dejar de ser un poco menos egoísta? Yo amo a Elizabeth y estoy dispuesto a romper mi compromiso con la mujer que me ama y… —no podía decir que él también amaba a Heidi, porque sería mentir—. Y, ¿tú qué estás dispuesta a hacer por ella?

—No puedo dejar a Resise, no puedo elegir entre ambas.

Leonard asintió.

—Diego se marchó, ¿no es así? No has tenido noticias suyas y no tienes empleo. Aun si te llevaras a Resise estarías de nuevo sola y todavía sigues enferma. No sería tu culpa si decides quedarte. Resise, es una niña maravillosa. Mi casa estará abierta para ella también. Elizabeth, la adora; y yo no quiero hacerle daño, sino todo lo contrario. Sé que ella necesita a su madre y no planeo de ninguna manera suplantarte. Quédate esta noche, piénsalo y mañana, dame una respuesta.

Capítulo 19

Te lo digo yo, que todavía te amo

Gabrielle asintió, ¿qué más podía hacer? Estaba confundida, había despertado tres días después de qué él se marchó con sus niñas y luego, de un día más de recuperación, abandonó el hospital. Llegó a casa, tomó un par de prendas, habló con el arrendatario y le dejó una carta para Diego. Sin dinero para costearse el viaje, fue al muelle, hizo un par de trabajos y tomó el tren para volver a Chicago. Fue estúpida e impulsiva nuevamente, porque su único plan era recuperar a sus niñas. Sin una moneda en la bolsa. No tenía a donde ir, Diego se fue y aunque no había querido dudar de él, la verdad era que se sintió defraudada cuando dejó de enviarle dinero, y no tenía noticias suyas.

No quería creer que le hubiera ocurrido algo, pero tampoco quería pensar en que finalmente se había soltado las cadenas que lo ataban a Zoe, en este caso a Resise. Pero él la amaba, ¿no?

Cansada, sin dinero y enferma —porque todavía lo estaba—, decidió quedarse esa noche; pensar en la propuesta de Leonard y finalmente tomar una decisión que beneficie a las niñas. Su felicidad ya no importaba, se había resignado hace mucho tiempo en que ella nunca volvería a ser feliz con él. Aun si se casaran, había demasiado rencor, desconfianza y traición en sus corazones. Además, Leonard la había olvidado.

—Gracias, aceptaré tu invitación a quedarme.

—Bien, te llevaré a la habitación en donde han estado durmiendo las niñas. ¿Te gustaría compartirla con ellas o deseas una propia?

—No, no te preocupes. Está bien para mi compartirla con ellas.

—Perfecto —Leonard se puso de pie, con unos cuantos pasos rodeó el escritorio—. Le tendió la mano a Gabrielle, sin temor a ser despreciado; era más su deseo y la ansiedad que tenía por tocarla de nuevo.

Ella colocó su pequeña mano sobre la de él, apenas tocándola; sonrojada tal vez porque su mano estaba callosa, maltratada. Se puso de pie e intentó soltarlo; pero Leonard no la soltó. Planeaba llevarla de la mano por el resto del camino, pero en el último instante antes de que llegaran a la puerta se giró provocando que ella se estrellara con su ancho pecho, Leonard soltó su mano para sujetar su rostro con ambas manos y estrellar sus labios contra los suyos.

No pudo resistirse.

Ella no había esperado esa acción de su parte. No sabía cómo calificar su atrevimiento y no quería pensar en las razones de sus acciones. Impresionada, no supo qué hacer. Fue hasta que él mordió su labio inferior que ella abrió la boca soltando un grito que se ahogó en la boca de él, quería alejarse, cachetearlo y gritarle por su atrevimiento. Pero la calidez de su abrazo, el beso lleno de pasión y desespero la desarmó. No hizo nada más que cerrar los ojos y beber la miel de su boca. Olió su colonia, grabándola a fuego lento en su memoria.

Sus manos en su pecho sujetaban su saco con fuerza; por impotencia por el simple deseo de atraerlo más hacia su cuerpo y confundirse con su calor.

Leonard al ver que ella no ponía resistencia soltó su rostro y dejando viajar sus manos por los costados de su cuerpo hasta llegar a su cintura. La atrajo más cerca si es que eso se podía. Y como eso todavía no era suficiente la condujo en medio de la fiebre del beso, hasta que su pequeño cuerpo quedó entre él y la pared de libros. No había duda para Leonard que Gabrielle todavía sentía algo por él, porque si no lo hiciera ella hubiera luchado contra su agarre.

Soltó sus labios y abrió los ojos para verla respirar agitada. Los labios carnosos e hinchados lo llamaban depositó uno y luego otro y otro beso en ellos. Ambos estaban afectados por su cercanía, por el intercambio. Él deseaba más y ella estaba tremendamente dócil.

Así que continuó depositando suaves besos en sus labios luego en sus mejillas, por todo su rostro y al final comenzó a bajar por su cuello, ella respiraba rápidamente, giró su rostro para darle un mejor acceso a la piel sensible y fue en ese momento que él se percató de la mancha rojiza que ensuciaba su piel. Una marca que solo un amante podría hacer. Pero Diego no estaba cerca, y ella no tenía dinero cuando la dejo en ese hospital en Nueva Orleans; sin embargo, ella había hecho el viaje en poco tiempo. Él creyó que no iría y que si lo hacía tardaría un poco más.

Congelado en ese instante pensando en un millón de posibles causas que surgieron en su cabeza, razones o pretextos para darle explicación a esa marca.

La falta de acción por parte de Leonard, provocó que Gabrielle volviera en sí, que la realidad la alcanzara. Abrió los ojos y lo vio observándola con una agónica fijación en esa parte de ella en el cuello, con confusión y luego tormento. Entonces recordó lo que había en esa parte de su cuerpo y en otras más abajo.

—Gabrielle, ¿cómo llegaste aquí?

Gabrielle bajó la mirada, renuente a dejarlo ver el dolor y la vergüenza que sentía.

—Eso no es de tu incumbencia.

—Te dejó a tu suerte con su hija… ¡Es un maldito hijo de puta!

Ella lo abofeteó. Y él no daba crédito a lo que hizo. Se preguntó por qué lo defendía.

—Soy una puta, por si no te has dado cuenta. Y no hay nada de malo en serlo si con ello alimentas a tus hijos. Lo intenté, Leonard. Lo intenté, pero el tiempo no se detiene; cuando me quedé sin empleo lo intenté todo. Pero ellas tenían que comer, llevaba tres días sin poder alimentar a mis bebés, las vecinas tampoco tenían mucho para apoyar, aunque quisieran; Elizabeth se desmayó, así que hice lo que debía. Por lo que no te atrevas a juzgarme porque te juro por Dios que…

Leonard la silenció con otro beso, pero ella si puso resistencia esta vez. Y cuanto más luchaba, Leonard, más se aferraba a su tembloroso cuerpo y a sus labios. Deseando borrar los besos de esos hombres, las caricias sucias y baratas que profanaron su hermoso cuerpo. Se maldijo por ser un estúpido, por no hacer más por encontrarla. La maldecía por no confiar en él, por no darle otra oportunidad. Por no darle una oportunidad a León si en él no confiaba, porque León no le hubiera hecho daño si ella le hubiera explicado. Él la hubiese protegido incluso de su propio hijo. Porque León valoraba a la familia y lo que los unía.

Gabrielle nunca se había sentido tan sucia ni ultrajada como en ese instante. La primera vez que se vendió, se tragó su orgullo y se rehusó a llorar. La segunda vez, el hombre no fue considerado con ella, así que intentó en no pensar en lo que estaba pasando. Y a pesar de que todavía podía contar con los dedos de las manos, y recordar sus rostros, intentaba no hacerlo. Pero Leonard la hizo recordar, sus rostros, sus voces, sus palabras hirientes, sus manos y golpes.

Se sintió tonta, inadecuada y fea. Hubo una vez en que ella tenía un nombre, un apellido, tuvo belleza, sueños e inocencia. Ahora no le quedaba nada y se lamentó. Los besos de Leonard pararon, sus caricias rudas se convirtieron en gentiles. Su hermoso ángel todavía seguía allí. Bajo una máscara de enojo, cinismo y sarcasmo; y se sintió triste porque se dio cuenta de que, a pesar de todo, él todavía la amaba. Sí, se entristeció porque ella no podía corresponderle. No era adecuada, Leonard necesitaba a alguien mejor.

—Lo lamento, Gabrielle. Perdóname por haber roto tu confianza en mí. Por no haber confiado en ti, perdóname por hacerte huir. Lamento haberte fallado. Siento todo lo que has sufrido.

» Gabrielle, quédate conmigo. No lo justifiques, no lo defiendas; porque haberte abandonado, no tiene nombre ni perdón.

—¿Lo dices tú, que quisiste matarme?

Leonard sonrió con amargura, todavía mantenía a Gabrielle entre sus brazos, ella ya no luchaba. Estaba cansada y débil.

—Lo digo yo, que todavía te amo.

.

.

.

Blaire se levantó esa mañana tan desanimada como los días anteriores. Pero afortunadamente las hijas de su señora Gabrielle estaban sanas y salvas con ellos. Había visitado con Colt algunas de las tiendas de ropa e instrumentos didácticos para que las niñas continuaran con su educación. Y durante el regreso a casa Blaire pensó en cuando el señor llegó con sus padres y esas dos niñas, en ese momento, no sabían exactamente qué pensar. Pero luego que él les explicara con detalles sobre su pequeño encuentro con Gabrielle y que estas eran su hija Elizabeth y Resise la hija de Gabrielle con otro hombre. A pesar de que ella hizo su vida con otro hombre, nadie se atrevió a juzgarla. Blaire se sintió culpable por haber ayudado a Gabrielle a cometer tantos errores. Por haber detenido a Leonard lo suficiente para no correr detrás de Gabrielle. Lloró por ella porque la amaba, era su amiga y no merecía haber muerto. Lloró por las niñas que ahora se quedarían sin su madre.

Blaire le pidió a Leonard que le permitiera cuidar de ellas, servirles. Y la señorita Colt pidió ser su institutriz. Aseguró que se encargaría de ellas como no lo hizo con Gabrielle cuando era una niña. Blaire estaba segura de que Colt ahora su tía, pues se había casado con Ralph, sentía una enorme culpa que la perseguía por cada rincón de la casa, y que al ver que tendría una segunda oportunidad con esas niñas no la desaprovecharía. Pues constantemente colmaba a las niñas de palabras dulces y golosinas, incluso, a Elizabeth le permitía llevarse un terrón de azúcar después del té, para que degustara cuando así lo quisiera.

Esos pocos días habían intentado animar a las niñas. Colt les contaba historias de Gabrielle de cuando era una niña de su edad, sus travesuras y les hablaba del abuelo Robert al que pronto conocerían. Honestamente no sabían qué estaba esperando Leonard para decirle al viejo que había encontrado a su nieta y a su hija. Pues los habían visto trabajar juntos para encontrar a Gabrielle.

Colt decía que el señor Leonard temía que Robert intentara arrebatarle a Elizabeth, ya que esta parecía renuente a entablar una relación con él. Ella decía que Elizabeth era tan parecida a Gabrielle que a veces era como si ella hubiera vuelto a nacer.

Colt estaba realmente sorprendida de que Gabrielle le contará a la pequeña lo que había pasado entre Leonard y ella en esa última vez que se vieron. La niña parecía no aceptar y guardar un terrible rencor hacia su padre.

Las niñas parecían haber tenido una vida difícil, tampoco intentaron justificar a Leonard, ni siquiera él lo hizo, simplemente les dijo que cuando tuvieran la edad suficiente retomarían el tema.

Las niñas eran autosuficientes, pues se bañaban y vestían solas, y entre ellas se peinaban. Ella había querido ayudarlas, pero las niñas se habían negado hasta el llanto. Colt descubrió que eran extremadamente inteligentes y que sabían leer y escribir muy bien, estaban educadas y tenían unos modales impecables. Su señora había hecho un muy buen trabajo con ellas.

Blaire solía contarles como era su madre cuando llegó a esa casa y como su señor y ella se había acercado. Elizabeth reía cuando le contaba lo mal que se llevaban y lo mucho que hacia rabiar a su padre. Pero cuando le contaba de lo mucho que ella lo amaba, Elizabeth dejaba de sonreír. Leonard les había pedido que no les dijeran nada sobre el estado de su corazón. Resise parecía fascinada con la historia de amor de ellos y comenzaba a mirar a Leonard embelesada durante las comidas. Y le había confesado que su mamá y su papá nunca se habían besado. Blaire le contó a Leonard.

Cuando finalmente Blaire y Colt llegaron a la casa les extrañó que las niñas estuvieran sentadas en el piso mirando hacia el despacho de Leonard.

—Niñas, ¿qué pasa?, ¿por qué están sentadas aquí?

—Mamá está con el hombre malo —respondió Resise.

—¿De qué están hablando?

—Mamá no está muerta y Leonard se la llevo a su despacho —dijo Elizabeth.

Blaire caminó rápidamente hacia el despacho y cuando estuvo frente a la puerta y se dejó llevar para entrar sin permiso.

Encontró a Leonard abrazando a su señora, y se maldijo porque ahora había interrumpido un momento importante. Pero ya estaba allí, ¿no?

—¡Mi señora!

Leonard soltó de mala gana a Gabrielle y ella corrió al encuentro de Blaire. Aunque a Blaire le pareció más como si ella intentará huir de Leonard.

—Blaire lleva a Gabrielle a la alcoba de las niñas. Necesita descanso. Y llama al médico para que la revise mañana a primera hora.

.

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Leonard se había quedado en el despacho, temblando, emocionado, suspirando y tocando sus labios. Se sentía vivo. Por primera vez desde que ella se había ido se sentía vivo y feliz. No estaba dispuesto a dejarla ir, a perderla por estupideces ni siquiera por otras personas que no significaban nada para ellos. Lo sabía su corazón lo sentía ella no amaba a ese Diego más de lo que él amaba a Heidi.

Soñando, ideando una y mil estrategias para atarla a su lado perdió la noción del tiempo. Era de noche cuando finalmente decidió salir de su escondite, para ir a su alcoba. Y fue en las escaleras donde se encontró con Blaire.

—¿Dónde está Gabrielle?

—¡Ah! Ya no la quiere perder de vista ¿eh? ―se burló Blaire.

—¡Blaire!

—¡Huy! Y yo que creí que mi señora le había dado el antídoto de tanto veneno que la cobra de Heidi le inyectó a ese estado de ánimo perverso que tiene.

—¿Cobra? —preguntó extrañado y fingiendo enojo.

—¿La va a defender? ¡Hágalo y le diré a mi señora!

—Heidi será tu señora, no me importa lo que Gabrielle tenga qué decir al respecto.

—¡Vaya con ese cuento a otro lado! Usted está loquito por ella. ¡Ja! Ni siquiera se acuerda de si acaso, sus hijas comieron o no… ¿Dónde está Gabrielle? —arremedó—. Su Gabrielle se bañó, comió y se recostó toda la tarde. Pobre estaba tan cansada y tuvo un poco de fiebre, pero luego de un tónico que le dio Colt…

—¡Tu tía!

—¡Va! Todavía no perdono a ese viejo Ralph. ¡Mira que darme una tía tan gruñona!

—Eso te sacas por impertinente. Y Luego ¿qué más?

—Le bajó la temperatura. Las niñas estuvieron jugando en la habitación. No querían perder de vista a su madre. Y ahora lo odian más que ayer por su mentirota. ¿Por qué nos mintió?

—Creí que ella moriría o…

—La dejó a su suerte.

—Me equivoqué, ella está casada o eso pensé en un principio. No sé Blaire estaba furioso.

—No lo haga.

—¿Qué?

—Dejarse llevar por el enojo. Por favor prométanmelo.

—Te lo prometo Blaire. No volverá a ocurrir. No perderemos a ninguna de ellas.

—Gracias. Dejé sin seguro la puerta de su alcoba que conecta con la de su Gabrielle.

Blaire pasó a un lado de Leonard, mientras le daba una sonrisa pícara. Él solo respondió negando con la cabeza.

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Gabrielle estaba en la que una vez había sido su habitación, las niñas dormían plácidamente en su cama y ella estaba a su lado mirándolas dormir. El muy maldito Leonard las había hecho sufrir de una manera que no tenía perdón. Así, si sus razones eran validas no pensó que fuera la manera. Él creía que le daba la oportunidad de huir de sus obligaciones con Elizabeth para estar con Diego, pero estaba equivocado o realmente nunca la conoció, tampoco era toda su culpa, qué pensará mal de ella. Ciertamente se lo buscó con tantas cosas estúpidas que hizo alguna vez. Pero ahora las cosas habían cambiado, ¿no?

Ni Leonard, ni ella eran unos niños. ¡Y vaya que no lo era! Su hermoso rostro infantil, ahora era el de un hombre de veinticinco años. Leonard había dejado atrás el cuerpo alto y desgarbado, de la juventud y enfermedad. Ahora exudaba madurez sexual y belleza masculina. Había crecido un par de centímetros, y su mirada intensa le provocaba temblor en las piernas. Él era hermoso.

Elizabeth tenía el color de cabello de Leonard y su barba partida. Las grandes pestañas y los labios carnosos de ella. Gabrielle miró a Resise, Leonard estaba dispuesto a mantenerla como su hija adoptiva. Pero ¿qué pasaría cuando Diego volviera?, ¿le permitiría ver a Resise?, ¿ambos sentirían que los abandonó? o ¿la dejaría quedarse con ella?

Leonard la tomaría como esposa, solo de nombre pensaba, rompería su compromiso con esa tal Heidi y solo por Elizabeth. Entonces, ¿por qué ella tenía que pensarlo tanto?

De pronto escuchó que alguien entraba en la habitación contigua…

—Leonard —rezó su nombre y sintió un nudo en el estómago. Se sorprendió al escuchar la puerta que conectaba sus habitaciones abrirse y de inmediato recargó la cabeza en la almohada. Cerró los ojos cuando lo escuchó caminar hacia ellas.

Leonard vio a las niñas dormir plácidamente abrazadas y a su madre a su lado. Tomó la mano de Gabrielle y primero la acarició, después jaló su dedo meñique una y otra vez, hasta que ella finalmente abrió los ojos. Entonces él movió su cabeza en dirección a la puerta. La soltó y esperó sin mirarla hasta que se levantó de la cama. Leonard, depositó un beso en la frente de ambas niñas antes de tomar la mano de Gabrielle y llevarla fuera de la habitación.

—¿Necesitas algo? —ella le preguntó un poco nerviosa.

—Sí, que vengas conmigo a la cama.

—¿Disculpa?

De todas las cosas que él pudo haber dicho ese día esa fue la más sorprendente.

—Gabrielle ha esta hora ya deberías saber que no te dejaré marchar. Te quedarás con nosotros.

—Vas a casarte en una semana y yo estoy casada —intentó… no sabía que estaba intentando en realidad. Estaba aterrada. Él era… ella creyó que él la odiaría.

—Sí bueno, mañana romperé mi compromiso con Heidi. Y en cuanto a que estás casada debo decirte que eso no te importó para suplantar a una mujer muerta y casarte con otro hombre.

Leonard la mantenía acorralada entre la puerta y su cuerpo, al parecer le gustaba hacerla sentir, pequeña e indefensa. Ella intentó alejarlo con su pequeño puño empujándolo.

—No, Leonard. Por favor.

Él se mantuvo en su lugar.

—Te extrañé.

Acarició su mejilla. La que no tenía esa fea cicatriz.

—¡Leonard! —gimió su nombre.

—Sé que me extrañaste.

—¡Leonard!

Leonard volvió a besarla, pero esta vez quería demostrarle cuánto la amaba.

El beso era demandante e Gabrielle no podía negar que no le gustaba. Leonard ya no era un niño, sino un hombre, que la hacía sentir: segura. Y que además la encendía tanto o más que antes. Sí, moría por estar entre sus brazos y abrirse para él. Pero recordaba las horribles cicatrices y el fuego en ella se apagó. Ella lo empujó.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te resiste si lo deseas tanto como yo?

—Estás siendo deshonesto con tu prometida.

—No me importa. Tú eres y siempre serás mi esposa.

Tomó su muñeca y la arrastró hasta su habitación.

Nota:

Ok mátenme si quieren… No, mejor no o no sabrán qué pasará después.

Si te preguntas que fue lo primero, es una escena que compartí en el grupo. Ahora va la de las niñas que han comentado durante todos estos capítulos, lo merecen la verdad. Así que en estos días espera esa escena que sigue después. Saca tu cuenta de FF si no la tienes =)

Déjame saber qué te pareció.

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Chapter 21: Chapter 21

Oscuro Corazón

La saga de crepúsculo no es mía solo la trama de esta historia. No permito adaptaciones ni nada con este material, sin mi autorización. En caso de requerir algún permiso contactarme en Fanfics Rakel Luvre.

Capítulo 20

Bésame muy despacio

Ámame de verdad

Gabrielle se detuvo a un paso de cruzar la puerta. Él se dio la media vuelta y la observó detenidamente: estaba asustada.

—Gabrielle, al casarnos te deseo en mi cama. Quiero más hijos. Así que, si no lo hacemos ahora, será en nuestra noche de bodas, porque esta vez no daré marcha atrás con tonterías de «Hasta que me ames».

—¿El amor te parece una tontería?

—No, hacernos los tontos, es lo que me parece una tontería. Te amo y tú también me sigues amando. ¿Cuál es el punto de sufrir con una espera innecesaria?

—Se trata de acostumbrarnos…

—Estoy acostumbrado a tu calor en mi cama, a tus ansias, a tus locuras, coqueteos y palabrería.

—Ha pasado el tiempo y hemos cambiado ya nada es lo mismo.

—Sí, has cambiado. Ahora eres más madura, con un amor incondicional a una niña que es nuestra hija. Eres reticente, menos volátil, más agradable, pero odiosamente aburrida. La antigua Gabrielle, ya estaría seduciéndome debajo de las sábanas.

—Esa Gabrielle era tu esposa.

—Cuando nos casemos reclamaré mis derechos de esposo esa misma noche. No esperaré más.

—Ni siquiera te he dicho que sí.

Leonard la atrajo de nuevo y la besó. Amaba besarla tomándola desprevenida. Ya que ella terminaba rindiéndose al cabo de unos momentos después de darse cuenta de lo que ocurría.

Gabrielle no quería rendirse, no obstante, su boca sabía tan bien. Lo había extrañado tanto… Su mente le decía: «No lo hagas», pero su corazón temblaba de anticipación. Ella rompió el beso que estaba correspondiendo con ahínco.

—Leonard, no.

—Dame una razón válida para alejarme de ti.

—No te merezco.

—¿Por qué piensas eso?

—Yo…

—Si estamos en eso, entonces yo tampoco soy digno de ti.

—¿Piensas obligarme? —preguntó sorprendida.

Pero Leonard no pudo evitar reír.

—¿Crees que puedo obligarte?

—Te has vuelto arrogante o un patán.

—Sabes que es ninguna de las dos. Sabes que te amo; sabes que me amas; sabes que yo nunca te forzaría; sabes que te convencería; sabes que es probable que seas tú la que me lo pediría; sabes que me rogarías por llevarte a ese punto en el que solo yo soy tu dueño; pero lo mejor de todo es que sabes que ambos lo haríamos, porque realmente nos deseamos.

Ella parpadeó, no sabía qué decir. Tenía razón, pero…

—¿Eso sería correcto?

—¿A quién le importa? Pero no crees que ¿nos lo debemos?

—¿Por qué?

—Porque fuimos estúpidos y todavía nos amamos.

Ella sonrió con tristeza.

—Te propongo algo.

—Tus proposiciones son… extremas y demenciales.

—Te gustan mis proposiciones, no te hagas la que no.

—Dime…

—Quédate conmigo esta noche, hagamos el amor. Y mañana decides si quieres o no abandonarme de nuevo.

—¿Abandonarte? ¿Estás chantajeándome emocionalmente?

—Soy un moribundo ¿recuerdas?

—Comienzo a dudarlo.

Leonard sonrió.

—Tengo una tía, un poco extravagante con un médico poco ortodoxo, que me mantiene con vida.

—¡Ella lo envió!

—Sí. Ella también vino. Ahora vive con Hébert en Brasil.

Ella sonrió.

—Él la amaba, siempre lo ha hecho.

—Y perdieron muchos años; como nosotros.

Leonard le tendió la mano.

—Ven. Sedúceme mujer.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—Ya no soy bonita.

—¿Qué? —preguntó asombrado.

Gabrielle soltó un par de lágrimas.

—¿Quién dice que no lo eres?

Leonard se acercó a ella, y le susurró al oído.

—No puedo creer que hayas perdido tu grandiosa seguridad. Déjame seducirte entonces.

La llevó hasta el pie de la cama. La sentó y comenzó a desnudarse para ella. Empezó con el corbatín, que arrojó a un lado. Luego, lentamente desabrochó los botones del chaleco, que al quitarse lo echó detrás de su espalda. La camisa la desabotonó más lento. La mirada de Gabrielle entre tímida y expectante lo divertía. En el momento que descubrió su pecho los ojos brillosos de Gabrielle se agrandaron un poco, la vio morder su labio inferior y después relamerlo. Cuando se quitó la prenda la lanzó a su rostro.

—Eres una pervertida.

—Ya lo sabías.

—Claro, de otra manera no me tendrías postrado a tus pies.

Leonard se arrodilló y con ternura le quitó las sandalias a Gabrielle. Las puso a un lado y tiernamente acarició sus pantorrillas.

—No hagas eso. Ven —ella palmeó a su lado.

—¿Por qué no consentirte?

—No es eso. Es solo qué no quiero hacer algo de lo que después podamos arrepentirnos y…

—No me arrepentiré de nada.

—¿Es acaso que no amas a tu prometida?

—No.

—Entonces, ¿por qué te casas con ella?

—¿Por qué te casaste con él?

—No quería que ella creciera como una bastarda.

—Por soledad, me casaba por soledad.

—Leonard.

—Gabrielle, estoy cansado. Solo concédeme dormir a tu lado. Te prometo que no haré nada que no desees que haga.

—Ese es el problema… deseo más de lo que debería y tengo miedo de estar cometiendo un error.

—Mañana hagamos como que esto no sucedió, ¿te gustaría?

—¿Podremos?

—No lo sabremos hasta averiguarlo.

Leonard se puso de pie, terminó de desnudarse y se recostó. Ella intentaba no mirarlo manteniendo la cabeza gacha. Cuando lo escuchó meterse debajo de las sábanas, Gabrielle se levantó de la cama y apagó las luces. Luego, se quitó el camisón. Leonard pensó que Gabrielle había perdido demasiado de su seguridad.

Cuando ella se metió debajo de las sábanas, Leonard de inmediato la buscó. Atrayéndola a su cuerpo, besó su frente y le susurró al oído:

—Te amo.

Pero la noche era larga y sus corazones se anhelaban tanto como sus almas se llamaban. Y sucedió lo que ambos sabían que pasaría: todo comenzó con un beso en la frente, el que correspondió con otro en la mejilla. Él rozó sus labios y ella lo abrazó más fuerte. Leonard invadió su boca. Sus dedos delgados y tímidos acariciaron su amplio pecho, llevándolo al límite de su deseo. Mordió sus labios haciéndola gemir de placer. Las manos ya inquietas del hombre, rozaron sus senos e Gabrielle lo recompensó recibiéndolo entre sus piernas.

Leonard la besó muy despacio, mientras sujetaba su rostro con una mano y la otra recorría su pierna para enredarla en su cintura. Entre suspiros, ella acariciaba su espalda. Muy lentamente Leonard se adentró en ella e iniciaron el dulce vaivén de sus caderas. En medio de jadeos se escucharon los «Te amos». ¡Cuánto se habían extrañado! Y se tomaron de la mano, entre tanto llegaban al éxtasis. Sudorosos y agotados, se besaron tan suave y tiernamente que no hicieron falta las palabras para saber que seguían perteneciéndose y que tal vez, solo talvez no habría nada en este mundo que los pudiera separar.

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Los rayos del sol iluminaban la habitación, Leonard tenía un buen rato observando a su esposa dormir. Acarició su mejilla maltratada y maldijo a Karam por haber roto a Gabrielle como lo hizo. Pero, recordó los motivos del hombre y reconoció que por Elizabeth hubiese hecho eso y más.

Depositó un suave beso en la sien de su mujer y se levantó de la cama. Tenía que hacerlo, no podía continuar evadiendo sus problemas ni a Heidi. Había estado postergando el encuentro. Ella creía que todavía estaba fuera de la ciudad, pero solo era cuestión de tiempo antes de que se enterara de su regreso. Además, no quería jugar con ninguna de las dos mujeres; Heidi e Gabrielle. Así que se dio una ducha rápida, se vistió y salió de la casa para visitar a su padre y primos.

El día anterior, mientras estuvo encerrado en su despacho habló con su padre, para pedirle que organizara la reunión. Iba anunciarles que Gabrielle que deseaba volver a reanudar su matrimonio. Lo que los colocaría en una situación difícil, porque estarían envueltos en un escándalo monumental: La boda del año no se celebraría. Los negocios que tenían con los Vulturi se vendrían abajo. Perderían mucho dinero. Sin embargo, confiaba en que ellos comprendieran y aceptaran de nueva cuenta que Gabrielle formaría de nuevo parte de la familia.

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Cuando Elizabeth se despertó y no vio a Gabrielle junto a ellas, creyó que todo había sido un sueño y cuya madre, en realidad no volvió. A punto de soltar a llorar caminó hasta el baño donde encontró a Blaire preparándolo.

—¿Y mi mamá? —preguntó.

Blaire le sonrió con ternura al advertir que la pequeña que siempre aparentaba ser una chica tan dura como su madre, al fin demostrara lo que realmente sentía. Y es que tenía un tremendo parecido tanto a Gabrielle y al cabezota de Leonard, que era normal que no fuera tan expresiva.

—No te preocupes está en la habitación de tu padre durmiendo.

—¿Qué hace allí? ¿Por qué nos dejó?

—Porque a veces los papás necesitan hablar y arreglar sus asuntos sin que nadie ande escuchando. Seguramente se quedó dormida, mientras hablaban.

Elizabeth miró fuera del cuarto del baño con el claro deseo de ir por su madre.

—No puedes ir a despertarla, recuerda que ha estado muy enferma y necesita descansar. Además, tu padre me pidió que no la molestáramos.

—A Ese señor no le importa mi madre.

Blaire sonrió sabionda.

—¡Tú qué sabes niña! Las personas que se aman mucho y están enojadas pueden llegara a ser terribles cuando son idiotas.

—¡Le has dicho idiota!

—¡Claro! Acaso, ¿no lo es? —Elizabeth asintió—. Bueno niña he dejado preparado todo para tomar un largo baño en la tina, luego de jugar en los jardines. ¿Qué tal suena eso?

—¿Y mi mamá?

—Puede alcanzarnos cuando despierte.

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Heidi se hallaba desconcertada. No había tenido noticias de Leonard desde el día que se fue a Nueva Orleans, por lo que llamó a su Hotel solo para encontrarse con que él se marchó una semana atrás. Estaban a seis días de casarse, tenía la fiesta encima y ese tonto ahora se estaba escondiendo.

«¿Cómo se atrevía a dejarla sola con todo? ¡Todavía tenían que practicar sus votos!», se preguntó.

Así que se preparó muy temprano para hacerle una visita a su novio prófugo. Llegó a la mansión de las Cariátides sin invitación. Ella no tenía por qué hacerlo. Le gustaba la casa y si no hubiera sido porque Leonard le propuso comprarle una más grande, habría querido vivir allí. Todavía quería, pero Leonard se había negado con un rotundo «No». Algo le decía que el fantasma de su esposa lo perseguía en esa casa, por lo que decidió que no era una mala idea irse a otro lugar, después de todo.

Ralph le abrió la puerta.

—¡Buenos días, Ralph! —saludó al mayordomo despectivamente—. ¿Vas a hacerte a un lado o tengo que pasar sobre ti?

El hombre parecía asombrado por su presencia. Pensó: «¡Qué ser tan inútil!». Sabía que era un criado de la confianza de Leonard, pero ya era un anciano y por lo visto uno muy inepto.

—Buenos días, señora Heidi —saludó tardíamente—. El señor no se encuentra en este momento, pero en cuanto vuelva le informaré que ha venido a buscarlo.

Heidi levantó una ceja.

«¿Era acaso que el idiota ese no me está permitiendo el paso a la casa de mi prometido?», se preguntó nuevamente.

—Lo esperaré, así que hazte a un lado o le diré a Leonard que inmediatamente te despida por ser tan osado conmigo.

Por supuesto Ralph no estaba ni un poquito asustado. Pensó que Blaire tenía razón: esa mujer era una víbora con una lengua letal. Pero no tanto como su señora Gabrielle. Internamente suspiró y dio gracias porque ella hubiese regresado y, si las sospechas de Kassandra de que sus señores pasaron la noche juntos eran verdad, entonces Leonard terminaría con esa señorita. Agradeció a Dios por no permitir que el joven amo, cometiera el peor error de su vida.

Heidi cruzó el umbral para adentrarse a la casa, en ese instante un par de niñas salieron corriendo del comedor, la más pequeña, llevaba un plato en la mano y la otra la perseguía. Todo sucedió tan rápido que fue imposible para Resise detenerse cuando se dio cuenta de que se impactaría con alguien.

El pastelillo arruinó el hermoso vestido de satén rojo de la señora bonita con la que chocó. Elizabeth solo se quedó de pie mirando a la mujer, entre sorprendida y asustada.

Elizabeth había nacido con la virtuosa memoria fotográfica de su padre, así que para ella olvidar un rostro era imposible. Recordaba a la mujer y sus horribles palabras.

—¡Niña idiota! ¡Me has arruinado el vestido!

Blaire salió del comedor deprisa al escuchar el grito de la mujer.

—¡Por Dios, niñas vengan acá!

—Blaire llévatelas.

—Tú, estúpida criada. ¡Mira lo que tus mugrosas han hecho! ¿Cómo es posible que Leonard permita que las hijas de su servidumbre anden corriendo libres por toda la casa? Es más, ¿cómo permite si quiera que estés aquí con ellas? ¿Sabes lo que cuesta este vestido? Ni con tu salario de un año me lo podrás pagar. ¡Toma tus malditas cosas y lárgate de esta casa ahora!

—Disculpe señora, le haré saber al señor Leonard lo que ha ocurrido y él se encargará del asunto —dijo Ralph.

—Pero, ¿qué demonios? Seré la esposa de Leonard en una semana. Por eso más te vale comenzar a obedecerme o también haré que te eche a la calle. ¡Estúpido viejo…!

―Óigame no le permito que…

—¡Silencio, Blaire! —la voz imponente y clara de Gabrielle resonó en el vestíbulo.

Los tres adultos miraron hacia las escaleras. Sin embargo, el par de niñas fueron corriendo al encuentro con su madre. Se posicionaron a sus lados un paso detrás de ella, pues pensaron que la bruja odiosa tendría que tener suerte si su madre no la golpeaba como lo había hecho en el pasado con la señora Gloria cuando las llamó mocosas bastardas.

—Señora, disculpe la algarabía —Ralph se adelantó para cubrir a Blaire.

—Dime, Ralph. ¿Quién es la señorita?

—Es la señorita Heidi…

—Soy la prometida de Leonard Du Pac. ¿Y usted quién es?, ¿qué hace en la casa de mi novio?

—Soy Gabrielle Stravella. La señora de esta casa.

Heidi abrió más los ojos, incrédula. Se preguntó si era verdad que esa mujer era la esposa perdida de su prometido. ¿Cuándo volvió y por qué Leonard no le había comunicado nada?

—Ralph, acompaña a la señorita al despacho de Leonard. Y que allí lo espere. Blaire, lleva a las niñas a cambiarse de ropa; saldremos a visitar a mi padre.

—Sí mi señora —dijo Ralph.

Blaire tomó a las niñas de la mano y se las llevó a la habitación. Gabrielle terminó de bajar las escaleras y se dirigió al despacho de Leonard detrás de Ralph y Heidi. El mayordomo les cedió el paso a las damas.

—Ralph alista el coche.

—Sí señora —respondió y salió del despacho no sin antes echar una última mirada a las dos mujeres que se quedaban dentro.

Gabrielle se sentó en la silla detrás del escritorio y, comenzó a abrir y cerrar los cajones buscando la pequeña caja fuerte, que contenía el dinero en efectivo que Leonard tenía para cubrir gastos menores. Lo colocó sobre la mesa, la abrió y sacó un fajo de Karamtes.

—Eso parece haber dolido —dijo Heidi, haciendo referencia a la cicatriz en su rostro—. ¡Oh! Disculpe, siento si he sido grosera.

—¿Te refieres a esto? —Gabrielle señaló la cicatriz—. Descuida, en ese momento estaba tan furiosa y ocupada sacándole las tripas a ese soldado, que en realidad no me di cuenta de ella hasta que todo terminó.

Heidi estaba nuevamente horrorizada.

«Esa mujer había hecho ¿qué?», se preguntó.

—¡Vaya! No me lo imagino.

—Disculpa se hiero tu sensibilidad, pero ya sabes: ¡horrores de la guerra!

—¿Cuándo volvió? —la mujer preguntó con un falso desinterés.

—¿No se lo dijo Leonard? Llegué hace una semana.

Gabrielle apunto directo al orgullo y vanidad de la horrorosa mujer. Sentía que merecía sentir la misma rabia que ella sintió al haber ofendido a sus bebés. Quería hacerla pagar

—No me encontraba en la ciudad, acabo de llegar —mintió.

Gabrielle se puso de pie, tomó el dinero y se despidió:

—Bueno señorita, lamento de verdad lo de su compromiso, pero como observa he vuelto.

—Usted desapareció de su vida, yo he estado con él, en los momentos más importantes de los últimos dos años. Le he brindado mi apoyo y lo he hecho muy feliz.

—Gracias por eso, Leonard es un gran hombre y no lo culpo por haber querido intentar rehacer su vida cuando creyó que me había perdido.

—Entonces, como usted comprenderá, su regreso será un escándalo. Y espero de todo corazón que no se interponga en nuestro compromiso. Lamento que se haya separado de Leonard por circunstancias ajenas a su persona, pero él ya no la ama. Y sería injusto para todos que lo obligue a quedarse a su lado solo por lástima.

—No, no me ha entendido. Leonard espera a que me quede a su lado y eso es justo lo que haré, porque usted no seria una buena compañera para Leonard si no tiene un poco de empatía, compasión y amabilidad en su corazón. No permitiré que Leonard intente quitarme a mi hija solo para que le de una madrastra incapaz de sentir respeto por otro ser humano. Así que señorita Heidi, la próxima vez que quiera humillar y maltratar a otra persona, piense que tal vez usted no siempre tendrá el poder. Ahora si me disculpa tengo cosas mejores qué hacer, como preparar mi renovación de votos nupciales.

—Mi padre no permitirá que nos humillen de esta manera. Leonard no puede romper el compromiso.

—No lo creo, León es un hombre con el que no se debe jugar, y si en verdad va a provocar la furia de un Du Pac, sepa que no le irá bien. Con permiso.

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Leonard llegó a casa de su padre a primera hora, Jerry y Noel, ya se encontraban allí.

Reunidos en el despacho comenzaron hablando sobre los negocios que tenían con los Vulturi, y qué sucedería si las relaciones comerciales se rompían.

Jerry se notaba relativamente molesto, tenía el presentimiento de que Leonard pensaba cancelar su boda con Heidi y eso le irritaba porque él fue claro: Leonard no debía enredarse con ella en una relación sentimental, si las cosas no iban a ir enserio. No entendía lo que pasó, como para que de buenas a primeras quisiera romper el compromiso sin una razón válida. Ya que para él no había nada que justificara abandonar a una mujer a días de la boda. ¡Por Dios! ¿Qué le ocurría?

Sabía que había encontrado a Elizabeth, pero, creía que la niña no debía interferir en su matrimonio. Al contrario ella necesitaría una figura materna.

—Leonard, me podrías explicar, ¿por qué estamos haciendo esto? —preguntó Noel.

—Ayer llegó Gabrielle a la mansión.

—León sabía que la joven había estado enferma y que Leonard la abandonó a su suerte. Debía haber sabido que no se daría por vencida tan fácilmente.

—Creí que habías dicho que estaba muerta —habló Jerry.

—Sí, pensé que moriría. Gabrielle es fuerte, más de lo que creí.

—¿Por qué vas a romper con Heidi? —preguntó León.

—¿Vas a romper con Heidi por esa mujer? Ella no puede amenazarte tú puedes destruirla —habló Noel.

—Noel fui yo quien le propuso quedarse conmigo.

—¿Por qué? —quería saber, Noel de verdad deseaba saberlo.

—Porque la amo y ya estoy cansado de fingir que ya no, que le he superado porque no es cierto. Tal vez no lo entiendan, pero ella me hace sentir completo y feliz.

—¿Después de tanto tiempo, Leonard?

—Sí, Jerry.

—No puedes hablar en serio, Leonard. ¡Esa mujer es una asesina! ¡Está loca! —dijo Noel, furioso. Había visto sufrir a Leonard durante mucho tiempo por esa mala mujer.

—No es asunto tuyo, no vas a vivir con ella.

—Es asunto nuestro porque por tu rompimiento perderemos dinero —dijo Jerry.

—Lo sé, y lo siento. Pero en cuanto comencemos a recuperarnos yo les devolveré lo que perdieron.

—¿Qué hay del marido?

—No lo sé y no me importa.

—¿Sabes qué? Huirá con él en su primera oportunidad. Y cuando eso pase no nos busques más para realizar una búsqueda exhaustiva por todo el país —dijo Noel.

—¿Padre? —Leonard lo ignoró.

—Te apoyaré, pero antes, me gustaría hablar con ella, si no te importa.

—Claro, solo por favor no te comportes como un patán.

León sonrió.

—¿Cuándo le dirás a Robert? ―preguntó Jerry.

—Hoy. Después de romper con Heidi.

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Cuando Leonard llegaba a la mansión vio el coche de Heidi. Inmediatamente se maldijo por haber dado tantas vueltas a ese asunto. Se dijo que era un tonto al retrasarlo has apenas unos días de la boda.

Ralph le abrió la puerta y Leonard no esperó para preguntar por Gabrielle.

—¿Dónde está?

—En su despacho, señor.

—No Heidi, Gabrielle.

—Salió dijo que iría a visitar a su padre.

—¡Maldición! —Leonard se temió lo peor—. ¿Se vieron?

—Sí…

En ese momento Heidi los interrumpió.

—¿Leonard?

Leonard giró su rostro hacia la mujer. Ella era muy hermosa, pero su corazón estaba con Gabrielle, que no solo era guapa, sino que también, era una seductora natural. No tenía que fingir nada, ni usar un vestido carísimo para llamar la atención. Gabrielle simplemente se veía bien con todo. Tal vez era el materialismo lo que le restaba a Heidi belleza.

—Heidi.

Ella corrió para abrazarlo con lagrimas en los ojos, y aunque se aferró a su cuerpo, él no correspondió el abrazo.

—Esa mujer dijo cosas horribles —Leonard alzó una ceja—, dijo que no te dejaría, que te obligaría a quedarte con ella. Que has sido egoísta al haberte enamorado de mí. Y que no tenías derecho a ser feliz, que me mataría como lo hizo con aquel soldado alemán que tocó su rostro. ¡Está loca! Tenía tanto miedo, Leonard.

—Ella solo estaba asustándote, Heidi. Gabrielle se cayó de un caballo y una roca fue lo que provocó la herida en su rostro.

—¡Mientes!

—No, yo estuve allí. Fue antes de irse a Europa. Y la verdad Heidi, he sido yo quien le ha pedido que se quede a mi lado.

—¿Qué? ¿Qué hay de mí? Prometiste que si ella volvía lo único que encontraría de su matrimonio sería el divorcio. ¡No puedes hacerme eso! ¡No puedes humillarme!

—Lo siento, pero tengo una hija y no voy a separarla de su madre, como tampoco deseo vivir sin ella. La única solución que encontré al dilema es que volvamos a estar juntos.

Heidi lo sujetó por las solapas del saco. Desesperada.

—Yo cuidaré de la niña, yo me encargaré de ser una mejor madre para ella.

—No, Heidi las cosas no funcionan así. La niña no me conoce y lo único que ganaré es que me odie. Lo lamento —Leonard se soltó del agarre de Heidi.

—¿Y qué esperas que yo haga? Que de pronto te olvide, que ya no signifiques nada para mí. Eres cruel.

Heidi se llevó las manos a su rostro y comenzó a llorar. Leonard sintió pena por ella. No la amaba, se dio cuenta en cuanto Gabrielle regreso, se mintió a sí mismo y la engañó a ella. Y por eso no podía casarse, todavía si Gabrielle lo rechazaba. No sería justo para Heidi.

—Lo siento.

—¡Me estás humillando! ¿No te das cuenta?

Leonard se pregunto qué podía decirle para aliviar su dolor. No halló nada.

—Lo siento.

Heidi le dio una cachetada, y aunque Leonard lo vio venir la recibió con el rostro en alto. Si eso la aliviaba un poco lo aceptaría.

—¡Vete al diablo Leonard Du Pac! Mi padre los destruirá.

Heidi salió furiosa de la mansión. Ya esperaba la amenaza.

—¿Qué sucedió?

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Cuando Leonard llegó a casa de Robert y no halló a Gabrielle con él, no le quedó más remedio que enfrentarse al hombre y al hecho de que no le informó que encontró a su hija y a su nieta; peor aún, que había abandonado a Gabrielle a su suerte.

Intentó explicarle al hombre iracundo que temía que Elizabeth no quisiera estar con él y que le pidiera llevársela. Y aunque, él era el padre de Elizabeth, Robert, bien podía pelear la custodia de su nieta. Pero ahora que Gabrielle estaba de vuelta y estaban intentando solucionar sus problemas de la mejor manera, pensaba decirle a Robert ese mismo día, más tarde. Solo que Gabrielle se encontró con Heidi y no sabía a dónde se había ido.

Robert solo le había dicho que, si por su estupidez de no hablar con Heidi antes que con Gabrielle la volvían a perder, rompería toda relación con los Du Pac, el joven le caía bien, pero Robert pensaba que era un idiota con su hija.

Al final Leonard pensó que había sobreactuado y se dijo así mismo que debería fe en ella. Así que regresó a casa y se sentó a esperar a Gabrielle. Por una parte, se sentía seguro porque Blaire y Tomás estaban con Gabrielle. Podía confiar en ellos y t también en Gabrielle.

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Cuando Gabrielle y las niñas llegaron a casa, Leonard, sintió un gran alivio y, el peso que sentía en sus hombros se desvaneció. Escuchó a las pequeñas gritar y subir corriendo las escaleras; sonrió ante la alegría inocente.

Se puso de pie y se decidió a encontrarse con Gabrielle. En la ausencia de su nueva familia, estuvo pensando en lo que ella y Heidi pudieron haber hablado. No podía imaginarse ni tantito la conversación. Ambas mujeres tenían un carácter del demonio. Ralph se negó a decir nada salvo que era mejor que le preguntara directamente a Gabrielle lo que había sucedido. ¿Por qué? No tenía idea. Por lo que suponía que la plática fue grave.

Así que, en el instante que estaba a punto de abrir la puerta de su despacho, esta se abrió de golpe. Gabrielle soltó una risilla cuando la madera golpeó la frente de Leonard.

—Lo siento.

—No lo creo. Has querido matarme mujer —Leonard sujetaba con una mano el lugar dolorido.

Gabrielle, negó con la cabeza e inspeccionó el chichón.

—No es nada —dijo. La cercanía, les provocó el deseo de besarse. Pero ella lo apagó de inmediato y dijo—: ¡Hoy conocí a tu prometida!

—Lo sé. Lo siento.

Leonard tomó su cintura, y la trajo a su cuerpo. Ella de inmediato llevó las manos al cuello de Leonard y acarició su nuca con la punta de sus dedos.

—Ya no importa.

—¿A dónde fuiste? —le preguntó tan suave como pudo. No quería que ella sintiera que estaba controlándola o recriminándole nada. Confianza, Leonard. Tenían que trabajar con la confianza, se repetía constantemente.

—Fui de compras. Decidí que si vamos a casarnos que sea lo antes posible.

—Entonces… ¿has aceptado? —preguntó asombrado. Si era sincero pensó que le costaría más trabajo convencerla. Que ella haría que le rogara.

—¿Quieres que te rechace? Porque ya he mandado a hacer mi vestido, y sería una pena. ¡Es muy hermoso!

—¿De verdad? —preguntó con una sonrisa.

—¡Claro! A menos que te hayas arrepentido.

—¡Jamás! —Leonard le besó la nariz respingona.

—¡Qué alivio! Las niñas eligieron las invitaciones.

—¿Invitaciones? —pestañeó, le costaba trabajo aceptar su entusiasmo. Si no la conociera mejor diría que había gato encerrado. «¿Lo había?», se preguntó en silencio.

—¡Sí!

Leonard se dijo en la sonrisa grande y encantadoramente fingida.

—¿Podrías recordarme la fecha?

—Claro, en seis días.

—¿Qué?

—Seis días, estoy corta de tiempo así que, si no te importa… necesito dinero, mucho en realidad.

—Espera, espera… ¿Por qué haces esto? Gabrielle mi boda con Heidi era en seis días. Y espero de verdad que tu idea de que sea en esa fecha, es por pura coincidencia; porque no pienso humillar más a esa mujer de lo que ya he hecho.

—No me importan los sentimientos de esa mujer, ahora que, si a ti te afecta tanto tu rompimiento, entonces tal vez deberías irte con tu familia para que puedas casarte con esa señorita, sin ningún problema. Pero eso sí, te advierto que nunca verás a Elizabeth fuera de la mansión, ni en la presencia de ella.

Leonard no podía creer que lo estuviera echando de su propia casa, aunque ella pensará que seguía a su nombre. Por otro lado, no era como si tuviera intención de echar a la calle a Elizabeth, que a su vez se aferraría a su madre con uñas y dientes. Gabrielle era una mujer muy astuta, siempre lo supo. ¡Maldita Gabrielle! ¡Cómo la amaba!

—¿Estás celosa? ―preguntó con una sonrisa.

—No. Estoy furiosa.

Leonard borró su sonrisa, porque ella estaba hablando enserio. Gabrielle se soltó del agarre de sus brazos y le dio la espalda. Se dirigió hasta el sofá y se sentó.

―¿Qué sucedió?

Gabrielle sonrió malignamente.

—Solo tienes que saber que ninguna persona que se haya atrevido a herir a mis bebés ha salido bien librada de mí.

—Gabrielle… ¿dime qué sucedió?

—No lo recuerdas —afirmó—… Leonard, eres un idiota. ¿Sabes qué? Te deseo toda la suerte del mundo con Elizabeth, porque de verdad la necesitarás.

—Por supuesto, sobre todo porque le has dicho que intenté matarte y mi padre comprarte.

—¿Qué? Yo nunca le diría eso. Ella me escuchó hablando con Diego. Hablé con ella y le dije la verdad. Que yo me había asustado y que si ella no te conocía era culpa mía. Pero esa no es la razón por la que no confía en ti.

—¿Qué quieres decir?

—Hace un año, Elizabeth y yo vinimos a visitarte —Leonard frunció el ceño y se sentó a su lado—. Diego y yo les dijimos la verdad a las niñas; y Elizabeth quería verte. Cuando llegamos a Chicago, tenía tanto miedo, pero no podía negarle a ella la oportunidad de conocerte y tampoco negártela a ti. Así como tampoco negarle una mejor vida si ella decidía quedarse contigo.

»Tanya me contó acerca de tu noviazgo con Heidi. Realmente no quería verte aquí, tenía miedo; cuando ella me dijo que siempre asistías a comer los viernes en ese restaurante, decidí que un encuentro en un lugar público me daría la oportunidad de hablar contigo, con tranquilidad.

»No tenía mucho dinero, pero ella quería darte un regalo. Solo pudimos comprar un ramillete de flores del día anterior, —Gabrielle comenzó a llorar. Después de unos segundos, continuó—: Estábamos en una esquina esperando, Elizabeth estaba muy nerviosa y emocionada; decía que ahora tendría dos papás, así como Resise dos mamás —soltó una amarga carcajada.

»Un coche paró en la entrada del restaurante, y luego bajaste, tan hermoso e imponente. Me dio miedo, pero ella te veía tan emocionada, como si supiera que eras tú, yo se lo confirmé. Elizabeth no me dio tiempo… corrió para encontrarte, caminé hacia ustedes cuando… me percaté de que ayudabas a una mujer salir del auto. La misma con la que tenías una relación.

»Me quedé paralizada, no pude avanzar. No estaba segura de quién era, hasta que ella te sonrió, y recargó su rostro en tu hombro. También tú le sonreías, ni siquiera veías a la niña de pie frente a ti… Cuando se percataron de su presencia, Elizabeth te ofreció las flores, tu sonreíste, te acercaste y…

—Una moneda —dijo Leonard, recordando aquella vez—. Le ofrecí una moneda… Ese día Heidi y yo nos comprometimos, estaba… ¡Dios! Yo pensé que me estaba vendiendo las flores y le pregunté a Heidi si quería una, ella dijo…

—¡Están horribles! —Gabrielle terminó la frase.

—Heidi fue grosera, pero yo un imbécil por reírme de su comentario, así que le di una moneda, le dije —Leonard sentía que el mundo se le venía encima—: Toma, y no vuelvas aquí a molestar. Creo que, esas fueron mis palabras. ¡Dios mío!

—Cuando ustedes entraron al restaurante, fui por Elizabeth. Al llegar al hotel donde nos hospedamos: lloró toda la tarde y gran parte de la noche. Al siguiente día me contó lo que sucedió. Traté de decirle que tú no tenías ni idea de quién era ella. Intenté convencerla de que hablaría contigo, más ya no quiso volver.

»Luego, fui a casa de mi padre, él estaba de viaje. Mi madre había salido temprano. Danielle dijo que tú me buscabas, que sabías que yo me fui de tu lado embarazada; que me quitarías a mi hija, ya todos sabían que había matado a Ramin y que me encarcelarían, pues Robert tenía las pruebas.

—No, Robert está arrepentido y te ama, estuvimos buscándote entre los dos, para hacerte volver, no para encarcelarte, no le haría eso a mi hija.

—Me has amenazado con eso.

—Solo para que te quedaras conmigo.

—Nuestros métodos para conseguir lo que queremos ¡son una porquería!

—Sí lo son. Pero humillar a Heidi por algo de lo que ni siquiera sabía que estaba haciendo, no te hará una mejor persona que ella.

—La cuestión Leonard es que ella sí sabía quiénes eran Blaire y Ralph, y no tuvo reparos en amedrentarlos, humillarlos. Así que no me digas qué debo y no hacer.

—Lo siento, de verdad. Pero ella no merece esta humillación —respondió tajante.

—¡Oh! Si tanto te preocupan sus sentimientos y por eso la defiendes, tal vez deberías casarte con ella después de todo. Porque si lo que esperas es hallar en mi corazón es bondad, abnegación y sumisión, no los encontrarás. No soy buena y no tengo como meta en la vida ser mejor persona que nadie. No me comparo ni compito por ningún hombre, porque no necesito a un hombre en mi cama para que me diga que me ama y me haga sentir mujer.

—Por supuesto que no me necesitas en tu cama, pero si acaso Diego no regresa, ¿qué harás?

—¿Diego? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

—Sabes perfectamente lo que tiene que ver. ¿Qué pasaría si un día Diego aparece a reclamarte a ti y a las niñas? ¿Con qué tendré que lidiar yo? Dímelo, porque estoy a ciegas.

—Es mi amigo, el padre de Resise y…

—El padre de Elizabeth.

—Sí, yo le di un padre; pero al final ambos decidieron ser padre e hija porque así lo quisieron, Leonard. La perdiste el día que no quisiste ver más allá de esa mujer.

—¡¿Cómo iba a saber yo que era ella?! —gritó. Se puso en pie tomó la botella de vino que había en su escritorio, se sirvió y tragó el líquido de un golpe.

—Porque llevaba puesto el mismo medallón con el que Resise intentó pagarte el favor del medicamento. Ella lo tenía en su cuello y a la vista, frente a tus malditos ojos.

Leonard la encaró horrorizado.

»¿Cómo es que una niña tan humilde, de ojos verdes, con el mismo color de cabello que tú, iba a traer algo tan valioso encima? ¿Algo que tú una vez habías dado? Dime, ¿realmente no la viste o no quisiste verla?

―¿Qué? ¿Estas diciendo que la ignoré al propósito?

Gabrielle se levantó.

—Ahora mismo te ciegas, ella lastimó a mi bebé, ella ofendió a mis niñas, a tus sirvientes más leales, aquellos que darían su vida por ti, ¿y te preocupan más sus sentimientos?

Gabrielle se alejó y comenzó el camino para salir de allí. Estaba furiosa.

—¿Qué? No espera, ¡Gabrielle no te vayas, todavía no terminamos!

Gabrielle lo encaró de nuevo.

—¿Vas a tener compasión por esa mujer?

—¡Basta Gabrielle!

—No, basta tú. Porque no hay nada peor que un hombre indeciso y honestamente yo no he venido hasta aquí a recuperar la gran vida de Señora, no he venido hasta aquí para pelear a un hombre. Así que hazte un favor. Busca tu felicidad y déjame en paz. Tu hija te verá si así lo desea.

—Pero no lo desea, Gabrielle.

—Tú culpa, no la mía.

Leonard la sujetó del brazo.

—Gabrielle, hay negocios de por medio y un contrato prenupcial.

—Eso no me sorprende.

Ella se soltó. Su toque la quemaba.

—Por favor entiende, que perderemos mucho dinero con el rompimiento y sí le haces daño a esa mujer su padre no se quedará con las manos cruzadas.

—Todavía no me creo que lo haga, Leonard. No te hagas ilusiones con que lo dejarán pasar todo.

—No me las hago, solo trato de hacer esto de la mejor manera. Ya fue bastante malo que te encontrara a ti antes de que hubiese hablado con ella.

—Te lo dije, no seas deshonesto. ¿Es que tú no aprendiste nada? Mira lo que la deshonestidad nos trajo a ambos.

—Lo sé, Gabrielle. Lo sé, ¡maldita sea! Pero entiende que estoy atado de pies a cabeza, perderemos mucho.

—No, Leonard. No lo entiendo, ni lo entenderé, porque maté a un hombre solo por decir que te mataría si me buscabas, maté a un hombre y lo perdí todo solo porque tenía la intención de acabar con la vida de mi Elizabeth. Lo perdí todo, abandoné todo, incluso mi inocencia y mi amor por ti. Así que no puedo entenderlo ni lo entenderé. Y no me pidas que lo haga. Y ¿sabes que pienso? —Leonard negó con la cabeza—. Que al final, quién en verdad amó, fui yo.

Gabrielle se dio la media vuelta, para marcharse. Estaba muy dolida.

—Entonces, según tú… ¿Qué fue lo mío?

Con la mano puesta en la manija de la puerta y sin darle la cara a ese hombre, que todavía seguía amando, le respondió:

—Orgullo, vanidad, sexo, cariño. Tantas cosas Leonard, pero no un amor verdadero.

—¡Qué equivocada estás!

Gabrielle se dio la vuelta, se recargó en la puerta porque el dolor la estaba matando.

—Entonces, demuéstralo. Por una vez en tu vida, has algo por amor, lucha por lo que amas de verdad.

—¿Es que seis años buscándolas no han sido suficiente?

—Si lo que más te importa en este momento es el dinero que tú y tu familia perderán, antes que la paz y el honor de las mujeres que has buscado con tanto ahínco. Entonces, no. No me es suficiente el tiempo que has tardado en encontrarnos.

—Hablas tan bien y convincente, Gabrielle… pero, cómo creerte si me recalcas todo el maldito tiempo que no me necesitas, que puedes vivir sin mí.

—¿Cómo confiarte mi oscuro corazón, si me olvidaste, si te acostaste con otras mujeres, si me llevaste a la cama estando a punto de casarte con otra, si no puedes elegir entre la riqueza y el amor verdadero?

—¡Estás casada con otro!

—No en la practica Leonard. Una treta. Es un simple documento para proteger la integridad moral de un par de niñas; estando contigo o con Diego o sin ninguno de los dos. Nadie volverá a llamarlas pequeñas bastardas. Nadie podrá lastimarlas de nuevo.

»Dices que te sentías solo, pero yo supe que estaría sola cuando detonaste el arma. ¿qué hace una mujer en esas circunstancias? Obviamente no echarse a llorar, ni ha retorcerse en su miseria más de un par de días, porque hay que salir adelante, ya no por uno, sino por nuestros hijos. ¿Por qué no lo entiendes?

»Sí no lo haces por mí, hazlo por Elizabeth. Demuéstrale que la deseas aquí y ahora en tu vida. Que nadie vale más la pena que ella. Ni siquiera yo.

Ambos guardaron silencio por un par de minutos. Cansada de esperar una respuesta que era obvio nunca llegaría, Gabrielle se dio la vuelta y se marchó, dolida, decepcionada de Leonard.

Por otra parte, Leonard pensaba que no podía dejarse llevar por Gabrielle. No de nuevo, pero sabía que no hacerlo sería un grave error. Así que llamó a su padre.

—Diga.

—Papá, Heidi e Gabrielle se encontraron.

—¿Qué paso? —León estaba honestamente intrigado. La verdad era que la situación le divertía.

—Gabrielle quiere vengarse de Heidi por como trató a Elizabeth sin saber quienes eran ellas. Quiere que nos casemos el mismo día en que iba a casarme con Heidi.

León levantó las cejas asombrado. Gabrielle era una mujer de armas tomar. Bueno, esa ya lo sabían.

—¿Aceptaste?

—No, pero está furiosa y me ha dicho que…

—¿Por qué no aceptaste? —cortó a su hijo. Era tan idiota, a veces.

—Lastimará a Heidi y sabes cómo estamos con ellos ahora, papá.

—Leonard, ¿amas a Heidi?

—¿Qué? No, no lo creo.

León suspiró. Honestamente no sabía por qué de todas las cosas maravillosas que pudo haber heredado de su madre, tenía que haber sido su cobardía e indecisión.

—En ocasiones, un hombre debe de deshacerse del peso de su nombre, Leonard. Gabrielle, es una mujer que, si no me parece la más sensata del mundo, realmente admiro su fuerza y sus ganas de luchar por lo que ama. Desde el principio la elegí para ser tu esposa, porque pensé que ella sería buena para ti, que te enseñaría a luchar, a ser combativo. Es lamentable ver que no has aprendido nada de ella.

—¿Me estás diciendo que no importan las consecuencias de casarnos en tan poco tiempo?

—¿Necesitas el permiso de un hombre que se casó el mismo día en que se divorció? Hijo, vivía en unión libre con una mujer que iba a ser monja. Hijo, tu madre y yo rompimos todas y cada una de las reglas, morales, religiosas y legales habidas y por haber. ¿Todavía quieres mi permiso?

—¿Estás de acuerdo con ella?

—Me gusta su carácter. Pero no, no estoy de acuerdo en tenerla de nuevo en la familia, sin embargo, ¿acaso eso importa, Leonard?

—No. No importa. ¡Soy un idiota!

—No te lo niego. Todavía deseo hablar con ella.

—Sí, se lo diré.

Leonard encontró a Gabrielle acomodando sus nuevos vestidos, con Blaire y las niñas, que al verlo sus risas callaron.

—Blaire…

—Sí, señor —la mujer no necesitaba saber que él quería estar solo con Gabrielle. Tomó a las niñas y las llevo con ella a los jardines.

Gabrielle estaba doblando su nueva ropa interior.

—Ahora usas ropa interior.

—Con esta nueva moda, me temo que sí.

—¿Dónde planeas que sea la boda?

Gabrielle sonrió.

—Mi padre desea hablar contigo.

Ella rodó los ojos, sabía que tenía que enfrentar al hombre.

—Claro. No le temo a León Du Pac.

Nota:

Hoy en el grupo Élite habrá adelanto. No te lo pierdas.

¿Qué opinan?

Gracias por todo les mando un abrazo y un beso.

Chapter 22: Chapter 22

Oscuro Corazón

Una disculpa por el retraso, se me bloqueó un rato la lap, y luego, cuando funcionó era demasiado tarde. Agradezco a Janis MarCa por apoyarme con una lectura y edición. No lo hubiera logrado antes sin su ayuda.

Capítulo 21

Te prometo

Elizabeth se encontraba sentada al lado de su hermana con ese enorme y horrendo vestido que le picaba la piel. Quería salir a los jardines con Resise para jugar a atrapar mariposas o en el columpio. Sin embargo, estaba sentada frente a la madre y el padre de Leonard. Dos extraños que no dejaban de mirarla como si se la fueran a comer.

El hombre rubio con sus ojos azules era frio y serio; y le daba miedo. Luego, estaba la extraña señora llorona que todo el tiempo amenazaba con echar a llorar y no sabía por qué, trataba de no hacer nada para perturbarla, y aun así ella limpiaba constantemente las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Cuando eso ocurría, el señor León la miraba como si esperara que ella hiciera algo, mas no sabía qué hacer. Ellos le provocaban que los pelos de la nuca se le pusieran de punta.

Después de que habían desayunado, Blaire les anunció que sus abuelos estaban esperándolas en el salón de lectura. Así que, de inmediato se negó a ir a su encuentro; sin embargo, Blaire insistió recordándoles que las otras veces habían traído consigo bonitos regalos.

Y en el momento que su madre escuchó sus quejas le dijo que era una grosería no recibir a su visita y más si traían un presente de buena voluntad. Elizabeth no tuvo más remedio que ver a esos señores.

¿No quieren ver sus regalos? —preguntó la señora, mamá de Leonard.

Ambas niñas, estaban sentadas como dos muñequitas de porcelana en el sofá, se miraron una a la otra. No respondieron a la señora ni hicieron el propósito por tomar el regalo, romper el papel y abrir la caja para ver el dichoso obsequio.

Resise bajó la mirada para ver sus zapatillas rojas, como las de Dorita de «El mago de Oz». Adoraba la historia. Desde que llegaron a esa casa Blaire les habló de ella, pero fue su madre cuando las encontró que les comenzó a leer la novela antes de dormir que la amó. Blaire se las había comprado, con el dinero del señor malo. Las amaba.

Elizabeth mantuvo la mirada altiva dirigida a los jardines a través de la ventana.

Amber miró a León con dolor, su nieta parecía estar a millones de estrellas de distancia, y no importaba que era lo que hicieran no podían alcanzarla. Se preguntó qué cosas les habría metido en la cabeza Gabrielle. El hombre podía ver que las niñas tenían cierto grado de modales corteses, pues siempre saludaban y decían con permiso cuando se alejaban. Pero ahora estaban dejando mucho que desear. Se preguntó si la llegada de Gabrielle tenía algo que ver.

Blaire entró en ese momento junto con dos doncellas que llevaban el servicio.

Señor León, la señora Gabrielle y el señor Leonard vendrán en un momento.

El hombre asintió y dirigió la vista hacia las niñas, Elizabeth había dado una ligera mirada a los pastelillos, mientras que Resise se había relamido los labios, pero ninguna de las dos hizo el propósito por tomar o pedir uno.

Creí que a las niñas les gustaban los regalos —mencionó el hombre rubio.

Elizabeth suspiró, estaba demasiado aburrida.

Mi mamá dice que no debemos aceptar obsequios de desconocidos —se excusó Resise.

León asintió.

Pero nosotros no somos desconocidos. ¡Somos sus abuelos! —debatió Amber.

El señor malo no es mi papá —dijo Resise.

Amber estaba a punto de reprender a la chiquilla cuando León la interrumpió:

Amber las niñas tienen razón, no nos conocen; pero nos encantaría que lo hicieran. Porque, pronto volveremos a ser familia.

Elizabeth, levantó la mirada; sin embargo, mantuvo sus pensamientos para ella.

Hay más integrantes de la familia que deseamos que conozcan. Sus tíos y primos —Amber anunció.

Gabrielle entró al pequeño salón donde estaban las niñas demasiado calladas y quietas para ser ellas mismas. Sonrió cuando atrapó a Resise mirando los pastelillos con deseo.

¡Buenos días! —saludó a la pareja. León se puso de pie y besó la mano de su nuera, mientras que Amber asintió hacia ella ligeramente. Para la madre de Leonard, Gabrielle era una mujer caprichosa que había dañado a su hijo y robado a su nieta. Se la negó a él, a su familia y no la perdonaría—. Leonard no tarda en llegar. No los esperábamos tan temprano.

Queríamos compartir con Elizabeth, antes de que llegaran los demás —respondió Amber.

Gabrielle se encontró los obsequios en la mesa y sonrió a las niñas con el rostro emocionado.

¡Oigan! ¡Son obsequios! ¿Es que no piensan abrirlos?

Resise, tomó el regalo y lo abrió, mientras que Elizabeth, simplemente lo tomó y dejó sobre sus piernas.

¡Gracias, señora Du Pac! —Resise sacó una bonita muñeca.

Gracias —susurró Elizabeth.

A Elizabeth no le gusta abrir de inmediato sus regalos —dijo Gabrielle, excusando a la niña por su apatía para recibir el regalo.

Leonard entró en ese momento. Elizabeth abrazó el brazo de su mamá, sentía que el señor ese se la estaba robando, poco a poco. Cuando Resise y Elizabeth estaban con ella y de pronto llegaba él, le ordenaba a Blaire que las llevara a jugar.

El día anterior no la había visto hasta la hora de la cena y él de nuevo acaparaba su atención hablando sobre una fiesta. Ella les leyó un cuento y las abrazó hasta que durmieron, pero cuando despertó, su madre de nuevo se había ido por la noche. Amaneció en la habitación del señor.

Buenos días mamá, papá. —Leonard besó la mejilla de su madre y saludó a su padre—. Blaire, lleva a las niñas a almorzar y luego a jugar.

Sí, señor.

Elizabeth se sujetó más a su madre.

¡Vamos cariño, ve con Blaire! —animó Gabrielle.

Cuando las niñas salieron de la habitación Leonard se sentó al lado de Gabrielle.

Leonard, deseo hablar con Gabrielle, ¿podrías permitírmelo?

Sí, por supuesto. Madre ¿quieres dar un paseo?

Cuando León Du Pac conoció a Gabrielle Stravella, pensó en ella como la mujer ideal para su hijo, por muchas razones; sin embargo, nunca se imaginó que detrás de la chica vivaz estaba una mujer de grandes pasiones. Si bien, sabía que tenía un carácter fuerte, no creyó que sería capaz de todas las cosas que hizo. Las mujeres Du Pac ya sea por adición o no, siempre tuvieron ciertas características: valentía, amor y fortaleza. Lamentablemente, su esposa era muy cobarde. Pero la amaba con el alma y de eso no había duda. Fue verdaderamente pura suerte que Gabrielle resultara eso y más.

Gabrielle —él dijo su nombre con un excesivo respeto que ella no le creía que le tuviera.

León —le respondió de la misma forma.

¡Bienvenida a casa!

De todas las cosas que pensó que escucharía decir a León, esa definitivamente no era una opción imaginable.

¿Disculpa?

Te agradezco que ella, lleve el nombre de mi madre.

Bueno, la deseabas tanto.

Es una niña muy inteligente, me recuerda a Leonard. Con esa mente rápida.

Sí, se parecen demasiado.

Te seré honesto. Solo yo estoy apoyando a Leonard con tu regreso a la familia. Ellos, aunque no están en posición de preguntarte nada, lo harán. Por diversas razones y una entre ellas es tu capricho de renovar su matrimonio el mismo día en que se iba a casar con Heidi.

Lo sé, pero no hay discusión en eso. No pensamos cambiar de opinión.

Amber realmente estaba encariñada con ella. No lo tomes a mal, es solo que ellas tuvieron la oportunidad de convivir mucho más tiempo de lo que tuvimos contigo.

Gabrielle asintió.

¿Quieres que les responda?

Vieron a Leonard devastado, como nunca antes. Todos participaron de una manera u otra para proteger tu nombre, para buscarte. Aceptaron a Heidi de buena manera, porque ella sanó a Leonard de una forma en la que nosotros no podíamos ayudar.

¿De verdad lo hizo?

Aunque te duela el orgullo y aunque Leonard te lo niegue… debes aceptarlo, ella lo hizo. Lo sacó de su estado de depresión.

Gabrielle suspiró pesadamente. Le costaba mucho aceptarlo, pero hasta ella lo había visto con sus propios ojos aquella vez. Él, quiso olvidarla y posiblemente si no hubiera encontrado a Resise, lo hubiera logrado con el tiempo.

Cuando Leonard me dijo que usted quería hablar conmigo, creí que me ofrecería algo a cambio de Elizabeth, si esa es una opción no la aceptaré; sin embargo, lo que me pide es que justifique mis acciones a un grupo de personas arrogantes que creen que tienen el derecho de inmiscuirse en la vida de los demás.

Ellos van a perder con la ruptura de Leonard con Heidi.

Eso no es asunto mío, sino de Leonard.

Entiendo porque no volviste. Tuve parte de culpa al igual que Leonard… pero lo que más le conviene a Elizabeth —Gabrielle sonrió—, es que intentemos todos llevarnos bien.

Y eso pasará si nadie se mete con las decisiones de los demás. Leonard dijo que se hará cargo para recuperar lo antes posible, lo que perderán con Heidi.

¿Qué hay del padre de la niña?

Él no es mi amante, es lo único que tiene que saber.

¿Qué pasará cuando venga a buscarlas?

Eso es algo que él y yo solucionaremos.

Solo voy a pedirte que no lo hagas a espaldas de Leonard, por favor.

No tenga cuidado, él, ya sabe todo lo que ha ocurrido en mi vida desde que me fui.

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Danielle Asadi se sentó frente al hombre que Leonard contrató para estar a cargo de la búsqueda de Gabrielle.

Me puede explicar, ¿cómo es que mi cuñado encontró a mi hermana?

No lo sé, señora. Por eso la mandé a llamar —respondió el hombre con cansancio.

Algo totalmente estúpido de su parte.

¿Quiere que siga interceptando la correspondencia del señor Tanner? Porque, creo que, pronto se darán cuenta de que alguien no solo ha interceptado la correspondencia, sino que han estado entorpeciendo la investigación de su paradero.

¿Sigue en Colorado?

Sí, señora.

Mi padre me dijo esta mañana que Gabrielle volverá a renovar sus votos matrimoniales con Leonard. ¿Todavía está su gente en Colorado?

Sí.

¿Tiene las cartas del tipo?

Sí, el casero de la casa donde vivían, me las ha estado enviando —el hombre sacó las tres cartas de Diego que no le llegaron a Gabrielle—. Aquí tiene.

Danielle tomó los sobres, los abrió, sacó el dinero que Diego le había enviado a Gabrielle y se lo dio al investigador. El hombre lo tomó, tal vez como su último pago. Una verdadera lástima. Leonard le pagaba para encontrar a su esposa, mientras que la hermana de la mujer desaparecida, pagaba el doble que Leonard para que no la encontrara. Durante años había recibido ese dinero.

Su último trabajo: hágale llegar un telegrama urgente del paradero de Gabrielle. Infórmele que Leonard está obligándola a casarse con él de nuevo. Que urge su maldita presencia antes de cinco días.

Sí, señora.

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Puedes, por favor decirme de nuevo, ¿por qué planeas esta ceremonia en seis días? —Aline Du Pac estaba molesta. Le parecía una bajeza lo que esta mujer quería hacer.

«¿Cómo se atrevía? Le dimos nuestra confianza y ¿cómo les pagó?», se preguntaba, la rubia.

No les he dicho por qué. Pero se los diré: La gran sociedad y su código moral diría que no es correcto vivir en unión libre, y yo creo que no es correcto acostarme con Leonard bajo el mismo techo que mis hijas sin estar casados.

Aline jadeó.

Entonces no te acuestes con él —la rubia, le respondió entre dientes. Noel palmeó su mano.

Aline tú preguntaste y ella simplemente te respondió con sinceridad. Ahora yo te digo que lo que ella y yo hagamos en nuestra casa, detrás de la puerta, es asunto nuestro —dijo Leonard.

Es que cómo puedes aceptarla tan de buenas a primeras después de todas las mentiras que ha dicho. ¿Cómo podemos estar seguros de que no volverá a dañarnos moralmente y económicamente? —Noel apoyó a su esposa.

No perdieron nada que yo les haya quitado, si ahora van a perder es por su propia ambición y afán de negociar con la felicidad de las personas.

Gabrielle, me extraña que seas tú quien nos cuestione cuando mi hijo no ha hecho nada más que limpiar tu nombre, desde el momento en que se anunció tu compromiso con Leonard hace seis años. Te dimos un nombre digno y…

¿Un nombre digno? Disculpe señora Amber, pero el nombre Du Pac será muy digno aquí en América donde nadie sabe cómo usted le arrebató el marido a otra mujer. Creo que estamos cortadas por la misma tijera, señora Du Pac.

¡Gabrielle! —Leonard la reprendió.

No Leonard, no te atrevas. Es tu madre y lo entiendo, pero si no tienes los pantalones para defenderme cuando me ha atacado primero entonces mejor guarda silencio. Honestamente, Leonard me decepcionas.

¡Basta ya! Amber, Leonard ha tomado su decisión, y hay que recordar que ya no es un niño. Él tiene que vivir las consecuencias de sus actos y si cree que será feliz con ella debe hacerse responsable de ello.

¿León, la apoyas?

Gabrielle, te pido, por favor que no vuelvas a ofender a mi esposa si no deseas a un enemigo de por vida.

Pues contrólela.

¡Dios mío, pero que vulgar! —mencionó Aline.

Leonard se puso de pie, amaba a su familia, pero también amaba a Gabrielle. Y sabía que ella tenía razón, parte de su problema con Gabrielle era la confianza, la misma que no tenían porque, él nunca se la dio. ¿Cómo puede confiar en alguien que ni siquiera la puede cuidar de su familia?

Familia voy a casarme con Gabrielle, en cinco días. La ceremonia se llevará a cabo a las once de la mañana, aquí en casa. Son bienvenidos a compartir con nosotros nuestra felicidad. Pero también comprenderé si no asisten porque les causa un gran conflicto aceptar a la mujer que amo y presentarse para nuestro enlace. No les guardaremos rencor, pero tampoco nos detendremos solo para agradarles. Las razones de la fecha de nuestro enlace son nuestras.

No estoy de acuerdo con la boda —Jerry se puso de pie.

Tampoco lo estamos nosotros —Noel y Aline también se levantaron. Amber que estaba muy ofendida no solo con Gabrielle, sino también con Leonard, se puso de pie.

La mirada de Gabrielle se topó con la de Amy que, permanecía sentada frente a León.

Bueno, si esta es su postura… voy a separarme de la asociación, absorberé la deuda con los Vulturi.

¡Te irás a la ruina!

No te preocupes Noel, estoy seguro que Robert me dará trabajo y que no abandonará a su hija y a su nieta.

Vas a darle la espalda a tu familia por una mujer.

No, yo no. Ustedes lo han hecho, por dinero, por favorecer a una mujer que ha ofendido a mis hijas, que ha ofendido a mis empleados de confianza y que se atrevió a tomarse atribuciones que no le correspondían como lo fue intentar echar a la calle a Blaire.

Su mejor amiga le hizo saber lo ocurrido.

¿A Blaire? ¿Te refieres a esa sirvienta que te traicionó para ayudar a esta mujer a cometer todas esas tonterías?

Blaire es más que una sirvienta, Aline, pero no espero a que lo entiendas. Sin embargo, espero que tu marido, Jerry y mi madre recuerden que Blaire fue la única amiga que tuve en mi infancia. Porque ni siquiera mis primos deseaban acercarse a mí. ¿Por qué lo harían si de todas maneras iba a morir? No, claro que no; tenían mejores cosas qué hacer, como ganarse el favor de mi padre, pues alguno tenía que heredarle, ¿no?

Amber jadeó, las palabras de Leonard le recordaron cuánto habían sido despreciados por la familia de León en un principio de su matrimonio. Sabía que su hijo tenía razón, pero no era la herencia lo que el hermano de León peleaba, sino a su hermano. Él quería que se diera cuenta cuan inadecuada era ella y el hijo que había parido. León no tenía ningún futuro con ellos. Así que, enviaba a sus hijos a recordarle lo que por necedad —él decía—, había perdido. Un nombre, una fortuna y la posibilidad de tener hijos sanos y fuertes de su primera esposa. Porque Dios los había castigado con un hijo enfermo que solo pena y dolor les causaba, y por si fuera poco ella no podía volver a tener más. Ella se sentó al lado de León.

Las cosas no fueron así. Por favor, Leonard ¿qué estás diciendo? —Jerry mencionó con una sonrisa burlona.

La verdad, Jerry. Crees que no sé por qué pasabas tanto tiempo al lado de mi padre cuando iban de visita, ambos lo hacían.

¡Ay! Por Dios, Leonard deja de comportarte como un imbécil melodramático —Noel respondió.

Te equivocas, primo. Te recuerdo que mi padre le ayudó al tuyo a hacerse de una fortuna, mi abuelo lo desheredó. Dime ¿qué podríamos heredar de tu padre?

Heredaron el nombre, pero cuando el abuelo murió, mi padre recibió la fortuna de mi abuela que una vez le fue negada por el abuelo.

¡Leonard, te la pasabas en tu habitación! —respondió Noel.

Bueno, pues es hora de que vuelva a mi habitación, Noel. Con las personas a las que no les importa un comino, cuánto dinero puedo generarles. Lo siento. Pero voy a casarme con Gabrielle lo más pronto posible y no habrá nada ni nadie que nos detenga.

»Y madre, deja que Elizabeth respire un poco, se acostumbre a su nueva vida y que se acostumbre a mí, ella irá a ti cuando esté preparada.

¿Qué quieres decir?

Que no la visites más.

¡Leonard!

Ella irá a ti cuando esté lista.

Amber comenzó a sollozar.

Castigas a tu madre por no aceptar a esa mujer… eres un patán.

No, Aline. Solo estoy velando por mi hija, como Amber lo hizo por mí.

¿Qué daño podría hacerle a esa niña?

Esa niña tiene su nombre, Aline. Y la está presionando e intentando comprar con regalos, la agobia. ¡Dios mío! Elizabeth, ni siquiera puede comprender exactamente lo que pasa a su alrededor. Ahora si me disculpan mi mujer y yo tenemos una boda que organizar, a la que debido a su falta empatía no serán invitados a excepción de mi padre.

Amber comenzó a sollozar más fuerte y se dirigió a León.

Vas a permitir que me haga esto.

Amor, te amo; pero has sido muy frívola con tu hijo. Cuando supimos de la condición de Leonard estuvimos a su lado noche y día. Esperando el final. Y gracias a dios no sucedió.

»Cuando creció prometimos que le daríamos, todas las experiencias que un joven de su edad debería tener. Le dimos una esposa para que encontrara dicha y el consuelo que solo una pareja puede ofrecer. Prometimos que siempre estaríamos a su lado velando por su felicidad. Algo que has olvidado; porque de otra manera no puedo entender, por qué no puedes ver que Gabrielle es su felicidad.

»Te has dejado llevar por el peor de tus defectos y ese ha sido el querer encajar en una sociedad a la que no pertenecemos porque no tenemos el corazón mezquino que tienen las personas a las que deseas seguir agradando. Te importa más lo que podría estar sufriendo una mujer pretensiosa que tu propio hijo al ver que su madre rechaza a su familia, a la que buscó por años.

Gabrielle no es buena para él.

¿Quién lo dice? ¿tú? Amber, según mi hermano nunca fuiste buena para mí. Sin embargo, hemos sido felices, al menos eso es lo que pienso, no sé tú.

Es distinto, nunca te abandoné.

Su hijo me disparó. Dijo que me mataría. No me dejó explicarle lo que sucedía.

Dijiste cosas horribles.

Para distraerlo, Leonard tenía el revolver en la boca cuando lo encontré. Ralph estaba conmigo y mientras yo distraía a Leonard él iba hacia él. Leonard pudo habernos asesinado, a Elizabeth y a mí. Eso señora es lo que no comprende mi hija. Por qué estamos aquí a su lado, cuando intentó matarnos, cuando ella se acercó a él y Leonard la trató como una paria, solo para complacer a su prometida.

¿Qué estás diciendo?

Volví, yo volví con Elizabeth. Pero Leonard no quiso ver lo que había frente a sus ojos, tal vez porque no estaba preparado para la verdad, para enfrentarse a la realidad. Ella llevaba el mismo medallón que reconoció en Resise. Es por eso que Elizabeth no puede aceptar a Leonard, porque piensa que él vio en Resise, la hija que siempre quiso. —Leonard giró su cabeza en dirección a Gabrielle asombrado—. La manera en que mira a Resise, en la que le sonríe o acaricia su mejilla. Ellos no pueden acercarse, porque ella se ha cerrado a Leonard. Elizabeth está horriblemente celosa. Cometí errores, eso lo acepto y he pagado por cada uno de ellos, durante este tiempo. Pero, Leonard también ha cometido los suyos, ¿no lo cree?

»Sepa señora que será bienvenida el día de nuestra boda, siempre que esté dispuesta a respetar las decisiones de su hijo, respetar los tiempos de Elizabeth y respetarme a mí. Si lo hace, yo se lo agradeceré cuidando de Leonard y devolviéndole el mismo respeto. La invitación se extiende para todos.

Gabrielle, me gustaría poder ayudarte con los preparativos —Amy que había estado silenciosa durante todo el encuentro desde su llegada, se propuso. Aun si su gruñón esposo quería asesinarla con la mirada. Pero para ella era claro que Gabrielle había levantado la bandera de la paz.

Amy siempre sintió una tremenda curiosidad por Gabrielle y su capacidad por romper todas las reglas y hacer lo que mejor le parecía. Ella estaba fascinada por su gran fuerza y quería ser su amiga de verdad. Aun cuando su esposo no pudiera ver la bondad en el corazón de esa mujer contradictoria que luchaba con fervor para demostrar que no había nada en su corazón que egoísmo. Amy, así como León podían ver más allá.

Gabrielle le dedicó una sonrisa cálida a la pequeña mujer. Y solo para molestar al esposo de está que parecía odiar con todo el corazón la decisión de su esposa. Finalmente, el hombre que estaba a punto de hacer una salida dramática, porque nunca permitiría darle el gusto a Leonard de echarlo de su casa, se sentó de mala gana junto a su amada Amy. De nuevo.

Noel negó con la cabeza, mirando a su hermano que le evadía la mirada.

¿Noel? —preguntó Aline.

Noel tu hermano ya se quedó, si no vas a irte sin su permiso, no te canses mejor siéntate, porque parece que no tiene nada más que decir —León le ordenó.

De mala gana al igual que Jerry, Noel y Aline se sentaron.

¿Ya tienes la lista de invitados? —preguntó Aline a Gabrielle.

Gabrielle sonrió.

Solo serán los Stravella y los Du Pac.

Creímos que invitaríamos a nuestros socios y amigos.

No Jerry, no expondré a mis niñas a ser el centro de atención de un circo de alta sociedad. Estarán presentes solo las personas que verdaderamente importan para nosotros.

Cuando anunciaron que se casarían ese día, pensamos que querías hacer saber a todos que habías vuelto y que Leonard había rechazado a Heidi, por ti.

Bueno ella tarde o temprano se enterará de la boda y del día, Noel. Pero honestamente, lo que esa mujer piense o sienta no me importa. Esto lo hacemos porque nosotros lo queremos así.

Pero Leonard no estaba de acuerdo, sabía que Gabrielle necesitaba sentirse segura. Él quería mostrarle que está vez, no le fallaría.

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Heidi estaba pagando a la modista el vestido de novia que nunca usaría. Leonard ya había mandado una tarjeta de disculpas a los invitados anunciando la cancelación de la boda. El idiota ni siquiera se había tomado la delicadeza de anunciarles personalmente. Pero ella no lo haría, no señor. Por dentro estaba devastada por la humillación, pero nunca lo demostraría.

¿Señorita Heidi?

Ella cerró los ojos, no tenía ningún deseo de hablar con nadie. Se dio la media vuelta y se encontró con una extraña mujer vestida de negro.

¡Vaya! Mi hermana tenía razón es usted realmente patética. No me extraña, porque Leonard no pudo hacer a un lado la pasión enfermiza por ella.

¿Quién es usted?

Soy Danielle Asadi, hermana de Gabrielle Stravella.

¡Ah! Y ella ha dicho que soy… ¿qué?

Tonta, mimada y patética —Danielle estaba divertida por la reacción de la mujer, que de pronto había enrojecido por la rabia que sentía en su corazón.

¡Pues usted y su hermana pueden irse al infierno! —le gritó Heidi a Danielle. La modista se apresuró a empacar el ajuar de novia, pero Heidi le aventó el dinero y le ordenó—. Tire todo eso a la basura, deshágase de ese vestido. Pero dónde me entere que lo ha vuelto a vender la destruiré.

La mujer asintió nerviosamente.

¡Oh! No señora, no me mal interprete. Gabrielle es mi hermana, pero al igual que a usted me robó a mi marido.

Heidi se detuvo, aturdida. Danielle aprovechó para colocarse a su lado.

Explíquese.

La invito a tomar un té —le dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

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Al siguiente día Gabrielle, Leonard y las niñas se presentaron en la casa de Robert Stravella. El hombre al ver al fin a su hija no pudo contener las lágrimas por el reencuentro. Gabrielle sintió que esta vez, sí, había vuelto a casa.

Perdóname, papá, perdóname.

No hay nada que perdonar. Pero, por favor no vuelvas a hacerlo, no vuelvas a irte sin despedirte. Es más nunca más vuelvas a irte.

Marie Stravella, estaba detrás de la pareja llorando, pero cuando vio a las niñas que estaban muy quietecitas mirando a su madre, su corazón se estrujó. Estaba preocupada, si el regreso de Gabrielle significaba una recaída en la estabilidad mental de Danielle, no sabría qué hacer.

Mamá —Gabrielle llamó a su madre. A pesar de todo Gabrielle no le guardaba rencor a su madre. La amaba.

Gabrielle.

Ambas mujeres se abrazaron.

¿Son tus niñas?

Sí, son Elizabeth y Resise.

¡Oh! ¡Por Dios! ¡Son tan hermosas!

¡Vengan niñas, ella es su abuela Marie y su abuelo Robert!

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Danielle miraba la interacción de Gabrielle y sus padres desde el inicio de las escaleras, y no fue hasta que Gabrielle miró hacia arriba que sus miradas se encontraron. Danielle, fue a su encuentro.

Danielle.

Gabrielle, quería decirle tantas cosas a su hermana, pero la verdad es que el tiempo lejos de casa la hizo pensar en muchas cosas. En el daño que le había hecho o que se habían hecho. Ahora que sabía que la engañó para alejarla de todos, la entendió, de alguna manera comprendió que ella estaba dolida, por el desprecio de Ramin y porque seguramente creía que de nuevo se había metido con él.

¿Son tus hijas? —Danielle le preguntó. Para Gabrielle era claro, que Danielle estaba intentando hacer cómo si nada hubiese pasado, tal vez era lo mejor.

Sí.

Son hermosas.

Gracias. ¿Y cómo está Seth?

Danielle la miró a los ojos intentando saber si ella estaba atacándola.

¿De verdad no lo sabes?

Lo siento, Danielle. No se lo he dicho —dijo Leonard.

Muerte de cuna —susurró.

Gabrielle jadeó. Ella realmente sintió pena por Danielle y por ese niño. Su sobrino.

Lo siento.

Danielle asintió. Ella caminó hacia las niñas y se puso de cuclillas.

Pero mira que tenemos aquí. ¿Quién es la mayor?

Elizabeth —respondió Resise.

¡Oh! Su madre y yo hacíamos muchas travesuras. ¿Les gustaría conocer su habitación?

Gabrielle sintió un escalofrió recorrer su espalda.

¡Danielle yo creo que…!

Lo siento Gabrielle. Pero voy a mal educar a mis sobrinas —Danielle, tomó a las niñas una en cada mano y las arrastró con ella a la segunda planta—. ¿Saben?, su madre y yo teníamos un escondite secreto para guardar dulces, voy a mostrárselos. Y todavía tengo muchas muñecas con las que solíamos jugar…

Y así Danielle Stravella pasó la tarde con sus sobrinas mientras que Marie, las acompañaba; porque la mujer estaba encantada con las niñas y Danielle era inestable. Gabrielle y Leonard acompañaron a Robert.

Entonces ¿van a casarse en cuatro días? —Robert, estaba contento.

Así es, Robert. Mañana les haremos llegar la invitación.

Sí, Leonard quería hacer una modificación o algo así.

Ya veo. Me da gusto, que no esperen demasiado. Leonard te ha esperado por mucho tiempo Gabrielle.

Lo sé.

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Heidi se encontraba llorando en su habitación, Danielle le había hecho llegar la invitación de boda de Leonard con esa mujer. Ella si amaba a Leonard y le dolía que él no la hubiera amado ni un poco. No solo la abandonó por esa mujer en cuanto apareció en su vida, sino que la engañó, la hizo creer en sus palabras dulces. Y, por si fuera poco, se iba a casar con ella el mismo día que ellos antes y había puesto una maldita declaración de amor en la invitación.

No es justo, no es justo —repetía la mujer envenenada de celos y envidia.

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Leonard estaba tocando el piano en su habitación secreta a media noche, Gabrielle se había quedado dormida después de haber hecho el amor. Sin embargo, él no había podido conciliar el sueño. Estaba nervioso, preocupado por el escándalo que estaba estallando a su alrededor. Afortunadamente para Gabrielle nadie podría llegar a ella, sin que primero él lo permitiera.

Heidi había estado calumniando en su contra tan rápido que ahora su madre estaba sufriendo las consecuencias, con las constantes visitas y llamadas telefónicas para saber, por qué Leonard había abandonado tan preciosa mujer.

Un movimiento en la entrada de la habitación lo distrajo, luego de un par de notas más se detuvo.

¿Te gusta la música, Elizabeth?

Leonard miró hacia la entrada, una pequeña figura apareció de entre las sombras.

Nunca la había escuchado.

Leonard asintió. Se acomodó de nuevo en su lugar y comenzó a tocar de nuevo una nueva melodía. Y conforme la música avanzaba Elizabeth era atraída a él como un imán. Cada vez más cerca y curiosa de los movimientos de sus dedos la niña terminó a su lado, cuando la melodía acabó.

Se llama «Claro de luna».

¿Cómo sabes tocarlo?

Puedo enseñarte —se hizo a un lado, invitándola a sentarse a su lado—. ¿Quieres probar los sonidos?

Sí —dijo apenas en un murmullo.

Ella brincó al primer sonido de la tecla que tocó, ambos rieron divertidos. A las tres de la mañana, Leonard, llevó en brazos a su hija a la cama.

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Gabrielle encontró a Leonard mirando a las niñas jugar en los jardines.

¿Cuándo vas a acercarte a ella?

Ayer me encontró tocando el piano. Estuve enseñándole, pero ahora a la luz del día… simplemente me ignora.

Creo que le gustas, pero está intimidada.

Leonard mordió su labio inferior.

No lo sé.

Habla con ella, se su amigo y poco a poco te ganarás su afecto.

Elizabeth llegó corriendo con su madre.

Mamá ven a jugar con nosotros…

¡Oh! Lo siento pequeña, no puedo. Tal vez, Leonard, pueda jugar con ustedes —Elizabeth vio a Leonard y luego a su madre—. ¡Vamos! Dale una oportunidad. Hay una casa abandonada, él puede llevarlas y contarles sobre ella.

Elizabeth asintió y luego salió corriendo.

Anda, ve. Esta es tu oportunidad.

Gracias.

Nada de gracias, quiero un gran diamante mañana.

Lo tendrá señorita Stravella.

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Las niñas llevaban entre sus manos algunas cosas que encontraron en esa casa abandonada: un cofre, un abre cartas, hasta un viejo collar y un abanico. Leonard, que iba atento a su charla sonreía contento por el resultado de su convivencia con las niñas. Resise ya no le decía señor, sino Leonard. Y Elizabeth comenzaba a escucharlo más que ignorarlo. Cuando llegaron a casa, Resise, fue llevada con Blaire para darse un baño, mientras le pedía a Elizabeth que lo acompañara, porque quería mostrarle algo.

Leonard la condujo hasta su despacho, tomó del cajón una llave y una de las invitaciones de boda que había mandado a modificar. Y se arrodilló frente a ella. Abrió el sobre y se lo mostró.

¿Sabes lo que es?

Una invitación.

Pero también es una declaración de amor. Elizabeth puedes leer aquí.

«Si me preguntas si la amo, responderé… siempre».

Pero tú nos quisiste matar —ella dijo con un puchero.

No, no sabía lo que hacía. Perdí la cordura, lo lamento. Fue un error que pagué muy caro. ¿Podrías perdonarme?

Ibas a casarte con esa mujer.

Porque pensé que nunca las encontraría, perdí la esperanza; sin embargo, te prometo que nunca más volverá a ocurrir.

Nunca me has querido —ella ya estaba llorando y a Leonard se le partía el corazón.

¿Te cuento un secreto? —ella asintió.

Leonard se levantó, tomó de la mano a Elizabeth y la condujo hasta donde estaba la habitación secreta. Activó el dispositivo que descubría la entrada. Le dio la llave a Elizabeth y la animó a abrirla. Cuando lo hizo, Leonard encendió la luz y la instó a entrar. Elizabeth caminó al lado de Leonard hasta la mesa que había al centro de la habitación. Había joyas y peines, pero también había documentos.

Estos papeles, dicen cuánto tiempo las busqué. Y cuánto te extrañé —Leonard no pudo evitar soltar un par de lágrimas. Elizabeth estiró su mano para intentar alcanzar su mejilla, él se agachó. El suave roce de la mano de la niña sobre la piel de su rostro lo hizo sentir que era un pequeño ángel que lo tocaba. Leonard tomó su mano y la besó.

¿Puedo abrazarte Elizabeth?

La noche anterior cuando ella estaba agotada y Leonard la llevó a la cama, se sintió bien, la acción la hizo sentir que era correcto. Y quería volver a tocarlo y que la abrazara. Le gustaba su voz y como olía. Diego era el padre de Resise, y Leonard era su papá, se dio cuenta de lo diferente que se sentía el calor del otro, el abrazo. Y cuando él besó su frente y le dijo buenas noches, ella suspiró.

Te quiero Elizabeth.

Dijiste que mamá había muerto.

Porque pensé que ella me traicionó, que me olvidó. Te prometo que nunca volveré a mentirte, que siempre estaré contigo y que nunca las abandonaré.

¿Siempre?

¡Siempre!

Leonard abrazó a Elizabeth y la pequeña al fin le correspondió.

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Faltaban pocos minutos para la ceremonia. Danielle ajustaba los últimos botones del vestido, mientras que su madre observaba. En ese momento, Amber Du Pac entró a la habitación.

Gabrielle ¿puedo hablar contigo a solas?

Ambas mujeres salieron de la habitación, sin decir una palabra.

¿Sucede algo Amber?

No, solo quiero disculparme por todo lo que sucedió; estaba enojada y no tenía un buen juicio sobre ti, más porque no quería tenerlo. Por egoísta y…

No te preocupes. Sé que no soy perfecta, ni la mejor persona del mundo, además… tenías motivos de gran peso para no aceptarme de nuevo.

No quiero perder a mi hijo y quiero formar parte de la vida de Elizabeth. Es por eso que hago a un lado mi orgullo y reconozco quién soy y de dónde vengo, lo olvidé Gabrielle y gracias por recordármelo. Te reconozco como la verdadera felicidad de mi hijo —sonrío la mujer—, como dice León.

Gracias, te prometo que siempre estaré con Leonard, que lo haré feliz. Y por supuesto nunca permitiría a Leonard que los alejara de Elizabeth.

Lo sé, ahora lo sé.

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Cuando Diego recibió un telegrama de Gabrielle, le sorprendió saber el motivo por el cual ella no le había escrito en casi cuatro meses, había resuelto que de no saber nada de ella viajaría a su encuentro en quince días. Pero, al recibir el telegrama de Gabrielle, donde le anunciaba: Du Pac, rapto, Chicago. Él le pidió a Félix su mejor amigo y socio —ahora que habían encontrado el tan ansiado oro—, que lo ayudara.

Mientras Félix viajaba a Nueva Orleans para buscar a Gabrielle, Diego, fue a Chicago. Sabía dónde encontrar la mansión de las Cariátides, pues Gabrielle y él hicieron el pacto de que, si algo le sucedía a ella, si él no podía cuidar de Elizabeth la llevaría con Leonard, o bien le diría a Elizabeth donde encontrar a su familia cuando cumpliera la mayoría de edad. Pero si Gabrielle le había escrito rapto, seguramente era porque Leonard las encontró y ahora se había llevado a Elizabeth a la fuerza.

No pensaba robarse a Elizabeth ni hacer una aparición espectacular, sin encontrarse primero con Gabrielle y saber lo que realmente pasaba. Llegó a Chicago se instaló en un Hotel y luego envió un telegrama a Félix para informarle donde estaba.

Cuando Félix se puso en contacto vía telefónica le leyó la carta que Gabrielle le había dejado con el casero.

Ella había enfermado, Leonard las encontró, la abandonó en su casi lecho de muerte llevándose a sus hijas. Gabrielle fue tras él, cuatro días después. Leonard tenía a Resise. Luego, le leyó la carta de Leonard Du Pac anunciándole que si en caso que Gabrielle hubiera muerto en ese hospital, supiera que dejó pagado para que el director le diera sagrada sepultura a la mujer; que si ella sobrevivía tanto él como Gabrielle podían ir a la Mansión de las Cariátides por Resise, ya que Gabrielle no estaba apta para cuidar de la niña en esos instantes, él lo haría por honor, ya que, él había cuidado y dado un nombre falso a su hija con la intensión de proteger a la mujer que ama. No lo culparía de robo puesto que había sido Gabrielle quien indudablemente maquinó una red de telarañas a su alrededor. Pero, que si tenía la intención de viajar a Chicago —con o sin Gabrielle—, para arrebatarle a Elizabeth lo destruiría.

Diego hizo lo segundo que Gabrielle le pidió, buscar a Robert Stravella si algo le ocurría. Porque si Leonard tenía a Elizabeth y ella fue tras él, era lógico pensar que acudiría a su padre para pedirle ayuda. El hombre tampoco tenía a una heredera de sangre por lo que seguro lucharía para que Gabrielle recuperara a Elizabeth, o por lo menos pelearía para quedarse con la niña si, acaso Leonard, se había atrevido a denunciar a Gabrielle por la muerte de ese tal Ramin Asadi. Así que, se presentó en la mansión Stravella.

Buenas tardes, señor. Busco a Robert Stravella.

¿Quién lo busca?

Diego Tanner, esposo de Gabrielle.

El mayordomo asintió.

No se encuentra, pero la señora Gabrielle le dejó esto, en caso de que se presentara hoy. Diego tomó el sobre, abrió la carta y leyó.

Leonard Du Pac, ese monstruo, me ha obligado para que acepte casarme de nuevo con él. Tenía la esperanza de que pudieses llegar antes. Por favor, amor mío, impide la boda. ¡Mata a ese horrible hombre! Nos casamos hoy en la mansión de las cariátides. Siempre tuya…

Tu amada Gabrielle

Diego estaba atónito. Era obvio que esa carta no era de Gabrielle. Gabrielle siempre firmaba: con cariño o con amor. Pero, ¿su amada? Y por si fuera poco ella nunca le pediría que matara a alguien.

Gabrielle sabía que perdería a Elizabeth el día que Leonard supiera de ella y aunque le dolía a la mujer, era consciente que ella tendría una mejor vida con él. Además, Leonard le había dejado una carta dándole la opción de ir por Resise, pensó en las veces que Gabrielle le había dicho que era un buen hombre, tal vez un poco rencoroso. Pensó que, si él hubiera estado en su lugar, también hubiese dejado a Gabrielle en ese hospital, dolido por haberle quitado a su hija por muchos años.

Señor, disculpe, pero tengo cosas que hacer y usted no puede quedarse aquí.

Sí, no se preocupe.

Diego salió de la mansión Stravella, para dirigirse a la mansión de las Cariátides.

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Gabrielle caminaba del brazo de su padre, ahora más segura de sí misma. Con una sonrisa en el rostro y mirando a su novio que la esperaba frente al juez. Era una boda civil. Pero ellos quisieron hacer el teatro completo, porque está vez, nadie los obligaba a casarse, en esta ocasión lo hacían por amor.

Leonard no tenía idea de que el vestido de Gabrielle era blanco con piedras plateadas y bordadas en hilo de plata, no tenía idea de que el vestido haría resaltar su hermosa figura, opacando la cicatriz que tenía en el rostro; no, no era el vestido, era ella y su sonrisa. Era ella y sus ojos llenos de amor y anhelo.

«¡Dios mío! Ella me ama», pensó.

A los novios no les importó que al final Jerry y Amy decidieran que debían invitar a sus antiguos socios comerciales, para hacerles saber que los Vulturi no tenían ningún poder sobre ellos, y que era obvio que no les preocupaba las pérdidas que pudieran tener por el rompimiento del compromiso. Así que, las esposas de aquellos hombres, miraban de primera mano lo felices que estaban los novios. Vagamente recordaban a Gabrielle, una niña engreída y la oveja negra de la familia Stravella. Pero las crueldades que debió haber vivido en la guerra no solo la habían marcado físicamente, su personalidad había cambiado. Su sonrisa cálida, sus ojos llenos de amor hacia el novio y además no podían negar que las niñas que iban lanzando los pétalos de rosas para su madre y que eran las hijas de Leonard Du Pac, eran preciosas.

Gabrielle llegó frente a Leonard, sin apartar la mirada de los ojos del otro, escucharon al juez leer el acta. Y cuando se les pidió dieran sus votos…

Yo Leonard Du Pac que te ama desde siempre te prometo que nunca volveré a perderte. Y que, si eso pasara, te esperaría hasta el día de mi muerte. Y que solo por ti, pienso vivir una vida muy larga, Gabrielle.

Gabrielle no pudo evitar sollozar ante el juramento de Leonard. Y entre lágrimas y voz quebrada, pronunció sus votos:

Yo Gabrielle Stravella que te ama desde aquel verano en que te conocí, te prometo que nunca me iré de tu lado. Y que siempre cuidaré de tu corazón. Te amo, Leonard.

Y aunque todavía no era el momento, ella se lanzó a sus brazos para fundirse en un largo beso lleno de amor.

Leonard fue el primero en firmar el acta…

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Blaire no podía creer que la maldita puerta estuviera siendo aporreada sabe dios por quien sabe quién. Antes de abrir, se imaginó que podría ser la víbora de cascabel de Heidi, pero cuando escuchó la voz de un hombre…

¡Abran la puerta, por favor!

Ella abrió muy despacio, pero fue empujada con fuerza.

¡Óigame idiota! ¿Qué le pasa?

El hombre iracundo de ojos azules la tomó de los brazos y la sacudió.

¿Dónde está Gabrielle?

¡Me hace daño! —él pareció darse cuenta de lo que hacía porque la soltó.

Disculpe, busco a Gabrielle Stravella.

¡Ay! ¿Usted es Diego Tanner?

Ambos se miraron de arriba abajo, el ruido de una empleada entrando rápidamente a la sala llamando a Blaire los distrajo.

¡Blaire apresúrate ya van a decir los votos!

Los ojos de Blaire casi se salen de sus ojos, Diego se puso pálido, por otro instante sus miradas se cruzaron. Entonces, Diego corrió hacia la puerta por donde la mujer había entrado.

¡Kassandra detenlo, es Diego!

La chica se puso frente al rubio, con las manos extendidas a dar su vida en el proceso para impedir que el hombre interrumpiera la boda y la felicidad de sus señores. Pero a pesar de que era alta, era muy delgada, por lo que fue fácil para él tomarla de la cintura y empujarla hacia Blaire, que iba detrás de él arañando su ropa en un intento por atraparlo. Ambas mujeres se estrellaron y cayeron al piso desparramadas. Tal vez si fuera otro momento, Diego hubiese reído a carcajadas.

Diego salió por la puerta que conducía a los jardines donde se estaba llevando a cabo la ceremonia. Detectó a Gabrielle a punto de firmar el acta, dos hombres, uno mayor y otro más joven comenzaron a acercarse por sus costados. Obviamente notaron por sus fachas que no era un invitado, pero su determinación por atraparlo se afianzó cuando la pequeña rubia salió por la puerta susurrando lo menos fuerte que pudo. Los invitados más cercanos a ellos giraron sus cabezas hacia atrás. Gente pomposa.

Diego evadió al hombre mayor y corrió hasta la mitad del camino antes de gritar:

¡Gabrielle, no firmes!

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Siempre muy agradecida por todo su apoyo.

¿Qué opinas? ¿Te esperabas la entrada aparatosa de Diego?

Chapter 23: Chapter 23

Oscuro Corazón

Disclaimer:

La saga de Crepúsculo no me pertenece solo la trama de esta historia. Me puedes encontrar en el grupo de Facebook Fanfics Rakel Luvre.

Capítulo 22

Tal vez

—¡Gabrielle, no firmes!

La voz gruesa de Diego fue escuchada por cada miembro presente en la ceremonia. Un par de niñas giraron sus pequeñas cabecitas al reconocer la voz del hombre al que habían conocido como su padre.

La maldita frase, casi le ocasiona un infarto, si no hubiera sido porque el corazón se le hizo añicos, cuando escuchó la voz de su hija gritar «¡Papá!», a un hombre que no era él.

Las niñas corrieron hacia Diego, eufóricas por volver a verlo. Resise fue la primera en alcanzar a Diego que se arrodilló para recibir a su pequeña princesa. Elizabeth, llegó después, pero su recibimiento no fue distinto sino tardío.

Las abrazó y besó sus cabecitas. Resise que se encontraba histérica, comenzó a pegarle manotazos en el hombro, mientras que le reclamaba por haberla abandonado.

—¡Me dejaste, me dejaste! —decía con voz chillona.

—No lo hice mi niña, nunca. Aquí estoy bebés, aquí estoy —calmaba con voz clara y suave; aferrados en un fuerte abrazo de tres.

Leonard apartó la mirada con una mueca amarga en el rostro. Estaba furioso y lleno de celos, no porque el idiota interrumpiera su momento con Gabrielle, sino porque, le dolía ver que tenía el amor de su hija. Su hija.

«¡Maldita sea!», pensó.

La mano cálida de Gabrielle tomó la suya apretándola ligeramente para llamar su atención.

Gabrielle lo soltó para firmar el acta, tal vez aprovechando que las niñas, se habían ocupado de Diego. Ignorando los murmullos de los invitados no deseados de Jerry y Amy. Ya estaba imaginando las locas historias que contarían saliendo de la mansión.

Cuando terminó de firmar le dio la seña al juez para que concluyera la boda.

León Du Pac y Noel, se acercaron al hombre que había interrumpido.

—Señor Tanner, acompáñenos —ordenó León.

Diego achicó los ojos.

—Las niñas pueden venir con nosotros.

Diego asintió. Siguió a León hasta dentro de la casa y luego, al despacho de Leonard. Las niñas caminaban a sus costados escoltándolo y sin soltarlo; pues temían que se marchara sin ellas.

—Por favor, tome asiento —le indicó, León.

—Gracias.

Tomó asiento en el gran sofá, y las niñas se sentaron a su lado, sin soltarle la mano.

—Gabrielle nos dijo que, no eran más que solo amigos —habló con sarcasmo Noel, que se encontraba de pie recargado en la pared cercana a la puerta.

Diego quiso soltar a reír, el oso ese, creía que podía detenerlo si quisiera hacer algo.

—Eso es algo que no responderé sin que la dama esté presente —respondió con una amenaza clara en su tono de voz. «Atrévete a decir que no es una dama».

—Papá, ¿ya nos vamos? —preguntó Elizabeth, llamando la atención de los tres hombres.

—¿Qué? Es que, ¿no te agrada Leonard? ―cuestionó a la niña, quería saber cómo la habían tratado. Elizabeth hizo un puchero y Diego achicó los ojos —¿Qué pasa, Eli?

—Es que me está robando a mi mamá…

—¡Oh!

—Bueno, mmm. No lo creo, Gabrielle siempre va a amarte y si ella está confiando de nuevo en Leonard, eso significa que también debes darle una oportunidad. Ella es su madre, y nunca las cambiaría por nadie.

—Pero es que cuando él llega, siempre nos manda a jugar para quedarse solo con ella.

Diego levantó las cejas, y luego sonrió.

—Eso sucede porque Leonard tenía años de no ver a tu madre, imagina todas las historias de ti que ella tiene para contarle —Diego enfatizó con las manos y brazos formando un gran circulo en el aire—, además, a los papás les gusta besar a la mamá, y —fingió querer vomitar—… ¡Qué asco! ¿Quieren verlo?

—¡No! —respondieron las niñas al unísono, haciendo caras de asco.

—Mamá besó al señor Leonard hace rato —dijo Elizabeth a Diego y él respondió haciendo un gesto de asco.

—¡Casi me vomito en mis zapatillas! —Resise levantó su vestido dejando ver los zapatitos rojos.

—¡¿Te cambiaste las zapatillas?! —Elizabeth preguntó asombrada. Blaire le había puesto unas blancas diciéndole que ese día no podía usar las rojas. Pero, Resise se las había cambiado de nuevo, aprovechando que su vestido blanco era largo. No se le notaban.

Resise le sonrió a su hermana.

—¿No me digas? Tenían que ser blancas… —Resise asintió, y le sonrió a su padre—. ¡Esa es mi chica!

Ellos continuaron bromeando y hablando como si nada pasara.

León y Noel se miraron a los ojos. Era increíble ver como las niñas, eran simplemente niñas con Diego, mientras que, con ellos, no eran más que un par de muñecas, rígidamente sentadas y muy calladas. Ni siquiera, jugaban con sus primos.

León vio que el carácter fácil, gentil y travieso del joven, había conquistado el corazón de su nieta como dudaba que un serio y rígido Leonard pudiera. Leonard tenía unos zapatos muy grandes que llenar.

En ese instante la puerta del despacho se abrió, Gabrielle entró seguida de un Leonard furioso y una Danielle complaciente.

—¡Niñas busquen a Blaire a diviértanse con los demás niños!

Elizabeth, miró a Diego de inmediato con cara de «Te lo dije», para lo que Diego respondió, frunciendo la nariz, y luego tocándose los labios con un dedo. Resise y Elizabeth hicieron cara de asco.

Leonard vio el extraño intercambio sin poder deducir el significado detrás de su idioma silencioso, después escuchó la risa ahogada de León. Leonard odió a Diego por tener lo que el deseaba, la confianza y el amor de su hija.

—¡Vamos niñas busquen a Blaire y convénzanla de robarse una rebanada de pastel! ¡Ha me guardan un trozo!, las veré luego de hablar con mami y Leonard —las animó Diego. Las niñas sonrieron con picardía.

—Nada de eso, yo las cuidaré —dijo Danielle. Después miró a Leonard y luego a Gabrielle y añadió—: en lo que ustedes hablan con tranquilidad.

—Gracias —susurró Leonard a Danielle. Nunca antes la había tratado tanto como en ese momento. siempre cruzaban palabras de saludos cordiales, así que al ver cómo trataba a las niñas no dudó en darle su confianza.

Por otra parte, Gabrielle se sentía nerviosa, Danielle siempre fue engañosa y manipuladora. Pero no podía impedirle tratar a las niñas pues una era su legítima sobrina y al parecer ella quería hacer las paces, y si era mediante Elizabeth, la dejaría hacerlo. Así que resignada, al estar atrapada entre Leonard y Diego, las dejó ir.

Las niñas que se habían divertido con la tía Danielle —el día que visitaron a los abuelos Stravella—, de inmediato aceptaron su mano y salieron de la habitación.

Diego se puso de pie, para recibir el abrazo de Gabrielle. Leonard estaba atónito. Porque ese hombre había querido impedir la boda e Gabrielle lo recibía con los brazos abiertos.

—¡Dios mío, Gabrielle!, ¿explícame qué demonios está pasando?

—¿Por qué no me escribiste?

—Yo te escribí, tú no respondiste.

—Sí lo hice, estuve en problemas y…

—Lo lamento, pero de verdad, no me llegaron tus cartas. Es extraño, porque fui al único de los quince que fuimos esa mina del demonio al que no me llegó nada.

Leonard estaba furioso, cruzó los brazos y carraspeó porque el hombre no había quitado sus asquerosas manos de los brazos de Gabrielle y sus cuerpos estaban demasiado cerca para su gusto. «¡Arrg!», pensó en arrancarle la cabeza del cuello.

Diego giró la cabeza hacia él y levantó una ceja, luego miró a Gabrielle y fingió decirle en voz baja pero audible para los presentes:

—¿No te parece que es demasiado inseguro para su propio bien? —Gabrielle rodó los ojos y Leonard los achicó.

—Si supuestamente no recibió las cartas de Gabrielle, ¿cómo llegó hasta aquí? ―preguntó Noel, todo le parecía extraño.

—Recibí tu telegrama —respondió mirando a Gabrielle.

—¿Cuál? Yo no envíe ningún telegrama.

—Bueno, recibí un telegrama —Diego sacó el papel con las palabras escritas, Gabrielle lo leyó y luego, se lo dio a Leonard, León se acercó detrás de su hijo el cual le pasó el papel.

—Alguien interceptó sus cartas —León habló.

—¿Y cómo supo que estaba aquí? —Noel cuestionó nuevamente.

—Viajé hasta aquí en cuanto recibí el telegrama, llegué hace dos días, le envíe un telegrama a Félix —dijo mirando a Gabrielle que asintió en reconocimiento—, que fue a nueva Orleans, y esperé a tener contacto con él. Cuando me llamó esta mañana al hotel, me leyó las cartas que Gabrielle dejó con el casero. La de ella y la suya —le dijo a Leonard—. Supuse que si Leonard te había quitado a las niñas recurrirías a tu padre. Cuando llegué a la mansión Stravella, el mayordomo me entregó esto…

Le dio a Leonard la nota de la supuesta Gabrielle. Gabrielle se acercó a Leonard.

—No es mía.

—Obviamente que no, tú no eres mi amada, aunque lo desearas —le dijo a Gabrielle. Luego agregó mirando a Leonard a los ojos—: No estaba muy seguro si ella quería o no que interrumpiera la ceremonia, así que tuve que arriesgarme; sobre todo porque apenas llegué en el momento. Lamento haberles arruinado su boda.

Era tonto sentirse aliviado en un momento como ese, pero Leonard lo hizo.

A su vez, Gabrielle hizo oídos sordos a las palabras tranquilizadoras de Diego para su esposo. Su amigo era inteligente y sabía que enemistarse con Leonard causaría más problemas que beneficios. Por lo que su mente estaba más centrada en la nota.

—¡Danielle!

—¿Tú hermana? —preguntó Diego.

Pero Gabrielle no le respondió, salió corriendo en busca de sus niñas. Chocó con sus padres…

—Papá, ¿dónde está Danielle?

—No lo sé.

—¿Qué pasa? —preguntó Renné.

—Danielle, está con las niñas y yo…

Marie jadeó.

—Tranquilízate Gabrielle, no te entiendo nada —su padre intentó calmar a la joven que se notaba pálida y balbuceaba tan rápido que no entendía.

—¡Hay que encontrarlas pronto, Robert! —ordenó Marie a su esposo. Se dio la vuelta para ir en busca de su hija mayor, pero Gabrielle la detuvo sujetando su brazo. Leonard y los demás ya estaban con ellos en el pasillo.

—¿Tú sabías que mandaría a Diego a matar a Leonard?

—¡Por supuesto que no!, pero tu hermana está enferma mentalmente, después del parto y del abandono de Ramin su mente quedó muy afectada.

León se llevó a Noel pidiendo que buscara entre los invitados y diera alerta a Jerry. Mientras tanto, él se dirigió a las cocinas y ordenó a Ralph que la servidumbre, buscara en cada rincón dentro de la casa.

—¿Y has permitido que tocara a mis bebés sin decírmelo? —Gabrielle sujetó a su madre de ambos brazos, sacudiéndola.

—Nunca la dejé sola con las niñas, Gabrielle. Creí que le harían bien.

—¿Qué tan loca está su hija? —preguntó Diego, comenzando a aterrarse.

—Yo… —Marie estaba nerviosa y no sabía cómo responder…

—¡Hable, señora! —gritó Diego y sujetó a la mujer de ambos brazos apretándola.

—¡Oiga suéltela! —Robert intentó separarlo de la mujer, pero Leonard lo empujó por el pecho y lo sujetó de las solapas del saco.

—Ya escuchaste Robert, está loca y tiene a nuestras hijas.

—¡Mató a su hijo! —gritó Marie aterrada, no solo por aquellos hombres furiosos, sino porque en verdad temía que Danielle hiciera con Elizabeth o Resise, lo mismo que con Seth. Y si eso pasaba nada podría salvarla del encierro.

Gabrielle perdió la fuerza en las piernas, y Leonard alcanzó a sujetarla soltando a Robert.

—Diego ayuda a Gabrielle, daré aviso a los invitados para que ayuden a buscar en la propiedad —Leonard le pidió a su ¿amigo?

—Llamaré a la policía —dijo Robert.

—¡No! Por favor, Robert, no lo hagas —Marie tomó el brazo de su esposo llorando.

Robert se soltó de su agarre y le preguntó:

—¿Qué no lo entiendes? Tu hija puede matar a las niñas...

—Si la atrapan, denunciará a Gabrielle por lo de Ramin.

—¡No importa, mujer tonta! La vida de las niñas es mi prioridad.

—¿Mamá donde podría estar? —preguntó Gabrielle entre lágrimas.

—Venga conmigo señora iremos allá. Gabrielle avisa a Leonard…

—¡No! Le diré a Robert que llame a casa y ordené al mayordomo, que en cuanto Danielle llegue les quiten a las niñas y nos avisen.

—¡Sí! Eso es más rápido —Diego estuvo de acuerdo.

Gabrielle, tenía el fuerte deseo de salir corriendo de la casa, algo dentro de su pecho le decía que ella no estaba allí; aún entre los brazos de Diego miró la puerta principal de la casa con anhelo. Fue cuando lo notó, la puerta no estaba cerrada completamente.

—¡Diego, mira!

Ambos se acercaron a la puerta, Gabrielle la abrió y salieron. Sus ojos se posaron en una pequeña zapatilla roja en la calle, Diego corrió y la levantó. Era de Resise, Danielle se las había llevado. Gabrielle, le arrebató el zapatito y lo llevó a su pecho.

Diego sabía que no podía simplemente iniciar una búsqueda en una ciudad desconocida, para él.

—Gabrielle no te muevas de aquí, le avisaré a Leonard.

Diego corrió dentro de la casa, Mientras que Gabrielle apenas y lo escuchó, su mente estaba trabajando para encontrar el hilo de los pensamientos y acciones de Danielle.

—¡Oh, por Dios! Diego era la distracción —susurró en voz alta. Danielle había calculado todo para tener tiempo de robarse a las niñas. Miró a todas partes.

«¿Adónde se las ha llevado? Piensa, piensa Gabrielle».

—¡La casa de Karam!

No pensó en nada solo en ellas y que Danielle sabía que tenía poco tiempo antes de que las encontraran. ¡Gabrielle echó a correr! Porque no había tiempo de esperar a la policía, ni de dar explicaciones, ella quién había ideado una manera rápida y sin remordimientos para matar a Ramin, sabía mejor que nadie que el tiempo lo era todo y que a Danielle no le importaba nada más que dañarla.

Sobre la avenida principal detuvo un coche.

Leonard salió corriendo seguido de León, Diego, Robert y Marie.

Leonard vio a Gabrielle subir al coche y gritó:

—¡Gabrielle!

Tal vez estaba muy lejos de él, tal vez ella no quiso mirar atrás, tal vez simplemente estaba centrada en llegar hasta Elizabeth.

Leonard la vio dejarlo atrás.

Oscuro corazón

Acostado en una cama, un hombre de cabello blanco por el paso del tiempo, en un momento de lucidez recordó aquella mujer a la que amó con locura y pasión. ¿Tanto tiempo había pasado ya de aquel día en que la conoció y cambió su vida trayendo consigo una luz de esperanza para su vida triste y monótona? ¿Cuánto había pasado ya de aquel día en que perdió lo que pudo ser los recuerdos más dichosos de su vida y, sin embargo, fue su condena durante casi seis años?

Sin duda alguna la lista de los momentos de su vida más felices ahora sería más larga; pero a esa altura de la vida ya no podía quejarse. El primero fue cuando ella lo invitó a su habitación, no por el sexo, sino porque significaba que ella estaba dispuesta a olvidar, a seguir adelante y enamorarse de él, significaba que ella lo quería y en ese momento, eso era suficiente para él.

El hombre suspiró.

Tal vez era la fecha por la que los recuerdos lo azotaban sin compasión, o tal vez era porque era un viejo decrepito y enfermo que lo único que podía hacer volver en el tiempo. Un dolor profundo nació del centro de su pecho. Era el día tal vez…

Con los ojos cerrados y recostado aún en esa cama las lágrimas brotaban de sus ojos sin permiso, no había escuchado el llamado en la puerta, ni cuando una hermosa dama, cruzó la habitación hasta llegar a su lado.

— ¡Vamos, mi viejito! Debemos ponerte guapo, hoy tienes una cita. — le animo aquella mujer al ver el estado melancólico del hombre.

Leonard miró a la joven, por un momento creyó que era Blaire, pero cuando la dama se acercó un poco más…

¿Quién eres? — de nuevo su mente había retrocedido en el tiempo.

Elizabeth, tu hija — él no quiso entender aquella frase, le gustaba más vivir en la realidad de sus recuerdos.

Hoy es mi boda — dijo de pronto — ¿Sabes?, ella no me conoce, pero yo sí, es la mujer más hermosa que he visto, mira tengo su foto aquí.

Entonces sacó una vieja fotografía debajo de la almohada de una muchacha de apenas diecisiete años.

Sí, era muy hermosa... — dijo Elizabeth con nostalgia al ver el hermoso rostro de su madre sin aquella cicatriz que lejos de hacerla sentir horrible la hacía misteriosa y admirable.

Leonard observaba con detenimiento a la mujer frente a él, le recordaba a su prometida.

¿Quién eres? — Elizabeth sonrío, esto ya estaba ocurriendo con mayor frecuencia.

Tu hija. Ahora vamos a ponerte guapo porque hoy tiene usted una cita.

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Danielle salió con las niñas de la mano del despacho de Leonard, pero ella no se dirigió hacia los jardines, ni fue hacia las habitaciones de las niñas, Danielle las llevó directamente a la puerta de entrada de la casa. Elizabeth, al darse cuenta de adonde iban, levantó su rostro hacia el de su tía. Danielle le sonrió.

—Vamos a esperar a una vieja amiga de tu madre —dijo la mujer con una sonrisa amable—. Ella es muy tímida y no tocará la puerta. ¿Me siguen?

—Sí —Resise estuvo de acuerdo.

—¿Adónde? —Elizabeth preguntó confundida.

—La esperaremos a fuera para que nadie la vea y luego la llevaremos con tu madre como una sorpresa, ¿qué les parece?

—¡Una sorpresa! —saltó Resise feliz.

Danielle abrió la puerta y ambas niñas salieron por delante de ella. Bajaron la escalinata y Danielle nuevamente las sujetó de las manos, para después comenzar a caminar hasta la acera. Un coche negro se detuvo frente a la casa, primero se abrió la puerta delantera de donde un hombre alto salió y atrapó de inmediato a Resise cubriéndole la boca y subiendo de regreso al coche.

Al percatarse de esto Elizabeth intentó zafarse del agarre de su tía. Danielle se agachó y cargó a la niña cubriéndole la boca para que no gritara, la puerta trasera se abrió y Danielle entró con la niña en sus brazos que luchaba con todas sus fuerzas para escapar.

Cuando el coche arrancó, Danielle, soltó un poco su agarre solo para jalar el cabello de la niña.

—Vas a parar ahora o tendré que lastimarte.

Elizabeth lloraba asustada, también escuchó a Resise llorar desde la parte delantera del coche.

—¿Se detuvo la boda? —la voz dulce y angelical, interrumpió los sollozos de Elizabeth.

Fue en ese momento que Elizabeth se percató de la mujer que estaba en la otra esquina del auto, mirando despectivamente en su dirección. Era la mujer con la que Leonard iba a casarse.

—Sí —mintió Danielle—. El amante de mi hermana la detuvo. Leonard parecía muy furioso y estaba discutiendo con mi hermana y su amante. Así que mientras la boda se cancelaba yo escapé con las mocosas.

Heidi sonrió. Leonard iba a pagar muy caro no solo la humillación que le hizo, sino también su desprecio.

—¿Qué harás con ellas? —interrogó Heidi.

—¿De verdad quieres saber? —Heidi pareció pensarlo mejor, por lo que negó con la cabeza y miró por la ventanilla del auto—. Eso pensé. Una vez que encuentren a las mocosas e Gabrielle salga por completo de la vida de Leonard podrás volver a sus brazos y consolarlo.

—Sabrán que fuiste tú, ¿y si te atrapan?

—Ya te lo dije, no hablaré de ti. Me basta con ver a Gabrielle devastada. Quiero que ella sufra como yo lo hice al quitarme a Ramin y por haber matado a mi hijo.

Al cabo de casi una hora el auto se detuvo y entonces Danielle bajó del coche con Elizabeth, seguida de Heidi, el hombre que llevaba a Resise también bajó con la niña en brazos. Que no había dejado de sollozar.

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Gabrielle no estaba totalmente segura si era el lugar donde Danielle había o no llevado a las niñas, pero su corazón le dijo adónde ir. Así que fue a la antigua casa de Karam Asadi. Ni siquiera sabía si las propiedades de los Asadi habían pasado a las manos de Danielle a la muerte de ambos hombres. Posiblemente sí, por Seth.

Gabrielle llegó a la mansión Asadi, estaba medianamente abandonada, puesto que los jardines parecían no haber sido podados en unas cuantas semanas. Abrió la reja no sin antes ver hacia adentro intentando notar algún movimiento dentro de la casa. No vio ninguno, pero para ella eso no quería decir que Danielle no estuviera allí o que no la estuviera espiando por detrás de alguna ventana utilizando las cortinas como camuflaje.

Cuadró sus hombros y caminó hasta la puerta de entrada. Sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, no quiso verlo como un mal presagio sino como el resultado de su aprensión debido a estar en esa casa. La casa del padre del hombre que mató.

Era irónico que, así como Karam viajó hasta nueva Orleans buscándola por haber matado a su hijo, ahora ella estaba allí porque su hija había sido robada por su pariente política. Solo esperaba que Danielle no lograra lo que ella sí pudo hacer, matar a Ramin. Maldijo por dentro los castigos divinos.

Su corazón comenzó a latir màs rápido cuando notó que la puerta de entrada estaba medio abierta. Las pocas dudas que tenía de que Danielle estuviera allí con las niñas se disiparon en ese instante.

Gabrielle comenzó a respirar más fuerte, no había ruido. El crepúsculo había comenzado y los tonos rojizos de la luz solar traspasaban las ventanas, pronto la oscuridad la abrazaría y no lo deseaba porque Danielle tendría ventaja.

—¡Elizabeth! —gritó esperando que la niña le contestara.

Un ruido se escuchó en la planta alta e Gabrielle tomó una estatuilla en una mesa de estar y corrió hacia el sonido.

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Aunque Leonard corrió hacia Gabrielle no logró alcanzarla y mucho menos que lo escuchara. Un par de minutos, después estaba montado en el coche de su padre con Diego intentando encontrar alguna pista del coche y de Gabrielle. Leonard se detuvo en medio de la calle, sabía que no la encontrarían. Se bajó del coche, estaba agitado y desesperado, Diego, todavía dentro del coche cerró los ojos, y los volvió abrir cuando Leonard entró de nuevo al coche.

—Creo que ya sé adónde fue Gabrielle —dijo Leonard, con el corazón en la garganta.

—¿Adónde? —la aprensión en la voz de Diego no pasó desapercibida para Leonard.

—A la mansión Asadi.

Leonard puso en marcha de nuevo el coche y condujo lo más rápido que el motor le permitió.

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La segunda planta de la casa estaba más oscura, los últimos rayos del sol comenzaban a desaparecer de las ventanas, en poco tiempo se quedaría a oscuras.

—¡Resise!

Revisó habitación por habitación y cuando llegó a la última su corazón se estrujó. Resise estaba en el piso, muy quieta. Parecía dormida, aunque no podría decir. Elizabeth estaba en la cama amordazada y atada de sus manos, y a un lado estaba Danielle cepillando su cabello. La habitación olía queroseno.

—¡Gabrielle! Has llegado… ¿por qué has tardado tanto? —dijo Danielle, con una sonrisa maliciosa dibujada en su rostro—. Tu hija muere por jugar con nosotras.

«¿Había perdido totalmente la razón o simplemente estaba jugando con ella?», se preguntó Gabrielle.

—Danielle, suéltala, por favor.

—¡Oh, no, no y no! Siempre tienes lo mejor. Por eso me quedaré con ella —Danielle sacó un abrecartas que había mantenido oculto debajo de su pierna y lo pasó por el cuello de la niña. A Gabrielle la sangre se le heló.

Luego, Danielle, bajó el arma punzante a su lado y tomó nuevamente el cepillo reanudando su tarea de pasarlo lentamente por los largos cabellos oscuros de Elizabeth.

Gabrielle caminó lentamente hacia Resise y tomó la muñeca de la niña buscando su pulso. Solo había sido golpeada en la cabeza y había perdido la conciencia. Al tocarla se percató de que olía a combustible, sus rodillas, que estaban apoyándose en el piso se humedecieron. Se dio cuenta de que estaba regado por todas partes. La casa no tenía luz eléctrica. Levantó la cabeza para ubicar las lámparas que iluminaban la habitación, porque era evidente que la loca de su hermana iba a quemar el lugar con ellas allí.

Se preguntó si Danielle pretendería escapar.

Danielle había comenzado a tararear una vieja canción de cuna, mientras trenzaba los cabellos de una llorosa Elizabeth. Gabrielle cargó a Resise y cuando la niña estuvo acunada entre sus brazos le susurró:

—¡Bebé despierta, por favor! —la niña comenzó abrir los ojos e Gabrielle negó con la cabeza para que no se moviera. La dejó en el diván blanco y que estaba a espaldas de Danielle. Al inclinarse le susurró—: Saldrás de aquí cuando te lo diga, corre y no mires atrás. No vuelvas y aléjate del fuego. Te amo, mi amor.

La niña hizo un puchero y una lágrima resbaló por su mejilla, pero asintió de todos modos.

Gabrielle se puso de pie y le dio la espalda para intentar acercarse a Elizabeth. Si tan solo ella estuviera desatada. Danielle tenía de nuevo el objeto en su mano apuntando el corazón de Elizabeth, mientras miraba a los ojos verdes aterrorizados de su pequeña víctima.

—No te callabas, llorabas y llorabas; hasta que… hasta que puse la almohada sobre tu cara y el llanto se detuvo. Mamá vino y me apartó, luego tu volviste a llorar y mamá me pegó, ¿lo entiendes? Me robaste a mi padre y después a mi madre. Lloré mucho y… Pero luego esa otra vez, volviste a llorar… puse la almohada y te callaste. ¡Ya no despertaste!

Gabrielle notó que Danielle pensaba que Elizabeth era ella. ¡Danielle olvidó que estaba detrás!

—Voy a matarte esta vez, y no volverás a despertar.

—¡Corre Resise! ―Danielle giró su rostro para mirar a la mujer; furiosa volvió su atención a la niña que tenía amarrada para apuñalarla al ver que Gabrielle se lanzaba sobre ella.

Al contacto de la estatuilla con el rostro de Danielle, esta se sujetó del vestido de Gabrielle, ambas cayeron al piso a un lado de la cama y la lámpara que estaba en la cómoda donde sus cabezas golpearon, cayó incendiando las carpetas decorativas del mueble. Muy pronto, la madera comenzó a consumirse, también. Gabrielle había caído sobre Danielle, pero no había previsto que ella no perdería el arma en su mano. Totalmente desquiciada, Danielle, comenzó a apuñalar a Gabrielle en su costado izquierdo.

La adrenalina no la haría detenerse ni siquiera sentir dolor por las heridas que su hermana le estaba causando. Gabrielle, que se había percatado del comienzo del incendio, estaba más preocupada por Elizabeth, que no podía correr. La niña estaba atada.

Se decía que no podía detenerse o su hija moriría, por lo que sujetó la cabeza de Danielle con ambas manos y comenzó azotarla en el piso. Danielle era más grande de tamaño y tenía mayor fuerza, siempre había sido así. Por lo que pudo darle la vuelta, Danielle aprovechó el aturdimiento de Gabrielle y apuñaló su pecho.

Gabrielle se percató que estaban muy cerca del fuego, así que utilizó todas sus fuerzas para empujar a Danielle hacia el fuego. Danielle cayó de espaldas, las llamas alcanzaron primero su cabello.

Gabrielle se levantó lo más rápido que pudo, sacó el abrecartas de su pecho y fue hasta Elizabeth. Demasiado herida y desangrándose. Logró cortar la cinta que ataba una de las muñecas de la niña sin dificultad, pero, cuando iba a desatar la segunda…

Danielle se retorcía intentando apagar el fuego que le quemaba la espalda en el piso, desesperada se levantó y corrió hacia Gabrielle y Elizabeth. Con un solo objetivo en mente ellas no saldrían vivas de allí, se las iba a llevar al infierno de la mano.

Cuando era una niña Gabrielle había llegado para destruir su mundo, robándole todo. Su padre ya no tenía ojos para ella, su madre no tenía tiempo ni ganas de jugar con ella. Y aunque le decían que era porque Gabrielle era un bebé y requería de tiempo, la verdad era que nada cambió después.

Su padre ya no volvió a mirarla como antes y mamá… mamá la engañó. Robert no era su padre, ella era hija de un don nadie, y ella era infeliz muy infeliz. Intentó, ella quiso intentarlo, cuando amaba a Sam, ella tenía sueños e ilusiones, pero él no la amaba y Ramin estaba dispuesto a todo por Gabrielle, por lo que se preguntó muchas veces, ¿por qué la gente no podía amarla como a ella?

Le quitó a Ramin, porque Gabrielle no merecía ser feliz si ella no lo era.

Gabrielle la vio venir, por lo que se levantó y se arrojó chocando con todas sus fuerzas contra el cuerpo de Danielle que estaba quemándose por la espalda. Danielle cayó por la ventana.

Las llamas habían alcanzado el techo y traspasado a otras habitaciones, pronto la casa ardería completamente en llamas y Elizabeth tenía que salir de allí. Pronto, el fuego tocó el combustible que Danielle había regado por la habitación.

—¡Mamá!

Gabrielle sabía que no lo lograría, ya no tenía la fuerza, luchaba por respirar. Pero al ver a Elizabeth desesperada tosiendo y haciendo a un lado su vestido para que el fuego no la tocara, sacó lo último que le quedaba para ponerse de pie.

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Leonard y Diego llegaron a la mansión que estaba comenzando a incendiarse, se bajaron corriendo del coche y cuando Leonard iba a entrar a la casa, alguien cayó por la ventana. Una antorcha humana. Diego corrió hacia la persona quitándose el saco y comenzando a apagar el fuego que la consumía, los gritos eran escalofriantes, aterradores.

Leonard entró a la casa corriendo porque esa mujer no llevaba el vestido de novia de Gabrielle, no le importaba si era Danielle o alguien más. Escuchó el grito de una niña al pie de las escaleras, estaba aterrada. Ella no había salido de la casa, dividida entre la orden de su madre y, el miedo de dejar a Elizabeth y a su madre con esa mujer loca. Pero cuando vio que la casa comenzaba a incendiarse del techo, comenzó a llorar más fuerte y luego alguien había entrado por la puerta, era Leonard.

—¡Resise! ¿Dónde están?

La niña señaló la planta alta.

—¡Sal de aquí!

Resise lo hizo, Diego que entraba a la casa chocó con ella, la levantó en brazos sintiendo que su corazón volvía a latir y la sacó de ese infierno.

Leonard subió las escaleras de dos en dos. El fuego estaba consumiendo la casa a una velocidad alucinante, las paredes del pasillo de la planta alta comenzaban a desmoronarse incluso el techo. El humo no le permitía ver por lo que tropezó con algo y el humo lo asfixiaba. Eran las piernas de Gabrielle, Elizabeth estaba sobre ella, desmayada, tal vez por el humo, quiso creer.

Al quitarla de encima de su madre vio la sangre que las manchaba a ambas, no sabía si Elizabeth estaba herida. Pero sí, que Gabrielle luchaba por respirar. Ella lo miraba con alivio y dolor, lo estaba. Estaba muy mal herida.

—Gabrielle, ya estoy aquí las sacaré de este lugar.

Gabrielle lo sujetó de una de las solapas del saco para llamar su atención. Ella negó con la cabeza.

—Te amo, eres mi ángel —apenas pudo escuchar sus palabras. El lloraba y negaba. Una viga al final del pasillo cayó —Leonard…

Gabrielle ya no podía hablar, así que señaló a Elizabeth.

—No puedo dejarte, te llevaré… —pero ambos sabían que sería imposible. Gabrielle comenzó a perder el conocimiento. Su pecho comenzó a dejar de subir y bajar en su lucha por oxígeno—. Gabrielle te amo, te amo, por favor, por favor no me dejes. Espera… espera por mí.

—Mi ángel vendré por ti.

—Espérame, Gabrielle, espérame.

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Cuando Leonard se había dado cuenta de que comenzaba a olvidar cosas hacía ya algunos años, le hizo prometer a su hija que cada año ella le obligaría a asistir a su cita sin falta. De esa forma Elizabeth estaba ahí para cumplir su promesa. Mientras terminaba de arreglar a su padre, escuchó las voces provenientes de la primera planta, detuvo su labor y fue al encuentro con aquellas personas, dejando a su padre un momento a solas con sus recuerdos.

De pie en medio de esa la que había sido la habitación de ambos, miraba hacia la nada, esperando y recordando esa noche en que decidieron amarse sin las sombras de las verdades ocultas, sin dolor o desconfianza solo como dos personas que se aman y necesitan.

Robert y Marie al llegar a la mansión se asombraron al verla en llamas, cuando Marie se acercó al tumulto de gente alrededor de algo o alguien se acercó, vio el cuerpo de su hija Danielle con el rostro medio quemado. Danielle estaba muerta. La mujer cayó sobre su hija gritando de agonía. Robert vio a Diego mirar la mansión, corrió hacia él…

Diego encontró a Leonard en medio de las escaleras, llevaba a Elizabeth en brazos.

—Debo volver por Gabrielle —dijo desesperado.

Diego asintió y tomó a Elizabeth.

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De pie frente a la tumba de Danielle Asadi se encontraba una mujer, Marie Stravella, estaba devastada, Robert la había echado de su casa, y no lo culpaba. Ella no supo cuidar de sus hijas, su amor no la dejó ver más allá. Ignoró la verdad y la justicia.

Dejó unas flores y al levantarse vio a lo lejos al hombre que había amado una vez, él no se acercó. El padre de Danielle también la culpó y ella no tuvo más remedio que aceptar su culpa.

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En la oscuridad de una cárcel una mujer estaba esperando su sentencia, el amor por un hombre o debería decir el capricho por aquel hombre fue la ruina de su familia, su ruina. Ahora estaría allí por años, sola y sin que nadie velara por ella, su padre murió de un ataque al corazón al enterarse de que su hija había participado en rapto de un par de niñas.

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Sonrío ante tal recuerdo maravilloso, de pronto, escuchó el abrir de la puerta y el aroma floral de aquella su princesa. Se giró para su encuentro, Elizabeth le sonrió, y de forma cariñosa acomodo la corbata de su padre, Leonard.

Ahora si mi viejito, está usted muy guapo. Resise ha llegado es hora de partir.

Hija, Elizabeth — ella amaba los momentos en los que él la recordaba — no iré.

Papá no te entiendo.

Esperaré a tu madre aquí.

Papá…

Lo sé, pero yo la esperaré aquí. Dile a tu hermana que los veré después y que la amo, no hace falta que venga a verme. Vamos no los hagas esperar.

Me pediste que te obligara a ir.

Estoy lúcido, hoy no iré. Te amo, Elizabeth — le dio un beso en la frente para después darle la espalda.

Ella sabía que él no iría y respetó su deseo, salió de la habitación para encontrarse de nuevo a su hermana.

Vámonos, no ira.

Leonard se cambió nuevamente de ropa colocándose su camisa blanca de dormir, levantó las sábanas, puso las almohadas detrás para darle apoyo a su espalda y se acomodó, suspiró con melancolía, cerró sus ojos y dejó que su mente viajara a través del tiempo a esos días…

Nota:

Si no quieres un final triste alto… ve al grupo y solicita el epílogo Feliz =) Pero antes de irte hazme saber qué piensas y luego regresa y cuéntame si fuiste feliz o no.

Si quieres sufrir rico (como dice Raquel Adorno)… pues respira hondo toma agua y continua...

Epílogo

Había pasado un mes de su muerte, él se encontraba en su habitación sujetando fuertemente el camisón de Gabrielle, y meciendo su cuerpo de atrás hacia adelante, una y otra vez.

Diego entró en la habitación sin tocar, tomó una silla y se sentó frente a él. Leonard no dijo nada, porque no le importaba.

—Cuando mi esposa murió, no estaba mejor que tú. La amé desde que éramos unos niños, tanto que amo a su hija como si fuera sangre de mi sangre— sus palabras captaron la atención de Leonard.

— ¿Cómo continuar? — dos enormes lágrimas brotaron de sus ojos.

—De la misma forma en que ella lo hizo, la misma manera que yo lo hice. Hazlo por tu hija — Leonard sintió una apuñalada en el corazón — en tres días parto a las minas, me llevaré a Resise, si para ese entonces tú no te has levantado, aseado y dejado la maldita botella de whisky me llevaré a Elizabeth. — Leonard frunció el ceño

— ¿Es por eso que no bebes? — pregunto Leonard, al recordar que Diego siempre le rechazó la bebida.

— Gabrielle me salvó tras la muerte de Zoe. Yo me habría perdido, pero ella me puso en mi lugar. Sal de aquí, ven conmigo un tiempo.

Pero Leonard no pudo. No podía ver a Elizabeth porque ella se parecía a Gabrielle y le dolía, le dolía en el alma.

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La familia Du Pac se encontraba en la entrada de la casa, esperando a que el equipaje de Elizabeth fuera debidamente ajustado en el coche. Diego se la llevaría. Amber estaba destrozada, en realidad todos. Habían recuperado a la niña solo para perderla porque su padre no había sido capaz de superar a Gabrielle, porque él no tenía ganas de vivir.

Ellos no le creían a Leonard, cuando les dijo a todos que ella lo consideraba un desconocido. Elizabeth había perdido a su madre y no quería que perdiera también a su hermana y al que consideraba su padre. Decía que no sería egoísta. Además, sabían dónde encontrarla y donde podría encontrarlos. A ellos su familia.

Elizabeth estaba fuertemente abrazada a Robert, el abuelo la amaba y ella también. Esos días León la había abrazado por las noches y Amber le había cantado a ella y a Resise. Así que ella también los abrazó. Blaire iría con ellos, porque ella amaba a su señora y porque las niñas la necesitaban más que su señor.

Resise ya estaba dentro del coche y cuando Diego la tomó de la mano para ayudarla a subir ella no se movió, miró hacía las ventanas de la planta superior de la casa, se soltó de Diego.

—¡Tengo que decir adiós! —dijo Elizabeth con voz quebrada. Diego asintió a la pequeña.

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Elizabeth no tocó la puerta simplemente la abrió, vio a su padre sentado en una silla cercana a ventana. Leonard no giró su rostro, solo tuvo que aspirar el aroma floral de la niña para saber que era ella, Elizabeth.

Muy despacio la niña se acercó a su lado.

—¿Por qué no me quieres?

Leonard sintió un nudo en la garganta.

—Me quedaré si tú quieres.

Leonard carraspeó…

—No eres tú, es solo que te pareces a ella y no puedo Elizabeth. No puedo mirarte sin sentir que se me parte el corazón. Lo siento. Solo quiero que seas feliz, por eso debes irte.

Elizabeth, se quitó el relicario del cuello y tomó su mano dónde lo depositó.

—Así nunca volverás a encontrarme, así ya no llorarás.

Ella le dio la espalda y se fue dejándolo solo. Dejándolo ser.

Cuando Elizabeth cruzó la puerta de su habitación, Leonard vio el relicario en su mano, estaba abierto, solo quedaba las ruinas de una flor azul, una… no me olvides.

Y al recordar a Gabrielle supo que él no quería esto.

Leonard salió corriendo detrás de Elizabeth…

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La niña salió corriendo de la casa, le dolía el pecho y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Elizabeth se tropezó y cayó, lloraba desconsoladamente, lloraba por su madre, lloraba por su padre que no la amaba. Diego iba a levantarla, pero se quedó de pie, todos lo hicieron porque Leonard estaba detrás de ella.

Se agachó, la tomó de ambos brazos y la atrajo a su pecho. Elizabeth levantó su rostro para mirar al hombre que la había rechazado, ahora lo sabía no porque no la amara, sino que la amaba demasiado y también a su madre… tanto como ella. Y sufría, ambos lo hacían. Se abrazaron muy fuerte, mientras lloraban por Gabrielle.

Al cabo de unos días Leonard y Elizabeth fueron con Diego.

Los meses se hicieron años, los años décadas, él aprendió a sobrellevar el dolor, aprendió a vivir por su hija y para su hija. Ella creció bajo el amor de Leonard, y con el recuerdo amoroso de su madre. Resise también lo hizo. Ellas conocieron el amor de sus vidas, se casaron y tuvieron hijos.

Cuando esto sucedió, Leonard regreso a la mansión de las Cariátides, recordando a su mujer, esperando a que ella cumpliera su promesa de algún día regresar por él.

Cada año visitaba la tumba de su amada, pero cuando el tiempo le llegó, comenzando a olvidar, hizo prometerle a Elizabeth que siempre haría que cumpliera su palabra de nunca faltar ese día a «su cita», como él decía.

La noche cayó, Leonard suspiró y cerró los ojos un momento…

Un leve toque se escuchó en la puerta, cuando abrió los ojos vio a una chica de diecisiete años de pie en la entrada de su habitación, de pronto, ella caminó hacia la cama, subió a ella con una sonrisa coqueta, Leonard sonrió.

Tardaste mucho — la voz juvenil de Leonard la estremeció.

Prometí que volvería por ti, pero nunca dije cuándo.

Ella le dio un beso.

Luego se levantó de la cama y le tendió la mano, caminaron a la entrada de la habitación, él se detuvo y la miró a los ojos…

¿Para la eternidad?

Para la eternidad.

Con un beso lleno de amor sellaron su pacto, dejando atrás el cuerpo envejecido e inerte de Leonard.

Porque hay amores que no son para este mundo.

Nota

Gracias muchas gracias.

En dos meses podrás encontrar el pdf de la historia en mi grupo.

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