Will the angels sing tonight

Or will they perish in the shadows of this newborn light

Will we crumble into dust

Will we blow away

Like the ravens did yesterday

Can we mend this broken reed

Seal the doom of this house of cards

Mine Eyes. SWITCHBLADE SYMPHONY

Esa noche ardió en un océano de sangre y fuego, marcando el fin y el principio de sus vidas.

Kanon no podía saberlo, pero aún a sus nueve años entendía que su vida jamás sería la misma, no después de lo que había visto. No creía poder correr lo suficiente para que las imágenes de ese infierno lo dejaran, pero iba a intentarlo, y siguió hasta sentir que sus pulmones estallarían del esfuerzo. Sus piernas cayeron al pasto, cada músculo en agonía, pero no lo notó, no era nada contra el miedo que lo dominaba, y se aferró de su hermano con el resto de sus fuerzas, temblando sin notar las lágrimas.

A su lado Saga estaba inmóvil, su rostro vacío. Él no tenía lágrimas que ofrendarle a la luna, pero devolvió el abrazo, no le gustaba ver llorar a Kanon. Entonces sintió que los observaban. Alzó la mirada para ver a un hombre de lo más extraño, y no le agradó cómo los veía, lo que hizo que escondiera el rostro contra el azul cabello de su hermano.

Shion miró atónito a los "gemelos," no sabiendo qué hacer o pensar.

— Son ellos —habló el dios a su lado, serio y, si Shion no estaba imaginando cosas, tenso. Jamás había visto esa expresión en el Herlado de los Dioses, aunque no lo culpó al regresar su mirada a esos niños. La sangre que cubría por completo a uno de ellos parecía gritar una historia terrible, pero las Moiras, encarnaciones del Destino, no se equivocaban jamás, su ordenanza era la ley inmutable que gobernaba el universo, así que esos pequeños frente a él eran los siguientes caballeros de Géminis.

Shion no quiso pensar que ese inicio sangriento a la luz de la luna llena fuera un presagio de lo que se avecinaba para la Orden de Athena.

Seis años más tarde:

Milo se sentía entusiasmado, y no era para menos: ese día sería reconocido como el Caballero de Escorpión, y apenas se contuvo de saltar en su asiento, o de salir de ese vehículo y correr al Santuario. Probablemente ya lo habría hecho de no ser porque, uno: tendría 14 años, pero no dejaría que lo vieran como un niño; y dos: no sabía cómo llegar. A su lado, el futuro caballero de Acuario lucía como todo un adulto, indiferente y frío como si ese no fuera el día más importante de sus vidas, y solo sabía su nombre porque el propio Camus se había presentado escuetamente, solo para callar el resto del camino. Sentado frente a ellos estaba un Magistrado, un hombre de aparentes 50 años, aunque ambos sabían que bien podría tener muchos más si era uno de los delegados del Patriarca Shion, la autoridad humana de más alto rango en la Orden de Athena. Lucía serio y no les había hablado más de lo necesario, instándolos a mantenerse alertas.

Milo logró mantener el silencio durante 5 minutos más, todo un récord para él.

— Escuché por ahí que eras más frío que la prisión de Cocytos —le dijo a Camus, su sonrisa divertida y maliciosa.

— Curioso, de ti dicen que eres un desastre con boca —replicó Camus, gélido, pero aún así Milo se rio. También entendía la expresión tensa del Magistrado, sabía perfectamente que la Orden tenía enemigos en cada sombra (de forma bastante literal), y que la noche era el tiempo de Hades, Rey del Inframundo, pero en su opinión sus dos compañeros de viaje deberían relajarse un poco: estaban cerca de los terrenos de la Orden, el hombre lobo que los atacara tendría que estar loco de atar o en una misión suicida, y él no creía que hubiese muchos de esos.

Se supo equivocado 5 minutos después, excepto que no los atacó un hombre lobo, sino una horda de vampiros. El vehículo se detuvo abruptamente cuando el chofer distinguió las numerosas siluetas a metros de ellos, interrumpiendo el camino, y Milo y Camus bajaron enseguida, listos para defenderse. Milo entonces comenzó a preocuparse, mirando a sus alrededores rápidamente, sintiendo el terreno con su cosmos. Eran al menos 300 de esos monstruos, sus pálidas pieles casi brillaban bajo la luna, y cada par de ojos rojos estaba puesto en ellos y sus vidas. El viento los rodeó pronto de gruñidos tenebrosos, que junto al color sangriento de esas miradas les dijeron que estaban rodeados de vampiros ferales.

Perfecto —pensó Milo con sarcasmo, su preocupación escalando aunque no lo mostró, menos cuando a su lado Camus seguía casi con la misma expresión indiferente. No temía tanto por su propia seguridad, sino por la del Magistrado, no creía poder protegerlos a él y al chofer y además cuidarse de no ser desmembrado vivo o mordido. Cada uno de esos no-muertos era tan fuerte como 9 hombres, lo sabía bien, los había estudiado por 6 años, y en ese estado enloquecido eran aún más peligrosos al carecer incluso de sentido de auto-preservación. Estaban en problemas, eso sin tomar en cuenta que era la primera vez que se encontraba en una situación como esa. ¿Y si tomaba la decisión incorrecta...?

Los vampiros no le dieron más tiempo para pensar. Camus le gritó al Magistrado que no saliera, que cerraran las ventas, y de repente se encontraron luchando por sus vidas, intentando destruir a los vampiros con ataques a distancia, evitar que se siguieran acercando, pero eran demasiados. Lo que pareció una eternidad más tarde, varios de los sirvientes de Hades los pasaron y saltaron sobre el techo del vehículo, sus golpes sobrehumanos hundieron con facilidad el metal blindado, y Milo maldijo al sentir dolor en su brazo derecho cuando se giró para detenerlos, distrayéndose y teniendo que defenderse enseguida en vez de poder ir a ayudar. Estaba demasiado cerca del auto, una explosión de cosmos no le serviría...

Las bestias aullaron, pero Milo se desconcertó al escucharlas esta vez. Estaban aterradas, y su ego no era aún tan grande para pensar que era por su causa; eran monstruos enloquecidos por su sed de sangre, perdidos a la razón, entonces ¿qué había sido capaz de asustarlos? Contempló con una expresión casi cómica a los vampiros comenzar a huir, y aún alcanzó a destruir a unos cuantos antes de encontrarse libre de ellos. Fue cuando pudo ver qué los había espantado de esa forma.

Un caballero de oro, uno de sus doce compañeros, excepto que al verlo olvidó todo eso y también sintió un miedo primario y atroz que lo dejó paralizado en su lugar. La armadura que portaba ese hombre no era dorada, sino negra, y su presencia bien podría ser la de una bestia del Tártaro, era una marea inmensa que prometía agonía y muerte. Su silueta era la de un hombre, pero se imponía como un titán, y avanzaba como un vendaval de destrucción, sin detenerse un instante. Milo apenas pudo ver sus movimientos, distinguir en su mano izquierda el arma que usaba para volver cenizas todo lo que estaba a su alrededor: una guadaña más negra que el negro, ni la luz de la luna la iluminaba, y en esas manos blanquísimas se volvía una siniestra estela de muerte, cortando miembros y cabezas como si solo fueran muñecos, tiñendo la noche de rojo con su cautivante danza. Incluso esos monstruos podían sentir la tremenda presión que ejercía ese formidable cosmos...

El cosmos del Verdugo de la Orden de Athena, uno de los dos caballeros de Géminis. Había escuchado sobre él, no que la información abundara, pero nada lo hubiera preparado para esa experiencia, y no supo qué decir cuando se acercó a ellos, rodeado de un silencio casi absoluto, uno que la noche misma parecía recia a romper. A 4 metros pudo ver que llevaba un pesado casco con dos rostros a cada lado, ambos sonriendo de forma siniestra, y que ensombrecía su rostro cubierto por una máscara negra, sin expresión y que solo aumentaba lo inquietante de su presencia; al ya no haber enemigos, la temible guadaña desapareció en al aire consumida por estelas de sombras relucientes.

Es más alto que yo, se encontró pensando Milo, como hipnotizado. Su cabello casi tocaba el suelo, lacio aunque ligeramente alborotado en su cabeza, y tenía un hermoso color azul cerúleo, cautivante por la forma casi líquida en que caía sobre las severas formas de esa armadura, agitándose al mínimo movimiento. El Verdugo les dio la espalda un momento después, y se marchó rodeado por ese mismo silencio terrible, aunque su cosmos ya no inundaba el lugar, y hasta ese momento Milo se dio cuenta de que contenía la respiración. Capturó una gran bocanada, aturdido, y de igual forma subió de nuevo al auto. El Magistrado le ordenó al pálido chofer que avanzara, y nadie dijo nada el resto del camino.

Nada volvió a molestarlos, y no les sorprendió. Si la luna misma se hubiera ocultado de repente, asustada, tampoco les hubiera parecido extraordinario después de eso.

oOo

La Orden de Athena era un enorme complejo ubicado en el Monte Olimpo en Grecia, aunque los satélites no fueran capaces de ubicarlo, por supuesto. Ellos llegaron primero a la ciudad aledaña al Santuario, Rodorio, donde residían las muchas personas que laboraban en la Orden, y sus familias. Era una ciudad pintoresca, mezcla de viejo y nuevo, similar a urbes como la Canea pero que aún se resistía a modernizarse de más. Milo dudó que pronto tuvieran un Star Bucks (aunque si le preguntaran él votaría a favor), pero al menos sabía que había luz eléctrica.

El Santuario era diferente, lo supo en cuanto cruzaron las inmensas puertas de madera tallada con la imagen de una escena mitológica. Una energía increíble lo imbuía todo, poderosa pero serena y cálida; le pertenecía a la diosa de la Sabiduría, Athena, había protegido ese lugar desde hacía más de 3 mil años, lo sabía, pero hasta ese momento lo creyó por completo. Sintió como si acabara de entrar a otro mundo, ese escenario bien podría haber sido uno de miles de años atrás, uno lleno de dioses y misterios más grandes de los que su mente mortal podría llegar a comprender. Solo se sintió mejor cuando vio que la expresión de Camus al fin había variado.

— Las ninfas les mostrarán el camino —habló el Magistrado, sacándolos de su reverencia—, en dos horas se llevará a cabo la reunión —y sin decir más se marchó después de inclinarse ligeramente ante ellos.

Camus casi saltó al ver aparecer de repente a un par de hermosas jovencitas de piel azulada, hasta que recordó que eran espíritus elementales convocados por los dioses del Santuario. Esto solo hizo que fuera más extraño que los llevaran a los templos que protegerían de ese día en adelante, y ambos volvieron a sorprenderse al llegar ante la escalinata de Aries. Las doce construcciones se asentaban sobre la gran montaña que dominaba el Santuario, perdiéndose de vista ante de llegar a Cáncer, majestuosas y recias, despedían un aire de poder y antigüedad. Géminis podía distinguirse claramente, y ambos sintieron un escalofrío al darse cuenta de que tendrían que pasar por ese templo, ¿su guardián estaría ahí?

Guardianes, se corrigió Milo, y se preguntó cómo sería el otro caballero de Géminis.

Subieron por Aries sin encontrarse con nadie. En Tauro los saludó un gigante llamado Aldebarán, que a Milo le cayó inmediatamente bien: su risa era tan alta como él, y nunca había conocido a nadie tan transparente. En Géminis no vieron a nadie, igual que en Cáncer. En Leo los saludó amablemente un atractivo adolescente, de piel bastante bronceada y cabellera dorada (literalmente), contrastando increíblemente con sus ojos azules y honestos. Aioria, se llamaba, y prometieron verse después de la reunión (o al menos Milo lo hizo, Camus no había dicho nada además de su nombre). En Virgo no había nadie, y en Libra... encontraron un champiñón, o eso le pareció que era a Milo. El hongo morado con barba y bigotes blancos les habló, y ambos jovencitos casi no le respondieron de la impresión, pero resultó que esa "persona" de 1.30 m era el Caballero de oro de Libra. Milo hizo una nota mental de averiguar después cómo era que el manto dorado le quedaba a alguien cuyas piernas no eran más largas que su brazo...

Milo se quedó en Escorpión, sintiéndose ansioso por explorar el templo, y por la reunión donde al fin conocería a los siete dioses olímpicos de la Orden de Athena.

Dos horas más tarde, Milo y Camus entraron a un salón lleno de estatuas y murales, suntuoso y magnífico, de techos altísimos y con una cúpula de cristal tallado al centro, engarzado en líneas de oro y que iluminaba todo con una luz diáfana. En el cristal podían verse las constelaciones del zodiaco, y justo debajo se hallaba una mesa redonda, decorada exquisitamente en oro y mármol, y que parecía un gran sol, con 14 lugares. Decenas de escalones más arriba después de la mesa, nueve suntuosos asientos se situaban en media luna, aunque solo siete estaban ocupados, y la diosa Athena se sentaba en el centro, mirándolos con una dulce sonrisa que a Milo lo hizo enderezarse aún más, como si el resto de las bellezas a su alrededor no fueran suficiente para sacarle su mejor comportamiento. Mirando a esos seres que aparentaban ser personas, le quedó claro que no eran humanos. Un halo superior los separaba de ellos, más que la inhumana perfección de sus rasgos, y despedían además una energía primordial. Eran aspectos físicos del universo que, anteriormente a la destrucción de su hogar, habían habitado un plano superior de la existencia, el Olimpo. Desde hacía milenios, esos dioses habían fundado el Santuario como el baluarte desde el cual dirigían la guerra contra Hades y Poseidón, y ellos tenían el honor de ser considerados sus guerreros más valiosos.

El Patriarca, Shion, estaba sentado en la mesa redonda, en un asiento más suntuoso que el resto, justo frente a los dioses.

— Bienvenidos —habló Athena, cálidamente, y Milo y Camus se inclinaron con respeto, reparando entonces en el resto de sus compañeros, no que fuera fácil perderlos. Se sentaron en las sillas libres alrededor de la mesa redonda, que seguía el mismo orden del zodiaco, así que pudo ver casi de frente a los caballeros de Géminis.

El Verdugo seguía portando esa máscara negra e impenetrable, menos el casco, y a su lado estaba el segundo Géminis, un chico muy atractivo de unos 15 años, de exactamente la misma altura y complexión esbelta pero fuerte; su cabello también era azul, pero de un tono lapis lazuli y más rebelde, aunque el corte era similar, y sus ojos tenían un magnífico color verde. No parecía en lo absoluto amigable, y su mirada tenía un brillo mordaz.

Athena los presentó, y un segundo después hizo un gesto con su mano y un báculo dorado apareció en ella; el báculo resplandeció entonces con su gran cosmos y, metros más allá, se materializaron las cajas de las armaduras doradas de Escorpión y Acuario. Se pusieron de pie, nerviosos ambos, y tocaron la superficie de las brillantes cajas casi con timidez, pero con decisión. Sabían que podían rechazarlos, a pesar de los años de entrenamiento, de la cuidadosa selección de sus respectivos Linajes.

Ambas cajas relucieron, y cuando pudieron volver a ver, estaban embestidos con los ropajes de oro, que no se sentían en lo absoluto como una armadura normal. Eran cálidos, para empezar, como una segunda piel, y se amoldaban como una guante de seda a cada uno de sus movimientos. Lo segundo que notaron fue la consciencia que poseían, y Milo sonrió al entender que su armadura lo estaba saludando; se sentía feliz, aunque no transmitiera nada cercano a un lenguaje con palabras.

Eran oficialmente parte de los Trece, y los otros se pusieron de pie como si hubiera sido una señal. Athena les dedicó unas emotivas palabras, y luego les dijo que celebrarían en honor su llegada. Algunos, como Aioria, acompañado de un sujeto increíblemente parecido a él pero unos dos años mayor (y con el cabello menos alborotado pero igual de dorado), y Aldebarán, los felicitaron animadamente, mientras que los otros permanecieron en la periferia. Varias ninfas brotaron como por arte de magia con bebidas y bocadillos, incluso los dioses se quedaron para honrarlos, y Milo no pudo quitarse la sonrisa de la cara. Su entrenamiento había sido brutal, y había tenido muchas dudas en el camino, pero ahora sentía que estaba donde debía estar.

La copia más vieja de Aioria resultó ser Aioros, su hermano mayor, y Milo pensó que era increíblemente humano, en el buen sentido de la palabra. Tenía una alegría tranquila que relajaba, y con absoluta sinceridad les ofreció su ayuda si la requerían.

Aldebarán ya había devorado unas 3 codornices cuando se les acercó un chico —o eso supuso Milo que era— que lucía la armadura de Piscis. No pudo describirlo para sí de otra forma que no fuera como "extremadamente bonito," pues lo era; con ese cuerpo sumamente esbelto y las delicadas facciones en su rostro pequeño, podría pasar fácilmente como una mujer hermosa, aunque no era para nada amanerado, todo lo contrario, sus modos eran elegantes y finos, cuidadosos.

— Este es Adrian, pero llámenlo Afro —Aldebarán palmó el hombro del recién llegado, y Milo le dio puntos por no caer bajo aquella manaza.

— Debi, eso era innecesario —le dijo Adrian, recuperando su postura perfecta, un pequeño y adorable mohín en sus labios ligeramente rosas. Su voz era un poco aguda, y perfecta para él, le daba un aire algo andrógino.

Aldebarán rio alto y muy divertido.

— Oh, sí que lo era, nuestros nuevos compañeros no tienen tres horas para escuchar tu refinada introducción.

Adrian sonrió, a pesar de todo, y les dedicó una sonrisa divertida.

— Pueden, de hecho, llamarme Afro —les dijo de buen humor, y luego vio a Camus—. Seremos vecinos, mucho gusto, espero que te gusten las rosas.

— Mucho gusto —respondió Camus, con la frialdad que Milo ya temía era parte de su personalidad. Afro no se mostró rechazado y siguió sonriendo, más aún cuando le hizo señas a alguien más, y momentos después se les acercó el caballero de Cáncer.

— Hola, nuevos —les dijo con sorna—, que no los maten a la semana, no quiero volver a repetir la fiestecita.

Camus lo miró molesto, y Milo le sonrió con malicia, diciéndole con sorna:

— ¿Apostamos quién se muere primero, cangrejo?

— ¿Y tú te llamas...? —le dijo Camus al recién llegado, su tono helado.

— Dino —respondió Aldebarán con una enorme sonrisa dentuda, consiguiendo que Cáncer lo fulminara con la mirada, y Afro se riera con elegancia de él.

— Máscara-de-Muerte —el llamado Dino recalcó cada sílaba, sus dientes casi chirriando, no que el gigante se viera impresionado, o dejara de sonreír.

— MM para los amigos —agregó Afro, sus ojos dos lindos arcos de travesura, y Dino (o Máscara de Muerte) lo miró como si fuera a matarlo en el primer callejón obscuro donde lo encontrara después de eso.

— Didi, sé amable —lo regañó Aioros, y aunque apenas era mayor que ellos parecía tener grabado en el alma eso de la autoridad sagrada del hermano mayor, pues MM apretó la boca y musitó algo en italiano.

Un chico que parecía estar rozando los 14 se les unió también, saludándolos con elegancia pero con una sonrisa serena. Tenía un llamativo cabello violeta y ojos de igual color.

— Mu de Aries —se presentó, y Aldebarán no agregó nada para su vecino inmediato.

— Docko —escucharon a unos metros de ellos, y se voltearon para ver a la mujer más hermosa que sus ojos podrían haber contemplado. La diosa del Deseo y la Belleza le hacía honor a su nombre, y vestía además lienzos escasos que no hacían más que resaltar cada uno de sus muchos atributos físicos. Su cabello era de color aguamarina y sus ondas caían delicadamente sobre sus hombros, decorado con joyas que palidecían ante ella. En ese momento estaba inclinada sobre el champiñón, y éste había perdido su expresión serena de viejo sabio de la montaña; se veía molesto, y la diosa lo miraba terriblemente divertida—. Mi querido Docko, sigues tan apuesto como la última vez, ¿ya practicaste tu disculpa? —añadió con un brillo malvado en sus resplandecientes ojos aguamarina.

Docko se enderezó, no luciendo más alto al hacerlo, y le dijo, con una sonrisa forzada y sarcasmo destilando de cada poro de su pequeña persona, su voz tan arrugada como él:

— No, mi diosa, estoy muy cómodo así.

Afrodita torció la boca, claramente molesta.

— Debí haberte convertido en un adorno de mesa.

— Sería una existencia de lo más plácida, estoy seguro —respondió ácidamente, y la diosa alzó los ojos y se retiró. Con sorpresa vieron que Athena se acercó a Docko, luciendo consternada y apenada.

— Docko, deberías disculparte —le dijo, su dulce mirada albergaba algo de reproche.

— Prefiero que un titán me haga su almuerzo, mi diosa —le dijo con acerada obstinación, y la diosa negó con la cabeza, despidiéndose de él y yendo hacia su igualmente obstinada hermana, esperando poder hacerla entrar en razón. Amaba a su familia, sí, pero a veces eran un dolor de muelas, como decían los humanos (a ella jamás le había dolido una muela, pero entendía la metáfora).

Milo no pudo evitar preguntar.

— ¿Y ahí qué pasó?

— Es una historia ridícula —admitió Mu, mortificado, y MM se carcajeó groseramente.

— ¡Es oro! —dijo divertidísimo, sus ojos brillando con malicia—. Hace un año, en otra reunión aburrida, a Docko se le pasó esa porquería de baijiu que le encanta, y creyó que podía hacerle piropos a la Diosa del Deseo.

— ¿Y ella lo transformó en un hongo? —completó Milo, perplejo.

— Fueron pésimos piropos —dijo Mu, sus mejillas algo rosas y su voz apenada.

— Terribles —concordó Afro, efusivamente —, yo lo habría vuelto un gusano peludo por eso, la diosa se vio clemente.

— Evitaré los piropos —murmuró Milo, viendo que las historias de dioses caprichosos de la mitología no habían exagerado, no quería terminar como un árbol o algún animal.

— Oh, lo volverá a la normalidad cuando se disculpe —dijo Afro, gesticulando con su delicada mano—, o cuando deje de ser tan gracioso —añadió con algo de malicia.

Shion se acercó a ellos, seguido por Docko. Era un hombre joven en apariencia, y Milo enseguida notó que él y Mu pertenecían a la misma raza, que supuso era la de los lemurianos, una tribu antiquísima que se rumoraba había tenido algo que ver con los Olvidados en algún punto de su historia (de ahí sus extraños rasgos y habilidades), pero que se había aliado con los dioses del Santuario.

— Bienvenidos, jóvenes guerreros —los saludó Shion, alzando una copa con vino y sonriendo complacido, igual que Docko. Milo Y Camus no tenían copas, pero se inclinaron ante él respetuosamente, y saludaron también a Libra. Entonces Shion hizo gestos breves con sus manos hacia varias partes del salón, y los Caballeros restantes se unieron al grupo.

— Shura de Capricornio —se presentó un chico de 15 años con un marcado acento español, serio pero no arisco.

— Shaka de Virgo —dijo el rubio delgadísimo de cabello digno de algún comercial para cabello (Milo veía televisión cada que tenía oportunidad); sus ojos estaba cerrados, y Milo se preguntó por qué, no lucía terriblemente práctico, además, su tono era algo soberbio.

— Kanon —dijo el caballero que lucía el oro de Géminis, su tono rayando en lo fastidiado, muy cerca del otro caballero de Géminis, quien solo dijo "Saga," en una voz que salía distorsionada por la máscara. Milo la encontró altamente incómoda, ni siquiera sabía si Saga lo estaba viendo o no, o qué expresión tenía, su tono no le había dicho nada. ¿Por qué usaba esa máscara? Aumentaba al infinito su nivel espeluznante, cualquiera diría que la armadura negra con un casco con dos caras y la presencia imponente ya sería suficiente. Shion no lució feliz con los hermanos, pero no dijo nada (¿eran hermanos? Era tradición, pero con esos dos no apostaría nada importante), y a Milo le dio la impresión de que el Patriarca se sintió más triste que enojado por aquello.

— Gracias por ayudarnos —dijo, para sorpresa de todos, Camus, y solo supo que Saga lo había escuchado porque su cabeza se inclinó ligeramente en su dirección.

Después de eso el grupo se disolvió, siendo los Géminis los primeros en irse. Shion procedió a presentarles a los dioses de la Orden. Eran 7 actualmente: Athena, Apolo, Artemis, Hermes, Dionisio, Hefestos y Afrodita. Milo había escuchado de la octava diosa, Deméter, y agradeció saber que estaba muerta, no hubiera querido la vergüenza de preguntar por ella en ese momento. Deméter había caído contra Hades en un intento por rescatar a su hija Perséfone, aunque Milo, claro, no contaba con los detalles. Apostaba a que eran terribles, Hades era un monstruo entre monstruos, por algo el total de la energía de Athena estaba consagrada a la barrera que protegía el Santuario. El otro dios faltante en ese grupo era Ares, Dios de la Guerra, y lo único que Milo sabía de él, era que había traicionado a la Orden. ¿Qué destino había sufrido? Esa era una incógnita que le gustaría resolver, y tal vez ahora que había llegado a lo más alto de la Orden, tendría respuestas.

La reunión terminó apenas una hora más tarde, pero Milo no se quejó. Estaba agotado, y su mente tenía mucho que procesar. En el mismo día había salido del que había sido su hogar por 6 años, había sido atacado por vampiros y conocido a los dioses del Olimpo.