Este fic participa en el reto anual "El retorno del Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Disclaimer: Todo es de Rowling y co. No cobro.

Y... no sé qué más decir, ¿ojalá que lleguéis hasta el final de la historia?

Y ojalá que os guste, está hecha con amor.

Doce sobres.

Blancos, nítidos, nuevos. Pero todos ellos abiertos ya.

Ronda Hooch siempre había sido la última en todo. Su hermana Jyll, siempre la más rápida, se convirtió en buscadora para las Avispas, mientras que ella acabó siendo profesora de vuelo.

Y como siempre, iba a ser la última en enterarse de lo que había estado pasando en Hogwarts recientemente. Nerviosa, casi temblando, abrió el sobre número uno. Miró a ambos lados para asegurarse de que nadie se fijaba en ella, y comenzó la lectura.

—Señoras y señores, el juicio está a punto de comenzar—dijo una voz, pero Ronda apenas la oyó.

Necesitaba saber.


Pensar en Hogwarts. Hermosa y radiante como la recuerdo, el lugar donde crecí, donde aprendí, donde me convertí en quien soy… Pensar en Hogwarts es lo único que quiero hacer. Es lo único que me da esperanzas en los tiempos que corren. ¡Ay, cuando me da la nostalgia!

Espero que esta carta llegue a alguien. Espero que alguien me lea y saque a la luz toda la verdad sobre lo que pasó, ya que yo no me atrevo a hacerlo.

Si no tenéis ni pajolera de qué hablo no sé en dónde habéis estado hibernando mientras se cometían esos horribles asesinatos delante de nuestras propias narices, pero os iré guiando para que no os perdáis. Lo primero que tenéis que saber es que toda esta historia ha girado siempre alrededor de dos personas: el Doctor y aquel muchacho, su protegido.

—Sí, señora...—iba diciendo el Doctor fingiendo que escuchaba a la madre de aquel niño

—¡¿Pero es que no entiende lo que le digo?! ¡Le estoy diciendo que mi Lorcan convirtió el sofá de la familia en un elefante volador de color rosa!

—No se preocupe, señora—dijo el Doctor sin escuchar media palabra—dele a su hijo estas pastillas dos veces al día y todo estará solucionado.

Estupefactos, madre e hijo desaparecieron por la puerta, que el Doctor cerró cuidadosamente.

—¿Quién sigue ahora?—preguntó bostezando el Doctor a la enfermera.

—Veamos, después de Lorcan Aníbal, tenemos…

—Espere, ¿ha dicho Lorcan Aníbal?

—Sí, Doctor, acaba de atenderle…

Pero la enfermera no pudo terminar la frase porque el Doctor ya había salido corriendo.

—¡Señora, espere!

"Convertido el sofá en un elefante volador" pensó mientras corría hacia ella "Tiene que ser él".

—¿Qué pasa?

El Doctor la llevó a parte para que el chico no escuchara.

—Su hijo es especial.

—¿Cómo que es especial? ¿Qué me está contando usted?

—Piénselo bien. No es la primera vez que a su hijo le pasa algo así, ¿verdad? Esto seguirá pasando una y otra vez, cada vez que su hijo pierda el control sobre sus emociones. Es su manera de expresar…

—No hable más doctor, ya sé de qué se trata.

—¿Lo sabe?

—¡Pues claro! ¿Qué se piensa que soy tonta? Yo sé mucho más sobre este tema de lo que usted cree, Doctor. Sé con quién hablar. Tengo algunos contactos.

—De acuerdo, escuche, sea como sea, estaré en contacto. Esta tarde pasaré por su casa para…

"¿Para qué?" pensó "Piensa, piensa, Doctor…¿cómo justificar una visita para esta tarde, una visita que tengo que hacer si o si…?"

—Quite, quite. Ya nos arreglaremos.

"Maldición".

—¿Está segura de que sabe lo que hace, señora.

—Segurísima, Doctor.

Y se marcharon.

—¡PACOOOOO! ¡Ya estamos en casa! ¡El Doctor me ha dicho que el niño es autista!

—¡¿Cómo que es autista?! ¿Y ahora qué vamos a hacer?—dijo Don Paco levantándose de un salto

—No lo sé Paco. Yo ya no sé qué hacer con este chico.

—A mi no me mires, Mariela—dijo Paco—la idea de tenerlo fue tuya

—¡Qué dices anda! ¡No intentes echarme la culpa a mi otra vez! Sabes que fue un accidente.

Mariela suspiró profundamente.

—¿Y si lo abandonamos en el río?

—¿Qué dices tú ahora?

—Es una idea. Allí fue donde empezó todo, Paco. Allí fue donde lo encontramos. Quizás es la única solución.

—El río… ¡Anda ya!

Lo que no sabían Paco y Mariela es que su hijo Lorcan les estaba escuchando, en parte gracias a su agudo oído, en parte porque estaban hablando a gritos.

—¿Qué se han creído estos? ¡A mi nadie me abandona en el río como Rómulo y Remo!

Y cogió la mochila y se largó.


Hacía tiempo que tenía la mochila preparada porque había decidido largarse de casa de sus estúpidos padres. No era que hasta ahora hubieran sido especialmente malos con él. Simplemente eran estúpidos, y Lorcan quería estar tan lejos de ellos como fuera posible.

El sol de media tarde empezaba a ponerse cuando llegó a la carretera y empezó a hacer autoestop. Milagrosamente, un coche se detuvo ante él al cabo de pocos segundos de levantar el dedo.

—¿Te llevo?

El hombre era de lo más estrafalario. Llevaba una chaqueta de cuero marrón, una bufanda roja y unas gafas de aviador. Solo cuando se quitó las gafas lo reconoció Lorcan

Era el doctor.

—¿Qué hace usted aquí?—dijo Lorcan algo confuso

—Sube, anda. Estoy en medio de la carretera, me van chocar por detrás.

Lorcan hizo lo que le decía, absolutamente atónito.

—¿A dónde me has dicho que te dirigías?

—Al norte—dijo Lorcan sin pensar. No lo había decidido hasta ahora, pero de pronto tenía mucho sentido. De todas formas, no había mucha Inglaterra al sur de Londres.

—Qué coincidencia, yo también. Hoy es un día muy especial, Lorcan. Es el primer día de clases.

—Creía que usted era doctor.

—Nah, eso era una tapadera. Ahora me voy a mi verdadero trabajo, que es mucho más interesante. Soy el celador de Hogwarts

—¿Qué es Hogwarts?

—¿Es que no lees, chico? Hogwarts es la mejor escuela para magos como tú.

—¡Qué dice, usted anda! Yo no soy un mago.

—Eres un mago—le aseguró el doctor—en parte lo sabes. En Hogwarts estarás a salvo. Es preciso que te lleve allí cuanto antes.

—¿A salvo de quién?—dijo Lorcan un tanto asustado.

—Te lo iré contando todo a su debido tiempo…


Y mientras el doctor conducía, las familias de magos de toda Gran Bretaña y de Irlanda se preparaban para el inicio de las clases.

—¡Teddy! ¡Date prisa, querido, no quiero que pierdas el expreso de Hogwarts!

—¡Ya voy, abuela!

Con manos temblorosas, Teddy Lupin alzó su varita y apuntó el suelo de su dormitorio. Murmuró un conjuro que nadie conocía, pues lo había inventado él, y una trampilla se abrió en el suelo.

Algo dorado centelleaba en la oscuridad. Era el objeto más preciado de toda la comunidad mágica. Teddy metió las manos en la trampilla.

Odiaba tener que sacarlo de casa.

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