Pareja:Chocolove&Anna | UA
Prompt: Closet sex
Una noche en el museo
Notó que se apartó, mientras algunas de sus amistades permanecían en el cóctel de bienvenida. La posibilidad de que estuviera incómodo no pasó por su mente, tenían colegas en común y su rama de estudio era la misma, así que el problema debía estar en otro lado.
Fue discreta y, luego de unos minutos, lo siguió hasta ese apartado jardín. Rodeó la fuente, donde estaba sentado mirando el agua casi en la penumbra.
—¿Todo bien? —cuestionó sobria.
Alzó su mirada, sonriéndole con levedad ante su presencia.
—Sí, no te preocupes, ve...
—Pues si todo está bien, entonces deberíamos regresar—dijo acercándose a él— O es que las cosas en realidad no están tan bien.
Chocolove comenzó a reír nervioso, denotando lo que ya presentía. Presionó con una mirada más dura, tratando de obtener la información sin necesidad de preguntar. Para alguien que la conocía de toda su vida y que era su mejor amigo desde la infancia, estos gestos eran fáciles de leer.
—Es una tontería—admitió el moreno, tocando su nuca—Mejor ve a trabajar.
—Tengo una hora disponible—afirmó segura, sentándose a su lado—¿Qué pasa?
Volvió a suspirar y tomó su cabeza en símbolo de frustración. No era una situación sencilla, eso se lo concedía, así que lo que debía estarle revolviendo tanto el cerebro seguro valía la pena.
—Es que... estás preciosa, Anna.
—¿Y eso tiene algo de malo?
En realidad no, estaba maravillado con su apariencia y se lo dijo mil veces. Para ella debía ser fastidioso escucharlo tanto, pero no mentía.
—No, es solo que no soy el único que lo nota—dijo triste—Hay muchos hombres detrás de ti. Tu jefe es uno de ellos. Es un sujeto atractivo, tiene dinero, la posición que tu familia quiere para ti y...
—¿Y qué...?—dijo ella, colocando una mano sobre la suya—Eso no es nuevo Chocolove, sabes que siempre tengo una jauría detrás de mí. Y la verdad me extraña, nunca te importó eso.
—Lo sé—dijo aún más desesperado—Lo sé, es solo que ahora tengo miedo de que te vayas con otro hombre. Sé que no soy el gran partido.
Entonces sintió un beso sobre su sien y giró a verla curioso por esa reacción tan cariñosa.
—Sí eres un gran partido, es sólo que a mí no me gusta que la gente hable de cosas que no les interesan—dijo entrelazando sus dedos—Pero no te escondo porque no seas un gran partido, eres un gran hombre.
—¿Lo crees?
Ella asintió, sintiéndose mal por ocultar esa relación que llevaba tiempo entre las sombras.
—¿Qué puedo hacer para que te sientas menos inseguro?
Correr a todos de la fiesta, pero era un evento privado y exclusivo del museo. Así que eso quedaba fuera de su jurisdicción.
—Déjame llenar tu conejito—susurró a su oído.
Ella pareció procesar su respuesta en modo lento. Muy lento, mientras aquellas palabras se traducían en una respuesta más concreta y un notable sonrojo con el mote que él le había puesto a su parte íntima.
—No es un buen momento, ni es el lugar—dijo seria— En unos momentos tendré una apertura importante y...
—Y ellos van a percibirlo—completó tomando su rostro—Porque hoy parece que están sobre ti como necesitados y la verdad me pongo mal viéndote resistir todas esas muestras de atención.
Respiró agitada por la cercanía y el modo tan indómito que tenía para expresar sus deseos.
—Por favor, sabes que no pido nada. Nunca me quejo del silencio, siempre hago todo lo que me pides. Por favor, por favor—dijo suplicante, tomándole la mano—Me sentiré más tranquilo después de que tengamos sexo.
Anna se sonrojó aún más. Eso sonaba muy territorial. Pero no podría contrarrestarlo, él se sentía inseguro y tenía justificación porque aún no encontraba el valor para contarle a su familia que vivían juntos y no en plan amistoso. No quería ni imaginar la respuesta negativa de su madre, mucho menos las de sus hermanas. Sólo estaba alargando el problema en forma innecesaria, no había modo de ahuyentar a los buitres de siempre, salvo con su carácter dominante. Eso debería bastar para él, porque a nadie le prestaba atención.
Pero al parecer no lo era.
Además, no habían tenido contacto en semanas por culpa de sus viajes a Londres. Eso seguro agravaba su inseguridad.
—Por favor, Anna, te juro que seré moderado.
Suspiró derrotada, en especial por esos ojos grises suplicantes. Asintió, notando la sonrisa de Chocolove iluminar toda su faz.
—Vamos... al área de limpieza—sugirió acomodando un mechón de su cabello rubio y moderó su tono de voz, como si alguien fuera a escucharlos—Ahí no hay cámaras y no hay nadie a esta hora.
El sonrojo en su rostro se veía, pero le pareció lindo. Se levantó y comenzó a caminar. Él la siguió de cerca, hasta que cruzaron el umbral. Estaban en pleno cóctel escuchando una sinfónica. Estarían bastante ocupados. Su jefe la detuvo un momento, pero ella le respondió breve, para luego excusarse e ir por unos documentos al archivo.
Atravesaron el enrejado, a pocos metros un policía los detuvo pidiéndoles una identificación. Anna mostró su gafete y dio sus datos, afirmando que él entraría para ayudarle a cargar algunas cajas. En realidad no mentía, porque sí llevarían papelería al vestíbulo del museo, aunque eso sería más tarde.
Caminaron a la zona de oficinas, luego abrió una puerta que los condujo a un pasillo extenso y vacío. Tal cómo ella dijo, no había nadie. Señaló una puerta con la cabeza y cerró con llave uno de los espacios en los que se metieron. Adentro estaba vacío, solo por un par de estantes a cada lado y un escritorio viejo al fondo que ocupaba todo el espacio del armario. Muy pequeño para ser un archivero, pero la tabla se veía fuerte como para resistir un embiste.
La distancia a la puerta no era mucha, aun así había unos cuantos pasos de diferencia para llegar a la superficie de madera, donde ella se ubicó.
Sonrió, pese a la poca iluminación que se filtró por una ventanilla diminuta, pudo verla desabrochar su vestido rojo y bajar el cierre. Estaba ansioso. No había estado con ella en más de un mes. Era bastante, porque ya estaba acostumbrado al sexo continuo. Aún así admiró en silencio el descenso de la prenda y la manera en que la doblaba a un costado del escritorio. Tenía una tanga de encaje negro y un sostén a juego que apenas sostenía sus pechos blancos.
Anna dio la vuelta y lo esperó, sentada en el borde escritorio. Él la miraba como idiota, librándose del nudo en la corbata que le robaba oxígeno. Se acercó y desfajó su camisa mientras la rubia ayudaba con los botones. Se la quitó y acumuló con el resto de la ropa. Tan sutil, como su anatomía, que a veces temía quebrarla por su rudeza.
Procedió con el pantalón y sacó los zapatos también. Anna no le gustaba que usara calcetines en el acto, así que optó por quitarse todo. Su pene ya estaba rígido, esperando a ser liberado. Al menos eso denotaba el gran bulto en su bóxer. La observó relamer sus labios, sintiendo aumentar el volumen de su instrumento.
—¿Te ayudo? —le ofreció con una inocencia fingida que cimbró su pene.
—Por favor…—respondió, sintiendo que metía dos dedos en su ropa interior y la deslizaba por sus piernas hasta caer en sus talones.
Sonrió agradecido por sus atenciones, en especial por la libertad. Su escrutinio no pasó desapercibido en ningún momento. Sabiendo lo mucho que a ella le agradaba verlo al natural, tan erguido y más venoso que nunca. Intercambió una breve mirada con ella al ver cómo una gota caía en su pierna blanca.
—Tiene... —describió ella, mordiendo su dedo.
—Ya tiene algo de baba en la punta—completó Chocolove—Sabe que por fin estás aquí.
Ella atinó a sonreírle alevosa, subiendo por su ingle hasta su pecho firme y trabajado. No en balde se mataba en el gimnasio todos los días, a fin que esa chica, la más solicitada de la región, le hiciera un mínimo de caso.
—Tus bolas se ven más grandes.
—Sí, creo que el fin de semana vamos a estar ocupados—dijo apenas tocando sus labios—¿Quieres una probada?
—Sí—respondió, mordiendo su labio grueso con suavidad.
Eso lo agitó, pero supo controlarse a tiempo y caminó dos pasos hacia atrás, pegando su espalda contra la puerta para que ella tuviera espacio suficiente para hincarse. Su pene por si solo se curveaba hacía la izquierda, así que Anna sacó una mínima parte de su lengua y chocó con la cabeza del glande. Fue como una corriente eléctrica para él. Y si ya de por sí estaba baboso, el mero contacto con la rubia le hizo sacar más.
Anna lo notó y sonrió pasando su lengua en forma circular mientras degustaba el líquido.
—¡Aaah! Anna...
Estaba estimulada, escuchando su nombre en su garganta, mientras continuaba bebiendo lo que salía de su pene. Con cada lamida parecía que salía más. Con la punta de su lengua obstruyó el agujero y él tuvo que apretar sus puños, por la manera en que lo recorría, tratando de limpiarlo.
Pero resultaba difícil porque no dejaba de salir la mucosidad.
—¿Te gusta? — preguntó el moreno.
—Está salado.
Comenzó a reír y ofreció una mano para que se levantara. Ella la tomó y recibió un fogoso beso en cuanto estuvo de pie. Sus nalgas tocaron el escritorio, sintiendo a Chocolove meter un dedo entre sus labios, apartando la prenda de encaje con algo de apuro.
Gimió, más por la forma en que aquel intruso se resbalaba por toda la extensión de sus pliegues
—Anna... estás húmeda—dijo sorprendido, introduciendo el dedo medio que caló la temperatura su interior—Y caliente.
Sus labios mordiéndose entre sí callaron cada jadeo que buscaba salir de su boca. Su dedo inició un movimiento de entrada y salida continuo, comenzando a simular una penetración y él no era de manos pequeñas.
—Chocolove...
Ella gimió y apretó los músculos tonificados de sus brazos. El calor la atacó con rapidez, echando la cabeza hacia atrás la cabeza. El moreno sonrió encantado con su reacción y lamió su cuello.
—Tu conejito está muy calientito—susurró él, en un tono jocoso, que a ella no pareció gustarle tanto.
—Deja de estar bromeando—dijo la rubia, clavándole las uñas—¡Y métemelo ya, no tienes todo el día!
Sacó su dedo y deslizó la tanga por sus piernas. A fuera todo mundo quería joderla, hasta su jefe deseaba hacerlo, podía verlo en su mirada. Pero estaba con él, encerrada en un cuarto de archivo, ignorando ese ambiente de glamour solo por cumplir un capricho suyo.
Se situó en el espacio entre sus piernas y las sostuvo para ampliar su compás, mientras su boca buscó la suya. El beso fue lento hasta que sus lenguas se entrelazaron, uniéndose al juego. Apretó en forma instintiva la piel en sus muslos y ella gimió, quebrando el vínculo. Mordió su labio inferior y su pene se rozó, tratando de encontrar la entrada. Sin despegar la vista de ella, sus manos ejercieron mayor fuerza en sus piernas y como pudo lo acomodó para adentrar la punta. ¡Puff! Tal como sucedió con esa boquita húmeda, su vagina estaba lista para engullirlo y cada milímetro que entraba en ella lo hacía sentir que tocaba el mismísimo cielo.
Se negó a soltar un jadeo. No le daría el gusto, aunque ella ya lo sabía.
Anna abrió más su ángulo, temblorosa ante el intruso que sin mayor miramiento se clavó de tajo en ella. El grito se escapó de su garganta en forma inevitable y sus uñas se clavaron en su espalda en respuesta.
Para él, fue una exclamación de alivio y de victoria al sentir el ligero temblor en ella.
—No querías que fuera delicado—le recordó el moreno, pasando sus manos a su espalda baja—Querías que fuera rudo.
Era una sublime sensación. No sabía cuánto extrañaba tener su calor rodeándolo.
—No hay tiempo—le recordó, agitada—Tienes que hacerlo rápido.
—Haré que valga la pena.
Le dio unos minutos para amoldarse. Mientras apartaba un mechón de su cara sonrojada, como cada vez que dejaba de hacerlo con él. Presumía de tener un buen instrumento y la reacción de ella al tenerlo dentro, le demostraba que no mentía. El ancho y el largo eran más que sobresalientes, ideal para cumplirle a Anna todas sus fantasías. Con todo eso, era normal temblar por el pedazo de carne que tenía metido entre las piernas y más porque lo único afuera eran sus bolas.
Su lengua delineo su cuello hasta su mentón.
Cada ejercicio que hacía, era por ella. Si se tocaba lo hacía pensando en sus hermosos senos y en su boquita abierta cada vez que recibía la empuñadura demoledora de su fierro. Sabía qué le calentaba que la vieran con deseo y lo que más le encendía en él era eso, lo mucho que él añoraba por tenerla, aunque fuera en secreto.
—Querrás gritar mi nombre—le susurró, lamiendo su rostro hasta sus labios.
Ella sintió cómo se escurría su pene adentro al decir esas palabras. La sensación era agradable. No podía decir que estaba del todo acostumbrada, pero era una invasión placentera. Llevó sus manos a sus glúteos y le ánimo a continuar. Él entendió y así comenzó a bombear. Primero lento, a los segundos, agarró confianza y el ritmo bestial de siempre. No pudo más que morder su hombro para acallar el placer que le daba dentro de ese pequeño clóset. Aunque estaba segura que el golpe de sus testículos contra la piel de sus nalgas se oía con claridad en todo el pasillo.
—¿Quieres más duro?
Eran esos momentos de intimidad en que él perdía todo rastro de comediante y se transformaba en alguien impetuoso, dispuesto a lograr sus objetivos.
—Sí…
Tan pronto dio la autorización, su espalda sintió la superficie de madera, donde él también se subió. En ningún momento dejó su interior y llevó sus pies a sus hombros. Esa era una postura profunda, siempre que la hacía es porque quería clavarle hasta sus bolas. Aunque no entraban, se alcanzaban a mojar con sus líquidos.
Pensó decir algo, pero calló al sentir de nuevo aquel intenso bamboleo. No se equivocó al decir que lo percibía más. En especial porque sus testículos chocaban con mayor vehemencia contra sus labios. Se aferró a él y trató de morder sus labios acallando sus gemidos y él estaba en la misma sintonía, trataba de ser silencioso, a pesar de que quería rugir.
Dejó caer todo su peso en ella, sin importarle la condición y su cadera no dejó de empujar hacia Anna con fuerza. Sus piernas bajaron, pero él sostuvo sus muslos, no dándole la oportunidad de alejarse de su miembro lo suficiente. La piel de la rubia se humedecía por la fricción, hubiera sido mejor que el quitara el sostén, así sentiría el contacto directo, pero ya estaban en eso y sí que lo estaban. Los sonidos apenas audibles que Anna sacaba eran música para sus oídos.
—¡Aaah! ¡Chocolove…!—gimió, pasando todas sus manos por su ancha espalda hasta sus nalgas.
Quería aguantar y seguir con ese ritmo explosivo. No era tarea fácil, en especial por la forma en que lo chupaba ese estrecho canal. Aun así estuvo así varios minutos reforzando sus penetraciones, incluso apretando sus glúteos, haciéndola que abriera más su compás para él. Perforó en forma continua hasta que sintió las múltiples opresiones en su pene.
Fue continuo, dos veces. No se lo esperó, menos por la inclemente batalla que libraba Chocolove con su entrepierna aún. Al segundo escalofrío gritó con auténtico gozo. Mientras él se obligaba a resistir, pero era imposible con tantas contracciones de la vagina de Anna. Cerró los ojos y apretó los dientes al momento de dar la última estocada. Oprimió fuerte en sus manos la carne que sostenía y su pelvis se recargó en ella, asegurándose que no había un milímetro de espacio entre ambos. Quería estar lo más profundo que podía, empujó de nuevo y una maldición de le salió entre todo ese éxtasis.
De inmediato lo sintió, el primer disparo y luego la humedad aumentó de golpe. Eso completo su propio orgasmo.
Chocolove sudaba y respiraba agitado, mientras apartaba uno de sus cabellos para besar sus labios. Que la extrañaba, que la amaba desde que eran unos niños, todo eso ya lo sabía, pero no le importó escucharlo de nuevo. Al final le pidió que lo repitieran otro día.
—¿Pero... en un armario?—respondió ella, limpiando las gotas de sudor de él.
—En donde sea— dijo cerrando el espacio para besarla una vez más.
Ella no se negó a la caricia. Aunque tampoco la alargó demasiado, ambos sabían que no tenían demasiado tiempo. Tan pronto terminaron, él se levantó y dejó ir sus piernas, que temblaron en una primera instancia.
Se retiró lento, lamentando no poder quedarse más tiempo ahí. La sensación resbaladiza de inmediato se sintió en ambos. Anna percibió cómo se escurría el semen de su vagina y al ver su sonrisa de triunfo en él. Supo que aquello era bastante. Sumado a dos orgasmos de ella, sentía que necesitaba una ducha. La tanga no sería suficiente para retener eso.
Aún así se incorporó con esfuerzo, él le tendió la mano y la ayudó a sentarse. Levantó la ropa del suelo y busco de inmediato la prenda de encaje. Era suave, igual que la piel de Anna. Se hincó para meterla en sus pies y subirla a medio muslo, donde ella todavía los apretaba, mientras estaba concentrada haciendo una pequeña contracción en su vagina.
Al final, suspiró frustrada, viéndolo con esos ojos que sacaban chispas.
—Me voy a mojar toda—se quejó molesta—No sé por qué te hice caso, dijiste que no sería mucho—mencionó acomodando el encaje—Y mira como estoy.
—Pero no fue mucho, mira como tengo las bolas—bromeó él.
Con ese comentario se ganó un severo golpe en el brazo.
—Bueno si quieres la próxima vez puedo cambiar el lugar —dijo él, mirando sin disimulo la piel que sobresalía de su sostén—Aquí también es buen lugar—añadió metiendo un par de dedos en la copa hasta oprimir el pezón sin suavidad.
Anna gimió ante la sensibilidad de su cuerpo, todavía vulnerable después del sexo y lo alejó, empujándolo violenta contra la puerta al verlo con severas intenciones de repetir la maniobra.
—Tengo una presentación, ¿lo olvidas?
—Es verdad, lo siento.
Recogió el vestido para ayudarle a subir el cierre Tuvo que contenerse al verla arreglarse, por que en verdad ansiaba repetir. Ella permaneció callada, hasta que su mano se condujo a su vientre.
—¿Huelo a sexo, verdad?
—No mucho.
Ella lo miró feo.
Terminó de vestirse rápido y limpió su pene con la playera blanca debajo del traje. Cuando todo estuvo en orden, desbloqueó la puerta y buscó a su alrededor. Por el evento, todos estaban en el área del jardín, así que salieron sin problemas. Kyoyama caminaba por delante con un paso extraño. Tuvieron que pasar al sanitario para que pudiera limpiarse.
Reía en forma discreta mientras esperaba recargado en la pared. Pensar que Anna tenía su esencia de alguna manera lo hacía sentir importante.
Salió minutos tarde con un andar normal. Se preguntó si se había quitado toda la mucosidad. Aunque claro, debía ser incómodo para ella ser una de las principales restauradoras y andar sucia.
Caminaron en silencio hasta la oficina, donde recogieron una caja. Ella tomó una menta y evaluó su aliento. Supuso que era por meterse su pene a la boca. Terminó de acomodarse y retocar el maquillaje para bajar al vestíbulo. Ahora estaba impoluta, con el cabello mejor distribuido.
La edecán ya esperaba los folletos en el módulo. Anna le dio una pequeña indicación para su distribución al final del evento.
—Déjala ahí— le dijo a él—A penas y tenemos tiempo de llegar.
—Claro.
Caminaron cerca y aunque quiso tomar su mano, no se atrevió a tanto. Algunos colegas se acercaron a saludarlos. Los hombres seguían arrojándole bellas palabras a su paso, eso ya era inevitable. Anna tenía la fama de ser la chica más asediada de la región, no era anormal esta clase de conducta. Debería estar acostumbrado, la realidad es que seguía pesándole.
—Te estoy hablando— dijo ella, cruzándose de brazos—¿En qué tanto piensas?
—No, yo... en nada. Estaba pensando en un chiste muy bueno.
—Tus chistes son terribles—dictaminó la rubia—Voy con los curadores. Nos vemos más tarde.
—Sí, está bien. Te veré más tarde—respondió tardío—Suerte.
—Gracias.
Iba a darse la vuelta, pero ella tomó su mano para detenerlo.
—Chocolove—susurró su nombre—No limpié mucho eso, pensé que… bueno… tú sabes.
Él sonrió enternecido por lo que trataba de explicarle.
—Si es lo más cerca que puedo estar…—afirmó él, dejando ir su mano—Nada me complace más que lleves algo de mí en ti.
Se miraron una vez más y luego tomaron rumbos separados. Se dirigió a la barra. A la distancia vio a las familias Kyoyama y Asakura convivir como una sola estirpe. Tal vez si estuviese Yoh, Anna ni siquiera lo consideraría como pareja. No lo sabía, pero su fantasma aun mermaba su confianza.
La presentación comenzó. Anna brilló con luz propia y no podía sentirse más orgulloso de eso. Su discurso e investigación sobre la restauración fue muy aplaudido. Así se inauguró las salas de exposición a la prensa e invitados especiales.
Algunos amigos se acercaron a bromear con él, mientras Anna era felicitada por su familia. Su teléfono vibró y observó el mensaje de que saldría a cenar con ellos. Contestó, diciéndole que la esperaría al día siguiente en casa, que manejara con cuidado. Ella le regresó los mismos deseos, asegurándole que festejarían más adelante.
Tenía la noche libre.
Después del cierre, salió con unos colegas por unos tragos e intercambiaron tarjetas. Condujo de regreso a casa por el camino de siempre. La música en alto y él cantando a todo volumen, con su garganta amenazando con cerrarse. Debía ser el alcohol que lo ponía más emocional de lo que debería. Todo estaba bien, estaba más que perfecto, había sido una grandiosa noche. Agradecía tanto tener una novia tan inteligente como Anna, y poder estar presente en esa clase eventos de importantes para ella. Quizá un día, con suerte, él también estaría invitado a las reuniones familiares y alegraría el ambiente. Tenía fe de que así sería, sólo tenían que dejar atrás los miedos.
—Seré el favorito de mis suegros.
Comenzó a reír fuerte, pensando en esos picnics en el jardín. Su carcajada fue estruendosa, hasta que una luz cegadora iluminó su parabrisas, después el sonido de su risa se extinguió en el silencio.
FIN
N/A: ¡Hola a todos! Llego tarde a la fiesta, pero he llegado. Este es mi primera aportación para el Mankinktober, una iniciativa de una lista de temas kinky que varias de nosotras estamos redactando para todos ustedes. Varias parejas, los momentos más inesperados, fantasías que no tenían idea de que pudieran escribirse. Todo esto y más en el mes de octubre. Sigan el resto de las publicaciones, les aseguro que será estimulante en más de un sentido.
¡Nos leemos pronto, gracias por leer!
