Titulo del fanfic: Enfer
Autor/a: Kido-Lu
Género: Thriller, misterio, drama, romance.
Clasificación: +15. Todo queda bajo su discreción.
Advertencias: Au,OC, OOC, violencia gráfica, sangre.
Serie: Naruto/Naruto Shippuden.
Resumen: Un misterio absorbe al pueblo de Konoha, las desapariciones y muertes parecen no tener una explicación razonable, más aún, nadie parece preocuparse de ello, ni relacionarlo con el misticismo que rodea la región, pero no todo es lo que parece, la cordura es una línea tan frágil y delgada, que cualquier situación desencadena la locura y verdadera naturaleza.
Publicaciones: Fanfiction.
Prólogo
Bienvenido al infierno
Si pudiese describir mi vida con una sola palabra, esa sería: Corriente. Amaba ese sentimiento de simplicidad, la tranquilidad de no tener presión, la idea de ser uno más del montón.
Desde pequeño traté de no sobresalir demasiado, era callado, no era un idiota, pero tampoco era muy inteligente. Mi familia era bastante normal, tenía un hermano mayor el cual era un prodigio y en ese entonces cursaba tercero de la escuela media, mi madre que en ese entonces trabajaba a medio tiempo en la oficina de correo del pueblo y mi padre que era jefe de policía, una corriente familia de cuatro.
Nací y crecí en la prefectura de Aomori, en un punto medio entre Nishimeya, Hirosaki y Ajigasawa, una zona realmente montañosa y medianamente poblada, lejana a la mayoría de ciudades grandes. Konohagakure –así se llama el pueblo– mayormente conocido por sus paisajes y misterios en sus bosques, que en tiempos de guerra sirvieron para camuflar los asentamientos militares, además del folklor de la zona.
Los habitantes no eran muchos, por mucho unos 700 y esto gracias a que después de la guerra se vio el potencial del lugar por su fácil acceso a recursos hídricos, los turistas eran aquellos estudiosos que procuraban resolver los misterios que envolvían al pueblo, investigadores de la fauna y alguno que otro historiador. Aunque hubiese algunas fábricas, el pueblo no crecía de forma acelerada, sino que por el contrario, parecía verse estancado.
Y la razón de este suceso eran las mismas por las que mi vida había cambiado.
Pese a que no fue una causa directa, cuando se dio la primera desaparición el orden se alteró. Ocurrió justamente cuando cursaba primero de primaria, para el momento en que muchos niños del pueblo se preparaban para ir a su primer día de escuela, una mañana tranquila de abril, en el momento menos esperado, el pequeño hijo de los Watanabe desapareció.
El pánico no se hizo esperar, los carteles con una foto del chico estaban esparcidos por todo el pueblo. Cada noche los adultos salían en busca de alguna pista, algún rastro de vida por parte de él, pero pasaron las semanas, los meses y no había ningún rastro del niño. La historia se hizo famosa a nivel nacional, muchos investigadores vinieron a ayudar, periodistas venían y se iban. Todos mencionaban las circunstancias tan extrañas de su desaparición, pero al no haber lógica en ello muchos adjudicaban la tragedia a una antigua leyenda de la región.
Formas desesperadas para hallar una razón.
Con el tiempo las personas fueron olvidando el incidente, las estaciones transcurrían y el único vestigio de la existencia del hijo de los Watanabe era el estado mental de sus padres. Aún recuerdo escuchar a las mujeres del supermercado hablar sobre lo inestables que se encontraba el matrimonio, todos los juzgaban cuando los veían caminar por las calles: — ¡Imagínate, fingir que su hijo sigue vivo para no sentir su dolor! — Era una frase muy común en aquellos días.
Aunque yo solo observaba entes que habían perdido su razón para existir "demacrados e inertes", era la más acertada definición sobre aquel matrimonio.
Pero eso solo fue el comienzo, con el pasar del tiempo en ciertas épocas del año desaparecían personas, las calles del pueblo se llenaban con carteles que llevaban impresos sus nombres, fotografías y fecha en la que se desvanecían.
El departamento de policía era un desastre, no había pistas, no había rastros ni nada que pudiera dar una explicación a esos extraños sucesos… Papá comenzaba a desesperarse, al igual que sus subalternos.
Todo se había convertido en un circo mediático.
Eran mediados de Junio, las vacaciones de verano habían llegado junto a una abrumadora ola de calor. Nuestro horario consistía en hacer algunos ejercicios diarios, ir a la escuela por las clases de natación y quedarnos el resto de la tarde jugando en los parques.
Ese día en especial el sol estaba picante, incluso el agua de la piscina se encontraba caliente, por lo que nadar fue una tarea más que tortuosa. Recuerdo estar flotando en el agua, casi nadie estaba dentro de la piscina, miraba las nubes y a veces a mis compañeros que descansaban en el borde, algunos insectos muertos flotaban en el agua, los profesores daban órdenes mientras se abanicaban. Era un día terrible para todos.
Finalmente, a las tres la clase había terminado, los maestros ayudaron a ordenar toda el área para finalmente pasar lista y despedirnos, pero cuando estaban a punto de llamarme un ensordecedor grito resonó en el lugar. No tardamos mucho en ubicar el lugar del que provenía, al igual que la respuesta pronta de los maestros que de inmediato salieron a correr en dirección al patio trasero de la escuela.
En nuestra escuela había un lugar con un hoyo que conectaba con los ríos de la ciudad, era una zona a la que le tenían restringido el paso pero que aun así se utilizaba para molestar a otros. Cuando llegamos al sitio había una niña, de un par de grados debajo de nosotros, la cual se encontraba llorando y temblando mientras señalaba el pozo. Iruka-Sensei trató de consolarla mientras los otros profesores se asomaban a ver qué era lo que había, debió ser algo perturbador ya que todos pegaron un grito.
—Iruka-Sensei lleve a los estudiantes fuera, llame al director. —la voz de profesor de matemáticas sonaba entre cortada y forzada.
—Vamos niños, deben ir a sus casas de inmediato. —ordenó mientras tomaba a la chica de la mano en dirección de la sala de profesores. — ¡No se queden por ahí! —gritó para después comenzar a hablar con la niña.
Nos dirigíamos hacia nuestras casas, todos en silencio, hasta que por nuestro lado a toda velocidad vimos pasar una patrulla de policía. En ese instante paramos nuestro andar, teníamos curiosidad de saber qué era lo que encontraron.
—Habrán muchos niños jugando por la entrada al túnel… —mencionó el más idiota de nosotros. —Solo sería un vistazo, nadie sospechará algo de nosotros.
—No seas idiota, ese no es el problema.
—Vamos, es natural sentir curiosidad por ello… un momento, simplemente para ver qué ocurrió y ya.
—No seas mórbido.
El rubio hizo una mueca de desagrado, como reprochándonos que éramos unos cobardes pero nadie quería afrontar que era emocionante, el misterio que rondaba el suceso, el miedo y la expectativa de lo que podríamos ver. Cierto, éramos niños, pero ese palpitar en nuestros corazones, los nervios, la emoción todo dentro de nosotros se había convertido en un torbellino de emoción.
—Pero tenemos que prometer algo. — Yashiro siempre fue el más maduro de todos, era admirable lo precavido que era incluso cuando él no tenía nada que ver. —Primero: No tocaremos sea lo que sea que esté en esos túneles. Segundo: No le diremos a nadie lo que vimos. Tercero: Nada de estupideces, puede que termine en una investigación y yo no quiero estar involucrado en algo tan problemático solo por curiosidad. —enumeró cada una, suponiendo el grado de idiotez de cada uno de los miembros del grupo. —Entonces… ¿Trato?
— ¡Trato!
Nos dirigimos a toda prisa hacia la entrada de los túneles. Por el lugar había varios niños jugando en las piletas de las fuentes, otros estaban recostados en el césped mirando las nubes, mientras que otros sencillamente hablaban cerca del lugar. Sin nada que iluminara el camino, nos adentramos en el complejo, el cual para nuestra sorpresa, estaba en buenas condiciones, no había basura o rastros de vegetación.
Seguimos caminando, la escuela no estaba muy lejos, todo parecía tan extraño, estaba demasiado limpio… Hasta que unos goteos nos obligaron a salir de nuestra ensoñación, el chapoteo de unos pasos que hacían eco en los caminos. Por un momento –mínimo– creímos que era la broma de alguno, incluso nos reunimos en un círculo y preguntamos en silencio quién había sido el idiota, pero como antes mencioné, solo duró un momento.
Estábamos completos y los chapoteos se hacían más densos, lo que significaba solo una cosa: Lo que asustó a los maestros seguía aquí. El pánico se apoderó de nosotros, cada uno salió corriendo en dirección contraria al sonido, nos separamos muy pronto, eso era lo que pensaba cuando comencé a respirar con ansiedad, tenía miedo, no quería estar en ese lugar.
Corrí, corrí, trataba de guiarme, pero no podía, estaba muy nervioso y asustado como para recordar el camino. Tenía que calmarme pero los pasos no hacían más que acercarse a mí, estaba tan asustado, lo único en lo que pensaba era en correr, doblaba con rapidez, no sabía hacia dónde me dirigía, estaba sudando como nunca, las lágrimas comenzaron a caer, los ojos me escocían. Fue un momento fugaz, cerré mis ojos, solo para limpiarlos un poco y tropecé con algo.
Dios, qué forma más miserable de morir… entonces… entonces ¿por qué me ocurría esto?
Sentía un dolor punzante en un costado de mi cabeza, y otro aún peor que provenía de mi pierna, cuando estuve lo suficiente acostumbrado a la luz noté que me encontraba justo debajo del hoyo de la escuela, había un par de cuerpos demasiado maltratados y con un olor repugnante, las moscas los rondaban y en su exposición podía observar varías larvas deslizarse por ellos. La bilis subió a mi boca.
Traté de moverme, pero el dolor en mi pierna me hizo percatarme que aún no sabía lo que ocurría. Dolía horrores, me acurruqué, traté de acercar mis rodillas, pero en vez de eso solo di un alarido, entré en pánico. Cuando me asomé vi que estaba raspada y que el hueso sobresalía entre la piel, me había fracturado la pierna, la sangre no era mucha por lo que no había atravesado una arteria.
Debía encontrar una forma de salir de aquí.
— ¡Ayuda! —grité con fuerza. — ¡Alguien!
¿Por qué no había nadie cerca del hoyo? ¿Y la policía? ¿Y los maestros? ¿Dónde estaban?
Los chapoteos volvieron a escucharse, solo que más cercanos. No sabía qué hacer, en cualquiera de las formas que pensaba para escapar sabía que tarde o temprano terminaría igual que ese par de cuerpos, solo alargaría lo inevitable. Este era el temprano fin de Uchiha Sasuke.
Vi una sombra asomarse en la esquina frente a la que me encontraba, luego, a pasos agigantados avanzó hasta que la luz le dio y pude ver su rostro. En el trasfondo tenía pintada una calavera, pero esta era opacada por los innumerables agujeros en su rostro, la piel sujetada con cintas y esa sonrisa retorcida –se fue acercando en silencio– sus ojos fríos me miraban con desdén, me era difícil tragar, la hiperventilación se hizo evidente y él soltó una carcajada.
— ¿Necesitas mi ayuda? —preguntó con cinismo, mientras se agachaba y esculcaba algo dentro de uno de los cuerpos. Negué con temor. — ¿Seguro? —rió. —Hace un momento sonabas desesperado… — No sabía qué hacer, mi mente estaba nublada, estaba paralizado.
Sus risas resonaban en el lugar, ¿Por qué nadie aparecía? La saliva le resbalaba por las comisuras, su traje parecía hecho de látex negro, tenía cadenas, argollas y mucha sangre, cargaba con él varios cuchillos, parecían las herramientas de los carniceros.
Sus ojos saltones no hacían más que verme, su nariz soltaba de vez en cuando ronquidos, su risa era ahogada, a veces incluso ni se escuchaba, pero él seguía ahí, burlándose de mí.
Pasó por encima de los cadáveres quedando a unos cuantos centímetros de mí. Su mirada se clavó en mi pierna, los chillidos –parecidos a los de un cerdo– salían de su boca, acercando su mano a los huesos, su respiración era fuerte. Finalmente posicionó uno de sus dedos sobre la parte que sobresalida y sin el más mínimo vestigio de compasión comenzó a hacer presión sobre él, tratando de meterlo.
Hice lo más humanamente posible en contener mis quejidos, pero el dolor era insoportable.
—Vamos, grita, llora, suplica por tu vida niño. —exigía colocando más presión sobre el hueso. —Querías ayuda.
Los quejidos seguían saliendo de mi garganta, como si aquello aliviara mi dolor. Vi como su mano libre se deslizaba entre los mangos de sus cuchillos, su mofa no paraba, seguía repitiendo lo mismo —Suplica. —como si sirviera de algo. Mordí mi lengua, tenía que parar todo aquello, mi destino estaba sellado desde el momento que accedí a esa estúpida petición, estaba exhausto, mi visión se ponía borrosa.
Aquel hombre trataba de mantenerme consiente, parecía entretenido con mi resistencia pero todo tenía un límite y yo ya había llegado al mío. Detrás de él, vi unos halos de luz, cuando mi visión se oscurecía volvió a sonreír, se carcajeaba mientras sacaba uno de sus cuchillos y lo clavaba un poco más arriba de mi rodilla, el dolor era agonizante. Lo último que recuerdo es: —Qué maldita suerte tienes…— mientras tallaba un símbolo encima de mi herida, deslizando el filo por mi carne.
Me desmayé.
Desperté en un cuarto de hospital, lo primero que vi fue a mi madre llorando en la silla al lado de la cama, quería consolarla pero aún no tenía fuerzas suficientes. Mi padre estaba furioso, al igual que mi hermano, con sus brazos cruzados parados en el marco de la puerta. Poco después de despertar un par de investigadores vinieron a hacerme preguntas, trataron de ser sutiles pero sabía que era sospechoso del crimen –estúpidos– dije todo lo que sucedió, lo que vi y lo que me hizo; Creían que estaba loco, que aquel hombre solo era algo creado por mi mente para sobrellevar el horror de lo que hice.
Mi madre estaba destrozada, creían que su hijo de diez años era un psicópata.
Pasaron los días, los cuerpos fueron identificados como el matrimonio Watanabe, eran los duodécimos segundos en desaparecer. Trataron de inculparme por el homicidio, pero la autopsia reveló que alguien con mi fuerza no podría haberlo hecho y la teoría del hombre del que les hablé volvió a retomarse.
Aunque para los habitantes yo seguía siendo el culpable y lamentaban que fuera tan joven como para que las leyes no pudiesen procesarme.
Ninguno de mis amigos me visitó, el único que venía era Iruka-Sensei, traía mi tarea y algunas cartas de "animo" que escribieron mi compañeros, mi madre sonreía, creía que era apreciado pero el verdadero mensaje de las cartas evidenciaba otro tipo de sentimiento.
Sus visitas cesaron en el momento en el que se enteró que nunca más volvería a la escuela.
—Sasuke-Kun debes abrirte más a mí. —sentí el apestoso aliento a nicotina abanicar mi rosto, su mano bajaba por mi pecho. —Conozco el incidente, desde que llegaste aquí te has negado a decir palabra alguna. —apuntó con aquel irritante tono de voz. —Si te sigues comportando como un niño malo, tendré que castigarte.
Aparté mi rostro al notar las intenciones de aquella mujer por besarme, apreté la mandíbula esperando a que el tiempo pasara tan rápido como se suponía cuando tomaba aquellas píldoras. Mi vida es un infierno, la soledad, los abusos, la depresión, odiaba a todos, odiaba no haber muerto ese día, odiaba mi maldita suerte.
Mis padres se preocuparon, el temor los hacía ser precavidos conmigo, después del incidente quedé en un estado catatónico y lo único que pudieron hacer fue empeorarlo al llevarme con Mitarashi Anko, desde ese momento fue como si hubiese sido trasportado al tártaro y condenado a flotar en las aguas de Aqueronte.
Durante mucho tiempo me pregunté si ese día había sobrevivido, me sentía como un muerto.
—Ah~ —gimió al sentirme dentro de ella, moviendo sus caderas en fuertes estocadas. —En verdad eres un chico malo.
…
El tren finalmente arribaba en la estación de Konoha, el sol estaba en su máximo punto dándole a entender que probablemente había llegado al medio día, el canto de las cigarras era fuerte y la humedad provocaba que su cabello se le pegara al cuello y brazos.
Recogió sus maletas y prosiguió a salir del andén de abordaje. Su casera le había prometido pasar por ella y mostrarle el pueblo, aunque al llegar quedó levemente sorprendida al ver que parecía una pequeña ciudad con un par de edificios que sobrepasan los 5 pisos, las montañas bordeando los límites y la inmensidad del cielo azul.
— ¿De casualidad eres Haruno-San? —un tono de voz bajo y cordial la sacó de sus pensamientos, casi de inmediato giró su cabeza encontrándose con una mujer mucho más baja que ella, con el cabello completamente blanco y arrugas adornando su rostro, escondiéndolo. Asentí nerviosamente. —Oh querida, cuando hablé contigo no me esperaba que fueras tan joven. —un leve tono de preocupación teñía su voz. Sintió como su miraba la escrutaba de pies a cabeza. —Me recuerdas a las chicas que salen en las revistas que mis nietas leen.
Opté por sonreír.
—Le puedo asegurar, Koharu-San, que de dónde vengo todas las chicas son más sofisticadas que yo.
—Mi niña estás realmente lejos de casa, por esta parte del mundo nunca parecerás corriente. —agregó tomando una de mis bolsas de viaje más livianas. —Me alegra saber que no eres engerida con tu aspecto, sígueme, las chicas realmente están emocionadas por tu llegada y prepararon una fiesta de bienvenida.
La seguí por el caminillo que formaba una gran hilera de sicomoros, Koharu-San saludaba a todos los transeúntes con una familiaridad que provocaba estragos en mí, nunca había estado lo suficiente en un sitio como para entablar amistades e igualmente era demasiado introvertida como para arriesgarme.
— ¿Chicas? —pregunté observando una camioneta Ford Pick Up de 1967 de color aguamarina oxidado.
—Sí, las otras chicas a las que les alquilo cuartos… —respondió tranquilamente colocando la bolsa de viaje en la parrilla de la cajuela. —Te sorprenderá saber que son enfermeras, al igual que tú, por lo que siento que encajarás casi de inmediato. — La anciana esperó a que ella subiera sus otras maletas, para pasar una tela sobre ella y dirigirse al asiento del conductor. —Eso sí…—llamó antes de cerrar la puerta de su lado. —Son mayores que tú, así que ve con cuidado, les encanta corromper vírgenes. —soltó una carcajada a la vez que metía la llave en el contacto del panel del manubrio.
La personalidad fresca de la mujer mayor le hizo compartir una carcajada, el lugar le iba a encantar.
El trayecto no fue muy largo, e hicimos muchas paradas para reabastecer la casa de alimentos. Cuando ayudé a Koharu-San con las pesadas compras noté que en varios postes y cercas se encontraban pegados anuncios de desaparecido, tanto de mascotas como de humanos. Uno de ellos llamó mi atención al ver que se trataba de un pequeño de no más de cinco años, la anciana debió haberlo notado ya que carraspeó pesadamente.
—No tienes porqué asustarte, querida. —sus palabras sonaban casi mecánicas. —Es un episodio oscuro manchando la historia del pueblo, afortunadamente fue resuelto.
Sentí como el ambiente se había cargado de un atmosfera tensa, por lo que decidí dejar el tema y avanzar hacia la camioneta. El recorrido fue silencioso y tranquilo, Koharu-San parecía ser fan de Elvis Presley, por lo que la gran mayoría del trayecto fui arrullada por sus baladas.
—Así que trabajarás en el sanatorio.
El vidrio del lado de mi ventana estaba completamente escondido, el aire caliente se filtraba por la abertura revoloteando mis cabellos, el olor a verano y naturaleza inundaba mis fosas nasales. No pude percibirlo en ese momento, pero aquella impertinente mujer tenía un halo de preocupación surcando sus facciones.
—Ten cuidado mi niña.
Muchas gracias por llegar hasta aquí, es el primer fic que publico en la página y agradezco enormemente que le hayan dado una oportunidad.
Nos leemos luego.
Editado: 10/02/21
