-Vaya, vaya ¿quién me diría que un simple niño sería capaz de desenmascararme? Pero no importa, nadie más sabe que estamos aquí, por lo que no será ningún problema para mí deshacerme de ti…

-Mierda… con el golpe de la caída se me han jodido las zapatillas…

No estaba siendo su mejor momento, eso por descontado. Aun a pesar de haber podido averiguar quién lo hizo, como de costumbre, el caso se había complicado al dejar que el culpable se quedara a solas con él. ¿Quién se iba a imaginar que se iba a percatar de sus jugarretas? Había resultado ser mucho más espabilado de costumbre, otros culpables no habían tenido tanta suerte.

-¿Qué pasa, pequeño detective, algún problema? Oh, ya veo, resulta que yo soy más fuerte y resistente que tú… elemental ¿verdad?-inquirió el culpable, con sorna.

-¡Cállate, bastardo!-masculló el niño, molesto por sus palabras.

-Oh, vaya, si resulta que es un pequeño impertinente… casi tanto como el idiota de Nakamura…

-¡Él sabía que tramabas algo raro y tú le mataste a sangre fría! ¡No te saldrás con la tuya!-musitó el chico, rabioso.

-Oh, pero ¿sabes una cosa? Que ya lo he hecho. Mandé los resultados a mi cliente y ya los tiene en su poder, ya no se puede hacer nada. Ahora sólo falta librarme de ti y estará todo hecho. Lo sabes todo, así que no puedo dejarte marchar.

El chico trató entonces inmovilizarle lanzando un dardo anestesiante de su reloj, pero el culpable actuó rápido y le propinó un fuerte golpe en la muñeca, inutilizando el dispositivo y haciéndole daño en el proceso. Trató de apartarse a tiempo, pero una patada en el pecho bien dirigida le tumbó enseguida, presa de un agudo dolor en su muñeca.

-Pequeño infeliz que se cree adulto jugando a los detectives… no debiste meterte donde no te llaman. Y ahora vas a morir.

El chico vio impotente cómo el culpable se acercaba a él con una siniestra expresión grabada en su rostro; su mente trabajaba a toda velocidad tratando de encontrar una solución, una salida, pero descubrió con pesar que no había nada.

-Mierda… ¡mierda, mierda!-masculló en lo más hondo de su mente.

El hombre palió rápidamente los pocos metros que quedaban y se echó hacia delante para cogerle; pero entonces, en un visto y no visto, algo cayó desde arriba, aterrizando sobre sus hombros e inmovilizándole momentáneamente. Antes de que pudiera reaccionar, una hoja brillante rasgó el aire y se clavó en su cuello, salpicando sangre con fuerza y dejando escapar un ahogado grito gutural. La pequeña figura saltó hacia atrás, cayendo de pie limpiamente apoyándose en el suelo, al tiempo que el culpable se tambaleaba hacia atrás, perdiendo mucha sangre y cayendo de espaldas en el proceso, entre estertores de agonía y manchando la nieve que se amontonaba en la azotea de rojo carmesí intenso.

Desde las sombras de ambas esquinas, la pequeña figura se encontraba limpiando el arma del crimen con un pañuelo rojo, al tiempo que una voz que le era horrorosamente familiar le decía.

-No debiste hacer tratos con ellos, Oomori. Te advertimos en su momento, pero desoíste nuestras advertencias. Ahora te ha tocado pagar.

El chico se quedó de una pieza, incapaz de creerse lo que estaba oyendo y de quien lo decía. Antes de que pudiera decir nada más, Oomori murió rápidamente con una expresión desencajada grabada en su rostro y la pequeña figura se adelantó, sacando ésta vez un pañuelo blanco y limpiando la herida mortal de su cuello con él, guardándoselo en un bolsillo.

Finalmente el muchacho logró articular palabra, musitando de seguido.

-Haibara… ¿qué has hecho?

-Yo también me alegro de volver a verte, Kudo…

El niño se levantó pesadamente, mirando el cadáver y mascullando de seguido.

-Lo… lo has matado…

-Muy bien, señor detective, muy agudo…-murmuró ella con sorna.

-¿¡Por qué lo has hecho?! ¡Era el culpable por el asesinato de una persona, y ahora tú lo has matado! ¡Lo tenía prácticamente acorralado!

-Sí, claro, con una muñeca a todas luces rota y todos tus gadgets inoperativos… diría que el que estaba acorralado eras tú-murmuró ella, alzando una ceja.

-¡Tan sólo estaba ganando tiempo, la policía está al caer! ¿¡Y ahora qué les digo?! ¿¡Que una amiga a la que hace meses que no veía le ha matado porque sí?!-le espetó él con rabia.

-¿Tú sabes quién era?-inquirió ella, sin apenas inmutarse,

-¡Sí, un informático brillante que trabajaba para una subsidiaria de Abstergo, pero esa no es la cuestión!

-Entonces ya sabes la respuesta. Éste hombre había estado suministrando información a los templarios, y debía morir. Su compañero se olió la tostada y quiso delatarlo a la policía, pero él fue más rápido. Y ahora yo termino lo que él mismo empezó. Tan sólo he hecho mi trabajo.

-¡Ya, claro, menudo trabajo el tuyo! ¡Nada es verdad, todo está permitido! ¿¡No?! ¡Es ridículo!

Hubo un breve pero intenso silencio en el cual los dos se miraron fijamente, ella sin apenas alterarse y él respirando entrecortadamente y particularmente molesto. Parecía que por un momento iba a decirla que la entregaría, sin embargo el chico se contuvo y la espetó.

-¡¿Por qué?! ¡Meses sin saber nada de ti y ahora apareces así de repente, matando impunemente!

-Mi entrenamiento había concluido, por lo que volví para seguir trabajando sobre el terreno y hacer algunas averiguaciones, aparte de seguir investigando el antídoto. Ésta gente me ha ayudado mucho, y me ha dado una razón para luchar cuando antes sólo me recluía en mí misma y en los demás en vez de enfrentar mis miedos directamente.

-¿¡Matando impunemente?!

-Esa no es la cuestión, y lo sabes. Las subsidiarias de Abstergo suministran información a los templarios de la zona, y a los que tú llamas hombres de negro les apoyan para pasar desapercibidos y hacer su trabajo sucio cuando a ellos no les apetece mancharse las manos. ¿Cómo llamas tú a eso? ¿Y yo soy la mala? Me parece muy bien que quieras detenerlos, yo también, pero te voy a decir una cosa. Sólo matamos a quien se lo merece y apoye a los que quieren controlarnos y arrebatarnos nuestra libertad. Nunca hacemos daño a inocentes que nada tengan que ver con todo esto. Actuamos desde las sombras para servir a la luz. Somos Asesinos.

Para entonces el chico no sabía qué más decir que no hubiera dicho ya. Por un lado podía llegar a entender su cometido, pero por otro el hecho de tener que matar para liberar le parecía simplemente una aberración. Iba en contra de todo lo que creía y luchaba. Y no lo podía permitir, su instinto saltaba cada vez. Sin embargo, el hecho de que fuera ella le detenía en seco. No podía delatarla. Estaban de algún modo juntos en todo esto. Y por mucho que quisiera exponerla y acusarla directamente de asesinato, no podía.

En ese momento se oyeron las sirenas de la policía y Haibara se movió rápido, echándose una capucha blanca a la cabeza y ajustándose bien una ceñida sudadera blanca con motivos rojos en sus bordes. Echó su muñeca hacia delante y la hoja oculta se recogió, escondiéndose de nuevo en su manga.

-Bueno, señor detective, lo dicho, me alegro de volver a verte, casi tanto como tú a mí.

-Espera un momento…

-Estaremos en contacto.

Antes de que pudiera decir nada más, la chica pasó a su lado rápidamente y se acercó al borde del edificio.

-¡Espera! ¿¡Qué vas a hacer?!

Haibara miró al chico brevemente, murmurando acto seguido.

-Debes tener fe, Kudo. Es algo que en la hermandad me han enseñado. Y desde entonces vivo mucho mejor.

-¿¡Cómo?!

Acto seguido, y sin decir nada más, puso los brazos en cruz y, sin dudar en ningún instante, saltó al vacío.

-¡Haibara!-exclamó él, alarmado.

Se asomó por un momento, sin volverla a ver y temiéndose lo peor, sin embargo de un enorme montón de nieve salió una pequeña figura que echó a andar rápidamente, mezclándose entre la multitud y sin volverla a ver de nuevo. Kudo dejó escapar un leve gruñido, murmurando para sí mismo.

-Pues sí que, encima de asesina, exhibicionista… no te pega nada, Haibara.

En ese momento el dolor de su muñeca regresó, recordándole lo que le tocaba. Debía de inventarse algo que justificara el escenario en el que se encontraba. Y no iba a ser nada sencillo.


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