La Reina que fue Prometida

Capitulo 1

Amanecer, solo un amanecer

"Las margaritas blancas con el centro amarillo representan la inocencia, la pureza y nuevos comienzos, por lo que a menudo se les regala a las madres primerizas y a los recién nacidos. También representan el amor verdadero."

Esa mañana, nadie recordaba una tormenta tan impetuosa como esa. Ni las experimentadas parteras, ni las agitadas enfermeras, ni el eufórico padre. Incluso la angustiada madre cuyo rostro estaba contorsionado del dolor y el cansancio.

Cielos nublados. Fuertes truenos. Posiblemente la tempestad dure todo el día.

Las ramas de esa Jacaranda azotaban los vidrios de los ventanales con una inclemente fuerza, el silbido del viento era tan estridente que inquietaba a la matrona que maniataba entre sus manos una pequeña vida. Incluso la electricidad se fugo en compañía del diluvio, la refulgencia de la luz de las velas solo provocaba que el sudor goteara aun mas en el semblante de la dama de cabello plateado.

El movimiento de las heladas corrientes de aire se filtraba por las bisagras de las pesadas puertas de roble. Tal vez, como ocurrió con el tierno corazón de aquella madre.

No era una madre primeriza. Ella misma se reiría del desconsuelo si comparara su primer alumbramiento con el niño que ahora se escabullía de entre sus piernas. Esta pesadumbre era tan conocida en su afligido cuerpo. La sangre escurriéndose de su centro como un rio manchando las sabanas de satén.

Otro bebe. Otro niño. Otra criatura

Un pequeño cuyas diminutas venas eran dolorosamente notorias en su reducida contextura que el solo verlo provocaba una terrible desazón en las entrañas de la mujer con los ojos violetas. La lastima y compasión de sus sirvientes ya no era reconfortante, era irritante. Las dulces palabras de aliento del doctor no aliviaban su roto corazón, sonaban insípidas y desabridas en su boca seca.

Todo era tan semejante con sus antiguos partos, con excepción de esa molesta tormenta. Entonces, pensó, que le era muy sencillo desentenderse de la situación; que los pedidos y demandas de cuando pujar ya le era sordo. Que, tal vez, podía quedarse aquí, en la espera. En la incertidumbre. La esperanza de poder sostener más tiempo a su hijo con vida que como cadáver.

Pero eso no importaba. Lo que ella deseaba no importaba, lo sabía muy bien. Después de todo, lo que una mujer anhelaba era minúsculo en comparación de los intereses de un gran Imperio como lo era la nación de Marley.

Cuando la fatiga y la oscuridad le nublaron sus llorosos ojos de lo inevitable, de la forzosa aceptación de su destino; lo único que pudo recordar antes perder la conciencia fue el vacio de su vientre materno, a su tonto de un marido entrar a la habitación, los clamores extasiados del personal médico y familiar llanto de un infante.

Solo esperaba que tal vez se equivocara, que solo tal vez su corazón oprimido pudiera estar errado y esta inoportuna tormenta darle lo que tanto ansiaba. Pero si aun no sucediera de este modo, estaría preparada.

Después de todo, Rhaella Targaryen siempre fue consciente de su deber.