(N/A) Sailor Moon y cia le pertenece a Naoko Takeuchi. La historia es MIA y sólo será publicada en FanFiction. Queda PROHIBIDA cualquier tipo de reproducción.
Capítulo I
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Florencia, Toscana, Italia. 16 de junio 2018
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Sentado en aquel café, observó a la gente pasear por aquella que, para él, era la ciudad más hermosa del mundo. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su saco color negro y encendió uno con nostalgia. Amaba ese lugar, pero lo que lo hacía especial para él era que allí había vivido la mujer que había amado como jamás podría volver a amar nuevamente a alguien. Con eso en mente, reflexión amargamente en aquel aniversario.
Hay veces que los errores se apagaban caro, más de lo que algunos estaban dispuestos a tolerar. Aquel había sido su caso, perdiendo a la mujer que amaba por su orgullo y terquedad desmedida. Para ser una criatura que llevaba vivo más de mil quinientos años, fue sólo cuando la perdió cuando aprendió a valorar lo que tenía y dejar de lado su codicia… Aún así, sentía que su castigo era mayor que lo que había aprendido.
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Florencia, Toscana. 09 de junio de 1530
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Había arribado a la Toscana después de vagar con su familia por muchos años, desde el Mar Negro. La llegada de los musulmanes a la península de Anatolia había tenido como consecuencia la imposibilidad de vivir en tranquilidad, por lo que después de intentarlo por años, decidió que ya era suficiente. Fuera que los cristianos también los perseguían, después del cisma provocado por Martín Lutero estaban más distraídos en perseguirse entre ellos que en prestarle atención a los suyos. Aquel era el mejor momento para regresar a Europa, lugar del que eran originarios la mayoría de su séquito.
Había comprado una propiedad en Lucca, la Rocca di Sala, ocupada con su clan conformado por quince personas. Pero a él le encantaba viajar a la ciudad amurallada de Florencia para disfrutar de las magníficas obras artísticas y arquitectónicas, como el Marzocco de Donatello o el Palazzo Vecchio, y hacer negocios, vendiendo algunas reliquias del pasado a ansioso compradores que sabían reconocer el valor de un artículo de lujo.
Aquel día paseaba por cerca del Duomo, admirando su monumental belleza, y fue entonces cuando la vió. Caminaba del brazo de un gallardo hombre, quien evidentemente trataba de cortejarla con su charla. Su belleza era tan arrebatadora que por un momento, le pareció que la catedral italo-gótica debía de sentir envidia ante su etérea presencia. Sus cabellos tan brillante como el oro, flotaban ondulados por su espalda, repleto de pequeñas trenzas que formaban una corona en su nuca. Su piel parecía hecha de la más fina porcelana china, sin la más mínima imperfección. Pero fueron sus ojos celestes lo que cortaron su respiración por unos instantes. Su tono turquesa le recordaba las maravillosas playas de Grecia, donde había nacido.
Por fortuna, ella cometió el error de conectar con su penetrante mirada, cayendo en la seducción que portaba su especie. Apreció, orgulloso, como su yugular latía con fuerza, reflejo de la agitación de su corazón. Su rostro se tiño de un virginal sonrojo que le pareció digno de ser retratado. Una vez que la pareja lo superó, continuando con su caminar, se escondió entre los puestos mercantes por allí reunidos, para así seguir a los jóvenes. Cómo lo había previsto, el muchacho estaba acompañando a la rubia hasta su hogar. Decidió que aquella noche, le robaría su sueño por unos instantes.
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Serenity caminaba aquella noche por el gran jardín de la casa de su padre, aún sin poder tranquilizar su alocado corazón. No era capaz de olvidar los ojos azules de aquel hermoso hombre, cerca del Duomo, ni su belleza arrebatadora. Parecía un ángel caído, de extraordinarias facciones y porte ciertamente real, arrogante y oscuro.
Su severa madre se había percatado de su actitud distante a su retorno, tan extraña en su tranquilo comportamiento, y preocupada le preguntó si había pasado algo con su prometido, Pietro. Su preocupación era entendible, ya que había rechazado muchos pretendientes en el pasado, alcanzando la edad de dieciocho años, superando por tres lo que dictaba la costumbre de permanecer soltera. Ciertamente, no podía admitir que había quedado prendada de un completo extraño del que no sabía ni su nombre, por lo que la tranquilizó diciéndole que estaba cansada y que seguramente mañana se sentiría mejor.
Súbitamente, algo en su interior le ordenó estar alerta y miró hacía la oscuridad de los árboles, al rincón más apartado. Se quedó inmóvil, estudiando la oscuridad reinante en aquel punto, hasta que vio la silueta de un esbelto hombre. En cualquier otra situación, habría corrido hacía su hogar con premura pero, por alguna razón que no podía explicar, permaneció quieta. Expectante.
Sólo pasó unos instantes cuando lo vio. Aquel hermoso hombre que la había hechizado ese mediodía. Avanzó hacia ella sin prisa, hasta quedar al frente suyo. Sonrió con arrogancia y sólo fue entonces que sintió que su cuerpo respondía nuevamente.
-Buenas noches, señorita Buonarroti- la saludó con una voz tan grave y ronca que la estremeció, como si una mano invisible la hubiera tocado íntimamente- Me disculpo si la he asustado, pero necesitaba verla de nuevo y conocerla.
-¿Quién es usted?
-Mi nombre es Darién Skoteino- se presentó con una reverencia digna de la realeza.
-Disculpeme, señor Skoteino pero no creo que sea apropiado qué usted esté aquí- aseguró seria y correcta- Estoy comprometida y no es bueno que..
Darién suprimió la distancia y la tomó de la cintura, pegando sus cuerpos íntimamente. Serenity perdió el aliento por unos segundos, mientras el misterioso griego aspiraba el aroma de su cuello con descaro.
El pelinegro la sintió temblar con aquella simple acción. Por alguna razón que no sabía explicar, no quería desplegar todo su encanto hipnótico sobre la muchacha, sino que ella respondiera voluntariamente.
-Deberá perdonar mi osadía- solicitó susurrando contra su piel- Pero no todos los días estoy ante la presencia de la reencarnación de una diosa griega.
Por alguna razón que desconocía, aquel atrevimiento escandaloso le había encantado. Se sentía pequeña y deseable ante sus roncas palabras, despertando en ella todo lo femenino y reprimido en su ser. Aquel hombre estaba empujando todas sus restricciones por un acantilado, dejando a la mujer coqueta y orgullosa que tenía dentro, encerrada bajo mil llaves, asomarse satisfecha de despertar aquella admiración en aquel magnífico ejemplar.
Darién se alejó de su piel para mirar sus claros ojos entreabiertos y sintió sus delicadas manos apoyándose contra su pecho.
-Es usted el caballero más impertinente que he conocido en mi vida- le aseguró con un tono demasiado grave para lo que estaba acostumbrada.
-¿Qué siente, aquí, entre mis brazos?- interrogó recorriendo con sus dedos su largo y marfilado cuello- ¿Alguna vez se ha sentido así en su vida?
-No, jamás sentí esto- admitió, sintiendo como sus últimas barreras caían sin remedio.
-¿Quiere que me detenga?- ahora recorría su espalda con lentitud, mientras suprimía la distancia con su cuello, rozando su piel con sus labios.
-No- logró decir, casi en un jadeó.
Subió por su quijada, rozando en todo momento su piel, hasta llegar a sus labios. No la beso inmediatamente, sino que aguardó hasta que ella soltó un quejido de protesta, con su respiración superficial. Sólo entonces se apoderó de su boca. Sabía que no tenía experiencia, por lo que el beso comenzó de manera suave y pausada. Esperó a que ella abriera sus carnosos labios sólo un poco para cambiar aquel suave intercambio a uno apasionado y lleno de lujuria. Paralelamente, estrechó aún más su cuerpo, atrayéndola desde su espalda baja y sintió como ahora sus pequeñas manos tomaban de su ropa, para sostenerse. Ciertamente, la rubia no era la única perturbada con las desconocidas reacciones de su cuerpo. Darién se sentía como si un terremoto lo atravezara, sobrecogido por las sensaciones que agitaba su cuerpo.
Abandonó sus labios sin ignorar la erección que se levantaba gloriosa. Nunca antes un simple beso lo había encendido tanto, pero sabía que no debía abusar de su primer encuentro. Después de todo, ella era una joven inocente, casta y pura como dictaba la rigurosa costumbre católica.
Serena lo miró fijamente a sus ojos con sus párpados caídos, intentando encontrar la razón que había abandonado su mente por primera vez mientras sentía su corazón danzar enloquecido por aquel pecaminoso beso.
-Dime que es lo que deseas- le susurró al oído.
-No… no lo sé- respondió con voz entrecortada- Es un desconocido, no entiendo...
-Lo que nos sucede es el deseo- le explicó acariciando su rostro con infinita ternura- Algo de lo que jamás le hablaron, para que no luchara contra su destino. Dime entonces ¿Es feliz con su compromiso? ¿Amas a su prometido?
-No, no lo amo- admitió, incapaz de mentir.
Desde lo lejos, Darién distinguió que una mujer salió al patio, seguramente buscando a la pequeña rubia. Sabía que estaban resguardados por la oscuridad, pero decidió no arriesgarse. Serenity no aceptaría huir con él sólo con aquel primer encuentro. Debía cortejarla hasta que fuera su decisión seguirlo. Nunca había tenido aquella consideración, acostumbrado a tomar lo que quería en cuanto lo tenía en frente y aquella delicada doncella era justo lo que deseaba. Pero no era estúpido y podía ver que no se entregaría a él a menos que se ganará su confianza.
Acarició su sedoso cabello por última vez y beso su frente con ternura, apreciando la turbación en su mirada celeste.
-Debo irme, pero volveré mañana. Si no puede salir al jardín, no se preocupe. Iré hasta su habitación, sólo con tal de verle.
Rápidamente se apartó de su lado y se perdió entre las sombras mientras la rubia permaneció silencio, tratando de entender lo que había sucedido.
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Florencia, Toscana. 10 de junio de 1530
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Sentada en una de las ventanas que daba al jardín, Serenity practicaba en su cuaderno de bocetos. La carbonilla manchaba sus dedos mientras trazaba el recuerdo de aquel hombre arrebatador del sueño. Después de su visita nocturna, no había podido dormir en toda la noche sintiendo cómo la adrenalina recorría sus venas. Jamás en su vida había vivido nada más excitante, como se suponía que debía ser. Atrapada en una monótona existencia de obediencia y honor, nunca había tenido la posibilidad de hacer algo tan intrépido y rebelde como permitir que un completo desconocido le robara su primer beso. Y no había sido uno inocente, sino cargado de sensaciones que seguro serían condenadas como lujuriosas.
Sonrió satisfecha al ver que su recuerdo seguía demasiado fresco, permitiéndole reproducir sus aristocráticas facciones. Su mandíbula dura y arrogante, su nariz griega perfecta en proporción, sus ojos llenos de aquella oscuridad que la asustaba y excitaba al mismo tiempo, su ondulado cabello medianoche que parecía la más fina seda.
Escuchó los pasos que le indicaba que alguien se aproximaba, por lo que cambió de hoja volviendo al paisaje del jardín que había estado haciendo el día anterior, antes de su salida con Pietro. Levantó la vista, apreciando que era su madre la que se dirigía a ella.
-¿Otra vez con eso, Serenity?- consultó tocando el puente de su nariz con cansancio- Eres una joven de alcurnia, no una vulgar artista.
-Estaba terminado el paisaje del jardín para Pietro- respondió bajando la mirada, asumiendo una pose sumisa- Él me lo pidió.
-Sólo por esta vez, termina el dibujo- respondió notoriamente molesta- Pero no te hagas ilusiones. No quiero descubrir que sigues dibujado. Sería mejor que invirtieras tu tiempo practicando con tu violín.
Suspirando, la rubia asintió cerrando su portafolio de cuero marrón. Se inclinó en forma de despedida y se dirigió a su habitación para disponerse a practicar con el violín para complacer a su madre.
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Cómo se le exigía, después de practicar a la tarde con el instrumento de cuerda, bajó a cenar con sus padres en escueto silencio. Por lo general, sus padres la ignoraban mientras conversaban sobre asuntos de política o eventos sociales, entre ellos los preparativos de su boda. Aquella noche además había conversado sobre su perfecto hermano mayor, quien se encontraba de viaje en España con su esposa.
En cuanto terminó, se disculpó suavemente y volvió a subir a su habitación. Era extraño, pero aquel lugar era tanto su cárcel como su refugio. Una vez que se escondía allí, sus progenitores parecían olvidar que tenían una hija y de alguna manera, ella era feliz con ese accionar.
Entró distraídamente, cerrando la puerta con suavidad pero al voltear, se quedó paralizada. Allí, sentado en su cama como si se tratara de un salvaje guerrero, aguardaba su visitante nocturno. Realmente no entendía como podía acceder a su casa con tanta facilidad y sin ser detectado por los guardias de su padre. Le regaló una seductora sonrisa mientras se ponía de pie y caminaba hacia ella con andar arrogante.
-Por fin llega- le dijo una vez estuvo frente suyo, acariciando una de sus mejillas.
Serenity no supo qué responder, por lo que sólo lo miró, pérdida en sus hipnóticos ojos azules. Él descendió para besarla con dulce pasión, tocando su cuerpo sólo con sus labios. Sin poder contenerse y sin interrumpir el beso, Serenity se pegó contra su cuerpo para sentir su calidez. No era difícil sucumbir ante sus caricias cuando nadie más en su vida había demostrado tanto en tan poco tiempo por ella. Pietro la quería, pero como alguien que aprecia algún objeto de lujo. No había pasión, amor, romance. Ella era una simple transacción en su vida. En cambio, aquel ángel caído la hacía sentir como lo más importante, precioso y valorado.
Satisfecho con su respuesta, la estrechó gustoso contra su anatomía. Destinó las más delicadas caricias en su cuerpo, procurando que no tuvieran tintes sexuales. Sentía su necesidad de ternura y quería reconfortar su solitaria alma. Luego de unos minutos, se alejó de sus labios y le sonrió complacido.
-Veo que aprecia mi furtiva visita- le dijo acariciando una vez más su mejilla sonrosada.
-Tenía curiosidad de si cumpliría su palabra- admitió tímida, bajando la mirada.
-Siempre- aseguró alejándose de ella para estudiar la habitación.
Miró distraídamente hacia su escritorio, donde el portafolio de cuero llamó su atención. Lo tomó entre sus manos y pudo percibir que Serenity abría los ojos, nerviosa. Curioso por naturaleza, comenzó a inspeccionar los bocetos allí guardados. Se tomó el tiempo de estudiar cada detalle y aspecto de los diversos dibujos de paisajes y personas, hasta toparse con un retrato de él mismo. La miró con atención, descubriendo que no se atrevía a dirigirle la mirada, notablemente avergonzada por ser descubierta.
-Posee un talento excepcional- la alabó con voz seria, para que creyera sin dudar cada una de sus palabras ya que eran absolutamente sinceras- He conocido muchos artistas en mi vida, y debo destacar que no todos tienen su don. Sus bocetos expresan perfectamente sus emociones.
-¿Lo cree?- consultó con un dejo de esperanza en su voz.
-Absolutamente- abandonó la carpeta de cuero nuevamente sobre el escritorio- Y debo admitir, que me siento honrado de que me haya retratado.
Suprimió de nuevo la distancia entre ellos y extendió sus brazos, invitándola. Sin dudarlo, Serenity se refugió en su abrazo, aceptando la felicidad que aquel hombre le brindaba. Tomando su quijada, se apoderó de sus labios con pasión, sintiendo como ella respondía automáticamente a su demanda. Inmediatamente supo que había ganado su parte de su confianza al hacerla sentir valiosa, lo cual podría hacer sin esfuerzo ya que aquella rubia era un verdadero diamante en bruto.
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Florencia, Toscana. 30 de julio de 1530
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Noche tras noche, fue a visitar a su preciosa rubia. Al principio, luchó con su inocente resistencia. No era fácil quebrar lo que había aprendido durante toda su vida, pero el deseo y la pasión que surgía natural entre ellos era tan irresistible y abrumadora, que terminó cediendo a sus labios y caricias.
Aquella noche, en su habitación, se besaban con ardiente deseo recostados en su cama. Las manos de Darién recorrían todo su cuerpo, subiendo levemente su costoso vestido rojo escarlata para sentir la tierna piel de su pierna.
-Cada día espero con ansias que el sol caiga para tenerte entre mis brazos, pequeña- le confesó.
Tímida como era, sólo le sonrió sosteniendo su rostro entre sus manos. Quitó algunos cabellos negros rebeldes de su rostro y volvió a atraerlo hacia ella, a sus labios.
-Dime que huirías conmigo- le pidió Darién sobre sus labios- Que no te casarás con ese imbécil.
-Aún no se nada de ti- le recriminó, con aguda inteligencia- No negaré lo que siento entre tus brazos, pero no saltaré al vacío.
-Dulce Serenity, eres demasiado lista para tu propio bien- le sonrió con satisfacción- No sé si estás preparada para lo que debo revelarte. Temo que te alejes de mí.
-Intentalo.
-Déjame amarte un poco más y después te revelaré quién soy realmente… sólo piensa en mí como un devoto amante.
Asaltó su boca con hambre y siguió tocando su cuerpo con aún más ímpetu, intentando arrastrarla a la pasión desenfrenada, eludiendo de esa manera su inquisitiva curiosidad.
-No, Darién..- jadeó sintiendo sus besos en su cuello- Dime quién eres. Puedo percibir que no eres como los demás...
-Eso es verdad- sonrió con arrogancia.
-Hay cierta oscuridad en ti… Dime la verdad- le pidió sosteniendo su rostro, para evitar que la siguieran distrayendo.
-No creo que estés lista- respondió alejándose un poco.
-Deja de subestimarme.
Estudió su mirada, determinada. El mismo fuego de su pasión, escondida bajo las capas de su educación conservadora, ahora salía a la luz develando una personalidad fuerte y decidida. Tomó aire profundamente, sabiendo que habría un antes y un después ante su confesión.
-Soy el líder de un grupo de personas, el más antiguo de todos ellos- comenzó a explicarle, mirándola con una seriedad que no daba espacio a la duda- Nací en Atenas, pero durante el Imperio Bizantino, alrededor del 588 a.C.
Los ojos de Serenity permanecieron fijos en los suyos, sin perder el contacto en ningún momento. Acarició su rostro con ternura, pero en absoluto silencio.
-Recuerdo muy poco de mi paso de humano a… esto- continuó hablando, haciendo un poco más fuerte el agarre de su cintura- Con el correr de los años, fui conociendo a más de mi clase y sin darme cuenta, había formado una familia.
-¿Qué quieres de mí?- le consultó tranquilamente, sintiendo como el pelinegro la sostenía aún más fuerte, pero sin provocarle dolor.
-Que seas mía- le susurró a sus labios.
-¿Qué me darás tú a mí?
Aquello lo sorprendió. No estaba acostumbrado a que los otros exigieran ante él. Todos confiaban en su criterio y aceptaban dar, ciegamente, cuando él pedía algo. Por alguna razón que no comprendía, Serenity no se entregaba a él incondicionalmente.
-¿Tu serás mío también?- continuó ante su sepulcral silencio, ansiosa de su respuesta.
-No puedo ser tuyo- le informó, apartándose de su cuerpo y saliendo de la cama.
-¿Por qué?- consultó sorprendida por su negativa, sentándose en su lecho para observar mejor su riguroso andar.
-Ya tengo dos esposas- le explicó, deteniéndose a mirar por la ventana la noche estrellada.
Aquella revelación la golpeó, como una bofetada, dejandola súbitamente sin aliento. En todo ese tiempo, durante su tierno cortejo y deliciosa e inocente pasión, nunca se había planteado la posibilidad de que él no fuera un hombre libre… peor aún, un bígamo. Súbitamente la embargó la vergüenza y el asco de sí misma. Había sido usada vilmente por aquel hombre, al que había entregado su corazón y su confianza.
-Entonces no hay más que decir, mi señor- respondió cerrando sus ojos con dolor, conteniendo las lágrimas que se agolpaban- Por favor, váyase y no vuelva nunca más.
Orgulloso como era, Darién se retiró de su habitación envuelvo en la rabia de su negativa. Lo que le sorprendía era que no lo rechazara por ser un vampiro, sino por no pertenecer a una sola mujer. Desde el jardín, observó el balcón de la rubia por última vez, pero no había rastros de ella. Aún más molesto, se fue de la propiedad.
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Florencia, Toscana. 14 de agosto de 1530
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Serenity observó con expresión muerta el hermoso vestido blanco que cubría su cuerpo, trabajosamente bordado por meses. Aquel era el día que había soñado ingenuamente siendo niña y ahora, todo era distinto. No había vuelto a ver a Darién desde aquella noche y sentía que con cada latido de su corazón, una daga invisible se incrustaba más profundo en ella, desangrándose de un desgarrador dolor que jamás había experimentado. Para que su madre no se percatara aún más de su estado, lloraba todas las noches en un silencio sepulcral, ahogada por la culpa de amar a un hombre que la había engañado.
-Te ves realmente hermosa, mi niña- le aseguró su madre, arreglando el tocado dorado que simulaba una corona de laureles, sobre su larga cabellera ondulada suelta- Pietro perderá el aliento al verte.
Asintió con una sonrisa forzada mientras su madre salía de la habitación, seguida de las criadas, dejándola por fin completamente sola. Camino a su balcón y apreció el jardín aquella calurosa mañana de verano. Suspirando, dio media vuelta. No podía seguir así por más tiempo. Ella había tomado la decisión de decirle que se fuera, de no aceptar lo que él le ofrecía.
-Serenity.
Su cuerpo perdió súbitamente la movilidad al escuchar su voz detrás de su oreja. Fue consciente entonces de su presencia tras de sí, invadiendo todo su espacio personal. Sus manos tomaron su estrecha cintura y la sujetaron con fuerza contra su duro cuerpo.
-Ven conmigo. No te cases- solicitó suavemente, rozándola con sus labios a cada palabra - Te he oído llorar todas las noches, no quieres esto.
-Tienes razón, no lo quiero- aceptó estoica, ocultando la sorpresa de que la hubiera escuchado llorar- Pero tampoco quiero estar con alguien que no es fiel a mi persona. Me has engañado y yo, ilusamente, creí en tu amor.
-Sigo sin entender cómo puedes estar más sorprendida por mis parejas, que por mí condición de vampiro- rió amargamente con incredulidad, obligándola a mirarlo de frente- Aunque siguen siendo mis esposas para el clan, lo que les dá una posición de respeto muy grande, ya no estoy con ellas.
-¿Debo sentirme mejor al saber que no has respetado tus votos a perpetuidad?- le espetó molesta, alejándose de él de un brusco movimiento, atípico en ella- Si yo acepto irme contigo ¿Qué seré? ¿Una amante? ¿Tu tercera esposa? ¿Qué pasará si te enamoras de otra persona? ¿Me dejaras de lado?
-Si algo aprendí con mi larga vida, es que no se puede predecir el futuro- le aseguró suspirando, admirando frente a él a una diosa griega llena de pasión y enojo- En este momento, sólo sé que me he enamorado de ti y que seré muy infeliz si no estamos juntos.
-No me es suficiente- le aseguró alejándose aún más, dándole la espalda- Puede que no ame a Pietro, pero él está dispuesto a asumir un compromiso. Vete, pronto vendrán a buscarme.
-Si me voy ahora, iré tras él- su voz tomó un tinte siniestro, notoriamente superado por su negativa- Si no me eliges, tampoco lo tendrás a él.
Serenity volvió a mirarlo, entrecerrando los ojos. Estudió su rostro contraído, furioso, tratando de saber cuánto de lo que prometía era verdad. Reconoció con pesar que hasta furioso y salvaje, su belleza sobrenatural no disminuía. Pero no quería dar brazo a torcer, su nuevo orgullo le impedía complacer su capricho.
-Hazlo- lo retó dándole nuevamente la espalda- De todas maneras, no me iré contigo. Mis padres no se darán por vencidos hasta verme casada. Si no es Pietro, será otro.
-No juegues conmigo, Serenity- se acercó a ella y la obligó a mirarlo, tomando su mentón.
Sin resistirse al impulso, le robo un beso hambriento lleno de pasión y furia. La estrechó contra su cuerpo mientras sentía como su osadía moría con sonoros jadeos. Aunque tratará de ser dura, entre sus brazos, su rebelde respuesta desaparecía ante el contacto de sus labios.
-Ven conmigo- le ordenó, utilizando por fin los poderes de su especie que tanto había intentado evitar de emplear con la rubia.
Ella asintió, presa de su poder mental. La guió hacia su escritorio y le indicó que escribiera una nota de despedida para que no la buscarán, pensando que ella los había deshonrado huyendo con otro hombre.
Una vez que terminó, la tomó entre sus brazos de manera nupcial, sin ejercer el más mínimo esfuerzo. Le ordenó que durmiera profundamente y sintió como su cuerpo se relajaba aún más, mientras ella apoyaba su cabeza sobre su hombro. Antes de partir, tomó el retrato que había hecho de él y se aproximó a la ventana, estudiando que nadie estuviera allí y se fue.
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¡Hola a todos! Les traigo otra historia de la cual, debo admitir, estoy realmente orgullosa. Espero que me acompañen y la disfrute.
¡Espero ansiosas sus primeras impresiones!
Saludos
Miko Fleur
