Más cerca de sus sueños
Disclaimer: todo pertenece a George R. r. Martin, menos Artur y Lyonel, que son míos.
Esta historia participa en el II certamen de los originales del foro Alas negras, palabras negras con el prompt "sueños".
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–¡Padre, mire que hombre tan grande! ¿Quién es? De verdad que es enorme.
Arstan Selmy miró a su hijo con el ceño fruncido. Arthur se puso un poco rojo. Nunca había ido a un torneo tan grande como el que se celebraba en honor del nombramiento de Eddard Stark como mano del rey y solo había conseguido que su padre accediera a llevarlo a cambio de prometerle que se portaría muy bien. Interrumpirlo mientras hablaba con lord Baelish no era precisamente portarse bien, pero es que ese hombre era realmente grande.
Su padre ya empezaba con el sermón de que "Arthur, no se señala" y "arthur, no se grita", pero lord Baelish le dedicó una sonrisa y comentó con un tonillo condescendiente:
–No regañéis al niño, mi señor, es normal que esté emocionado. Seguro que nunca habías visto a tantos caballeros de renombre juntos, ¿verdad?
Arthur asintió. No le gustaba demasiado aquel hombre que le hablaba como si todavía fuera un niño pequeño, pero no contestarle solo haría que su padre comenzara con otro sermón, seguramente el de "arthur, tienes que ser educado". Lord Arstan tenía sermones para todo y Arthur se los conocía de memoria.
No es que Arthur se portara mal a propósito, de hecho, intentaba con todas sus fuerzas comportarse como sus padres le habían enseñado, pero todas las reglas de cortesía se le olvidaban cuando se emocionaba y había muchas cosas que emocionaban a Arthur, aunque ninguna tanto como los torneos.
Muy a su pesar, tenía que reconocer que lord Baelish tenía razón: nunca había visto a tanto caballero junto. Allí estaban los mejores caballeros de Poniente, como su tío abuelo, Barristan el Bravo, el lord comandante de la guardia real. Arthur lo había visto esa mañana mientras paseaba con su hermano Lyonel a la espera de que empezaran las justas y su tío los había saludado con una sonrisa:
–Porque sabe que somos sus sobrinos –había dicho Arthur con orgullo.
–O porque tú has agitado la mano como si te fuera la vida en ello y él es educado –había contestado Lyonel.
Teniendo en cuenta que era la primera vez que Arthur veía a ser Barristan, lo más probable es que su hermano tuviera razón, pero Arthur no pensaba desanimarse. Aún tenía once años y era demasiado joven como para convertirse en caballero, pero en unos años, cuando se hubiera ganado las espuelas, conseguiría hacerse un nombre y su tío lo reconocería y estaría tan orgulloso de su parentesco como lo estaba él.
Lord Baelish se fue y su padre no tardó en hacer lo mismo para hablar con otra persona. Arthur aprovechó estar temporalmente lejos de oídos paternos para comentarle a su hermano:
–qué estúpido es ese lord Baelish. Me hablaba como si todavía fuera un crío.
–A mí me parece que solo intentaba ser amable, Arthur.
A Lyonel todo el mundo le parecía siempre amable. Arthur estuvo a punto de decírselo, pero entonces un nuevo caballero salió al campo de justas. Aún no había comenzado el torneo en sí, pero muchos de los participantes estaban por allí viendo a sus oponentes y dejándose ver por la multitud que los aclamaba. Arthur nunca había visto al recién llegado, pero su capa de flores era inconfundible: se trataba de ser Loras Tyrell, el caballero de las flores.
Arthur no podía apartar la vista de él. Era todo lo que debía ser un caballero: alto, fuerte, elegante, ágil y guapo. Bueno, no era que ser guapo te hiciera mejor caballero, claro, pero ser Loras lo era. Artur volvió a ponerse rojo, con lo que se ganó una mirada interrogante de su hermano que prefirió ignorar. El torneo estaba a punto de empezar.
Arthur se olvidó de todo lo demás. Fuera de su mente estaban ya lord Baelish y los sermones de su padre. Observó con fervor las distintas justas, tomando nota de los movimientos que le parecían especialmente interesantes o inteligentes y de los caballeros que mejor lo hacían. Ser Loras destacaba de entre todos. Su padre, que había vuelto al poco de empezar la primera justa, afirmó que el caballero de las flores era un presuntuoso por ir pavoneándose y regalando flores a las damas al terminar sus combates. Arthur pensó que era galante. Le hubiera gustado que ser Loras le regalara una flor a él también, pero no pensaba reconocerlo en voz alta ni bajo tortura. Al fin y al cabo, él sería un caballero y se suponía que a los caballeros no se les regalaban flores.
Mientras observaba los combates dejaba volar su imaginación. Se imaginaba a sí mismo, más mayor y más fuerte, luchando contra los caballeros que iban saliendo. Se imaginaba ejecutando los movimientos que estaba viendo y ganando combate tras combate. Imaginaba a la multitud coreando su nombre y a él dando la vuelta de la victoria alrededor del campo a lomos de un caballo impresionante.
–He estado hablando con algunos caballeros, Arthur –dijo su padre, poniendo una mano en su hombro–. Quizá en unos meses consiga encontrarte un lugar donde servir como escudero.
Él sonrió feliz. Era ya el escudero de su padre, pero marcharse a servir a otro caballero sería algo muchísimo más emocionante. Volvió su atención a las justas con un brillo renovado en sus ojos. Pronto serviría quizá a alguno de esos caballeros. Siempre había soñado con vivir sus propias aventuras y tal vez esos sueños se cumplirían más pronto de lo que pensaba.
