58 – MIRANDOLA, SIEMPRE MIRANDOLA
Por lo general, escucho cada palabra que me dice, pero hoy... ni siquiera puedo razonar. Sus ojos me miran, sus labios me hablan, sus manos me tocan... No puedo hacer otra cosa más que mirarla. Ver su cabello negro, como rebotan sus risos gruesos...
No he podido dejar de mirarla, desde aquel día de verano en Chicago, cuando la conocí. Se veía tan triste y desilusionada. Jamás había visto tanta tristeza en alguien de su edad.
Parecía un pequeño ángel, con su vestido azul claro, de pie en las escaleras.
Mi corazón se detuvo cuando me miro. Me perdí de inmediato, en la profundidad de sus ojos. Cuando sonrió y me hablo mi corazón, palpito de nuevo.
Aún recuerdo cómo me llamaba la atención su cabello rizado y perfectamente peinado. Le pedí permiso de tocarlo, era suave y sedoso. Cuando le di un beso en la frente, luego de que se golpeara con la raqueta, aquel día en la playa, olí su cabello. Olía a canela y vainilla. Desde entonces me he obsesionado con ella.
Se que está mal, bueno, no mal... raro, que me haya fijado en ella, cuando éramos tan chicos y peor aún, sabiendo que técnicamente éramos hermanos. Pero el corazón quiere, lo que el corazón quiere.
No resistí besarla cuando regresábamos a casa, después de caminar por la playa. Sus labios eran suaves y dulces. No cambiaría por nada, la expresión de su rostro: enfadada, indignada, sorprendida... se veía aún más adorable y la bese de nuevo. Pero lo pague muy caro. Dejo de hablarme.
Me disculpé y le confesé lo que sentía por ella y me rechazo. Fue lo más espantoso que me haya pasado - después de la muerte de mis padres - Me dolía que ni siquiera me mirara. No lo soportaba.
Cuando llovía, la esperaba despierto con la esperanza de que fuera a mi habitación. A ella de daban miedo los truenos y los relámpagos. Nunca apareció.
Fueron varias noches en las que me quede dormido llorando, por su ausencia y su rechazo.
Comencé a sentirme de nuevo con vida, el día en que me saludo en el desayuno. La había asustado, cuando la bese de esa manera. Debí haberle confesado que la quería y luego besarla... o no besarla para nada. Debí haber dejado que ella se acercara a mí.
Esta vez, fui paciente e incluso no me hice ilusiones. Estuve ahí para ella, cuando me necesito y fue mi amiga de nuevo.
Como siempre, Onigumo la defraudo. Se me partió el corazón, cuando la vi llorar a la mitad de la sala, sola. El no estaría en su cumpleaños. La había abandonado, como otras tantas veces.
Yo no soportaría verla triste, en un día tan especial. Haríamos lo que nunca habíamos hecho: salir a la ciudad, nosotros dos, solos.
No dejo de sonreír en todo el día, se veía tan linda; a pesar de las ojeras por tanto llorar por su padre ausente.
Quise golpear a Joka, cuando la abofeteo. Debió golpearme a mí, no a ella. Ella que era tan linda, tierna, inocente y frágil. Yo solo vivía para cuidarla y protegerla.
Subí tras ella y limpié la sangre de su labio, con la bofetada sus dientes cortaron su boca, coloreándola aún más.
Me beso.
¡Ella me beso a mí!
Mas tarde nos enteramos de que nuestros padres no nos querían. Pero yo la quería a ella y ella a mí. Estábamos solos en este mundo. Solo nos teníamos el uno al otro.
Nunca pensé que el sufrimiento y el dolor, me hicieran tan feliz. Por fin estaba con ella y me miraba de la misma manera que yo a ella.
En ocasiones se alejaba de mí y me sentía vacío de nuevo. Se sentía culpable de quererme; decía que se iría al infierno, que éramos hermanos, que todo estaba mal.
Pero nos queríamos... ¿Como podía estar mal?
Nos necesitábamos. Yo la necesitaba y solo quería hacerla feliz.
Fui muy egoísta al alegrarme de que se sintiera sola y regresara a mí de nuevo. O tal vez en verdad me quería y por eso regresaba a mí.
Cuando me decía "Te quiero", o me abrazaba con fuerza, con esos bracitos delgados y blancos como la nieve, era el chico más feliz del planeta.
Cada vez que ha estado entre mis brazos y yo entre sus muslos... siento que estoy en el mismo paraíso. Pero no solo tomo su cuerpo y ya, sino que le ofrezco mi corazón cada vez que estoy con ella. Pero no lo toma. Eso duele, duele demasiado.
Me da miedo decirle que la amo, porque sé que no me corresponderá. Siempre me dice te quiero, solo eso. Pero si me alejo de ella, por no escuchar esas simples palabras, moriré. Lo sé. No me dice te amo, porque piensa que la voy a abandonar como sus padres, las personas que se supone que la debían de querer por siempre. Pero yo no la dejare. Me conformo con tomar de ella lo que me ofrece y que ella tome de mi lo que desee.
¿Qué tanto me ves? - pregunto avergonzada. - ¡Ni me estas escuchando, Inuyasha!
Eres hermosa - susurre antes de besar sus labios.
Sus mejillas se colorearon delicadamente.
Pon atención, porque yo no te voy a pasar mi examen. - murmuro "enfadada"
Se de matemáticas, no soy tan bruto. Bueno ya no. Es muy buena maestra; solo finjo ser algo torpe en la materia, para estar más cerca de ella. Para que me mire y este pendiente de mí.
Acomode un mechón de su sedoso cabello cobrizo, tras su oreja y continúe mirándola.
Mirándola como siempre lo he hecho y como siempre lo haré.
No me importa si nos vamos al infierno por querernos, vale la pena ser un pecador. Y si ambos nos vamos al infierno, podemos encontrarnos ahí y seguir juntos, ¿no?
