Aún era de noche, fría, como las de los días anteriores, era invierno así que era normal. El frío amenazaba con meterse en mi cuerpo, pero lo llevaba cubierto. Guantes, gorro, sudadera hasta arriba, leggins calentitos y mis habituales cascos con los que también evitaba que entrase el frio a mis orejas. La música era tranquila, lo justo para ayudarme a concentrarme a estas horas de la mañana, el frio asfalto fluía con cada paso acelerado. Respiraba profunda y acompasadamente a ritmo de mis pisadas. El vaho de mis respiraciones se veía a la perfección, pero rápidamente lo dejaba atrás. Y a mi lado mi más fiel compañera, era leal, lista y astuta, siempre sabía que decir, siempre podía contar con ella. Era la mayor alegría que tenía al volver a casa, un enorme abrazo y lametones por toda la cara como si no me hubiera visto en años, Loba, mi husky. Siempre corríamos juntas, desde que apenas tenía unos meses, y ahora ya tenía 5 años, pero siempre a mi lado, iba conmigo.
El paisaje era el mismo, pero me gustaba, me gustaba el ruido que hacían los barcos cuando daban sutilmente en el puerto. Me gustaba el ronroneo de las olas al morirse en la playa. Me gustaba el pequeño pueblo en el que apenas pasaba nada. Todos me conocían, pero nadie sabía cómo era realmente, y eso me gustaba, me daba cierto margen para apartar los malos pensamientos y los recuerdos de los que escapé y que a veces amenazaban con volver a mi mente, pero por suerte en esos casos tenía a Loba, la cual me despertaba y evitaba que esas pesadillas se instalaran en mi mente, la adoraba por eso y por muchas otras cosas.
Mientras corría, la gente que ya estaba despierta y comenzando su día, me saludaba con una sonrisa, Hola Cath, decían la mayoría, aunque la música evitaba que la voz llegara a mis oídos, pero lo sabía, leer los labios era una habilidad que había conseguido tras largos años en la policía. Eran las 6 a.m, y el sol comenzaba a salir entre las colinas más cercanas al pueblo. Hora de volver a casa.
Loba salió corriendo a por su cuenco de agua, la pobre estaba sedienta al igual que yo que abrí la nevera y cogí la botella de agua y tranquilamente la bebí mientras recuperaba la respiración. Miré el reloj, los pasos, el ritmo el tiempo. Loba tras beber agua se sentó frente a mí.
-Bien, parece que nos hemos superado en dos minutos –dije sonriendo y chocando los cinco con la perra. La di su comida y agradecida comenzó a comer mientras yo me preparaba el desayuno.
Loba es un Husky siberiano, el color de su pelaje era el típico, banco y negro, pero tras las orejas asomaban pequeños mechones de color marrón claro. Sus ojos azules claros sorprendían a cualquiera. No era muy grande para la raza que era pero eso era consecuencia de su niñez, cuando apenas era un cachorro la encontré en un callejón con la correa atada a una tubería, estaba empapada debido a la lluvia que caía, me acerqué lentamente a ella la tapé con el paraguas y la di agua lentamente. La pobre la aceptó, pero primero lamió mi mano en señal de agradecimiento. La acaricié lentamente, aunque tenía pelaje, era escaso, se veían varías heridas, y muy malas. La quité el collar y la llevé al primer veterinario que encontré. No llevaba chip por lo que era imposible saber quién era o de quien era, y menos aún denunciarles por lo que estaba pasando. La perra estaba malnutrida y con heridas graves, pero consiguió salir de ello. Durante una semana estuvo en observación, y yo me pasaba todas las noches por allí al salir del trabajo. Cuando llegaba ella me recibía con una hermoso ladrido y moviendo su rabito con alegría. Tras darle el alta estuve buscando una familia que pudiera darle cariño, pero cuando llegaba el momento de la verdad, ella se acurrucó a mi lado y se quedó dormida. Me parece que es contigo con quien quiere quedarse –dijo la veterinaria con una sonrisa. Desde entonces está conmigo. Recuerdo los primeros meses de convivencia en los que a llegar a casa siempre había algo roto, pero ella siempre con su ladrido y su colita moviéndose. Yo la ignoraba y me ponía a recogerlo. Después venía y me pedía perdón con su mirada. Y así un día y otro y otro, hasta que leí que necesitan mucha actividad, y ese fue el final de mis dos horas más en la cama. Cada mañana al amanecer, ya sea con frío, con lluvia, o con el tiempo que sea, las dos salíamos a correr. Desde ese momento nuestra relación fue a mejor, la casa ya no estaba destruida por el pequeño terremoto y las dos comenzamos a convivir y a entendernos. Sabíamos que éramos la una para la otra.
Con un café en la mano y una tostada en el plato las páginas del periódico comenzaban a danzar. Intentaba siempre estar al día de todo. Aunque llevaba un año sin trabajar me gustaba saber que pasaba por la ciudad. Loba terminó de comer y se tumbó en su cama. Terminé de desayunar me duché con agua calentita. Y tras eso comencé a empaquetar las últimas cajas, al igual que Loba, que cogía sus juguetes y los dejaba en una caja que había a su lado.
Eran pocas cajas, las de ropa y algunas cosas que teníamos y que no eran de la casa. Así que los subí al coche.
-Bueno, volvemos a casa –la dije.
Nos subimos al coche, ella en su parte del copiloto, la bajé la ventanilla para que tuviera aire y marchamos a la ciudad, de vuelta a casa.
…
Ya era la hora de comer cuando termínanos de deshacer las cajas y de colocar las cosas. Eran pocas cajas, nuestra vida estaba allí. Todas nuestras cosas las dejé allí y nos llevé lo necesario. Al llegar solo tenía que destapar los muebles abrir las ventanas y poco más. Desde casa se podía ver toda la ciudad, estaba en el centro, pero desde mis ventanas se podía ver el parque principal de la ciudad entre todos los enormes edificios. Nuestro parque en el que ella y yo comenzábamos a correr por las mañanas, donde la entrenada. Bueno donde pasaba todo.
Durante el resto del día fui a la compra para llenar la nevera, cambié la dirección de envió para mis paquetes y la comida de la perra. Caminamos por la ciudad para rehacernos a ella. Y acordarnos de todas las cosas que había a nuestro alrededor.
Después de eso nos marchamos a dormir a la espera de un nuevo día.
…
24 de diciembre, Noche Buena. Había pasado una semana desde que me reincorporé al cuerpo de policía con mi antiguo trabajo como inspectora de homicidios.
El día comenzó como todos. Con nuestra salida matutina por la mañana temprano. El día se había estaba comenzando con un manto blanco, todo nevado que hacía de ese día mucho más especial.
El parque estaba desierto a esas horas de la mañana y más con el frio que hacía. Pero nosotras éramos felices a nuestro ritmo.
Loba era feliz corriendo en esas temperaturas. Atravesábamos el puente que unía las dos partes de la ciudad. Era tranquilo, solo había coches, y la calle para peatones apenas tenía gente. El rio pasaba por debajo, aunque a estas alturas del año estaba completamente congelado. Siempre que pasaba por allí me daban ganas de coger mis patines y patinar sobre él, pero no parecía muy seguro. Seguimos corriendo, la perra iba a mi lado trotando lo que llegaba y disfrutando mientras yo iba con mis cascos. Tras hora media corriendo por la calle estaba llegando a mi casa cuando Loba comenzó a gruñir y a ladrar, la gente se asustaba por que no entendía, al igual que yo, ella no había ladrado nunca, al menos de esa manera. Salió corriendo calle arriba toda velocidad. Salí corriendo tras ella, llamándola sin parar. Tras correr varías calles llegué a un callejón en donde encontré a loba rascando la puerta.
No me gustaba eso, así que entré, pero antes volví a coger la correa de Loba. Entre en el edificio dejándome guiar por ella, ya que tenía bastante buen olfato, ella me guiaba mientras iba olisqueando el suelo, aunque en ese edificio era difícil encontrar un aroma en concreto. Todo estaba tirado, como si estuviera abandonado. Tarimas, polvo, sacos de obras, todo tirado por el suelo. Loba subía lentamente las escaleras, estaban completamente destrozadas, subí lentamente, sin tocar mucho la barandilla, no sé lo que aguantaría. Llegué al primer piso y en él había dos puertas, A y B, Loba se paró en la B, la cual estaba abierta, dejado ver un haz de luz. Loba se sentó en la puerta y yo entré.
La puerta se abrió con un enorme chirrido de óxido que molestó hasta la perra. Caminé por la casa pero no había nada, al menos ocularmente, pero el olor era demasiado potente. Cogí el arma que llevaba en el tobillo y lo puse delante de mí, como defensa, busque por el salón tapándome la nariz con una única mano que me quedaba libre, pasé a la habitación y encontré un premio.
