¡Holaaaa!

Ya ni sé cómo decirles que he vuelto (después de 84 años). Seguramente mis lector s ya se olvidaron de mí :'( pero bueno, sólo quiero que sepan que aunque no publicaba nada, seguía escribiendo. Prueba de eso es este fanfic, que tenía atorado desde el 2017 (QUÉ RAYOS) y finalmente me decidí a terminarlo. El título tenía más que ver al inicio con el fic, luego cambió de rumbo, pero no sabía qué título ponerle ahora (me debatía entre "Por eso les digo que vayan a terapia" y "Fanfic perrón versión final", pero ya mejor dejé éste xD). En fin, ya basta de verborrea, aquí les dejo este fanfic (que va a continuar y que SÍ voy a terminar), y les deseo Feliz Día de San Valentín a tod s~


THE BOY AND THE SEA

Hemos evitado caer de rodillas delante del primero de nosotros que por amor diga: tienes miedo.
Clarice Lispector

La vida en la isla

A menudo cargaba a Itachi en sus brazos y lo llevaba a la cama; su cuerpo era ligero y bastante cálido. Tenerlo entre los brazos le recordaba el peso de todas las malas decisiones en su vida, y cómo un simple parpadeo podía arruinarlo todo. Quizás era por culpa de la medicación, pero Itachi últimamente se quedaba dormido en cualquier lugar, y despertar cobijado en cama, a veces a media noche y con una sed espantosa, le calentaba un poco el alma. Pensaba en las personas que había dejado atrás y se le salían algunas lágrimas, pero entonces miraba a su lado y veía a Madara.

A Itachi le gustaba mucho el mar, y sin darse cuenta le adscribía un montón de significados a que alguien hubiera crecido ahí, no como él, que desde que era niño había estado rodeado del bullicio, edificios altos y estaciones de tren, ramificadas como una red a lo largo de la ciudad. Quizá por eso era tan desconfiado, y no podía estar mucho tiempo sin hacer nada.

Madara, en cambio, se había criado en esta ciudad portuaria, y cuando caminaban por el centro iba con las manos en los bolsillos y los hombros echados hacia atrás, como quien anda por su casa. La verdad era que a él le daba igual vivir aquí o allá, pero había llegado a querer más su ciudad natal porque veía la fascinación de Itachi por el mar, la arena, las gaviotas, la gente que todo el día paseaba en sandalias y tenían la piel tostada. Claro que lo había dado por sentado, ¿quién no lo haría? Recordaba lo extraño que le parecía pensar que hubiera gente que jamás ha conocido el mar… pero supuso que él tampoco conocía muchas cosas, como la nieve o la cima de una montaña. Se preguntó si le gustaría tanto como a Itachi le gustaba ahora el mar.

Todos los días se levantaba temprano y salía a caminar a la playa, a veces sólo se arremangaba el pantalón del pijama, se untaba bloqueador y salía como quien sale a su patio a tomar el sol. A veces Madara lo acompañaba, pero en seguida se sintió incómodo, como si estuviera de más, presenciando algo que no debería. No era nada extraño, Itachi caminaba con paso lento, lentísimo, como para sentir más la arena granulosa contra las plantas de los pies, y miraba por aquí y allá, y se agachaba a veces a tocar el agua con las manos, y se ponía la mano como visera para levantar la vista al cielo... todos los demás parecían ir a correr o a sacar a sus perros a pasear, o simplemente a platicar con alguien. Pero él no...

Daba la sensación de que veías a alguien rezar, o escribir, esas actividades tan concentradas y que usualmente se hacen en privado. Pero Itachi no parecía inmutarse...

- Me gusta que me quede arena en los pies, hasta llegar a casa-dijo Itachi cuando entraban-. Las cosas que no dejan marca parece que no pasaron.

"Y sin embargo, pasaron..." Madara se guardó ese comentario, pero lo cierto es que tenía miedo de lo fácil que Itachi parecía haber olvidado. "No tienes por qué apresurarte con eso de "ser feliz" ..." pensaba mientras lo veía de reojo absorbiendo todo a su alrededor con hambre voraz. Le parecía que era la comilona que se da un hombre moribundo, como un último deseo. Veía el agua de coco chorrearle de la barbilla, y escuchaba el chasqueo de la lengua ávida, y pensaba que en cualquier momento el cuerpo escupiría todo aquello que le era tan nuevo y artificial. Itachi, que siempre había tenido poco apetito, ahora cocinaba como para una familia de 5, y comía por dos personas. Arroz, pescado, huevo, leche, carne, lechuga, tomates, avena... Si no fuera un hombre, Madara habría pensado que estaba embarazado. ¿O se preparaba para la hibernación?

Lo cierto era que también el sexo había cambiado. Ahora lo hacían a plena luz del día, casi diario, e Itachi parecía haberse descubierto anclado a su cuerpo por primera vez. Se tocaba los pezones, el cuello, las orejas, el vientre, las rodillas, como un niño que no suelta un juguete nuevo. Verlo tan excitado también avivaba el deseo de Madara, que le quitaba la poca ropa que traía (el clima de la costa les pegaba a veces la ropa a la piel sudada), e Itachi abría la boca, las piernas, los brazos, sin reparos. A veces mordía los hombros de Madara, y él se preguntó si también lo terminaría devorando un día, como a la pulpa carnosa del coco. No le importaría mucho.

Llevaba ya un mes y medio en esa isla, repitiendo la rutina de siempre; sin embargo eso no le quitaba placer. Se levantaba antes que Madara, ponía agua para té y comenzaba a hacer el desayuno. Tomaba algún libro que ya había leído y lo abría al azar, sólo para descubrir que, a pesar de saber de memoria todo, siempre lo sorprendía algo, como con las personas.

Nunca se aburría de Madara, por ejemplo. A veces, sin que él advirtiera su presencia, llegaba por detrás y le ponía los dedos helados en el cuello; a veces él se reía y lo tomaba a la fuerza por el talle obligándolo a besarlo. Otras veces lo maldecía y se apartaba. A Itachi siempre le gustaba molestarlo con gentileza. Madara hacía lo mismo con él.

Le jalaba el cabello con cariño, le picaba las costillas cuando leía, cuando se estaba quedando dormido o ensimismado. "¿Qué piensas?", le preguntaba a menudo, porque Itachi solía quedarse con la mirada perdida y los labios entreabiertos... "Se le va a escapar el alma", pensaba Madara con ternura al verlo así. Itachi volvía en sí, y no recordaba nada, no quería recordar, más bien…

- ¿Es que debo pensar algo siempre…? -susurraba Itachi. Madara lo miraba con decepción, y entonces Itachi le pedía que lo olvidara.

- Vamos-le decía y se metían al mar. A Itachi, cuando nadaba mar adentro, le entraban ganas atroces de seguir hasta desfallecer, boqueando; hundirse y convertirse en comida de tiburones…

- Es hora de regresar-escuchaba la voz de Madara a sus espaldas y volvía la vista. Lo veía a él, con el cabello pegado a la frente y esos ojos cafés que conocía enojados, divertidos, sarcásticos, felices, tristes, emocionados o aburridos… En ese momento lo miraban con duda; en ese momento el mar y Madara se disputaban su alma.

Itachi volvía una vez más la vista hacia el horizonte infinito en el que se hundía el sol, hinchado y naranja, y sentía una atracción irresistible, pero entonces sentía en el estómago una tibieza… Volvía la vista y nadaba hacia Madara.

Ambos llegaban a la costa y se recostaban sobre la arena caliente un momento, boqueando. Su condición física había mejorado considerablemente, y a pesar de eso Itachi siempre parecía estar cansado, con sueño o con la mente en las nubes… Debían de ser los medicamentos.

Cuando llegaban a casa, recuperando de golpe la intimidad que no tenían frente a la gente que se bañaba en el mar, les despertaban a ambos las ganas de tocarse, de besarse…

- Hueles delicioso-le susurraba en la curva del cuello. Itachi se quedaba callado, disfrutando de aquel deseo... Madara lo besaba en el cuello, en las orejas, en las mejillas y los párpados y él perdía conciencia de sí mismo, dejando que su cuerpo llevara el control, hasta que se encontraba en la cama, sudado y adormilado.

- Voy a fumar-le decía Itachi a Madara. Él lo miraba con consternación; "No hay cigarros", le decía Madara con claridad. Itachi entrecerraba los ojos y pensaba "Puedo dejarlo estar" pero otra parte de sí, que siempre ganaba y terminaba dándole problemas, lo hacía levantarse de la cama y comenzar a vestirse en silencio con lo primero que encontraba.

- Iré a comprar, entonces-decía, cortante. Se ponía sudadera y tenis y salía.

Era pasada la medianoche y había muchos turistas en la calle, normalmente en parejas. Itachi fue a la farmacia y compró una cajetilla. Cuando la tuvo en sus manos, el deseo de fumar se desvaneció. Regresó a casa, con la cajetilla en una mano y las llaves en otra. Abrió la puerta, dejó los zapatos, se miró por un buen rato los tobillos, las venas y las uñas de los pies. Cuando menos se acordó, escuchó la voz de Madara, llamándolo.

- Deja de hacer esto…-le pedía. Itachi lo miró a la cara y le dio los cigarros en la mano. Itachi se sintió harto de aquella situación. "Es como andar sobre cáscaras de huevo…" se dijo, suspirando, cuando pasó al lado de Madara y se fue a dormir, sin decir ni pío.


Cuando vio a su hermano menor, no pudo explicar lo que sucedió en su interior, a pesar de que era un sentimiento que se repetía con cada visita. Sasuke llegó a las doce de la noche, había llovido mucho en Tokio, y el tráfico, y los trenes… Había llegado en taxi a su casa, había tocado y entrado casi sin decir nada, y sin embargo con una autoridad arrolladora, como diciéndole a Madara que a partir de ese momento él se encargaría de todo.

Pidió dormir junto a su hermano la primera noche. Itachi se fingió sorprendido, extrañado, pero una vez Sasuke estuvo junto a él en la cama, algo en su pecho se calentó, la lengua se le soltó y el sueño se esfumó. Sasuke hablaba a media voz, su aliento rozándole el hombro, sobre todo lo que había pasado para llegar allí, sobre su recién iniciado trabajo…

Itachi le contó también de varias cosas que iba pensando en ese momento; el mar, el sonido que le parecía que el sol hacía al ser engullido en el horizonte, el extraño placer que le daba cuando el agua estaba tan fría que cortaba el aliento, cómo le aterraba y fascinaba no saber qué había en esa inmensidad de agua, y cómo sus músculos parecían tener vida propia durante actividades tan arduas como nadar o hacer el amor…

- ¿Haces mucho el amor? -preguntó Sasuke. Itachi pensó en detenerse, pero siguió. Después de todo jamás se escondían nada entre ellos dos…

- Pues sí… A veces es lo único que me mantiene atado a mi cuerpo…-dijo Itachi. Sasuke se quedó en silencio un momento, e Itachi pensó que ignoraría el tema, pero entonces habló:

- A mí me da asco.

- ¿El sexo?

- Sí. Siento las manos de alguien subiéndome por las caderas y me tenso. "Suéltame" pienso-dijo Sasuke-. Nunca lo he hecho, y no pienso hacerlo pronto… ¿Vale la pena?

- No, no realmente…-dijo Itachi. Pero después pensó en Madara, en sus cuerpos juntos, en la voz mareada de placer, en el sudor y el calor-. Bueno… Cuando lo haces, y te gusta, lo conviertes en parte de tu vida. Como cuando tienes tu primer trabajo, y a pesar del cansancio te das cuenta que puedes comprar cosas con tu dinero, y eso te da placer… Pues es algo parecido. Te das cuenta del placer que puede producir la carne de alguien más y la tuya…

- Quizá algún día lo haga.

- No tienes que hacerlo si no quieres-dijo Itachi, y a continuación lo abrazó con fuerza contra él. "Quédate así como eres. Eres mi pequeño tesoro…", pensó. Le besó la frente y, al sentir que el cuerpo de Sasuke seguía relajado, comenzó a adormilarse hasta perderse…


Madara despertó y comenzó a hacer el desayuno. No sabía si había algo extraño en la atmósfera, o quizás era sólo el silencio. A esa hora Itachi normalmente ya estaría levantado, hablando con él de cualquier cosa. O simplemente sentado allí frente a él, leyendo y escuchando música. Pero había un silencio absoluto en casa.

El desayuno estuvo listo y humeante, pero nadie lo comía. Madara fue a la habitación de huéspedes que sabía que estaba vacía… y después a la de Itachi. Encontró la camisa de Sasuke y sus pantalones en el suelo, y en la cama los vio a ambos.

Una de las piernas de Sasuke estaba sobre la de Itachi, y el brazo de él le servía de almohada a Sasuke. "Qué posición más incómoda" pensó Madara, y dio un portazo al cerrar la puerta.

- El desayuno está listo-dijo con la puerta cerrada tras de sí, esperando que se hubieran despertado.


- Lo amas, ¿cierto?-le preguntó Sasuke a Madara. Itachi no podía escucharlos, sólo verlos. Se había quedado en el agua, nadando de un lado a otro, mientras ellos dos estaban en la arena, sentados.

Madara miró a Sasuke un momento, desconcertado.

- Él también te ama…-dijo Sasuke.

- Quisiera creerlo…

- ¿No puedes saberlo? -preguntó Sasuke.

- ¿Cómo?

- No se ha ido de aquí. No se ha quitado la vida.

Madara se removió y apartó la mirada por un momento.

- Deja de evitar el tema. Volverás loco a mi hermano si haces eso… Llámalo "cobarde", "suicida", como quieras, pero no finjas que no pasó nada… Eso lo deja solo a él con su mente.

Madara no pudo decir nada. Deseó que Sasuke dejara de hablar de eso. Sasuke, por otro lado, le sonreía a Itachi a lo lejos y apilaba un poco de arena, a la vez que decía:

- Deja de hacerlo sentir como un bicho raro. Como si fuera el único humano con deseos de acabar con su vida… Si se va a suicidar, lo hará. Si no, simplemente no sucederá. Pero contigo está en un vaivén sinfín. Él es especial para ti, ¿no?

Madara se quedó callado. Sasuke se encogió de hombros.

- No serviría negarlo, los he visto juntos. Lo sé. Se ríen el uno del otro, se miran a los ojos, se tocan con cierto disimulo en público, se cuidan tanto… Sería idiota no notar nada. Así que… él no es tu hijo, deja de intentar salvarlo. Sólo ámalo y punto. Están aquí, los dos juntos. Con eso debería bastar.

Sólo Sasuke pudo devolverle la sonrisa a Itachi cuando él volvió y les propuso que fueran por algo de comer. Madara le dio la mano con suavidad; la de Itachi estaba húmeda y helada.


La segunda noche Madara e Itachi durmieron juntos en la habitación principal, mientras que Sasuke se quedaba en la de invitados. Se había quedado dormido temprano, sólo acabó de cenar, puso la cabeza en la almohada y el sueño acudió sin esfuerzo. Lo atribuía al cansancio tan agradable que dejaba la playa. Quizá también fue por eso, o porque estaba en una casa a la que no estaba acostumbrado, que se levantó alrededor de las seis de la mañana. Sintió la garganta seca y fue a la cocina por un vaso de agua, pero cuando estaba a punto de volver a su cuarto escuchó ruidos extraños…

Eran como risas, no, ¿jadeos?, no… palabras entre cortadas… No sabía muy bien qué tipo de ruido era, pero sabía que provenían del cuarto de Itachi y Madara. Se sintió como la navidad que se había levantado demasiado temprano y había visto de reojo cómo sus padres envolvían regalos mientras intercambiaban miradas y sonrisas cómplices, todo en el más absoluto silencio.

Pero lo que vio en la habitación de su hermano fue diferente; por el resquicio de la puerta alcanzó a ver la espalda de Madara, que abrazaba contra sí a Itachi, cuyas piernas caían a cada lado de las caderas de él. Sasuke se quedó inmóvil, parpadeando varias veces, asombrado de ver con cuánta fuerza y energía se movían, pero se notaba que se esforzaban en no hacer ruido.

Por un momento se le detuvo el corazón, pensando que Itachi lo había visto, pues su mirada se dirigía a la puerta. Pero no, falsa alarma, él no veía nada en ese momento. Itachi abría la boca para morder el cuello de Madara, y él ahogó una especie de gruñido. El ritmo se aceleró y Sasuke vio las uñas de su hermano trazar líneas rojizas en la espalda de Madara. Era tan grotesco, parecían animales, incluso se sorprendió de ver que el rostro de alguien llegando al orgasmo era una mezcla entre dolor y placer. Madara recostó a Itachi debajo de él y ambos se quedaron inmóviles, sólo se oían las respiraciones agitadas.

Era demasiado. Ni siquiera debió haberse quedado a ver todo aquello. Se alejó con paso rápido y se metió de nuevo a su cama, con la respiración agitada. De verdad parecía que se estaban destrozando, parecía una pelea, una extraña pelea… No entendía. Trató entonces de imaginarse a él mismo y a Naruto haciendo eso, pero la sola idea le erizó el vello de la nuca y le revolvió el estómago.

Alrededor de dos horas después Itachi lo llamó a desayunar. Sasuke fue al comedor y los miró con cautela, viéndolos sonreír como si nada, y pudo ver de reojo la marca de los dientes de Itachi en el cuello de Madara. Era extraño cómo se podía dar rienda suelta a algo así, y después seguir como si nada. No… eso era normal, ¿no? La gente hacía eso. Pensando en eso, Sasuke no se había dado cuenta de que Itachi le estaba hablando.

- ¿Eh? - preguntó finalmente.

- Que si quieres jugo o café.


Ojalá les haya gustado

Continuará pronto c: