"De la felicidad no conocemos sino el nombre."

—Omar Khayyam

Nació en la calle, hijo de una hermosa pero desdichada mujer cuyo único momento de felicidad fue ver el rostro de la vida que cultivó en su vientre. Mas poco le duró: su cuerpo hundido en la miseria y escasez le arrebataron la vida rápidamente, convirtiendo a su hijo en un errante más, que sobrevivía a base de pequeños hurtos.

Un día llegó al parque un hombre con un estuche al hombro. Sacó un instrumento y comenzó a tocar. La música que emanaba era tan hermosa que las personas detenían su camino para mirarlo. El pequeño dejó su guarida para verlo más de cerca.

Cuando acabó su serie de movimientos la multitud arremolinada lanzó monedas al estuche. Le sorprendió la manera en que había conseguido tanto dinero sin haber pronunciado palabra alguna.

Esperó a que se disipara el gentío y con cautela se acercó al anciano.

—¿Cómo se llama eso que hace música?

—Es un violín.

—Quiero tocarlo. —El hombre lo miró como tantas veces lo habían hecho las personas a su alrededor, con lástima, pero no retrocedió.

—De acuerdo pero no lo rompas. Ni muevas nada.

Entonces lo sostuvo como había visto y pasó la vara por las cuerdas provocando un chillido horroroso. El hombrecillo se cubrió los oídos con las manos e hizo una mueca.

—Niño, no hagas eso de nuevo, es espantoso.

—Entonces enséñame a hacerlo correctamente.

—¿Qué dices?

—Ya te lo dije. Quiero tocarlo.

El hombrecillo miró al niño de pies a cabeza, tenía un aspecto terrible pero un brillo especial en los ojos; un brillo peligroso y atrayente, misterioso. Aun así…

—Ya entiendo. Es muy difícil, no creo que puedas.

—Déjame demostrarte lo contrario.

—¿Que ganaría yo?

—Si no puedo tocarlo tan bien como tú entonces seré tu esclavo.

—Ja, ja, ja, ja, un vagabundo con esclavo, eso no se ve todos los días. Aunque si finjo que eres mi hijo tal vez causemos más lastima y quieran dejarme entrar a los refugios.

—¿Aceptas o no?

—Si ganas tú ¿qué pierdo?

—Tu instrumento. El violín será mío.

—Mi fuente de ingresos o tu libertad. Hay que estar demente, niño, pero acepto, me parece interesante y además…— la última parte de aquella frase no pudo escucharla ese día, hoy es probable que pudiera entenderla. — Aunque debo aclarar que no tengo dinero para mantenerte y si quieres que te enseñe tendrás que venir aquí todos los días después de la 6 de la tarde, a esa hora casi ya no hay gente.

—No, vendré cuando empieces a tocar. Quiero ver cómo lo haces.

—Ver no es suficiente pero está bien. Yo vendré por aquí a las 2, ya veremos quién gana niño.

Cuando hubo aprendido la más básica de las canciones el anciano lo puso a tocar frente a la pequeña multitud que se congregaba a verlo todas las tardes. Fue un éxito, como lo había pensado.

El pequeñajo atraía las miradas e inspiraba más lástima que un viejo. Nada más deprimente que una pequeña y virtuosa llama a punto de extinguirse por la mezquindad de una sociedad que brinda oportunidades a quien puede pagarlas más no a quienes las merecen.

—Toma. Levi miró expectante las monedas que se extendían sobre la áspera palma de la mano de aquel hombrecillo extraño. — Tomalo antes de que me arrepienta, es tu parte. Comprenderás que no es mucho pero me parece justo ya que ese dinero se reunió durante tu "presentación".

Fue la primera vez que Levi no tuvo que robar o hurgar en la basura para comer.

Pasaron los días entre prácticas vespertinas y presentaciones hacia el ocaso. Con los meses Levi pudo hacerse del dinero suficiente para rentar un cuartucho donde dormir y lavarse.

El viejo descubrió que las facciones de su pupilo eran bastante agraciadas y que toda esa maraña de pelos solo eran un estorbo para el deleite del público femenino, cada vez mayor, que se reunía en la plaza. Así le ordenó cortarse el cabello, lavarse cada que podía y usar ropa más decente que aquellos pantalones inadecuados, casi por arriba de las rodillas.

—Mira que eres bajito para tu edad, incluso mis pantalones te quedarían grandes…

—Estoy bien así, no necesito ropa.

—Claro que la necesitas, pero cierto es que la gente como nosotros no puede preocuparse por enriquecer su guardarropa. Tampoco es como que la reina vaya a invitarnos a una fiesta.

Los ojos del hombre se oscurecían cuando hablaba de la realeza, lujos o dinero. Levi no sabía nada, ni siquiera su nombre porque siempre se mostró reacio a compartir detalles de su vida. Un aspecto que sin duda quedaría arraigado en su carácter.

— ¡Oh! Mira que hoy ha sido una gran jornada, empiezo a creer que debería dejar de tocar y cederte el escenario entero a ti. En tres canciones has reunido mucho más que yo durante toda la tarde.

—No estaría dispuesto a darte de mis ganancias.

En realidad el muchacho no quería sentirse solo pero aquella era su forma nada sutil de hacérselo saber.

—Tarde o temprano tendrás que enfrentarte a ellos solo.

—Aun no es tiempo.

—En eso tienes razón, te queda mucho por aprender pero no estoy seguro de si me alcanzará el tiempo.

Lo último había sido pronunciado en un tono tan bajo, casi inaudible que pasó desapercibido por todos…menos para el oído que comenzaba a afinarse en extremo.

— ¿Por qué siempre estás diciendo cosas sobre el tiempo?

—Ah, el pequeñajo está mejorando. No te fijes en eso, no pienso decirte nada después de todo. Hasta mañana.

El hombrecillo desapareció por la misma calle desde la que llegó a la ciudad, Levi jamás lo siguió. Por respeto, por empatía.

Nunca entendió la verdadera razón, pero creía que todos tenían derecho a guardar secretos y que los demás no intentaran entrar donde no querías que entraran.

Cuando se aproximaba la navidad de aquel año en que su vida cambió drásticamente, los acontecimientos fueron de mal a peor.

Una tarde se quedó esperando junto al público de costumbre, a que llegara, empero el viejo no llegó. Esa noche se fue a dormir con el temor instalándose en su pecho y la espina de la incertidumbre hiriendo de la misma forma.

Al día siguiente temió quedar como un tonto de nuevo, odiaba esa sensación de abandono y traición.

Mas, ¿qué le debía ese hombre a él? Nada y por eso mismo podía irse de la ciudad como había venido, sin nada y sin nadie. Comenzaba a sentirse irritado por aquellos pensamientos que acrecentaban la furia dentro de sí, cuando una frase prorrumpió en el silencio:

—Pareces un novio abandonado. —Los enigmáticos ojos jóvenes se posaron sobre el recién llegado. —No soy un fantasma si es lo que te preguntas, todavía no.

— ¿Dónde has estado? Ayer la gente y…

—Lo sé, estuviste esperándome. No pude avisarte que no vendría. Pero ya estoy aquí.

—Ya es muy tarde, no hay nadie en la plaza.

—Eso no importa, quiero que toques, quiero escucharte. — dijo a la vez que sacaba el instrumento de su estuche. Se lo entregó, no sin acariciarlo un poco, cosa que extrañó de sobremanera al chico. —Anda, quiero escuchar la primera canción compleja que te enseñé.

Las primeras notas resonaron con tanta fuerza, apoyadas en el eco de una plaza vacía.

—Esto es la verdadera música.

Exclamó el anciano recargado en la banca de la plazoleta con los brazos extendidos y los dedos moviéndose al compás de la melodía.

Levi no entendía lo que estaba pasando, no entendía por qué tocaba si no había público pero le debía mucho a ese hombre y estaba dispuesto a hacer lo que le pidiera. Las estrellas aparecían mientras sus dedos se desplazaban a lo largo de las cuerdas y en la mente de su maestro se formaba la más hermosa de sus visiones, el recuerdo con el que quería dormir, por siempre.

— ¿Puedes verlo, Levi? Un salón, ricamente decorado, lleno de damas y caballeros con ropas finas y máscaras doradas. Eres uno más de los músicos ahí. Observa que en medio de todas esas parejas aparece una dama, la más bella de todas, toma la mano del caballero frente a ella y comienzan a danzar, a danzar.

"¿Por qué diablos me pidió tocar si quería hablar?" formulaba torpemente en su mente pues entre tocar y el escenario que su imaginación forjaba, no había mucho espacio.

— ¡Ellos danzan, fundiéndose en ese torbellino de amor sin que nadie pueda detenerlos!

La luna se levantaba en lo alto, silenciosa como todos a su alrededor, deseosa de escuchar y compartir con los hombres de esa plaza.

"Pero ella lo deja, porque el encanto se perdió. Ella es demasiado para él, para un pobre músico." Piensa con nostalgia y dolor el hombre de la banca.

Levi termina de tocar, con la frente húmeda y las manos frías.

—Gracias, Levi. No me lo devuelvas, es tuyo.

Se quedó con el instrumento entre las manos, de pie ante su maestro, desconcertado porque era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

—No lo entiendo.

—No hace falta, has ganado, muchacho. Esta noche has tocado mucho mejor de lo que pude haber hecho yo en la cumbre del éxito y ya nada me queda por enseñarte.

—No lo creo.

—El tiempo se acabó pero no me siento tan triste como pensé que lo estaría. Me deja satisfecho saber que hice algo bueno con lo poco que me quedaba. Te he dado una salida, aprovechala. Nunca creí que le diría esto a una persona pero…fue un placer haberte conocido, Levi. Adiós y buena suerte. —dejó caer los párpados nuevamente.

—Espera, oye…—al acercarse a la banca lo tocó mas no hubo respuesta. — ¡Oye!

Asustado corrió hacia la primera persona que vio y le pidió ayuda, era una vendedora que lo reconoció como el chico violinista. Fueron hasta donde se encontraba el hombre y después de llamarlo insistentemente ella declaró lo que él se negaba a aceptar.

—Está muerto.

La policía no hizo demasiadas preguntas. Dentro del bolsillo de su desgastado chaleco hallaron un testamento, en él se explicaba que estaba enfermo y pronto a morir, dejaba cuanto poseía para los gastos de su entierro y el violín a su pupilo: Levi, un inocente desdichado en todo aquello. Después del funeral al que algunos curiosos y comerciantes del lugar acudieron, Levi se marchó de la ciudad.

¿Qué tal? ¿Les gustó? Hace mucho que tengo este escrito en la computadora, pero no me había atrevido a publicar porque lo empecé antes de ver Shigatsu wa Kimi no Uso, una vez que miré el anime me costó muchísimo no dejarme influenciar por él y ya no quise escribir. Sin embargo, quiero retomar lo que tenía y tratar de terminarlo. Si lo desean, acompáñenme en esta historia y descubran lo que le espera a un joven y ya desdichado Levi.