- ¡Patatas, patatas...¡Miren, señores, que maravillosas patatas! – el mercader mostró una a la gente que pasaba frente a su humilde puesto. - ¡Cultivadas por las bellas manos de mi joven esposa¡Riquísimas, dignas de un rey!
Lo cierto es que sólo la patata que mostraba tenía buen aspecto: el resto eran una bola negra al borde de la putrefacción. En Kakariko todos sabían que ese mercader no tenía esposa, pero era el día de la Feria de Otoño, y habría muchos extranjeros pululando.
- ¿A cuánto están?
"Por fin, un primo". El mercader puso su mejor sonrisa y se encaró al único cliente hasta ese momento. Era un tipo de talla mediana, e iba cubierto con un sombrero de ala ancha y una larga capa, que no dejaban ver si era un hombre o una mujer.
- ¡Una ganga! Tan sólo veinte rupias el kilo...
El embozado se dio la vuelta. El mercader le agarró del brazo.
- ¡A diez rupias, por ser usted!
- Te doy cinco por el kilo. – y el embozado alzó un poco el ala del sombrero, de tal forma que el mercader pudo ver el iris de uno de sus ojos.
Era de color bermellón. Por unos instantes pensó que se había topado con un horrible fantasma, cuando el desconocido bajó el cuello de la capa. Tenía el rostro imberbe de un adolescente.
- Te daré el kilo, pero lárgate. – el mercader bajó el tono de voz y llenó un saco con las patatas. – Si los guardias reales me pillan vendiendo a un...
- Vale, gracias. – el chico cogió el saco, dejó las cinco rupias verdes y salió corriendo.
Atravesó la empalizada a toda prisa. El guardia de la puerta, Hermes, le detuvo un momento.
- ¿Sólo has conseguido ese saco, Urbión?
El sheikan miró por encima del hombro a la multitud que aún compraba.
- Sí, no he podido conseguir más.
Hermés entró en la garita, y sacó de allí una cesta de mimbre.
- No es mucho... Sólo mi almuerzo. – vio que Urbión negaba con la cabeza. – También he puesto medicinas...
Al escuchar la palabra "medicina", el sheikan aferró la cesta y salió corriendo. No se detuvo hasta llegar a un recodo del río Zora, el único lugar resguardado de la llanura de Hyrule.
- Vosotros dos, nos marchamos.
De entre los juncos del río, Sora surgió como una especie de pléyade de río. Tenía el cabello oscuro, los ojos castaños y la piel muy clara con pequeñas heridas fruto de la varicela. No contaba ni con los ocho años, pero era muy madura. Kairuttrató de sorprender a Urbión por la espalda, enarbolando una caña del río, pero al sheikan le bastó un segundo para desarmarle. Le preguntaron por qué había tardado tanto, pero Urbión se sentía intranquilo y les ordenó iniciar el viaje cuanto antes.
Era cierto que algo les acechaba: un grupo de chicos les había rodeado. Vestían todos igual: pantalones negros, camisas blancas sin mangas y adornos de metal en botas, cinturones y collares.
- Ofrecen un buen precio por tu cabeza. – dijo el mayor de todos ellos, su líder, llamado Zonta.
- ¡Dejadnos en paz! – Kairut trató de demostrar su valentía, y lo único que logró fue que el grupo (los bombers) se rieran a carcajadas. Con sus nueve años recién cumplidos, el muchacho rubio era bajito y con los brazos débiles, fruto de una mala alimentación y de las muchas palizas que había recibido en su corta vida.
Urbión ordenó a Sora y a Kairut que se marcharan, pero ninguno de los dos quiso abandonar a su suerte al sheikan. Este, por el contrario, habría preferido eso: con ellos ahí, tendría que estar pendiente de que no les hicieran daño. Zonta lo sabía, y por eso, cuando Kairut volvió a amenazarles con la caña, hizo un gesto de cabeza a uno de sus secuaces, el más fortachón. Este aferró la caña, la partió y luego tiró a Kairut al suelo, donde trató de defenderse. Urbión sacó al fin la maza de madera y amenazó a Zonta.
El líder de los bombers arrojó al sheikan una piedra, que le golpeó encima de una de sus cejas. Debido a la sangre que le corría sobre el ojo, Urbión perdió de vista a Zonta.
Sora cogió una patata del saco, una de las más podridas y la lanzó con todas sus fuerzas a Zonta. Le dio entre los ojos, y el líquido que soltó la patata le escurrió por la cara.
- ¡Aparta, mocosa! – alzó la mano para abofetearla. Detrás de él, Kairut había logrado deshacerse de uno, pero los otros tres se le echaron encima.
Una ráfaga de color amarillo se interpuso entre Sora y Zonta. El bomber se encontró de repente arrojado al suelo húmedo de la ribera. Los otros bombers dejaron a Kairut, para mirar a la extraña chica que había derribado a su jefe.
De pie, con las manos en la cadera, estaba la niña más raraque habían visto jamás. Era pelirroja, con el cabello peinado con muchas trencitas largas. De entre ellas, sobresalía una par de orejas largas y puntiagudas. La piel tostada estaba surcada por cientos de pecas color naranja. Vestía una túnica amarilla corta y unos pantalones blancos hasta la rodilla. Era mucho más baja que Zonta, pero había sido capaz de derribarle con sólo un ligero movimiento. Por encima de su hombro derecho sobresalía el mango de una espada.
Cuando habló, su voz tenía un acento que sugería alguna tierra muy lejana.
- ¡Qué valiente eres, atacando a una niña!
A Zonta no se le había escapado el detalle de la espada, pero aún así le gritó:
- ¡Lárgate, zanahoria!
La chica frunció el ceño.
- ¿Me has llamado... zanahoria?
Urbión se acercó.
- Vete en serio, puedo apañármelas solo.
- Eso se ha visto, grandullón. – le tendió un pañuelo, sin ni siquiera mirarle. –Ya que vais a meteros con una niña, al menos que esta se pueda defender¿no creéis? – y se colocó en posición defensiva, aunque no desenvainó la espada. – Vamos, venid, valientes.
Los bombers se rieron. Tenían antes ellos a una loca, capaz de desafiar a toda su banda. Probablemente llevaba esa espada de adorno, pensó Zonta, pues vio que no hizo gesto alguno de usarla.
- Te haremos papilla, y luego cobraremos la recompensa por este de aquí.
Kairut y Sora trataron de convencer a Urbión para salir huyendo, pero el sheikan no quería dejar a esa loca sola frente a cinco bombers. Zonta se reía, y amenazaba con hacer pastel de zanahoria. La niña volvió a reírse con una carcajada corta y le ordenó:
- ¡Pues empieza de una vez!
Zonta dirigió un puño fatal, encaminado a romperle unas costillas a la extranjera, pero cuando su mano llegó al objetivo, este había desaparecido. En unos segundos, vio otro relámpago amarillo, y el pie de la muchacha se estrelló en su mandíbula. Del golpe, salió volando hacia la orilla del río Zora.
Los bombers atacaron a la vez, intentando sorprenderla, pero ella era capaz de detener los golpes sin vacilar, como si lo hubiera hecho toda la vida. Todos los bombers acabaron como su jefe, en el lodo.
- Genial... – la chica se sacudió las manos y se retiró una de las trenzas de la cara.
Más dolido en el orgullo que físicamente, Zonta cogió un puñado de barro y lo lanzó a los ojos de la chica.
- ¡Comete esto, zanahoria!
Chilló, cuando la bola la dejó ciega, el tiempo suficiente para que el líder de los bombers intentara pegarla, con más éxito. Se lo impidió el puño de Urbión.
- ¡Ya vale! – ordenó, pero su voz sólo surtía efecto en los niños del bosque.
- ¿Con que queréis jugar sucio? – la chica se limpió el barro. Se colocó al lado de Urbión, y le dio un golpe en el hombro. – Grandullón, saca a los niños de aquí.
Urbión vaciló, pero, al ver el destello de locura y picardía en los ojos verdes de la extranjera, cogió a Kairut y a Sora y se alejaron corriendo.
- Te han dejado sola, zanahoria... – Zonta y los bombers la rodearon. – Vamos a hacerte papilla.
- Sois muy violentos, chicos... Os sugiero que os deis un baño. – la chica metió la mano en uno de los bolsillos de la túnica. – Dicen que relajan.
Alzó el puño derecho en el aire.
- ¡Y vosotros vais a pasar mucho tiempo en remojo, creedme!
Y arrojó al suelo una especie de roca amarillenta. Se quebró en el suelo, y de su interior salió un vapor amarillo que rodeó a la chica y, milagrosamente, sólo afectó a los Bombers. El olor era tan repugnante, que todos cayeron al suelo, mareados.
Desde lejos, Urbión y Kairut observaron la humareda amarilla, y les llegó el olor.
- ¿Pero qué les has hecho? – preguntó el sheikan, cuando la muchacha salió de la humareda. Tenía la boca bien cerrada, y al llegar a su altura, escupió al suelo.
- Nada grave...pero te sugiero que no te acerques de momento. – le guiñó el ojo, y luego añadió. – Tened más cuidado la próxima vez.
Agitó la mano a modo de despedida, y avanzó en dirección a la empalizada de Kakariko.
- ¡No¡Urbión, dile algo! – Kairut le cogió del brazo, mientras Sora trataba de tirar de ella, aferrando un trozo de su túnica.
- ¿Pero qué demonios hacéis? – la chica trató de deshacerse de los otros dos. - ¡Quitaos de encima!
- ¿Vas a entrar en Kakariko? – preguntó Urbión, incrédulo.
- Sí, a eso he venido. – la chica intentó continuar su viaje.
- ¡Espera¡Si entras, la Guardia Real te apresará! – Urbión corrió para alcanzarla.
- ¿Por qué?
- Porque... porque...- Urbión no podía creer lo que veía. ¿De dónde venía esa extraña chica, que jamás había oído hablar del impuesto? – Porque... si tus padres no han pagado el impuesto especial por tenerte, entonces te...
La muchacha soltó una carcajada corta.
- ¡Ah, eso! Tranquilo, sé apañármelas. – y le guiñó el ojo.
- De todas formas, hoy te será imposible pasar inadvertida. Espera un par de días a que pase la feria de Otoño. – Urbión le tendió la mano. – Por cierto, me llamo Urbión, y estos son Kairut y Sora.
La chica estrechó su mano con firmeza. Tenía unos dedos callosos y fuertes, de manejar la espada y otras armas.
- Zelda Esparaván. – miró a los otros dos que esperaban. – Bien, Urbión, si tu crees que debo esperar un par de días para investigar en Kakariko... ¿dónde me puedo quedar?
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Nota de la Autora:
Primero: Disculpas por tardar un poco más con esta historia. No tengo más excusa de que el original está en un pórtatil, y se me ha olvidado dos veces el lápiz de memoria... Cabezita hueca...
Segundo: No menos importante. En la página del club de rol White-smurf se ha convocado la II ed. de Fantásticos Relatos. Está abierta la inscripción hasta final de Febrero. Los relatos tratarán de cualquier tema fantástico (zombies, fantasmas, caballeros, magos, naves espaciales...) y no deberán tener más de 3 páginas. Para más información, os dejo el enlace.
http/ Para los que tengáis dudas con esta historia, transcurre un año antes de La Canción del Tiempo. En mi perfil tengo algunas anotaciones sobre esta historia.
Muchos saludos!
