Advertencia: Batallas y violencia (como las que conocemos en el canon).

Capítulo XXX:

Questi sono i Vongola.

(Estos son los Vongola. Parte II)

La puerta del almacén rechinó detrás de ellos. Elena y Guido reaccionaron y se agacharon para luego tomar impulso y correr hacia los pilares cercanos para cubrirse de la ráfaga de disparos que de pronto les fue dirigida.

Subordinados, los habían escuchado. Aquello no estaba bien, Elena pensó. ¿Algo les había pasado a sus amigos?

— Elena — Guido la llamó — ¿Te puedo pedir un favor?

— ¿En medio de esta situación?

— Justo por estar en esta situación — Guido respondió de forma nerviosa — Necesitamos sacar estas armas de aquí. No podemos dejar que tengan todas; con las que se robaron, ya son demasiado peligrosos.

O, en otras palabras, necesitamos pelear contra ellos, vencerlos, y luego salir con todo y armas especiales. Nada complicado.

Elena suspiró y cargó la pistola. Sin moverse de lugar, apuntó hacia la silueta de uno de los hombres. Sus piernas temblaron por unos momentos, pero intentó relajarse inhalando y exhalando fuertemente.

"Apunta con calma," G le había dicho. "Tienes un instrumento letal. No dejes que la desesperación te domine."

Elena enfocó, apretó la pistola entre sus manos…

Y empezó a disparar.

El primer hombre sólo pudo gritar al sentir la bala que le pasó rozando el brazo. El segundo soltó su pistola cuando el disparo le dio en la mano. La ráfaga de balas por el lado de los mafiosos se reanudó, y Elena, mientras se cubría, intentaba apuntar. Aunque disparar sin hacerlo serviría como distracción, tenía miedo de que al hacerlo pudiera matar a alguien.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Vaciada la pistola, Elena buscó entre su ropa por más munición mientras Guido la miraba, casi atónito.

— Lo haces bastante bien.

— Me enseñó el mejor — Elena sonrió — Yo te cubro; tu intenta reunir las armas.


G volvió a disparar. Las llamas se expandieron enfrente de él, creando una especie de barrera pero, la capacidad de multiplicarse de las dagas fue mayor pues aún en el aire, varias de ellas se crearon, logrando rodear la barrera y llegar hasta él. G retrocedió, esquivando unas; sin embargo, otras más se volvieron a multiplicar y casi terminan dándole.

Maldita sea, ¿cómo se supone que hacía eso?

— ¡Cozzato, ahora! — G gritó. Cozzato, oculto detrás de un árbol (habían tenido que retroceder hasta el punto de regresar a la primera entrada, cerca del bosque), reaccionó y volvió a utilizar sus poderes.

La gravedad avanzó. El líder de los Lontanni sólo ladeó la cabeza antes de que la fuerza cayera sobre él. Su expresión, más que preocupada, parecía decir: "¿Otra vez lo mismo?".

Sin inmutarse, el hombre dejó caer una de las dagas. Por la fuerza sobre la zona, ésta pareció incluso romperse un poco, pero aun estando en el suelo, la daga se empezó a multiplicar. Al principio débil, pero al salir de la zona de donde los poderes de Cozzato se ejercían, la velocidad de multiplicación fue tan grande que, en tan solo unos segundos, las dagas habían llegado hasta donde estaba G, quien tuvo que volver a retroceder mientras intentaba lanzar lejos el par de ellas que le habían dado antes de que se empezaran a multiplicar en su cuerpo.

La gravedad podía detener a una persona, pero no a una llama. Ahí estaba el secreto.

Cozzato, cerca, tuvo que dejar de utilizar sus poderes al momento en que las dagas se acercaron peligrosamente a él. En medio de un gruñido, el chico volvió a correr hacia otro árbol para refugiarse.

La risa del hombre se escuchó.

— Oh, vamos. Déjense de jugar a las escondidillas.

G gruñó cuando llegó a un árbol cercano de donde estaba Cozzato, quien sólo lo miró con frustración.

— Perdóname; mis poderes no sirven contra él — Cozzato sonaba enojado consigo mismo — Y sigue siendo capaz de multiplicar su arma como si de aire se tratara.

— Hay algo extraño en la forma en la que lo hace — G comentó. Rompió parte de su propia camisa, y con la tela, creó un torniquete improvisado en su brazo derecho, que tenía una grande herida cerca del hombro. Le tenía que agradecer a Giotto el haberle enseñado hacer eso — Parecía como si la daga hubiera salido de debajo de su manga. Una vez que una daga sale de ahí, es cuando se empieza a multiplicar.

Su mente empezó a pensar en miles de posibilidades. Si algo caracterizaba a G, era la rapidez en su pensamiento. Y, en definitiva, esa no iba a ser la excepción.

¿Podría ser que…?

— Cozzato. ¿Qué tanta energía todavía te queda?


El líder de los Lontanni sintió como la tierra se movía debajo de sus pies.

Pensando que era de nuevo el extraño poder de gravedad del otro chico, se preparó para volver a lanzar un ataque, sin embargo, algo totalmente diferente sucedió.

Del suelo, trozos de tierra se elevaron. Debajo de él, una parte se desprendió, haciéndolo tener que brincar para volver a regresar a tierra firme. El suelo siguió temblando, y el hombre vio como de pronto se encontraba rodeado de trozos de roca que parecían estar flotando a su alrededor. Segundos después, pudo ver como una figura se movía entre ellos, y-

Apenas si pudo esquivar un disparo directo de las llamas rojas que destrozaron parte del suelo a sus pies. Como acto reflejo, lanzó una ola de dagas hacia esa dirección. Parte de ellas se incrustaron en las rocas que flotaban, pero la figura se movió lo suficientemente rápido como para ocultarse detrás de otra.

Luego otro disparo.

— ¡Ja! — Matteo Lontanni retrocedió con una sonrisa de burla — ¿Quieres utilizarlas como escudo? ¡Tonterías, igual puedo darte; tus pies tienen que tocar el suelo! — y sin perder tiempo, hizo aparecer un círculo de dagas a su alrededor que no tardó en lanzar hacia los puntos ciegos de aquella improvisada barrera de tierra y piedra: hacia el suelo, hacia el espacio entre ellos.

Los trozos se movieron, temblaron, y parecieron cambiar de posición. Matteo observó lo que sucedía con cierto nerviosismo, y en eso…

— ¿Es necesario tocar el suelo? ¿De verdad?

Apenas fue capaz de esquivar el siguiente disparo que, en vez de destrozar el suelo, se expandió como un incendio por todo el pasto, quemando y erosionando. Pero era imposible; el ataque venía de-

— ¿Qué sucede? — escuchó la misma voz antes de que, desde atrás, otro torrente de llamas estuviera a punto de darle en un brazo.

Rodó por el suelo y miró hacia arriba.

Ahí, encima de uno de los trozos de tierra que flotaba, G le apuntaba con su pistola.

El hombre no tardó en reaccionar, y al mismo tiempo en el que G disparaba con llamas más diluidas para volver a quemar los alrededores, él hizo aparecer una serie de dagas que contrarrestaron el ataque. Llamas contra llamas.

Matteo hizo que unas cuantas dagas que todavía quedaban se multiplicaran y se dirigieran hacia G, quien se dejó caer de donde estaba justo en el momento en que todos los demás trozos empezaron a temblar y a moverse. Unos bajaron, otros subieron.

Su gravedad cambiaba.

"¿Estás seguro? No puedo lanzarlos contra él o algo por estilo. Lo único que puedo hacer es cambiar su gravedad para que sean más ligeros o pesados."

"Eso es suficiente. ¿Puedes hacerlo constantemente?"

"¿Eh?"

G cayó justo encima de otra roca y volvió a disparar. Su intención era darle en el brazo a su enemigo, destruir la ropa para saber qué era lo que escondía entre su manga.

Por supuesto, no era tan fácil. Habiendo entendido lo que sucedía, el líder de los Lontanni no tardó en crear más de sus armas y dirigirlas no sólo en donde G estaba, sino en toda el área cercana a él. G brincó de un trozo de tierra a otro cuando éstos volvieron a temblar y a moverse.

Así parecía ser una batalla de desgaste y velocidad. Cozzato tenía que mantener en constante cambio la tierra, mientras que G tenía que moverse lo suficientemente rápido para seguir en aquel ring improvisado. Y así era: G disparaba, y Matteo lograba esquivar mientras lanzaba su propio ataque.

Las llamas rojas cubrieron toda la zona mientras sonidos de disparos y de roca resquebrajándose se escuchaban. La noche se llenó de rojo y purpura.

— ¡Cozzato, ahora! — G gritó.

Matteo sintió como la gravedad en la zona en donde estaba aumentó, y sin poder evitarlo, cayó de rodillas. Con enojo, volteó a ver más allá de los trozos de tierra que se desmoronaban para poder ver al otro chico que estaba interfiriendo, cargó sus poderes, y en ese momento-

G le disparó desde encima de él.

Sin importarle el duro impacto que tendría contra el suelo, G había saltado lo más alto que pudo desde el trozo de tierra en el que estaba, apuntó hacia el brazo de su enemigo, y disparó con llamas suaves hacia éste en el momento preciso en el que el hombre activaba su habilidad.

Las llamas rojas destruyeron la tela y hubieran quemado parte de la muñeca sino fuera porque las llamas purpuras que rodeaban al instrumento ahí escondido, lo impidieron.

Antes de caer al suelo en un duro golpe, G lo vio: Sujeta por fuertes lazos de cuero, el líder de los Lontanni tenía una daga amarrada en su brazo, antes oculta por su ropa. De esa daga era donde salían las llamas purpura.

Era, en otras palabras, el arma original de donde las copias salían. Era la razón por la que Matteo podía hacer más dagas incluso de aquellas que lanzaba: sólo copiaba las copias, y cuando éstas se perdían, simplemente volvía a recurrir a la original, quien le permitía no sólo crear más, sino que era la fuente de poder de todo, el arma que contenía las llamas que podían hacer el efecto en cadena de la multiplicación.

Ahí estaba. Ese era el secreto. Tenían que destruir el arma original para acabar con todo.

G rodó por el suelo y vio varios objetos filosos lanzados hacía él antes de que pudiera moverse. Sino fuera porque Cozzato bajó la gravedad de una de las rocas para que lo cubriera, seguramente hubiera terminado muerto por la cantidad de dagas que habían surgido de la nada.

Lo habían hecho enojar, ¿eh?

El pedazo de roca que Cozzato utilizó para cubrirlo se resquebrajó. G intentó tomar la oportunidad para volver a apuntar, pero en ese momento, varias dagas salieron disparadas hacia él. Una de ellas, la más rápida, terminó incrustándose en su propia pistola y rompiendo parte del mecanismo que había creado para que soportara las llamas.

No, no.

G abrió los ojos con miedo y volvió a retroceder, esquivando la ola de ataques.

Matteo ya no sonreía. Lo miraba con clara intención asesina.

— No sirve de nada que sepas el secreto sino tienes como disparar, ¿no es así?

Su pistola. Con esa parte tan fundamental en estado, G sólo tenía chance de disparar un solo disparo concentrado antes de que…

Matteo se acercó y volvió a invocar docenas de dagas que fueron lanzadas a él de forma automática. G cerró los ojos en acto reflejo.

Entonces, la tierra volvió a temblar.

Todas las rocas que flotaban se derrumbaron al mismo tiempo, alzando una gran capa de polvo que dejó a ambos contrincantes sin poder ver durante unos segundos.

— G, aléjate lo más que puedas — G volteó hacia la derecha, viendo como Cozzato se colocaba enfrente suyo. G se estremeció al reconocer la misma aura y mirada de Giotto cuando estaba lleno de determinación — Busca algo firme con lo que agárrate, y no te sueltes de él.

— ¿Cozzato? Aunque intentes destruir el arma con tu gravedad, él puede crear más copias y atacarte antes de que sea posible. No-

— Nadie dijo que iba a intentar destruirla yo — Cozzato le mencionó — Confío en que puedas apuntar bien incluso desde una larga distancia. Yo me encargo de que todas las dagas que surjan. Tu rompe la original.


Elena se dejó caer al suelo. A su alrededor, había varios hombres inconscientes. Al menos, ahora estaban a salvo.

— Me he quedado sin balas, así que más te vale que tu tengas algunas guardadas — Elena dijo.

— Todavía tengo unas cuantas — Guido comentó — Aunque espero no necesitarlas.

Él había colocado todas las armas en un saco que, a decir verdad, lucía demasiado pesado a los ojos de Elena. ¿Cómo se iba a mover con eso?

— Personas de mi familia vendrán a ayudarme a cierta distancia del bosque, y-

— No me estarás diciendo que te acompañe hasta allá, ¿verdad?

— ¿Realmente quieres dejarme?

Elena lo miró con el ceño fruncido. Guido le sonrió. Ambos sabían que era demasiado curiosa como para dejarlo así.


Matteo tosió e intentó enfocar a su alrededor. Aunque el polvo era denso, pudo ver como una figura corría y se alejaba de él. Con enojo, apuntó hacia esa dirección, y justo en ese momento, el polvo de pronto empezó a moverse de una manera extraña. El aire se iba convirtiendo en una ráfaga de viento que iba en una sola dirección.

Una distracción. Matteo no tenía tiempo para eso; tenía que acabar con Giovanni. Podía reconocer que era él quien se había movido; las llamas plasmadas en su rostro eran inconfundibles. Lo iba a matar antes de que lo que sea que estaba haciendo que la atmosfera cambiara estuviera terminado.

Matteo cargó una gran cantidad de llamas. El aire empezaba a ser más fuerte. Con frustración, creó una gran cantidad de dagas y las lanzó hacia su izquierda. No importaba si no eran muchas; las podía duplicar aun estando en el aire y-

Ahogó un grito.

Como pudo, se agarró de los trozos de estatua y piedra que quedaban alrededor. Sus armas empezaron volar en dirección contraria, sin importar cuanta energía gastara en que siguieran para adelante. Sin importar lo mucho que se multiplicaban. Algo las estaba jalando, no. Se las estaba tragando. Sin entender que pasaba, volteó hacia su derecha.

Ahí, lo vio: era una especie de agujero negro.

Cozzato tenía sus brazos levantados, y por encima de ellos, estaba lo que parecía ser una especie de torbellino que empezaba a tragarse todo. Entre más tiempo pasaba, más fuerza tenía, y empezaba a atraer más las cosas.

Cozzato sentía que su corazón latía demasiado rápido. Con pequeños intentos que había hecho por su cuenta, había logrado poder controlar de alguna manera ese torbellino que tragaba todo y hacerlo de una determinada potencia para que no fuera tan letal. Él se mantenía fuera del peligro aumentado la gravedad sobre sí mismo mientras que juntaba fuerza en un punto en específico que no tardaba en transformarse en un agujero que empezaba a absorber todo. Ahora, era sólo una especie de hoyo que succionaba pequeñas cosas y arrastraba a las grandes; sin embargo, el tiempo en el que podía controlarlo y mantenerlo así era poco.

Aunque poco, servía para detener el constante ataque del líder de los Lontanni y, en medio de esa fuerza, darle a G la oportunidad que necesitaba.

— ¡G!

Matteo volteó hacía su izquierda. Desde ahí, también siendo jalando ya hacia el torbellino, G le apuntó con un arma.

Una oportunidad. Sólo había una oportunidad.

Aunque Matteo hubiera querido moverse, el estar tan cerca de ese extraño agujero le impedía hacer algo más que intentar aferrarse al suelo con todo lo que tenía. Así, fue fácil para G enfocar y disparar.

Su pistola se rompió en sus manos, pero el disparo logró salir. Tan concentrado y directo como si de una flecha se tratara, directo hacia la muñeca del enemigo.

La daga que Matteo tenía sujeta en su brazo se resquebrajó y luego se rompió a la mitad.

En ese momento, antes de perder el control, Cozzato deshizo de golpe toda la gravedad que había juntado en el punto en donde el agujero se había creado.

La fuerza desapareció, y todos cayeron al suelo.


La pared a unos metros de distancia se rompió por completo. Los trozos de piedra salieron por todos lados, y el polvo del ahora destrozado lugar hacía difícil ver.

Parecía que estaban jugando al gato y al ratón, Giotto pensó. Era algo ridículo. El propio Rinaldo no se estaba tomando enserio la batalla. Ya no más.

Giotto se tambaleó. Las cosas no estaban bien.

"Concéntrate," se dijo a sí mismo. "Concéntrate. Busca el momento adecuado."

Rinaldo se acercó a él con calma, mientras Giotto intentaba controlar su agitada respiración.

— Si pides disculpas por hacer todo esto, tal vez considere perdonarte — Rinaldo comentó — Podrías ser una buena adquisición a la familia. Además-

Un segundo después, la energía en el aire pareció cambiar. Afuera se escuchó como si varias cosas se estuviesen rompiendo mientras gritos hacían coro. Giotto conocía esa sensación. Era…

Cozzato.

Rinaldo también reaccionó con eso. La sonrisa que tenía se borró, y en cambio, una expresión gélida se plasmó en su lugar. El hombre cargó el mangual y lo lanzó en su contra. Giotto apenas lo esquivó para que, instantes después, el arma se iluminara con su característico resplandor verde: El ataque de los rayos como si fueran lanzas. Giotto se enfocó para intentar predecir la dirección que tomarían; sin embargo, la llama se comportó de forma distinta esta vez.

En vez de lanzar unos cuantos y solidificados rayos, se disolvió y se expandió por todo el pasillo. Por un momento, todo fue verde y eléctrico. Giotto abrió los ojos, viendo como estaba rodeado. Y segundos después, los rayos hicieron su trabajo.

Rinaldo había electrificado el largo pasillo, y sin salida, todos los rayos fueron dirigidos hacia Giotto.

El cuerpo de Giotto tembló. Su mente estuvo en blanco por unos segundos. Cayó al suelo. La llama en su cabeza empezó a hacerse más pequeña, a disminuir y a dejar de brillar tanto.

— ¿Problemas? — Camillo, quien había estado observando todo a una distancia prudente, se acercó. Lo hacía con cautela, pues todavía quedaban rastros de llamas por el lugar, y uno que otro pequeño rayo todavía surgía del suelo y las paredes.

— Matteo está afuera. Y esa sensación que acaba de surgir no me gusta nada — Rinaldo comentó con el ceño fruncido. Miró de reojo a Giotto, inmóvil en el suelo. Su llama débil y a punto de extinguirse — Matemos a este y vayamos a ayudarle.

Camillo sonrió, viendo como su jefe se acercaba al débil adolescente. Le hubiera gustado que sufriera un poco más, pero parecía que los necesitaban para terminar con otros indeseados invitados.

Rinaldo cargó con llamas el mangual. Camillo entendió que quería acabar con un golpe.

El chico estaba perdido.

Rinaldo atacó con el mangual, y en ese momento, el aire alrededor se hizo frío como el hielo.

Hielo. Eso fue lo que pasó.

Giotto detuvo el ataque del mangual con una de sus manos, e instantes después, el arma empezó a congelarse a una velocidad impresionante. Rinaldo la soltó y retrocedió a tiempo de que el hielo se expandiera hasta él no sólo por su arma sino por el propio suelo.

El pasillo entero se empezó a cubrir de hielo tan rápido que el líder de los Reale tuvo que brincar hacia atrás para evitar que éste apresara sus piernas. En ese movimiento en el que pudo ver de dónde provenía: el chico tenía una de sus manos en el piso, y el hielo se formaba desde ahí. La llama en su cabeza seguía en ese constante parpadear, pero ahora entendía que eso no era debilidad: Era más bien la señal de que el hielo iba a aparecer.

No pudo evitar reír. El niño los había engañado por completo.

— ¡¿Qué demonios?! ¡No puedo moverme, como-

Camillo había quedado atrapado en medio del ataque: sus piernas congeladas. Y antes de que si quiera pudiera voltear, sintió una presencia al lado suyo. Enojado, quiso utilizar sus llamas para atacar, pero su puño fue detenido.

Giotto lo miró unos segundos antes de volver a utilizar su técnica. Cuando la gente utilizaba las llamas, era más fácil hacerla, pues era como si robara la propia energía de ellas. Era por lo que había logrado cubrir el pasillo de hielo tan rápido; había aprovechado los remanentes de la llama que el propio Rinaldo había utilizado para atacar.

— No, no. Mi anillo, él, ¡lo conge-

Giotto retrocedió, esquivando un fuerte golpe que iba dirigido hacia él, y que, por mala suerte de Camillo, terminó impactando directo en su cara, dejándolo inconsciente al momento.

Sin inmutarse, el líder de los Reale volteó a ver a Giotto con curiosidad y…

¿Emoción?

— Todavía tenías escondido un buen truco — Rinaldo dijo con una media sonrisa — ¿Acaso te dejaste golpear tanto por esto?

— Necesitaba una buena oportunidad para quitarte las ventajas que tenías — el propio Rinaldo le había dado a Giotto la oportunidad perfecta de actuar al envolver el recinto de llamas y atacar de forma tan directa con su arma. Aunque ciertamente, a Giotto le hubiera gustado estar menos herido.

Sin su arma, Rinaldo ahora sólo contaba con la activación y fortaleza que la llama amarrilla le daba. Y aunque eso todavía lo hacía un enemigo formidable, el pelear sólo con los puños era algo en lo que Giotto tenía experiencia. Su entrenamiento con Cozzato se había basado en eso. Incluso si a Giotto le dolía todo su cuerpo, todavía podía seguir. La energía venía de la voluntad; y voluntad era lo que le sobraba.

Rinaldo avanzó hacía él, y Giotto hizo lo mismo. Ambos con llamas en las manos.

Una llama en contra de otra.

En ese momento, volvieron a estar como en el principio: uno atacaba, el otro esquivaba y arremetía. Rinaldo fue el primero en lanzarse en contra de él, lanzando un puñetazo que, al ser esquivado, se convirtió en una patada. Giotto se movió hacia la derecha y brincó, ganado velocidad con ello; juntó sus manos y golpeó hacia adelante. Rinaldo esquivó, y el golpe impactó en contra del suelo congelado, pero el hielo no recibió un rasguño.

¿Qué clase de hielo era ese? No podía ser que estuviera igual con los golpes que estaba recibiendo de ellos.

Distrayéndose con ese hecho, Rinaldo no pudo reaccionar a tiempo al siguiente movimiento de Giotto que, todavía estando en al aire, había dado una media vuelta para darle una patada. El jefe de los Reale recibió el golpe de lleno y retrocedió por el impacto. Lo miró con furia, cargó sus llamas en sus manos, y corrió hacía él.

Muy tarde, vio como la llama en la frente de Giotto había empezado a parpadear. Lo que significaba-

Cuando su puño fue detenido por un par de manos que temblaron, pero no lo soltaron, supo que había cometido un grave error.

El hielo cubrió su puño y empezó avanzar por su brazo. Con miedo, Rinaldo pateó con fuerza a Giotto en el estomagó, lanzándolo hacia atrás, y obligándolo a soltarlo.

La mitad de su brazo había sido congelado. Rinaldo intentó utilizar sus llamas para destrozar el hielo, pero no importara cuanto lo intentara, éste seguía igual. Tenía que ser una broma; si las llamas no podían destruir esa cosa, entonces-

No pudo esquivar el siguiente golpe de Giotto, que, al igual que el propio golpe que Rinaldo le había dado Camillo, terminó dándole directo en la cara y lo mandó a estrellarse en contra de la pared.

Los papeles se habían invertido. El ritmo de la batalla había cambiado por completo.

Giotto volvió a arremeter, y Rinaldo esquivó el ataque. Aprovechando la cercanía, intentó dar media vuelta y darle una patada en el estómago. Anticipando su movimiento, Giotto colocó sus manos enfrente de su cuerpo para bloquearlo.

Rinaldo terminó gritando de dolor.

Más que lastimar a su enemigo, Rinaldo sintió que se había lastimado a sí mismo. Como si su pierna hubiera impactado contra algo duro y resistente, como…

Como el hielo que los rodeaba.

Volteó, y ahí lo vio. Aprovechando que todavía seguía utilizando el modo negativo (así había llamado al estado en el que era capaz de utilizar el hielo), Giotto había congelado parte de sus propias llamas en sus manos, creando una especie de armadura de hielo en la parte opuesta a su palma.

Era como ver la mitad de unos guantes hechos de hielo.

— Con esto — Giotto mencionó — Me parece que finalmente estamos en condiciones iguales.


— ¿Se puede saber qué demonios están haciendo los demás? ¿Acabo de ver como un agujero empezaba succionar todo? Y se supone que estamos lejos, como-

— No tengo repuestas, Guido. ¡No tengo respuestas! — Elena le gritó.

Después lograr salir por el lado contrario del castillo a donde las batallabas se estaban desarrollando, Elena y Guido no habían dejado de escuchar estruendo tras estruendo. De pronto el suelo tembló, y apareció esa especie de torbellino. Y luego la atmosfera se había vuelto increíblemente fría y el aire tan denso que incluso resultaba difícil respirar.

Elena y Guido no habían sido los únicos en salir. Temerosos por los combates que se llevaban a cabo, varios subordinados igual habían huido. Aunque algunos todavía se mantenían leales.

Entre ellos, estaba aquel grupo que los había estado siguiendo durante una larga distancia ya. Cansada de eso, Elena se detuvo y volteó hacia ellos. Podía ver la silueta del líder del pequeño grupo; él gritaba y se acercaba a donde estaban con paso veloz. La chica frunció el ceño y se puso en posición defensiva. Necesitaba noquearlo rápido, o podría avisarle a los demás, y-

Guido la tomó del hombro, llamando su atención, y negó con la cabeza. Su mirada le pedía no moverse y confiar en él. Elena asintió y retrocedió unos pasos.

Guido suspiró. Se concentró, y después sus ojos se iluminaron con un brillo índigo, y de sus manos, una especie de niebla se formó. Elena lo miró con curiosidad y luego miró al hombre cerca, quien parpadeó unos instantes como si quisiera enfocar algo, y aunque estaba a poca distancia de ellos, simplemente pasó de largo sin voltearlos a ver.

— ¡No hay nadie por aquí! — le gritó a sus compañeros mientras corría hacia ellos — ¡Busquen de regreso; tienen que estar cerca!

Ahí, Elena entendió.

— Tu… tienes una llama — ella comentó con asombro — Y no cualquiera es… es esa llama mental.

Giotto y G le habían comentado de ella. Permitía que el usuario interfiriera de alguna manera con los sentidos de los demás, con su propia mente. Cuando Elena lo escuchó, aunque al principio le había parecido algo fantasioso (incluso para los estándares de las llamas), terminó por resultarle algo increíble. Era una llama con miles de utilidades, única a su manera.

Y Guido la tenía.

— Es muy débil. No la había ocupado hasta ahora por eso — Guido dijo, sintiendo como su cabeza empezaba a doler — La señorita Sepira dice que hay personas en esta época que serían capaces de crear una pesadilla viviente si quisieran. En comparación con ellos, yo no soy nadie. De hecho, ni siquiera debería ser capaz de usarla. Sólo lo puedo hacer porque ella liberó las ondas en mi cuerpo.

— ¿Liberar las… ondas?

Antes de que Guido respondiera, un gran estruendo proveniente del castillo que habían dejado los hizo voltear a ambos. El polvo se elevaba a los cielos rápidamente, y los gritos de la gente cerca se escucharon.

Elena volteó a ver a Guido. Y él sólo le sonrió antes de asentir.

— Ve. Diles a los demás lo que te dije. Y no te preocupes, estoy seguro de que nos volveremos a ver. Mencioné que la Señorita Sepira les tenía fe, ¿no? Los va a buscar cuando llegue el momento.

Elena frunció ligeramente el ceño. Para ella hubiera sido mejor ver a la Señorita Sepira de una vez. Suspiró, miró hacia adelante, y antes de correr, le gritó a Guido un "¡Más te vale, o ni esa llama te salvará de mi ira!"

Mientras la veía desvanecerse en la noche, Guido rio.

— Parecen personas interesantes — Guido volteó atrás, y ahí, a unos metros de distancia, recargada en un árbol, su hermana miraba el camino que había tomado Elena con curiosidad — Hacer todo eso siendo tan pocos.

— ¿Qué haces aquí? Creí que nos veríamos más adelante.

— Ese era el plan — una voz suave los interrumpió — Pero me temo que no aguanté y tuve que venir para ver este gran final.

— ¡¿S-señorita Sepira?!

Sepira sonrió mientras, sin inmutarse, dejaba cerca un par de cuerpos inconscientes. Parte de los hombres que habían intentado escapar. Hubiera deseado saludar a Elena, pero ella no se hubiera ido si lo hacía, lo que significaba que no se enteraría de cosas importantes. Y Sepira no podía permitir eso.

— Sus caminos se están conectando cada vez más. El futuro se acerca — Sepira comentó. Nicoletta, a su lado, ladeó la cabeza.

— ¿Los demás miembros? — aunque no entendía bien porque Sepira estaba haciendo todo eso o exactamente a quienes estaba esperando, Nicoletta entendía que ella veía algo mucho más grande que ellos. Sepira veía una posibilidad lejana y que necesitaba de varias condiciones para lograrse. Algo que dependía en que cierto grupo de personas se conociera.

— Si todo sigue su curso, dos de ellos pronto verán su camino fuertemente interrumpido. Y la desviación los tendrá más cerca — Sepira respondió — Por ahora, la base ya está creada — Y sonrió — La almeja ya descubrió su fortaleza y ha elegido utilizarla.


La física en KHR funciona de una manera curiosa. Un agujero negro, aunque pequeño, se hubiera tragado varias cosas al instante, pero se nos muestra con una fuerza increíblemente menor que uno real. Así que, más que uno real, lo más posible es que sea algo parecido, adaptado a los poderes de la persona que los usa: de ahí que sea posible crear uno sin destruir a medio mundo en el intento y sólo absorber a las cosas más cercanas.