Advertencia: Batalla y violencia en las primeras partes.

Capítulo XXXI:

Questi sono i Vongola.

(Estos son los Vongola. Parte III)

Piero miró una última vez hacia el reloj en la pared. A decir verdad, no era que necesitara checar la hora; con el bullicio que se escuchaba afuera (y eso que estaba bastante alejado de donde todo estaba pasando), era suficiente.

"Necesitamos pedirle un favor," Giotto le había dicho. "Perdone que lo sigamos metiendo en estos problemas."

Piero inhaló, tomó uno de sus abrigos, y fue a paso presuroso hacia las escaleras principales.

— ¡No irás! — un pequeño grito se escuchó, y en ese momento, Piero sintió como alguien lo tomaba fuerte de las piernas.

— ¡Lampo!

Lampo había agarrado con fuerza las piernas de su padre y lo miraba con pequeñas lágrimas en sus ojos. Aunque estaba temblando, su expresión reflejaba una particular resolución infantil.

— ¡Es peligroso!

— ¡Señor! — la tutora del niño corrió hacia ellos, y a base de negociar durante unos minutos, logró que el menor soltara a su padre y la abrazara con fuerza, escondiendo su cara entre sus hombros. Piero sintió que una parte de él dolía al notar que Lampo estaba llorando. La mujer cargó al niño entre sus brazos y luego miró a Piero — Él también está muy preocupado por todo lo que está pasando — explicó — Ha estado viendo a Giotto y G entrar y salir llenos de heridas y raspones durante los últimos seis meses. Y ahora usted tiene esa expresión nerviosa y lúgubre, y está saliendo por la noche justo cuando por las calles se escucha que hay una batalla a las afueras de la ciudad. No lo puede culpar por conectar todo y sentir temor.

Piero se mordió el labio y bajó la cabeza. Intentar ocultar las cosas a Beatrice era inútil; ella había estado con ellos desde que había encontrado a Giotto y G luego de aquel funesto accidente. Ella había estado cuando los mafiosos atacaron en la casa durante la noche de la ópera. (Y había recibido un fuerte golpe intentado proteger al pequeño). Ella sabía lo que pasaba y, aun así, había decidido quedarse.

— Me encargaron hacer algo. Y no puedo llevar a Lampo conmigo; es demasiado peligroso.

— No es como si estemos más seguros aquí teniendo en cuenta que esos sujetos pueden escapar y desquitarse con nosotros, ¿no cree? — Piero la miró con evidente miedo en los ojos, y Beatrice no pudo evitar soltar un suspiro que por poco llegaba a una risa — Bajo ese supuesto, déjenos acompañarle. Yo lo cuidaré, se lo prometo.


El ataque falló su objetivo y terminó golpeando en la pared. Aún con eso, el hielo siguió ahí. Lo único que había logrado del golpe fue que pequeños cristales, casi del tamaño de una mota de polvo, se desprendieran. ¿Qué clase de maldito hielo era como para aguantar eso? Rinaldo había esperado, aunque sea, que el hielo se rompiera a base de puros impactos. Pero no estaba funcionando.

Aprovechando que estaba en una posición baja, Rinaldo lanzó una patada. Por poco grita de pura frustración cuando su ataque fue detenido. Sin la capacidad de utilizar sus dos llamas al máximo, estaba siendo vencido.

Antes de que pudiera moverse y hacer el siguiente golpe que tenía planeado, algo en la mente de Giotto le gritó peligro. Reaccionando a tiempo, soltó a su oponente y retrocedió, poniendo sus manos enfrente de él para utilizar la capa de hielo que había puesto sobre ellas como escudo.

Una serie de disparos retumbó por el lugar, y las balas rebotaron en el hielo, logrando resquebrajarlo. Era de esperarse, Giotto pensó. No había utilizado toda la energía necesaria cuando lo creó, y era débil en comparación con el hielo que había utilizado en Rinaldo.

Giotto alzó la vista y vio como Rinaldo corría mientras unos pocos hombres lo cubrían. Subordinados. Todavía quedaban algunos. Giotto corrió hacia ellos. Aunque débil, parte de la velocidad que todavía mantenía era suficiente para vencer a esos hombres.


— ¿Escuchaste eso?

— Es una broma, ¿verdad? — Cozzato se puso de rodillas y se llevó sus manos hacia la cabeza. Estaba de vuelta en la normalidad; la energía que había ocupado había sido demasiada como para seguir utilizando el modo hyper. Sentía que todo su cuerpo dolía a horrores.

— Vamos — G lo ayudó a levantarse. Cerca, Matteo se encontraba inconsciente debido al duro golpe que había recibido en su cabeza cuando cayó debido a que Cozzato había anulado aquel extraño agujero que succionaba todo. No iba a estar mucho tiempo así, G estaba seguro, pero al menos habían logrado amarrarle las manos con una improvisada cuerda hecha de su propia ropa — Giotto está ahí dentro, y nos necesita.


Mientras más tiempo pasaba, la gente empezaba a estar más curiosa que temerosa. En ese momento, varias personas incluso se habían atrevido a caminar hacia el castillo para ver qué era lo que sucedía. Aquellos que habían estado más alejados, tomaban el lugar de los otros y también se acercaban. La multitud se movía.

El plan entraba a su última fase.


La batalla continuó hasta llegar a una de las salas principales. Era enorme, seguramente se utilizaba para hospedar fiestas y bailes.

Rinaldo había corrido hasta ahí y luego, haciendo lujo de su habilidad para engañar, simplemente lo había dejado arrinconado mientras se daba la vuelta y lo dejaba a merced de los hombres que todavía quedaban y que habían corrido a su lado luego de que Giotto noqueara a los primeros dos que le habían disparado.

No eran muchos. Doce. Pero en el estado de Giotto, esos doce podrían significar el perder el rastro a Rinaldo.

Giotto esquivó un ataque, pero antes de que pudiera contratacar, alguien más golpeó al hombre en la cabeza con…

¿Un trozo de leña?

— Ahora entiendes lo confundido que me sentí hace años cuando noqueaste a Marco con una pala.

— ¡G!

G no pudo devolverle el saludo como hubiera querido, pues otra persona cerca de él casi lo golpea. Esquivó, y utilizando su propio cuerpo, golpeó al hombre con uno de sus hombros en el pecho, haciéndolo caer.

— ¿Debería de preocuparme lo que acaba de pasar?

— ¡Concéntrate en los que tienes enfrente! — G le contestó a Cozzato, quien estaba a unos metros de distancia, igual esquivando ataques. Ellos se estaban llevando la tarea de dejarle a Giotto el camino libre — ¡Ve! ¡No dejes que se escape! — G le gritó a Giotto mientras retrocedía y esquivaba otro golpe.

Giotto sólo pudo asentir, agradeciendo con ese simple gesto a sus amigos.

Salió de la sala de baile y cerró los ojos. Si se concentraba, podía hacer que su intuición le dijera donde estaba Rinaldo.

En medio del caos y los golpes, logró percibir una serie de pisadas ajetreadas. Una respiración que luchaba por seguir. Giotto volteó hacia la izquierda. Parecía que ese pasillo iba hacia la parte trasera del castillo. Ahí.

Cargando las llamas en sus manos como al principio, Giotto se impulsó, logrando de esa forma ganar terreno rápidamente. Cuando Rinaldo estuvo a unos metros de él, cambió de posición y concentró sus fuerzas en su pierna, que golpeó directamente con la de su enemigo. Rinaldo gritó cuando un crac sonó luego del impacto, y él caía sin poder evitarlo hacia el suelo.

— Esto es suficiente. Han sido vencidos, deje-

Giotto no pudo terminar de hablar, pues de una de las manos de Rinaldo (la que todavía estaba libre del hielo), un gran y solidificado relámpago salió, directamente del anillo todavía en función (se había olvidado de congelarlo, ¿cómo pudo pasar algo así?).

El rayo fue tan repentino que Giotto sólo pudo moverse un poco a la derecha. Aun así, sintió como éste pasaba cerca de su cuello y como cortaba. De forma automática se llevó las manos a la herida.

Sangraba.

Aún con la pierna lastimada, Rinaldo aprovechó la situación y corrió.

Giotto sentía como la sangre empezaba a fluir, y el pánico se apoderó de él. Una herida en el cuello era demasiado peligrosa; podría desangrase rápidamente, necesitaba-

Entonces, recordó otro de los momentos sucedidos en el accidente de la ópera.

"Cuando lo tocó. También cerró la herida."

Su llama era como la de la Señorita Sepira, lo que significaba...

Por supuesto, su llama era como el fuego real. ¿No lo había ya descubierto desde antes?

Sin pensarlo, Giotto canalizó una pequeña parte de sus llamas en sus manos, que aún tocaban la herida en un intento de hacer presión. El sentimiento de que algo ardía y que su piel se quemaba lo hizo soltar un pequeño grito. Lo hizo tener ganas de llorar.

Tembloroso, Giotto alejó sus manos de su cuello segundos después. Estaban con rastros de sangre, pero la llama había cumplido su función: La herida se había cauterizado y cerrado al instante.

El sonido de algo rompiéndose lo hizo volver a concentrarse. En la distancia, Rinaldo había destrozado parte de la pared del castillo (por supuesto, ¿por qué arriesgarse a seguir corriendo entre ese enorme recinto cuando podía hacerse una propia salida por sí mismo?), y con ello, se podía ver el camino ahora libre del bosque y, también…

Podía escuchar voces de gente.

Rinaldo había escogido la parte trasera del castillo porque era el camino más rápido hacia la ciudad y la oportunidad de escapar desde ahí. Ya no tenía intención de luchar.

Giotto intentó moverse. Notándolo, Rinaldo hizo que la llama verde que todavía podía usar se expandiera no sólo en un punto especifico, sino que rodeara las paredes exteriores del castillo. De aquel agujero en donde había salido, sólo quedaba el aura electrizante de relámpagos. Después, se dio la vuelta e intentó correr hacia la dirección contraria. Su paso era demasiado lento debido a su pierna herida.

Giotto intentó golpear y destruir parte de la pared para así evitar un contacto directo con los relámpagos en el agujero que había hecho su enemigo, que chisporroteaban a cada segundo con intensidad. Cuando lo intentó, terminó gritando de dolor.

La pared estaba más resistente.

¿Acaso aquella llama también tenía esa propiedad? ¿Solidificar las cosas o algo así?

Con ansiedad, Giotto intentó golpear otra parte, obteniendo el mismo resultado. Y otra, y otra. En una incluso estuvo demasiado cerca de la fuente de los relámpagos y terminó sintiendo como éstos lo recorrían.

Esto no podía estar pasando.

No podía darse la vuelta y correr hasta la verdadera salida. Estaba muy lejos, y para ese momento, Rinaldo ya estaría fuera de su vista. Tenía que intentar utilizar el mismo camino que él si quería tener una mínima oportunidad de alcanzarlo.

Giotto se llevó las manos hacia su cabeza e inconscientemente se puso de rodillas mientras su respiración se volvía más agitada. Piensa, piensa. El plan tenía que seguir.

Entonces, recordó.

Ya había enfrentado a alguien con llamas verdes. No del calibre de Rinaldo, pero ya lo había hecho. Fue antes de su segundo encuentro con Camillo. Había un hombre que disparaba llamas verdes, y él las había disipado con las suyas.

Aquel accidente de la ópera le dejó muchas lecciones que ahora estaba aplicando.

Giotto se concentró y sintió cuanta energía le quedaba. No era mucha, pero la suficiente para intentar algo.

Tambaleante, se paró. Se acercó hacia la pared que estaba rodeada de aquellas llamas verdes. Inhaló, exhaló. En una de sus manos, empezó a concentrar casi toda la energía que le quedaba.

Tenía que ser en un solo punto. La energía no podía ir más allá o dispersarse hacia adelante, o sino terminaría hiriendo a las personas que estaban cerca. Tenía que ser un solo ataque concentrado.

En su mano, pareció como si un resplandor naranja se creara; más intenso a cada segundo. Trató de apoyarse bien en el suelo, se colocó en la posición adecuada, y cuando la energía estuvo concentrada, se movió.

Liberó todo en un solo golpe.


A las personas les pareció que la tierra volvía a temblar.

Desde la distancia en la que estaban, pudieron verlo con claridad: Un gran resplandor naranja que surgió de un punto, como una especie de estrella. El resplandor duró unos segundos antes de expandirse por los costados en una especie de camino que hizo que el sonido de miles de cosas rompiéndose hiciera eco en los alrededores.

Las paredes exteriores del primer piso del castillo fueron destrozadas, llevándose consigo el sonido de relámpagos que fueron extinguidos por una fuerza desconocida. Sin algo en lo que recargarse, el castillo se empezó a derrumbar en una larga zona.

El polvo voló. Los escombros cayeron.

Rinaldo detuvo su andar, y al igual que todos los demás, volteó a ver lo que pasaba con asombro, y en su caso, tal vez un poco de miedo.

Aún entre la capa de tierra y polvo, una figura se pudo observar. Amorfa al principio, y luego reconocible.

Un chico.

Estaba de pie. Su respiración era agitada. Sus brazos temblaban; uno en especial lo tenía con hilos de sangre escurriéndose por él. Había una llama en su cabeza, que brillaba y parpadeaba de forma intermitente. Su mirada estaba hacia el suelo, en donde los restos de escombros lo hacían parecer elevarse.

— Es imposible — Rinaldo susurró — Eres sólo un niño. ¡Eres sólo un niño, maldita sea!

En ese momento, el joven alzó la vista. Aún a la distancia, sus ojos naranjas tal y como la llama que brillaba en su cabeza, hicieron que las personas sintieran un escalofrío recórrelos.

— Entonces… — el chico dijo. Sus palabras audibles debido al silencio inquietante que siguió del ataque — Ten valor y enfrenta a este niño sin huir.

Con la última energía que le quedaba, Giotto utilizó las llamas para propulsarse hacia adelante. Sin poder moverse a una velocidad igual, lo único que Rinaldo pudo hacer fue bloquear el golpe que iba hacia él con la mano que tenía libre.

El brazo de Giotto tembló, pero su mirada demostraba fiereza.

— Eres una molestia — Rinaldo le dijo.

— Viniendo de ustedes, es un halago.

La gente contuvo el aliento. El chico se tambaleó. Su cabeza le daba vueltas. En esos escasos segundos, Rinaldo tomó tierra del suelo y se la lanzó a Giotto a los ojos.

Giotto contuvo una exclamación e intentó quitarse el polvo de la vista mientras escuchaba los pasos de Rinaldo alejarse.

— ¡Cobarde! — Giotto gritó — ¡Vuelve aquí!

Le estaba costando trabajo moverse. Había utilizado casi toda su energía en el último ataque, y sentía como poco a poco el hyper mode se desvanecía.

En un último movimiento desesperado, Rinaldo volvió a cargar llamas verdes en su mano. Giotto, recuperando parte de su visión, se puso en posición defensiva, pero pronto descubrió que la amenaza no iba dirigida a él.

Rinaldo le sonrió antes de lanzar el ataque hacia la gente que se había juntado para ver qué era lo que pasaba. Los rayos avanzaron hacia un pequeño grupo, en donde se podía ver como una mujer cubría a otra persona, seguramente un familiar.

Giotto no dudó, y con la poca fuerza que todavía le quedaba, se puso justo enfrente de los relámpagos, recibiendo directamente el golpe. El polvo se extendió. Las personas gritaron.

El hyper mode desapareció.

Giotto cayó hacia adelante. La pareja a quienes había protegido lo cacharon entre sus brazos antes de que golpeara con el suelo. Estaban diciendo algo, le estaban hablando, pero Giotto no podía entender.

Giotto dirigió su mirada hacia la derecha. Ahí, la figura se Rinaldo se desvanecía entre las sombras. No podía ir tras él.

Rinaldo había escapado.


— ¿Qué fue lo que pasó?

— ¿Se encuentra bien?

Gente hablando a su alrededor. Ojalá pudiera enfocarlos.

— ¡Háganme el favor de dejarlo respirar!

¿G?

— ¡¿Él hizo todo esto?!

¿Cozzato?

Giotto reaccionó. Al moverse, un fuerte dolor en todo su cuerpo lo hizo soltar una pequeña exclamación de dolor.

— ¿Estás bien?

Giotto miró hacia enfrente, encontrándose con dos rostros desconocidos que lo miraban con una mezcla de preocupación y sorpresa. Pero antes de que pudiera abrir la boca, un grito resonó.

— ¡Mi castillo! ¡¿Cómo demonios se atreven?!

La última fase había empezado; Giotto entendió eso desde el momento en que escuchó a Ignazio Giardenne casi llorar por su propiedad.

El Duque se había movido hasta allá por los mismos motivos que los demás: el castillo siendo destruido, batallas que se estaban llevando a cabo cerca. Y también, por supuesto, la ayuda de Flavio, quien fingió llorar, diciendo que podía ver fuego expandiéndose cerca. Elena le había pedido el favor de intentar sacar a su padre de la casa y hacerlo que fuera hasta allá. El niño había cumplido con su parte.

Ignazio se dio la media vuelta y camino entre escombros y gente desmayada hasta llegar cerca de alguien. Dos personas. Una se puso delante de la otra con mirada feroz.

— ¿Algún problema? — G le rugió mientras hacía que Cozzato retrocediera.

— Yo te conozco… — Ignazio comentó con tono desdeñoso — Usualmente estás junto con… con Piero. ¡Tú, mocoso acabas de destruir mi-

— ¡Que rápido es usted para inventar culpables! — G gritó. La atención de las personas ahora estaba sobre él — ¡Nosotros fuimos víctimas de esos detestables sujetos, y sólo nos defendimos!

— ¡Cierra la boca, tú-

— No estará apoyando a la mafia, ¿o sí? — G cuestionó. Ignazio volteó a ver en ese momento a la gente, quien lo miraba con miradas tan gélidas como si quisieran gritarle en ese instante. No había nadie que no conociera esa palabra.

— ¿Mafia? — Ignazio fingió sorpresa — ¿Acaso crees en aquellos rumores que dicen que una organización así existe? Pobre niño, necesitas-

— No se atreva a hablarme así — G le rugió — Había criminales. Intentaron matarnos. Y todos aquí presentes lo vieron. Mafia o no, ¡explique porque había gente de ese tipo en una propiedad suya!

— Yo… — Ignazio dudó. Las miradas fijas de las personas le estaban causando una incomodidad enorme — No sabía que estaba siendo ocupada.

— ¿En serio?

— ¡Por supuesto! ¡Yo vine aquí sin entender que pasaba!

— Si lo que dice es verdad, debería de llamar a la policía para no perder el tiempo. Hay varios hombres aquí, después de todo.

— ¡Lo voy a hacer! — Ignazio gritó. En su tono de voz, había un leve tono de nerviosismo — ¡Por supuesto que lo voy a hacer!

— Entonces no te molestaras de que me haya adelantado — se escuchó que alguien decía. En medio del bullicio, la gente se abrió paso para dejar pasar a una serie de hombres que venían detrás una persona. Cabe de decir, Ignazio casi se atraganta cuando reconoció quien era. Piero simplemente lo miró con exagerada exaltación — ¡Varios de los criminales están desmayados, aprovechen, y arréstenlos!

El grupo que lo seguía eran policías. Y aunque algunos dudaron en moverse, una mirada de enojo del terrateniente los hizo moverse. G miró a los más cercanos, asegurándose de que no intentaran ayudar a los mafiosos a escapar.

— ¡Tú!

— Querido primo — Piero fingió preocupación — ¡Qué alegría que estés bien! Apenas me enteré de lo que pasaba en tu propiedad, fui corriendo a buscar ayuda. Que estos criminales hayan utilizado tu castillo para sus fines, ¡es lamentable! Pero no te preocupes, ya que las autoridades están aquí, podrán llevárselos, y así no te volverán a molestar.

G sonrió. Le habían pedido ayuda a Piero para que movilizara a los policías hasta el castillo luego de cierto tiempo. Aunque varios estuvieran con la mafia, no podían negarse a tal requerimiento cuando alguien de alto rango lo pedía, y estaban en medio de un suceso donde había demasiada gente observando.

Piero estaba haciendo bien su papel, logrando enfrentar la mirada de desprecio de su familia legal sin inmutarse. Por su parte, Ignazio lucia atónito. Estaba consciente que, si decía algo, podrían relacionarlo directamente con la mafia, y con tantos ojos presenciando el momento, su reputación estaba de por medio.

Esa era la razón por la cual Giotto y los demás habían planeado llamar la atención. Con tantos testigos, Ignazio no podía salvar a los Reale con su posición ya que eso significaría perder su prestigio. El duque pareció entender eso, pues sólo miró a Piero con una fingida sonrisa.

— Te agradezco el haberte preocupado tanto — le dijo entre dientes — En definitiva, es mejor que se lleven a estos malhechores.


— ¡Giotto! — escuchó como una voz conocida le gritaba — ¡Giotto!

Giotto volteó hacia el enfrente, sintiendo como su corazón latía demasiado rápido. Abriéndose paso entre la gente, Paolo y María venían corriendo hacia él.

— ¡Giotto! — María lo abrazó. Parecía que estaba a punto de llorar — Sabíamos que eras tú desde que la gente empezó a cuchichear. ¡En definitiva estás loco!

— Yo-

— No puedo creer que realmente lo hayas hecho — está vez, fue Paolo quien habló. A través del abrazo que también le estaba dando, Giotto podía sentir que Paolo temblaba — Mírate, estás herido, y-

— Y realmente hiciste algo peligroso.

Giotto alzó la vista, encontrándose con Franco, quien lo veía con una expresión indescifrable. Giotto bajó la cabeza.

— Me arriesgué — admitió — Pero… Pero he logrado cumplir mi promesa. Ahora todo está bien, ¿no es así? Ahora usted podrá-

Giotto se calló al momento en el que Franco se agachó para poder verlo a los ojos, y unas cuantas lagrimas rebeldes se escurrieron por su rostro.

— Te equivocas — Franco negó con la cabeza — Lo importante es que estás bien. Las cosas materiales como la tienda se pueden reemplazar, la vida… Tu vida no se puede reemplazar — le sonrió, de forma débil pero reconfortante — ¿Qué vamos a hacer contigo, Giotto?

Antes de que Giotto pudiera responder, un inesperado visitante corrió hacía él con todas sus fuerzas y terminó por tirarlo al suelo debido a la fuerza del abrazo. Los adultos retrocedieron un poco por la sorpresa para terminar riéndose.

— ¿L-lampo? — ¿había seguido a Piero hasta ahí?

— ¡Giotto! — el niño gritó. Estaba haciéndole un puchero tan grande que Giotto no pudo evitar sonreír de forma nerviosa — ¡¿Por qué te gusta ponerte en peligro?! ¡El gran Lampo no puede estar a tu lado siempre para poder salvarte, no lo hagas!

Giotto parpadeó unos instantes y rió. Abrazó a Lampo mientras se paraba. A unos pocos pasos, estaba Beatrice, quien los veía con ternura (así que había sido ella quien lo llevó). Podía ver a G tratando de fingir que no estaba avergonzado porque Piero lo estaba abrazando. Podía ver como Cozzato reía nerviosamente mientras su mamá parecía regañarlo, pero confortarlo a la vez.

A lo lejos, escondida entre las casas, también podía ver a Elena. Ella miraba todo con una media sonrisa triste. Sus ojos se encontraron, y Giotto le pidió con la mirada que fuera con ellos; ella también era parte del grupo. Elena negó con la cabeza y señaló hacia su izquierda, en donde las autoridades se llevaban a los mafiosos.

Aunque habían salido con vida y parte de la misión había tenido éxito, ella no podía darse a conocer. No mientras Rinaldo siguiera libre. Giotto tuvo ganas de gritar al reconocer ese hecho.

— ¡Giotto! ¡Lo hicimos! — Cozzato corrió hacía él, alegre —¡Realmente lo-

— ¡Sólo son unos niños estúpidos! — se escuchó como Matteo vociferaba cerca. Giotto tomó a Lampo más fuerte entre sus brazos, y Cozzato miró hacia él con cara de pocos amigos — ¡Van a perecer! — el hombre gritó, intentando librarse del agarre de los policías — ¡No saben en el problema en el que se metieron; deberían de tener miedo de ahora adelante porque-

— Con todo respeto, es decir, ninguno viniendo de alguien como tu — Giotto interrumpió. Sus ojos brillaron con determinación — Nosotros somos los que casi destruimos a dos familias en una sola noche. Ustedes son los que deberían de temernos.

Matteo lo miró con odio, y la expresión de furia se acrecentó; sin embargo, no emitió otro grito más mientras se lo llevaban. Simplemente pareció maldecirlo entre dientes mientras las personas veían el intercambio de palabras con el aliento contenido.

Nadie de ellos se había atrevido a alzar la voz antes. A responder. A luchar. Y ahora, enfrente de ellos, un niño (a sus ojos eso era) lo estaba haciendo. Había luchado. Los había defendido.

Eso fue suficiente para encender la llama en ellos.

— ¡Atrévete si puedes!

— ¡Los vencieron una vez, pueden volver a hacerlo!

— ¡Y a la próxima, no estarán solos!

Giotto, confundido, volteó a ver a las personas. ¿A qué se referían con-

— ¡E-esperen! — exclamó mientras retrocedía con Lampo todavía entre sus brazos, quien de hecho parecía estar disfrutando de toda la atención que de pronto se volcaba sobre ellos.

— ¡Ustedes son impresionantes!

— ¡Los conozco! Los he visto por la ciudad cerca del puerto.

— ¿Cómo es que lograron esto?

Una ola de personas se acercó, preguntando y hablando miles de cosas a la vez. G miró de un lado a otro, sin saber que hacer mientras lo empezaban a bombardear con palabras, y Piero, a su derecha, se reía de su nerviosismo. Cozzato se colocó al lado de Giotto e intentó detener a aquellos que se acercaban demasiado.

— ¿Cuál es tu nombre?

— ¡Es Giotto; yo lo he visto antes!

La gente lo rodeaba, y Giotto sentía que todo su cuerpo temblaba. Nunca le habían puesto tanta atención. Si no fuera porque Cozzato lo estaba ayudando a pararse, no tenía duda de que se hubiera caído de puros nervios desde hace unos minutos. Todos hablaban, y gritaban cosas, y-

— ¡¿Tú fuiste quien destruyó toda la planta baja?!

— ¡Déjame unirme a ustedes; quiero ayudar!

Su cabeza le empezó a dar vueltas.

— ¿Cómo se llaman? Su grupo, ¿cuál es el nombre?

La pregunta llegó a sus oídos incluso a través del bullicio. A decir verdad, Giotto no había pensado en un nombre (tal vez muy dentro de sí, estaba seguro de que iba a morir al atreverse a oponerse a esos sujetos), pero ahora…

— ¡Giotto! — Lampo lo empezó a jalar de su ropa — ¿Vas a tener un nombre genial como el de ese sujeto que hablamos la otra vez?

Giotto parpadeó, y luego de unos segundos, sonrió.

Seguramente sonaría demasiado raro (ya podía imaginarse la cara de G al escucharlo), pero era un nombre que representaba parte de lo que creía.

Las almejas tienen que ser fuertes para proteger su tesoro, ¿no es así?

— Somos Vongola.


Una persona observaba todo, recargado en una de las casas ahora abonadas ya que sus dueños estaban en medio de la muchedumbre.

El resultado había sido tan interesante como su jefe había predicho.

— ¿Señor? — alguien lo llamó — ¿Seguimos sin intervenir?

Federico asintió. Las ordenes habían sido claras: sólo observar. Ver como los Reale y sus aliados reaccionaban a la posible "guerra" entre ellos que habían fingido querer iniciar. La llegada de otro grupo había sido una sorpresa (¿Giglio Nero? Qué curioso nombre), y más lo que estaba pasando. Tres adolescentes le habían dado el golpe de sus vidas a dos grupos criminales grandes, ¿quién lo diría? Incluso Piero había intervenido.

— Si me lo permite… — el hombre dudó — Deberíamos al menos intentar recuperar las armas.

— El jefe dijo que las dejáramos. Que ellos encuentren su uso — Federico respondió. Aunque esa decisión había sido recibida con sorpresa, no había sido cuestionada. Su jefe era así; sólo tenía ganas de ver como sus enemigos se mataban entre ellos con las invenciones que él había hecho.

Aunque esta vez, él había actuado más allá de sólo querer ver destrucción. Fingir que quería ir a una guerra, dejar que los Reale robaran parte de su cargamento. Todo sólo para ese momento…

— Dile al mensajero que hay información que enviar — Federico dijo — Giovanni ha aprendido como utilizar sus llamas e incluso ha derrotado a alguien. El jefe estará feliz de eso.


Flavio estaba temblando, y en el momento en que la vio, negó con su cabeza como si le dijera de esa forma que no se acercara. Elena había tenido que ir hasta su casa (incluso tuvo que utilizar un caballo para llegar rápido) antes de que su padre regresara para que los miembros de su familia (y de los Reale que todavía quedaban) no sospecharan de ella. Ciertamente esperaba que las cosas estuvieran tensas, pero la mirada de Flavio reflejaba un profundo miedo. Ella se acercó a él, asustada por su aspecto pálido.

— ¿Flavio? ¿Qué suce-

— ¿Elena?

Elena se paró en seco. Mirándola con ojos casi aburridos, estaba su hermano mayor, Giorgio, (¿había vuelto de su viaje justo esa noche? ¿desde Londres?) y a su lado-

— Realmente eres tú — Giorgio la miró con una ceja arqueada — No se te vaya a ocurrir gritar. No queremos llamar la atención luego de lo que pasó, ¿verdad?

Rinaldo Reale.

El líder de los Reale estaba a su lado. Giorgio lo estaba sosteniendo del brazo que no estaba congelado, ayudándole a caminar. Rinaldo la volteó a ver con curiosidad, y Elena sintió un escalofrío recorrerle.

Había escapado a su casa.

— Que cruel. Vuelves a ver a tu hermana luego de más de un año, y así la saludas — parecía que se estaba burlando.

— Vete de aquí — Giorgio le comandó. Su mirada lucía más fría de lo que ella recordaba — Llévate a Flavio también. Estos no son asuntos de los cuales ni mujeres ni niños deberían saber.

Elena pensó que tal vez podría ir rápido por algún arma y atacar, o tal vez llamar la atención de la policía. Su mente se enfocó tanto en que era lo que podía hacer que no supo en qué momento Flavio la había jalado de su mano debido a que no se movía, tirándola para que caminara en dirección contrataría a donde estaba Giorgio. Cuando reaccionó, Elena miró a Flavio, quien le comunicó todo lo necesario con una sola mirada.

"Finge que obedeces. No te arriesgues ahora."

— Hay hombres vigilando afuera — Giorgio comentó. ¿Por qué la mirada de su hermano lucia tan amenazante? — No se te ocurra salir. Si veo a tan solo un policía cerca, ustedes dos serán los responsables.

Ustedes dos. Giorgio también estaba metiendo a Flavio en eso. Una sinvergüenza, pero eficiente amenaza.

Elena tomó con fuerza la mano de Flavio y caminó con él en dirección hacia su habitación. Su corazón martilleaba. Rinaldo hubiera matado a Giotto si hubiera podido, y ahora resulta que tenía que esconderlo en su casa.


— Finalmente, vuelves. ¿A qué se debe el honor? — Rinaldo mencionó con un tono entre cansado y sarcástico.

— El último favor que querían ha sido cumplido. Mi presencia ya no es necesaria en Londres, y una vez que hagan lo planeado, les tocará a ellos ayudarnos.

— Corneille ha de estar alegre ahora — Rinaldo bufó — Más vale que su plan terminé rápido para que cumpla con su palabra. No te envíe a ti, mi mano derecha, lejos tanto tiempo para nada.

— A decir verdad, estoy muy expectante de saber el resultado — Giorgio sonaba divertido — Los rumores que circulan por la clase alta sobre la persona que nos pidieron investigar son de lo más… peculiares. Si son verdad, él tiene poder. Demasiado.

— Esa llama siempre me ha dado una mala espina. Es como tener demonios cerca de ti, así que, por mí, Corneille y ese sujeto se pueden matar entre ellos, y bien puedo negociar la alianza con el sucesor.

— Demonios. Que exacto es usted — la sonrisa de Giorgio se amplió — Así le dicen. Al principio, empezó porque le tenían miedo, pero ahora incluso los demás que no saben de lo ocurrido lo llaman de esa forma porque no saben su verdadero nombre. Mejor, tal vez si alguien se atreve a pronunciarlo, los maldiga.

— ¿Quién es?

— Un joven heredero de una familia aristocrática. Único hijo — explicó — La alta clase susurra entre fiestas que casi mata a alguien cuando apenas tenía nueve años. Dicen que invocó una especie de monstruo aterrador para acabar con el último aliento de su víctima.

— ¿Qué tan cierto es eso?

— No me vi en el honor de verlo utilizar sus poderes, pero sus ojos tienen algo extraño. Un brillo espectral si lo ves desde las sombras — una pausa, seguido de una pequeña risa — Una parte de mi teme mientras que la otra ansía saber de lo que es capaz este Demon… No, últimamente, ha estado utilizando otra variante. Daemon. Daemon Spade.


Si Tsuna tiene el X Burner, Giotto tiene el Mintena di Vongola Primo, un ataque en donde él concentra su energía en un solo punto. En la serie, se menciona que es igual de fuerte que el X Burner. Aquí puse el principio de ese ataque.

Wow, esto fue largo. Por un momento, temí tener que dividirlo en dos. Con esto, Vongola queda oficialmente inaugurada; ¡espero que haya gustado!