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Capítulo XXXIV:
"Ilusión vs Ilusión"
Utilizar los sentimientos que las pesadillas le daban para potenciar las ilusiones. Era algo demente. Corneille se preguntaba cómo era si quiera que Spade podía mantener la cordura.
Tal vez el secreto era justamente no mantenerla.
— Si me permite — Daemon se acercó a él y, casi con delicadeza, tomó el Hell Ring con el cuerno, todavía apretado con fuerza entre una de sus manos — Esto no le pertenece.
Pero claro, Corneille pensó con mofa. Primero tomaba el anillo que le había pertenecido a su padre. Sentimental acción. Estuvo a punto de burlarse, diciéndole que tampoco era suyo, ¿realmente se sentía bien con usarlo? Pero sus palabras fueron calladas cuando vio que, en vez de ponérselo, el joven lanzó el objeto directo hacia el espectro de sombras, quien pareció abrir la boca (su cara se alargó y algo parecido a tiras de oscuridad simulando labios se rasgaron en él), y se lo tragó.
¿Acaso fue así como había desaparecido a sus subordinados? ¿Haciendo que ese espectro se los tragara? Pero, aun así, esa cosa era una ilusión- casi real, pero una ilusión. ¿Dónde se encontraban sus cuerpos? ¿Los había transportado a otro lugar?
(No, algo como hacer otra dimensión era imposible. Aún para un ilusionista, no debería ser posible-)
— Luce asustado — Daemon dijo con fingido tono de voz preocupado — ¿Sucede algo? Está muy pálido.
— Termina con esa molesta cortesía ya — Corneille siseó, aunque segundos después, terminó por sonreír — Sólo estaba pensando que no seguiré ayudándote para crear a este monstruo.
En ese momento, un crack se escuchó adentro de la mente de Daemon. En un instante, las escenas de su pasado desaparecieron como si fuesen un cristal destruido por un fuerte golpe. Su cabeza dolió. El mundo de pronto dio vueltas. Y como resultado, el espectro de sombras se disolvió en medio de un agudo grito.
Las flores y las enredaderas se marchitaron de un segundo para otro, y antes de poder entender que sucedía, Daemon sintió como su cuerpo era jalado hacia atrás por una serie de manos heladas. Su vista se rodeó de niebla que pronto tomó forma de decenas de cuerpos de personas.
— Si hago que ellos te maten, no me guardaras rencor, ¿verdad? — Corneille preguntó mientras se sobaba uno de sus brazos. Ahora estaba libre de nuevo.
Había decidido dejar de utilizar el anillo con la gema índigo y en cambio utilizar a Ossa Impressione y su capacidad de invocar el espíritu de las personas y tenerlos bajo su merced. Sin embargo, era curioso justo a quienes había hecho ir hasta allí.
— Y luego el monstruo soy yo — Daemon comentó con sarcasmo.
Entre los fantasmas invocados, podía reconocer a los hombres que lo atacaron en un inicio. Sin importarle saber su paradero o su condición, Corneille había jalado sus almas hasta ahí para que volvieran a pelear por él. Daemon suponía, también, que las demás personas deberían ser más subordinados o tal vez gente inocente del pasado ya lejano de su enemigo.
— Si tan sólo tuvieras personas cercanas, no me vería en la situación de utilizar de esta forma a mis propios hombres, niño rico.
— Me perdonará. La mayoría de mis conocidos distan mucho de caer en mi gracia — replicó con tranquilidad.
Claro, Corneille no conocía a nadie Daemon apreciará como para utilizar a esa persona en su contra. Al menos, no sabía de nadie vivo. El propio Corneille se había encargado de matar al único. Y para su lamentable suerte, su llama no era lo suficientemente poderosa como para utilizar al 100% las capacidades de Ossa Impressione e invocar las almas del más allá.
No podía utilizar a su padre en su contra. Eso era lo único que Daemon agradecía.
Con ese pensamiento, apareció también un sentimiento de presión en su pecho. La niebla oscura y negra que amenazaba con volverlo loco volvió a hacerse presente. Era algo que quemaba y dolía y se deslizaba por su garganta hasta llegar peligrosamente a los límites de su corazón.
Odio.
Los propios fantasmas parecieron reaccionar ante eso, pues unos incluso parecieron pelear por recuperar el control y alejarse. Lucían asustados. Corneille, aunque fingió no prestarle atención, de hecho, también sintió miedo.
Spade era un jodido monstruo. No, un demonio, ¿no era así?
— ¿Las ganas de matarme aparecieron, pequeño aristócrata? — preguntó, fingiendo confianza — Veamos si puedes hacerlo.
Matar.
¿Podía llegar tan lejos?
No. No. Daemon inhaló. Exhaló. Tenía que mantener la compostura. No era un monstro. La venganza no era lo importante ahora, sino salir de esa endemoniada situación. Tenía que pensar en eso. Tenía que creer en eso (tal vez así, se haría realidad, y ese impulso de despedazar todo desaparecería).
Como apoyando esa línea de pensamiento, extraños y amenazantes sonidos detrás de él hicieron que recuperara el sentido de la realidad. Los recordaba. Eran…
Las raíces de Malocchio.
Daemon volteó hacía atrás con cierta curiosidad.
Ahí estaba de nuevo, el ojo gigante del cual algo parecido a plantas podridas llenas de ojos empezaban a salir, seguidas de un sonido de dientes rechinando.
Ahora que lo veía bien, no era ni de menos la cosa más aterradora que hubiera visto en su vida. Ni siquiera llegaba a considerarlo como algo escalofriante. Que…
— …Decepción — dijo para sí mismo — ¿Acaso el efecto sólo funciona cuando es la primera vez? ¿O cuando tienes miedo? — volteó para ver a Corneille con una sonrisa — No recuerdo haber visto esa información en su cabeza, ¿me podría explicar por qué el anillo no funciona?
Corneille parecía estar a punto de gritar de pura ira. Sus ojos estaban desorbitados, y se estaba mordiendo el labio tan fuerte que incluso sangró.
No era posible. No era posible. ¡El Hell Ring debería de funcionar! A menos que…
A menos que Spade tuviera tal control de sus sentidos ya, que fuera incapaz de ser afectado por la maldición del anillo (después de todo, ¿qué era una maldición sino el convencimiento de que malas cosas sucedían?).
— No sé de qué hablas — Corneille respondió lo más tranquilo que pudo — Yo veo lo mismo de antes: que las raíces te devoraran vivo.
Plantas carnívoras subiendo por sus pies. Rodeado y sostenido por espíritus, unos reales, otros hechos de ilusión (sin duda alguna, creados para confundirlo o asustarlo por los números. Su oponente de nueva cuenta lo subestimaba. ¿Realmente creía que no era capaz de identificar cuáles eran reales y cuales eran ilusión? Que ingenuidad). Era una situación molesta de la que Daemon quería salir. Y para eso, comprendía que necesitaba un arma, algo que le ayudara a acabar rápido con todo.
La idea apareció en su mente con facilidad. Algo predestinado, tal vez. Había un arma que podría utilizar, una muy acorde a la situación. No la había usado antes, pero estaba acostumbrado a las armas de medio alcance. Funcionaría.
El más joven sonrió.
— ¿Se le olvidó? Déjeme refrescarle la memoria entonces — niebla empezó a juntarse en un solo punto cerca de una de sus manos — Lo que yo diga que es real, será real.
De un segundo a otro, parte de los espectros que los sostenían gritaron mientras eran repelidos por una onda de energía; al mismo tiempo, las raíces carnívoras fueron cortadas con rapidez, pedazos de ellas volaron. Corneille ni siquiera pudo reaccionar antes de ver como una figura se movía entre los fantasmas directo hacia él.
No fue hasta que lo tuvo enfrente, con un filo agudo rozándole el brazo, que entendió que era lo que pasaba.
Una guadaña.
Daemon sostenía entre sus manos una gran guadaña, la cual volvió a mover a su alrededor haciendo un círculo perfecto, cortando de esa forma a la mitad del resto de las ilusiones de espectro que fueron hacía él por detrás, y obligando a su enemigo a retroceder para evitar tener el mismo destino funesto que sus creaciones.
Una guadaña, perfecta para destruir las raíces originadas por el Hell Ring; y usual símbolo de la muerte, aquella que toma las almas de las personas para llevarlas a descansar al otro, perfecta para combatir con espíritus invocados, ¿no era así?
— Los aristócratas son siempre tan dramáticos — Corneille siseó.
— Me atrevo a decir que los ilusionistas lo somos más — Daemon respondió antes de volver arremeter contra él, apuntando directo hacia un punto en específico.
Incapaz de esquivar, Corneille sintió un punzante dolor, un rayo rojo de puro sufrimiento. Con espanto, se llevó una de sus manos a la herida y gritó mientras el anillo con la gema índigo salía volando, junto con su dedo cortado.
Sus nervios de lloraron de pura angustia. Sentía como la sangre resbalaba por la herida. No se detenía, no se-
Los Hell Ring que quedaban brillaron, y su visión se hizo borrosa unos segundos. Parpadeó. Y entonces, sus ojos vieron la realidad.
Su mano estaba intacta.
Había sido una ilusión. Spade lo había hecho creer que eso era real. Sus ojos lo vieron, su cuerpo lo sintió, pero en realidad, fue el mismo Corneille quien hizo caer el niño mientras tomaba su dedo en un intento de detener una hemorragia que nunca existió.
Una ejecución casi perfecta de control de sentidos.
— Uno menos — Daemon sonrió — Faltan tres — y con eso, volvió a mover el arma hacia él.
Mientras retrocedía a trompicones, intentando que los espectros invocados fueran su escudo y limitaran el peligroso avance de su enemigo, Corneille supo que el propósito de Spade no era matarlo (sus ataques no eran asesinos), sino quitarle los anillos. Sin los Hell Ring, sus ilusiones difícilmente podrían compararse a las de Spade. Estaría perdido. Derrotado casi al instante y sin oportunidad. Atrapado e indefenso ante un enemigo más talentoso que él.
Lo más humillante de todo era que Daemon sólo desaparecía los anillos, los-
Corneille comprendió.
— Estás haciendo que vayan más allá de la barrera. Más allá de este espacio distorsionado de realidad. Directo al mar.
— Buena deducción — el joven ilusionista comentó — Estando ahí, ¿quién los podría usar? Ciertamente no usted. Y buscar en el mar es un largo, largo trabajo.
— Eres algo estúpido por perderlos y no usarlos. ¿No crees que me eliminarías más fácil con ellos?
Daemon sonrió.
— Nufufu. No necesito del poder de los Hell Ring para vencerlo — puntualizó con tranquilidad — No necesito de nada de eso para mostrar de lo que soy capaz. El que los necesita es usted, no yo.
Maldito presumido aristócrata.
— Realmente eres igual que Alaude — Corneille hizo una mueca que parecía una sonrisa distorsionada — ¡Sólo son bestias que fingen ser humanos!
Alaude, ¿cómo no lo había pensado antes? ¿Qué mejor que hacer a un monstruo pelear con otro? Aunque Spade hubiera engañado a Alaude una vez, mientras Corneille controlara el espíritu por medio del Hell Ring, no debería de haber falla.
— ¿Qué te parece si mejores peleas con alguien igual a ti?
Daemon abrió los ojos en ese momento, y para sorpresa de Corneille, arremetió hacía él sin pensar. La ira por aquellas palabras y la posibilidad de que realmente pensara en utilizar a Alaude lo había hecho perder el control de sí mismo por unos momentos.
Mientras creaba una barrera ilusoria para detener los feroces ataques de su enemigo (retrocediendo cada vez más en el proceso), algo encajó en la mente de Corneille.
Alaude nunca le informó de su encuentro con el ilusionista; Corneille se enteró gracias a la ayuda de la mafia, quienes muy estúpidamente habían peleado con ambos aquella vez hacia años. Aquellos extraños pájaros. Las veces en las que tardaba algo más de lo usual en regresar de las calles. Su expresión de preocupación cuando le dijo que iría a Japón.
No era que Spade hubiera engañado Alaude. No. Era que el maldito mocoso lo había traicionado.
Había estado hablando con su enemigo todo este tiempo. Cubriéndolo. Haciendo que Corneille intentara olvidarlo. Si le hubiera dicho que se había aliado con alguien para espiar a una persona que podría ser la responsable de los documentos falsos hace años, ¿le hubiera avisado a Spade de ese hecho?
Corneille gruñó. Alaude iba a pagar.
— Que sincera reacción fue — Corneille dijo mientras esquivaba el último ataque y daba un salto hacia adelante, pasando encima de su oponente y luego haciendo un suave movimiento con una de sus manos como si estuviera lanzándole algo — Pero no te preocupes, Alaude es una pieza demasiado importante como para perderla ahora.
Ahora quería que Alaude recibiera su castigo de otra forma. Luego de aquello. Le podría incluso presumir como mató a aquel que había intentado proteger.
Daemon se dio la media vuelta, preparada para seguir persiguiéndolo, pero sus movimientos se cortaron de golpe al sentir algo filoso en una de sus piernas, incrustándose de forma dolorosa. Y luego, una sensación de pesadez.
Segundos después, aunque se intentó mover, no pudo hacerlo. Su pierna no respondió y el efecto comenzó a extenderse rápidamente al resto de su cuerpo.
Sin embargo, era algo diferente a la maldición de Malocchio. El Hell Ring afectaba su mente, lo que hacía que el cuerpo también se viera inmiscuido. Lo que sea que Corneille hubiera hecho, estaba afectando primero su cuerpo, dejando su mente casi sin cambios además de un extraño cansancio.
Volteó hacia abajo, y ahí lo vio.
¿Una aguja? No, era demasiado pequeño como para ser eso. Era-
Un alfiler.
Estaba sorprendido, pero también sintió como algo parecido a una risa se estancaba en su garganta. Era un buen truco. Lástima que conociera una forma para liberarse de aquello.
De un movimiento, hizo que el mango de la larga guadaña golpeara contra el suelo, haciendo que una capa de espesa niebla se expandiera a su alrededor, dejándolo fuera de la vista de su enemigo.
Corneille arqueó una ceja. ¿Intentaba ganar tiempo de esa forma? Patético, pensó mientras utilizaba sus propios poderes para contrarrestar aquello. No iba a darle segundos para huir.
Instantes después, apenas pudo retroceder a tiempo para esquivar el filo de la guadaña dirigida hacia su pecho.
¿Una ilusión? No, era real. Spade se estaba moviendo, aunque se supone que no debería de poder hacerlo.
Como respuesta, Corneille invocó varios espíritus para que fungieran como barrera detener cualquier intento de otro ataque. El chico hizo un sonido de molestia y retrocedió de un salto para alejarse de las manos de los fantasmas que se habían abalanzado hacia él para atraparlo.
¿Qué demonios había sucedido? Spade no debería de poder moverse por al menos unos minutos. Con algo de desesperación, Corneille se fijó más en él, y ahí lo notó:
La pierna en la que le había lanzado el alfiler sangraba, dejando un rastro de pequeñas gotas de sangre detrás de sí.
Spade se había herido a sí mismo para reaccionar. No había nada mejor que el dolor para hacer que los músculos y los nervios volvieran a responder.
— Eres peor que una maldita plaga.
— Nufufu. Lo tomaré como un cumplido — fue la respuesta — Y gracias por mostrarme ese interesante truco suyo — Daemon dijo mientras tiraba el pequeño alfiler al piso — Lo tendré en cuenta de ahora en adelante.
Él no necesitaba una explicación; con lo que había pasado, entendía el funcionamiento. Cuando esos alfileres estaban enterrados en el cuerpo de alguien, Corneille los podía utilizar como conector para intentar controlar a su enemigo, o en dado caso, detener sus sentidos. Con Daemon el control mental no funcionaba, por lo que sólo quedaba la parálisis física. Hábil a su manera.
Como si sintiera que estaba ante otra desventaja, Corneille se rodeó por unos instantes de niebla, y al segundo siguiente, más fantasma se encontraban cerca, actuando como guardianes. No, como un escudo.
Daemon chasqueó la lengua. No eran ilusiones; eran reales. Corneille ahora sólo estaba utilizando a almas reales, dejando de lado su intento fallido de confundirlo con ilusiones.
Eso era malo. El tiempo se le terminaba, y su energía no era eterna.
No quedaba de otra.
"Lo siento," pensó. "Pero necesito terminar con esto. Pueden maldecirme lo que quieran en el más allá." Y sin dudar, corrió hacia enfrente y movió su guadaña, cortando a todos aquellos fantasmas que se interponían en su camino, quienes gritaban antes de desaparecer en la nada.
Corneille tenía ganas de gritar de desesperación. No importaba la cantidad de ilusiones y espectros que intentara invocar. No importaba si lo intentaba herir. Spade se movía rápido, esquivaba casi sin dificultades, lo atacaba tan rápido como si fuera una danza ensayada. Esos movimientos no eran de alguien sin experiencia; eran de alguien que había aprendido las bases no sólo de defensa sino también de ataque.
— ¡¿Un mago que tiene ese nivel de combate cuerpo a cuerpo?! — gritó con rabia — ¡¿Qué clase de broma es esta?!
Los ilusionistas no solían ser de ese tipo de peleador. ¿De qué servía la fuerza física cuando podían dominar la mente de las personas y crear ilusiones que confundieran a sus enemigos? Los ataques físicos, reales eran algo inaudito; ¿por qué ensuciarse las manos de esa forma?
Ahora, Corneille entendía que era otra gran y estúpida ventaja.
Daemon cerró los ojos por unos momentos, y las sombras, parte de su poder que todavía reinaba en aquella parte de realidad distorsionada, se juntaron debajo de una de sus manos mientras la otra seguía tomando la guadaña con fuerza. Duró tan solo unos segundos antes de que él volviera esquivar otra ola de sufrientes espectros.
Corneille intentó seguirle el ritmo y atacarlo. Aun así su oponente parecía desaparecer y aparecer en tan solo parpadeos (¿acaso también estaba usando ilusiones de él mismo?). Cuando menos se dio cuenta, lo volvió a tener a sólo unos pasos de distancia: su mirada confiada y esa sonrisa molesta en su rostro.
Notó algo extraño en el movimiento que estaba haciendo. Era como si el adolescente estuviera sosteniendo algo invisible en su mano libre, aquella que no sostenía a la guadaña; como si-
Corneille no tuvo tiempo de pensar. Daemon movió su arma, pero Corneille logró detenerla creando una pequeña barrera del tamaño de su palma para detener el golpe. Sin embargo, antes de que pudiera contratacar, la mano izquierda de su oponente brilló con una sutil niebla, y luego el sonido de un disparó resonó.
Corneille gritó mientras veía como además de herirlo en la mano, la bala hacía que justamente Ossa Impresione saliera de sus dedos y cayera al infinito de aquella negrura de su ambiente, haciendo desaparecer al instante a los fantasmas que había invocado.
Una pistola. ¡La que uno de sus subordinados tenía! Spade la había ocultado a sus ojos.
Corneille miró su enemigo con una expresión casi estupefacta. ¿También sabía utilizar distintas armas? ¡Por supuesto, maldito aristócrata! ¿Acaso había estudiado con alguien para aprender eso? ¿Algún experto en esas técnicas?
El adolescente sonrió. Y en total desesperación, Corneille retrocedió hacia atrás, casi como si estuviera huyendo.
— Sólo quedan dos — Daemon mencionó con diversión — ¿Quiere apostar cuanto más puede aguantar?
Corneille no necesitaba apostar. Sabía (Spade también sabía) que no podía utilizar el poder especial del Hell Ring con el símbolo 666 ya que, para activarlo, el usuario tenía que soportar años de desgracias. (Tal vez, las desgracias ya habían empezado desde que se topó con ese maldito aristócrata, Corneille pensó con un sentimiento combinado de ira y despecho). El único Hell Ring que podía utilizar era Malocchio, el cual, por cierto, no era de gran ayuda en esos momentos; la parálisis ya no funcionaba en Daemon, y para el joven ilusionista deshacerse de sus raíces y sus tentáculos era sólo un simple movimiento de su guadaña.
Estaba perdido.
Pero se negaba a aceptarlo. Tenía que haber algo que pudiera hacer; tenía que-
Entonces, al escuchar algo parecido a un trueno en las afueras, en el mundo real, se le ocurrió. Y en ese instante, sonrió.
Había algo que podía hacer.
— El que debería de pensar cuanto debería de aguantar eres tú.
Malocchio brilló con espectral y potente luz. Daemon lo miró con duda. El poder que Corneille juntaba era demasiado, y viniendo de ese Hell Ring en especial, sólo podía significar que quería hacer algo parecido a una explosión. Un solo ataque destructor en donde miles de raíces y ramas se expandieran en tan sólo segundos, como aquella que lo arrinconó al principio de aquella batalla.
Sin embargo, había algo extraño en ese comportamiento. Daemon podía esquivar con facilidad un ataque tan directo como ese. ¿Qué era lo que realmente Corneille tenía planeado?
Al escuchar los ruidos lejanos de personas caminando, regresando a sus hogares, Daemon comprendió. Esa cantidad energía era la suficiente como para destruir la barrera que ambos habían formado e ir más allá.
Al puerto.
Corneille pensaba romper la barrera de ilusión que evitaba que la batalla fuera vista y los ataques le dieran a los demás. Y utilizando un Hell Ring tan brutal físicamente como lo era Malocchio.
¿Acaso estaba loco? Había demasiada gente ahí. Varios terminarían heridos e incluso hasta muertos.
Era una media desperada al estar perdiendo, entendió. Y a medidas desesperadas, opciones desesperadas.
Daemon tomó su propia arma, preparándose para recibir el ataque e intentar contrarrestar con uno. No podía darse el lujo de esquivar. No podía dejar que las personas en el puerto terminaran involucradas.
(Después de todo, para esos momentos, todavía faltaba para que se convirtiera en aquel ser desagradable que luego no dudaría ni un segundo en derramar sangre.)
Fue un instante en el que incluso la gente vio un fugaz rayo de luz, pero que fue confundido por un relámpago, pues el cielo se había oscurecido presagiando una tormenta.
Los ataques chocaron. Ambos contrincantes fueron lanzados hacia atrás por el impacto. La barrera y el mundo ilusorio que ambos crearon se rompió.
Aún en medio de eso. El más joven de los dos fue lo suficientemente hábil como para moverse, tomar el anillo de su enemigo, y alejarse al instante gracias a la propia fuerza de reacción y la energía de onda producida por los ataques. Por unos momentos, rio antes de caer con un duro golpe al mar.
Tres de los cinco Hell Ring se perdieron en el océano, llevados por la marea hasta otros lugares. Uno se quedó en la costa, donde más tarde sería encontrado por un poderoso y rico señor de la zona. El restante, se había quedado con Corneille.
Lástima que fuera aquel que primero exigía resistir años de mala suerte antes de poder utilizar todo su poder, ¿no era así?
Aquel mundo de ilusiones no fue visto ni sentido por nadie cerca. A los ojos de los demás, la tarde se condujo tranquilamente y sin problemas, al menos hasta que la tormenta empezó, haciendo que la gente decidiera abandonar las calles y regresar a sus casas.
Para todos, excepto para una persona.
Aunque no pudo observar todo lo que sucedía (difícilmente alguien común tendría los sentidos necesarios para ver a través una ilusión de un grado tan alto) sí pudo sentir extraños escalofríos y ver por unos instantes figuras borrosas. Pudo ver como alguien caía al mar, siendo jalado de nueva cuenta hacia la orilla en medio de una fuerte lluvia gracias a las olas.
Justo como ella lo sospechaba. Era el adolescente con el que había hablado hace apenas unas pocas horas, aquel que había salido corriendo, dejándola con una sensación de peligro que la hizo dirigir sus pasos hacia la misma dirección que él. Parte de su ropa estaba manchada de sangre. Y también había otra presencia cerca. Una hostil que lo estaba buscando.
A pesar del peligro, Hotaru no dudó en actuar.
Todavía me impresiona la cantidad de armas que Daemon utiliza en el manga. ¿Todos los Vongola Gear? ¿Sus propias armas como la guadaña, las cartas, los lentes y el bastón? Era como una especie de experto en armas. Aunque ese es el Daemon del manga, ya con varios años de existencia, quería poner el principio de eso aquí también.
